domingo, 19 de enero de 2020

Semilla o fruto de razón


Dice Schopenhauer que «cuando un pensamiento acertado surge en un cerebro, tiende a la claridad, y pronto la alcanzará, porque lo que ha sido pensado claramente encuentra con facilidad su expresión adecuada». Desnuda, es como la verdad nos parece más bella. Los aforismos poseen esa gracia de persuadirnos de la mejor manera y que consiste en no decir nunca más que lo que merece ser dicho. Como escritura liminar, es todo un semillero para leer reposadamente y pensar por lo breve. El aforismo es un artefacto verbal que se asienta entre la literatura y la filosofía, entre lo personal y lo analítico, entre lo ético y lo estético, pero también es «el camino más corto entre la poesía y el pensamiento», tal como subraya Andrés Trapiello.

Para un poeta, como León Molina (San José de Las Lajas, Habana, 1959), consciente de que la poesía está hecha de lo que se dice, pero también de lo que se calla, como decía Ángel Crespo, el cauce del aforismo es en buena medida, una corriente propicia para que el pensamiento y la epifanía surja del ojo poético y se estampe con afilado sentido. La buena acogida de su creación aforística iniciada con Mapa de ningún sitio (2015) le impulsó a continuar la senda de la prosa mínima antologando dos publicaciones sobre el género. En la primera de ellas, Verdad y media (2017), reunió una amplia colección de aforismos españoles editados entre el periodo que va de 2001 a 2016. En la segunda, bajo el título de La poesía es un faisán (2019), el autor se centró, en esta ocasión, en recoger una amplia selección de textos cortos publicados en español sobre la poesía y los poetas que mejor mostraran el vigor expresivo del género.

En cambio, ahora, con Tirar la piedra y esconder la mano (La Isla de Siltolá, 2019), vuelve a sus andanzas aforísticas de creación propia para acotar su decir concentrado sobre todo lo que rodea a su mundo. A Molina no le aflige subrayar sus preocupaciones existenciales, ni las vanidades que el propio vivir contagia. Sabe que “todos los mundillos impiden ver el mundo”, por eso escribe. Como también sabe, y así lo expresa en uno de sus aforismos que: “Mejor que un proyecto de vida, vida para los proyectos”. El tiempo se encargará de sancionarlo todo. Por eso, en otro de sus alumbramientos, se apresura en poner el acento en la incertidumbre de vivir: “En realidad vivimos por si acaso”.

En este nuevo volumen, Molina opta por la vertebración temática para organizar su escritura aforística, algo que el lector atento agradece, teniendo en cuenta que esta forma de presentación permite al lector saltar de asuntos a su conveniencia, de manera más acorde a su gusto, una posibilidad muy en consonancia con las características del género y el libre albedrío. Y con una advertencia implacable, que debe ser bienvenida para tantos chiflados de los libros, como es mi caso: “Para tener una relación plena y gozosa con los libros es necesario tener una vida rica al margen de ellos. Se trata de una relación de pareja al fin y al cabo”. Así también lo creo, hay vida más allá de ellos.

Los aforismos de León Molina aglutinan máximas, reflexiones, apuntes, epifanías, proposiciones, notas, fragmentos, una amplia tentativa en la que bien podría encajarse el conjunto de sus cerca de quinientos aforismos que conforman la totalidad del libro, en el que destaca, además de su brevedad, su plasticidad, preocupación ética y el gusto por la paradoja. Dividido en treinta y cinco epígrafes, que van desde la belleza, la lectura, la soledad, el pensamiento y las cosas de la vida, para continuar con el humor o la intimidad y compañía, hasta acabar en la memoria y la libertad. El volumen conjuga por partes toda la versatilidad que las expresiones contienen, un modo escueto pero amplio, valga el oxímoron, de aproximarnos a la filosofía y a la poética de quien lo firma.

Cada postulado suyo persigue un enunciado lacónico donde esparcir un asombro, un vislumbre condensado, una epifanía con algo por descifrar o algo que da qué pensar, como este aserto suyo tan poético: “El que lee para distraerse hace lo mismo que un lector, pero no llega a serlo. Un avión vuela, pero no es un pájaro”. El espíritu aforístico del libro anda por un decir concentrado de todo lo que rodea y acota el discernir del tiempo, en donde Molina subraya sus preocupaciones existenciales así como sus contradicciones: “Me concentro fácilmente. Lo atribuyo a que he llevado una vida muy diversa”.

León Molina es fundamentalmente un observador del otro y de sí mismo, un autor incardinado con la naturaleza, maestra del silencio y de la que, a su entender, todo parte: “La naturaleza es el nido que incuba las palabras. Y las demás son falsas”. Hay certezas inmutables en ella de las que extrae su verdad realista e idealista, unida a esa percepción naturalista y simbólica que encarna su contacto. Este libro reproduce ese sentir de aire ligero, cercano y fragmentario urdido para también leernos un rato, con la idea de provocar nuestra curiosidad y discernimiento.

Tirar la piedra y esconder la mano es un libro fecundo, un destilado de pensamientos y sentimientos bien pulidos, con gusto y halo poético, dispuestos a preguntarnos sobre la filosofía del porqué de las cosas, esa misma que refleja su autor en la que “todos somos notas al margen” en el libro de la vida.

sábado, 11 de enero de 2020

Leer con el cuerpo


Joan-Carles Mèlich (Barcelona, 1961) es licenciado en Filosofía y doctor en Filosofía y Letras por la Universidad Autónoma de Barcelona. En la actualidad, ejerce de profesor titular de Antropología y Filosofía de la Educación. Es autor de un buen número de obras ensayísticas sobre filosofía, ética y educación. Su pensamiento filosófico transita sobre todo en torno a la cuestión ética. Su obra, en gran medida, gira sobre las diversas formas en que se presenta la filosofía, especialmente, en su expresión simbólica, mítica y ritual. La educación es un campo fundamental en su quehacer docente y uno de los temas más significativos de su obra, así como la memoria y el testimonio. Entre sus publicaciones destacan La educación como acontecimiento ético (2000), Filosofía de la finitud (2002), La lectura como plegaria (2015) y, también, La prosa de la vida (2016).

Con su nueva propuesta, La sabiduría de lo incierto (Tusquets, 2019), Mèlich incide en el valor de la lectura y la felicidad de leer. Nunca nacemos huérfanos, dice al respecto. Y lo explica afirmando que traemos con nosotros mismos una biografía conformada por voces y relatos anteriores a nuestra existencia, una biografía literaria: “No podemos dejar de ser herederos, venir al mundo es recibir una herencia literaria, una herencia narrada, la herencia de una biblioteca”. Es más, y esto es algo que se percibe a lo largo de todo el texto, hay un denominador común que se subraya: “los libros también nos leen a nosotros mismos”. La lectura, viene a decirnos, no nos dará sobreabundancia, sino más bien vinculación. Y tal vez por eso nos deja entrever que nunca aprendemos a leer, porque leer lleva una vida.

Mèlich es un filósofo, pero también un escritor en busca de la eficacia de la palabra, con la misma pasión de desarrollar una idea que de volcarla a través de las palabras necesarias. Y en este sentido, prefiere el texto fragmentario donde desplegar mejor el soplo semántico de sus ideas que la retórica extensa del tratado. Prefiere el ensayo acompañado de la estética de una prosa clara y porosa que cualquier otro estudio alambicado o metafísico. Lo que el lector del libro va a comprobar es que el autor le habla con proximidad de la lectura como experiencia vital, es decir, cómo esta incide en lo concreto, cotidiano y corporal de nuestra condición humana. Y añade que, cuando el placer de leer, el placer estético, su deleite sensual y emotivo llegan a quien cultiva la buena lectura, la recompensa es maravillosa, de una satisfacción intelectual útil, fecunda.

De alguna manera, hay un déjà vu de la lectura, como dice Antonio Basanta: ese reconocerse en una palabra, en una frase, en una descripción, en una idea. Como si ese sentir de lo que se cuenta en lo leído lo hubiéramos experimentado ya nosotros de una manera vaga e inconcreta. Y así, conforme vamos avanzando en el libro, esa sensación no se pierde, porque hay un empeño decidido del autor de que no despeguemos de una de las tesis fundamentales del texto: la lectura ligada a la curiosidad como parte importante en la búsqueda del conocimiento. Pero también subyacen dos asuntos muy ligados entre sí, una doble pregunta que fundamenta la lectura: ¿Por qué y para qué leer?

Leemos porque leemos”. El reino del lector no es el reino de la identidad sino el de la metamorfosis. No se lee, nos dice Mèlich, esperando obtener la respuesta de quiénes somos, sino para ver lo que nos pasa. Todos los que amamos los libros sabemos que no leemos para tratar de ser mejores personas, sino para ser más, o para ser de otra forma. Es decir, que al leer un libro lo que esperamos encontrar en él es nuestra propia vida. Aún más, no queremos tener una sola vida sino muchas vidas. Y los libros hablan de nuestros deseos: “Al lector le puede sobrevenir lo mejor o lo peor. Siempre que abrimos un libro o que volvemos a él, siempre que lo recordamos, surge una inquietud: ¿qué va a pasar ahora? La respuesta es la misma: lo ignoramos”.

La primera parte del libro gira en torno a esa idea de la herencia de una biblioteca que viene conformada por la tradición transmitida del recuerdo vivo de las narraciones y de los hechos y personajes que se han ido incrustando en nuestra piel, podríamos decir, poblada de símbolos, llena de resonancias, de referencias de autores clásicos como Platón, Descartes, Montaigne, Dostoievski, Kafka, Zweig y otros muchos de lecturas venerables, como así las designa el autor. En la segunda parte, el enfoque se orienta hacia la condición lectora y, por tanto, más centrada en la interpretación y en lo no dicho. Es necesario subrayar, como indica el autor, que lo no dicho es tan importante como lo dicho, que la lectura no se limita a ver lo que dice el libro, sino también a vislumbrar lo que no está en él escrito. Es lo que viene a confirmar otra de las tesis que sostiene el libro: toda lectura inquieta porque abre un universo de incertidumbre.

Podemos afirmar que La sabiduría de lo incierto es también un compendio aforístico entretejido dentro de un trabajo ensayístico bien armado, rebosante de alegría y perspicacia, inteligente, jugoso. Un libro que provoca una profunda reflexión sobre el valor de la lectura y sus entresijos, no como poder, sino como ámbito de aprendizaje e interpretación en el que el cuerpo se implica, como se dice al final del mismo: “porque leer es acariciar, y la caricia no sabe lo que busca; espera, pero no sabe lo que espera”. El resultado de su lectura confirma que estamos ante un libro ameno, convincente y oportuno.


domingo, 5 de enero de 2020

Un ser ausente


La historia de mi abuelo es la mía. Lo es porque refleja perfectamente mi relación con los lugares, mi forma de juzgarlos y de aferrarme a ellos. Es la historia de cómo los interiorizo de manera casi obsesiva. Pensaba que el origen de mi interés estaba en la lectura de otros autores y ahora me doy cuenta de que debía echar la vista un poco más atrás. Tenía que remontarse a una historia que había escuchado en miles de ocasiones, aunque mi padre me la explicara una sola vez”, escribe Álex Chico (Plasencia, 1980) en las páginas finales de Los cuerpos partidos, su última novela que acaba de publicar la editorial Candaya en su colección de narrativa.

Con un entramado argumental que transita entre la memoria real y la memoria inventada, esta novela de ensayo ficción, como le gusta denominarla a su autor, una forma híbrida, fronteriza y heterogénea de abordar un relato que aglutina ficción, memoria, crónica, ensayo y diario de viajes, acomete la reconstrucción de un ser ausente: la historia de su abuelo, ya fallecido, al que no conoció. Toda biografía, como ocurre en la salida de un laberinto, arranca, en primer lugar, con el inicio de un desplazamiento, de una búsqueda, como así deja escrito Vicente Valero en su libro Los Extraños, un texto que aquí encuentra sus resonancias. Viene a decirnos que lo que importa de la búsqueda de la vida de un ser ausente, por muy lejos que haya podido estar de uno, hay que encontrarlo en las huellas y cicatrices que han permanecido a lo largo del tiempo, más que en los recuerdos, porque estos podrían, incluso, no existir.

Precisamente es ese el epicentro del libro: la indagación personal, la búsqueda de la figura del abuelo desconocido, pero muy presente en el credo y el ámbito familiar. Álex Chico así lo deja dicho en la nota final del libro: “Los cuerpos partidos es, en buena medida, una narración oral consignada por escrito”. Pero también es una reflexión sobre una época, allá por los años sesenta del siglo pasado, en la que muchos españoles partieron rumbo a otros países de Europa en pos de un trabajo, de un sustento familiar que en su tierra baldía y yerma era imposible de albergar esperanza alguna, una representación de una realidad del pasado donde se aúnan el desarraigo, el desplazamiento y la esperanza de mejora que toda emigración concita: “Nadie emigra sin que medie el reclamo de una promesa”, en palabras de Magnus Enzensberger, que en el libro se cita.

Cualquier migración desencadena conflictos, independientemente de la causa que la haya originado, de la intención o necesidad que la mueva, así como de su carácter voluntario o involuntario que la impulsa, como apunta el narrador, a los que se añade un buen número de obstáculos que todo desplazado tiene que sortear: nuevas condiciones de vida, adaptación a un lenguaje extraño o restricciones sociales respecto a los otros: “No existe un solo relato para la emigración, ni una única lectura que pueda resumirla completamente”. En este contexto, cualquiera, como su abuelo, con suerte, aspirará a regresar a su tierra cuanto antes para recomponer su vida y dejar de sentirse invisible: “Fueron para unos meses y se acabaron quedando varios años. Fueron para unos años y no volvieron hasta unas décadas más tarde. Ese era el peaje, la consigna no escrita: un año más y después otro distinto”. Aun así, muchos no regresaron.

Álex Chico prolonga su calidad literaria que ya iniciara con Sesenta y cinco momentos en la vida de un escritor de posdatas (2016 y Un final para Benjamin Walter (2017). En Los cuerpos partidos hay un itinerario, un trayecto que también emprende el propio autor, desde el propio seno de la creación literaria, en busca de su personaje, Manuel Chico Palma, que dejó Belicena, una aldea granadina para poner rumbo a Bousbecque, una pequeña población francesa, con la finalidad de escribir la crónica de la historia que andaba inmersa en su cabeza a la espera de poder emerger para ser compartida. La vida es algo holístico, y no menos la literatura. Todo es materia narrativa. Y es esa materia la que facilita el arranque poderoso de esta historia que escribe Álex Chico, un relato con ese gancho verosímil que le lleva a poner en funcionamiento su maquinaria interior para favorecer que lo indecible pueda ser decible.

Los cuerpos partidos se une a esa trayectoria fecunda en madurez y estilo de sus obras anteriores. Su prosa límpida y su mestizaje de géneros, encuentra un sello propio, gracias a su buen manejo de las posibilidades del juego narrativo, ese que da la ficción como amplitud de engranajes de la realidad para cristalizar un universo literario. El suyo se asienta con mucho oficio y determinación en la memoria, el lugar y los límites de la creación literaria.

El autor, consciente del artefacto literario que ha puesto en marcha, en el que la realidad no se opone a la ficción, y en el que la hipótesis y la conjetura se muestran propicias a plasmar la naturaleza de su tentativa literaria, viene a decirle al lector que elija cómo quiere nominar a esa realidad que está leyendo. Esa misma que tanto nos abruma y que, sin embargo, exigimos a los libros que leemos, sin importar su forma literaria.


sábado, 28 de diciembre de 2019

A golpe de tinta


La poesía es algo que anda por las calles, decía García Lorca. Que se mueve, que pasa a nuestro lado y va a expensas de quien la persigue. Todas las cosas tienen su misterio, y la poesía, según el poeta granadino, es el misterio que tienen todas las cosas. Es la casa del ser, apuntaba el filósofo Heidegger. No faltará por ahí quien afirme que los poetas, realmente, no son indispensables. Para esclarecer mejor el asunto, no cabe mejor cita que acudir a la pregunta que le sugería todo esto a Saramago: ¿Qué sería de todos nosotros si no viniera la poesía a ayudarnos a comprender cuán poca claridad tienen las cosas que llamamos claras?

Toda poesía es, ante todo, un gran caer en la cuenta, que diría Jose Ángel Valente. Caer en la cuenta de lo que acontece por las calles, de lo que sucede en el recinto de lo cotidiano, sus objetos y sus misterios conforman el leitmotiv de lo que ha venido plasmando en sus libros Itziar Mínguez Arnáiz (Barakaldo, 1972) a lo largo de casi veinte años de escritura ininterrumpida. Desde que publicó La vida me persigue (2006), su primer poemario, ha mantenido esa inercia creativa de asumir la experiencia de lo cotidiano como fórmula de destilar su ámbito poético más genuino. A este debut le siguieron por la misma senda todos los títulos que fue publicando después, de los que cabe destacar Cara o cruz (2009) y Cambio de rasante (2015), dos poemarios que nacen igualmente de los confines domésticos. Con el siguiente libro, Que viene el lobo (2016) gana el Premio Internacional de Poesía Nicanor Parra, un poemario desnudo y emocionante bajo el dictamen del tiempo y la persistencia de lo efímero. Posteriormente vendría Qwerty (2017), un libro que acrecentaría más el valor de su poesía, hasta expandirlo con dos nuevas obras: Idea intuitiva de un cuerpo geométrico (2018) y La vuelta al mundo en 80 jaikus (2018).

Acaba de aparecer recientemente Lo que pudo haber sido (Huerga&Fierro, 2019), su nuevo poemario, una ventana más que se asoma a ese universo propio y tan suyo. Itziar Mínguez vuelve a desentrañar la realidad del mundo que tiene delante de sus ojos, ese que tanto la anima a tejer el ámbito de sus poemas, a plasmar lo que concierne a la vida para hacerla un poco más inteligible, algo más humana y próxima. Reúne cuarenta y seis poemas donde confluyen piezas breves y con algunas otras, las menos, de mayor extensión. Compagina la mirada con el pensamiento, para multiplicar las facetas de la realidad, buscando encontrar en lo distinto lo igual, y en lo igual lo particular.

¿Qué es lo que va a encontrar el lector en estos poemas? Por aquí se filtran la insistencia de lo efímero o el deambular por la ciudad a través de un mapa interior, como se deduce de estos versos de Los adioses: “escribes con el único fin/ de anticiparte a las pérdidas que te aguardan/ porque la vida es eso/ llegar preparado a cada despedida/ preguntándote quién será el siguiente”. En otros poemas se balbucean aforismos que comparten la incertidumbre de vivir o se nos convoca al consuelo, la compasión, el destino: “Lo peor de la tragedia/ es que está por venir/ lo bueno es que sólo puedes salvarte/ cuando llega”.

También se pulsan las pérdidas y ganancias de la vida, ese debe y haber que la partida doble de toda contabilidad general requiere ajustar: “lo complicado es saber/ donde colocar cada cosa”. La vida, una receta, es el título de un poema en el que se indica la confluencia de tres de sus elementos más determinantes: “Voluntad/ azar/ intuición”. Somos nota a pie de página, se dice en otro, pendientes de que alguien repare en ella: “a quién no le gustaría ser un poco así”. Quizá el último poema concite la sutileza del título del libro con la verdad poética de quien lo firma: “Donde dice/ lo que pudo haber sido/ debería decir/ lo que pude haber sido”.

La poesía de los actos y de los pensamientos sigue coexistiendo en la creación literaria de Itziar Mínguez, con ese lenguaje de tono sencillo y ligero tan suyo, pero hondo, y alejado de cualquier materia oscura, con la única preocupación de mantener los ojos bien abiertos sobre lo que sucede a diario a corta distancia. Poética a ras de suelo, diríamos, unánime y comunicativa en su trayectoria, abierta, en la que reflejar la dimensión del otro, y la verdad de lo que somos.

Hay quienes aseguran que la poesía está en las cosas y el poeta las descubre. Leyendo la poesía de Itziar Mínguez podríamos decir que esa afirmación se trastoca, es decir, que la poesía está en ella misma y las cosas se la provocan. Y son las cosas las que ponen su juego en la vida con la idea de rebasarla.

Los poemas de Lo que pudo haber sido, en suma, son ventanas que se asoman al mundo para descifrarlo, para resistir a su monotonía. Uno los lee y nota que lo mejor que le sucede es que se entiende con ellos, desde esa claridad con que se muestra el hecho mismo de vivir y su incandescencia.


viernes, 20 de diciembre de 2019

Viajar de manera diferente


Viajar hoy en día parece que está al alcance de cualquiera. Y más aún, si cabe, con la cantidad de ofertas que las agencias de viajes lanzan durante todo el año, valiéndose de internet, de los medios de comunicación y de aplicaciones virtuales tan atractivas y fáciles de clicar. Viajar se convierte en una particular forma de ocio y conocimiento que en los tiempos que corren nos mueve a embarcarnos hacia objetivos lejanos, difícilmente alcanzables antes, que ahora parecen estar más asequibles al bolsillo de la gente normal. No obstante, como decía Paul Bowles, conviene no olvidar que la gran diferencia entre un turista y un viajero radica en que el primero siempre viaja con un billete de vuelta, mientras que el segundo no tiene fecha de regreso prevista.

Esto siempre ha estado presente en los grandes viajeros cronistas, como Josep Pla, Bruce Chatwin o Paul Theroux. Viajar para ellos es trasladarse para adquirir un incomparable enriquecimiento interior, un desafío, y contarlo se convierte en otra tentativa, un traslado con palabras, para dejar por escrito sus experiencias y asombros. Traslado o metáfora, el viaje es, desde luego, imagen del deambular humano que ha venido repitiéndose desde la Antigüedad. Por eso, los libros de viaje, la literatura de viajes de siempre, han constituido un producto textual inagotable que se manifiesta en todos los tiempos y en las más variadas modalidades literarias.

Uno de los elementos más destacados dentro de la poética del viaje es, precisamente, el encuentro con el Otro. Cada cual, dice Ryszard Kapuściński, tiene que saber y experimentar en qué tiene que fijarse durante un viaje y cuáles son los temas de interés que le son propios de su mirada. En ese sentido, afirma que “el encuentro con el Otro, con personas diferentes, desde siempre ha constituido la experiencia básica y universal de nuestra especie”. Patricia Almarcegui, consumada viajera, considera que el itinerario es uno de los elementos más significativos y determinantes para encontrarse con ese Otro del que habla el escritor polaco, un encuentro que origina la verdadera riqueza del viaje y que necesita, con anterioridad, la densidad de una buena preparación.

Profesora universitaria de Literatura Comparada, novelista y ensayista, Almarcegui ha visitado muchos países y residido en Egipto, Irán, Uzbekistán, Japón, Kirguistán, Sri Lanka y Oriente Medio. Su campo de investigación se centra en la Estética Literaria y los Estudios Culturales, derivados con mayor relieve de la Literatura de Viajes. Entre su obra narrativa destacan El pintor y la viajera (2011), Una viajera por Asia Central (2016) y la novela autobiográfica La memoria del cuerpo (2017). En su vertiente ensayística, sobresalen Los viajes de Marco Polo (2013), El sentido del viaje (2013) y Conocer Irán (2018).

Ahora, con la publicación de Los mitos del viaje (Fórcola, 2019), su libro más ambicioso, renueva ese empeño de continuar inmersa en esa labor estética y cultural emprendida hace ya una década, sobre todo, poniendo énfasis en lo que el viaje vela y desvela, su significado y desciframiento, a través de su propia experiencia y la que dejaron recogidas otros titanes viajeros en sus textos, como fueron Marco Polo, Ruy González de Clavijo, Alí Bey, Lady Montagu, Carsten Niebuhr o la admirable viajera suiza Annemarie Schwarzenbach, para quien vida, viaje y literatura son equivalentes. Lo que el lector se va a encontrar en esta compilación suya escogida de sus trabajos publicados en forma de artículos a los que se añaden otros textos inéditos, es, por un lado, una interesante teoría del viaje, para después acometer el testimonio vívido de un grupo selecto de importantes viajeros, intercalando reflexiones de lo que para la autora sugiere de estética y cultura el viaje, lo que aporta, provoca y revela.

El viaje crea asimismo experiencia. Cada desplazamiento interroga sobre la forma de atravesar el mundo haciendo experiencia […] El viaje puede pensarse como un deseo y una necesidad. El viajero se desplaza por escenarios novedosos con los que recorre el mundo y lo interpreta como un espacio de confines”. Insiste en el valor de la vista. Para ella, viajar es descifrar el mundo por los ojos, y subraya que la cuestión no es tanto mirar, como hacerlo de forma diferente. En su enfoque está presente que en el espíritu del viajero observador existe una realidad en su desplazamiento, más allá del lugar de donde viene, y un interés por el encuentro de lo extraño.

Patricia Almarcegui reformula en este nuevo trabajo suyo el imaginario del viajero a partir de una teoría mítica y cultural de cómo el viaje se ha ido conformando por las vivencias de quienes lo han volcado como experiencia literaria en textos en los que el viaje les ha implicado en un ejercicio de alteridad, a veces gozoso, otras exigente y no menos intenso y continuado, con esa posibilidad maravillosa de comunicarse con el Otro, sin olvidar que uno mismo es el gran asunto de todo viaje. Porque, al fin y al cabo, viajar conduce inexorablemente hacia la propia subjetividad.

He disfrutado de lo lindo leyendo Los mitos del viaje, un libro fecundo y vindicativo, un oráculo viajero en pos de la sensibilidad de quien viaja en otra dirección, de quien busca nuevos referentes y aspira a conectar su yo viajero con el lugar del otro. Interesantísimo.


domingo, 15 de diciembre de 2019

Huir para aproximarse


Nunca se sabe cómo vivir. No hay un único sentido que dé razón de lo que es vivir. A diferencia de lo que es el mundo, que viene ya conformado, la vida no tiene por qué asumir esa herencia dada, al contrario, no hay formas de vivir ya diseñadas. Heredamos la historia colectiva, pero nuestra exégesis personal contradice la versión impuesta. La soledad de cada cual contiene una historia en la que cabe todo un mundo. Por tanto, salirse de lo establecido es un proceder que requiere apartarse del mundo, para encontrar otras respuestas, otros caminos, incluso llegando a pensar un día que hay que huir del mundo para poder realizar nuestros sueños y anhelos más personales.

Toda esta interesante reflexión es algo que se ha venido dando a lo largo de la historia de cualquier época. En Pequeño elogio de la fuga (Alfabeto, 2019), del ensayista y sociólogo francés Rémy Oudghiri se recoge una amplia gama de respuestas que dieron grandes escritores y artistas a esa consideración filosófica. El apartamiento del mundo, que cada uno de ellos llevaron a cabo a su forma, supone descubrir que alejarse del mundo es otra manera, la más personal, de iniciarse en él verdaderamente, de encontrarse más a gusto con ese universo en el que el yo se interrelaciona con todo lo que le importa, huyendo de la multitud.

¿Quién no ha sentido, al menos una vez en su vida, un deseo acuciante de apartarse del mundo?”, se pregunta Oudghiri en los prolegómenos del texto. Y continúa: “En momentos de desconcierto y desánimo, ¿quién no ha soñado con dejarlo todo, con salirse del juego y desaparecer?[...] ¿Cómo se llega a pensar un día que hay que huir del mundo para poder realizarse? En estas preguntas se encuentran el trazado existencial que sostiene la esencia de este interesante ensayo, una invitación para tratar de comprender mejor en qué consiste esa irresistible atracción que produce el gesto de ruptura con el mundo, ese huir para aproximarse a uno mismo, poner distancia con el resto para entenderse mejor a sí mismo.

Por aquí se asoman las vivencias de Petrarca, que optó por huir de la multitud para aspirar a poner un poco de más coherencia en su vida. También nos topamos con Rousseau, que enfatizó que huir deviene en un renacimiento, un camino que conduce a la verdad individual. Para Tolstói, la huida consiste en un escape, en una forma de emanciparse. A Flaubert y a Guaguin la huida les llevará a un vislumbre y obstinación en el arte de escribir y pintar, respectivamente. Para Emmanuel Bove, vivir fuera del mundo significa instalarse en una fuente de dicha. “Huir, huir sin parar”, escribe Le Clézio, para insinuar que ese escape es una danza en pos de la luz. Llegamos a Pascal Quignard, que entendió que toda vida intensa se consolida al margen de la sociedad.

En otro apartado de la obra se habla de la relación de la huida con la felicidad. En ese sentido se insiste en que la huida posee un hálito revelador que nada tiene que ver con la debilidad o la cobardía, sino que puede llegar incluso a transformarse en impulso creativo. Cuando la huida lejos del mundo nos conduce de vuelta al mundo, entonces se trataría de un empeño estéril. El ámbito de la imaginación constituye, en palabras del autor, el refugio ideal, el lugar propicio, porque en él nada nos impide recorrer con libertad el espacio relegado que, en principio, parecía reservado a nuestros sueños.

Estas son algunas de las reverberaciones de la vida de un buen número de artistas que optaron por apartarse del mundo, fugarse en pos del recogimiento a esa estancia personal donde suceden muchas revelaciones. Decía Emerson que el hombre grande es el que en medio de la muchedumbre mantiene con perfecta mansedumbre la independencia de la soledad. Todo lo que trasciende por las páginas de esta obra de Oudghiri no hace más que confirmar que la huida en sí es vastísima, enciclopédica, y depende del tipo de prófugo que la emprende. Cruzar ese umbral conlleva propiciar un desvelamiento fascinante, como sostenía Cioran: «Solo quien se pone al margen de todo, quien no hace lo que los demás, conserva la facultad de comprender realmente».

Pequeño elogio de la fuga es un ensayo ameno, breve e incisivo, un viaje hacia el descubrimiento de ese yo fugitivo, un libro que alumbra ese afán de huida que anda latente en nosotros toda la vida, como así lo ha venido recopilando la historia de la literatura, y así lo recoge Rémy Oudghuiri al final del epílogo de su brillante trabajo: “El secreto que la literatura nos transmite desde hace siglos es que huir del mundo, lejos de sellar nuestro destino al excluirnos, en realidad nos acerca a él”.

Dice César Aira que todo el trabajo del ensayista se resume en el hallazgo del tema antes de ponerse a escribir. Aquí debo decir que Oudghiri lo tenía bien urdido y acotado. Y podemos suponer, con tranquilidad, que dijo toda la verdad sobre todas las cosas sobre las que valía la pena hablar sobre el gesto de romper con el mundo para aproximarse mejor a él.


lunes, 9 de diciembre de 2019

Un hombre de interior


Cada hombre y cada mujer guardan la clave de un proyecto genuino, diferente como las respectivas huellas dactilares, que los convierte en seres únicos e inconfundibles.[...] Y ello es así porque la experiencia nos ha demostrado que es mucho más llevadero caminar por la vida presentando su parte más homologable con las costumbres sociales que haciéndolo sin ese escudo opaco […] Nací en el seno de una familia de clase media, de la pequeña burguesía de los pueblos, en la que aún perduraba la huella de una época más brillante[...] Aquel niño, que como todos los niños tenía una mente curiosa, rendida a la exploración de su entorno y al juego, sólo empezó a conocer la cara abrupta de la vida al enfrentarse a dos realidades: una religión penosa y oscurantista y la enfermedad”.

En estas palabras, extraídas de la breve reseña que Campos Reina (Puente Genil, 1946 – Córdoba, 2009) hace de su vida en los prolegómenos de Diario del Renacimiento, uno de los tres volúmenes que la editorial Random House incluye en su estuche de la colección Debolsillo, bajo el título de Parques cerrados, cabe el sentir de la escritura de su dietario. Recoge la huella de un tiempo azaroso vivido y, a su vez, la travesía gozosa de un período de plenitud creativa y de incontenible exigencia vital, una etapa de madurez en la que el secreto de las cosas y el aire que las convierte en fuente de inspiración se intercalaron con la precariedad de su salud. Se publica conjuntamente con otras dos obras suyas, su poesía completa y el ensayo De Camus a Kioto. Todas ellas se aúnan en un mismo motivo: rescatar la figura de este autor de culto, del que ahora se cumplen diez años de su fallecimiento, considerado, en el ámbito de la crítica literaria, como un prosista singular y prodigioso, de afán perfeccionista, uno de los escritores andaluces más sobresalientes de la segunda mitad del siglo pasado.

Juan Campos Reina, autor silente, como lo califica Luis Antonio de Villena, que huía de toda notoriedad, estudió Derecho y ejerció como funcionario público en tareas de inspección de trabajo, se estrenó en 1988 con su primera novela Santepar, un libro insólito y personalísimo, escrito con un lenguaje rico y bien cuidado. Fue muy celebrado por la crítica del momento. Además de esta obra seminal, que de algún modo marcaría su obra, publicó Un desierto de seda (1990), El bastón del diablo (1996) y La góndola negra (2003), tres obras que componen la Trilogía del Renacimiento. También hay que sumar Fuga de Orfeo (2006) y El regreso de Orfeo (2006) y la colección de relatos Dulces tormentos recogidos en una edición de 2011.

El buen debut de Santepar le dio pie a seguir su imparable senda narrativa que tuvo que compaginar con su trabajo y sus controles médicos. Todos tenemos fuerzas suficientes para soportar los males ajenos, decía La Rochefoucauld. La salud precaria de Campos Reina le acercó aún más a ese sentir compasivo del mundo. De igual manera, no le impidió concebir un plan literario existencial en el que no cabría el descanso ni el abandono ante la adversidad, porque para él nadie es demasiado fuerte ni demasiado débil para ser consolado. Por eso entiende que no puede prescindir en absoluto de la palabra. Viene a decirse que el lenguaje ayuda a vivir y a no morir.

Para él, lo dice en su diario, el tiempo es el que consuela, apacigua y cura. Es la vida la que en primer lugar se defiende. Resistir es mantenerse a flote desde el dolor, algo que ya lo vio claro Stendhal: «Un medio para consolarse es mirar de cerca el propio dolor». Y en esa verdad estampada en su cuerpo al haber visto tan cerca la muerte escribe: “Y es que el dolor, no ya poético y espiritual, sino el físico, ese que se te mete en los huesos durante interminables semanas y contra el que nada pueden los calmantes, el que me enseñó incluso a aislarme de mi cuerpo, es el maestro de la vida”.

Nunca se sabe cómo vivir. Esto es algo que trasciende en su obra. La vida, para Campos Reina, es algo que hay que inventar. No hay un único sentido que dé razón de lo que es vivir. A diferencia de lo que es el mundo, la vida no se hereda, no es algo que a uno le venga dado, al contrario, hay que darse a sí mismo una forma, y no hay formas puras. Es lo que el propio escritor se insinúa en estos versos de su poema Del ser: “Estoy en el secreto de las cosas,/ penetrado de luz, desarraigado,/en la estela de magma palpitante/ que de la escoria arrastra la ceniza”. En el diario también da muestra de ese pálpito de manera constante, a través de las muchas lecturas de sus autores preferidos: Dante, Goethe, Mann, Camus o Gil-Albert, a los que evoca de continuo. “Cuando escribo –dice en una de las entradas–, hasta la desmesura debe partir de mi estética, de mi irracionalidad, de mi sentimiento... Los círculos concéntricos en mi entorno configuran el proyecto de mi obra”.

Lo que el lector encuentra dentro de los tres volúmenes de Parques cerrados es un amplio marco literario, tres piezas exquisitas que conforman la condición humana de un autor enigmático, de extraordinaria lucidez y versatilidad al que leer y escribir dan sentido a su existencia, alguien implicado a quien cada momento de la vida se expone a entenderse con su punto de vista, con la perspectiva que el mundo le ofrece. Vivir para él es aceptar este movimiento, esta transformación.

En Parques cerrados se percibe la sutileza de la observación de un escritor de estilo depurado, meticuloso y elegante, capaz de contagiar el placer de la lectura, el gozo de lo efímero, sus anhelos y éxtasis, pero también el dolor y el abismo del discurrir del tiempo. Campos Reina pertenece a esa estirpe de escritores olvidados que cuando uno los lee resultan inolvidables.