lunes, 21 de enero de 2019

La vida a golpes


Uno se plantea, a sabiendas de que ya lo han hecho otros de acreditada solvencia, si el lenguaje es una herramienta suficiente y rotunda como para transmitir lo que se desea y se quiere contar. Muchos piensan que no por lo que, a veces, tiene de defectuosa. Por eso la literatura siempre es un intento por dar respuestas a lo inefable, a lo terrible, a lo que carece de respuestas, y precisa de visibilidad. De todo ello da cuenta la palabra escrita. Y esto es así porque una vida sin eco ni memoria escrita no sería vida, como una inteligencia sin posibilidad de expresarse no sería inteligente.

Si la escritura es un puente, el río que pasa bajo ella no es más que la vida transferida por su autor, que interfiere en la nuestra con los hechos que cuenta o con la revelación de sus palabras, con la intención de encontrar un síntoma, un rastro, o un espejo al que, quizá, hubiéramos preferido no asomarnos y ver reflejada allí una verdad ominosa que define la lógica secreta del mundo en el que, resignados, vivimos.

Hay ciertos libros, y no son muchos, que son rotundos en estas disquisiciones literarias y nos dejan abatidos, con la sensación de haber tocado un fondo del que ya no saldremos siendo el mismo lector. Cárdeno adorno (Períferica, 2018), de Katharina Winkler (Viena, 1979), es uno de esos libros, un texto duro y hermoso a la vez, donde la belleza del lenguaje y la maldad de los hechos se funden en la verdad que cuenta, hasta dejarnos estremecidos y horrorizados, testigos de cómo la infamia y el abuso atávico de la cultura de muchos hombres, a los que no les basta con apropiarse a su antojo de todo lo que le ofrece la propia Naturaleza, y llegan a alcanzar lo más íntimo y sagrado del hogar: sus mujeres y sus hijos.

En ese infierno, Filiz, la joven narradora y protagonista de este relato, pone su voz para contarnos cómo empezó su vida a impregnarse de ese ambiente en el que tiene que sobrevivir frente a la amenaza de la ley impuesta en el hogar por el padre: “Somos rebaños y pastores al mismo tiempo. Nos cuidamos unos a otros. Madre nos cuida de padre, padre nos cuida de los lobos... Cuando padre entra en casa, el silencio lo acompaña. Nos ponemos de pie, nuestros ojos se ponen de acuerdo. Durante la comida permanecemos mudos. Tal como padre nos quiere”.

La historia de esta joven turca fue escuchada, por primera vez, por la autora de la novela cuando tenía apenas trece años. Su padre, médico rural en Austria, se dirigió a la gendarmería del pueblo para denunciar por maltrato al marido de Filiz, después de que su mujer descubriera bajo el niqap de la protagonista los moratones que escondía. Este hecho prevaleció en la memoria de Katharina hasta el punto de que quiso, al cabo del tiempo, plasmar en una novela la vida de esta inmigrante, epígono de tantas mujeres humilladas por esa dominación bárbara y atávica del hombre que pasa de padres y hermanos a más tarde maridos.

En la novela Del color de la leche (2012) de Nell Leyshon la narradora dice que: “Tener memoria es una buena cosa, porque ahí está la historia de tu vida y sin ella no habría nada, pero otras veces tu memoria guarda cosas que preferirías no volver a saber nunca y, por mucho que intentes quitártelas de la cabeza, siempre vuelven”. En el relato de Winkler también está presenta este sentir, pero aquí la memoria de Filiz atesora una humanidad y ternura prodigiosas pese a tanto dolor sufrido, y todo lo que guarda en ella es una historia estremecedora, tan suya como la de la estirpe de cualquier mujer sometida, para quien vivir consiste en construir futuros recuerdos mejores.

Cárdeno adorno no es un título prosaico, sino todo lo contrario. Bajo ese perfil lírico no hay complacencia, sino una metáfora del dolor y de sus secuelas. Winkler ha sabido relatar la épica tremenda de la vida de una mujer, aderezada con el sutil encanto de la palabra justa y precisa, como contrapunto estético a tanta aspereza, violencia y ultraje. Y hay que añadir a esto el esmero con que la autora redacta cada página, con una sintaxis concisa e implacable, marcando un estilo en el que la voz narrativa se aleja de lo pretencioso, en busca de lo espontáneo y auténtico. Winkler logra trasladar de forma vívida y, sorprendentemente poética, el jugo expresivo a su relato, recogido de las cintas en las que había ido grabando el testimonio de Filiz, y la voz encarnada por su protagonista, una mujer que bien podría representar el sentir de tantas otras voces anónimas o silenciadas que, en medio del abatimiento y la desdicha, pueblan cualquier parte del mundo.

Que no sea la memoria, como decía Ernesto Sabato, la temerosa luz que alumbra ese sórdido museo de la vergüenza”, sino la memoria testimonial como resistencia del tiempo. Cárdeno adorno es un estupendo debut literario, una novela que se ocupa de la necesidad de cuidar y transmitir una verdad primigenia, y lo hace de forma asombrosa y descarnada.


martes, 15 de enero de 2019

Una mujer admirable


Un libro de conversaciones no tiene el rigor hermético de un ensayo. En su favor, la conversación cobra un interés inusitado cuando, bien dirigida, alcanza límites que llegan a sobrepasar las expectativas del lector. Y eso solo ocurre si la conversación campea a sus anchas, expone la curiosidad del que pregunta, la frescura del que contesta y, además, tiene la virtualidad de expresar el instante de un estado de ánimo, de una manera de ver la vida en un momento concreto de la existencia.

Bruno Monsaingeon (París, 1943), director de cine, violinista de formación y escritor, ha realizado y producido documentales de temática musical, especialmente de intérpretes del siglo XX, de los que destaca uno dedicado a Glenn Gould. Igualmente, es autor de un libro sobre Sviatoslav Richter y este del que vamos a hablar dedicado a la profesora Nadia Boulanger, en forma de diálogo, bajo el título contundente y persuasivo de Mademoiselle, editado hace un par de meses en Acantilado y traducido del francés por Javier Albiñana.

Este no es un libro de conversaciones sin más. Dice Monsaingeon al principio del libro que con Nadia Boulanger no cabía armar guion alguno, y mucho menos para una mujer de su talla y valía. Tampoco es un libro de memorias ni, mucho menos, un ensayo sobre la figura de esta excepcional mujer, profesora por vocación. Lo que el lector se va a encontrar aquí es con un libro personal, fresco y expresivo sobre una mujer admirable y vitalista que se entregó en cuerpo y alma al magisterio de la música, un texto vívido y ágil por donde transcurren los mejores momentos de aquellos encuentros que el autor mantuvo con ella en París, a lo largo de los años.

Asistimos atónitos al testimonio de una mujer de arrebatadora personalidad, y al descubrimiento de una entusiasta lectora, muy experimentada en los clásicos griegos, en Shakespeare, en Montaigne, o en pensadores como Bergson y Cocteau, a los que cita con soltura. Boulanger (París, 1887-1979) había nacido en el seno de una familia de larga tradición musical. Era hija de un compositor y nieta de una cantante. Tanto ella, como su hermana Lili, se impregnaron de ese clima musical que ya ninguna de las dos abandonaría, cada una por su lado. Estudió con el gran compositor Fauré y empezó, desde muy joven a dar clases de piano elemental y acompañamiento al piano. Más tarde se inició en enseñar armonía, contrapunto, fuga y órgano, y ya desde entonces se instaló para siempre en esa parcela de la enseñanza de la música.

Dicen muchos de sus acreditados alumnos, como Menuhin, Bernstein o Berkeley, que su estilo era su propio método, o, mejor dicho, su método consistía en enseñar a partir de un estilo que la distinguía. No se trata de una técnica ni de un método, el estilo de Boulanger siempre fue la relación que mantenía y sabía establecer con lo que enseñaba, a partir de la singularidad de trasladar al alumno el deseo de saber e interpretar. Paul Valéry decía de ella: “Es la música personificada”, y, para el poeta, la música se coronaba siempre con la inteligencia.

Nadie puede enseñar a enseñar, al igual que nadie, en el fondo, puede enseñar a aprender, subraya el psicoanalista Massimo Recalcati. No se sabe cómo se aprende, no existe una técnica para el aprendizaje. Sin embargo, Nadia Boulanger pertenece a esa estirpe fascinante de elegidos poseedores de ese carisma capaz de transmitir el misterio del aprendizaje, de mostrar y facilitar el camino. Y en ese sentido, más que preocuparse de enseñar música a sus alumnos, se obstinaba por enseñar a oír. Insistía mucho en que la base fundamental de su pedagogía se resumía en: “oír, mirar, escuchar y ver”. Para ella, el enorme privilegio de enseñar consiste, precisamente en eso, en “incitar a quien se enseña a mirar abiertamente lo que quiere y a oír claramente lo que oye. Ello requiere un entrenamiento muy amplio de la vida: el conocimiento de las palabras”.

A lo largo del libro no ceja en volcar toda su sabiduría sobre el aprendizaje permanente de la vida: “Desde mi infancia estuve convencida de que había que mostrar curiosidad e interés, pues sin ambas cosas no existe conciencia posible de uno mismo”. Y añade más adelante: “Ignoro si es posible enseñar a alguien a mantenerse despierto. Lo único que sé es que toda persona que actúe sin sentir interés por lo que hace malogra su vida”.

Yo no diría que este es un libro de recreación de la vida y pensamiento de una extraordinaria profesora. Es mucho más. Por estas páginas recala el amor a la música y, a su vez, la pasión desatada por la vida, cuya clave reside en la pregunta que Nadia Boulanger nos lanza: “¿Somos capaces de desear algo y de mantener viva la capacidad de asombro?” Este es un libro hermoso, profundo y emocionante que amplifica el calado de estas dos ideas, un diálogo repleto de experiencias y pasajes de la vida transferida de una mujer brillante, un hallazgo que celebro y recomiendo.

miércoles, 9 de enero de 2019

Lo que fue ya ha pasado


Muchos desconocen que Alemania quiso y apoyó la transformación de Rusia a través de la revolución bolchevique iniciada en 1917, que la hizo posible, y que en su momento celebró el triunfo de Lenin como propio. Con esta alianza de Alemania con la revolución emergente rusa empezó todo, nos dice Sebastian Haffner en su revelador libro El pacto con el diablo (1988). Solo a partir de este hecho histórico y de su extraordinaria repercusión internacional es posible recapitular las tremendas consecuencias que alcanzó ese diabólico acuerdo que ambos países firmaron, y que originó un ominoso descalabro mundial de tal magnitud, dentro y fuera de sus fronteras, que ocasionó el mayor exterminio de hombres y mujeres de toda la historia jamás conocida en el continente europeo.

Y es a partir de 1933 cuando la historia de Alemania y Rusia se convierte en la historia de un duelo entre dos hombres cortados por un mismo patrón: Hitler y Stalin, que durará doce años. Los dos eran hombres de una fuerza de voluntad descomunal, de grandes dotes políticas, audacia, enorme obstinación y crueldad sin límite; y ambos se habían vuelto todopoderosos en sus respectivos países. Nadie les pondría freno. Solo contaría lo que ellos dictaran y señalaran.

El nuevo libro del poeta, novelista y crítico literario Toni Montesinos (Barcelona, 1972) No habrá muerte (Fórcola, 2018), es un ensayo que se suma a sus trabajos más recientes escritos por el autor en el género en los que destacan obras como El triunfo de los principios. Cómo vivir con Thoreau (2017), Escribir. Leer. Vivir (2017), Melancolía y suicidios literarios (2014) o Los tres dioses chinos (2015). En esta ocasión, bajo el subtítulo de Letras del Gulag y el nazismo, el ensayista repasa y comenta esa época tan demencial, opresiva y sanguinaria del siglo XX, surgida simultáneamente en territorio ruso y alemán, fijando su mirada en la vertiente persecutoria y de aniquilamiento por la que el estalinismo y el régimen nazi sojuzgaron a cientos de artistas y escritores contrarios a la línea política que ellos habían marcado.

Por aquí desfilan figuras literarias de novelistas y poetas rusos de la talla de Boris Pasternak, Aleksandr Solzhenistyn, Joseph Brodsky, Osip Mandelstam o Anna Ajmátova, así como escritores del campo de influencia alemana como Primo Levi, Imre Kertész, Ana Frank, Stefan Zweig o el propio Thomas Mann que resistieron, se exiliaron o se jugaron el pellejo tratando de salvaguardar el sentido de su obra escrita, el sentido de la verdad literaria, conscientes de que la literatura pertenece a todo el mundo y a nadie en particular, y mucho menos al partido del gobierno. Cada uno de ellos encarnó el susurro de la historia que seguirá oyéndose por encima del ruido de los tiempos. Todos evocaron esa máxima silenciosa de que el arte no existe por amor al arte: existe por el bien de la gente.

Por cada uno de sus capítulos, Montesinos va desgranando el destino de los nombres que van apareciendo en el negro escenario político. Pasternak tuvo la valentía de alzar la voz contra la línea editorial del periódico Pravda y defender a otros artistas, así como sentirse orgulloso de ser soviético y escribir una obra del calado de El Doctor Zhivago. Solzhenitsyn hizo lo propio escribiendo una obra descomunal, Archipiélago Gulag, una trilogía sobre su experiencia en la cárcel y su testimonio de incontables torturas padecidas tanto él como cientos de supervivientes confinados en un reducto siberiano bajo la lenta tortura que suponía el frío, el hambre y las calamidades que tuvieron que soportar, agravadas por los trabajos forzados.

La muerte, el gueto, la tortura, el suicidio, la persecución política y los campos de exterminio también están presentes en el lado alemán. Allí, escritores como Levi o Kertész escribirían valiosas obras literarias contando sus experiencias en las entrañas del terror nazi y sus padecimientos en el infierno de Auschwitz y Birkenau. Tanto el uno como el otro se alzaron como iconos de la dignidad y de la conciencia moral del intelectual frente a la barbarie. Dos escritores supervivientes del Holocausto, uno italiano y el otro húngaro, que afrontaron con orgullo y entereza el destino doloroso de sus vidas, estampadas en dos de sus mejores obras: Si esto es un hombre y Sin destino, respectivamente.

Este libro de Montesinos es un viaje al abismo de una época tenebrosa y terrible de la historia aún cercana del viejo continente de la que la memoria todavía no se ha repuesto. Una época en la que la persecución y la ignominia totalitaria tenían sus maneras de destruir la vida de sus adversarios, desde los poderes del Estado, mediante la delación, el apresamiento, la tortura y la muerte.

No habrá muerte es un título esperanzador extraído de El doctor Zhivago, un ensayo debidamente documentado, ameno y bien urdido que articula la vida intelectual de los protagonistas que aparecen por sus páginas, gente señalada y perseguida por las dos grandes dictaduras que marcaron el siglo XX, que interpela profusamente sobre el valor de la dignidad humana, y que pone su acento en el testimonio de grandes escritores que lucharon por no perder la esperanza en la humanidad, con esa emoción y libertad debilitada, la que cada uno pudo sobrellevar con orgullo y valentía. Muchos de ellos aprendieron a morir, igualmente, tal como aprendieron a no servir a la barbarie y a la mentira.

viernes, 28 de diciembre de 2018

Todo lo que queda por decir


La emoción de las cosas, la memoria y las palabras aglutinan el espíritu que concierne a Nada que no sepas (2018), la nueva novela de María Tena (Madrid, 1953), ganadora del XIV Premio Tusquets Editores de Novela, autora también finalista en 2003 del Premio Herralde de Novela con su obra Tenemos que vernos. Las tres citas que la escritora toma al principio de su reciente libro, proceden de Antonio Machado, John Updike y Virginia Woolf, y resumen esa idea de destellos, sentimientos y recuerdos que cruzan todo el relato, para poner en antecedentes al lector de que lo que se va a encontrar en el libro, y que, al final del mismo, dará sentido a toda la verdad literaria que contiene el texto, gravita en torno al amor, sus silencios y las obsesiones de los personajes que protagonizan esta historia.

Alguien dijo que es muy difícil escribir más allá de uno mismo. Puede que sea cierto. Porque eso que llamamos la experiencia personal está impregnando siempre lo que hacemos y lo que imaginamos, tanto para confirmar lo que somos, como para alimentar la impostura de nuestras fabulaciones. Desde la nada hay poco que contar, pero, cuando se trata del amor de los padres y del amor propio, hay un hilo de la madeja por donde tirar. Aquí subyace eso que decía Lacan de que el amor solo existe en el uno por uno. Posiblemente, nadie sabe qué es el amor, y es precisamente desde esa perspectiva desde la que arranca la novela de Tena, desde ese cometido de indagación, el lugar desde el que la narradora quiere rearmar la historia de sus padres, su vida en pareja, sus entradas y salidas. Pero también el relato de su propia vida como hija y, ahora, como mujer en apuros. Por eso vuelve a Montevideo al cabo de mucho tiempo: para saber qué le pasó a su madre, y qué fue lo que acabó con su matrimonio.

La narradora, que atraviesa una profunda crisis de pareja, retorna al episodio determinante que marcó el final de una época feliz: el accidente mortal de su madre en Uruguay a finales de los años sesenta y el regreso de su hermano y ella a España. Llega de nuevo hasta allí para encontrarse consigo misma, para buscar sus raíces en el pasado y así poder entender mejor su presente azaroso. Regresa al lugar de su infancia para destapar secretos familiares y comprobar que la vida de pareja tiene esa condición de vulnerabilidad e insuficiencia que ella padece ahora, que se hacen necesarias las manos del otro, la presencia del otro para preservar la vida, para protegerla, para sustraerla de la posibilidad de la caída, del desorden sentimental y del abandono. “Uno también se viste con las ideas, con los miedos y con todas esas trampas que a veces forman parte de una educación.” (pág.97).

Todo lo que sustenta Nada que no sepas son recuerdos vividos, materia prima de todo el relato que se va conformando en primera persona. Incluso aquellos que la narradora se formula involuntariamente, como diría Proust, sacados por el hilo la semejanza de un instante o de un episodio que pone cuño de autenticidad a lo que le está sucediendo en ese momento de su narración. Además, con ese impulso de volver a las cosas que pasaron, con una dosificación exacta de la memoria de unas y la estela de otras: “Un mundo fascinante para niños como nosotros, sin sentido crítico o sensibilidad social, y todavía sin ideas políticas.” Y así lo refleja: “Cómo cada persona vive su vida a través de los demás, de los que le rodean, pero también en que a veces la historia pasa por encima de nosotros y nos aplasta.” (pág. 139).

El reencuentro con Ana, una de sus amigas de la infancia, le irá desvelando cartas guardadas de su padre y de su madre que desentrañarán las claves de la extraña muerte de esta y del silencio acordado. La necesidad de reconstruir los secretos de aquella época de la infancia ya perdida quedará zanjada con la verdad que ansía satisfacer. Para ella, ahora su familia, ese pilar medular de su vida, casi siempre presente en la literatura, con sus secretos y misterios, sus silencios y su hermetismo casi sagrado, encuentra mejor encaje moral en su memoria. Sin embargo, sabe que la existencia de la verdad posee esa categoría moral que no se puede obviar. Existir, buscar la verdad, tomar conciencia de ello la obligó a hacer lo que tuvo que hacer: volver al pasado.

Todo el relato está ceñido a una privacidad de un mundo de afectos y engaños remotos, contado desde la perspectiva femenina de una narradora a la que el lector, seducido por su voz, la acompaña en su búsqueda de la verdad para ser testigo excepcional de una revelación de aquello de lo que nunca se habló en su casa y fuera era un secreto a voces, de las heridas y huellas que marcaron aquel hogar de buena apariencia donde el amor se resquebrajaba.

El resultado de esta obra que María Tena nos entrega es una novela entrañable, emotiva y amena, escrita con ese difícil don de la sencillez que tanto nos gusta a los lectores hambrientos de buenas historias. Los libros que nos deleitan nos recorren las venas y establecen vínculos con nosotros con una familiaridad insólita. Nada que no sepas se insinúa así, con esa capacidad seductora de atraparnos, gracias a la eficacia de su prosa, capaz de mostrarnos una verdad literaria sobre la familia, el destino y, sobre todo, una indagación del pasado recóndito. Y es que, como dice Landero, el pasado nunca acaba de pasar.

jueves, 20 de diciembre de 2018

Un libro de ideas


Al escritor todo le vale para aprender, porque la literatura en cualquiera de sus géneros puede aprovechar hasta el menor resquicio de la experiencia, de los años vividos, para darse a valer. Y, lo que es más importante, el aprendizaje, como dice César Aira, le sirve, “porque siempre está a tiempo de escribir algo más”, desde dentro, con el único afán de escribir lo que debiera ser escrito, no tanto para salvarse a sí mismo, como para salvar algunos muebles.

El nuevo libro de Luisgé Martín (Madrid, 1962), El mundo feliz (Anagrama, 2018), va por ese cauce de referir algo más acerca de esta idea, y en esta ocasión bajo la forma de un ensayo muy bien armado, contundente y provocador, en el mejor sentido de agitador, de quien incita a la reflexión sobre la aspiración a la felicidad que subyace en nuestra existencia. Por tanto, en esta oportunidad, el escritor y autor de novelas como Los amores confiados (2005), La mujer de sombra (2012), La vida equivocada (2015) o el libro autobiográfico El amor del revés (2016) deja a un lado la fabulación para preguntarse en el contexto de la no-ficción si es posible la felicidad.

El título de su ensayo es un guiño notorio a la obra de Huxley, y dice que, en realidad, el mundo feliz suyo lleva adherido “una apología de la vida falsa”, un oxímoron que le vale como subtítulo a los textos que reúne en su obra, “un libro de ideas” lo llama, un centón podemos decir en el que cabe incluso el elogio de la derrota. Dicen los especialistas que el ensayo es la pieza literaria que se escribe antes de escribirla, cuando se encuentra el tema. En ese sentido, Luisgé Martín lo encontró en la película Matrix, en el mito de Sísifo, en el imperativo categórico de Kant y también en otras lecturas de pensadores como Camus, Rousseau o Cioran, y en el teatro de Shakespeare, en las novelas de Dostoiveski, así como en el Eclesistés o en El tartufo de Moliere.

Lo cierto es que este libro está muy bien escrito y argumentado, es rebelde y persuasivo, sin apartarse del pesimismo que lo envuelve. Viene a decirnos que vivir es ir perdiendo y perdiéndose para al final perderlo todo y perderse uno del todo. Nuestro quehacer y nuestro sentir, el recordar y el pensar son formas de aferrarse a la vida, y todo lo que el tiempo deshace no es nada sin el tiempo. "La vida es hermosa. Pero, ¿y si solo lo parece?", reflexionaba Chéjov. Este es un libro radical y nihilista. Martín piensa que todo se escurre por el sumidero de la infelicidad, y cree que le hemos dado mucho pábulo a la autenticidad. Por eso se pregunta con ironía si no sería mejor vivir en Matrix o en el mundo feliz de Huxley.

Juzgar si la vida vale o no la pena vivirla, nos dice, equivale a responder a una de las claves filosóficas de nuestra existencia. Cuando se es joven, uno está expuesto, a menudo, sin saberlo con claridad, a dos posibles tendencias a la hora de tomar partido en la vida. Estas dos tentaciones podrían resumirse así: o bien la pasión de quemar la vida como venga, o bien la pasión de construirla. En ese trayecto nada parece tener un efecto duradero, el tiempo lo devora todo en la lucha de estas dos pasiones: el deseo de una vida que se consume en su propia intensidad y el deseo de una vida que se construye piedra a piedra.

En este libro, Martín tiene conciencia de que su andadura reflexiva nunca llegará al final del camino, pero tiende a esbozar el inconformismo que la promueve, así como el de esa idea nacida dentro de nosotros en la que se conforma la relación de nuestra mente con el mundo: “Sabemos que los éxitos serán fugaces y los afectos, si los hay, interesados o escurridizos; sabemos en suma, que la vida será un sumidero de mierda o un acto ridículo”. Y más adelante subraya una cita bíblica sobre lo terrible de la verdad que dice: “Donde abunda sabiduría, abundan penas, y quien acumula ciencia acumula dolor”. Todo lo que nos rodea, apunta, parece que está siempre estimulado por la insatisfacción constante y por la carencia. La propia observación del mundo en que vivimos, nuestra familia, amigos y vecindario apuntan en esa dirección, para enfrentarnos con la hipótesis de que la naturaleza humana sea incompatible con la felicidad.

Cuando un libro invita al subrayado, incita a la reflexión, sin ánimo de solemnidad, pero dispuesto a la controversia, con esto quiero decir que estamos hablando de un texto con acopio de inteligencia, madurez y observación suficientes que al lector inquieto les valen para pararse a pensar en la importancia de lo que se cuece en la vida. Este es un ensayo nacido de la reflexión personal, del diálogo entre amigos, de ideas inquisitivas y perspicaces que escribieron otros y siguen vigentes, un libro escrito, no para eruditos, sino para hacerse entender por todos, y en el que está muy presente aquella famosa máxima de Gracián que dice: “Hay mucho que saber, y es poco el vivir, y no se vive si no se sabe”.

En El mundo feliz de Luisgé Martín la idea de felicidad sigue siendo, como antaño, un afán descomunal e inagotable de búsqueda, un espejismo que retrocede según avanzamos con la edad, pero también es una maravillosa argucia de la inteligencia para mantenernos en vilo y en vuelo. Lo cierto es que todos los hombres queremos ser felices, pero como bien decía Séneca: “lo difícil es saber lo que hace feliz a la vida”.


jueves, 13 de diciembre de 2018

Un encargo irresoluble


La verosimilitud siempre sale malparada del choque entre el tiempo y el espacio. Este es el motivo por el cual cuanto más exageradas o delirantes son las premisas de un relato, más literales y exactas deberán ser las consecuencias que se desprendan de ellas. Esta paradoja, si nos atenemos a la novela de espías, novela negra o policiaca, consiste, según apunta Chandler, en que su estructura no suele aparecer cuando la examina de cerca una mente analítica. Es evidente que existe un tipo de lectores sedientos de crímenes, de la misma manera que hay lectores más preocupados por la tensión narrativa, por la psicología, por la pasión o por la irrupción del sexo. Si sumamos toda esta tipología podríamos acercarnos a encontrar ese lector de mente perspicaz y entusiasta del thriller, o lo que es lo mismo, predispuesto al suspense, a lo inesperado.

Con estas pretensiones se debe acometer la lectura de la novela Las discípulas (Sitara, 2018) del escritor Mateo de Paz (Santurce, 1975), su debut en el género, un libro que encaja en ese propósito en el que confluyen el misterio, la aventura, la indagación, la violencia y el fracaso, bajo el denominador común del montaje, desde la creación literaria, de una narración policiaca, que da por sentado que la trama es la que organiza la intriga. Y es desde esa disposición la que nos permite encauzar mejor el sentido de su novela, la que nos conduce a un casi permanente estado de vigilia, de investigación y de descubrimiento de todo lo que acontece, mirando la realidad a través del propio filtro del narrador.

¿Quieres saber cómo empezó todo?”, es el arranque de la novela, que parte de una deliberada reflexión del narrador sobre la existencia del azar y sus consecuencias en el mundo real. Quizás esa pregunta vaya dirigida al lector o apunte a sí mismo, a la madre, a algún otro familiar o allegado para revelarle aquel encuentro azaroso que tuvo con Hugo, un antiguo alumno suyo del taller de escritura creativa que, tras la muerte del padre, le entrega la novela inacabada que este había comenzado para que la termine. A partir de aquí la trama del relato va tomando razón de ser a través de las tres voces narrativas que conforman la historia: Jacob, Hugo y el narrador que autentifica todo lo sucedido. En esa autenticidad, el lector encuentra que la voz del narrador que mueve los hilos es poco fiable, engaña y se engaña a sí mismo en la búsqueda de la verdad, que es a la vez la búsqueda de la ficción, la búsqueda del relato que empieza ya a ser el suyo propio.

Se van sucediendo pasajes en los que la realidad y la ficción se rozan hasta confundirse. La misión encomendada se topa con el trasvase de la propia creación literaria. Imágenes, voces, personajes, vivencias y sucesos ajenos, que entran en acción, van participando del desarrollo de un proceso creativo que funciona y se alimenta, precisamente, de todo eso que lo rodea. “La ficción no es lo contrario de la verdad, sino una manera de verla y descubrirla”, confirma el narrador, que sabe, además, que “en todo escritor obsesivo hay un ser empeñado en encontrar la verdad”. Por eso mismo, no solo desconfía de lo que lee, sino también de lo que vive y le sale al paso.

En este libro hay mucho trasvase de soledad, crueldad y fingimiento. Por un lado, el narrador se encuentra en medio de una investigación a través de un cuaderno sobre el que tiene que armar un relato de una novela inacabada que, a su vez, promueve una delirante trama de caza y captura en la que los personajes femeninos aúnan la mayor fuente de deseos y de misterio. Hay en todo ello un hilo conductor existencialista que no rehúye en plantear el problema moral de la violencia y la amenaza terrorista que caldea toda la novela. Por otro lado, hay una intencionalidad, tal vez la misma que siente el narrador, de provocar confusión y desasosiego en el lector sobre lo que va aconteciendo, si es o no real, como también cuestiona si los papeles de Jacob es tan solo una impostura para ocultar la verdad y, por tanto, un encargo irresoluble.

Las discípulas es una novela intensa, ambiciosa y compleja, con un juego literario en el que está presente el sentido creativo del relato y la filosofía mítica de imaginarse a un Sísifo feliz en su quehacer, un libro arriesgado que obliga al lector a interpelar y desvelar los problemas que van formulando sus personajes y, en especial, Marcelo, el narrador y hacedor del relato. Todas las historias insertas, las matriuskas, están filtradas por su mirada, por lo que escucha de sus personajes y por el devenir de los acontecimientos, hasta llegar a un desenlace con dos finales. ¿Estamos condenados como dice Camus sobre ese mito existencial del mal, la crueldad, el fracaso? ¿O somos hijos del azar, o de un destino trágico, como sostiene Unamuno?

El lector atento no quedará a la intemperie, porque, aunque no se identifique con Jacob, Hugo, ni Marcelo, las tres voces de este artefacto literario, lo que sí conectará es con su espíritu libresco y la misión por la que ha sido concebido y escrito: esa tarea procelosa de su creación, que no es otra que la vida reflejada en la literatura.


martes, 4 de diciembre de 2018

Cuando la historia era presente


En literatura es fundamental el punto de vista que se adopte a la hora de acometer una obra. Uno se puede ir acercando más y más a la realidad, pero nunca puede acercarse lo suficiente, porque la realidad es una sucesión infinita de pasos, de niveles de percepción, de circunstancias y de falsas apariencias, y por ende, inextinguible, inalcanzable en todo su ámbito.

Cuando nos acercamos a la lectura de narraciones que abordan la violencia en el conflicto vasco nos arriesgamos a posicionarnos porque el tema nos toca de cerca, nos afecta, nos sobresalta, no nos deja indiferentes. Dice la escritora Edurne Portela que ser lector de ese tipo de libros, si nos toca profundamente, nos hace en definitiva vulnerables. Y añade que “es desde esa vulnerabilidad donde tal vez podamos entender la vulnerabilidad del otro, mirarle a los ojos, y verlo”.

Iban Zaldua (San Sebastián, 1966), escritor y profesor de Historia en la Universidad del País Vasco ha conformado la mayor parte de su obra narrativa en torno a la complejidad de la violencia en ese conflicto al que él denomina “la cosa”, como así ha quedado reflejado en los cuentos de Mentiras, mentiras, mentiras (2000), La isla de los antropólogos y otros relatos (2002), Itzalak (2004), Etarkizuna (2005), Biodiskografiak (2011), y también, cómo no, en sus novelas Si Sabino viviría (2005) y La patria de todos los vascos (2009).

El nuevo libro que acaba de publicarse bajo el título Como si todo hubiera pasado (Galaxia Gutenberg, 2018) recoge cuarenta y dos relatos escritos entre 1999 y 2018 extraídos de sus obras anteriores y de su último libro de cuentos publicados en euskera este mismo año, muchos de ellos inéditos en castellano. Todos abordan historias de un período extenso y muy convulso de violencia y radicalización en Euskadi, y cada uno de ellos escrito desde una mirada y una situación distintas. Y es esa perspectiva, con los diversos puntos de vista, precisamente, desde donde toma relevancia su literatura. Lo que se permite Zaldua con sus relatos es posibilitarse una mirada multiforme, o lo que es lo mismo, hacerlo desde un caleidoscopio para ocuparse de la realidad y sus matices: la multiplicidad de visiones. Es a ese nivel cuando, según él, la literatura puede tener algo que decir de una manera más ajustada y menos bifronte.

Los relatos de Zaldua deben su vitalidad a la presentación sin dramatismo de cada una de las piezas que recorren el texto de principio a fin y, cómo no, a las perspectivas y singularidad de los personajes que aparecen en cada una de las situaciones que, pese a lo anómalo del contexto, se muestran con un cierto aire de normalidad, por absurdo que parezca, más próxima a la realidad cotidiana que a cualquier otro escenario melodramático que pruebe la tensión política y la dimensión trágica del conflicto: puede ser un miembro de un comando interrogado por la policía, una ama de casa que escribe cartas a su hija encarcelada, un ertzaina infiltrado en un centro de enseñanza de euskera, un simple ciudadano de a pie que acude a una manifestación contra el terrorismo, una empleada de una empresa de trabajo temporal obligada a limpiar la oficina de los ataques constantes de encapuchados, dos amigos de toda la vida con secretos y discrepancias políticas, un secuestrador y su víctima hablando de sus gustos musicales en una animada conversación, o el fantasma reincidente de una chica que se le aparece al narrador en diferentes conciertos en el Velódromo de Anoeta.

En Como si todo hubiera pasado el lector encontrará un amplio despliegue narrativo donde el sentimiento de sus protagonistas, evocado por los mismos fantasmas del miedo y de la violencia, enmudece ante tanto ruido orquestado y consentido. El silencio personal y colectivo discurre transversalmente por cada una de sus piezas, está presente en la oficina de trabajo, en el dormitorio de la casa, en las aceras de las calles o en la mesa de un bar, agazapado, y posee una capacidad espantosa para aclimatar el ambiente. Zaldua pone voz y volumen ajustados a esa implacable realidad, para que la desmemoria no se incruste en ese silencio tan rotundo, sino que la memoria selectiva de sus relatos repare en ello y trascienda.

Este es un libro que condensa un terrible y triste periodo de nuestra historia reciente, un buen puñado de relatos que nos acercan a la realidad vivida por sus protagonistas, escritos con pulso contenido, bajo ese tono irónico y distante que hace que la escritura sea más porosa y reveladora. Cada historia que se cuenta merece su atención particular y el autor, que es consciente de que la literatura no está concebida para entender los hechos históricos, sino para traducir su densidad y los matices de la realidad y la verdad que se posan en el tiempo, pone voz a una amplia selección de personajes para que encarnen sus propias vivencias.

Esta es una ocasión para el lector, subraya Edurne Portela en el estupendo prólogo del libro, de aproximarnos a aquellos años difíciles, como “ejercicio de memoria”, y acercarnos a lo que ha supuesto vivir en Esuskadi en un escenario tan complejo y complicado. Los cuentos de Iban Zaldua revelan esa realidad, su ambiente, la atmósfera de aquellos tiempos, sus esquirlas y el lenguaje íntimo de tanta gente achantada por no decir lo que se sabía, contándolo con imaginación, naturalidad y pericia.