miércoles, 26 de enero de 2022

Universo creativo


Dice Mario Levrero en El discurso vacío: «...No se puede escribir por escribir o hablar por hablar, sin significados[...] Por eso me pongo a escribir, desde la forma, desde el propio fluir, introduciendo el problema del vacío como asunto de esa forma, con la esperanza de ir descubriendo el asunto real, enmascarado de vacío[...] La gente incluso suele decirme: “Ahí tiene un argumento para una de sus novelas”, como si yo anduviera a la pesca de argumentos para novelas y no a la pesca de mí mismo. Si escribo es para recordar, para despertar el alma dormida, avivar el seso y descubrir sus cambios secretos; mis narraciones son en su mayoría trozos de la memoria del alma, y no invenciones».

A ese fluir y forma de apariencia vacía que nace de toda escritura, aludidos por el escritor uruguayo, se refiere también Javier Cánaves (Palma, 1973) en Taller de escritura (Calambur, 2021), su reciente libro, una senda que, según él, “sigue el dictado de una voz escondida, íntima, que nadie sabe muy bien de dónde viene y que no cesa hasta que impacta en el centro de la diana”. Todo eso se va desvelando conforme avanza el libro, porque, a priori, el título invita a pensar que estamos ante un ensayo práctico o guía implícita para escribir bien. Basta con leer el primer párrafo para despejar esas dudas y asentir que nos encontramos ante un texto narrativo que, a medida que avanza, nos parece un testimonio novelado, una tentativa narrativa híbrida, escrita con desparpajo e ironía en la que cabe la vida y secretos de un escritor al que se le abre un nuevo campo de posibilidades en su quehacer literario.

Dividida en tres partes, más un epílogo, el libro cuenta la historia de Santi Biza tras aceptar el reto que le brinda un amigo de dirigir un taller de escritura creativa, un debut que le reconfortará, sin imaginar que aquello pondrá del revés el orden y concierto de su vida personal y familiar. Allí conocerá a unos personajes pintorescos que pondrán en jaque sus teorías y estabilidad emocional de forma creciente hasta llevarlo a un miedo escénico, tras unos meses de concordia sostenida. Pasado ese primer período, el escenario cambiará para Biza tras recibir algunos mensajes anónimos con aire de amenaza. Sospecha que cualquiera de sus alumnos podría estar detrás de todo esto y teme que algunos asuntos del pasado, ya olvidados, vuelvan a tener protagonismo y mal fario.

Mientras tanto, el narrador y protagonista guarda el tipo, sin olvidarse de que lo que sí puede hacer en sus clases de escritura es enseñar a sus alumnos a leer y a leerse, enseñarles también a pensar como escritores, que no es poco. Pero advirtiendo que nadie piense que es algo tan sencillo como seguir unas instrucciones. Sostiene en sus fueros que “para escribir se precisan tres cosas: leer mucho, escribir mucho y prestar atención al mundo que nos rodea”. Algo así dejó dicho Steiner en su libro Un lector: «Lo que necesitamos son lugares, por ejemplo una mesa con algunas sillas alrededor, en la que volvamos a aprender a leer, leer juntos». Cánaves acentúa eso mismo, por medio de la voz de Santi Biza, que en todo proceso narrativo hay que “trabajar la intriga, aunque no tengamos un relato policial entre las manos”. Es lo que le está ocurriendo a nuestro protagonista en propia carne, que lo vive en un alarmante estallido.

Viene a decirnos también que si escribes algo es porque esperas controlarlo. Escribes acerca de experiencias, en parte para comprender lo que significan, en parte para no olvidarlas con el tiempo. Pero siempre está el peligro de que suceda lo contrario: perder el recuerdo de la experiencia en sí y tratar de escribir sobre ello. Como le ocurre a la gente cuyos recuerdos de lugares a los que viajaron son de hecho solo recuerdos de las fotografías que tomaron allí. Al final, la escritura y las vivencias se ponen en idéntica tesitura, probablemente reconstruyen más del pasado de lo que sin duda lo conservan. Así es lo que se va produciendo en el devenir de la trama del libro, el factor humano interfiere: “De este modo, el narrador puede contar con detalle qué lleva a cada uno de los personajes a entrar en el juego”.


Todo el desarrollo del libro viene a mostrarnos que escribir siempre cambia la realidad. Cánaves lo justifica con algo que al lector le consuela y es aquello que el autor nunca se puede quitar de en medio. El autor no puede esconderse, porque la vida propia afecta al modo en que los humanos percibimos el mundo. En Taller de escritura se entrevé esa poética en la que también está presente el significado de lo que el tiempo aporta a la escritura y de lo que el tiempo da a la vida. En esta novela, la escritura fluye en un tiempo continuo que viene del presente y pasado inmediato, con aspiración de futuro. El presente de esta narración lo conforma esa aspiración de escribir, de novelar. Y esa es la verdadera razón de ser del libro: la vida y la literatura encarnándose en la necesidad de escribir.

Javier Cánaves firma una entretenida fábula sobre cómo escribir una novela, un trepidante y agudo ejercicio de laboratorio de la escritura, yendo más allá de la tradición ya consagrada en estos menesteres, para convertirlo en un texto inteligente y sencillo que dice mucho de lo que se cuece en el universo creativo.


sábado, 22 de enero de 2022

Sacando punta


La mirada sagaz y perpleja del periodista Guillem Martínez (Cerdanyola del Vallés, Barcelona, 1965), autor de un buen puñado de libros, entre los que destacan Grandes Hits (1999), Barcelona rebelde (2009) o Caja de brujas (2019), vuelve a dejarse ver de nuevo con la publicación de Los domingos (Anagrama, 2021). Dice el autor al final del libro que cuando empezó en 2016 a escribir los artículos que recogen este volumen no existía otra intención más allá que hablar de lo que había detrás de todo lo que escribía entre semana en su tarea periodística, una suerte de ejercicio que continúa todavía haciéndolo como parcela literaria: “Los escribo los lunes y, a lo largo de la semana, los voy reduciendo y depurando, hasta que el domingo son, en ocasiones, un suspiro”.

De la mano del crítico literario Ignacio Echevarría, prologuista y antólogo del libro, nos encontramos ante un compendio de más de cien piezas seleccionadas en el que aflora una poética periodística que deja ver en primera persona el contrapunto de todo lo que fluye en el día a día de alguien fajado en la noticia e implicado con la información, privilegiando sobre estas el carácter personal, susurrante y autobiográfico de ese yo espectador que anda inmerso en el texto. Un domingo con Martínez, como así se llama la sección en la que aparecen sus colaboraciones en la revista digital Contexto y Acción (CTXT), concita al lector al análisis y desmitificación, como subraya Echevarría, de la compleja realidad social y política que irrumpen en la vida cotidiana, pero con ese pálpito lírico necesario para que germinen y trasciendan en una epifanía con alma filosófica, proveniente del fondo de un periodismo de la experiencia.

Los textos escogidos en la obra andan dispuestos a desvelarnos algo sobre hechos inquietantes, confesionales o autobiográficos de Guillem Martínez más que a mirar por la ranura de la actualidad política. Cada uno de ellos encabezado con su título precedido de la preposición “sobre”, a modo de predisposición insinuante y sigilosa. Ejemplos de persuasión lo encontramos en Sobre la gran aventura, referido a la Cuba de Fidel, así como en este otro Sobre la teoría de los fluidos, uno de los más breves y sentenciosos que nos hace recordar que estamos rodeados de fluidos y, por tanto, todo lo vemos a través de fluidos. También resplandece la socarronería en Sobre el mono, del que no nos apartamos en su ánimo ancestral de ser repetitivo, como también se deja ver en Sobre el sexo y su correspondencia con liberar tensión, utilizando el humor.

A lo largo de sus páginas, Martínez exhibe su mirada literaria sobre asuntos variopintos entresacados de la realidad cotidiana. Por aquí asoman preludios de la soledad, de lo incomprensible, de la traición, de la memoria, de la infancia, de la proporción áurea, del amor o del destino. Todo un corolario al que atenerse, escrito con la agudeza de quien mira lo traspuesto, anticipando que todo pensamiento y recuerdo no son más que una forma de resurgir en el presente. Son también una suerte de biografía afectiva urdida en trazos, un menú sazonado con vivencias tan próximas como equidistantes en el tiempo, todo un cónclave personal y cultural en el que se dan cita tanto lo vivido y experimentado, como lo anhelado. En muchos de ellos se deja ver el contexto histórico familiar y el propio espíritu anarquista del autor.

Los domingos es un libro hermoso, de esa belleza persuasiva que además invita a pensar. Guillem intuye que el día que consigues producir belleza es un día logrado, un día para sumar en la agenda, porque en esa jornada se alcanzó un rasgo de verdad vivida. Los domingos es también un libro político, que habla de la pesadumbre ideológica, del poder, de la izquierda y de la pobreza. Pero es, sobre todo, un caleidoscopio de interpretaciones e imágenes sin arrebatos ni artificios, de las cosas cambiantes y de lo que permanece siempre como tal. “Llevamos esa posibilidad de cambio en nuestro interior –escribe en Sobre el destino–. Es posible que la evolución no responda tanto a estímulos externos como a una fuerza interna imparable e indialogable. Es una fuerza tan innegociable que se solidifica en nuestro primer hueso cuando apenas somos nada”.


Guillem Martínez tira de lecturas, de mitos, de historias y descubrimientos, del sentimiento de la vida para delimitar sus textos. Habla del inquietante mundo que le rodea y de sus percepciones, de afectos, de su belleza y de sus contradicciones, de la cultura y las costumbres. Habla de la pasión por la vida, de la fidelidad y sus desconciertos, sobre la pareja, la pérdida de confianza en cualquier ámbito de la vida, los amigos, el tiempo, el olvido... Nada se le escurre. De todo escribe con certera observación, con una prosa eléctrica y contenida a la que tampoco le falta fineza lírica. Es eso mismo lo que le pedimos a la literatura, su extraordinaria forma de acercarnos al conocimiento de lo que llamamos realidad como instrumento insustituible para poner en orden ese mundo real, que es en sí mismo esencialmente caótico.

Y es eso mismo lo que transmite en sus artículos: identificarse con ese orden oculto existente en lo grotesco y en lo absurdo del mundo. Se puede decir, por tanto, que Los domingos transitan por esa senda literaria que toca el mundo y sus detalles y, sobre todo, por la cartografía de lo humano que es, justamente, una de las funciones más genuinas del ejercicio periodístico, la que se vuelve testimonio de cultura, es decir, la que contempla y cuenta lo complejo y singular del mundo sacándole punta.


jueves, 13 de enero de 2022

El misterio de lo que no se sabe


Este librito templado y profundo, que acaba de publicarse en Pre-Textos de José Mateos (Jerez, 1963), está indicado para leerlo reposadamente. Cualquiera que lo haga no dejará de despertar su espíritu y sorprenderse, más allá de cualquier confesión religiosa, porque también alcanza a persistentes agnósticos. No hay componenda ideológica en su concepción, sino una meditación universal sobre el sentido metafísico de ese Dios del que poco sabemos de él y anda oculto en otra dimensión fuera de nuestro alcance tras una Gran Oscuridad indecible.

Mateos ha interiorizado todo esta trascendencia de lo que no se sabe, de una manera sabia y didáctica, para ponernos a pensar y comprender, como él mismo justifica, ese misterio espiritual que nos constituye. La experiencia de la muerte anda muy ligada también al desarrollo de estos textos que vienen a suscitar ese lazo inevitable del más allá con lo que él llama la Gran Oscuridad, lejos de cualquier lado interesado de lo religioso y fuera del ámbito extenso de la filosofía. Ante este libro, el ensayista requiere del lector que se predisponga a sobrepasar esos límites que a la razón le frena y propiciar un diálogo que impulse “esa sabiduría que emana de lo que no se sabe”.

Sus Consideraciones filosóficas sobre el principio o el fin, subtítulo que puso a El ojo que escucha (2018), nos acercaron a ciertas creencias e ideas dominantes de nuestra época. El libro referido viene a ponernos críticos frente a la modernidad dominante y a cuanto hay de resistencia discreta para tratar de alcanzar lo indecible: “Estamos hechos de tal manera que lo que más nos importa saber nunca lo vamos a saber”. El libro resume que pensar en todo, en lo pasajero y sus consecuencias, recobra el sentido de no olvidar que para habitar el mundo no hay que tener prisa, que hay que saber demorarse en el presente.

Ahora, en su Tratado del no sé qué, el latido del mundo reflejado por el libro anterior sigue estando presente. Sigue estando también esa condición frágil que, a veces, no es fácil de admitir, como por ejemplo, que existimos y que, por tanto, somos más lo que nos pasa que lo que decidimos. Somos contingentes, finitos, y no podemos controlar nuestras vidas, por lo que no hay un sentido metafísico que nos dé cobijo. Que no sabemos si cruzaremos las puertas del paraíso o que vivimos siempre en despedida, como anunció Rilke en las Elegías de Duino. Lo que se sostiene en este ensayo es que para aprender de nuevo a verse uno en el mundo hay que atreverse a abismarse en algunas preguntas incontestables.

Dividido en tres partes: Tratado de no sé qué, Sobre el perdón y Nuevas divinanzas, en la primera sección, la más importante y extensa, que pone título al volumen, encontramos el cauce del ensayo, cien textos breves numerados en los que el poeta y ensayista aborda su teoría personal de la espiritualidad relacionada con Dios. Mateos plasma su tesis o poética entendiendo que es espiritual todo aquello a lo que, dentro de nosotros, no le basta con el mundo, no se acomoda a este mundo y aspira a trascender. Según él, existe una Gran Oscuridad que es “ese vértigo que no es pensable”, que es extraño y perturbador, que nos sobrepasa y escapa a todos los nombres, que lo sentimos en lo más íntimo de nuestro ser y que, en cierta medida, ya supone una intuición o presentimiento de Dios.

En cada fragmento de esta parte, el lector se encuentra con palabras, reflexiones y preguntas que insinúan y desvelan lo indecible, la Gran Oscuridad. Un continuo discurrir para darnos a entender la verdad secreta no dicha que no alcanzamos a ver, impulsada por esa fe de fondo que llevamos de amar la vida: “Y, sin embargo, la conciencia es también la única fe de la que no puedo apostatar sin apostatar del hombre”, subraya. “Somos criaturas simbólicas, animales sedientos de absoluto”. Todo esto cobra sentido desde que uno mismo se para a pensar, mientras lee el libro, en cómo el hombre, desde siempre, no ha dejado de pensar en el más allá, algo que le sobrepasa y que, a medida que razona, inevitablemente, se le vuelve a escapar.


Los dos capítulos que le siguen al libro plasman, por un lado el perdón y el olvido, algo consustancial a la propia historia del hombre, y, por otro, despliega un buen puñado de aforismos o “divinanzas”, como así las denomina, por donde deja correr su sesgo poético y filosófico, breverías que hacen valer las verdades profundas de la vida: el amor, la soledad del hombre, el destino, la muerte, Dios..., con una dimensión estética propia de un alma contemplativa que dice cosas como esta: “Dios se dice así mismo de muchas maneras. Es más, sólo puede decirse a sí mismo de muchas maneras”.

Con una prosa limpia y tensa, Mateos firma un libro asombroso, un pequeño tratado que va enlazando su ponderado discurrir, menudo y ancho, como un rezo que transciende de ese lado espiritual que nos constituye, poniendo a nuestro alcance una suerte de plegaria sobre lo que no se sabe, sin estar seguro de los límites del más allá, como así queda dicho en uno de sus más brillantes aforismos al final del libro: “Por mucho que Dios baje, la razón nunca subirá tanto”.


domingo, 9 de enero de 2022

Cronista de nuestro tiempo


Entre este arranque: “La vida cambia deprisa. La vida cambia en un instante. Te sientas a cenar y la vida que conocías se acaba”, y este otro pensamiento, casi al final del mismo libro que cautivó a tantos lectores: “Somos seres mortales imperfectos, conscientes de esa mortalidad incluso cuando la apartamos a empujones, decepcionados por nuestra misma complejidad, tan incorporada que cuando lloramos a nuestros seres queridos también nos estamos llorando a nosotros mismos, para bien o para mal. A quienes éramos. A quienes ya no somos. Y a quienes no seremos definitivamente un día”, cabe el alma y el sentido de una vida consumada que estuvo siempre entregada a la escritura. Nos referimos a El año del pensamiento mágico (2015), el vehículo utilizado por la escritora norteamericana Joan Didion (Sacramento, 1934) para reinventarse y mantenerse a salvo de un derrumbe trágico familiar.

No cabe duda de que para la escritora y periodista estadounidense la redacción de este memorable libro, de esta crónica desgarradora, fue algo inevitable y necesario. Tenía que hacerlo. Tenía que contar las secuelas que le dejaron la muerte de su marido, el dolor por su pérdida, desde el impacto hasta su duelo negro y prolongado durante tantos días de ausencia. Lo hizo con exquisitez, elegancia y resignación, enfrentándose al abatimiento del duelo con dignidad, sin recrearse ni renunciar a ello, confiada en el paso del tiempo como escuela de aprendizaje y superación de toda desgracia.

Joan Didion falleció estas navidades a los 87 años, en su casa de Nueva York, a causa de la enfermedad de Párkinson que sobrellevaba desde hacía tiempo. Nacida y criada en California, su carrera periodística y literaria estuvo siempre ligada a esta idea suya plasmada en uno de sus artículos más famosos, titulado Por qué escribo, resumido en estas líneas: “Escribo estrictamente para averiguar qué estoy pensando, qué estoy mirando, qué veo y qué significa. Para averiguar lo que quiero y lo que me da miedo”. Todo empezó para ella a los veinte años, cuando se mudó a Nueva York. Allí inició su carrera periodística, en 1961, colaborando en la revista Vogue. Allí tomó impulso su vocación y su vínculo indefinido con la narrativa y la crónica social.

Dos años después volvería a la Costa Oeste con un libro ya publicado y con ganas de despuntar y convertirse muy pronto, como así ocurrió, en una de las cronistas más brillantes y lúcidas de su generación, una figura emergente del Nuevo Periodismo americano, de la misma estirpe que Tom Wolfe, Hunter Thompson, Truman Capote o Gay Talese, escritores con los que compartía esa manera de dar una vuelta de tuerca a los artículos que firmaban mediante el empleo de técnicas narrativas propias de las novelas. Y así, año tras año, Didion ha ido dejando, además de sus novelas, memorias y ensayos, un buen repertorio de artículos y crónicas, piezas breves e incisivas con las que resaltar su carácter y compromiso con el sentido de sus ideas, centradas en la búsqueda de la verdad y atención al detalle de lo que sucede en la calle, en su parcela personal y, cómo no, en el ámbito político.

Su vida y su oficio se han visto bien reflejados en todas sus colaboraciones y comparecencias, tanto en prensa como en revistas. En una ceremonia celebrada en Washington en 2012, el presidente Barack Obama le otorgó la medalla nacional de Humanidades y dijo de ella: “Es una de las mentes más brillantes y una de las observadoras más respetadas de la política y cultura estadounidense”. Precisamente, muchas de sus interesantes observaciones han quedado recogidas en Lo que quiero decir (Random House, 2021), la última publicación de Didion editada en nuestro país, un recopilatorio de textos que fueron redactados en sus inicios como periodista, en los que nos traslada su mirada y estilo, doce escritos que van desde el sentido que la escritura tiene para ella hasta el reportaje social y político del momento.

Los textos más jugosos, como bien destaca Elvira Navarro en el prólogo del libro, son los que se sumergen en su oficio, en los entresijos de la escritura. En Contar historias, Por qué escribo y Últimas palabras encontramos el reducto de su poética, de su manera de concebir y entender la literatura y de cómo trasladarla a la prosa de una manera eficaz: “Fue en Vogue –cuenta– donde aprendí en cierto modo a sentirme cómoda con las palabras, una forma de contemplar las palabras ya no como espejos de mi propia incapacidad, sino como herramientas, juguetes, armas que utilizar de forma estratégica en la página”. El libro reúne también textos de algunos perfiles de personajes, como el que brota tras una somera visita a Nancy Reagan siendo la mujer del gobernador de California, o la encendida semblanza sobre Hemingway, admirado maestro suyo, un artista que, según ella, vivió, como pocos, entregado en cuerpo y alma al rigor y expresividad del uso del lenguaje.


En cada uno de sus textos destaca, por encima de todo, su mirada conspicua, su capacidad de interpretar lo que acontece y depositarlo por escrito, sin ambages, por medio de una prosa literaria incisiva y eficaz, capaz de colarse en la realidad del momento y calar dentro del lector. Didion selecciona y disecciona lo inevitable, aquello necesario de desmenuzar para ponerlo delante de los ojos del lector, como algo hipnótico que requiere análisis y reclama atención. Esas fueron sus señas de identidad y su modo de proceder: escribir bajo el predominio de una prosa sensitiva capaz de conmover y hacer saltar por los aires todo lo que hay de crónica en su propia realidad, la que anda fuera y dentro de sí misma.

En Lo que quiero decir, el lector se va a encontrar con los ecos luminosos de una escritora desdoblada en su propia obra, un icono que seguirá teniendo reconocimiento duradero en los lectores por mucho tiempo. «Didion –como señala Rodrigo Fresán en el obituario que le dedicó días pasados– finalmente acabó siendo lo que todos sospechábamos que era: el mejor y más profundo personaje de Joan Didion».



jueves, 30 de diciembre de 2021

Asuntos que nos van y nos vienen


Son más de treinta y cinco años los que lleva Ramón Eder (Lumbier, Navarra, 1952) escribiendo aforismos. Más de media vida. Una amplia y fértil trayectoria que le ha valido ser un escritor de referencia del género en nuestra lengua. Un total de nueve publicaciones dan buena prueba de su innegable calidad y alcance. Su arranque con La vida ondulante o El cuaderno francés, aparecidos en 2012 hablaban ya de un aforista de corte clásico, pero alejado de toda solemnidad. Sus resonancias destilan ironía, paradojas y perplejidades que, por este orden, le dieron pie a fijar un rumbo personal más acorde a un estilo socarrón de entender la vida, un camino del que nunca se apartaría en los libros que les sucedieron, como Aire de comedia (2015), Palmeras solitarias (2018), El oráculo irónico (2019) o Cafés de techos altos (2020). Cada uno de ellos habla por sí solo de quien lo escribe, alguien de vocación firme a la exigencia que desafía al género, alguien con un discurso natural y admirable que busca sin urgencia la condensación verbal y el juego lapidario.

En Aforismos y Serendipias (Renacimiento, 2021), su nuevo libro, no pierde comba en ello, sino que sostiene su crédito más si cabe en ese menester suyo de escribir sin pedantería y hacernos pensar o poner en entredicho algo, y, de camino, proveernos de una mueca risueña. Dice y subraya Eder, con cierta retranca, en el brevísimo prólogo del libro que: “El aforismo quizás ya no sea una sentencia breve y doctrinal como siguen diciendo los lentos diccionarios (...), el aforismo más valorado hoy día por el lector libre y experimentado –añade– es el que consiste en una breve frase inteligente que le haga prensar provocándole la sonrisa”. El término serendipia, bien traído al título, viene a poner énfasis al matiz etimológico de la propia palabra, igual que a imprimir carácter al sentido práctico y genuino del aforismo en cuanto a hallazgo afortunado.

Dice Ramón que “Escribiendo aforismos se encuentran serendipias”, y si él lo afirma, debe de tener razones suficientes para constarlo, ya que la casualidad también cuenta, ¿O no fue una serendipia el descubrimiento de la ley de la gravedad de Newton? Pero ya sabemos que la ironía y el humor son dos ingredientes fundamentales en el cocinado de sus aforismos. Leamos algunos de sus asertos: “Piensa mal y te caerás de un guindo”; “Los hay que están enamorados pero son asintomáticos”; “Sacar dinero de un cajero eleva nuestra autoestima porque parece que hacemos magia potagia”; “El nuevo Heráclito: «Todo influye».” Cada epifanía suya, ceñida al desparpajo de una reflexión, a la humorada insólita de una experiencia o al asombro de un paseante dispuesto a mirar lo que tiene de extraño el mundo que le rodea, es suficiente para ofrecernos una impronta tras otra con la que desatar una broma inteligente, apañada o sarcástica.

En ocasiones mira también hacia el lado menos amable de la vida, y hasta se sumerge en resaltar la contrariedad que supone aceptar la realidad, ya sea una ocasión perdida o la soledad de un día anodino, para concluir que eso mismo no es más que algo común a todos y, en cierto modo, poético, que sucede a menudo y de lo que se aprende mucho. Valgan estas cinco perlas: “Es melancólico ver a un cisne solo”; “No poder volar también es una minusvalía”; “La paradoja de la vida es que hay que vivir como si fuéramos libres sabiendo que no lo somos”; “De lo que se trata es de llenar el día de instantes maravillosos”; “Hay que cambiar mucho en la vida para seguir siendo el mismo”.

Son más de cuatrocientas muestras de vislumbres en las que caben paradojas, relámpagos, pepitas, humoradas, minucias refinadas, sutilezas, nostalgias del latín, regusto por lo clásico, agudezas o instantáneas que tratan de decir algo que merezca la pena ser leído y recordado. Porque a Eder lo que le apasiona del juego de la vida y de las palabras es desvelar algunos de sus secretos que no se ven a simple vista: “Hay aforismos que no dicen una verdad pero que son muy buenos porque desenmascaran una mentira”; “A las buenas personas le sientan bien tener cierta picardía; “Los libros con faja elogiosa parece que quieren tapar algo”; “A los pestillos de las puertas les debemos muchos ratos de felicidad”; “Jugar al ajedrez nos enseña a no caer en trampas tontas”; “Leer no te hace más inteligente pero te hace menos tonto”...


Eder rehúye, como siempre, del aforismo edulcorado y postizo, poniendo distancia a cualquier ocurrencia o moralidad arcana. Le gusta más provocar la sonrisa y el desconcierto al lector que sabe leer entre líneas, al que le impele a releer lo escrito para hacerle sopesar la verdad con la que esta verdad se oculta. Su lectura depara descubrir palabras justas para nombrar el mundo, con esa sutileza y retranca pícara, tan suya, que desborda ingenio y burla.

Uno, confeso ederista, confirma que Aforismos y Serendipias se revela como una etapa prolongada de una feliz estancia en el territorio de un género donde el autor conecta y se siente como Pedro por su casa, un suma y sigue sostenido y vivaz que perpetúa su apuesta deliberada de no caer en la trampa de lo obvio, ni en la mera ocurrencia, un libro consecuente con ese talante, que no se corta un pelo, que se lee con sumo gusto y que, desde luego, pone su atención y gracia en tantos asuntos de la vida cotidiana que nos van y nos vienen.


martes, 28 de diciembre de 2021

Cuentos oscuros


La literatura es un campo de transformaciones, un laboratorio desde donde la realidad se configura en moldes de misterio, de conciencia y de lenguaje. El agente capaz de llevar a cabo estas transformaciones es la palabra, el orden de su disposición y, desde luego, su inventiva. Para hacerlo posible, el escritor cuenta con su imaginación conformada de tiempo y de lapsus. La intervención del tiempo no es gratuita, se hace necesaria y fundamental. El tiempo es el motor que vuelve operativo al mito del relato, el que contribuye a resaltarlo y reinventar su misterio. Es la dimensión que apela a contar la realidad del mundo y sus rarezas como si sucediera por primera vez.

Esa proyección del tiempo es, propiamente dicho, el tesoro relevante de una obra literaria, el cauce indispensable para su buen fin. Diría que los trece relatos reunidos en De un mundo raro (InLimbo, 2021), de la escritora ecuatoriana Solange Rodríguez Pappe (Guayaquil, 1976) andan estrechamente vinculados a ese dictado en el que el tiempo y la tradición lo conforman todo, hasta lo indecible, pero aquí, de forma inquietante. Cada uno de sus cuentos, al igual que cualquier organismo vivo, desafía su tiempo dispuesto, a punto de mostrarse irrepetible por extraño que parezca. Son fábulas que vienen con un ropaje que medran para llevarnos desde lo secreto hasta el más allá de sus rarezas.

En la misma medida, bajo ese mismo manto de extrañezas, se esconde igualmente la conflictividad existencial de sus personajes, así como la incertidumbre y el miedo inquietante que rodean a sus vidas. Quienes transitan por estas historias son seres atrapados en sus soledades y anhelos, residen en esa constante contradicción que supone vivir una existencia insólita, con sus apegos y distancias, pero, sobre todo, sin apenas notoriedad. Los relatos de Solange Rodríguez contienen un universo habitado por esa clase de seres de aparente vida inane, ocultos tras la realidad en la que moran, en la frontera con lo desconocido. Cada uno de ellos anda ocupado en lo que le ha tocado en suerte, con cierto aire de fatalidad y de pasmosa resignación.

En el primero de los relatos, el narrador comparte con otros personajes el sentido de contar historias desde la propia vida, desde la tradición como fuente de inspiración. Asevera que “la literatura es una convocatoria a fuerzas ingobernables que no terminamos de entender”, una declaración luminosa que, en los siguientes cuentos, se hacen eco con más ímpetu. Como así ocurre en Noches de difuntos o en Compañeros de viajes, dos relatos inquietantes que intercambian experiencias con la muerte y sus fantasmas. La presencia de animales, como perros, gatos, ciervos, extraterrestres y otras especies forman también un buen número de historias que propician anomalías e, incluso, desastres domésticos.

En la mayoría de ellas, y así lo deja entrever Giovanna Rivero en el prólogo del libro, Solange urde, con brillante eficacia, una trama variada y singular por la que confluyen sus hilos en un nudo final del que suelen quedar destellos turbadores con los que el lector tendrá que jugar durante un tiempo a engarzarlos. De un mundo raro es un libro de atmósfera hipnótica, con voces narrativas cercanas e íntimas, absorbidas por lo que están contando. Da igual que el cuento esté narrado en primera persona o en tercera, porque lo que le interesa a su autora es la virtud de esa voz singular, su capacidad de provocar el desconcierto en el lector, transitando por el secreto de las vidas retraídas y desamparadas de sus protagonistas, seres de vida nada común, sobrecogidos por el capricho y por la fiereza del destino.


Son cuentos oscuros que seducen y asustan por igual, sí, pero atisban un sesgo recóndito de esperanzas. Uno termina de leerlos y queda arrobado por lo que poseen de intuitivo y pavoroso, por su ritmo intenso y estilo expresivo que abarca todos los sentidos, un libro escrito desde la tradición de la invención, mediante un lenguaje vívido que subyuga al situarse más allá de lo verbal. Por eso engancha, por su embrujo.

jueves, 23 de diciembre de 2021

Escenas cotidianas


Un buen libro de relatos no necesita de ningún manual de instrucciones que determine cómo debe ser leído e interpretado. A este respecto, decía Nabokov, que solo se requiere un buen lector que posea imaginación, memoria, cierto sentido artístico y hasta un buen diccionario. Con esto bastaría, aunque tal vez se podría añadir esa otra cualidad que todo lector insaciable lleva consigo mismo: su incurable y vasta curiosidad. Ahora bien, conviene no olvidarse de que un libro se basta a sí mismo para revelarnos todo lo que tiene que revelar, es decir, para que el engranaje de sus piezas encaje y nos cautive.

A los que nos gustan tanto los relatos lo hacemos para divertirnos y emocionarnos, incluso hasta para nuestro aprendizaje y gozo intelectual, ese mismo que despierta en nosotros el efecto inusitado de compartir una experiencia fascinante y excepcional por medio de historias que apelan a descubrir hechos insólitos extraídos de la vida cotidiana. Juan Carlos Márquez (Bilbao, 1967) apuntala ese grado de expectación en favor de la conexión con el lector con Autoficción (Aristas Martínez, 2021), probablemente su libro de relatos más original y jocoso en el que reúne diez piezas breves, alguna con tan solo una página, lo suficientemente audaces para hacernos rehenes de la tragicomedia que representan los personajes de su inventiva, no exentos de ternura, con la misma perplejidad con la que nos enfrentaríamos a lo real y cotidiano de nuestras propias vidas.

De cada una de sus historias surgirá un pálpito o un destello que irá más allá de su propuesta inicial, como un señuelo y nos conducirá, con destreza y sagacidad, a un vislumbre del mundo real de la propia calle que habitamos, pero reimaginado. Pequeñas escenas cotidianas que se entremezclan con aire surrealista, resplandores, ironía y humor a destajo. En el primero de sus relatos, que pone título al libro, se diría que el autor se parodia como profesor de taller de escritura. Pero aquí, fija más su mirada en el narrador-alumno, que es quien cuenta su experiencia en clase y la dificultad que tiene en seguir las instrucciones, para dejarse impregnar por lo que circunda a la autoficción, que parece inundarlo todo.

En los siguientes, conoceremos, por ejemplo, el plan de un activista miembro de una organización internacional contra los iconos, obsesionado con destruir las vallas del mítico toro de Osborne. También conoceremos a las dependientas de una tienda de ropa, de esas de toda la vida, que se ríen a pierna suelta, a espalda de los clientes, así como el relato de un anciano socarrón que recorre una y otra vez la línea de circunvalación del autobús de su localidad, o el del joven buzo que prepara los salmones para que Franco los pesque con suma facilidad.

Todas las historias ideadas que transitan por Autoficción imaginan a un personaje obnubilado por un deseo, a veces imantado por una extrañeza o perplejidad. Márquez deja paso a que el deseo de sus personajes inciten y escruten la realidad circundante, aunque sea distorsionada para que, a su vez, abra un resquicio a la posibilidad de otra historia espejo que realmente se toque con la nuestra. Uno lee Fírmeme aquí y no puede evitar cierta sintonía o reflejo de la realidad que le rodea y preguntarse si no le convendría hacer lo mismo que la protagonista del cuento, y salir pitando a una casa de empeños y dejar en prenda a un cuñado incómodo sin importarle el dinero que le puedan dar por él.

Con todo, como la vida misma, ocurre también que cada personaje que transita por Autoficción se ve envuelto en una circunstancia particular y significante, vinculada a querer sacar provecho de su situación, a desear lo indecible, e incluso a posicionarse frente al deseo de otros, como le ocurre a quienes confluyen en Redes sociales, un relato armado de seres recurrentes e insignificantes que ocultan sus vidas tras la hipocresía social establecida para ampliar sus seguidores ad infinitum.


Tanto en unos relatos como en otros, el pulso narrativo y el tono se relacionan con el punto de vista desde el cual el autor cuenta la historia. En todos ellos el que más abunda no es otro que el tono irónico y tragicómico de sus escenarios, ya sea en un vestidor de unos grandes almacenes, en un ascensor, en un taller de escritura, en un autobús o en un parque. La voz propia de Márquez es reconocible en cualquiera de todos estos ámbitos. Su tono, ligereza y estética conforman un imaginario de enfoque sarcástico en el que encarna las vivencias de sus personajes para proyectar ese sesgo escogido de algo que nos hace pensar en asuntos nuestros.

Juan Carlos Márquez escribe con enorme soltura y eficacia, lleva a sus personajes al punto o extremo señalado y obliga al lector a obrar como testigo. Un pulso extraordinario entre escritor, lector y personajes, que es lo que distingue a la buena literatura.