martes, 21 de mayo de 2019

Un rincón de por vida


Los lectores de Karmelo C. Iribarren (Donostia, 1959) escuchamos la voz cercana y clara de su poesía atraídos por esa manera suya de revelarnos el misterio cotidiano de ser y de estar en el mundo. Hay algo en ella que nos predispone e identifica, sin tener que hacer ningún alarde filosófico, ni componenda simbólica para entendernos con su lenguaje, porque las cosas que cuenta nos resultan próximas, convincentes, verdaderas y, aún más, caben todas en unos pocos versos. Sus poemas son cortos, lo suficiente como para que cada uno en su brevedad, nos diga todo lo que su autor se propuso decirnos. En sus orígenes se asienta la soledad y el silencio como punto de partida a todo lo que acontece y desfila en un día cualquiera: la lluvia, las luces de las farolas, las olas del mar, los recuerdos, el paso del tiempo, los domingos, las mujeres, el café en el bar, el paseo por la playa, pero, sobre todo, el deambular del hombre por la ciudad, esto es, el paisaje urbano visto por el sujeto poético que lo habita.

Toda la poesía de Karmelo se encamina en ese desafío compositivo, como bien deja dicho en una de las entradas finales de su Diario de K (2014), en pos de que el poema ofrezca algo más que un simple relato de los hechos: “lo único que pretendo es dejar constancia de una forma de mirar, la mía, en un momento determinado. Si algo he aprendido, y no precisamente en los libros, sino en ese continuo –y sorprendente– desvelamiento del mundo que es vivir, es que hay muy pocas certidumbres que no puedan y deban someterse a revisión. Las hay, sí, pero pocas. También he aprendido que son precisamente esas pocas «verdades inmutables», que uno hace suyas por experiencia, observación de la experiencia y análisis de lo observado, las que imprimen carácter personal”.

En su nuevo poemario, Un lugar difícil (Visor, 2019), galardonado con el Premio Internacional de Poesía Ciudad de Melilla, el poeta donostiarra continúa desviviéndose por estos mismos asuntos, siempre poniendo énfasis en las contingencias de la vida diaria. Desde esa cotidianidad bien entendida, como rincón de por vida, Karmelo urde, a través de los cincuenta y tres poemas del libro, un amplio resorte donde está presente la conciencia de resistir a la contrariedad del tiempo bajo ese binomio tan persistente suyo de hombre-ciudad que asiste a toda su poética, la que surge del paisaje urbano y del hombre que la habita. Este libro suyo arranca con tres poemas que abordan su biografía, “con la esperanza reducida/ a llegar al día siguiente”, dice en el primero de ellos; en el siguiente confiesa no reconocerse por las calles que transita: “Hace tiempo que decidí quedarme al margen/ de un tráfago de gentes y de ideas/ que no me dice nada”; y en tercero que titula Por allí arriba, echa miradas al cielo revoloteado por una bandada de pájaros, tratando de descifrar el porvenir que se avecina.

Más adelante hace un guiño a Jaime Gil de Biedma, uno de sus autores preferentes, en el poema La última función: “Ahora/vivir –dice el poeta– ya es aprender/ a despedirse”, para después volver en otras piezas al tránsito de la vida, al paseo por la playa de La Concha, a sentir y contemplar el mar desatado, a mirar a esos viejos de ahora que van con tanta prisa, a retomar un poema abandonado o leer una novela policiaca y parar para oír caer la lluvia: “vivir”. Karmelo es sabedor de que no todos los días el mundo se ordena en un poema, y comparte con Walace Stevens que “toda poesía es poesía experimental”. La fuente de la suya está tomada de la realidad prosaica de la vida, con los mínimos elementos, y capacitada para enseñarnos que un buen poema puede contener bondad y desazón sin tener que acudir a dilemas morales.

Todo lo que destila su poesía no es más que una ambientación personal que sale de la vida, de la escena de la ciudad, y por ese hilo conductor transita su tono de cercanía que sale de lo particular y autobiográfico, de lo vivido y sentido en su quehacer poético. Y en ese ejercicio recurrente conviene añadir lo que apunta Pablo Macías en su interesante libro Otra manera de decirlo (2017), un jugoso estudio de la poesía del vasco, cómo lo valorable de sus versos tiene mucho ver con “su capacidad para acercarse a lo conversacional, al habla, sin excluir para ello, desde luego, su apoyo en cuestiones métricas y su encaje en patrones rítmicos tradicionales”.

Allí estaba yo, … abstraído/ en la contemplación/ del pequeño ajetreo/ con el que se ponía otra vez/ la vida en marcha,/ viviendo/ un momento cotidiano/ pero único,/ de esos/ que pasan desapercibidos/ y que luego al recordarlos/ resulta que eran la felicidad”, se explaya el poeta con estas palabras precisas capaces de mostrarnos, como ejemplo, su manera compositiva y el detalle de cómo contar un gran tema con imágenes del día, fluidas, con aire de melancolía y de amor por la propia vida.

En los poemas de Un lugar difícil encontramos esa senda que susurra confidencias vivas y reales, una extensión en el tiempo de aquel sujeto poético que inició su andadura con La condición urbana en 1995, un camino que no ha cesado de propagar esa épica urbana de su poesía, un continuo divagar por los callejones de la vida, sin tener que acudir al adorno verbal. Karmelo se vale de un lenguaje sencillo, íntimo y narrativo para seguir dándonos a sus lectores el gusto de leer sus libros con esa mezcla de placer y sorpresa a lo que nos tiene acostumbrados. Y con ese buen hacer suyo sí que nos entendemos.


lunes, 13 de mayo de 2019

No ser nadie


De Robert Walser (Biel 1878, Herisau, 1956), más que su obra, se conoce la influencia que ejerció sobre muchas figuras literarias de su época. Admirado por Kafka, en cuya obra se refleja su influjo, elogiado por Thomas Mann, Hesse, Zweig, Canetti, Benjamin y, sobre todo, Robert Musil. Todos ellos lo consideraban un autor de culto, escritor para escritores que solo, desde hace poco, ha comenzado a ser acogido por un público lector más extenso, en buena parte gracias a algunos de sus seguidores que nos han familiarizado con su estilo y su poética, aquella en la que la fugacidad de lo cotidiano es fuente de agitación y posterior vacío.

Walser escribió elegantes fantasías poéticas en las que retrató a su vida como una feliz identidad de anónimo paseante por la nieve. Maestro en el arte de la fuga, buscaba desaparecer en la inmensidad de la existencia. Prueba de su gran talento narrativo y capacidad de provocar perplejidad también se debe a esa empatía compasiva que transmiten sus textos hacia su manera de entenderse con lo que le rodeaba. La enfermedad mental que padeció a lo largo de su vida no le impidió escribir una prosa refinada, ingenua y poética que sigue siendo referencia en la narrativa contemporánea. Cesó toda actividad literaria cuando fue ingresado primero en el sanatorio de Waldau y posteriormente en el de Herisau, un confinamiento total del mundo que le condujo a la desolación y, ante todo, a la renuncia del yo, a su grandeza y a su dignidad.

Jesús Montiel (Granada, 1984), profesor de Lengua y Literatura, poeta con cinco poemarios publicados, entre los que destacan Placer adámico (2012), Premio Hiperión, y Memoria del pájaro (2016), autor también de tres libros de difícil encasillamiento, entre narrativa fragmentaria, prosa poética y aforismos: Notas a pie de instante (2018), Sucederá la flor (2018) y El amén de los árboles (2019), acaba de publicar Señor de las periferias en la editorial Pre-Textos, una maqueta literaria profunda y sentida sobre la vida y obra de Robert Walser. Montiel, con ese estilo personal y preciso, tan característico suyo, nos hace caminar junto a Walser y mirar las cosas del mundo casi con los ojos del poeta helvético, con imágenes sorprendentes y prosa preciosista, como si su proceder narrativo se construyera desde la piel del poeta. Es esa la sensación cautivadora que transmite lo escrito en su libro, y se debe a la atención lírica del relato, en el que apura su presencia en cada uno de los pasajes escogidos de su biografía.

El libro está divido en cinco capítulos bien marcados cada uno en una determinada época de la vida de Walser, e ilustrado con fotos suyas para mostrarnos la singularidad como escritor y como ser humano de alguien nacido para vagabundear entre ensueños y fantasías, como Hölderlin, hasta caer, igual que el poeta alemán, víctima de una incurable alienación. Todo esto, nos dice Montiel, viene de esa etapa suya tan determinante como fue su infancia: “Un niño es todas las edades”. Y prosigue: “Podemos rastrear un niño en todos los Robert Walser. Sus libros, su vida entera, si pudiéramos cogerla como una flor, cerrando el puño, desprende la fragancia salvaje de la infancia, un olor insoportable a niño”. Para un niño sensible como él, esa adversidad de no ser tenido en cuenta entre los suyos, lo convierte en pura expectativa, en un ser necesitado de abrazos, en eterno deseo de hacerse visible entre sus seres más queridos, ser uno más, ser alguien. Se ha dicho de él que es el poeta más secreto de todos, y tal vez no sea exagerado.

Continúa el libro su senda por la vida de Walser, su paso de niño a joven y, luego, de joven a adulto, para mostrarnos su apego a la literatura y la inutilidad de su trabajo de oficinista. Lee con entusiasmo a Goethe y Schiller. Sufre sobremanera al enfrentarse a un padre autoritario que le arrebata sus libros para arrojarlos a la hoguera. Ni desespera, ni claudica. Memoriza mucho lo que lee y aprovecha cualquier resquicio para mejorar su dicción, aunque más pronto que tarde, se da cuenta de que no tiene cualidades para el teatro al que le hubiera gustado dedicarse. La oficina se convierte en el lugar propicio para resarcirse del mundo de fuera: “En ella se gesta el hombre contemplativo, un joven que aprende a reflexionar gracias a todo el tiempo que dispone”. Y entonces comprende que escribir le compensará de su infortunio: “escribe para ausentarse”, al tiempo que comprende que “la literatura es una soledad, una mesa, un papel en blanco y mucho tiempo sin hacer nada importante”.

A Walser se le diagnosticó esquizofrenia y a él, en cierto modo, ya le valió ese dictamen médico, pues, como le dijo a Carl Seelig, un gran amigo dispuesto ayudarle tanto en lo personal como en su obra, quería disfrutar de los años póstumos: “Son pocos los que saben disfrutar de su vejez, cuando puede ser tan satisfactoria. Está comprobado que el mundo aspira a volver siempre a las cosas sencillas elementales”.

Jesús Montiel ha escrito un hermoso cofre literario, una miniatura exquisita en tan solo setenta y cinco páginas capaces de resumir una biografía tan excepcional como esta de el Señor de las periferias, el personaje más enigmático y el escritor más original de todos los escritores suizos. Nadie sabe si este paciente estaba loco, pero, en cualquier caso, sus destellos de sabiduría han quedado grabados para siempre en la poética de su propia obra y en la posteridad de la literatura.


martes, 7 de mayo de 2019

Subterfugios y mixtificaciones


El aforismo se abastece de observaciones de la realidad circundante. Con ellas sacude al lector, subvierte incluso el significado habitual de las palabras que ocultan los hechos, y así procura incitar a la reflexión. Ensayar esto no es solo intentarlo, es abrir posibilidades, producir destellos, irrupciones, efectuar incisiones, permanecer en algo para decir mucho más, procurar desplazamientos y, en definitiva, procurar esa chispa en la que, como Platón nos recuerda, si uno se demora en ella, de repente se produce algo otro, para nuestra vida común, para la existencia, para la realidad, para el pensamiento. Esto implica asumir que lo que hay no tiene por qué ser inexorablemente así. Y, en cierto sentido, eso nos reconforta.

Javier Vela (Madrid, 1981) irrumpe con su nuevo libro en esa idea platónica que tiene por tanto mucho de llamada, de convocatoria y de pronunciamiento sobre lo que la escritura ofrece al lector de compañía y fingimiento en ese decir de las palabras. Con Libro de las máscaras (Pre-Textos, 2019), además, se une a otra idea literaria basada en el juego de la mistificación de la cita. La gran emboscada de estos aforismos amparados bajo el disfraz de un autor inventado, Juan Iturbe, es, precisamente, esa, la de hacernos creer que estamos ante su obra ecléctica, extraída de un cuaderno de notas del poeta. Y es desde ese supuesto manuscrito desde el que Vela despliega su pericia aforística urdiendo un juego burlón y misterioso por donde transitan las breverías de aquellos autores egregios que ponen nombre al texto implícito que conforman un espléndido arsenal de ideas y epifanías propiamente suyas y apócrifas.

Ya nos alerta en el prólogo con esta advertencia: “La confusión de géneros a que se presta Libro de las máscaras sigue en última instancia las trazas distintivas del cuaderno de notas, donde la glosa libre se avecina a la observación minuciosa, la máxima al adagio, el comentario lúdico al escolio y el verso neto al cuento filosófico de cierta concisión”. Vela con toda esta salvedad se ciñe y constriñe para que el lector transite por su libro como si se tratara de una antología de sentencias y ocurrencias pensadas por autores desconocidos, a los otros los entrecomilla, que le han valido para armar los pensamientos de filosofía que han derivado en un volumen en el que se entrecruzan ideas y perplejidades de muchas supuestas firmas dispersas por todo el libro.

Muchos parecen proverbios, como este adjudicado a un tal As-Alarif: “Más rápido que tú corre el camino; si quieres llegar pronto, sé paciente”. Otros se ciñen a la agudeza y observación: “A la verdad, como al teatro, se puede entrar por más de una puerta”, atribuido a otro tal Slöberg. Incluso hay retazos aforísticos sacados de entrevistas supuestas, como este de un tal Cassavettes: “Quien discute con otro habla contra sí mismo”. O este elogio de la naturaleza del pensador apócrifo Yakahashi: “Todo en el aire es vuelo”. O esta otra agudeza atribuida a Tabucchi: “El hombre es el único animal que come y ama a la carta”. El libro está repleto de ejemplos de este proceder de rescate brillante de supuestos anonimatos como estos que siguen: “El autor es un accidente del texto”; “Viajar es dar un paso hacia uno mismo”; “Por el dolor llegamos a la vida. Por él la abandonamos”; o este otro que es uno de mis favoritos: “Mi hogar es el instante”.

Viene a decirnos Javier Vela, que el aforismo no posee un aforo confortable en un solo sujeto, sino más bien vaga en el aire con esa pizca de misterio pendiente de mayor rescate hasta cumplir una función práctica de alcanzar la conciencia de más gente. Este libro posee esa gracia y licencia de otorgar al aforismo esa inclinación, lucidez y gusto por el fingimiento y la paradoja. Tal vez, a medida que vamos engarzando los aforismos que aquí están reunidos, nos acerquemos a esa idea que trasciende en su seno, como si se consumiera en esa otredad de la que nos hablaba Pessoa y que el portugués resume en estas tres consecuencias: “vivir es ser otro” y “leer es soñar de la mano de otro”, porque “cada uno es mucha gente”.

La libertad creativa desplegada en este Libro de las máscaras hace ver que, desde el género conciso, existen campos por explorar. Este es un excelente e insólito ejemplo de ello, un ejercicio de intensidad e imaginación fiel al capricho de su autor donde se conjugan la belleza y el pensamiento, compartidos con las aristas provocadoras de la realidad, un libro tan divertido como heterogéneo, escrito con vivacidad y tinta heterodoxa, un breviario pródigo en observaciones que sacude y subvierte la autoría de las palabras, y así, les son servidas al lector para que las tamice a su antojo y provecho. Para nuestro goce, nos encontramos ante un texto portátil, omnívoro y alimentado de todo, pero especialmente de literatura.


viernes, 3 de mayo de 2019

Amor y respeto


Dice Simon Leys que “el traductor debe saber más sobre la obra de lo que sabe el propio autor, pues este, arrastrado por la inspiración, puede ceder a veces a la embriaguez de las palabras. Ese desvarío le está prohibido al traductor, que debe mantenerse siempre sobrio y lúcido. El trabajo de traducción lo pone todo al descubierto implacablemente: vuelve la obra del revés, retira el forro, expone las costuras”. Traducir persigue esa pasión. Sin embargo, la paradoja a la que el traductor se enfrenta con su exigente tarea reside en que no está entregado a crear una pieza artística que proclame su talento, sino que está, por el contrario, esforzándose por borrar todo rastro que denote su presencia. Su éxito estriba en pasar desapercibido.

El traductor siempre ha sido ese sujeto invisible y casi nunca nombrado. Bien es cierto que, últimamente, se menciona la traducción en muchas de las reseñas que se publican, aunque las opiniones vertidas suelen referirse más al texto en español que a su relación con el original. Es difícil pensar, como subraya el traductor Ramón Buenaventura, que el crítico lea el libro dos veces, una en versión original y otra traducido, para valorar con conocimiento el trabajo del traductor.

Algo muy propio de su servidumbre es que el traductor siempre va de tapado, pero poco a poco el sector del libro ha ido tomando conciencia de la actividad crucial que tiene la traducción con el propósito de proteger su labor y ponerla en valor. Al hilo de esto, el editor Jaime Salinas contaba en una entrevista que prácticamente ese problema siempre estuvo latente en la edición en general, y que era necesario darle mayor visibilidad. Su compromiso con el gremio de los traductores llegó a otorgarles esa consideración merecida hasta poner a continuación en la portada de los libros que editaba en Alfaguara el nombre del traductor, lo que, a su juicio, pudo contribuir a acrecentar la complicidad de este con la obra, así como lograr que el traductor cobrara también sus derechos de autor, antes de ser reconocidos por ley.

Amelia Pérez de Villar, escritora, filóloga, ensayista, novelista y, sobre todo, traductora prolífica de autores como Edith Wharton, Stevenson, James, Kipling, D'Annunzio o Buzzati acomete en Los enemigos del traductor (Fórcola, 2019) todos estos entresijos y problemas adheridos al complejo oficio que representa, en una apasionante y comprometida reflexión sobre el carácter vocacional de dicho oficio y sus obstáculos que ha de vencer, consciente de que, aunque algo se ha mejorado en consideración, como apuntaba Salinas, todavía hay lastres de antaño y otros nuevos que se avistan en el horizonte de la profesión.

Este es un ensayo hecho con alma, corazón y vida (recordando la canción) como se vislumbra y constata en el subtítulo del libro, Elogio y vituperio del oficio, en su advertencia inicial: “Esto no es un libro de traductología”, y en lo más íntimo de la introducción donde esgrime la importancia, grandeza y amplitud del oficio: “Nos permite ensanchar las fronteras del conocimiento, del ocio y de la imaginación, y que se siga leyendo por entretenimiento”. A estas palabras determinantes cabe añadir las que revela sobre su vocación. Para ella, la única receta válida para alcanzar una buena traducción consiste en pensar que el lector de una obra traducida debiera tener la sensación, al leer el texto traducido, de que va a experimentar las mismas sensaciones que el de la obra original, en el país y en la época que fue escrita. Lo que importa es que en ambos casos los dos textos transmitan lo mismo.

El libro de Pérez de Villar encarna, a su vez, una encendida defensa del oficio del traductor contra todo lo que todavía cercena su valor: la invisibilidad persistente, el intrusismo o la precariedad laboral, una apología concienzuda sobre una labor que “no es una falacia, ni un acto heroico, ni un milagro”, sino que se ejerce como un oficio que requiere disciplina, esfuerzo y estilo, “un empeño complicado y sutil, donde no sirve el ábaco y, a veces, tampoco el camino recto”. En todos los capítulos de la obra se aprecia ese desvelo, expuesto con claridad y sin tapujos, de todo aquello que depara su significado e interés, esto es: creación y artesanía en busca de las palabras justas y de las frases equilibradas. Al final del libro, llega uno agradecido de entender de forma clara esta tarea tan llena de aristas, desafíos y paradojas.

Qué sería de nosotros, lectores entusiastas de Dostoievski, Kafka, Sándor Márai, Isak Dinesen, Edith Wharton y tantos otros escritores, si no hubiéramos contado con la traducción de sus obras a nuestra lengua común. Este libro de Amelia Pérez de Villar es una declaración de amor y respeto, como también una invitación para seguir confiando en los profesionales de la traducción. Resulta ser un ensayo ameno, revelador y nada complaciente, un altavoz agudo y vindicativo sobre la realidad y la exigente naturaleza de su oficio, una tarea que sigue dándonos amplitud de lecturas, entretenimiento y transmisión de saberes que nos llegan de más allá de nuestras fronteras.


lunes, 29 de abril de 2019

La familia y sus demonios


En todas las familias hay mentiras, y también en el amor y en la amistad, entre otras cosas porque para convivir es necesario que cada cual tenga sus secretos […], y es que en gran parte somos nuestros secretos. El perro su pan escondido, el pájaro su nido, el zorro su cubil, el cura los pecados de sus feligreses, el mandatario los secretos de Estado, los enamorados el trémulo fervor de sus miradas a hurtadillas de los demás. No hay nadie que no se lleve un secreto a la tumba, y no hay mayor gloria para un secreto que morir sin haber sido desvelado”.

Cuando destacamos algunos subrayados de una obra leída, como este que antecede, sacado de la nueva novela de Luis Landero (Alburquerque, Badajoz, 1948), Lluvia fina (Tusquets, 2019), marcamos sus epifanías y las señales que despiertan nuestro interés y curiosidad por razones diversas. Nos dan suficientes motivos para pensar en nuestra propia existencia, los justos para no dejar de seguir leyendo, como si se tratara de un viaje sentimental en el tiempo, y de paso, sentirnos próximos al narrador de la historia que nos confía sus secretos y revelaciones de los personajes que viven dentro de ella, gente extraña y, a su vez, muy parecida al mundo que nos rodea. Toda esta pulsión que nos llega, tanto por las palabras, como por las voces y silencios de sus protagonistas, a muchos nos produce un arrebato estimulante que nos obliga a tener bien afilado el lápiz. De alguna manera, en los buenos libros leídos siempre queda el rastro de lo que fuimos.

La escritura de novelas, ese género tan híbrido y excitante, es un arte muy difícil. De hecho, hay tantos detalles que pueden dar al traste con cada una de ellas, que es portentoso que existan tantos libros que han salido airosos en su primera tentativa. Landero es un maestro en ello, un escritor que se dio a conocer con Juegos de la edad tardía (1989), un libro memorable, al que siguieron Caballeros de fortuna (1994), Absolución (2010) y otras novelas como El balcón en invierno (2014) o La vida negociable (2017). Landero es un nombre importante de nuestra narrativa actual, no solo por la destreza y gracia de su escritura, sino por ese don de saber organizar la narración con perspicacia. De la misma manera que para surcar el mar se precisa saber remar, gobernar la embarcación y llevar el timón es algo fundamental, trasladado al arte de novelar es, precisamente ese engranaje lo que da sentido y valor a lo que se concibe como literatura de calidad y, a la vez, de entretenimiento.

Lluvia fina continúa por esa senda tan habitual en Landero. Se trata de una novela trepidante y sombría en la que una reunión familiar que discurre con aparente calma verse alterada hasta convertirse en un río desbordado. ¿Se puede hablar de todo entre los seres queridos? Esta es la pregunta clave que sostiene toda la trama de esta historia familiar. Ningún relato es inocente, y mucho menos todo lo que se cuenta y se esconde en el seno del hogar. Aurora, la esposa de Gabriel, es la narradora de esta novela, conforma el punto de vista y el espejo donde se paran los personajes para hablar de ellos y de los otros, la receptora de sus confidencias y discursos. Será ella el cauce involuntario de una familia donde unos se culpan a otros de sus frustraciones vitales hasta desembocar en un final ominoso de fatales consecuencias. Ellas es la que los escucha.

Gabriel, el hijo más joven de la familia es el que sigue teniendo una buena relación con la madre, y se empeña en reunir a todos para celebrar su octogésimo cumpleaños, invitando a Sonia y Andrea, sus dos hermanas con sus respectivas parejas, con la idea de recomponer sus relaciones que han estado enquistadas durante décadas. En las confesiones que van surgiendo, el lector asiste a un escenario familiar en el que se entrecruzan historias que se desmienten entre sí, y que, a su vez, conforman el hilo de Ariadna por donde cada uno cuenta al interlocutor lo que sabe del otro hasta desmadejar sus resentimientos y frustraciones, provocando que la conversación termine en reproches que nunca se habían echado en cara

Lo que el hermano presuponía de ensayo propicio para limar asperezas, se convertirá en un destrozo familiar inadvertido, en el que todos pondrán de su parte hasta la estampida final en la que cada uno se marcha sin haber limado las asperezas que lo habían mantenido distanciados: una madre autoritaria, empecinada y cruel; una hermana, Andrea, desquiciada por la envidia y el fracaso; otra, Sonia, sobreviviendo al drama de su destino; y desde luego, Gabriel, tan irrelevante e infantil como egoísta.

Cada uno de ellos conforma la historia familiar conjunta, como un palímpsesto, compuesto de capas de narraciones y segundas narraciones por donde todos vierten, polarizan y versionan la verdad de sus vidas. Todos están ahí con sus razones y discordias, y la presencia de cada uno refleja algún resquemor hacia el otro. Todos andan necesitados de un interlocutor para destapar la verdad oculta, el drama de una familia desavenida y maltrecha.

Lluvia fina es otra admirable novela de Landero, un libro que ahonda en el vínculo familiar, ese que aparentemente nunca o casi nunca desaparece en nuestras vidas, al que todos estamos obligados a proteger, pero que, en este caso, al final salta por los aires. Queda una sensación sombría de advertencia final, mediante la que se deduce que siempre es más conveniente no decir todo lo que pensamos de los demás, ya que, en cualquier hogar, la discreción es la única salvaguarda de la convivencia, y la mejor manera de cohesionar la familia se halla más en los silencios que en las conversaciones. Quizás sea así.


martes, 23 de abril de 2019

El futuro es el mismo para todos


Escribir sonetos en la poesía de hoy es una rareza. Dicen los poetas que está pasado de moda, y es que, ajustarse a las exigencias técnicas a las que obliga el soneto clásico, requiere de una madurez y de un constante esfuerzo que no todos los que escriben poesía logran salir airosos de tamaño empeño. El soneto es como la piedra angular en la que descansa gran parte de nuestra poesía desde que Boscán y Garcilaso lo introdujeran con éxito en nuestra literatura bajo el soplo influyente de Petrarca. Lo han cultivado con solvencia poetas contemporáneos tan dispares como Gerardo Diego, Rafael Alberti, Lorca, Miguel Hernández con su libro El rayo que no cesa, y en las obras de la generación de la posguerra hasta Blas de Otero, Ángel González o Carlos Edmundo de Ory que lo hicieron con fervor y espíritu renovado.

Hoy traemos a esta bitácora de lecturas el último libro del poeta y traductor Juan José Vélez Otero (Sanlúcar de Barrameda, Cádiz, 1957), Pasmo (Valparaiso, 2019), con prólogo de Luis Alberto de Cuenca en el que nos confiesa que contiene “cuarenta y cinco sonetos de forja impecable, sin una sola alteración silábica ni rítmica. Una de esas escasas series de sonetos a los que no puede ponerse pega formal alguna”. Que lo diga un poeta como él, que también ha practicado con notoriedad esta variante rítmica, pone en alza la arquitectura del poemario y su valía.

En ese desafío compositivo, Vélez Otero ha querido reconducir su modo de percibir el mundo acotándolo en una partitura en la que su pauta rítmica se despliegue bajo el endecasílabo para mayor significancia y brillo. Cada poeta tiene un recorrido propio y, aunque los recorridos son infinitos, el lector percibe que este libro del poeta gaditano encuentra esa forma particular de manifestar su vivencia personal de la realidad que le inquieta en un conjunto poético en el que el formato elegido, se adecua a ese ritmo deseado y persuasivo que encaje palabra con palabra y enlace sonido con sonido, y alumbrar con maestría el soneto capaz de trasmitir lo indecible.

El libro viene dividido en tres secciones. En la primera, que consta de catorce sonetos, el poeta nos habla desde la madurez y nos va mostrando las consecuencias del paso del tiempo: “Murió la vida y anda entre reflejos / buscando explicación inexplicable; / vivió la muerte, deuda inacabable, / saludando a la dicha desde lejos”. Y amplía en los versos que siguen: “Este hombre sin dónde ni sin cuándo, / extranjero en sí mismo y de la vida, / anda mordido, sin saber, buscando / al otro que perdió.” Y en otro pasaje el sujeto lírico reflexiona: “... la ciudad / ha cambiado; también yo con la edad / veo todo más triste y amarillo.” Y como consecuencia, alimentan su quehacer poético la pérdida de la ilusión, la desesperanza: “Hundidos los cimientos, no sostengo / ni porvenir ni ayer, y en el presente / se me pudre la historia, la simiente / de la ilusión que tuve y ya no tengo.”

En la segunda parte los sonetos miran más a los placeres cotidianos y sus paradojas, al amor, el desamor, el malestar de una gripe, el gozo de oír música, la soledad: “Me gustas como el aire, como el vino, / lo mismo que me gustan los pasteles...” Podríamos decir que el sujeto poético se convierte en algo más carnal, más humano: “Ah, de tu boca, amor, y no respondes / ah, de tu boca roja rosa esquiva...” La edad que todo lo muda inexorablemente: “Perdí mi tren y tengo ya cincuenta / cincuenta primaveras bien cumplidas; /.../ El chicle de mi edad no sabe a menta, / más bien sabe a alcanfor. /.../ La luz de la ilusión duerme al sereno; / también te fuiste tú. No me dejaste / ni un vaso en que beberme mi veneno.” Aquí la ironía es un arma de la que se valen sus versos para mostrarnos un alejamiento que le permite distanciarse de sus tribulaciones.

En la tercera parte resuena ese pulsar del tiempo: “Tic-tac, tic-tac, tic-tac, era la vida...”, en el que está presente el desengaño, pero también los gozos de una infancia que se fue con sus días felices. El sujeto lírico se siente perdido y se busca, pero no encuentra respuestas a la sinrazón de la vida y le pregunta a dios: “¿Y a Ti quién te pidió que me nacieras?” para decir más adelante: “Estás, no des más vueltas atrapado, / no existe solución, eres humano.” En esta parte el poeta recurre a la contemplación de algunas fotos de otras épocas de su vida pasada para contrastar aquellos momentos que congeló la imagen con la cruda realidad del momento en que vive. En esta ocasión su decir es más existencialista, ha perdido, en cierta medida, el tono irónico que le servía como máscara y se acerca de frente a una verdad con la que no está de acuerdo, pero que asume como inevitable y, a su vez, le permite sobrellevar su día a día.

Pasmo en su conjunto es un poemario muy humano y nada condescendiente ni apacible. Sus sonetos reverberan crudeza y nostalgia, apelan a la reflexión sin omitir las pérdidas y angosturas de la vida, pero con la dignidad, conciencia y cordura de cincelar una verdad esencial que transcurre por todo el libro: el paso del tiempo, un mismo devenir para todos. Y lo mejor del libro es que nos hace pensar y, al mismo tiempo, se deja leer con gusto, desde esa claridad con que se nos muestra lo sincero, lo abierto a la verdad.


miércoles, 10 de abril de 2019

La escritura y la vida


Como el protagonista de mi novela anterior, me sentaba a escribir delante de unas imágenes. En El instante del peligro, Martín escribía sobre una sombra inmóvil proyectada sobre un muro, unas imágenes del pasado. Ahora yo me encontraba también ante unas sombras del pasado. Ecos y fantasmas de un tiempo que se había ido”, nos cuenta el narrador de El dolor de los demás (2018) que más adelante percibe cómo la mirada del pasado es capaz de transformar el presente: “Viajar en el tiempo siempre modifica las cosas”.

¿Cómo se convierte alguien en escritor, o es convertido en escritor? Una buena pregunta para la que Ricardo Piglia en Los diarios de Emilio Renzi (2015) tiene esta respuesta: “Un escritor se autodesigna, se autopropone”. Se trata, según él, de una construcción deliberada. “No es una vocación, a quién se le ocurre, no es una decisión tampoco, se parece más bien a una manía, un hábito, una adicción, si uno deja de hacerlo se siente peor”. Escribir cambia sobre todo el modo de leer los libros y la vida, nos viene a decir Miguel Ángel Hernández (Murcia, 1977), dando crédito a lo que el escritor argentino otorga a su oficio de empeño, decisión y contingencias que empujan y determinan el modo en que el escritor llega a ser, se reconoce y se da a conocer.

Lo que se cuenta en Aquí y ahora (Fórcola, 2019), su nuevo libro, está fechado entre julio de 2016 y mayo de 2017, implementado con un epílogo que titula El sentido de un final, escrito entre julio de 2017 y Enero 2019, es todo un acontecer sucesivo de escritura, desde el propio hecho de vivir, leer, viajar, noches de farra, amor e insomnio a través de un diario ágil y desbordante, escrito en segunda persona, como ya experimentó en sus dos anteriores entregas, Presente continuo (2016) y Diario de Ithaca (2016), pero que en esta ocasión, matiza su autor en el prólogo, surgió por una especie de pulsión de escribir todo lo que le llevó a documentar sus iniciativas e indagaciones en el propio proceso de creación de su novela, El dolor de los demás, en la que estaba inmerso. Por lo que la novela en proceso y el diario en marcha se han abastecido entre sí, hasta el punto de formar parte de un mismo proyecto literario, “un continuum entre ambos libros”, en palabras de Hernández.

El lector asiste a un streptease de alguien que cuenta con soltura episodios de una vida, la suya y la de los demás. Pero en este caso, el autor también nos aproxima a la desnudez de su escritura y a los entresijos del proceso creativo compartido con los que, por alguna razón, saben en lo que anda metido. Y en toda esa desazón de conseguir un estado mental para armar la novela que lleva entre manos, tiene sentido recurrir a lo que nos decía el recién desaparecido Ferlosio: “tanto si funda su argumento en sucedidos como si los inventa, la representación narrativa tendrá siempre idéntico carácter de ficción”. Desde luego, Hernández no se aparta de ese apunte ferlosiano. Descubrimos en su diario que escribir una novela es un ejercicio de incertidumbre y misterio. Tampoco es esquivo a revelarnos el secreto de su creación literaria y sus efectos colaterales, secreto que no es otro que insistir en extraer palabras de ese fondo silencioso en el que la ficción es ineludible.

Escribir siempre cambia la realidad”, leemos en una de las entradas del libro. Y lo justifica con algo que al lector le consuela: “El autor nunca se puede quitar de en medio... El autor no puede esconderse. La vida propia afecta al modo en que percibimos el mundo”. En Aquí y Ahora se entrevé esa poética en la que también está presente el significado de lo que el tiempo aporta a la escritura y de lo que el tiempo da a la vida. En estos diarios la escritura fluye en un tiempo continuo que viene del pasado con aspiración de futuro. El presente de estos textos conforma esa realización del futuro: su novela en curso. Y esa es la verdadera razón de ser de este diario: el tiempo de la vida que encarna su proceso y la necesidad de escribir.

Este es un libro pleno de literatura, un festín jugoso donde se comparte no solo el vértigo de escribir, sino también el de disfrutar de libros y autores. “Los libros no son inocuos –escribe en otra de sus entradas–, actúan en la realidad”. Por aquí están presentes Vila-Matas, Carrère, dos novelistas por los que Hernández siente admiración, como también lo hace por Chirbes y muchos otros. Su caudal lector es inagotable. Sabe que leer aproxima a esa verdad literaria que encierra la existencia: “la vida, sin duda, tiene la estructura de la ficción”, y que resulta tan necesaria para seguir escribiendo.

No me importa repetirme, y lo digo a boca llena: Miguel Ángel Hernández pertenece a ese grupo selecto de escritores españoles que gozan de esa voz propia y arriesgada que tanto gusta a los lectores exigentes, esa que se encuentra en la senda de la literatura de calidad, esa que compagina escritura con verdad y vida.