jueves, 20 de septiembre de 2018

Tempus fugit


El nuevo cuaderno de la vejez de Aurelio Arteta (Sangüensa, Navarra, 1945), catedrático de Filosofía Moral y Política en la Universidad del País Vasco, autor de ensayos éticos y manuales universitarios, prolonga lo que ya inició en A pesar de los pesares (2015), obra ya reseñada en este blog el siete de noviembre del mismo año, su cuaderno primigenio, sobre la experiencia existencial que conforma la vejez, el período más concluyente y más definitorio de la vida. A fin de cuentas (Taurus, 2018) es una continuación reflexiva de su anterior obra y se ocupa, por tanto, de ese mismo enclave vespertino que asoma en la edad tardía, la vejez, para mostrarnos el valor, la enseñanza, la anomalía y la pesadumbre que gira alrededor suya.

La uva verde, la madura, la pasa, todas son mutaciones, escribe Marco Aurelio en sus Meditaciones, no para no ser, sino, precisamente, para ser lo que no se era. Y añade: “Piensa en qué estado conviene hallarse, de cuerpo y alma, cuando te sorprenda la muerte; reflexiona sobre la brevedad de la vida, la infinidad del tiempo pasado y venidero, y sobre la poca consistencia de todo lo material”. El otro Aurelio, Arteta, buen conocedor de estas máximas, despliega un texto intenso que pone su acento en ese fluir del tiempo y su inevitable punto final que llegará sin avisar a nadie, y parte de una cita de Simone de Beauvoir que resume en gran medida el objetivo de su libro: “No sabemos quiénes somos si ignoramos lo que seremos”.

No es normal envejecer con naturalidad. Envejecer, dice Arteta, tiene sus cosas buenas, como el declive de la ambición, la competitividad y los asaltos del deseo sexual. Pero envejecer, apunta, lleva consigo una acumulación de discapacidades. En la novela Elegía (2006), de Philip Roth, el protagonista, un jubilado de setenta años cumplidos, distanciado de su propia familia, debe enfrentarse a su propio deterioro físico. Vive atormentado de su estado deplorable y proclama que “la vejez no es una batalla; la vejez es una masacre”. A fin de cuentas examina la vejez y la muerte, pero lo hace desde una mirada esperanzadora, más que de fatalidad, enfocada como algo consustancial a la vida, y, por ello, tan natural como determinante. Hablar de la muerte es necesario, es el gran misterio de la vida, viene a decirnos. Y para condensarlo recurre a esta cita de Ramón Andrés: “La muerte no está al final de la vida; está en el centro”.

Todo el libro es un devenir de diálogo introspectivo en el que transcurre la vida y su evolución a través de los años, proclamando “vivir casi ensimismado para vivir con mayor sentido”. Vivir la vida en momento presente. No cuenta otro tiempo. El universo y la vida, nos dice el filósofo, es un misterio lleno de preguntas. La vida es el arte de sobrevivir, de sortear la adversidad. Pero la muerte siempre viene a molestar. Se cuela sin pedir permiso. Todos seremos anónimos en el tiempo. Muchas de las reflexiones y citas que pueblan las páginas del libro se circunscriben a esa relación tan equidistante que la vejez y la muerte forman entre sí. El destino del ser humano consiste, justamente, en pasar al olvido. La vida es breve, escribe Mankell en Arenas Movedizas (2015), en tanto que la muerte dura mucho, muchísimo.

A fin de cuentas contiene muchas escenas de vida, pensamientos y paradojas sobre la complejidad de envejecer con dignidad, de sobrevivir a un presente continuo que pondrá punto final a ese espejo retrovisor en el que contemplamos lo que quedó tras nosotros, y donde tampoco faltan vivencias brillantes, humor, ni momentos de sinceridad. Infinito es el número de las bifurcaciones que concede la vida en su recorrido hasta situarse en la vejez, pero, a la postre, el trayecto es único. El ser humano, al fin y al cabo, viene a constatar Arteta, es el que llega a una edad para la que no se preparó, y, encima, cargando sobre sus hombros un cesto abultado de memoria y nostalgia.

La vejez y la muerte son dos grandes temas de la literatura, un binomio que se ajusta más a ese peldaño de vida acumulada en la que los años dan una amplitud de miras al significado de vivir. Este libro, al igual que el tomo anterior, no es una apología de la vejez, pero se aproxima; no es un tratado filosófico, pero sí contiene mucha argumentación ética y moral de lo que la vejez tiene de didáctica infalible.

A fin de cuentas es un libro lúcido, que ofrece una mirada crepuscular del paso del tiempo, una visión del mundo desde la edad tardía del autor, que otea desde esa atalaya propia de la vejez, para hablarnos del sentido de la vida, a la que contempla con un decidido empeño de autoestima y respeto.

La vejez, como la vida misma, siempre aceptará miradas múltiples y contradictorias, porque es una etapa laboriosa y fecunda, en el sentido que le daba Cicerón, de llevar siempre algo entre manos con igual inquietud que en los periodos anteriores de la vida. Aurelio Arteta comparte, con mucha sabiduría y tono vital, esta suerte de examen que a cierta edad nos espera a la mayoría.

jueves, 13 de septiembre de 2018

La línea del tiempo


Uno tiene la sensación de que la novela de hoy ha dejado la senda de la exigencia para ponerla en manos del cuento. Muchos novelistas parece que preparan un guion en el que se prefija un argumento con su trama a los que siguen sin desvíos. ¿Dónde están aquellos novelistas que arriesgaron el favor de una masa de lectores y pusieron todo su quehacer en manos de un estilo, de un lenguaje propio y de un compromiso con la Literatura? El éxito inmediato y las ventas han eclipsado lo que antes fuera la función que más caracteriza al escritor moderno, la autoexigencia, nunca la complacencia. Hay que decir que, cuando se lee una novela de las muchas que se publican hoy en día, el lector tiene la sensación de estar leyendo a autores encasillados en el siglo XIX.

El libro es una industria, y las grandes editoriales solo están interesadas en la rentabilidad de sus publicaciones. No importa si la propuesta de un escritor que empieza es digna y merece editarse. Esta labor, de dudoso alcance, suele dejarse en manos de las pequeñas editoriales y, la mayoría de las veces, en la autoedición o, simplemente, olvidada en un archivo de un disco duro. Hoy el consumo y las prisas por lo exitoso e inmediato es el objetivo del sistema y, por tanto, el libro también ha sido presa de ese mismo objetivo. Los premios literarios se conceden de antemano a un autor que trabaja en televisión, a un periodista mediático o a un escritor de una obra exitosa, ya hecha, que con la novela premiada poco aportará al panorama literario, pero que augura buenas ventas.

Todo lo dicho viene a poner en valor la novela Minä, de Juana Márquez (Madrid, 1972), que obtuvo el XI Premio Literario Ediciones Oblicuas de 2017, publicada en abril de este año y que confirma la independencia a la hora de conceder un premio sin plegarse a ninguna exigencia comercial. Se trata de una autora con obra publicada, pero de escasa trascendencia en el mundo de la edición, alejada del mundillo literario más publicitado, licenciada en Matemáticas y profesora de instituto, que también compagina con la de profesora de la Escuela de Escritores de Madrid y de Escritura Creativa en la Universidad de Alcalá de Henares.

Minä es una obra de prosa cuidada y desnuda, pero tan ambiciosa en su estructura como exigente, que llegó a mis manos impensadamente y que merece que se le dé la visibilidad que le corresponde por méritos propios. La novela adopta desde el principio un monólogo interior y el único afán de su protagonista es seguir hablando, aunque sea por boca de otros, con el fin de sobrellevar su pasado y su impetuosa urgencia de ganarle la partida al silencio que apenas soporta. La historia comienza cuando su protagonista, que pone título a la novela, una chica adolescente, acaba de recibir la noticia de la pérdida de su madre. El amante de esta, Outo, está hospitalizado y la joven huérfana se ve obligada a vivir con Bruder, su hermano pequeño y con Ruka, hermana de Outo.

A partir de aquí, la chica va tomando la voz de varios personajes de su entorno para que nos vayamos adentrando en el mundo de sus cavilaciones y dudas, en aquello que la inquieta y, a su vez, la paraliza, en la inmediatez de lo que se mueve a su alrededor, en la visión del inmenso vacío que tiene ante sus ojos.

Sutilmente, a medida que vamos avanzando en la lectura de la novela se nos va mostrando el mundo de la adolescencia más desprotegida en un barrio periférico de condición obrera de una ciudad innominada. Minä se encuentra hablando ante un espejo fingido en el que se refleja la voz de los otros. Asistimos a su ambigua relación con Kelias, su profesor de matemáticas que le asienta reflexiones sobre el valor de la acción en la vida: “Son los pies –le dice–, nuestros pies son los que mandan sobre todos nosotros, la inducción de los pasos, uno que lleva al siguiente, el siguiente al siguiente”. La sexualidad, todavía incipiente, va aflorando entre esta y sus amigas, el coqueteo con la droga, todavía solo llega a ser pegamento, y su relación velada con las personas mayores son precarias.

En toda la obra hay una alusión insistente y simbólica a los dos caminos que se le abren a Minä: “el Concurso” y “el Ingreso”, como pórticos de un examen que tiene que superar. Se entiende que el primero es como un acceso al triunfo por la vía rápida, concurso de belleza, vida de modelo, puerta abierta a la prostitución..., y el ingreso una apuesta, un esfuerzo por el futuro.

Y como elemento que puede inclinar la balanza de la protagonista está la alusión constante a su capacidad para las matemáticas. El único que le da aliento y cariño es su profesor que la anima a presentarse al examen que, de aprobarlo, le abrirá un porvenir.

Minä es una novela arriesgada y experimental, escrita en segunda persona, en la que afloran las relaciones binarias en el seno familiar y el peso de la infancia, una historia que transita por la línea del tiempo para escrutar lo que podría haber sido de otra manera, como si a lo predestinado, que viene de lejos, la verdad nos obligue a desatarlo. Una propuesta valiente y nada convencional.

domingo, 9 de septiembre de 2018

Asuntos que damos por hecho


Leer es, probablemente, una de las maneras más fructíferas de poseer y de sentir la multiplicación de yoes, y de ellos reflejados, en una tarea que, a la postre, se convierte en una celebración del nosotros, de la parte sencilla y secreta de lo que somos y nos conforma. La lectura, como subraya Giulia Alberico, es ese hilo de Ariadna que se desenreda y, mientras se sujeta un cabo, puedes encontrar minotauros que te persiguen en una estancia tras otra, “negociar con las sombras”, por usar una expresión con la que Margaret Atwood se refiere a la escritura, ese oficio capaz de rastrear en lo cotidiano la esencia de nuestra existencia.

Desde esa perspectiva mítica, La hazaña secreta (Turner, 2018), el último libro de Ismael Grasa (Huesca, 1968), transita por el laberinto de lo común y cotidiano de nuestras vidas, sin la pretensión de sortear seres fantásticos ni fabulosos, sino con la idea de posar la mirada y la reflexión en ese transcurrir de la existencia en la que el tiempo enseña a asumir los trazos definitorios del estar diario.

Grasa, profesor de Filosofía, que se dio a conocer con su novela De Madrid al cielo (1994), finalista del Premio Herralde, ha continuado una trayectoria literaria cargada de sutilezas y hallazgos que han ido conformándole, para muchos, en un escritor de culto. Es autor de libros de relatos y de viajes. En 2002 escribe La tercera guerra mundial, una novela breve que viene a constatar que lo más surrealista se haya pegado al quehacer diario, y en 2016 publica Una ilusión, un libro encajado en la auto-ficción, que vierte su mirada hacia la vida y adolescencia de su autor así como al oficio de escribir, una crónica desatada en la que reflejar su itinerancia de vida y literatura.

Ahora, en La hazaña secreta, un título seductor y vívido, vuelve Grasa a tomarle medidas al tiempo y el pulso a la auto-ficción, entablando un diálogo con el lector, al que invita en sus reflexiones y perplejidades a participar de los asuntos domésticos que además les surten de experiencias e información desde sus rutinas y rituales diarios, motivado por las ganas de emparentarse con la vida común que nos une a todos. Dice al principio: “En ocasiones nos quedamos con la sensación de que deberíamos haber dirigido unas palabras a alguien en lugar de quedarnos callados”.

Desde ese inicio intencionado, en apenas noventa páginas, irá desgranando, en las cuarenta y siete piezas sin enumerar que componen su opúsculo, toda esa tarea en la que consiste el heroísmo de lo cotidiano, como decía Montaigne, al que cita en más de una ocasión. Grasa sabe que en la literatura todo es cuestión de medida: un poco más, algo menos..., como la vida misma que diría Antonio Machado en uno de sus proverbios. Por eso el diseño de su libro se encamina al aprovechamiento de lo que se puede volcar en no más de dos páginas, lo suficiente para albergar una experiencia, un matiz de vida: afeitarse, limpiar los zapatos o hacer la cama, para enlazarlo con el gozo de hacer sobresalir ese ritual.

Las lecturas y citas que aparecen en cada entrada de este diario fingido son alumbramientos que suscitan el interés por no abandonar la actividad de seguir aprendiendo. “Uno no puede pretender saber de todo –subraya Grasa–, pero debería dar razones de todo lo que hace”. Y añade: “cuando uno está bien y está a solas permite que el mundo descanse un poco, incluso de uno mismo”.

La hazaña secreta es un ejercicio de la memoria, una obra que encierra una teoría experimental del aprovechamiento del día, como bien decía al respecto el pintor Pepe Cerdá, otro de los citados: “un día es una cosa muy seria”, que nos muestra las posibilidades que ofrece el devenir de cada jornada que se nos presenta, en la que nos llevan a profundizar en esa levedad rutinaria que llamamos costumbre.

Ismael Grasa incide en que “por más que una persona siga una vida sedentaria y común a los ojos de los demás, nunca se puede decir que no esté llevando a cabo alguna clase de viaje”. Uno tiene la impresión de estar leyendo un manual de buenas costumbres, pero también parece encontrarse ante un tratado reducido de filosofía de lo que acontece discretamente alrededor de la vida, bajo un impulso espontáneo que nos lleva a interpretar con sutileza, desde un punto de vista ético, todo aquello que nos rodea.

Lo persuasivo de todo el libro es ese cariz de aproximación de la prosa a la poesía que conlleva el texto, pleno de asombro e intuición, que no es más que el reflejo común y sencillo de mirar con gratitud la propia vida, como posibilidad de hacerla más entendible y jugosa.

La hazaña secreta contiene la respiración, el latido y la verdad del hecho de vivir, sin impostura. No es un libro concebido como una fragata para llevarnos a tierras lejanas, como diría Emily Dickinson, sino más bien una balsa para manejarnos por el ámbito doméstico en asuntos que damos por hecho y en los que conviene reparar.


jueves, 30 de agosto de 2018

Extraños en el parque


El título de 1996 Lo raro es vivir, de Carmen Martín Gaite, le sirve a la narradora del libro para arrancar su relato exaltando lo extraordinario que a veces pasa por las buenas en la vida normal. Entre todo ese enjambre anodino que se sucede en el vivir cotidiano, a veces, salta uno de ellos, aparentemente insignificante que, de pronto, origina el comienzo de algo nuevo y, entonces “sobreviene el miedo o la parálisis”.

El nuevo libro de Sara Mesa (Madrid, 1976) Cara de pan (Anagrama, 2018), autora de vibrantes relatos y novelas anteriores, como Mala letra (2016), Cicatriz (2015) o Cuatro por cuatro (2012), sorprende por ese matiz de encuentro casual surgido en las vidas de dos seres que rompen su anodina soledad y, muy al contrario de lo que se podría pensar, por la diferencia abismal de edad entre ambos, no les sobrevienen ni parálisis, ni recelos, sino una fecunda relación que comparten por las buenas a solas.

Son dos personajes escurridizos, heridos socialmente, que inician una extraña relación entre el desarraigo que sobrellevan, las incomprensiones y la desconexión humana que han tenido que sortear. Se encuentran en un parque y allí, protegidos por un seto, comenzarán a verse en días sucesivos. Ella es una adolescente, de apenas catorce años, que esquiva las clases del instituto. Él, es un hombre maduro, de comportamientos extraños, va siempre con unos prismáticos colgados y está obsesionado por los pájaros y las canciones de Nina Simone. “El viejo habla como un niño –con el ensimismamiento y el entusiasmo de un niño– y la niña lo mira con curiosidad […] Para ella ese hombre es un viejo y los viejos tienen edades tan variables como inverosímiles”. Casi, la niña a la que llama por ese nombre, le presta atención a todo lo que el hombre le va contando, tratando de sacar alguna moraleja de ello, “pues siempre le han enseñado a interpretar así las historias”.

Poco a poco se va creando un clima propicio entre ellos, lo que les facilitará que lleguen a revelarse secretos y empiecen a sentirse cercanos y reconocidos, como si vinieran a coincidir en aquel lugar desde una reencarnación de la que acaban de salir. Y, aunque a ella siempre le advirtieron que “los hombres no pueden ser amigos de los niños”, no le importa seguir con la aventura, incluso si se la imagina peligrosa. “No puede quedarse sin una historia que contar –subraya la voz narrativa–. Necesita una historia que contar”.

Cara de pan es un título hermoso que esconde un símbolo que conviene escrutar, una fábula existencial empapada de realismo y verdad, un relato que enciende en su lectura la sed con que se bebe una buena historia de misterio y vida, escrita en un tono delicado y nada complaciente donde la fluidez narrativa es su arma más poderosa. Decía Leopardi que la felicidad es lo que tenemos antes de empezar a buscarla. Esa búsqueda inocente y desesperada es la que aúna Sara Mesa con sutileza y tino en ese espíritu que mueve a estos dos seres desarraigados y problemáticos, a sentirse cómplices en los instantes que comparten. El Viejo “no vino a darme cariño, dice Casi: vino a darme consejo”.

El corazón, incluido el del inocente, tiene sus secretos, sus muros de silencio, su misterioso modo de entender las cosas, y ese trémulo saber es el que también guarda el cariz literario de este relato tan sencillo como luminoso que el lector irá descubriendo conforme avanza el destino amenazante de la trama, que irá cargando el ambiente.

Sara Mesa firma una conmovedora novela, amena e intensa, que se lee de una sentada, sostenida por la fuerza propia de sus vívidos personajes, que son, en definitiva, los que la hacen posible. En Cara de pan hay un miedo ambiental inquietante, incluso infundado, pero que los mayores, que están presentes en la novela, no pueden evitar. Temores propagados desde siempre que los hacen sentirse vulnerables y desconfiados, vayan por donde vayan, arrastrados por los tabúes.

La vida no transcurre como uno la imagina, y este libro pone su acento en ello, rozando los límites establecidos por el devenir cotidiano, que no son otros que los propios límites de la condición humana. El libro de Mesa procura al lector la idea de estar ante algo que lo hace sentir modesto. Y eso lo consigue cuando dicho lector logra adentrarse con lucidez en el interior de la naturaleza humana, algo que proporcionan las historias bien tejidas y resueltas con eficacia, hasta sentir la necesidad de hacerse pequeño y despojado de prejuicios.


lunes, 27 de agosto de 2018

Permanecer oculta


Ser secreto para los demás duele y, al propio tiempo, reconforta. Duele, como dice Claudio Magris, porque existe siempre el sentimiento de ser incomprendidos y alienados, incluso –y este es el elemento más clamoroso– de serlo por las personas cercanas y amadas. Pero, también, ayuda a atravesar la soledad de la existencia y a resistir los envites de la incomprensión ajena gracias al sentimiento de poseer una verdad oculta, como subraya el escritor triestino, de no ser solo lo que parecemos a los demás. Y, desde luego, conforta con esa idea de irreductible peculiaridad que los otros no pueden conocer, y acaso sospechar, porque no podrían comprenderla.

Silvina Ocampo, la menor de seis hermanas, encarna a la perfección el misterio que rige la figura de una persona secreta que voluntariamente se oculta en los términos anteriores descritos por el autor de Microcosmos. Fue pintora, discípula del artista Giorgio Chirico, poeta y escritora de cuentos. “Silvina es secreta, pero es una mujer que quiere que la quieran”. Y, además, “ama a los mendigos, a las niñeras, a las sirvientas de la casa y a los pobres”. No le importa rozarse con ellos, pese a ser una de las mujeres más ricas de toda Argentina. El dinero le dio libertad de movimientos, y sus relaciones con la intelectualidad (amiga de muchos artistas y escritores, como Borges, cercano a ella, pero en menor grado que Adolfo Bioy Casares, su marido), su entorno familiar y el servicio doméstico le acarrearon muchas incomprensiones y habladurías. Permaneció siempre en un segundo plano respecto al talante avasallador de su hermana Victoria, fundadora de la revista literaria Sur y epítome de la cultura argentina de mediados del siglo pasado, y por el talento literario de su esposo, de quien sobrellevó con mutismo y reserva sus múltiples infidelidades.

De todo esto nos habla Mariana Enriquez (Buenos Aires, 1973) en La hermana menor, una biografía publicada hace cuatro años y rescatada apenas hace dos meses para la colección Biblioteca de la memoria de la editorial Anagrama, sobre la vida y milagros de Silvina Ocampo, de quien se decía que “fue una de las mujeres más fascinantes de Argentina, la verdadera reina de la gracia, el misterio y la poesía”. Enríquez, periodista y escritora, autora de novelas, relatos de viajes y colecciones de cuentos, como Los peligros de fumar en la cama (Emecé, 2009), o Las cosas que perdimos en el fuego (Anagrama, 2016), pesadillas vividas, más que relatos, en un contexto gótico de la tierra y prado argentinos, se atreve con un cambio de registro exigente, como es la biografía, que obliga proximidad en la vida y mundo del biografiado, y para ello su pericia se vale de aglutinar muchas voces testimoniales para acercarnos a los confines íntimos de esta mujer extravagante y talentosa que fantaseaba todo el tiempo y se concebía como una escritora secreta. Decía: “Soy como los animales, escondo lo que más me gusta”, (pág. 165).

Silvina escribió poesía toda su vida, aunque como narradora fue más arriesgada y notoria. Dicen que tenía unas piernas espectaculares y sabía lucirlas doblándolas con tesón en el sillón donde se sentaba. “Era una mujer que lo hacía sentir bien a uno”, comenta Ernesto Schoo, novelista y crítico teatral que la conoció muy de cerca. Se habló mucho, también, de sus inclinaciones sexuales. A este respecto, el escritor Edgardo Cozansky subraya que entre las mujeres de la aristocracia era muy normal el lesbianismo. “Creo –dice–, que era una perversa polimorfa”. Mantuvo una relación sentimental e intensa con Alejandra Pizarnik. Las cartas de la poeta a Silvina se publicaron años después a la muerte de ambas. Pero si hay alguien que confirmó sus amores no fue otro que su esposo Bioy en 1994, un año después de su muerte: “Silvina tenía otras relaciones, pero yo sabía defenderme de los celos y por otra parte sus historias no eran tan frecuentes. Siempre nos unió un gran cariño que iba más allá de la atracción física”, (pág. 115).

El libro de Enriquez responde a esa intencionalidad que tenía su biografiada de aparecer como un ser secreto y deliberadamente misterioso. Algo que viene a concitar el coro de voces que se aproximaron a su vida (bien recuperado en este libro), que la conoció en su círculo, y que todos sus componentes comprobaron que en ese segundo plano por el que optó Silvina fue el medio mejor labrado para moverse con total libertad y para escribir a su antojo.

La hermana menor es un retrato extenso de una figura que, probablemente, no tuvo la justicia poética que merecía, en parte debido a la propia idiosincrasia del personaje en sí, aplanado por otras figuras monumentales establecidas en derredor suyo y, también, trabado por la desafección que sufrió en muchos momentos motivada por la constante infidelidad vivida bajo el mismo lecho matrimonial.

Este es un libro revelador, ameno y curioso de la vida inquietante de Silvina Ocampo, de su esposo y allegados, un texto bien armado que nos invita a aproximarnos a la obra de esta enigmática escritora que dejó pruebas de una extraordinaria imaginación y maestría en sus cuentos, que hizo lo que le vino en gana durante su dilatada vida y que sobrellevó con desparpajo y dignidad sus sombras y vicisitudes íntimas, permaneciendo discretamente oculta. Interesantísimo.

viernes, 17 de agosto de 2018

Vida, conciencia y mundo animal


La literatura, afirma Cynthia Ozick, debe apelar a la imaginación; la imaginación es de hecho la carne y la sangre de la literatura. Dicho esto, la escritora neoyorquina va más allá y determina que la literatura no es más que un pacto necesario entre el lector y el escritor para crear un espacio de controversia e imaginación común capaz de dar sentido al texto.

A ese pacto consensuado entre el escritor que promete fingir y el lector que promete aceptarlo J.M. Coetzee (Ciudad del Cabo, 1940) viene a decirnos que la literatura es, especialmente, el reconocimiento de lo particular. En ese sentido, afirma en las conversaciones mantenidas sobre la ficción con Arabella Kurtz en El buen relato (2015), que la lectura viva es el meollo y asunto misterioso que habilita el relato. Implica encontrar la forma de entrar en la voz que te habla desde la página, la voz del otro, con tu yo, en una especie de diálogo interior: “El arte del escritor, un arte que no se puede estudiar en ninguna parte aunque –subraya– sí se puede aprender, consiste en crear una forma (un fantasma capaz de hablar) y un punto de entrada que permita al lector habitar en el fantasma”.

Coetzee es un escritor de profundidades, que sabe que, en lo particular de una vida o en una descripción bien hecha, siempre hay algo moral relevante y, por tanto, una voluntad de reproducir lo que aún no ha sido contado por otros. Por suerte para nosotros, aún quedan autores como él, en los que hay una búsqueda ética precisamente en su lucha por crear nuevas formas y exponerlas para el deleite y asombro del lector. En su último y estupendo libro de relatos viene a confirmar ese marcado interés suyo por ahondar en los sótanos de la condición humana y examinar su conciencia a través de Elizabeth Costello, su alter ego, rescatada de nuevo para mostrarse implacable en sus reflexiones sobre la vida de los animales y la relación de estos con el entorno del hombre.

En Siete cuentos morales (Random House, 2018), Coetzee recupera a este fascinante personaje suyo, mujer de armas tomar, que él se ha inventado para que vaya a su libre albedrío por ahí, frágil e indómita, que se desenvuelve por este mundo mal hecho en que vivimos desatados, blandiendo argumentos y deshaciendo entuertos sobre las atrocidades perpetradas por el ser humano contra toda especie animal. Para los que hemos leído la obra del Nobel sudafricano con fruición y apasionamiento, no hay personaje más cautivador, polémico y singular en todas sus creaciones, que Elizabeth Costello, una mujer irreductible y arrolladora.

En estos relatos breves y luminosos hay vida a borbotones, contada a su antojo y, sobre todo, ficción con marcado acento didáctico, cuentos que nos convocan a la reflexión de los desafíos cotidianos, que van más allá de la mera observación individual de las cosas. La compasión está presente, la moral y las contradicciones de nuestra relación con el mundo y las demás especies, también. Todo ello conforma el núcleo intelectual de las ideas y reflexiones que transitan por cada historia. En estos cuentos se dice que lo que sucede en el mundo es notorio y redundante, y por eso conviene no dejar de examinar las fronteras de la conciencia para que lo entendamos algo mejor.

Según su propio autor, estos cuentos no persiguen ser moralistas, sino cuestionar y polemizar sobre algunos preceptos morales y creencias religiosas. Además de estar presentes en ellos la cuestión animal, el libro aborda la crisis de determinados valores morales, como el de la fidelidad conyugal en el cuento Una historia, o el de la crueldad en el primero de los relatos del volumen bajo el título de El perro. En estos dos y en cada uno de los restantes, el humanismo de Costello destaca por su marcado anti-antropocentrismo, dado que niega que seamos la culminación del mundo animal y que este nos pertenezca.

En suma, la moderación y el escepticismo conforman su visión de la realidad. Como así ya quedó reflejado en su anterior libro del año 2003 en el que Coetzee reunía ocho lecciones, que tenía por protagonista a su insigne heroína escritora, impregnadas de una marcada visión franciscana y conciencia ética de la vida: “Todas las criaturas son cruciales para todas las demás criaturas”. (Elizabeth Costello, pág. 237)

Siete cuentos morales es un libro de afilada inteligencia, sobresaliente, en el que Elizabeth Costello, con más años, regresa al cuerpo de su creador para darse turno de réplica a través de un buen puñado de hermosas piezas narrativas, tan íntimas como colectivas, tan breves como hondas, para hablarnos con sencillez y calado de la maldita sucesión de pérdidas de la vejez y denostar la constante precariedad de tantos seres vivos que claman consuelo y respeto.


jueves, 26 de julio de 2018

Los afectos y sus espantos


Los seres humanos son imponderables, nos dice Paul Auster, y rara vez se los puede aprehender con palabras. Sin embargo, si uno se muestra receptivo a todos los diferentes aspectos de una persona lo normal es que quede perplejo, concluye el escritor neoyorquino. Sabemos que toda narración literaria se hace solo de palabras. Y esas palabras se encarnarán en personajes, en acciones que urdirán argumentos y tramas, en ideas acerca del mundo y en referencias a espacios y tiempos donde transcurrirá la ficción.

Cada uno de estos aspectos merece una atención particular a la hora de reflexionar sobre la composición narrativa, pero entre todos ellos hay uno que conviene resaltar y que, en gran medida, como mostraron Poe, Kafka o Cortázar, subyace en los demás, dándole su particular forma. Esa particularidad no es otra que la referida al ambiente, esa atmósfera construida que le da al relato su genuino hálito de verosimilitud. Es preciso que exista esa vinculación entre los personajes y el espacio, como insistían estos maestros, igual que se da en la vida.

Los cuentos reunidos en Pelea de gallos (Páginas de Espuma, 2018) recogen este espíritu constructivo de relatar historias urdidas bajo esta poética, pero aquí su autora se afana en que el hechizo de sus piezas se muestre bajo la desnudez de un lenguaje depurado, seco y directo, que resalta el clima hostil y acosador que transcurre por el ambiente familiar al que los personajes se ven sometidos, conscientes de que allí nada es normal y nadie repara en deshacerse de sus máscaras para mostrar sus afectos o sus espantos.

María Fernanda Ampuero (Guayaquil, Ecuador, 1976) estudió literatura y colabora con diversos medios internacionales. Ha publicado dos libros de crónicas, Lo que aprendí en la peluquería (2011) y Permiso de residencia (2013). Ahora, con estos trece relatos de Pelea de gallos, su primer libro de cuentos, acaba de dar un golpe en la mesa como una escritora a tener muy en cuenta en este género tan exigente y, al mismo tiempo, tan difícil.

Aquí hay un buen puñado de historias duras y crueles que retratan el espanto, el abuso y lo extraordinario y secreto que sucede en el espacio interno del hogar. El libro abre su andadura con dos citas que anuncian el peligro y el horror que se avecina: una que dice Todo lo que se pudre forma una familia, del poeta argentino Fabián Casas, y otra de la escritora brasileña Clarice Lispector que pregunta ¿Soy un monstruo o esto es ser una persona? Si se conjugan ambas citas podemos afirmar que Ampuero responde a las intenciones de que Pelea de Gallos es una riña, un combate al que se ven sometidos los personajes que transitan por estas historias, tocados por el lado oscuro de la vida doméstica de la que apenas les resulta difícil poder escapar, todos ellos anudados a un núcleo familiar acaparador, de fuerzas ignotas, que recorre las vertientes sociales y culturales más atávicas de Latinoamérica. En cada relato hay alguien que debe enfrentarse a sus iguales, como en una riña de gallos, tratando de no salir malparado en la contienda.

En el primero de los relatos, Subasta, uno de los mejores, una historia tremenda y brutal, una adolescente sobrevive a la intemperie de un rapto mercenario. En el siguiente, que lleva por título Monstruos, nos encontramos con otro relato demoledor, una historia que traspasa la inocencia de dos niñas gemelas y que traspasa el corazón: “Hay que tenerles más miedo a los vivos que a los muertos”, dice la narradora, y constata que “Tener ciertos hermanos es una bendición. Tener ciertos hermanos es una condena: eso aprendimos en las películas. Y que siempre hay un hermano que salva a otro”. Otro de los más destacados es Nam, una historia familiar espeluznante bajo el hilo conductor de la pérdida de la inocencia. Luto es un cuento atroz y febril de claras resonancias bíblicas en el que un hermano sádico y maldito ejerce el dominio más absoluto sobre su hermana, una joven entregada al desamparo de su destino. En Ali, uno de los más impactantes, el trastorno de una generosa madre, abarrotada de pastillas, dará la espalda al mundo que la rodea hundida por la asfixia de su hogar...

La sequedad de cada título, bajo el epígrafe de una sola palabra traslada al lector a una historia desnuda, deliberadamente desafiante, a la que deberá asistir desprovisto de prejuicios y predispuesto al desenlace más sorprendente y audaz que no rehúye de una verdad dolorosa que ha permanecido oculta. En su conjunto, María Fernanda Ampuero explora el miedo ajeno y el propio en la vida cotidiana, y consigue reunir una pluralidad de voces asoladas entre la pobreza y el pavor, bajo el denominador común de la violencia, del abuso y del maltrato que lleva a sus personajes hasta la precariedad y la sumisión más insospechadas.

Pelea de gallos es un estupendo libro de cuentos de cuya lectura sale uno trastabillado y sobrecogido. Parafraseando a Ambrose Bierce, si estos hechos pasmosos son reales es para volverse loco; si son imaginarios, es para estarlo.