lunes, 31 de agosto de 2026

Apariencias y conjuros


El universo narrativo de David Roas (Barcelona, 1965) funciona como un laboratorio de distorsiones. Construye realidades alternativas que, al ser leídas, pueden desorientar nuestra percepción cotidiana, pero nos atrapan en su propia lógica interna. En su libro más reciente, bajo el título de Territorios (Páginas de Espuma, 2026), reúne un buen puñado de relatos inquietantes que actúan como vidrios deformantes entre objetos y personajes, para crear un mundo paralelo que, aunque reconocible, obedece a extrañas reglas propias. Todas estas historias, envueltas en apariciones y distorsiones, conforman un recurso que le permiten mostrarnos aspectos de la experiencia que la percepción ordinaria no capta o silencia.

En verdad, la inventiva de su escritura, o mejor dicho, de su artificio literario, se aleja del germen de la falsedad y de la impostura manida de que los libros sirven para explicar la vida. Para él, las vidas ajenas no se rigen por las reglas que supuestamente las reflejan, ni tampoco se alejan de los materiales con los que se edifica la ficción. Y por eso mismo, sus relatos no aspiran a comprender mejor lo que acontece en la realidad a ojos vista. Sus cuentos responden al llamado de que la literatura solo ayuda a comprender la literatura, y no siempre de manera satisfactoria, aunque, eso sí, acercándose a lo insólito como una suerte de pasadizo sutil, tenebroso e inquietante del mundo de lo fantástico que toma medida a lo inexplicable de las cosas.

Prueba de todo esto lo hemos podido ver en anteriores libros suyos de cuentos y microrrelatos como Los dichos de un necio (1996), Horrores cotidianos (2007), Distorsiones (2010), con el que obtuvo el Premio Setenil al mejor libro de cuentos del año, Bienvenidos a Incaland (2014) o Invasión (2018). En todos ellos, se pone en alza las posibilidades de la razón frente a lo inaudito dándole otro apretón de tuercas. Ahora, en Territorios, ese giro de tuerca campa a sus anchas, más si cabe, trasladando lo fabuloso y lo grotesco al entorno rural, por medio de siete cuentos breves e inquietantes que funden el paisaje rural de campos de centeno, de bosques, de huertos y pueblos vacíos, más que como decorado, como impulsores de lo inusitado.

David Roas construye sus coordenadas narrativas mediante un registro híbrido que funde lo cotidiano con lo siniestro, lo humorístico con lo grotesco, creando una tensión constante entre la normalidad aparente y la irrupción de lo extraordinario. Recurre al paisaje como generador de lo no acostumbrado, atrapando a sus personajes, especialmente si son de fuera, con pretensiones de zamarrearlos ante lo extravagante. El subtítulo que aparece en el interior del mismo, Apuntes sobre Agrohorror, responde, a su vez, a una declaración de intenciones para destacar que el libro, además de ficción, tiene mucho de mapa de posibilidades narrativas fuera de lo normal.


En estos relatos de ahora, en los que claramente hay guiños literarios y cinematográficos, como en El gañán entre el centeno, La conjura de los recios o La noche de los puercos vivientes, la realidad se quiebra igualmente para dar paso a apariciones inquietantes: niños fantasmales que deambulan por paisajes rurales, cerdos zombis que encarnan una naturaleza corrompida, asesinos desalmados cuya violencia parece brotar de la tierra misma y vegetales monstruosos que se rebelan contra el orden establecido. Todo ello transcurre bajo una atmósfera opresiva y melancólica, sin nombrarla, de esa parte de la España deshabitada donde el silencio y el olvido se convierten en telón de fondo perfecto para que broten lo sobrenatural y lo inesperado.

Roas, sencillamente, atrapa, no solo por lo extraño que cuenta, sino por lo que es capaz de anclar en un espacio geográfico y social concreto, convirtiendo el paisaje rural en un personaje más, cargado de memoria, de sentido y de posibilidades narrativas que se apartan de lo conocido. En Territorios no hay encontronazos con lo desconocido, lo que sobresale es, sobre todo, su magia lúdica e irónica, acompañada de un fuerte lazo intertextual de apariencias y de conjuros.

viernes, 28 de agosto de 2026

Estampas y reminiscencia


La novela La gente (Fundación José Manuel Lara, 2025), de Felipe Benítez Reyes (Rota, Cádiz, 1960) es una muestra más de la riqueza abierta de este género como contraste escalonado de lo hecho y lo recordado a través de ese vaivén perpetuo de la memoria que la novelística estira hasta sus extremos más imprevisibles. En estos confines narrativos destaca la inclusión y el cruce de lenguajes de los distintos estratos sociales, así como el reflejo de una serie de extravagancias y comportamientos de los diferentes personajes que por aquí desfilan en sus modales y lenguajes particulares. Precisamente, dichos ámbitos se cruzan en un juego narrativo de frontera fluida entre el retablo-relato y la vida.

En esta nueva incursión narrativa, Benítez Reyes presenta una galería de estampas y reminiscencia en la que está muy presente la identidad como mecanismo de revelaciones y confabulaciones de la condición humana expuestas por quienes por aquí se dejan ver, y cómo cada cual se interpreta a sí mismo a través de la voz indulgente de su conciencia. Esta nouvelle, de apenas 155 páginas, subtitulada Mural de espectros, además, está entretejida como un mosaico coral de vidas anónimas que deambulan por su propio pueblo costero andaluz, Rota, donde el verdadero protagonista del libro lo desempeña la colectividad y no un personaje concreto. La memoria de esa atmósfera local está muy presente en sus páginas, como así se destaca desde su inicio: “La memoria es también como un caleidoscopio. Por eso su fundamento es indeciso y todo gira en ella con el vértigo de un remolino de imágenes que no pueden quedarse quietas…”

Por otro lado, la novela se construye sobre el viejo artificio del manuscrito hallado. En este caso, se trata de un narrador en primera persona, Alberto Márquez Rancés, que asegura haber descubierto entre los papeles de su tío abuelo, Miguel Rancés Olivares, un texto inconcluso que retrata a los vecinos del pueblo. Ese manuscrito, titulado provisionalmente Los afanes, recopila un fresco de tipos y anécdotas que, engarzados, sin una trama lineal, conforman una destacada galería costumbrista de personajes que representan la vida cotidiana de una localidad, en sus diferentes facetas y planos, a modo de mural de una época, de bazar de curiosidades, suposiciones y conjeturas.

Las vidas de todos ellos se suceden, se cruzan y se bifurcan en un microcosmos donde el tiempo parece anodino y, sin embargo, como en una novela cervantina, aflora el ingenio, el detalle, la parodia y el humor, desde el rumor y los equívocos que se van encadenando, verbalizados por cada uno de los protagonistas que salen a colación. La Guerra Civil y la posguerra siguen marcando, también, la vida del pueblo. Por todo ello, diría que el tono de la novela es, ciertamente, tragicómico, compasivo y bienhumorado, compaginado con las manías y los dimes y diretes de quienes entran en escena, bajo una estructura de engarces y vericuetos, dejando ver “una panorámica sin ilación argumental entre las partes”, pero con certeros detalles y vivencias de quienes entran en liza.


Benítez Reyes
percute e impulsa, con gracia y destreza, cómo la literatura es un ejercicio de querer rellenar los espacios vacíos de la memoria, sabiendo todo el tiempo que no se puede, pero que siempre el relato se impone en tal deseo travieso e imposible. La gente refleja ese sentir de convertir lo real en palabras y hacer que las palabras sean reales, por medio del hechizo de sus personajes y sus enigmas. Con este libro su autor marca una ruta a descubrir, por la que el lector viaja con los ojos de los labios de quienes miran y pronuncian la historia de lo escrito, de sus chismes y malentendidos: “Esa novela, en suma, que no escribe nadie y escribimos entre todos”.

La gente es una novela desenfada, inteligente y de latidos gozosos, que se distingue por su vasto repertorio de figuras. Cada una a su manera, nos muestra y nos conduce a pensar cómo cualquier vida posee su particular razón de ser y de estar en el mundo, como una extraña confabulación tácita ante los demás. Un disfrute de lectura, “una especie de diario en que el protagonista no es quien lo escribe, sino los otros”.

lunes, 24 de agosto de 2026

Una historia de vida y muerte


Son muchas las cosas que les debemos a los libros: la sorpresa, el hechizo del personaje, el enigma, la atmósfera de la historia, el lenguaje, su estilo... Pero si hay que destacar una, por encima del resto, es la capacidad de explorar nuevas realidades o de entender la que a diario nos exige compromiso, nuevos desafíos y diálogo con la parte secreta e inherente de lo que somos. Por eso, cada libro conforma un mapa único y, a la vez, una invitación a buscar una nueva ruta desconocida por la que se viaje con los ojos de los labios, que sean los que miren y pronuncien el relato de lo escrito sobre el tiempo, el amor y, cómo no, la muerte. Un buen libro debe ser, por tanto, un objeto punzante que permita ver al lector cuánta luz y misterio hay en su entorno. Un buen libro nos alerta de que las esperas son tan importantes como los trayectos.

La novela Ana no (Cabaret Voltaire, 2026), de Agustín Gómez Arcos (Enix, 1933-París, 1998) es un libro punzante ambientado en los años de la posguerra, en los años del franquismo, que reúne todo ese entramado de compromiso, lucha desasosegada, dignidad y misterio que los lectores buscamos dentro de una historia. Lo que aquí se cuenta es el viaje iniciado por una mujer de setenta y cinco años desde el sur hacia el norte de España, es el viaje a pie, de amor y muerte, de una mujer decidida, a quien no le permitieron tener una identidad, al encuentro de su hijo encarcelado: “Viaje difícil, imposible, a contracorriente de una memoria imprecisa, replegada por sí misma”. Se llama Ana Paucha por matrimonio y, pese a que la guerra y sus consecuencias la despojaron de todo: su marido, sus hijos e ilusiones, el desamparo no le impedirá acometer con esperanza una travesía llena de memoria, atavismos y desacatos.

Gómez Arcos, nacido en el seno de una familia republicana, también emprendió su propio trayecto liberador. A los veinte años se traslada de Almería a Barcelona para estudiar Derecho. Poco tardó en darse cuenta de que su verdadera vocación era la literatura, y más concretamente el teatro. Viaja a Madrid y allí inicia su carrera de dramaturgo, galardonado en dos ocasiones con el Premio Lope de Vega. La censura prohíbe la representación de sus obras por lo que decide exiliarse primero a Londres, hasta afincarse, más tarde, en París en 1968. Fallece en 1998 siendo ya un utor prestigioso en el país vecino, después de haber publicado catorce novelas en francés con numerosos premios literarios. Sus restos se encuentran en el cementerio de Montmartre. Ana no, es una de sus obras fundamentales, tal vez la más emotiva de su escritura sobre la posguerra española.

Publicada en francés en 1977, bajo el título Ana non, aparece ahora en una reciente edición en español, traducida y prologada por Adoración Elvira Rodríguez. El viaje de Ana tiene un alcance simbólico enorme, un viaje de amor materno, un desplazamiento junto a las vías del tren por la España derrotada, llevando consigo un simple pan de aceite amasado para llevar a su hijo menor Jesús, encarcelado en el norte de España. Esta travesía contiene además la dimensión épica de resistencia y obstinación de una anciana desposeída, pero dispuesta, si es preciso, a morir en el intento. La guerra le ha robado no solo a sus seres queridos, sino también el relato de su propia vida, pero no le ha arrebatado el orgullo de ser una superviviente que lucha con ahínco por su dignidad.

La España que recorre Ana tiene algo de pesadilla y de farsa cruel. El dolor histórico aparece filtrado por imágenes grotescas, situaciones absurdas y encuentros con personajes marginales. El ciego, los animales abandonados, los vagabundos o la gente vinculada al espectáculo ambulante no son meras comparsas, sino que conforman una comunidad de excluidos que permite a Ana reconocer, más si cabe, la naturaleza del mundo que le ha tocado en suerte y que hasta entonces había soportado sin tan siquiera poder nombrarlo. La mirada irónica de Gómez Arcos revela el devenir absurdo de las jerarquías, de las instituciones y de los discursos que pretenden justificar la miseria del sistema. La novela posee una ambivalencia compositiva que puede ser brutal y tierna en una misma página, un logro urdido con mucha maestría.


Ana no, no es una novela de tesis. Su autor deja que la fuerza humana del personaje empuje la historia y evita que el libro se convierta en un panfleto ideológico. Lo que mueve a la protagonista, en el fondo, no es otra motivación que el amor. El propio escritor lo dijo: no es una obra compasiva ni pesimista, sino un texto combativo, lleno de esperanza, rebeldía y amor. Gómez Arcos escribe una novela de acentos líricos y teatrales, desgarradora, que canta el dolor de las mujeres silenciadas de una época cruel. Lo hace a través de la voz de su protagonista, una mujer que enfrenta la memoria herida de la posguerra, sin temer la fatalidad de su empeño.

En suma, es un libro de prosa arrolladora, convertido en una lectura intensa y jugosa, que nos muestra un recorrido por verdades, por simbolismos que se reconocen al instante y, sobre todo, un libro de profunda humanidad.


sábado, 15 de agosto de 2026

Lo visible y lo invisible


La literatura es en esencia forma. Lo primordial son las frases, la manera en que están construidas y cómo se insertan en los párrafos. Lo importante es el ritmo, también, su pálpito y melodía. Y no nos podemos olvidar de la ambigüedad, así como tampoco del modo en que las emociones, en circunstancias insólitas, son atrapadas por el lenguaje. No olvidemos que los estados de ánimo de los personajes y de la atmósfera que los rodea son también cruciales a la narrativa, y un poco más allá, la conciencia abrumadora, los afectos, la soledad, el dolor, la muerte, el más allá. En definitiva, el escritor conjuga todo esto y lo ensambla para transmitirnos una historia, un relato de su imaginario, mediante frases escritas y, así, poder tocarnos el alma, para promulgar y defender el misterio de lo visible y de lo invisible que la palabra alcanza.

La narrativa de la argentina Samanta Schweblin (Buenos Aires, 1978) conjuga su universo literario combinando esa prestancia que la palabra requiere alcanzar entre lo visible y lo invisible, donde lo anómalo corre el riesgo de volverse normal. Uno, como lector, termina sus libros con el cuerpo alterado bajo un aire enrarecido y un cierto amargor en la garganta. Desde sus primeros cuentos aparecidos en Pájaros en la boca (2009), o su primera novela Distancia de rescate (2014), pasando por los relatos de Siete casas vacías (2015), hasta llegar a las piezas que conforman su libro de relatos más reciente, El buen mal (Seix Barral, 2025), su literatura se centra en lo extraño e insólito. Rara vez sus personajes viven hechos fantásticos, sino más bien pequeñas torsiones de una realidad en la que lo monstruoso llega a convertirse en algo cotidiano.

Los seis relatos que conforman El buen mal se ambientan bajo el tapete de la vida diaria que llega a trascender lo insólito, en una dimensión ajena a la lógica, pero verosímil dentro de la historia contada. Todos los relatos, además, tienen una referencia o se sitúan en el país rioplatense. Schweblin se vale de unas historias, muchas de ellas al borde del abismo, para mostrar la condición humana como el resultado de una extraña tensión entre el aislamiento y la necesidad de vínculo, mediante una poética reconocible, la de una narrativa que desliza lo inquietante al pálpito de lo cotidiano. Todos los protagonistas de El buen mal asisten a un desacato parecido: un suceso desconcertante irrumpe en sus vidas para sacarlos de sus casillas, de la propia inercia que les impide comprender lo que aun teniendo delante de sus ojos no son capaces de ver.

En Bienvenida a la comunidad, el primero de ellos, el apego aparece unido a la crueldad y la culpa. Su título irónico revela una red de miradas, normas y violencias sutiles. La protagonista debe negociar así su lugar entre los vivos. El relato culmina con una tensión intensa y un extraño alivio; Un animal fabuloso, segundo relato, se construye mediante una conversación telefónica. La narradora reconstruye la escena en presente, mientras la revive. La precisión de la memoria vuelve el pasado cada vez más inquietante; el tercer cuento, William en la ventana, es el más autobiográfico. Su protagonista es una escritora argentina que viaja a Shanghai. Allí participa en una residencia junto a otros autores. Entre ellos está una amiga cuyo gato se llama William. El animal y los afectos interdependientes articulan el núcleo del relato.

El siguiente cuento, El ojo en la garganta, es el más radical. Narra la historia de Elías, un niño de dos años que ingiere una pila de botón y debe someterse a varias operaciones, incluida una traqueotomía. Aunque no puede hablar, piensa, observa y recuerda; su conciencia se convierte en voz interior, mientras el agujero de la garganta funciona como orificio narrativo y metáfora. El relato reflexiona sobre el cuerpo, el lenguaje y la culpa; La mujer de Atlántida, el cuento más extenso, combina iniciación y tragedia. Dos hermanas conocen durante el verano a Pitys, una anciana poeta bloqueada en su inspiración, y deciden ayudarla. La historia encarna la idea de que el mal puede nacer del bien. Por último, El superior hace una visita transforma una escena de solidaridad en una amenaza extrema: la atención a una anciana desorientada conduce a un giro hacia el terror psicológico, convirtiendo la casa en un espacio hostil e incierto.


En definitiva, El buen mal reúne un conjunto de historias absorbentes y desconcertantes, llenas de ternura y tensión, que se entrelazan por esa zona ambigua de la realidad de lo cotidiano en la que sobresale lo inesperado, el asombro y el temor humano. Samanta Schweblin ha escrito un libro sobrecogedor, donde cada frase parece calibrada y dispuesta a manejar con maestría el matiz y los detalles que pueden derivarse de las cosas. Seis relatos recorridos por el malestar, la culpa y lo extraño, y que conducen al lector a tener presente, al final del volumen, la veracidad de la cita de Silvina Ocampo con la que apela la autora en su arranque: «Lo raro siempre es lo más cierto».

jueves, 6 de agosto de 2026

Representar la invisibilidad


A menudo, acudimos a una representación teatral sin apenas prestar atención a los figurantes, esos personajes que aparecen en escena sin asumir, por lo general, un papel protagonista, ni intervenir con parlamentos extensos durante el discurrir de la obra. Sin embargo, su presencia está lejos de ser irrelevante. Les toca a ellos contribuir a poblar, en buena medida, un espacio dramático pertinente, dotándolo de vida, verosimilitud y movimiento. El figurante, por lo tanto, no es necesariamente una figura pasiva. Aunque no tenga texto, comunica mediante su propio cuerpo una expresión, una postura, una reacción colectiva o un desplazamiento que puede vislumbrar alguna información narrativa a tener en cuenta. En ese sentido, su actuación pertenece a una dramaturgia de lo visible en segundo plano, en la que su significado no depende exclusivamente de la palabra.

Llega ahora la escritora Delphine de Vigan (Boulogne-Billancourt, 1966) para destacar, precisamente, en su primera incursión teatral, el desempeño de los figurantes, de aparente invisibilidad, y situarlos dentro de un rodaje de cine, poniendo su atención en el papel que los extras desempeñan, pero, en esta ocasión, además, dándoles voz y protagonismo, e invitándonos a pensar y reconsiderar qué rol representamos en la sociedad las personas normales en la que, muchas veces, nos toca vivir en suerte como meros figurantes. La acción transcurre durante una jornada de filmación en la que cinco figurantes: Cécile, Orso, Bruno, Joyce y Nora, esperan en una sala las instrucciones de la jefa de figuración o del Superayudante. Ninguno sabe con certeza para qué película trabaja, ni en qué momento saldrá a escena. Pasan las horas sometidos a cambios de vestuario y a larguísimas pausas, con la incertidumbre de no saber si aparecerán, o no, en pantalla. Pero sí saben que conforman una parte más del decorado.

Los figurantes (Anagrama, 2026) representa una metáfora de las jerarquías sociales, la precariedad y la invisibilidad laboral. De Vigan aborda aquí toda esta simbología y la paradoja de quienes resultan imprescindibles sin llegar a ser reconocidos, y convierte esa experiencia en una reflexión más amplia sobre la existencia, de ahora y de siempre, del deseo de pertenencia e identidad, de la brecha entre lo real y lo anhelado, y de la impresión consecutiva de actuar como meros “figurantes” en una sociedad que nos excede y somete a desempeñar roles competitivos en exceso. Frente a una cultura dominada por la exposición constante ante el mundo y la aspiración al protagonismo, la obra reivindica la dignidad de las presencias marginales, así como lo irreductible de aquellas vidas que se desarrollan en escenarios secundarios.

De Vigan viene a decirnos en Los figurantes que siempre nos contamos una historia, y nos movemos en la ficción entre el ser y el no ser, como ya dejó escrito en novelas anteriores suyas, como Las gratitudes (2019) o Las lealtades (2018). En este texto teatral de ahora, bajo la traducción de Pablo Martín Sánchez, viene a resaltar, además, la inventiva que otorga esa verdad emocional que siempre va con nosotros a todos lados. Algo así como dice J.M. Coetzee, que “cuando nos inventamos nuestra autobiografía estamos ejerciendo la misma libertad que tenemos en los sueños, donde imponemos sobre los elementos de una realidad recordada una forma narrativa que es nuestra, por mucho que esté influida por fuerzas que apenas entendemos”. La lección, según se deriva de lo expuesto, es que es difícil escapar del papel que desempeñamos en nuestro quehacer diario, pero tal vez seamos libres para reinventarnos y cuestionar lo que significa ser visto y reconocido por los demás.

Entrando en los entresijos de su estructura y estilo, Los figurantes es una obra teatral concisa y punzante, llena de humanidad, enmarcada en cuatro actos. El primero de ellos, titulado Esperar, ocupa la mayor parte del texto, destacando la importancia de la espera como centro neurálgico de la obra y exponente de nuestra condición existencial y laboral. Los otros tres actos: Pasar, Bailar y Hablar en silencio, más breves, conforman el complemento coral que anuda su dramaturgia donde lo cotidiano, los caprichos y pautas a seguir se vuelven material escénico para hablar del trabajo, de la precariedad y de los agravios comparativos, mientras se está a la espera de un golpe de suerte, como deja dicho uno de sus personajes: “No seamos ilusos. No somos más que sombras movedizas, aisladas, borrosas, al servicio de los caprichos de las grandes estrellas”.


Delphine de Vigan evita incurrir en compasión innecesaria o en preocuparse de emitir juicio moral alguno. En Los figurantes deja pie a sentir las palabras sin tener que acudir a emborronar la realidad. Contar la invisibilidad de los personajes que por aquí transitan es para ella su objetivo literario, dar testimonio de cuanto les rodea, producto también de su imaginario y experiencia. Es decir que todos somos de alguna manera figurantes en la vida, que el mundo entero y cualquier escenario por donde nos desplazamos no es más que un conjunto inevitable de figuraciones engarzadas. Yo también lo creo.

miércoles, 29 de julio de 2026

A fin de cuentas


No es normal envejecer con naturalidad. Envejecer tiene sus cosas buenas, como el declive de la ambición, la competitividad y los asaltos del deseo sexual. Pero envejecer lleva consigo una acumulación de discapacidades. Recuerdo que en la novela Elegía, de Philip Roth, el protagonista, un jubilado de setenta años cumplidos, distanciado de su propia familia, debe enfrentarse a su propio deterioro físico. Vive afligido por su deplorable estado físico y proclama que «la vejez no es una batalla; la vejez es una masacre». A fin de cuentas, examinar la vejez y la muerte, más que como fatalidad, es enfocarla como algo consustancial a la vida, y, por ello, tan natural como determinante. Hablar de todo esto y poner la edad a examen es también recurrir a esta cita que me gusta mucho del ensayista y poeta Ramón Andrés, y que dice así: «La muerte no está al final de la vida; está en el centro».

La protagonista de la novela Ruth (2026, Destino), de la escritora argentina Adriana Riva (Buenos Aires, 1980), tiene 82 años, es viuda y médica jubilada, y, sobre todo, es una mujer que rompe con los estereotipos tradicionales de la vejez. Ruth es una persona irisada de cautelas que rehúye de cualquier paraíso moralista y se refugia en la música clásica como lenitivo para superar la dura realidad a la que se enfrenta. Va a la ópera con asiduidad, y la lectura viene a ser su sustento para entendérselas con el mundo. Siente una pasión desmedida por la pintura y los museos. Ruth es una enciclopedia vital y una hedonista que sostiene que “también la comida es un lenguaje”. Le gusta cobijarse en rutinas frente al tiempo que pasa, ocupada serenamente en su vida cotidiana, consciente de que no tiene otra, y, además, se siente atrapada por la amenaza de la muerte. Por eso mismo, le brota el afán de sacar el máximo partido a su propia existencia, así como al propósito de justicia universal y por la compasión hacia todos sus congéneres.

Adriana Riva se vale de este personaje para escribir una novela luminosa, realista y llena de humor, mostrando la vida de una octogenaria que, a pesar de sus achaques, refleja toda una perspectiva vitalista y lúcida, en las antípodas de la decadencia y de la tristeza que, en la mayoría de los casos, conlleva la vejez. Escrita en primera persona, y con una prosa sencilla e incisiva, la historia de Ruth nos encandila por sus reflexiones sobre su propia familia y el mundo. Destacan las conversaciones con sus amigas Fanny y Luisa, las relaciones con sus dos hijos, uno abogado y el otro al que llama “el que pasea al perro”. Ruth es una mujer de actitud positiva, insuflada de las más hondas aspiraciones del ser humano, sin perder de vista la ironía, consciente de que lo importante en la vida se aprende, sobre todo, con los años. No le importa reconocer que se encuentra en un trayecto de su vida que bien podría ser un examen final, sin temario establecido, y a solas, en el que la calificación la dicta el propio examinado.

Desde el inicio del libro pone por delante al lector para que conozca sus rutinas: “Desde que murió mi marido, vivo en la cocina. Es el único lugar de este departamento donde me siento cómoda. Duermo y miro películas en mi cuarto, pero el resto del día me lo paso sentada junto a la heladera, en camisón, estudiando movimientos artísticos, obras, mapas, palabras, fechas. Es mi manera de matar el tiempo, porque el tiempo se resiste a matarme”. Página tras página, vamos descubriendo que el deseo de Ruth se limita a vivir casi ensimismada, para vivir con mayor sentido y ganas de compartir este deseo de gratitud con lo vivido. Dicho deseo está lejos de obsesionarla por alargar su vida, sino de implicarse cada vez más en ensancharla para ahondar en su razón de ser. El humor le brota como producto anticipado de esa muerte que le aguarda, como sedante provechoso para reírse de ella misma y a pesar de ella: “Cada vez deseo menos, pero nunca alcanzo la felicidad de no desear”.

Ruth es una novela breve, pero inmensa, repleta de pensamiento, jugosa y amena. Todo en ella me parece encomiable y punzante, dispuesto para el subrayado y la cita: “Llevo años achicando el mundo”; “Las palabras tienen una tendencia a la evasión, muestran y esconden”; “Cada vez me siento más extranjera entre la gente”; “Mi nieta aprende y yo desaprendo, estamos en las antípodas de la vida”. A Ruth, pese a todo, lo que le importa y la empuja a seguir adelante son las disquisiciones que le ayudan a tomar aire y a aceptar la incertidumbre del vivir. Para ella, “la duda es el motor de la vida”, y la realidad le importa un pito. Lo que a ella verdaderamente le importa son los puntos de vista: “Ya lo decía Proust, la realidad se construye en la cabeza. Somos sonámbulos”.


Todo lo que aquí se cuenta, a través de la voz de su protagonista, está bien curtido y trabajado con verosimilitud, y viene a poner en alza aquello que decía Platón: “Una vida sin examen no merece la pena de ser vivida”. Adriana Riva despliega con maestría y solvencia esta idea filosófica mediante una voz narrativa entrañable, gracias a la cual ha creado un personaje único que cala y empatiza con el lector. Su mérito, entre otros muchos, está en el aire fresco de comedia que sopla su decir, a veces con frases inasibles, otras punzantes e ingeniosas, pero todas ellas captando las contrariedades, la dureza, los reveses, pero también las delicias y el humor de la vejez: “Después de cierta edad, somos inmigrantes en el tiempo”. Un disfrute.


viernes, 10 de julio de 2026

La risa contra todo mal


En sus reflexiones sobre la vida y el paso de los años, dice Montaigne que la meta de nuestra carrera no es otra que la muerte. Para él, filosofar no es más que aprender a morir. Si esto que afirma el ensayista francés nos asusta, cómo poder dar un paso adelante sin agitarnos. Todo parece dispuesto para que se asuma que la vida de cualquiera no es más que una lenta gestación de un ejemplo póstumo. Así se entiende mejor aquel dicho clásico griego, que Aristóteles repite en su Ética a Nicómaco, según el cual de nadie puede decirse que ha sido feliz hasta que muere.

La protagonista de El mal de la risa (Tusquets, 2026), de Isabel Bono (Málaga, 1964) reflexiona y cuenta en primera persona estos postulados, para aclararse a sí misma, para saber quién es antes de dejar de ser. El autoconocimiento, si no es la tarea más alta de su existencia, sin duda se le antoja la más imprescindible. Sería para ella impensable desempeñar ninguna otra o, por lo menos, con la misma determinación y expectativas de éxito. Todo este sentir, narrado con mucha ironía y destellos de humor, queda de manifiesto durante un año de la vida de Noelia, una maestra jubilada de 83 años que, sin pareja ni hijos, debe cuidar, y lo hace, de su hermana enferma y de su cuñado, más mayores que ella que ya no pueden valerse por sí mismos.

La voz narrativa de Noelia, que a veces se llama Adelfa, viene a sostener que todos dependemos, en última instancia, del propio cuerpo, y que la risa es un baluarte contra todo mal y, desde luego, contra el mal de la muerte. Nos sugiere también algo parecido cuando se refiere a que el mundo de cualquier persona no es justo, sino azaroso, que morir un poco menos equivale a vivir un poco más. Aquí, su desenfado, ironía, perspicacia y desparpajo dejan ver que vivir sin certezas tiene sus ventajas, y que más importante que morir es haber nacido. Por eso resalta que la libertad y la soledad le importan mucho: “No me quejo. Me gusta mi vida. No imaginaba este futuro, pero, si miro hacia atrás, me gusta mi vida”.

La forma que tiene la protagonista de repasar su propia vida es una especie de diario novelado en el que confluye la risa y el veneno de sus andanzas, sin que falte en todo ello un buen toque cínico de diversión y sátira hacia la ligereza de denominación de lo que se entiende por familia perfecta. Sus personajes conectan con el lector, se dejan querer, desde la propia Noelia, que en verdad no se llama así, hasta el cura don Marcos, y no digamos sus sobrinos (nietos, como algunas veces los llama) Eduardito y Martita, más ese Pascual, que siempre está en casa y la acompaña en su soledad, y se da a conocer a todos al final del libro.

Ella misma o su hermana Marta, con 94 años, que morirá de risa, y su cuñado Eduardo, que también morirá… o Vremya, profesor como ella con jubilación anticipada con el que se escribe vía email y le pregunta si ha leído a Vonnegut, conforman su entorno, y son quienes la rodean y acotan sus fantasmas, vicisitudes cotidianas y manías. Y a todo esto se une, por un lado, la lectura, porque para ella: “Leer da la oportunidad de ponerse en el lugar del otro, de entrenar la empatía. Sin empatía, mejor no haber nacido”; y, por el otro lado, la risa, siempre presente en la novela y bien celebrada en esta cita: “Ah, y reíd. Para todos tus males te doy la risa, dijo Rabelais. No lo olvidéis, reíd, a ser posible morid de risa”.


Isabel Bono, en esta cuarta novela, deja muestras de su talento y gracia narrativa, con una historia vívida y emotiva, que se lee casi como un dietario existencial, lleno de verdad y humor, y que abre sus puertas con esta cita de Julian Barnes que focaliza el tono crítico, desmitificador y burlesco que promueve el libro: "No creo que exista ninguna familia feliz que afirme falsamente que es infeliz". Bono entreteje desde este preámbulo esclarecedor, hasta el final, una historia amena y singular, llena de chispa y tino, de estampas costumbristas y fogonazos certeros de aforismos, que lleva implícita un luminoso ejercicio de reflexión sobre el día a día del envejecimiento y del cuidado a los demás, con una moraleja clara: mejor haber nacido y reír, a pesar de los pesares.