martes, 13 de abril de 2021

Luces y germinaciones

Para todo escritor, aprender a trabajar sus historias desde la incertidumbre es asumir que, en esencia, narrar es producir tiempo, contar lo indecible e insólito, un arte que celebra la vida y nos da nuestra medida como seres humanos. Los cuentos de Ángel Olgoso (Granada, 1961) poseen ese predicamento. Apelan a la imaginación y a la fantasía. Expresan la complejidad de la vida en unas pocas páginas, produciendo sorpresa y sensación de conocimiento y extrañeza, una resonancia de decir mucho en poco tiempo sobre cualquier cosa sobrenatural que pida ser escrita, un efecto parecido al de un poema.

De hecho, para un cultivador como él del cuento fantástico, hay una predisposición para ese tipo de literatura de lo sobrenatural que presenta lo extraordinario, lo inaudito, como una posibilidad permanente de explorar lo inexplicable. Inmerso en ese imaginario suyo que va de lo cotidiano a lo excepcional, de lo normal a lo anómalo, los cuentos de Olgoso ponen en alerta al lector que quiera entrever todas las obsesiones delimitadas en la propia naturaleza de los acontecimientos que se cuentan. El autor cuida hábilmente de no mostrarse intrusivo con consideraciones morales en ninguna de sus historias. Sin embargo, es la extrañeza la que mejor se manifiesta en sus relatos, la que nos hace denotar un clima y un halo de incertidumbre que hace que el lector experimente un acceso singular a lo inesperado con inusitada perplejidad.

Los catorce textos reunidos en Devoraluces (Reino de Cordelia, 2021) sorprenden al lector por el giro acometido en su narrativa. Los relatos de ahora se apartan del lado turbador, extraño y sombrío acostumbrados para buscar otros ámbitos y escenarios más luminosos y contemplativos en los que la emoción provienen de la misma Naturaleza, del pálpito del amor, del gozo, de la gratitud y de la capacidad de asombro que reverbera todo ese crisol balsámico y maravilloso que la propia vida pone a nuestro alcance. El libro, desde sus prolegómenos, invita a descorrer las cortinas de la inventiva para dar paso a la luz. Un buen puñado de citas la invocan en su arranque con ese propósito de marcar sus destellos, un camino propicio donde la luz se incorpore con fulgor, no solo al relato, sino también al lenguaje.

En Las luciérnagas, el primero de los relatos, el narrador evoca su infancia remota de veranos cálidos, de juegos intensos y ensueños efímeros, compartidos con el resplandor de aquellos gusanos de luz que se hacían ver en las charcas como hadas mágicas. En Fulgor nos acercamos al encanto luminoso de un hombre menudo y sencillo provisto de una rara capacidad de sortear las adversidades con alegría. A casa de El Pajarillo, como así se le conocía, todo el mundo quería llegar para conocer su entusiasmo y aprender de su regocijo. En La rosa de los vientos, otro de sus relatos más destacados y evocadores, hace coincidir a varias figuras señeras de la literatura universal. Ulises viaja a la Ítaca literaria de tantos personajes memorables. En ese periplo nos encontramos con John el Largo. El héroe griego atisbará también al capitán Ahab a bordo del Pequod, así como a otros tantos que pusieron rumbo a su aventura, gente llena de sueños que ponen rumbo a su Ítaca y siguen perpetuándose en el imaginario colectivo de la literatura y de la vida.

En Devoraluces hay un sedimento entendido de todo ese periplo que se deja ver y que retorna al origen del cuento y a todas esas historias que se perpetúan a lo largo del tiempo, que van desde Homero a Las mil y una noches, de Cervantes a Flaubert o a Borges y otros grandes. Pero también es un libro nacido de la gratitud a la vida, nacido del corazón y del encuentro feliz, como confiesa el autor, con la poeta y pintora chilena Marina Tapia, a quien le dedica el libro, causa y estímulo del sentir lírico de sus textos más íntimos y encendidos en los que la voz narrativa y el mismo escritor se funden con emoción desmedida. Todos los relatos, sin excepción, parten de una obsesiva búsqueda de lo inusitado, de lo que trastoca la realidad anodina, del espacio, del discurrir del tiempo y de todo lo que tiene la literatura como caladero de inspiración y espejo de la vida.

La peripecia narrativa de estos cuentos camina en pos de la belleza y se encuentra entre las propias esquirlas del texto que junto a la elipsis buscan su sentido y razón de ser. Devoraluces es una recopilación brillante de todo eso, una hermosa edición acorde a su tono lírico y atmósfera hipnótica, un libro de prosa cuidada y rica, con una voz narrativa cercana e íntima, bien atenta al detalle de lo que sucede. Lo que le interesa a Olgoso es fabular con la virtud de una voz modulada que se inspira en provocar el asombro en el lector sin tener que recurrir a ningún final redentor, tan solo buscando la luz de lo insólito y sus germinaciones.


lunes, 5 de abril de 2021

Una suerte de diálogo

Las entrevistas literarias, como dice Claudio Magris, no solo crean autobiografías inmediatas, sino que ofrecen un modo dinámico de crítica, un espacio para el libre juego de ideas y de acercamientos al universo literario del escritor entrevistado. Es por eso mismo también una de las formas narrativas más creíbles para el lector por lo que aporta y sugiere, tanto de la obra del autor como de sí mismo. Aunque en apariencia presenta a un interlocutor e impulsor del buen fin de la conversación, es también una de las más sugestivas, porque provoca la curiosidad. Permite, a su vez, escuchar dos voces y asistir a un diálogo sin que sus protagonistas se percaten de nuestra presencia: es como estar entre ellos sin ser visto. Ahora bien, la entrevista designa una declaración de principio en la que participan al menos dos protagonistas: uno, abierto al discurso y dispuesto a ser interpelado por otro, que es quien pregunta y dinamiza el diálogo.

Las entrevistas reunidas en Voces íntimas (Punto de Vista, 2021) de Reina Roffé (Buenos Aires, 1951) recurren a ese proceder en el que tanto el testimonio, como la mayor conversación posible, se aúnan en un amplio gesto de complicidad. En su nota preliminar del libro resalta que cada entrevistado, pese a su singularidad creativa, presenta algo en común con el resto, es decir, todos comparten experiencias propias de su actividad, cada uno en su propio género literario, bajo un mismo idioma: el castellano. ¿Quiénes son los autores reunidos en estas conversaciones? En la cubierta del libro aparecen todos, bajo la ilustración de Rafael Gómez Alejos. Además, en el mismo cartel, situada entre Ricardo Piglia y Alfredo Bryce Echenique, aparece la autora del libro. Desde Borges, Bioy Casares, Álvaro Mutis, Griselda Gambaro, Antonio Benítez Rojo, Manuel Puig, Elena Poniatowska, Sergio Pitol, hasta Fernando del Paso, Cristina Peri Rossi o Alberto Rudy Sánchez nos hablarán del sentido creativo de sus obras, de sus preferencias literarias, así como de las marcas del tiempo y de la pasión por el lenguaje que cada uno procura no dejar de tener. Sobre todos estos atisbos palpitan sus voces en un corolario de diálogos muy dinámicos en donde lo coloquial parece un terreno más propicio para dejar ver ese resquicio humano y personal oculto tras cualquiera de sus renombres artísticos.

Son muchos detalles y revelaciones los que encontramos dentro de cada entrevista. De Borges, por ejemplo, conoceremos su sentido del tiempo y la angustia metafísica que para él suponía entender el universo, su admiración por Stevenson y Chesterton o su sentido preferente de vivir en un mundo sin gobiernos. De Bioy Casares descubriremos esa relación tan personal y artística de explorar el mundo más allá de lo visible y elocuente, así como esa naturalidad de contestar sin ambages a cualquier pregunta, como lo que significa para él la literatura: “Lo más intenso de la vida”. Álvaro Mutis no se corta al manifestar que él escribe lo que va saliendo de una forma un tanto sonámbula: “Yo solo dialogo con mis fantasmas”. Sostiene, por otra parte, que hay que conservar al niño intacto que llevamos dentro de nosotros. Participa de la idea de que el escritor no debe convertirse en una figura pública. Respecto a esto cita una de las frases de Epicuro que siempre lleva consigo: “Vive secreto”. De Manuel Puig encontraremos la importancia y significado del valor afectivo en su obra. Sin forma no hay literatura, mantiene por otro lado el gran Sergio Pitol en la entrevista que Roffé le hizo en 2002 en Madrid. Para él, la literatura debe tener mucho de intuición, pero también su creador ha de ser intuitivo en la forma de plasmarlo. Sobre todo, para alguien como él, que maneja su escritura en un mundo paródico, que trabaja con historias dentro de otras, como cajas chinas.

Pero si hay que destacar las sorprendentes entrevistas de Voces íntimas, habría que señalar, por encima de las demás las de las tres realizadas a escritoras. Son las conversaciones más fecundas, cercanas, intuitivas y hondas del libro. Tal vez obedezcan a esa empatía y singularidad tan propicia en el género femenino para la confidencia, a esa capacidad de llevar una conversación, con suma transparencia y naturalidad, al ámbito más privado e íntimo. Y así, para la primera de ellas, la dramaturga Griselda Gambaro, visualizar la corporeidad de lo que tiene de lenguaje fónico y mímico el teatro tiene mucho que ver con lo que cada autor sea capaz de volcar de sí mismo en cada personaje que sube al escenario para que asombre y revele algo no visto al espectador. De la entrevista a Elena Poniatowska, la segunda de estas ilustres escritoras, captamos la esencia de una voz sincera y nada alambicada. Su voz testimonial es acorde a ese sentir de mujer “como producto y víctima de una educación, de una época y de un país, de una clase social, incluso de una familia” con claro deseo de liberación, en su caso, reflejada en la creación literaria. La última de las tres entrevistas es la más emocionante y testimonial. Palabras como fetiches, así titula Roffé la conversación que sostuvo con Cristina Peri Rossi, primero en 1998 en Sevilla, continuada después en 2004 en Barcelona. Sus palabras y revelaciones son un derroche de estado de ánimo, como también lo es su poesía. “El erotismo empieza con la imaginación –subraya–, es decir, con la independencia del cuerpo, de la biología”. Para la uruguaya, el cuerpo es la dimensión del yo, y tiene su equivalencia en la pasión: “La pasión provoca estrés –dice–, pero la falta de pasión provoca depresión. Nos movemos entre estas dos maldiciones”.

Voces íntimas es un libro vívido de semblanzas y memoria, un vaivén fértil de ideas y revelaciones de vida y esencia literaria, en el que el lector atento percibe que el valor de lo leído está tanto del lado del que responde como del que plantea las preguntas, las interrogaciones puntuales. Roffé, sabedora de que si las inquisiciones son poco significativas no es posible ninguna respuesta con un significado, pone a prueba a sus interlocutores con mucha sagacidad y maestría. La escritora argentina ha sabido trasladar esos encuentros en conversaciones jugosas, de alcance literario, que denotan que procede de una lectora bien armada de oficio, sensibilidad, admiración y sentido crítico.

Voces íntimas es una suerte fecunda de diálogo sobre literatura y vivencias, protagonizada por un gran cartel de autores latinoamericanos, catorce figuras destacadas de la literatura del siglo XX, elaborada con la audacia necesaria para despertar la curiosidad y el interés del lector. Desde luego, las buenas entrevistas pertenecen a quienes las traman, pero su lectura es toda una celebración para el disfrute de muchos.


miércoles, 31 de marzo de 2021

Vidas entrecruzadas

Dicen quienes conocieron a
Lee Krasner que era una mujer poseída de una gran vocación artística y de un talante nada convencional, que se distanciaba de lo preestablecido. Krasner era, en esencia, un espíritu libre que ansiaba alcanzar la libertad en un contexto de limitaciones y prejuicios en el que los hombres y las mujeres parecían tener destinos diferentes. De hecho, a pesar de que se educó en un entorno familiar tradicional, con unos valores religiosos concretos, Krasner siempre quiso desmarcarse de esas creencias patriarcales y retrógradas. Quería romper con esa tradición y formar parte de algo mucho más grande. Quería decidir su propio destino. En ese sentido, su voluntad artística le valió para mantenerse firme en su propósito. Para ella, Manhattan fue todo un símbolo de verdadera libertad. Allí pudo frecuentar galerías y museos. Pero nunca imaginaría que en esa búsqueda destinada a ser artista y pionera del expresionismo abstracto se casaría con un hombre de una personalidad tan autodestructiva como lo fue el pintor norteamericano Jackson Pollock.

Para la escritora Ara de Haro, pseudónimo literario de Amparo Serrano de Haro, doctora en Historia del Arte, especializada en arte contemporáneo, el carácter y la disposición combativa de una mujer tan excepcional como Lee Krasner, le ha valido como desafío e inspiración para su nuevo proyecto narrativo, una historia en la que se bifurca el destino de dos mujeres que han decidido romper con todo lo establecido en sus vidas que les impide posponer por más tiempo la lealtad que se deben a sí mismas. En El color de tu nombre (La esfera de los libros, 2021) esa aspiración es el hilo conductor del relato, un clamor que se refleja en la misma cita de Milan Kundera con la que arranca el libro: «La vida es un boceto para nada, un borrador sin cuadro». En estos pliegues se irá forjando un encuentro azaroso de dos mujeres equidistantes en edades y circunstancias en pos de una historia y un final que cuente y razone los verdaderos latidos de sus vidas.

Cada una de las protagonistas de esta historia está casada con un marido guapo y bien posicionado. Ambas parecen tener una vida asentada, confortable y feliz. Aunque viven en ciudades y ambientes distintos, una en aquel Nueva York bohemio y próspero de los cincuenta, la más joven en el auge del Madrid de los ochenta, sin embargo, a las dos las une un cierto aire de atropello y desencanto. Kay Storm es norteamericana y recuerda que en su infancia “los hombres eran un lujo, como el tren, llegaban y partían”. No soportaba que ella fuera a correr la misma suerte que las mujeres que tenía a su alrededor. A ella lo que le fascinó por aquel entonces fue el descubrimiento del color: “Mi amor empezó por el color”, una pasión que le impulsó a coleccionar trozos de colores en una caja y a mirar la vida de otra manera.

Todo lo que vamos descubriendo de Kay: su infancia, sus estudios y vida adulta posterior, nos viene de la mano de Nieves, una escritora en ciernes que ha dejado de lado su profesión, sus dos carreras universitarias y la proximidad de su marido, un ser egótico y despreocupado, para dedicarse a la escritura, lo que más anhelaba. Un nuevo desafío personal se le presenta por azar, y no lo va a desaprovechar. La escritura le va a permitir establecer unos lazos muy estrechos con alguien con una biografía llena de entresijos y experiencias admirables que le reportarán una inusitada transformación. Esto lo va notando en cada entrevista que le fue haciendo: “Podía calibrar lo que, casi cada día, aprendía de la vida de Kay y de la vida en general”. También percibía con el acto de escribir cómo se adueñaba de cierta impostura con los demás, preguntándose “cómo había tardado tanto en descubrir que es aún más fácil mentirse a sí mismo”.

La estructura de la novela de alternar las dos voces narrativas por la que transcurre la trama de El color de tu nombre es de una viveza destacable, capítulos breves y ritmo acelerado que favorecen la lectura fluida de una historia en la que confluyen dos vidas paralelas en busca de la verdad, del sentido de una existencia auténtica. Dos voces necesitadas. Kay es una mujer arrolladora y ahora, en su edad tardía, más dispuesta y sin tapujos por mostrar sus secretos. Nieves, en cambio, no podía imaginar la liberación que la literatura le reservaría en su madurez: “Había empezado a poner en práctica, a vivir, una realidad que desde hacía tiempo habitaba su mente”.

Los que disfrutamos con su anterior libro Ciudades en las que un día naufragamos (2019), una novela bien urdida con un buen pulso narrativo, gracias a su prosa directa y sobria, en la que nos relata el enigma de la vida sentimental de unos personajes, nos vamos a encontrar ahora con una novela de más hondura y alcance. El color de tu nombre es un libro más arriesgado y ambicioso, una novela de título metafórico que, después de leerla, deja unos orificios abiertos para seguir con la reflexión de lo que subyace en el libro, esto es, sobre la realidad y la ficción, la creación y la vida, el color y los sentimientos, la verdad y el disfraz o “la parte mala de amar”.

Llegados a este punto final, podemos decir que esta novela de Ara de Haro deja un regusto duradero y proporcional al buen equilibrio alcanzado entre contenido y forma. Destaca también su tensión narrativa, un recurso eficiente que ha sabido administrar a lo largo de libro, con destellos de calidad y destreza, dando vida a dos personajes sacados de la realidad existente, de la verdadera sociología del lado femenino, para contarnos dos historias entrecruzadas, de coraje y liberación, en un único relato emotivo, vívido y verosímil.


miércoles, 24 de marzo de 2021

Torbellino imparable

“Todo fue culpa del gordo, eso iba a decirles. Todo fue culpa de Franco Andrade y su obsesión con la señora Marián. Polo no hizo nada más que obedecerlo, seguir las órdenes que le dictaba. Estaba completamente loco por aquella mujer, a Polo le constaba que hacía semanas que el bato ya no hablaba de otra cosa que no fuera cogérsela, hacerla suya a como diera lugar; la misma cantaleta de siempre, como disco rayado, con la mirada perdida y los ojos colorados por el alcohol y los dedos pringados de queso en polvo que el muy cerdo no se limpiaba a lametones hasta no haberse terminado entera la bolsa de frituras tamaño familiar”.

Así comienza Páradais (Random House, 2021) la nueva novela de la mexicana Fernanda Melchor (Veracruz, 1982), y quien habla es Polo, un joven jardinero que hace también labores de mantenimiento de una urbanización de Veracruz, un lugar imaginario de casas residenciales de lujo llamado Páradais. Al lector, apercibido por lo ya leído en la contracubierta del libro, y por lo que vislumbra en este primer párrafo, todo parece indicarle que lo que viene a continuación no presagia nada bueno, sino que, más bien, es el preaviso de una desdicha. Desde la perspectiva del protagonista, desde el deseo persistente del gordo, la novela se va contagiando e inevitablemente se precipita hasta acabar en tragedia.

Vamos a descubrir que Polo es una víctima de la sociedad, hijo de madre soltera, instalado en un entorno desigual y de pocas expectativas donde los trabajos mal pagados están en cualquier esquina. Por otro lado, Franco Andrade, el gordo, un joven caprichoso de familia adinerada, anda igual de perdido y desubicado que él, pero con una fijación que le hará perder la cabeza y arrastrará al jardinero a un plan en el que la fatalidad espera en guardia. Y para contar todo lo que se avecina, la autora se vale de una voz narrativa vertiginosa y recurrente, de fraseo y párrafo prolongados, léxico incisivo de ámbito coloquial y reiteraciones impacientes. El resultado de esta formalidad narrativa convierte a Páradais en un libro ágil e intenso, de ritmo trepidante y gran destreza técnica, cuya lectura se deja llevar por el torbellino bien urdido de su trama.

A diferencia de su extraordinaria novela anterior Temporada de huracanes (2017), dice Fernanda Melchor, en una reciente entrevista, que “en Páradais lo que quise fue crear un espacio en el que el narrador sí esté pegado al personaje y a ras de tierra con él, pero con una distancia que me permitiera una sutil burla y el uso del humor negro, porque tenía esa necesidad de exhibir la cobardía del personaje principal llamado Polo”. Si con aquella novela Melchor retrató de forma magistral la claustrofobia de un pueblo azorado por la sinrazón, la violencia y la corrupción de los hombres, en esta de ahora vuelve a encontrar el equilibrio entre fondo y forma de manera impecable, destacando sobremanera la atmósfera y el relieve de unos personajes atrapados por sus obsesiones.

Hay, además, un juego de posiciones a lo largo de la novela entre sus dos protagonistas, dos seres que pertenecen a comunidades aparentemente contradictorias, aunque en el seno de las mismas anidan sus formas peculiares de violencia. Esto es algo que Melchor maneja con habilidad y verosimilitud, conforme la acción va creciendo. A su vez, en Páradais, aflora otro tipo de violencia que refleja esa aspereza del daño al otro, proveniente de quien, supuestamente, solo recibe órdenes, las cumple y, encima, quiere desentenderse del asunto, porque asegura que no fue idea suya. Este es otro asunto destacado de la novela, que se manifiesta desde el comienzo, sumado a una violencia de género en ciernes, sencillamente salvaje, que estallará en las propias manos de quien no paró de urdirla hasta lograrlo.

Estamos ante un libro de lectura desbordante, que atrapa como un torbellino, contado con audacia por un narrador que revela una historia construida desde el soporte de la misma realidad mexicana en la que la violencia y el desacato se juntan para imponerse. Páradais se nutre de la vida, de sus pasiones, sus horrores, sus convulsiones y servidumbres, sin necesidad de contarlo todo extensamente. Melchor nos regala otra estupenda novela armada de moral y oficio, un relato brutal de admirable frescura y garra que explora el complejo mapa de la violencia, convencida del poder de la literatura para trasladar a la ficción una buena historia sobre la cobardía y el comportamiento infame de quienes ejercen el abuso sobre los más débiles.


martes, 16 de marzo de 2021

Un manual de libros

Subraya Irene Vallejo en su portentoso libro, El infinito en un junco (2019), que «el libro ha superado la prueba del tiempo, ha demostrado ser un corredor de fondo. Cada vez que hemos despertado del sueño de nuestras revoluciones o de la pesadilla de nuestras catástrofes humanas, el libro seguía ahí. Como dice Umberto Eco, pertenece a la misma categoría que la cuchara, el martillo, la rueda o las tijeras. Una vez inventados, no se puede hacer nada mejor». Los libros, además, que parece que tienen esa particularidad especial de hacerse amigos de todo el mundo: de los solitarios, de los rebeldes, de los independientes, de los soñadores y de tanta gente anónima que, a través de la lectura, encuentra alguna compensación a las muchas insuficiencias de la vida.

Pero a todo esto, conviene no olvidarse de que para que el libro llegue al lector hay un camino previo que este ha debido recorrer. El primero es el procedente del autor, porque la meta que se pone el escritor al escribir un texto no es otra que su manuscrito se convierta en libro y llegue a las manos del lector. Y es aquí, en este intervalo, cuando aparece la figura del editor como hacedor e impulsor de que ese texto se convierta en objeto deseado para ser leído por muchos lectores. El editor es, por tanto, un oficiante proveedor, una especie de intermediario entre el escritor y el lector. Digamos que el laberinto que todo lector va conformando en su casa con sus lecturas y adquisiciones de libros arranca gracias a las publicaciones. De ahí que toda esa labor libresca del editor, previa y continuada, conforme en el tiempo su propia extensión y reto, un oficio admirable y primordial en la cultura.

En el mundo de la edición de libros no existe ni ha existido nunca lo inamovible. Todo avanza o retrocede, a veces consecutivamente, a veces simultáneamente. Es un mundo en movimiento. Lo excitante del oficio de editar, una práctica que en ocasiones puede ser considerada una especie de arte, es que, visto desde la perspectiva del pasado y desde la del futuro, siempre está abocado a la fragilidad, al riesgo y a la aventura. Es la edición de libros un mundo a priori llamado a la estabilidad, que, sin embargo, existe en la agitación permanente”.

Con estas palabras inicia su andadura El arte de editar libros (Athenaica, 2020), el libro con el que Adolfo García Ortega (Valladolid, 1958), poeta, narrador, ensayista y veterano editor despliega muchas de las claves y entresijos, que no son pocos, en torno al mundo de la edición. El autor viene a contarnos cuál es la razón de editar libros, que no solo consiste en obtener una rentabilidad económica, sino también “llevar una práctica cultural de naturaleza comercial”. Esta práctica tiene en común organizar una industria cultural de la que pende un sistema interdisciplinar con muchos otros oficios: “escritores, impresores, correctores, diseñadores, distribuidores, vendedores, publicistas, libreros, periodistas, etc.” Cito uno a uno todos los que nombra el autor, pero echo en falta a los traductores. El traductor no puede quedarse fuera, está muy presente, aunque siempre ha sido ese sujeto invisible y casi nunca nombrado. Qué sería de nosotros, lectores entusiastas de tantos escritores extranjeros, si no hubiéramos contado con la traducción de sus obras a nuestra lengua común.

Por otro lado, sostiene García Ortega que hoy en día el mundo del libro está más en manos del «lector-espectador», como así lo llama, o lo que es lo mismo, el mercado. Y lo explica de esta manera tan elocuente: “El escritor, el editor y el lector son los actores de una representación que ha sufrido una transformación, un vuelco, hasta tal punto que, siguiendo con el símil teatral, es como si el público se hubiera subido al escenario y hubiera desplazado al actor y le hubiera quitado las riendas al director”. No parece una exageración, él lo llama «un cambio de paradigma». Antes la correspondencia, nos dice, venía del escritor al editor y de este al propio lector. Lo que importaba era sencillamente leer. El escritor, a su vez, buscaba el reconocimiento social a su actividad creativa, le movía igualmente su aportación al inmenso canal de la literatura. Ahora la tendencia es que “la línea de correspondencia va del lector al editor (el lector dicta lo que desea leer, por así decir), y del editor al escritor (el editor dicta, a su vez, lo que se ha de escribir)”.

Da la impresión de que las condiciones de ahora son de un retroceso en el valor artístico, que se ha optado en favor del negocio, lo que no deja de mostrar una cierta inmovilidad creativa. Parece que lo importante, más que sorprender y progresar, es repetir más de lo mismo, porque ya ha tenido un éxito de ventas. Preocupante, si bien todavía contamos con algún sentir proveniente de voces, como la de Roberto Calasso, intelectual y editor, que siguen apostando por un negocio sostenido en el que esté presente el prestigio, el buen gusto y la calidad del libro editado: «un buen editor –dice– es aquel que publica aproximadamente una décima parte de los libros que querría y quizá debería publicar», una verdad que refleja la realidad de la actividad a la que aspira un buen número de editores para seguir ensanchando su catálogo literario.

Hay también apuntes interesantes referidos al lector y sus gustos. A este respecto, el autor identifica a dos tipos de lectores que se entroncan con dos tipos de escritores: “Por un lado están los lectores generalistas-convencionales, que consumen historias-argumentos de escritores generalistas-convencionales. Y, por otro lado, están los lectores que se especializan y consumen historias-argumentos de escritores especializados”. En cierto modo, no parece desquiciado concluir que internet y las redes sociales han propiciado que el lector esté asumiendo su rol de indicador de tendencias de lo que se va a publicar. ¿O no es eso lo que está ocurriendo con los libros de no-ficción que no paran de publicarse?

Este libro es un manual luminoso sobre el arte de editar, un texto breve, inteligente y persuasivo sobre el gusto por leer y sobre lo que se cuece en el mundo de la edición, pensado para entenderse a bien con todo tipo de lector que se acerque a sus páginas, porque es un libro entretenidísimo y gozoso. El arte de editar libros es un recorrido sagaz por el mundo de la edición, y, en su diagnóstico, encontraremos un encendido encomio sobre el valor de los libros, sobre los tesoros, ideas e historias que acaparan: “Nunca lo valioso y exquisito se muestra a la primera. Hay que ahondar para buscarlo. Y tal vez hallarlo. El editor es quien hace posible hallar ese tesoro”. Y esto, que no se nos olvide, conviene subrayarlo.


lunes, 8 de marzo de 2021

Vivir en el condicional


Podríamos decir que los escritores oyen el silencio, descubren lo invisible y lo extraño y, después, lo cuentan. Es eso lo que uno percibe con la lectura de
Al final del miedo (Página de Espumas, 2021), título del último libro de cuentos de la narradora y ensayista mexicana Cecilia Eudave. Si hay algo singular que destacar precisamente de esta autora es su manera de llevar la escritura a esos márgenes en donde lo insólito y lo fantástico se conjuran entre sí para que la imaginación revele algunas de esas historias que por ahí andaban sueltas y constreñidas en los atrezos de la realidad del día. El libro reúne ocho cuentos de estupenda factura nacidos de esa realidad que percute en lo sobrenatural pero que se cuela en lo cotidiano, mostrando ese lado perverso o turbador del ser humano, ese lado oscuro que se asienta dentro de su imaginario.

En todos ellos persevera el punto de vista que adoptan los personajes. Cada uno se acerca a la realidad a su manera, pero con la sensación de no hacerlo lo suficiente, porque la realidad es una sucesión infinita de pasos, de niveles de percepción, de circunstancias y de falsas apariencias, y por ende, inextinguible, inalcanzable en todo su ámbito. Por eso las historias que aquí se narran ofrecen un reto al lector para que se preste al desafío que el relato le impele a posicionarse e, incluso, a equivocarse en la resolución del enigma que plantea. Y así comprobamos cómo transitan personajes de toda índole, cada uno de ellos imbuidos en su extraña ambigüedad.

En el primero de sus relatos, 7 minutos, aparece un fotógrafo aturdido por el miedo a la soledad existencial. En el siguiente, Sereno olvido, cuento de hermoso título, nos encontramos con Isabel, una mujer amnésica que ha perdido el rastro de su gente querida. El tercero de los relatos nos acerca a un hombre simplón en pos de una historia maravillosa que dé sentido a la vida insulsa que lleva. Llegamos a mitad del libro con una de las historias más escalofriantes, Deja que sangre, un relato impulsado por el interés de unos amigos en la aventura caprichosa e ilusa de localizar un bar fatídico que traerá sus consecuencias. Los dos relatos que siguen tienen como protagonistas, por un lado a un policía exasperado por resolver un crimen atroz, y por otro, a unos mellizos azorados por la presencia de un ente fantasmagórico que les acecha. Por último, llega el relato que pone título al libro, que aborda “el tiempo del no-tiempo”. Al final del miedo alude a esa metafísica y vieja creencia de agujeros intemporales que sobrevuelan el presente presagiando el fin del mundo.

Estos cuentos de Eudave vienen a decirnos que la literatura de lo fantástico también conforma un pacto entre el lector y el escritor, un concierto necesario para crear un espacio de controversia e imaginación. El cuento, en toda su gama, es un género exigente que demanda un lector involucrado, y no un lector pasivo y distraído, algo que promueve con sigilo nuestra autora. Es más, según ella, sus cuentos son por naturaleza criaturas que tienen apariencia engañosa y, después, pueden resultar ser otra cosa. En estos relatos, por tanto, el lugar desde donde el narrador se sitúa es tanto o más importante que lo que dice, porque esa mirada es la que postula el mundo insólito y desconcertante que pone en guardia al lector, ya sea en el miedo a la soledad, a los designios del olvido, a la posibilidad de participar en una historia única e irrepetible, a inundarse de fantasías oscuras en torno al porvenir o en asustarse “con que el fin del mundo no iba a venir del espacio exterior sino del interior”.

Todo lo que conforma Al final del miedo no es más que un conjunto de sorprendentes historias llenas de extrañezas en el que el lector no encontrará demasiadas explicaciones ni rotundos porqués a lo que se cuenta, y mucho menos certezas. Aquí solo hallaremos destreza narrativa para posicionarnos a interrogantes, dudas, silencios e insólitas inseguridades, y a mucha inquietud con ciertas verdades. Los relatos están provistos de detalles y escenas cotidianas que les ocurren a gente rara y corriente, hombres y mujeres que arrastran por igual sus silencios y obsesiones. Nos muestran igualmente una constante presencia de sus carencias, temores y soledades. Son historias que rondan lo fantástico, pero que otean el vuelo del tiempo y sobrevuelan el gran misterio de la vida, ese que significa vivir en el condicional de las incertidumbres y de los miedos.

Este libro de Cecilia Eudave, de escritura ágil y audaz, viene a desvelarnos que las buenas historias viven en lo sencillo que nos rodea, pero curiosamente lo hacen también fuera de la lógica. Lo insólito de lo que significa vivir en ese condicional se hace notar en estos cuentos atravesados por ese mundo de lo fantástico, insondable y misterioso que aludía Conrad. Ciertamente, llegado al término de estas historias, tiene uno la convicción de que lo leído forma parte de esa dicotomía narrativa del mundo entre lo realista o lo fantástico, aunque en verdad todo es más de lo mismo, una especie de sueño y vigilia que tal vez compartamos con mucha más gente de lo imaginado.


viernes, 26 de febrero de 2021

Leer a Sontag


Susan Sontag
compartía la adoración de Virginia Woolf por los libros. Quería igualmente que todos los que la rodeaban compartieran sus otras pasiones, como eran el cine, la ópera o la fotografía. Responder con igual intensidad a cualquier cosa que a ella le encantase era proporcionarle uno de sus mayores placeres. La lectura destacó por encima de todas. Fue para ella la idea del paraíso vital y, para alcanzar esa vida plenamente, leer era algo necesario e indispensable, y siempre con un lápiz entre los dedos para subrayar o dejar anotaciones. Esta pasión suya, nos cuenta Benjamin Moser (Houston, 1976), en el prólogo de su monumental biografía Sontag. Vida y obra (Anagrama, 2020), se gestó en una librería de Santa Mónica, cuando la escritora apenas tenía doce años, mientras hojeaba imágenes del Holocausto. Aquellas imágenes la conmocionaron de tal manera que la incitaron a un constante deambular, libro tras libro, tratando de encontrar en ellos consuelo y sentido a su propia existencia.

Moser no solo menciona cómo fueron los libros quienes la salvaron y consolaron de su niñez desdichada, sino que rastrea todos los pasos que Sontag dio a lo largo de su vida, muchos de ellos tan complejos y contradictorios, como sus adicciones, su ambigüedad sexual y sus relaciones personales. Con su madre, Mildred, tuvo una relación de amor-odio a partes iguales que, definitivamente, marcaría su futura vida sentimental. Con su hijo David mantuvo una simbiosis afectiva duradera hasta sus últimos días. Con el resto, tanto en el ámbito privado, como en el público hubo de todo: empatía, diversiones, amores, rechazos y frustraciones. Cuenta Moser que “Sontag percibía la diferencia entre las persona, por un lado, y la apariencia de la persona, por el otro: el yo como imagen, como fotografía, como metáfora”. Sin embargo, para ella, «la realidad nunca había sido del todo aceptable». Por eso mismo, quiso dejar por escrito aquello de que uno de los fines destacables de la literatura es hacernos ver «que los otros, personas distintas a nosotros, existen de veras».

Conforme vamos leyendo, descubrimos cómo, desde joven, la escritora neoyorquina, estando ya en plena efervescencia intelectual exterioriza unas opiniones desdeñosas que tanto la caracterizarían, porque presentía que estaba «malviviendo en su propia vida». Escribir fue un rescate para ella, «escribir se convertiría en sinónimo de escapar». A través del ensayo crítico, el género en el que con más naturalidad se encontraba a gusto, hablaba a menudo de su capacidad de admirar a algunas figuras literarias, como Thomas Mann. Era un «dios» para ella y también lo era por ese sentido del deber de padre austero que representaba en la familia. Sontag, además, en sus diarios y ensayos dejó un amplio muestrario de su erudición y alcance de miras. Hizo del pensar una actividad emocionante y propicia para el asombro, y ese fue su gran legado para el lector común. Hoy día siguen vivos sus ensayos gracias a ese pálpito intemporal con el que supo acometerlos. Contra la interpretación (1966) es uno de sus textos más carismáticos, un libro deslumbrante, ambicioso y maduro que sigue despertando un deleite inusual.

Volviendo a la importancia de los libros, Sontag sostenía que los libros nos dan también un modelo de la autotrascendencia. Para ella la lectura no es solo una especie de evasión, una evasión del mundo «real» de todos los días a un mundo imaginario, el mundo de los libros, sino que los libros son mucho más: «Son una manera de ser plenamente humano». Era también una mujer feminista, pero a menudo atizaba a sus compañeras feministas con despiadadas críticas, especialmente contra la retórica feminista, por encontrarla ingenua, sentimental y anti-intelectual. No hay duda de que este asunto es de suma importancia en su proyección social y sale a relucir en diferentes pasajes del libro. Vivir, según ella, consiste también en convivir con el paso de los años y con la aceptación de la enfermedad, otro de los asuntos claves de su existencia. Por eso mismo, venía a decir que no debe enfadarse uno con la naturaleza, ni con la biología: «Al fin y al cabo, todos vamos a morir; eso es algo muy difícil de soportar, y todos pasamos por ese proceso».

Este es un libro fecundo, ameno y bien urdido, basado en una investigación amplia, minuciosa y admirable, como corresponde a un buen trabajo biográfico, para adentrarnos en la trayectoria vital y el alma de una escritora comprometida con su proyecto intelectual, para acercarnos a conocer detalles de su vida y, sobre todo, de su visión del mundo a través de su obra, de su ambiente y de las personas que le importaron. Eso sí, Moser muestra en su rastreo una cierta equidistancia con la personalidad de su biografiada, ni trata de encubrirla ni censurarla, sino que su empeño va en la dirección de presentarnos a una Sontag absolutamente humana, con sus despechos y encomios, con sus sombras y vicisitudes íntimas, con esa legitimidad tan excepcional que otorga la coherencia de una vida dispuesta, como fue la suya, mediante la cual llegó a establecer una relación beligerante y antagónica con la falsedad en todas sus formas. Sabiendo además que se trata de una tarea infinita, puesto que es imposible acabar con la falsedad o la falsa conciencia de lo que suponían para ella todos los sistemas de interpretación.

Tal vez a los que nos fascina tanto el personaje echemos de menos que el autor no haya empatizado más con el carácter tan abrumador y hondo de su biografiada como nos hubiera gustado. Pero conviene resaltar que el resultado es extraordinario. Moser firma un texto vívido y absorbente en el que deja bien erguida la figura de una mujer tan relevante como fue Susan Sontag, una intelectual comprometida, grande e influyente que seguirá por mucho tiempo interpelándonos.