miércoles, 27 de junio de 2018

Sin contemplaciones


No se nace escritor así porque sí, se hace a golpe de suerte y de desgracia. Siempre se dijo que la letra con sangre entra. Y en esa metáfora cabe que el sangriento oficio de escribir no se adopta como los demás. De niño uno quiere ser bombero, policía, carpintero, médico, pero, a esa edad, ninguno quiere ser escritor. Tampoco cuando se elige carrera a nadie se le ocurre elegir la de escritor, entre otras cosas, porque es una profesión que no existe como tal. De manera que todo apunta a que uno debe llegar a escritor tan solo por impulso obsesivo y maniático, por necesidad, dicen otros, por no mencionar ese arrebato de escribir que deriva, fundamentalmente, de la lectura continuada de libros. Los libros conforman ese pasadizo secreto que convierte al lector en escritor.

La crítica literaria Teresa Walas publicó en el año 2000 en Polonia Correo literario o cómo llegar a ser (o no llegar a ser) escritor, un título bastante revelador en el que se recogen más de doscientas respuestas sobre mucho más de lo que hemos insinuado anteriormente acerca del arte de escribir propiciadas, en esta ocasión, por escritores incipientes, que allá por los años sesenta y siguientes, enviaban sus textos a la consideración del semanario Zycie Literackie (Vida Literaria) de Cracovia, a la espera de recibir la bendición o reparo, nada más y nada menos, que de la implacable poeta polaca Wislawa Szymborska (Prowent, actual Kórnik, 1923–Cracovia, 2012), encargada de despachar con brevedad y soltura las consultas interesadas que llegaban a la revista.

Nos llega ahora su versión española a cargo de Abel Murcia y Kataryna Moloniewicz con el título reducido de Correo literario (Nórdica, 2018) en una cuidada y hermosa edición, auspiciada por el Instituto Polaco de Cultura de Madrid. En este volumen se encuentran las ideas literarias más sutiles, irónicas y tajantes que siempre llevó bien a gala la Nobel de Literatura. Para ella, leer viene a ser el centro creativo de la vida de todo escritor, y le sugiere a uno de los que le pide consejo que no deje de hacerlo. E inmediatamente después le suelta a otro que no hay que olvidarse del talento: “El talento... Algunos lo tienen, y otros no lo tendrán nunca”, porque “el talento literario no es un fenómeno de masas”.

Szymborska, con ese desbordante sentido del humor que la caracterizaba, no elude ninguna consulta sobre la creación literaria, por muy peregrina que resulte, ni tampoco pierde el tiempo con los textos que algunos, ingenuamente, le enviaban para su dictamen. Tampoco se olvida de mencionar las Cartas a un joven poeta de Rilke, con quien se identifica en los mismos principios y postulados sobre lo que significa ser poeta, sobre lo que supone el destino al que ha de estar llamado todo el que opte a esa vocación, a ese sentimiento irrenunciable de que si no escribiera moriría. Para él, tal destino irá trazado por la soledad total que impone ser poeta, artista o escritor. No hay estancia más propia para crear que hacerlo desde las cosas cotidianas, desde el retiro más estricto, si uno aspira a trascender. Y “si su vida diaria le parece pobre –escribía– no se queje de ella; quéjese de usted mismo, dígase que aún no es lo bastante poeta como para convocar su riqueza”.

Correo literario, a su vez, es un verdadero compendio de lo que literariamente se debe entender como esencial para determinar un buen texto escrito. Y a este respecto, dice Szymborska que echarle a un principiante un buen jarro de agua fría por la cabeza debe provocar efectos terapéuticos, teniendo en cuenta, siempre, que la intención general de cada respuesta va enfocada a animarle a reflexionar sobre el texto recién escrito, con la idea de que acometa más lecturas de otros libros. Lo que le supondrá más bagaje para el futuro de escritor. Leer libros tiene que ser, según ella, una costumbre de vida para quien persiga escribir como meta.

Entrando en el terreno de la poesía, Szymborska sostiene que para los poetas de casta la poesía “no es un entretenimiento y una huida de la vida, sino la propia vida”. Y en otro pasaje le reprocha a uno en ciernes que le interpela la idea errónea que posee de los poetas: “Desde que el mundo es mundo, no ha habido ninguno que cuente las silabas con los dedos. El poeta nace con oído. Con algo tenía que nacer, digo yo”.

En todos estos veredictos subyace una sutil poética, mezclada con una buena dosis de humor, más que enseñanza didáctica propiamente dicha, que no es la intención. Pero eso no quita decir que Correo literario desgrana también las claves de lo que se espera encontrar en un texto literario que se precie, que realmente merezca ser publicado y puesto al alcance del lector con posibilidades de emocionarle.

Correo literario es una obra divertidísima, sagaz y despiadada, inmensamente inmisericorde, un ejercicio de crítica inteligente que pone en solfa aquello de que escribir es una tentación que está al alcance de quien se lo proponga. Si no se tiene en cuenta esa dosis de talento, de la que tanto se habla aquí, que no puede faltar, combinada con el trabajo, la lectura incesante, el esfuerzo, la perseverancia y la posesión de un estilo propio, mejor dedicarse a otra cosa.

Es difícil imaginar un estadio en el que el escritor no esté en un devenir hacia la condición de escritor y en el que la escritura no constituya una herramienta de exploración de esa condición. Este libro lo hace abiertamente, de una manera tan implacable, como deliciosa.


martes, 19 de junio de 2018

Escritura revisitada


Un libro, nos dice Borges, no es un ente incomunicado: es una relación, es un eje de innumerables relaciones. Antonio Orejudo (Madrid, 1963) se erige en su último libro, Grandes éxitos (Tusquets, 2018), como un interlocutor de ese eje al que alude precisamente el autor de Ficciones, para acercar al lector a esas relaciones que guarda entre sí su obra literaria y no distraerlo más que en aquello para lo que fue convocado: ser espectador y compañero de viaje a lo largo de un recorrido personal que abarca sus más de veinte años de peripecias literarias y vitales como escritor.

Sus anteriores entregas, como Fabulosas narraciones por historias (1996), Ventajas de viajar en tren (2000) o Un momento de descanso (2011) dan buena cuenta de ese caudal narrativo suyo alegre y ancho que supo poner a sus textos y que con tanto gozo y entusiasmo acogimos sus lectores. Orejudo escribe para divertirnos y divertirse de lo que sucede a su alrededor. La vida y la literatura se afanan en mostrarse en las historias que se suceden en su escritorio, y lo hace con sumo desparpajo. Bien es cierto que la literatura para él es un arma cargada de humor, perspicacia, irreverencia y juerga corrosiva.

En Grandes éxitos, nuestro autor glosa su trayectoria literaria por medio de diez narraciones y una coda a modo de un bis, tan propio de los que se dan en los conciertos musicales en vivo. Todas ellas representan una amplia variedad de voces, en las que no deja nunca de estar presente la voz de Orejudo para desactivar, con humor y gracia, los efectos ópticos que todo escritor utiliza en su imaginario narrativo a la hora de construir su propia novela, lo haga en primera, segunda o tercera persona. Confiesa y se rinde a la evidencia de que escriba lo que escriba, y use el pronombre que use, siempre hablará de lo que hace, de lo que imagina, anhela o teme e, incluso, de lo que le gustaría olvidar.

La parodia está también presente, así como la crítica y el reportaje, porque es consciente, y lo subraya, de que “los libros no siempre sirven para explicar la vida: en ocasiones la hacen más confusa e insufrible, al crear unas expectativas que solo producen frustración cuando los lectores comprueban, o comprobamos, que la existencia humana no se rige por las reglas de esas obras que supuestamente la reflejan”. Todo ello conforma un conjunto de posibilidades para que el artificio literario encuentre su sentido y justificación, y arrastre al lector que, al final, será quien lo juzgue a su manera, un plan irremediable que el escritor madrileño siempre otorga al público lector si se quiere obtener su complicidad y respeto. Al fin y al cabo, viene a decirnos, que lo que nos convoca al escritor y al lector no es más que ese afán persistente de imaginar vidas ajenas.

Digamos que por estas disquisiciones se van desarrollando, en gran medida, los textos reunidos en el libro y, en ese discurrir a modo de making of, es por donde el autor nos invita a conocer el fogón de lo que se cuece en su narrativa, mostrando el taller de su escritura con piezas rescatadas y otras inéditas, que vienen a resumir, tanto su recorrido como lector por la novela, como su ubicación de escritor dentro del género. En este sentido, el título del libro es un guiño irónico a lo que las casas discográficas suelen hacer con recopilaciones musicales en L.P. para promocionar los temas más exitosos del cantante o grupo.

En uno de sus relatos, que lleva por título Los congelados, suscita en clave irónica su visión como lector de la obra de Javier Marías por medio de una historia jocosa que se inicia en un autobús; en otro desarrolla una teoría de la creación literaria en la que no faltan evocaciones sobre el Lazarillo de Tormes, El Quijote o los Ensayos de Montaigne; en el titulado La nave encontramos un relato desternillante ambientado en un tiempo futuro que trata sobre los residuos del planeta; y en Control de pasaportes un oficial de aduanas de Nueva York desata la perplejidad de un ciudadano español que no da crédito a lo que el agente sabe de su vida y milagros. Y así hasta completar un buen número de invenciones forjadas en otras perspectivas de la realidad posible.

La vida está no en la repetición, sino en las variantes que presenta, lo mismo sean verdades o narraciones fabulosas. Grandes éxitos lleva consigo mucho de ese imaginario evocado de crear desde un principio inexistente, de la nada. Sucede lo mismo con los llamados libros de no-ficción o auto-ficción a los que aquí también se insinúan. Al final, la imaginación es la hacedora de fabricar el artificio y el lector el que dictamina su validez o le pone reparos.

En todo este recital de historias, Orejudo viene a conducirnos a un juego literario nada baladí sobre la génesis de la narración, en el que postula que mientras haya vida, habrá relato, habrá novela; y que la vida y los lectores son en verdad los artífices de su argumento. Todo consiste en producir esa fuerza centrífuga capaz de expandir la energía narrativa resultante, como la que transcurre aquí, divertida y sagaz.

lunes, 11 de junio de 2018

La amenaza de lo fantástico


Hay un tipo de literatura de lo sobrenatural que presenta lo insólito como una posibilidad a explorar. Cuando en el relato lo extraordinario sucede, no se espera del lector más que la aceptación de los sucesos narrados; pero cuando tales acontecimientos quedan suspendidos entre las posibilidades de la razón y las de un mundo imposible, propiciando la duda en el receptor, entonces estamos hablando de literatura fantástica.

Sobre estas particularidades que encarnan el género fantástico, David Roas (Barcelona, 1965), profesor de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada en la Universidad de Barcelona, tiene publicado dos interesantes ensayos: Teorías de lo fantástico (2001) y Tras los límites de lo real. Una definición de lo fantástico (2011), con el que obtuvo el Premio Málaga de Ensayo. Pero más allá de sus aportaciones investigadoras sobre este territorio literario del mundo de lo insólito, a Roas lo que le fascina de verdad es escribir relatos sobre esos pasadizos misteriosos y secretos del mundo de lo fantástico donde la ficción toma medida a lo inexplicable de las cosas, y prueba de ello son sus libros de cuentos y microrrelatos Los dichos de un necio (1996), Horrores cotidianos (2007), Distorsiones (2010), con el que obtuvo el Premio Setenil al mejor libro de cuentos del año, o Bienvenidos a Incaland (2014).

El mejor Roas vuelve de nuevo al asombroso mundo de lo fantástico, dando otro apretón de tuercas a esa realidad subvertida en lo misterioso, en lo oculto de las cosas de la vida, que, si se escarba, puede parecer algo tremendo e, incluso, apocalíptico, con un corolario de cuentos espeluznantes que no dejan impávido al lector, sino que le azoran insistentemente con suma audacia.

En Invasión (Páginas de Espuma, 2018) vamos a encontrarnos con seres solitarios, encerrados en sus cubículos, en sus cuartos o en un parque inhóspito a la espera de que lo normal se pervierta en algo extraordinario y hasta horripilante. Lo fantástico nos invadirá amenazante por cualquier resquicio de la realidad más inusitada con historias que parten de lo cotidiano y del mundo reconocible. Así lo exige el género, hasta situar al lector en la órbita de lo inexplicable e insólito. Lo que se nos presenta se servirá para desvelarnos un desenlace inesperado, entre el sueño y la vigilia, lo normal y lo monstruoso, la lógica y el desvarío, la otredad y el absurdo.

En Invasión hay todo un arrecife imaginario en el que el lector puede presenciar cómo chocan la realidad contra lo monstruoso de lo que en apariencia es inofensivo, ya sea una muñeca, un tobogán, una hormiga, un libro o un espejo para adentrarnos en lo sorprendente. Como bien dice Lovecraft, la atmósfera, más que la acción, es el gran desiderátum de la literatura fantástica y para obtener esa clase de intensificación de la realidad, que tanto llama la atención al lector, Roas teje sus tramas con mucha originalidad y tensión narrativa. En La casa vacía, el primero de sus relatos, una pieza portentosa, escrita en segunda persona, se revela cómo las obsesiones se dan a conocer irremediablemente, a pesar de su nebulosa realidad. En el siguiente, Trabajos manuales, una historia escalofriante y siniestra, escrita en tercera persona, quedamos absortos ante las rarezas de un crío predispuesto a celebrar los funerales de todo lo que va acaparando.

El ángulo del horror, como apunta la cita del escritor mexicano Ignacio Padilla al principio del libro, se encuentra en la mayoría de las historias que Roas despliega siempre a escasos pasos de lo cotidiano, aguardando el momento oportuno hasta que algo o alguien las empuje para desatarse y así podamos verlas desde una dimensión distinta, como ocurre con el final sorprendente de Casa con muñecas o Amor de Madre, dos de sus mejores relatos. La ambigüedad es también uno de los elementos más característicos que fluye por muchas de sus historias, así como la metáfora oculta de los títulos de sus piezas, sin olvidarnos del juego del doble o del enigma de la duplicidad o desdoblamiento del yo, que también aparece de manera inquietante en dos de sus cuentos más destacados, El otro y Reflejos.

Tenemos vidas reales pero nos encantan las vidas imaginarias e imposibles. Los relatos de Roas ofrecen ese viaje a lo insólito de la realidad, a la esquina de lo estridente, de lo recóndito, de la amenaza inesperada. Sus historias discurren en esa dirección, a una velocidad y a un ritmo desorbitado, como si en su cabeza de escritor la ficción ocupara más sitio que las cosas reales.

Las buenas historias viven fuera de la lógica, aunque a veces den yuyu, y, curiosamente, nacen de una cierta mirada infantil, la mirada de un niño que se sabe adulto, como los críos que habitan dentro de estos cuentos, capaces de acarrearnos una invasión de escalofrío en toda regla.

lunes, 4 de junio de 2018

El placer de perdurar


Si para Gabriel Celaya la poesía es un arma cargada de futuro, y si para Agustín de Hipona si nada pasase no habría tiempo pasado, y si nada sucediese no habría tiempo futuro, para Ramón Eder (Lumbier, Navarra, 1952) “el aforismo es un arma cargada de inteligencia”, pero también asegura que “si no me preguntas qué es un aforismo lo sé, si me lo preguntas no lo sé”. En ambos casos hay una conciliación con lo que formulaba el poeta de Hernani y el autor de las Confesiones, que viene a confirmar lo que apunta Felix Trull sobre el significado del aforismo: una isla rodeada por todos lados de otros aforismos.

Con ciertos libros de aforismos suceden estos misterios. De hecho, no son los lectores quienes los leen y subrayan, sino más bien parece todo lo contrario, que son sus frases las que leen el pensamiento de los lectores, como si ellas fueran las encargadas de interpretar y revelar las ideas y los vínculos de quienes sostienen el libro entre sus manos complacidos de esa reciprocidad secreta que les unen.

El caso es que Palmeras solitarias (Renacimiento, 2018) está en esa órbita que surca todo buen libro de aforismo, la de evocar algo parecido a esas sensaciones en el lector, como si él mismo lo hubiera musitado antes de que su autor viniera a plasmarlo por escrito. Eder tiene esa capacidad seductora de hacer que el lector de sus aforismos se considere partícipe de sus epifanías, algo que viene cultivando desde hace veinte años con la rotundidad admirable de pertenecer al grupo selecto del género breve, de la estirpe de Karl Kraus, S. Jerzy Lec, Jules Renard o Nicolás Gómez Dávila, autores todos ellos de innegable referencia, que se mueven como pez en el agua entre la paradoja, la metáfora y el juego de palabras, capaces de enfrentarse a la experiencia de lo absurdo y de las perplejidades de la vida. La vida es la mina a la que acude también Eder para extraer las enseñanzas y revelaciones que originan sus asertos, sus hallazgos felices y contradicciones socarronas.

Ramón Eder es un escritor que lleva como credo literario en su obra aforística ese que entiende que las palabras no aspiran más que a un modo de vestir el pensamiento a su medida, sin más artificio retórico que saber poner en entredicho lo contemplado con cierta chispa. Su inigualable estilo se filtra con naturalidad por la senda impaciente que todo lector lleva consigo cuando se pone a leer este tipo de libros que, si no entretiene al mismo ritmo que dilucida reflexiones e ideas, pudiera abandonarse a las primeras de cambio. Son ya muchos los libros de aforismos que avalan su reputación en estas lides, un género de apariencia sencilla pero muy exigente, que precisa talento y pericia a la hora de crearlo.

La ironía y el humor, además de su buena dosis de escepticismo constituyen los ejes que atraviesan de cabo a rabo las ideas y epifanías que Eder despliega en la concepción de sus aforismos, poniendo distancia a cualquier ocurrencia o moralina y huyendo del aforismo edulcorado, sin sustancia y encorsetado en una buena frase. El navarro se ocupa de escribir para ese “lector que sabe leer entre líneas”, porque para él “la ética del aforismo reside en no decir tonterías”, ni hacer trampas.

Los buenos aforismos resisten al paso del tiempo, perduran y se hacen valer, pero sin son muy buenos –subraya Eder– ya son de todo el mundo. Palmeras solitarias contiene más de doscientas piezas, una treintena de ellas ilustradas por el propio autor, de las que destacan un buen puñado de ellas, irresistibles por su astucia y gracia, más preocupadas en aludir que en explicar, y eso las agranda en su alcance. Si hay algo especialmente genuino en los aforismos de Eder es esa melodía humana y cáustica que los atraviesa. Muchos de sus hallazgos encuentran lo universal en lo particular.

La buena literatura son dos cosas: arte y verosimilitud. Se trata de dos consideraciones aplicables tanto a la ficción como a la no ficción, a la poesía, a las obras de teatro y, por supuesto, al aforismo. El género aforístico tiene como objetivo preservar las posibilidades de la verdad y de la epifanía juntas, en el mismo punto de encuentro, el lugar que debe darnos que pensar, que hacernos asentir o pillarnos por sorpresa.

Escribir un buen libro de aforismo no está al alcance de cualquiera. Hace falta ser un buen lidiador del lenguaje para recrear la vida a partir de un detalle de esa misma vida. A los que somos entusiastas de este formato literario nos chifla lo inaudito, y Eder en ese aspecto es un artista consumado, fino, sagaz y fiable, que no te da gato por liebre, capaz de detener el tiempo con inteligencia para retenerlo el momento justo de extraer alguna consecuencia dispuesta a perdurar en nuestra memoria. Para no perdérselo.


viernes, 25 de mayo de 2018

Somos tiempo y dudas


En la literatura suelen abundar las referencias, las alusiones, las intenciones más cultas o más populares y, quizá por esto mismo, las más ocultas, misteriosas y personales de las que el escritor dispone a la hora de contarnos la historia que bulle por su cabeza. De alguna manera, como decía Faulkner, el artista es una criatura movida por sus propias obsesiones y demonios. El buen escritor se entusiasma incluyendo unas u otras, o todas ellas a la vez, deseando que el buen lector aprecie aquellas que captan mejor su atención o, sencillamente, más le relacionan con los demás.

El escritor escribe porque algo arde dentro de él, porque algo no anda bien en su fuero interno, y, también, porque en su memoria busca ascuas que remover y avivar para escribir el relato que necesita contar. El lector lee porque anda ávido de historias y aventuras, convencido de que la gracia de todo esto está en arrimarse a la lumbre prometida de los libros, porque lejos de ellos hace frío y necesita su calor que ponga emoción y temperatura a tanta rutina y soledad.

La última novela de Clara Usón (Barcelona, 1961) responde a ese llamado de ardor literario y de descenso a los infiernos donde anidan sus obsesiones para abordar los conflictos existenciales que transitan por la vida de sus personajes, en esta ocasión bajo el perfil de una joven actriz del destape de los años setenta, Sandra Mozarovski, que murió con apenas dieciocho años de edad en circunstancias trágicas y extrañas, y por otro lado, para contarnos las conexiones sociales y vicisitudes personales que se dieron en su propia vida, en una década española tumultuosa y de incipiente libertad, parecidas a esa misma idea seminal que llevó a la desaparecida artista a preguntarse sobre el sentido de su vida y las ganas de vivir.

El asesino tímido (Seix Barral, 2018) es probablemente la obra más personal y más dura de toda la producción de Clara Usón. Como ya hiciera en sus anteriores novelas, el suicidio aparece también en escena, como obsesión vital, como preocupación existencial de los personajes que pueblan sus historias, en todas ellas se polemiza la tragicomedia que conlleva sortear los peligros de seguir vivos. De las turbias circunstancias de la muerte de la actriz tangerina nada se supo a ciencia cierta: alcohol y drogas, un embarazo indeseado, depresión, pastillas para adelgazar, la relación clandestina supuestamente con Juan Carlos I, o un mareo tonto mientras regaba unas macetas en la terraza de la casa de sus padres sobrevolaron por las revistas del corazón como hipótesis de su muerte. Nada quedó esclarecido por la aparente investigación, que se cerró sin zanjar todas estas conjeturas.

En todo caso, el asunto de la Mozarovski es un recodo y artificio literario que encamina el relato hacia el lado personal de la propia escritora, que se remonta a su adolescencia y juventud vivida en aquella democracia española recién estrenada y mediante la que evoca cómo su generación se volcó en vivir la libertad al completo, sin miedo a transgredir todo lo que estaba prohibido y a experimentar sin medida todo aquello que anteriormente había sido vetado. La vida, nos viene a decir la narradora, no vale gran cosa si no tienes algo de qué huir. La huida en sí es vastísima y depende del prófugo que la emprende. Se huye de los corsés sociales y familiares, del hastío y del desencanto, pero Usón en esa trama desatada de su relato acude con urgencia a las reflexiones sobre los entresijos fundamentales del ser deseante y vacío que conlleva toda existencia, de la que hablan Camus, Pavese y, en mayor medida, Wittgenstein, de quien admira sus conclusiones filosóficas acerca del lenguaje y su sentido altruista y desprendido de la vida.

Al igual que hay una intrahistoria en el desarrollo narrativo que jalona la crónica de una España prometedora que mira más allá de sus fronteras, pese a sus atavismos, hay también en El asesino tímido un tiempo trastocado por pulsiones autodestructivas en los límites que llegan a cuestionar la validez de la vida. Y es aquí, en ese entramado existencial, cuando surge el homenaje a su madre, la que le dio la vida, la que se ocupó de rescatarla del abismo de sus reiteradas recaídas. La madre es la que pone colofón al libro, la que atesora esa proximidad absolutamente gratuita, trascendental y salvadora, una confesión filial sentida y emotiva.

Nadie elige la muerte como un fin en sí mismo, suelen ser otros los motivos. El asesino tímido es un texto fresco y ágil que se aproxima a ese debate con ternura y juiciosa solidaridad. Nadie tiraría la vida por la borda, como decía Hume, mientras valiera la pena conservarla. Ahí se sitúa la espina dorsal de este libro, en el que la narradora cuenta una historia de alguien que le sirve de espejo para escribir la suya propia, dos historias paralelas, enfrentadas, iguales ante el hecho de vivir, pero con desigual resultado.

Es necesario leer muchos libros para que los más interesantes decanten su jugo. Cuando esto último sucede, como es el caso de esta apreciable y valiente novela de Clara Usón, entonces el gozo es loable y merece la pena compartirlo.

lunes, 21 de mayo de 2018

Cruce de tiempos


¿Dónde empiezan los límites de lo real y de lo ficticio en una obra de ficción? ¿Son acaso los recuerdos la materia prima fundamental para el narrador? ¿O tal vez solo se construyan novelas sacando las ficciones a la luz ya vengan estas de la invención o de la despensa del pasado? ¿Por qué escribir? y ¿cómo hacerlo? Quizás estas preguntas contengan las claves fundamentales para la lectura de la última novela de Miguel Ángel Hernández (Murcia, 1977).

En El dolor de los demás (Anagrama, 2018) se condensa lo que Milan Kundera viene a decir sobre el espíritu de la novela, que no es otro que el espíritu de la complejidad. Cada novela guarda un secreto oculto, y esta tercera que publica Hernández incide tanto en ello como en la realidad rotunda de que las cosas son más complicadas de lo que uno cree. Esa es la eterna verdad de la novela. Y desde luego, el espíritu de esta nueva entrega suya es el espíritu de esa continuidad biográfica propia de su autor que responde, en gran medida, a sus obras precedentes escritas y a los libros leídos, que como bien dice Danilo Kiš, conforman el archivo personal y familiar de todo escritor.

En Intento de escapada (2013) su autor narra los años en la universidad por medio de la experimentación artística, después en El instante de peligro (2015) se detiene en su vida profesional como académico, para plantearnos los entresijos que anudan la vida y el arte, y ahora, con esta nueva tentativa, regresa a la infancia y a la adolescencia, una vuelta al pasado del que escapó, con una historia de dolor y desarraigo basada en hechos reales. Las tres son aspiraciones de apoderarse de la memoria, de los momentos vividos, las tres viajan en el tiempo para rellenar los espacios vacíos y contar la historia que las atraviesa y así desvelarnos toda su verdad.

El dolor de los demás es una toma de consciencia de todo lo que significa ese pasado, una narración envolvente entre la confesión autobiográfica y el thriller policiaco, que nos lleva al lugar de unos hechos acaecidos en la Nochevieja de 1995 en la comarca de la Huerta de Murcia que Hernández vivifica veinte años después para revelarnos lo que el olvido se llevó y la memoria guarda de aquella noche fatídica en la que su mejor amigo mató a su hermana y se tiró por un barranco, un doloroso traslado a la verdad secreta del tiempo para “escribir sobre algo que incumbía a todos”. “El pasado –nos dice el narrador– es denso, respira, se mueve hacia nosotros”.

La novela se estructura en dos tiempos que se alternan: por un lado hay un narrador en segunda persona que habla en presente de indicativo, y por otro el relato en pasado de un narrador en primera persona (el propio autor), que regresa dos décadas después al lugar del crimen, indaga entre amigos, vecinos y expedientes policiales, tratando de construir una elegía del pasado y, al mismo tiempo, aclarar para sí mismo aquella tragedia, a la vez que nos cuenta cómo se ha ido conformando el libro que había decido escribir: la crónica de un pasado vivido sobre el que narrar, en la envoltura de una novela, unos hechos reales bajo el dictado de la memoria y el devenir de la propia creación literaria.

La vida es dura y se hace más dura a medida que pasa el tiempo, nos viene a decir el narrador. Lo importante de esta historia no es saber lo que ha pasado, sino todo lo que la rodea: el dolor del recuerdo, el dolor de las imágenes que aparecen en el libro, el dolor de los sentimientos, el dolor de la escritura. No hay un fin resolutivo, como tampoco una convicción exculpatoria sobre el causante del crimen, porque el escritor así lo ha dispuesto y quiere decirle al lector que la novela se parece a la vida, y en la vida nunca se atinan con la mayoría de sus misterios. Todo es mucho más complejo de lo aparente, como advertía al principio el autor de La insoportable levedad del ser, y, también, más profundo cuando se cruza la memoria con las preguntas del presente, “porque hay cosas que nunca regresan, y el tiempo es una de ellas”.

Si empezábamos con algunas de las preguntas importantes que sostienen los fundamentos narrativos de El dolor de los demás, volvemos al asunto del principio de la mano de su creador, que también se pregunta hasta qué punto la escritura y la memoria menoscaban la vida de los demás, de los amigos, de la familia. Este es el epicentro verdadero que transita por toda la novela, la cuestión ética que el narrador dirime conforme va avanzando en su investigación en pos de la verdad, y que él mismo replantea al lector: “¿Qué derecho tenemos a conocer la vida de los otros?”

Miguel Ángel Hernández nos entrega su novela más personal, su libro más conmovedor que mejor resume el binomio que representa para él la escritura y la vida, una travesía que a veces se tarda demasiado tiempo en recorrer hasta que se llega a aceptar que la literatura no nos salva de nada y que tampoco resuelve los enigmas que se cruzan en el tiempo.


martes, 15 de mayo de 2018

Elogio de la ficción


Resulta legítimo aspirar a transformar la realidad en vida gozosa sin límites, pero, siendo realistas, sabemos que ese afán solo se logra con la imaginación y de la mano de la ficción, del buen relato. La ficción, como promesa de vida. Distraer e instruir han sido, desde tiempo inmemorial, el objetivo de la literatura en su vertiente narrativa. ¿De qué iba a servir coger la pluma si no es con la esperanza de saber al final algo más que al principio sobre la vida y sobre el sentido de las cosas que nos rodean?

El destino de la ficción nos concierne a todos, autores y lectores; nuestra supervivencia depende de ello, de que se reconozca o no el valor de la imaginación en los tiempos futuros, como una de las fuerzas vivas de la mente humana para poder seguir disfrutando de la creación literaria. Para existir el arte de la ficción tiene que apoyarse en esquemas aprehensibles, al menos para el lector, porque de lo contrario abandonará la tentativa. En otras palabras, el narrador que desee elevar su oficio al rango de arte debe, además de conocer todas sus costuras, saber romperlas, jugar con ellas, para también utilizarlas, y fingirlas, a fin de no dejar de tener en jaque al lector ideal que aguarda, a su merced, la continuación de la intriga prometida. Decía Edith Wharton que cuando ya se ha ganado la confianza del lector, la siguiente regla del juego es evitar que se distraiga, que su atención se disperse.

Que quede claro que James Salter (Nueva York, 1925 – Sag Harbor, 2015) así lo cree también e interpela, que la literatura es, antes que nada, un arte, y, por lo tanto, que frente a ella experimentamos emociones estéticas. Como también cree que la literatura hace que nos fijemos más en la vida; que practiquemos en la propia vida, que a su vez nos hace mejores lectores de la literatura, lo que a su vez nos hace mejores lectores de la vida. Y así sucesivamente.

Después de leer El arte de la ficción (Salamandra, 2018), bajo la cuidada traducción a manos de Eugenia Vázquez Nacarino, tres conferencias magistrales de apenas treinta páginas cada una sobre el oficio de escribir impartidas por el escritor neoyorkino en la Universidad de Virginia, a la edad de ochenta y nueve años, es difícil imaginar el estadio anterior en el que Salter se encontraba cuando no estaba en ese devenir hacia la condición de escritor y en el que la escritura aún no constituía la herramienta necesaria de exploración de esa condición, viviendo tan ajeno a la literatura hasta los cuarenta y cuatro años. Pero el azar hizo que dejara las armas por las letras, y siendo piloto de combate, aterrizó para siempre en el campo de los libros de manera sorprendente, para quedarse allí por igual periodo de tiempo contagiado de literatura, escribiendo y leyendo hasta los últimos días de su vida.

Salter explora los efectos que la ficción, y en concreto la novela, produce en los lectores, y para ello habla de cómo los novelistas trabajan para conseguir esos efectos y cómo se empeñan estos en escribir sus historias. No se escribe para entender la vida y la gente, nos viene a decir, sino porque cada escritor cree concebirlas a su manera, con su propio estilo, y a ello empeña su palabra. “No depende sólo del acierto en la observación –subraya–; también del modo de contar”. Nos habla también como lector empedernido y advierte que es imposible leer todo lo que se publica: “Por más leída que sea una persona, siempre habrá muchos libros, tanto fundamentales como menos reconocidos que no ha leído, que debería leer o que leerá en algún momento”. Y confiesa que hasta que no conoció a su mentor, el profesor Robert Phelps, todo lo que sabía de literatura lo había adquirido de manera inopinada por sí mismo. Fue Phelps quien le descubrió la prosa de Isaak Bábel y ya no dejó de admirarla. Pero también habla de sus escritores más influyentes, de aquellos a los que les tiene un aprecio especial y una alta admiración, como Flaubert, Nabokov, Faulkner, Saul Bellow, Kerouac o Isaac Singer.

En estas lecciones de escritura, como las define Antonio Muñoz Molina en el prólogo del libro, Salter se empeña en propagar su entusiasmo hacia el oficio de escribir y su gratitud hacia estos autores determinantes que, con su maestría, le impulsaron a forjar su credo literario: “Los escritores que me gustan son los que tienen un don para observar de cerca. Todo está en los detalles”, constata.

Escribir es un proceso arduo, nos viene a decir el autor de Todo lo que hay, que nadie nace escritor, que en realidad no se puede enseñar a escribir, pero sí a leer a partir del ejemplo de los maestros, que el escritor tiene que saber manejarse con las ideas tanto como con las palabras, y que “el estilo es lo que perdura”. Pero, aun así, la escritura se revela como una excelente compañera de viaje que puede consagrar tu existencia, y “llega un día en que adviertes que todo es un sueño, que sólo las cosas conservadas por escrito tienen alguna posibilidad de ser reales”.

En estas páginas hay todo un testamento vital de un hombre de acción que tomó tierra para dedicarse en cuerpo y alma a los libros y a la escritura, una carrera literaria sostenida bajo la perseverancia del trabajo y el entusiasmo de llegar a emocionar a sus futuros lectores. Estas conferencias son un disfrute, un hijo póstumo que Salter nos regala.