Son muchas cosas que les debemos a los libros: la sorpresa, el hechizo del personaje, el enigma, la atmósfera de la historia, el lenguaje, su estilo... Pero si hay que destacar una, por encima del resto, es la capacidad de explorar nuevas realidades o de entender la que a diario nos exige compromiso, nuevos desafíos y diálogo con la parte secreta e inherente de lo que somos. Por eso, cada libro conforma un mapa único y, a la vez, una invitación a buscar una nueva ruta desconocida por la que se viaje con los ojos de los labios, que sean los que miren y pronuncien el relato de lo escrito sobre el tiempo, el amor y, cómo no, la muerte. Un buen libro debe ser, por tanto, un objeto punzante que permita ver al lector cuánta luz y misterio hay en su entorno. Un buen libro nos alerta de que las esperas son tan importantes como los trayectos.
La novela Ana no (Cabaret Voltaire, 2026), de Agustín Gómez Arcos (Enix, 1933-París, 1998) es un libro punzante ambientado en los años de la posguerra, en los años del franquismo, que reúne todo ese entramado de compromiso, lucha desasosegada, dignidad y misterio que los lectores buscamos dentro de una historia. Lo que aquí se cuenta es el viaje iniciado por una mujer de setenta y cinco años desde el sur hacia el norte de España, es el viaje a pie, de amor y muerte, de una mujer decidida, a quien no le permitieron tener una identidad, al encuentro de su hijo encarcelado: “Viaje difícil, imposible, a contracorriente de una memoria imprecisa, replegada por sí misma”. Se llama Ana Paucha por matrimonio y, pese a que la guerra y sus consecuencias la despojaron de todo: su marido, sus hijos e ilusiones, el desamparo no le impedirá acometer con esperanza una travesía llena de memoria, atavismos y desacatos.
Gómez Arcos, nacido en el seno de una familia republicana, también emprendió su propio trayecto liberador. A los veinte años se traslada de Almería a Barcelona para estudiar Derecho. Poco tardó en darse cuenta de que su verdadera vocación era la literatura, y más concretamente el teatro. Viaja a Madrid y allí inicia su carrera de dramaturgo, galardonado en dos ocasiones con el Premio Lope de Vega. La censura prohíbe la representación de sus obras por lo que decide exiliarse primero a Londres, hasta afincarse, más tarde, en París en 1968. Fallece en 1998 siendo ya un utor prestigioso en el país vecino, después de haber publicado catorce novelas en francés con numerosos premios literarios. Sus restos se encuentran en el cementerio de Montmartre. Ana no, es una de sus obras fundamentales, tal vez la más emotiva de su escritura sobre la posguerra española.
Publicada en francés en 1977, bajo el título Ana non, aparece ahora en una reciente edición en español, traducida y prologada por Adoración Elvira Rodríguez. El viaje de Ana tiene un alcance simbólico enorme, un viaje de amor materno, un desplazamiento junto a las vías del tren por la España derrotada, llevando consigo un simple pan de aceite amasado para llevar a su hijo menor Jesús, encarcelado en el norte de España. Esta travesía contiene además la dimensión épica de resistencia y obstinación de una anciana desposeída, pero dispuesta, si es preciso, a morir en el intento. La guerra le ha robado no solo a sus seres queridos, sino también el relato de su propia vida, pero no le ha arrebatado el orgullo de ser una superviviente que lucha con ahínco por su dignidad.
La España que recorre Ana tiene algo de pesadilla y de farsa cruel. El dolor histórico aparece filtrado por imágenes grotescas, situaciones absurdas y encuentros con personajes marginales. El ciego, los animales abandonados, los vagabundos o la gente vinculada al espectáculo ambulante no son meras comparsas, sino que conforman una comunidad de excluidos que permite a Ana reconocer, más si cabe, la naturaleza del mundo que le ha tocado en suerte y que hasta entonces había soportado sin tan siquiera poder nombrarlo. La mirada irónica de Gómez Arcos revela el devenir absurdo de las jerarquías, de las instituciones y de los discursos que pretenden justificar la miseria del sistema. La novela posee una ambivalencia compositiva que puede ser brutal y tierna en una misma página, un logro urdido con mucha maestría.
En suma, es un libro de prosa arrolladora, convertido en una lectura intensa y jugosa, que nos muestra un recorrido por verdades, por simbolismos que se reconocen al instante y, sobre todo, un libro de profunda humanidad.













