A esa cadena de lecturas y relecturas, en la que la literatura reafirma su poder de comunión y de vínculo esencial con la vida, Javier Morales (Plasencia, 1968) nos convoca en Mientras quede una rosa (Cuatro lunas, 2026), un libro híbrido de no-ficción, centrado en la figura y la herencia ética y estética de John Berger (Londres, 1926 - París, 2017) a partir de sus vínculos y de sus estancias por España. Bien lo deja dicho Manuel Rivas en el prólogo del mismo: «La ventana que abre Mientras quede una rosa permite mirar a la vez hacia dentro y hacia fuera, ver el antes y el ahora... Textos sorprendentes y a la vez hospitalarios para quien lee, porque con Berger tenemos la sensación de acompañar en el descubrimiento, de que formamos parte de un camino de luciérnagas... Y Berger ejerció esa capacidad en lo oculto».
El propio Javier Morales indica en el subtítulo de su obra que se trata de Miradas de John Berger, que no es un ensayo sobre su obra, y mucho menos una biografía: “solo el relato de un viaje a lo largo de los años en compañía de un autor que ha sido fundamental en mi vida y en la de muchos lectores españoles”. Podemos afirmar que, con esta declaración, el punto de mira del libro es el impacto del pensamiento y la obra de Berger un siglo después de su nacimiento y cómo sigue vigente e influyendo en miles de lectores, así sucede con Javier Morales, que, a lo largo del libro, sigue su pista por España, brújula en mano, para reflexionar también por el presente marcado por la crisis climática y la hegemonía neoliberal de una economía poco propensa al cuidado del planeta.
Pero la esencia del texto se presenta similar a un viaje literario, cultural y paisajístico siguiendo la estela del pensamiento de John Berger, en el que se intercalan biografía, ensayo y cuaderno de viajes, sin olvidarse de la memoria personal compartida, en lo que viene a ser un ensayo narrativo, entresacando subrayados de la obra del británico, a quien siempre le importó mucho los silencios en la escritura. Lo destaca el libro con esta cita suya: «El silencio es absolutamente esencial: el arte de la narración depende de lo que se deja fuera de la misma. De otro modo no existiría una historia, porque simplemente el mundo se saturaría de palabras». El lector descubre no solo estos matices creativos sino, además, que lo importante para el autor londinense siempre eran las vidas de los otros, más que la suya, en el sentido literario. Por eso mismo, sostenía que, para ser un buen narrador, había que ponerse los zapatos del otro.
A lo largo del libro, Morales visita y conversa con personas que tuvieron relación artística, vital o afectiva con Berger, como el citado Manuel Rivas, Marisa Camino o Isabel Coixet, entre otros, para desentrañar los entresijos de su herencia literaria y cultural. Destaca la mirada del artista y nos traslada a la importancia de la vista poniendo de relieve cómo nuestros modos de ver afectan a la forma de interpretar las cosas. Berger lo dejó bien contado en uno de sus libros más icónicos, Modos de ver (1972), en el que deja dicho que «lo que sabemos o lo que creemos afecta a cómo vemos las cosas», y, sobre todo, que «Nunca miramos solo una cosa; siempre miramos la relación entre las cosas y nosotros mismos».
Para terminar, diría que Mientras quede una rosa es una autobiografía indirecta de Javier Morales, lector apasionado de la obra de Berger, y escritor de prosa reflexiva, punzante y emocional, acorde con el propio espíritu bergeriano, que promueve un compromiso activo con la naturaleza, los animales y esa otra manera de mirar y enfocar la vida con respeto a la biodiversidad. Un libro, en definitiva, convertido en un acto de justicia poética que seduce y entusiasma.
























