jueves, 5 de noviembre de 2026

Las perplejidades del vivir


La mirada sagaz, irónica y siempre penetrante del escritor y columnista Ignacio Peyró (Madrid, 1980), autor de una obra ya considerable en la que sobresalen títulos como Comimos y bebimos (2018), los diarios Ya sentarás cabeza (2020), la biografía El español que enamoró al mundo (2025), sobre Julio Iglesias, o el monumental diccionario de cultura inglesa Pompa y circunstancia (2014), vuelve a hacerse presente con la publicación de Qué hacemos con los domingos por la tarde (Libros del Asteroide, 2026), que lleva por subtítulo Apuntes sobre la vida adulta. El propio autor advierte, en las primeras páginas, que esta ha sido su obra más lenta. Y no le falta razón porque los textos que la integran proceden de una serie de artículos publicados en El País Semanal desde 2022, escritos a lo largo de un tiempo que, según sus propias palabras, lo han acompañado «por un buen trecho de la mediana edad».

El volumen reúne más de cuarenta textos, agrupados en ocho itinerarios que se adentran por algunas de las grandes cuestiones de la existencia, como son el tiempo, el amor, la familia, el silencio, los viajes, la lectura, la soledad, la compañía y el aprendizaje de vivir. Estos apuntes sobre la edad adulta componen un delicado mapa de afectos y recuerdos por el que Peyró transita con hondura, humor e ironía. Sus páginas rescatan escenas cotidianas que el paso del tiempo reviste de significado, entre la memoria y la lucidez, la melancolía y la observación. Una mirada a lo vivido que encuentra precisamente en esas tardes de domingo, suspendidas entre la nostalgia y la incertidumbre, una de sus imágenes más certeras.

Pese a ese aire de resignación dominical, el autor reivindica la importancia de vivir cada jornada con plenitud. Ahora, en la mediana edad, cobra mayor conciencia de que «nos convertimos en hijos del tiempo», nos dice. Y añade: «ahora llegan las once de la noche y ya, más que un gin-tonic, lo que apetece es un abrazo». La vida encoge, titula uno de sus artículos, y de ahí que «haya otras lecciones de la edad: nada nos anima a pelear como tener todo que perder». En ese tránsito hacia la madurez, reconoce que no sabemos tanto de la vida, «que estamos llamados a hacer bien una o dos cosas, y seremos mediocres en las demás», sentencia. De ahí también su empeño en reivindicar el placer de leer: «de alguna manera, vivir está bien, pero leer está bastante mejor».

Quizá el verdadero punto de inflexión del volumen resida en esa reflexión sobre el arte de hacerse mayor, que combina la mirada íntima con la observación universal de lo cotidiano y reivindica, al mismo tiempo, la literatura como refugio frente al ruido de la vida contemporánea: «Dura más lo que apasiona a uno que lo que entretiene a mil. Ahí está, por ejemplo, toda la historia de la literatura para demostrarlo». Una concepción hedonista de la existencia atraviesa, además, el conjunto de todos estos textos que inciden en que hacerse mayor consista, sobre todo, en aprender a disfrutar de una felicidad menos espectacular, pero más auténtica y próxima, hecha de pequeños placeres, como tomar un café o una copa de vino, un buen aperitivo, los viajes, las conversaciones, la amistad, la soledad y la lectura.

Ignacio Peyró se inscribe en la tradición española del articulismo literario, junto a nombres ilustres como Clarín, Julio Camba, Josep Pla, Umbral o Manuel Vicent, donde la perspicacia, la cultura, el talento para conectar con la realidad y el placer de escribir importan tanto como el asunto que se aborda. Peyró recoge el testigo de estos grandes columnistas con ironía y elegancia, lejos de cualquier pose de intelectual solemne. Le interesa cultivar una melancolía atravesada por el sentido del humor, consciente de que la vida tiene sus pequeñas tragedias, pero también sus momentos de aperitivo, capaces de reconciliarnos con ella: «Llega un momento en que sabes que en tu vida ya no va a mejorar nada que no seas tú». En una época en la que casi todos vivimos pendientes de las redes sociales, reivindica el sosiego de un libro entre las manos y el placer de ser dueños de nuestro tiempo.

El lector encuentra complicidad en muchas de las frases e hipérboles que pueblan estas páginas y que lo interpelan desde esa mezcla de emoción y celebración de la vida que da sentido y aliento a la literatura. Una escritura que nace de la identidad de quien la firma y convierte el paso del tiempo, observado desde el universo íntimo y cotidiano, en una suerte de conjuro compartido. Esa es una de las virtudes de la literatura, en cualquiera de sus géneros y formatos, ofrecer al lector nuevos estímulos y otras formas de mirar. Un buen libro de artículos, como este, invita precisamente a ello, a discernir lo esencial y a recorrer, con una mirada propia y humana, esa senda que se adentra en la vida y sus contradicciones.


Eso es lo que transmite Peyró en sus apuntes, una forma de reconocerse en el paso del tiempo a través de una prosa rica y precisa, sembrada de frases que invitan a pensar y, lejos de la seriedad trascedente, sabe arrancarnos una sonrisa. Su mirada convierte la realidad íntima y cotidiana en un espejo en el que muchos podemos reconocernos. En textos breves y sustanciosos, explora el mundo, nos retrata y nos pellizca con ingenio: «creemos que la alegría está lejos de casa, hasta que el círculo se cierra y sabemos que no hay nada como un domingo en casa de tus padres». Ahí reside la virtud de este libro, en recordarnos, con inteligencia, humor y afectos compartidos, que la vida no está hecha de grandes gestas, sino de esos pequeños momentos que, al final, lo son todo.

martes, 3 de noviembre de 2026

Leer para vivir


La vida admite muchas lecturas. Es algo que todos sabemos, aunque no siempre nos detengamos a descubrir hasta qué punto. Los libros nos invitan precisamente a esa tarea, a mirar de otro modo, a ensanchar nuestra experiencia y a descubrir cuánto permanece oculto bajo la apariencia cotidiana de las cosas. Un libro es, en cierto modo, un territorio del que el autor dispone para que el lector lo recorra. Pero también es un espacio abierto, sin fronteras definitivas, que cada cual puede habitar a su manera, y desde cualquier lugar. Nos acompaña en la mesa de trabajo, en el sillón o en la cama, en el autobús, en un banco de la plaza o en la quietud de un café. Siempre está ahí, dispuesto a ofrecernos una puerta de entrada a otros mundos y, al mismo tiempo, a una comprensión más profunda del nuestro.

Quien no lee, decía Ramón Eder, ignora lo que se pierde. La lectura engendra el deseo de seguir leyendo, abre nuevos caminos y alimenta una búsqueda que nunca termina. Porque para leer no se necesita tanto disponer de tiempo como sentir el deseo de hacerlo. Además, ningún libro revelará por sí solo el tesoro que guarda entre sus páginas. La lectura exige, ante todo, la voluntad de entrar en ella y dejarse llevar. Quizá por eso los libros constituyan uno de los regalos más generosos que podemos hacernos, nos ofrecen palabras para nombrar lo que sentimos, ideas para comprender lo que nos rodea y caminos para llegar adonde, por nosotros mismos, tal vez nunca hubiéranos llegado.

El libro que acaban de publicar Nazareth Castellanos (Madrid, 1977), licenciada en Física Teórica y doctora en Neurociencia por la Universidad Autónoma de Madrid, y Antonio Basanta, doctor en Literatura Hispánica por la Universidad Complutense de Madrid, bajo el evocador título de Un regalo de los dioses (Siruela, 2026), constituye un hermoso canto a la lectura como acto de libertad y descubrimiento. Construido en forma de diálogo, el ensayo nos recuerda desde sus primeras páginas que «aprendemos a leer viviendo y escuchando lo que otros han leído», y reivindica el valor de esa herencia compartida por la que «la lectura de los demás se incorpora a la nuestra». Sus autores nos invitan así a descubrir que leer es mucho más que descifrar palabras o desentrañar el sentido de un texto: es interpretarlo, ponerlo en relación con nuestra experiencia y nuestros conocimientos, dejar que dialogue con lo que somos y permitir que transforme, aunque solo sea un poco, nuestra manera de mirar y comprender el mundo.

A medida que avanzamos en sus páginas, Castellanos y Basanta van desentrañando las múltiples dimensiones de la lectura para mostrarnos cómo, cuando esta nos acompaña, la vida cotidiana deja de ser únicamente aquello que nos sucede. A nuestro mundo se incorporan entonces otros horizontes, descubrimientos y emociones que acaso nunca habríamos imaginado experimentar. Porque leer es también tejer complicidades, entablar conversaciones silenciosas, compartir confidencias y secretos que solo las palabras saben desvelar. Es precisamente en ese encuentro, en ese diálogo íntimo entre quien escribe y quien lee, donde reside la verdadera riqueza de la lectura. Como apunta Nazareth Castellanos, «leer no es ver, es utilizar la visión para hablar».

El ensayo reúne, así, dos perspectivas complementarias: la de la neurociencia y la de la filología, dos disciplinas que, desde sus respectivos territorios, convergen en una misma convicción: leer es una de las experiencias que más profundamente contribuyen a transformarnos como seres humanos. De ahí que una de las ideas que vertebran el libro pueda resumirse en esta afirmación: «somos lectores porque somos humanos y somos humanos porque somos lectores». A partir de esta premisa, los autores exploran cómo la lectura interviene en nuestra propia biología, ensancha nuestra percepción y modifica nuestra manera de relacionarnos con los demás. El título del libro adquiere entonces todo su significado: la escritura y la lectura constituyen un regalo extraordinario que la humanidad se ha hecho a sí misma, una herencia de palabras capaz de multiplicar nuestras vidas, ampliar nuestra panorámica y hacernos un poco más humanos.

Un regalo de los dioses es, sin duda, un hermoso título de resonancias mitológicas. Cuenta la tradición que Cadmo regaló a Harmonía, con motivo de su boda, las letras del alfabeto, un obsequio extraordinario que encierra una posibilidad casi mágica de combinar unos pocos signos para dar vida a infinitas palabras, historias y mundos para ensanchar nuestra mirada y transformar nuestra manera de pensar, imaginar y representar cuanto nos rodea y nos importa. Hoy cobra aún más sentido frente a una sociedad que parece empeñada en acelerar el ritmo de nuestras vidas, ajustar cada vez más el cronómetro y robarnos el tiempo necesario para detenernos, pensar y reflexionar.


Basanta y Nazareth firman un delicioso ensayo divulgativo, ameno y, al mismo tiempo, reivindicativo, que entrelaza conocimientos científicos con reflexiones filosóficas y literarias. Un regalo de los dioses invita a defender la lectura como una experiencia imprescindible y emancipadora mediante una conversación sugerente y jugosa convertida en memoria, observatorio y andanzas, y, sobre todo, una emotiva proclama de lo que supone leer, un verbo gigante, un infinitivo que conjuga la vida de cualquiera. Ya lo creo que sí.

martes, 27 de octubre de 2026

Lazos indelebles


La relación entre padres e hijos es uno de los grandes temas de la literatura, un vínculo donde confluyen la identidad, el afecto, la culpa y las heridas familiares. En él, la figura materna ocupa un lugar esencial, ya sea como refugio protector o como presencia dominante, cuya influencia marca profundamente la construcción del yo. Tanto su dominio excesivo como su ausencia pueden dejar huellas difíciles de borrar. Así, el hijo emprende una búsqueda de sí mismo entre el deseo de emancipación y el peso de sus orígenes, conciliando o rompiendo la herencia emocional recibida según su particular manera de entender el mundo. No cabe duda de que la figura materna imprime carácter y se convierte, de este modo, en un eje fundamental y simbólico desde donde explorar la identidad y los entresijos afectivos de cualquiera de nosotros.

La pintura Madre y niño en el parque, de Auguste Macke, que ilustra la portada del nuevo libro de Ana Rodríguez Fischer, se presenta como un pórtico hermoso y colorido, de aparente felicidad. La escena, luminosa y casi paradisíaca, contrasta con el título y el universo narrativo dispuesto en La oscura historia de mi madre (Siruela, 2026), donde la escritora y crítica asturiana explora los vínculos maternos, tan indelebles como complejos, a través de las voces de ocho grandes artistas de la historia europea: Hölderlin, Baudelaire, Van Gogh, Rimbaud, Virginia Woolf, Marina Tsvietáieva, Irène Némirovsky y Marguerite Duras. Precisamente, la tensión entre la presencia y la ausencia materna es lo que vertebra todo el sentido de esta obra que indaga en las heridas y los claroscuros de esos lazos primordiales.

Por medio de ocho cartas expositivas y liberadoras, Rodriguez Fischer se mete en el interior de sus mentes para destaparnos ese yo existencial y artístico de cada uno de los personajes, tan cargado de motivos, dejando ver muchos de los resentimientos, pesadumbres y disquisiciones que lastraron o enriquecieron sus vidas. A través de ellas, el lector se adentra en la intimidad de sus hogares, con la necesidad de volver la mirada hacia su pasado y evocar su condición de hijo. Escrita en primera persona, a través de confesiones íntimas que adquieren la forma de hondos soliloquios, cada uno de ellos se dirige a su propia madre, en un último intento de rescatar la memoria, contar sus sentimientos y reproches, y apelar a esos ecos que, aún, persisten latiendo en sus vidas.

Como si todo brotase de una herida abierta que nunca lograron cerrar, estos artistas van dando respuesta a una cuestión determinante al examinar en el pasado de cada uno de ellos la relación mantenida con su madre, sin dejar resquicio al autoengaño, sin ataduras, con la sola idea de revisar y liberar todo ese cúmulo de adversidades y afectos quebrados que aún resuenan. No está en la mente, ni en el propósito de Rodriguez Fischer escribir una novela histórica, ni un fresco biográfico sobre estas figuras de la cultura. La oscura historia de mi madre construye un espacio narrativo en el que sus voces, junto a sus vivencias familiares y trayectorias artísticas, concluyen en instantes cruciales de su intimidad más reveladora. Aquí, al escritor o al artista, sin dejar de mostrarse como creador de su obra, lo que más le importa es reconocerse sencillamente como hijo, con la necesidad de ponerlo todo en palabras, en una carta a la madre, tan íntima como liberadora.

Con una estructura narrativa bien medida, cada monólogo interior alcanza una tensión sostenida que mantiene al lector en vilo. La voz narrativa es la encargada de poner todo su protagonismo desnudando sentimientos, iluminando zonas oscuras y convirtiendo la introspección en el verdadero motor del relato. La elección de sus protagonistas, cuatro hombres y cuatro mujeres, pertenecientes a distintas épocas y universos creativos, revela el acierto de Rodriguez Fischer al reunir a un grupo de ellos cuyo legado trasciende su tiempo y su obra. Su mirada, guiada por una curiosidad genuina y gusto personal, incorpora detalles biográficos de los protagonistas que, lejos de quedar en la mera evocación, cobran vida a través de la ficción.

Por estas páginas desfilan madres posesivas, soberbias y altivas, mujeres a menudo heridas por sus propios desvelos, cuya vanidad y exigencias terminan por ensombrecer la vida de sus hijos. Son ellos quienes, desde la memoria y la palabra, dan motivos a nombrar esas heridas y a desentrañar sus ataduras. Cada capítulo nos invita así a explorar una relación que, con sus luces y sombras, nos hermana en nuestra condición de hijos. Pero el libro nos brinda, además, el privilegio de regresar a Baudelaire, Virginia Woolf, Marina Tsvietáieva o Van Gogh, desde una mirada más íntima y humana, allí donde la grandeza del artista convive con la fragilidad de quien nunca deja de ser hijo.


En definitiva, La oscura historia de mi madre es un libro vibrante que se lee como una novela, tan lírico como luminoso, un libro que transita entre la memoria y la ficción, entre la vida y la literatura, para recordarnos que escribir también es una forma de mirar la existencia, propia o ajena, y tratar de comprenderla. Una obra que confirma que “la literatura es un paraíso inagotable”, como sostiene su autora, un espejo en el que reconocernos y una vía para dar nombre, al fin y al cabo, a aquello que parecía inefable.


miércoles, 21 de octubre de 2026

Bestias amenazantes


Los libros buenos son irregulares. No avanzan por terrenos lisos ni prometen un consuelo inmediato. Tienen aristas, zonas pantanosas, desequilibrios, contradicciones que no se resuelven con facilidad. Los libros que no lo son, en cambio, suelen ser plácidos. Mantienen desde el principio el planteamiento con el que comenzaron, no se arriesgan a complicarse y conducen al lector por un camino seguro de vuelta a casa. Y es cierto que llegar sano y salvo a casa tiene su valor, nadie lo negaría. Pero también es sano perderse y poner un poco en peligro eso que llamamos vida. Hay libros que no buscan tranquilizarnos, sino sacudirnos. Libros poblados por personajes aborrecibles, turbios, moralmente inasibles, capaces de sacarnos de nuestras casillas como bestias amenazantes.

En la nueva novela de Raúl Ariza (Benicàssim, Castellón, 1968), la indiferencia resulta imposible. Fraternal (Alrevés, 2026) es un libro en el que el contexto ejerce una influencia brutal, unificadora y dominante sobre los personajes y la trama, manteniéndonos en una tensión sostenida hasta el final. El lector acaba compartiendo las compulsiones, las vilezas y la vida interior de unos protagonistas cuyas existencias discurren por las aguas oscuras del pasado familiar, la soledad y la muerte. Bajo el conflicto, la imaginación y la invención que dan forma a la historia, destaca el ritmo, verdadero sello del estilo de Ariza. El autor antepone el ritmo narrativo porque entiende que está antes que las palabras. Es el ritmo quien hace que estas encajen y avancen hacia el destino del libro, que no es otro que contarnos la historia desoladora, terrible y nada fraternal de dos hermanos.

Podríamos situar Fraternal dentro de los parámetros de la novela negra. En ella hay realismo crudo, personajes moralmente ambiguos y una atmósfera sórdida, aislada y opresiva. Sí, pero el centro de la historia no reside en descubrir a un culpable. No hay investigación, ni detective, ni propósito de esclarecimiento. Hay, en cambio, una mirada observadora que se instala desde dentro en la vida de dos hermanos tenebrosos y violentos, cuya fraternidad es un despropósito y cuyo pasado familiar, quebrado y hundido, “se pudre bajo tierra”. Sergio y Rubén son seres resentidos y misóginos que comparten una finca heredada y una casa en el pueblo: “No se llevan bien, nunca lo han hecho, pero a pesar de ello se pusieron a vivir juntos”. Sergio, el mayor, es áspero, hermético y metódico; Rubén, el menor, impulsivo, deslenguado y torpe. En ambos late un odio exacerbado hacia las mujeres que la novela no presenta como anomalía genética, sino como herencia, el legado de un padre maltratador cuya sombra sigue organizando, desde la ausencia, la vida de sus hijos.

El libro adopta una estructura fragmentaria y una extensión breve que hacen de su lectura una aproximación ágil, intencionada y progresiva al devenir del horror cotidiano, el cual va aflorando capítulo tras capítulo. No existe, por tanto, una trama policial, sino una tensión inusitada, sostenida por lo que sus personajes tejen, callan, repiten y manejan en sus vidas particulares. El título resulta deliberadamente ambivalente. Alude al vínculo de sangre que une a los protagonistas, pero también a esa otra hermandad, perversa, que ambos practican y encarnan, cada uno a su manera. Sergio es controlador, calculador y escurridizo; Rubén, en cambio, es iracundo y nada racional. Sin embargo, esta palpable diferencia temperamental no los separa moralmente, sino que revela dos versiones de un mismo perfil de dominio.

Ariza recurre, junto al narrador en tercera persona, a la voz en segunda persona en numerosos pasajes. Mediante acotaciones que funcionan como sangrados, hace oír la conciencia de los dos hermanos. Este recurso, sostenido a lo largo de muchos capítulos, constituye uno de los rasgos más destacables de la novela: altera brevemente el ritmo de la narración y despierta en el lector una atención especial hacia aquello que queda entredicho, callado por uno, por otro o por ambos a la vez. Pero, si algo exige nuestra mirada, es la finca: “El caso es que muchos días… la finca de los hermanos huele a suciedad y podredumbre, a descomposición y cosas malas, a muerte… y otros vapores malignos en los que se sospecha está envuelto el mismísimo infierno”.


Raúl Ariza convierte la fraternidad en una espiral tóxica y violenta que no nace de un hecho externo, sino del roce continuo entre dos seres aborrecibles, unidos por una misma herencia, la de un padre ausente y dominante que, incluso muerto, sigue operando en la voluntad quebrada de unos hijos humillados y ofendidos. Diría que estamos ante su novela más dura y profundamente simbólica de todas las que ha escrito hasta el momento, una obra en la que se reconoce aún más su poética característica de escritura contenida, seca y punzante, atenta a los pliegues más oscuros del alma humana.

En resumidas cuentas, Fraternal es un libro perturbador que zarandea la masculinidad desde el propio marco familiar y es justo este nudo fraternal el espacio donde la violencia aprende, por imitación, a parecer natural. Tremendo.

viernes, 16 de octubre de 2026

Sin salir de casa


En la literatura, la agorafobia suele aparecer menos como una patología clínica que como una metáfora del encierro, el trauma y la pérdida. El mundo se reduce entonces a una casa, una habitación o un umbral que resulta imposible de cruzar. La casa deja de ser refugio para convertirse en escenario total de una vida enclaustrada: observatorio desde el que se mira el afuera, laberinto donde la conciencia se pierde y espacio de una vigilancia obsesiva sobre uno mismo. Esa imposibilidad de salir condensa, con frecuencia, una herida anterior que el cuerpo convierte en frontera. Así, la agorafobia pone en cuestión la idea misma de libertad, la de recuperar la calle, el contacto con los demás y la propia vida, que no consiste solo en franquear una puerta, sino en reconquistar un espacio interior que el dolor ha clausurado.

Todos duermen (Tusquets, 2026), la nueva novela de Rosa Ribas (El Prat de Llobregat, Barcelona, 1963), transcurre íntegramente en una casa cuyas puertas no conocen cerrojo alguno. Sin embargo, en ella vive alguien que ha decidido no volver a salir: Ana. Huérfana desde que sus padres se despeñaron con el coche por un acantilado, Ana habita recluida en la planta superior de la casa familiar, bajo el cuidado de su hermana mayor, Elisa, y de la abuela. Padece agorafobia, y la calle se le presenta como una frontera imposible de flanquear, no por una amenaza exterior, sino por la más severa de todas, la que ella misma se ha impuesto, sin remisión. Y cada mes, con la puntualidad de un ciclo lunar, el accidente regresa inevitablemente a su memoria en forma de ansiedad, sobresaltos o destellos de pánico.

Ana, protagonista y narradora en primera persona, lleva cinco años conviviendo con esa dolorosa secuela familiar. La sobrelleva a duras penas mientras ejerce como traductora. Es una lectora entusiasta del diccionario y, en particular, de los sustantivos, como ella misma confiesa: “Siempre acudo corriendo al diccionario cuando la cabeza se me enreda. El diccionario es un bálsamo. Me consuela cuando la incertidumbre me desconcierta. Me da palabras, sobre todo sustantivos. Adoro los sustantivos, las palabras que conceden existencia, que crean el mundo. Y me lo explican.” Sin embargo, esa inclinación hacia las palabras no la impulsa a abandonar su encierro. Todo lo contrario, Ana permanece cautiva de la casa, de los objetos, de los recuerdos y de aquellos pequeños detalles anteriores al accidente que aún la retienen.

La novela convierte la habitación y toda la casa familiar, no solo en protagonistas, sino en un espacio cargado de memoria, donde cada objeto y cada silencio parecen obedecer a una lógica de causa y efecto. La voz de Ana transmite una angustia tan honda que el lector acaba participando de su zozobra y percibiendo, conforme avanza el relato, la desazón y la amenaza que reverberan en aquel interior, incluso cuando nada extraordinario ocurre entre sus cuatro paredes. Del duelo se pasa, poco a poco, a la revelación. Ana empieza a entrever los aspectos soterrados de la versión oficial sobre la muerte de sus padres, y esa intuición la obliga a mirar de frente lo que no quiere, o no se atreve a reconocer, no solo la verdad del accidente, sino también aquello que permanece oculto en su propia historia y en la de su familia.

Rosa Ribas construye una intriga psicológica inteligente y perturbadora, cuyo máximo valor literario no reside tanto en el enigma que articula la trama, como en la manera en que convierte la casa, el duelo y los diálogos en espacios donde se dirime la verdad de lo no dicho. Allí, los silencios se vuelven fuente de opresión y sospecha. Ribas transforma lo doméstico en territorio inquietante valiéndose de un relato oscuro, contenido y finamente entrelazado, en el que el lenguaje funciona como un espacio de poder y de verdad. Con esta novela, de prosa clara e incisiva, la autora catalana confirma su lugar entre las voces más perspicaces de la novela española contemporánea.


Para cerrar, diría que el lector de Todos duermen se encuentra ante una novela esencialmente inquisitiva, un relato psicológico ágil, sostenido por una narradora marcada por un descalabro familiar y por “el vértigo que provoca la arbitrariedad del lenguaje”. Ana parece, en apariencia, la menos capacitada para desentrañar la verdad; sin embargo, su encierro, su memoria traumática y su desconfiada insistencia en saber la convierten en una superviviente y en el contrapunto de lo que su hermana Elisa prefiere: dejar dormir lo acontecido, no despertar el pasado.


 

miércoles, 14 de octubre de 2026

Habitación 307


Una de las razones por las que el escritor escribe, nos recuerda Grace Paley, es la posibilidad de fingirse experto en algún aspecto de la vida del que, en realidad, no sabe nada. El escritor escribe para explicarse a sí mismo el mundo y quizá escriba más cuanto menos sepa. Las palabras no son la realidad, pero la persiguen. Lo intentan siempre. Por eso, cuando el escritor las abandona y regresa a su vida normal, puede sentirse extraño ante ella, incluso forastero. Tal vez esa sensación esté reservada a unos pocos elegidos que saben que escribir es una larga travesía para contar algo, un empeño incierto y, en gran medida, desafiante. Por eso, el buen lector debe aceptar el envite de la literatura sin prejuicios, estar dispuesto a dejarse seducir, y aun sacudir, por el texto que se interpone entre lo leído y él mismo.

La literatura es, ciertamente, una de las grandes mediadoras de nuestro sentir, que nos invita a participar de su atención al mundo y responde, con frecuencia, a ese reclamo íntimo de buscar el sentido a la existencia que todos llevamos dentro. Esa capacidad se intensifica cuando el libro procede de la estirpe de un escritor como Jon Fosse (Haugesund, Noruega, 1959), cuya prosa y estilo ejercen un atractivo particular, junto con la descripción del paisaje escandinavo que evoca y los conflictos que atraviesan la vida de sus personajes. El universo de Fosse constituye un territorio literario de extraordinaria fertilidad, dominado por una intimidad radical. En él transitan personajes solitarios, paisajes nórdicos, silencios y repeticiones que transforman lo cotidiano en una experiencia de hondura metafísica.

Tanto en su narrativa como en su teatro, Fosse se empeña en dar voz a aquello que se resiste a ser dicho, una aspiración que la Academia Sueca destacó al concederle el Premio Nobel de Literatura en 2023. Esa vocación se hace palpable en Hotel Vaim (Random House, 2026), publicada recientemente en castellano, bajo la cuidadosa traducción de Cristina Gómez Baggethun. Se trata de una fábula existencial que despliega una historia de misterio trepidante, tan sorprendente como hipnótica. En esta novela encontramos a su protagonista, un viajero, conocido únicamente como el Huésped, que llega por azar a un hotel prácticamente vacío. Lleva consigo un bolso de cuero y un par de maletas. Sin embargo, no recuerda con exactitud qué guarda en su equipaje, ni sabe cuánto tiempo permanecerá en aquel lugar, ni qué circunstancias lo han conducido hasta la habitación 307, donde se encuentra.

Brita, la dueña del hotel, es un personaje inquietante, una mujer autoritaria, escurridiza, imposible de descifrar del todo. Parece reconocer al Huésped, como si compartieran un pasado que él no puede, o no quiere recordar. Insiste en que jamás la ha visto. Esa negación no disuelve la sospecha, sino que la intensifica, abriéndose entre ambos una grieta de memoria, culpabilidad e identidad que el relato se niega a esclarecer. A medida que avanza su estancia, el Huésped va perdiendo, de manera casi imperceptible, aquello que lo definía como individuo. Primero son sus pertenencias, que se dispersan, se confiscan o cambian de manos; después, su voluntad, que es sometida a reglas, tareas y decisiones que no ha tomado.

Termina convertido en empleado del propio hotel al que llegó como cliente, sin más. El desplazamiento es doble y revelador, pasando de huésped a trabajador, de sujeto autónomo a pieza funcional de unas circunstancias que lo retienen y que ya no puede revertir. El hotel y el pueblo, a los que ha llegado por azar, actúan así como una trampa silenciosa. No lo retienen a la fuerza, sino mediante hechos concatenados, obligaciones y vínculos que se van precipitando hasta volver imposible su partida. Cada episodio lo ata un poco más a ese espacio y a esa comunidad, mientras sus sentimientos se erosionan inevitablemente, sin saber del todo quién es, qué le pertenece, ni hasta qué punto su versión de los hechos conserva alguna razón de ser.

Hotel Vaim es la segunda novela ambientada en la pequeña localidad imaginaria de los fiordos noruegos que Jon Fosse ha convertido en santuario casi espiritual de su universo narrativo. Encontramos en ella mucho del absurdo de Samuel Becquet en los diálogos de sus protagonistas, cercanos a lo inexplicable e imposible de solventar, mostrando cómo la conciencia, bajo una experiencia de desconcierto, memoria y extrañeza, puede dar cobijo a otro mundo no esperado. El libro explora la fragilidad de la identidad cuando alguien se encuentra fuera de su lugar habitual. Fosse plantea que el yo no es algo estable, sino que se reescribe entre lo que se sabe y lo que se teme, entre la vigilia y el sueño, entre el azar y lo imprevisible.


En síntesis, Hotel Vaim debe leerse como una fábula de misterio que aborda la extrañeza de existir y la sensación de sentir sus vacíos y silencios. La prosa de Fosse ayuda a ello, por su cadencia, minimalismo y sentido circular, provisto de un monólogo interior de frases largas que, incluso, vuelven sobre sí mismas para matizar lo dicho. La repetición se convierte en un recurso persuasivo que nos llega a los lectores como una plegaria entre lo narrado, el pensamiento y el habla. Fosse, de nuevo, vuelve a fascinarnos, con su sencillez y hondura.

lunes, 12 de octubre de 2026

Una enigma llamado Bob Dylan


Dylan cumplirá 86 años en mayo del próximo año. Su primer disco se publicó hace 64, y su obra musical suma ya 39 álbumes de estudio, además de numerosas grabaciones en directo, recopilatorios y entregas de su serie de archivos. Ha sido glosado, mitificado, denostado, asediado y odiado, pero pocas veces comprendido. Todavía sigue siendo un misterio, pese a que mucha gente asegura poseer la clave de un personaje sin cuya existencia la cultura del rock habría sido otra. Acercarse hoy a su enigma exige recuperar algo de la juventud de entonces y entender todo lo que ocurría en la sociedad estadounidense de aquellos años: el asesinato del presidente J. F. Kennedy, una dura recesión económica, la crisis de Cuba, la irrupción de la guerra de Vietnam, la rebelión estudiantil y, por supuesto, la lucha por la integración racial.

Bob Dylan explotó como ningún otro músico popular de su tiempo el lenguaje de la vida contemporánea en Norteamérica, entrelazando la tradición del folk y el blues con la literatura y el rock. Con él, el pop adquirió una nueva madurez y una consistencia hasta entonces desconocida. Introdujo en el mercado de masas a toda una generación y trascendió referencias culturales que habían permanecido reservadas a minorías rebeldes, como los beats. Al igual que Elvis Presley, Mick Jagger o Jim Morrison, supuso una auténtica conmoción social; pero, al menos hasta 1966, fue más lejos que casi todos los demás. Poeta del rock, laureado, doctor honoris causa por la Universidad de Princeton y Premio Nobel de Literatura en 2016, llegó a ser comparado con poetas de la estirpe de John Donne o William Blake. En sus poemas, convertidos en canciones, se encuentran algunos de los temas más fecundos del rock. Toda esa contingencia creativa alcanzó, según Allen Ginsberg, el cenit de su talento poético con el doble álbum Blonde on Blonde.

“Dylan está en todas partes, y al mismo tiempo no está en ninguna (como el número cero). Es imposible encontrarse con un músico actual que no haya sido influenciado por la música o las letras de Dylan, ya sea por acción o por reacción. Y al mismo tiempo, Dylan permanece al margen de todos los géneros y tendencias y movimientos”, afirma el poeta y narrador Eduardo Jordá (Palma de Mallorca, 1956) al inicio de Número cero (Libros del Asteroide, 2026), su libro más reciente, subtitulado Bob Dylan: retrato de un hombre invisible. Desde el principio deja claro que su propósito no es tanto ofrecer una biografía convencional, como emprender una incursión ensayística, una indagación en torno a una figura tan cambiante y enigmática.

El punto de partida del libro es una anécdota según la cual Dylan habría dicho a Leonard Cohen que este era “el número uno”, mientras él se definía como “el número cero”. Jordá convierte esa sorprendente afirmación en una clave metafórica de entender el cero no como ausencia, sino como espacio de posibilidad, identidad elusiva y multiplicidad. A partir de ahí, el libro recorre las distintas transformaciones del personaje: cantante de protesta, genio de los sesenta, ermitaño y converso religioso, bluesman tardío y figura persistente que no ha dejado de influir en la música y la cultura contemporáneas. Jordá aborda todo ello con notable libertad, intercalando episodios de su relación con Dylan, discos, conciertos y reflexiones sobre las letras de sus canciones.

Jordá persigue un retrato de Bob Dylan por aproximaciones sucesivas, entrelazando al personaje con su obra musical en una biografía creativa donde el sesgo poético prevalece sobre el documental. No aspira a ofrecer una biografía completa y sintética, sino a indagar en aquello que Dylan posee y representa de enigma: una figura esquiva, reflejada en espejos sucesivos, en la que cobran relieve la voz del mito, la imposibilidad de fijar al personaje y el juego de sus influencias, tanto propias como ajenas. Escribe Jordá que, si Rimbaud dejó dicho “Yo es otro”, Bob Dylan llega para darle un giro propio y responde: “El otro es yo”. El Dylan de Jordá es, así, un creador que compone escuchando a otros: “Pero esos otros, por obra de la misteriosa alquimia personal que interviene en el proceso creativo de Dylan, acaban convirtiéndose en el propio Dylan”.


Número cero es un ensayo biográfico breve, apenas supera el centenar de páginas, que se lee con la intensidad de un poema épico. En él se explora cómo un artista puede instalarse en la vida íntima de sus oyentes y admiradores sin jamás entregarse del todo a ellos. Eduardo Jordá reinterpreta y evoca a un Dylan catalizador cultural, una figura dispersa en sus múltiples voces, atravesada por la extrañeza, la invisibilidad y la controversia existencial. El lector no hallará aquí una respuesta definitiva a la pregunta de quién es Dylan, pregunta que, por naturaleza, no la tiene, pero sí un libro pequeño y grande a la vez, delicioso, hondo y de una claridad admirable.