domingo, 31 de mayo de 2020

Melanina luminosa

"Envejecer consiste en contarse, pero mi piel de monstruo no relata el pasado, sino el futuro. Se va muriendo para enseñarme lo que seré, no le interesa lo que he sido. Anticipa la degradación biológica, el regreso a una forma embrionaria, amorfa y sanguinolenta, que cierra el círculo de la vida y demuestra que nunca hubo ni habrá alma que me sublime: sólo células, escamas, pólvora, sangre seca, cuerpo puro".

En estas palabras enfáticas que anteceden se encuentra el esbozo de lo que Sergio del Molino (Madrid, 1979) se propone con su nuevo libro, La piel (Alfaguara, 2020), dejar por escrito a su hijo un texto en el que refleje su "línea de la vida" en la que aparece compartiendo con otros personajes las vicisitudes y contratiempos de una misma afección cutánea que él mismo sortea cada día, la psoriasis, contado como un viaje por ese territorio tan personal y delimitado que conforma la piel, la verdadera patria de uno.

Y como ocurre con los buenos libros de viajes, La piel nos traslada también a lugares sorprendentes, a épocas y espacios en los que la experiencia personal y la ajena se aúnan en un relato que, a su vez, deja testimonio y recado de lo que al propio narrador le importa recrear. El libro, por otro lado, aborda además el papel social de la piel. Lo hace como metáfora de frontera e identidad. La piel, como forma de mostrarse al mundo, en toda su vertiente y significado, con sus afecciones y estigmas.

En su recorrido, la enfermedad, la infancia, la paternidad, la muerte o el racismo están presentes como correlato y esencia de lo que la piel, como único órgano que está directa y permanentemente abierto al exterior, lleva escrito y tatuado a lo largo de toda la vida de cualquiera. La piel protege el cuerpo y ayuda a mantener su temperatura adecuada, además de que gracias a ella podemos disfrutar del sentido del tacto, del contacto humano. De ahí que, como trasciende Del Molino, sea tan importante su atención y la protejamos frente a cualquier adversidad: "Es la piel y sólo la piel lo que nos identifica como seres humanos, por eso su estado es la medida de nuestra humanidad".

Por los capítulos del libro aparecen gente muy conocida y personajes ilustres de las letras que han sufrido en sus propias carnes la contingencia crónica de tener una piel enferma. Stalin escapaba de vez en cuando a Sochi a darse baños termales para aliviar los picores de su piel. El escritor norteamericano John Updike, por la misma razón, viajaba lejos a sumergirse en playas antillanas desiertas para encontrar consuelo a su resecada piel blanca. En otro capítulo aparece Vladimir Nabokov hablando de "el griego", como así llamaba a la picazón de su piel, en las cartas sucesivas que enviaba a su esposa Vera desde París. De una de ellas, escrita el 1 de Febrero de 1937, Del Molino recoge el sentir del escritor ruso como antesala de su libro: "Todo estaría de maravilla, de no ser por la maldita piel".

A estos nombres también se suman la presencia de la cantautora estadounidense Cyndi Lauper y el famoso narco colombiano Pablo Escobar, ambos no escaparon de la precariedad de tener que convivir cada uno en sus diferentes latitudes y vidas asimétricas, con el denominador común de compartir una piel maltrecha por la psoriasis. Otro capítulo de interés es el que lleva por título Brevísima historia del racismo, donde se habla de El Negro de Banyoles, un hombre momificado que se exponía al público en una vitrina, en dicha localidad pirenaica, y que acarreó polémicas por eso de que la raza, o lo que es lo mismo, el color de la piel, sigue siendo fuente de conflicto y estigma.

La piel discurre con una fluidez narrativa que hace agradable su estancia lectora, porque escribir sobre la enfermedad no tiene por qué ser una travesía de pesadumbre ni de fatalidad insalvable. Conversaciones con un rey de piedra conforma el capítulo del libro que encuentro más emotivo. En sus páginas, el autor de La hora violeta, despliega un halo más íntimo y reflexivo que disimula con una suerte de humor, el suficiente para escapar de la condición tremenda que imprime la enfermedad: "Se puede vivir como padre, como enamorado, como profesional de esto o de lo otro, como atleta, como rico, como pobre, como guapo o como aficionado del Real Betis Balompié. Como enfermo, en cambio, nadie sabe vivir".

En esta línea narrativa de no ficción, tan propia suya, Del Molino da turno a su nuevo libro con un conjunto de piezas que surgen del pozo de la experiencia, de la indagación ensayística y de ese imaginario personal recóndito. Desde ese triángulo compositivo construye su inventiva como claro exponente y promotor de estas prerrogativas literarias suyas que le impulsan a escribir, y que, en esta ocasión, se centra en su enfermedad, nada ajena a sus hipérboles y espasmos, ni tampoco al miedo de aceptarla tal como es ante los demás.

Como decía el profesor Ricardo Senabre, "la literatura es una forma y no una sustancia", algo así es lo que se formula en la escritura de Sergio del Molino, que para ser más preciso se encuentra en el cuidado de la sintaxis y en la elegancia de su prosa.

jueves, 21 de mayo de 2020

El sentido de vivir

Escribir es siempre un acto de reafirmación, una forma de expresar la diferencia frente al otro y de buscar un sentido a nuestra azarosa existencia. Dicen que la adversidad fortalece el carácter. En gran medida esto también se da en la escritura. Sobre todo, cuando la historia que se cuenta parece que toda ella se convierte en una serie de episodios que ya pertenecen al pasado, atrapada en una red de instantes como alguien que se ha perdido en un laberinto y no encuentra una salida mejor para expresarse.

La gente no se desprende de su vida a la ligera o por capricho. Decía David Hume en su brillante opúsculo sobre el suicidio publicado póstumamente: "No creo que nadie haya tirado su vida por la borda mientras valiera la pena conservarla". La vida humana, dada su brevedad, no debía ser fuente de aflicción. Nadie elige la muerte como un fin en sí misma, suelen ser otros los motivos. El suicidio, como alguien sentenció, entristece el pasado y cancela el futuro.

La obra reciente de Isabel Bono (Málaga, 1964) se enmarca en un contexto en el que está muy presente la muerte, el dolor, el vacío y el desatino por vivir o dejar de hacerlo. Su anterior libro Una casa en Bleturge (2016) narraba una historia familiar y hablaba de la muerte de un hijo, su nueva novela, Diario del asco (Tusquets, 2020) está marcada también por padres e hijos y el tema tabú del suicidio sobrevolando toda la obra. Esta es, además, una novela conformada en textos breves, a modo de entradas de diarios, en la que no faltan relaciones venenosas ni desafectos entre los personajes que actúan con un denominador común: cada uno sale siempre a desgana de su propia soledad, cada uno porta un dolor íntimo y contradictorio en su modo de hacer frente a la vida.

Mateo, el protagonista y narrador de Diario del asco, tiene cincuenta y un años cuando regresa a su casa tras la noticia del suicidio de su madre para hacer compañía a su padre. La noticia de esa muerte le ha salvado también de la suya propia, pues cuando recibió la terrible llamada andaba abatido queriendo quitarse la vida. Mateo se enfrentará otra vez a la difícil tarea de convivir con su padre, a las viejas disputas con su hermano e, incluso, comenzará una secreta y prometedora amistad con su vecina adolescente, Micaela. Ese propósito narrativo de llevar un diario viene prescrito por su psiquiatra como terapia, un ejercicio mediante el cual sobreponerse al dolor y "el asco por vivir" del que apenas se libra.

Diario del asco es una novela que presenta con precisión y sin tapujos la vida y trasiego de una familia corriente de cuatro miembros en la que uno se ha suicidado y otro está continuamente pensando en hacerlo. Con una prosa vívida y seca nos cuenta esa conexión adversa de aprensión y destino entre las inconsistentes vidas de sus protagonistas, una historia en la que parece que no hay un argumento predeterminado, sino que son una suma de sucesos traídos a la página los que rivalizan sus vínculos, como queriendo esclarecer el mundo interior de cada uno a través de la mirada del narrador y vaciarlos de dolor, de inquina, de náuseas.

Conforme vamos avanzando en su lectura se percibe un desvelamiento paulatino del terreno íntimo de los personajes que van siendo convocados. A todos ellos les corresponde un destino común trágico, como de oráculo griego. Todos van desapareciendo: la madre por una ventana, el padre, víctima de Alzheimer, el hermano se irá lejos a rehacer su vida. Pero también, Amalia, la esposa del protagonista, dura poco a su lado. Y Micaela, la chica desinhibida con la que Mateo vive una efímera relación, pone fin a su vida el mismo día en el que se convierte en mayor de edad.

En verdad, Bono viene a decirnos, a través de todas estas ausencias trágicas, que los seres que transitan por estas páginas están marcados por la tragedia, que no tienen una verdad a la que agarrarse en el tiempo, sino simplemente existen como lo hace una hoja a merced del viento. Denotan poca plenitud y mucho vacío, apenas un vislumbre crudo del drama de seguir vivo y predestinados a una fatalidad incierta, que no han sufrido por haberse equivocado, sino por no haber gozado, ni haberse atrevido a cambiar sus vidas insípidas y tristes. Se observa en todo lo que se nos va revelando que hay una terrible desproporción entre la soledad y la vida en compañía, entre la intensidad de los recuerdos, el tiempo transcurrido y la cruda realidad de un presente poco halagüeño que, finalmente, dará asomo a un ligero soplo de oxígeno más esperanzador. 
Diario del asco
despliega una escritura áspera, escueta y contenida, con tramos de intensidad poética que escarba en las costuras del alma humana. Todo transcurre en una triste concatenación de sucesos y retratos conflictivos de unos personajes que están entrelazados entre sí fuera de toda zona de confort, porque aquí lo que trasciende es la problemática existencial, esa que advierte que "La vida y el mundo no son lo mismo", por eso cada uno ha sido lo que ha podido ser, destino y fatalidad de sí mismo, y no una elección deliberada o fruto de un deseo indomable, aunque sea por momentos, de vivir otra vida y comerse el mundo. Un libro descarnado y bien escrito que dejará huella en sus lectores.




sábado, 16 de mayo de 2020

Una nueva causa imperfecta

Según el conocido dictamen de Jaime Balmes, el arte de enseñar a aprender consiste en formar fábricas y no almacenes. Por supuesto, dichas fábricas funcionarán en el vacío si no cuentan con provisiones almacenadas a partir de las cuales elaborar nuevos productos, pero son algo más que una perfecta colección de conocimientos. En sus reflexiones sobre el mismo tema, Immanuel Kant escribía también que “el hombre no llega a ser hombre más que por la educación”. Ambos filósofos convergen en la importancia de la escuela como el recinto más determinante donde adquirir el conocimiento.

El nuevo libro del profesor Gregorio Luri (Azagra, Navarra, 1955), La escuela no es un parque de atracciones (Ariel, 2020), y que lleva como subtítulo Una defensa del conocimiento poderoso, aborda y despliega un amplio enfoque sobre esa importancia y trascendencia que tiene la escuela en el valor educativo, cultural y social a través del conocimiento, del saber. Sostiene el autor que “la escuela ha sido una de las más grandes y más nobles creaciones de la humanidad”. Y advierte que, como toda institución humana, dista mucho de que su engranaje funcione a las mil maravillas. “Pero es perfectible. Es una noble causa imperfecta”.

En la actualidad, el modelo educativo y la búsqueda de la excelencia en el aprendizaje son aspectos que suelen ocasionar mucho ruido en el seno de la comunidad educativa, al igual que en los debates de los distintos parlamentos de cada país. El maestro, nos cuenta Massimo Recalcati en su libro La hora de clase, está más solo ante el peligro de esos padres cada vez más cómplices y aliados de los hijos y más distantes con el profesorado que, además, prefieren despejar el camino de sus hijos ante sus tropiezos académicos o comportamientos punibles.

Así mismo, Fernando Savater, en su libro El valor de educar, afirma con pensamiento crítico, que de la escuela hay que salir con muchas cosas aprendidas y se pregunta a este respecto si: “¿Debe la educación preparar aptos competidores en el mercado laboral o formar hombres completos? ¿Ha de potenciar la autonomía de cada individuo, a menudo crítica y disidente, o la cohesión social? ¿Debe desarrollar la originalidad innovadora o mantener la identidad tradicional del grupo?”

Al hilo de estas consideraciones e interrogantes que siempre andan en debate, el libro de Luri incide y defiende que lo importante a destacar es que “el conocimiento es un derecho de todos los alumnos”. Por tanto, la educación y el conocimiento deben de cuidar, ante todo, la transmisión de algo de valor, y solo se transmite aquello que quien ha de transmitirlo considera digno de ser conservado. No se puede educar, nos dice, sin enseñar al mismo tiempo; la educación sin instrucción es vacía y degenera fácilmente en mera retórica emocional y moral, como advertía Hannah Arendt.

El libro de Luri es un ensayo dinámico e incisivo que apunta desde todos los ángulos a la realidad de la escuela y su complejidad educativa, sin olvidarse de señalar aquellos aspectos críticos que lastran su pedagogía. Y por eso insiste en que velar por la calidad de la enseñanza es fundamental, teniendo muy en cuenta que “si se desea que los alumnos se sientan bien en la escuela, hay que demostrarles que todo cuanto hacen es relevante y que lo más relevante de todo es adquirir conocimientos poderosos”, como él los llama, conocimientos que no solo contribuyan a la mejora del alumno, sino también a la mejora de la cultura colectiva.

Este es un texto que promueve la innovación académica siempre que esta esté precedida de mucho trabajo metódico y que esté dispuesta a continuarlo. Hay también en él, además de una defensa del conocimiento con experiencia de crecimiento personal, un empeño denodado en poner el valor de la memoria como potencia activa del saber. Para Luri el objetivo de toda instrucción es alterar la memoria a largo plazo para transformarla en alacena y ensanchamiento del saber adquirido.

La escuela no es un parque de atracciones desvela que instruirse es más que una diversión, de ahí que convenga resaltar los contrapuntos de la educación en la escuela, su complejidad y su puntos más discutibles. En ese sentido, este es un libro esperanzador y reflexivo que atiende lo que tiene de auténtico la enseñanza. Viene a decirnos que no hay oposición entre instrucción y educación, y se apela a que en la escuela es posible cambiar una vida, dar un vuelco al destino e, incluso, despertar la curiosidad del alumno incluso sobre la simpleza de un esbozo.

Gregorio Luri nos entrega un ensayo pedagógico escrito con inteligencia y elegancia, que se afana con ahínco en la búsqueda de la verdad y en detallar los puntos más polémicos de la escuela, sin apartarse ni un ápice de la idea de que todo saber, como la propia vida, está sujeto a deberes: trabajo, esfuerzo, disciplina. Este es un libro ni dogmático ni piadoso, más propicio para la reflexión y el compromiso que para la polémica, un texto poroso que empapará de lo lindo a quien se acerque a leerlo.

domingo, 10 de mayo de 2020

Entuertos maternos

"Daniel desapareció tres meses, dos días, ocho horas después de su cumpleaños. Tenía tres años. Era mi hijo. La última vez que lo vi estaba entre el subibaja y la resbaladilla del parque al que lo llevaba por las tardes. No recuerdo más. O sí: estaba triste porque Vladimir me avisaba que se iba porque no quería abaratar todo. Abaratar todo, como cuando algo que vale mucho se vende por dos pesos. Ésa era yo cuando perdí a mi hijo..."

Así comienza Casas vacías (Sextopiso, 2020), la primera novela de la escritora, socióloga y economista Brenda Navarro (Ciudad de México, 1982), un libro sobrecogedor y descarnado en el que la violencia y la culpa acampan en el seno familiar, sin que afuera apenas se sepa. En todo entresijo familiar hay un meollo oculto. En este arranque narrativo, tan demoledor, de una mujer que se despide para siempre de su amante a través del móvil, hay una realidad, aún más asoladora que sucede al mismo tiempo, la desaparición de su hijo, secuestrado por una joven que anhela ser madre.

A partir de aquí, el relato se centra en mostrarnos las voces narrativas, tanto la de la atormentada madre que se interroga sobre el paradero de su niño y nos cuenta su vida marital y familiar, lastrada por hijos no deseados o, incluso, que no eran suyos, como, de otra parte, la de la secuestradora y su dramático microcosmos que la devora. Cada una de ellas rumia sus congojas y miedos a solas. Cada una de ellas visualiza su futuro precario y sus fobias. Son conscientes, cada una a su manera, de que tan peligroso es el miedo excesivo como la temeridad de hacer algo indebido. Los problemas que las apremian no respetan las fronteras de sus hogares sino que las ansias y la intranquilidad las convierten en presas de sí mismas.

En tal sentido, Casas vacías es una indisimulable novela sobre el miedo, la adversidad, la desdicha y la difícil tarea de ser madre, o, mejor dicho, madre de un mismo hijo: la que lo engendra y la que se lo roba un día para criarlo como propio. La pérdida, la rabia, la soledad, la esperanza, la desigualdad y la maternidad son temas por los que la escritora mexicana transita con una escritura incisiva y profunda. Este es un libro contado por dos madres sufridas y ninguneadas en sus respectivos hogares, "de esas madres que, con los pies pesados, surcan caminos", como dice la más dolida de ellas, porque "el que desaparece se lleva de ti algo que no vuelve; se lleva cordura".

Pero también hay otras madres dentro del relato: la madre muerta a manos de un marido asesino, la de la hija asesinada, la madre que llegó a serlo porque la violó su hermano, y, cómo no, la resonancia de otras muchas madres de hijos desaparecidos en un México violento, que se conectan para contar sus historias en el seno familiar. Y de entre todas ellas, emerge una hija huérfana y díscola, Nagore, la única mujer que tiene nombre en la novela y que no carga con culpas, ni de sí misma ni de nadie.

Casas vacías es un drama acuciante que condensa en sus páginas diferentes realidades que tienen que ver con el hecho de ser madre impuesto por la sociedad patriarcal y la difícil tarea del cuidado de los hijos, un libro que demuestra los muchos rincones que quedan por alumbrarnos acerca de la experiencia de la maternidad y cómo no, un relato que bien podría derivar hacia una incómoda ingesta de desdicha, se transforma, gracias al uso inteligente del lenguaje de la autora, en una lectura absorbente, en la que la fuerza de las palabras convierten en literatura lo que las imágenes duras de la realidad transmiten de perturbación y desasosiego.

Con todo ello, la autora hace gala de un dominio del habla popular de las calles modestas de México y de una gran habilidad para volcarlo de forma eficaz en el texto, por muy crudo y tremendo que dicho habla se manifieste. Igualmente, sorprende su instinto narrativo y su modo de decir las cosas, como así de espontáneo venga del trance personal o del ámbito familiar, sin veleidades ni tapujos, una apuesta estética en la que sus protagonistas se expanden, y nos permiten reconocerlos en su propio marco referencial en el que ellos mismos desatan sus afanes, sus miserias, y tienen arrestos para no silenciarlos.

En suma, Casas vacías es un libro estremecedor que pone al descubierto lo impronunciable del dolor y de la pérdida. Brenda Navarro nos entrega un texto intenso y bien urdido en apenas ciento sesenta páginas, una novela de prosa admirable que no deja indiferente al lector. Un estupendo debut.

miércoles, 6 de mayo de 2020

Todas esas voces

Decía Walter Benjamin que el arte de contar historias es el arte de saber seguir contándolas. Alejandro Zambra (Santiago de Chile, 1975) haría suyo este aserto sin discusión. Pero no solo se queda en esto, sino que expande esta observación del gran Benjamin y lo liga con la necesidad de escribir y leer: “Escribimos y leemos como si nunca fuéramos a renegar de lo que pensamos, de lo que somos ahora. Y es mejor que sea esa la pulsión, porque de otro modo no escribiríamos, seguiríamos pegados en el silencio, pero no está de más recordar que cuando hablamos sobre la infancia o sobre la adolescencia exhibimos en primer lugar, y a veces únicamente, nuestra implacable capacidad de olvido”.

Esta tarea de escritura y lectura descritas conforman un escrutinio permanente en la creación literaria de un autor que ha querido mostrar en toda su obra escrita, desde sus dos libros de poemas Bahía Inútil (1998) y Mundanza (2003), o las publicaciones de sus novelas, desde Bonsái (2006), La vida privada de los árboles (2007) y Formas de volver a casa (2011) un empeño denodado de reflejar su propio alegato generacional, en el que el hogar, la educación, los afectos y desafectos interfieren con amplia resonancia en su escritorio. Ahora, casi una década después de la publicación de su última novela, Zambra regresa al género, vuelve al laberinto ficcional de la novela, pero, en esta ocasión, con mayor desenfado y desmesura, con una sorprendente y provocativa novela larga.

Poeta chileno (Anagrama, 2020) es, sobre todo, su propuesta narrativa más arriesgada y ambiciosa, un libro, bienhumorado y chispeante, de una vena satírica en la que su autor, además de contarnos las relaciones de familia, de pareja y amistad de sus protagonistas, proclama su amor encendido a la poesía. Zambra se divierte y nos divierte haciendo gala de una prosa desenfadada y ágil que modula con suma eficacia y resultado, ya sea cuando se trata de situaciones íntimas, como cuando corresponde a momentos más mundanos, artísticos o trascendentales.

La novela se vértebra en varias partes que bien podría resumirse así: Gonzalo y Carla son novios desde la adolescencia, pero no culminan satisfactoriamente sus primeros lances amorosos. Al cabo de diez años vuelven a reencontrarse: Carla, más cambiada y con un hijo de seis años llamado Vicente; Gonzalo, por otro lado, más cerca de convertirse en un reconocido poeta chileno, dedicará gran parte de su tiempo a criarlo como si fuera su hijo, hasta que al poco tiempo la pareja se vuelve a separar. En otra parte del libro nos encontramos con un joven Vicente de dieciocho años, aspirante también a poeta, que anda enamorado de Pru, una periodista norteamericana que llega a Santiago para hacer un reportaje con ávidas pretensiones de profundizar en la poesía del país con entrevistas a poetas de toda índole: famosos, normales, raros e, incluso, ridículos que copan ese mundillo poético tan excéntrico, mordaz e hilarante, no exento de ciertas dosis de ternura.

El mito poético recorre toda la novela, un propósito que Zambra sabe llevarlo in crescendo, reservando sus momentos más emocionantes para la última parte de la misma bajo un título muy sugerente y lírico: Parque del recuerdo. Es aquí donde Gonzalo y Vicente trascienden, intiman e intercambian lecturas y experiencias poéticas, convertidos el uno y el otro, no en la trama del libro, sino en el entramado que lo sostiene, y que no es otro que el amor que ambos comparten por la poesía, como así resalta el narrador que los contempla como testigo: “la poesía sí sirve para algo, que las palabras duelen, vibran, curan, consuelan repercuten, permanecen”.

Este es un libro emotivo, inteligente y exquisito, un asombroso retrato sobre familias hechizadas, poetas y poetastros que no soportan la realidad de sus vidas, que suspiran y responden lo que han respondido siempre: que solo la poesía salvará al mundo. Lo dicen sin fe, como algo consabido, pero tienen toda la razón. Por eso se desquician por poner voz y vida a lo indecible, por escribir y procurar reproducir lo irreproducible, como diría Clarice Lispector.

En Poeta Chileno está muy presente la literatura como enfermedad crónica, un mal del que algunos elegidos necesitan escribir siempre, un cauce para saber de sí mismos, utilizando el libro como una máscara, como un disfraz que les permita ser desde la aparente incertidumbre que otorga la ficción. Zambra nos engatusa con una sorprendente portada y una magnífica novela, fresca, apelativa y de lectura placentera.

jueves, 30 de abril de 2020

Herido de amor

Hay escritores que no necesitan presentación. Dickens es uno de ellos. Después de Shakespeare, el autor de Oliver Twist representa el más más alto valor de la literatura británica a nivel universal. Dickens fue ante todo un luchador, un hombre dispuesto a enfrentarse contra la adversidad, contumaz en el esfuerzo y en el sacrifico, que no se dejó vencer por la situación que la vida le deparó como hijo de una familia encabezada por un padre pródigo y derrochador, pésimo ejemplo para cualquier niño. Pero, como cuenta Peter Ackroyd en su biografía, también capeó con un misterioso sentimiento de pérdida, que no le privó de venturosas y libertinas escapadas nocturnas en compañía de su amigo Wilkie Collins. Dickens llevó una vida amorosa, digamos tan complicada y poco convencional como la de cualquiera de otros tantos hombres ilustres de su época.

Casado con una mujer apocada, de carácter radicalmente opuesto a su capacidad de trabajo e instinto creativo, se divorció al cabo del tiempo en un contencioso que transcendió el ámbito del hogar, siendo objeto de escarnio en muchos mentideros de Inglaterra. Una indicación de la crisis matrimonial que se avecinaba ocurrió en 1855, cuando Dickens acudió al encuentro de su primer amor, que también andaba como él, unido en matrimonio. Pero en aquella cita, ella se había mostrado mucho más alejada del recuerdo romántico que Dickens aún guardaba vivo de aquel otro encuentro primero sucedido en 1830, veinticuatro años antes, que derivó en un amor a primera vista y que, muy a su pesar, no contó con el consentimiento de los padres de su amada.

A principio de 2011, el editor Javier Jiménez le ofreció a Amelia Pérez de Villar hacer la traducción de un epistolario en el que se recogía el meollo de esa historia de amor, que derivaría, posteriormente, en un ensayo biográfico. Se trataba de la correspondencia de juventud de Dickens con una muchacha llamada Maria Beadnell en la que también se mencionaban otras cartas que cruzó con un amigo, Henry Kolle, que le hizo de enlace en sus idas y venidas amorosas. Unas cartas rescatadas del olvido y la censura familiar, que fueron publicadas en 1908 en una edición limitada para los miembros de la Sociedad Bibliófila de Boston. Pero entre todo el material aparecido, poco más de una docena de cartas, las únicas que se conservaban eran solo las que Dickens había escrito.

Dickens enamorado (Fórcola, 2020), es un texto que ya fue publicado cuando se celebraba el bicentenario de su nacimiento en 2012, que vuelve a la actualidad en una hermosísima edición a la que no le faltan ilustraciones de grabados y fotos. Se trata pues de un libro ameno y revelador en el que se cuenta la forma en que influyeron en la vida y en la obra del gran novelista victoriano el amor inusitado de una joven inalcanzable. El escritor se empeñó en ello, pero ni él lo consiguió ni ella se deshizo de las ataduras sociales y familiares que se lo impedían. Y así como en la ficción la historia reparte a diestro y siniestro secretos, afinidades y chispeantes deseos, en cuyo desarrollo la vida también prende todo lo que se revuelve en los sentimientos de cualquier persona herida de amor. Surgió la llama de María Beadnell y su lumbre le inspiró el personaje de Dora en David Copperfield y, en un reencuentro de madurez, el de Flora Finching, de La pequeña Dorrit. Pero también surgieron Catherine Hogarth, con la que estuvo casado 20 años y tuvo 10 hijos, y la actriz Nelly Ternan, con la que pasó la última década de su vida.

Gracias a las cartas que Dickens intercambió con María se ha podido desvelar de su novela más autobiográfica, David Copperfield, que los amores referidos del protagonista y Dora, en realidad, son los de su creador y la menor de las hermanas Beadnell. Es aquí, en su mejor obra, donde el escritor plasma, como en ninguna otra, sus sentimientos más personales y donde cuenta detalles, más propio de su enamoramiento que de su inventiva, y es aquí, también, donde mejor recrea su deleite y pasmo sentimental reflejándolos en la joven Dora, con todas las características que, a sus ojos, provenían de ese amor cautivo de siempre.

Amelia Pérez de Villar ha sabido encauzar la curiosidad del lector en su obra, registrando detalles de la vida privada de Dickens y recordando otras más públicas, como los entresijos de algunas de sus obras, sus viajes a los Estados Unidos, su periplo por Italia o sus duras jornadas de trabajo para obtener recursos para la educación de sus hijos y solventar los gastos de sus propiedades, además de atender económicamente a sus padres y ayudar a un hermano negado al trabajo.

Dickens enamorado es una aventura literaria, una curiosidad indagatoria de “un hombre que no sabía hacer nada a medias: apasionado en todo, que llegaba hasta el final en todo lo que emprendía”. Su idilio fallido, que, a juicio de Pérez de Villar, ha sido ninguneado en sus biografías, es el hilo conductor de este ameno e interesante texto que arroja un punto de luz nuevo y particular de Dickens, no solo por lo que desvela del personaje público y del hombre dedicado plenamente a la escritura, sino por lo que también volcó de todo esto en sus creaciones, en las tramas amorosas de algunos de sus personajes más entrañables de sus obras que siguen vivos en nuestro imaginario.

sábado, 25 de abril de 2020

El arte de la esencia

Sin lugar a dudas, el aforismo ofrece un espacio privilegiado para la reflexión. Y en ese sentido, es exigente con el lector. Así lo señala Ramón Eder, sin ningún tipo de rodeos: "el aforismo es un género literario que no gusta a los lectores pasivos". Por otra parte, como entrevé Georges Perec, el aforismo constituye un arte de la esencia, que se funda "en el juego entre lo previsible y lo imprevisible, entre la espera y lo imposible, la connivencia y la sorpresa". El género aforístico ha sido visto como una de las formas que ha asumido el poder para encarnarse y actuar sobre la sociedad en forma de preceptos, axiomas, sentencias, consejos o máximas.

Así mismo, el aforismo ha convivido con una serie de formas breves que han ido recibiendo diferentes denominaciones, hasta el punto de configurar un campo semántico rico y variado. No cabe duda de que el estilo aforístico, al menos en su formulación clásica, se haya caracterizado por la asertividad, el razonamiento deductivo, la definición o por un cierto aire pragmático que conectaría el ámbito didáctico, prescriptivo y epifánico de algo que necesariamente tenía que expresarse así y en ese orden. Digamos pues que el aforismo vive en tensión con los propios límites de lo comunicable que deciden las propias palabras que lo conforman.

Para el poeta y ensayista Javier Sánchez Menéndez (Puerto Real, Cádiz, 1964) los aforismos, además de todo lo dicho, son conceptos, artilugios, como a él le gusta llamarlos, ideas que desprenden sabiduría, belleza y cierto sentimiento de melancolía, profunda y sosegada. Nacen de la observación de la realidad para ver lo que no se ve, sin conformarse con menos. Muchos otros afloran también de la imaginación y de la libertad que le permiten crear representaciones para combinarlas hasta abstraerlas y convertirlas así en piedras de toque.

Su nuevo libro, Ética para mediocres (La Isla de Siltolá, 2020), es el cuarto volumen de su producción aforística, que sigue a Artilugios (2017), La alegría de lo imperfecto (2017) y Concepto (2019), una senda literaria fecunda en la que su autor, en los últimos años, ha ido desplegando su pensamiento y sentido crítico de la vida, para encontrar respuestas, alguna revelación, una verdad o la duda de si realmente lo es, o más bien resulta ser una simple paradoja donde encajar las palabras exactas con las que dejarla escrita.

En este lance fragmentario de ahora, el autor se empeña en provocar en el lector un ajuste de sus expectativas y, de alguna manera, una modificación sustancial de su capacidad de interactuar con el lenguaje y con la realidad más inmediata. Alienta a un despertar desde la intuición profunda para conducirnos hasta la comprensión de la naturaleza de lo real. Viene a decir que "la mente es el instrumento que posee el ser humano para vivir en el mundo", y que "el mundo no es complejo. Su contradicción tampoco. Lo es su principio". Para él, "el aforismo es una ventana abierta para el lector", un cauce por donde encontrar motivos para pensar. 

Ética para mediocres es un libro concienzudo y atento a la realidad del momento, que reúne casi trescientos aforismos y ocho breves reflexiones en un capítulo final sobre la crítica y el autobombo, un libro que no se anda con chiquitas: un repertorio revestido de ironía, contrario al ruido, atento al silencio, y muy cargado de paradojas y verdades infinitas que, en muchos casos, no es la verdad de uno o la de otro, sino la verdad que nos impone la realidad y sus encrucijadas existenciales. Los aforismos de Sánchez Menéndez se instalan en un terreno a caballo entre lo literario y lo filosófico. No impone condiciones, interpela al lector y le sugiere hacer, querer aprender o mirar lo de fuera, como decía Victor Hugo, desde dentro de sí mismo.

Este no es un libro solemne, ni grandilocuente, pero tiene mucho de enfático y de sagacidad calculada. Dice Sánchez Menéndez que "el aforismo deja las puertas abiertas para provocar el pensamiento", con esa idea clásica de Parménides de que todo lo que hay ha existido siempre, o de que nada puede surgir de la nada, como alumbra en este otro aforismo suyo de corte también clásico: "Para conocer aquello que es hay que conocer aquello que no es". Y es que el buen aforismo, viene a decirnos, es atemporal.

Nos gustan los libros incisivos que aparejan un compromiso de perseverancia y aprendizaje, que incitan a poner sentido crítico a lo que verdaderamente importa, que alumbran y ponen ideas, no para salir de dudas, sino para entrar en ellas. Ética para mediocres, qué gran título, pone mucho de esto en juego, mucho que pensar, para que cada cual entienda lo que quiera y sepa entender.