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viernes, 19 de abril de 2024

Atisbos, veredas y orillas


Cada vez que me dispongo a leer un libro de aforismos tengo la sensación de que salta una alarma en mi interior que me predispone a recomponer mi manera de analizar un texto. Es como si supiera de antemano que voy a leer para pensar y rumiar lo leído. Es leer, como dice Ramón Eder, para darle vueltas a los posibles dobles sentidos de las palabras y ver matices que, en una primera lectura, pasan desapercibidos. Es leer apoyando el cuerpo en otra postura, al tiempo en que vivimos, dispuesto a encontrar resquicios en mi reflexión, chispazos de lucidez e ingeniosidad que pongan voz a ese mar de dudas que me acecha. Por eso frecuento la lectura de este género, por su forma concisa de imaginación creadora, de pensamiento poético y por la perplejidad meditativa que provoca.

Este cultivo que capto como lector, por su brevedad, toque lírico y filosófico, me reconforta tanto, que siento su necesidad y cercanía muchas veces a lo largo del tiempo. No concibo las resonancias del mundo, ni lo que sucede a mi alrededor sin los resortes de estas breverías. Por eso mismo, acudo con asiduidad y gratitud a los libros de aforismos, como un ejercicio propicio de pensar, de entender y de considerar la vida, de acercarme y meterme en su sustancia, un ser y un estar, con lápiz afilado en mano, para subrayar o poner un signo de interrogación a lo leído. Yo no leo aforismos para escapar del mundo, ni mucho menos para sustituirlo por otro hecho a la medida de mis deseos. Yo leo aforismos para estar más en consonancia con la realidad de afuera, con lo ajeno, aunque también los leo movido por una necesidad de belleza, de extrañeza y discernimiento.

Por todas estas conjeturas, veredas y orillas me he dejado llevar leyendo Un viento propicio (Apeadero de Aforistas, 2024), el primer libro de aforismos de Javier Recas (Madrid, 1961), filósofo y pintor que cuenta en su haber con importantes ensayos sobre el aforismo, entre los que destacan Relámpagos de lucidez. El arte del aforismo (2014) y El arte de la levedad. Filosofía del aforismo (2021), dos libros amenos y fecundos sobre la pujanza y fascinación por el arte de la escritura aforística. Me considero siempre indulgente con los libros de aforismos, pero no condescendiente. Y lo recalco, porque considero que escribir un buen libro de aforismos no está al alcance de cualquiera. No solo se precisa talento y mesura, sino que el escritor, además, sea persuasivo para el lector. Recas reúne un buen ramillete de aforismos para entendérselas bien con el lector y, de paso, hacerle repensar.

Un viento propicio discurre también, como bien subraya en la introducción del libro el poeta y aforista José Luis Morante, «por sendas interrogativas, secuenciadas en puntos de apoyo autónomos, en depuradas preocupaciones», como así se vislumbra en estos aforismos: “Ni siquiera nuestro pasado está resguardado de mudanzas; “Quien mata el tiempo desperdicia su única munición”; “Mirar es pasear hacia adentro”; ¿Y si no somos comprendidos?... de todos modos, nunca podremos saberlo”. En sus casi trescientas sentencias despunta el profundo carácter vivencial de muchas de ellas, así como su renovada manera de mirar las cosas del mundo. En su forma de expresión resalta la contención y el pliegue verbal para reparar en cualquier complicidad, como se aprecia en estos aforismos: “En el amor, los gestos acaban imponiéndose al guion”; “Compartir una idea es reconocerse en otro”; “A la buena amistad le sientan bien los años”.

El libro en sí es un compendio filosófico con cierto aire de desenfado y perplejidad. Estructurado en ocho partes, ilustradas con fotografías de Davido Prieto, en el que aglutina observaciones, espejos donde mirarse, destellos de verdad poética y asombros que procuran “trazar el rostro del mundo”, como así afirma el propio autor en los prolegómenos de su manuscrito, aforismos “que no son otra cosa que pensamientos dibujados a mano alzada”. No es casual que encuentre el lector en algunos de ellos algo que acabe importunándole, aunque son muchos más los que interpelan. Vayan estos como muestras: “Todo pedestal tiene su base en el suelo”. También se prestan algunos a tener en cuenta que lo que no se ve cuenta mucho: “En la vida, como en el teatro, hay reveladoras escenas en la tramoya”. Incluso, otros ponen su punto focal en el yo consciente y existencial de puertas adentro: “Para encontrarse a uno mismo, a veces, hace falta perderse”; “El silencio no es mudo, siempre nos interpela”.


Recas, como buen estudioso del género, sabe que el aforismo es una arquitectura que precisa contención para que no se diluya y no se derrumbe. A su consistencia le dedica una parte del libro bajo el título de Huidizos atisbos, que vienen a discernir y reseñar que los aforismos son contraseñas, “relámpagos de lucidez” que se toman como “un destilado de trago corto con prolongado retrogusto”, que se presentan en “forma de poda”, y que quienes lo ponen en práctica se obstinan en “transitar por las orillas del silencio”.

Un viento propicio es otro buen libro de aforismos para vampirizar su sangre, regar nuestras lagunas y ensanchar nuestra mente, una colección de asombros y revulsivos que concierne a la realidad cotidiana, y que nos apela a calibrar de cerca “el corazón de las cosas”. Javier Recas nos entrega un corolario jugoso de miniaturas aforísticas que pone en valor su creación, tino y buen hacer en el género, para que el lector se aproxime a sus veredas y orillas y pruebe sus atisbos. Merece la pena.

martes, 20 de abril de 2021

La fascinación por lo escueto

Al pensamiento en píldoras, sin prospecto, se podría equiparar la esencia del aforismo. Aunque conviene no distraerse mucho en buscar la mejor definición de todo lo que abarca esta escritura chispeante y condensada, porque, en sí misma, lo que verdaderamente reclama es la complicidad del lector. Por eso, el aforismo es una brecha. No busca un cierre ni clausura del saber, sino un pedacito de filosofía al alcance de todos. Y ha de ser en pocas líneas, con la brevedad precisa. La tradición nos enseña que el aforismo, como pensamiento corto, sin espesor, se cultiva para delatar, provocar o manifestar todo tipo de perplejidades, juicios o paradojas.

El aforismo viene de lejos, un género milenario que nació para quedarse entre nosotros. Se puede comprobar en las máximas, sentencias y proverbios que ya comenzaron a proliferar en la época clásica de la mano de filósofos griegos y latinos y siguen vigentes. Desde sus orígenes, ha conservado la naturaleza instructiva propia de una escritura deontológica, con esa gracia de persuadirnos de la mejor manera, y que no es otra que no decir nunca más de lo que merece ser dicho, con muchos cultivadores a lo largo de la historia de la literatura. El aforismo contemporáneo está alejado, en cierta medida, del tono grandilocuente, didáctico y moralista de etapas anteriores. Pero conviene resaltar que, aunque ha virado, el compromiso con la reflexión y la verdad siguen estando en su esencia muy presente aderezado con los ingredientes de la ironía y del humor.

Sin lugar a dudas, nos viene a decir Javier Recas (Madrid, 1961), en su libro El arte de la levedad (Cypress, 2021), el aforismo ofrece un espacio privilegiado para recalar en toda esa dimensión histórica de la reflexión breve que sigue teniendo presencia y visibilidad en nuestros días. Y en ese sentido, confirma que estamos ante un género vívido y exigente con el lector de hoy en día. Mucho se debe a que “el aforismo esconde una incitación, un desafío”. El aforismo, según plasma a lo largo de su trabajo, se abastece en gran medida de observaciones de la realidad circundante. Pero fija su atención en la importancia de lo que el aforismo moderno resalta en ese yo consciente que muchos autores hacen presente en sus creaciones: “En el aforismo actual el sujeto de la reflexión se ha situado en el centro de la escena”, subraya Recas.

Como gran analista y estudioso del arte del aforismo, Recas ha publicado un buen número de obras que han ido consolidando su competencia y valía como teórico y experto del género. Es autor de las entregas Hacia una hermenéutica crítica (2006), Meditaciones de Marco Aurelio (2011), Relámpagos de lucidez. El arte del aforismo (2014), Una grácil y aguda miniatura (2020) y la edición Encuentros y extravíos. Aforismos de Mark Twain (2020). Todas estas publicaciones conforman un amplio mosaico de textos que sorprenden a cualquier apasionado del género por su riqueza, detalles y profundidad. Su nuevo trabajo continúa en la misma órbita, quizá con una mirada más puesta en destacar lo que tiene de fascinación y pujanza el aforismo en lo que llevamos del presente siglo, como semillero fértil de pensamiento y filosofía.

El itinerario trazado para desplegar su nuevo trabajo está dividido en ocho capítulos, en los que tienen cabida, desde los márgenes del silencio donde surte lo indecible, hasta su revelación, que parte desde la desnudez de la palabra y el embrujo de lo liviano, hasta su alcance poético y carácter filosófico. El arte de la levedad subraya con notoriedad, como subtítulo, lo que el aforismo conlleva de sustancia filosófica, de vocación seductora y provocativa en la búsqueda de la verdad. Es más, en ese afán de veracidad y práctica literaria que el libro desarrolla, también se alude a la carga alusiva de silencio que acompaña al aforismo. En el auténtico aforismo, nos dice Recas, pesa tanto lo que se dice como lo que se omite. El libro, intenso y hondo, finaliza con una extensa, jugosa y bien pertrechada bibliografía que, en palabras de su autor, “quiere ser una linterna para el que desee continuar adentrándose en el cada vez más extenso y tupido bosque del género aforístico”.

Javier Recas posee ese rango cualitativo de investigador serio y riguroso. Este nuevo trabajo suyo da buena cuenta de ello, una obra que forma parte de su legado como lector y estudioso, que corrobora y acredita sus conocimientos en la materia. Es un compendio erudito y cercano sobre el aforismo y sus detalles, un corolario en el que están presentes aforistas de todas las épocas.

El arte de la levedad es un libro apto para entusiastas del género, un texto de abundante luz para hacer un recorrido provechoso por esa amplia parcela de miniaturas que, como sostiene su autor, se asemeja más a un arte que a una ciencia o escritura sistemática, un territorio fronterizo entre la literatura y la filosofía, entre la prosa de pensamiento y la poesía.