Mostrando entradas con la etiqueta Ensayo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Ensayo. Mostrar todas las entradas

martes, 1 de julio de 2025

Ortega revisitado


“La vida de un pensador, su circunstancia, siempre incide en su filosofía. Pero en el caso de José Ortega y Gasset, que hace de la vida una categoría filosófica, la biografía resulta un elemento esencial de su obra. Toda vida es un enigma tanto para el que la vive como para el que la cuenta. Ese relato, como veremos, es un aspecto fundamental de la razón histórica, que es al mismo tiempo narrativa y vital. La vida de cada cual es un drama o una novela. Debe entenderse desde lo narrativo, pero incluye lo biológico. [...] Ortega, como veremos, cree en la razón, dado que es un instrumento esencial para orientarse en la vida, pero descree del racionalismo, es decir, de la idea cartesiana de que el orden del pensamiento coincide con el orden de lo real”.

Con esta declaración de intenciones, intuitiva y perspicaz, arranca el libro que el escritor, astrofísico y doctor en filosofía, Juan Arnau (Valencia, 1958), dedica a la figura de un Ortega inédito, destacado como un clásico e intelectual valiente, irritable, transgresor y jovial, de amplio bagaje cultural. Se trata de un relato apasionante que tiene por objeto vincular también su pensamiento con el concepto budista de la conciencia, del dharma, referido a la conducta correcta, el deber, la ley, como principios éticos y morales para alcanzar la paz interior y el bienestar individual. Ortega contra el racionalismo (Espasa, 2025) es una obra reveladora que nos invita, además, a repensar cómo entendemos la vida y sus múltiples versiones. Y antes de que nadie se pregunte por qué un nuevo libro sobre Ortega y Gasset puede despertar la curiosidad del lector de ahora, Arnau anticipa en el prólogo que el motivo es bien sencillo: “La razón es un aspecto fundamental de la condición humana, pero no algo que se posee, sino hacia lo que se va”.

Le importa al autor dar cuenta al lector del don de penetración que hacía gala Ortega para transmitir su pensamiento y su “capacidad de descubrir lo íntimo en lo superficial, lo tácito en lo aparente”. Viene a decirnos que ser orteguiano hoy en día o no significa nada o es lo que somos todos de alguna manera: partidarios de la racionalidad crítica, de la ética de la convicción y, especialmente, de la disidencia, de la imaginación como condición del pensamiento. En este libro, bien estructurado en su concepción, encontramos el rastro de la modernidad de Ortega, su sentido de entender lo real, que para él no es lo que se ve, se oye o se palpa, sino, sobre todo, lo que se piensa. Porque, a su entender, lo visto, oído o palpado es sólo apariencia. Ortega es certero en la metáfora, subraya Arnau. La metáfora, para él, es una herramienta indispensable de la filosofía, incluso del pensamiento científico. Mediante la metáfora se siente partícipe de manejar las abstracciones más insensibles y opacas.

Hace hincapié Juan Arnau en la consideración de que “la filosofía no puede desdeñar la metáfora, pues esta es la que hace avanzar al conocimiento”. Ortega, nos dice, “es un maestro en encontrar las más luminosas”. Pero si hay algo más distintivo de su argumentación, hay que destacar el sentido de perspectiva que Ortega mantiene siempre en sus planteamientos: “La verdad se da siempre bajo una perspectiva. Y aunque las perspectivas son múltiples, la verdad es una”. Arnau subraya que esa es una premisa irrenunciable de Ortega. Por eso mismo, escribe más adelante, que toda su obra, de principio a fin, está atravesada por ese enfoque extensivo y cósmico en el que “cada vida es un punto de vista sobre el universo”.

En cada uno de sus capítulos, el lector se encuentra con reflexiones, perspectivas y ángulos que insinúan y desvelan lo que comprendemos y por ende integramos a nuestra razón vital. Un continuo discurrir para darnos a entender la verdad no dicha de que todo cobra sentido desde que uno mismo se para a pensar, mientras lee el libro, en cómo el autor de Las meditaciones del Quijote, El tema de nuestro tiempo y Sobre la razón vital, no ha dejado de pensar y de tener en cuenta en que vivir es algo exigente que añadir al ser de cada uno y, por consiguiente, cualquier cosa que hagamos debe tener en cuenta estos dos factores: “el yo (espíritu) y la circunstancia (cuerpo, alma, época, lugar, cultura)”. Se puede, por tanto, como hizo Ortega, renunciar al racionalismo sin renunciar a la razón, escribe Arnau. “De hecho, es lo más razonable”, concluye.


Por todo ello, y por bastante más, Ortega contra el racionalismo es un ensayo de lectura provechosa, un libro bien armado de argumentos, que nos conduce a encontrarnos con el talento de un pensador extraordinario capaz de hacernos sintonizar con sus puntos de vista. Aunque es bien cierto que Ortega no necesita causas eficientes externas para tal fin, sin embargo, este texto breve y jugoso de Juan Arnau, expositivamente claro, escrito con sencillez y destreza, nos adentra con sumo gusto a ese mundo de las ideas de Ortega, valiéndose de las propias armas que el filósofo madrileño nos legó: la razón crítica, el coraje, la pasión y el sentido de la vida. Formidable.

martes, 11 de febrero de 2025

Andar con uno mismo


Como decía el gran poeta
Eluard: «hay muchos mundos posibles, pero solo este es real». Y continúa razonando así: «a lo que hay, hay que sacarle el mayor jugo posible». Ahora bien, ese jugo no se extrae más que desde la experiencia, desde la percepción y el deseo, sin olvidarnos de las soledades, de las que uno va y viene: «Porque para andar conmigo / me bastan mis pensamientos», según lo versificaba Lope de Vega. Lo cierto es que no podemos pensarnos desde fuera de nuestro propio pensamiento, y eso convierte a la vida en un andar continuado con uno mismo, con nuestras soledades errantes, en busca de silencio e introspección, al propio tiempo que de compañía. Soledad y compañía se necesitan por ser interdependientes. Por muy solos que estemos, en la puerta de nuestro corazón hay siempre un resquicio latente para quien pueda llegar.

El nuevo libro de Juan Gómez Bárcena (Santander, 1984), Mapa de soledades (Seix Barral, 2024), transita por estos entresijos en los que la soledad, como caja de resonancia, se convierte en una cartografía de diferentes índoles, un viaje diverso por lugares y tiempos que invitan a considerar lo mucho que se nos ofrece a reflexionar sobre el sentimiento de soledad personal y social. Podemos constatar, a su vez, la existencia de una interesante paradoja: leer es algo que hacemos a solas, pero al mismo tiempo es una forma de conectarnos con los demás. Hay libros que exacerban nuestro sentimiento de soledad, otros, por el contrario, nos hacen sentir que hemos encontrado un lugar de pertenencia. Este ensayo conmovedor, de alto contenido confesional, podríamos decir que establece un armisticio entre ambas posiciones.

Gómez Bárcena logra con ello que su libro, en su desarrollo narrativo, también se convierta en una novela-ensayo bien urdida sobre la dimensión objetiva y la dimensión subjetiva que conlleva toda soledad. Analiza con detenimiento y asombro soledades de personajes y artistas diversos, como la maldición del escritor Horacio Quiroga y su familia, vidas marcadas por la fatalidad del suicidio de su padre, su primera esposa, sus hijos, varias de sus amistades y el de él mismo, hasta las ancianas japonesas que delinquen para no estar solas y poder refugiarse por un tiempo de la precariedad que le causa su aislamiento. Pone nombre a esa soledad de la muchedumbre y la denomina “soledumbre”, una manera hermosa de nombrar esa soledad percibida, proveniente de la gran ciudad: gente que viene y va en el Metro o por las grandes avenidas, gente sola rodeada de una multitud.

Conforme avanzamos en la lectura, nos percatamos de que en todo ese Mapa de soledades, la invisibilidad aparece como una de las mayores obsesiones del solitario. De ahí que entre los muchos motivos que tiene uno para estar solo, destacan las de aquellos solitarios forzosos y la de los solitarios por elección. También hay soledades pasajeras, incluso eternas. Hay soledades que llegan a la enajenación, y otras que alcanzan mejores estadios, por ejemplo, el placer de la lectura y de la creación artística. Se puede estar solo y reanimado en una isla, como el capitán Pedro Serrano, que inspiró la figura de Robinson Crusoe, tras un naufragio en 1526, como también lo está calladamente el ama de casa que plancha mientras espera, el escritor que se refugia en su cuarto con unas hojas en blanco. El autor nos viene a decir que la soledad no es, por tanto, un accidente del individualismo, sino su consecuencia circunstancial.

Por diferentes puntos recurrentes, Mapa de soledades es una singladura emotiva y hermosa. Gómez Bárcena nos concita a entendernos con esa parte intrínseca de la soledad referida a “un paréntesis, una cesura, un alto en el camino”, a hacer, sobre todo, incursiones en la selva, en el océano, en el desierto o en los mismos casquetes polares, así como en la ciudad y en el hogar, para participar de sus dispares estancias solitarias, o pararnos a analizar y a reparar la soledad de la propia piel, por lo que significa de tacto y de sentirnos vivos. No se olvida de resaltar que la soledad es un bagaje necesario que nos conduce a nosotros mismos, apoyándose en esta cita memorable de Petrarca tan reveladora: «La soledad es la única forma que tiene el hombre de contemplar».

Gómez Bárcena nos cuenta que recluirse en un convento sin conexión a internet es parecido a experimentar el vacío y a poner en valor lo que afirmaba el filósofo Nietzsche al respecto: «La grandeza de un hombre se mide por la cantidad de soledad que es capaz de soportar». Pero, en verdad, lo que impulsa al libro es dar pie a pensar que cada uno vive la soledad a su manera: “De modo que el problema no es la soledad sino lo que uno hace de ella”. Le importa marcar la diferencia entre sentirse solo y estarlo, la soledad como pandemia contemporánea pero también como bastión de retiro trascendente.


Llego al final del libro reconfortado, más consciente de que la soledad es una palabra importante, que junto al deseo quizás sean dos palabras que nos abren los ojos al sentido de la vida. Mapa de soledades es un estupendo debut en el género ensayístico del autor cántabro, con una obra muy bien enfocada y medida, que razona y confirma lo que decía Conrad, que «vivimos como soñamos: solos». Este libro es tan ameno como hondo, muy bien escrito, que empatiza y muestra la enseñanza secreta y silenciosa de la soledad que a todos nos circunda.


martes, 15 de octubre de 2024

Fomento de la lectura


En cada libro hay algo que, igual que en la vida, oscila y predispone a entendérselas con el mundo. Aunque suene extravagante, la gente, en general, se comporta siempre como si todos los libros fueran de la misma especie, sin percatarse de que los libros, cada uno a su manera, contrastan entre sí: unos tienen su pelaje y otros muestran su desnudez. ¿Qué hace quien lee, en verdad? Pues cabría responder que quien lee descifra, ordena, relaciona, imagina, recuerda, descubre, aprende, duda, piensa, compara, interpreta y también crea. Se lee para soltar amarras, leer el mundo y reconocernos en él, para ensancharnos y sentirnos más reales. Dice el escritor Gabriel Zaid que lo que uno lee nunca es lo que lee otro: «Aunque se comparta por completo una lectura, el centro de tu lectura está en ti, como el de la mía está en mí».

A todo esto, llama mucho la atención que, como ya intuyó el filósofo y escritor francés Guy Debord, en nuestro tiempo, parece que todo nos empuja a ser más espectadores que lectores. Bien es cierto que la lectura, por otro lado, es más exigente, requiere control del cuerpo, coordinación, silencio que facilite el diálogo con otro y soledad con uno mismo. Precisamente, en ese compromiso de recogimiento necesario, nos viene a decir el poeta y novelista Vicente Luis Mora (Córdoba, 1970) en su reciente ensayo Construir lectores (Vaso Roto, 29024), es donde aprendemos a convertirnos en lectores. Porque, aunque no obtengamos absolutamente nada de la lectura, aparte del placer de leer, apunta el escritor, no es menos cierto que hasta el más sabio es incapaz de decir en qué consiste tal placer. Pero ese placer, aunque pueda parecer misterioso, que lo es, desconocido e inútil, como apuntaba Virginia Woolf, es suficientemente fecundo.

A lo largo de este animoso y bien documentado ensayo, encontramos motivos y pensamientos abundantes que ensartan muchos de los fundamentos de la función de leer y de su contagio. Dice V. L. Mora que “un libro es un contagio de escritor a lector”. Y dice también que la lectura no es solo distracción, sino que, además, hay en su esencia una gramática dispuesta a ser desentrañada por el lector y por eso mismo no es posible leer todos los libros que se editan, ni hace falta, “porque los buenos libros no son tantos, y los mejores aún menos”. Le importa destacar algo que conforma el espíritu que promueve su tentativa literaria que no es otro que el fomento de la lectura: “Este es un libro positivo, constructor, esperanzado... Porque creo que incluso a través de textos breves puede levantarse una estructura compleja sobre la lectura, la educación y la tradición literaria”. Para él, cada etapa de la vida posee sus particularidades y, por consiguiente, su forma de asumir la lectura, porque cada lector es un mundo y sus lecturas son dispares según su edad, su entorno y circunstancias. La lectura, viene a concluir, requiere, para ser provechosa, de unas condiciones que le sean propicias, incluso hasta aspirar a la relectura, que es como extraer el néctar de la savia de una planta.

Esa es la idea principal que recorre Construir lectores, alentar a la lectura como un acto de amor a la vida y a uno mismo, mediante un texto aparentemente pequeño, pero casi infinito en su capacidad de mostrar el caudal de experiencias literarias que alcanza la condición de ser un buen lector, de entender la lectura con un disfrute extraordinario: “desde que abres un libro y empiezas a recorrer palabras, no sabes qué va a pasar, pero un mundo entero comienza a construirse ante tus ojos y dentro de tu cerebro”. Nos deja sentir lo mucho que los libros tienen en común y el maridaje inesperado que producen entre ellos: “Es un acontecimiento prodigioso –subraya–, del que no puedes despegar la vista: cada palabra, cada frase, abren un nuevo canal navegable en tu mente”. No se detiene en su aserto V. L. Mora, y pone énfasis en resaltar que: “leer es la piedra angular para la construcción del edificio propio”.

Visto del lado del lector, podemos considerar que el libro es una encomienda gratificante sobre la lectura como acto creativo de interpretación y reinterpretación del mensaje del autor del libro y la sorprendente variedad de matices que aporta su discurrir, buen talante y disposición, como queda dicho en estos dos chispeantes aforismos suyos: “La lectura no nos hace mejores personas, pero tampoco peores”; “Leer no nos hace ni buenos, ni malos. Pero nos hace más grandes”. Este es un libro estimulante, de lectura jugosa, un ensayo convertido en un viaje también a otras obras literarias que abogan por ensanchar la importancia de la lectura por todo lo que supone de efervescencia y reflejo de la vida, una consecuencia que deja ver, en un brillante e inteligente texto, lo importante que es rescatar lectores, al fin y al cabo, todos somos pura narración, somos palabras en busca de algo que dé sentido e impulso a nuestra existencia.


Construir lectores es un libro de fina agudeza y encomio de la lectura, que sacude e invita al subrayado, un texto bien dimensionado y repleto de muchas confluencias literarias y acercamiento a otros libros al alcance de la lectura, lo que absorbe e hipnotiza para quien la practica. Un libro jugoso y a tener en cuenta, editado con mucho gusto, y con una bibliografía nada desdeñable, un ensayo ameno y bien estructurado, que resalta la importancia de leer para descorrer el mundo y sentirlo más vivo y reconocible, que apela a la lectura como forma de construir ciudadanos, de mudarse a una casa más nuestra y de una fidelidad compartida.


miércoles, 23 de agosto de 2023

Cuando el cuerpo y la lectura se funden


Los libros se leen individualmente. Aunque haya un lector o haya un millón, siempre hay un libro y un lector, como dice Paul Auster. Es una relación vis a vis en la que el autor y el lector colaboran juntos, mientras que este último lo consienta. Y así ha de ser, porque en ese punto de encuentro en el que dos extraños pueden conocerse y reunirse en términos de igualdad, lo que lo hace posible es el interés de quien lo propicia, que no es otro que la voluntad del lector. Por eso, abrir un libro tiene mucho que ver con adentrarse en un mundo simbólico dispuesto a ser reinterpretado. En toda esta liturgia, no importa tanto lo que se encuentre en sus páginas, sino lo que estas signifiquen para quien las lee.

A todo esto, viene a decirnos la escritora Luna Miguel (Alcalá de Henares, 1990), en su ensayo Leer mata (La Caja Books, 2022), que leer no consiste solamente en una actividad de mera interpretación sino, sobre todo y fundamentalmente, de cambio y transformación. Y en este sentido, subraya que “leer es entregarse a los designios del otro”. Acude también a resaltar lo que Roberto Calasso señala al respecto: «Toda lectura deja una marca». Una marca que vislumbra el sentir de lo leído. Esta idea se proyecta a lo largo de todo el libro. Lo mismo que esta otra que la autora mantiene, la de que nada en la vida parece que pueda leerse de una sola manera, igual que las interpretaciones de un mismo hecho parecen ser múltiples, tantas como puntos de vista sobre cualquier hecho.

En Leer mata, Luna Miguel se ramifica en diferentes tipos de lectoras. Toman protagonismo aquí con los nombres que las definen: Bulímica, Enfermiza, Sumisa, Somática y Amorosa. Cada una de ellas encarna una identidad que encaja en esa idea universal que sostiene que “la historia de la literatura es la historia de la lectura”. Cada una de estas lectoras ponen voz a su manera de leer y conectar emocionalmente con las historias. Todas, a su forma, conectan con la historia de alguien, con el deseo de conocerlo todo y, de paso, dar sentido al mundo y a las propias experiencias. En ese discurrir de voces, hay un propósito afilado de resaltar que leer es darse cuenta de que no estamos solos, de que los libros son un mundo de experiencias autosuficiente.

En toda esta exposición de voces lectoras, Luna Miguel trata de reconocer que la lectura nos permite percibir con equidistancia el juego de las representaciones en el escenario de la vida, haciendo valer, como sostiene Savater, que «algunos habitamos la tierra como lectores y que todo el resto de lo que hacemos es una consecuencia de haber leído o un pretexto para seguir leyendo», como si el menester de vivir se supeditara a la ocasión de leer. Tal vez aquí se constate de que el que valga para leer, leerá, y lo seguirá haciendo, por nada y por todo, sin objetivo concreto y con placer, como respirar, como quien se complace con un trago de whisky o se recrea en una puesta de sol.

Estas páginas dejan ver citas curiosas que hablan de libros y de autores, como bien dice la propia autora: “odiados, amados, ojeados, releídos, abandonados, plagiados, subrayados, heredados y consultados”, que hablan de lecturas y de sus ritos, de lo que hay de conjuro y brujería en el acto de leer, y hasta entre coito y coito. Insiste en que los libros son y han de ser muchos más, porque el acto de leer, como el acto sexual, puede llevarse siempre a cabo, en busca de muy diversas recompensas personales, como el deseo espontáneo de “quedarse del lado del que respira con el fin de conspirar lecturas en común”.


Por aquí transita todo un sesgo narrativo en el que el cuerpo y la lectura se funden y se desdoblan en un vuelo que nos hace cómplices de sentirnos lectores sucesivos y entregarnos a los designios de que leer sobre leer tiene su misterio y plegaria: “La lectura sobre la lectura no tiene un final. Se trata de una escritura sobre algo tangible, sobre un acto sencillísimo: poner los ojos sobre el papel e ir pasando páginas; pero al mismo tiempo esa sencillez esconde una sucesión de pensamientos, de mundos y de laberintos que llevan a apropiarse de otras vidas”.

Hay libros que se leen de una sentada, sin importar su género. Este ensayo literario de Luna Miguel lo consigue con mucho desparpajo, mediante un texto apasionado y audaz que engancha sobremanera, un librito jugoso que encandila y que anima a que sigamos leyendo: “Será porque leer nos mata que al cerrar un libro renacemos”.


lunes, 28 de febrero de 2022

Leer la vida


Vivir es, sin duda alguna, muchísimo más importante que leer, infinitamente más. Pero leer forma parte de nuestra vida, una parte decisiva: nos ayuda a conducirla mejor o peor, a sobrellevarla, a disfrutarla, a entenderla, a aceptarla. En cada instante, somos lo que hemos vivido y lo que queremos vivir; también, lo que hemos leído de verdad”.

En este sencillo y certero párrafo se encuentra aquilatado el sentido que mueve Las cosas de la vida (Fórcola, 2022), el nuevo libro que acaba de publicarse del escritor y crítico literario Andrés Amorós, un apasionado ensayo en el que están muy presentes las grandes preguntas de la vida a través de la memoria de los libros leídos y, en particular, de un extenso carrusel de citas que conforman un continuo diálogo con artistas, escritores y pensadores de todos los tiempos que se ocuparon de poner luz propia a mucho de lo que supone el rumbo de la vida y a mucho de lo que concita sacar provecho de saber vivirla.

Desde esa tentativa, el lector va a encontrarse con un libro que nace del bagaje de lecturas de su autor, así como de las propias concesiones de la experiencia de los años que le llevaron a buscar la necesidad de comprender mejor las cosas de la vida. Pero es, sobre todo, un ensayo sobre las lecturas que le orientaron a leer la vida desde el vértigo de la introspección, bajo esa idea inspiradora de que leer amplía nuestra experiencia, tanto como lo que realmente hemos vivido. Acude el autor a reforzar esta idea transversal del libro apoyándose en la concluyente declaración que Irene Vallejo deja escrita en su celebrada obra El infinito en un junco: «Sin los libros, las mejores cosas de nuestro mundo se habrían esfumado en el olvido».

Si hay algo, por encima de todo, que celebramos y agradecemos a Andrés Amorós, es su capacidad inusitada de transmitir entusiasmo por los libros. Lo hace sin impostura, con esa naturalidad genuina y contagiosa tan suya, en la que se unen, para gozo del lector, ligereza y eficacia divulgativa en la misma proporción, ya sea para hablar de música, de tauromaquia, de cine o, como es ahora, para ocuparse de las grandes preguntas que todos nos hacemos y que los libros han venido manteniendo desde siempre. Precisamente es eso mismo lo que guía al autor: hacer visible la necesidad de la compañía de los libros, para que siempre se pueda acudir a las voces escritas de quienes resaltaron esos grandes temas que han marcado a la humanidad. Su facilidad de comunicación convierte a Amorós en un autor ameno que, siendo erudito, nunca se aparta de hacerlo de forma sencilla, con el ánimo siempre puesto en sacudir el entendimiento y despertar la curiosidad del lector.

Este libro de Las cosas de la vida va y viene entre esas dos intenciones, necesidad de la lectura y, gracias a ella, la transmisión provechosa de los conocimientos, llevando a cabo una exploración de pensamientos donde los secretos de la vida se dejan seducir y contagiar por la letra porosa y sugerente de la literatura. Viene a decirnos que “la literatura nace de la vida y es inseparable a ella”, y que, igualmente, para que tenga sentido se precisa de la complicidad del lector: “Para apreciar una obra el lector necesita coincidir en algo en el espíritu del creador”. Tampoco desaprovecha la ocasión para dejar sentado que “los libros deben, ante todo, proporcionarnos placer: ese es su sentido básico. Pero no es el único –aclara. Los libros nos dan también, otras muchas cosas. Nos enseñan a ver la realidad y a vernos a nosotros mismos”.

Cada uno de los treinta y seis capítulos de esta Guía para perplejos, como así titula el escritor valenciano a su libro, contiene su sesgo de microensayo. Son piezas en donde está comprimida parte de esa órbita intelectual relacionada con aspectos de la vida, sus afinidades y complejidades, sus interrogantes y certezas. Son apuntes poblados de referencias literarias traídas a propósito para acentuar ideas o señalarlas como motivo de reflexión. El libro en sí mismo opera siempre en torno a la condición del hombre y sus matices, como referente y reflejo del mundo. Así queda dicho en esta cita de Montaigne, autor recurrente a lo largo del libro: «Cada hombre lleva la forma entera de la condición humana». Todo el libro es una suerte de acopio amplísimo de citas escogidas de grandes figuras de las letras como Aristóteles, Durrell, Proust, Oscar Wilde o Antonio Machado, entre un centenar de ellos. Pero si hay que destacar a los cuatro más aludidos o entrecomillados, el orden sería: Cervantes, Montaigne, Shakespeare y La Bruyère.


Todos estos autores clásicos y contemporáneos que acaparan la atención de Amorós acuden a interpelarnos con la palabra, para afirmarnos ese vínculo intemporal con nuestros semejantes, para subrayar que nunca estamos solos y que pensar en las cosas de la vida es siempre animarse a vivir y compartir experiencias. En esa dinámica, logra contentarnos, disponiendo que sea la lectura la que ejerza la acción de leer, de manera que sea el lector quien pasa de sujeto a objeto, convertido en campo de pruebas. Leemos Las cosas de la vida tanto como el libro nos lee a nosotros.

Llegado al punto de concluir, digamos que este es un texto fundido y atravesado por los rasgos fundamentales de estar en el mundo, un desafío divulgativo provechoso sobre el arte de vivir, pero, también, una meditación fértil sobre el sentido del tiempo y la memoria lectora. Un libro escrito con pasión y lucidez.


lunes, 7 de febrero de 2022

Chesterton revisitado


Uno de los empeños más notorios de este cascarrabias que medía 1,93 metros y pesaba 120 kilos llamado Gilbert Keith Chesterton, en muchas de las buenas páginas que escribió a lo largo de su vida, era refutar la perspectiva moderna, pero de raíces clásicas, que describe el mundo con tintes lúgubres y pesimistas. “Para Chesterton –como subraya Savater en un artículo publicado hace unos años en El País–, la verdadera herejía moderna no es haber rechazado o ignorar a Dios, sino rechazar o ignorar en qué consiste la alegría”. A Chesterton le importaba el sentido tragicómico de la vida y, por eso mismo, no se cansaba de esparcir en sus textos ráfagas humorísticas como paradojas de la propia existencia, tocando asuntos trascendentales con sumo desparpajo para provocar la discusión y alentar el sentido crítico de la vida.

Aunque es evidente que le chiflaba la diversión dialéctica, no buscaba tanto sorprender o desconcertar, como hacernos pensar dos veces y desde un ángulo menos trillado de lo que se supone tan obvio. Para Chesterton, la literatura es ese ámbito casi milagroso en el que tiene lugar el uso del lenguaje que, traducido en palabras suyas: “donde una persona dice realmente lo que quiere decir”. El autor de El hombre que fue jueves fue alguien desbordante, apasionado y ocurrente, que no rehuía de la polémica y, por tanto, no dudaba cuando se le presentaba la ocasión de arremeter contra aquellos a quienes juzgaba de andar equivocados.

Ricardo Moreno Castillo (Madrid, 1950) nos trae de nuevo a la palestra la personalidad de este prolífico escritor que cultivó todos los géneros literarios y que destacó especialmente en el periodístico, con un librito mordaz, fresco y jugoso de conversaciones en el que el autor y el genio se sientan a debatir sobre asuntos candentes de siempre. Qué hay de nuevo, Chesterton (Fórcola, 2022) es una especie de ensayo que brota de los propios textos del escritor londinense, una manera inventiva de plasmar con gracia y frescura conversaciones insólitas de un apasionado lector sobre el pensamiento literario e intelectual de Chesterton, cuya figura irónica y perspicaz se presta como pocos al debate de lo que acontece en los tiempos que corren.

El lector curioso encontrará, mucho más que un juego libresco e imaginario, un deliberado encuentro entusiasta, culto y divertido con alguien que, como se dice en la introducción del libro, “sólo intenta reproducir algunas de las polémicas y las conversaciones que tantas veces mantuve mentalmente con él. Y polemizar con Chesterton no es tarea fácil porque a veces usa argumentos que no convencen pero cuya brillantez le deja a uno sin respuesta”. No estaría mal recordarnos aquello que afirmaba Borges de que no hay página de Chesterton que no contenga un deslumbramiento. Lo mismo podríamos decir que, de aparecer hoy, que es lo que trata de decirnos este libro, su paradoja no solo encaja en el pasado por haber sabido identificar aquellas cuestiones de entonces, sino que presenta su validez ahora.

Inmune a las tendencias de antaño, el pensamiento de Chesterton suena perenne. Esa cualidad suya, viene a decirnos Moreno Castillo, se deja colar en nuestros días. Y a esas ganas de difundir sus palabras y controversias se presta, porque entiende que no dejan de lucir frescas y provechosas hoy por hoy, ya sea si habla de animales, de convenciones, de dinero, de educación y modales, como si se tercia desentrañar los entresijos de la felicidad o de la filosofía, o sencillamente si de lo que se trata es de opinar acerca de la vanidad de muchos de los conceptos aceptados mayoritariamente por las élites, de los propios intelectuales, de los libros y los lectores, de la tradición y la democracia, de la fe o de la sencillez, como aquí queda dicho: “Porque la humildad es madre de los gigantes. Uno ve las grandes cosas desde el valle. Desde la cumbre sólo se ven las pequeñas”.

La gracia del libro está en la entente cordial dialogada que se establece entre el autor y el genio, en sus resonancias morales y en la chispa que resulta de ese fluir contagioso que dimana de la conversación fértil y ventajosa que lo agita. Y es desde ese engranaje donde surge uno de sus momentos estelares en el que el autor rescata de Chesterton su verdadero sentir sobre los libros y la literatura, una declaración ferviente que firmaría cualquier lector que se precie de serlo: “...Los seres humanos no pueden ser humanos si no tienen un campo para la fantasía o la imaginación, alguna vaga idea de lo novelesco de la vida... Cualquier persona necesita, alguna vez, nutrirse de ficción tanto como de realidad. Porque la realidad es algo que el mundo le da, mientras que la ficción es algo que ella le da al mundo”.


Moreno Castillo sabe hurgar en el pensamiento y en el alma de Chesterton, dejando su poso, entreabriendo lo que le importa de su manera de entender la historia y su discurrir por el tiempo, como parte fundamental del conocimiento y del aprendizaje. Esto, por otra parte, apuntala la idea que tenía el británico de entender lo esencial de la democracia, que, para el bien de todos, no es más que alcanzar lo que tienen en común los hombres y no lo que los separa.

Una vez más, Moreno Castillo acredita con suma audacia su carácter persuasivo al incitarnos a la lectura de los clásicos, algo que, en esta ocasión, lo hace, como indica Ignacio Peyró en el prólogo del libro, con una maravillosa antología chestertoniana, o lo que es lo mismo, con un pequeño compendio de buena parte de su universo personal que responde a un fecundo artificio de lectura ágil, perspicaz y amena para el sosiego y disfrute del lector.


jueves, 24 de junio de 2021

El largo tiempo de la vida


Un instante eterno (Siruela, 2021), del filósofo, ensayista y novelista Pascal Bruckner (París, 1948), es un inteligente, bello, apasionante y permeable ensayo que nos invita a reflexionar y a ver de forma distinta esa edad avanzada a la que aspiramos llegar todos en las mejores condiciones. Escritor prolífico, entre sus obras de ficción cabe destacar Lunas de hiel (1981), adaptada al cine por Roman Polanski en 1992 y Un buen hijo (2014); y entre sus ensayos, sobresalen La tentación de la inocencia (2002) y El vértigo de Babel (2016). Nacido en el seno de una familia mitad protestante y mitad católica, su vida ha estado marcada por la contradicción y el espíritu provocador. Hoy por hoy es unas de las voces más sobresalientes de su generación en el panorama intelectual francés.

En esa “filosofía de la longevidad”, que es como Bruckner subtitula a su reciente obra, resalta la condición mortal del hombre, teniendo en cuenta, cómo se manifiesta el largo tiempo de vida en él. La edad, nos dice en los prolegómenos del libro, es “una convención a la que todos nos adaptamos más o menos de buena gana”. Señala también que la vejez ya no es solo la suerte de unos pocos supervivientes, sino que, en estos tiempos, es el fruto del que goza una gran parte de la humanidad. Ya sabemos que la ciencia y tantos otros avances en nuestra sociedad han añadido años a la vida de la gente, pero, como bien se dice a lo largo del libro, solo depende de nosotros añadir vida a nuestros años. Está muy presente que la simple esperanza de vida no es lo que más debemos querer, sino que debemos preferir una esperanza de más y mejor vida.

Sobre el arte de aceptar la vejez, Bruckner indica, acudiendo a los libros de filósofos y pensadores, que “la longevidad no es una mera suma de años, sino que cambia profundamente nuestra relación con la existencia”. Parece más bien indicarnos que la vejez representa en la vida humana el período de la prueba decisiva, la etapa en la que se concentran mayores obstáculos para alcanzar la felicidad, porque, a partir de cierta edad, la preocupación ya “no es tanto cambiar la propia vida como preservar lo mejor de la misma”. Y en esa cadena de actitudes y perspectivas, el autor, a lo largo del libro, va desgranando citas y evocaciones de pensadores clásicos y contemporáneos, como Aristóteles, Marco Aurelio, Montaigne, Thoreau o Gilles Deleuze para dar rienda suelta a sus reflexiones, en pos de hacer valer su idea del significado del buen vivir como proyecto de vida: filosofar sobre la edad, subraya, es aprender a vivir, y sobre todo a revivir. Cada momento, cada día, como aquí se apunta, se convierte en una metáfora tenaz de la existencia.

Conforme va uno leyendo hay dos verdades persistentes que se van alternando. Por un lado, la que sostiene que solo los años traen el arte del matiz. La otra, quizá más sentenciosa, y no menos compleja, se refiere a que la edad reduce las incertidumbres. Por eso mismo, como aquí se nos recuerda, no nos tenemos que engañar con esperanzas tontas, porque a partir de cierta edad, ya no se puede poner la vida en juego como quien lanza un dado al puro azar. El cuerpo no miente; el cuerpo manda, avisa y nos dice: “el futuro todavía es posible, pero en mis términos”. Bruckner pone su agudeza y comprensión sobre el sentido del desgaste del cuerpo, para señalar que es mejor perderle el miedo, que nos conviene pensar y vivir la vejez con naturalidad: “Llega un momento en que la salud consiste en pasar de una enfermedad a otra, sin hacernos ilusiones, donde la recuperación es más lenta y la convalecencia más larga, evitando así la peligrosa preeminencia de un solo patólogo y propagando la amenaza entre varios”.

Digámoslo de otro modo, lo que subyace a lo largo de este intenso y lúcido ensayo, no es otra cosa que constatar que vivimos sobre el abismo, y, conscientes de él, es algo que con los años se hace más palpable. El hombre se sabe mortal y es su destino, como apunta el filósofo, el que le despierta la tarea de pensar y, cómo no, de tratar de alcanzar la plenitud de la vida en el transcurso de una existencia que, a medida que pasan los años, conjugue su sentido y gozo mientras se aproxima su punto final.


Pascal Bruckner nos entrega un libro existencial brillante, un manifiesto vívido y jugoso, muy bien estructurado, que se lee con gusto e interés, gracias a su claridad expositiva y a la buena traducción de Jenaro Talens, un texto con mucha verdad explícita que otea, desde la atalaya propia de la vejez, el sentido de la vida, a la que contempla con un decidido empeño de autoestima, respeto y compromiso.

Un instante eterno es justamente una lectura vindicativa, un alegato sobre la edad tardía, una manera de meter la vida en un libro para tomarle el pulso al tiempo y darnos que pensar.


martes, 12 de enero de 2021

La verdad de la mentira

Los hombres no viven solo de verdades, sino que también les hacen falta las mentiras, nos recuerda Vargas Llosa. Porque la vida real –continúa– la vida verdadera, nunca ha sido ni será bastante para colmar los deseos humanos. Y porque sin esa insatisfacción vital que las mentiras se encargan de avivar, ese deseo innato que tenemos de soñar con alcanzar más se vería reducido a una existencia muy limitada. La ficción forma parte de la vida misma. O dicho de la manera que el escritor y filósofo Juan Jacinto Muñoz Rengel (Málaga, 1974) subraya en los prolegómenos de Una historia de la mentira (Alianza, 2020), su último libro, “porque la historia del hombre no es otra que la historia de la ficción”.

Desvelar la verdad de la mentira y su relación con la propia naturaleza humana es el propósito marcado por Muñoz Rengel en este interesante ensayo que aborda la mentira como realidad y pensamiento del mundo. Parte el autor de la observación de la naturaleza. Sostiene que en el comportamiento de quienes la habitan constatamos que hay engaños. Viendo la manera que tiene de comportarse las especies, de moverse o de permanecer quietos podemos verificar cómo todo el que acecha sin moverse está fingiendo, tratando de engañar al otro. Incluso la víctima paralizada por el miedo hace lo propio. “Por consiguiente, en la naturaleza estaba ya la mentira mucho antes de que surgiera el lenguaje, mucho antes de que apareciéramos nosotros”, escribe.

Partiendo de esta realidad primigenia, lo que viene a continuación es un empeño nada fácil de reunir en un volumen de poco más de doscientas páginas el significado de lo que encierra su historia de la mentira, tratando de dilucidar qué es aquello que cabe entender como mentira y señalar los hitos de su devenir histórico, de la realidad y sus límites, entre su apariencia y lo que en esencia es, o se supone que es: “Mentir, engañar, simular nos ha hecho posible perpetuarnos por encima de cualquier otra cosa. Poetizar, narrar, fábular, conjeturar, falsificar, son fases primordiales en el proceso de conocimiento. El error, la estrategia, la manipulación, la suposición, la especulación, la metáfora, la hipótesis, son otras de las muchas caras de nuestro modo de estar en el mundo”.

Decía Montaigne que la mentira tiene mil caras y la verdad sólo una. Muñoz Rengel se ha propuesto explorar algunas de ellas. Este es un libro sobre la mentira y sus argucias, sobre algunas de sus manifestaciones más variopintas: la falsificación, el fingimiento, el disimulo, la ficción, la ironía, el autoengaño, la invención. No es un libro centrado en la esfera pública, ni en la conversación política. Trata, más bien, de cómo las ficciones y la imagen mental de muchas cosas han ido calando en el contexto social, aunque no siempre se presentan como tales, que juegan con la ambigüedad, con la tradición, que buscan distintas variaciones de la suspensión del entendimiento. Una de las cuestiones que se plantea el autor es si la erosión del concepto de verdad habría afectado al de mentira social, algo que en estos tiempos de posverdad prolifera cada vez más.

El libro en sí es un repaso también al curso histórico de la mentira, con la idea de surcarlo en un contexto indagatorio en el que la realidad narrada alterna con la reflexión sobre la percepción de la misma. Para Muñoz Rengel no hay orden en la realidad en el que no esté presente la mentira, muy a pesar del ideal platónico: “la historia del hombre no es otra cosa que la historia de la ficción”. Somos seres ficcionales, necesitados de forjar historias sobre las que sustentarnos, desde las que partir para entendernos y comprender mejor al mundo. Estamos dotados de esa gracia de la invención, de la imaginación y, por tanto, podemos usarla de forma enmascarada para hacer daño a los otros, o de forma creativa y llevadera, para sobrellevarnos y vivir mejor, en compañía.

La realidad y sus espejismos dan forma a nuestra vida y a nuestro mundo tejido de mentiras. Llegamos, por tanto, al final del libro con la innegable percepción de esta verdad y de cómo la naturaleza, antes de que llegáramos al planeta, ya se valía del engaño para sus planes. Donde hay vida hay mentira, hay elucubraciones, fábulas, desafíos y quimeras. Lo que viene a demostrarnos que siempre estamos creando mecanismos ficticios para tratar de aprehender algo que está fuera de nuestro alcance.

Una historia de la mentira es un ensayo ameno, perspicaz y bien dispuesto en capítulos breves para su lectura, lleno de perplejidades y paradojas, un texto que tiene ese hilo de enunciación inteligente, que apuesta por la espontaneidad argumentativa con elegante descuido para pulsar nuestra atención en el misterio de nuestra conciencia y descubrirnos cuánto de ficción hay en ella por naturaleza y por sentido práctico.


martes, 11 de agosto de 2020

Una visión de conjunto

“El problema es que desconocemos lo que queremos. Quizá no queremos más que ser felices. Pero la respuesta «dime lo que necesitas para ser feliz y entonces seré capaz de aconsejarte lo que debes hacer» tampoco es válida, porque no sabemos lo que necesitamos para ser felices. Quizá alguien diga: «Para ser feliz necesitas sabiduría», pero ¿qué es la sabiduría? O: «Para ser feliz necesitas la verdad que te libere», pero ¿cuál es la verdad que nos libera? ¿Quién podrá indicarnos dónde encontrarla? ¿Quién podrá guiarnos hacia ella o señalarnos al menos la dirección apropiada?”

Desde luego, Ernest Friedrich Schumacher (Bonn, 1911 - Suiza, 1977), economista e intelectual prestigioso a nivel internacional, se acerca con estas palabras a la idea y visión de conjunto, un tanto escéptica, de lo que ha supuesto para él llegar a cimentar su concepción del mundo después de décadas luchando contra su propia perplejidad, como así lo subraya el filósofo Jordi Pigem en el prólogo de la nueva edición de Una guía para los perplejos (Atalanta, 2019) bajo la traducción de Guillermo Saiz-Calleja, un libro sorprendente y brillante centrado en una filosofía renovadora sobre todo el quehacer económico.

Schumacher trabajó durante veinte años al frente de la Junta Nacional del Carbón de Gran Bretaña. Sus ideas y críticas a los sistemas económicos de Occidente fueron bien conocidas en el mundo angloparlante, especialmente en lo referente a su propuesta global de impulsar una tecnología descentralizada. Protegido por Keynes, encontró un puesto en la Universidad de Oxford que le valió para salir del confinamiento al que estuvo sometido tras la Segunda Guerra Mundial debido a su origen alemán. Luego, en 1955, tras su determinante viaje a Birmania como consultor económico del país, instalado en un monasterio budista, alentó a que la economía debe perseguir maximizar el bienestar solo para satisfacer las verdaderas necesidades humanas. Para hacer esto posible, proclamó públicamente que “la producción de recursos locales para las necesidades locales es la forma más racional de vida económica “.

Fue a finales de agosto de 1977, pocos días antes de su muerte, cuando Schumacher, que ya destacaba en el ámbito intelectual por sus artículos y, sobre todo, por la publicación en 1973 de Lo pequeño es hermoso, le mostró a su hija el contenido de su nuevo libro con el que iba a profundizar sobre esa idea suya relacionada con el pensamiento ecologista y el bienestar general de la población. Con Una guía para los perplejos quería culminar lo que no había dicho con la obra anterior que tanta fama y alcance internacional le había otorgado y que dio pie a muchas consideraciones en las políticas económicas de Occidente.

Todo lo que tiene de breve Una guía para los perplejos lo tiene de profundo, un título que hace referencia y tributo a la obra del filósofo, médico y rabino andalusí Maimónides. “Aquí es hacia donde me ha llevado la vida”, le dice a su hija. Con esta declaración confidencial resume el significado de esta obra suya, catalogada por él mismo como el logro más importante de su trayectoria intelectual, el lugar donde encontrar los fundamentos filosóficos en los que creyó y persiguió en vida. Se trata, por tanto, de un empeño en abordar igualmente sus teorías sobre el desarrollo sostenible y la tecnología adecuada tan necesarias, que, engarzadas con una visión filosófica alternativa logren implicar y a la vez articular otro proceder a un mundo económico imparable, más preocupado por dinamizar ad infinitum la producción y el consumo que el bienestar.

Schumacher responde a dos de las preguntas que, según Kant, resumen la tarea filosófica: ¿qué puedo conocer? y ¿qué debo hacer? Y para llevarlo a cabo, sostiene que “una de las formas de contemplar el mundo en su conjunto consiste en valerse de un mapa, es decir, de algún tipo de plan o esquema que nos muestre dónde encontrar las distintas cosas [...] las más sobresalientes, las más relevantes para orientarse”. Schumacher cree que esta perspectiva hace uso de un alto grado de abstracción pero que, desde luego, se aferra a la realidad y aporta orientación a lo que todo grupo humano aspira: a la felicidad.

En ese sentido, el mapa diseñado por él en Una guía para los perplejos se basa en cuatro hitos fundamentales: el mundo, el hombre y su bagaje, el aprendizaje y la vida en común. Todos ellos conforman su propuesta metafísica, antropológica y moral, que lógicamente se van a confrontar con las ideas hegemónicas de siempre y con las de ahora. Lo que desarrolla Schumacher mantiene viva su vigencia después de más de cuarenta años de haberlas razonado. Así, frente a ese mundo atenazado de datos y secuencias económicas, propone un orden relevante de niveles del ser, defendiendo la capacidad de autoconsciencia y trascendencia del individuo. Destaca frente a ese conocimiento utilitarista y reducido de un universo físico-matemático, la necesidad de explorar y conocer otras realidades espirituales que desemboquen en una ética asentada en la sabiduría y la solidaridad.

Para el pensador alemán todo es digno de ser tenido en cuenta, y, por supuesto, los temas vernáculos. Schumacher se apoya en autores cristianos, en el pensamiento budista y en las culturas tradicionales para hablar de una prosperidad más humana y menos exultante. Lo que importa es que “cuanto más elevado sea el nivel del ser, más grande, rico y maravilloso será el mundo”. A lo que podría añadirse lo que Tomás de Aquino, otro autor de referencia suyo, destaca: “El conocimiento se produce en la medida en que el objeto conocido se encuentra dentro de la persona”.

En suma, este es un libro luminoso que indaga en los problemas divergentes que parten de la arrogancia materialista de una economía que no tiene en cuenta el restablecimiento social, un texto que propone un cambio de mentalidad moral en el que el arte de vivir consista siempre en sacar algo bueno de lo malo, de lo que no funciona, porque “sabemos cómo producir lo suficiente sin emplear ninguna tecnología violenta, inhumana y agresiva”. La emergencia climática ya es un hecho y requiere actuaciones urgentes. Lejos de perder vigencia, una obra como esta adquiere cada vez más sentido y actualidad en nuestros días. El de Schumacher es un legado importante, un manuscrito medular de su filosofía al alcance del entendimiento de quienes nos gobiernan y pueden hacerla efectiva.