sábado, 13 de agosto de 2016

Ir a contratiempo

No cabe duda de que escribir un buen libro de poesía es una tarea dura y exigente. Conseguirlo es una dicha indescriptible para el artista, y un placer incomparable para el lector. No existe ningún objeto acabado más bello que un buen poema, ni existe, tampoco, nada más difícil de olvidar y que viva tanto tiempo en el recuerdo. Gran parte de los malos poemas que malviven se han escrito en nombre de la sinceridad, de la belleza y de los buenos sentimientos, como si eso por sí mismo bastara. La eficacia del poeta se encuentra en aquello que nos explica, aquello que no sabíamos y que cuando volvemos a mirar ya no parece lo mismo que antes, sino algo más completo e iluminado, incluso cuando el poema infiere sobre nosotros mismos.

Itziar Mínguez Arnáiz (Baracaldo, 1972), escritora, guionista de televisión y licenciada en derecho, abandonó la toga para hacer lo que quería: justicia poética, razón válida y suficiente para poder contar la particularidad de sus historias, una tarea incesante y contenida, que ha ido desparramando durante dos lustros. Su voz, la de una letrada letraherida, artífice en extraer esquirlas de lo cotidiano, sin necesidad de gritar, ni desparramarse en alambicados alardes de virtuosismo, propone una manera de estar en el mundo, atenta a todo, sensible a todo y, en especial, a los lectores que no somos expertos en la formalidad ni en los recursos del género, pero ávidos de descubrir la realidad poética que destilan las pequeñas cosas que nos rodean.

Después de una década productiva escribiendo poemas, iniciada con la publicación de La vida me persigue (Renacimiento, 2006), galardonada con el Premio Surcos de Poesía, un diario poético demoledor en el que su protagonista, un hombre abatido, resuelve dejar de dar cuerda al reloj de su vida poniendo fin a su existencia, vendrán también otros poemarios como, Cara o Cruz (Huacanamo, 2009), una historia inacabada expuesta al aciago destino de un narrador aturdido o Cambio de Rasante (Baile del Sol, 2015), un libro hermoso y reflexivo, germinado desde los instantes efímeros de los días y las horas que ocupan los tramos de toda vía existencial por donde, inevitablemente, aparecerán otros perfiles que sortear.

Su último libro, Que viene el lobo (La Isla de Siltolá, 2016), llega con el estreno de otro reconocimiento, el I Premio de Poesía Nicanor Parra, un salvoconducto que acrecienta la trayectoria de su poesía. En esta ocasión, la poeta vizcaína reúne cincuenta poemas breves e intensos por donde transita su visión poética de las cosas cotidianas y su manera de concebir la estructura de sus poemas, sin puntuaciones, dispuestos para que el lector los entone con sus propios puntos y comas. El ritmo le viene dado por los huecos bien marcados de sus estrofas. Todo parece minúsculo, pero intenso. Los silencios también hablan. Itziar es una poeta fácil, pero exigente. Fácil, porque es capaz de describir la complejidad con palabras sencillas, esas que usamos todos los días:

Has llegado tarde
a todo lo que importa
y todo lo que importa
ha llegado tarde a ti

Exigente, porque sabe cómo infiltrar esas palabras justas y medidas en la conciencia del lector, cómo arrastrarle a la pesadumbre, a la duda razonable de interpretar los tiempos y contratiempos que se precipitan:

Si no sabes cómo llegar
pregunta

si no sabes qué preguntar
estás perdido

La poesía de Itziar Mínguez es pura y desnuda, desprovista de retórica, íntegra y emocionante. El lector de sus libros penetra en un mundo coherente, sin estridencias y singularizado, en el que se respira una manera de observar, vivir y contar las cosas comunes a todos.

Cuando uno llega invitado por el azar de los días a leer un libro como este, de una de las poetas más reconocidas y atinadas del panorama literario actual del país, descubre, para asombro propio, que la poesía puede situarse en el punto de cruce y conexión que hay entre la experiencia del autor y la del resto de los mortales que viven la misma historia, aunque no sean consciente de ello. Dichoso de quien vaya a su encuentro para comprobarlo y solazarse.