lunes, 9 de diciembre de 2019

Un hombre de interior


Cada hombre y cada mujer guardan la clave de un proyecto genuino, diferente como las respectivas huellas dactilares, que los convierte en seres únicos e inconfundibles.[...] Y ello es así porque la experiencia nos ha demostrado que es mucho más llevadero caminar por la vida presentando su parte más homologable con las costumbres sociales que haciéndolo sin ese escudo opaco […] Nací en el seno de una familia de clase media, de la pequeña burguesía de los pueblos, en la que aún perduraba la huella de una época más brillante[...] Aquel niño, que como todos los niños tenía una mente curiosa, rendida a la exploración de su entorno y al juego, sólo empezó a conocer la cara abrupta de la vida al enfrentarse a dos realidades: una religión penosa y oscurantista y la enfermedad”.

En estas palabras, extraídas de la breve reseña que Campos Reina (Puente Genil, 1946 – Córdoba, 2009) hace de su vida en los prolegómenos de Diario del Renacimiento, uno de los tres volúmenes que la editorial Random House incluye en su estuche de la colección Debolsillo, bajo el título de Parques cerrados, cabe el sentir de la escritura de su dietario. Recoge la huella de un tiempo azaroso vivido y, a su vez, la travesía gozosa de un período de plenitud creativa y de incontenible exigencia vital, una etapa de madurez en la que el secreto de las cosas y el aire que las convierte en fuente de inspiración se intercalaron con la precariedad de su salud. Se publica conjuntamente con otras dos obras suyas, su poesía completa y el ensayo De Camus a Kioto. Todas ellas se aúnan en un mismo motivo: rescatar la figura de este autor de culto, del que ahora se cumplen diez años de su fallecimiento, considerado, en el ámbito de la crítica literaria, como un prosista singular y prodigioso, de afán perfeccionista, uno de los escritores andaluces más sobresalientes de la segunda mitad del siglo pasado.

Juan Campos Reina, autor silente, como lo califica Luis Antonio de Villena, que huía de toda notoriedad, estudió Derecho y ejerció como funcionario público en tareas de inspección de trabajo, se estrenó en 1988 con su primera novela Santepar, un libro insólito y personalísimo, escrito con un lenguaje rico y bien cuidado. Fue muy celebrado por la crítica del momento. Además de esta obra seminal, que de algún modo marcaría su obra, publicó Un desierto de seda (1990), El bastón del diablo (1996) y La góndola negra (2003), tres obras que componen la Trilogía del Renacimiento. También hay que sumar Fuga de Orfeo (2006) y El regreso de Orfeo (2006) y la colección de relatos Dulces tormentos recogidos en una edición de 2011.

El buen debut de Santepar le dio pie a seguir su imparable senda narrativa que tuvo que compaginar con su trabajo y sus controles médicos. Todos tenemos fuerzas suficientes para soportar los males ajenos, decía La Rochefoucauld. La salud precaria de Campos Reina le acercó aún más a ese sentir compasivo del mundo. De igual manera, no le impidió concebir un plan literario existencial en el que no cabría el descanso ni el abandono ante la adversidad, porque para él nadie es demasiado fuerte ni demasiado débil para ser consolado. Por eso entiende que no puede prescindir en absoluto de la palabra. Viene a decirse que el lenguaje ayuda a vivir y a no morir.

Para él, lo dice en su diario, el tiempo es el que consuela, apacigua y cura. Es la vida la que en primer lugar se defiende. Resistir es mantenerse a flote desde el dolor, algo que ya lo vio claro Stendhal: «Un medio para consolarse es mirar de cerca el propio dolor». Y en esa verdad estampada en su cuerpo al haber visto tan cerca la muerte escribe: “Y es que el dolor, no ya poético y espiritual, sino el físico, ese que se te mete en los huesos durante interminables semanas y contra el que nada pueden los calmantes, el que me enseñó incluso a aislarme de mi cuerpo, es el maestro de la vida”.

Nunca se sabe cómo vivir. Esto es algo que trasciende en su obra. La vida, para Campos Reina, es algo que hay que inventar. No hay un único sentido que dé razón de lo que es vivir. A diferencia de lo que es el mundo, la vida no se hereda, no es algo que a uno le venga dado, al contrario, hay que darse a sí mismo una forma, y no hay formas puras. Es lo que el propio escritor se insinúa en estos versos de su poema Del ser: “Estoy en el secreto de las cosas,/ penetrado de luz, desarraigado,/en la estela de magma palpitante/ que de la escoria arrastra la ceniza”. En el diario también da muestra de ese pálpito de manera constante, a través de las muchas lecturas de sus autores preferidos: Dante, Goethe, Mann, Camus o Gil-Albert, a los que evoca de continuo. “Cuando escribo –dice en una de las entradas–, hasta la desmesura debe partir de mi estética, de mi irracionalidad, de mi sentimiento... Los círculos concéntricos en mi entorno configuran el proyecto de mi obra”.

Lo que el lector encuentra dentro de los tres volúmenes de Parques cerrados es un amplio marco literario, tres piezas exquisitas que conforman la condición humana de un autor enigmático, de extraordinaria lucidez y versatilidad al que leer y escribir dan sentido a su existencia, alguien implicado a quien cada momento de la vida se expone a entenderse con su punto de vista, con la perspectiva que el mundo le ofrece. Vivir para él es aceptar este movimiento, esta transformación.

En Parques cerrados se percibe la sutileza de la observación de un escritor de estilo depurado, meticuloso y elegante, capaz de contagiar el placer de la lectura, el gozo de lo efímero, sus anhelos y éxtasis, pero también el dolor y el abismo del discurrir del tiempo. Campos Reina pertenece a esa estirpe de escritores olvidados que cuando uno los lee resultan inolvidables.


domingo, 1 de diciembre de 2019

Testimonio vital


No me considero un gran escritor. En Italia se tiene la ambición de levantar catedrales; a mí, en cambio, me gusta construir iglesias rurales pequeñitas y sobrias. Y con eso me basta. He escrito mucho: cuando cumplí noventa y un años, celebramos mi centésimo libro. Créeme, no hay una sola página que no haya escrito con absoluta sinceridad, movido por el único deseo de contar historias. Más que escritor, creo que soy cuentacuentos, es decir, una persona que extrae del placer de la narración todas sus posibilidades de expresión”.

Nada le impide a un autor de alma combativa, experimentada y curtida en tantas contiendas personales y colectivas en las que ha sabido salir airoso, mostrarse así de esta manera, sin ambages, sin alharacas, tal como es, y máxime cuando la destinataria de esta confesión no es otra que su pequeña biznieta de cuatro años a la que quiere dejar por escrito su testimonio vital, su verdad vivida en poco más de un centenar de páginas en las que concentrar no solo su intensa trayectoria profesional, sino los episodios más significativos que su memoria guarda de su largos años de vida y lucha.

En el vértice de todo lo que Andrea Camilleri (Porto Empedocle, Sicilia, 1925 – Roma, 2019) quiere transmitir en Háblame de ti. Carta a Matilda (Salamandra, 2019) hay una decisión moral y “una necesidad imperiosa” de hacerlo por escrito a modo de legado. No quiere que los demás le digan a su biznieta, cuando esta sea mayor, cómo era su bisabuelo. Por eso escribe esta emotiva carta para ella, para dejarle un vívido retrato suyo que resuma lo que dio de sí su larga vida entregada a la escritura, sus convicciones políticas, su manera de saber o creer saber sobre sí mismo, los demás y el resto de lo que la vida le deparó.

Un escritor, y mucho más un escritor de novelas como él, es ante todo un ser humano que ha corrido ese riesgo que transita entre las vidas de ficción que ha concebido y la suya propia, con muchas perplejidades y dudas, incluso, sobre la consideración imaginaria o real del territorio que pisa. En este sentido, considera que la mayoría de las veces esa complejidad de acotar el propio mundo es clave en la literatura: contar algo es más difícil que decirlo todo. Camilleri, con el pretexto de hablar de sí mismo, esboza su visión del mundo. Nos cuenta, con el alma puesta en hacerse entender y desde la perspectiva crepuscular de sus años, cómo el triángulo formado por su compromiso político, su dedicación al teatro y su vocación literaria le dieron suficientes ganas de vivir y soporte para ejercer su libertad creativa y desarrollo personal.

Le dice a Matilda que tuvo la suerte de descubrir muy joven los ensayos de Montaigne, un hallazgo fundamental para entender mucho su propia vida. Le dice que tenga muy en cuenta que “a vivir la vida se aprende con la práctica”. Por eso arranca su carta partiendo de la realidad del momento presente: “El mundo ya no tiene el mismo aspecto que en mi juventud y mi madurez. Han contribuido a ello los cambios políticos, económicos, civiles y sociales, los descubrimientos científicos, el empleo de la tecnología más avanzada, las grandes migraciones de masas de un continente a otro o el relativo fracaso de nuestro sueño de una Unión Europea”. Y a partir de aquí se centra en destacar los años de su niñez y juventud, dos etapas que tuvieron un escenario político dramático que fue agravándose en apenas unos años. Abandonó el fascismo de su infancia y abrazó al poco tiempo las ideas comunistas. En Roma se afanó en una entusiasta actividad como profesor y director teatral que se prolongó durante más de veinte años, hasta que, en 1994, casi con setenta años, descubrió que escribir novelas se convertiría en una apasionante y fructífera aventura que ya no abandonaría hasta sus últimos días.

En el recorrido por cada una de las etapas de su vida persiste en la entrega y entusiasmo por el trabajo, su fuente de alegría. Y en esa idea de vivir con intensidad su desempeño, sin olvidarse de sus orígenes, Camilleri se despide de su pequeña con el sentido propósito de añadirle algo más a la vida para darle sentido: “siempre debemos tener una idea –puedes llamarla también un ideal– y aferrarnos a ella con firmeza, pero sin sectarismo, escuchando siempre a quienes sostienen otras convicciones, defendiendo nuestras razones con determinación, explicándolas una y otra vez, e incluso, por qué no, llegando a cambiar de idea”.

Con una escritura tersa, esencial, casi elemental y nítida, Camilleri da vida a la partitura de esta emocionante carta. Su habilidad queda probada por esa manera de llamar a las cosas por su nombre, de plantarse ante sí mismo y hacer un recuento de su vida para poner de relieve la magia que posee la literatura, en cualquiera de sus vertientes, para que la memoria se convierta en un relato próspero y luminoso donde contar los hitos importantes de la vida de un hombre.

No siempre es fácil recibir una gran herencia, ni material ni, en particular, espiritual. Camilleri se empeña en entregar su legado moral, quizá a toda la generación nacida en este siglo, desde su bagaje cultural y filosofía de vida contestataria, tan propia del carácter siciliano, añadiendo una encendida voluntad ética y estética con las que reivindicar la plenitud y el significado de vivir.

Háblame de ti es, por todo ello, un relato admirable, un libro inteligente, emotivo y, en cierto modo, didáctico que pone de relieve que la ilusión del ser humano posee un significado indestructible.


miércoles, 20 de noviembre de 2019

Exégesis personal


Sin apenas darnos cuenta vivimos de la novedad que nos brinda el instante, del instante mismo, porque cada momento es único y diferente. La costumbre de lo cotidiano parece volvernos insensibles a lo que surge de nuevo, a lo que parece lo mismo y sin embargo es nuevo, porque nada se repite exactamente igual, porque la repetición no es la reiteración de un suceso, sino la secuencia de asuntos que conforman toda una vida.

Bajo esta idea de lo efímero del tiempo y sus consecuencias se cierne Una furtiva lágrima (Alfaguara, 2019), el nuevo libro de Nélida Piñon (Río de Janeiro, 1937). Una furtiva lacrima es una bellísima romanza incluida en L'elisir d'amore, compuesta por Donizetti, el aria más celebre de esta ópera que ha sido interpretada por los mejores tenores de todos los tiempos, un título que toma la escritora brasileña para su obra con el que poder contar el pálpito de sus suspiros que, al igual que se deja sentir en la pieza musical, le han ido sobreviniendo a lo largo de su vida y de toda su trayectoria literaria, un corolario sucesivo de su condición de escritora que ronda por todas sus páginas.

Podemos afirmar que estamos ante un autorretrato literario, unas memorias intermitentes reunidas en más de ciento cuarenta textos, algunos de ellos de apenas un párrafo de extensión, que conforman en su conjunto una exégesis personal en la que su autora aborda pasajes de su vida cotidiana, enfoques, reflexiones y retazos literarios por los que transitan su carisma, virtuosismo y tentativas en torno a la palabra, a la creación y al arrojo de vivir en soledad: “Tengo una feroz vocación por la soledad, el lugar metafísico donde mejor me encuentro”. Tampoco se achica en resaltar la estrechez delimitada que impone la soledad en el hogar: “El hogar es insuficiente. Conviene abandonar los límites espasmódicos de la vida cotidiana”.

Viene a decir que la biografía de cada uno es, en el fondo, una biografía literaria, una biografía conformada en relación con personajes y situaciones múltiples, con voces y con dudas, con revelaciones, creencias y titubeos, con alegrías y con miedos, es decir, con todo lo que configura el relato de toda una vida. Según Piñon, la literatura es una experiencia de posibilidades que nos hace sentir la esperanza, la angustia, la duda, la paradoja, el sobresalto, la emoción y la pena. En una palabra, la incertidumbre es su hilo de Ariadna, una constante universal: “Mi universo sirve a la palabra y a los seres que piensan, sienten y palpitan en torno a esta materia sutil y compleja, fina como el trazo de un dibujo que se esboza con manos trémulas y el corazón constreñido y contrito”.

El buen lector, que suele tener un olfato fino, descubrirá cuánto, entre la vida y la obra de Piñon, hay aquí de coincidencia y valores éticos. El lector se percata de que la escritora no se detiene en proclamar de nuevo su estancia preferida, el recogimiento. Insiste en que la soledad de cada cual contiene una historia. Es cierto que aquí uno se encuentra con recurrentes pasadizos aforísticos, evocaciones del pasado familiar y, desde luego, muchas lecturas, regocijos y analogías en los que se aferra el discernir de muchas de sus anotaciones que hacen referencia a autores y artistas de lo más diverso, que abarcan desde relatos bíblicos hasta la mítica compositiva de Wagner, o que van de la maestría de Dostoievski, la eternidad de Homero, la genialidad de Velázquez, la elocuencia de Epicuro, hasta la admiración por Da Vinci, Cervantes o Machado de Assis.

Una furtiva lágrima es un libro íntimo de recuerdos, de referencias y reflexiones de Nélida Piñon, un compendio luminoso traducido bajo el cuidado de Roser Vilagrassa en el que predomina el alma de la escritora, el amor a su familia, su credo personal, su pasión y arrojo por la escritura y por un sinfín de asuntos que han dado sentido a toda una trayectoria dedicada a las letras. Por todo este haz de apuntes, iniciados hace siete años, trasciende un espíritu entusiasta que define su carácter vivaz y que, en esta ocasión, gracias a su forma fragmentaria, resalta más si cabe ese empeño suyo de seguir viviendo por y para la escritura: “desafiar la palabra, conceder a la imaginación una dimensión amplia, adueñarse de cualquier fantasía, de cualquier cosa que estuviera o no a mi alcance. Al fin y al cabo, la verosimilitud es mera coincidencia”.

Uno nunca sabe a ciencia cierta por qué lee un libro, la razón de su lectura. Incluso se podría decir que en toda lectura subyace una sinrazón que se convierte en una interminable melodía que dura toda una vida. Digamos que la sinrazón es esa que está en los límites de la racionalidad. Cuando uno acaba con la lectura de un libro como este, tan vívido de exaltaciones, experiencias y tentativas, la sinrazón se convierte en deleite, y su detonante no es otro que la proximidad de la voz que lo acompaña, su manera de contarnos la verdad que da sentido a la otredad del libro. Valió la pena.


miércoles, 13 de noviembre de 2019

La rara virtud de leer


Leer es, por encima de todo, un placer, dice Rosa Regás. Algo que compartimos mayoritariamente. Su inutilidad se echa a un lado para dar paso al objeto de la lectura: poner nuestra experiencia y nuestra memoria al servicio de una invención, de un pensamiento, de una historia que hacemos nuestros, como nuestros son los rostros de los personajes, los paisajes, la atmósfera, las situaciones y los conflictos que el autor nos presenta a examen. El libro es quizás la más digna habitación de la palabra. Y es esta la que da sentido al texto, la que hace posible su lectura, su interpretación y, lo más importante, el cauce que provoca el verdadero interés en el lector. Ahora bien, “el poder de los lectores –escribe Alberto Manguel–, radica, no en su habilidad para reunir información ni en su capacidad para ordenar y catalogar, sino en sus dotes para interpretar, asociar y transformar sus lecturas”.

El nuevo libro de Carlos Skliar (Buenos Aires, 1960), La inútil lectura (Mármara, 2019) aborda como nadie el empeño y convicción moral de otorgar a la lectura ese rasgo de ser uno de los actos que confieren valor a nuestra existencia, y que nace de un primer ejercicio de atención y recogimiento. Sobre el placer de leer y sobre las dotes para interpretar que tiene en sus manos el lector, Skliar escribe este apasionante y emotivo ensayo que va más allá de un autodescubrimiento, como refleja esta reflexión suya al inicio del libro: “No es que gozo de la lectura, no es ésa exactamente la palabra que mejor describa aquello que me ocurre; sería más preciso decir que gozo del tiempo en que me dispongo a leer y leo, es decir, el placer no está en descifrar, interpretar –que son rasgos del esfuerzo incluso del padecimiento de una tarea– sino en abandonarme, despreocuparme, sustraerme, ausentarme”.

¿Por qué leer?, se preguntaba el recién desaparecido Harold Bloom y se contestaba: «Para mí, la lectura es una praxis personal, más que una empresa educativa..., no hay una ética de la lectura». Carlos Skliar se considera un lector corriente, común, un lector cotidiano y habitual, y añade a nuestra pregunta, o mejor dicho, a la que se hace el crítico neoyorquino lo siguiente: “No creo en la lectura como un medio hacia otra cosa, sino como el mayor medio en sí, por sí mismo; leer, pues, como un entremedio sin finalidades a la vista […] Como lector corriente o común me sorprendo a mí mismo cargando libros para leerlos delante de toda abertura mínima de tiempo”.

Por todo el libro hay un despliegue de afectos literarios, de autores escogidos para poner relieve a todo lo que suma y multiplica proveniente de la lectura. Leer para Skliar es más una disposición que un resultado. Aquí se cita a Tsvietáieva que se pregunta si hay alguien que haya entrado dos veces en el mismo libro. Por aquí se asoma Barthes para decirnos que leer es hacer trabajar a nuestro cuerpo siguiendo la llamada del texto. Nietzsche, también es citado, para celebrar que existan lectores que «tengan carácter de vacas, que sean capaces de rumiar, de estar tranquilos»; y Pessoa para insinuarse como lector: «Leo y me abandono, no a la lectura, sino a mí mismo»; y autores más de nuestro tiempo, como Andrés Neuman que pone su atención lectora en lo efímero del tiempo: «Leer como si, dentro de un minuto, nos fueran a apagar la luz»; o Ricardo Menéndez Salmón que hace una hermosa analogía entre el amor y la lectura: «Solo quien ha estado enamorado sabe que el amor regala y quita; solo quien ha leído sabe si la vida merece la pena de ser vivida sin la conciencia de aquellos hombres y mujeres que nos han escrito mil veces antes de que naciéramos”.

Todo libro rompe un cerco, pero a su vez nace de él, de una voz que ha sido capaz de volverse un cerco de voces, un murmullo entre tanto que decir. “La lectura no nos dará sobreabundancia –nos advierte Skliar–, sino más bien vinculación: apego al mundo y a sus recorridos, afección por lo que se ha dicho y se ha hecho, memoria en estado de vigilia”. Tenemos necesidad de lo inútil como tenemos necesidad, para vivir, de las funciones vitales esenciales, escribe Nuccio Ordine. La inútil lectura gira en torno a esa idea de vínculos y futilidad, pero en la vertiente más próxima a esa rebeldía que supone leer, para seguir haciéndolo, “porque ciertos libros conducen a otros libros y esta es una verdad de Perogrullo”, que muchos, convencidos, nos empeñamos en propagar.

La inútil lectura es una pesquisa luminosa sobre el hecho de leer, un libro extraordinariamente persuasivo que viene a decirnos de muchas maneras que leer es siempre un traslado, un viaje, un irse para encontrarse, y aun siendo un acto sedentario, nos vuelve a nuestra condición de nómadas. Y en ese sentido, nos dice que: “abrir un libro es un gesto que continúa el mundo, que lo transmite, que lo hace perdurar”.

Carlos Skliar firma un libro fecundo, un volumen escrito con delectación para discernir el verbo leer en doscientas cincuenta páginas, que parecen menos, gracias a su amenidad y a la eficacia de su prosa ágil y sencilla. Este es un libro en el que el lector se hace sentir próximo al autor, al menos así ha sido mi experiencia, e, incluso, hasta compartir con él ese sentimiento común resumido en que el centro de la vida literaria está en leer. Por ello, hablar de la experiencia de leer, de lo que dice este libro y cómo lo dice, nos acerca a entender mejor que leer es un disfrute, un ejercicio de riesgo también, de exclusividad y de fidelidad compartida.


martes, 5 de noviembre de 2019

Elogio de las librerías y bibliotecas


En un artículo recientemente publicado en El Cultural, su autor, el crítico Ignacio Echevarría, da cuenta de lo que toda crítica literaria debe indicar y no es otra que a qué lector va destinado el libro. Desarrolla su texto partiendo del esclarecimiento de un apunte que el escritor Paul Valéry hizo en torno a esa misma idea: «El crítico no debe ser un lector, sino el testigo de un lector, quien lo contempla leer y permanecer mudo. La operación crítica capital es la determinación del lector». De ahí que sostenga Echevarría que una crítica que se dirige al lector en general difícilmente resultará eficaz, si no tiene en cuenta que el crítico debe hacerla como si fuese una especie de farmacéutico que recomienda la lectura del libro en función de la complexión y el humor de quien lo va a tomar en sus manos, tal como aludía también Valéry.

Retomando la idea de esta interesante teoría, cabe preguntarnos para qué tipo de lector está pensado este libro que traemos ahora aquí. Contra Amazon (Galaxia Gutenberg, 2019), de Jorge Carrión, un título, sin duda, contundente, provocador y vindicativo, podría llamar la atención y hacerse eco en la conciencia de un amplísimo espectro de lectores, al fin y al cabo, la mayoría conocemos esta plataforma tecnológica, este almacén inmenso donde encontrar cualquier cosa que se nos antoje.

Jorge Carrión (Tarragona, 1976) publica su nuevo ensayo consciente de que la realidad es difícilmente combatible, el dominio de la era digital engloba a todo el mercado de consumidores, y se dirige, desde luego, a ese colectivo amplio de gente interesada por los libros, lectores entusiastas e iniciados para que no olviden que los mejores espacios públicos, donde mejor moran y conviven los libros, son las librerías y las bibliotecas, para que no cambien de hábito y sigan poniendo su mirada y su interés en ellas, lugares vívidos y necesarios donde mejor nos convoca la cultura a encontrar reposo y hallazgos sobre la memoria escrita.

Es cierto que Carrión irrumpe con un manifiesto con siete razones poderosas contra el poderío creciente de Amazon en el mercado del libro. Sin embargo, lo que el lector se va a encontrar en sus entrañas es algo más rico que este contratiempo. Lo que encierra dentro es una jugosa recopilación de textos suyos procedentes de distintos medios y revistas como Jot Down Magazine, The New York Times en Español, El Páis Semanal o Revista de Libros, en los que la conversación, la crónica, la semblanza y los viajes realizados por su autor giran en torno a sus vivencias con los libros y sus autores, las librerías y las bibliotecas. Los libros, nos viene a decir Carrión, contienen puertas invisibles, caminos y pasajes que conducen a otros libros y lugares. Esta inercia, como ya dio cuenta en su anterior y exitosa obra Librerías (2013), sigue estando presente aquí, pero en esta ocasión más volcada hacia el significado de la búsqueda del libro en el recinto en el que mejor se encuentra, biblioteca o librería, el lugar propicio en el que, para él, el lector conforma su propia tela de araña de lecturas, libros y autores, que si bien se tocan en un espacio contiguo, cada uno de ellos guarda su carácter y diferencia estética, sin tener que ver con la proximidad de su vecino.

Ese laberinto que todo lector va conformando en su casa con sus lecturas y adquisiciones, proviene, en palabras suyas, de estos espacios: “gracias o por culpa de las librerías, a imitación de las bibliotecas que desde la infancia hemos frecuentado”. De ahí que toda esa memoria libresca conforme en el tiempo su propia extensión y reto: “Convivir con una biblioteca personal significa saber que no te rindes, que siempre tendrás ante ti menos lecturas realizadas que lecturas por venir, que los libros en compañía son cadenas de significados, contextos mutantes, preguntas que cambian de entonación y de respuestas. Una biblioteca tiene que ser heterodoxa...”

El libro destaca por la diversidad de textos, como por ejemplo la jugosa entrevista con Alberto Manguel, director de la Biblioteca Nacional de Argentina, un apasionado de los libros y las bibliotecas, un entusiasta convencido del valor del libro en la vida: “Toda mi vida he vivido entre libros –confiesa–, he pensado acerca de libros, he reflexionado sobre bibliotecas y librerías y sobre el acto de la lectura”. Relevante también es la conversación que mantiene en Seúl con Han Kang, la autora de La vegetariana, con la que pasea por algunas de las librerías de su ciudad y desvela algunos de los misterios que la llevaron a escribir su obra más conocida y galardonada.

Carrión toma su equipaje y desembarca en distintos puntos del planeta para tomar el pulso a las librerías y bibliotecas de Buenos Aires, Miami, Tokio, o Seúl para hacernos partícipes del pálpito de sus locales, de sus estanterías y de las historias que atesoran. Sobre esa inercia espacial y temporal que describe la órbita del universo de los libros, allá donde se encuentren dispuestos, es sobre lo que verdaderamente se ocupa su libro. Todo lo que transita por sus diecisiete capítulos es eso, un viaje errante en pos del libro, una continua indagación en la que desvelar esa idea de movimiento y trayecto que da sentido al espíritu aventurero que toda biblioteca y librería invoca e induce allá donde se erijan.

Contra Amazon es un elogio al libro, una sagaz reflexión en el tiempo, que también clama por esa cierta banalización reinante de la cultura, pero que pone su punto de mira en algo más encomiable y hermoso: señalar y avivar las historias que se entrelazan en medio de ese laberinto de coincidencias, oportunidades, revelaciones, hallazgos, conexiones perdidas y reencontradas que en toda librería y biblioteca afloran.


viernes, 1 de noviembre de 2019

Lo trágico del mito


Dice Camus que “el mundo novelesco no es más que la corrección de este mundo, según el deseo profundo del hombre. Pues se trata indudablemente del mismo mundo. El sufrimiento es el mismo, la mentira y el amor. Los personajes tienen nuestro lenguaje, nuestras debilidades, nuestras fuerzas. Su universo no es ni más bello ni más edificante que el nuestro. Pero ellos, al menos, corren hasta el final de su destino y no hay nunca personajes tan emocionantes como los que van hasta el extremo de su pasión”.

El personaje de Antes. Entonces. Nunca (Talentura, 2019), la última novela de Raúl Ariza (Benicàssim, 1968), es un tipo engreído y obsesivo, alguien capaz de dar un apretón de tuercas a la cita que hemos tomado como arranque de esta reseña y ponerla patas arriba. Este personaje es escritor y mantiene oculta otra ambición opuesta a esa otra de querer corregir el mundo, pero sin dejar de llegar al final de todo cuanto se propone, como si el mundo novelesco del que habla el escritor francés no encajara en su idea de relatar todo lo que le acontece. Para él todo es una proyección de sí mismo. Sin embargo, para un hombre de su estirpe, que hace gala de su valía, que hace trampas con su conducta, animado por ese encanto que presume tener, su confianza le conducirá en poco tiempo al autoengaño para justificar su propia existencia narcisista que le llevará a un desamparo inminente hasta el punto de plantearse si su vida vale o no la pena de ser vivida.

¿Cómo se articula la trama de esta historia? Ariza, antes que nada, imprime un enunciado con tres puntos que, ya de por sí, pone en sobre aviso al lector. Antes. Entonces. Nunca desvela un título enfático, y ese es el propósito del autor, preparar al lector para lo que viene, un devenir narrativo diseñado en tres tiempos, en tres etapas por las que va a transcurrir todo el desarrollo de su novela. Pero también, su estructura va en la misma dirección. Está contada en tres actos, y en cada uno de ellos interviene un narrador que pone voz desde el yo, desde el espejo reflejado por la segunda persona y, finalmente, desde fuera cuando lo toma la tercera persona. Tres voces que conforman las tres partes en la que está divido el relato para escenificar la historia particular que encarna el mito de Narciso trasladado a esta época en la que vivimos, y para ello se vale de la figura de un personaje canalla y embaucador que no tiene en cuenta el impacto y la trascendencia que producen sus actos en sus conquistas amorosas.

En Antes. Entonces. Nunca, su autor, no solo se interroga sobre la consistencia del ser que representa su protagonista, sino que también se interroga sobre la consistencia del tiempo. En cierto modo, la pregunta de ¿quién soy?, presente siempre en la mente del personaje, va con frecuencia acompañada de esta otra: ¿en qué tiempo estoy? Ariza, al examinar pormenorizadamente el pasado de su personaje, sobre todo, la infancia y juventud, también trabaja con el tiempo y su relatividad. Me refiero, a que en el relato el pasado está tan abierto como el futuro, es decir, que es tan misterioso e incierto como el porvenir de su protagonista.

En la primera parte, Lo que sucedió antes, el narrador nos cuenta su historia recreada en detalles a través del recuerdo de su niñez, de su familia, de los objetos de su casa y de las calles y plazas de su pueblo: “Estoy perfectamente servido gracias al hogareño mundo que circula en torno a mí”. Y este sentir lo acentúa complacido con una cita de Capote en Desayuno con diamantes: «Se pertenece a ese lugar donde te sientes a gusto». En la siguiente, titulada Lo que sucedió entonces, a mi juicio, la más reveladora, Ariza establece el nudo de su relato utilizando en este caso el envite y la fuerza narrativa de la segunda persona para dirigirse a su personaje que se encuentra abandonado en la zona más oscura de su existencia y retratarlo sin miramientos, tal como quiere presentárnoslo: abatido, hundido en lo más profundo de su desánimo. Un Narciso que ya no pertenece a un tiempo pretérito glorioso, sino a un tiempo presente marchito. Nada es achacable a los personajes que se acercaron a él atraídos por sus encantos. A ellos les debe esa fascinación que ejercieron sobre él. En ese sentido, su situación de hastío, evidentemente, la ha provocado su propio fracaso. Toda esa desconfianza en sí mismo resuena bajo la voz de ese narrador inquisitivo que le aviva el recuerdo para tratar de poner coto a un tiempo ominoso y salvarlo de ese silencio profundo que ha sacudido su moral. La última parte de la novela, Lo que nunca sucedió, contada en tercera persona, con el mismo proceder minucioso y descriptivo que la primera, nos conduce a un final nada complaciente que nos lleva a descubrir la verdadera naturaleza de Raúl, su protagonista, un alma esquiva y destructora.

Ante. Entonces. Nunca es una novela intensa, escrita con mucha audacia narrativa y llena de referencias literarias y de un enfoque muy filosófico, una trama en la que lo trágico del mito estriba en que su héroe es consciente de que su tormento le alcanza de lleno. Y ante eso, pretende superar su destino mediante un desprecio desmedido a sí mismo. Uno no es virtuoso por capricho, viene a decirnos Ariza en esta implacable historia de afán desmedido por conquistar lo que no se posee, pero el destino siempre irremisible se deja sentir y acude para poner punto final a lo indecible de una derrota.


viernes, 25 de octubre de 2019

Entre el tiempo y el yo


Leo y releo aforismos, intensamente, muchos días de la semana, desde que tengo asumido que soy un lector ensimismado y, a la vez, atravesado por el incesante rumor de lo que sucede fuera de mí. Por eso me interesa este formato literario, por lo que propone de intemporal y remoto, por lo que se transpira de su forma breve, desnuda, cruda y sentenciosa, un arte, como decía Nietzsche, que posee la facultad de rumiar. Pero, sobre todo, me interesa por esa particularidad que destaca Trapiello: “El aforismo es siempre la manifestación de una soledad, de algo que únicamente a solas hemos llegado a conocer”.

Además, la lectura de aforismos no hace más que mostrarme cuánto hay de libertad en el lenguaje y cuánto de ingenio es capaz de revelarnos en su brevedad, sí, pero también cuánto se ve acotado y afectado por el abismo inevitable que separa el decir del mero titubear. Quienes cultivan esta forma de escritura, quizá filosófica, quizá poética, que tanto atrae la atención de muchos como yo, que somos adictos al género, defienden su existencia por motivos variados, todos ellos destacables: la búsqueda de precisión, su pretensión de moralidad, una suerte de acrobacia con las palabras, su carácter de exactitud y controversia, pensamientos que pugnan por hacerse oír, por hacerse notar y se repliegan para dar entrada al siguiente, una estructura que quisiera decirlo todo, absolutamente todo, para mostrar o desvelar lo indecible.

El encabezamiento de la reseña del libro que traemos a esta bitácora viene agitado por ese espíritu aforístico que bien podría haberse titulado “En las afueras del ahora”, una manera también de desvelar lo que pugna por decir la ristra de más de trescientos aforismos que Javier Puche (Málaga, 1974) aglutina en su reciente libro de aforismos Línea de fuego (Renacimiento, 2019). Aun así, quizá mejor remita a esa estrecha relación “entre el tiempo y el yo”. De ahí que me haya inclinado por esto último, y lo justifico porque el autor de estas brevedades se atiene a ese afán: plasmar esa interrelación entre el tiempo y el ser como estelas y flashes candentes con los que enunciar la paradoja, la observación, la epifanía, el extrañamiento o el ardor de sus impromptus, bajo esa invocación a la que el tiempo somete a la existencia de por vida.

Ahora bien, si tenemos en cuenta dicha acotación y seguimos la línea factual de los aforismos que acogen su debut en el género, encontramos en todas sus creaciones una rica predisposición a la alegría de la contemplación, desde el alumbramiento de la acción, el humor o las ganas de vivir, como así denotan estas espigas: “El amor tiene días laborables y días festivos”; “Eres como todo el mundo, extraordinariamente normal”; “Cuando el tiempo me trata bien, le doy unos minutos de propina”. Y para los que nos gusta viajar a través de la palabra escrita, nos reconfortamos con estos dos asertos, uno muy ingenioso, a modo de seguro de vida: “El medio de transporte más seguro es el libro”, y el otro más realista y consolador: “Leemos porque la realidad está mal escrita”.

El tiempo es el gobernante eterno, visible en todas partes del libro. Su discurrir es un continuo recurso para detonar sus epifanías y perplejidades: “El tiempo es un lento caníbal”, un seísmo, como él llama a sus cuentos de seis palabras que aquí también abundan: “Necesito tiempo para asumir mi edad”; “Escribo para averiguar por qué escribo”; “El amor libre es un oxímoron”; “Es posible sentir nostalgia del presente”. Es mucho lo que el tiempo perpetúa, nos viene a decir Puche. El tiempo es una constante en sus aforismos, un filón de inspiración para interpretar el laberinto de la realidad, su ligereza, la esencia de vivir el instante, sobrellevar el pasado y atisbar el futuro: “Hoy fue mañana ayer”. Todo ello bien puede resumirse en una de sus mejores revelaciones aforísticas, que no pasa desapercibida por su brillantez: “Quizá el secreto del cosmos resida en el lenguaje”.

Tal vez para un lector puntilloso, Línea de fuego no esté exento de algunas contradicciones, ocurrencias y juego de palabras, pero eso suele ocurrir en todo libro de aforismos. Nada de esto desdice de lo mucho y bueno que abunda en el interior de sus páginas, de sus certeros destellos y presagios continuos que vienen a encontrar descanso y reflexión en este apunte crítico sobre las intermitencias de la escritura y de la lectura: “Lo que el autor escribe es siempre una sombra de lo que quiso escribir. Lo que el lector interpreta o metaboliza es siempre una sombra de lo que el autor escribió. Y lo que el lector recuerda tiempo después, siempre una sombra de lo leído. Una sombra de una sombra de una sombra”.

Así como todos los buenos aforismos saben a sabiduría, pues, en general, tienden a ella, del mismo modo, el libro de Puche, bien salpimentado con ilustraciones a cargo de Riki Blanco, participa de los ingredientes necesarios para que la inteligencia ponga lumbre y sabor a la paradoja, a la verdad, al humor y a las vivencias del yo que transcurre por ese hilo estrecho del presente. Y como toda vida es un canto en el tiempo, eso aquí en Línea de fuego es un hito manifiesto que pone al lector en guardia.