martes, 20 de septiembre de 2016

Los libros son contagiosos

Los libros son unos invasores implacables que se van adueñando silenciosamente de la casa de uno con paciencia infinita. No tardan en desbordar los anaqueles de tu librería, hasta estrechar poco a poco sus márgenes. Según pasa el tiempo, los libros se convierten, inexorablemente, en colonizadores feroces a la espera de poder asaltarnos y complacernos a demanda, según la necesidad que de ellos tengamos o el interés que les mostremos. El verdadero empeño de los libros parece que no es otro que acaparar el suelo y las paredes de la casa de todo lector entusiasta que los adquiere para abordarlos en cualquier momento. El “lector ideal”, siguiendo la estela de Alberto Manguel, es acumulativo en ese sentido: cada vez que lee un libro, lo agrega a la formación de su ejército, alineándolo para futuras misiones. Además, como diría el argentino, al “lector ideal” no le preocupan los géneros, en ese sentido, es caprichoso, sin sentirse culpable.

Leer bien –viene a decirnos Harold Bloom– es uno de los mayores placeres que puede proporcionar la soledad, porque –al menos, según su experiencia–, es el más saludable desde un punto de vista espiritual”. Uno puede leer meramente para pasar el rato o por necesidad. Los libros siempre nos esperan para complacer nuestros gustos. Ahora bien, Virginia Woolf decía, con mucho desparpajo, para que no lo olvidemos, que “el único consejo que una persona puede darle a otra sobre la lectura es que no acepte consejos”.

¿Y qué nos dice al respecto Alfonso Berardinelli (Roma, 1943) en Leer es un riesgo, recientemente publicado por el sello Círculo de Tiza? Este intelectual indómito, polémico y heterodoxo, pero a su vez crítico bien reputado en las esferas literarias italianas, viene a corroborar que los libros son contagiosos, acumulativos, colonizadores y silenciosos, y además nos advierte de que leerlos supone riesgos y de que empeñarse en dicha tarea “requiere cierto grado y capacidad de introversión y concentración”.

Leer es un riesgo es un volumen sustancioso y demoledor, un título sugerente, a modo de receta o prospecto literario, donde se recogen un buen puñado de artículos y reflexiones aparecidos en distintas publicaciones de Italia, que ponen a examen todo lo que rodea al hecho de leer, y que desarrolla, a su vez, con minuciosidad, toda una teoría acerca de la importancia vital de la lectura. Berardinelli, aun a riesgo de irritar a muchos, aborda los efectos inciertos de la literatura y la sobrevaloración de algunos afamados autores, en un texto bien armado, no exento de polémica, sobre el acto en sí de leer y sobre los cánones literarios que han forjado esa experiencia como punto de encuentro individual y universal tan común a todos ellos.

El libro, bien prologado y traducido por Salvador Cobo, arranca con una pequeña semblanza sobre el autor a cargo de Hans Magnus Enzensberger, que dice que Berardinelli es “el italiano invisible”, y desde su escondrijo observa a sus compatriotas. Los textos que agrupan esta obra están dispuestos en cinco secciones. En la primera de ellas, Los riesgos de la lectura, probablemente la parte más didáctica del libro, se adentra en los peligros y en las dificultades interpretativas del texto a los que se encaran tanto el lector como el crítico literario. Llega a afirmar con rotundidad lo siguiente: “la única función y la única utilidad que consigo verle a la lectura de obras literarias es esta: escándalo, conocimiento, evasión e identificación”.

En el siguiente apartado, Internet ya no es el paraíso, Berardinelli aborda el daño que las nuevas tecnologías ejercen sobre la experiencia de la lectura, una actividad que precisa de sosiego, de debate, y que anda distraída, sobrepasada por la avalancha y la velocidad de tanta información a la que nos enfrentamos a diario.

La tercera sección crítica está dedicada a la poesía, un género exigente que al ensayista romano le conmueve y al que le ha dedicado grandes trabajos en su carrera. Bajo el epígrafe ¿Fin de la poesía? plantea los grandes retos de siempre del género poético y el compromiso que sus creadores y el mundo de la edición han de mantener sobre este arte minoritario para evitar la banalización de publicar demasiados libros carentes de sustancia.

Con las dos últimas secciones, Italia: historia de un desamor y La tierra desolada, Berardinelli propone un repaso particular, polémico y divergente por determinadas corrientes literarias, así como por la trayectoria de algunos autores, como Umberto Eco o D.F. Wallace, sin miedo a poner en entredicho la popularidad y la calidad de sus obras.

Uno puede concluir al término de este libro meridianamente claro, beligerante y crítico sobre la escritura y el significado de leer, que la mejor manera de practicar la buena lectura es tomársela como una disciplina implícita. Los lectores, además, no somos sujetos de segunda fila en el proceso literario, y hay que admitir, como entrevé el profesor Berardinelli, que sumergiéndonos en un libro, acabamos, al fin y al cabo, dándole la razón a su existencia. Y eso, es una responsabilidad no exenta de riesgos.


martes, 13 de septiembre de 2016

El mal más próximo

La literatura que transcurre por estos tiempos anda en un continuo movimiento, difícil de parar. La instantánea de lo que hoy se publica al respecto será inevitablemente distinta de la de los próximos días, dada la cantidad de libros que promueve el mercado editorial y la velocidad de mostrarlos en el mayor número de escaparates posibles para sorpresa de sus futuros lectores, ávidos de novedades.

Ante este aluvión, nada produce más satisfacción al lector entusiasta que dar con voces narrativas nuevas, distintas, capaces de apuntar otras hechuras. Da gusto encontrarse con alguien que posee un mundo propio y un fraseo convincentes, distintos del resto de los otros narradores coetáneos, alguien con voz propia que se ocupe de mostrar un universo literario lleno de sorpresas e interrogantes, que acuda al rescate de una literatura que no juega a la doble moral ni a la equidistancia, ni que nos trate inocentemente, como si el mundo fuese mejor de lo que parece.

El debut literario de Valeria Correa Fiz (Rosario, Argentina) confirma estas premisas anteriores y viene a constatar que los doce cuentos reunidos en La condición animal (Páginas de Espuma, 2016), su primer libro, andaban como unos huérfanos indefensos emplazados secretamente a un incierto alumbramiento. En el apartado de agradecimientos, al final del libro, revela la escritora que once de sus relatos estaban ocultos en sus cajones y que vieron la luz gracias a una pregunta, que no sabemos cuál, le hizo Clara Obligado, hace tres años. Lo que sí corrobora esta confesión es que toda obra se hace antes de escribirla, cuando es proyecto, y se empieza a concretar cuando se convierte definitivamente en una necesidad de sacarla adelante por parte del autor.

Es poco probable que el lector que se adentre en estos relatos que conforman La condición animal salga de ellos sin raspaduras. Hay mucho estupor y, además, mucho sufrimiento entre las historias que albergan sus páginas. También trasluce la verdad de los pequeños hechos cotidianos de los que esta verdad deriva. Las criaturas que transitan a la intemperie por cada una de las piezas del libro andan expuestas al mundo hostil de los adultos, a las incomprensiones, a los tropiezos de la vida, a las turbaciones y sometimientos de sus prójimos, a la fragilidad de la propia existencia y al anhelo de experimentar lo insospechado en carne propia.

Doce cuentos palpitantes e inmisericordes, recogidos en cuatro secciones: Tierra, Aire, Fuego y Agua, en los que los elementos del planeta se mezclan con la incertidumbre, el dolor, el amor y el miedo de sus habitantes ante el desenlace impecable del destino, a veces cruel, y a veces necesario. En los tres primeros relatos el instinto animal pondrá en jaque a sus protagonistas: la venganza en Una casa en las afueras, los complejos y el acoso sufrido por un adolescente en La vida interior de los probadores, y la melancolía cruel del pasado de una gran guerra, a través de unos emigrantes japoneses, en Las invasiones, una pieza hermosa y conmovedora.

En la siguiente historia, Lo que queda en el aire, dos primos, un niño y una niña vivirán constreñidos la experiencia insólita para ellos de la muerte de un gorrión al que alimentaban con diligencia, mimo y amor. El quinto cuento es tan hermético como angustioso, El mensajero, un microrrelato que clama piedad y liberación ante un accidente repentino. Aún en la intemperie es una fábula triste de abandono, una cita con la muerte impertinente.

Nada tiene más fuego que la ausencia”, dice José Ángel Valente en la cita que precede al relato Regreso a Villard. Luego vendrá el cuento más largo, emotivo e intenso de la colección: Nostalgia de la morgue que es, quizá, el mejor relato del libro. En esta pieza sentimental y cruda, el tedio no se da nunca por vencido, y menos, entre las paredes de un hospital, donde todo se conjura contra el recuerdo. Allí, Aldo y Esteban, afloran un hálito desesperado de posible felicidad.

Decía el escritor portugués Miguel Torga que “lo universal es lo local sin fronteras”. Y esto es algo que ningún autor literariamente ambicioso debería olvidar nunca. Valeria lo sabe, por eso sus criaturas deambulan por lugares dispares para sentirse más universales. La escritora argentina es consciente de que escribir es siempre un camino para averiguar algo, un modo de conocer los resortes que activan la conducta humana.


Estamos de celebración ante un debut literario que dará mucho que hablar. La condición animal es un libro de relatos meritorio, una sorprendente epifanía bendecida por el talento y la imaginación, todo un ejercicio lúdico y sentimental por donde Valeria Correa Fiz se faja con destreza luciendo una prosa ágil y chispeante. El lector, como recompensa, se sentirá creador de esa corriente narrativa y copartícipe de las vidas frágiles que contiene, así como testigo de los desafiantes destinos de sus inquilinos.

martes, 6 de septiembre de 2016

Un conversador fascinante

Borges resulta ser un escritor que no tiene antecedentes. Sus fuentes literarias son infinitas. Le interesó absolutamente todo, y todo, al pasar por él, lo convirtió en literatura. Ahí radica su magia. De él han hablado voces relevantes, como Cortázar, Bioy Casares, Sabato, Piglia, Alberto Manguel, para ensalzar la importancia de su figura en las letras universales. Para muchos de ellos, ha sido el escritor más literario de todos los tiempos. Transformaba todo en literatura, en una literatura revivida, diferente, no solo de la escritura de su tiempo, sino, especialmente, del pasado. Por eso, como afirmó recientemente Vargas Llosa, Borges es una mala influencia: “como es tan original, sus imitadores se delatan inmediatamente”. En palabras del autor de Ficciones, lo fundamental para un escritor es ser auténtico: “Todo lo mío es plagio. El secreto está en saber hacerlo; de lo contrario yo recomiendo ser original”.

La gran lección del maestro Borges no obedece a una lección temática, ni de contenido, sino a una lección de escritura, de literatura universal, que se refleja particularmente en sus conversaciones. Hay que leer su obra para disfrutar de sus textos, y hay que leer lo que atinaba a decir en sus jugosos diálogos para gozar de su ingenio, de su imaginación y de su humor sarcástico. En los Diarios de su amigo Bioy Casares (Backlist, 2011), en los Diálogos con Sabato compaginados por Orlando Barone (Emecé, 1996) y en la colección de anécdotas, recopiladas durante una década al lado del escritor, por el poeta y ensayista Roberto Alifano (Buenos Aires, 1943), hay todo un arsenal inagotable de sorprendentes historias y desopilantes testimonios por boca del maestro argentino.

La editorial Renacimiento publica El humor de Borges (2016), un libro que corrobora la afirmación de su autor, Roberto Alifano, de que la extensa obra verbal de Borges compite en buena lid con la obra escrita y, por supuesto, la enriquece. Este texto, que ya fue editado en Buenos Aires en 1996, reúne un material ameno recogido de innumerables paseos, viajes, tertulias, encuentros de trabajo y situaciones cotidianas en los muchos años de amistad que ambos mantuvieron.

El libro de Alifano contiene más de ciento cincuenta anécdotas chispeantes de humor y genialidad que ilustran la teatralidad y ocurrencias del “tímido irreductible” que hizo del humor un acto deliberado al asumir los desmanes y el destino incierto de la vida. A lo largo de estas páginas vívidas aparece un Borges íntimo que divierte al lector con bromas ingenuas, con la agudeza incisiva de sus respuestas, con un ingenio sutil, malicioso y demoledor, sin menoscabo de tomarle el pelo a su interlocutor y también así mismo.

El humor de Borges es de raíz anglosajona, con la enjundia propia que extraía de aquellos escritores británicos a los que admiraba, como Chesterton, Bernard Shaw y Oscar Wilde, en los que la perspicacia y el juego de palabras encendían su sarcasmo. Hablar con Borges, un escritor propenso a lo sentencioso, “era siempre un festín de la alegría y de la inteligencia”, subraya el poeta español Luis Alberto de Cuenca en la presentación de esta nueva edición del sello sevillano. Dice Alifano en su prólogo que el sentido del humor puede ser una clave para comprender la vida, o para sobrellevarla, al menos. En el caso de Borges, tan imprevisible y singular en cada actitud o en cada reflexión, también era una forma de manejar su escepticismo. Consciente de la fragilidad de nuestra existencia –añade– se tomaba a broma muchas de las cuestiones trascendentales que algunos otros asumían inmerecidamente tan en serio. Borges –apunta Alifano– pensaba, como Bernard Shaw, que “toda labor literaria es a la larga voluntaria o involuntariamente humorística”.

En El humor de Borges el lector encontrará momentos sorprendentes de felicidad, siendo partícipe de la esencia vital, las alergias y las simpatías del gran maestro argentino de las letras, un ser excepcional, desbordante de ironía, ingenio y malicia, al que no le importó definirse como un ser incompleto e ignorante: “Soy tan ignorante que ni siquiera sé la fecha de mi muerte”.

Este es un estupendo libro, ameno y apto para un amplio abanico de lectores: para mitómanos y eruditos, para atrevidos y despistados, para omnívoros y vegetarianos. La magia de Borges es tal que nos sorprende desde una de sus vertientes literaria más sabrosas: la conversación amable, la anécdota pícara, el suspiro sarcástico de la reflexión. En definitiva, desde el humor inteligente de un conversador fascinante. Leerlo, como apostilla Roberto Alifano, involucra, en cierta medida, una necesaria cultura literaria para no despistarse impunemente.


martes, 30 de agosto de 2016

Europa en guerra

El 28 de julio de 1914, después del asesinato del archiduque Francisco Fernando, el Imperio Austro-Húngaro le declara la guerra a Serbia. Rusia, defensora de los países eslavos, se alía con Serbia. En consecuencia, el 1 de agosto, Alemania ingresa en el conflicto contra Rusia, que tiene a Francia e Inglaterra como aliados. Los extraños engranajes de estas alianzas de las potencias mundiales conducirán a las naciones a sangrientos ultimátum que acabarán, como sabemos, en una espantosa y cruel guerra en Europa.

La guerra no es un accidente: es un resultado. Nunca se mira demasiado atrás para indagar sus causas. “Ha habido tantas plagas como guerras –decía Albert Camus en su novela La peste–; pero tanto las guerras como las plagas siempre toman por sorpresa a la gente”. Al escritor francés Jean Echenoz le bastaron noventa y ocho páginas en 14, una de sus últimas novelas, para rastrear cuatro años de conflicto y condensar en un relato conmovedor lo que supuso, entre tanta pólvora y muerte, aquella contienda estúpida, que se inició en 1914.

La editorial Fórcola rescata para su Colección Siglo XX las crónicas seriadas, publicadas por Rudyard Kipling (Bombay, 1865 – Londres, 1936) en el rotativo inglés Daily Telegraph, una colaboración propagandística surgida como adhesión firme del escritor a la Administración británica ante la amenaza arrogante alemana, desde las trincheras francesas y desde las altas montañas italianas.

Crónicas de la Primera Guerras Mundial resume el clima y también el escenario de una contienda desde el lado de los aliados, que resisten los embates del ejército alemán, de la mano de un prestigioso escritor, ejerciendo de corresponsal de guerra. En cada artículo, todo tiene sentido y resonancia, y así, en cada reportaje Kipling se esfuerza por desplegar todos los recursos de su talento y de su fama para fortalecer la moral de los combatientes en el frente. A él, un hombre de otra generación, que había vivido unos tiempos en que la guerra era también una aventura y el imperio un destino, nadie tenía que convencerle de que del lado de la comunicación también se combate y se ganan guerras. Tuvo que sobreponerse a la desgracia de perder a sus dos hijos, especialmente a John, muerto en 1915 en el campo de batalla francés de Loos, y al que animó a alistarse en el Ejército británico para luchar contra la perfidia teutona. Estas circunstancias adversas lo impulsaron a escribir con mucho dolor aquellos versos tremendos que todavía perviven en la memoria histórica: “Si alguien pregunta por qué hemos muerto, / decidle que porque nos mintieron nuestros padres”.

El libro está estructurado en dos partes: Francia en guerra (1915) y La guerra en las montañas (1917), dos escenarios equidistantes en el tiempo y en el espacio, por donde se despliega la voz atemperada de Kipling, que se ciñe a extraer de aquellos infiernos el espíritu moral y combativo de los soldados, más que a relatar los episodios dramáticos y encarnizados que se suceden en los barracones con el estallido de las bombas enemigas.

Una de las virtudes salvadoras –subraya Ignacio Peyró en el excelente prólogo del libro– que encuentra Orwell en el carácter de Kipling es el “sentido de la responsabilidad” que adoptó sin ambages como principio rector de su presencia pública. Así que, llegada la hora de la Gran Guerra, esa oportunidad iba a transformarse en compromiso, y a ello se dedicó con empeño y entrega, pero también hostigado por un fuerte sentimiento de culpa, que le duró hasta sus últimos días, a causa del fatídico final de su hijo.

Estas crónicas, traducidas bajo el cuidado de Amelia Pérez de Villar, no responden al entusiasmo literario de un hombre de letras, sino a un compromiso moral de un afamado escritor dispuesto a salvaguardar los valores supranacionales en los que cree. La vida de Kipling se divide en dos actos, viene a decirnos la voz autorizada de Alberto Manguel: el primero, brevísimo, ocupa los primeros seis años de su infancia; el segundo se extiende hasta su muerte, en 1936.

Crónicas de la Primera Guerra Mundial es otra vertiente de ese período amplio y exitoso en la carrera artística de Rudyard Kipling, la del reportaje, que está en sintonía con el mérito literario del conjunto de su obra, basado en la concisión, la sutil manera de contar y esa manera tan genuina suya de expresar sus pensamientos con esa generosidad impagable que permite al lector sentirse incluso hasta más inteligente que el autor.

La obra del creador de El hombre que pudo reinar ha tenido variada fortuna: exaltada en su juventud, criticada después de su muerte, ignorada durante varias décadas, y siempre expectante, aguarda pacientemente dar entrada a un mayor número de lectores.

La historia personal, la trayectoria política de todo escritor de tanta proyección literaria como la que él gozó en vida, suele otorgarle al personaje público que representa cierta calidad infame o heroica. Los libros, en cambio, se ocuparán de salvaguardar su fama.


miércoles, 24 de agosto de 2016

Literatura para caníbales

Cada obra de imaginación literaria genera su propia verdad que no tiene por qué coincidir con la de curso legal por la que transitamos a diario. Los libros no enseñan a vivir, tan solo se aproximan a la exigencia de la vida. La obligación de las novelas es enseñarnos a soñar con otras cosas, ser ámbitos de libertad en donde se entra y se sale con absoluta independencia. Lo que debemos pedirles es que exploren por nosotros todos los universos estéticos y morales posibles.

Para llegar a sentir lo que la literatura tiene de experiencia personal de la vida, muchos lectores han tenido que olvidarse de todo lo que tenían de obligatorio aquellos primeros libros que hablaban de la historia de la literatura y que tanto contribuyeron a su formación literaria posterior, así como en que encuentren criterio propio a la hora de afrontar cualquier lectura.

Rafael Reig (Cangas de Onís, 1963) es uno de ellos. Con sus Señales de humo (Tusquets, 2016), un manual en forma de novela, o novela en forma de manual, viene a dinamitar algunos momentos estelares de la historia de la literatura castellana, poniendo mecha a algunos actores y obras de aquella versión escolástica de entonces. Ahora, con este nuevo Manual de literatura para caníbales, el escritor asturiano viene a confirmar que es tiempo de buscar un texto alternativo que narre a la vez las consecuencias de una concepción de la literatura que sea inseparable de la lectura crítica, desde la propia noción de la literatura, desde la óptica de los que la escriben, así como desde la propia naturaleza intelectual que encierran sus mitos.

El narrador y protagonista de la historia es un catedrático de literatura extravagante y lunático, que anda recluido en un sanatorio mental desde donde construye sus peripecias para viajar en el tiempo desde el medievo europeo hasta el Siglo de Oro español, para conocer a reyes y escritores, recordando sus animosas clases del instituto. Martín Belinchón, trasunto del profesor Rafael Reig, vive sus escapadas de manera animosa y radical. Sostiene que la historia de la literatura se corresponde también con esa dialéctica de lucha de clases entre la cultura popular y la alta cultura: “Clerecía contra juglares, poetas de corte y poetas de calle, auctores y anónimos, cronistas y bufones, intelectuales y cómicos de la lengua, académicos galardonados y novelistas sin suerte” (sic).

En Señales de humo hay un despliegue imaginativo e ingenioso por el bosque de la literatura española en un ejercicio erudito de espeleología creativa y crítica, que va recorriendo las diferentes obras clásicas, desde las jarchas mozárabes, El libro de Buen Amor, La Celestina y El Lazarillo, hasta Cervantes y Lope de Vega, los dos representantes más ilustres y controvertidos de las letras españolas de todo el Siglo de Oro. Viene a decirnos Reig, por boca de su desvalido y entusiasta profesor, que la literatura española no comenzó como otras con un descomunal poema épico nacional, sino con seres abandonados al romance amoroso y al disfrute carnal que se citaban en las afueras de las casas, ocultos en la penumbra.

Uno de los riesgos asumidos por Reig en este libro es que, convertir la Historia de la Literatura en una novela, llamémosla de tesis, acarrea sus problemas y sus consecuencias. El maniqueísmo entre los buenos y los malos es una de ellas. La dialéctica expuesta entre autores populares, como el francés Francois Villon, y autores solemnes, como el italiano Petrarca, a los que dedica extensos e interesantes capítulos, resulta, al menos, paradójica e incluso manipuladora. Pero está claro que en esa polémica, ya tradicional, que genera lo popular y lo culto es donde verdaderamente radica la gracia y el interés de esta chispeante obra.

Señales de humo es una novela apasionada y heterodoxa, un buen libro, erudito y, sobre todo, provocador, que destila humor y tradición, al mismo tiempo que espíritu crítico, que desafía a cualquier canon oficial desconsiderado con la literatura popular, y que viene a decirnos que un libro clásico solo lo es cuando trata de nosotros, los que lo leemos siglos después.

Rafael Reig nos entrega una estupenda novela, fresca, combativa, sarcástica y ambiciosa, que defiende un posicionamiento radical en lo político y lo estético frente a la historia de la literatura que, a su vez, tiene correspondencia con la pasión irreductible que volcamos sobre los libros y la responsabilidad crítica a la hora de interpretarlos.



viernes, 19 de agosto de 2016

La ciudad de las bombas

En el manifiesto de Hambre de realidad (Círculo de Tiza, 2015), el ensayista norteamericano David Shields nos dice que los escritores de no-ficción imaginan, los de ficción inventan. A diferencia del lector de ficción –continúa el californiano–, cuya única tarea es imaginar, el de no-ficción tiene que ir más hondo: imaginar y además creer. La ficción no obliga a sus lectores a creer, pero sí parece insinuarnos una pregunta retórica: ¿Y si esto pasara? En cambio, los buenos libros de no-ficción, como este que traemos a esta bitácora de lecturas, nos ofrecen una afirmación más compleja, que viene a decirnos, que lo que estamos leyendo ha podido suceder así.

Todo lo que pasa en Apóstoles y asesinos (Galaxia Gutenberg, 2016), el último libro del novelista Antonio Soler (Málaga, 1956), está basado en una exhaustiva documentación histórica que nos traslada a unos años negros, cruentos y conflictivos en la ciudad de la bombas, como se le conocía a la Barcelona industrial de las primeras décadas del siglo pasado, asistiendo estupefactos, como espectadores, a una época mitificada del anarquismo en la que la violencia y la amargura social perfilaban el verdadero telón de fondo de sus habitantes.

La verdad, en un volumen denso e inclasificable como este, entre la crónica novelada, la novela histórica y el relato de no-ficción, no se consigue enumerando sucesos acaecidos en un contexto determinado, sino que se logra cuando el lector alcanza la convicción de que el escritor hace todo lo posible por implicarse con lo que nos cuenta, sin ponerse del lado de sus actores. No importa qué les haya ocurrido a los personajes que atraviesan las páginas del libro, lo que importa es el sentido amplio que el autor le da a lo sucedido. Para ello hace falta no solo imaginación y talento literario, los que no le faltan a Soler, sino solvencia, audacia y sobriedad de estilo, como pone bien a prueba el autor de Las bailarinas muertas (1996), cuando narra la vida, encumbramiento y muerte posterior del héroe de su novela.

Apóstoles y asesinos es un libro amplio e intenso que aborda la fascinante y trágica vida de Salvador Seguí, El Noi del Sucre, un hombre apasionado del anarquismo que más pronto que tarde será traicionado. Autodidacta formado en los cafés anarquistas, Seguí era un devoto de Nietzsche, pero también un buscavidas instintivo de las calles, que conocía el hastío de las capas más desfavorecidas de la ciudad y la necesidad de conquistas concretas para la clase trabajadora. Predicaba procedimientos moderados, lo mismo que Ángel Pestaña. Su fuerza oratoria le valía para convencer a los congresistas obreros de que los procedimientos revolucionarios eran erróneos si no se reconducían por medio de la negociación. Pocas veces se ha visto a un hombre alzarse con tanto arrobo y magnetismo sobre una multitud. El Noi del Sucre era un agitador intelectual, un compañero consecuente, un baluarte, una bandera. Todos sentían que aquel obrero, hijo de la miseria, era una parte de ellos mismos.

Pero en la Barcelona de El Noi la vida humana y la delación tenían precio de saldo. De hecho, la moderación que hubiera podido transformar a la CNT en un sindicato respetable, tenía pocas posibilidades de prevalecer, cuando los propios patronos podían aducir, con sus prácticas matonistas, que el control de los moderados era precario, y que lo único que cabía hacer con el sindicato era destruirlo. Muchos luchadores de la causa obrera o simples trabajadores pagarían con la calderilla de sus vidas el precio de sus ideales a manos de somatenes y sicarios de la patronal o de la policía, infiltrados en sus células.

Apóstoles y asesinos es una estupenda novela comprometida con la verdad histórica del primer cuarto del siglo pasado en Barcelona, sus luces y sus sombras, marcadas por la vaguedad de los políticos, por la venganza y por la sangre derramada de muchos inocentes.

Antonio Soler firma un texto brillante y puntilloso por donde transcurre también el desafío de vivir de mucha gente perseguida y hostigada bajo la impunidad de los poderosos, obreros entusiastas que creyeron ingenuamente en la transformación social imposible del momento, acudiendo a la movilización permanente y libertaria enarbolada por sus líderes, en un período trágico de nuestra historia pasada, que trajo consigo mucho dolor, infamia y fracaso colectivo.


sábado, 13 de agosto de 2016

Ir a contratiempo

No cabe duda de que escribir un buen libro de poesía es una tarea dura y exigente. Conseguirlo es una dicha indescriptible para el artista, y un placer incomparable para el lector. No existe ningún objeto acabado más bello que un buen poema, ni existe, tampoco, nada más difícil de olvidar y que viva tanto tiempo en el recuerdo. Gran parte de los malos poemas que malviven se han escrito en nombre de la sinceridad, de la belleza y de los buenos sentimientos, como si eso por sí mismo bastara. La eficacia del poeta se encuentra en aquello que nos explica, aquello que no sabíamos y que cuando volvemos a mirar ya no parece lo mismo que antes, sino algo más completo e iluminado, incluso cuando el poema infiere sobre nosotros mismos.

Itziar Mínguez Arnáiz (Baracaldo, 1972), escritora, guionista de televisión y licenciada en derecho, abandonó la toga para hacer lo que quería: justicia poética, razón válida y suficiente para poder contar la particularidad de sus historias, una tarea incesante y contenida, que ha ido desparramando durante dos lustros. Su voz, la de una letrada letraherida, artífice en extraer esquirlas de lo cotidiano, sin necesidad de gritar, ni desparramarse en alambicados alardes de virtuosismo, propone una manera de estar en el mundo, atenta a todo, sensible a todo y, en especial, a los lectores que no somos expertos en la formalidad ni en los recursos del género, pero ávidos de descubrir la realidad poética que destilan las pequeñas cosas que nos rodean.

Después de una década productiva escribiendo poemas, iniciada con la publicación de La vida me persigue (Renacimiento, 2006), galardonada con el Premio Surcos de Poesía, un diario poético demoledor en el que su protagonista, un hombre abatido, resuelve dejar de dar cuerda al reloj de su vida poniendo fin a su existencia, vendrán también otros poemarios como, Cara o Cruz (Huacanamo, 2009), una historia inacabada expuesta al aciago destino de un narrador aturdido o Cambio de Rasante (Baile del Sol, 2015), un libro hermoso y reflexivo, germinado desde los instantes efímeros de los días y las horas que ocupan los tramos de toda vía existencial por donde, inevitablemente, aparecerán otros perfiles que sortear.

Su último libro, Que viene el lobo (La Isla de Siltolá, 2016), llega con el estreno de otro reconocimiento, el I Premio de Poesía Nicanor Parra, un salvoconducto que acrecienta la trayectoria de su poesía. En esta ocasión, la poeta vizcaína reúne cincuenta poemas breves e intensos por donde transita su visión poética de las cosas cotidianas y su manera de concebir la estructura de sus poemas, sin puntuaciones, dispuestos para que el lector los entone con sus propios puntos y comas. El ritmo le viene dado por los huecos bien marcados de sus estrofas. Todo parece minúsculo, pero intenso. Los silencios también hablan. Itziar es una poeta fácil, pero exigente. Fácil, porque es capaz de describir la complejidad con palabras sencillas, esas que usamos todos los días:

Has llegado tarde
a todo lo que importa
y todo lo que importa
ha llegado tarde a ti

Exigente, porque sabe cómo infiltrar esas palabras justas y medidas en la conciencia del lector, cómo arrastrarle a la pesadumbre, a la duda razonable de interpretar los tiempos y contratiempos que se precipitan:

Si no sabes cómo llegar
pregunta

si no sabes qué preguntar
estás perdido

La poesía de Itziar Mínguez es pura y desnuda, desprovista de retórica, íntegra y emocionante. El lector de sus libros penetra en un mundo coherente, sin estridencias y singularizado, en el que se respira una manera de observar, vivir y contar las cosas comunes a todos.

Cuando uno llega invitado por el azar de los días a leer un libro como este, de una de las poetas más reconocidas y atinadas del panorama literario actual del país, descubre, para asombro propio, que la poesía puede situarse en el punto de cruce y conexión que hay entre la experiencia del autor y la del resto de los mortales que viven la misma historia, aunque no sean consciente de ello. Dichoso de quien vaya a su encuentro para comprobarlo y solazarse.