Mostrando entradas con la etiqueta Breverías. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Breverías. Mostrar todas las entradas

martes, 6 de mayo de 2025

Leer y cavilar


Voy a decirlo sin cortarme un pelo. Soy un entusiasta lector de Javier Sánchez Menéndez (Puerto Real, Cádiz, 1964). Su creación literaria es abundante: poesía, ensayos, aforismos y artículos. He podido leer todo o casi todo lo que se ha editado de su obra y, de una buena parte, he publicado reseñas o comentarios. Confieso que lo he hecho no por necesitar glosar su penetrante lucidez, sino para prolongar el placer o la cavilación que sus textos me procuran. Confieso que encuentro sintonía y entendimiento con esa escritura suya que me sacude e interpela y, a su vez, pone de manifiesto esa carga luminosa y ética que da sentido a sus palabras, que vivifica la razón de ser del pensamiento, desde el silencio y la propia soledad, desde el paso del tiempo y ese discurrir de la vida, tan próximo y cotidiano para darme a entender.

Es cierto que Sánchez Menéndez, escritor persuasivo y juicioso, inclinado, eso sí, a la emoción del concepto y sus metáforas, tiene una voz literaria reconocible, un leitmotiv habitual, una gramática que conjuga la importancia de la razón de existir, que consiste en estar en una perspectiva de entendimiento con el mundo. Le importa resaltar lo que se ha comprendido de siempre: la existencia como vida activa o como vida contemplativa. Sin embargo, insiste en que existir siempre será, de manera inevitable, una vida representativa. Es por esta idea central o guion, compuesto por notas y textos breves, por donde transita su nueva entrega, Fragmentos (Detorres, 2025), un libro poblado de ideas, epifanías, citas y sensaciones volcadas bajo una concepción de “lectura en lentitud, sin prisas, como alimento”.

Empezamos a leer y a poco que llevamos unos minutos, ya vemos cómo Sánchez Menéndez cree en la razón, dado que para él es un instrumento esencial para orientarse en la vida. Recala en cómo lo real, la emoción artística, las pasiones, los vislumbres del pensamiento y la conciencia nos dejan desnudos, “pero también confusos –escribe–, somos transmisores de dudas permanentes”. La justificación es clara: la verdad se da siempre bajo la importancia y la perspectiva de la palabra: “La palabra entre nosotros, y de la palabra a la lectura entre nosotros. Somos palabra, por eso somos lectura”. No se olvida que por delante del filosofar está el vivir. Por eso propone el poeta: “Vivamos las emociones. Son nuestras”. No por ello hay que renunciar a la razón. La razón, según él, es una herramienta indispensable del conocimiento, del entendimiento de la lectura como alimento.

Y es aquí, en la lectura, donde el libro alza su vuelo más intenso. El poeta percute no solo en el valor de la palabra como manifestación de la verdad, sino en la lectura como contacto con la vida, como conocimiento de uno mismo: Y por ello, sostiene que la literatura debe ser “una manifestación de la verdad”, un motivo suficiente para leer el mundo y reconocernos en él, para ensancharnos y sentirnos más reales. Nadie duda de que quien lee se siente acompañado. En ese mismo trayecto de compañía y soledad, la lectura acaba revelándose como algo que nos redime en muchas ocasiones de las incontables decepciones y reveses de la propia realidad. “El lector no nace, se hace”. Por eso mismo, insiste en que “hay que seleccionar las lecturas”, los libros que importan, los que nos conmueven y se convierten en un resquicio para entender un poco mejor el mundo o pensarlo de otro modo. Leer, como ya dejó dicho en otro de sus libros, “provoca afectos y, también, efectos”.

Esta es una de las ideas transversales que recorre las piezas reunidas en Fragmentos, alentar a la lectura, no solo como alimento, sino como un acto de amor a la vida y a uno mismo, que apela a esta otra verdad filosófica añadida de que en la lectura: “palabra y naturaleza se fusionan. Todo origen de la naturaleza está en la palabra. Y a su vez, el origen de la palabra está en la naturaleza”. Una vez más, Sánchez Menéndez nos conmina a entender la lectura como acto de posesión, de hacer nuestra las circunstancias de que “hay que dejar espacio al lector. Mucho espacio”, para descorrer el mundo y sentirlo más vivo y reconocible.

Por otro lado, hay lugar en el libro para transitar por las propias lecturas del poeta en las que no faltan alusiones a Cervantes, siempre aparece alguna mención de El Quijote en sus libros. También se cita a Cioran, a María Zambrano, a Baroja, a Rilke, a Mark Twain o a Séneca, entre otros, elogiando su amor a los libros: cum libelli mihi plurimus sermo est (tengo mucho que hablar con los libros). Igualmente, no se olvida tampoco de pararse a reflexionar sobre el aforismo, un género que cultiva con sigilo, para destacar la cierta vanidad reinante de algunos que se empeñan en alzar la voz sobre su esplendor, porque “no estamos en un nuevo Siglo de Oro del aforismo... Hay buenos aforismos, sí, y hay buenos aforistas también, pero son contados, y tal vez sobren dedos de una mano”, apostilla.


En resumidas cuentas, la sensación percibida de la lectura de estos jugosos Fragmentos es de correspondencia, es decir, de una relación vis a vis en la que el autor y el lector interactúan, lo digo por la invitación constante al subrayado y a la pausa. Por eso, abrir un libro de Sánchez Menéndez tiene mucho que ver con adentrarse en un mundo simbólico dispuesto a ser reinterpretado. Posee el don de la penetración, de la capacidad de descubrir lo propio de la vida en la razón, y lo tácito en lo aparente. Le importa resaltar que lo importante de la vida anda cargado de metáforas y experiencias. Por eso mismo acude a la metáfora, para representar el significado de las palabras escritas en términos de otras. Y por eso mismo, en su liturgia, lo que importa no es tanto lo que se encuentra en sus páginas, sino lo que significan para quien las lee y cavila.

miércoles, 15 de mayo de 2024

Reflejos y asomos


“La mayoría de las vidas humanas son simples conjeturas”, dice Julio Ramón Ribeyro (Lima, 1922-1994) en una de las anotaciones de Prosas apátridas, ese libro fragmentario, tan lúcido y testimonial al que algunos lectores suyos hemos rendido culto y seguimos acudiendo a él con inusitado interés y la irremediable confianza de huéspedes libres y consentidos. En sus textos y estancias, Ribeyro despliega todo un observatorio de pensamientos que muestran las rendijas y pasadizos de sus conjeturas sobre por donde transitan la memoria, el olvido, la literatura, lo cotidiano, el paso del tiempo, la experiencia de vivir y, sobre todo, “momentos de absoluta soledad, en los cuales nos damos cuenta de que no somos más que un punto de vista, una mirada”.

Esta mirada ineludible a Prosas apátridas se hace necesaria tras la lectura de Dichos de Luder (La Caja Books, 2024), su sintonía literaria y relación consustancial son apreciables. Hay un sesgo común en ambos textos que refleja el perfil displicente y artístico de alguien capacitado para entrever asuntos propios y ajenos de la vida, las letras y la escritura, la enfermedad o el fracaso con tanta perplejidad y tino. Hay pautas sabias de la realidad en ambos libros no exentas de arrojo, curiosidad y desparpajo que los unen. Le importa a Ribeyro pensar y repensar la realidad, quizá en el sentido que decía Nabokov, como palabra que no quiere decir nada si no va entre comillas. Por eso mismo, considera que hay que tenerla en cuenta como bastión literario y verdad propia.

Entrando ya en las entrañas de Dichos de Luder, el libro se abre con una breve presentación del propio Ribeyro sobre Luder, un escritor ficticio y extravagante que vivió un buen período de su vida en el Barrio Latino de París, rodeado de “su espaciosa biblioteca, donde pasaba la mayor parte del tiempo leyendo, escribiendo o escuchando música”. Pero señala también que Luder, de forma esporádica, rompía su monotonía al atardecer, recibiendo a unos pocos amigos, incluso a contados autores jóvenes con los que mantenía vívidas conversaciones que le reportaban jugosos momentos, “pues le permitían salir de su aislamiento y asomarse a una realidad que le era cada vez más extraña y, en muchos aspectos, insoportable”.

Tras esta introducción, en la que deja constancia de su interés por la figura de Luder y, sobre todo, sus ganas de publicar lo que fue recopilando de aquellos encuentros ocasionales, que vienen a conformar el fin último del libro, todo un muestrario, en cien textos breves, de los diálogos que Luder mantuvo con sus diferentes interlocutores, y que dieron pie a ocurrencias jocosas, réplicas ingeniosas, vislumbres y aforismos brillantes. Ribeyro quiso dar buena cuenta del valor literario de sus dichos, muchos de ellos cargados de ironía y sarcasmo, como este: “Se sueña solo en primera persona y en presente del indicativo –dice Luder–. A pesar de ello el soñador rara vez se ve en sus sueños. Es que no se puede ser mirada y al mismo tiempo objeto de la mirada”.

Luder es también un tipo algo cínico, sin apegos materiales, que se honra a él mismo al burlarse de las grandes ideas del mundo, pero posee un sesgo hedonista que no oculta, encontrando su placer en el vino, en la música y en los boleros, sin perder de vista a las mujeres. No sabemos mucho sobre sus gustos literarios, tan sólo conocemos que le gusta releer los libros de Kafka. No se encoge, ni se corta un pelo al afirmar que “Literatura es impostura, por algo riman”. Ribeyro utiliza a Luder como disfraz para ocultarse y lanzar sus dimes y diretes con libertad y descaro. Luder se muestra sin remilgos, como un personaje desaforado y nada engreído, pero con un torrente de agudezas que le valen al escritor peruano para proyectar, en buena medida, su parecido existencial y descreimiento.


En el estupendo epílogo del libro, a cargo de Jorge Coaguila, crítico y biógrafo de Ribeyro, encontramos más pistas de estos dichos, algunos de ellos, señala, son anotaciones tomadas de oídas de otros personajes, como el que señala: “es un escritor tan anticuado que cuando abres uno de sus libros todas las letras salen volando, como una nube de polillas”, que un día oyó al escritor chileno Jorge Edwards contando una anécdota del mismo Julio Cortázar. Pero la gran mayoría de estos dichos salen del pensamiento y la pluma de Ribeyro, disfrazada bajo la máscara de Luder.

En resumen, este es un libro tan inclasificable como jugoso, un conjunto de breverías, reflexiones y notas que condensan una manera de entender la vida y la literatura, y viceversa, un lugar de encuentro distinguible del gran Ribeyro de Prosas apátridas. En Dichos de Luder reconocemos dichos asomos y reflejos de su escritura sintética, irónica y sugerente. Un festín para la inteligencia.