viernes, 14 de junio de 2024

Desiderátum


Uno encuentra sintonía y entendimiento con algunas voces que interpelan y ponen de manifiesto esa carga sentimental y ética que da sentido a las palabras, sin pretensiones académicas, que vivifican la literatura desde la propia soledad, con algo de conjuro sobre el paso del tiempo, desde su universo próximo y cotidiano para darse a entender. En una de las entradas de Diario de K., dice lo siguiente Karmelo C. Iribarren, que viene a subrayar esta consonancia con la que algunos nos vemos identificados: «La literatura, mi afición a leer, me ha salvado de necesitar esos amigos que no lo son, de tener que llevar una vida social de ciudad pequeña que para mí hubiese sido un castigo insufrible. A cambio, la soledad. Una soledad, eso sí, poblada a mi gusto».

En la literatura suelen abundar las referencias, las alusiones, las intenciones más cultas o más populares y, quizá por eso mismo, las más ocultas, misteriosas y personales de las que el escritor dispone a la hora de contarnos lo que en verdad bulle por su cabeza, lo que siente y palpa, lo que le gusta y decepciona. Ocurre a veces que el oficio o el arte de escribir se escurre en su intento de encontrar símbolos para lo inefable. Y por eso mismo, el escritor tiene la obligación de elevarnos, de ampliar nuestros horizontes, de alentarnos, de rastrear en los pormenores de las cosas. El poeta y ensayista Javier Sánchez Menéndez (Puerto Real, Cádiz, 1964) es un escritor beligerante y crítico en ese sentido, al que no le importa arriesgarse y bajar a la arena de la realidad, desde la subjetividad de una mirada profundamente comprometida con la verdad y con la literatura.

Todas estas intenciones son motivos suficientes para seguir escribiendo y pulsando la realidad, algo que en Sánchez Menéndez es primordial para seguir confiando en ella como fuente de inspiración de su pensamiento y del imaginario de su literatura, de hacernos pensar que la realidad se compone de cosas y personas concretas, más que de ideas e intereses generales. Las guardas (Siltolá, 2024) contiene un buen repertorio de señales y razones de escritos sobre libros, poesía, autores, actualidad y cultura, dispuestos sin cortapisas, con aire de libertad, apuntando la mirilla sobre la realidad de lo que verdaderamente importa. El libro reúne una selección de artículos suyos publicados en el Diario de Córdoba, entre el 2013 y 2024, que ponen su foco e ideas, más que para sacarnos de dudas, para entrar con más tino en ellas: “La realidad es indivisible -dice, pero algunos se empeñan en partirla a trozos. La apariencia es conveniencia, y se funciona con apariencia por mera conveniencia”.

Encontramos elogio de la lectura, de los buenos libros, al igual que lamentos de una cultura menguante, tan necesitada de estímulos: “La ausencia de cultura nos dejará un hueco insalvable en nuestras vidas”, advierte. Pero también, por otro lado, festeja su confianza en los clásicos, en sus poetas celebrados y queridos con semblanzas y reseñas entusiastas, como las que firma sobre Ángel González, María Zambrano o Nicanor Parra, al igual que sobre otros poetas vivos por los que siente admiración, como Karmelo C. Iribarren, Juan Cobos Wilkins o Antonio Carvajal. En otra de sus piezas, que lleva por título Naturaleza, se para en resaltar su fervor por la lectura como alimento y consciencia, y matiza: “Pero no solo la lectura es alimento, la mera contemplación de la naturaleza puede enseñarnos infinitos matices... Que el ser humano madure en armonía es fruto de la naturaleza y del cuerpo de lecturas. Pero los libros hay que elegirlos con inteligencia, con la sabiduría de la propia elección”.

Las guardas despliega 82 textos, cada una de ellos nominado con el mismo título con el que apareció en la columna del diario, por donde transitan reflexiones, sentencias y reflejos de la realidad del momento vinculados al discurrir de la cultura, la edición de libros, los premios literarios, las librerías... No pretenden menoscabar lo que hay de verdad en todo ello, sino apuntar y apuntalar sus lances. Lo que le importa a Sánchez Menéndez es sacudir al lector y animarle en busca de la literatura de verdad, aquella “que está por encima de los criterios, y de los registros, y de los tonos, y de las entrevistas”. Y desde luego, insistiendo en que leamos a Cervantes, “que un buen libro es un compendio infinito de magia enriquecedora”.


Es lo bueno que tiene la literatura, en cualquiera de sus géneros y formatos, dar motivos al lector para probar nuevos incentivos. Y, desde luego, un buen libro de artículos, como este, se presta a ello, a desentrañar como piedra de toque lo que está pasando, a tamizar lo que importa, para seguir atento, para seguir siendo un poco más desconfiado. Las guardas es un libro afilado, lúcido y nada complaciente, que invita a una lectura participativa, a través del valor que suscitan sus páginas, desde el propio pensamiento y aceptación de que, aunque la literatura y los libros no nos salvan de nada, ni resuelven los verdaderos enigmas de la existencia, sin embargo, nos dan placer, nos abren cauce, aspiración y deseo de lo que aún no se ha cumplido.


martes, 11 de junio de 2024

Reflejos, miradas y entresijos


No pienso en los aforismos como forma recurrente de sermonear a nadie, ni como proyectiles en una guerra de ideas, sino como reflejos y espejos provistos, en su forma breve, de hallazgos y esbozos para percutir en el misterio y devenir de las cosas. Al principio de mis lecturas, pensaba que el aforista trae algún bosquejo que desvelar ante nuestros ojos, con el propósito de reparar nuestra atención en su síntesis lapidaria. Pero entendí después que el género también propicia suficiente material expresivo de destellos de lucidez capaz de refundir una idea, una paradoja o un vislumbre sobre una verdad apremiante o reticente con la que desplegar una síntesis indagatoria con cierto equipaje meditativo o lírico, que no esconde esa necesidad de sondeo que quiere encontrar sentido y alcance con palabras ajustadas para dar que pensar. Y aquí me mantengo, en esa interpelación, con la creencia de que son las palabras, en su identidad verbal y en su disposición formal, la razón de ser con la que cada escritor prodiga y cultiva los esquejes y entresijos de sus aforismos.

En Parpadeos (Taurus, 2023), Andrés Rábago (Madrid, 1947) prolonga esta idea de síntesis, génesis e identidad artística de entender el alcance a que aspira el aforismo con tan solo un brochazo, como suele decirse, para dejar a la intemperie cualquier asunto, tarea o disquisición que nos remita a lo esencial o al reverso de lo expresado. Dice en uno de sus primeros guiños que “Es más fácil explicar el cómo que el por qué. Pero sin el por qué ¿de qué sirve conocer el cómo?” Y siguiendo este cauce, propone, al igual que hace con sus sagaces viñetas que publica en El País, bajo el pseudónimo de El Roto, que hay que contemplar sus aforismos con una mirada más próxima a la posición de espectador, pero sin perder de vista la postura de lector intuitivo. O, dicho de otro modo, nos remiten a lo esencial, al meollo de la veracidad que insinúan: “Todo está en la realidad y toda la realidad está en uno mismo”, resalta.

Todo libro es, en cierto modo, un exorcismo, una tarea de decantación en la que el autor elige un modo y un tema vinculado de alguna forma con su vida personal o laboral, con su entorno o con el ajeno, y lo desarrolla desde la experiencia y la inventiva propia, siempre desde un prisma literario, planteando sensaciones, dudas y conjeturas, con el fin de explicar algo para llegar o, si no, acercarse a un resultado ante los ojos del lector que le desate algún tipo de interés. Parpadeos invita al lector a participar de las palabras e imágenes que proyecta, a reinterpretar sus reflejos, miradas y entresijos. Dice Rábago al respecto que: “Un arte que no necesite intérprete, ¿dónde se ha visto eso!”. Y añade: “Todos necesitamos la mirada del otro. Incluso el más extremo anacoreta tiene la necesidad de la mirada de Dios”. En muchas otras ocasiones, oímos sonar en sus aforismos una severa advertencia casi profética: “Somos lo que percibimos, lo que no percibimos es lo que desconocemos en nosotros”; “La seguridad no es fiable, sólo la duda lo es”; “Me sigo formando. Efectivamente, como todo en el universo”.

Ahora bien, conviene puntualizar que Parpadeos es una muestra del sentir artístico de su autor. El hilo conductor que sobresale en sus setecientos cinco aforismos viene determinado por su procedencia artística, es decir, surge del propio laboratorio del autor, de sus dibujos y pinturas. Subraya esto mismo Basilio Baltasar en el prólogo del libro con suma determinación: «Los aforismos de Andrés Rábago prolongan la sintaxis simbólica de sus viñetas... Sus parpadeos abarcan un amplio repertorio temático y abordan la metafísica de la pintura..., la conciencia moral del artista... y los dilemas de un hermético diálogo interior». Con aparente soltura, digamos que Rábago reflexiona sobre los procesos creativos, su visión de las bellas artes y su manera de entender la pintura y el dibujo. Y en el camino, convoca a venerable artistas como Rubens, Tiziano, Caravaggio, Goya, Bacon o Giacometti.

Confiesa el autor, en una entrevista reciente sobre el motivo de haber llevado a cabo esta tentativa aforística, que su resultado proviene de una acumulación de ideas que le fue surgiendo a lo largo de algunos años, durante la práctica de la pintura y que iba volcando en un cuaderno de notas, que aún sigue creciendo: “En un momento determinado me pareció que había suficientes como para ser editadas. En ellas dejo constancia de mi experiencia en el arte. Es un libro para aficionados a la pintura, los que frecuentan museos y galerías. Son como apuntes de taller”. Pero también, el lector va a encontrar esa singularidad propia de El Roto de ver el mundo como un disparatado barracón de feria por donde transita el desfile de la comedia humana, a través de unos aforismos sucintos y de cierta complejidad y mimetismo en su contenido: “Yo no soy mi obra, aunque ella insista en señalarme”.


Parpadeos es un conjuro sobre el arte y la vida, que parte de una idea de autoconocimiento, un libro en el que el lector encuentra puntos de vista sobre la realidad, el mundo del arte, sus detalles, el tiempo suspendido, la imaginación, la vida reflejada y sus enigmas: “La pintura es la demostración de que mirar no es un acto físico, sino mental”. Un libro que, lo abras por donde lo abras, encontrarás pálpitos, sacudidas y reflexiones sobre el proceso creativo. De eso trata casi todo el libro, pero también de indagar qué hay antes y después del mismo proceso. Un buen puñado de perlas de sabiduría y de percepciones que, como no podía ser de otro modo, aglutina algunas viñetas interpretativas para entrelazar lo que el libro dispone: miradas, trazos, lenguaje, egos y una inmersión sentimental en el arte. Por todo ello, el lector descubrirá un libro con muy buenos puntos de fuga y de giro.


viernes, 7 de junio de 2024

Cartografía sentimental


Los lectores, sin duda, requerimos veracidad a los textos que leemos. Es la realidad de la vida la que nos empuja a ello. Por eso mismo, le exigimos a los libros que no se aparten de esa condición humana que nos conforma y que no es otra que afirmar, como decía
De Quincey, que todo lo que hay en el mundo es un espejo o un reflejo secreto de la realidad del universo. En ese sentido también cabe decir que todo lo que inventa un escritor sobre sí mismo forma parte de su mito personal y, en consecuencia, debemos tomarlo como verdad. Al fin y al cabo, «la literatura es un remedio contra lo real», como sostiene Antoine Compagnon. O como bien dice Agustín Fernández Mallo (La Coruña, 1967) “No se trata de trabajar con algo que antes no existía, sino de poner ante nosotros otra manera de organizar lo que ya estaba ahí, lo que ya habíamos visto, y esa combinación de elementos dará lugar a algo nuevo, a algo emergente”.

A partir de un viaje pionero que el padre del autor de Nocilla Dream emprendió a Estados Unidos para comprar ganado, Fernández Mallo narra en su nueva novela, Madre de corazón atómico (Seix Barral, 2024), su propia andanza tras su estela, medio siglo después, cargado de verdad y memoria. La elección del asunto viene ya de lejos. Lleva doce años escribiendo sobre ello, nos dice, pero la muerte reciente de su padre la impulsó a terminarla y a hacerla más necesaria, más vívida: “la muerte es una clase de resurrección, no es un final sino un punto de partida. El muerto reaparecerá, se hará presente en tu vida muchas veces y de mil formas distintas”. Por medio de una combinación de recuerdos y reflexiones, más allá de los aspectos confesionales, la historia familiar del autor y él mismo se convierten en la materia del libro, en recreación subjetiva y motor del proceso narrativo. Aquí, autor, narrador y personaje son el mismo, y el tiempo narrativo no se muestra lineal, sino fragmentario, indexado entre la memoria y el acto de escribir.

Entrando en otras particularidades, el libro toma su denominación del quinto álbum de estudio de Pink Floyd, Atom Heart Mother que, traducido a nuestro idioma, resulta Madre de corazón atómico, título de la novela. Ambos comparten a su vez la imagen de una vaca en la portada. Pero, en la del libro de Fernández Mallo vemos que, en realidad, es una imagen compuesta a partir de unas vestimentas colgadas con dos palillos en un tendedero. Señala con el subtítulo, Una historia verdadera, que, en verdad, su relato no viene a hablarnos de su madre, sino de su padre fallecido, veterinario de profesión, trabajador incansable, más próximo a su vocación que a su familia, entusiasta de las nuevas tecnologías, del conocimiento y de cómo lograr mejoras en sus investigaciones conectando unas disciplinas con otras. Pero también le mueve hablar de su progenitor como cauce de entendimiento y motivo de seguir vivo para contarlo.

Fueron muchas las ocasiones que el escritor gallego miraba con hondura a su padre y sabía que, tarde o temprano, escribiría sobre él. Pero fue en la habitación 405 de la clínica en la que estuvo ingresado, el lugar propicio en el que esa idea empezó a cobrar sentido, a materializarse y a prosperar hasta encontrar la carnalidad necesaria; “en este caso, la de mi padre”. Fernández Mallo nos revela cómo, un año después de aquella estancia, entendió “que la muerte de un ser querido es un proceso muy misterioso, muere para renacer en ti de otra manera, resucita para ser otro en ti”. El autor deja ver que, elegido el tema, lo inevitable es vincularlo con su vida personal, desde su propia experiencia, planteando a priori sus conjeturas, que intentará despejar a lo largo de la obra, sin dejar de opinar de manera subjetiva, utilizándose a sí mismo como personaje para llegar a acercarse a un final lo más imparcial posible, pues es la escritura de la novela lo que ha puesto en marcha el verdadero objeto único y último de todo el proceso emprendido.

En toda esta cartografía sentimental desplegada, Fernández Mallo propone una manera de narrar, como sello propio continuado, que proclama que no hace falta vislumbrar una fantasía inventada para conseguir alcanzar fantasía en lo real. Madre de corazón atómico es un ensayo-ficción que rinde homenaje a un padre, una novela íntima y personal plagada de resonancias filosóficas en la que el autor comparte vivencias y maneras de entender la escritura, una lectura luminosa llena de conexiones y de frases certeras que miran la realidad de otro modo, una escritura que apunta a los estratos que forman la memoria y el tamiz del tiempo.


En resumidas cuentas, esta nueva incursión literaria de Agustín Fernández Mallo es una celebración que viene como resultado de una sorprendente novela híbrida, entre auto-ficción, memoria y ensayo, sumamente interesante y audaz, que viene a confirmar que el talento aplicado a la literatura es el que verdaderamente crea tramas, atmósferas, emociones, personajes y formas, que cuando algo se ha acabado, de alguna manera, queda la simiente para poder narrarlo, y que morimos para resucitar en la mente de los demás. Un libro apelativo sobre la vida y la escritura.


viernes, 31 de mayo de 2024

Armadura literaria


No voy a opinar acerca de la frenética trayectoria literaria tan prolífica como la de Amélie Nothomb (Kobe, Japón, 1967), convertida en una de las escritoras más populares en lengua francesa de la actualidad. No lo hago porque, del conjunto de su obra, treinta novelas publicadas, tan solo he leído, hasta el momento, Primera sangre (2023), un libro vivaz, sumergido en el núcleo familiar con el que rinde tributo a la figura de su padre, reconstruyendo la génesis de su familia antes de que ella naciera, contada en primera persona por el propio Patrick Nothomb, que allá por 1964 se encontraba, junto a un buen número de compatriotas suyos, secuestrado en el Congo por unos rebeldes cuando representaba a su país como cónsul belga. Quedé, tras su lectura, con muy buenas sensaciones. Me gustó su estilo narrativo, sobrio y persuasivo, y me dije a mí mismo que no desaprovecharía la oportunidad de volver a leer algo nuevo suyo.

Y aquí me hallo con ganas de hablar de Los aerostatos (Anagrama, 2024), su más reciente novela que nos llega bajo la estupenda traducción de Sergi Pàmies, colocándome como espectador ante el escenario de una obra singular y concisa, tan propia de su estilo, en la que Amélie Nothomb desarrolla una historia para engatusarnos, para avivar nuestra perspectiva, acompañando a sus personajes en una odisea literaria y vital, casi como si se tratara de una obra teatral. Sorprende ese tono personal y escénico de la novela que añade, al menos a mí me lo parece, un aire nietzscheano de aceptación del destino y de la teoría del eterno retorno. Hay, además, en la novela un duelo dialéctico entre Ange, una joven de diecinueve años y estudiante aventajada de filología y Pie, conflictivo adolescente, disléxico y ensimismado, al que solo le interesan las matemáticas y los zepelines, y que, según su padre, sufre enormes problemas de comprensión lectora.

Ange, la voz narrativa en primera persona de esta historia, acepta convertirse en profesora particular de un peculiar alumno que la conducirá a establecer un duelo dialéctico creciente y arrebatador entre ambos, propiciado por la literatura o, mejor dicho, por la lectura de algunos libros como revulsivo y prodigioso cauce de entender su vida propia y la ajena. La literatura aquí representa, por tanto, un papel liminar, sin pretender ninguna redención, tan solo como hechizo y posibilidad de situarse en un contexto concreto que explora universos estéticos y morales, “con el placer que se experimenta leyéndolo”. Comentan a Stendhal, a Homero, a Kafka, a Dostoievski, a Flaubert, sonsacando lo que hay de revelador en las palabras más fascinantes de sus textos, como si el lenguaje se convirtiera en matemáticas, en una operación mental de infinita combinación, con la posibilidad de mudar lo leído en un resultado perdurable y de interés.

Mientras tanto, el padre, abominable y controlador, espía las clases impartidas por Ange a su hijo en una habitación contigua a través de un espejo sin azogue poniendo el contrapunto a una creciente empatía que se va avivando conforme alumno y profesora van comentando las obras de estos grandes autores de la literatura universal que devienen en cada clase con una originalidad pasmosa, como súbitas intuiciones de lo que representan determinados libros para cada uno de ellos, de compromiso con la vida, de errancia. En contraste con todas estas referencias literarias de Rojo y Negro, de La Ilíada y La Odisea o La metamorfosis, la vida cotidiana y los problemas mundanos de unos y otros actúan como ritual que no hace más que repetirse, de mantenerse con los pies en la tierra y las manos en el libro, dispuestos a seguir leyendo hasta convertirse en reincidentes.

Los aerostatos es una novela ágil y seductora, de diálogos vivos y jugosos en los que la literatura y la vida interactúan buscando convergencia. Nothomb concibe la literatura como semilla y fruto de recolección, de conocimiento y maneras de tomar en cuenta el poder vindicativo de los libros, de abrir los ojos y pestañear para ver lo que estos reflejan de lo que nos importa. Estamos ante un libro cuyo título es una metáfora. Un aerostato es una aeronave provista de uno o más recipientes llenos de un gas más ligero, es decir, de menor densidad que el aire, y que, gracias a ello, puede elevarse o permanecer inmóvil en el mismo. Los aerostatos de este libro incluyen globos y dirigibles de la vida que reflejan ese aire caliente y frío que suministra la armadura literaria, y llega a ser un libro en el que se subraya que “la literatura no es un arte para poner de acuerdo a la gente”.


Pero tal vez, en todo este paralelismo de vida y lectura que dilucida esta novela de iniciación, lo más verdadero y terrible de ella, como así refleja su desenlace, sea el poder perverso que tiene la literatura de agitar y examinar nuestros deseos, de ser bisagra que abre la puerta a lo inefable para vislumbrar la realidad y sus fantasmas. Los aerostatos es un libro muy entretenido que pone su reclamo en lo que la literatura y la vida tienen en común y es que ambas no se conciben sin conflictos.


miércoles, 22 de mayo de 2024

Aprender a vivir


Los libros del ensayista y filósofo Josep Maria Esquirol (Sant Joan de Mediona, Barcelona, 1962) poseen ese rango existencial y humano de lograr que nos percatemos de que el horizonte más importante que nos distingue a nuestra especie no se encuentra más allá, más lejos, sino más adentro. Y por eso mismo, sus ensayos y la filosofía que los impulsa inciden en el ámbito de la proximidad interior como perímetro necesario del pensar, de estar cerca de lo que importa, sin pretender ir muy lejos, sino un poco más hacia adentro de nosotros mismos y del entorno que nos conforma. Al fin y al cabo, aprender a vivir consiste en manejarnos con nuestro entorno y con nosotros mismos, saber estar al servicio del actuar y del orientarse. En ambos infinitivos, nos viene a decir, se conjuga, se concentra la vida, permanece su esencia.

En su nuevo libro, La escuela del alma (Acantilado, 2024), no se aparta de esa naturaleza expositiva. Para Esquirol, la escuela es un espacio que no tiene puertas, sino umbrales. En sus notas introductoras del libro da cuenta de esa percepción y reminiscencia: “Hay casa porque hay intemperie. Y la intemperie pide amparo. Hay escuela porque hay mundo. Y el mundo pide atención. Hay casa y hay escuela porque, en el amparo y en la atención, cada uno puede hacer camino y madurar, para dar fruto”. Se trata de una filosofía de enseñanza que busca cultivar el fomento de la curiosidad, la creatividad, el pensamiento crítico y la capacidad de esbozar respuestas, que busca “ayudar a alguien a conducirse, a orientarse”. En ese sentido, el libro es un manual ensayístico sobre lo que significa la formación y el proceso de maduración en el desarrollo de las personas. Tiene que ver, efectivamente, con el factor educativo y con el horizonte de lo que entendemos por lo más humano y que desborda los límites de lo que normalmente se entiende por aprendizaje y vinculación con las cosas, con los lugares y, sobre todo, con los demás.

Esquirol incide en que la escuela es el lugar apropiado “donde se cultiva el alma mediante la atención a las cosas del mundo”. Y por eso mismo, lo primero es atravesar su umbral. Es una tarea difícil, sostiene, en un mundo en el que todo tiende a ser lo mismo, a la homogeneidad. Para cruzar ese umbral hay que salir de algún lugar para encontrar, precisamente, un sitio diferente a todo lo que fuera parece idéntico, estereotipado. Si es una simple copia de lo general, no sirve, porque no se habría cruzado ese umbral. Y subraya: “El umbral es el límite que marca la diferencia. Sin umbral, todo sería igual, todo sería indistinto, todo sería lo mismo”. Sobre todo, destaca que en la llamada “escuela del alma” lo que se debe cultivar es la capacidad de recibir, de que te llegue algo valioso. Por eso es la atención el cauce necesario, que no es una técnica, es una actitud que produce una apertura que provoca que lo posible pueda llegar, que la perplejidad nos alcance.

Continúa su defensa sin apartarse de que una escuela no es una isla, ni se basta a sí misma, ni tampoco que su sentido principal sea reconducirnos, aunque sea fértil y generadora de conocimientos. La escuela, según él, es una cima, un lugar con sentido por sí mismo, un espacio nada “incompatible con que pueda ser, al mismo tiempo, un camino hacia la madurez”. La escuela, como impulsora de crear libertad, de dar posibilidad, de hacer pensar. En ella hay un sustento para ensanchar la propia experiencia, el reconocimiento de lo que importa y, en especial, el desarrollo del lenguaje: “Pero a veces conviene que nuestro hablar consista más en mostrar; más en describir que en explicar; más en prestar atención que en analizar”. La escuela del mundo se vincula a entender el mundo y nuestro entorno como encuentro y estímulo que aspiran al reencuentro.

Josep Maria Esquirol insta a pensar que la forma de educar tiene reflejo en la manera de vivir, de atendernos y de recuperar el sentido común, a mirar la vida con ojos atentos. Aunque el título de su libro remite a la escuela, las reflexiones del libro señalan el mundo, vinculan de continuo la escuela con la vida, porque la vida no deja de ser una gran maestra, quizás la mejor. Y a este mirar atento de la vida real, la lectura del libro hace su camino, recordándonos que: “La atención es la disposición que permite que algo bueno nos llegue, a modo de regalo”. También nos recuerda de la porción de soledad que nos constituye: "Ser alguien es estar solo, en cierto modo separado de cualquier totalidad". Además, solo en soledad miramos mejor, pensamos y nos topamos con esa esencia nuestra que el autor describe como "una hondura abierta y traspasada por experiencias infinitas" como antesala a lo que nos viene.


Josep Maria Esquirol plantea también en este estupendo compendio ensayístico que anima a un dilatado tiempo para la meditación, de forma muy inteligente, una salvedad necesaria: que en la escuela del alma no hay último día de curso, “porque allí los cursos no terminan nunca”. Y lo hace desde un texto en el que el lenguaje es el verdadero cauce donde todo el decir, todo el sentir, es posible: “Cuanta más lectura, más alguien. Y cuanta más lectura, más vinculación con el mundo”. Concluye el filósofo resaltando que “lo más increíble es precisamente lo más cercano”, y que los mejores cimientos de la educación, y quintaesencia de la vida, se encuentran en la claridad y la calidez de entender las cosas del mundo. Un libro que, como toda buena obra, sugiere más que explica.


miércoles, 15 de mayo de 2024

Reflejos y asomos


“La mayoría de las vidas humanas son simples conjeturas”, dice Julio Ramón Ribeyro (Lima, 1922-1994) en una de las anotaciones de Prosas apátridas, ese libro fragmentario, tan lúcido y testimonial al que algunos lectores suyos hemos rendido culto y seguimos acudiendo a él con inusitado interés y la irremediable confianza de huéspedes libres y consentidos. En sus textos y estancias, Ribeyro despliega todo un observatorio de pensamientos que muestran las rendijas y pasadizos de sus conjeturas sobre por donde transitan la memoria, el olvido, la literatura, lo cotidiano, el paso del tiempo, la experiencia de vivir y, sobre todo, “momentos de absoluta soledad, en los cuales nos damos cuenta de que no somos más que un punto de vista, una mirada”.

Esta mirada ineludible a Prosas apátridas se hace necesaria tras la lectura de Dichos de Luder (La Caja Books, 2024), su sintonía literaria y relación consustancial son apreciables. Hay un sesgo común en ambos textos que refleja el perfil displicente y artístico de alguien capacitado para entrever asuntos propios y ajenos de la vida, las letras y la escritura, la enfermedad o el fracaso con tanta perplejidad y tino. Hay pautas sabias de la realidad en ambos libros no exentas de arrojo, curiosidad y desparpajo que los unen. Le importa a Ribeyro pensar y repensar la realidad, quizá en el sentido que decía Nabokov, como palabra que no quiere decir nada si no va entre comillas. Por eso mismo, considera que hay que tenerla en cuenta como bastión literario y verdad propia.

Entrando ya en las entrañas de Dichos de Luder, el libro se abre con una breve presentación del propio Ribeyro sobre Luder, un escritor ficticio y extravagante que vivió un buen período de su vida en el Barrio Latino de París, rodeado de “su espaciosa biblioteca, donde pasaba la mayor parte del tiempo leyendo, escribiendo o escuchando música”. Pero señala también que Luder, de forma esporádica, rompía su monotonía al atardecer, recibiendo a unos pocos amigos, incluso a contados autores jóvenes con los que mantenía vívidas conversaciones que le reportaban jugosos momentos, “pues le permitían salir de su aislamiento y asomarse a una realidad que le era cada vez más extraña y, en muchos aspectos, insoportable”.

Tras esta introducción, en la que deja constancia de su interés por la figura de Luder y, sobre todo, sus ganas de publicar lo que fue recopilando de aquellos encuentros ocasionales, que vienen a conformar el fin último del libro, todo un muestrario, en cien textos breves, de los diálogos que Luder mantuvo con sus diferentes interlocutores, y que dieron pie a ocurrencias jocosas, réplicas ingeniosas, vislumbres y aforismos brillantes. Ribeyro quiso dar buena cuenta del valor literario de sus dichos, muchos de ellos cargados de ironía y sarcasmo, como este: “Se sueña solo en primera persona y en presente del indicativo –dice Luder–. A pesar de ello el soñador rara vez se ve en sus sueños. Es que no se puede ser mirada y al mismo tiempo objeto de la mirada”.

Luder es también un tipo algo cínico, sin apegos materiales, que se honra a él mismo al burlarse de las grandes ideas del mundo, pero posee un sesgo hedonista que no oculta, encontrando su placer en el vino, en la música y en los boleros, sin perder de vista a las mujeres. No sabemos mucho sobre sus gustos literarios, tan sólo conocemos que le gusta releer los libros de Kafka. No se encoge, ni se corta un pelo al afirmar que “Literatura es impostura, por algo riman”. Ribeyro utiliza a Luder como disfraz para ocultarse y lanzar sus dimes y diretes con libertad y descaro. Luder se muestra sin remilgos, como un personaje desaforado y nada engreído, pero con un torrente de agudezas que le valen al escritor peruano para proyectar, en buena medida, su parecido existencial y descreimiento.


En el estupendo epílogo del libro, a cargo de Jorge Coaguila, crítico y biógrafo de Ribeyro, encontramos más pistas de estos dichos, algunos de ellos, señala, son anotaciones tomadas de oídas de otros personajes, como el que señala: “es un escritor tan anticuado que cuando abres uno de sus libros todas las letras salen volando, como una nube de polillas”, que un día oyó al escritor chileno Jorge Edwards contando una anécdota del mismo Julio Cortázar. Pero la gran mayoría de estos dichos salen del pensamiento y la pluma de Ribeyro, disfrazada bajo la máscara de Luder.

En resumen, este es un libro tan inclasificable como jugoso, un conjunto de breverías, reflexiones y notas que condensan una manera de entender la vida y la literatura, y viceversa, un lugar de encuentro distinguible del gran Ribeyro de Prosas apátridas. En Dichos de Luder reconocemos dichos asomos y reflejos de su escritura sintética, irónica y sugerente. Un festín para la inteligencia.


jueves, 9 de mayo de 2024

La historia y el olvido


Personalmente, como lector, no soy un gran entusiasta de las novelas históricas, pero también es cierto que, en casi todas las novelas que más me gustan, hay una presencia más o menos visible de la Historia, se percibe la fuerza de su gravitación sobre las vidas de sus personajes. Hay novelas históricas que, ciertamente, acogen al lector, de manera arrolladora, en los pliegues de sus páginas. En ellas, la trama y las palabras que las promueven suenan verosímiles con sus hilos imaginativos marcados por ciertos estigmas de épocas pasadas que despiertan un interés inusitado, como si nos dijeran que sin las desgracias de nuestro tiempo pasado no seríamos lo que somos ahora. Qué es la historia sino unos renglones del tiempo que nos muestra las tensiones, abusos, silencios y enredos de un pasado que conforma el relato de una época.

Diría que la novela de Raúl Quinto (Cartagena, 1978), Martinete del rey sombra (Jekyll & Jill, 2023) me reconcilia con el género para satisfacción propia. El autor reconstruye un relato orientado a compartir con un lector, al que supone dotado de un determinado saber sobre el asunto histórico que ha elegido. Es, quizá, esa consideración la que prima su interés. El relato se elabora desde ese saber supuestamente compartido: por un lado, lo confirma y lo respeta al menos en grado suficiente para hacerlo activo en el texto (el lector reconoce lo que sabe hasta el momento del asunto); por otro lado, lo amplía, lo matiza y lo completa con nuevos datos, ignorados por el lector no especialista y que, por otra parte, resultan necesarios para explicar las situaciones y las conductas de los personajes que transitan por sus páginas. En ambas bifurcaciones, la novela de Quinto se desenvuelve con talento, con la intención de escribir una novela necesaria.

Por eso mismo, sin ocultarse tras la escritura, se obliga a tomar distancia de sí mismo para que su pulso verbal y su agudeza estética emprendan el relato, sin que el lector apenas note la presencia del autor. Ya, desde el propio título de la novela, quiere encender en el lector la curiosidad, mediante un enunciado que intriga y obliga a preguntarse qué significa martinete y a quién se refiere ese sobrenombre de rey sombra. El martinete es un cante seminal del flamenco. Se dice que surgió en las fraguas de Jerez, Cádiz y Triana (Sevilla), lugares en los que trabajaban gitanos andaluces. Allí empezaron a gestarse estos cantes acompañados con los sonidos de los golpes del metal de la fragua, a modo del martillo con el que trabaja el herrero. Las letras de estos cantes se caracterizan por tener un contexto triste, de pesadumbre y quejío, bajo un tono monocorde. En cuanto a la otra parte del título que alude al rey sombra, se refiere a Fernando VI, un monarca que ejerció un reinado de palacio, caza y celebraciones, entre las bambalinas de la corte y sus intrigas.

Raúl Quinto establece en su novela dos cauces narrativos con una misma conexión temporal e histórica. Por un lado, es el relato de la monarquía española de la primera parte del siglo XVIII bajo el reinado de Fernando VI, por el otro, es la recreación de una página negra olvidada, referida a la represión infligida contra los gitanos en 1749, conocida como La gran redada, por orden del todopoderoso Marqués de la Ensenada, dos hilos narrativos entrelazados que definen el despotismo borbónico, y que contravienen y oscurecen las luces del llamado siglo ilustrado: “Y la caza sigue siendo la caza. La limpieza, el deber. La noche larga del 30 de julio de 1749 se produjo la mayor redada contra la población gitana de toda la negra historia de los gitanos de Europa. El objetivo era la salud del reino, la desinfección y el exterminio”.

Martinete del rey sombra es un retrato fidedigno y colorista de la época y su contrapunto. Quinto, además, nos acerca al tapiz de los jardines y salas de recepciones de Aranjuez, a los entresijos de palacio, desmenuzando sus prácticas, traiciones e intrigas, así como sus lujos, ritos y despachos de Estado del antiguo régimen, mediante una prosa persuasiva, bien tamizada y concisa en descripciones: “El palacio es un sistema vivo de pasillos, despachos y murmuraciones. La Corte, dijimos, es una prótesis del rey, los anillos de un dios planeta atrapados por la gravedad de su cetro... Un universo fernandocéntrico y excesivo”. Y desde ese firmamento, el autor nos muestra los satélites y las estrellas fugaces que giran alrededor del rey: su mujer, la hedonista Bárbara de Braganza, el astuto Marqués de la Ensenada, el malogrado rey Luis o la infortunada María Luisa de Saboya. Y a todos ellos se suma un extenso elenco de cortesanos que incluye ministros, cantantes, clérigos, diplomáticos, artistas e ilustrados.

La parte de la novela dedicada a la persecución de los gitanos, al desamparo de estos y a sus vivencias desde la noche de la detención hasta la amnistía concedida dieciocho años después, se vuelca en trazar un mapa de la historia de esta etnia perseguida, cuyo exilio viene ya de lejos y parece interminable. Siendo esta una parte tan crucial del libro, sin embargo, considero que se echa en falta una trama narrativa más incisiva que relate desde dentro la agitación singular de algún personaje que, de primera mano, ponga voz propia a lo vivido en aquel genocidio convulso e infame. Bien es verdad que, para tal fin, el narrador lo suple tomando en consideración varios casos concretos para describir los padecimientos de algunas personas en distintos puntos de la geografía española, pero, en ocasiones, la voz del narrador se impone en exceso sobre la interpretación de la realidad. Aun así, el pulso narrativo nunca decae, se sostiene con destreza, buen ritmo y gusto.

En definitiva, esta novela de Raúl Quinto es un claro ejemplo de que la creación literaria es una creación histórica y, a su vez, un testimonio de la historia. En verdad, su libro se presenta como una vía de encuentro con la propia historia, una apuesta arriesgada, sí, pero es ahí donde radica su valía, sobre todo, gracias a su extraordinario artificio narrativo, su latido verbal y su energía estética. Un disfrute, vaya.