jueves, 28 de abril de 2022

Colmar lo andado


Como interludio y defensa de la soledad en que se vive, los aforismos reunidos en Caminos de intemperie (Galaxia Gutenberg, 2022), de Ramón Andrés (Pamplona, 1955), invocan y reflejan el amanecer interior de alguien que nos conduce a mirar a lo lejos, a vivir para ver al raso el discurrir del tiempo. Contienen reflexiones incómodas y valientes de lo que supone un existir autoobservado de la propia vida, del oficio de escribir, pero también de la tecnología, de la libertad y del discurrir del tiempo. Vivir para ver, para escuchar música como refugio y necesidad de huir del ruido que asfixia al mundo en que habitamos, vivir para pensar y reparar en lo andado, vivir para asombrarnos de ir más rápido que la oscuridad, son también temas candentes que transitan por estas páginas con jugosa desnudez.

En ese sentido, Caminos de intemperie conforma un breviario luminoso en el que se dibuja el trayecto intelectual de un escritor dotado para ese tránsito de desnudar la palabra y encajarla con precisión en las lindes del pensamiento aforístico, a modo de melodía, de arreglo, como si de un músico se tratara, que toca notas de lo que ha estado oyendo en su interior. Al acuñar aforismos con vocación de canto o emblema, Ramón Andrés recoge un cierto sentir de que no hay palabra superflua o sobrante que quede impune. Ayunar palabras son parte de su cultivo literario, de su pensamiento, de sus hallazgos y vislumbres, como muestran estas miniaturas: “Más fácil crear un mundo que habitarlo”; “Mirar es recolectar”; “¿Estado civil?: Náufrago”; “Cuanto más fragmentarios, más cerca de la unidad”.

Escribir es defender la soledad en que se está”, según María Zambrano. Es esa honda compañía la que sustenta el latido de la escritura del filósofo, músico y poeta que representa Ramón Andrés. Soledad y creación abren sus surcos en el sentido y pensamiento de sus aforismos. Somos muy prescindibles nos dice de alguna manera. Vivir más despacio es algo que se intercala en su escritura como fuente de sosiego y bienestar: “Busco un tejado en todo”, sostiene. Le importa detenerse en las conjeturas filosóficas de Heidegger, de Kant, de Jünger o de Nietzsche, a los que cita, pero más allá de esto, confiesa que “lo único que existe en verdad es lo que se hace en silencio”.

Ramón Andrés considera que ningún aforismo aspira a establecer una formación especial del lector no solo para apreciarlo y, a su vez, disfrutarlo, sino para conseguir en el lector una predisposición de reconocimiento de lo que en su brevedad dice y trasciende en su marco de referencia. Quiere hablarle al alma, recuperar la esencia emocional de lo espiritual, de ahí que entone sin ambages su disposición a “Fragmentarse para escribir fragmentado. No pensar en una sola dirección”. Para conjurar los grandes peligros de la abstracción, propende también al humor, que es lo que siempre nos salva de que nos tomemos demasiado en serio nuestro papel, como cuando uno se mira al espejo y, atónito ante la imagen que ve allí, solo se le ocurre tomarlo a broma. Por eso atisba que “La existencia tiene algo de venta ambulante” o que “A cierta edad la vida no tiene otro destino que la continua reconstrucción del otoño”, y hasta se atreve con una suerte de ironía a prescribir: “La mejor dieta: ayunar palabras”; “Conócete a ti mismo, pero hasta cierto punto”.

El librito, además, agavilla reflexiones subjetivas, provocadoras, algunas un poco enigmáticas, preguntas sin respuestas y secretos por descifrar de la memoria, de las naciones, el humanismo, la muerte, la conciencia o de la búsqueda del saber y el modo de acercarse al conocimiento. Eso sí, todo dicho con sutileza y sencillez, como si condescendiese a compartir su sabiduría con los menos afortunados. Pero que nadie se lleve a engaño, en realidad lo que hay en Caminos de intemperie es una desengañada exploración de algo acerca de lo cual sabemos bien poco, la vida misma, y lo poco que se sabe solo puede servir a quien la escruta y se para a pensar en ella. Digamos que aspira a una cierta complicidad moral con el lector y con la esencia de la escritura, con quienes se afanan en ese fascinante juego de las palabras en el que todos estamos metidos, intercambiando signos de inteligencia que nos rediman de nuestra ignorancia respecto a lo que hacemos o dejamos de hacer.


Confieso al final de estas impresiones y después de releer el libro de Ramón Andrés, que sigo una vez más con la misma sensación de albergar en mí un cierto arrobo de provecho, de sabiduría y gratitud tras cerrarlo. ¿Cuánto de asombro y de observación encontraremos en este nuevo libro suyo de aforismos y pensamientos? Mucho, pero mejor tomemos en consideración lo que dice el autor al final del mismo: “En este libro, nadie lo diría, no hay nostalgia, ningún anhelo de regreso, no evoca, no añora, no mira hacia atrás, no hay voluntad (ni representación); sólo se detiene como el que llega, exhausto, a una encrucijada y se sienta a descansar mientras piensa qué senda emprender. Al fin, se levanta; ve que alguien se acerca, le pregunta si el camino por el que ha venido es aconsejable. El desconocido responde: «¿Qué camino?».”


viernes, 22 de abril de 2022

Un viaje al otro lado del espejo


Así es como la escritora madrileña Nuria Barrios considera la verdadera naturaleza de su ensayo La impostora (Páginas de Espuma, 2022), obra ganadora del XIII Premio de Málaga de Ensayo, un viaje al otro lado del espejo. Lo determina con perplejidad al final del libro, sin olvidarse del vértigo que sintió con su primer texto literario a traducir, la novela Vengeance, de Benjamin Black, un vértigo que le sigue acompañando con frecuencia, consciente de que traducir un libro, o cualquier tipo de texto, viene a ser reconstruir un puzzle con las piezas de otro juego, debido también a esa transición exigente de atravesar dos espacios y que consiste en abandonar lo conocido hacia lo desconocido. Sostiene que “ser una impostora, como la traducción descubre, es parte del oficio de la vida. Cambiar, ser otras, no ser nunca la misma es mi destino. Es nuestro destino”.

Nuria Barrios ha traducido al español la obra de John Banville y también la poesía de la estadounidense Amanda Gorman. Es autora de las novelas Todo arde (2020), El alfabeto de los pájaros (2011) y Amores patológicos (1998), así como los libros de relatos Ocho centímetros (2015), El zoo sentimental (2000) y Balearia (2000), y los libros de poemas La Luz de la dinamo (2017), Nostalgia de Odiseo (2012) y El hilo de agua (2004). Apela a su andanza como escritora a la hora de abordar el sentido de su nuevo libro que subtitula Cuaderno de traducción de una escritora. Para ella, “saberse impostora es asumir como propia la lateralidad y convertirla en un ejercicio de hospitalidad”. En ese sentido, revela que la traducción le descubrió una herramienta extraordinaria de interpelar el lenguaje de manera más incisiva. Por eso mismo, considera que traducir tiene bastante correspondencia con la vida, que también es un arte de descifrar y traducir el mundo, de traducir a los otros, y traducirnos a nosotros mismos.

Este ensayo, o cuaderno de traducción, como así también lo llama, está estructurado de una manera recurrente y ligera en su extensión para establecer con el lector una confianza y una cercanía en el desarrollo, buscando complicidad. Escrito en primera persona, utiliza rasgos emotivos y elementos de la vida de la propia autora para esbozar ese andar a tientas por el terreno de la traducción, desde su experiencia de artífice en trabajar con palabras de otros que ya existen y debe respetar, estudiar, calibrar y valorar para trasladar a otro plano de la realidad lingüística. Deja dicho que la responsabilidad de quien traduce es fundamentalmente literaria y que, por eso mismo, su oficio es como el aire que lleva las palabras de una tierra a otra. Este ensayo, dice Nuria Barrios, es una exploración existencial de la lengua y su mecánica, que es nuestra casa, como también es un viaje de descubrimiento.

Y en ese discurrir, habla en un capítulo de la extrañeza, de ese exilio de la traductora hacia otra lengua para llevarla a la suya propia, un desplazamiento que deja ver cómo “lo propio se hace extraño para que lo extraño se convierta en propio”. En otros dos capítulos que pone por título En femenino, sustancia al lector con la realidad palpable de que son mujeres quienes ejercen mayoritariamente esta profesión. De ahí que hable de ellas, como también de las lectoras, refiriéndose en genérico femenino. Da cuenta también de esa invisibilidad perpetua que forma parte del oficio de la traducción. Barrios evoca la Torre de Babel y está en consonancia con lo que decía George Steiner: «Babel ha resultado ser la base misma de la creatividad humana. Lejos de ser un castigo, Babel es una bendición misteriosa e inmensa. Aprender nuevas lenguas es entrar en otros mundos nuevos».

Su condición de escritora la lleva a establecer que cada lengua es una ventana que da a un paisaje único, por eso considera que lo complicado y, a la vez, fascinante de la traducción consiste en tratar de mantener vivo el eco del idioma de origen en el idioma de destino. Nos acerca también a los que compaginaron el oficio de traductor y escritor como Nabokov, Julio Cortázar, Octavio Paz o Agota Kristof. Hay otro apartado interesante que es el que dedica a lo que ella titula Fidelidad heterodoxa, en el que la controversia está servida. Explica que depende de qué entendamos por traducción: literalidad o literatura, reproducción o interpretación. Y añade que no es fácil elegir el término que mejor sintetice el significado de la traducción, ya que una obra va siempre mucho más allá de su creador. Por eso al hablar de traducción, dice que habría que pensar en: volcar, reproducir, transferir, verter, replicar, interpretar...


En todo caso, lo fascinante del libro es que el lector sale a gusto de un viaje de exploración guiada desde el propio taller de la autora del libro, y agradecido, con algunas ideas más comprensibles acerca de este oficio invisible y tan imprescindible para nuestro interés. Qué sería de nosotros, lectores entusiastas de Coetzee, Philip Roth, Virginia Woolf o Susan Sontag sin la existencia de los traductores. La traducción es el milagro, el canal que lo hace posible, sin olvidarnos de esto que bien subraya Nuria Barrios con suma naturalidad: “Cada lengua tiene su manera de ser escrita. Un libro en dos lenguas distintas no es el mismo; son dos libros simplemente parecidos”.

Diría que La impostora es un ensayo oportuno, envolvente y original, urdido en una química narrativa que muestra el apasionamiento de una escritora por aproximarnos a ese pacto de amor, a esa levitación e impostura que supone el oficio de traductor, que no es más que trabajar sobre una obra ya hecha para el entendimiento y disfrute de los lectores.


martes, 12 de abril de 2022

Vidas Menores


En la escritura de
Isabel Bono (Málaga, 1964), autora al menos de una veintena de libros, entre ellos los poemarios Los días felices (2003), Pan comido (2011), Lo seco (2017) y Me muero (2021), los libros de aforismos Hielo seco (2015) y Caballos que cantan (2021, o las novelas Una casa en Bleturge (2017) y Diario del asco (2020), en la mayoría de ellas se deja ver el desasosiego, el dolor íntimo, el desafecto y todo un amplio territorio desconcertante en el que cabe la vida real de lo cotidiano como trastienda particular que guarda no pocos restos de sueños rotos, desacatos, resignación y dulzura amarga. Cada libro suyo se entiende y discurre con facilidad por ese lado seco y nihilista de la vida en el que la experiencia arrolla como una apisonadora y solo comprendemos una vez pasado el tiempo.

Fijando nuestra atención en su producción narrativa, digamos que Isabel Bono posee una prosa seca, limpia y afilada, como así pudimos comprobar con el debut de su primera novela, Una casa en Bleturge (2017), una historia tierna y cruel que discurre precisamente por ese lado trágico de la vida de una familia en la que cada uno de sus miembros pone su voz para que se le oiga. Intervienen todos y tratan de pasar páginas de su pasado, de los miedos y odios soterrados que padecen, en especial, los que revela la madre, una mujer abatida, pero con suficientes agallas, que trata de poner orden y concierto a su vida ajada, una mujer introspectiva y nada indiferente, de ojos bien abiertos, que pasea y lee para encontrarse consigo misma, buscar sentido a su existencia y sobreponerse.

Después con Diario del asco (2020), su segunda novela, vuelve a ese mismo ámbito con otra historia familiar trágica, un relato descarnado que presenta con precisión de detalles y sin tapujos la vida y trasiego de un hogar en el que el tema tabú del suicidio sobrevuela toda la novela. Nos cuenta esa conexión adversa de aprensión y destino de la vida de sus protagonistas, vidas en las que parece que no hay un argumento predeterminado, sino que son una suma de sucesos traídos a la página para hablarnos de quienes rivalizan en sus vínculos, como queriendo esclarecer el mundo interior de cada uno a través de la observación del narrador, como si procediera a despojarlos del dolor, de la inquina, y de las náuseas que padecen.

Y ahora, como si el latido de su novela anterior permaneciera en vilo, vuelve a retomar el hilo de la misma, pero en esta ocasión poniendo el foco narrativo en dos personajes esquivos, que en el anterior libro pasaron desapercibidos y ahora resurgen para contarnos cómo detrás de toda historia familiar hay un sesgo, un margen recóndito por el que algunos de sus componentes transitan en segundo plano, pero que son gente tan singular como los demás, quizá más, aunque muy suyas, tan apartadas como necesitadas, tan vulnerables como incomprendidas, que sobrellevan sus fragilidades a solas, sin apenas ruido.

Los secundarios (Tusquets, 2022) ponen voz a Rubén y Amalia, sus dos protagonistas que permanecieron rezagados o, más bien, en segundo plano en Diario del asco, un resarcimiento del anonimato de dos miembros de una familia desgajada por la tragedia, convertidos en narradores de su propia historia, una ocasión que les sirve para dar testimonio de sí mismos y liberarse de ese nudo familiar que tanto cuesta deshacer. La novela deviene en un monólogo interior que se intercala con diálogos muy vívidos y reveladores.


Destaca la estructura de la novela. La ordenación de la trama en siete capítulos encabezados con el nombre de Rubén o Amalia obedece a un propósito claro y determinado por la autora para esclarecer y encajar la verdad silenciada de las vidas de sus dos protagonistas, dos seres marginados con un vínculo común que vienen de lazos familiares ya deshechos. En esa disposición formal de la historia se encontrarán ambos por casualidad, después de muchos años, en el portal del edificio donde viven, cuñados en un tiempo pasado y, ahora vecinos sin saberlo, un descubrimiento que les permitirá mantener una conversación provechosa y liberadora, una oportunidad de oro para afianzarse en sus respectivas vidas independientes, así como una ocasión valiosa para conjugar sus recuerdos y secretos, muy definidos en ambos por el menoscabo de no haberse sentido ninguno de ellos protagonistas en sus vidas paralelas.

Isabel Bono firma un libro audaz, bien escrito y dispuesto en una prosa limpia de retórica, contada en presente, un tiempo verbal que es como un estrecho haz de luz para despejar la oscuridad persistente de un pasado que sigue dañando.

Los secundarios posee esa correspondencia que confirma que la literatura nunca debe dejar de ser el lugar donde se disputa la forma de escribir una buena historia, que, en su caso, además, es una historia punzante a la vez que conmovedora.


martes, 5 de abril de 2022

Existencia arremetida


Tal vez convenga no olvidarse que el aforismo nació en sus orígenes con cierto aire de estatuto, de código o incluso de principio. Lo que significa que desde sus inicios ha conservado esa naturaleza instructiva propia de expresión concisa destinada a dictar un vislumbre poético, una sentencia de tipo moral o una reflexión filosófica. Pero sin olvidar que escribir aforismos, aprender su especificad, significa también construir una voz propia que no solo se corresponde con el estilo, sino que también implica el tono, el espíritu, el nervio y, cómo no, la originalidad en la forma que el autor expresa sus hallazgos.

A esta idea afín y a su impulso creativo por captar lo instantáneo a través de fogonazos e intuiciones insólitas, se suma el poeta y ensayista Álvaro Campos Suárez (Málaga, 1981), autor del cuaderno de poesía trENes (2013), del libro Buda en el Bolshói (2014) y del ensayo ¡Abajo el sistema! (2018), ofreciéndonos ahora un buen repertorio de aforismos bajo el título de La certeza del color (EDA, 2022), su debut en el género, un libro que aboga por la curiosidad y el asombro, un libro que despliega una voz muy particular, a modo de un flâneur que camina y pone en relieve el contraste de las cosas vistas, experimentadas y concebidas que caben en cualquier existencia.

Cabe decir que estos aforismos se presentan ante el lector como un desafío de un paseante que le obliga a abrir los ojos y a desplegar todos sus resortes interpretativos. Además, concita a entendernos con su amplitud de miras y a sopesar que la lectura de un mismo aforismo deja entrever su color, matiz y margen para la subjetividad de quien lo lee: “Nada tan exacto como la volubilidad del pensamiento”, señala el autor al respecto. Por eso mismo, los lectores de aforismos esperamos siempre la sorpresa, aun desconociendo cómo va a manifestarse y de qué manera se va a concretar en nuestro entender. Es eso lo que se atisba en muchas de las miniaturas diseminadas por este libro, un cauce oportuno para que lo dicho nos alcance, engatuse y, sobre todo, que se manifieste como el chispazo de un entendimiento que espera nuestra colaboración.

El libro de Campos Suárez está dividido en cinco secciones. En cada una de ellas traza un itinerario por donde desplegar sus pensamientos cortos que, en su mayoría, se nutren de observaciones de la propia realidad. Comienza con Cuaderno de artismos, un conjunto de ochenta aforismos en los que la poesía, el libro en sí, la escritura, el lector y, en definitiva, el curso de la palabra se dan cita como fuente de efervescencia y creación: “No solo el escritor es narcisista; también lo es el lector, que completa el texto con su ejercicio introspectivo”, dice en uno de ellos.

En Diccionartio básico de dudas y Guía de últimas verdades se concentran un buen puñado de observaciones que reconsideran conceptos clásicos y contemporáneos que abarcan un amplio campo, con la idea de mostrarnos cómo muchas palabras esconden sorprendentes variantes de conceptos, por ejemplo: “Emoción: 1.f. Fisiología. Hormona del misterio, segregada por los lectores más exigentes”; “Estadística: 1.f. Numerología. El arte de decir medias verdades”; Infancia: 1.f. Relatos. Aventuras para el chico, cuento para el mozo, y para el añoso leyenda”.

En La vida indubitada y Del amor a las mentira (y otros deportes de riesgo) se agrupan aforismos en torno a la existencia, al tiempo, a la duda, a las limitaciones, a la justicia, al amor, a la familia, a los anhelos e invenciones que nos acompañan, como así se palpa en algunos de ellos, vayan estos ejemplos: “Si somos en esencia agua, ¿no es lógico que nos hallemos a menudo en un mar de dudas?”; “Respirar y suspirar, el oficio de la vida”; “Cuán ruidoso es un encuentro falto de interés”; “Por regla general, y motivos varios, las personas, al hablar, alimentan el diálogo con invenciones más que con verdades”.


Todo escritor es un bosque de notas”, nos dice el autor certeramente, y a ese quehacer parece atenerse el despliegue de lo que le ha supuesto escribir todas estas anotaciones a lo largo de muchos años, sin intuir ni pensar que acabarían en un libro de aforismos. Hemos podido leer sin menoscabo a lo largo de su recorrido, desde el principio hasta el final un despliegue fecundo de reflexiones sobre casi todo bajo una convergencia aceptada: el asombro que depara la vida y cómo esta se encuentra inextricablemente mezclada con la palabra. Algo así, aunque sea por analogía, abarca esta sentenciosa frase con lo que concluye el libro: “Todo aforismo es un cauce; toda certeza, un río”.

La certeza del color refleja un río aforístico fresco y perspicaz que surca toda una existencia en observación y al que no le faltan destellos sorprendentes ni toques humorísticos de indisimulada retranca, un libro que nos permite descubrir una nueva voz pujante en un género que, hoy por hoy, atraviesa por un buen momento de forma en nuestras letras, con mucho garbo y con una creciente atención por parte del lector. Que no pare, nos gusta pensar por lo breve.