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miércoles, 24 de octubre de 2018

Ganarse otra vida


En estos días toda la prensa internacional destaca la marcha kilométrica de migrantes de países más al Sur que se adentra por México. Una columna de miles de personas, principalmente hondureños, avanza decididamente hacia Estados Unidos. Mujeres y niños encabezan la travesía, destacan los reporteros. Hay cansancio en sus rostros. Algunos no han comido desde hace días. Huyen del desamparo que les provoca el caos que arrasa a sus países. No les importa lo que dejaron tras de sí. Saben que vivir es perder cosas, pero su indignación y desesperación les empujan a buscar una salida, a mantener encendida, aunque no se den las mejores condiciones, la antorcha de la esperanza.

El nuevo libro de Juan Pablo Villalobos (Guadalajara, México, 1973) retrata, a la vez que denuncia, la actualidad de Centroamérica con esa travesía angustiosa que muchos niños afrontan para alcanzar las tierras americanas del norte en busca de sus padres, que ya lograron poner pie al otro lado de la frontera mexicana, y les esperan. En ese viaje de los niños centroamericanos a Estados Unidos, Villalobos escribe un puñado de historias sobre ese sueño, bajo la perspectiva desnuda del reportero, consciente de que la realidad no solo es lo que es, sino también el modo en que sus protagonistas la miran, la viven y la cuentan. Y es sabido que el modo de oír y de contar las cosas ajenas puede llegar a helar nuestras acomodadas conciencias. La realidad de estos niños que aquí toman la palabra nos conmueven y llegan hasta avergonzarnos de nuestra condición humana.

Yo tuve un sueño (Anagrama, 2018) es un título sacado de aquella mítica frase que Martin Luther King pronunció en 1963 en su memorable discurso sobre la igualdad racial. Medio siglo después, Villalobos la rescata para su libro, porque lo que nos cuentan sus protagonistas, niños entre diez y diecisiete años, procedentes de Guatemala, El Salvador y Honduras, tiene mucho que ver con esa aspiración, con esa esperanza de alcanzar los sueños que cada uno de ellos lleva dentro, sin importarles los peligros que tendrán que sortear por el paso fronterizo entre México y EE.UU.

Tal vez, tenga mucha razón el cineasta italiano Nanni Moretti cuando confesó en una entrevista aquella frase tan luminosa de que “una infancia pobre es una riqueza que dura toda la vida”. En este libro de Villalobos, las criaturas que transitan por sus crónicas son también pobres e inocentes que, pese a su precariedad, mantienen con orgullo su procedencia y su fe en alcanzar su tesoro más anhelado, reunirse con los suyos, sentirse en familia.

Solo si la prosa de un escrito logra tener vida, nervio y sangre, un entusiasmo, diríamos, dicho escrito puede llegar a seducir al lector y que sienta esa vida, esa garra y esa sangre tan propias de una buena crónica. El escritor de no ficción se faja en contar los hechos vívidos de seres reales, sin poder acudir a la libertad que permiten los libros de ficción. Los testimonios que se recogen en estas historias tienen esa fuerza reveladora de verdad y vida, de eficacia aterradora, gracias a ese lenguaje directo, sin viruta, que pone su autor en el texto haciéndose invisible, para que sean los niños quienes hablen con su propia voz.

En una de ellas, quizá de las más intensas y emotivas, titulada El otro lado es el otro lado, se resume con minucioso detalle el clima de inseguridad y violencia que viven los habitantes más vulnerables de la región. Es el testimonio de un chico salvadoreño, de apenas catorce años, que regresa de la escuela por una de las calles de su ciudad, cargado con su mochila y entretenido por el camino con una bolsa de patatas fritas. Va comiendo a paso tranquilo, es gordito y hace calor, Viene ya con los deberes hechos de casa de un amigo. Al poco, le sale al paso un miembro de la Mara Salvatrucha, una de las bandas de jóvenes que controlan los barrios de Honduras, El Salvador y Guatemala, y le acusa de haber pisado aquella parte de la ciudad custodiada por la pandilla enemiga, la de Los Mierdas. Ambos saben que cruzar esa línea es estar dispuesto a recibir una paliza o un balazo, sin más. El chico le dice que viene de casa de un compañero de clase y que conoce al Yoni, uno de los jefecillos de la mara de esta zona, y proceden a comprobarlo. El Yoni lo confirma al tiempo que recibe un chivatazo de que la policía le anda buscando. Tras colgar el teléfono, le obliga a que lleve un paquete en su mochila y emplaza al pandillero a que acompañe al niño a su casa y vaya después de unos días a rescatar el contenido de la bolsa. Cuando regresa a casa del gordito, descubre que este ha huido a Estados Unidos y es su abuela la que le entrega el paquete sin cruzar ninguna palabra entre ellos.

En cada una de las piezas de este libro se concentra la vida palpitante de quien la cuenta, con su tono y vocabulario, como la que protagoniza la niña de Voy a dormir un ratito yo, una historia tremenda y conmovedora en la que cuenta cómo se las apaña en una celda abarrotada de indocumentados, sin hueco para sentarse, hasta la aparición de una desconocida que le ofrece su lugar para el descanso.

Parecen relatos, pero son crónicas. Parecen cuentos, pero son historias verdaderas de niños valientes. La clave está en cómo Villalobos trasciende esa lógica narrativa llevando al lector al lugar del otro que cuenta su vida, su desamparo, sus miedos y huida y, sobre todo, los vientos que lo empujan a ganarse la otra vida que merece. Un libro conmovedor e implacable, escrito con admirable pulso y nervio.

jueves, 28 de junio de 2018

Sin contemplaciones


No se nace escritor así porque sí, se hace a golpe de suerte y de desgracia. Siempre se dijo que la letra con sangre entra. Y en esa metáfora cabe que el sangriento oficio de escribir no se adopta como los demás. De niño uno quiere ser bombero, policía, carpintero, médico, pero, a esa edad, ninguno quiere ser escritor. Tampoco cuando se elige carrera a nadie se le ocurre elegir la de escritor, entre otras cosas, porque es una profesión que no existe como tal. De manera que todo apunta a que uno debe llegar a escritor tan solo por impulso obsesivo y maniático, por necesidad, dicen otros, por no mencionar ese arrebato de escribir que deriva, fundamentalmente, de la lectura continuada de libros. Los libros conforman ese pasadizo secreto que convierte al lector en escritor.

La crítica literaria Teresa Walas publicó en el año 2000 en Polonia Correo literario o cómo llegar a ser (o no llegar a ser) escritor, un título bastante revelador en el que se recogen más de doscientas respuestas sobre mucho más de lo que hemos insinuado anteriormente acerca del arte de escribir propiciadas, en esta ocasión, por escritores incipientes, que allá por los años sesenta y siguientes, enviaban sus textos a la consideración del semanario Zycie Literackie (Vida Literaria) de Cracovia, a la espera de recibir la bendición o reparo, nada más y nada menos, que de la implacable poeta polaca Wislawa Szymborska (Prowent, actual Kórnik, 1923–Cracovia, 2012), encargada de despachar con brevedad y soltura las consultas interesadas que llegaban a la revista.

Nos llega ahora su versión española a cargo de Abel Murcia y Kataryna Moloniewicz con el título reducido de Correo literario (Nórdica, 2018) en una cuidada y hermosa edición, auspiciada por el Instituto Polaco de Cultura de Madrid. En este volumen se encuentran las ideas literarias más sutiles, irónicas y tajantes que siempre llevó bien a gala la Nobel de Literatura. Para ella, leer viene a ser el centro creativo de la vida de todo escritor, y le sugiere a uno de los que le pide consejo que no deje de hacerlo. E inmediatamente después le suelta a otro que no hay que olvidarse del talento: “El talento... Algunos lo tienen, y otros no lo tendrán nunca”, porque “el talento literario no es un fenómeno de masas”.

Szymborska, con ese desbordante sentido del humor que la caracterizaba, no elude ninguna consulta sobre la creación literaria, por muy peregrina que resulte, ni tampoco pierde el tiempo con los textos que algunos, ingenuamente, le enviaban para su dictamen. Tampoco se olvida de mencionar las Cartas a un joven poeta de Rilke, con quien se identifica en los mismos principios y postulados sobre lo que significa ser poeta, sobre lo que supone el destino al que ha de estar llamado todo el que opte a esa vocación, a ese sentimiento irrenunciable de que si no escribiera moriría. Para él, tal destino irá trazado por la soledad total que impone ser poeta, artista o escritor. No hay estancia más propia para crear que hacerlo desde las cosas cotidianas, desde el retiro más estricto, si uno aspira a trascender. Y “si su vida diaria le parece pobre –escribía– no se queje de ella; quéjese de usted mismo, dígase que aún no es lo bastante poeta como para convocar su riqueza”.

Correo literario, a su vez, es un verdadero compendio de lo que literariamente se debe entender como esencial para determinar un buen texto escrito. Y a este respecto, dice Szymborska que echarle a un principiante un buen jarro de agua fría por la cabeza debe provocar efectos terapéuticos, teniendo en cuenta, siempre, que la intención general de cada respuesta va enfocada a animarle a reflexionar sobre el texto recién escrito, con la idea de que acometa más lecturas de otros libros. Lo que le supondrá más bagaje para el futuro de escritor. Leer libros tiene que ser, según ella, una costumbre de vida para quien persiga escribir como meta.

Entrando en el terreno de la poesía, Szymborska sostiene que para los poetas de casta la poesía “no es un entretenimiento y una huida de la vida, sino la propia vida”. Y en otro pasaje le reprocha a uno en ciernes que le interpela la idea errónea que posee de los poetas: “Desde que el mundo es mundo, no ha habido ninguno que cuente las silabas con los dedos. El poeta nace con oído. Con algo tenía que nacer, digo yo”.

En todos estos veredictos subyace una sutil poética, mezclada con una buena dosis de humor, más que enseñanza didáctica propiamente dicha, que no es la intención. Pero eso no quita decir que Correo literario desgrana también las claves de lo que se espera encontrar en un texto literario que se precie, que realmente merezca ser publicado y puesto al alcance del lector con posibilidades de emocionarle.

Correo literario es una obra divertidísima, sagaz y despiadada, inmensamente inmisericorde, un ejercicio de crítica inteligente que pone en solfa aquello de que escribir es una tentación que está al alcance de quien se lo proponga. Si no se tiene en cuenta esa dosis de talento, de la que tanto se habla aquí, que no puede faltar, combinada con el trabajo, la lectura incesante, el esfuerzo, la perseverancia y la posesión de un estilo propio, mejor dedicarse a otra cosa.

Es difícil imaginar un estadio en el que el escritor no esté en un devenir hacia la condición de escritor y en el que la escritura no constituya una herramienta de exploración de esa condición. Este libro lo hace abiertamente, de una manera tan implacable, como deliciosa.


martes, 19 de diciembre de 2017

El curso de la vida

Hay que hacerse mayor, haber vivido bastante tiempo, para darse cuenta de lo corta que es la vida. Desde el punto de vista de la juventud, la vida se presenta como un largo e interminable futuro; contemplada desde la edad tardía, no parece sino un trayecto demasiado corto y efímero. Debido a esa aceleración del tiempo, el curso de la vida parece que nos atropella a partir de una cierta edad. La vida del hombre, el transcurrir de cada individuo, viene a decir Schopenhauer, tiene unidad, coherencia y verdadero significado a medida que avanzan sus años, y hay que verlo como una enseñanza con su sentido moral.

El poeta, aforista y pintor José Mateos (Jerez de la Frontera, Cádiz, 1963), que también ha escrito libros de ensayos, como La razón y otras dudas (2007), y ha publicado el libro de relatos Historias de un Dios menguante (2011), regresa de nuevo a esa prosa cuidada y fragmentaria en la que mezcla reflexión y asombro, filosofía y visión poética de la vida, como en Un año en la otra vida (2015) o Silencios escogidos (2013) con su último libro, Un mundo en miniatura (Renacimiento, 2017), ilustrado con portada y dibujos del artista murciano Pedro Serna, para hablarnos de esa tarea común que supone vivir, de su incurable impulso, y de su azaroso destino.

Viene a decirnos el poeta en un texto ligero en su estructura, pero profundo en ideas, que la vida corre y vuela, con sus contrariedades pequeñas, medianas y realmente grandes, las que suceden cada hora, cada día, cada semana, cada año, con sus esperanzas e incidentes que rompen cualquier planificación. “Venimos a esta vida –escribe– para realizar un sacrificio: del de nuestra vida”. La vida está ahí para ser vivida con agradecimiento, porque, a pesar de todo, el hombre existe para ser feliz. Y “porque las cosas son siempre más de lo que son cuando son sólo lo que son”. Mateos responde a ese trasiego del vivir que fluye incesante entre el querer y el alcanzar, porque dice que “vivir esperando no es vivir”.

Todo en este libro es un pretexto para hablar de la vida, del paso del tiempo y de su huella. Todo parece observado con un ojo clínico y detallista sobre ese devenir desde el presente que hace que suceda. No hay grito en sus divagaciones, ni desconsuelo, sólo serenidad y aceptación de un yo que aspira a manejar el paso del tiempo. “Las heridas –dice– pueden mentir. Pero enseñando la verdad”.

Al escritor de verdad solo le interesa la revelación, y a lo largo de las piezas que conforman este emocionante libro hay mucha epifanía nacida del recuerdo y del asombro. Para Mateos “la vida es una música sin sonido de la que somos notas privilegiadas” que, de pronto, aflora de la realidad y siempre ha estado en ella, esperando el momento de revelarse. La vida, viene a contarnos, es tiempo robado a la muerte y al paso del tiempo. Como diría el poeta Roberto Juarroz: vivir es la dimensión definitiva del hombre. Y en ese organismo vivo, Un mundo en miniatura se conjura y crece, se lamenta, a veces, y reflexiona siempre sobre las cosas que importan.

El poeta, digan lo que digan, siempre pretende ser otro, apropiarse como un dios de su mundo inventándolo, como revelación y parte de sus contradicciones, mediante la alteridad. Mateos propicia, desde la plenitud de esa alteridad, que el lector se sumerja en lo que delata su alma: el transcurrir del tiempo, de la vida, pero con él combatiendo. “Porque la muerte en el hombre no concluye nada ni culmina nada. Porque la muerte en el hombre siempre interrumpe una vida sin que esta haya agotado completamente todas sus posibilidades.”

Este es un libro filosófico poblado de sorprendentes divagaciones, quizás el más perspicaz de toda su obra, un texto misceláneo donde su autor reúne microensayos, aforismos, pensamientos, diarios y paradojas en los que no faltan destellos de lucidez y emoción. El lector es convocado con sutileza, no sólo a la lectura del libro, sino al subrayado. Cuando un libro nos conjura con su presencia a que su voz nos encauce, nos asedie, o simplemente nos gratifique, su goce es incontenible.

La escritura es una trampa mortal para todo escritor, y eso lo sabe bien el poeta, consciente de escribir con la vida en contra. La literatura se lo exige todo, le exige la vida, inmisericordemente. El dolor, la angustia y también la muerte se añade inexorablemente a su experiencia. El libro de José Mateos encara igualmente esa adversidad como algo fecundo y parte del aprendizaje de la vida, y lo hace con admirable finura.

Pero qué cierto es que un escritor, cuando escribe con verdad y belleza, alumbra y delata su alma como pocos. Qué hermoso resulta para el lector acabar un libro sintiendo su música. Aquí hay muchos destellos filosóficos y sentido moral al son de la palabra y de la vida. Más de lo que parece.

jueves, 24 de agosto de 2017

Secretos y evidencias

Vargas Llosa sostiene en su ensayo La verdad de las mentiras (1990) que la ficción es un sucedáneo transitorio de la vida. La vida de la ficción es un simulacro que necesita un narrador para contarnos ese tiempo inventado. En efecto, como dice el nobel peruano, las novelas mienten, pero esa es sólo una parte de la historia. La otra, la más importante, es que, aun mintiendo, expresan una curiosa verdad que pone en vilo el interés del lector.

En la no ficción se sobreentiende que lo que se propone está bajo el epicentro de la verdad, aunque las herramientas literarias de las que el autor se valga sintonicen con los mismos recursos utilizados en la ficción: personajes, pasajes narrativos y hasta diálogos, y todo ello orientado, mayormente, a crear expectativas, indicios que despierten la curiosidad del lector. El lector es, por definición, ese curioso entrometido que tiende a fisgonear, a poco que el escritor le ofrezca un cebo razonable o apetecible, sin considerar si lo que tiene entre sus manos es una novela o un ensayo personal. El problema viene cuando el escritor no sea consciente de que esté creando expectativas. Es, por tanto, difícil de imaginar un estadio en el que el escritor de no ficción no esté en un devenir hacia la condición de escritor y en el que la escritura no sea una herramienta de exploración de esa condición.

Cuando leemos un texto literario inteligente y seductor como este de Mostrar y decir (Alba, 2017) del poeta, crítico y ensayista Phillip Lopate (Nueva York, 1943) mucho de lo insinuado en los párrafos anteriores se vuelve, incluso, más profano, en el sentido de hacer entender la literatura más cercana al lector no erudito. La no ficción comparte también con la vida su esencia ambigua y polifacética. Las ideas expuestas en este luminoso libro parte precisamente de esa ambivalencia literaria que se corresponde entre la ficción y la no ficción: “Cuando escribo ficción, lo que intento es llegar a la verdad; cuando escribo no ficción, mi objetivo es tanto la verdad literaria como la verdad literal”, (pág. 105).

David Shields en Hambre de realidad (2010), otro libro audaz y bastante polémico, habla del futuro de la escritura de ficción y de su relación con la no ficción, enarbolando lo siguiente: “Los escritores de no ficción imaginan, mientras que los de ficción inventan”. Lo cierto es que, como subraya Lopate, la ficción no obliga ni insta al lector a creer. En todo caso, le ofrece la oportunidad de asistir a una experiencia sin tener que creer en ella. Shields se posiciona en la misma dirección que su paisano cuando afirma que la ficción nos ofrece la posibilidad de preguntarnos: “¿Y si esto pasara?” En cambio, apunta que la no ficción nos ofrece una afirmación como la que sigue, más compleja: “Puede que esto haya pasado”.

El arte de escribir no ficción es el subtítulo y el tema principal que aborda Lopate en su ensayo, una clara determinación expuesta en el prólogo del libro de lo que se propone como profesor de escritura creativa y literatura, un propósito entre cuyos destinatarios no solo incluye a los alumnos que acuden con entusiasmo a sus talleres de escritura, sino que, especialmente, se dirige a los colegas que se dedican a esta tarea de enseñar a escribir: “No solo deberíamos enseñar a los chicos a defender una tesis o a usar palabras cultas, sino también a desarrollar un pensamiento crítico, a pensar contra sí mismos”.

Mostrar y decir es un compendio de reflexiones e interrogantes sobre el ensayo literario y también sobre el ensayo personal y autobiográfico. En uno de sus capítulos más brillantes, que lleva por título: El ensayo: ¿Exploración o argumentación?, Lopate comparte lo que supone para él la necesidad de libertad que tiene el ensayo para explorar asuntos sobre los que el propio autor aún no está del todo convencido. Lo importante, dice, es seguir los pensamientos de uno, aunque lleven a la contradicción. Pero, insiste, que el escritor de no ficción, el ensayista personal, trata siempre de aproximarse a la verdad, y no solo a la verosimilitud literaria, sino a la verdad propiamente dicha.

En suma, este es un texto jugoso y preclaro, solícito y muy bien documentado, con una adenda final de lecturas sugeridas encomiable, un libro preocupado en desmontar ese tópico cliché de los talleres de escritura sustentado en que mostrar es la esencia de la escritura y decir, su fatalidad. Lopate conjuga en Mostrar y decir a estos dos verbos que dan título a su obra como importantes y complementarios para la escritura creativa, hasta el punto de que, en la no ficción, ambos forman un binomio eficaz y sostenido para su buen fin.

Pero un ensayo, como el mundo, es una forma viva. Y en su forma reside su realidad. Este libro se ocupa admirablemente de desvelarnos algunos de los secretos más significativos del arte de escribir no ficción y de su imaginario.

lunes, 22 de mayo de 2017

Guía artística y sentimental

Se ha dicho alguna vez que los seres humanos somos memoria y lenguaje. La memoria aglutina y sustenta la experiencia de cada vida. En esos instantes en que se desgrana el tiempo, de una manera tan clara y contundente, surge, especialmente en la vida de escritores de raza, la necesidad de hacer presente momentos del pasado que quedaron latentes en el poso de la memoria, pendientes de su oportuno rescate. El libro es, sobre todo, un recipiente donde reposa el tiempo.

Jose Manuel Caballero Bonald (Jerez de la Frontera, 1926), uno de los escritores más fecundos e innovadores de las letras españolas en las últimas décadas, en su amplia vertiente literaria, que abarca la poesía, la novela, la memoria, el ensayo o la crítica, sabe y ha escrito mucho acerca del significado existencial del tiempo y de la memoria a lo largo de su dilatada carrera literaria. Los libros, para él, conservan la memoria, y, con ella, la posibilidad de trascender de los instantes de su propio tiempo hacia el espacio del diálogo, de su liberación, de su libertad creativa.

Su nuevo libro Examen de ingenios (Seix Barral, 2017) viene a corroborar la importancia de la memoria en su escritura. En esta ocasión, reúne un centenar de retratos de escritores y artistas hispanos del siglo XX con los que Caballero Bonald tuvo algún encuentro excepcional o mantuvo una relación más estrecha, principalmente en el campo literario. Algunas de las semblanzas aparecieron ya esbozadas con anterioridad en La costumbre de vivir (2001) o en los artículos recogidos en Oficio de lector (2013). Entre ellas hay nombres de músicos, cantantes, pintores y, sobre todo, escritores de diferentes épocas pertenecientes a grupos que van desde la generación del 98 hasta la del 50.

A un escritor de la estirpe del Premio Cervantes 2012, para quien el acto de escribir supone un trabajo de aproximación crítica al conocimiento de la realidad, como ya manifestara en 1968, y también una forma de resistencia frente al medio que le condiciona, este florilegio literario no le arredra para menguarse y mucho menos para atemperar su mordacidad e ironía. Cada semblanza tiene su propia dinámica y matiz, y eso le da una vivacidad insólita que el lector denota a medida que se adentra en cada una de las figuras retratadas. Algunos perfiles descritos salen algo mal parados, tales como Baroja, Eugenio d'Ors, Josep Pla o Leopoldo Panero, y otros, aunque distantes en el trato, salen mejor considerados, como Jorge Guillén, Juan Rulfo, Onetti o Lezama. No son tampoco santos de su devoción José Hierro, Gil de Biedma o Cabrera Infante, pero reconoce la valía literaria de sus obras. No se corta a la hora de destacar la excelencia de las primeras obras de Vargas Llosa, así como las de las novelas Don Juan y La saga-fuga de J.B., de Torrente Ballester, “dos experiencias estéticas muy válidas”, según su dictamen. Igualmente ensalza Mortal y rosa, la cima creadora de Umbral, su magnus opus, sentencia si ambages. De Cela, con el que mantuvo estrecha relación profesional en Palma de Mallorca en torno a la revista literaria que fundó bajo el nombre de Papeles de Son Armadans, dice que era “autoritario y megalómano”. Toda su literatura, añade, se ordena y gira pro domo sua.

El libro tiene, evidentemente, mucho de memorias complementarias, a la vez que el autor retrata a sus personajes, ellos hacen lo propio con él, de manera que el lector, a través de este elenco artístico tan distinguido, además de acercarse a los entusiasmos y reticencias estéticas que el autor va dejando por el texto a través de un examen brillante y pormenorizado de cada uno de los artistas que conforman su álbum de ingenios, también adquiere magníficos juicios sobre muchas de las obras de estos.

Examen de ingenios es un libro cuidado y ameno, de prosa admirable, llena de sutileza y humor. Caballero Bonald se vale de esa singular destreza, que muy pocos poetas gozan, como es la de tener una prosa brillante y exquisita. Gimferrer, gran admirador suyo, afirma que lo más destacable de él es el lenguaje en la medida en que éste se revela susceptible de ser a la vez condición y vehículo del conocimiento.

Este libro corrobora claramente esa determinación. Aquí, el autor de Manual de infractores propone un repaso vital en torno a la experiencia vivida y a la experiencia lingüística y personal de muchas otras figuras artísticas conocidas en el engranaje de su universo. No estamos ante una obra mayor, bien es cierto, pero no deja de ser un libro valioso y sorprendente, escrito con mucha perspicacia y picardía.


Caballero Bonald, valiéndose de ese caudal estilístico inimitable, se erige en un consumado maestro de la escritura capaz de cultivarla con esmero y sabiduría, desde la delicada cepa del lenguaje, y llega a crear un mundo propio en el que fructifica la palabra, como consigue sobradamente en esta guía artística y sentimental tan jugosa.

domingo, 6 de noviembre de 2016

Rompiendo el hielo

Contrariamente a lo que piensan muchos, no se escribe para entretener, aunque la literatura sea de las cosas más entretenidas que hay a nuestro alcance, ni siquiera se escribe para eso que se llama “contar historias”, aunque la literatura, ciertamente, está llena de relatos geniales. No –dice con rotundidad Vila-Matas en Kassel no invita a la lógica (2014)–: “Se escribe para atar al lector, para adueñarse de él, para seducirlo, para subyugarlo, para entrar en el espíritu de otro y quedarse allí, para conmocionarlo, para conquistarlo...”

Hermano de hielo (Alpha Decay, 2016), de Alicia Kopf, nombre artístico de Imma Ávalos (Gerona, 1982), nos traslada con su primera novela a la verdad secreta que promete ese espíritu vilamatiano, tan afín a ella, sobre la razón de escribir y su sentido de romper el hielo. Kopf, contraria a ese victimismo de muchos de no poder contar su propia historia, se anima a ello yendo al centro de su intimidad contándonos una historia suya, pero desvelándonos primeramente su fascinación por aquellos grandes exploradores polares hechizados por el hielo, a los que nos aproxima narrando sus logros, hasta recalar después en el hogar de su vida familiar, en los detalles pequeños que todos observamos en la vida diaria, así como en las vicisitudes familiares que cada uno sobrelleva a su modo. Para simplificarlo, llamemos a cada una de estas observaciones una experiencia sensorial propia. La singularidad de cada una de estas sensaciones, y el modo en que la autora las superpone con las experiencias vividas, forman la base de la comprensión y disfrute de este collage narrativo.

Este libro, galardonado con los Premios Documenta 2015 y Llibreter 2016, este último concedido por el gremio de libreros de Cataluña, y editado con primor y gusto encomiable, es, por un lado, un viaje simbólico que hace la autora al casco polar, a través de distintos pasajes donde cuenta las hazañas llevadas a cabo por sus exploradores más emblemáticos y, por otro, una escapada solitaria y liberadora a Islandia. En ambos casos, persiste un afán de indagar y de confrontar las metáforas de todos estos retos en condiciones extremas con las propias dificultades de la vida y, especialmente con asuntos propios que se rebelan en cada caso como preocupaciones generacionales de todas las épocas: la familia, la identidad, el aislamiento, la precariedad, el riesgo o el fracaso. “En las diversas perforaciones a través de los estratos del hielo –confiesa la narradora–, llegué al origen más primario de todos nosotros, la familia”.

Kopf utiliza la biografía como material narrativo y, aunque el título lo sugiere y el libro esté dedicado a su hermano autista, la intención de la escritora no es tanto escribir sobre él, sino explorar con intensidad el espacio polar existente a través de las expediciones históricas de Scott, Amundsen, Shackleton o Louise Boyd, la primera aventurera en sobrevolar el eje de rotación de la Tierra, como metáfora de toda obsesión épica y de toda lucha interior. Quizás lo más significativo del texto sea su empeño entusiasta por hacer explícito el concepto que lo motiva, el origen del proyecto narrativo y la manera singular de plasmarlo literariamente: una primera parte documental, otra autobiográfica y la última, la más breve, relatada como un diario de viaje.

En Hermano de hielo hay, por tanto, auto-ficción y ensayo, pero también crónica, memoria y diario, con la intención decidida de secretar una historia íntima y familiar. Kopf, que se pregunta si al leer a los demás nos leemos a nosotros mismos y se cuestiona si es “hacia dentro o hacia delante donde miramos cuando escribimos”, hasta llegar a la conclusión de que no se escribe sólo por gusto propio, sino que quien escribe de verdad tiene conciencia de no estar solo en el mundo y, a ella en particular, como dice en la posdata final, este libro le ha supuesto una exploración y un alumbramiento necesarios.

Alguien dijo que escribir es hablar sin ser interrumpido. Alicia Kopf se apura en ello a sabiendas de que después del silencio, la voz es lo único que no le debemos a nadie. “Escribir –confiesa– es como tener un hacha con la que romper el mar helado que nos habita”.

Hermano de hielo es un artefacto literario sorprendente muy bien escrito, una novela simbólica, vívida y nada convencional, con mucha significación artística, que no dejará indiferente a quien se embarque en la travesía que propone: un viaje, sobre un iceberg narrativo, henchido de literatura, obsesiones, afectos y conquistas personales.


lunes, 31 de octubre de 2016

Los avatares de la memoria

Luis Landero, al que siempre leo con placer, escribe: “En los libros leídos está la sombra, el rastro de lo que fuimos, los diversos bocetos de nuestro aprendizaje estético y de nuestra evolución vital, los vestigios de ciertos afanes que un día nos conmovieron y que luego, tras ser devastados por el tiempo, con los materiales de sus ruinas construimos nuestro modo de ser y de sentir, y lo más valioso y secreto de nuestro bagaje cultural”.

Toda literatura es un testimonio de la vida que persigue siempre revelarse. Toda narración, incluso aquella que pretende imitar la vida, es una ficción, un artificio en busca de esa meta, que no es otra más que desvelar una experiencia. El escritor, por tanto, sale al mundo con sus pormenores del pasado, su vida presente, su mirada, sus lecturas, y lo que nos devuelve es una visión de la vida.

Partiendo de esta premisa, Paloma Díaz-Mas (Madrid, 1954) se enfrenta en Lo que olvidamos (Anagrama, 2016), su última novela, a un tema universal: el paso del tiempo. A partir del dolor producido por los estragos de la memoria de su madre, Díaz-Mas construye dos relatos alternos, con asombroso afán de fidelidad, en los que el pasado reciente familiar y la convulsa historia colectiva de un momento clave en la incipiente democracia de nuestro país marcarán la hoja de ruta de su pieza literaria, un libro intimista y emotivo. En esa confluencia personal y política, la propia experiencia de la narradora se transforma, a la postre, en experiencia de todos.

El resultado es un libro absolutamente conmovedor, escrito con un pulso narrativo encomiable y con un título contundente, sin ambages. Lo que olvidamos es un relato breve, registrado en setenta y cinco entradas, que aborda ese surco devastador referido a la pérdida de memoria de una persona que se produce al llegar irremisiblemente a una edad avanzada. Bajo esta evidencia vital, la autora, sin tener que nombrarla, aborda el alzhéimer, una de las enfermedades más crueles y tristes del momento e imparable, a causa del incremento de una población cada vez más envejecida.

Díaz-Mas reconstruye esa experiencia dolorosa a través de su voz narrativa, que comienza con la visita al geriátrico donde reside su madre, una anciana maltrecha y extraviada por la enfermedad del olvido. Allí, en el patio donde se reúnen los internos de la residencia, también dará cuenta de los penosos y entrañables encuentros con algunos de ellos. A partir de la realidad del presente, la protagonista rescata su vida pasada, recordando algunos pasajes de su infancia, entremezclados con estos pequeños momentos del presente que le resultan tan reconfortantes en compañía de su madre. Este sentimiento encontrado, entre la realidad patética e inexorable que soporta y el pasado melancólico de sus vivencias, conforma también otra de las claves del libro, como se verá más adelante, cuando la narradora vaya incorporando más y más recuerdos, hasta confluir en un hecho histórico y trascendental, como resultó que a sus veintisiete años fuera testigo, a pie de calle, de aquel ominoso intento de golpe de estado que tuvo lugar en el Congreso de los Diputados en febrero de1981.

En esta historia personal, familiar y colectiva planea una constante necesidad por recuperar la memoria de nuestros seres queridos en ese destino común, que no es otro que compaginar la tierra donde crecimos con la gente y sus cosas. Y como las cosas son tozudas e insisten en sobrevivir –según nos refiere su protagonista– pueden apañárselas muy bien sin nosotros, sus antiguos poseedores, y reencarnarse en numerosos avatares. Al final, la narradora de esta novela sentencia que la vida de las cosas se nos escapa sin que podamos evitarlo.

Lo que olvidamos es un testimonio sincero en ese sentido pero, sobre todo, es una honda narración, una sentida e intensa historia sobre las intermitencias de la memoria, sobre el olvido y, también, sobre el valor de las pequeñas cosas que nos rodean para, al mismo tiempo constatar que el presente también se nutre de dichos recuerdos y goza de su legado.



lunes, 10 de octubre de 2016

El escritor de posdatas

En primer lugar, voy a tratar de cumplir con lo que decía el memorable Oscar Wilde, que me parece, además, un valioso consejo a tener muy en cuenta: “El principal deber de un crítico, –o en mi caso, de un reseñista entusiasta– es contener su lengua en todo momento”. Pero este aserto no impide tampoco desatarse un poco porque, en el fondo, la literatura en sí misma es apta para arrebatos y propicia para el fuego.

La literatura tiene mucho que ver con esto último, con propagar el fuego. El escritor –subraya Juan Tallón en su estupendo libro Mientras haya bares (2016)– escribe porque algo en él no anda bien, porque algo arde dentro, y el lector lee porque lejos de los libros hace mucho frío. En ocasiones –añade–, el fuego se descontrola y el lector inexperto salta por la ventana, con desorden. En cambio –concluye–, el lector curtido sabe que conviene aguantar porque la gracia de la literatura está precisamente en arder.

Sesenta y cinco momentos en la vida de un escritor de posdatas (La Isla de Siltolá, 2016), de Álex Chico (Plasencia, 1980), contiene ascuas suficientes para alumbrar y abrigar a cualquier lector curioso que quiera adentrarse en un formato de hechura reducida, por donde transita todo un microcosmo radiante y fragmentario al calor de la literatura.

No es fácil abordar críticamente un libro de estas características, como tampoco lo es hablar de ninguno de los géneros breves de que dispone la literatura. La posdata siempre fue un salvavida, un recurso útil para añadir al final de una carta manuscrita, después de haberla firmado, y subrayar algo que se olvidó y no estuvo presente mientras se escribía. Sin embargo, las posdatas que encontramos en el libro del escritor extremeño no parecen provenir de un añadido epistolar, sino que su origen, más bien apuntan al ímpetu y a la fuerza propia que se formula en un encabezamiento, en una frase feliz, en una reflexión, en una experiencia vivida e, incluso, en una pulsión creativa.

Desde sus preliminares y desde el arranque del libro, el autor y el personaje se saludan y se desean todo tipo de suerte, a sabiendas de que “lo peor de un escritor es que piensa que todo le pertenece”. El escritor de posdata que transita por este libro es el trasunto de Álex Chico. El referido personaje, E.P., no es otro que el propio autor enmascarado, al que no le importa emitir señales para que el lector le identifique con él en sus juegos y disertaciones: “Mi única originalidad consiste en pasar como propias citas ajenas. En eso reside la destreza de un escritor: en que el lector piense que ha sido el primero en decirlas”. Más adelante confiesa lo siguiente: “Yo no escribo. Yo releo”. Y cuando se suelta el pelo, divaga y esparce las dudas de otros creadores: “Deberíamos prestar más atención al hecho de que alguien, en un momento de su vida, abandone aquello para lo que parecía destinado”, porque “el verdadero escritor –dice– prefiere lanzarse por la ventana, saltar al vacío”, y esto, ya saben los lectores experimentados, lo hacen muy pocos.

La memoria, los libros y la escritura son los anclajes que sostienen el universo de este inteligente libro. Sesenta y cinco momentos... es un compendio literario lúcido, un recipiente jugoso de pequeñas fugas y breves remansos, un inventario de poéticas que resumen al lector sobre quién anda detrás de todo ello: un escritor joven que contrajo, leyendo, esa infección crónica y enfermiza que tiene su origen en el contacto permanente con los libros.

Cuentan que Pessoa, al morir, pidió sus anteojos. De alguna manera expresaba así la última voluntad de un lector irredento, alguien que, incluso, en el más allá, quería seguir descifrando enigmas. Álex Chico firma un libro que sigue por esa senda marcada por el portugués, una preferencia que consiste en no dejar de leer ahora ni en el más allá.


Leemos para encontrarnos, dice Harold Bloom. Álex Chico convoca por igual a este llamado del crítico americano a escritores y lectores. En este texto tan bien cuidado hay sesenta y cinco puntos de encuentro, sesenta y cinco apelaciones, sesenta y cinco vocativos que confirman las intenciones de su autor, que no es más que dar lumbre a las confluencias de la literatura con la vida. Un librito audaz escrito con mucho gusto.

viernes, 30 de septiembre de 2016

La vida de frente

Confieso tener una particular afición por los libros de memorias que, en gran medida, son novelas hasta el punto de que tienen narradores muchas veces que fingen como nadie e incluso que se muestran hasta poco fiables. Las memorias pertenecen a la categoría de literatura en la que el escritor tiene que ofrecer al lector razones suficientes para persuadirlo lo más honestamente posible, llegando al fondo de una experiencia dada. Un libro de memorias es un relato tomado de la vida y su verdad no se logra enumerando sucesos verdaderos, se logra cuando el lector alcanza la convicción de que el escritor hace todo lo que está a su alcance para implicarse de forma cabal con esa experiencia que nos tenía guardada y ahora nos remite a desvelarla. No importa tanto lo que le haya ocurrido al escritor, importa el sentido más amplio que el escritor pueda darle a lo ocurrido.

El amor del revés (Anagrama, 2016) comparte esa fiabilidad literaria tan necesaria en este género de no ficción y tan propicio a la extravagancia y a la exageración. Aquí asistimos a una apuesta literaria traducida en un extraordinario libro confesional que cumple con un propósito decidido por su autor de alejarse del pudor y mostrar un relato minucioso y sincero, rotundo y desnudo. Para ello no solo hace falta propósito e imaginación literaria, sino, sobre todo, crédito narrativo, como el que despliega Luisgé Martín(Madrid, 1962) en esta autobiografía tan hipnótica.

Se pone nombre a la sexualidad –dice el narrador en uno de sus primero párrafos– pero todo lo que ocurre tiene siempre su principio en los sentimientos”. “Aprender a vivir es aprender a nombrar”, subraya un poco más adelante. Seguramente, El amor del revés lleve esas pretensiones, porque lo que el lector percibe es que estamos ante una novela de formación, donde un joven, de apenas quince años, se percata de que es homosexual y empieza a desmenuzar, poco a poco, sobreponiéndose al rigor educativo del momento, lo que significan todas las cosas importantes de su existencia: el amor, el sexo, la soledad, la libertad, el desamparo, y les va poniendo nombres acuñados por él mismo, saltándose la norma y el comportamiento social establecidos por los mayores.

Martín aborda con valentía en El amor del revés el proceso comprendido entre el descubrimiento y la aceptación de su sexualidad, sin ningún tipo de recato, como una necesidad de contarse a sí mismo su propia historia y dar sentido a ese episodio largo de su vida, que le resultó tan tortuoso como desconcertante. Cuenta el propio autor, en una entrevista reciente, que en esta ocasión siente que ha escrito “una historia en estado de felicidad literaria”. Y añade al respecto que tuvo que reconstruir documentalmente esa parte de su vida maldita, desempolvando cartas de entonces, acudiendo a las entradas del diario que escribía secretamente y volviendo a ver a gente de antaño para recordar detalles. Todo este quehacer literario le ha permitido tejer un texto de mucho peso liberador y verdad humana.

Este es un libro que mira de frente a la vida, un libro que trata inequívocamente sobre la homosexualidad, pero también es un texto que propone una reflexión moral sobre las máscaras íntimas y sociales impuestas por un orden moral inconsecuente, un libro que tiene un marcado acento universal. Este corsé doloroso y opresivo del sometimiento heterosexual no es de origen hispano, ni mucho menos, sino que trasciende al ámbito de las naciones y se proyecta a todo tipo de sociedad. El autor reflexiona sobre cuántos tuvieron que elegir la condena y cuántos se sobrepusieron con la dificultad de ser libres, como lo hizo el narrador de estas memorias al amparo de las palabras de William Faulkner: “Entre la pena y la nada elijo la pena”.

El amor del revés es el libro más hermoso, ambicioso y comprometido de Luisgé Martín. Los que nos entusiasmamos consecutivamente con sus libros anteriores, como Los amores confiados (2005), una novela de celos en la que, en esta autobiografía, su autor nos desvela algunos de sus secretos ocultos, La mujer de sombra (2012), una relato incómodo y cercano al abismo, o La vida equivocada (2015), una historia de vidas sicalípticas entre la pena y la nada, encontraremos ahora más razones que nunca para indagar en el universo de este interesante escritor.

Estas memorias son un libro clave para aproximarnos aún más a la obra de Luisgé Martín y conocer sus secretos, una puerta por la que conectar mejor con las obsesiones que rodean su mundo literario.


martes, 6 de septiembre de 2016

Un conversador fascinante

Borges resulta ser un escritor que no tiene antecedentes. Sus fuentes literarias son infinitas. Le interesó absolutamente todo, y todo, al pasar por él, lo convirtió en literatura. Ahí radica su magia. De él han hablado voces relevantes, como Cortázar, Bioy Casares, Sabato, Piglia, Alberto Manguel, para ensalzar la importancia de su figura en las letras universales. Para muchos de ellos, ha sido el escritor más literario de todos los tiempos. Transformaba todo en literatura, en una literatura revivida, diferente, no solo de la escritura de su tiempo, sino, especialmente, del pasado. Por eso, como afirmó recientemente Vargas Llosa, Borges es una mala influencia: “como es tan original, sus imitadores se delatan inmediatamente”. En palabras del autor de Ficciones, lo fundamental para un escritor es ser auténtico: “Todo lo mío es plagio. El secreto está en saber hacerlo; de lo contrario yo recomiendo ser original”.

La gran lección del maestro Borges no obedece a una lección temática, ni de contenido, sino a una lección de escritura, de literatura universal, que se refleja particularmente en sus conversaciones. Hay que leer su obra para disfrutar de sus textos, y hay que leer lo que atinaba a decir en sus jugosos diálogos para gozar de su ingenio, de su imaginación y de su humor sarcástico. En los Diarios de su amigo Bioy Casares (Backlist, 2011), en los Diálogos con Sabato compaginados por Orlando Barone (Emecé, 1996) y en la colección de anécdotas, recopiladas durante una década al lado del escritor, por el poeta y ensayista Roberto Alifano (Buenos Aires, 1943), hay todo un arsenal inagotable de sorprendentes historias y desopilantes testimonios por boca del maestro argentino.

La editorial Renacimiento publica El humor de Borges (2016), un libro que corrobora la afirmación de su autor, Roberto Alifano, de que la extensa obra verbal de Borges compite en buena lid con la obra escrita y, por supuesto, la enriquece. Este texto, que ya fue editado en Buenos Aires en 1996, reúne un material ameno recogido de innumerables paseos, viajes, tertulias, encuentros de trabajo y situaciones cotidianas en los muchos años de amistad que ambos mantuvieron.

El libro de Alifano contiene más de ciento cincuenta anécdotas chispeantes de humor y genialidad que ilustran la teatralidad y ocurrencias del “tímido irreductible” que hizo del humor un acto deliberado al asumir los desmanes y el destino incierto de la vida. A lo largo de estas páginas vívidas aparece un Borges íntimo que divierte al lector con bromas ingenuas, con la agudeza incisiva de sus respuestas, con un ingenio sutil, malicioso y demoledor, sin menoscabo de tomarle el pelo a su interlocutor y también así mismo.

El humor de Borges es de raíz anglosajona, con la enjundia propia que extraía de aquellos escritores británicos a los que admiraba, como Chesterton, Bernard Shaw y Oscar Wilde, en los que la perspicacia y el juego de palabras encendían su sarcasmo. Hablar con Borges, un escritor propenso a lo sentencioso, “era siempre un festín de la alegría y de la inteligencia”, subraya el poeta español Luis Alberto de Cuenca en la presentación de esta nueva edición del sello sevillano. Dice Alifano en su prólogo que el sentido del humor puede ser una clave para comprender la vida, o para sobrellevarla, al menos. En el caso de Borges, tan imprevisible y singular en cada actitud o en cada reflexión, también era una forma de manejar su escepticismo. Consciente de la fragilidad de nuestra existencia –añade– se tomaba a broma muchas de las cuestiones trascendentales que algunos otros asumían inmerecidamente tan en serio. Borges –apunta Alifano– pensaba, como Bernard Shaw, que “toda labor literaria es a la larga voluntaria o involuntariamente humorística”.

En El humor de Borges el lector encontrará momentos sorprendentes de felicidad, siendo partícipe de la esencia vital, las alergias y las simpatías del gran maestro argentino de las letras, un ser excepcional, desbordante de ironía, ingenio y malicia, al que no le importó definirse como un ser incompleto e ignorante: “Soy tan ignorante que ni siquiera sé la fecha de mi muerte”.

Este es un estupendo libro, ameno y apto para un amplio abanico de lectores: para mitómanos y eruditos, para atrevidos y despistados, para omnívoros y vegetarianos. La magia de Borges es tal que nos sorprende desde una de sus vertientes literaria más sabrosas: la conversación amable, la anécdota pícara, el suspiro sarcástico de la reflexión. En definitiva, desde el humor inteligente de un conversador fascinante. Leerlo, como apostilla Roberto Alifano, involucra, en cierta medida, una necesaria cultura literaria para no despistarse impunemente.


viernes, 19 de agosto de 2016

La ciudad de las bombas

En el manifiesto de Hambre de realidad (Círculo de Tiza, 2015), el ensayista norteamericano David Shields nos dice que los escritores de no-ficción imaginan, los de ficción inventan. A diferencia del lector de ficción –continúa el californiano–, cuya única tarea es imaginar, el de no-ficción tiene que ir más hondo: imaginar y además creer. La ficción no obliga a sus lectores a creer, pero sí parece insinuarnos una pregunta retórica: ¿Y si esto pasara? En cambio, los buenos libros de no-ficción, como este que traemos a esta bitácora de lecturas, nos ofrecen una afirmación más compleja, que viene a decirnos, que lo que estamos leyendo ha podido suceder así.

Todo lo que pasa en Apóstoles y asesinos (Galaxia Gutenberg, 2016), el último libro del novelista Antonio Soler (Málaga, 1956), está basado en una exhaustiva documentación histórica que nos traslada a unos años negros, cruentos y conflictivos en la ciudad de la bombas, como se le conocía a la Barcelona industrial de las primeras décadas del siglo pasado, asistiendo estupefactos, como espectadores, a una época mitificada del anarquismo en la que la violencia y la amargura social perfilaban el verdadero telón de fondo de sus habitantes.

La verdad, en un volumen denso e inclasificable como este, entre la crónica novelada, la novela histórica y el relato de no-ficción, no se consigue enumerando sucesos acaecidos en un contexto determinado, sino que se logra cuando el lector alcanza la convicción de que el escritor hace todo lo posible por implicarse con lo que nos cuenta, sin ponerse del lado de sus actores. No importa qué les haya ocurrido a los personajes que atraviesan las páginas del libro, lo que importa es el sentido amplio que el autor le da a lo sucedido. Para ello hace falta no solo imaginación y talento literario, los que no le faltan a Soler, sino solvencia, audacia y sobriedad de estilo, como pone bien a prueba el autor de Las bailarinas muertas (1996), cuando narra la vida, encumbramiento y muerte posterior del héroe de su novela.

Apóstoles y asesinos es un libro amplio e intenso que aborda la fascinante y trágica vida de Salvador Seguí, El Noi del Sucre, un hombre apasionado del anarquismo que más pronto que tarde será traicionado. Autodidacta formado en los cafés anarquistas, Seguí era un devoto de Nietzsche, pero también un buscavidas instintivo de las calles, que conocía el hastío de las capas más desfavorecidas de la ciudad y la necesidad de conquistas concretas para la clase trabajadora. Predicaba procedimientos moderados, lo mismo que Ángel Pestaña. Su fuerza oratoria le valía para convencer a los congresistas obreros de que los procedimientos revolucionarios eran erróneos si no se reconducían por medio de la negociación. Pocas veces se ha visto a un hombre alzarse con tanto arrobo y magnetismo sobre una multitud. El Noi del Sucre era un agitador intelectual, un compañero consecuente, un baluarte, una bandera. Todos sentían que aquel obrero, hijo de la miseria, era una parte de ellos mismos.

Pero en la Barcelona de El Noi la vida humana y la delación tenían precio de saldo. De hecho, la moderación que hubiera podido transformar a la CNT en un sindicato respetable, tenía pocas posibilidades de prevalecer, cuando los propios patronos podían aducir, con sus prácticas matonistas, que el control de los moderados era precario, y que lo único que cabía hacer con el sindicato era destruirlo. Muchos luchadores de la causa obrera o simples trabajadores pagarían con la calderilla de sus vidas el precio de sus ideales a manos de somatenes y sicarios de la patronal o de la policía, infiltrados en sus células.

Apóstoles y asesinos es una estupenda novela comprometida con la verdad histórica del primer cuarto del siglo pasado en Barcelona, sus luces y sus sombras, marcadas por la vaguedad de los políticos, por la venganza y por la sangre derramada de muchos inocentes.

Antonio Soler firma un texto brillante y puntilloso por donde transcurre también el desafío de vivir de mucha gente perseguida y hostigada bajo la impunidad de los poderosos, obreros entusiastas que creyeron ingenuamente en la transformación social imposible del momento, acudiendo a la movilización permanente y libertaria enarbolada por sus líderes, en un período trágico de nuestra historia pasada, que trajo consigo mucho dolor, infamia y fracaso colectivo.