viernes, 23 de febrero de 2018

La vida en los libros


El centro de la vida literaria, dice Gabriel Zaid, está en leer, que es una actividad mental y solitaria, aunque puede vivirse como un diálogo, hasta con cierta animación corporal. Compartir esa animación, hablar de la experiencia de leer, de lo que dice un libro y cómo lo dice, de lo que gusta o decepciona, hace más inteligente la vida social y personal. En ese sentido, podemos afirmar que en el lenguaje, las palabras y las letras de los libros se encuentran el origen mismo de la vida.

Petrarca confesaba lo siguiente cuando hablaba de sus libros: “Estoy como acosado por una pasión inagotable que hasta ahora no he podido ni querido frenar. No consigo saciarme de los libros –decía–, los libros nos deleitan hasta la médula, nos recorren las venas, nos dan consejos y establecen con nosotros vínculos de una gran familiaridad. Y cada libro en sí no se contenta con insinuarse por sí mismo en nuestro espíritu de lector, sino que abre el camino para muchos más, lo que nos provoca el deseo de otros libros”.

Para Miguel Sanfeliu (Santa Cruz de Tenerife, 1962), autor del libro ilustrado Anónimos (2009), de los libros de relatos Los pequeños placeres (2011) y Gente que nunca existió (2012), y de la novela Parece que cicatriza (2014), la vida en los libros es un modus vivendi, una actitud, un recorrido vital por donde transcurrir las horas y los días, una forma de compartir experiencias, de compartir esa animación por el diálogo, como apunta arriba el escritor mexicano, y esa predisposición por dejarse seducir por ese espíritu mágico de los libros, que conduce, inevitablemente, al abrigo de otros libros, como bien decía el poeta italiano.

En Cierta distancia (Sílex, 2017) encontramos a un lector de conciencia lectora, riguroso y exigente, y extremadamente curioso, de esos prototipos de lectores de largo alcance. En este “manual de supervivencia”, como subtitula a su libro, Sanfeliu esparce toda su experiencia personal por la senda literaria de los libros que han ido forjando su espíritu libresco, y en ese sentido abre su peregrinaje con una cita del escritor estadounidense Ken Kesey para decirnos que “es la magia lo que realmente uno ama” de estos maravillosos objetos que llamamos libros, y otra cita de Kafka para incidir en la incontenible pasión por escribir.

En estos albores introductorios, Piglia también está presente. Sanfeliu se identifica con lo que decía el escritor y ensayista argentino acerca de esa relación íntima entre el lector y los libros: “uno encuentra su vida en los libros que lee”. Y es en estas lindes por donde el autor nos va llevando y mostrando su discurrir biográfico por la literatura, a través de reflexiones y paradojas encontradas en la propia lectura que, en buena medida, ha repercutido en experiencias vitales, y que, a la postre, siempre han derivado en escribir sobre su relación con los libros, con el universo imaginario que estos crean y que, a veces, como subraya él mismo: “puede ser más potente que la misma realidad”.

Todo lector apasionado hace que sus lecturas predilectas formen parte de la construcción de su identidad y en Cierta distancia encontramos a un lector que escribe sobre lo que ha leído, que intensifica el acto de leer como un lugar en el que se encuentra a salvo y libre de los propios límites que impone el hecho de vivir; un lector que afirma que “la literatura tiene la facultad de convertirse en un medio y en un fin, la razón sobre la cual gira toda la existencia”, y sostiene entender a la literatura como modo de vida y medio de experimentación.

Por las páginas de esta bitácora de lecturas transcurren citas, frases felices y anécdotas de autores que evocan reflexiones y dan pie a anotaciones literarias que van conformando el sentido y transcurrir del libro, una defensa personal de la literatura. De su lectura salimos contagiados de entusiasmo y curiosidad porque lo que transmite Sanfeliu es un montón de argumentos que deparan en una exaltación lúcida, sin desvarío ni resaca, sobre el valor vital de la literatura. Por aquí transitan ecos de lecturas de Pitol, de Auster, de Vila-Matas. Por aquí merodea el espíritu de los libros leídos de Kafka, así como la perplejidad y significancia de lo escrito en sus diarios por Pavese, Ribeyro o Cheever, sin olvidarse de mencionar a sus autores de cabecera de pura evasión como Conan Doyle, Twain, Hemingway, Chéjov, Faulkner, Murakami, Javier Marías o Tobías Wolff.

Cierta distancia es el libro más personal de los que hasta ahora ha publicado Sanfeliu, una especie de crónica personal y ensayo literario sobre la importancia de los libros en la propia biografía, un texto inteligente, ameno y festivo, una coartada bien urdida para los que nos sentimos enfermos de literatura y creemos, como Alan Pauls, que “los libros que necesitamos leer salen a nuestro encuentro de forma inevitable”.


lunes, 19 de febrero de 2018

Enfermedad y literatura


Susan Sontag, en su libro La enfermedad y sus metáforas (1980), habla del reino de los sanos y del reino de los enfermos, un destino propio de todo ser humano al nacer. Todos nacemos, según la escritora norteamericana, con ese doble pasaporte de vida. Henning Mankell, por otro lado, en Arenas movedizas (2015), viene a decirnos que la identidad se tambalea cuando tenemos que adoptar una postura determinada ante cuestiones complejas. Y mucho más cuando uno se enfrenta a una enfermedad grave: “el cuerpo se paraliza y sientes que el tiempo se detiene”.

En el interior de la solapa de la contraportada de El desconcierto (:Rata_, 2017) podemos conocer lo que supone para su autora, Begoña Huertas (Gijón, 1965), ese binomio representado por la literatura y la enfermedad. Estas son sus palabras: “Entiendo la literatura como la puesta en común de asuntos universales que nos competen a todos, en este caso la enfermedad y la identidad, el desorden (el desconcierto) que provoca lo primero en lo segundo”. Y qué bien le quita solemnidad al asunto: “El valor de la literatura es precisamente ese, que uno no tiene que arrancarse los ojos, ya lo hace Edipo en su lugar”.

El desconcierto es un testimonio conmovedor, nacido desde las entrañas de la literatura, que se adentra en los inestables movimientos emocionales y físicos provocados por el cáncer. Escrito en primera persona, como corresponde a la esencia de su género, su autora apuesta por proponernos un texto que no se quede atrapado en las garras del dolor, ni que tampoco se quede relegado a la mera tarea de relatar el proceso incierto de tratamiento y curación, sino que aspire a tomar vuelo, desde la propia experiencia dolorosa y desconcertante de la enfermedad a una creación literaria que de valor y sentido a lo narrado. La historia de este libro la protagoniza una reflexión, o varias, según se mire, sobre un ente abstracto, como asegura su autora, o no tan abstracto: la enfermedad. “Yo era como un barril con cuatro agujeros por los que salía el líquido interior a través de unos tubos que iban a parar cada uno a otras tantas bolsas a los pies de mi cama.”

Ante la enfermedad en la que se ve envuelta la protagonista, se suceden, consecutivamente, el impacto, el pavor y la parálisis. Estos hechos los compara con un manotazo repentino a las piezas de ajedrez que conforman el tablero de su vida. De esta manera explicará ella misma cómo la vida tiene que ver con una partida de ajedrez donde las piezas tienen su misión de avanzar en sus escaques, en un plan, más o menos preconcebido, hasta que irrumpe la enfermedad y hace saltar por los aires las ataduras de un cuerpo acostumbrado a funcionar de una forma establecida. “La enfermedad –dice– es una pérdida repentina de la estabilidad, la estabilidad del yo al que estabas acostumbrado”.

Dividido en ocho capítulos, el libro conforma una estructura que encauza al lector a un territorio literario en busca de un sustento que apuntale los cimientos por donde transcurre el sentir y los miedos propios de un devenir incierto, inmerso en esas arenas movedizas a las que se refería en su libro el novelista sueco. “Qué otra cosa ha sido la literatura sino el relato de los miedos y el intento por ordenar el caos”, se pregunta la escritora asturiana. Desde la propia naturaleza literaria le gusta apuntalar su relato con citas y referencias lectoras sobre textos de Proust, Kafka, Mann, Woolf, Tolstoi, Sacks o Zorn entre otros muchos escritores, autores que irradiaron en sus obras la fuerza centrípeta causada por la enfermedad en el escritorio donde cada uno de ellos, a su manera, sorteaban sus envites. A esto se añade también, en forma de epílogo, dos textos a cargo de Natalia Carrero y Javier Azpeitia, respectivamente, que destacan el carácter decidido de Huertas para escribir fuera de ese marco positivista de encarar la enfermedad y de apostar, en todo caso, por un texto escrito por alguien, más que nada, enfermo de literatura, que aborda física, anímica e intelectualmente un trayecto complicado y duro por las latitudes del mal que está pasando.

Begoña Huertas firma un texto convincente con muy buenas hechuras, que, sin escapar del valor confesional de todo el material vivo de sus páginas, destila mucha literatura y pasión, sin tener que apartarse de “mirar la vida desde la enfermedad de la literatura”. Y subraya: “Una enferma de literatura no es capaz de hacer un texto sano, porque la paciente sufre una serie de procesos mentales, probablemente provocados por las lecturas compulsivas a las que la lleva su enfermedad”.

La vida se compone, por lo general, de azares y de adversidades que se cruzan en nuestro camino. La enfermedad no es un hecho premeditado, sino una anomalía, dicen los expertos. Para la inmensa mayoría de las personas del planeta, la vida es supervivencia elemental. Para otros, como Begoña Huertas, sufrir una enfermedad grave es haberse extraviado en el propio cuerpo, en el que sucede algo que uno, si no puede controlarlo, tal vez convenga mejor que tenga a mano una buena dosis paliativa de literatura. Muy buen libro.

lunes, 12 de febrero de 2018

Vidas paralelas


Aristóteles sostuvo la curiosa teoría de que todas las cosas tienen su lugar natural en el mundo, una especie de hogar perdido al que se retorna en cuanto aparece la primera oportunidad. Según él, el hogar del plomo es la tierra, el hogar del humo es el cielo. El hogar del hombre no está claramente delimitado, ni pone cerco a sus apegos, ni mucho menos límite a sus ambiciones. De ahí que, muchas veces, conformarse con ser un simple lugareño no sea suficiente y uno aspire a convertirse en un ciudadano del mundo, más expuesto a asumir otros retos, nuevas metas, impulsadas por sus deseos y sueños.

En Brillo de asfalto (Fórcola, 2018), la nueva propuesta narrativa de Marian Torrejón (Sagunto, 1961), autora del libro de relatos Limones dulces (2012), hay vidas en juego y mucho que reflexionar sobre las aspiraciones legítimas y los valores que, en buena medida, transitan por la teoría del pensador griego, así como el alcance de las cosas materiales del mundo y su implicación en la vida de los hombres, pero bajo la vertiente determinada por el resultado de éxito o de fracaso, un tema que también tocó, con otras mimbres, en su novela anterior: Al pie de una pared sin puerta (2015).

Lo mismo que “el dinero y el amor son difíciles de esconder”, como dice el narrador de esta historia de náufragos, tampoco la ruina y el desamor se ocultan a la vista de los demás. El espejo en que se mira la vida de Serafín Orduña, su protagonista, devuelve al lector la imagen azorada de una vida intensa, repleta de ambiciones y sueños, que ha pasado rápidamente del todo a la nada, una trayectoria que, de buenas a primeras, comienza a hacerse añicos y a vislumbrar su tragedia, algo que tiene su origen en una noche aciaga, cuando, accidentalmente, mató con su coche a un hombre que cruzaba por la calzada. Este hecho fatídico lo impulsará a indagar en la existencia de ese hombre que yace, sin vida, sobre el asfalto de una calle solitaria de su ciudad, junto a las ruedas de su vehículo.

Todo en la vida de Serafín ha sido meteórico. Sus proyectos e inversiones no han dejado de acarrearle grandes satisfacciones. Las tiendas de gourmet Sebarit, una creación suya, alcanzan auge y prestigio y no paran de sumar dinero. Sus apetitos se disparan y ya no se contentará con su suerte. Aun así, nada es ajeno a los ciclos y a las incertidumbres económicas y, por tanto, pocos se libran de los estragos de la debacle financiera sobrevenida, que pilló a tanta gente desprevenida y a la que endeudó hasta la coronilla. El amor, la familia y su propia existencia también se resentirán a los envites de la ola de desconcierto económico desatado, y no tendrá compasión alguna de él, precipitando tanto sus excesos como su vida arbitraria al abismo. Vivir bajo los tiempos de la abundancia no le sirvieron para poner coto a su codicia, ni tampoco para poner freno a esa pulsión desmedida de someter toda una vida en pos de una mayor fortuna.

La novedad y su estatus social van forzando su tren de vida, imposible ya de parar, y ocupan la totalidad de los sueños de este hombre exhibicionista y codicioso que, en nada de tiempo, empieza a mostrarse vulnerable a medida que descubre que la realidad económica de su negocio atraviesa por su peor momento. Cuando más endeudado está, y menos crédito tiene, es cuando descubre nuevos detalles de la vida del hombre que atropelló, un ser sin apenas atributos, que se le parece a él, reducido al fracaso y a sobrevivir de mala manera en medio de la tormenta económica desatada.

Marian Torrejón ha escrito una novela vibrante, cruda e intensa sobre la vida convulsa de unos personajes absorbidos por la codicia y el desenfreno, una crónica reconocible para el lector de nuestro tiempo, al que tampoco no le es ajena por el entorno que le ha tocado vivir, una historia que concita a reflexionar sobre los estragos que produce en el ser humano la ambición, y la imposibilidad de salir indemne de los hilos que esta mueve.

La gente de mar sabe que un buen timonel puede navegar contra el viento sirviéndose, precisamente, del empujón extraviado que este trae consigo al chocarse en las velas de la embarcación. Pero ningún viento es bueno para el que no sabe adónde va. Los personajes de Brillo de asfalto no son hombres del mar, tan solo náufragos, víctimas de sus malas decisiones.

El lector de este relato constata que la cruda realidad siempre se impone al humo de la grandeza, pero al mismo tiempo, también sabe que nada es tan simple en la vida de los otros, y que marcar un rumbo equivocado no sale gratis. Por eso no es nada fácil soportar las miserias sobrevenidas a los demás porque, inevitablemente, nos recuerdan mucho a las nuestras.


lunes, 5 de febrero de 2018

Viaje a Portbou

La novela no es el género de las respuestas, escribe Javier Cercas, sino el de las preguntas: escribir una novela consiste en plantearse una pregunta compleja para resolverla de la manera más compleja posible, no para contestarla, o no para contestarla de manera clara e inequívoca; consiste en sumergirse en un enigma, más que para resolverlo, para cuestionarlo.

El nuevo libro de Álex Chico (Plasencia, 1980), poeta, ensayista y crítico literario, viene a resaltar esta particular cosmovisión de la novela a la que se refiere el autor de Soldados de Salamina (2001) y, especialmente, en lo relativo a ese punto ciego en el que incide el enigma de toda historia narrada, sobre la que gira su esencia y validez.

Un final para Benjamin Walter (Candaya, 2017) parece un ensayo, también parece un libro de historia, incluso una crónica de un viaje o un diario personal, a ratos una narración introspectiva sobre la búsqueda de la verdad en torno a la muerte y a las circunstancias que rodearon los últimos días de la vida del pensador berlinés en el pueblo fronterizo de Portbou, una estación de paso en el Alto Ampurdán, por donde cruzaba gente que huía, como él, del terror nazi y gente que escapaba, en sentido contrario, de la persecución franquista.

Portbou y Walter Benjamin se entrecruzan a través de una trama en la que el escritor extremeño se implica con el personaje y el pueblo. Portbou, dice Álex Chico, era tan solo “un escenario colateral de la trama que había detrás de una muerte”. Sin embargo, un poco más adelante y, también, al final del libro confiesa lo siguiente: “Fui en busca de un escritor y me acabé encontrando un pueblo. Más aún: acudí al pasado sin saber que solo me estaba desplazando hacia el presente”. Es sobre esta reflexión donde el lector encuentra la clave de esta obra. Aquella decisión tomada hace unos años de emprender un viaje a Portbou para contrastar algunos datos sobre la muerte de Benjamin se transformó, por tanto, en una indagación sobre el propio territorio, un azar sobrevenido: de la idea de ir a Portbou para encontrar a Walter Benjamin, a la realidad de llegar a Walter Benjamin, para encontrar a Portbou.

La verdad literaria de esta novela de ensayo ficción, como la denomina su propio autor, no está en las respuestas al mito que transita por sus páginas, sino en la propia búsqueda de una respuesta dentro de la indagación que propone el texto. Esta novela no persigue proponer certezas, ni dar respuestas convincentes, sino transmitir dudas, preguntas, complejidades que nos pongan en guardia sobre lo mucho o lo poco que sabemos de lo que se cuenta en el texto acerca de la muerte de Benjamin. El libro de Álex Chico conmina a ello, a que nos pique la curiosidad, también nos sugiere que una realidad puede convertirse en otra, según la experiencia de quien la maneja, y nos alerta sobre la fragilidad del conocimiento de las cosas y sus equívocos.

La imagen verdadera del pasado, en palabras del propio W. B., es una imagen que amenaza con desaparecer con todo presente que no se reconozca aludido en ella. Un final para Benjamin Walter, un título en el que el autor intercambia el nombre con el apellido, hace alusión al dislate del funcionario franquista que anota en el libro de registro la entrada por el paso fronterizo del Sr. Walter, un matiz que le sirvió de salvoconducto y no ser detenido, al ocultar su verdadero apellido judío.

En el fondo de este memorial narrativo por donde transcurren voces y presencias de artistas diversos como el escritor Sebald, el pensador Adorno, el poeta Zurita, el escultor Karavan, el fotógrafo García-Alix o la pintora Silvia Monferrer, entre muchos otros, hay un propósito de rescatar un escenario inerme del presente, revisitarlo y articular una historia vívida sobre la memoria de su pasado. Portbou significa el tiempo dilatado, denso, simbólico, velado de historia pretérita y vacío de presente.

Álex Chico yuxtapone, por tanto, ideas y citas rescatadas al relato de su libro, y al tiempo indaga por las calles deshabitadas de Portbou, confrontando esa realidad con lo sabido y contado por otros. En esos ecos del tiempo, curtido de preguntas y dudas, el texto encontrará acomodo y sentido. Entonces todo encaja, se apura al concluirlo: “Descubres que detrás de ese viaje, detrás de Portbou y de Walter Benjamin, detrás de los objetos esparcidos sobre tu mesa..., buscabas la ocasión para dar forma al diario que querías escribir..., como si tu vida anterior no hubiera sido más que una larga y paciente espera”.

En suma, en Un final para Benjamin Walter se aúna la cartografía de la memoria de un hombre que dejó una obra luminosa y una vida llena de preguntas y puntos suspensivos, con la de un pueblo casi extinguido y con el sentir de un narrador adherido a ambos, un relato íntimo y persuasivo en el que al autor le es imposible desaparecer de la escena, pero que, a su vez, comparte diálogo con quienes le acompañan en su escritura.

Álex Chico firma una obra ambiciosa, inteligente y reflexiva sobre la supervivencia y la memoria, dos ideas fecundas para conjugar el presente y el pasado de un trayecto vital, un libro que cautiva por su verdad y buena literatura.


lunes, 29 de enero de 2018

Vivir, viajar, escribir


Escribir es procurar entender, es procurar reproducir lo irreproducible, diría Clarice Lispector. Escribir es, también, sentir la necesidad de contar algo relevante que anda fraguándose en el alma de todo escritor. La literatura es, en gran medida, causa de esa necesidad y espacio propicio de donde se surte el escritor para extraer recuerdos, realidad y sueños, por medio de los cuales tira del hilo de lo que se fue gestando dentro de sí mismo. Pero al escritor comprometido con su oficio lo que le interesa es que esa pulsión obedezca a una irresistible revelación, imposible de callar.

Los escritores, a su vez, disponen de diversos medios para orientar al lector sobre el sentido de su libro. El título es el más inmediato. Lo mismo pasa con las citas de otros autores que anteceden al texto. A todo esto, el lector ávido de signos y pistas celebra que algunos autores se preocupen de poner más referencias acerca de sus libros, añadiendo información en alguna página preliminar sobre lo que viene a continuación.

Marta Rebón (Barcelona, 1976), a la que debemos extraordinarias traducciones de grandes obras maestras de la literatura rusa, como Doctor Zivago, de Pasternak, Vida y destino, de Grossman o El Maestro y Margartita, de Bulgakov, entre otras, se acerca al lector por primera vez con un título sugerente al que acompañan dos citas reveladoras de Filipa Leal y Joseph Brodsky, que dan sentido al título elegido y a la forma de cómo se supone que fue concebido el texto, mientras los viajes, las lecturas y las traducciones se sucedían durante años en su quehacer diario.

En la ciudad líquida (Caballo de Troya, 2017), precioso epígrafe, cohabitan muchas voces y muchas vidas a lo largo de todos sus capítulos. Estamos ante un libro que es un viaje, una crónica, una biografía colectiva de grandes escritores rusos, pero escrito desde la experiencia de una vida entusiasta dedicada a la traducción, que pone voz y mirada propia al mundo que la rodea a través de sus vivencias literarias y desplazamientos por las ciudades líquidas que fluyen por sus páginas, desde la fría y moderna San Petersburgo, a la cálida y milenaria Tánger. El yo que sustenta al relato es sutil y modulado en su intimidad. Rebón comparte con su compañero de viajes estancias e instantáneas fotográficas que ilustran y ponen significado al libro, al tiempo y al espacio recorrido durante ese trecho importante de su vida dedicada a la lectura, a la traducción y a la escritura. En realidad, según cuenta ella misma, siempre vio “la traducción como antesala de la escritura”.

El traductor, nos dice, es un escafandrista al que le gusta enfundarse a diario el equipaje de buzo, “un hombre rana que, pertrechado de diccionarios a modo de linterna y de fusil submarino para alumbrar y cazar palabras, trabaja en las entrañas de un mar de letras, perdido en remolinos de frases o sumido en un pozo de dudas”. A Marta Rebón le gusta su oficio y la literatura que lo sustenta, y aquí se aúpa para contárnoslo en primera persona, desde los lugares donde forjaron sus vidas sus escritores predilectos y transcurrieron sus ficciones, para hablarnos de sus obras y de sus azoradas peripecias.

Por estos pasillos literarios transitan clásicos fundamentales de la literatura rusa como Tolstói, Dostoievski, Chéjov o Nabokov, pero también nos cruzamos con otros nombres grandes de las letras soviéticas como Tsvietáieva, Tsypkin, Dovlátov o Chukóvskaia, un amplio elenco, que parte de San Petersburgo y que se trasladan con ella a otros escenarios como Quito, Oporto, Moscú y Tánger, con el propósito de trazar un relato de vida y experiencia personal a través de la lectura de sus obras.

En la ciudad líquida se edifica un tránsito, una autobiografía, desde el cimiento de una vida iniciada en las trincheras del mundo de la traducción hasta desplegar el sueño de contar la experiencia de escribir un relato propio, de sentirlo reflejado en una historia alentada por esa facultad arrebatadora e imparable que posee la literatura para interpretar los asombros cotidianos de la vida, como si no bastará con lo que uno se apura en hacer cada día. La vida, se deduce del texto, consiste precisamente en el paso del tiempo, en el cambio, en la alteración de lo que rodea a su autora. Lo que hay en este libro no es solo una historia, es un microcosmos significativo de otras muchas vidas reflejadas por quien las ha escrito en estado de gracia.

Lo que hay, en definitiva, En la ciudad líquida son vivencias, lecturas y viajes que nos revelan esa condición de nómadas que solemos llevar íntimamente. Leer es siempre un trayecto, y no es casual que los libros tengan esa forma de maleta que hablaba Dovlátov. Pero también, leer no es simplemente leer. Leer es interpretar lo que se lee. A veces, otros lo hacen por ti. Marta Rebón pertenece a esa estirpe, y aquí, lo hace desatadamente, con mucho talento y buen gusto, reinterpretando su mundo y la literatura que le es afín, en este libro sorprendente de hermosa edición.


lunes, 22 de enero de 2018

Salmo a la vida

Todo lector tiene sus preferencias a la hora de elegir sus lecturas. Algunos nos fijamos mucho en el título del libro que tomamos entre manos o, también, en la alegría de descubrir a un nuevo autor. Nos atrae tanto lo insólito como la originalidad de la historia, al igual que el impacto de sus primeros párrafos, la belleza del lenguaje, la construcción de los personajes o, simplemente, el tema urdido por el escritor. Es frecuente que no haya solo un factor que determine si un libro nos va a encandilar o no, sino la suma de varios.

Tengo que admitir que siento especial predilección por la temática y atmósfera que impregnan los libros que describen la vida de aquella gente que sobrevivió, a duras penas, a los malditos campos de concentración que proliferaron en Europa durante el siglo XX. Esa imbatible voluntad de vivir, de luchar frente a la adversidad más impensable y cruel, quizá, sea otro de los acicates a añadir a ese tipo de preferencias que, raramente, pasa desapercibida a cualquier conciencia lectora sensible y contraria a toda barbarie.

Cuando uno termina de leer un testimonio tan veraz, duro y conmovedor, pero, a la vez, tan esperanzador y lleno de vida como este libro de Cuatro mendrugos de pan (Periférica, 2017), de Magda Hollander-Lafon (Záhony, Hungría, 1927), traducido por Laura Salas Rodríguez, el resultado es que el horror de lo vivido por su protagonista, su espíritu de supervivencia y el desafío a que tuvo que enfrentarse en los campos de la muerte conmocionan tanto, que uno no deja de preguntarse a sí mismo si la maldad humana es capaz de llegar a tanto, como tampoco deja de admirar la fuerza de quien es capaz de sobrevivir tan desvalido y maltrecho, sujeto solo a un mínimo hilo de esperanza, para salir con vida de aquellos lugares de espanto y después poder contarlo.

La autora, hija de judíos, nacida en una pequeña población húngara, fue apresada con apenas dieciséis años y conducida a Auschwitz en 1944 junto a su madre y a su hermana. Posteriormente, hasta su liberación, que no llegó hasta haber transcurrido año y medio de infierno, fue trasladada y confinada a otros centros. Toda su familia, como la inmensa mayoría de los judíos que pasaron por aquellos campos de la muerte, quedaron exterminados en vida.

Hollander-Lafon acude a su memoria para contarnos episodios de aquel desvalido itinerario de muerte suyo sin apenas esperanza en el que todo el mundo se aferraba a la vida; todos, sin importar la edad ni la salud, hasta el último segundo, pusieron su aliento para seguir vivos. Auschwitz, Birkenau y el resto de aquellos siniestros recintos eran lugares de exterminio en los que cada uno de sus reclusos se aferraron a la vida como clavos. En la primera parte del libro, que da título a la obra, se encuentra lo más valioso del texto, lo más descarnado, descriptivo y conmovedor. De las tinieblas a la alegría, la segunda parte, le sirve como subtítulo y énfasis a lo que vino después, tras su conversión al catolicismo, un sentido manifiesto sobre la esperanza y la paz interior que había alcanzado. Al libro se añaden unas notas históricas muy interesantes y reveladoras sobre la vida y trayectoria de Magda desde su adolescencia hasta la actualidad, escritas por Nathalie Caillibot y Régis Cadiet.

Dice la autora, en una entrevista, que siempre fue rebelde y que nunca dejó de tener esperanzas, porque, para ella, cuando odias la injusticia significa que estás vivo, tanto como cuando sufres o como cuando amas. Solo en ese anhelo de hacer sitio a la vida puso su empeño, y en ese instinto de supervivencia albergó la posibilidad de superar el miedo a la muerte, mirando al futuro y a la pronta liberación de su cautiverio.

En Cuatro mendrugos de pan el sentimiento trágico de la vida está presente dentro de la voz que habla, tan contundente, tan serena y llena de gratitud, a pesar de la infame experiencia soportada. Este libro nos muestra la hiriente realidad histórica de un pasado terrible, desde la memoria de una mujer irreductible ante la adversidad, narrado sin ambages, con la sencillez y la garra de quien siente haber ganado la partida a la muerte y a sus verdugos.

La vida de Magda Hollander-Lafon se paralizó en el brote de su juventud. En Auschwitz, confusa y asustada por lo invivible del sitio, una kapo inmisericorde le mostraba la columna de humo como respuesta a las preguntas sobre el paradero de su familia. Y aunque la experiencia vivida fue indecible en toda la extensión de su dolor, las palabras volcadas en este relato fragmentario y confesional suyo queman y, a la vez, proclaman el verdadero sentido de la lucha por la vida a la que se vio enfrentada gente que no sucumbió, como ella, en aquellas amargas circunstancias ante la humillación y la desmoralización posterior que condujeron a muchos de ellos al naufragio espiritual, como ya dejó escrito Primo Levi.

En Birkenau, una moribunda le entregó cuatro mendrugos de pan mohoso para aliviar su desmayo y para que contara al mundo lo que allí sucedía. Todo un salmo a la vida, una liberación interior, una mirada de esperanza.


martes, 16 de enero de 2018

Futuros aplazados

Según algunos empiristas, como John Locke, la mente con la que nacemos es una pizarra en blanco, una tábula rasa. Todo lo que sabemos proviene de nuestras experiencias, de lo que aprendemos mientras vivimos. Dicho en términos más coloquiales, son producto de la cultura, no de la naturaleza. Nacemos con una plantilla mental incorporada que determina la forma en que percibimos e interpretamos el mundo. La realidad social es un monitor muy poderoso que afecta y altera nuestra experiencia. Creemos que su influencia es muy determinante, pero, a veces, parece que estamos a salvo de su perímetro de interés, ajenos a su vecindad y reflejo.

Es el deseo quien estimula, con mayor énfasis, esa necesidad de aprendizaje, de aprehender el mundo que nos rodea. El deseo es el motor de la vida. Y en esa aceptación pública del deseo, el mercado no escatima dinero y tiempo. Primero se fabrica, y luego se induce la necesidad de lo fabricado. Todo consiste en convertirse en economía de la oferta. Su función prioritaria, por tanto, es producir sujetos deseantes. Pero en ese escaparate del capricho, la atención se vuelve caprichosa y perversa, produciendo una deriva social poblada de insatisfacciones y desequilibrios sangrantes.

La precariedad de los trabajos creativos funcionan como consecuencia de esta deriva, viene a decirnos Remedios Zafra (Zuheros, Córdoba, 1973), escritora y profesora de Arte, Estudios Visuales y Cultura Digital en la Universidad de Sevilla, en su libro El entusiasmo, obra ganadora del Premio Anagrama de Ensayo 2017, un alegato sobre la realidad preocupante del momento en torno al trabajo de quienes se dedican en cuerpo y alma a la creación artística. Este es un libro expuesto al mundo de la cultura pero que infiere mucho en las consecuencias sociales que el mercado laboral precario de estos tiempos trae consigo, donde la inmediatez y la incertidumbre campean a sus anchas. La precariedad es moneda común y predominante en un mundo camuflado y conectado las veinticuatro horas del día a la red, como el que impera en la actualidad.

Zafra nos pone ante el monitor de una realidad social preocupante y menesterosa por su inestabilidad laboral por medio de la figura de un personaje que viene a narrar lo que le sucede. Sibila es una mujer entusiasta, como mucha gente trabajadora dedicada a la elaboración de proyectos creativos, que asiste aturdida a un panel mal remunerado y que, en ocasiones, solo le ofrece visibilidad en la red como promesa de una carrera prometedora a cambio de su trabajo. Vivir de las expectativas no parece el pago debido ni tampoco la manera más justa de corresponder a un salario justo. “La libertad mengua cuando no hay dinero y sí expectativa –subraya–, cuando el vivir se sostiene difícilmente sobre una superficie demasiado inestable que precisa unos mínimos de energía y sustento.”

Los entusiastas a los que alude Zafra están imbuidos en sus sueños y en sus expectativas, pero no dejan de estar en conflicto permanente con la realidad cotidiana y con la conectividad de la red. Ahí radica el verdadero problema, porque lo que moviliza el interés de un entusiasta no es otro que “dedicarse a su pasión, transformar su vulnerabilidad económica en libertad”. Precariedad y sumisión conforman un binomio presente en las páginas de este libro, adscrito al bagaje del entusiasta atrapado por el sistema, como algo aceptado, un espejismo a todas luces muy común en muchos trabajos culturales que circulan libremente por la red.

La velocidad y la competencia, por otra parte, conforman, más si cabe, la precariedad en la remuneración del trabajo y, sin embargo, no impide que esta situación deje de provocar entusiasmo, todo lo contrario. Para Sibila esto impulsa más su entusiasmo, sus expectativas por alcanzar nuevos proyectos darán pie a tomar más riesgos y más prisas. Trabajar con más calma y concentración queda muy lejos para ella.

La observación, la empatía y el análisis son las armas que utiliza Zafra en su ensayo para hablarnos de lo que se esconde detrás de las apariencias del campo creativo, y de las vidas expuestas de sus actores a la exigencia de un sistema inflexible, severo e inmisericorde, como el que establece esta era moderna.

El entusiasmo es un libro rotundo que viene a encender el foco sobre esa imagen social de precariedad que se ha establecido en este siglo XXI en el que la incertidumbre laboral y las inclemencias del sistema capitalista zarandean las vidas de tanta gente incauta que navega bajo el caudal pavoroso de un entusiasmo delicuescente, sometido al futuro aplazado y a la esperanza de un trabajo indefinido mejor pagado.

Tengo que decir que este libro es la bomba. Necesitamos escritores incendiarios que derrochen inteligencia y voluntad de acercar temas candentes y controvertidos, que nos despierten del limbo en el que vivimos, que arrojen luz y metan sus dedos en las heridas. Remedios Zafra lo ha hecho de manera explosiva y sagaz.