viernes, 23 de julio de 2021

Un rey de soledades


Nos recuerda Marguerite Yourcenar, en el cuaderno de notas de su obra capital, Memorias de Adriano, que “los que consideran la novela histórica como una categoría diferente, olvidan que el novelista no hace más que interpretar, mediante los procedimientos de su época, cierto número de hechos pasados, de recuerdos conscientes o no, personales o no, tramados de la misma manera que la Historia... En nuestra época, la novela histórica, o la que puede denominarse así por comodidad, ha de desarrollarse en un tiempo recobrado, toma de posesión de un mundo interior”.

Tal vez, desde esta consideración de la escritora belga, el ensayista y novelista Julio Castedo (Madrid, 1964) haya querido abordar Rey don Pedro (Berenice, 2021), un relato histórico, cuyo tiempo recobrado viene marcado por la memoria y el mundo interior del personaje que pone voz a la obra. Para tal propósito, el autor decide escribirlo en primera persona, con la idea preconcebida de evitar cualquier intromisión ajena al protagonista, como si Pedro I de Castilla, testigo de sí mismo, nos hablara de su vida con más firmeza y arrojo de lo que otros pudieron, al reducirla a su antojo, consciente de que “quien detenta el poder, quien sobrevive, impone sus mentiras como verdades oficiales”.

La novela, en su primera parte titulada Soledad y Quimera, arranca con la muerte del rey durante el asedio sufrido en su castillo de Montiel por los ejércitos rebeldes de Trastámara. Durante cinco jornadas nos contará sus orígenes regios, cómo se convirtió en el heredero legítimo de la corona de Castilla tras su predecesor y padre Alfonso XI, sus primeros años de reinado, el ambiente de intrigas... Desde el propio sentimiento sosegado del narrador, una voz introspectiva se irá entrelazando con el presente para seguir contándonos también, no solo las consecuencias finales de su existencia, sino cómo fueron los días posteriores a su muerte. Conoceremos a otra de las figuras clave en la historia del siglo XIV español, enemigo acérrimo de nuestro protagonista, la de su hermano bastardo Enrique, con el que llevará, como es sabido, una relación de inquina y lucha fratricida hasta el final de sus días.

En la segunda parte, bajo el título de Plenitud y Ocaso, dividida en seis jornadas, el rey nos narra sus momentos de plenitud como monarca y da a conocer sus veleidades con las mujeres. Pedro nos desvela su principal anhelo político que no era otro que la unificación de Castilla y Portugal, con quien mantenía buenas relaciones diplomáticas. Una idea que acabará desmoronándose, como se hace ver en el relato, debido a constantes guerras, conspiraciones y ajustes de cuentas entre los diferentes reinos.

Por otra parte, en la novela se destaca su papel como innovador y adelantado a su tiempo, pese a su carácter desconfiado y a su persistente actitud justiciera. Como ejemplo de visión de estado, fijó precios y salarios, reguló la jornada de trabajo y decretó el domingo como descanso laboral. Fomentó los astilleros en Sevilla, Santander y Vizcaya, prohibió el juego y la tala furtiva de bosques. Igualmente, fue un rey que toleró la presencia de judíos y musulmanes en el ámbito social y económico de sus tierras, respetando su cultura y religión, tendiéndoles la mano cuando era menester.

Digamos que el lector se va a encontrar en esta novela, hábilmente armada en un tono de confidencialidad y sencillez, con una figura fascinante y atrabiliaria, que llega al poder con apenas dieciséis años y que se encuentra, ya desde su infancia, con un padre ausente, cuyo cariño y mirada fue para su amante, Leonor de Guzmán, y sus diez hijos bastardos. Pedro tuvo una juventud en la que el odio de sus adversarios arruinó su vida, a la que también contribuyó la traición de su madre, Isabel de Portugal. Ya en su madurez se vio inmerso en una guerra interminable con Aragón. Solo tuvo desvelo y amor hacia María de Padilla, la mujer que le proporcionó sus mejores días de felicidad y paz en casi dos décadas de reinado.


Julio Castedo logra sobrepasar el cinismo de la Historia a través de la propia literatura, por medio de la figura controvertida de un personaje que se deja ver con su voz y su soledad, a partir de sus recuerdos e imaginario, como también se hace sentir desde la propia naturaleza y sentimiento que representa la derrota de la estirpe que encarna. “Vivir –nos dice el propio narrador– no es más que forjar una sinrazón, porque nada de lo que hacemos, ni siquiera el movimiento de un dedo, responde a una sola causa ni traduce un solo propósito”.

La nave de la historia tiene mucho que ver con la nave de la literatura y la de la cultura. Uno, como lector, nunca regala su atención a un libro de forma gratuita. Lo hace cargado de esperanzas, con la idea de recolectar su fruto. Este libro de Castedo nos permite escucharnos a nosotros mismos a través de la voz desatada de alguien que fue un rey y ahora es pasado, pero también interpretación de nuestra condición humana. Aquí, la recompensa la pone su amenidad y su latido literario que juntan la experiencia humana y sus pérdidas.


viernes, 16 de julio de 2021

Vida y supervivencia



José Ovejero
(Madrid, 1958) posee el rango de ser un escritor multidisciplinar. Su pasión por la literatura le ha llevado a explorar y cultivar todos los géneros. Ha publicado poesía, teatro, cuentos, ensayo, novela y libros de viajes. Sus obras han recibido numerosos premios, entre los que destacan, el Premio Anagrama de Ensayo, con su libro La ética de la crueldad (2012) y el Alfaguara de novela con La invención del amor (2013). Es autor también del documental Vida y ficción, un reportaje en el que recoge conversaciones con escritores que escriben en nuestro país como Rosa Montero, Marta Sanz, Juan Gabriel Vásquez, Luisgé Martín o Cristina Fernández Cubas.

Su nuevo libro, Humo (Galaxia Gutenberg, 2021) responde a ese espíritu binario de vida y supervivencia que anida en el alma del escritor y que nos viene a decir que son las palabras las que te hacen entender la vida. Así se confabula a través de la protagonista del libro, una mujer que vive en lo más profundo de un bosque con un niño y una gata, sin contacto con nadie, a excepción de un hombre que periódicamente le facilita provisiones. Una mujer observadora y callada, pero que habla mucho consigo misma, buscando respuestas en lo que palpa y abunda a su alrededor. Una mujer a la que le da igual el nombre del riachuelo que le rodea, el montículo interpuesto en el horizonte o lo que indican los mapas. Le importa, como dice, “sólo las palabras que definen y me acercan a una cualidad propia, única, de lo que toco o veo”.

La novela arranca con una nube de abejas amenazantes sobre la cabaña que parecen contradecir a las voces apocalípticas que vaticinan que su extinción anda cerca. La imagen de este comienzo insinúa lo que la novela irá desvelando conforme avanza: la sensación de estar enfrentados a un mundo desencajado, de no saber cómo hacer frente a los acontecimientos adversos que se producen a nuestro alrededor, según determina la propia Naturaleza. A todo esto, digamos que la novela no es tan pesimista como pueda parecer. Pone su atención en detalles primorosos que se nos pasan, y que merece la pena tener en cuenta para vivirlos con honestidad. Esto hace que sea una novela que vuelve la vista hacia los pormenores, las emociones, la belleza de todo lo circundante. La mujer, de hecho, hace acopio de todo aquello que le encandila y predispone en un momento de la novela, y eso conforma una parte importante del sentido final del relato.

Humo es una historia de soledad, silencio y alertas. La supervivencia es el eje por el que transita. Por ella rondan incertidumbres, refriegas, violencia, resistencias y afectos que devienen sin salvoconductos. En ella se palpa la fragilidad humana y su fortaleza para sortear lo inesperado y tratar de salir adelante. Además, y creo que ahí radica lo más destacable de la novela, Ovejero lo plasma con una prosa jugosa y contenida, muy sensitiva y evocadora, en la que la naturaleza es un personaje más que marca y conjuga los diferentes tiempos del relato, entonando la voz de la narradora, una mujer enigmática de la que no sabemos ni su nombre, ni su procedencia, porque es ella la primera en desentenderse de sí misma y de su vida anterior.

Lo que el lector visualiza se asemeja a un mundo apartado en el que una mujer y un niño andan desprovistos de protección. Lo que importa en Humo no es tanto su hábitat, como ellos mismos: sus sentimientos, sus miedos, su huida hacia algo más propicio y refractario, porque en la burbuja donde se amparan todo parece vulnerable y opresivo. Pero esta mujer insólita y aguerrida atrae mucho. Apenas sabemos nada de ella, tampoco por qué se niega a cualquier dependencia, por qué no establece relación con el niño o por qué se niega a los afectos. Y, sin embargo, los afectos la toman por sorpresa y vemos cómo la ternura que siente por el crío aflora inevitablemente.

Con una potente voz narradora en primera persona, la angustia de la situación que atraviesa la trama de Humo se ensambla con un lenguaje de tono poético validado por una prosa precisa y audaz que hace que el monólogo de la protagonista se decante hacia su mismo reflejo: el niño. En esta breve, pero intensa novela, hay mucho más de lo que se capta en una primera lectura.

Ovejero firma una fábula cruda y punzante, con pasajes muy hermosos, en la que impera la vida, la supervivencia por encima del afecto, y donde la solidez de la condición humana se examina a la intemperie.


miércoles, 7 de julio de 2021

Sobre la tentación literaria



La literatura nunca debe dejar de ser el lugar donde se disputa la forma que todo escritor debe adoptar frente al reto de escribir un texto. Decía
Nicolás Dávila al respecto que «el lector verdadero se agarra al texto como un náufrago a una tabla flotante». Leer supone riesgo, entrar en lo que puede parecer incomprensible al principio y descifrar la propuesta que hace el libro para interpretar lo que hay de nuevo o luminoso en esa propuesta. Porque cultivar la literatura, leer lo ajeno, no es solo un signo de consideración, sino de traducción de palabras y de mundos. Dicho de otra manera: la literatura no es solo lo que dice, sino cómo está hecha.

Iban Zaldua (San Sebastián, 1966), autor de libros de relatos, entre los que destacan, Porvenir (2007), Biodiscografías (2015) o Como si todo hubiera pasado (2018), aborda ahora en Panfletario (Pepitas de Calabaza, 2021) todo lo concerniente a lo apuntado más arriba: a la importancia formal del hecho literario, y lo hace mediante un libro misceláneo formado por manuscritos de diferente procedencia en el que, como subraya el propio autor, lo metaliterario es el verdadero hilo conductor del mismo. Por tanto, en estos Manifiestos, decálogos y otros artefactos a favor (y en contra) de la literatura, como así subtitula su obra, el lector está invitado a una lectura explosiva y reveladora, inteligente y divertida, llena de argumentos y reflexiones en la que su autor muestra su bagaje crítico, como lector y minucioso observador, de lo que pasa en el seno de la República de las Letras.

En él examina algunos de los fenómenos más llamativos de lo que se viene publicando en los últimos años, entre los que destaca el auge de la autoficción. Pero, a su vez, el libro está lleno de recomendaciones de cómo escribir prólogos, contracubiertas, necrológicas o consejos para organizar eventos culturales. Este es un libro sobre la pasión de la literatura, y las propias taras del mundo literario. Zaldua va dejando su halo crítico y sardónico conforme va desmigajando sus textos, igual que, de una manera u otra, señala con insistencia que es más importante cómo se nos cuenta lo que se nos cuenta que lo que nos cuenta cualquier libro en sí. Deja claro, respecto al pacto novelesco, ese principio que sostiene que una ficción funciona bien mientras dura su lectura y nos la creemos, que en la autoficción difícilmente se sostiene. Queda la sospecha, como dice él, de que “el escritor no deja de dar saltos entre mentiras de verdad y verdades de mentira”.

Hay textos verdaderamente ingeniosos, como Los Diez Mandamientos de la literatura, en cuyos preceptos destaca: "Amarás el canon sobre todas las cosas", "No plagiarás, sino que intertextualizarás. Y procurarás tener siempre a mano a un abogado", o este otro: "Jamás darás a entender que estás mintiendo, aunque escribas ficciones". En Autoanálisis, una pieza próxima a un relato o crónica, recoge ese ámbito preocupante que el escritor suele llevar consigo en las presentaciones de sus libros perfectamente resumido en la cita de Rafael Chirbes que antecede al texto: «El escritor lo que tiene que hacer es escribir y si tiene que hablar mucho de tus libros es que tus libros no hablan por ti. Mala cosa».

Da paso también a la importancia del punto de vista en la literatura para abordar cualquier asunto. En literatura, nos viene a decir Zaldua, es fundamental el punto de vista que se adopte a la hora de acometer una obra. Uno se puede ir acercando más y más a la realidad, pero nunca puede acercarse lo suficiente, porque la realidad es una sucesión infinita de pasos, de niveles de percepción, de circunstancias y de falsas apariencias y, por ende, inextinguible, inalcanzable en todo su ámbito. En ese sentido, algunos textos del libro se aproximan a la escritura que aborda el conflicto vasco como ejercicio de memoria.

En otro texto muy significativo sale a relucir el asunto candente de las condiciones indispensables para la iniciación a la lectura. Para Zaldua leer y leer cualquier cosa no significan lo mismo. Sobre ese debate de lecturas obligadas que han llevado a algunos expertos y profesores a posicionarse contrarios a ellas, lo tiene claro: "Yo pediría que me obligaran a leer, no lo contrario. Luego, cada cual verá si obedece o no al mandato. Pero no querría, de ninguna manera, y como punto de partida, renunciar a las lecturas obligatorias. Por si acaso". Y esto es algo a lo que se aferra porque la cuestión del gusto por las letras para él es, básicamente, de índole educativo: "el gusto no surge de la nada, no es algo natural que llevemos impreso en los genes: el gusto se cultiva".


Panfletario aglutina muchos temas candentes de la literatura, un libro que toca con ojo crítico y también jocoso el mundillo literario. Zaldua examina y se examina de la prosa a la poesía, de las novelas de viajes a la autoficción, del relato al ensayo, de la escritura a la lectura, para extraer los detalles de su gusto propio, que no tiene por qué coincidir con un gusto objetivo o con un canon cerrado. Se basta con ser fiel así mismo, como diría Virginia Woolf, y dejarse llevar, con desparpajo, por lo que los libros y su pálpito le predisponen a escribir sin alharacas sobre la tentación literaria.

Estamos ante un libro ameno, jugoso e incendiario, que hace que nos fijemos más en la hechura de la literatura, en la propia vida de los libros, en su corte y confección. Estamos ante un libro para lectores curiosos en los detalles y entresijos que envuelven a ese extenso y libertino parque temático que llamamos Literatura.


martes, 29 de junio de 2021

Saber acotar el lenguaje


Para el poeta, antólogo y crítico español José Luis Morante (El Bohodón, 1956), autor de los libros de aforismos Mejores días (2009) y Motivos personales (2015), a los que se añade también la publicación de dos estupendas antologías, como son Aforismos e ideas líricas (2018) de Juan Ramón Jiménez y 11 Aforistas a contrapié (2020), la génesis del aforismo parte de una voluntad estimulante de autoconocimiento que integra pensamiento poético, filosofía, sociología y experiencia. Su tono confidencial, la conciencia reflexiva que lo impulsa, nos dice, requiere “saber acotar el sentido”.

Digamos pues que el aforismo vive en tensión con los límites de lo comunicable que deciden las propias palabras que lo conforman. En esta importante limitación con ese algo que decir, el aforismo, para Morante, autor curtido y estudioso en estos lances literarios, tiene como objetivo preservar, en su brevedad, las posibilidades de la verdad y de la paradoja, juntas, en el mismo punto de encuentro, el lugar que debe darnos que pensar, que hacernos asentir, dudar o pillarnos por sorpresa. Quizá lo contagioso del aforismo esté en ese pulso contenido que transmite la palabra del yo como personaje, atento a la vida azarosa, sin dejar de interpelarla.

En Migas de voz (Naveluz, 2021), su libro de ultramar, editado e impreso en México, bajo la coordinación del poeta Hiram Barrios, encontramos más apuntes sobre el aforismo. Apuntes que hablan de su fisonomía, esencia e intimismo. Dice su autor que, con tantas definiciones válidas, cabe entender al aforismo como “una novela de ideas” en la que sus textos andan sujetos a un periplo en el que desarrollan un cauce verbal donde está presente el pensamiento y la experiencia vital: “En la escritura breve no es posible la desconexión vital; la estela autobiográfica es una brújula, una carta de navegación”.

En verdad, quien practica el aforismo se retrata, de alguna manera, y revela muchos rasgos de su personalidad y talante. Conviene hacer hincapié en esto, porque, por otra parte, el arte de deleitar, de persuadir o de conmover de los libros no tiene por qué venir de lo extensivo, sino que también deviene, y cada vez más, de lo breve y simple, de ese fascinante poder que posee lo escueto en la escritura. Hablamos de un arte antiguo y noble, nombrado de muchas maneras: aforismos, proverbios, máximas, sentencias, adagios, refranes, epigramas, dichos..., una infinidad de apariencias para afinar y comprimir las ideas, como decía Mark Twain: “transmitir un mínimo sonido con un máximo de sentido”; o como refiere el propio Morante en el libro: “El aforismo crece y evoluciona. Soporta las mutaciones del tiempo y no puede ignorar la piel fragmentada de la realidad”.

Migas de voz es una antología fecunda, abierta al rescate y al razonamiento. En este breviario de ideas, como bien dice Carmen Canet en el prólogo del libro, vamos a encontrar a mano un buen muestrario del bagaje creativo de Morante que incluye aforismos inéditos, con vocación de permanecer en el pensamiento de quien lo lea, para seguir dialogando, a través de una mirada personal que entiende la esencia del aforismo como alumbramiento que ha de propagarse, y que sintoniza con toda su trayectoria en el género, desde 2005 hasta 2018. Sus aforismos llevan dinamita filosófica y moral, que no pretenden explotar, sino rearmar la conciencia del lector. Si hay que destacar lo más significativo de todo el compendio aforístico habría que señalar que en todo su discurrir no cabe el fingimiento. La ironía, la sagacidad y el humor, en cambio, sí encuentran acomodo. Porque para él: “Cualquier soledad está repleta de encuentros”. Morante sobrevuela con sutileza las vivencias cotidianas con ese halo poético tan suyo de saber que: “Cuando la realidad es el único centro, hay que acostumbrarse a vivir en la periferia”.


Leer un nuevo libro de aforismos, como esta colección de Migas de voz, es ir a la aventura de meterse en una mina en busca de la veta del mineral valioso. Uno lee con esa predisposición, no sólo para encontrar la sorpresa placentera de la palabra escrita, sino en busca de mapas y señales que muestren vetas de entusiasmo, reflexión y luz como recoge el autor en estos dictados: “La imaginación enseña a desconfiar de lo real”; “Entre el antes y el después nunca hubo una simetría cronológica”. En definitiva, sostiene el poeta, “el aforismo no es un topo que busca sombras en medio de la noche”, sino que este se parece más al sarmiento, como vástago de la vid: “El aforismo es el racimo, no la fermentación”, concluye.

Aquí hay un buen semillero de miniaturas dispuestas en una hermosa edición, que refleja la realidad de quien sabe hacerlo con sutileza y mirada poética, alguien, como José Luis Morante, que cuenta para ello con la esencia de la palabra como brújula, como inciso y confidencia ante cualquier acotación sobrevenida con la que dirigirse al lector para contarle instantáneas reveladoras con viveza reflexiva.


jueves, 24 de junio de 2021

El largo tiempo de la vida


Un instante eterno (Siruela, 2021), del filósofo, ensayista y novelista Pascal Bruckner (París, 1948), es un inteligente, bello, apasionante y permeable ensayo que nos invita a reflexionar y a ver de forma distinta esa edad avanzada a la que aspiramos llegar todos en las mejores condiciones. Escritor prolífico, entre sus obras de ficción cabe destacar Lunas de hiel (1981), adaptada al cine por Roman Polanski en 1992 y Un buen hijo (2014); y entre sus ensayos, sobresalen La tentación de la inocencia (2002) y El vértigo de Babel (2016). Nacido en el seno de una familia mitad protestante y mitad católica, su vida ha estado marcada por la contradicción y el espíritu provocador. Hoy por hoy es unas de las voces más sobresalientes de su generación en el panorama intelectual francés.

En esa “filosofía de la longevidad”, que es como Bruckner subtitula a su reciente obra, resalta la condición mortal del hombre, teniendo en cuenta, cómo se manifiesta el largo tiempo de vida en él. La edad, nos dice en los prolegómenos del libro, es “una convención a la que todos nos adaptamos más o menos de buena gana”. Señala también que la vejez ya no es solo la suerte de unos pocos supervivientes, sino que, en estos tiempos, es el fruto del que goza una gran parte de la humanidad. Ya sabemos que la ciencia y tantos otros avances en nuestra sociedad han añadido años a la vida de la gente, pero, como bien se dice a lo largo del libro, solo depende de nosotros añadir vida a nuestros años. Está muy presente que la simple esperanza de vida no es lo que más debemos querer, sino que debemos preferir una esperanza de más y mejor vida.

Sobre el arte de aceptar la vejez, Bruckner indica, acudiendo a los libros de filósofos y pensadores, que “la longevidad no es una mera suma de años, sino que cambia profundamente nuestra relación con la existencia”. Parece más bien indicarnos que la vejez representa en la vida humana el período de la prueba decisiva, la etapa en la que se concentran mayores obstáculos para alcanzar la felicidad, porque, a partir de cierta edad, la preocupación ya “no es tanto cambiar la propia vida como preservar lo mejor de la misma”. Y en esa cadena de actitudes y perspectivas, el autor, a lo largo del libro, va desgranando citas y evocaciones de pensadores clásicos y contemporáneos, como Aristóteles, Marco Aurelio, Montaigne, Thoreau o Gilles Deleuze para dar rienda suelta a sus reflexiones, en pos de hacer valer su idea del significado del buen vivir como proyecto de vida: filosofar sobre la edad, subraya, es aprender a vivir, y sobre todo a revivir. Cada momento, cada día, como aquí se apunta, se convierte en una metáfora tenaz de la existencia.

Conforme va uno leyendo hay dos verdades persistentes que se van alternando. Por un lado, la que sostiene que solo los años traen el arte del matiz. La otra, quizá más sentenciosa, y no menos compleja, se refiere a que la edad reduce las incertidumbres. Por eso mismo, como aquí se nos recuerda, no nos tenemos que engañar con esperanzas tontas, porque a partir de cierta edad, ya no se puede poner la vida en juego como quien lanza un dado al puro azar. El cuerpo no miente; el cuerpo manda, avisa y nos dice: “el futuro todavía es posible, pero en mis términos”. Bruckner pone su agudeza y comprensión sobre el sentido del desgaste del cuerpo, para señalar que es mejor perderle el miedo, que nos conviene pensar y vivir la vejez con naturalidad: “Llega un momento en que la salud consiste en pasar de una enfermedad a otra, sin hacernos ilusiones, donde la recuperación es más lenta y la convalecencia más larga, evitando así la peligrosa preeminencia de un solo patólogo y propagando la amenaza entre varios”.

Digámoslo de otro modo, lo que subyace a lo largo de este intenso y lúcido ensayo, no es otra cosa que constatar que vivimos sobre el abismo, y, conscientes de él, es algo que con los años se hace más palpable. El hombre se sabe mortal y es su destino, como apunta el filósofo, el que le despierta la tarea de pensar y, cómo no, de tratar de alcanzar la plenitud de la vida en el transcurso de una existencia que, a medida que pasan los años, conjugue su sentido y gozo mientras se aproxima su punto final.


Pascal Bruckner nos entrega un libro existencial brillante, un manifiesto vívido y jugoso, muy bien estructurado, que se lee con gusto e interés, gracias a su claridad expositiva y a la buena traducción de Jenaro Talens, un texto con mucha verdad explícita que otea, desde la atalaya propia de la vejez, el sentido de la vida, a la que contempla con un decidido empeño de autoestima, respeto y compromiso.

Un instante eterno es justamente una lectura vindicativa, un alegato sobre la edad tardía, una manera de meter la vida en un libro para tomarle el pulso al tiempo y darnos que pensar.


lunes, 21 de junio de 2021

Diálogo aforístico


Lo complejo de las colecciones de aforismos, como diría Enrique García Máiquez es que, pese a su tamaño, en ellos hay lugar para que quepan entallados, a su manera, todos los géneros de la literatura, desde la poesía lírica y la épica, hasta el microensayo y la filosofía, pasando por la más amena y breve narrativa, haciendo un guiño al teatro de la vida, o apuntándose a los márgenes de la crítica. Y, en todo este caudal de posibilidades, cabe también la instantánea de una foto o el estribillo de una melodía.

El embrujo del aforismo parte de su fascinación por lo escueto como semillero de pensamientos, de hallazgos, de balbuceos y, cómo no, de desafíos. Por eso mismo, podemos afirmar también que el aforismo tiene mucho de juego y de diálogo. Precisamente sobre esta última acotación, donde el malabarismo verbal se presta a la réplica, encaja como anillo al dedo Cóncavo y convexo (Esdrújula, 2019), una experiencia lúdica en la que está muy presente la conversación, convertida en este caso en un duelo aforístico sin precedentes. Los contendientes son, por un lado, Carmen Canet (Almería, 1955), crítica literaria y ensayista, autora de varios libros de aforismos, entre los que destacan Malabarismos (2016), Luciérnagas (2019) o Legere, eligere, su reciente colección de aforismos en torno a la lectura, y por el otro, el poeta Javier Bozalongo (Tarragona, 1961), autor de varios poemarios entre los que sobresalen Líquida nostalgia (2001) y Todas las lluvias son la misma tormenta (2018), galardonado con el Premio de Poesía Blas de Otero.

Cada uno de ellos afina sus oídos, dispuestos a escuchar y a responder a cualquier envite, desafío o perplejidad que el otro propugne, enuncie o dictamine, libremente. El lector, sorprendido, queda en medio de esa lid o campo de tiro sin saber quién dispara o responde. El resultado para él es tan desconcertante como asombroso. Digamos que, en este original duelo, la aventura aforística promete contradicciones y sorpresas. Destaca sobremanera la naturalidad y la autenticidad con que ambos duelistas, que no contrincantes, se baten. Por cada lado saltan chispas y agudezas. Cada munición aforística de intercambio, eso sí, de fuego amigo, con el que responde el uno al otro, posee su calibre ajustado a la detonación exigida: “Aforismo subcutáneo: submarinismo.” / “Aforismo cutáneo: a flor de piel.”; “Hay cosas para toda la vida: los hijos y los libros.” / “Hay cosas efímeras: el amor y la muerte.”; “La vida, unas veces, es un espejo cóncavo y otras, convexo.” / La vida, otras veces, es un espejismo.”

La dicotomía establecida entre ellos a veces se complementa, otras, en cambio, propugna algún matiz distinto. Canet y Bozalongo, y viceversa, son conscientes de que el aforismo persigue deleitar, persuadir, sorprender o contradecir a lo mucho que aflora de lo cotidiano. Ahí está su plasma, y no necesita de profusión, se basta con dosis pequeñas. En lo simple de la brevedad encuentran ambos esa doble faz que permite al lector dirimir y contraponer lo que entre ellos combinan con desparpajo, sabiduría, fugacidad y gran factura minimalista, como es el caso de estas muestras: “Escribir no te hace ser mejor. Leer sí.” / “Escribir te hace sentir bien. Leer, tener todo a tu alcance.”; “La separación de bienes es un buen régimen.” / “La separación de males es aún mejor.”; “En la vida hay que hacer muchos quebrados.” / “Procura que la vida no te fraccione.”


Cóncavo y Convexo es un libro que está lleno de agudezas y recreaciones, escrito a cuatro manos, o si se prefiere a dos voces alternas que hacen del mismo emplazamiento un juego revelador e intuitivo, capaz de desvelarnos las paradojas, lo insólito y el parafraseo recurrente que lleva el aforismo implícito sobre cualquier asunto que toca. Quizá, con la idea de trasladar al lector, no solo esa manera sentenciosa de pensar que suscita el aforismo, sino también visto desde el alborozo instantáneo que provoca el mecanismo de argumentar con esos fogonazos percutores con que cuenta el género. Fogonazos instantáneos de dos fervientes aforistas, que esbozan y enuncian, con lucidez y mirada conspicua, algunas reticencias y certezas sobre la vida, la escritura, el amor y el mundo que les interpela.

Este es un libro atrevido y lúdico que sabe a sabiduría, pero también es un dueto replicante, un destilado intermitente de reflexiones y sentimientos, escrito con gusto, humor y halo filosófico bien dispuesto al son de la palabra y al ritmo de la vida.


martes, 15 de junio de 2021

Sonoridades y contrapuntos


Música de las esferas (Fórcola, 2021) es un libro en el que está muy presente el alma de la música. A su autor, el musicógrafo y comentarista de música clásica y ópera de Radio Nacional y Televisión Española, José Luis Téllez (Madrid, 1944), no le ha resultado impropio escribir un buen puñado de buenos relatos entre los que se encuentran muchos de ellos con la música como correlato narrativo para que opere con su magia y melodía en ficciones, en espejos de la vida, en referentes literarios o en leyendas mitológicas. Por este libro, por tanto, recala el amor a la música, a las artes y, cómo no, el amor a la lectura, cuya clave reside en la propia metáfora del título y, a su vez, en la pregunta no formulada por su autor, pero que resuena por sus páginas como banda sonora y que bien podría ser esta: ¿somos capaces de desear algo y de mantener viva la capacidad de asombro y emoción?

Por otro lado, los relatos de Téllez buscan sus claves y sintonías en cómo seguir y conectar con la vida en medio de la gran maraña del pasado y sus creencias para encontrar los cabos sueltos de los hilos que den sentido y respuestas a la realidad. Y así, por ejemplo, en el primero de sus relatos de título Babel y Luzbel, los ángeles muestran sus discrepancias en sus círculos celestiales. Discuten sobre el lenguaje y los sonidos, sus significados, resonancias y combinaciones. Tienen una misión conjunta que llevar a cabo en la tierra que consiste en introducir a sus habitantes en el laberinto de las palabras, y cuyo resultado, como sabemos, originará la Historia de Babel. En el siguiente, los libros hacen valer su protagonismo a través de la experiencia de un niño que desvela cómo su abuelo le abrió las puertas de su biblioteca para encontrar respuestas en los libros a través del cursor del tiempo, un cauce repleto de propuestas y perplejidades para seguir abismado en lecturas sin fin.

En todos ellos sobresale su corte de narración clásica, algunos de ellos parecen provenir de tiempos remotos, como también otros lo son más próximos al pálpito literario simbólico y fantástico representado por Borges y Cortázar. Tampoco faltan alusiones a temas relacionados con el cine, con la figura del laberinto, la fotografía, las fuerzas telúricas, las musas, el mito, o se adscriben a los libros, a menudo salpicados de gracia e ironía. Hay piezas que no dejan de sugerir su estrecha relación con el tiempo pasado y su reflejo en el presente. Otras examinan la historia o el discurrir de algún lugar, incluso proveniente del inframundo, por donde deambula, por ejemplo, una sombra impertinente y tenaz tras los pasos de un viajero. Cada narración en sí misma esconde, a su manera, un leve aire de amenaza, de tensión, con la sensación de que algo inminente se avecina. La extrañeza e inquietud se deja sentir mucho en La ciudad dormida, un relato que cuenta cómo una noche en una ciudad innominada sucedía algo insólito: “Cada hombre soñaba un sueño y cada sueño era una ciudad diferente y única”.

En Música de las esferas el lenguaje del tiempo es el que fluye con más intensidad y prominencia como elemento persuasivo. Su esencia e importancia universal se dejan ver acompañadas de la música, como un binomio persistente por los hilos argumentales de buena parte de sus ficciones, un ámbito con el que Téllez se esmera con sumo gusto para cautivar al lector. Dice el autor en el relato que cierra el libro y da título al mismo que “los hombres no pueden oír la Música de los Ángeles, pero sí alcanzar a intuirla... Los hombres miran el cielo en la noche, y sienten en lo más profundo de su ser el enigma de esas formas de la Música de los Ángeles..., y no saben que las múltiples formas de esas músicas están hechas para ellos”.

Este es un libro afinado y emocionante, un conjunto de artefactos narrativos breves y armoniosos que proponen una suerte de juego de adivinanzas y evocaciones sobre el gran misterio que representa el tiempo, con el propósito de ser capaz de convertir lo real y lo inventado en resonancias de la memoria como recipiente en el que está muy presente la música, las artes y los libros. Veintiuna piezas bien urdidas que, como subraya Andrés Amorós en el prólogo, “se leen fácilmente, con auténtica fascinación, pero exigen una atención demorada, para ir más allá de la anécdota e intentar captar su significado”.

La buena literatura somete a la escritura a continuas revelaciones. No hay manual, ni maneras que se le resistan cuando la toma en serio quien la ejerce. Estos relatos de Téllez contienen la cantidad necesaria de oficio, esmero y asombro para seducir al lector más exigente.