lunes, 18 de marzo de 2019

Todavía estamos a tiempo


Somos un territorio lleno de vida. De personas, de historias, de oficios, de comunidades. Somos pastoras, jornaleras, agricultoras, arrieras, aceituneras, ganaderas. Somos la mano que cuida y que ha hecho posible que los lugares que hoy se consideran parques nacionales y naturales de este país lo sean. Por la acción de los pastores con sus rebaños. Por la ganadería extensiva. Por tantos hombres y mujeres que trabajaron en el campo y crearon un vínculo único y tan especial como el de animal, persona y medio. Y los que nos dedicamos a la tierra sólo formamos una parte de la diversidad del medio rural”.

Así se explica María Sánchez (Córdoba, 1989), a modo de justificación y tributo, sobre la gente que habita el medio rural, especialmente, sus mujeres, que son las que conforman la génesis de este estupendo libro suyo, Tierra de mujeres (Seix Barral, 2019), un ensayo inteligente que aborda el papel de las mujeres en el campo y en el que se da respuesta a esa idea de la España vacía, apostando, más que por un rescate de la mano de la literatura, por el reconocimiento y recuperación de la voz de quienes hacen posible su persistente existencia. “Quiero que este libro se convierta en una tierra donde poder asentarnos todos y encontrar el idioma común”. Y añade: “Una tierra donde sentirnos hermanos, donde reconocernos y buscar alternativas y soluciones”.

Sin la mano que cuida, sin la voz que ordena, comportamiento y especie están destinados a desaparecer”, dice uno de los muchos e intensos versos de su libro Cuaderno de campo (2017), un poemario luminoso que sacude la verdad de lo que importa en el campo: la tierra, su ámbito y los que la cuidan. Podemos decir que este nuevo libro de Sánchez surge de las brasas de aquella obra, con la idea de continuar y desmadejar ese hilo nada complaciente de la realidad del campo y adentrarse más allá de sus márgenes para darle visibilidad y señalar la ausencia clamorosa e inexplicable que ha tenido de siempre la mujer en lo que se hace, se cuenta y se sabe en este ámbito, una verdad ineludible que exige una visualización y una reparación inmediatas.

Lo bueno de este libro es que está escrito con una madurez literaria que sorprende. Cuando alguien tan joven y con ese talento narrativo, de prosa fluida y mirada poética, aborda el género ensayístico con tanta decisión y se implica tan de lleno en su testimonio, al lector no le queda más remedio que, encandilado, ponerse a ras del suelo y dejarse llevar por ese sendero lúcido y riguroso tan bien trazado. Y eso es lo que ocurre con este texto, cuya pericia radica en que desde el primer momento su autora se despoja de todo artificio y convoca al lector a conocer su biografía, su familia, su casa y su pasión por la literatura. Hija y nieta de veterinarios, también ejerce la misma profesión que ellos: “Soy lo que soy gracias a mi infancia. Desde pequeña, siempre supe que quería ser veterinaria de campo, como mi abuelo”.

Desde la realidad de sus vivencias, María Sánchez nos desvela su mundo familiar para ahondar en la vida de todas las mujeres silenciadas que se entregaron a las labores del campo con igual empeño que al cuidado y educación de sus hijos, en contraste con los hombres que, por tradición, heredaron el gobierno de la labranza y su dominio. En ese sentido, irrumpe en la conciencia de la mujer y del hombre para no olvidar de dónde venimos, quiénes fueron nuestras madres e interpelarnos para poner el acento en más protagonismo femenino y cambiar algunos conceptos atribuidos al designio. Tierra de mujeres es un ensayo íntimo y personal que tiene también espíritu de manifiesto, de arenga feminista y, desde luego, de análisis del rol de la mujer y de su cometido en la aldea, sea agricultora, ganadera, peluquera o ama de casa.

Para María Sánchez es su presente y su realidad quienes le despiertan la necesidad de su escritura que aquí se presenta en forma de ensayo, pero que, a su vez, es una crónica, un relato vivencial, un ejercicio de profundo conocimiento y quemazón, de querer aferrarse al medio rural, “un territorio lleno de vida”. Dice que cada día tiene más claro por qué escribe y mucho tiene que ver con ese apego innato suyo a la tierra: “Nuestro medio rural morirá si no sabemos transmitir a los que vienen su importancia y su cuidado. Y no sólo nuestro medio rural, sino toda la biodiversidad que vive en él, nuestros pueblos, nuestras costumbres, nuestras historias”.

Lo que viene a confirmar, como decía Ribeyro, que “para escribir no es necesario ir a buscar aventuras. La vida, nuestra vida, es la única, la más grande aventura”. Tierras de mujeres es justamente eso, una aventura vindicativa, un alegato de la vida, una manera de meter la vida en un libro y tomarle medidas al tiempo.


martes, 12 de marzo de 2019

Libro de horas y deshoras


La rutina tiene muy mala fama pero gracias a ella seguimos adelante, dice Karmelo C. Iribarren. Quizás el diario sea un género propicio para extraer de la vida de quien lo inicia lo inesperado y raro que acontece fuera de esas lindes repetitivas que se van sucediendo en el devenir diario. La escritura de un diario sirve como resistencia al paso del tiempo y, además, responde a esa idea de que escribirlo arroja luz, razón y sentido a la memoria, porque una vida sin memoria no sería vida en sí misma.

El periodista, escritor y crítico teatral Marcos Ordóñez (Barcelona, 1957), autor de libros como Una vuelta por el Rialto (1994), Big Time: la gran vida de Perico Vidal (2014) o Juegos reunidos (2016), cambia de registro y nos entrega un libro urdido bajo las coordenadas del diario que, en gran medida, bascula a partes iguales entre una postura literaria y una razón vital. Un dietario se escribe por diversas razones. Las suyas quedan dichas al principio del libro y son estas tres: “tratar de sujetar lo que escapa del paso de los días, pensar con un poco de calma, y correr en libertad, jugando con tonos y géneros”.

Ateniéndose a esto, Una cierta edad (Anagrama, 2019) contiene una vida atravesada por la literatura, el teatro, la pulsión de narrar y por la necesidad de escribir, de apresar con la escritura el instante que se esfuma. En este libro, que abarca desde 2011 a 2016, encontramos a un hombre cercano en sus relaciones con los demás y también a un hombre contemplativo, al que le gusta zambullirse en el propio río de la vida, echando anclas a la realidad cotidiana, aproximándose a ella por medio de recuerdos, crónicas breves, apuntes, humoradas, citas luminosas o paradojas que la misma le depara.

A lo largo de las entradas de este cuaderno vemos que Ordóñez despliega su manera de captar vivencias suyas y ajenas, recuerdos de infancia y adolescencia, reminiscencias de lecturas, revelaciones de otros e ironías de la vida: “Escribo para fijarme. Para caer en la cuenta. Para fijarme en las cosas y en la gente..., para que el viento del tiempo no se lo lleve todo y a mí con él, y no todo se afantasme antes de hora. Y para llegar a fin de mes”. Pasea por las calles de Barcelona recién regada y, mientras lo hace, recuerda aquello que alguien le dijo: “que todo lo que hemos olvidado nos grita pidiendo ayuda a través de nuestros sueños”.

Y cuando llega a casa, por ejemplo, se pone a escribir y evoca a Umbral, Joan Didion u Onetti al pensar que “toda vida es una sucesión de vidas breves”, y al reflexionar sobre ello cae en la cuenta de que “el problema con las vidas breves es que cuando te parece que ya comprendes el libro de instrucciones de una, llega la siguiente y te pilla siempre sin manual”. Y entre pensar en ello y procurar no ponerse categórico, a Ordóñez le va la síntesis que corresponde a sobrellevar el tiempo que le ha tocado vivir y relativizar las cosas de este mundo: “La vida te pone en tu sitio: el de un aprendiz. Ahí está la gracia, aunque a veces maldita la gracia que tiene”, (pág. 136).

Tampoco se olvida de su pasión por el teatro. Por el escenario de estas páginas desfila gente notoria del teatro, como Nuria Espert, con su elegancia y belleza física, Enma Cohen, el incombustible Mario Gas, la mirada avispada y burlona del dramaturgo Alfredo Sanzol, que dice cosas como: “Hay que escribir para regalárselo a alguien. Para dar alegría a los días”; la gracia de Ángel Pavlovsky o la sabiduría de Peter Brook para quien “el teatro es un fugitivo destello de la vida, que nos recuerda que en el mundo nada es lineal, ni permanente, ni simple”. Tampoco se retrae Ordóñez al contestar cuando le preguntan por qué la gente va al teatro, y les responde: “porque, cuando es bueno, es uno de los escasísimos sitios donde nos van a decir la verdad. Mejor: es un lugar cuyo puro objetivo es la construcción de la verdad”.

Una cierta edad es una celebración de la vida, un diario literario divertido, vivaz y muy entretenido, forjado con textos dotados de vida propia y ajena, la vida transferida por su autor y la voz hecha de muchos, que interfieren en la nuestra con los hechos que se cuenta o simplemente con el sentir de sus palabras, desvelando, en parte, algún misterio, construyendo así fragmentos de un mundo que nos explica su vida anotada, al estilo de Ignacio Vidal-Foch e Iñaki Uriarte, dos diaristas actuales que admira y confía seguir haciéndolo, con los que comparte ese juego literario de explorar y curiosear la vida y el mundo por ver lo que sale.

Por este libro, tan aglutinador de instantes y recuerdos, también aflora un reguero de lecturas y escritores importantes. Ordoñez resalta la clarividencia de Salter, al que cita con profusión, saca lustre de la ingeniosidad y el ritmo vivaz de Stendhal, del poder de seducción de Flaubert, y de otros sesgos de escritores queridos como Larkin, Caparrós, Handke, Auden o Modiano, de los que destaca la vida reflejada por ellos en la literatura, fruto del silencio y el tiempo.

No existe un modelo literario capaz de contener la complejidad de la realidad humana a la hora de emprender su escritura. Ninguno, y mucho menos un diario, puede escapar a la subjetividad del escritor, a su propia condición y a sus legítimas motivaciones. Y qué importa todo eso. A uno, como lector, cuando se encuentra en medio de un libro como este, que le hace sentir confortable y a gusto, nada le impide ponerse al lado del autor, caminar con él atento a verlas venir y confiar en una próxima entrega.


viernes, 8 de marzo de 2019

Un relato tomado de la vida


La memoria humana hace grandes esfuerzos por aportar pruebas que sustenten la manera de entender el mundo que hemos adoptado, por mucho que esta diste de la realidad. En ese sentido, las memorias y la autobiografía implican para el autor un esfuerzo de evocación de su pasado y la articulación de lo evocado en una narración próxima al entendimiento de la verdad. Dos procesos, el de la memoria y el de la escritura, que, inscritos en el presente, fluyen de manera interdependiente e inseparable; una memoria que escribe o una escritura que recuerda.

El autobiografiado que decide escribir su vida sabe o debe saber, como dice Manuel Alberca, que ese acto le va a poner a prueba frente al pasado, frente a los demás y frente a sí mismo. Las memorias se basan en hechos hasta cierto punto. Depende de lo que recuerda quien la elabora y de lo que recuerdan los otros: la familia, la gente a la que se recurre. A todo esto, dice Felipe Cid en Memòries inutils que: “Escribir sobre el pasado es un ejercicio interior enormemente inquietante. Hay que pensárselo bien antes de emprenderlo[...] aceptando el riesgo que implica publicar unas memorias en un país retorcido como un colmillo de jabalí”.

Los refugios de la memoria (Papelesmínimos, 2017), de José Luis Cancho (Valladolid, 1952) es un texto autobiográfico breve e intenso en el que encontramos mucho de estos impulsos del género: recuerdos y evocaciones mediante los que el escritor intenta exprimir a la memoria, jugando a la vez con ella. En este caso, su autor vaga por un tiempo de juventud a la deriva, sin anclajes, solo impulsado por un entusiasmo político y personal de transformación, con una vaga, pero constante sensación de amenaza y clandestinidad. Este es un libro que llegó a mis manos de manera inesperada y que con la lectura del primer capítulo, con ese final tan rotundo de “escribir desde la perspectiva de un muerto”, anunciaba una recompensa que no quería perderme, como así sucedió.

El propósito de la escritura de este libro se presenta, en principio, así, como rescate, como la posibilidad de restaurar e, incluso, de revivir el pasado, como una forma privilegiada de combatir el olvido y de rehusar la muerte. Tiene que ver también con lo que su autor desvela en el cuarto capítulo: “ahondar en ese yo secreto al que de tanto ocultar ni a mí mismo me resulta fácil acceder, en parte porque a estas alturas de la vida creo haberlo perdido”. Esta confesión, unida a la cita inicial de Tomas Tranströmer: “Dentro de mí llevo mis rostros anteriores, como un árbol lleva los anillos de la edad”, nos sitúan en una obra que viene a rendir cuentas, a dar un repaso a unos años tumultuosos y decisivos en su vida que, al paso del tiempo, derivaron en un presente más sencillo, escéptico y nómada. Pero también este es un libro que infiere mucho en la escritura como necesidad y refugio, como aceptación de la propia vida.

En este ejercicio de apelar al pasado, Cancho, no solo recaba datos, sino se pone en disposición de recordar con la voluntad de hacerlo, evocando e invocando esos recuerdos que no llegan solos, a veces tira de fecha para contarnos, por ejemplo, cómo cayó desde una de las ventanas del tercer piso de la comisaría de Felipe II de Valladolid en enero de 1974, tras ser detenido y torturado en los interrogatorios por la Brigada Político-Social de la policía: “¿Me tiré yo en un último intento desesperado de escapar de aquella situación? ¿Me tiraron ellos porque pensaron que se les había ido la mano y me habían matado?” Cancho parte de este episodio, el más significativo de su juventud, cuando militaba como miembro destacado de la Joven Guardia Roja, para abordar con honestidad unas memorias en tono confesional, alejadas de aparecer en ellas como un héroe, sin más añadidura que la propia realidad sufrida en carne y hueso, sin truculencias épicas, tan solo con la verdad vivida por un sobreviviente de aquellos años setenta del tardofranquismo que estuvo a punto de cegar su vida.

En Los refugios de la memoria el lector se va encontrar con un testimonio de primera mano, un vívido y constreñido relato tomado de la vida de su autor: su militancia antifranquista, la prisión, la enseñanza, los viajes, su nomadismo, la amistad y su vocación tardía, la escritura. Por estas páginas se erige un hombre cargado de memoria por donde se cruzan la lucha por la vida y sus contradicciones, la conciencia, la soledad y el anonimato, y todo ello bajo la mirada atenta de quien es consciente de lo efímero de la existencia y contempla sin nostalgia cómo pasa el tiempo tan deprisa: “No he podido dominar mi pasado, sin embargo he procurado reconciliarme con él”.

Toda obra literaria tiene una situación y una historia. En esta de José Luis Cancho impera la idea de un yo implicado con la verdad de su experiencia, al que le importa más el sentido de lo ocurrido que lo que le sucedió exactamente. Le importa más el aspecto del mundo y el sentir del presente que soportar su realidad. Para sobrellevarla le añade, con aire socarrón, este marcado final: “Cada vez me gusta más esta vida en la que participo cada vez menos”.


lunes, 4 de marzo de 2019

Ejercicio de la concreción


El impacto del género breve se ha colado de manera exponencial en nuestras vidas de usuarios de las redes sociales. La gente no para de leer y remitir a sus amigos y conocidos continuas greguerías, ingeniosas frases y twitters recurrentes que se hacen pasar por aforismos y que circulan a la velocidad del rayo por las pantallas de los móviles y de las tablets. Como muy bien subraya Manuel Neila al respecto, esta modalidad expresiva está de continuo bajo sospecha. Por eso nos conviene apartarnos de esa avalancha ruidosa de meras ocurrencias y simplezas, y estar atentos para que no nos den gato por liebre.

A los que nos gusta el género y frecuentamos su prosa sugerente sabemos que los aforismos poseen un carácter proteico, ensayístico y meditativo, que no son juegos de palabras, sino todo lo contrario. Tampoco el aforismo aspira a un mero ayuntamiento de conveniencia entre lo filosófico y lo poético. Digámoslo con rotundidad: el aforismo no es una ocurrencia, pero sí una forma filosófica en su justa medida, cuya rotundidad reside en el trabajo del pensamiento, algo que defendía a ultranza Wittgestein. Para él todo aquello que podía pensarse con palabras podía ser dicho claramente y sin ambages en un lenguaje lógico y conciso. En ese sentido, el aforismo es un vehículo todoterreno, como la filosofía, un medio apto para examinar lo concreto, lo cotidiano y, también, cómo no, lo trascendente y metafísico.

El poeta Javier Sánchez Menéndez (Puerto Real, 1964) en su nuevo libro de aforismos Concepto (La Isla de Siltolá, 2019) abunda en desmenuzar todo ese ser y sentir que van adheridos a este género literario que, ante todo, significa para él “un ejercicio de la concreción”. Viene a decirnos con esto que un buen aforismo no es más que la síntesis lograda de una idea, de un concepto que incita a la reflexión: “Aforismo es concepto –subraya–, y el concepto es calidad y esencia”. Lo suyo es un trascender desde dentro el lenguaje, pero permaneciendo en él, una invitación a la aventura del pensamiento y a lo que la vida en sí propone y dispone.

No cabe duda de que el arte de deleitar, persuadir o conmover se expresa con más prontitud y con más frecuencia recurriendo a lo breve y simple antes que a lo más extenso y de mayor complejidad. A ese fascinante y silencioso mundo que reside en lo escueto, un arte antiguo y noble, se le ha nombrado de muchas maneras: proverbios, máximas, adagios, epigramas, aforismos, una infinidad de nomenclaturas y de apariencias para afinar en la concisión de ideas, “para transmitir un mínimo sonido con un máximo de sentido”, decía Mark Twain. Lo que propone Sánchez Menéndez con sus artilugios, como así llama a sus brevedades, sería algo así como si los concibiese sobre las ideas y el sentido común que sacuden a las cosas importantes.

En Concepto el lector se va a encontrar con un compendio filosófico, moral y estético dividido en seis partes pobladas de sorprendentes agudezas, divagaciones e ideas. En la primera de ellas, que ocupa la mitad del volumen, reúne ciento cincuenta aforismos bajo el título de Nuevos artilugios, por donde transita un universo de sentido y pensamiento analítico, entre el ingenio conceptual, la reflexión filosófica y el apunte literario al que no le falta esa capa de ironía y descreimiento inconfundible de su autor.

Por estos artilugios navega el espíritu de Platón, Dante y Rilke, la lectura, los libros y la escritura, la atención a la vida y sus perplejidades, las falsas creencias, la verdad y la poesía: “La escritura es el hijo menor de la lectura”, señala en uno de sus primeros aforismos para enlazar inmediatamente con este otro: “La lectura es la lumbre que no cesa”. También se acerca al anhelo de no dejar de creer en el hombre: “La mayor aspiración del ser humano es comprender al ser humano”. De la verdad dice mucho y aclara: “Nunca es tarde si la verdad decide”. Insiste, volviendo su mirada a la literatura, para llegar a la conclusión de que “sin verdad no hay ficción”.

El siguiente apartado, el más breve de todos, propone un decálogo descreído, pero necesario, para seguir viviendo, en el que arremete contra el incauto que no ve lo efímero de la vida y la insignificancia de la existencia. En Morales y amorales, Sánchez Menéndez pone a prueba nuestra agudeza al proponerse examinar todo lo que concurre alrededor de la vida y su aprendizaje: el respeto, la gobernanza, la pasión, el gozo, la educación y la cultura, la moralidad, o cómo acometer el devenir del tiempo: “El tiempo es el juez de la palabra”. En Concepto dedica un buen puñado de aforismos dispuestos con los que pretende desvelar la esencia de su significado, que no es otro que aspirar a no ser relativo: “Un aforismo es un ejercicio del dilema”, nos dice, señalando a continuación en otro que “Un aforismo no nace por arte de magia, nace por la magia del arte, que es el misterio de la creación”.

Los dos capítulos finales con que cierra su glosario aforístico, son El espejo que tiene el marco verde y Palabras para un joven lector-editor. En uno invita a mirarnos y a reconocernos frente al espejo: “Del espejo nace el principio de causalidad” y “el espejo es la otra vida”. En el otro evoca, con pretensiones de calar en el lector, la idea de no seguir el canon establecido, de crear el canon propio, pero sin dejar de leer a los clásicos: “Tu canon es tu criterio, y tu criterio nace de las lecturas mediante tu sentido común y tu capacidad”, porque “la verdadera escritura es universal y atemporal”.

Necesitamos reflexión, perspectivas y vida intelectual que nos complete de lo rutinario. Necesitamos del pensamiento, del lado moral y estético de las cosas, su otro lado, sus complejidades. Somos seres plurales, necesitados y, al tiempo, condenados a desaprender. Hay mucho de toda esta dependencia en el libro de Sánchez Menéndez, como también de instructivo e incendiario, autor tan proclive a describir como a prescribir, una manera deontológica de interpelar al lector predispuesto a batirse el cobre.


viernes, 22 de febrero de 2019

Dentro del laberinto


Cuenta Ignacio Peyró en su monumental libro Pompa y circunstancia (2014) que Gerald Brenan (Sliema, Malta, 1894 – Málaga, 1987) llegó a España sin más aspiraciones que pensar que “la vida resultaría barata”. Acababa de recibir una condecoración por los servicios prestados en la Gran Guerra y, también, una herencia familiar que le permitió abandonar Inglaterra y pasar sus horas leyendo a Spinoza bajo naranjales. Cuando se dejó ver por primera vez por la Alpujarra granadina contaba veinticuatro años y “llevaba consigo miles de libros y muy pocas libras”.

Volvió a Inglaterra en 1924 y, al poco tiempo, regresó a Yegen (Granada), el pueblo que le cautivó y en el que pasaría una buena parte de su vida. De esta población alpujarreña reflejó muchas de sus vivencias en las páginas de Al sur de Granada (1957), una de sus obras más significativas. Posteriormente se instaló en el barrio malagueño de Churriana y después en Alhaurín El Grande, donde vivió las últimas décadas de su vida. Sin embargo, su obra más mítica, El laberinto español, vio la luz mucho antes, un libro muy valorado, cuando fue editado, por los sectores progresistas del país en el que analizaba minuciosamente los antecedentes que determinaron la Guerra Civil. Fue un libro importante, una síntesis admirable de la España del siglo XX, una obra vetada por Franco, pero que la editorial Ruedo Ibérico pudo publicar en París en 1943.

De todos los viajeros e intelectuales anglosajones que pasaron por España, quizá sea Brenan el que más hondo caló en los españoles. Conoció bien a fondo nuestra historia, cultura y literatura, como así se refleja en la cantidad de artículos que publicó en distintas revistas inglesas y norteamericanas. La editorial Fórcola acaba de publicar Cosas de España, un volumen que lleva como subtítulo Ensayos, Artículos y Crítica Literaria, en el que se reúne una buena colección de textos bajo el cuidado, selección y prólogo de Carlos Pranger, albacea del legado de Brenan y gran estudioso de su vida y de su obra.

El libro contiene veintiséis piezas del más variado interés entre las que destacan dos artículos sobre la vida y la poesía de San Juan de la Cruz, a quien admiraba profundamente y del que resaltaba su experiencia de místico practicante, el ritmo y el valor simbólico de las imágenes de sus versos, que profundizaría más en un estudio y biografía posteriores dedicados al autor del Cántico espiritual; otro de sus artículos sobresalientes se lo dedica a Cervantes, de quien glosa su figura, la invención literaria de El Quijote y, especialmente, su maestría en el arte del diálogo; y también es digno de destacar otro artículo titulado La escena española, que es una aproximación magistral a las claves de su obra cardinal El laberinto español.

Brenan reivindicó con ahínco a Galdós como uno de los grandes novelistas europeos, y lo pone a la altura de Balzac, Dickens y Dostoievski. De él afirma que “escribió de manera soberbia y objetiva acerca del mundo, de su visión, y no se asociaba con ningún otro de sus personajes”. También le dedica unas encendidas palabras a su amigo Arturo Barea, autor de La forja de un rebelde, en un sentido artículo que titula Un hombre honesto. Hay otras incursiones del hispanista británico recogidas en esta selección en ambientes más folclóricos y localistas, como por ejemplo su estancia en la Romería del Rocío de la que habló maravillas y que se quedó con ganas de volver a repetir.

Debemos mucho a este excéntrico y torrencial escritor, como se dice en el prólogo: “Brenan fue un escritor a su manera que se caracterizó por ser libre”, una cualidad que supo mantener en el tiempo, algo que lo llevó a cabo de la mejor manera que supo, con gratitud hacia el país de adopción que lo acogió con los brazos abiertos, en el que pone su mirada crítica y al que admira con sus luces y sombras. “Brenan y España se confunden en un original y delicioso juego de espejos, o de fragmentos por reconstruir”, subraya Pranger al referirse a la diferente temática que abarcan los textos reunidos por él en el libro y que nos dan una aproximación bastante clara de todo aquello que le interesaba y le llamaba la atención de nuestro país: su gente, su historia, sus letras y sus costumbres.

Cosas de España es un libro que nos permite conocer a Don Geraldo, como le llamaban sus convecinos de Alhaurín el Grande, en muchas de sus facetas intelectuales de crítico literario, cronista, memorialista e investigador de la Historia, que supo combinar su talante inglés con la vida campechana de la gente de Andalucía, “una tierra mucho más viva que Castilla”, apostillaba. Brenan rehuía de ese tópico de considerar a los andaluces gente frívola, sino todo lo contrario.

A todo su quehacer le dedicó tiempo, lecturas y mucha vida solitaria. En este libro se aprecia bien ese sentir y las razones estéticas e intelectuales de un hombre de fuera que aportó su mirada y reflexión para escribir con libertad, con ese estilo suyo tan ligero y vívido, sobre España y su gente, como paso previo al entendimiento de sus entresijos sociales y su cultura.

Brenan se resiste a desaparecer.

lunes, 18 de febrero de 2019

Con las armas que tengo


El poeta crece y espera reintegrarse, restaurar la mirada sagrada del origen de su obra, nos dice María Zambrano. El poeta desea cada una de las cosas y sus matices, sin restricción, sin abstracción ni renuncia alguna. Pero el poeta, a diferencia del novelista, siempre anda retocando su obra. A la hora de confeccionar un libro siempre se quedan fuera poemas que no encajan y cuyo motivo no es otro que esa búsqueda incesante y obsesiva de la perfección. Por eso, siempre que nos encontramos con un libro que dice recoger su obra completa, se trata de una verdad a medias, es la punta de un iceberg, detrás quedan muchos poemas apartados o rotos que no pasaron por el filtro de su autoexigencia.

Pedro Sevilla (Arcos de la Frontera, 1959) acaba de publicar en la editorial Renacimiento su Poesía Completa (1992-2018) bajo el título Para cuando volvamos, que comprende ciento treinta poemas de sus libros Septiembre negro (1992), La luz con el tiempo dentro (1996), Tierra leve (2002), Serán cenizas (2016). También se incluyen seis poemas de Aún hay sol en las bardas, libro inédito y otros veintitrés que no han sido publicados en libro hasta la fecha. Dice el poeta gaditano en el prólogo que titula Poética que “al primero que sorprende su propio poema es al poeta que lo escribe y, a mí, en particular, mi poesía me ha enseñado, descubriendo y explicando cosas de mí que yo desconocía[...] Hablar de mí pero en lo que de común tengo con todos. Hacer colectivo lo individual”.

Son más de treinta años de poesía que ponen de relieve ese afán suyo de hablar de los otros, de nosotros y de él mismo y, sobre todo, “que hablan del tiempo que nos transita. La poesía de Pedro Sevilla deja ver el alma humana, su soledad, sus emociones con transparencia, cercanía y amenidad. Por edad pertenece a la generación de poesía que se engloba en la llamada Poesía de la experiencia, si bien su quehacer poético no comparte los postulados de estos, ya que la poesía de aquellos está más vinculada a la vida de la ciudad, a la búsqueda de un personaje que relate, mientras que la suya está anclada a su pueblo, a su familia y a sus recuerdos mirados desde dentro. Cuida del verso, en el que predomina el endecasílabo, y rehúye la frialdad. Sus poemas respiran la vida cotidiana, las tareas de la gente del campo, sus inquietudes sociales y el compromiso moral de sus sueños.

Por lo dicho podría interpretarse que estamos ante un poeta rural o que su poesía está entroncada en la poesía social, nada más alejado de esta consideración: sus poemas están llenos de la verdad más profunda del ser humano que se solidariza con el mundo que le rodea, que asume sus responsabilidades dentro del mismo, que recuerda y hace presente la ternura que otros le dispensaron y que él, ahora, devuelve en cada verso. Sin importarle que su poesía crezca de la tierra, del campo, no tanto como tema sino como labranza y semilla: no tengo más recurso que acudir al poema/ y defenderme/ con las armas que tengo.

Hay en su obra la huella de los clásicos, Horacio, Fray Luis de León, de Machado, Cernuda y, también de contemporáneos suyos, como Francisco Bejarano, José Mateos, y de su paisano Julio Mariscal, que pone título a uno de sus poemas. Interpreta lo que significa la poesía para él como modo de ser y de estar en el mundo, tratando de inventar lo cierto que hay en el cotidiano sucederse de los días.

La obra de Pedro Sevilla está marcada por ese clasicismo que tanto pregonaron los poetas que alababan la aldea. Decía Goethe que “el que quiera comprender al poeta deberá ir a la tierra del poeta”. Lo que nuestro poeta nos va a mostrar no es un mundo bucólico de felicidad huera y sin nombre, sino que su empeño está más en salvar del olvido biografías, etapas y sueños vividos, cuestionar la condición de hombre encadenado a la tierra y compartir el gozo de vivir como un grito sincero y honesto de quien se atreve a hacerlo con sentimiento y puro testimonio de dignidad.

En Para cuando volvamos se encuentra toda su trayectoria poética donde coincide lo indecible del poeta con lo decible de sus versos, todo su bagaje por la vida: infancia y juventud, el amor, la muerte, la edad tardía y muchos secretos hablados de todo lo que tiene de valor la poesía, como así queda dicho en estos dos versos suyos: Crearás un fantasma, el fantasma que eres. / Pero, eso sí, un fantasma cargado de moral.

Sus poemas poseen el sonido del hombre que pasea los domingos por las calles empedradas de su pueblo, que entra en una taberna y, ante un vaso de vino, comparte sus confidencias con sus amigos y, al volver a la calle, huele a pan recién salido del horno. La verdad más honda, dicha con las palabras más sencillas, ahí reside el quehacer poético de Pedro Sevilla, un sino bien preservado por el poeta para que nos entendamos a gusto con él.

lunes, 11 de febrero de 2019

Eterno retorno


La primera vez que pisé el Rastro madrileño se remonta a mediados de los setenta, en la época que estudiaba COU en el seminario de los Padres Paúles situado en la calle Tiberíades del barrio de Hortaleza. En aquella ocasión iba acompañado de uno de mis mejores amigos y compañero de curso. Allí me compré por dos duros mi primer libro de Pío Baroja, Las inquietudes de Santhi Andía, en la edición barojiana de Caro Raggio, eso sí, un tanto descosido. Luego, en años posteriores, me acerqué un par de veces más a merodear por su emplazamiento y tenderetes, con la idea vaga de encontrarme con algún tesoro que en ningún caso se produjo, salvo la suerte de aquel regocijo que me dio el descubrimiento del escritor vasco, y que originó mi entusiasmo e interés continuado por su obra.

No he querido dejar pasar por alto mis impresiones sobre El Rastro. Historia, teoría y práctica (Destino, 2018), el libro que Andrés Trapiello (Manzaneda de Torío, León, 1953) ha publicado hace tan solo unos meses sobre este emblemático y vivo mercadillo del que muchas voces críticas, en diferentes medios escritos, se han ocupado en destacar su valía y calidad con profusión, la del texto y la de su autor, un escritor de extensa producción literaria, al que no se le resiste ningún género, un todo terreno en el que no deja de estar presente ese binomio de literatura y vida que mejor encarna lo más genuino de su verdadero oficio: la vida como arteria y la literatura como vena de eterno retorno.

El Rastro, ese estupendo laberinto sentimental por el que se pasean curiosos, marchantes y buscadores de gangas, comparte espíritu aventurero y mercadeo con buhoneros y mercachifles de cosas de segunda mano, así como vendedores ocasionales que comercian con trastos y ropas viejas. Por estos lares, nos viene a decir Trapiello, “cada cosa, como cada ser vivo, habla de modo diferente a aquel que le interpela”. Y añade, como experimentado en estos lances de deambular por su trazado de arriba a abajo y viceversa, desde hace cuarenta años, que “no vamos al Rastro tanto a encontrar cosas, como a reencontrarnos con ellas”. El nombre le viene del antiguo rastro de reses muertas, del viejo matadero de Madrid. Dice el escritor leonés que nunca le ha venido tan bien un nombre a una realidad que allí parece arrastrada por el paso del tiempo.

En El Rastro el lector se sumerge en un texto ensayístico vivo, que bien podría pasar por un tratado, una crónica, un relato e, incluso, una enciclopedia viviente, en ese sentido que le da al término Covarrubias en el Tesoro de la Lengua Castellana: “que vale tanto como ciencia universal o circular”, porque en su libro, Trapiello trata de enlazar la memoria y el presente haciendo como un círculo en el que ambas se colman entre sí. Por eso su libro tiene al mismo tiempo para él algo de autobiografía y cómo no, algo de historia, teoría y práctica, como deja sentado en el subtítulo de la obra, así como también se refleja en las páginas de Salón de pasos perdidos, por ejemplo, en El gato encerrado (1990) el primero de sus diarios que arranca de este modo: “Esta mañana tenía el Rastro esa grandeza de los días de invierno. Apenas había amanecido y ya estaban desplegándose los primeros puestos. Todas las cosas que iban extendiendo sobre la acera parecían oxidadas, chatarra, latón viejo; hasta los libros tenían algo de escombros”.

Trapiello es un coloso explorador de este recinto histórico, un asiduo visitante que se despacha a gusto por todas las costuras y entresijos que conforman su perímetro irregular, que, como se dice en el texto, “se parece bastante a una raspa de pescado. La espina central, con la cabeza en Cascorro, es la Ribera de Curtidores y a uno y otro lado le van saliendo unas espinas o calles cortas”. Por aquí transcurren pasajes memorables de vida, literatura y gente extravagante. Están presentes Baroja, Blasco Ibáñez, Gómez de la Serna y muchos otros personajes que ponen contrapunto a lo que el libro va compilando con imágenes, fotografías, notas, recuerdos, detalles e historias menudas de gente anónima y pintoresca de la vida insólita del lugar.

El Rastro es un libro importante, que está a la misma altura y excelencia de otras obras ensayísticas anteriores del autor y que conforman un referente temático ineludible de la literatura española de los últimos veinticinco años. Me estoy refiriendo a Las armas y las letras. Literatura y Guerra Civil (1994), Los nietos del Cid (1997) o Imprenta moderna (2006). El Rastro es un volumen ilustrado y bien articulado en cuatro partes por donde transitan la historia, conjeturas y paradojas del lugar y del fondo inefable de sus cosas, un texto fluido y revelador que, viniendo de quien viene, posee esa verdad literaria intrínseca que bien podría resumirse en esta sucesión verbal tan propia suya: “conocer es recordar, mirar es reconocer, y descubrir reencontrar”.

La lectura de un libro, como bien dice Fernando Aramburu, no consiste tan solo en un acto de desciframiento, sino que también resulta experiencia subjetiva a partir de un conjunto de estímulos y revelaciones. Este libro de Trapiello posee todos esos atributos a los que conviene añadir que goza, además, de esa suerte tan escasa y tan apreciada por tantos lectores, que no es otra que la de celebrar un trabajo bien hecho, bajo esas coordenadas del buen gusto y esmero que da el acabado de un libro, en una edición impecable, que ya va por la cuarta, y que no dejará de seguir dando alegrías a quienes alcancen a disfrutar de su lectura.