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martes, 5 de julio de 2022

El crítico además de serlo, debe parecerlo


Es difícil exagerar el aliciente de este libro, cuya selección, edición y prólogo corre a cargo de Constantino Bértolo (Navia de Suarna, 1946), licenciado en Filología Hispánica y crítico literario de largo recorrido en diversos medios como El País, El Urogallo o El Independiente, además de director de la editorial Debate entre 1990 y 2003. Es autor de dos obras bien reconocidas, La cena de los notables (2008) y ¿Quiénes somos? 55 libros de la literatura española del siglo XX (2021), ambas publicadas por la editorial Periférica. Es difícil porque, Miseria y gloria de la crítica literaria (Punto de Vista, 2022), contribuye espléndidamente a ilustrarnos cómo la divulgación puede fecundar la labor de la crítica literaria y cómo el crítico, en el desarrollo de su oficio, tiene que abrirse paso en su quehacer, no solo por méritos propios, sino dependiendo del soporte, prestigio y visibilidad del medio donde publique sus críticas.

Dicho esto, conviene detenerse en apuntar que el problema central y permanente con el que se enfrenta el crítico o reseñista a la hora de abordar el interés sobre la lectura de un libro no es más que resaltar el valor y la calidad del texto y animar o alejar al lector de dicha aventura. Es su espada de Damocles, presente en cada momento de su tarea, en el libro entero, en la idea inicial tanto como en el desarrollo, en cada página y en cada coma de lo que ha leído. Es consciente Bértolo de que leer, como todas las demás actividades, es un modo de ocupar el tiempo. Ya lo decía el Dr. Johnson, quien opinaba que todo lo que hace el hombre lo hace con el único y exclusivo fin de ocupar el tiempo. Y esa ocupación, cuando se trata de la labor de un crítico va más allá y, por tanto, aspira a tener su repercusión, “tratará de buscar las causas de su juicio y para ello tendrá mentalmente que recordar y resumir sus impresiones sobre lo que estuvo leyendo... obligado a explicarse y a explicar por qué”.

A los que nos gusta la lectura y nos gusta hablar y comentar sobre lo que leemos pensamos que los libros nunca son libros a secas, como bien subraya César Aira: siempre son buenos o malos, o algo dentro de la extensa gama intermedia. Es más, creemos que la literatura, en cualquiera de sus géneros, está ahí siempre expuesta para ser juzgada. Por eso, cuando tomamos en nuestras manos un texto literario concedemos el valor añadido de que la calidad ya está implícita en el mismo. Y tiene que ver con la premisa de que se trata de una actividad sin ninguna función que la justifique ante la sociedad y, por tanto, necesitada de ser buena para el disfrute. En un mundo como este en el que todo debe cumplir un plan, una función, la literatura, consciente de su inutilidad, solo se justifica tratando de producir gozo, admiración y reflexiones.

Todas estas consideraciones y la escala de valores a la que se enfrenta el crítico, como alude el autor en el prólogo, vienen a referirnos que también surgen los prejuicios. Bértolo resalta que no hay lectura inocente, ya que uno lee desde su propio yo y sus inclinaciones. Señala que la mente no se puede poner en blanco ante la página escrita y no le falta razón, porque cada uno, como lector, tiene su propia biografía desde la que ver formas, sentidos y significados en la palabra escrita. Por eso mismo, conviene tener en cuenta que la crítica hace de intermediario entre el texto y el lector para encauzar una perspectiva argumentativa desde la que destacar el interés o reparo de una lectura. Sortear las influencias del mercado y la industria editorial, nos dice, conforman otros peligros para la independencia del crítico: “El riesgo del crítico subraya– es el miedo, el miedo al poder, al suyo, que es poco, pero es poder, y al de los otros, que siempre es mayor que el suyo”.

Miseria y gloria de la crítica literaria, además de estas reflexiones preliminares, es un libro insólito por la selección de críticas reunidas, con un sorprendente y variado número de citas negativas, a veces suicidas sobre obras y autores que sorprenden por su alcance y por quienes las hacen. Algunas de ellas van revestidas de ironía y sarcasmo, otras parecen denostar a quien va dirigida como si buscaran alguna forma de aniquilación o insulto, incluso desde el rigor de la crítica. En esta antología encontramos lo que un padre sagaz y altivo, como Kingsley Amis, dice sobre la última novela de su hijo Martin Amis: «Ya ha salido la nueva novela del jovencito Martin. La encontré dura de roer». Igualmente, encontramos el desdén mostrado por Charlotte Brontë y Nabokov sobre Orgullo y prejuicio de Jane Austen. O también, cómo califican Max Aub y Francisco Umbral a la escritura de Azorín de sorda y cobarde, respectivamente. Nos llama la atención cómo Zola, se atreve a pronosticar lo que sucederá con Las flores del mal, de Baudelaire con este alegato: «Dentro de cien años, los libros de historias de la literatura francesa solo mencionaran esta obra como una curiosidad».

Sorprenden muchas de estas descalificaciones. Como esta otra que le endosa Gore Vidal a Truman Capote: «Ha hecho del mentir un arte. Un arte menor». Y esta de Sánchez Ferlosio a Cela no se queda pequeña: «Hace treinta años que no lo leo. Es un pelmazo. Y me tiene sin cuidado que le hayan dado el Nobel o no». Tampoco se queda atrás esta letanía que eleva Borges a Flaubert: «A pesar de lo mucho que se esforzaba por escribir, las frases no le salían bien». Más graciosa y socarrona es esta otra que Marsé le brinda a Juan Goytisolo: «Es el único escritor al que le gusta sacarse en procesión a sí mismo». También lucen sus dardos envenenados que se encuentran en gacetas y revistas literarias contra autores de renombres como esta que le propina The Odessa Courier a Tolstoi sobre Anna Karenina: «Basura sentimental... Muéstrenme una sola página que contenga una idea»; o esta otra de Springfield Republican acerca del Ulises de Joyce: «Excepto como tour de force, es difícil creer que este libro posea calidad literaria».


Todo un centón de fragmentos, cerca de cuatrocientas sentencias y juicios que ponen en solfa la fama de ilustres y destacados autores bajo la perfidia crítica e, incluso, bajo la antipatía y malicia de gente de letras que desafiaron la calidad literaria de otros. Este libro de Bértolo nos ofrece una mirada ácida nada complaciente sobre esa parte de la literatura en la que la crítica muestra su faz menos amable y complaciente. No cabe duda que el agente de las transformaciones de muchas de estas opiniones es el tiempo, su devenir. La intervención del tiempo es la que hace consistente la validez o no de lo que se vierte críticamente de una obra. Por eso mismo, la crítica del momento es tan solo un apéndice testimonial y hasta oportunista para dar visibilidad a mucho de lo que se publica. Las reseñas, después de todo, vienen a ser el sustento de la industria editorial y quizá un libro que no sea reseñado sea un fiasco para su editor y una condena dolorosa para su autor.

Miseria y gloria de la crítica literaria es un fresco literario ameno de jugosa experiencia, que se lee con interés por lo que revela acerca de la crítica como ave peregrina con multiplicidad de nidos, un libro que muestra ese lado ufano y, cómo no, implacable de lo que significa la crítica literaria y su alcance demoledor. Tal vez la mejor pregunta que deba hacerse uno como lector después de leer el libro consista en que cuando lea una reseña no se fije en quién hace la crítica, sino cómo la hace y por qué. La clave es su conectividad entre la obra y quien la lee.


martes, 20 de septiembre de 2016

Los libros son contagiosos

Los libros son unos invasores implacables que se van adueñando silenciosamente de la casa de uno con paciencia infinita. No tardan en desbordar los anaqueles de tu librería, hasta estrechar poco a poco sus márgenes. Según pasa el tiempo, los libros se convierten, inexorablemente, en colonizadores feroces a la espera de poder asaltarnos y complacernos a demanda, según la necesidad que de ellos tengamos o el interés que les mostremos. El verdadero empeño de los libros parece que no es otro que acaparar el suelo y las paredes de la casa de todo lector entusiasta que los adquiere para abordarlos en cualquier momento. El “lector ideal”, siguiendo la estela de Alberto Manguel, es acumulativo en ese sentido: cada vez que lee un libro, lo agrega a la formación de su ejército, alineándolo para futuras misiones. Además, como diría el argentino, al “lector ideal” no le preocupan los géneros, en ese sentido, es caprichoso, sin sentirse culpable.

Leer bien –viene a decirnos Harold Bloom– es uno de los mayores placeres que puede proporcionar la soledad, porque –al menos, según su experiencia–, es el más saludable desde un punto de vista espiritual”. Uno puede leer meramente para pasar el rato o por necesidad. Los libros siempre nos esperan para complacer nuestros gustos. Ahora bien, Virginia Woolf decía, con mucho desparpajo, para que no lo olvidemos, que “el único consejo que una persona puede darle a otra sobre la lectura es que no acepte consejos”.

¿Y qué nos dice al respecto Alfonso Berardinelli (Roma, 1943) en Leer es un riesgo, recientemente publicado por el sello Círculo de Tiza? Este intelectual indómito, polémico y heterodoxo, pero a su vez crítico bien reputado en las esferas literarias italianas, viene a corroborar que los libros son contagiosos, acumulativos, colonizadores y silenciosos, y además nos advierte de que leerlos supone riesgos y de que empeñarse en dicha tarea “requiere cierto grado y capacidad de introversión y concentración”.

Leer es un riesgo es un volumen sustancioso y demoledor, un título sugerente, a modo de receta o prospecto literario, donde se recogen un buen puñado de artículos y reflexiones aparecidos en distintas publicaciones de Italia, que ponen a examen todo lo que rodea al hecho de leer, y que desarrolla, a su vez, con minuciosidad, toda una teoría acerca de la importancia vital de la lectura. Berardinelli, aun a riesgo de irritar a muchos, aborda los efectos inciertos de la literatura y la sobrevaloración de algunos afamados autores, en un texto bien armado, no exento de polémica, sobre el acto en sí de leer y sobre los cánones literarios que han forjado esa experiencia como punto de encuentro individual y universal tan común a todos ellos.

El libro, bien prologado y traducido por Salvador Cobo, arranca con una pequeña semblanza sobre el autor a cargo de Hans Magnus Enzensberger, que dice que Berardinelli es “el italiano invisible”, y desde su escondrijo observa a sus compatriotas. Los textos que agrupan esta obra están dispuestos en cinco secciones. En la primera de ellas, Los riesgos de la lectura, probablemente la parte más didáctica del libro, se adentra en los peligros y en las dificultades interpretativas del texto a los que se encaran tanto el lector como el crítico literario. Llega a afirmar con rotundidad lo siguiente: “la única función y la única utilidad que consigo verle a la lectura de obras literarias es esta: escándalo, conocimiento, evasión e identificación”.

En el siguiente apartado, Internet ya no es el paraíso, Berardinelli aborda el daño que las nuevas tecnologías ejercen sobre la experiencia de la lectura, una actividad que precisa de sosiego, de debate, y que anda distraída, sobrepasada por la avalancha y la velocidad de tanta información a la que nos enfrentamos a diario.

La tercera sección crítica está dedicada a la poesía, un género exigente que al ensayista romano le conmueve y al que le ha dedicado grandes trabajos en su carrera. Bajo el epígrafe ¿Fin de la poesía? plantea los grandes retos de siempre del género poético y el compromiso que sus creadores y el mundo de la edición han de mantener sobre este arte minoritario para evitar la banalización de publicar demasiados libros carentes de sustancia.

Con las dos últimas secciones, Italia: historia de un desamor y La tierra desolada, Berardinelli propone un repaso particular, polémico y divergente por determinadas corrientes literarias, así como por la trayectoria de algunos autores, como Umberto Eco o D.F. Wallace, sin miedo a poner en entredicho la popularidad y la calidad de sus obras.

Uno puede concluir al término de este libro meridianamente claro, beligerante y crítico sobre la escritura y el significado de leer, que la mejor manera de practicar la buena lectura es tomársela como una disciplina implícita. Los lectores, además, no somos sujetos de segunda fila en el proceso literario, y hay que admitir, como entrevé el profesor Berardinelli, que sumergiéndonos en un libro, acabamos, al fin y al cabo, dándole la razón a su existencia. Y eso, es una responsabilidad no exenta de riesgos.


jueves, 23 de julio de 2015

El libro póstumo de un maestro

Nulla dies sine linea, con esta cita de Plinio el Viejo, arranca este libro póstumo de Ricardo Senabre (Alcoy, 1937 - Alicante, 2015), reproduciendo una legendaria frase que anima a no dejar pasar “ningún día sin una línea”, que en su caso le sirve como mantra válido, tanto para forjar la disciplina del escritor, como para avivar la curiosidad literaria del lector distraído.

El lector desprevenido (Ediciones Nobel, 2015) reúne los principios literarios, filológicos y críticos que han dado fundamento al catedrático alicantino en su larga trayectoria intelectual sobre su gran vocación: la crítica literaria, una tarea dilatada y constante en el análisis y observación del texto escrito, y que nunca interrumpió hasta los últimos momentos de su vida.

Conocí en persona al profesor Senabre hace tres años, en un congreso literario en la Fundación Caballero Bonald dedicado a transgresores y heterodoxos de la literatura española, en la que impartió una conferencia que versó sobre Industrias y andanzas de Alfanhui, una obra inclasificable de otro destacado transgresor, como lo es Rafael Sánchez Ferlosio. Fue una auténtica clase magistral de literatura que me incitó a una relectura de ese extraordinario libro. A esa obra rebelde en particular, también le dedica un capítulo en El lector desprevenido.

Tal vez con esta publicación, el sello editorial haya querido homenajear al gran maestro de la lectura con un volumen que recoge su última gran lección crítica. En todas las secciones del texto se aborda la lectura a través del mensaje literario propiamente dicho, mensaje que no es otro que la invención de las palabras, observando y analizando diferentes textos literarios escogidos, clásicos y actuales, apuntando cómo unos se vinculan a otros, como imitaciones y reescrituras. El lenguaje, para él, como vehículo de la comunicación, tiene un vocabulario limitado. Por eso, “cada palabra tiene un significado unívoco y se trata de escoger las más adecuadas para que el mensaje sea comprensible, sin dificultad alguna” (pág. 9). Senabre insiste en que la literatura, en su aspecto más elemental, es un acto más de comunicación, pero previene al lector de que esta aparente simpleza debe aspirar a ser un hecho transcendente. La literatura necesita ir más allá y ofrecer ángulos nuevos, otras perspectivas. Y añade que lo que proporciona novedad al texto, no es lo que se dice, sino la manera de contarlo. Tal vez, stricto sensu, la literatura sea una forma, más que una sustancia. Pero eso no quita pensar que, además, deba tener alguna utilidad, como se apunta en el libro al citar lo que el escritor Juan Madrid entiende sobre la sustancia literaria: “es posible que nos desvele cosas nuevas sobre la ambigua y contradictoria naturaleza humana, o sobre determinados aspectos de la vida”.

El lector desprevenido es un tratado literario con espíritu didáctico, una síntesis de un largo recorrido por la historia de la literatura española, desde los autores del siglo XV hasta los narradores más recientes. Aunque Senabre reclame con este libro la atención del lector común, quizá requiera también de un lector más avezado y exigente. Da la impresión de que el autor lo ha leído todo, desde la poesía de Garcilaso y Góngora, la novela de Galdós y Baroja, hasta las últimas apuestas narrativas de Trapiello o Sergio del Molino.

Todos los que hemos gozado con la lectura de las reseñas de Ricardo Senabre andamos un poco huérfanos desde su despedida. Echamos de menos sus críticas semanales en El Cultural del Mundo donde acostumbraba a corregir errores lingüísticos, defectos de construcción o gazapos encontrados en los textos que reseñaba. Como buen docente, esta peculiaridad suya fue siempre instructiva. Jamás resultó previsible. Todo lo examinó con exigencia y densidad argumentativa, y con una prosa clara e incisiva hasta elevar su quehacer a la categoría de crítica literaria.


 Sin duda, este es un libro fundamental, un texto intemporal y erudito, escrito con la sabiduría propia de un maestro de primera fila y dirigido, como apunté con anterioridad, no solo a entendidos en la materia, sino también a lectores entusiastas que aspiran a disfrutar y a profundizar, sin prejuicios, en el núcleo de la buena literatura. Al fin y al cabo, parafraseando al catedrático valenciano, los lectores no somos sujetos de segunda fila en el proceso literario, sino los que acabamos justificando la razón de su existencia.