jueves, 11 de agosto de 2022

Días finales


Sin apenas darnos cuenta vivimos de la novedad que nos brinda el instante, del instante mismo, sin ser conscientes de que cada momento es único. Poco a poco, y después de haber acumulado muchos años, nos vamos dando cuenta de ello, incluso desde el hastío. Esa costumbre de lo cotidiano parece además volvernos indemnes a lo que surge de nuevo, a lo que, pareciendo lo mismo, es nuevo. Podríamos decir que nada se repite exactamente igual, que la repetición no es la reiteración de una pauta, sino la secuencia de una dinámica que conforma toda una vida, algo parecido a la costumbre de leer.

Desde luego, leer no es solo la costumbre de una habilidad o el dominio de una destreza. Ni tampoco una puerta que accede a descifrar el mundo o un canal de información y conocimiento, sino que es algo más sencillo y esencial. Leer es una manera de ocupar el tiempo, un espacio próximo a la emoción, al asombro, a la sorpresa. Leer es, también, como la vida, una experiencia prolongada, un hábito misterioso que se desvela poco a poco, lectura tras lectura. Y es en ese ejercicio de literal revelación donde uno, como lector, encuentra vivencias compartidas, libros que, a través de sus páginas, conforman una conciencia, una visión de más alcance sobre el tiempo vivido, algo que redunda en una experiencia reflejada.

El protagonista de El río de cenizas (Tusquets, 2022), última novela de Rafael Reig (Cangas de Onís, 1963), un anciano adinerado, tocado por un ictus que le ha dejado una leve secuela, dice que adora las costumbres y por eso lee “como un terrorista, indiscriminadamente, a mano armada y sin arrepentimiento”. Y por eso mismo subraya que “la repetición es un conjuro contra el miedo a ser aniquilado, algo parecido a silbar en la oscuridad del bosque “. Sigue comprando libros por gusto, pero subraya que también por necesidad. No solo le procuran remanso, sino, especialmente, compañía, diálogo y no pocas desavenencias. Le valen también para dar cuenta de su pasado compuesto por vivencias plenas y diáfanas que alternan con otras errantes de dolor o de vacío. Le vale todo eso y sostiene con firmeza, como así deja dicho al final del libro, que “mientras mañana podamos hacer lo mismo que hoy, a la misma hora y de la misma manera, seguiremos vivos, porque lo único que nos sucederá una sola vez es morirnos”, pág. 235.

En El río de cenizas, Rafael Reig plantea una novela con aire mítico mezclada con cierta parodia, una historia de alcance pandémico, similar a lo que ya vivimos en 2020. El protagonista, que se aloja en la residencia de ancianos Los Carrascales, alimentado por su propia visión de la vida, la fantasía de sus compañeros y el devenir apurado de la situación, acompañada de noticias alarmantes, contradictorias y apocalípticas, observa circunspecto el avance de la denominada «peste»: «Dicen que en Grecia hay islas y pueblos del interior en los que todos los habitantes fallecieron en un solo día, y a los que nadie se atreve a entrar, ni siquiera para desconectar las teles y las radios, que siguen retransmitiendo mesas de debate y avances informativos para los impávidos cadáveres», pág. 48.

La elección del personaje, un hombre de setenta y cinco años, impulsa a Rafael Reig a proyectar su mirada ladina desde la vejez de este, como estado propicio para explorar la vida hacia atrás y comprender mejor su alcance, incluso, para perdonarse y redimirse. El narrador y protagonista no está libre de melancolía y descreimiento, y esa actitud reflejada lo hacen más humano. Pero no anda solo él, hay otros personajes secundarios en la novela que acentúan su sentido, seres, como Casilda o Vero con su sordera, que, en sus apariciones destilan resistencia, desenfado y ternura. Hay en todos ellos algo en común, un tono sentimental aceptado, al que no le falta su chispa de humor que trasciende en disquisiciones de acatar todo lo que en la vida, al fin y al cabo, se va imponiendo sin remisión. Cada uno a su manera es consciente de que “la vejez quita el miedo, igual que lo disipa el humor”.


La novela en sí resulta sobresaliente gracias al recurso que utiliza su autor de ir cambiando el tono y la deriva de la narración. En sus inicios destaca su ligereza humorística con la que va virando a terreno más escabroso y menos previsible. Reig se pone serio para hablar desde la perspectiva de su personaje, un hombre que mira ya la vida desde el ámbito de una edad onerosa y decadente, pero que también, el paso de los años le han valido para reencontrarse con su hijo Gonzalo. Conmueve, pero sin patetismo. Es la historia de un hombre mayor menguado en la que el cinismo burgués resuena también en el ambiente de su realidad. Es la historia de un hombre mermado que acude a los clásicos para defenderse de toda la intemperie que lo rodea, de la soledad y del deterioro de los años, para reconciliarse consigo mismo, orgulloso ante su hijo que lee un libro comprado por él hace cuarenta años: “nadie que se siente en un sillón por la tarde a leer a Dickens puede ser desdichado. Al menos mientras esté leyendo, si nadie le interrumpe”.

He aquí una obra sobre la vejez que uno se sorprende leyéndola por su desenfado y complacencia. El don de esta novela consiste en haber tratado con mucho talento narrativo y emoción una historia creíble acerca de la fragilidad de la vida, de los años acumulados, haciéndolo sin estridencias, pero eso sí, con desparpajo inteligente, arrojo y espíritu burlón. Quizá esta sea la mejor novela de Reig.


viernes, 5 de agosto de 2022

A ráfagas de lo inmediato


La literatura no es un artificio que se desentiende de la vida al imitarla, comentarla o ironizarla, sino la propia vida en sí. La literatura y la vida, la vida y la literatura andan cogidas de la mano como si tal cosa. Ambas se explican tan bien solas que cualquier ejemplo sería válido. No hay día ni obra en los que no ocurra más de lo mismo, aunque, si te paras a pensarlo detenidamente, la mayoría de las veces, lo que sucede es que lo inmediato se convierte en el dueño y señor de casi toda una jornada. Cada día de la semana parece un calco del anterior. Miras y ves que la rutina de lo cotidiano gira una y otra vez, como el cangilón de una noria: vueltas, más vueltas y vuelta a empezar. Y entonces aparece la literatura para darle sentido a esa tibieza persistente que permite ver detrás de lo que delante no se apreciaba, para mostrar otro ángulo, otro lado de la realidad que pueda ser conocido por un lector cualquiera en un intento de seducirlo y despertar su interés.

Este binomio tan intrincado aflora aún más en el diario, un género en el que el lector no se ve como un usurpador que trata de suplantar al autor para poder expresarse él mismo leyendo, sino que el lector de diarios se acerca al texto con una mirada más suspicaz, con ánimo de curiosear en los entresijos de la vida del otro, tras los pasos de alguna confidencia, para informarse o, en el mejor de los casos, para dejarse engatusar por lo que dicen las palabras de quien las escribe en clave autobiográfica. Pero claro, un diario nunca se lee como una novela, pues sus fragmentos y entradas, al distanciarse de cualquier tipo de trama y no seguir ninguna confabulación, imponen un ritmo de lectura más reposado, menos continuo. Precisamente porque está lleno de detalles que muestran instantes seleccionados, momentos reveladores en los que el propio escritor se interpela con ese mecanismo de evocación de una realidad vivida que, de alguna manera, será trastocada.

La rutina tiene muy mala fama pero gracias a ella seguimos adelante”, dice Karmelo C. Iribarren. Su Diario de K (Papeles Mínimos, 2022) es un libro que abarca un período que va desde 2010 a 2022 y resume en gran medida estas lindes de la escritura y la vida en las que el poeta ha ido fraguando, fuera del ámbito de la poesía, otro sesgo de su escritura, igual de contenida y cautiva de su propia vida. En este dietario encontraremos, como dice en el prólogo Jose Luis Cancho, “textos en busca de un nuevo modo de mirar y vivir”. El escritor donostiarra deja entredicho en ellos que escribir es una decisión de vida que se realiza a la par del resto de los actos de la vida, pero con la idea de ocupar inciertos vacíos del tiempo, alejados de cualquier otra motivación. Es, por tanto, un libro que habla mucho del aspecto literario y vital de quien lo promueve, y de la necesidad que lo provoca, un libro poblado de apuntes, aforismos, reflexiones y divagaciones luminosas, que bien lo retratan y hablan por sí mismas de su carácter: “La literatura me ha servido, entre otras cosas, para no ser el que no era”; “La prosa de la vida está llena de poesía”; “Me gustan los hoteles porque en ellos puedo sentirme como me siento en realidad: de ninguna parte”.

A lo largo del mismo asistimos como lectores a vislumbrar un jugoso cuaderno de notas, una suerte de cuartel de invierno del escritor, una alacena provista de hallazgos donde abastecerse. En Diario de K hay muchas claves de la vida y obra de su autor, también estancias e imágenes en las que se han ido colocando trazos de palabras que revelan hechos de lo que le importa de verdad como escritor, que no es tanto lo que le sucede, sino lo que hace con lo que le sucede, explorando, a modo de ensayo, lo que transcurre ante los ojos de quien escribe a poco que fije su mirada sobre el mundo que lo rodea: “La rutina tiene muy mala fama, pero es gracias a ella que seguimos adelante”; “A ser viejo no te enseña nadie, ni la vida. Ésta sólo te obliga”; “Si no escribo me quedo sin coartada ante mi vida”; “Para vivir no se necesita demasiado, pero siempre hay algo que nos falta”.

Pero no se piense nadie que aquí lo más reluciente y próspero del libro viene dado por la impronta consecutiva del aforismo, porque el dietario, o notas propiamente dichas, contienen un buen arsenal de reflexiones y críticas literarias, provistas de humor y socarronería, al igual que disquisiciones filosóficas sobre lo cotidiano del vivir y hasta breves piezas narrativas en la órbita del microrrelato. Todo su discurrir refleja la vida de un escritor en permanente diálogo interior sobre el devenir de las cosas, con cierto deje de misantropía y aire de flâneur, de callejero de su ciudad que fija su mirada y pensamiento en la acera de al lado, en la parada de taxis, en el vecino jubilado, o lo hace con más detenimiento sobre una misteriosa mujer enjoyada en la cafetería de un hotel.


Los lectores de Karmelo Iribarren que apreciamos su alma barojiana, su melancolía, la voz cercana y clara de su poesía, atraídos por esa manera suya de revelarnos los claroscuros de estar en el mundo, nos encontraremos con ese mismo hilo conductor y escenarios en Diario de K. Ambas escrituras se retroalimentan, con la misma sencillez de no tener que hacer ningún alarde filosófico, ni componenda simbólica para sumergirnos en su lenguaje, porque los sucesos que aquí se cuentan nos resultan próximos y creíbles, y caben todos en pocas líneas. Son notas cortas, lo suficiente como para que cada una, en su brevedad, nos diga todo lo que el autor se propuso. La soledad y el silencio se valen por sí mismos como punto de partida para destacar todo lo que acontece y desfila en un día cualquiera, venga de donde venga, ya sea de la lluvia, las luces de las farolas, de sus paseos y lecturas, de los recuerdos, del paso del tiempo, de los lunes, las mujeres, los desengaños, o del café en el bar, pero, sobre todo, del deambular de un hombre por las calles de su ciudad que encuentra sentido poético a las cosas que se mezclan con la vida y se empapan de ella.

Diario de K se lee con gusto y como los buenos libros de diarios, o de apuntes y notas, si se prefiere, no solo hablan de quienes los escriben, hablan también de quienes los leen, precisamente, son ellos los que, a ráfagas, nos van perfilando.



martes, 2 de agosto de 2022

La vida íntima de lo vivido


Por regla general, se podría decir que los seres humanos se dividen en dos rangos: los que encajan la vida según como viene y los que no. Como todo el mundo puede deducir, la vida se presenta muchísimo más ligera y fácil para los que la encajan con arrojo y desenfado. La gente te acepta, puedes ser uno más de la pandilla. Ahora bien, si no encajas los golpes, en el mejor de los casos, te postulas como un incomprendido y te sientes fuera de sitio. En el peor, acabas marginado por completo. Por eso, si has mantenido la singularidad de sentirte diferente al resto sin oprobio, parece que te irá mucho mejor en la vida, o, al menos, validará el hecho diferencial como verdad íntima de la razón de vivir.

La escritora turca de lengua alemana, Tezer Özlü (Kütahya, 1942 - Zúrich, 1986), hija de maestros, niña musulmana, educada en colegio extranjero de monjas alemanas de Estambul, pertenece ciertamente a esa primera categoría de personas exigentes a la hora de afrontar la vida con desparpajo desde muy pronto, sobrellevando constantes internamientos en hospitales psiquiátricos. La literatura supuso para ella un lugar acogedor, un destino para encontrar la plenitud y el entendimiento de su propio sentir. Los libros de los grandes maestros rusos Tolstoi, Dostoievski y Chèjov, así como autores franceses y alemanes como Zola, Camus, Goethe o Rilke, leídos todos ellos en alemán, le sirvieron de acicate para iniciarse en la escritura.

Habría que esperar a 1980 para conocer la publicación de Las frías noches de la infancia, que ahora, en 2022, rescata la editorial Errata Naturae bajo la traducción de Rafael Carpintero Ortega, un libro de culto en el que la autora, en apenas cien páginas, escribe un relato retrospectivo demoledor de su propia existencia, haciendo hincapié no solo en su vida individual, sino también en el bagaje de su personalidad. Özlü se vale de su propia historia para hablar de la realidad que la rodea, sin dejar de acudir tanto a la vida privada como a su vida interior, y tampoco sin dejar de mirar los dilemas existenciales, sus creencias, aspiraciones, el absurdo y la paradoja en la que vive como ser humano. Deja constancia de todo esto en muchos pasajes, como así lo muestra en el capítulo dedicado al colegio donde se instruye: “La vida es algo que nos plantan delante como un cuerpo extraño que, por ahora, hay que aceptar y entender. Sólo más tarde podremos vivirla y descubrir su verdad”, pág. 32.

A Tezer Özlü la enfermedad no la convirtió en escritora, ya lo era en ciernes desde que quedó hechizada por los libros que su hermano poseía en su cuarto de la casa de sus padres en Estambul. Allí comienza, a hurtadillas, a sumergirse en el rumor del mundo apasionante de la literatura. Su melodía supone un salto importante para ella, al tiempo que afronta un reto mayor: sobreponerse a la exaltación de su esquizofrenia y al terror de su tratamiento. Lo lleva de la mejor manera posible, consciente de que el espanto de su enfermedad puede ocultarlo en el seno de la vida cotidiana. Le obsesiona la idea de la muerte, pero, igualmente, le parece que la existencia es más hermosa fuera, entre el bullicio de la vida, con otra gente.

Estructurada en cuatro capítulos, toda la novela, intensa a rabiar, deja ver la inconsistencia de la vida que la sostiene, una existencia nada amable: la vida sentida por la autora, cuya voz exaltada clama por su liberación, más allá del hogar, de la escuela y los muros de los sanatorios donde ingresaba cada dos por tres. Todo ese clamor liberador, impulsado por su afán de huir, culminará con su exilio a Alemania, hasta llegar más tarde a París, la ciudad anhelada en la que vivió unos buenos años, aunque no fueron suficientes para mitigar la nostalgia de su tierna infancia y juventud que, en su caso, fue una época estigmatizada por la evidencia de una realidad palpable: nadie cree en las aspiraciones de una persona enferma.


Desde su Arcadia frente al Bósforo y la plaza Taskin, la compleja realidad del país y la anomalía de su salud, Özlü mantiene su rebeldía y compromiso hacia sí misma. Lo hace como autora, narradora y protagonista de un texto tan revelador y punzante como este, al filo de la locura, desmigajando en él el pálpito de unos años primordiales de su existencia, cuyos días y noches, allá en su lejana infancia y juventud la marcarían para siempre.

La experiencia y la invención se entrelazan a lo largo del relato de manera sobria y conmovedora, sin alardes, con la fuerza suficiente para calar en la piel del lector. Las frías noches de la infancia pone a tono la memoria y la imaginación de su autora con suma naturalidad. Diría que ambas encuentran su encaje en el lenguaje del testimonio descrito, dando pábulo a la vida. La vida, al fin y al cabo, es el camino de llegada, no de salida, como así también sucede con la literatura.


martes, 5 de julio de 2022

El crítico además de serlo, debe parecerlo


Es difícil exagerar el aliciente de este libro, cuya selección, edición y prólogo corre a cargo de Constantino Bértolo (Navia de Suarna, 1946), licenciado en Filología Hispánica y crítico literario de largo recorrido en diversos medios como El País, El Urogallo o El Independiente, además de director de la editorial Debate entre 1990 y 2003. Es autor de dos obras bien reconocidas, La cena de los notables (2008) y ¿Quiénes somos? 55 libros de la literatura española del siglo XX (2021), ambas publicadas por la editorial Periférica. Es difícil porque, Miseria y gloria de la crítica literaria (Punto de Vista, 2022), contribuye espléndidamente a ilustrarnos cómo la divulgación puede fecundar la labor de la crítica literaria y cómo el crítico, en el desarrollo de su oficio, tiene que abrirse paso en su quehacer, no solo por méritos propios, sino dependiendo del soporte, prestigio y visibilidad del medio donde publique sus críticas.

Dicho esto, conviene detenerse en apuntar que el problema central y permanente con el que se enfrenta el crítico o reseñista a la hora de abordar el interés sobre la lectura de un libro no es más que resaltar el valor y la calidad del texto y animar o alejar al lector de dicha aventura. Es su espada de Damocles, presente en cada momento de su tarea, en el libro entero, en la idea inicial tanto como en el desarrollo, en cada página y en cada coma de lo que ha leído. Es consciente Bértolo de que leer, como todas las demás actividades, es un modo de ocupar el tiempo. Ya lo decía el Dr. Johnson, quien opinaba que todo lo que hace el hombre lo hace con el único y exclusivo fin de ocupar el tiempo. Y esa ocupación, cuando se trata de la labor de un crítico va más allá y, por tanto, aspira a tener su repercusión, “tratará de buscar las causas de su juicio y para ello tendrá mentalmente que recordar y resumir sus impresiones sobre lo que estuvo leyendo... obligado a explicarse y a explicar por qué”.

A los que nos gusta la lectura y nos gusta hablar y comentar sobre lo que leemos pensamos que los libros nunca son libros a secas, como bien subraya César Aira: siempre son buenos o malos, o algo dentro de la extensa gama intermedia. Es más, creemos que la literatura, en cualquiera de sus géneros, está ahí siempre expuesta para ser juzgada. Por eso, cuando tomamos en nuestras manos un texto literario concedemos el valor añadido de que la calidad ya está implícita en el mismo. Y tiene que ver con la premisa de que se trata de una actividad sin ninguna función que la justifique ante la sociedad y, por tanto, necesitada de ser buena para el disfrute. En un mundo como este en el que todo debe cumplir un plan, una función, la literatura, consciente de su inutilidad, solo se justifica tratando de producir gozo, admiración y reflexiones.

Todas estas consideraciones y la escala de valores a la que se enfrenta el crítico, como alude el autor en el prólogo, vienen a referirnos que también surgen los prejuicios. Bértolo resalta que no hay lectura inocente, ya que uno lee desde su propio yo y sus inclinaciones. Señala que la mente no se puede poner en blanco ante la página escrita y no le falta razón, porque cada uno, como lector, tiene su propia biografía desde la que ver formas, sentidos y significados en la palabra escrita. Por eso mismo, conviene tener en cuenta que la crítica hace de intermediario entre el texto y el lector para encauzar una perspectiva argumentativa desde la que destacar el interés o reparo de una lectura. Sortear las influencias del mercado y la industria editorial, nos dice, conforman otros peligros para la independencia del crítico: “El riesgo del crítico subraya– es el miedo, el miedo al poder, al suyo, que es poco, pero es poder, y al de los otros, que siempre es mayor que el suyo”.

Miseria y gloria de la crítica literaria, además de estas reflexiones preliminares, es un libro insólito por la selección de críticas reunidas, con un sorprendente y variado número de citas negativas, a veces suicidas sobre obras y autores que sorprenden por su alcance y por quienes las hacen. Algunas de ellas van revestidas de ironía y sarcasmo, otras parecen denostar a quien va dirigida como si buscaran alguna forma de aniquilación o insulto, incluso desde el rigor de la crítica. En esta antología encontramos lo que un padre sagaz y altivo, como Kingsley Amis, dice sobre la última novela de su hijo Martin Amis: «Ya ha salido la nueva novela del jovencito Martin. La encontré dura de roer». Igualmente, encontramos el desdén mostrado por Charlotte Brontë y Nabokov sobre Orgullo y prejuicio de Jane Austen. O también, cómo califican Max Aub y Francisco Umbral a la escritura de Azorín de sorda y cobarde, respectivamente. Nos llama la atención cómo Zola, se atreve a pronosticar lo que sucederá con Las flores del mal, de Baudelaire con este alegato: «Dentro de cien años, los libros de historias de la literatura francesa solo mencionaran esta obra como una curiosidad».

Sorprenden muchas de estas descalificaciones. Como esta otra que le endosa Gore Vidal a Truman Capote: «Ha hecho del mentir un arte. Un arte menor». Y esta de Sánchez Ferlosio a Cela no se queda pequeña: «Hace treinta años que no lo leo. Es un pelmazo. Y me tiene sin cuidado que le hayan dado el Nobel o no». Tampoco se queda atrás esta letanía que eleva Borges a Flaubert: «A pesar de lo mucho que se esforzaba por escribir, las frases no le salían bien». Más graciosa y socarrona es esta otra que Marsé le brinda a Juan Goytisolo: «Es el único escritor al que le gusta sacarse en procesión a sí mismo». También lucen sus dardos envenenados que se encuentran en gacetas y revistas literarias contra autores de renombres como esta que le propina The Odessa Courier a Tolstoi sobre Anna Karenina: «Basura sentimental... Muéstrenme una sola página que contenga una idea»; o esta otra de Springfield Republican acerca del Ulises de Joyce: «Excepto como tour de force, es difícil creer que este libro posea calidad literaria».


Todo un centón de fragmentos, cerca de cuatrocientas sentencias y juicios que ponen en solfa la fama de ilustres y destacados autores bajo la perfidia crítica e, incluso, bajo la antipatía y malicia de gente de letras que desafiaron la calidad literaria de otros. Este libro de Bértolo nos ofrece una mirada ácida nada complaciente sobre esa parte de la literatura en la que la crítica muestra su faz menos amable y complaciente. No cabe duda que el agente de las transformaciones de muchas de estas opiniones es el tiempo, su devenir. La intervención del tiempo es la que hace consistente la validez o no de lo que se vierte críticamente de una obra. Por eso mismo, la crítica del momento es tan solo un apéndice testimonial y hasta oportunista para dar visibilidad a mucho de lo que se publica. Las reseñas, después de todo, vienen a ser el sustento de la industria editorial y quizá un libro que no sea reseñado sea un fiasco para su editor y una condena dolorosa para su autor.

Miseria y gloria de la crítica literaria es un fresco literario ameno de jugosa experiencia, que se lee con interés por lo que revela acerca de la crítica como ave peregrina con multiplicidad de nidos, un libro que muestra ese lado ufano y, cómo no, implacable de lo que significa la crítica literaria y su alcance demoledor. Tal vez la mejor pregunta que deba hacerse uno como lector después de leer el libro consista en que cuando lea una reseña no se fije en quién hace la crítica, sino cómo la hace y por qué. La clave es su conectividad entre la obra y quien la lee.


miércoles, 8 de junio de 2022

La lectura nos refuta


Digámoslo bien alto y sin cortapisas: a los lectores no nos gustan las islas desiertas, ni los libros únicos. Lo que nos gusta de verdad es estar en nuestro hogar, sentados en la butaca de nuestras casas, rodeados de libros y disponer de mucho tiempo, predispuestos al devenir de otro día más, de más páginas, sabiendo que cada jornada es otra nueva oportunidad para lo mismo, pero distinta. Tomar un libro en nuestras manos y seguir leyendo en el sillón o tendidos en la cama es puro regocijo para cualquier lector entusiasta, pero también es apartarse de vivir regladamente, saltarse la norma sin llamar la atención, sentirse más libre y proteico, por tanto, más vivo y versátil.

La vida tiene muchas lecturas. Todo el mundo lo dice, pero son pocos los que tratan de saberlo. Los libros nos aproximan a esa tarea. Un libro es un espacio establecido por el autor, por el que el lector transita, pero que, a su vez, se abre por donde queramos en cualquier lugar donde estemos. Nos acompaña en la mesa de trabajo, en el sillón, en la cama, en el autobús, en un banco de una plaza, en cualquier café. Siempre a nuestra disposición. Con un libro cercano, delante de nuestros ojos pasan cosas y la vida personal se convierte en mucho más de lo que acostumbramos a vivir en el día a día: se añaden anhelos, fantasía, aventuras, hallazgos y hasta se puede sentir lo inimaginable. Porque con los libros, sobre todo, se establecen complicidades, conversaciones y secretos. Ellos ponen la materia prima y el lector pone su toque personal a lo que dicen o insinúan entre líneas.

El nuevo libro del escritor y periodista Guillermo Busutil (Granada, 1961), que lleva por título Papiroflexia (Fórcola, 2022) anda repleto de motivos, guiños y finura sobre todas estas revelaciones y reconocimientos del papel extraordinario que representan los libros en la vida del lector. Busutil hila muy fino en su tentativa, y lo hace en un formato audaz y breve, como es la escritura aforística. Recurre a este género tan exigente para encontrar ese punto exacto donde encajar sus reflexiones y agudezas. Los que ya leímos su libro anterior, La cultura, querido Robinson (2019), encontramos esa jugosa simiente condensada en muchas de sus páginas sobre los libros y la lectura, bien explícita en la cita inicial de James Russell Lowell que dice así: «Los libros son las abejas que llevan el polen de una inteligencia a otra».

Es, eso mismo, polen, lo que discurre por aquí ahora. Papiroflexia es, en sí mismo, un manifiesto de elogio y alborozo sobre el libro y la lectura, un libro plagado de chispas, soplos y resplandores recogidos por el autor a través de su experiencia personal, evocaciones y destellos que la lectura y los libros le han producido a lo largo de su dilatada vida como lector y que le siguen produciendo con tanto reclamo y fascinación. Dice Busutil que “el lector no nace, se hace”. Libro a libro aprendemos. Leer, según nos va mostrando, es una actitud, una manera de despertar la curiosidad que proporciona motivos para el deleite y la reflexión, en esa búsqueda de reconocernos a través del pulso de la palabra escrita. Dice Busutil, también, y no le falta razón, que “leer en presente es un indicativo de cultura”.

Leemos en la contracubierta del libro que Papiroflexia no es un simple libro sobre libros: «es un juego literario de palabras con relieve de papel». Y yo también lo creo. Encontramos en él un rico pensamiento literario en torno a la lectura y los libros, un panel de savia aforística, persuasivo y fértil. Este librito, de hermosa edición, ofrece a su vez, un mapa estimulante que nos invita a leer y a fortalecer nuestra relación con los libros como algo recurrente y saludable: “Leer es un acto de amor con uno mismo”. Y por eso, el autor reivindica la función lúdica de la lectura como juego inteligente en el que quien la propicia aspira al entretenimiento, la sorpresa, el suspense y la reflexión. “Leer, carpe diem”, concluye bajo la inspiración del poeta latino.


Busutil no se limita solo a acuñar aforismos con vocación de emblemas, sino a enseñarnos con tino y picardía mucho de lo que atesora el acto de leer, todo lo que nos ofrece la compañía de los libros: “La lectura es un ejercicio de erotismo del que se entra, se sale, se prolonga y se culmina”. En Papiroflexia hay claramente un rendido amor a los libros y a la lectura, y, cómo no, a sus autores, artífices imprescindibles de esa comunión. Busutil se obliga a que todo ese engranaje que conforma el libro y su destino se ajuste con agudeza precisa en su pericia, se ciña a la condensación y al fulgor que exige el aforismo, y le dé al lector la sensación de que lo dicho tenía que expresarse así, con esas mismas palabras, en ese mismo orden y en sus distintos tiempos verbales de presente, imperativo y futuro.

Así lo aborda el autor, como piezas de un amplio mosaico en el que describir una estancia lectora duradera y jugosa. Lo dice mejor la escritora Nuria Barrios en el prólogo del libro: «Papiroflexia es un libro pequeño y, al mismo tiempo, infinito... En sus páginas hay un huerto y un parque y un jardín y un bosque y una selva». Hay todo eso que indica la poeta, y mucho amor, como también indica, a los libros, al lenguaje, a las librerías, al remanso del silencio en el que la lectura se instala. Es un libro que invita a la relectura y al subrayado.


jueves, 2 de junio de 2022

La escritura y sus abismos


La presente edición de Atila (Sloper, 2022), de Javier Serena (Pamplona, 1982) es una ocasión propicia para dar a conocer al lector, pese al vértigo y tristeza de sus páginas, los últimos años del escritor madrileño Alioscha Coll. En esta obra, Serena recrea la vida indescifrable de este autor que voluntariamente recaló en París para apartarse de su entorno, a modo de exilio, porque en esos momentos se había convertido en un ser atormentado y consumido en su tarea por acabar el libro que había empezado un par de años antes y tanto se le resistía. Eran momentos en los que Alioscha se sentía más cansado que nunca, desengañado y abatido, casi ajeno a los deseos y preocupaciones propias de su edad, pero que, sin embargo, le ofrecían argumentos y motivos para no cejar en el empeño y, así, aplacar su insaciable necesidad de escribir, motivo este que se convertiría en la última tentativa literaria de su malograda vida.

Siempre reaccionaba de la manera más extravagante: al verse solo y confundido, perdido en su distanciamiento de París, en lugar de claudicar, Alioscha optó por refugiarse todavía más en su obsesión por escribir”. Con estas palabras con las que arranca el libro, el narrador nos presenta al protagonista, un personaje de apariencia trágica y solemne que a primera vista parecía zozobrar envuelto en una silueta pensativa de rara expresión que balbuceaba frases del último capítulo de su novela, “y cuyo largo y caótico discurso de versos imposibles y párrafos carentes de sentido apenas iba a terminar unos pocos días antes de matarse”. Es intención del narrador acaparar toda nuestra atención en la figura de Alioscha, un hombre poseído por una desmedida fantasía, un hombre de exultante carácter imaginativo, volcado en una intensa labor literaria, tras la búsqueda, día y noche, de las palabras adecuadas para su obra.

La novela de Javier Serena lleva por título, a modo de homenaje, el mismo que puso Coll a su libro, publicado tras su muerte por la editorial Destino en 1991. Alioscha escribía con la credencial de asumir, sin concesiones, todos los riesgos que le fueran surgiendo en el transcurso de la creación de su obra, huyendo de cualquier facilidad y tradición formal, sin importarle la forma hermética de su apuesta. Dicen de él que ha sido el único autor de la agencia de Carmen Balcells que no alcanzó ninguna notoriedad. Sin embargo, parece que en algunos círculos literarios tuvo cierta resonancia como una figura maldita de las letras. Si curioseamos en internet, encontramos artículos de Javier Marías, Juan Cruz o Patricio Pron, entre otros, centrados en destacar su vanguardismo y escaso relieve, así como de dar cuenta de su extravagante vida. Cabe señalar que Alioscha Coll se podría inscribir en esa línea experimental del lenguaje que Joyce desplegó en su Finnegans Wake. Sostenía que «siempre hay que escribir como si no se pudiera escribir», o dicho de otra manera, como si todo el proceso de creación de una obra literaria fuera un misterio incomprensible.

Javier Marías, reconocido amigo de Coll, llegó a decir de él que era un «hombre culto y educado, de conversación quebrada y llena de pausas, pero siempre inteligente y apasionada, una de esas personas, cada vez más escasas, que se involucran en cuanto van diciendo», que su escritura era un tipo de literatura más bien «imposible», aunque también creía ver en ella un pálpito recurrente de muchas lecturas de los clásicos, con mucho talento verbal y un sentido del ritmo de primer orden. «Mi vida no tendrá ningún sentido cuando haya terminado Atila», cuentan que había dicho en varias ocasiones. Y Alioscha Coll, harto de esa insoportable levedad que le resultaba la vida, se suicidó en París en noviembre de 1990 cuando tenía 42 años.

Volviendo al libro de Javier Serena, su Atila es una fascinante biografía ficcionada que se inspira en su figura. Para él Alioscha es en sí mismo un personaje novelesco, introvertido y complejo, al que describe como “un hombre verdadero como pocos, con una mente lúcida e impenetrable al mismo tiempo, infundido de un talante tan épico que a veces parecía que viviera en la ciudad igual que si la hubiera conocido cien años atrás [...] Ya entonces era un hombre desahuciado, sin posibilidad de redención, incapaz de comprender las pasiones y las luchas del resto de la gente, con tal costumbre de pasar de una emoción a la contraria en un instante que hacía del él un ser por completo imprevisible”. Y así, sucesivamente, va esgrimiendo rasgos de su personalidad y extravagancia, de su vocación suicida, extravíos, obsesiones, desinterés familiar, de su ingenuidad y de su implacable soledad.

El libro de Serena explora todas estas vicisitudes y lo hace con soltura y desnudez. Conecta y empatiza con la manera de sentir y de comportarse su personaje, un hombre de incurables abstracciones, que en su reducto de soledad parece carecer de confines, de brújulas, de líneas de demarcación. La voz narrativa escogida para llevar a cabo esa conexión es la de un periodista de una revista cultural que es quien se ocupa de contarnos su historia. Nos acerca al personaje retratado desde su experiencia como testigo, a través de las conversaciones telefónicas que mantiene con Carlos Valls, primo de Alioscha, o desde la mera inventiva e intuición.


Atila es, por tanto, el retrato de un letraherido de espíritu romántico, inmerso en la necesidad de dejar un cierto legado de belleza, de pensamiento y de creatividad, un retrato que, además, refleja la pulsión irreductible de su protagonista, el vértigo consentido de alguien con visos de fatalidad y arrojo, que buscó con empeño su redención a través de la escritura.

Javier Serra firma un novela repleta de pasión visceral por la escritura y sus abismos, un libro que ahonda en las pequeñas y grandes interrogantes de cualquier existencia: el afecto, la vida familiar, el anhelo, el dolor y la pérdida. Es su obra de una lectura amena e intensa en su forma, y muy literaria y conmovedora en su fondo.


viernes, 20 de mayo de 2022

Una mujer enigmática


Podríamos decir, de entrada, que La muerte feliz de William Carlos Williams (Candaya, 2022) es una novela sorprendente, de paradójica belleza y pálpito lírico, que traza un viaje intenso y desafiante por la vida de la singular y enigmática artista Raquel Hobeb, madre del gran poeta modernista William Carlos Williams, hija del comerciante judío Salomón Hobeb, quien ya desde muy niña se entretenía en el colegio francés de Mayagüez con revistas de modas parisinas, soñando en convertirse en famosa pintora. Todo ese anhelo artístico, acompañado de los entresijos y secretos del núcleo familiar, conforma el pulso narrativo que traza la escritora Marta Aponte (Cayey, Puerto Rico, 1945) para llevar al lector a conocer, no solo el mundo personal y artístico de su protagonista, sino también para acercarnos a sus orígenes, ascendencia y educación y, especialmente, para contarnos la relación con ese hijo suyo, médico y poeta, que siempre anduvo alerta de sus cuidados y confidencias artísticas.

De hecho, la obra de Williams guarda una gran afinidad con la pintura, un entusiasmo trasmitido por su madre, cuyo interés mantuvo vivo toda su vida. Además Williams publicó en 1959 un libro sobre su madre bajo el título de Yes, Mrs. Williams: A Personal Récord of My Mother. Este texto propicia el interés de Marta Aponte para poner en marcha su novela, un hallazgo que le llevó a recrear la vida y el vínculo artístico de ambos, cada uno de ellos absolutamente implicado en sus resonancias identitarias y gustos personales. Al hijo le gustaba Brueghel entre los pintores mayores. A la madre le gustaban las flores y tenía predilección por la poesía idealista, “la que nos arrebata el corazón y el alma a un plano superior”. Pero le dice al hijo que su preferencia no le impide disfrutar de su poesía. Sabe que su hijo desde los primeros tiempos siempre estuvo obsesionado con su tarea como poeta, con la cuestión fundamental de intentar hallar en sus versos algo que fuera mensurable, pero que sustituyera las formas métricas clásicas fijas para construir la base de una nueva composición poética. Y es que, para Carlos, la experiencia poética verdadera no existía hasta encarnarse en el lenguaje.

Pero volviendo a ese París cultural, atravesado por la literatura, la moda y las artes, tan idealizado por Raquel Hobeb, su presencia la vamos a seguir encontrando en toda su amplitud histórica y real del momento por diferentes capítulos de la novela. Raquel llega al París de 1878, y se encuentra una ciudad esotérica y también envuelta, como ella misma, en artes espiritistas, al París de la tercera Exposición Universal, una metrópolis que todavía intenta distinguirse como referente artístico del mundo. Precisamente, esto mismo le hace recapacitar y entender que no hay manera de entender el mundo sin tomarle su medida, como así se cuenta en otro de sus capítulos. Entiende la artista que París requiere ponderar su modelo de universalidad, algo que, para ella, mujer caribeña, le impulsa a sublevarse, después de ver en Trocadero todo lo que se exponía sobre el capitalismo y sus máquinas. Tras aquella visita a la capital europea, confiesa que Nueva York ya no le impresiona. Se lo dice al marido y a su hijo Carlos tras asistir a un concierto en Carnegie Hall, “un teatrillo de mala muerte que no podía compararse con la más austera sala parisina”.

Marta Aponte adereza su imaginario trazando una narración en la que convergen distintas voces para construir una novela desde las preguntas y la memoria, desde los espacios en blanco y anhelos no explícitos de sus personajes, una manera de fijar su mirada en la forma en que nos contamos la vida de los demás y en cómo se fundan sus mitos y testimonios. En uno de los capítulos finales del libro, la narradora evoca a su abuela Fermina desgranando café en la isla y recordando el balanceo del barco en el que su hijo mayor emigrara a Nueva York, mientras que William Carlos visitaba acompañado de Ezra Pound y Marianne Moore el observatorio astronómico que dirigía el padre de Hilda Doolittle en Pennsylvania. Desvela la autora que el poeta cuenta en una carta que la biografía de Raquel reflejada en su libro Yes Mrs. Williams aspiraba a ser su obra más importante, la que mejor recogiera los recuerdos de su madre, un libro de evocaciones propias y ajenas en el que estarían presentes hasta los olores y sabores de los barrios por los que pasó su madre.


La voz y los pasos de la madre del poeta son una constante en el libro. La autora entra en su imaginario y plasma los pensamientos, vivencias y maneras de interpretar el mundo de la artista, lo que la llevará de Puerto Rico a París y luego a Nueva York y a Rutherford en New Jersey. Raquel está ahí en el meollo, testigo de todo ese ambiente, solapada con la otra historia que se entrecruza inevitablemente, la de su hijo Carlos. Por eso llama la atención el título de la novela, cuando, en verdad, quien muere con una sonrisa entre los labios es ella. Quizás Marta Aponte acreciente su enigma con ello, resaltando el valor presencial del hijo en los últimos días de la vida de su madre, a la que reconocía como una mujer de intensas inquietudes al tiempo que severa y fría.

La muerte feliz de William Carlos Williams es una novela incandescente, con aire de poema-libro y mucho material biográfico, escrita con una prosa desbordante, de ritmo intenso, que refleja el puzzle que conforma la identidad y el peregrinaje de sus protagonistas. Ahí está lo más sugerente del libro, en la resonancia de sus vínculos, pero también en ese aire poético que transita por todo el texto, un soplo narrativo sostenido en el que predomina la verdad íntima de lo vivido por dos seres conectados bajo un retrato generacional afín.