jueves, 19 de octubre de 2017

Cuentos crujientes

¿A quién no le gusta el pan crujiente y las patatas fritas, o el crujiente de almendras con azúcar quemada? Es innegable que asociamos algunos sonidos con alimentos, hasta el punto de que oírlos nos evoca el placer de sentirlos en la boca. Los sonidos crujientes en particular nos atraen sobremanera y tienen asociaciones con alimentos que anhelamos comer.

Pero, ¿qué sucede cuando nos alejamos de las papilas gustativas y nos centramos solo en el significado de crujiente como sonido externo, ajeno al sentido culinario? Inquietud, misterio, desasosiego podrían acudir sin más a nuestra mente para hablarnos de ello. Somos propensos a inquietarnos con determinados sonidos diferentes, ruidos que provienen de un chasquido o un crujido inesperados: una rama que se rompe en el silencio de la tarde, el traqueteo de una ventana mal cerrada una noche de viento, o el sonido despechado del bajante del cuarto de baño de tu vecino de arriba, o la lectura de unos cuentos que nos hablan de las novias cuando nos dejan, de la mejor mamá del mundo o de la muerte de Michael Jackson, historias capaces de dar la nota haciendo de las suyas, crujiéndonos las tripas, los oídos o el alma.

Uno no deja de preguntarse qué es lo que más interesa realmente de un cuento. Podría ser su trama, desde luego, pero quizá también aquello que debemos intuir porque se nos ha dejado de contar, el protagonismo de los personajes, el tono adecuado en que transcurre la acción; pero si hay algo que adquiere siempre un papel primordial no es más que la atmósfera crujiente, siseante o muda que se extiende por el relato. En Andar sin ruido (Páginas de Espuma, 2017), el aire que se respira en sus páginas transita por zonas domésticas en las que los seres que las habitan andan atareados en recomponerse de sus tropiezos que, con frecuencia, llegan a ser catástrofes sin hacer apenas ruido, pero muy atentos a que no se prolonguen más de la cuenta muchos de esos silencios que podrían llegar a ser más estridentes y molestos.

Carlos Frontera (Jerez, Cádiz, 1973) ha reunido diecisiete relatos en este su primer libro, que exploran el comportamiento de seres desolados y apremiados en salir del atolladero en que se encuentran, cada uno a su manera, aunque el ruido externo e interno les aceche y les condicione a todos casi por igual. Escribir es siempre un camino para averiguar algo e, incluso, descubrirlo, un modo de conocer los resortes y azares que activan o paralizan la conducta humana. Frontera rastrea en esa indagación urdiendo, con desparpajo, el potencial de las palabras, a fin de ajustarlas al relato, acorde al ritmo y a la atmósfera requeridos por sus personajes, apoyándose mucho en el sonido de estas a través del recurso de la onomatopeya, siempre presente en cada historia.

Estos cuentos, escritos todos en primera persona, se adentran en la vida cotidiana de personajes comunes que hablan de soledades y de traspiés, hombres, mujeres y niños que se irritan y se rebelan, que tratan de explicar sus azarosas existencias, en gran parte incomprendidas por sus semejantes. Frontera escribe sobre lo cotidiano de sus vidas, pero con la mirada y el oído dispuestos a ver y escuchar algo más allá de sí mismos, porque lo que parece a primera vista es que ninguno de ellos sabe quién es en verdad, ni por qué le ha tocado el desencanto que le ha sobrevenido. Son seres incompletos, conscientes de su fragilidad y de que algo esencial está en juego, que piden ayuda para llegar a ser algo más acorde con lo que un día atisbaron que pudieran ser sus vidas.

En muchos de los cuentos hay desconcierto, en otros se dan hechos repugnantes, pero en casi todos un velo humorístico se ocupa de cubrir los sentimientos heridos de las vidas de quienes los habitan. Algunos relatos rozan lo macabro, la ignominia y, sobre todo, destaca la tristeza soterrada que se palpa en muchas de sus historias provocada por estrepitosos fracasos. Son historias particulares que pudieran ocurrir en cualquier lugar, porque sus personajes son gente corriente, irrelevante, seres alelados que piden compasión más que venganza, como la mayoría de nosotros, dispuestos, como decía Beckett, a fracasar mejor, o con más gracia, en versión Carlos Frontera.

Andar sin ruido es un bautismo literario meritorio, escrito en una prosa efectiva y cuidada que no rehúye de la gracia e ingenio de jugar con las palabras y exprimirlas, un libro inteligente y seductor, en donde el lector encontrará rincones identificables en otras vidas ajenas, que a la postre se parecen mucho a la nuestra, pero que, mayormente, no nos gustaría protagonizar.


domingo, 15 de octubre de 2017

Un literato periodista

La literatura política española de los años treinta y posteriores lustros, leída hoy, resulta en general indigerible. Es rarísimo que nadie lea con gusto ni las lucubraciones de Ledesma Ramos ni las exaltaciones fascistas de Giménez Caballero o los discursos de Sánchez Mazas, viene a decir Andrés Trapiello en el prólogo de su ensayo Las armas y las letras (1994).

Al igual que ocurrió en Madrid en las primeras semanas de guerra, los escritores que en Barcelona estuvieron a favor del levantamiento o se sumaron a él o trataron de salir de la ciudad, o se quedaron camuflados como decía Orwell “en espera de tiempos mejores”, tampoco estuvieron a la altura para que en la actualidad se les pueda leer con un mínimo de complacencia. Entre los primeros, los que trataron de amparar y extender la rebelión, los más notables fueron los falangistas Luys Santa Marina y Félix Ros. Entre los que salieron, hay que hablar de Pla e Ignacio Agustí.

El escritor y articulista Ignacio Agustí (Llissá de Vall, Barcelona, 1913 – Barcelona, 1974) inició su carrera periodística antes de la Guerra Civil colaborando en cuatro de las publicaciones catalanas más significativas de la época: La Veu de Catalunya, L'Instant, La veu del vespere y Mirador. A partir de 1937 dejó de escribir en catalán para hacerlo en castellano. Tras la guerra, se dedicó a continuar por la senda del periodismo pero, también se volcó en la literatura, su vocación más secreta y apasionada, donde destacó con su saga La ceniza fue árbol, llevada, posteriormente, en 1976 a una serie televisiva, a la que pertenecen sus novelas más importantes: Mariona Rebull (1944), El viudo Rius (1945) y Desiderio (1957). También sobresalieron Diecinueve de julio (1965), y Guerra civil (1972), estas dos obras dedicadas por completo a la guerra civil española.

La editorial Fórcola recupera la figura de Agustí, escritor que ocupó un lugar destacado en la prensa de su época, con una nueva edición de una antología de sus artículos a cargo de Irene Donate, investigadora y profesora universitaria, licenciada en Filosofía Hispánica, bajo el título Ningún día sin línea, un volumen publicado con anterioridad, en 2013, conmemorando el centenario del nacimiento del escritor y periodista catalán. Donate destaca en el prólogo del mismo y en el capítulo dedicado a la biografía del autor de la saga de la familia Rius, la clara preferencia que Agustí mostró por los géneros periodísticos más cercanos a la literatura, el artículo y la columna, especialmente, en los que se aplicó y mostró una entusiasta voluntad de estilo. Como afirma la propia investigadora, “fue un escritor que siempre se acercó al periodismo con la actitud de un literato”, y así fue considerado también por sus coetáneos.

A lo largo de su dilatada trayectoria periodística, Agustí escribió más de un millar de artículos en los que su experiencia cotidiana conformaría el hilo conductor de sus columnas. La observación y la curiosidad sobre cualquier acontecer de la ciudad, un paseo por las calles o el comentario sobre una noticia leída, darían pie y sustancia a ese modelo periodístico de entonces al que González Ruano había contribuido con maestría: la presencia del yo del articulista, la divagación personal y el costumbrismo sobre noticias de la actualidad.

El lector curioso que se acerque a los artículos y crónicas literarias reunidos en Ningún día sin línea obtendrá como recompensa una visión histórica y sentimental de una época marcada por el lastre de una guerra y la imposición de un régimen autoritario que ocupó todas las capas de la sociedad, sobre todo la prensa escrita, un soporte por el que transitó la vida intelectual de algunos escritores que aceptaron la imperiosa realidad para seguir su senda literaria e impulsar proyectos periodísticos, revistas y galardones literarios. Agustí fue un colaboracionista del régimen, más que franquista, pero dada su condición burguesa y conservadora, se consideraba monárquico y tradicional. Se empeñó en cuerpo y alma tanto a su profesión periodística como a una labor cultural incesante. Fue cofundador del Premio Nadal de novela en 1944. Propagó la moderación como ideal de vida, defendiendo siempre el orden y la paz de su casa, de su ciudad y de su patria. El fondo de la mayoría de sus artículos desvela este sentir, donde se resalta la sencillez y la discreción como modelo social y personal, un ideal claramente burgués.

Irene Donate ha reunido un buen puñado de artículos intimistas y otros de carácter cultural, humanista y político de un digno representante del catalanismo español de aquellos años en los que el periodismo y la literatura conjugaron su influencia en el terreno de lo políticamente posible. Más allá de esta limitación, lo que legitima el valor de esta edición, enmarcada en una época gris de nuestra literatura, precisamente es que en ella es donde se gestó las bases de una forma de hacer periodismo todavía vigente.

Lo interesante de Ningún día sin línea viene dado por esta salvedad y por los diferentes textos seleccionados adscritos a un periodo opaco política y culturalmente de nuestra historia, en el que no faltó gente emprendedora en la literatura, en la cultura y en el fenómeno del columnismo, como es el caso de Agustí, uno de los más genuinos periodistas que formó parte de la llamada “literatura en periódicos”, como así la denominó en su momento González Ruano y que después de 1975, con la transición democrática en marcha, no se interrumpiría.


jueves, 5 de octubre de 2017

La vida en un mural

Cuando leo, mi aislamiento del mundo fenomenológico se produce demasiado deprisa para notarlo siquiera, escribe Peter Mendelsund en su libro Qué vemos cuando leemos (2014). El mundo que el lector tiene delante y el mundo que lleva dentro, lejos de estar equidistantes, se superponen solapándose, subraya el artista neoyorquino. Cada persona tiene una forma de ver la vida, un mapa de la misma, que es diferente al de los demás. Esto hace que nadie tenga, en realidad, la verdad de las cosas, sino que cada uno de nosotros tiene una verdad. Cada persona capta las cosas desde su mapa y, por tanto, no tiene por qué verlo como nosotros.

Pues bien, un libro, y este que traemos a este cuaderno de bitácoras más si cabe, de Sofía González Gómez (Pedro Muñoz, Ciudad Real, 1993), investigadora predoctoral en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, graduada en la Universidad de Alcalá en Estudios Hispánicos y con un Master en Investigación Literaria y Teatral, confirma que, ciertamente, ese mundo que se le presenta al lector delante de sus ojos, más que interferir con el que uno lleva dentro, propone un conducto, un puente, un pasaje entre ambos.

Una playa de septiembre (La Isla de Siltolá, 2017) es un puñado de relatos, un mural, que cuenta historias y experiencias, pero de alguna manera explica cómo leer esas historias desde la experiencia del narrador. La autora muestra escenas y detalles de la vida real con un pulso narrativo directo, casi proponiendo cómo imaginar y en qué medida los pasajes introspectivos que se desatan en el texto. Una de las tareas que llama más la atención de estos relatos, que tienen mucho de crónicas autobiográficas, es su condensación. Sus piezas narrativas surgen de sucesos cotidianos, y desde aquí el relato se proyecta para hablarnos de sentimientos espontáneos, perplejidades y anhelos que muchos de ellos han brotado como resortes desde la propia literatura y el cine.

Dice Virginia Woolf que para escribir uno tiene que combinar la soledad con la inmersión directa en el mundo, la percepción y la recreación de lo que se ha percibido. Sofía González parece tener bien en cuenta esta apreciación tan interesante, como por ejemplo en Todos los novios de mi vida, uno de los relatos más significativos, en el que la narradora, en apenas tres páginas, resume con eficacia esa combinación referida por la escritora británica. En Vértigo, en cambio, la sugestión del cine incide en la experiencia real, hasta el punto de que una exposición dedicada a Hitchcock puede alterar el curso de una tarde que solo parecía estar concebida para la curiosidad y el encanto. En Una playa de septiembre, relato que da título al libro, el cine y la literatura se funden de nuevo a través de una relación laboral universitaria que se gesta por correo electrónico entre dos compañeros, una joven e inquieta profesora de Lengua y Literatura y un catedrático de Arte Contemporáneo que, finalmente, se desvanece.

En estos textos hay muchos guiños literarios y cinematográficos que quedan plasmados con inteligencia y delicadeza, configurando un relato continuo de una mujer de letras que aspira, dada su juventud, a seguir indagando en las artes y, especialmente, en la escritura. González Gómez, con este debut, inicia una etapa que pone cuerda y sentido a ese reloj literario que parece forjarse en los latidos de su universo personal. Ha sabido desde el comienzo quién sería su interlocutor, y eso le ha facilitado el camino, le ha permitido encontrar el tono narrativo de sus relatos, y como muchos escritores afirman: una vez encontrado el tono, el camino se allana.

Una playa de septiembre es un libro sentido, escrito con sencillez y eficacia, con diálogos vívidos que dan cobijo a vivencias y que reflejan mucho el alma de quien lo ha escrito, una escritora en ciernes a la que habrá que seguir la pista, y que hoy nos entrega este librito encantador donde la realidad y la ficción se mezclan para gozo del lector. ¡Que lo disfrute!

jueves, 21 de septiembre de 2017

Lo que guarda el silencio

Al final de la novela, o mejor dicho, de la no-novela de La mirada de los peces (2017), de Sergio del Molino, dice el autor, en el apartado de gratitudes, que entre ese puñado de personas que le influyeron en la manera de mirar las cosas que se relatan en las páginas de su libro se encuentra Edurne Portela (Santurce, 1974), pues en su obra El eco de los disparos (Galaxia Gutenberg, 2016) le enseñó que “el relato generacional nunca está en los blancos ni en los negros, sino en esa maraña inmensa de grises donde todos somos culpables e inocentes a la vez”. Esta declaración tan soberbia y contundente de Del Molino me pareció suficientemente seductora para subrayarla y no olvidarme que iría de inmediato al rescate del libro de la escritora vizcaína para su posterior lectura.

Precisamente hoy hablamos en este diario de lecturas de El eco de los disparos, un libro híbrido que lleva como subtítulo Cultura y memoria de la violencia, una nomenclatura que aglutina a su vez relato, pasajes autobiográficos, crónica, memorias y ensayo, un texto reflexivo y comprometido que aborda el lenguaje de la violencia y del silencio de parte de nuestra historia más reciente en la que las acciones terroristas de ETA y sus consecuencias causaron tantas víctimas y dolor en el País Vasco y, también, más allá de sus fronteras.

Nadie opina acerca del silencio, porque el silencio es una ausencia, dice uno de los personajes de La historia del silencio (1994), una novela de Pedro Zarraluki que indaga sobre toda esa nebulosa que envuelve el significado del silencio. “¿Por qué se dice romper el silencio y no liberar el silencio, o acallarlo, que sería más poético y nos remitiría a ese zumbido en los oídos, que tan incómodo nos resulta?”, se pregunta el propio narrador. Quizá el silencio sea solo eso, un ruido continuo e interior al que nos hemos habituado. Pero hay silencios que no podemos perdonar o consentir, ni tampoco debemos olvidar. Solo tienen interés si nos afectan de alguna manera, sean reales o imaginarios. El silencio, ciertamente, puede ser personal o colectivo, está en el dormitorio de nuestras casas y en las aceras de las calles, agazapado, y posee una espantosa capacidad para devorarlo todo.

Edurne Portela, especializada en estudios de la violencia en distintos marcos históricos, dirige, en esta ocasión, su mirada crítica al lugar donde nació y creció: Euskadi, y abre un cauce analítico e indagatorio sobre lo cotidiano de la violencia, metabolizada en el seno de la sociedad vasca durante décadas en las que la amenaza, la extorsión y el miedo se adueñaron de la atmósfera de la calles, como si la condición de víctima y verdugo la tuvieran otros, ajenos al resto. Lo que debe hacer la literatura, desde cualquier género, según despliega la propia autora, y en palabras de Milan Kundera, es “mostrar la complejidad de la realidad”. Hacia esa dirección apunta su trabajo, consciente de que el silencio, en el ámbito social vasco, ha sido en gran medida el caldo de cultivo del odio, el resentimiento y la indiferencia, esa misma que, como se subraya en el libro, “nos aísla y nos protege del sufrimiento ajeno”.

En El eco de los disparos el lector encontrará mucho de ese sentimiento ajeno y a la vez propio, evocado por los mismos fantasmas del miedo y de la violencia que impregnaron el ambiente de la sociedad en la que la autora creció. Aquí se analizan documentos literarios y cinematográficos que ayudan a entender y reflexionar sobre el conflicto vasco tratando de sacudir la comodidad de la indiferencia y el silencio de muchos. Muchos de los relatos, películas y exposiciones fotográficas desmenuzadas por Portela puede que incomoden, pero nos acercan a la complejidad de esa realidad por la que muchos optaron impunemente y otros tantos se inhibieron.

Este es un libro que no trata de hegemonizar ningún relato acerca de la lucha ni de la resistencia sobre el terrorismo, de verdugos ni de víctimas, sino que procura acercarse a ambas orillas desde una óptica ética y civil en busca de comprender sus entresijos, más allá del discurso político y mediático acostumbrado.

El eco de los disparos es en sí mismo un relato generacional de mucho alcance moral, un ensayo, aunque desigual en su estructura, brillante y bien documentado que incide en la verdad perniciosa del silencio y sus contradicciones, así como en el terrorismo y la contaminación del lenguaje que lo ampara. Es un libro que nace de la necesidad de entender sus consecuencias y mostrarnos el lado menos amable de la indiferencia pasiva general, un libro armado de razones que duelen y sonrojan.


Dicen que los buenos libros te llevan a otros. Si Patria (2016) de Aramburu ya nos dio razones de asumir sin prejuicios el drama colectivo del terrorismo con un relato denso, conmovedor e impecable, El eco de los disparos añade otras perspectivas para examinar con detalles el mismo asunto en el que culpables e inocentes tuvieron su protagonismo activo o pasivo, según su rol adoptado, a la hora de compartir un mismo espacio de convivencia minado por tanto resentimiento, hostilidad y dolor.

miércoles, 13 de septiembre de 2017

Hijos del exilio

Siguiendo la estela de Monasterio (2014) y Signor Hoffman (2015), sus dos anteriores novelas, Eduardo Halfon (Ciudad de Guatemala, 1971) publica Duelo (Libros del Asteroide, 2017), otra indagación, como ha venido haciendo en estas y otras obras predecesoras suyas, sobre sus raíces identitarias, un viaje permanente a sus orígenes y a su estirpe judía. No cabe duda de que el autor asume esta dimensión narrativa como proyecto literario en pos de seguir explorando en la memoria y en la genealogía de sus antepasados, hasta el punto de que dicha obsesión personal le propiciará inopinados encuentros con hombres y mujeres variopintos por diferentes países y lugares relacionados con el origen y con el éxodo de sus abuelos. Esa búsqueda perpetua por encontrar respuestas a su pasado, conducirá al narrador a estrechar vínculos sorprendentes con la historia reciente, y a nosotros, como lectores, a relacionarnos con personajes curiosos que recobrarán protagonismo, añadiendo lustre y significado a la existencia escrutadora implícita en la narración que nos acerca a su linaje.

En esta ocasión, Halfon se enfrenta a la autoridad paterna incumpliendo su orden de no escribir acerca de un tío suyo desaparecido hace décadas. Esta insistencia indagadora le llevará a rastrear los entresijos secretos de su familia a través de contactos de parientes por diferentes escenarios y hogares. También en las pérdidas se fundamenta la vida, viene a decirnos, aunque en silencio, el narrador de Duelo, su alter ego, un joven judío nacido en tierras caribeñas, crecido y educado en Norteamérica, que rastrea la muerte de aquel niño llamado Salomón, a orillas del lago Amatitlán, tratando de esclarecer, ante tanta nebulosa sin despejar y ante tantos puntos suspensivos sin acotar, cómo sucedió en verdad aquel infortunio.

Duelo continúa, además, con ese ciclo autobiográfico emprendido en sus inicios con Saturno (2003) y El boxeador polaco (2008) en el que el narrador recurre a personajes de su álbum familiar, deshilando sus historias errantes para explorar en esa condición de permanente desarraigo histórico a la que pertenece, judíos emigrados llegados a Guatemala antes de trasladarse a Estados Unidos, y poner marco a ese sentimiento de búsqueda de sus raíces. La novela arranca con un recuerdo infantil acerca de un secreto familiar que el narrador le oyó contar a sus padres. La muerte del hermano mayor de su padre, el tío Salomón, es el eje de esta autoficción, un engranaje literario habitual en el imaginario de Halfon, para conducirnos al territorio deslocalizado, sin asentamiento, de su gente. En esa peregrinación transversal al pasado, el narrador, después de recorrer la ruta de los suyos, desde tierras libanesas y polacas, pasando por el internado de uno de sus abuelos en el campo de concentración más fatídico de la historia, Auschwitz, regresará de nuevo al enigma de aquel accidente fatal para tratar de hilar sus cabos sueltos.

Tener una voz propia es un ejercicio que lleva toda una vida. De alguna manera, escribir es un ajuste de cuentas con la realidad y sus confluencias. Para Halfon la vida es un relato del que penden distintos argumentos cuyos desenlaces vienen del pasado y a esa memoria acude con inusitado empeño, para dialogar y buscar respuestas al presente.

Duelo es un libro hermoso y sentimental, ligero y profundo, escrito con una prosa destilada, sin adornos, pero muy emotiva, que bucea en los mitos familiares. Desde su sencillez narrativa, Halfon conmueve y seduce, llevando al lector al territorio de sus ancestros y de su linaje, tocando el alma de las cosas, alentado por la conciencia de saber que todo bagaje personal se fragua en lo que hemos sido y lo que nos resta por vivir y que nos empuja a seguir indagando.


Si como dicen algunos, la primera obligación de un libro es ofrecer hospitalidad al forastero que decide entrar en su posada, esta premisa no le resultará peregrina ni extravagante al lector que pruebe con la obra de Halfon. Porque si hay algo propio y singular en la escritura del escritor guatemalteco es, precisamente, esa calidez narrativa y esa prestancia para agarrar al lector hasta una prometedora estancia por el imaginario de su literatura. Duelo es buen ejemplo del aprovechamiento de esas facultades naturales que posee su autor. El pacto se establece no tanto con una realidad exterior fabulada, sino con una voz sutil, persuasiva y, a la vez, indagatoria, a través del universo definido que esa voz transporta y relata emotivamente para nuestro gozo.

martes, 5 de septiembre de 2017

Cuentos radicales

Javier Salvago (Paradas, Sevilla, 1950) ocupa, desde hace tiempo y por méritos propios, un lugar destacado entre el grupo selecto de la poesía española actual. Con más de una decena de libros de poemas publicados desde aquellas Canciones del amor amargo (1977), pasando por Volverlo a intentar (1989), con el que obtuvo el Premio Nacional de la Crítica, hasta su poemario último, Una mala vida la tiene cualquiera (2014), el escritor andaluz representa, además, a uno de los más significativos integrantes de la poesía de la experiencia, nacida entre la década de los ochenta y noventa, que tantas alegrías y savia nueva trajeron al panorama lírico de nuestro país en las postrimerías del siglo pasado. Pero a esta vocación y a su inclinación poética intensa también se unen dos amplias facetas: de un lado su producción narrativa expuesta en dos volúmenes de memorias, y de otro su extensa tarea en el campo de la radio y la televisión como guionista, a la que hay que añadir su labor de articulista durante mucho tiempo en varios periódicos, como lo hizo en su día en Diario 16 y más recientemente en Diario de Sevilla.

Salvago no pone freno a su actividad retándose a sí mismo. Ahora toca otro palo cambiando de traje literario. No sueñes conmigo (La Isla de Siltolá, 2017) viene a ser un cambio de registro en su producción artística, ya que se trata de una colección de cuentos y microrrelatos de carácter vengativo, fantasmagórico y paranormal donde lo inexplicable tiene un punto de inflexión con la realidad cotidiana de los seres que la habitan. En esta nueva singladura hacia este territorio narrativo tan poco conocido en su trayectoria literaria hasta ahora, como es el cuento, un género que por su brevedad y exigencia nunca descartó, según cuentan algunos de los que le conocen bien en su pueblo, Salvago no parece flirtear como un mero diletante, sino que se exhibe con destreza y oficio, apoyado en un humor negro nada desdeñable y provocativo con el que construye un conjunto de historias concisas y bien armadas en un volumen estructurado en dos partes, la primera con diecisiete cuentos y la última con veinticinco microrrelatos.

Inmerso en ese imaginario de los relatos extraordinarios que conforman No sueñes conmigo, uno quiere entrever las obsesiones del autor que, hábilmente, cuida no mostrarse intrusivo en sus historias con consideraciones morales, esto lo deja mejor para el final del volumen en las que da rienda suelta a sus miniaturas narrativas para que deriven, sin menoscabo, incluso, hacia el género aforístico. En cualquier caso, la peripecia narrativa de estos cuentos se encuentra entre las propias esquirlas del texto y la elipsis que buscan su propia justicia y razón en sus argumentos.

Salvago no es cruel, pero tiene claro quién es el malvado en un cuento, y no muestra ningún interés en comprenderlo, aunque en ocasiones esté del lado del protagonista. Desde el primero de dichos cuentos, surgido de un tormento premonitorio, No sueñes conmigo, que pone título al libro, pasando por Lo que ha de ser, siguiendo con Terrores nocturnos, hasta finalizar con Dioses y demonios, la maldad, la venganza y sus consecuencias fatales se esparcen por cada una de sus piezas, como una característica que define por completo al personaje que encarna la historia y al que el autor no trata de justificar ni moral ni psicológicamente. Para que exista el bien ha de existir el mal, eso queda probado. Para que haya un vencedor tiene que haber un vencido. Y el autor también tiene claro que, para provocar inquietud en el lector, ha de poner a sus personajes en situaciones extremas.

En No sueñes conmigo hay seres impávidos, canallas, arrogantes, despreciables, gente corriente con oscuros sentimientos o trastocados por vicios y perversiones, así como espectros, con sus luces y con sus sombras, para darle a cada relato un aire de misterio necesario hasta conseguir un resultado final meritorio. Cuentos que parecen fantásticos, pero surgen del tamiz de la propia realidad. Cada una de sus piezas desvela sus secretos, sus ruidos extraños, sus sombras no exentas de terror y hechizo, un mundo atormentado bajo la mirada de seres humanos que no paran de interpretar los sueños y la realidad como resultado de la zozobra en la que están inmersas sus vidas. Y, por poco empeño e imaginación de que dispongan, ven signos por todas partes: premoniciones, fantasmas de gente querida, ajustes de cuentas, miedo a la locura, celos, francotiradores apuntando a sus víctimas, caídas al vacío, muertes...

Con un estilo directo, elocuente, preciso, vivo, seco y salpicado de humor, No sueñes conmigo es, en su conjunto, un buen puñado de cuentos radicales en la que el lector encontrará a gente que palidece, incluso haciéndose el muerto por un tiempo, gente con intención de devorar al más pintado que se le acerque. No son criaturas informes, ni extravagantes, surgen de la propia reminiscencia del tiempo, pero, en cuanto se acercan a nosotros con su plan de acción, el narrador, con maestría, deshace el olor a azufre que traen consigo, disolviéndolo en la nada, y por un instante, nos sentimos confiados y a salvo.

Parafraseando a Ambrose Bierce, si estos relatos pasmosos de Javier Salvago fueran ciertos es para volverse loco; si solo imaginarios, es para estarlo.



miércoles, 30 de agosto de 2017

La vida como propósito

La literatura española de este siglo tiene en Sergio del Molino (Madrid, 1979) a uno de sus talentos más prósperos, sólidos y brillantes. En poco menos de cinco años, su creación literaria ha dado títulos trascendentes, de mucho calado y eco, tanto en la crítica como en un amplio sector del público lector. Libros como La hora violeta (2013), un testimonio conmovedor y hermoso, escrito con una prosa tersa y punzante, donde se narra una historia de amor y de luto, o como el que vino inmediatamente después, Lo que a nadie le importa (2014), otro testimonio de ámbito familiar, bellamente contado, un relato entre la memoria y la autoficción que desvela toda una metáfora sobre el silencio de los supervivientes de una generación marcada por la Guerra Civil, han hablado por sí mismos del oficio literario tan asentado y maduro que profesa este joven autor.

En esta línea narrativa de no ficción tan propia suya, Del Molino da turno a su nuevo libro, La mirada de los peces (Random House, 2017), una historia que justifica a la literatura como retrospección, como medio de ponderar la vida pasada desde la experiencia personal y colectiva. Aquí en esta novela no está sólo la voz de Antonio Aramayona, un activista beligerante, un profesor carismático y reivindicativo que representó la vanguardia en pos del derecho a una muerte digna y de la defensa a ultranza del laicismo y de la educación pública, ni tampoco la voz del narrador que rescata su vida y mensaje, sino que también se expone la voz de un colectivo que exhibe los asideros de su realidad, gente joven que habita un espacio intentando dar sentido a sus vidas precarias e inciertas.

Del Molino pone historia y geografía a su novela bajo la moral implícita de Aramayona, profesor suyo de instituto en Zaragoza, para trazar un tiempo generacional e interpelarlo a través de la figura y de los ideales de este hombre cabal y comprometido socialmente. Y como toda historia, La mirada de los peces trata también de detalles, luchas de una u otra clase que terminarán, como le ocurre a tantas otras historias, en victorias y derrotas simultáneas. Todo se dirige a un final, a una determinación que exige un resultado. A todo final de una novela, y esta no es menos, se le confiere una suerte de libertad que la vida acostumbra a negarnos obstinadamente.

Para el escritor aragonés sus novelas surgen del pozo de la experiencia vivida, y desde ese imaginario personal construye su inventiva. La tarea del escritor, como diría Susan Sontag, es hacernos ver el mundo tal cual, desde su óptica, lleno de muchas reivindicaciones diferentes, papeles y vivencias. En este sentido, Del Molino es un excelente promotor de estas prerrogativas literarias. Aunque, por supuesto, la tarea más importante del escritor sea escribir bien, no se queda sólo ahí, sino que precisa la complicidad del lector, hasta el punto de que este es el que determina si lo que lleva entre manos merece la pena o conviene abandonarlo. Un buen narrador como él sabe que no se escribe para uno mismo, sino para otros y, por tanto, cuida de acaparar la atención del lector para que reflexione sobre ideas y problemas morales: sobre lo justo y lo injusto, lo mejor y lo peor, la vida y la muerte, lo lamentable y lo que inspira alegría e ilusión. Detrás de La mirada de los peces hay un narrador serio que tiene muy en cuenta los problemas morales de un modo práctico. Relata una historia, narra unos episodios para evocar una común hermandad con la que poder identificarnos, aunque las vidas expuestas puedan ser distantes y ajenas a las nuestras.

La literatura casi nunca consiste en hacer literatura”, subraya con cautela el narrador (autor) en el primer párrafo del segundo capítulo, para después, en el siguiente capítulo, advertirnos que: “la vida se vuelve insoportable si no se pone en forma de novela”. La nobleza de las reflexiones dispuestas en estas citas, y en el conjunto de la narración, encaja perfectamente con la nobleza del estilo directo que la impulsa. Estamos ante una pieza narrativa que da una idea novedosa de una vida interior plagada de ambiciones, interrogantes y libertades, frente al canon establecido de la sociedad estática y conformista española de aquellos años finales del siglo pasado y principios del siguiente. Declara el autor: “no me interesa la dimensión política del personaje, pero sí me intriga la forma en que la disfrutaba”, (pág. 117). En cambio, la muerte sí le interesa y mucho, “porque las muertes nos son propias y todas las muertes de los que queremos son también la nuestra”, (pág.197).

Sin duda, Sergio del Molino nos entrega la novela más desnuda, más política y más comprometida socialmente de su producción. La piedra de toque para esta afirmación también se halla en el lenguaje utilizado. No hay rastro en el texto de ningún escrúpulo lingüístico, de tal manera que la autoficción discurre con maestría probada por ese relativismo de verdad y admiración por quienes enseñaron a mirar el mundo de otra manera, y por el sentido de análisis basado en la experiencia vivida. La vida son dilemas y hay que resolverlos de alguna manera, se dice en sus entrañas, y no puedes inhibirte, ya que estos son insoslayables.

La mirada de los peces es un testimonio resuelto con eficacia, un relato generacional contundente, a la vez que tierno, que no escapa de la controvertida interpretación de la realidad, de sus hipérboles y espasmos, y de la porosidad de los recuerdos que convergen en un diálogo de la memoria con los latidos del presente.