martes, 15 de octubre de 2019

Memorizar la vida


Todos los días de nuestra vida sucede el caos. Desde que nos levantamos. El caos es una ley que propicia la historia. No se puede predecir nuestro minuto siguiente, lo que sobrevendrá. No existe ciencia capaz de adivinar el día, que sepa anticiparlo, que le sonsaque al día su secreto. El hombre de nuestro siglo lleva al día a clases de protocolo y le obliga a una obediencia ciega, quisiera amaestrarlo y enjaular sus piruetas. Pero el día es una ardilla salvaje. Sus planes nunca son nuestros planes”.

Con este arranque revelador e incisivo, el escritor Jesús Montiel (Granada, 1984), profesor de Lengua y Literatura, poeta con cinco poemarios publicados, entre los que sobresale Placer adámico (2012), Premio Hiperión, y autor también de varios libros en prosa, como Sucederá la flor (2018) o Señor de las periferias (2019), nos presenta su nuevo trabajo, que lleva por título Casa de tinta (Hiperión, 2019), un texto, como otros que le precedieron, de difícil encasillamiento, entre narrativa fragmentaria, prosa poética y aforismos, pero en esta ocasión bajo una estructura más anárquica sin que por ello renuncie a la singularidad de su estilo basado en la mirada introspectiva y en el uso de la frase corta y pulida.

Alumbrado por ese pálpito de verdad y existencia, todo el discurrir narrativo de Casa de tinta viene a mostrar lo que subyace oculto en lo más profundo del escritor, momentos impregnados de vivencias y misterios, tan a la vista como escondidos si uno no les presta la atención debida, lugares comunes donde contemplar el detalle de las cosas sencillas que se suceden en toda vida diaria. No hay nada que no pueda convertir la escritura en sede de lo sagrado, fuera del terreno propiamente religioso, para designar aquello a lo que un escritor pueda consagrar lo mejor de sí mismo como razón de ser. Montiel así lo hace.

Quizá lo contagioso de su manera de escribir, como se ve en Casa de tinta, esté en ese pulso contenido que transmite la palabra del yo como personaje, atento a la vida azarosa, sin dejar de interpelarla, como si nos advirtiera de que pasamos nuestros días mirando anodinamente las cosas, con el riesgo de diluirnos en el mero discurrir del tiempo. Reproducir los instantes de la vida es abrir hueco, resquicios de lo que importa, viene a decirnos: “Lo imprevisible nos pellizca para ver si estamos vivos”. En este sentido, el tiempo y sus consecuencias conforman el hilo conductor del libro, pero fijado más en lo sagrado del instante. Vivirlo, según leemos, supone estar siempre en contacto con uno mismo, con ese testigo interior tan presente y ávido de afectos, tan necesitado de razones para manejar su intemperie.

Es esta singularidad en la que Montiel aplica el sentido de su escritura que lleva a su imaginación a afinar el juicio, almacenar y sopesar su experiencia, como recoge en estos fragmentos: “Escribir es, también, tejer un descubrimiento” […] “Un libro cambia el mundo de postura. Leer es darle la oportunidad a otra forma de mirar las cosas, saltar a un corazón distinto, decapitar el tiempo”. […] “Todos los días soy mi primer obstáculo”. Todo este proceder obedece a un sentir que parte de la observación que, para él, es transformadora, en la misma línea de la que partía Simone Weil que se resume en considerar que no hay arma más eficaz que la atención puesta en las cosas sencillas.

Lo que vamos a encontrar en esta Casa de tinta es un acercamiento a las cosas tal como son, un oratorio del sentir del propio autor a través de fragmentos en forma de diario, aforismos e impresiones sobre la propia vida, la lectura o el significado de escribir. También contiene una carta extensa sobre los aires de la literatura, hoy en día convertida en espectáculo, así como alguna evocación bíblica para resaltar la comprensión de lo que el mundo propone y el narrador responde: “He dejado de creer en lo que me dicen. Ahora sólo presto atención a cómo me lo dicen con el fin de discernir si las palabras interpretan fielmente la partitura del corazón de quien me habla”.

Jesús Montiel sigue escribiendo sus libros desde el interior de su sentir, gracias a esa innata predisposición suya a abstraerse y a vivir de forma emocional lo trascendente de las cosas más pequeñas, a asombrarse incluso ante aquello que a los demás nos parece normal. En su río de tinta hay un discurrir reposado de vivencias y vislumbres de lo palpable de la vida, capaz de reflejar con delicadeza y hermosura soplos poéticos, emotivos y biográficos.

En Casa de tinta se dice que vivir es un continuo prepararse para ello, para la vida. Y cuando se acepta a la literatura como el mejor hacedor posible, discernir en qué genero conviene hacerlo no es lo importante. Es decir, cuando un escritor desata su tinta con perplejidad y asombro, y se dispone a abrir las ventanas de su escritorio para enunciar lo indecible, entonces todo fluye con más naturalidad y gozo. Eso sí que importa, y ese vínculo, en las páginas de este libro, es palpable.

domingo, 6 de octubre de 2019

Volver a los clásicos


Hay muchas cosas formidables en la historia de la humanidad, pero seguramente, ninguna de tanta importancia como la que representa a la civilización como una creación humana. Sobre este punto cardinal el historiador británico Tony Spawforth, en el primer párrafo de su reciente libro, Una nueva historia del mundo clásico (2019) resalta de dónde procede: “Hace más de dos mil quinientos años, quizá a finales del siglo VIII a.C., un poeta relató unos acontecimientos que tuvieron lugar durante el asedio de la ciudad de Troya, que duró diez años. Este poema, La Ilíada, marcó el inicio de una de las principales y más antiguas tradiciones narrativas, cuya influencia se deja sentir hasta hoy. Así como el propio término «historia», esa tradición es un regalo que los antiguos griegos nos legaron”.

La huella histórica de nuestra civilización hay que encontrarla en los clásicos, nos vino a decir Italo Calvino en su inolvidable obra póstuma, Por qué leer los clásicos: “Los clásicos son esos libros que nos llegan trayendo impresa la huella de las lecturas que han precedido a la nuestra, y tras de sí la huella que han dejado en la cultura o en las culturas que han atravesado (o más sencillamente, en el lenguaje o en las costumbres) […] Los clásicos son libros que cuanto más cree uno conocerlos de oídas, tanto más nuevos, inesperados, inéditos resultan al leerlo de verdad”.

Pues de esto trata Los griegos y nosotros (Fórcola, 2019), el nuevo libro de Ricardo Moreno Castillo (Madrid, 1950), matemático y doctor en filosofía, especializado en historia de la ciencia, autor del Breve tratado sobre la estupidez humana (2018), un alegato contra la estulticia que nos encandiló a tantos lectores. En esta ocasión, con la misma proporción, en cuanto a brevedad y eficacia, Moreno Castillo diseña un plan para acaparar nuestra atención lectora basado en un procedimiento que ya dio sus frutos con su anterior ensayo en el que la agilidad, el sentido del humor, el tino de las citas y la audacia de sus reflexiones conforman el ideario de la argumentación del texto.

Los griegos y nosotros es un jugoso manifiesto, tan sentido como apasionado, que responde a señalar el valor de los clásicos y su utilidad legendaria como constante fuente de conocimiento y de saber de lo que verdaderamente nos importa y nos sacude en la vida, una despensa que provee y nos ayuda a vivir nuestra vida contemporánea, gracias a la vigencia de sus textos filosóficos, históricos y literarios. El prólogo, a cargo del helenista Carlos García Gual es un estupendo pórtico, un aperitivo para abrir boca de lo que el ensayo promete como plato elaborado. Añade que el autor pone buen cuidado y esmero “en el arte de espigar y comentar textos de escritores y pensadores, generalmente de fino estilo y talante ilustrado”. Y uno, conforme avanza en la lectura, percibe que el prologuista no exageraba en su aserto, porque la pericia del libro tira de ese afán persuasivo, de ese empeño entusiasta y decantado en el extenso poso, tan sugerente, de pensadores y escritores ilustres para refrendar la verdad que anima el objetivo del libro: la defensa del humanismo clásico.

Dicho más escuetamente –en palabras suyas–: no es que nosotros pensemos como los griegos, es que somos griegos. Así de fácil y sencillo”. La memoria inteligente es un sistema dinámico, algo que Moreno Castillo insinúa en su exposición de motivos. Viene a decirnos que esta memoria no es un almacén, ni un destino, sino una riquísima fuente de operaciones. Los griegos mostraron una vez más su perspicacia al descubrir que las Musas eras hijas de la Memoria. “Las alforjas que llevamos en nuestro deambular por la vida son nuestra memoria y nuestros recuerdos”, subraya. Al propio tiempo concita a mirar hacia atrás de vez en cuando, para recuperar las cosas que se nos han caído por el camino.

Moreno Castillo centra la relación del sujeto con el saber en el desempeño educativo que tienen las humanidades e insiste en que sin deseo de saber no hay posibilidades de aprendizaje. Y para que haya deseo de saber es necesario un contagio, un encuentro con el testimonio de este deseo: “aprender a aprender”, lo llama. “El conocimiento de los mitos griegos –sostiene– puede ser más útil para entender lo que nos rodea que el libro de sociología más reciente y vanguardista, porque esos mitos han superado sus casi tres mil años de vida sin perder su frescura ni su vigor”.

La gran compañía que se percibe al leer Los griegos y nosotros se la debemos a su autor por su habilidad y eficacia fecunda de acercarnos a la voz de los clásicos, y esto lo consigue sin acudir a un mamotreto ni a la grandilocuencia académica, tan solo con un librito enorme, ameno y certero con el que logra mostrarnos el sentir del mundo griego como soporte narrativo para la educación y la vida.

Volver a los clásicos nos sirve para comprender el pasado, nuestro presente, aprender para el futuro y, desde luego, para considerar la vigencia de la cultura griega y romana como antorcha olímpica que va de mano en mano alumbrando los siglos. Hay que agradecerle a Moreno Castillo su carácter persuasivo por incitarnos a la lectura de los clásicos, algo, como demuestra en su libro, imprescindible y duradero. Nos apremia a ello, a volver con urgencia a los clásicos, lugar común de nuestra cultura de donde nunca debimos habernos ido.


lunes, 30 de septiembre de 2019

Un canto a la amistad y a la literatura


Escribes algo porque esperas controlarlo. Escribes acerca de experiencias en parte para comprender lo que significan, en parte para no olvidarlas con el tiempo. En el olvido. Pero siempre está el peligro de que suceda lo contrario. Perder el recuerdo de la experiencia en sí en el recuerdo de escribir sobre ello. Como la gente cuyos recuerdos de lugares a los que han viajado son de hecho solo recuerdos de las fotografías que tomaron allí. Al final, la escritura y la fotografía probablemente destruyen más del pasado de lo que sin duda lo conservan. Así que podría suceder: al escribir sobre alguien a quien has perdido –o incluso nada más que hablando demasiado sobre ese alguien– puede que lo estés enterrando para bien”.

Entre esta reflexión final y las tres citas que la autora coloca al principio de su obra, la primera, de Natalia Ginzburg, en la que subraya la dificultad de aplacar el dolor escribiendo; la siguiente de Hans Christian Andersen, que alude a la presencia amable de un perro; y la última de Nicholson Baker que dice: “La pregunta que cualquier novela está tratando realmente de responder es si merece la pena vivir la vida”, se condensa el espíritu que encierra El amigo (Anagrama, 2019), la nueva novela de la escritora y ensayista Sigrid Nunez (Nueva York, 1951), una historia narrada desde el punto de vista de una escritora, cuyo gran amigo, maestro y mentor acaba de suicidarse, y que se ve obligada a hacerse cargo de su perro con el que establecerá unos lazos afectivos que, sin llegar a sobreponerse totalmente del dolor ocasionado, logra mitigar la ausencia del amigo con su nueva compañía.

Todos pedimos cariño, lealtad, incluso compañía y, más aún, cuando alguna vez nos encontramos deshechos por una ruptura amorosa inesperada. Afortunadamente, cuando las cosas no ruedan como uno quiere, una mascota puede ser un extraordinario hallazgo para salvarnos de ese derrumbamiento. Amor y pérdida, dos de las preocupaciones determinantes de la vida y de la literatura. Precisamente, por ese binomio transcurre la narración de Nunez. En El amigo encontramos una historia con un marcado tono elegíaco por el que aflora el dolor, la ausencia, la amistad y el trato con los animales, en particular, entre Apollo, un enorme dogo alemán arlequín, de manchas negras y blancas, viejo y artrítico, y su anterior dueño, al que después acudirá en su auxilio la narradora.

El amigo nos da pistas sobre la figura del desaparecido profesor, escritor brillante y de cierto renombre, muy afamado en la enseñanza de la creación literaria que, además, llevó una vida disoluta y mujeriega, casado en tres ocasiones y, finalmente, derrumbado, preso de una depresión que le condujo al suicidio. Todo esto está presente, pero también el libro abunda en otros temas de interés para cualquier lector. Hay un asomo revelador e intimista sobre el oficio de escribir y sus significados, un acusado sentido de preguntas sobre la invención y la vida, y, cómo no, sobre los deseos de alcanzar metas más allá de nuestra experiencia del vivir cotidiano.

Pero si hay algo que resaltar por encima de todo lo que aquí se cuenta y se evoca es que el libro en sí mismo es un canto a la amistad y a la literatura. La escritura está siempre presente en el texto cada vez que se recuerda al amigo en las notas que la protagonista toma para clase: “Más que escribir sobre lo que sabéis, nos dijiste, escribid sobre los que veis. Asumid que sabéis muy poco y que nunca sabréis mucho hasta que hayáis aprendido a ver”. Más adelante no se olvida de resaltar la dificultad que conlleva escribir: “Por algo Henry James dijo que alguien que quisiera ser escritor debería llevar en la frente la palabra soledad. Frustración y humillación, dijo Philip Roth que era la escritura. La comparaba con el béisbol: Fallas dos de cada tres veces”.

Volviendo a la amistad y a la cercanía de Apollo, el otro protagonista, Sigrid Nunez viene a decirnos que, ciertamente, esa opción de adoptar una mascota puede producir una catarsis afectiva en la vida de cualquiera, y, desde luego, más si cabe, en su escritura, si hablamos de un escritor, como es el caso de la narradora de esta novela. Esa relación establecida puede convertirse en un dispositivo literario tan útil como reconfortante, entre otras razones porque el amor para un perro es más sencillo e instintivo; ellos saben y comprenden cuando una persona está sufriendo.

A medida que va transcurriendo el relato, todo el hilo conductor de la novela va mudándose de destinatario. Ese cambio que se va produciendo mientras la narradora va forjando su historia obedece a la presencia inesperada del viejo Apollo, una circunstancia que hará que cambie significativamente lo que se interpelaba al principio sobre la figura del amigo muerto hasta transformarse en un emotivo diálogo interior, en una carta sentida y entrañable de despedida dirigida a su nuevo amigo adoptado que, más pronto que tarde, también partirá.

El amigo es una obra emotiva y lúcida en cuyo centro de todo está esa voz poderosa y convincente de la narradora, capaz de conducir al lector a los puntos más inopinados y sorprendentes que se propone: citas de escritores, recuerdos personales, historias peculiares de las esposas de su amigo fallecido, paseos por la calle: un mundo literario de voces y asertos inolvidables.

Sigrid Nunez firma un libro maravilloso, un artificio que, desde su plena humanidad y hondura de valores, llega a una intimidad conmovedora, y todo ello visto desde el prisma de la amistad y el amor a la literatura. Un deleite.


viernes, 20 de septiembre de 2019

Tractatus a ras del suelo


La obra aforística de Ramón Eder (Lumbier, Navarra, 1952) es de las más fructíferas del panorama literario español de este siglo. Su última entrega, El oráculo irónico (Renacimiento, 2019) se suma a esa práctica exclusiva del género breve que ya iniciara hace casi veinte años con su primer tratado, de renombrado éxito: Hablando en plata (2001), dio paso después a Ironías (2007) y La vida ondulante (2012), este último un recopilatorio de sus dos anteriores libros en el que insertó un buen número de textos nuevos nominados Pompas de jabón. Después vendrían El cuaderno francés (2012), Relámpagos (2013), Aire de comedia (2015), Aforismos del Bidasoa (2016), incluido en una reedición de todo lo anterior bajo el título de Ironías. A continuación llegaría Palmeras solitarias (2018) y un librito titulado Pequeña Galaxia (2018) en el que recoge sus aforismos sobre el aforismo, ya publicados, así como algunos más, inéditos.

Eder tiene ese donaire de decirnos cosas graves con jovialidad, cosas serias sin grandilocuencia, agudezas sin tono sentencioso, porque para él lo bien dicho, como decía Gracián, enseguida se dice. En todo libro suyo, cada aforismo busca la sorpresa, la paradoja, la sabiduría de andar por casa, la epifanía aplicable a situaciones concretas, con los ojos puestos en la realidad y, las más de las veces, a pie de calle. Incluso cuando habla del aforismo desde su significado es capaz de ofrecer un buen repertorio sin acudir a la retórica, como muestra en el epílogo que cierra El cuaderno francés: «El aforismo –dice–, cuando es bueno, es una verdad irónica..., es un humor refinado..., es ética sutil..., es un cuento sintético..., es una paradoja inquietante..., es sabiduría lapidaria..., es el erotismo de la inteligencia».

En El oráculo irónico, también recoge matices y epifanías acerca de la esencia del aforismo: “Los mejores aforismos –dice en uno– son piedras preciosas..., pero están muy bien los que son piedras semipreciosas”; o este otro: “El buen aforismo es el que dice con gracia algo interesante que ya se decía pero de cualquier manera”. Para Eder la condensación que exige el género supone su esencia formal que tiene, incluso, buenas consecuencias: “Leer aforismos enseña a leer entre líneas”. Y desde luego, siempre está dispuesto a hacerle un guiño y divertir al lector, como ocurre con estas dos frases felices: “Un buen aforismo antes de ser entendido del todo ya nos ha encantado”; “Los aforismos sobre aforismos son aforismos que se muerden la cola”.

Resulta casi imposible leer un buen libro de aforismos sin la ayuda de un lápiz bien afilado. Pero cuando se trata de un libro de Ramón Eder, lo digo por experiencia continuada, conviene acompañarse de un sacapuntas, no solo para afinar el subrayado, sino por el desgaste de tantos trazos que impelen marcar sus textos. En su nueva obra, sin duda, la más divertida de toda su producción, la profusión de esta tarea se amplía gracias a la variedad de textos cuyo estatuto genérico, marca de la casa, se inscribe en una línea persistente de ironía y humor, tan reconocibles de su estilo, extraída de lo cotidiano y hasta de la historia pasada, como esta revelación: “La ironía nació cuando los primitivos empezaron a utilizar la ropa”. O esta otra nada ingenua: “La primera vez se besa como un fin, las demás como un medio”. También hay lugar para las leyendas y sus réplicas: “Existe un tipo de locura que consiste en creerse San Jorge siendo el Dragón”.

Entre la literatura y la filosofía, entre la paradoja y el pensamiento, el perfil aforístico de Eder se despliega por un terreno persuasivo inimitable. Es en ese carácter fragmentario, compuesto por afirmaciones, donde mejor se halla dispuesto a comprometerse y a sopesar lo dicho. Eder no discute ni explica, tampoco le gusta preguntar engañosamente. Le basta solo con afirmar. Dice Sergio García en el prólogo del libro que “Ramón Eder ha sido siempre fiel a su principal característica: la reflexión luminosa”, y es que el escritor navarro se encuentra a gusto en ese recinto, en esa maqueta literaria donde mejor cabe el pensamiento, la gracia y la revelación concisas para decir algo de la verdad que comparte. En ese sentido, es un autor que le gusta reclamar la colaboración del lector para tal fin, consciente de que “No es bueno que en un país haya más escritores que buenos lectores”.

Tocante a la literatura y, en especial, en referencia a la escritura aforística, nada me complace tanto como compartir mi fascinación por este género fragmentario tan paradójico. El oráculo irónico lo agranda. La destreza de Eder se forja a ras del suelo. Sus aforismos son más tierra que aire. Merodean por la ética y la moral con sutileza y amabilidad, sin altas pretensiones. Sabe que los clichés morales están en las antípodas de la realidad. Sus textos se atreven con darle la vuelta a la manzana, a veces, cargando la tinta sobre lo no dicho, insinuando su secreto implícito, y otras, acelerando el pulso del lector: todo un síntoma.

Que nadie busque aquí respuestas de ninguna deidad, algo propio de los oráculos de la antigüedad, porque los súbitos alumbramientos que se esparcen por el libro contienen, más bien, lo insólito de un tractatus, como si se tratara de un manuscrito antiguo en el que su autor esboza, sin pretensiones de vuelo filosófico, ni ánimo de proclamas, desvelarnos secretos cotidianos con un planteamiento discursivo de sencillez asombrosa, pero, a su vez, de carácter proteico, como muestra el aforismo que pone colofón al libro: “Al final uno acaba pensando que un día perfecto es un día cualquiera”.


miércoles, 11 de septiembre de 2019

El artista y sus arrebatos


Dice Alan Pauls, y no le falta razón, que se lee contra la interrupción, “y la lectura tiene allí el valor de una espera. Leer es extender, prolongar, dilatar al máximo una duración condenada de antemano”. Ese pálpito de horizonte último que propone toda lectura, de un tiempo límite que puede llegar incluso a considerarse fatídico, es el que arrastra Un amor de Redon (Fórcola, 2019), la nueva novela de Ricardo Lladosa (Zaragoza, 1972), un libro en el que las imágenes ponen origen y fundamento al desarrollo de una historia de ambientación gótica de la que se vale para desplegar la multiplicidad del mundo artístico del pintor Odilon Redon (Burdeos, 1840 – París, 1916).

Redon fue un precursor del surrealismo y una figura clave del simbolismo europeo, un entusiasta activo de las vanguardias incipientes en la Europa de finales del siglo XIX y principios del XX. Su personalidad artística, plena de inquietudes creativas y de interés desmedido por la literatura, lo impulsaron a relacionarse con los más destacados poetas y narradores de la época, con los que trabajó en diferentes proyectos. Admiraba a Baudelaire, Poe y Flaubert desde su juventud. Fue amigo de Mallarmé y Gauguin y con los que mantuvo una relación estrecha y fructífera. Se caracterizó por mantener siempre una actitud independiente frente a las corrientes artísticas y modas de su tiempo.

A todo su sentir por la pintura, se le une su deseo de escribir. “Cada uno de nosotros debería escribir un libro”, le confía a uno de sus amigos pintores. Y más adelante, deja plasmada en el diario que lleva entre manos sus confidencias de artista que arrancan con esta confesión: “He hecho un arte a mi manera. Lo he hecho con los ojos bien abiertos a las maravillas del mundo visible y, se diga lo que se diga, constantemente preocupado por las leyes de lo natural y de la vida[...] El arte también participa de los acontecimientos de la vida. Y será ésta la única excusa para hablar solamente de mí”.

Ricardo Lladosa aprovecha todo ese caudal artístico y literario que Redon ha conformado en torno a su vida para desplegar una narración intensa y emotiva donde reflejar la visión del mundo del artista y su relación con los demás, mediante un texto en el que entremezcla la propia voz del pintor con cartas cruzadas entre él y sus amigos más allegados. Un amor de Redon se lee con fruición, debido al ritmo narrativo impuesto por sus dos protagonistas, que alternan su voz a lo largo de los veintitrés capítulos de la novela. El pintor es invitado al castillo de Pantenac con el encargo particular de su dueño, un banquero acaudalado, de pintar tres grandes lienzos que presidirán el comedor de su casa y en el que debe representar a tres de las mujeres más enigmáticas y seductoras de las Sagradas Escrituras: Betsabé, Judit y Salomé. Allí, en el domicilio del banquero, en pleno proceso creativo, el artista conocerá a Ainhoa, la esposa del empresario. Entre ambos surgirá una amistad enlazada por el espíritu artístico que derivará en un irremediable idilio amoroso.

A esta relación de amistad y pasión se une una trama misteriosa en la que la atmósfera y el escenario son propicios para entonar la sugerente historia que se cuenta, donde el arte y el amor porfían entre sí. El lector de esta historia tiene la impresión de que no se encuentra entre las palabras de una novela, sino que, más bien, aparece como espectador frente a una pintura paisajística en la que suceden lances y hechos extraños. La visualización de esa panorámica y su atmósfera son constantes referencias al devenir del relato a través de los ojos de sus narradores, dos seres distantes, pero cada vez más cercanos, que viven un mundo a ratos equidistantes y a ratos azarosamente tensos.

El centro de la novela armada por Lladosa, lo que ilumina todos sus asideros, sombras y claros que van apareciendo en todo lo que cuentan sus dos narradores, está en la pasión manifiesta de ambos por el proceso creativo y la dicha de experimentar ese sentimiento posesivo de culminar la obra artística, confundidos por el interés seductor que se profesan en secreto. Sin embargo, en ese simulacro de apasionamiento, solo la obra artística parece destinada a salvarse ante lo inesperado del destino, y es esa salvación la que determina la verdad literaria que encierra el libro.

Un amor de Redon es una novela amena, intensa y vívida en la que un hombre y una mujer no se dejan intimidar por las circunstancias que rodean sus vidas privadas. Su autor trasluce ese espíritu de la época, ese que también es válido para cualquier otra, y que confirma que la vida no se deja imitar, que la vida es algo muy suyo, que no admite reproducciones.

En una novela «las palabras de la tribu», como decía Mallarmé, las que se usan para la relación habitual entre los personajes pasan a ser únicas y personalísimas. Lo que importa de toda historia no es si lo que le pasa a alguien es un suceso real o fingido, sino si el artefacto literario se sostiene por medio de la verdad vivida y la verdad imaginada, dos mundos distintos que se complementan y se exponen, como ocurre aquí, al arrebato de la literatura y de la vida.


jueves, 5 de septiembre de 2019

Vidas sombrías


Leer es, por encima de todo, un placer. Leer nos proporciona plenitud y nos convierte en creadores, porque al leer un texto, ponemos nuestra experiencia y nuestra memoria al servicio de una idea, de un pensamiento, de una invención, de una historia que hacemos propia, como también hacemos propios los rostros de los personajes, los paisajes, la atmósfera, las situaciones y los conflictos que nos presenta su autor ocultos tras la magia de sus palabras.

Esta declaración que bien puede parecer universal, viene a propósito de esas sensaciones tan personales que uno obtiene como recompensa por haber dedicado un tiempo a la lectura de un buen libro, y que, de vez en cuando, nos impulsa a compartirlo gozosamente. Lo cierto es que, en esta ocasión, leyendo La memoria donde ardía (Páginas de Espuma, 2019), de Socorro Venegas (San Luis Potosí, México, 1972), la existencia de esa manifestación explícita sobre la lectura resulta necesaria y oportuna. Mucho de esto se debe a ese aire extraordinariamente melancólico y revelador del mundo inhóspito que portan las historias de este nuevo libro suyo. Por si fuera poco, en estos cuentos aparecen más las cicatrices que las heridas de sus protagonistas. La sensación percibida es que todos los personajes que deambulan por aquí se hallan sumidos en un mundo hostil, a orillas de un estado de absoluto desamparo.

Lo que importa de un cuento, como subraya Eloy Tizón, no es su textura formal, sino que esté vivo, que respire, que sea expresivo, que transmita. En esa onda, la escritora mexicana traza sus historias, proveyéndose de ese dramatismo que aparece en los tropiezos del dolor cotidiano y en las soledades interiores de sus personajes. Precisamente, Socorro Venegas se dio a conocer como narradora de cuentos con La risa de las azucenas (1997), una colección de relatos en donde el dolor, el alma interior de sus protagonistas y la ternura que desparraman sus actos, se van tejiendo en una tensión constante y extrema de sus vidas.

En los diecinueve relatos de ahora hay niños que parecen adultos, madres luchadoras y pusilánimes, padres desgarbados, presos de alcohol y de infamia; gentes que deambulan en el mundo y, más bien, parecen fuera de él, pero, sin embargo, todos muestran una apariencia de que han encontrado su manera propia de ponerse a salvo, casi apartándose. Lo que se cuenta dentro de La memoria donde ardía opera a través de los sentidos. Socorro Venegas se propone contarnos una suma de historias obsesivas extraídas de su imaginario en el que la realidad es el único lugar propicio para transmitir lo que puede ser visto, oído, olido, gustado y tocado por sus personajes, sirviéndose de lo concreto de sus significados.

Y así en sus dos primeros relatos, todo un guiño elocuente y simbólico a la desolación manifiesta del periodo oscuro de las pinturas de Goya, la agitación de los sentidos impulsa la determinación de sus protagonistas. Por ejemplo, en Pertenencias, aparece una reproducción del Perro semihundido que sirve de catalizador del cuento para decirnos que cambiar duele, y dejar la casa sin memoria se traduce en aligerar las pertenencias que nos atan. En El coloso y la luna, en cambio, una niña contempla fascinada la figura de un hombre inmenso sentado con la mirada distraída en la luna, y se pregunta si esa visión a la que le conduce la botella de ron que tiene en su mano desvela el misterio de su propia vida: la soledad de la calle y el desamparo de un padre alcohólico que trata de reconciliarse con ella, hasta ahora avergonzada de su existencia.

La memoria donde ardía, su tercer relato, que pone título al libro, arranca con una pregunta rotunda que da pie a conjugar el pasado en la manera de vivir nuestro presente: “¿Estaremos hechos más de lo que olvidamos que de aquello que recordamos?” Los recuerdos regresan para decirnos quiénes somos, concluye el narrador de esta historia que debate el paso del tiempo: “Se dice a veces que uno se deshace en disculpas o en lágrimas. Yo me deshacía en memorias”. El nadador infinito es otro cuento conmovedor que desvela las horas que se concretan en los instantes previos al parto de una mujer, un diálogo entre una madre inerme ante el futuro y la criatura que lleva dentro, deseosa de abrirse paso.

En el siguiente, titulado Los aposentos del aire, el más extenso de todos, el alma y la enfermedad de un niño se hilvanan con otros momentos de buenos sentimientos, algo que no abunda en el resto de los relatos de la colección; Como flores también alude al mundo de la infancia y marca esa relación inocente y cruel entre los niños de un colegio con otros chavales ciegos que acaban de incorporarse a la clase. La isla negra, un relato fantástico de amor imposible, y Anagnórisis, tan pavoroso y enigmático, conforman, junto a El aire de las mariposas, unas historias en las que la atmósfera puede enfriarse tanto que la vida llega a dinamitar todo atisbo de esperanza; el duelo y la muerte está muy presente en La música de mi esfera, el cuento con el que cierra el libro, homenaje a Kurt Cobain, líder de Nirvana, la banda símbolo de la llamada Generación X.

Uno se percata de que la buena literatura sigue ahondando en las mismas cuestiones de lo que somos como individuos: en el sufrimiento, el amor, la soledad, la felicidad, el progreso o en la muerte. Socorro Venegas desata esta cadena eterna de lo que significa vivir con un buen puñado de historias, poniendo voz a madres y a niños, mediante una prosa desnuda, audible y sencilla para que expresen su fatalidad o cómo escapar de su infortunio, sin importarles, pese a su dificultad, seguir en el mismo escenario que les vio nacer. En ese enigma de no irse y buscar acomodo, nada les impedirá seguir sondeando en las profundidades de su existencia. Y así hacen, aunque sea a tientas.


sábado, 31 de agosto de 2019

El valor de las palabras


La palabra solo tiene sentido si hay alguien que la recibe. Si hablamos es porque somos seres relacionales. Hablamos para interpelarnos, para modificarnos, para afirmarnos en relación con otros. Cierto es que también pensamos hablando, que, al decir de Platón, pensar es el diálogo del alma consigo misma, pero de ahí no cabe concluir que somos en soledad, antes bien que nunca estamos solos y que pensar es siempre pensar con otro, aunque ese otro seamos o creamos ser nosotros mismos”.

Con ese párrafo, el profesor y ensayista Daniel Gamper (Barcelona, 1969), apunta al centro de la que será la argumentación por donde ha de transitar la escritura de su libro Las mejores palabras (Anagrama, 2019), una obra con la que ha obtenido el Premio Anagrama de Ensayo, y en la que desarrolla el sustrato real de su trabajo acerca del valor y la fuerza de las palabras. Lo que se despliega por su entramado ensayístico no es otra cosa que proponer al lector un desarrollo argumentativo sobre la importancia que tienen las palabras en la vida personal y social de todo ser humano. Viene a decirnos su autor que las palabras no solo definen, enmarcan, profundizan y designan, sino que las palabras, especialmente, engatusan y repelen, ensalzan y aplacan, edulcoran y amargan, perfuman y desagradan. Por eso conviene que nos fijemos en el valor de su fuerza y en las consecuencias de su uso.

Previamente, Gamper subraya que en todo hablante hay una predisposición por buscar “las mejores palabras”. De esa búsqueda persuasiva toma impulso para después detenerse en enfocar dónde residen las palabras y qué ocurre una vez emitidas. Las palabras arraigan en la inteligencia y crecen con ella, apunta. Viven en los sentimientos, forman parte del alma del hablante y duermen en la memoria. Cada capítulo trata de contribuir al esclarecimiento de lo que proponen las palabras como embriones de ideas y germen del pensamiento. Y para ello, Gamper se ocupa en fijar sus argumentos alrededor de los dos valores que toda palabra posee: el primero, de índole personal, que va ligado a la vida del individuo; y el segundo, el más determinante, que se inserta y proyecta a toda la colectividad. Por eso, resalta que “una vez emitidas dejan de ser propiedad de nadie” y, sin embargo, este hecho conlleva que “alguien puede ser responsabilizado de sus efectos”.

Las palabras, insiste, son “la expresión más elevada de nuestras capacidades simbólicas”, establecen el canal principal de transmisión del conocimiento, “el vínculo que nos unen” y viene a decirnos que, desde luego, sirven para seducirnos y para que logremos construir un nosotros. Nietzsche dijo que toda palabra es un prejuicio, y que toda palabra es previa a sí misma, existe antes de pronunciarla. Y en eso reside su poder. Las mejores palabras nos pone en comunicación con nosotros mismos. Hay un hilo conductor en el libro que trata de reflejar cómo la lengua, a través de la palabra compartida, da testimonio de nuestra experiencia. La lengua es, por tanto, nuestro denominador común. Las palabras establecen ese intercambio emocional e intelectual necesarios para el entendimiento entre unos y otros.

El autor señala que, a pesar de la solidez de estos argumentos, el panorama de lo que se percibe en la vida política y pública no es demasiado halagüeño. Hay un desencanto que trasciende, como si la palabra transmitida y aprendida en casa hubiera sido vaciada parcialmente de su significado en la actualidad, como nunca antes en la historia había sucedido, y dicho significado se derivase en un insistente atropello de fake news, al que parece que nos hemos acostumbrado, como si no pasara nada, nos advierte Gamper. Ante esta avalancha, propone mantener el mejor uso de las palabras atendiendo al verdadero valor ético, político y social que estas representan.

El libro en su conjunto es un análisis selectivo de los distintos usos de la palabra en diferentes contextos. Las mejores palabras es un ensayo bien urdido que lleva a preguntarnos al final del mismo qué entendemos por libertad de expresión, teniendo en cuenta su significado y el compromiso que encierra dicho término en las redes sociales, en los medios de comunicación y, cómo no, en las tareas educativas de la escuela: “El hombre no viene al mundo solo. Eso hace de él un animal político, en la medida en que esa compañía no es solo la de la familia sino la del pueblo, el cual es imprescindible para educar a los niños, como se suele decir”. El poeta español Luis Rosales dibujó esa idea ancestral con estos hermosos versos: “La palabra que decimos/ viene de lejos, / y no tiene definición, / tiene argumento. / Cuando dices: `nunca´, / cuando dices: `bueno´, / estás contando tu historia / sin saberlo”.

El hecho de preguntarse cómo hablamos significa para Gamper estar preocupado del uso que hacemos del lenguaje y de no querer perder el sentido ni el valor de las palabras que lo hacen posible. En ese ámbito se sitúa el peso de este libro. Las mejores palabras conforma, por tanto, un texto fértil y ameno, orientado también a reflexionar sobre los vicios del lenguaje y sus repercusiones, muy propicio en estos tiempos de tanta palabrería y posverdad. Viene bien recordarnos que existimos porque nos nombramos y somos nombrados, y porque damos cuenta de nuestra existencia con las palabras que compartimos.