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lunes, 14 de julio de 2025

No hay existencia sin vértigo


Si la escritura es un puente, el río que pasa bajo ella no es más que la vida transferida por su autor, que interfiere en la nuestra con la historia que cuenta, con la revelación de sus palabras escogidas que nos conducen a encontrar un síntoma, un rastro, o un espejo al que, quizá, no hubiéramos pensado asomarnos para ver reflejada allí una verdad ominosa o recurrente que define la lógica secreta del mundo en el que, resignados, vivimos. No hay existencia sin vértigo. El vértigo, además, es la expresión de la contingencia de la vida. No se puede habitar el mundo sin esa experiencia, sin aceptar que nada es definitivo y que nada es seguro, sin considerar que nadie es dueño y señor de su existencia, de su soledad y de los fantasmas que provoca vivir en un vaivén inestable y disonante.

El nuevo libro de Miguel A. Zapata (Granada, 1974) es un impresionante relato de resiliencia y mirada al mundo, de laberintos y lazos con otros que a veces serán personas cercanas y a veces extrañas, bajo una gramática de existencia activa y contemplativa. Poética del eremita (Baile del Sol, 2025) es una novela en la que existir y persistir acaso sean sinónimos rigurosos, un testimonio del pensamiento y de las peripecias de la existencia de su protagonista, un hombre nada convencional que también pone en valor la vida como ejercicio ético y estético. Zapata asume el reto de imaginar gozosa y arduamente una narrativa liberadora y reflexiva para abordar la profundidad de redención de Don, un personaje poco común, que vive en una ermita abandonada, a pocos metros de un acantilado, apartado del mundanal ruido.

Don es un ser inquisitivo, que reflexiona sobre qué es lo que le gusta de la vida y de la gente, porque de lo contrario se arriesga a convertir su futuro en un erial, eliminando toda posibilidad de fructificar su apartada manera de vivir, consciente de que para alcanzar el futuro tiene que vivir el presente al margen del resto. Para él, todo lo propio usurpa el centro de una realidad habitada por la huella de lo ajeno. La libertad que entiende es un concepto del binomio propio-ajeno. Para Don, lo propio es sujeto, mientras que lo ajeno es objeto: “Don arriba y el resto del mundo abajo”. Sin embargo, qué perturbador es el deseo para este ser solitario, una especie de demonio que nunca duerme ni se está quieto. El deseo en Don es travieso, pero sin arrasar a sus ideales: “A Don le gusta pensar en lo que no fue pero podría haber sido”.

En ese yo circunscrito de la novela, a través de la voz narrativa desplegada en tercera persona por Zapata, encontramos la identidad de alguien que habita un escenario aislado, dispuesto a acceder a su auténtico yo, como proponía Descartes, buscando un tiempo de soledad radical e iniciando un viaje interior, con la idea de que ese viaje le sirva para acudir a sí mismo, a su ser más profundo. La vida reflejada aquí no es sino existencia y representación. Significa que Don es un ser fronterizo respecto a ambas posiciones y, por eso mismo, entiende la vida como conflicto y drama y, por lo tanto, le resulta imposible concebirla separándola de la herencia cultural y de las situaciones contingentes del mundo, del sentido del vivir y de sus relaciones con los demás. Don compagina su vida mística y eremita frecuentando trabajos artesanales, arriba, en la montaña, cuyos encargos le sirven de conexión con sus congéneres.

El aire pragmático del silencio fluye por cada uno de los treinta y seis capítulos de la novela, proporcionando un repertorio de verdades no dichas, pero que se insinúan y que acompañan al soplo lírico y filosófico de muchas de las reflexiones rompedoras que “Don el eremita”, “tasador de acantilados”, “casi poeta”, “fláneur de puertos y mares”, escruta y huele, solo o acompañado, con su propia imaginación y memoria, reivindicando ese gran anhelo universal por encontrar “la única vida que merece la pena pero no se nos permite vivir: la imposible”. Zapata da pie a que su novela fluya como un libro rizoma que va creciendo por la superficie del relato, tratando de poner palabras a lo inexpresable, a la sensación de extrañeza ante el mundo de alguien predispuesto a aceptar un renacimiento de la vida, poseído de una conciencia libre y asombrada ante la infinita complejidad de la existencia.

No pretende el autor encontrarse a sí mismo en su Poética del ermitaño, al menos en su totalidad, ni siquiera pretende ubicarse en el alma del lector, sino que lo que pretende es que el lector establezca una relación con las cosas que importan del mundo de Don, con la realidad que es lo que siempre está ahí. Por eso mismo, la médula de esta novela no es la argumentación, sino su estancia vital de búsqueda, para ir más allá de lo buscado. Diría que, más que de soledad y misantropía, este libro tiene que ver bastante con el reconocimiento de la compañía de los demás, desde el territorio íntimo donde se fragua lo que en verdad podemos hacer, lo que podemos ser, lo que deseamos y lo que no.


La vida reflejada aquí, entre el mar y la tierra, viene a ser esa referencia inasible del mundo que nos rodea, esa mirada que se engancha en todo lo que surge alrededor de quien la protagoniza, estableciendo un diálogo, silencioso muchas veces, pero en el que se traduce siempre el asombro y la lectura de lo que somos, de lo sabido, de lo aprendido, de lo insólito y de las respuestas no dadas. Miguel A. Zapata acierta en la forma, el foco y el sentido de lo narrado en esta historia, tan singular como existencialista, que se pregunta por el valor de la vida, una lectura que pone en alza su talento narrativo, así como también su defensa apasionada de todo lo efímero e inútil, y, al mismo tiempo, trascendente, todo aquello que tiene de épica la buena literatura.

domingo, 28 de agosto de 2022

La gran colmena


Ahora que buena parte del pensamiento burgués, presionado por las contradicciones que está provocando en la realidad el desarrollo de su sistema de vida, se afana en devorar sus propios mitos y desacreditar sus banderas más emblemáticas, como el libre movimiento de las personas, bueno sería tomarse en serio toda esa parte de la tradición de este pensamiento burgués que se ha volcado en la batalla por la dignidad del ser humano, por una vida sin restricciones ni fronteras, responsabilizados en nuestra propia potestad, dignidad y sentimientos a la hora de aprender a vivir en el mundo en la provisionalidad, en el desarraigo y en la incertidumbre.

Tal vez este fracaso alarmante de nuestros contratos sociales esté esperando una respuesta de otra índole. Una respuesta que algunas voces articulan ya en lo que denominan el metaverso, único mundo digital, disponible las 24 horas del día y de manera universal, en el que podemos interaccionar, tener relaciones y realizar todo tipo de transacciones como si fuese el mundo físico. Esa visión idealizada del metaverso, dicen, abrirá puertas a un mundo digital potencialmente perfecto, donde podamos adoptar distintas personalidades, realizar nuestros sueños, superar nuestras limitaciones, viajar sin restricciones, acceder a entretenimiento ilimitado, desarrollar nuestra creatividad, aprehender el mundo y alcanzar, finalmente, el ansiado éxito en la vida, o mejor dicho, la cibervida.

Tal vez ahora, más que nunca, conviene recordar que nuestra libertad no se juega nunca en las decisiones y costumbres, sino en los ejercicios de interpretación. De ese mundo anunciado donde todo parece estar claro, expuesto a nuevos valores y verdades iluminadísimas, surge como espejo Nos tragará el silencio (Baile del Sol, 2021), la última novela de Miguel A. Zapata (Granada, 1974), un libro complejo y denso, que aborda la metamorfosis de la realidad convertida en un nuevo orden, una parábola nada complaciente sobre la libertad y las diferentes maneras de alcanzarla, agitarla, perderla o elegirla. Zapata parte de un entramado narrativo escrito en primera persona que deriva en un ensayo político, económico y social. Eso sí, sin dejar de marcar su acento novelesco de fábula representativa de algo parecido a la cibervida que, cada vez más, va imponiendo sus canales de comunicación, archivo y rastreo con fines de control sobre los usuarios.

El Autor nos presenta un estado impostor representado en su propia nomenclatura, La Hiedra, un ente todopoderoso, un simulacro decisivo, regenerador y, por tanto, alienante, que persigue regular cualquier desvío social en la vida de los ciudadanos que conforman su ámbito de control. El narrador nos cuenta que es captado para continuar abasteciendo al sistema de análisis de la realidad. Será un compilador de datos para la corrección social. Su mirada, como así nos cuenta, “es la de un niño que va descubriendo cosas al mismo tiempo que las va nombrando”. Sus conversaciones con otros personajes que van apareciendo por los distintos módulos, como Oscar Montes o Dimas Guebara, le van abriendo los ojos sobre el funcionamiento de la maquinaria de La Hiedra, de cómo “te arrastra de forma sibilina y te impide analizar los perfiles concretos de lo que sientes, de lo que crees que debes sentir”.

Nos tragará el silencio es, stricto sensu, una dialéctica, es decir, una relación lingüística, también, entre partes y todos, entre palabras y actos: entre acrónimos y frases, frases y párrafos, párrafos y texto, texto y contexto; entre realidad e ideas, entre estructura e individuos, un armazón inmerso, eso sí, en los límites de la soberanía popular y la capacidad de mutación de un Estado tan omnipresente como invisible, partiendo de inquietantes premisas que podríamos considerar nada exentas de fundamento histórico. En esa gran colmena y orden botánico que representa La Hiedra, no le interesa el pensamiento único ni el control de la información, sino el fin predispuesto en su origen: el deseo de establecer el silencio de la población con el máximo ruido posible de una información sobreabundante. ¿Cómo hacerlo y para qué? Por medio de los dispositivos de la ciudadanía para llegar así a otra forma de silencio, aquel que surge “del vacío que queda tras el choque de millones de datos lanzándose sin control hacia los usuarios”, hasta dejarlos sumidos en la inacción de sus derechos.

Todo un sabotaje incruento propiciado desde el poder establecido por La Hiedra para que la libertad quede desacreditada y delimitada por la ingente maquinaria que representa, y que avanza desde su propio subsuelo hasta la superficie, para que de esta forma, el legislador, valiéndose de las ILP (Iniciativas Legislativas Populares), una franquicia del ciudadano dispuesta para que el Estado se obligue a sancionarlas, como árbitro y hacedor del rumbo y bienestar de la colmena. Zapata no ceja en dar rienda suelta a su imaginación exuberante y humor cáustico a través de una trama vaporosa, en la que la indignación y la resistencia, que son las que verdaderamente impulsan los valores democráticos basados en la ética, la justicia y la libertad, han quedado relegadas, más bien parecen haber sido engullidas, sin apenas ruido, por un nuevo patrón.

Zapata relata la cosmovisión de ese nuevo orden, sí, como la apología de lo que se avecina, un nuevo gobierno del mundo, tal vez inducido irremediablemente por la apatía, la costumbre y el ensimismamiento del ciudadano de hoy. De La Hiedra no escapará nadie. Sus tentáculos, nos viene a decir, alcanzan pilares básicos, como la educación, la historia, la economía, a las que se añade la digitalización de todo lo concerniente a cada ciudadano registrado. La Hiedra viene determinada por su utilidad como centro de internamiento en el que la población, por voluntad propia, se deja fiscalizar, aceptando el fin regenerador del sistema. No hay vislumbre optimista que cambie el panorama de iniquidad establecido, sino que todo concluye, irremediablemente, en ese silencio desolador que anuncia el título del libro. Si alguien lee estas páginas no podrá soslayar la hostilidad de La Hiedra y mucho menos, asentir la perversidad de su naturaleza.


Nos tragará el silencio es, por tanto, una novela de tesis, densa, ambiciosa y exigente, que da mucho que pensar sobre el presente y futuro de nuestro tiempo, un relato que irrumpe en una secuencia temporal, en un mundo interpretado como juego de disonancias, un libro para la reflexión, que requiere pausa y relectura en muchos de sus pasajes, un texto grueso que no se escurre de las manos del lector, que le vincula a su historia y relato, atento a sus prerrogativas y entendimiento sobre el devenir de una realidad distópica urdida bajo el prisma de un observatorio orwelliano que, paradójicamente, sigue aún latente y amenazante en el tiempo.


martes, 27 de diciembre de 2016

Cuentos suspensivos

El microrrelato es un género que requiere concentración y cuidado intensivo por parte del lector. El lector distraído se perdería si lo leyera en un santiamén, al tratarse de un texto claramente elíptico. Precisamente ahí reside su misterio, y por eso exige que el lector se incorpore activamente al texto, desde el título de cada pieza hasta su punto final, para resolver el enigma que se plantea, para rastrear en el puzzle narrativo propuesto por el autor y encajar las piezas que pudieran faltar en el mismo. El microrrelato, como subraya Andrés Neuman, necesita de lectores valientes, es decir, que soporten lo incompleto.

En Voces para un tímpano muerto (Talentura, 2016), Miguel A. Zapata (Granada, 1974) parece advertirnos desde el título de su obra de que asistimos a un memorial narrativo complejo en los límites de la creación. El libro contiene un buen puñado de piezas en las que lo personal y lo universal alternan entre sí, a veces con rango surrealista, a veces con cariz enigmático, y otras muchas con absoluta intención desquiciante. El lector, por exigencia del guion, ha de estar dispuesto a padecer fiebre, ruido y mudez, pero también ha de estar atento a lo insólito y a las salpicaduras de humor negro en muchos instantes.

Zapata posee un extenso curriculum de cuentos y microrrelatos que se prolonga a toda una década dedicado a la narrativa breve. Destacan en su producción cuentística Ternuras interrumpidas (Fabulario casi naif) (2003) y Esquina inferior (2012). Es también autor de los libros de microrrelatos Baúl de prodigios (2007) y Revelaciones y Magias (2009), así como de la novela, Las manos (2014), una historia épica de un hombre con aspiraciones a héroe, que emprende un viaje homérico en busca de una misión extravagante: recuperar la Copa del Mundo de Fútbol que ha sido robada.

Su vuelta al género breve, un escenario por donde se mueve a sus anchas, es para sus lectores más fieles toda una celebración. En estas voces reunidas, el autor, además, incluye varios collages, obra de su padre, como separata de cada uno de los cinco bloques que componen el libro, un conjunto de ochenta y tres microrrelatos que encarnan historias mínimas del pasado, presente y futuro de la vida de su autor, plasmadas a golpe de espejismos y evanescencias.

El lector descubrirá que al escritor granadino le basta una imagen de partida para trazar su relato. La clave está en aprovechar esa instantánea imaginativa, mayormente enigmática, que propiciará el tono y el enfoque narrativo preciso a su epifanía.

¿Qué encontramos en estas Voces para un tímpano muerto?: un buen puñado de historias reducidas, desconcertantes, anómalas, microhistorias empapadas de reflexión poético-metafísica, bajo un lenguaje incisivo y pulido, donde la síntesis y la elipsis son sus ejes, dos aspectos que Miguel A. Zapata domina con solvencia. En este volumen tan poliédrico hallamos personajes con intentos heroicos de resistencia, con formas desusadas de amor y frágiles ante la carne. Vemos a una madre volcando su tiempo sobre una cuna amenazada por incontables peligros, igual que descubrimos peleas y reconciliaciones domésticas. Pero también nos topamos con el juego loco de un ser extraño que colecciona los ojos de la gente que ama. En otra pieza, el ansia felina de otro amante malogra su relación sentimental. También una divinidad fantástica llamada Sdoi, hacedor de seres y enseres, tendrá sus momentos de gloria, al igual que la estatua de la Libertad, vigilante del skyline de Manhatan, y protectora de los inmigrantes que se acercan a la bahía del Hudson...

En otros bloques narrativos del libro descubrimos las mutaciones de algunos miembros de una familia que entran en un cuarto oscuro y se transforman unos en otros, o la música envolvente que expande una madre por la casa para disfrute de todos los que la habitan, o los encuentros emocionantes de un niño con sus muñecos desmembrados y desperdigados por toda la casa, o la extraña sensación de sentir una grieta en la cabeza de uno por donde se escapan los recuerdos de la infancia...

En Voces para un tímpano muerto no faltan presagios apocalípticos, ni rondas de poetas dispuestos a encontrar el poema imposible, ni laboratorios cósmicos para mostrar los productos oníricos de los sueños y las vigilias de los hombres, ni tampoco faltan pasajeros obcecados en agotar el billete del tren de su vida, ni invitación solícita al pecado, o a tomar el té de las cinco de diferentes formas, hasta acabar en un microrrelato final apoteósico y revelador, bajo los compases de una música gregoriana.


Miguel A. Zapata firma un libro lúcido, claramente perturbador y nada complaciente, un conjunto de fábulas alucinantes y complejas, pese a su brevedad, en las que el gusto por el lirismo y la experimentación conforman su verdadera esencia narrativa. Literatura sin anestesia, en definitiva, literatura para atrevidos.

viernes, 8 de abril de 2016

Cuántica literaria

La lectura, decía Ezra Pound, es un arte de la réplica. Ricardo Piglia nos lo recuerda en el prólogo de su interesante libro El último lector (2005). Ocurre a veces que los lectores vivimos en un mundo paralelo e imaginamos que ese universo se acostumbra a entrar en nuestra propia realidad. Sin embargo –nos advierte el escritor argentino– hay que saber leer entre líneas para encontrar el camino. Lo que podemos imaginar siempre existe, en otra escala, en otro tiempo, nítido y lejano, igual que en un sueño.

El último libro de relatos de Ángel Zapata (Madrid, 1961) viene a trasladar al lector esa chispa reinterpretativa en la que el lenguaje narrativo propone una lectura sintética y perspicaz, necesaria para colmar lo escrito. El libro Materia oscura (Páginas de Espuma, 2015) es un artefacto complejo en el que abunda las imágenes, la luz del pensamiento y una apariencia de física cuántica orbitando sobre un compendio de brevedades narrativas por donde discurren hipótesis existenciales e insólitas desvanescencias microscópicas que su autor ampara, bajo unos relatos conceptuales, para complicar al lector, poniéndole en un brete a la hora de descifrar el mensaje narrativo, aforístico o filosófico que dichos relatos llevan implícitos. Son textos ávidos de libertad y requieren de una sagacidad sutil interpretativa, debido a ese halo surrealista que exhiben sus piezas. Todo esto da pie a lo que el propio autor anuncia al lector cauto en la cita inicial a cargo de Paul Válery: En el lenguaje auténtico, la palabra tiene una función que consiste no en representar, sino en destruir...

Sin embargo, estas microficciones continúan por la senda explícita concebida por un autor de lenguaje nítido y sencillo al que le preocupa mayormente utilizarlo como instrumento revelador, sin tener por que ser hermético. Igual que no le interesan los finales sorpresivos y cerrados. Para Zapata, lo mismo que para Piglia, la clave está en la historia secreta del cuento y eso que no se ve mantendrá la tensión narrativa sin alcanzar nunca una resolución. Al autor lo que le importa es que el relato fuerce al lector a que despierte e indague. El cuento, además, ha de ir en la dirección azarosa de la propia vida de no parecerse a lo predecible. No se trata tanto de escribir una historia, como ya apuntó en el epílogo de Las buenas intenciones (2001) –qué gran libro de relatos– sino cómo inscribir aquello que la interrumpe.

En las cuarenta y tres epifanías de la obra, hay cuentos que vindican otras interpretaciones a los textos bíblicos, otros transcurren por el hálito de lo inesperado. Hay torbellinos de usura, casualidades y causalidades del destino. Muchos otros transcurren entre la Vía Láctea y los laboratorios de las universidades. No faltan evocaciones irónicas a la muerte y a los confines de la naturaleza del hombre. En todos hay una conversación interior que acapara un misterio, sin olvidarse del humor, pues para un escritor de la estirpe de Zapata, el humor nace y se proyecta desde una conciencia en rebeldía, en desafío y en ruptura, cualquier cosa puede pasar y puede activarlo.

En Materia oscura encontramos un universo desafiante, pleno de energía, creado mediante conceptos e imágenes de un absoluto libre albedrío narrativo, casi en ruptura con el mismo, escrito por un narrador que no se considera en la órbita del surrealismo, sino que, como él mismo ha apostillado en una de sus entrevistas, un surrealista que escribe.

Sobre el trasfondo de Materia oscura, un término científico que determina a una substancia indetectable por medios científicos y que solo puede detectarse a posteriori por sus efectos gravitatorios, gira toda una conmoción crítica y social. Por analogía, los microrrelatos de Zapata andan habilitados por un mismo elemento afín, extraño y múltiple que propone cierta diversidad para interpretar la realidad misma por medio del deseo, como pulsión humana insaciable.

Este es un libro al que se suma un estado de sensibilidad de aparente sinsentido. El lector que se apresure a experimentar desde el laboratorio por donde transita este material narrativo, no podrá evitar sus efectos radiactivos al comprobar, por más que lo que cuenta o vislumbra pueda tener bifurcaciones extremas de significados, las dudas e incertidumbres de los estados de ánimo narrados que han de darle mucho que pensar.


jueves, 2 de octubre de 2014

Andanzas homéricas


La literatura no es un plato acabado. Un libro es algo incompleto, poco hecho, como la carne de los fogones, pendiente de acabar en la mesa del lector, el verdadero comensal del banquete. Entre el menú de novedades literarias de los últimos meses, tomé hace unos días la novela Las manos (Candaya, 2014) de Miguel Angel Zapata (Granada, 1974), su ópera prima en este género, un plato narrativo de nueva cocina en el que destaca su desbordante imaginación.

Zapata, un autor que hasta ahora cocinaba su escritura en la parrilla del cuento y microrrelato, sorprende a propios y extraños con este relato. En Las manos, las hazañas del protagonista se funden en una trama donde lo casual irrumpe con contundencia a partir de un inicio sorprendente que determina todo el recorrido que lleva a cabo Mario Parreño por el mundo, el singular personaje de esta historia rocambolesca, obsesionado en recuperar la copa del mundo de fútbol, robada por unas manos anónimas durante el desfile triunfal de la selección española por las calles de Madrid. La lógica que sigue desaparece y Mario parece un títere en manos del destino caprichoso y todo se convertirá en una odisea grotesca y delirante por el mundo.

Las manos es una aventura disparatada, trazada en una especie de viaje a Ítaca, donde el azar y el propio destino del juego metafórico conducirán al lector a Viena, Nueva York y Tokyo, para después regresar de nuevo a Madrid acompañando al protagonista que retorna más ensimismado y cariacontecido a su hogar.

La última propuesta literaria de Miguel A. Zapata es todo un ejercicio estilístico de principio a fin en el que da rienda suelta al discurrir de la imaginación, con mucho jazz de fondo para alivio de las reflexiones delirantes que salen de la cabeza enferma de su protagonista, un sujeto depresivo, hijo de un padre suicida y de una madre menguante. Zapata parece escribir con la técnica de la escritura automática por su desenfreno y pasión. Además su fuerza expresiva se apodera tanto de situaciones esperpénticas como de reposos melancólicos que aquejan a su personaje, un estereotipo acostumbrado a encogerse de hombros, pero que no rehuye de la aventura.

Las manos es un libro original y atrevido, con una prosa provista de ardorosa inquietud, a veces compulsiva, pero rebosante de humor caústico y rebeldía, un sello propio de este joven profesor granadino que podemos contemplar también en sus anteriores libros de microrrelatos y cuentos.

Miguel Angel Zapata ha escrito la historia de un héroe, su Marco Polo Parreño, para interpretar la suerte del destino donde la épica futbolera es sólo un motivo para indagar sobre el verdadero asunto de nuestra existencia: la búsqueda de un grial que justifique el sentido que tiene la vida; un asunto en el que se reafirma el protagonista al final del libro: Dadme un punto de apoyo y me inventaré que existe el mundo.

Las manos, en suma,  es una odisea de vuelta al punto de origen, una andanza homérica de un hombre que se había arrogado el papel de héroe y vuelve desgastado como una goma de borrar que hubiera perdido fragmentos de sí en su viaje por el mundo. (pág. 251)