jueves, 26 de noviembre de 2020

Lectura ilustrada


El acto de leer se asemeja más a un arte que a una mecánica, necesitado de una motivación y de un retiro voluntario que hagan posible el diálogo con otro en el seno de la intimidad, la soledad y el silencio. Leer implica eso y también encajar un texto en un contexto preciso de interpretación. Por otra parte, la lectura continuada aporta frescura a nuestro intelecto y lo reconforta de los achaques de la edad. Canetti, contemplando a los setenta años su propia biblioteca abarrotada, se decía que seguir acumulando libros formaba parte de su rebeldía contra la muerte. Con esa prerrogativa contaba tener la disponibilidad de poder elegir qué leer y seguir teniendo en su mano, pensaba con cierta arrogancia, el curso de su propia vida.

Sin llegar a esa preeminencia del escritor y pensador sefardita, somos muchos los que participamos de esa misma rebeldía. Somos muchos los que nos identificamos con ese significado de la lectura como consuelo y ejercicio continuado de la mente. Cultivarla se basa sobre todo en la observación y en dar tiempo al tiempo. Leer agiliza el pensamiento, produce delectación, acrecienta el discernimiento e impele a contarlo. No conozco a ningún lector que, gozoso con lo que ha leído, no acuda a comentar su dicha con gente afín, amigos, seres queridos o conocidos. Yo también lo hago y celebro mis hallazgos en esta bitácora de lecturas que, desde hace ya casi una década, mantengo activa como espacio que me permite poner en valor lo que la lectura tiene también de vínculo social en el sentido de compartir con los demás lo bueno que uno lee, o cree haber asimilado de lo que ha leído.

El nuevo libro del diplomático, bibliófilo, poeta y escritor Miguel Albero (Madrid, 1967) La orgía callada (Abada, 2020) posee esa jerarquía gratificante propia de un texto evocador y bien urdido que aborda con empeño, sutileza y humor un elogio apasionado sobre la lectura, pero tomando como referencia al sujeto que la desempeña: el lector de libros. “Leer al lector, ése es el objetivo de estas líneas”, dice el autor en el arranque de su ensayo, apoyado en el epígrafe que recoge una de las citas más celebradas de Gustavo Flaubert que dice así: «La única forma de tolerar la existencia es perderse en la literatura como una orgía perpetua».

A esa fiesta nos emplaza el libro. Y en su antesala nos encontramos con la presencia de Nabokov y Steiner, dos escritores importantes señalados por el autor que siempre estuvieron muy volcados en poner su atención literaria a ese reclamo perpetuo de la lectura. En ese acompañamiento y en ese objetivo marcado de atención lectora, Albero nos proporciona los cuatro rasgos que identifican la figura del lector de libros que participa de lo que él denomina “orgía callada”: El primero es que el lector no está nunca solo, como en las orgías. El segundo es que se encuentra desnudo. El tercero es que es promiscuo, eso sí, sin jadeos. Y el cuarto rasgo distintivo y derivado de esto último es que se trata de una orgía particular y diferente, una orgía silenciosa.

Aunque en las muchas ilustraciones que acompañan al libro aparezca un lector aislado y solitario, se refuerza lo contrario de lo que parece, dejando bien sentado que el lector de libros nunca está solo. Conviene reiterarlo, subraya Albero en el capítulo que habla de la no soledad del lector: “Porque leer es dialogar con otros vivos ausentes, o con muertos presentes, estar con otros, esos otros que en el libro habitan; el autor, desde luego, pero también todos y cada uno de los personajes, ya sea ficción o ensayo, Historia o historias, allí siempre hay gente”. El lector de libro viaja, la lectura lo transporta y lo convierte en un “solitario acompañado”, nos dice, consciente y predispuesto a que ese libro que lleva entre sus manos lo lleve inevitablemente a otros libros.

En otro capítulo bien podría resumirse tomando una de las cuatro citas que lo preceden. Me refiero a la de Wilfred Maertens que dice así: «Por mucho que me abrigue o me arrime a la chimenea, siempre que leo tengo la sensación de estar desnudo; no tengo frío, no, pero ropa tampoco». En esa desnudez figurada conviene subrayar que el lector está desnudo porque no precisa de ningún ropaje especial para seducir al interlocutor que aparece en el texto, más bien requiere pasar inadvertido, sin ninguna prenda que llame la atención. Y está también desnudo, como indica el autor, “porque se enfrenta despojado a cuanto viene, porque lo afronta sin parapeto”.

En ese deambular de la obra por la esencia de cómo se sitúa el lector ante un libro, conviene recordar, como atina Albero, que “el lector de libros empieza por ser lector de un libro”, y que “hay siempre un libro fundacional” que lo inicia en futuras lecturas. Los libros se suceden, vienen otros al reclamo de aquella primera lectura y ese germen hace convertir a alguien que lee por primera vez un libro en un potencial lector de libros. Todo lo que despliega este ensayo no es más que un acto de invitación al vicio de leer al que muchos nos hemos entregado. La orgía callada procura las mejores condiciones para que la realidad siempre imprevisible de ser lector se muestre visible, con ese pálpito de trasladar con gracia y con total claridad eso de que no hay mejor cobijo para el deleite, la satisfacción intelectual y el asombro que el que reportan las páginas de un libro.

Uno, como lector incorregible, nunca regala su atención a un libro de forma gratuita. Lo hace cargado de ilusión y con la esperanza de recolectar su fruto. Asumir ese riesgo es la aventura que siempre se está dispuesto a correr cada vez que decidimos leer un libro, confiados en una recompensa final. Cuando el resultado esperado se confirma, entonces el regocijo nos lleva a exteriorizarlo. Es lo que me acaba de ocurrir con este pequeño y hermoso volumen de Miguel Albero, una suerte de hallazgo que hará partícipe igualmente al curioso que se deje tentar por ese reclamo de orgía callada que anuncia su cubierta.


jueves, 19 de noviembre de 2020

Relatos explosivos


Un libro de relatos se basta a sí mismo para revelarnos todo lo que sus historias tienen que revelar. Por mucho que interpretemos, por mucho que indaguemos, todo lo que sus piezas tenían que decir está ahí, a la vista. No necesita de ningún manual de instrucciones que nos guíe sobre cómo debe ser leído o interpretado. Solo necesita de la atención de un lector dispuesto a someter su insaciable curiosidad e imaginación, con cierto sentido práctico, y dejarse llevar por el misterio del relato que, en muchos casos, encuentra analogías en los propios materiales de la vida. A este respecto, decía Kafka que “la verdad interna de un relato no se deja determinar nunca, sino que debe ser aceptada o negada una y otra vez, de manera renovada, por cada uno de los lectores”.

En las piezas reunidas en El agua del buitre (Baile del sol, 2020) del músico y escritor Andrés Ortiz Tafur (Linares, Jaén, 1972), vamos a encontrar esas analogías y misterios de la vida entretejidos con una serie de testimonios y de situaciones llenos de giros inesperados. Los sentimientos, ensoñaciones y motivos que impulsan a los personajes de estos relatos son tan antagónicos como nos parecen a los que los observamos. Quienes lo protagonizan son seres que ponen pasión en sus ideas y siempre buscan razones que justifiquen sus sentimientos, historias que se basan tanto en la realidad común a todos, como en su controversia, o si se quiere mejor, que fijan su lugar en los pequeños atisbos y fragmentos que tienen que ver más con todo lo que la vida posee de extravagancia, arrebato y perplejidad.

Ahora que se cumple cuatro años de la publicación de Tipos duros, Ortiz Tafur vuelve al cuento, un género que para él es una fuente inagotable en la que volcar historias y tramas que le valen para alumbrar aspectos esenciales de la experiencia humana. En esta ocasión, reúne dieciocho relatos breves, explosivos y perturbadores que toman su materia prima de la realidad y de sus espejismos, para mostrarla más desnuda y amarga, con esa pátina de desconcierto y extrañeza, a través de unos personajes en los que, en el arte de vivir, se las apañan como meros aprendices de sí mismos. Todos ponen en juego su realidad. Todos están abocados a los designios de un destino, y ese es el escollo con el que tropiezan inevitablemente.

Relatos insólitos que nos conducen a lugares de aparente tranquilidad en los que apenas suceden grandes cosas, como en Golpe a golpe, el primero de ellos, hasta que una piedra y los versos que salen de su rodar irrumpen en el pueblo, alentando la euforia de los vecinos, ajenos a lo que va a ocurrir. En el titulado Clemente, un muerto anda ocupado en visitar a los que tuvieron alguna relación con él para constatar que sigue siendo invisible igual que antes. Una prueba de amor es el hilo conductor del relato que pone título al libro. En Estaciones fuera de servicio, escrito en segunda persona, el amor no correspondido anda a salto de mata entre un estanco y una gasolinera. Un mundo de mierda, uno de los relatos más significativos, condensa el peso de la rutina y el devenir de los días, sin apenas nada extraordinario que resaltar, pero con la misma retahíla de incertidumbres y lastres del resto de su obra.

Cada uno de los cuentos refleja una temática social y todas las historias poseen un denominador común: una recomposición del mundo real desde la experiencia vital de gente lastimada por el dolor, el desamor, la muerte o el desatino. La fosa séptica, por ejemplo, es un relato agrio y conmovedor en el que la violencia socava las vidas de sus víctimas atrapadas por el miedo. En otra historia, la titulada En el bar de abajo, el narrador es un escritor que encuentra inspiración en la anómala relación que sostiene su mujer con su mejor amigo. Por esas mismas lindes de infidelidades se desenvuelve Palabra de honor, un cuento conmovedor, con un protagonista de avanzada edad que relata con indulgencia cómo su pasión y ardor son ya agua pasada. La fatalidad del amor también se da cita en el relato Almería, la historia de un marido engañado que ha puesto tierra de por medio para rehacer su vida.

Las claves de todo lo que envuelve a este buen puñado de relatos la encontramos en esa realidad distinta, a veces surrealista, por la que transitan muchos de sus pasajes. El ambiente que el lector encuentra, envuelto en situaciones extrañas y límites, casa bien con la verosimilitud de la realidad expuesta y de la que se vale para reflejar el desconcierto con el que todos sus personajes viven y sobrellevan sus pérdidas. Ortiz Tafur logra que la voz del narrador de cada uno de sus cuentos repare en sus carencias y las superen a través de los sentimientos de cada individuo. Así consigue que su texto tenga un tono dinámico y nada complaciente que, además, resulte ser un espejo social que habla por boca de amantes, esposos, mujeres y seres malparados.

Ningún relato de El agua del buitre deja indemne al lector, todos remueven posos que incomodan e inquietan. Su arma más poderosa no es otra que la habilidad para presentarnos personajes sometidos a circunstancias sobrevenidas por el azar y el destino que acaban en conductas imprevisibles. Ortiz Tafur firma una estupenda colección de cuentos que esquiva el realismo común para dar rienda suelta a su invención y para mostrar por qué la ficción es un terreno en el que todo lo que sucede puede ser creíble. No dejamos de poner en alza lo que tiene de valor la astucia narrativa de quienes, como él, dan sentido a lo que Roa Bastos decía: “Escribir no significa convertir lo real en palabras, sino hacer que la palabra sea real”.


jueves, 12 de noviembre de 2020

El fascinante escenario de lo escueto

Con el paso de los años, el aforismo ha adquirido un protagonismo importante en el entorno literario, editorial y cultural de nuestros días, una recuperación celebrada y necesaria para un género que a finales del siglo pasado andaba aletargado. Cada vez son más los lectores que se acercan a sus páginas, alentados por la brevedad, esa característica que siempre ha de cumplir el aforismo y que determina su valor existencial. Para algunos, el único criterio efectivo para distinguirlos de otros textos parecidos es precisamente dicha brevedad. Concisión y laconismo son, por tanto, dos distinciones fundamentales que conforman la esencia y sabor del aforismo. Ese minimalismo expresivo se caracteriza, además, por su genuino ejercicio de ingenio, agudeza o perplejidad. Podemos afirmar que todo eso y lo que incorpora siempre de sorpresa y novedad, han dado más valor y atractivo para que los lectores, cada vez con más entusiasmo, acudamos al desafío de sus publicaciones.

Sostiene Carmen Camacho que “las formas aforísticas limitan al norte con la filosofía y al sur con la poesía”. Y, en verdad, uno que se considera fan del género, percibe que hay una cierta correspondencia entre ambas disciplinas como cualidad híbrida del aforismo. Esa cartografía hace del aforismo un trayecto exigente y por eso demanda un lector con la pericia necesaria para interpretar lo que anuncia y lo que deja en suspenso. Su economía verbal requiere, paradójicamente, de la lentitud de su lectura. Es más, la precisión de sus palabras procuran, a su vez, iniciar un diálogo con quien lo lee. Por eso es normal que la lectura de un aforismo derive en una relectura. En su esencia y protocolo, reclama la colaboración del lector, que concluya y rumie lo que de esbozo se presenta escrito.

Para el poeta, antólogo, crítico y aforista Jose Luis Morante (El Bohodón, Ávila, 1956) todo lo anterior encaja en su manera de entender la esencia y concepto de esta “escritura mínima y liliputiense” que representa el aforismo, como señala con gracia y complicidad en el prólogo de su reciente libro 11 Aforistas a contrapié (Ediciones liliputienses, 2020) que titula El arte de eludir. Y en esa tarea de elipsis y condensación tan propias del género, no quiere pasar de puntillas sin dejar de señalar lo que para él tiene de significado y proyección esta forma fragmentaria de escritura: “Los aforismos integran pensamiento poético, filosofía, sociología y experiencia. Son ingredientes sintomáticos que generan una estimulante pulsión intelectual”. Alude también a esa idea de que “el aforismo parte de una voluntad de autoconocimiento”, como apuntándonos a que sus limitaciones formales de gestación son causas, más que impedimento, para la inspiración.

Los aforistas aquí reunidos conforman un cartel heterogéneo de poetas que, en palabras del antólogo, “no pretenden alentar criterios dogmáticos” sobre esta particular manera de escribir literatura, sino dejar oír sus pensamientos. Cada uno de ellos muestra su voz y mirada interior para contarnos en un buen puñado de miniaturas verbales sus motivos personales, sus dudas y convicciones íntimas. Y así por ejemplo, empezando por Luis Felipe Comendador, descubriremos su ironía disidente y “sus escorzos interpretativos”, como dice Morante de él que en estos dos aforismos escogidos al azar podemos vislumbrar: “La soledad es un arte mayor que me fascina”; “De un buen pesimista se aprende muchísimo”. De Karmelo C. Iribarren se destaca el escepticismo y el peso de la realidad de lo cotidiano que tienen sus aforismos: “Para llevar dos vidas es fundamental no quedar a la misma hora en las dos”, nos advierte.

Continúa con una selección de breverías de Elías Moro en las que la memoria y la evocación son protagonistas decisivos, como este ejemplo: “No sabemos lo que realmente somos hasta que ya no hay remedio”. De Mario Pérez Antolín resalta su “impronta verbal” como refleja esta confesión suya: “Mi primera experiencia como hombre libre se produjo el día en que desobedecí una orden y pagué por ello”. La otredad y la duda están presentes y bien representadas en esta compilación por Felix Trull, alter ego del editor José Luis Trullo: “Una certeza es una duda coagulada. Pero esto no es seguro”. José María Cumbreño, Luis Arturo Guichard y José Antonio Olmedo López-Amor completan la selección de autores seleccionados.

La irrupción de mujeres aforistas es un hecho cada vez más numeroso e importante. Manuel Neila en su libro Bajo el signo de Atenea (2017) da cuenta de ello con una estupenda antología de diez cultivadoras del género. En ese mismo espacio insular que nos ocupa, el libro de Morante incluye las voces de tres poetas que contribuyen a realzar lo que el aforismo posee de vislumbre y epifanía. El sujeto, el mundo y su compromiso social están muy presentes en este aserto de la primera de ellas, Ana Pérez Cañamares: “Cuando la inocencia ya no es posible, nos queda la honestidad”. El intimismo soñado e imaginativo está en muchos aforismos de otra de las invitadas, Rosario Troncoso: “Lo más importante ocurre siempre la víspera del día más importante”. Y, por último, la sobriedad comunicativa y reflexiva de la más joven de ellas, Sihara Nuño, poeta, pintora y librera a la que le gusta trazar observaciones, perspectivas y sugerencias: “Vivo arbitrariamente. Como me es posible”; “No es posible burlar a la muerte. Por fortuna la vida tiene un aforismo”.

11 Aforistas a contrapié es una invitación razonada a seguir leyendo aforismos, a traspasar sus fronteras. Jose Luis Morante resume en su nota final la intención y propósito de su empeño: “El recuento despliega once respuestas cortas a la fragmentación postmoderna, que desvirtúa discursos y certezas e insiste en recalcar el espacio ficticio de la realidad diaria”. Por eso mismo, se podría decir que este libro suyo, hermosamente editado, proclama y expande lo que tiene el aforismo de género fronterizo y deslizante, un engarce que participa del pensamiento nómada que en sí mismo representa, visto a través de once voces representativas de ese fascinante escenario en el que lo escueto anda en busca de atención y lectura. Mucho más de lo que parece.


lunes, 9 de noviembre de 2020

La realidad y sus anomalías

“La enfermedad es el lado nocturno de la vida, una ciudadanía más cara. A todos, al nacer, nos otorgan una doble ciudadanía, la del reino de los sanos y la del reino de los enfermos. Y aunque preferimos usar el pasaporte bueno, tarde o temprano cada uno de nosotros se ve obligado a identificarse, al menos por un tiempo, como ciudadano de aquel otro lugar”, escribe Susan Sontag en su luminoso ensayo La enfermedad y sus metáforas.

Dicen los síntomas (Tusquets, 2020), Premio Tusquets de Novela y tercera novela de Bárbara Blasco (Valencia, 1972) es una historia en la que todo lo que sucede está delimitado por la habitación de un hospital en donde la enfermedad, los sentimientos y el malestar interior compiten al mismo tiempo. Estamos ante un relato nacido desde las entrañas de la literatura, que se adentra en esas inestables coordenadas emocionales y físicas a las que alude la escritora neoyorquina referidas a la salud y a la enfermedad como doble ciudadanía. Hay también ecos literarios que apuntan en la dirección de Virginia Woolf, aproximándose a esa misma hondura a la que la novelista británica descendía para hablarnos de la enfermedad y sus síntomas.

Lo que el lector se va a encontrar en la novela de Blasco es el retrato de una mujer en crisis en un ámbito en el que la enfermedad y la desazón personal lo alcanza todo. Esta es una historia que cuenta los problemas sentimentales y laborales de Virginia, su protagonista, durante las sucesivas visitas diarias a su padre en el hospital. La habitación se convierte en el epicentro donde se pone a prueba la fragilidad de los vínculos familiares existentes entre ella, su padre moribundo con quien nunca se llevó bien, su madre, una mujer sumisa y su hermana, la hija perfecta que todo lo hace bien. Allí mismo surgirá una relación insólita y especial con otro paciente, un hombre enigmático que le hará albergar esperanzas cuando todo en su vida parecía estancado, perdido y sin visos de arreglo.

Escrita en primera persona, en Dice los síntomas su autora apuesta por proponernos un texto que no se queda atrapado simplemente en las garras del dolor. Tampoco pretende relegarse a la mera tarea de relatar el proceso degradante del final de la vida de un padre enfermo. Aunque hay una firme determinación de sopesar todo lo que encarna la enfermedad, la novela transita por ese lado más profundo de fijar su conexión, a modo de síntesis, entre la realidad y el cuerpo, sin dejar de lado el humor y la ternura. Esto es, la novela pertrecha dicha conexión tomando vuelo desde la propia experiencia de compartir un tiempo nada complaciente en el que la vida y el desconcierto doloroso de la enfermedad se rozan, hasta el punto de poner en jaque los sentimientos y el sentido de sus estragos. La historia de este libro la protagoniza el malestar interior de su protagonista, pero también responde a una reflexión, o varias, según se mire, sobre la familia y la enfermedad, sobre el bienestar y su revés, sobre el amor y el propio cuerpo.

La enfermedad, viene a decirnos su protagonista, tiene, o debería tener, buena parte del poder nivelador que tiene la muerte. Pero en esta historia no se esquivan las anomalías de quienes están alrededor del enfermo y no saben pasar por alto muchos detalles que, en plena salud de sus miembros, no quisieron compartir en su momento, sino todo lo contrario, que significaron un escollo en sus relaciones posteriores. Aunque ahora, madre y hermanas, cada una a su manera, pese a tantas incomprensiones y desdenes, parecen por momento estar de acuerdo en asumir calladamente lo que la voz deliberante de su protagonista deja dicho: “A cierta edad, todo dolor se vuelve físico. Y acumulativo”.

Aunque Virginia, la narradora, va más allá en su manera de interpretar esta consideración, ese cúmulo, a su vez, refleja inevitablemente en su corazón una indiferencia clamorosa hacia la figura del padre: “Realmente, no tengo nada grave que reprocharle, tampoco nada importante que agradecerle”. En esa voz desconsiderada suya hay un lamento disimulado por salvarse ella misma, un gemido encubierto con el que aliviar su desencanto y resentimiento.

Todo ese magma hace que Dicen los síntomas se muestre como una historia cruda y ácida cuyo desarrollo y resultado la convierten en una novela muy bien urdida, en la que sobresale su prosa limpia y punzante. Bárbara Blasco firma un estupendo libro que acaba con un sorprendente final en el que la realidad de su protagonista anuncia el principio de una hermosa epifanía.


lunes, 2 de noviembre de 2020

Ciudades marcadas

La historia no está escrita como ha sido experimentada, y eso debería estar también presente. “El historiador es el guardián de la verdad histórica que es la verdad de los hechos”, nos recuerda Hannah Arendt. Quizás por esto hacemos lo imposible por querer saber otros muchos detalles no revelados que pongan más luz al hecho histórico conocido. La Historia, en general, condiciona nuestra mirada sobre los hechos ocurridos del pasado. Por eso conviene acudir a los hechos para examinar la verdad, teniendo en cuenta la voz de quienes vivieron aquellos momentos y hoy siguen siendo testigos del ayer.

Algunos libros van por ese camino de aproximación. Libros que se interesan por el testimonio de los propios protagonistas de un hecho histórico. Su objetivo es indagar y saber cómo era para ellos vivir por aquel entonces en el lugar en el que transcurrió la historia que se pretende contar. Y el resultado viene a confirmar cómo determinados episodios de la historia reciente han llegado a convertirse en símbolos y sentimientos para mucha gente que, por eso mismo, han condicionado la realidad existente de esas mismas ciudades que hoy en siguen marcadas por el peso y significado de su pasado.

A esta perspectiva tomada en el lugar y en el tiempo se deben las historias recogidas en Guardianes de la memoria (Fórcola, 2020) del escritor y periodista Álvaro Colomer (Barcelona, 1973), un libro de crónicas de unos lugares en los que en su realidad cotidiana laten aún sentimientos de reconciliación, de dolor, de fatalidad, de miedo ancestral o de clamor religioso dependiendo de la ciudad a la que se refieren. Así mismo, es también un libro de viajes dirigido al corazón de unos territorios históricos a los que el autor incorpora el testimonio fresco de quienes fueron partícipes de los acontecimientos o simplemente nacieron después y se encontraron con su legado.

Rodeado de un halo de misterio, el lector se va a encontrar, por tanto, con un texto que rinde homenaje a cinco ciudades o regiones muy marcadas por su determinante sino histórico. El propósito de la obra queda dicho y aclarado en el prólogo: “Este libro está dedicado a los habitantes de las ciudades que soportan el peso de la Historia. Son nuestros «guardianes de la memoria», hombres y mujeres que cedieron su futuro para que nosotros tengamos un pasado[...] Y lo han hecho para que nosotros tengamos un lugar al que ir cuando queramos recordar de dónde venimos”.

El libro señala un periplo que recorre cinco enclaves. Nos vamos a encontrar con ciudades como Gernika, Auschwitz o Chernóbil que vivieron estremecedores acontecimientos grabados para siempre en la memoria colectiva. También hay lugar para la singularidad, como la que representa la población de Lourdes, que no deja indiferente al viajero que se acerca a su término municipal y comprueba la emoción que despierta la peregrinación de miles de personas a su santuario mariano. Como también hay un capítulo reservado al inframundo de los vampiros de la enigmática Transilvania. No podemos evitar un cierto escalofrío cuando oímos hablar de esta región rumana con su castillo y el nombre de aquel conde Drácula creado por Bram Stoker.

Todo lo que fluye por cada uno de estas historias viene a confirmarnos que mucho de lo que revelan sus páginas no es solo una indagación de alcance de lo que sucedió en unos territorios, sino más bien una interpelación sobre cómo las consecuencias de los hechos históricos se perpetúan en la vida real y presente de la población. Para ello, Colomer se vale de datos, notas, entrevistas, anécdotas y viejas historias. Nos cuenta cómo eran estos lugares antes y después de entrar en la leyenda, sus ecos y cicatrices que han sido claves en la reciente historia de Europa.

Álvaro Colomer nos entrega un ensayo escrito con inteligencia y sentido ético, que reflexiona sobre la visibilidad de los grandes acontecimientos de la historia a través de un recorrido por unos territorios que siguen desafiando su legado con estrépito. Las ciudades se comen a los hombres y por eso es posible perderse en ellas. Recuerdo un pasaje de Inre Kertész en Diario de la galera que aborda el lamento del hombre perdido, ahogado en las cicatrices de su ciudad y clama que “pensar sobre la vida equivale a cuestionarla”. Es esa idea la que sostiene este trabajo ensayístico, la búsqueda de la verdad sin apartarse ni un ápice de la idea de que todo saber, como la propia vida y la Historia, está sujeto a revisión.

¿Qué es un libro sino una forma del paso del tiempo? Guardianes de la memoria es un gran título para un libro que comprime tiempo y memoria a través de las experiencias viajeras de su autor. Un texto apelativo que también es una suerte de señal de cómo el flujo del mundo de ayer en lugares referentes de nuestra historia común se perpetúa y refleja en el presente. Quizás sea siempre así.


martes, 27 de octubre de 2020

Convalecencia


Para
Carlos Frontera (Jerez, Cádiz, 1973) escribir es un camino para averiguar algo e, incluso, descubrirlo, un modo de entenderse con las cosas que pasan dentro y fuera de uno mismo, conocer sus resortes y entresijos, lo que activa o paraliza la conducta humana, como así dejó entredicho en Andar sin ruido (2017), su sorprendente libro de relatos con el que debutó como escritor. En él exploraba el comportamiento de gentes apremiadas por salir del atolladero en el que se encontraban, cada uno a su manera, aunque el aplastante peso de la realidad les condicionara a todos por igual; seres incompletos y taimados, conscientes de su fragilidad y de que algo esencial siempre anda en juego, que anhelan, con poca convicción, llegar a ser algo más acorde con lo que un día soñaron.

Ahora, con Eco (Candaya, 2020), su nuevo libro y primera novela, se expande por esos mismos asideros pero en una construcción narrativa más inmediata e intimista, la de la propia experiencia. El lector participa de un relato introspectivo que muestra el estado convaleciente del narrador en el que todo parece estar desenfocado. Hay una necesidad de reaccionar a ello y desatar lo que se aloja en su interior de incomprensión y rabia. Y en ese requerimiento de leerse a sí mismo y al mundo inestable que le rodea, de intentar reincorporarse de la inmovilidad de su cama para poner claridad o, al menos, vislumbrar quién es y dónde está. Y esa es la voz narrativa que transita por estas páginas y se hace escuchar, la que vierte lo recóndito de su estado y sacude sus efectos: “A la experiencia tiempo, a la experiencia mano, les puedo agregar preguntas, esto es, literatura, en un intento por entender algo”.

Dice Umbral en Mortal y rosa que escribir es meter la vida en un libro, tomarle medidas al tiempo. El relato de Frontera percute en ese mismo ámbito y costuras. El dolor y el desacato por el que deambula su relato es un laberinto, una espiral no exenta de pérdidas. El dolor repasa pasajes, duda continuamente, vuelve atrás, como una bestia apaleada que no acaba de aprenderse el camino marcado por el paso del tiempo. La infancia, el hogar, la conciencia, el desamor y la memoria acuden a tirar del hilo que resuena en la propia voz del narrador a lo largo de todo el libro: “Yo soy el canal de desagüe. Yo, el atasco”.

Eco es todo eso, la cosmogonía de un hombre roto y refractario que no para de preguntarse acerca de su relación consigo mismo y con los demás, un monólogo interior sobre el desconcierto íntimo y familiar. Durante su prolongada estancia en casa, recuperándose de una operación de tabique nasal, el narrador de esta intensa novela repasa fragmentos de su pasado que apuntan a episodios en los que retumba la figura contradictoria y hostil del padre, una traslación que pone en jaque todo lo que desde una temprana madurez se pone en valor referido a la libertad, la voluntad y la toma de decisiones.

Eco es una novela breve, vehemente y tajante sobre la resiliencia y la superación personal que, pese a su tono herido, en ella prevalece un afán determinante de escapismo, de abandonar el aislamiento, que desafía a la realidad y sus esquirlas. Con una prosa ágil y puntillosa a la que no le faltan sus vetas de humor, Carlos Frontera relata el tono vital de un hombre que padece y analiza su padecimiento, y ante lo complicado de narrar sus rarezas empieza a querer aplacar esa contrariedad que lleva dentro, arrancando medias sonrisas al destino paralizante de una convalecencia que ya no debe alargarse más, que pide resarcirse del pasado y vencer al cansancio, al dolor y a la blandura del cuerpo.

Eco es también una evocación de un viaje al Himalaya en el que el autor deja ver el impacto de una aventura no culminada que enlazará con la pericia narrativa que impulsa el espíritu combativo de la propia novela. El entendimiento de la montaña se deja ver aquí fijándolo en el significado de la dificultad de su ascenso. La cumbre espera, es el logro final, la entrada sublime a ese espacio abierto, llamado cima, de intemperie absoluta cargado de plenitud y silencio.

Lo que aparece en Eco de la montaña es metáfora y vida, el lugar y la aventura donde se asienta un argumento revelador de quien busca la dimensión sublime e incierta del logro, que viene a dar sentido a aquello que dijo un filósofo: que el hombre es un ser de lejanías, de distancias y utopías. Y que, también, debe aprender a ser criatura de lo inmediato y cercano, del fracaso y del vuelta a empezar. Es lo que trasciende de esta implacable y exacerbada novela que, según deja dicho su autor en el epígrafe del libro, nunca tendría que haber escrito.


miércoles, 21 de octubre de 2020

Cuando todo lo nombro

Valeria Correa Fiz
(Rosario, Argentina) fue finalista con El álbum oscuro (2016) del Premio de Poesía Manuel del Cabral, y con El invierno a deshoras (2017) obtuvo el Premio Internacional de Poesía Claudio Rodríguez, un poemario hondo y maduro que nombra los anhelos y los límites de la memoria personal con una poesía enmarcada en una voluntad narrativa de contar historias en los límites que otorga la condensación e intensidad que exige el verso. Con ambas publicaciones dio a conocer una manera muy particular suya de mostrar un mundo íntimo, vaporoso y simbólico en el que importa tanto lo que se dice como lo que trasciende de pasión y vivencias.

Su nuevo poemario, Museo de pérdidas (La Palma, 2020) incide en ese mismo perímetro de intimidad y secretos tan marcado de su segundo libro, pero ahora lo hace más fijado en eso que apuntaba el filósofo Heidegger de que la poesía es la casa del ser. Y desde ahí, lo hace sin prejuicios, sin ataduras, sin importarle extraviarse por el cuerpo y el tiempo para ver la realidad de su yo proyectado en el otro, la voz de quien habla desde su irreductible individualidad. Las palabras iniciales del prólogo ponen el pálpito del metrónomo de lo que sustenta el alma del libro: el tiempo y sus pérdidas. De eso trata, de poner en palabras lo malogrado. Dice que “contemplar lo perdido es intentar dar un sentido a lo que queda y a quienes somos”.

Con sus versos la autora pretende entenderse consigo misma y ser entendida, consciente de que la vida nunca se ciñe al deseo de nuestros sueños, como así refleja en el primer poema del libro: “Cada exilio es un modo de encontrarse en la pérdida / y descubrirme en la ausencia / con un tierno temblor del cuerpo”. Y en este tono se despliega todo el poemario en un vaivén de letanía de una soledad recurrente: “Los árboles me susurran / que ni el desorden del mundo, / ni su propia destrucción / les competen”. Poemas como Punto de fuga o Conjuros responden al verso de “la soledad puede ser solo un error de perspectiva” y no menos a la equidistancia de estos otros: “Te espero aquí, / muy al centro de tu norte, / muy lejos de tu cerca”.

El amor, el deseo y sus pérdidas están muy presentes en las páginas de este libro suyo. Se manifiestan en esa voluntad de revelar historias vividas en los límites exigentes de su creación poética, en la que la contención y el ritmo son imprescindibles. También se saca a relucir el brío sensual como en el poema Plegaria salvaje: “Oblígame a saber quién soy. / Oblígate a pronunciar por fin tu nombre / entre mis piernas”, con una suerte de melancolía que el lector detectará en gran parte de los demás poemas, pero sin dejarse llevar por la desolación y la tristeza. Al contrario, ese sentimiento de anhelos y pérdidas que trasluce se transforman en una manera de canto evocativo y apasionado que conforman su paso por el mundo.

Nos encontramos ante un libro de belleza contenida en la emoción que aporta la observación y el susurro de los sentidos, un poemario de hospitalidad y comunión donde lo importante no es lo logrado sino el significado de lo perdido, una reflexión sobre el verdadero alcance de las fugacidades intermitentes que la vida mínima del día a día ofrece. Un libro con alma disidente en el que la poeta se enfrenta con vigor a la complejidad enorme de la experiencia del vivir cotidiano. Hay algo sagrado en estos poemas, nacidos de la meditación, la rebeldía y el contacto con el otro que apela a la inteligencia, a la exclamación y cómo no, al temperamento artístico, una poesía que refleja lo que producen los hechos pretéritos con toda su carga significativa.

Valeria Correa Fiz traza, a su vez, un poemario laberíntico de experiencias sensoriales en el que quedan representadas las oscilaciones del deseo y su particular mapa de lo erótico. Todo lo que destila su poesía no es más que una ambientación personal que sale de la vida misma, un flujo prolongado de imágenes y recesos sentimentales aparejados a un compromiso irresistible de perseverancia y plegaria. Pero, como aquí se vislumbra, para un poeta la realidad no basta con fijarla, sino que precisa trasponerla en un lenguaje en que lo invisible se haga visible. Y ese es uno de sus logros.

Es eso mismo lo que fulge por este Museo de pérdidas. Si la poesía importa no es por otra cosa que por saber que tiene algo distinto que ofrecer, algo tal vez más lento de descubrir, pero no por ello menos cierto, y también algo de una escala necesariamente más reducida al ámbito de lo individual contrario al examen multitudinario, hecho que implica compartir una reflexión de la vida misma y sus evanescencias.