miércoles, 25 de marzo de 2020

Entre hojas del tiempo

Confieso, como lector, que cada vez tengo más predilección por la literatura autobiográfica. Y digo más, casi todo lo bueno de este género que cae en mis manos lo encuentro abierto al mundo con una curiosidad y un empeño tan intenso que pocas veces veo en otras aproximaciones literarias de ficción que tanto frecuento. Y en ese sentido, coincido con la observación de Sergio del Molino que hace referencia a esto mismo y a esa urgencia que tiene el narrador por encontrar al otro o a los otros, y que aquí tiende más a fijarse en lo que le rodea y en lo que va más allá de su perímetro, tomándose el propio narrador como punto de observación e, incluso, dejándose llevar por los pasadizos de la memoria que le conduzcan a lugares sorprendentes e íntimos, con conexiones constantes entre el espacio y el tiempo.

Lo que quiero decir con esto es que lo importante de la confesión que expone la escritura autobiográfica no es si lo que cuenta es algo que es verdadero o no, sino el funcionamiento de dicha confesión en el artefacto narrativo, como subraya el escritor uruguayo Sergio Blanco, esto es, “la forma como opera y se articula la historia que se cuenta”. En otras palabras, el narrador autobiográfico, como apunta Manuel Alberca, pide al lector que confíe en él, que le crea, porque se compromete a contarle la verdad de su vida tal como la ha memorizado y así la traslada al texto, siendo consciente de que lo escrito “lo va a poner a prueba” frente al pasado, frente a los demás y frente a sí mismo.

A corazón abierto (Seix Barral, 2020), de Elvira Lindo, es una íntima indagación familiar que encaja en esta articulación narrativa que, por otra parte, como afirma su autora, ha tenido su largo tiempo de gestación. Lo confiesa, y así se hace ver en su lectura, un deseo que queda bien dispuesto en su voluntad de escribir sobre el padre, al cabo de unos años después de su muerte, con un propósito desvelado de alejarse de todo aire nostálgico y sentimental con el que suele caerse en este tipo de escritura, y con una intención de hacerlo con ese espíritu de observarlo con naturalidad, tratando de entender su comportamiento cambiante y particular que, como personaje, va mostrándose a lo largo del libro.

Como digo, en esta emotiva indagación familiar está el relato de un amor apasionado, de una trágica muerte, de una niñez efervescente y bulliciosa, y, también, está muy presente la difícil reconciliación con la figura paterna. Manuel, el padre de la narradora, aparece como un hombre de carácter fuerte, auditor de empresa, que porta en su interior el archivo de una historia muy dura, la suya propia: hijo de guardia civil, a los nueve años, en 1939, todavía en plena guerra civil, su madre le envía a Madrid a casa de una tía, bajo un escenario terrible e incierto donde la lucha por sobrevivir era lo único importante.

Desde este punto histórico con el que irrumpe el primer capítulo del libro, partiendo de la habitación del hospital en el que convalece, ya de mayor, con una insuficiencia respiratoria que viene de lejos, la narradora va dando cuenta de su relación con sus padres, recorriendo toda una larga época en la que trata de esclarecer el trayecto de su familia desmaquillado, mostrarlo y entenderlo desde el ámbito del hogar en el que no faltan indiferencias, incomprensiones, dolor y silencios.

En su libro, Lindo utiliza una voz en primera persona para hilvanar los hilos sueltos del recuerdo de su niñez y juventud y, a partir de su propia mirada, teje un relato de catarsis personal, a base de perseguir esos trazos pretéritos, valiéndose de la memoria que, a fuerza de evocarla, también produce fantasmas. Todo un rastreo para que emerja el pasado familiar por los distintos escenarios y etapas que conformaron la vida y las voces de sus padres, como así lo pone de manifiesto la narradora, con este sentir nada pretencioso y sereno que resume, en buena medida, el alma que lo anima: “Ahora, trato de imaginar lo que no sé, todo aquello que se me revela como un misterio, la vida llena de incógnitas de mis padres, y camino entre algunas certezas y muchas incertidumbres”.

A corazón abierto es un estupendo testimonio narrativo sobre la pérdida que no hay que dejar pasar en vano, un relato que viene a decirnos que contar buenas historias dan sentido a la literatura, algo que agradecemos con entusiasmo los lectores, no tanto por sus semejanzas inevitables con la vida como por las diferencias inconmensurables que las hacen única y la convierten en especial, como sucede en todo lo vertido en este libro, de forma tan natural y entrañable.

Los libros que nos deleitan nos recorren las venas y establecen vínculos con nosotros con una familiaridad insólita, y este de Elvira Lindo late con fuerza, calidad literaria y cercanía desde la verdad de la memoria y la imaginación creativa del recuerdo.

martes, 17 de marzo de 2020

Sueños y prodigios

Decía Julio Cortázar que podríamos llegar a un consenso general de que “el cuento, como género literario, es un poco la casa, la habitación de lo fantástico”. Ciertamente hay novelas con elementos fantásticos, pero son siempre un tanto subsidiarios; el cuento en cambio, como fenómeno bastante inexplicable, según él, ofrece una casa más habitable para lo fantástico, encuentra la posibilidad de instalarse con más acomodo en un relato de las características que corresponde a lo que se considera literatura fantástica.

El escritor vive en una especie de realidad doble: la normal en la que están todos y la suya particular, en la que las historias fluyen a gran velocidad o se ralentizan. Tenemos vidas reales pero, curiosamente, nos atrapan las vidas irreales. La literatura, ya se ha dicho muchas veces, no se ocupa del mundo real. Las buenas historias viven fuera de la lógica, y en ocasiones sitúan al lector en la esfera de lo inquietante, desconocido, insólito o inexplicable, a través de una narrativa instalada en mundos extraños, enigmáticos o irreales, donde se rompe el perímetro de lo normal, la vigilia y la lógica, para alcanzar otros límites en los que la ensoñación, lo monstruoso y el desvarío conforman un agujero negro que dan vida a la otredad, al absurdo y a lo sobrenatural.

Todas estas consideraciones y su embalaje fantástico se encuentra muy presentes en los cuentos de Ángel Olgoso (Cúllar Vega, Granada, 1961), autor de numerosos libros de relatos entre los que sobresalen Nubes de piedra (1999), Cuentos de otro mundo (2003), Los demonios del lugar (2007), Astrolabio (2007), La máquina de languidecer (2009), Los líquenes del sueño (2010) y Breviario negro (2015). En sus historias, los sueños, los prodigios, lo insólito, lo obsesivo y hasta lo descabellado, como decía Cunqueiro, son ingredientes necesarios, para acometer el pulso narrativo que, según el propio Olgoso, exige el relato fantástico, al que considera que el surrealismo doméstico le aporta, así mismo, muchas ideas. A todo esto, se suma, por otro lado, el mundo onírico y mimético nacido de esa luz oscura e intermitente de nuestra conciencia que cuestiona al mundo real, incapaz de revelarnos todo lo inefable.

Se acaba de publicar en Reino de Cordelia una hermosímima edición de Astrolabio, quizá el libro más representativo del universo fantástico de Olgoso, y que, en esta ocasión, cuenta con la participación de la pintora chilena Marina Tapia que ilustra el volumen con una veintena de alucinantes dibujos. Este libro compendia todas las variantes que representan el universo fantástico de su autor. Aquí, en Astrolabio, se alternan microrrelatos que tienen ese porte de relato gótico, como también aparecen otros de aspecto romántico o detectivesco, de terror lovrecaftiano, bestiario o surrealismo mágico. Dentro de esa categoría de extrañeza e inquietud, cada una de las cuarenta y tres piezas que conforman el volumen crea su propia realidad desde lo extraordinario e inopinado en la que hay un espacio sin límites, un séquito de fantasía donde ocurren cosas sorprendentes.

No importa el espacio para sugerirnos un mundo. “Escribí un relato de tres líneas y en la vastedad de su espacio vivieron cómodos un elefante de los matorrales, varias pirámides, un grupo de ballenas azules con su océano frecuentado por los albatros y los huracanes, y un agujero negro devorador de galaxias”, así comienza el libro con este inicio tan expansivo del primero de sus relatos. Después, como anteponiéndose a esta magnitud, continúa con otro que se detiene en algo más minúsculo, El papel, que encarna la pequeñez y vislumbre de cualquier particularidad vital: “No hay en el mundo otro corrosivo equiparamiento al de la curiosidad”, señala el narrador. En otro, de título El lamento del dinosaurio, hay un grito de desazón de un hombre cautivo sobre el conocimiento incompleto del mundo...

Hay relatos terribles y crueles como Caballero de los puentes, relatos tradicionales reescritos con una vuelta de tuerca, como El flautista mágico, una versión del famoso flautista de Hamelín, para decirle al lector que la realidad no es lo que parece, como también lo hace en El pez que no había oído hablar del agua, porque “lo que consideras la única verdad firme no es más que una sugestión”. Y Olgoso, así, va construyendo su maquinaria narrativa, partiendo casi siempre de situaciones irreales, a veces minúsculas, otras universales, reforzadas con apuntes mundanos para que el lector dude y se inquiete, con esa intención de que se trate de ver lo que no se ha visto o lo que no se ha pensado nunca.

Es, en esa fantasmagoría audaz, donde nace esa extrañeza de la que se vale Astrolabio para contar el mundo, de fijarlo en el espacio y el tiempo con un conjunto de historias enmaquetadas en una brevedad que no rehúye del resorte poético, ni de la perplejidad, ni del descreimiento, porque en este álbum fantástico se cuestiona la realidad palpable, esa que el ojo percibe vagamente y que resulta ser inesperada y sorpresiva, distinta e increiblemente veraz cuando la distorsión la obliga a que así sea.

Todo el leitmotiv que raspea por Astrolabio no es más que un rodaje narrativo para hacer posible lo imposible con todo su significado vital. Lo que aquí se cierne no es más que una obsesiva búsqueda de lo indecible a través del veneno de la realidad, del que, al parecer, seguimos inmunes. La realidad refleja muchas veces la incapacidad de asombro ante el universo y ante nuestra propia existencia de buena parte de los seres humanos y Olgoso expresa con imaginación y palabras bien bruñidas otras perspectivas más perturbadoras e insólitas para mostrárnoslas con nitidez. Un festín fantástico.

miércoles, 11 de marzo de 2020

Un libro de lectura reversible

“Al poco de llegar a Madrid, me fui a vivir a un piso en la calle de Lope de Vega, 2, en el Barrio de las Letras. No conocía a nadie y con algunos vecinos conformamos una curiosa familia que me ayudó a mitigar la soledad y comprender mi nuevo mundo”. Con estas palabras Clara Obligado nos abre las puertas de La biblioteca de agua (Páginas de Espuma, 2019), un volumen de relatos que cierra un proyecto narrativo que comenzó, como ella misma apunta en la antesala del libro, con El libro de los viajes equivocados (2011), un puñado de historias en donde el sentido del destierro y la diáspora están muy presentes. Después continuaría con La muerte juega a los dados (2015), un conjunto de relatos con determinados puntos en común en los que “lo fundamental no es la solución de los grandes enigmas, sino la vida de todos los días”, como subraya la mujer del detective O´Brien, uno de los personajes más fascinantes del libro.

Todo este marco narrativo guarda cierta similitud con los enigmas y las claves que contienen los mapas de las ciudades en los que, sin pretenderlo, abundan muchos de los secretos de sus habitantes. Reflejan el pasado, el presente y lo indecible de sus afanes: descubrimiento, curiosidad, vestigio, ambición, memoria y olvido. El lenguaje de los mapas de una ciudad resiste el paso del tiempo, tiene implícito la ubicuidad de nuestras fútiles vidas y, desde luego, forjan historias colectivas. Por eso los mapas nos fascinan, porque en ellos hay un espacio laberíntico poblado de leyendas urbanas, trayectos y memoria, pero, sobre todo, porque encierran logros y pérdidas personales vinculadas a sus plazas, calles y esquinas.

Lo que viene a representar La biblioteca de agua (Páginas de Espuma, 2019) es precisamente eso, un mapa narrativo cuya estructura obedece a un engarce de cuentos encadenados, en los que Madrid, y concretamente su Barrio de las Letras con sus continuos vaivenes, destaca como personaje principal del libro y abarca un periodo extenso que va desde 1976, fecha desde la que parte su autora, precisamente porque fue cuando llega a España procedente de Buenos Aires como exiliada política de la dictadura militar, hasta nuestros días, para contarnos historias entrelazadas con la suya que empiezan en el presente y fluyen hacia el origen de la ciudad valiéndose del artificio de la ficción.

Dice Clara Obligado que entrelazar cuentos le permite abrir mucho la lente, ir más allá de lo que una novela podría contar, tanto en el tiempo como en el espacio y añade que, en esta ocasión, su objetivo ha sido buscar un engranaje de relatos desde espacios periféricos a un presente y a un pasado en el que el lector pueda elegir leer a saltos, de principio a fin o cambiar de dirección y empezar de atrás para delante, a modo de un flâneur que avanza, retrocede o le da la vuelta al mapa mientras camina.

Hacía tiempo que no leía un texto narrativo en plan reversible, desde que lo hice con Rayuela. Por eso me propuse leerlo de ese modo, de atrás hacia delante, aceptando el envite que la propia autora nos ofreció al público asistente en la presentación del libro que tuvo lugar al final de septiembre en Jerez, en la Librería La Luna Nueva. Me lo tomé al pie de la letra y, francamente, la experiencia me ha parecido sorprendente y llena de perplejidades. Cada relato se superpone y arranca un hilo proveniente del anterior, como si fuera un nexo del tiempo y propiciara un encadenamiento afín al devenir de las cosas que se van sucediendo por las calles y casas de la ciudad, sin importar la dirección tomada.

De esa lectura que empieza con Génesis, el último relato, nos situamos en la piedra angular de donde parte el título del libro. Ese agua surgida del cosmos antes que se conformara lo que ahora es el planeta, que se enlaza con el siguiente, El Milagro, donde se nos cuenta cómo de aquel humedal que originó la ciudad de Madrid, gracias a un ser ancestral, una hembra de nombre Hispanotherium matritense, también surgió el lenguaje. Siguiendo esa ruta establecida en el relato que antecede, La mano, nos traslada a un convento en el que dos monjas, hijas de Cervantes y Lope de Vega, nacidas del amor furtivo de estos dos ilustres letrados sobreviven a un destino de retiro obligado. Llegamos a La biblioteca de agua, un relato fantástico en el que el agua que alimenta a la vida puede resultar tan letal como las llamas.

Del primero al último de los relatos, o viceversa, el agua fluye con sus historias, y esa conexión fluida pone su guiño a la concepción borgeana, digamos laberíntica, que ha querido establecer la autora en la construcción de estos cuentos, un puzzle narrativo cuyo resultado final es una cartografía de personajes que deambulan por las calles, como lo hace en uno de sus cuentos la maja desnuda de Goya por los alrededores del Museo del Prado. En sus dos relatos más extensos: Lo que no se recuerda y Romanticismo, al igual que hay una historia de amor, el agua, los libros y la mirada también trascienden, y en ambos viene a decirse que el amor no entiende de código de honor porque es tan imparable como impredecible.

En síntesis, este es un libro que vierte una vida por el tiempo, un trayecto poblado de nostalgia y resistencia, un vagar que invita al encuentro, a la conversación, al examen del tiempo, a la libertad de detenerse en la memoria de la ciudad, esto es, en ir tras los pasos de quienes la construyen con sus historias. Este es, también, un libro lleno de fulgores, una travesía por los pasajes de un barrio y las palabras de quienes lo cuentan, una biblioteca sin fin, que escribe, en cada ocasión, un relato de las cosas, de antes y de ahora, de sus calles, que nos enfrenta a la memoria y a las conmemoraciones colectivas señaladas por placas, ruinas o monumentos. La biblioteca de agua es un invento hermoso.

jueves, 5 de marzo de 2020

Desde el corazón de Itzea

La figura de Pío Baroja acaparó el gran peso de la popularidad de los miembros de su familia. Pero en el seno de ella, el autor de Las inquietudes de Shanti Andía no fue el único que se dedicó a la creación literaria. Sus hermanos Ricardo y Carmen, y también sus sobrinos Julio y Pío escribieron y publicaron sus memorias. Si hay algo a destacar en esta familia es que todos han compartido un sesgo genuino que se repite en su genealogía familiar, su carácter melancólico y nostálgico, al que, igualmente, se añade una necesidad vital de rememorar cualquier tiempo pasado y de poner en negro sobre blanco sus vivencias y recuerdos, como muy bien señala Francisco Fuster en su estupendo libro Aire de familia (2018).

A esta tendencia familiar se une ahora Pío Caro-Baroja (Madrid, 1969), hijo del cineasta, documentalista y escritor Pío, sobrino del antropólogo e historiador Julio Caro Baroja, y, por ende, sobrino nieto de Pío Baroja, con El cuaderno de la ausencia (Cátedra, 2020), un libro emotivo y fragmentario, poblado de recuerdos y manifestaciones de amor filial. Como dice en su contraportada, el autor reflexiona a cerca de la muerte de su padre y, de paso, se adentra en la memoria de su linaje. Nos llevará, pues, a Itzea, la casa fortín que mejor simboliza el espíritu barojiano en Vera de Bidasoa, así como viajaremos al barrio de los Jerónimos, a la otra casa familiar de la calle Ruiz de Alarcón de Madrid, y, también, al sur de España, al cortijo de El Carambuco en Churriana (Málaga), a su vez, compartiendo recuerdos italianos, de la Pampa argentina y de México.

Todo este marco conforma el mapamundi del cuaderno con el que Pío Caro-Baroja pone rumbo a un viaje al pasado lejano y al más reciente de una época revivida por su propia memoria, la de un hijo que, tras la muerte del padre, decide volcarla en un diario en el que depositar todos los ecos de estos lugares por donde deambuló la figura paterna y forjó su existencia, así como una ocasión propicia para evocar episodios vividos con cierto detalle en el ámbito de un linaje tan significativo como el de su familia, los Baroja.

Y dentro de esa andadura y amplio contexto, las primeras páginas irrumpen con un desplazamiento que hace el autor a Itzea a las tres semanas de morir su padre, el lugar donde quería haber pasado los últimos días de su vida. Allí acude el hijo para sentir su presencia, para moverse por cada uno de los rincones de la casa y dar cuenta de sus sensaciones: “El estado natural de Itzea es la oscuridad –escribe–, y a oscuras transcurre y ha transcurrido la mayor parte de su vida, durante los meses que nadie la habita. Prosigo mi camino pensando en la idea de que existen dos Itzeas: una, la conocida, la nuestra, la que se va desvelando cada vez que abro las contraventanas, y otra sombría, oscura, ajena por completo a sus habitantes, iluminada solamente con la poca luz que se pueda colar desde algún ventanuco mal cerrado o una ventana desportillada. Y por momentos no sé por cuál de ellas me desplazo y en cuál habito”.

El libro continúa por esos derroteros, el que corresponde a un diálogo elegíaco entre dos seres que se buscan, uno que habla mediante el recuerdo y el otro ausente, pero oyente desde la conciencia de quien lo interpela y lo aferra en su memoria, como si entre ambos se propiciara una camaradería insólita, capaz de mantener una conversación prolongada que llene con palabras el vacío que uno ya dejó para siempre, quedando en el aire su esencia, que a ratos se manifiesta, de manera castiza, viva y entrañable. Y en ese acercamiento al mundo del padre se para en tierras mexicanas donde floreció su amor al cine y a la poesía. De dicho rastreo por su vida, en la que también toma protagonismo la publicación de libros en la editorial de la familia, el sello Caro Raggio, se vale para describir con orgullo a su padre como el personaje más barojiano, el más ácrata y aventurero del imaginario familiar, más allá del espíritu recóndito de Itzea y del amor de todos a los libros.

Todo el libro en sí está lleno de notas familiares y también de apuntes de campo que ha ido tomando en tierras andaluzas o en parajes argentinos sobre especies de pájaros, así como los cuidados y mimos desplegados en la huerta de Churriana y de Vera. Tampoco se quedan al margen los recuerdos de los paseos por la Cuesta de Moyano, y las horas de trabajo en la casa editorial que todavía sigue dando motivos de satisfacción con nuevas publicaciones. Y cómo no, la presencia del tío abuelo no podía faltar. La figura literaria de Pío Baroja tiene tanto peso en la familia que por todos lados hay referencias de él, de sus libros, de su controvertido carácter y de su vigencia literaria. Y no digamos de los objetos. En cualquier rincón habitado por un Baroja no es reconocible si en él no encontramos esos objetos singulares, mayormente enlazados al entorno familiar. También, en los pasajes de este libro se alude a estos vínculos con sumo detalle y gusto.

Conforme vamos leyendo, siempre hay un resquicio para volver al corazón de Itzea, el hogar en el que la vida doméstica, sobre todo en verano, se hacía más palpable para el clan familiar, y muy especialmente para los que crecieron y se educaron en ella, como partícipes de sus tertulias. De todo esto da cuenta el padre del autor en su libro de memorias Itinerario sentimental: guía de Itzea (2002), una obra en la que homenajea lo que hervía en aquella estancia, un lugar prodigioso, casi de Ateneo, que supuso para él un periodo muy provechoso donde oyó y aprendió más que en todo su paso por colegios y universidades, según cuenta.

La literatura ha sido siempre un vehículo para el dolor y, desde luego, lo autobiográfico es una manera de llegar a la literatura. El cuaderno de la ausencia encarna esa dualidad con valentía y calidez. Es un libro que habla de duelo, pero también de vida y literatura, y lo hace con gratitud a una estirpe familiar y a una tierra vasca, y que da razón de ser a esa idea tan barojiana de soledad, sentimentalismo, sinceridad y curiosidad, que define, en gran medida, el carácter de sus miembros. Tal vez, lo mejor del libro sea ese tono personal que le da plena autenticidad y que lo atraviesa por completo, con cierto aire nietzscheano de aceptación del destino, o lo que es lo mismo, de la teoría del eterno retorno que postula que la vida ha de ser tal que la muerte parezca una injusticia y, aún más, cuando de quien se habla es de un hombre que fue un buen padre. Este es un libro hermoso y testimonial, fecundo en vivencias, y, desde luego, muy bien escrito.

lunes, 2 de marzo de 2020

Las intermitencias del amor

Todo lo que nos rodea es escurridizo, por mucho que el mundo esté demasiado encima de nosotros, como diría Saul Bellow. Por eso mismo, a la hora de ponernos a leer un libro, cuando tomamos asiento en nuestro rincón favorito del salón, después de apartarnos de las preocupaciones que nos distraen, conviene dejar nuestra mente en blanco para entregarnos a su lectura, como aconseja Nabokov: «Si vamos a leer, hagámoslo con la médula espinal». Al fin y al cabo, se trata de colocarnos como espectadores ante un escenario en el que el escritor desarrollará su historia para engatusarnos, para vivirla desde nuestra perspectiva, saborearla en sus variados matices, disfrutar de su relato o, sencillamente, cuestionarla, sin más.

En Ciudades en las que un día naufragamos (Talentura, 2019), la cuarta novela publicada por Ara de Haro, abreviatura de Amparo Serrano de Haro Soriano, escritora y profesora de la Universidad a Distancia en Madrid, todos los artificios y desafectos amorosos que aparecen por sus páginas provocan en sus protagonistas preguntas y silencios hirientes. Esta novela irrumpe con un enigma, el de una joven modelo ingenua que apenas se conoce a sí misma, que, al poco, transita por la vida recóndita de un hombre de mundo, posesivo, creído y oscuro, y que acabará de manera misteriosa y nada concluyente.

Toda la novela es un viaje libre por las intermitencias del amor, sus costuras y sus fracasos, como se advierte en la segunda de las citas que aparece en el preámbulo del libro: «La vida dentro y fuera de las novelas está llena de hombres y mujeres equivocados», (Siri Hustved). Por mucho que interpretemos como universal todo naufragio amoroso, por mucho que indaguemos sobre sus errores y malentendidos, lo que aquí se dirime es que cualquier desengaño amoroso se manifiesta de manera singular a la vista de todos, como la famosa carta robada del cuento de Poe, sin que apenas el otro se percate de su evidencia clamorosa. El libro deja claves que van llevando al lector a los entresijos que plantea desde dentro la novela en marcha, como esta que expone Howard, un amigo escritor del protagonista: "En esa cercanía engañosa, en esa oscuridad que aceptamos sin preguntas, en ese dolor que no sabemos reconocer como nuestro, allí está la novela que vale la pena escribir".

No hay libro, ni vida de nadie que cuente solo una historia. Ara de Haro cuenta en su libro tres historias en una: la historia de Michael Dodds, un pretencioso fotógrafo con ínfulas de escritor, un hombre misterioso y manipulador, que irá revelando su sentido de la vida, sus frustraciones y sus miserias en las relaciones con las mujeres con las que comparte aventuras o vida en común. La vanidad es la materia prima que le corroe. La novela comienza en Nueva York, continua en Fiesole, cerca de Florencia y acaba en París. Tres lugares, con tres mujeres distintas y conectadas entre sí, para desvelarnos lo que antecede en cada idilio y queda en entredicho. Y en cada ciudad, como señala el título del libro, hay un naufragio personal y un alumbramiento, a su vez, de todo lo insólito que envuelve a cada uno de los personajes y lo que deviene en cada experiencia, como corresponde a todo presente fugaz e insatisfactorio que el protagonista trata de sortear consecutivamente.

Este libro no pretende más que cuestionar el revés íntimo del amor, su vulnerabilidad. Haro escribe sin ambages sobre el desencuentro amoroso y el vacío interior que deja, sin oponer defensa ni razón, dejando que rija la insensatez que lo origina. De ahí que en cada uno de los tres relatos que sostiene la novela haya algo de carácter desafiante y de temperamento desigual que, al igual que en la vida, provoca el asombro o el rechazo; e igual que en la vida, oscila y predispone a ser analizado, como si la autora lo hubiese dispuesto de tal manera que algunos secretos dejen de serlo y trasciendan. Y así se revela en este pasaje en el que el narrador tras una meditación confiesa: "...la pareja necesita de acompañamiento, de música, de ruido, de conversaciones ajenas, para no oír, para no ver, para llenar ese espantoso vacío que existe entre dos personas que han dejado de amarse y que a veces aúlla como el viento en el desierto".

Haro se vale de una prosa sobria y directa, de un lenguaje sutil y desnudo para contarnos, en poco más de cien páginas, todos los devaneos que conforman el círculo amoroso que Dodds, el protagonista de la novela, establece con cada una de las mujeres con las que mantiene relación. Pero nada es lo que parece, como se dice al principio: "Los libros, como la vida, solo pueden empezar a entenderse cuando terminan". Es lo que se puede resumir de todo lo que le ocurre a este personaje enigmático con su vida sentimental, un absoluto fracaso, un naufragio de tristes consecuencias y de hondura introspectiva que la autora resuelve audazmente con un final en el que el relato se funde en un mismo plano emotivo y existencial para exteriorizar lo que el narrador anhela mostrarnos de sí mismo como una catarsis que lo libere definitivamente de sus ataduras..

Ciudades en las que un día naufragamos es un libro de admirable pulso y nervio narrativo en el que lo fascinante que se fabula procede de la fragilidad del amor y de lo indecible que desde él se insinúa.

martes, 25 de febrero de 2020

Mujer de armas tomar


Nabokov había conocido a Véra en Berlín y se casó con ella en 1925. Vivieron con estrecheces en unas habitaciones minúsculas, sobre todo después del nacimiento de Dmitri, en 1934. Vladimir tenía la preocupación constante de cómo ganar el sustento diario, y la situación política por aquellas fechas era inquietante. Véra era judía y, con la llegada de los nazis al Parlamento alemán en 1932, se hizo extremadamente difícil conseguir un pasaporte de emigrado. Para mayor consternación de los Nabokov, el destino quiso que, en 1936, el vituperado general Biskupsky fuera puesto al frente del departamento nazi que se ocupaba de los emigrados rusos. Y lo que es peor, nombró de subsecretario a Serguéi Taborysky, el hombre condenado por la muerte del padre de Vladimir.

Tan pronto como pudo, Vladimir se trasladó a Francia para buscar trabajo. Más tarde, en el verano de 1937, Véra y Dmitri se reunieron con él. Madre e hijo escaparon gracias a las diligencias prestadas de una organización de ayuda a los judíos, unos pocos días antes de que los tanques alemanes alcanzaran París. Nabokov había dejado documentos, dos manuscritos y una espléndida colección de mariposas en un sótano que los alemanes desvalijaron después de su partida. En todo este trasiego de huída y difícil asentamiento, el matrimonio forjó un destino común: la literatura, toda una exaltación vital en torno a las letras que los mantuvo unidos hasta sus últimos días.

Leyendo Un revólver para salir de noche (Galaxia Gutenberg, 2019)) de la escritora, traductora y periodista checa Monika Zgustova, podemos llegar a pensar que, de no haber conocido Nabokov a Véra, es muy probable que el reconocimiento internacional que tuvo no hubiese tenido el alcance y proyección de entonces y del que hoy conserva. Zgustova nos acerca a los entresijos del matrimonio Nabokov a través de un artefacto narrativo, a modo de biografía novelada, para conocer su vida en común, la personalidad de cada uno de ellos, así como la relación entre la vida del escritor y su obra bajo la supervisión siempre de su esposa, una mujer ambiciosa y testaruda, con una energía arrolladora. Véra, como aquí se nos cuenta, es la clave que trazó el mapa literario del hombre que triunfó y dio tanto que hablar con la publicación de Lolita. Ella modela su trayectoria y la dirige con mano recia. Ella planifica la vida y el futuro de Vladimir, un aristócrata ruso que huye de su país y de Alemania, y tiene que abandonar su maravillosa colección de mariposas.

Ella se convierte en la primera lectora de sus textos, es quien los pasa a limpio y los entrega en la editorial. Ella organiza la vida de la familia allá donde se instale, primero en Berlín, luego en París y finalmente en Estados Unidos. Es ella la que lleva sus finanzas y le representa, la que fija las condiciones de sus contratos editoriales, las adaptaciones cinematográficas y con quien hay que hablar para cualquier entrevista. Pero también, en el terreno privado, es acaparadora y consigue controlar sus amistades, especialmente, cuando se rodea de mujeres, hasta incluso asistir, como una alumna más, a las clases de Literatura que él imparte en la universidad.

Él se moría de ganas de escribir en ruso y ya no se le permitía: “Abandonar la lengua rusa, tan querida y flexible, y enfrentarse a un idioma para el que no tenía sensibilidad al cien por cien fue una de las tragedias de su vida[…] Recordaba su infancia, su aya inglesa, las noches con sus padres leyendo a Dickens o Stevenson en versión original, sus estudios universitarios en Cambridge, y se preguntaba cuál de aquellos era su inglés”. Pero, a pesar de ello, ella insiste y le convence para que se disponga a escribir en inglés y se centre en escribir novelas que es lo que el público quiere y da prestigio y dinero.

Consciente de que no tenía el talento de su marido como creadora, le entregó su vida, su admiración absoluta. Su vida se justificaba estando a su lado, como ella era, como una mujer de armas tomar, decidida y echada para adelante, como una auténtica guardaespaldas que se afanaba de llevar una pistola cargada en su bolso, por si acaso, sin importarle que la gente pudiera sospechar de su mortífera extravagancia. Hay un pasaje del libro que lo resalta. En una velada en casa de unos amigos, la anfitriona se levanta y brinda por el feliz matrimonio de ambos: “–¿Feliz matrimonio? Será porque le tengo miedo y hago lo que ella quiere –bromeó Vladimir”. Véra, a petición de él, abrió el bolso y mostró a los presentes “un revólver pequeño, pesado, y lo colocó en la palma de su mano...”

Un revólver para salir de noche es una historia centrada en la mujer de Nabokov, el verdadero baluarte de su vida literaria, pero, a su vez, es la historia que concierne a las vicisitudes de un exilio familiar y a la nostalgia de una patria perdida para siempre que se entrecruzan y afloran en cada estancia en la que habitan sus protagonistas. Montreaux, Cannes, Nueva York y Boston conforman el núcleo fundamental de la vida particular y social de ambos, de donde también parten sus textos.

Zgustova nos entrega una historia fascinante muy bien escrita, una indagación narrativa muy seductora, en la que el arma verdadera del título del libro lo encarna su protagonista, la mujer que comparte con pasión y celo la vida y obra de uno de los maestros de la literatura del siglo pasado. Para un hombre como Nabokov, que decía que el arte del escritor es su verdadero pasaporte, una mujer del talante impetuoso de Véra también iba a ser para él un visado literario imprescindible y de incalculable valor, que necesitaba imperiosamente para su arte y su vida diaria.


miércoles, 19 de febrero de 2020

Virginia Woolf revisitada


Hay una cita preciosa de una conferencia que dio la escritora estadounidense Ursula K. Le Guin en un ciclo literario en el año 2000 que dice que «por debajo de la memoria y la experiencia, por debajo de la imaginación y la invención, por debajo de las palabras hay ritmos ante los que la memoria, la imaginación y las palabras se ponen en marcha; la tarea de quien escribe es ahondar lo suficiente para sentir ese ritmo y dejar que ponga en marcha la memoria y la imaginación para que estas encuentren las palabras». Y añade que eso lo aprendió de Virginia Woolf, expresado de forma bellísima en una carta a su amiga Vita Sackville-West, en la que explica que el estilo es ritmo, «la onda en la mente», lo que hace en verdad que las palabras encajen.

En la mente de Ginés S. Cutillas (Valencia, 1973) este pálpito de encajar las palabras del que habla la escritora británica y otras consideraciones personales dentro y fuera del ámbito de la escritura están muy presentes en su nuevo libro Mil rusos muertos (Silex, 2019), un texto cuya génesis es fruto de la investigación previa a una conferencia que tuvo que impartir en mayo del 2007 en torno a la mujer y el microrrelato. A Woolf también le encargaron en 1928 una charla sobre la mujer y la novela y, como señala el propio autor “resultaba inevitable establecer similitudes entre los dos encargos de conferencia”. En ese sentido, toma como punto de partida Una habitación propia, una relectura atenta del ensayo en el que Woolf explora ese espacio literal y ficticio de difícil acceso para las escritoras de su época, en el que enlaza paralelismos con el trabajo que se proponía.

Cutillas es conocido, sobre todo, como escritor de relatos y de microrrelatos, género este último en el que se le reconoce como a uno de los teóricos más representativos del panorama literario actual de nuestra lengua. Es autor de los libros de relatos La biblioteca de la vida (2007) y Los sempiternos (2015); de la novela La sociedad del duelo (2013); de los libros de microrrelatos Un koala en el armario (2010) y Vosotros, los muertos (2016); y del ensayo Lo bueno, si breve, etc. (2016) Parte de su narrativa se ha publicado también en diferentes antologías de relatos y microrrelatos, como Por favor, sea brece 2 (Páginas de Espuma, 2009), Velas al viento (Cuadernos del vigía, 2010) o Antología del microrrelato español (1906-2011) (Cátedra, 2012). Actualmente es profesor en la Escuela de Escritores y forma parte del Consejo de Redacción de la revista literaria Quimera.

Enlazando con lo que dejamos dicho anteriormente, diremos que, de la memoria, de la propia escritura y, desde luego, del hilo conductor de Una habitación propia, Cutillas construye la trama ensayística de Mil rusos muertos, y, conforme van apareciendo las perplejidades que el propio análisis va presentando, el texto gira dando paso a una parte ficcional que relata la propia experiencia del autor cuando decidió dejar su trabajo de ingeniero informático para dedicarse por completo a la literatura. Cuando Woolf habla de la necesidad de espacio y dinero, como condición imprescindible para que una mujer se dedique en cuerpo y alma a su labor literaria, Cutillas responde que, para él, y más en estos tiempos que corren, son tiempo y dinero los dos factores esenciales. Nos falta tiempo para compaginar vida y literatura, según él, porque el trabajo-yugo se impone.

Por otra parte, estamos ante el libro más personal de su autor. Por sus páginas recorren testimonios de su vida y nos explica cómo cambió su destino cuando decidió dedicarse a la literatura por completo. Viene a decirnos que el escritor no es alguien envuelto en una pátina inspiradora que maneja el tiempo a su antojo, sino que necesita ponerse a ello todos los días, cualesquiera que sean las circunstancias o los sentimientos. Por eso considera que todo trabajo fuera del campo creativo es algo insoslayable para muchos escritores de atenuar su precariedad, pasando la creación a un plano secundario, sometiéndola a arreones de fines de semana y a unas vacaciones encerrados en una habitación para poder escribir. El libro indaga sobre toda esta realidad y nos interroga sobre la importancia de saber si estamos empleando nuestro tiempo en lo que verdaderamente deseamos.

Cuenta Cutillas que, por aquel entonces, cuando recaló en Barcelona en 1999, no lo tuvo nada fácil para dedicarse a la escritura: “Escribir cuento, novela o ensayo en aquellos años era poco menos que impensable, porque cualquier proyecto se hubiera malogrado con toda seguridad. Sin embargo, la pulsión por escribir encontró alivio en los microrrelatos, sin darme cuenta de que simplemente estaba aprendiendo a postergar la vida para cuando se presentaran unas condiciones mejores para la creación”.

Mil rusos muertos es, por todo ello, un libro testimonio, un texto híbrido que encaja en ese género de novela-ensayo, que se lee con sumo interés, porque el libro transmite, sin impostura, lo que tiene de trasunto. Cutillas se pone cerca del lector y le habla con la calidez argumentativa de todo el teje maneje que envuelve a ese binomio llamado literatura y vida, desde ese yo narrativo en el que se funden las señas de identidad de quien lo hace apartado y con entrega absoluta. Seguramente con la misma sintonía con la que se dirigía Virginia Woolf, también en otra carta, a su amigo Gerald Brenan: «es el precio que hay que pagar, hundirse hasta el fondo del mar y vivir en soledad con las palabras».