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domingo, 14 de febrero de 2016

La salud de los libros

Los buenos libros nos entretienen, nos divierten, nos producen placer, pero también nos educan para adoptar frente al mundo real una actitud censora y, a su vez, el compromiso de velar por ellos y cuidarlos como los objetos fabulosos y delicados que son. La cofradía de bibliófilos y bibliómanos es eminentemente pintoresca y extravagante. Los coleccionistas de libros han sido siempre gente peculiar y maniática. Unos compran libros para leer, otros lo hacen para recrearse contemplándolos, y queda una tercera clase que los compra para fijarlos en un extenso mueble y apalancarlos detrás de unas delgadas puertas de cristal, bajo llave. Los placeres de la caza del libro son distintos y dependen del tipo de cazador. No hay mejor trofeo y compañía para cualquier entusiasta de los libros que las que otorga su presencia, por mucho que todo lo demás cambie, ellos siempre están disponibles, siempre responden cuando demandamos su alivio y su aliento.

De todas las cosas que hacen los hombres en este mundo –nos dice de manera sentenciosa Tom Carlylelas más trascendentales, maravillosas y valiosas, son, con diferencia, esas que llamamos libros”. Su paisano William Blades (Londres 1824 – 1890) también lo creía así. Siguió los pasos de su admirado William Caxton, primer impresor inglés, y aprendió ese noble oficio de publicar libros, convirtiéndose, además, en un entusiasta bibliógrafo y propulsor del nacimiento, en 1877, de la Library Association del Reino Unido. Su trabajo literario que le dio más fama fue The Enemies of Books, editado en 1880.

La editorial Fórcola, en su colección Periplos, rinde homenaje a su figura con el lanzamiento de este breve y hermoso ensayo de su obra, que lleva como refuerzo un defensivo subtítulo: Contra la bibliocastia, la ignorancia y otras bibliopatías.

Presentar ahora un libro del siglo XIX que trate sobre los cuidados y prevenciones de riesgos en torno a la vida útil del libro, pudiera parecer rancio y anodino para el lector común, pero el alma de este texto tan ilustrativo puede despertar el interés caprichoso no sólo de los especialistas y bibliómanos, sino que, además, no defraudará al curioso que se preste a la aventura de leerlo. En todo caso, rescatar un libro de estas características, es más que meritorio, toda una proeza editorial que los amantes de los libros, letraheridos y tantos convalecientes aquejados de libropesía, valoramos y, al mismo tiempo, celebramos con regocijo. Los enemigos de los libros es ese tipo de texto que también es necesario hoy en día, un libro que aglutina esa capacidad de hablarnos no del contenido, sino de la validez del recipiente, es decir, de lo que significa el libro como objeto, eso que los adictos nos empeñamos con esmero en conservar vivo y a punto: sus solapas, su encuadernación, sus ilustraciones.

El editor, nunca se encontró en mejor disposición y momento como este para dedicar enfáticamente su publicación a los entusiastas de los libros y, de paso, maldecir a los canallas que los maltratan o persiguen. En el epílogo se dirige igualmente al lector, con el mismo empeño, a que persevere y cuide de estos maravillosos objetos contra cualquier ignominia y fanatismo venideros. Y en ese alegato nos conmina a proteger y conservar el patrimonio libresco como si de nuestros hijos se tratase, una encomienda de defender el verdadero progreso, que no es otro que el moral y el cultural, más allá de la economía y del avance tecnológico.

El libro de Blades es entretenido, ameno e ilustrativo, un opúsculo que encarna una desenfrenada apología del libro impreso, una encendida defensa contra aquellos que perturban y cercenan su existencia. Consta de diez capítulos, con una introducción intachable de otro erudito de la época, Richard Garnett, un “posfacio” en el que se narra una anécdota ocurrida durante una subasta de libros, y una “conclusión”, como punto final, para fijar el disfrute y el cuidado de los libros. El agua, el fuego, la polilla, los propios encuadernadores y el juego de los niños son algunos de los causantes de tanto estropicio ocasionado al libro en general. Pero, para el británico, nada era comparable a la prohibición y a la destrucción de tantos libros como los provocados por el papanatismo de tantos hombres a lo largo de la historia.

La nueva publicación de Los enemigos de los libros es una joyita impresa. Cuenta en su haber con la impecable traducción de Amelia Pérez de Villar y un prólogo exquisito a cargo de Andrés Trapiello. El escritor leonés se siente cómodo hablando de un autor que sabe tanto de historias de libros como Blades y no le importa añadir, con cierta ironía, a la lista extensa del británico, que otro enemigo, incluso más importante, es el autor. Si los autores fueran mejores de lo que son, viene a decir Trapiello, no escribiendo más que libros buenos, entonces el público lector les tendría, sin duda, en mejor consideración y aprecio.


Creo que, como decía Mallarmé, “todo en el mundo existe para concluir en un libro”, como este, un libro breve, simpático y cuidado, que prescribe, además, cómo preservarlo y cómo cuidarlo de las alimañas que lo acechan.

jueves, 28 de noviembre de 2013

Los placeres de la caza del libro


Decía Jaime Salinas que un editor es una especie de go-between, de intermediario, entre el escritor y el lector, y esto, que parece simple, requiere de una vocación concienzuda e inquieta. Periférica es un sello independiente que, en sus siete años de existencia, se ha hecho un hueco entre las editoriales españolas, en esa labor impagable de ofrecer calidad literaria por encima de réditos comerciales. Su alma mater, Julián Rodríguez, es, ante todo, lector, y cuida con mimo de que su catálogo sea la fortaleza y aval que determine el perfil de ese rostro periférico. En los últimos tres años, gracias a la creación de la colección roja de Periférica, Largo recorrido, he leído a autores desconocidos del siglo pasado que me han deparado grandes satisfacciones, como: Gianni Celati, Fogwill, Elisabeth Smart o Christopher Morley con La librería ambulante. De manera que de un tiempo a esta parte las publicaciones del sello extremeño son cada vez más familiares para mí y no dejan de hacerme compañía.

Ayer leí, de una sentada, un libro de esos que llegan al corazón y creo que, en mi caso, permanecerá por largo tiempo. Los amores de un bibliómano, de Eugene Field (Saint Louis, 1850 – Chicago, 1895), publicado hace dos meses por Periférica, es, por encima de todo, un homenaje a los libros. Y es también una historia de amor y un elogio de la amistad que el propio autor profesó en tantos años hacia un reducido grupo de amigos que, como él, se embarcaron en la felicidad de leer y releer a lo largo de sus vidas. Los amores de un bibliómano tiene la apariencia de novela, pero se acerca más al ensayo-ficción camuflado en la biografía del escritor de Missouri; un texto apasionado y ameno. Desde las primeras páginas, Field, a través de su protagonista, deja constancia de las ventajas que el amor a los libros tiene sobre otros tipos de amor: ...las mujeres son por naturaleza volubles, y los hombres también; su amistad es susceptible de disipación a la mínima provocación o a la menor excusa. No ocurre esto con los libros, porque los libros no cambian. Dentro de mil años serán lo que son hoy, dirán las mismas palabras, expresarán la misma alegría, la misma promesa, el mismo consuelo; siempre constantes, ríen con los que ríen y lloran con los que lloran, (pág.13-14). Eugene Field habla de los libros con tanta entrega y entusiasmo que contagian al lector. Venera tanto el amor a los libros que anima a leer sin descanso hasta en la cama: ningún libro se aprecia de verdad hasta que no nos lo llevamos a la cama y soñamos con él, (pág. 29).

Los capítulos que siguen a estos primeros arranques nos hablan de los cuentos de hadas, de los inicios de la afición al coleccionismo, de los placeres de la pesca, de libreros e impresores antiguos y modernos, de los maravillosos olores que desprenden los libros o del gusto por los catálogos. Entre estas divagaciones aparecen charlas entretenidas de amigos al calor de la chimenea, bajo la compañía de una buena copa, que se interrumpen de vez en cuando para dar paso a los poemas del juez Methuen, uno de los personajes más carismáticos y omnipresente a lo largo de todo el relato.



Esta obra de Field tiene el encanto de otros tiempos, de una nostalgia reservada a los letraheridos aquejados del virus incurable de la pasión por los libros. Pero sobre todo, Los amores de un bibliómano, es una novela deliciosa, repleta de inteligencia y humor sobre los placeres de la caza del libro, que es como les gusta a estos fetichistas llamar a la aventura del coleccionismo de libros.

Nada más que por el título y la extraordinaria portada merece la pena curiosear su interior; cuando el lector esté dentro, es seguro que el germen lo infectará del gozo que atesoran sus páginas.