viernes, 5 de junio de 2026

Un vivero de aforismos


Escribir tiene mucho que ver con habitar la incertidumbre, un conato al que todo escritor se expone con cada frase que inscribe en la página en blanco. Literatura y vida —y también a la inversa— avanzan entrelazadas, expuestas mutuamente a la interrogación y a su examen. Los aforismos de Ramón Eder (Lumbier, Navarra, 1952) condensan ese gesto, como práctica literaria propiciada por la experiencia, el pensamiento y las paradojas de la vida. En su caso, escribir aforismos implica sintonizar con una frecuencia íntima, nacida tanto de sí mismo como de la lectura atenta de cuanto lo rodea.

Los buenos aforismos resisten al paso del tiempo, perduran y se hacen valer, pero sin son muy buenos –como subraya Eder– ya son de todo el mundo. Son muchos de su autoría los que reúnen estas características, irresistibles por su astucia y gracia, más preocupados en aludir que en explicar, y eso agranda su alcance. Si hay algo especialmente genuino en sus aforismos es esa melodía humana y cáustica que los atraviesa. En los casi mil aforismos recogidos en Nuevas ironías (Renaciemiento, 2026), encontramos un formidable vivero de su creación. Ricardo Álamo nos presenta en este jugoso volumen una amplia antología de los últimos siete libros publicados por el escritor navarro, destacando de este en el prólogo que, «como buen aforista que es tiene la facultad de hacer de lo inmediato materia cósmica sin enmascararla de falsa humildad».

A lo largo de su compendio descubrimos la constante ironía que pone Eder en lo particular, así como matices y particularidades acerca de la esencia del aforismo: “No todas las frases buenas son aforismos, el aforismo tiene que tener algo autónomo y desconcertante”. Para él, la condensación que exige el género supone su esencia formal, que tiene, incluso, las mejores consecuencias: “Leer aforismos enseña a leer entre líneas”. Y desde luego, siempre está dispuesto a hacerle un guiño y divertir al lector, como ocurre con estas dos frases felices: “Hay aforismos que no dicen una verdad pero que son muy buenos porque desenmascaran una mentira”; “Un aforismo es medio aforismo hasta que el lector le añade la otra mitad”.

En ese sentir y empeño, hay un propósito en sus lances aforísticos que no es otro que hacer participar al lector en el espíritu de sus piezas, teniéndolo siempre muy en cuenta. Su credo literario aspira a eso, y, para tal menester, a esa forma de entenderse con las palabras más sencillas, sin artificio retórico, sin adornos lingüísticos que valgan. Le importa fijar su atención en lo contemplado con cierta chispa y descreimiento. Ese es su estilo, apartado de cualquier solemnidad, del que se vale con gracia y naturalidad para incitarnos al entendimiento, como se cierne en estos tres aforismos llenos de sagacidad y simpatía: “A los pestillos de las puertas les debemos muchos ratos de felicidad”; “A veces nos enfadamos tanto que nos quedamos sin palabrotas”; “Todos los días son el día menos pensado”.

En cada libro suyo publicado empeña su palabra en ese menester de escribir sin pedantería y hacernos pensar o poner en entredicho algo, y, de camino, proveernos de una mueca risueña. Y así, por ejemplo, dice con cierta retranca, en el brevísimo prólogo de Aforismos y serendipias (2021), uno de los libros que compone esta antología: “... el aforismo más valorado hoy en día por el lector libre y experimentado es el que consiste en una breve frase inteligente que le haga prensar provocándole la sonrisa”. El término serendipia, bien traído al título, viene a poner énfasis al matiz etimológico de la propia palabra, igual que a imprimir carácter al sentido práctico y genuino del aforismo en cuanto resulta ser un hallazgo afortunado, como ocurre con este guiño granuja: “Las farmacias son los bares de los enfermos”.

Eder se mueve entre lo convincente y lo extraordinario para hablarnos, precisamente, del mundo, con aforismos como abrelatas del pensamiento ampliable a nuestras vidas, a nuestro presente conciso y llano: “De lo que no se puede callar hay que hablar”; “Nadie nos hace llorar más que los seres queridos”; “No hay peor crimen que morirse sin haber vivido”; “Los mejores libros son los que nos dibujan mientras leemos una sonrisa en el rostro”. Y muchos más, porque lo que le gusta de verdad es provocar la sonrisa y el desconcierto en el lector que sabe leer entre líneas, al que, además, le impele a releer lo escrito para hacerle sopesar la verdad con la que en esa verdad se oculta, importándole más la discreción que la elocuencia, la sencillez que el artificio, como denotan estos otros dos aforismos escogidos a vuela pluma: “El mes más cruel es el último”; “Lo que se dice en la cama se queda en la cama”.


En resumidas cuenta, Nuevas ironías concentra un jugoso vivero aforístico, síntesis que brota de la vida corriente, instantáneas a las que no le faltan humor y desparpajo, y que al leerlas tan así, nos percatamos de la verdad honda que se deja ver en ellas, una verdad que huye de cualquier ocurrencia sobrevenida y de pertenencia exclusiva de quien la escribe, sino que nos concierne a todos: “Escribir aforismos tiene sus peligros porque es poner el cerebro en los límites del lenguaje”. A esos límites del lenguaje nos conduce Ramón Eder para que reflexionemos sobre la vida, el paso del tiempo, el amor y la muerte, los libros y el mundo, la amistad y los fracasos, y lo hace osadamente porque el género es así: superficial y profundo a la vez.

martes, 26 de mayo de 2026

Aislamiento y fatalidad


Escribimos lo que deciden las palabras, decía Carlos Pujol. Los que amamos la literatura, confiesa Pedro Ugarte, hacemos de las palabras nuestra casa. Por eso, añade, “cuando salimos de ellas y regresamos al increíble mundo de los seres humanos, nos sentimos forasteros… Hacemos como si todo tuviera sentido, pero solo es una excusa para refugiarnos cuanto antes en el reino de las palabras y relatar con ellas, otra vez, las alucinaciones que hemos visto al otro lado. Las palabras no son la realidad, pero lo intentan, siempre lo intentan”. Y, en verdad, son ellas para el lector las que determinan la validez de lo escrito, su trascendencia. En la literatura las buenas ideas, y por ende los buenos relatos, se reconocen enseguida. Los relatos tienen ese hálito trazado, ese cauce de palabras que sorprenden y nos despiertan de nuestro letargo.

Los lectores, al fin y al cabo, somos el punto de alcance de todo libro, su propósito y su sentido. No importa el género literario que represente este. Eso sí, centrándonos en la lectura de relatos, nos predisponemos a obtener una buena dosis de emoción concentrada en pocas páginas. Incluso, nos obliga a releer o imaginar nuestra propia experiencia, ver un mismo mundo bajo múltiples focos, variando voces, situaciones y registros. Si algo sé de la escritura de Elvira Navarro (Huelva, 1978), de sus relatos, concretamente, es que nacen de la tensión entre lo que está dentro de su imaginario y lo que está fuera, en la realidad cotidiana. En los nueve relatos reunidos en La sangre está cayendo al patio (Random House, 2025), nos encontramos con esa continuidad afilada en la línea de extrañamiento que la autora trazó previamente en su anterior volumen de cuentos La isla de los conejos (2019), pero en esta ocasión bajo un escenario más precario y postpandémico.

Por aquí transitan seres que abordan un mundo de empleos precarios, pueblos aislados, urbanizaciones casi vacías o ciudades reducidas a bloques de cemento y muros agrietados. Todas sus historias conforman un entorno reconocible, cuyos contornos aparecen deformados con sutileza, convirtiendo lo cotidiano en algo raro, casi de pesadilla. Lo inquietante transcurre de manera casi imperceptible a través del aislamiento, de vínculos rotos, casi sin posibilidad de reparación. La sensación de abandono a los acontecimientos es la nota predominante de los personajes de estos cuentos. No son ellos quienes dirigen sus vidas, sino que son arrastrados por sus circunstancias económicas, laborales, afectivas o familiares, como nos puede ocurrir a todos, pero aquí con más estridencia y fatalidad.

El libro de Navarro compendia todas estas inquietudes. Diría que adopta un tono existencialista en su conjunto, con la idea de desnudar el misterio de unos cuentos escurridizos y ásperos, de historias sin salida que tienen mucho que ver con las experiencias cambiantes de la vida de sus personajes. Los amores idiotas es el relato más denso de todos. El resto son cuentos breves, cuyos temas centrales abordan la precariedad material, el desgaste afectivo, la periferia urbana, los agobios psicológicos o la imposibilidad de proteger a los seres más vulnerables. El primero de ellos, La lavadora, gira en torno a un suceso anómalo y extraño en casa de una pareja que queda estupefacta al comprobar que de la lavadora sale sangre a borbotones, cayendo al patio de vecinos. Algo tan descabellado origina un malestar en el vecindario, que pone en riesgo la estabilidad del hogar de la pareja afanada en buscar los motivos y la solución del suceso, quizá pensando que “lo más descabellado era, a menudo, lo único cierto”.

En el siguiente cuento, El proyecto, una pareja con su crío conviven en una casa en construcción. Luego, al cabo de un tiempo, todo estalla, y rompen perturbados sin mediar palabras, con sensaciones angustiosas de misterio. Uno de los relatos más humano, con un final descorazonador y terrible es El recogedor de animales, protagonizado por un trabajador del mantenimiento de carreteras convertido en rescatador de animales heridos o accidentados que va encontrando mientras trabaja. Destaca también La ciudad del miedo, un texto magistral que completa lo atisbado en El miedo a la ciudad. Dos cuentos conectados que rastrean las propias sombras e inseguridades de los habitantes de la ciudad. En todos ellos hay atmósferas cargadas de inquietud, de sombras que acechan o de ruidos, como el que sufre el protagonista de El vigilante, que le provocan unas alucinaciones acústicas, provenientes de una promoción de viviendas vacías.


Ciertamente, el libro al completo está atravesado por una atmósfera de un gótico evanescente, muy en la línea de la mejor Elvira Navarro, autora que no cultiva el terror ni recurre a lo sobrenatural, pero que se desplaza hacia el borde de la pesadilla, sin atravesarla del todo. En su escritura sí parece latir una secreta fascinación por la presencia de seres extraños y fantasmas que acechan, agazapados en los pliegues oscuros de la ciudad, así como en objetos y espacios abandonados.

Por todas estas razones, diría que su literatura se mezcla con la vida y con las grietas de la realidad, con el aislamiento y la fatalidad. Y me gusta ese tipo de literatura que me empapa, esa narrativa que me mantiene despierto y asombrado. Es todo lo que aquí encuentro en este estupendo libro de relatos, literatura que se mancha de la vida, que nos pellizca y que hurga en la conciencia del lector.

sábado, 9 de mayo de 2026

Una novela polifónica


Cuánto celebramos los lectores las voces múltiples en una buena novela de estructura coral. Nos gustan cómo enriquecen enormemente el desarrollo de la trama al ofrecernos perspectivas diversas que desembocan en una narrativa ágil y polifónica. Esta técnica narrativa permite que cada voz autónoma contribuya a un todo interconectado, reflejando no solo la pluralidad humana sino también los rumores, identidades y versiones enfrentadas a lo acaecido en el relato que acompañan a la historia que se cuenta. Añadamos, además, que estas voces revelan, generalmente, conflictos y suspicacias internas, relaciones y motivaciones únicas, lo que genera una trama más diversa y dinámica. Cada voz aporta su arco de transformación, intercalándose para mantener el equilibrio o lo contrario, confundirnos intencionadamente para que tomemos parte activa en la lectura de la novela.

Todo esto ocurre en Majareta (Seix Barral, 2026), la más reciente novela de Juan Manuel Gil (Almería, 1979), en la que las múltiples voces que se dan cita entrecruzan sus perspectivas, controversias y dimes y diretes sobre el personaje conocido como ‘El conserje’, y llevarnos en volandas por atajos contradictorios para saber lo que realmente ocurrió o dejó de ocurrir en su vida. Por eso mismo la lectura de este libro es tan divertida y emocionante, por su ritmo narrativo trepidante, pero también, y sobre todo, por la intervención de personajes tan variopintos que van conformando un mural continuado y descriptivo de las peripecias vitales y del quehacer de sus lugareños. Cada verdad expuesta por aquí parece estar apoyada en otras no dichas, sustentadas, matizadas o modificadas por otras posteriores, según su interlocutor.

Juan Manuel Gil confirma en esta obra su singularidad como narrador dejando paso a los vaivenes sin filtros de sus personajes, con humor manifiesto, humanidad, curiosidad y detallismo, mediante una prosa diáfana y aguda que hacen de su lectura una amena experiencia, sin menoscabo de deambular sobre una oscura realidad: la caída en desgracia del conserje, debido a un delito no del todo claro. Entre todos, bajo el caleidoscopio de miradas y voces que pueblan la novela, destaca la voz de ‘El amigo necesario del autor’ que trata de poner cordura a lo acaecido con Leo Aldama, el conserje, y lo que dicen de él sus paisanos: “Yo creo que la historia de ese hombre habla más de la gente del barrio que de él mismo. Y añade: “Me da la sensación de que para que todos entendamos lo ocurrido es necesario que cada uno cuente su parte. [...] Cada uno su cristal, y entre todos, una vidriera”.

Y como suele suceder con los enigmas bien narrados, casi toda la luz queda prescrita para el final. Así lo viene a decir el personaje amigo del autor que entiende que la literatura para el escritor esté concebida “para rellenar vacíos, para conectar lo disperso, para invocar lo olvidado”. El relato, por tanto, se erige en una suma de voces, prejuicios, testimonios y chismes que van de un lado a otro, deformando y, a la vez, alumbrando aspectos del personaje principal: el Majareta, o sea el conserje. En el fondo de toda la novela lo que importa no es solo lo que pasó, sino cómo se fabrica la reputación colectiva sobre alguien. Aquí en Majareta, el protagonista queda en el centro de la historia, sin controlar lo que se va dilucidando en el ambiente sobre su propia persona. Son los demás quienes hablan por él, cada uno a su aire.


La verdad de los vecinos, desde el conductor del autobús, el farmacéutico, el periodista, la amiga de la madre de Leo Almada o el inmigrante chino, dejan sus versiones escurridizas, como si estas se trasladaran al lector para que este tome partido, o no, y arme su propia versión de los hechos. No faltan escenas vívidas repletas de humor, como el diálogo protagonizado entre el cura y la limpiadora que se hace llamar la sacristana. En fin, cada uno, a su manera, relata o describe los infundios y desmentidos de la compleja personalidad del conserje, una figura que siempre tuvo un comportamiento raro, cuyas consecuencias se van deslizando en la novela, capítulo tras capítulo, por diferentes cauces, suposiciones y motivos.

Majareta es la sexta novela de Juan Manuel Gil, y a mi parecer la mejor de su repertorio narrativo, con una estructura jugosamente viva. Destaca su humor, su oralidad y su estructura, tal vez esto último sea lo que hace al libro tan chispeante, vertiginoso y audaz. Diría, para acabar, que esta novela refrenda esa idea genuina con la que nos sentimos identificados muchos lectores: los libros son personas, o no son nada. Y eso aquí se halla reflejado con nitidez y mucho oficio.


 

lunes, 4 de mayo de 2026

La vida y sus misterios


En la narrativa de Soledad Puértolas (Zaragoza, 1947), la vida y sus misterios suelen aparecer como una adhesión sólida y movediza, como una fuerza ambivalente: liga a los personajes con la familia, la memoria y los relatos heredados, pero también los expone al valor de esas lealtades. Sus ficciones se mueven en un universo coherente donde la mirada se posa en lo cotidiano, en las relaciones interpersonales y en la vida interior, con una presencia muy fuerte de historias familiares y personales, de amistades y reencuentros con sus vaivenes sentimentales. En el pulso narrativo de sus historias pesa mucho la memoria: lo que se recuerda, lo que se oye en casa, lo que se respira en el ambiente familiar, con la idea de recuperar y entender lo cotidiano de la existencia, el ritmo de la vida presente y los secretos que la sostienen.

En el camping (Anagrama, 2026), su nuevo libro de relatos, están muy anclados todos esos elementos suyos que le permiten concentrar vínculos, objetos y escenas cargadas de memoria. La trama coral de esta colección de cuentos es una vuelta a la amistad, a los reencuentros imposibles y, también, al amor clandestino. Puértolas descorre diez relatos de su imaginario alrededor de historias familiares encadenadas, del paso del tiempo y de los lazos afectivos que actúan como núcleo del pasado y sostén de pertenencia. En el contexto de su estructura muestra, a su vez, que el escenario no es solo geográfico o de ambientación social, sino que son historias marcadamente narrativas, es decir, un relato llama a otro, y la identidad se sostiene en esa cadena de evocaciones de observar y contar la vida.

Son relatos que funcionan como pequeñas excavaciones afectivas que reconstruyen fragmentos de experiencia, voces y climas familiares. Pero, en Puértolas el arraigo nunca es del todo reconciliador. En Amistad, un hermoso y conmovedor relato, el primero del libro, asistimos a la constatación de cómo el paso del tiempo, tras una fatídica pandemia, trunca la amistad inquebrantable de dos mujeres que nunca pensaron que se quebraría por nada del mundo. En otros, como Un día de playa o en el último de ellos que pone título al libro, en ambos, los acontecimientos narrados aparecen como una forma de dependencia respecto a la familia, las convenciones o el lugar asignado a las mujeres y de ahí surge una tensión entre pertenencia y liberación.

Incluso cuando las historias familiares son recuperadas con afecto, como ocurre en Secretos, otro relato maravilloso que podría resumirse en esta frase proverbial del mismo: “La vida no es un juego, pero si no juegas no vives”. Hay en otras historias, como en Teléfonos o Un pariente lejano, una presencia tangible de culpa, distancia e incomodidad, como si el pasado ofreciera refugio y a la vez encierro. Esa ambivalencia es central en muchos de sus relatos: sus personajes buscan alguna forma de anclaje, pero ese anclaje suele ser frágil, parcial y atravesado por la disonancia de caracteres de sus personajes. Muy interesante y revelador resulta el relato Escritores que hablan de sus vidas, en el que el narrador postula “¿Cómo se las arreglan para resultar interesantes los escritores que hablan de sus vidas?”

Esto, y una ráfaga de impulso lírico que trasciende en su escritura, nos da pie a entender que en la narrativa de Puértolas predomina la intencionalidad de una construcción poética del vínculo: personas, objetos, recuerdos y relatos sostienen la identidad precaria de sus personajes, siempre en riesgo de dispersión. La autora misma insiste en que escribe desde su relación cambiante con el mundo, no desde temas cerrados, lo que refuerza esa idea suya de una literatura atenta a los lazos móviles entre sujeto, memoria y destino. En ese sentido, sus relatos están arraigados a tal fin, volviendo una y otra vez a lo familiar, pero también mostrando que toda pertenencia es, en sí misma, una forma de interrogación.


Este libro de Puértolas es una buena oportunidad para adentrarse en su terreno literario del cuento, un género tan exigente y mágico, que tan bien domina, capaz de recoger el espíritu oscilante del tiempo y de los sentimientos que conlleva el vivir con la impresión de que todo tiene un punto final. Muchas de las historias reunidas en este conjunto de cuentos evidencian las inquietudes de sus personajes, sobre todo, mujeres que destapan sus incertidumbres y las consecuencias valientes de seguir vivas.

En el camping confirma que el género que mejor ha dominado la escritora aragonesa a lo largo de su prolífica carrera literaria es el cuento, como fogonazo moral y linterna emocional de su escritura. Este es un libro admirable de historias que viven en lo sencillo, de madurez y sutileza narrativa certera. Su lectura es un placer de resonancia duradera, que es lo que distingue a la mejor literatura.


lunes, 27 de abril de 2026

La vida aparente


«¿Una literatura basada en los hechos? No todos los hechos la desean». Este aforismo de Stanislaw Jerzy Lec tiene la enjundia literaria de cuestionar que la realidad histórica no cabe en su esencia para armar un buen relato, contar una historia o evocar un tiempo pasado. Que un libro esté bien documentado se agradece, pero, para engancharte y ponerte en vilo, tiene que tener algo más: sorpresa, imaginación, composición, personajes, diálogo, vida. Pero, sobre todo, talento para contarlo. El cómo se cuenta es infinitamente más interesante para el lector que el qué se cuenta. La obra literaria aspira a hablar por sí misma, si tiene a quien hablar, como subrayaba también Lec. Y a eso nos disponemos siempre los lectores, a abrir bien los ojos para que el libro se muestre y nos hable.

Nada de todo esto le es ajeno a Fernando Aramburu (San Sebastián, 1959) a la hora de trazar la escritura y esbozar sus relatos y pasajes para que el lector encuentre cauce y motivos en reconocerse dentro de su escenario narrativo, incluso, aunque estos no le sean propicios, siempre que dicho lector se vea persuadido por las vivencias de sus protagonistas. Y esto es mérito del escritor donostiarra, que traza con mucho oficio y brillantez no caer en un vano patetismo, llevando el relato por la senda de la contención, sin perder la capacidad de implicar al lector hasta llevarle a la empatía y la compasión con sus personajes. Aramburu aborda la ficción con una idea preconcebida: llegar a donde la veracidad histórica se detiene. Esto incluye novelas y relatos, como Los peces de la amargura (2006), Años lentos (2012) o El niño (2024), bajo un tono dramático apropiado, escogiendo para ello una voz narrativa en tercera persona, a modo de crónica novelada, y en un escenario en el que destaca el discurrir de sus protagonistas.

Vuelve ahora Aramburu con su nueva novela al territorio convulso del País Vasco de nuestra memoria reciente. Pero, en esta ocasión, con Maite (Tusquets, 2026), centra su foco en los vínculos familiares, el silencio y los entresijos íntimos, más que en el discurso político directo de aquellos días de julio de 1997 en los que los ciudadanos estábamos atentos a la radio y a la televisión, pendientes del secuestro del joven concejal del PP de Ermua, Miguel Ángel Blanco, a manos de ETA, que exigía al Gobierno de la nación un imposible, a cambio de su liberación. Eso sí, la novela queda estructurada en cuatro partes que se corresponden con los mismos días que tiene lugar el secuestro, pero quedando de telón de fondo en el discurrir de su trama.

Esa elección compositiva de Aramburu le permite ceñir su novela a un relato lineal, acompasando lo que ocurre en la calle junto a la puesta al día de Maite y Elene, dos hermanas, que, después de trece años vuelven a juntarse, ya que Elene acaba de regresar de Providence (EE.UU.) y ambas tienen mucho que contarse. Y, sobre todo, en este telón narrativo se erige la figura de Maite, como centro de conciencia de la novela. Sí, porque las otras dos mujeres, Elene, su hermana mayor y Manoli, la madre de ambas, una sexagenaria viuda y temerosa de ser enviada por sus hijas a un asilo tras sufrir un ictus, conforman la revelación adyacente de otros secretos familiares que se van desmadejando. El reencuentro de las tres mujeres abre paso a disipar viejas disputas y a poner en entredicho un bucle de tapujos y mentiras que cercenan la vida diaria de las hermanas: el calvario familiar que vive Elene en Providence y la infidelidad conyugal consentida por Maite.

La novela pone el foco de atención en las andanzas y el silencio de estas mujeres, sus tensiones familiares e íntimas bajo el perímetro y la temperatura moral de la propia sociedad en la que viven, atrapada por la violencia. Podemos afirmar que Aramburu retorna a temas muy propios de su universo literario en el que están muy presentes la memoria, la culpa, el miedo, el autoengaño y la dificultad de mirar de frente y asumir la realidad. Maite aparece aquí como una mujer compasiva, sensible y atenta a lo que la rodea, pero, a su vez, confusa por otras convenciones que le impiden reaccionar con agallas y lucidez ante lo que ocurre en su intimidad cotidiana. Esa ambigüedad manifiesta es el centro emocional que enmarca toda la novela.


Una vez más, Aramburu muestra sus excelentes dotes narrativas con una novela de convivencia, de historias matrimoniales, protagonizadas por mujeres, con hombres en segundo plano y con un personaje central que es de donde parte la trama. Maite es, también, una novela psicológica, más interesada en lo cotidiano de la conciencia de los personajes, que en lo que ocurre fuera. Aunque la novela no integra de forma convincente el contexto histórico en el que se desarrolla la trama, sin embargo, el relato no pierde esa pulsión ni ese interés tan genuinamente suyos, gracias a la viveza, detalle evocador y amenidad de su prosa. Nos encontramos con el Aramburu escritor que se mantiene comprensible y cercano, que aborda, como pocos saben hacerlo, la fractura social, la memoria y lo indecible de las apariencias. 

miércoles, 22 de abril de 2026

Otra vuelta gozosa de Mendoza


Podemos afirmar que la aportación de Eduardo Mendoza a las letras en lengua española durante muchas décadas ha sido muy importante, así como esa capacidad de innovar, sin perder conexión con un público muy amplio. Desde luego, su prosa combina lenguaje popular y cultismos inesperados, junto con el humor que siempre anda presente en su narrativa, sin olvidarnos de la visión suya tan desenfadada y humanista sobre la existencia. En su novelística están muy presentes la sátira social y la trama detectivesca. Ambas se entrelazan de forma paródica y gamberra, convirtiendo sus historias policíacas en espejos deformantes de la sociedad española, sobre todo de la catalana y, más concretamente, de la barcelonesa.

Regresa ahora a los escaparates de las librerías con La intriga del funeral inconveniente (Seix Barral, 2026), una historia en la que un aspirante a reportero, Ramoncito Valenzuela, lleva a cabo la crónica del funeral de un asesinado, con tal maña que, por hacer bien su trabajo metiendo las narices donde no debía, desencadena una investigación sobre una trama financiera que alcanza a todos los estamentos de alto nivel de Barcelona. Mendoza, una vez más, percute en el género negro, más como pretexto, que como modelo, para utilizar el procedimiento que más le conviene a su historia, ya que el crimen, la investigación y la trama detectivesca son resortes válidos y recurrentes de su mundo imaginario para desmontar la hipocresía de las élites, la corrupción institucional y los automatismos del poder, todo ello, por supuesto, impregnado de un peculiar toque de humor ácido y bribón.

Supone el regreso, también, de su célebre detective sin nombre incorporado a una historia que parte de un hecho menor, casi anecdótico: una nota de prensa sobre un entierro insignificante. A partir de ahí, el personaje de Ramoncito Valenzuela toma protagonismo y se ve arrastrado a investigar una red financiera y una conspiración mucho más aparatosa de lo que parecía al principio. El libro retoma el ambiente social y mundano de novelas como El misterio de la repta embrujada (1979) o El laberinto de las aceitunas (1982), y lo sitúa en el centro de una espiral de intriga en el que Mendoza sacude la propia caricatura de sus personajes. Y, a su vez, agudiza el lenguaje y multiplica todo un juego de casualidades y enredos vertiginosos, bajo una libérrima fabulación que roza, en ocasiones, el esperpento, llevando al lector a situaciones de apariencia inconexas que quedan anudadas más tarde en el escrito epistolar final.

Y así, entre malentendidos, equívocos, sorpresas o engaños, Mendoza combina su vertiente narrativa más lúcida, con una estructura de novela negra paródica, en un tono de comedia ligera. No busca, por tanto, resolver un crimen, sino mostrar cómo un incidente baladí puede revelar una red de intereses, ocultamientos y ridículos muy humanos. El propio autor ha venido a decir que este libro surgió de una idea inicial sobre un detective que lee su propia esquela en el periódico, que evolucionó hacia la crónica de un funeral intrascendente que destapa una inesperada conspiración. Todo ello inmerso en una humorada con una extraordinaria mezcla de registros, tanto en vivencias, como en el lenguaje, que busca la complicidad y prestancia del lector.


Mendoza siente a su detective sin nombre como a un viejo amigo al que acude en sus andanzas narrativas y con el que acaba sus novelas. Le impulsan y estimulan, también, los cambios de identidad, las confusiones y las reuniones improbables de sus personajes estrambóticos, capaces de generar humor en situaciones graves o absurdas. No se olvida de refinar la manera de llevar su novela-juego, eligiendo el formato de la trama de suspense para, a su vez, desmontarlo desde dentro, jugando con expectativas y permitiendo que lo cómico se imponga a toda lógica policial. Eso sí, confiando en que sus personajes muestren diez mil veces más libertad que sus lectores.

En síntesis, cada obra que parte de su imaginario genera su propia verdad, que no tiene que ser la que transcurre de una forma esperada, pero, aun así, capaz de explorar universos morales posibles y reales. En esta de ahora, el lector se encontrará con otra vuelta gozosa de Mendoza en la que se reafirma en ese pacto entre el novelista y el lector, como dice la escritora estadounidense Cynthía Ozick, en el que el novelista promete mentir y el lector promete aceptarlo. Aquí, el lector lo hará con sumo gusto. 

martes, 14 de abril de 2026

Épica de los ojos


La ceguera en la literatura universal funciona como condición material y metáfora persistente del conocimiento, la verdad y la ética. Cuando se trata como realidad, no es solo un signo, sino una forma de existencia con percepciones y modos propios. Importa menos la falta que la reorganización de la experiencia, la dependencia o la imaginación. Como metáfora, expresa una falla moral o intelectual, asociada a la ignorancia y al fanatismo, lo que le da gran fuerza narrativa. En la Grecia clásica, tiene valor revelador. Tiresias, por ejemplo, ve más que los videntes, y en Edipo rey, la pérdida de la vista se une al conocimiento trágico. En El rey Lear de Shakespeare, el duque de Gloucester pasa de la ceguera simbólica a una lucidez dolorosa, y Saramago, con su Ensayo sobre las ceguera, lleva esta tradición al extremo: convierte la ceguera en epidemia y crisis sistémica de sentido moral y social.

David Toscana (Monterrey, México, 1961) irrumpe ahora en esta épica de la vista con El ejército ciego (Alfaguara, 2026), un espléndido relato, acreedor del Premio Alfaguara de Novela de este año, cargado de ironía y humor negro por donde transcurre varias historias entrecruzadas que conforman una fábula poderosa sobre las tinieblas de la guerra, la barbarie y los entresijos que vislumbran la ceguera real y metafórica. No es una novela histórica convencional, ni mucho menos. El novelista mexicano va más allá y construye una obra literaria reveladora, para acercarnos a ese páramo simbólico y mítico de resistencia que se abre paso tras la pérdida de la visión y su adaptación a una nueva vida donde la única realidad que ha cambiado es la de uno mismo. Sus lectores siempre agradecemos ese empeño en ofrecer algo que nos deslumbre en su novelística, como ya pudimos ver en Santa María del circo (1998) o en El peso de vivir en la Tierra (2022), esa poética activa y singular por la que transita su literatura.

Para glosar esta épica de El ejército ciego, Toscana acude a un suceso histórico en el que se da cuenta de la derrota de los búlgaros a manos del imperio bizantino en la batalla de Klyuch, en el verano de 1014. La fuente la encuentra en el cronista de aquella época, Ioannis Skylitzes, que relató sucintamente su desenlace trágico: el emperador Basilio II ordenó como represalia de la afrenta cegar a 14.850 soldados prisioneros y dejar tuertos a otros 150 para que sirvieran de lazarillos de aquel ejército ciego vencido, de regreso a su patria. El derrotado zar de Bulgaria murió poco después, según parece, abrumado por la impresión de aquel escenario tan dantesco y abrumador. Aquel espanto es recreado por Toscana, mediante una narración en primera persona, por boca de uno de los ciegos, el escriba Kozaro, lo que consigue dar a su relato una oralidad que le sirve para que su testimonio se vea atemperado en su desbordante fantasía y chispeante humor negro.

Por aquí aparecen personajes curiosos y apasionantes que acrecientan su invención narrativa con la que el escritor de Monterrey se vale para decantar su relato, más por el terreno de la imaginación y la creatividad, que por el sesgo convencional de novela histórica, como anteriormente apuntamos. Destaca entre ellos, Zósimo, el maestro sacaojos que se reconvirtió en cirujano minucioso en encajar canicas en las cuencas vacías de los soldados ciegos. También resalta Sóndok, el guerrero lector que, tras regresar de aquella fatídica contienda, se ponía con entusiasmo delante de sus orificios oculares la Primera carta de San Pablo a los corintios para tratar de descifrar como antes aquellas letras y mensaje de epístola evangélica. Con el mismo interés sobresale otro de los personajes, Seráfim, que regresó sin sus ojos azules a casa y al taller de pergaminos de su padre, guiado a tal fin por su hermano tuerto Tódor.

De todo esto se dan detalles a lo largo de los sesenta y un capítulos breves y ágiles de la novela. También se da cuenta de los pormenores acerca de cómo se procedía a sacar los ojos, qué se hacía con ellos y los problemas ocasionados para enterrarlos, cómo los pescadores los depositaban frescos y limpios en ánforas entre la irónica risa de los propios ciegos, o cómo un malabarista lanzaba un puñado al aire con el riesgo consabido de pisarlos al caer al suelo si fallaba en su tentativa. En definitiva, más allá de estos mil horrores, la novela plantea preguntas sobre cómo se construyen las narraciones del pasado y qué ocurre con las víctimas anónimas del poder. Diría que El ejército ciego contiene resonancias con la actualidad por su reflexión sobre el autoritarismo, la guerra y, sobre todo, la dignidad humana.


Pero todo, insisto, inmerso en una epopeya de los vencidos, en la que los soldados sin ojos entonan sus realidades y sinos, como si fueran conscientes de su determinismo histórico. Así lo deja dicho el narrador en el libro: “Los ojos malgastan tiempo, páginas y tinta. Cuando uno deja de ver la vida lo que hace es vivirla”. A todo esto, y a la sustancia estremecedora y coral del relato, nos remite David Toscana, tejiendo una historia poderosa, atroz y de humor hiriente, con los mimbres del pasado. Un libro, en suma, de prosa impecable y arrolladora, transformada en una lectura amena y jugosa de verdades, de simbolismos reconocibles y profundamente humana.