En la nueva novela de Raúl Ariza (Benicàssim, Castellón, 1968), la indiferencia resulta imposible. Fraternal (Alrevés, 2026) es un libro en el que el contexto ejerce una influencia brutal, unificadora y dominante sobre los personajes y la trama, manteniéndonos en una tensión sostenida hasta el final. El lector acaba compartiendo las compulsiones, las vilezas y la vida interior de unos protagonistas cuyas existencias discurren por las aguas oscuras del pasado familiar, la soledad y la muerte. Bajo el conflicto, la imaginación y la invención que dan forma a la historia, destaca el ritmo, verdadero sello del estilo de Ariza. El autor antepone el ritmo narrativo porque entiende que está antes que las palabras. Es el ritmo quien hace que estas encajen y avancen hacia el destino del libro, que no es otro que contarnos la historia desoladora, terrible y nada fraternal de dos hermanos.
Podríamos situar Fraternal dentro de los parámetros de la novela negra. En ella hay realismo crudo, personajes moralmente ambiguos y una atmósfera sórdida, aislada y opresiva. Sí, pero el centro de la historia no reside en descubrir a un culpable. No hay investigación, ni detective, ni propósito de esclarecimiento. Hay, en cambio, una mirada observadora que se instala desde dentro en la vida de dos hermanos tenebrosos y violentos, cuya fraternidad es un despropósito y cuyo pasado familiar, quebrado y hundido, “se pudre bajo tierra”. Sergio y Rubén son seres resentidos y misóginos que comparten una finca heredada y una casa en el pueblo: “No se llevan bien, nunca lo han hecho, pero a pesar de ello se pusieron a vivir juntos”. Sergio, el mayor, es áspero, hermético y metódico; Rubén, el menor, impulsivo, deslenguado y torpe. En ambos late un odio exacerbado hacia las mujeres que la novela no presenta como anomalía genética, sino como herencia, el legado de un padre maltratador cuya sombra sigue organizando, desde la ausencia, la vida de sus hijos.
El libro adopta una estructura fragmentaria y una extensión breve que hacen de su lectura una aproximación ágil, intencionada y progresiva al devenir del horror cotidiano, el cual va aflorando capítulo tras capítulo. No existe, por tanto, una trama policial, sino una tensión inusitada, sostenida por lo que sus personajes tejen, callan, repiten y manejan en sus vidas particulares. El título resulta deliberadamente ambivalente. Alude al vínculo de sangre que une a los protagonistas, pero también a esa otra hermandad, perversa, que ambos practican y encarnan, cada uno a su manera. Sergio es controlador, calculador y escurridizo; Rubén, en cambio, es iracundo y nada racional. Sin embargo, esta palpable diferencia temperamental no los separa moralmente, sino que revela dos versiones de un mismo perfil de dominio.
Ariza recurre, junto al narrador en tercera persona, a la voz en segunda persona en numerosos pasajes. Mediante acotaciones que funcionan como sangrados, hace oír la conciencia de los dos hermanos. Este recurso, sostenido a lo largo de muchos capítulos, constituye uno de los rasgos más destacables de la novela: altera brevemente el ritmo de la narración y despierta en el lector una atención especial hacia aquello que queda entredicho, callado por uno, por otro o por ambos a la vez. Pero, si algo exige nuestra mirada, es la finca: “El caso es que muchos días… la finca de los hermanos huele a suciedad y podredumbre, a descomposición y cosas malas, a muerte… y otros vapores malignos en los que se sospecha está envuelto el mismísimo infierno”.
En resumidas cuentas, Fraternal es un libro perturbador que zarandea la masculinidad desde el propio marco familiar y es justo este nudo fraternal el espacio donde la violencia aprende, por imitación, a parecer natural. Tremendo.












