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lunes, 14 de julio de 2014

Baroja, irresistible


Julio Caro Baroja, en su libro Los Barojas, nos dice que su tío Pío, de joven, había sido muy huraño y áspero. Era la época, sin duda, en que su personalidad literaria empezaba a desenvolverse y en la que todo fueron luchas internas y externas. Lucha con la gente de alrededor, obsequiosa y servil; lucha con sus propias inexperiencias y lagunas. Baroja no estaba contento con nada: ni con la política, ni la literatura, ni las costumbres de la gente. Sólo pensaba en el pasado y el porvenir. Su carrera de médico, además, había sido un fracaso. Sin embargo, de los veintiocho a los cuarenta y dos años (de 1900 a 1914) lo que produjo el escritor donostiarra fue una maravilla y un revulsivo para sus aspiraciones, especialmente con la aparición de sus dos novelas mayores: Las inquietudes de Shanti Andía y El árbol de la ciencia, ésta última, probablemente, la mejor novela de su carrera.

Francisco Fuster (Alginet, 1984) plantea en su último ensayo, Baroja y España: un amor imposible, la vigencia literaria del escritor de Itzea, seguramente, la figura más compleja y extraña del novecientos, a través del análisis minucioso de su novela El árbol de la ciencia y la relación que guarda el texto con los vínculos que don Pío mantuvo con aquella España decadente que tanto le llegó a aturdir.

El libro de Fuster es un trabajo concienzudo y vigoroso, bien documentado, un libro revelador que examina al detalle las entrañas de las ideas contenidas en El árbol de la ciencia, una de las obras capitales del vasco, escrita en época de plenitud. La vida de Andrés Hurtado, protagonista de la novela, estudiante de Medicina en el Madrid finisecular del siglo XIX, es, en gran medida, la vida del propio novelista. Las zozobras y dudas del joven universitario, así como los contrastes entre la realidad y las pretensiones de la gente de la época, dan a la novela un tono intelectual amargo. En la introducción, Fuster deja muy claro que su ensayo no sólo gira en torno a la novela referida, sino que transita por la crisis del fin de siglo, una oportunidad que le ofrece mejor que nadie la literatura barojiana, algo que Ortega y Gasset ya había atisbado con agudeza: “Lo mejor y lo peor de la España actual se presenta en Baroja a la interperie, sin pellejo...” (El Espectador).


El Baroja de los aguafuertes literarios, del trazo duro y sobrio, enemigo de la retórica y de todo artificio, el hermano de Gorki por su amor a las turbas, por su curiosidad de los tugurios y de los lugares menesterosos, aparece redivivo, gracias a esta recreación personal que el historiador Fuster expone con brillantez en Baroja y España, un trabajo de investigación sustancioso y bien esquematizado editado por Fórcola, con el esmero genuino que este sello independiente nos tiene acostumbrados, y examina histórica y críticamente la época que rodearon el alumbramiento de El árbol de la ciencia, a lo largo de ocho capítulos para mostrarnos los entresijos y el contexto en que se redactó la novela. Es curioso cómo las ideas contenidas en sus páginas, a pesar del pesimismo y la fatalidad del héroe barojiano, siguen vigentes después de un siglo.


Francisco Fuster

Baroja y España es un texto amplio y erudito, pero Fuster consigue que no sea gravoso, aunque considero que el destinatario de la obra o es barojiano, o amante de la Edad de Plata de la literatura española.


Cuando a uno le gusta Baroja no hay libros peores o mejores entre los suyos. Todos vienen a ser un poco lo mismo. Para los críticos, los hay de más calidad y peor construídos, pero cuando uno se considera barojiano, y los ha leído prácticamente todos, esas imperfecciones tienen poca importancia. El árbol de la ciencia es uno de mis peferidos, leído y releído en varias ocasiones. Ahora, Fuster, con su excelente ensayo, me predispone con más argumentos a volver a Baroja irresistiblemente.




miércoles, 7 de mayo de 2014

"Leer y tornar a leer"


No me cabe duda de que Azorín pasara su vida entera rodeado de libros. La imagen que guardo del escritor alicantino, desde mis años de colegial, es la foto de un rostro de perfil serio y enjuto ensimismado en la lectura del libro que lleva entre manos. Luego, en archivos grabados, el viajero y cronista autor de La ruta de Don Quijote no desmentía mis recuerdos de niño, y aparecía en televisión paseando por las librerías de lance, con ejemplares bajo el brazo o recluído en su gabinete, absorto entre las páginas del último libro adquirido.

La editorial Fórcola (bendito sello alternativo, imprescindible en estos tiempos) rescata a esta figura clave de la Generación del 98 a través de la publicación de Libros, buquinistas y bibliotecas, un volumen recopilatorio que reúne 50 artículos del maestro de Monóvar publicados entre 1905 y 1959 dispersos por diferentes periódicos, prólogos y capítulos de textos que el escritor levantino dedicó con tesón y entrega al mundo de los libros, las librerías y la lectura.

El editor propone un libro sugerente, con más de cien ilustraciones y con dos etiquetas irrenunciables para lanzarse, con garantías, a la lectura: una, a cargo de Andrés Trapiello, con un prólogo brillante y entusiasta, capaz, en poco más de cuatro páginas, de darnos el impulso necesario para abordar esta antología casi autobiográfica del gran maestro de la prosa puntillista y sin ornamentos. El autor de Los nietos del Cid dice que todo en Azorín queda inscrito en el ámbito de la intimidad, y este volumen recoge ese espíritu. La otra etiqueta la pone el historiador valenciano Francisco Fuster, antólogo y responsable de la edición del libro. Fuster traza una introducción en Libros, buquinistas y bibliotecas que habilita en su conjunto la filosofía personal del escritor de Monóvar sobre su concepción de los libros y la lectura.

En esta obra, que guarda los secretos más íntimos de Azorín sobre los libros, bibliotecas y lecturas, vamos a encontrar una recopilación de piezas literarias seleccionadas con primor, para disfrute y gozo de los amantes de las reflexiones azorinianas, acerca del mundo editorial, de las librerías de viejo y ferias del libro y, especialmente, sobre el universo del lector y la lectura, desde la experiencia personal del ilustre transeúnte de librerías. Entre sus artículos aparecen aforismos y sentencias que brillan por su agudeza y elegancia: No sabe más quien lee más número de libros, sino quien lee mejor (pág. 184), por su sentido moderno: En la vida, la imaginación es el más poderoso factor del progreso (pág. 208); o por su densidad: Leer y leer. Por encima de todas las diferencias, en cuanto a la lectura, diferencias de tiempo, lugar, edad, afectos, etc., existe una diferencia fundamental, perdurable e inconmovible entre leer y leer: se lee para sentir o se lee para saber (pág. 225).

Para Azorín, cada etapa de la vida posee sus particularidades y, por consiguiente, su forma de asumir la lectura, porque cada lector es un mundo y sus lecturas son dispares según la edad. La lectura, viene a concluir el autor de La voluntad, requiere, para ser provechosa, de unas condiciones que le sean propicias. Para él, el lector tiene que aspirar a la relectura de un buen libro, que es como extraer el nectar de su alma.

No hay más que acercarse a la obra de Azorín para darse cuenta de su devoción libresca, una obsesión que fue simiente y raíz de su extensa producción periodística, y, como buen crítico literario, inclinado a rastrear y escudriñar minuciosamente sus lecturas. Una pasión que surge en el escritor mediterráneo a una temprana edad, ante los ojos de su padre, lector voraz y abogado que le transmitió el entusiamo y curiosidad por los libros.

Con Libros, buquinistas y bibliotecas, Fuster recupera del olvido editorial al escritor contemplativo de lecturas más metódico que dio aquella memorable generación, con una voluntad de estilo al que muchos imitábamos en nuestras composiciones y redacciones de antaño con el sujeto, verbo, predicado y punto. Un literato que habló poco y escribió mucho.

Leer libros sobre libros es uno de los placeres que más nos complace a los letraheridos, a los constipados de libropesía, y éste en particular, publicado por la editorial Fórcola, es un chaparrón de páginas brillantes que, por suerte, nos empapa de lo lindo.