viernes, 19 de agosto de 2016

La ciudad de las bombas

En el manifiesto de Hambre de realidad (Círculo de Tiza, 2015), el ensayista norteamericano David Shields nos dice que los escritores de no-ficción imaginan, los de ficción inventan. A diferencia del lector de ficción –continúa el californiano–, cuya única tarea es imaginar, el de no-ficción tiene que ir más hondo: imaginar y además creer. La ficción no obliga a sus lectores a creer, pero sí parece insinuarnos una pregunta retórica: ¿Y si esto pasara? En cambio, los buenos libros de no-ficción, como este que traemos a esta bitácora de lecturas, nos ofrecen una afirmación más compleja, que viene a decirnos, que lo que estamos leyendo ha podido suceder así.

Todo lo que pasa en Apóstoles y asesinos (Galaxia Gutenberg, 2016), el último libro del novelista Antonio Soler (Málaga, 1956), está basado en una exhaustiva documentación histórica que nos traslada a unos años negros, cruentos y conflictivos en la ciudad de la bombas, como se le conocía a la Barcelona industrial de las primeras décadas del siglo pasado, asistiendo estupefactos, como espectadores, a una época mitificada del anarquismo en la que la violencia y la amargura social perfilaban el verdadero telón de fondo de sus habitantes.

La verdad, en un volumen denso e inclasificable como este, entre la crónica novelada, la novela histórica y el relato de no-ficción, no se consigue enumerando sucesos acaecidos en un contexto determinado, sino que se logra cuando el lector alcanza la convicción de que el escritor hace todo lo posible por implicarse con lo que nos cuenta, sin ponerse del lado de sus actores. No importa qué les haya ocurrido a los personajes que atraviesan las páginas del libro, lo que importa es el sentido amplio que el autor le da a lo sucedido. Para ello hace falta no solo imaginación y talento literario, los que no le faltan a Soler, sino solvencia, audacia y sobriedad de estilo, como pone bien a prueba el autor de Las bailarinas muertas (1996), cuando narra la vida, encumbramiento y muerte posterior del héroe de su novela.

Apóstoles y asesinos es un libro amplio e intenso que aborda la fascinante y trágica vida de Salvador Seguí, El Noi del Sucre, un hombre apasionado del anarquismo que más pronto que tarde será traicionado. Autodidacta formado en los cafés anarquistas, Seguí era un devoto de Nietzsche, pero también un buscavidas instintivo de las calles, que conocía el hastío de las capas más desfavorecidas de la ciudad y la necesidad de conquistas concretas para la clase trabajadora. Predicaba procedimientos moderados, lo mismo que Ángel Pestaña. Su fuerza oratoria le valía para convencer a los congresistas obreros de que los procedimientos revolucionarios eran erróneos si no se reconducían por medio de la negociación. Pocas veces se ha visto a un hombre alzarse con tanto arrobo y magnetismo sobre una multitud. El Noi del Sucre era un agitador intelectual, un compañero consecuente, un baluarte, una bandera. Todos sentían que aquel obrero, hijo de la miseria, era una parte de ellos mismos.

Pero en la Barcelona de El Noi la vida humana y la delación tenían precio de saldo. De hecho, la moderación que hubiera podido transformar a la CNT en un sindicato respetable, tenía pocas posibilidades de prevalecer, cuando los propios patronos podían aducir, con sus prácticas matonistas, que el control de los moderados era precario, y que lo único que cabía hacer con el sindicato era destruirlo. Muchos luchadores de la causa obrera o simples trabajadores pagarían con la calderilla de sus vidas el precio de sus ideales a manos de somatenes y sicarios de la patronal o de la policía, infiltrados en sus células.

Apóstoles y asesinos es una estupenda novela comprometida con la verdad histórica del primer cuarto del siglo pasado en Barcelona, sus luces y sus sombras, marcadas por la vaguedad de los políticos, por la venganza y por la sangre derramada de muchos inocentes.

Antonio Soler firma un texto brillante y puntilloso por donde transcurre también el desafío de vivir de mucha gente perseguida y hostigada bajo la impunidad de los poderosos, obreros entusiastas que creyeron ingenuamente en la transformación social imposible del momento, acudiendo a la movilización permanente y libertaria enarbolada por sus líderes, en un período trágico de nuestra historia pasada, que trajo consigo mucho dolor, infamia y fracaso colectivo.