domingo, 25 de agosto de 2019

Encarnar la verdad


Usted dice que le debemos a la literatura casi todo lo que somos y lo que hemos sido. Si los libros desaparecieran, la historia desaparecerá, y los seres humanos también desaparecerán. Estoy segura de que tiene usted razón. Los libros no son solo la suma arbitraria de nuestros sueños, y nuestra memoria. Nos dan también un modelo de la autotrascendencia. Algunos piensan que la lectura es solo una especie de evasión, una evasión del mundo «real» de todos los días a un mundo imaginario, el mundo de los libros. Los libros son mucho más. Son una manera de ser plenamente humano”.

El periodista Jonathan Cott (1942) recoge este breve texto, tan lúcido y emotivo que Susan Sontag (1933-2004) escribió en 1996 y que tituló Una carta a Borges, como colofón del prólogo que antecede al libro que ahora publica Alpha Decay, traducido por Alan Pauls, que contiene la entrevista completa que le hizo a la ensayista y novelista norteamericana en 1978 para la revista Rolling Stone, de la que él era un colaborador asiduo. Cuenta Cott que Sontag siempre intentó desafiar y derribar todo estereotipo social que pusiera límite al desarrollo del pensamiento y la creación artística de la gente, a la ética y estética, y, desde luego, a la conciencia y anhelo del individuo, independientemente de su tendencia sexual.

Lo que nos vamos a encontrar en esta entrevista es la pasmosa confianza de una intelectual dispuesta a encarnar la verdad de su vida a través de sus propios juicios, así como desvelarnos su extraordinaria avidez por las artes, especialmente por la música y las grandes obras literarias. Para Sontag hay obras para toda la vida, como La montaña mágica de Thomas Mann. Admira a los filósofos, principalmente a Platón, Nietzsche y Wittgenstein. Se muestra, como lectora y escritora, apasionada por los diarios y las cartas. La poesía, para ella, tenía que ser: exacta, intensa, concreta, significativa, rítmica, formal, compleja. Pero lo más significativo que se descubre en esta vívida entrevista es todo lo que nos aproxima a su sentido de la vida. Ella creía, por encima de todo, en la libertad de ser fiel a sí misma.

Susan era también una mujer feminista, pero a menudo atizaba a sus compañeras feministas con despiadadas críticas, especialmente contra la retórica feminista, por encontrarla ingenua, sentimental y anti-intelectual. A este respecto subraya que el mejor libro feminista que se ha escrito es El segundo sexo, de Simone de Beauvoir. También dice de la escritora francesa que ha sido “la primera persona que se metió de veras con la significación de la vejez como fenómeno cultural”. No hay duda de que este asunto es de suma importancia y sale a relucir en la entrevista. Vivir, según ella, consiste también en convivir con el paso de los años y con laaceptación de la enfermedad. Por eso mismo, afirma que “no puedes enfadarte con la naturaleza, no puedes enfadarte con la biología. Todos vamos a morir; eso es algo muy difícil de soportar, y todos pasamos por ese proceso”.

Volviendo a su pasión lectora, compartía igual que Virginia Woolf su entrega a los libros. La lectura era para ella, como ya nos contó su nuera, la escritora neoyorquina Sigrid Nunez en su interesante libro de recuerdos Siempre Susan (2011), una idea del paraíso vital y, para vivir esa vida plenamente, leer era algo necesario y fundamental, y siempre con un lápiz entre los dedos para subrayar, dejar anotaciones o responder, por ejemplo, con esto otro tal como recoge la entrevista: “Leer es mi entretenimiento, mi distracción, mi consolación, mi pequeño suicidio. Cuando no puedo soportar el mundo, me acurruco con un libro y es como si una pequeña nave espacial me llevara lejos de todo”.

Susan Sontag. La entrevista completa de Rolling Stone es un libro ameno y lleno de interés, en el que se recogen no solo el pensamiento de la escritora y sus gustos artísticos, sino muchos detalles personales e íntimos, como esta confesión tan curiosa, y no menos extravagante, que hace del rock and roll: “Me encanta el rock and roll. El rock and roll me cambió literalmente la vida... De niña, no puedo decirte lo alejada que estaba de la música popular. No escuchaba otra cosa que crooners, y los detestaba. No significaban nada para mí. Y de pronto escuché a Johnnie Ray cantando Cry –fue en una rocola– y algo me paso en la piel... Para serte franca, creo que el rock and roll fue la razón de mi divorcio. Creo que Bill Halley y sus Cometas y Chuck Berry [risas] fueron los que me decidieron a divorciarme y dejar el mundo académico y empezar una nueva vida”.

Este es un libro cercano y fluido, como corresponde a una buena entrevista, para entendernos con el alma de una escritora comprometida con su trabajo intelectual, para acercarnos a conocer su mirada del mundo y palpar su particular interpretación de las cosas, de forma directa y clara, con esa legitimidad tan excepcional que otorga la coherencia de una vida dispuesta incluso a “establecer una relación agresiva y antagónica con la falsedad en todas sus formas... Sabiendo perfectamente bien, una vez más, que se trata de una tarea infinita, puesto que es imposible acabar con la falsedad o la falsa conciencia o los sistemas de interpretación”.

Un gusto haber disfrutado de sus remansos.


lunes, 19 de agosto de 2019

Los ecos de las raíces


La literatura había dado forma a mi vida casi tanto como las condiciones políticas y económicas de mi época. Sólo que antes yo no me daba cuenta... Me fui no sólo porque no encontraba trabajo o porque la presión política era severa, sino porque el hombre que se va, que quema las naves, es alguien muy común. Como aquel que vuelve o aquel que no olvida... A mis veinticinco años, cuando me pregunté cómo viviría mi vida, la respuesta fue «yéndome». A los sesenta y siete la pregunta volvió. ¿Cómo viviría la vida que me quedaba? Y la respuesta era, cada vez con más frecuencia, «volviendo»... A veces tengo la impresión de que la vejez tiene un sentido: que alcancemos a arrepentirnos de lo que hicimos y no hicimos en la juventud”.

En estas líneas que antecede, Theodor Kallifatides (Malaoi, Grecia, 1938) recoge el sentido de su existencia y el espíritu que le impulsa a escribir su nuevo libro, publicado recientemente en nuestro país, Otra vida por vivir (Galaxia Gutenberg, 2019), traducido del griego moderno bajo el cuidado de Selma Ancira, un título acorde con la idea original de desatar la escritura en un periodo de desazón y melancolía, de remanso vital prolongado y anodino al que le confinó su sequía creativa. Nada conocido en España, Kallifatides, en cambio, es un autor muy reconocido en Suecia, donde emigró muy joven huyendo de la dictadura de los coroneles. Allí se estableció, se casó y se dedicó por entero a la literatura. Ha publicado más de cuarenta libros de ficción, ensayo y poesía, que han sido traducidos a varios idiomas.

Pese a su gran producción literaria, a los setenta y siete años su imaginación, la memoria y ese proceso indagatorio que supone la tarea persistente de escribir, entra en crisis, como él mismo revela en el libro. Todo parece que se evade, y la página en blanco le obsesiona hasta casi la ofuscación. A esta situación de vacío se une el giro dramático de los parabienes socialdemócratas extendidos por la Europa del último tercio del siglo XX, que parecen resentirse, tanto en el estado del bienestar como en los movimientos migratorios, un declive desatado con mayor virulencia en su Grecia natal.

Estas circunstancias adversas forman el origen de Otra forma de vivir, un libro emotivo que vuelve su mirada a la tierra y al idioma de su autor, un texto repleto de evocaciones, semblanzas y sentimientos reencontrados. El espíritu de Kallifatides evidencia no solo lo que refleja, sino lo que pone de sí mismo: la manera en que mira a sus paisanos por las calles de Atenas, lo que escarba en su memoria, lo que palpa en la realidad presente. Viene a decirnos que somos, en verdad, metafísicos, que no vivimos en la tierra, sino en nuestras quimeras, en las tradiciones que se pasan de una generación a otra, en las conversaciones, en las palabras. Y que todo esto está por encima de los ciclos económicos. La vida termina y al mismo tiempo sigue, transcribe el narrador. Por eso sostiene que hay que añadirle algo más a la vida cotidiana para comprenderla, incluso, cuando nos encontremos, como le ocurre a él, próximos a la muerte.

En este pequeño libro confesional, de profunda meditación y sencillez literaria, subyace la Literatura con mayúscula, no esa que nos adormece, sino la que nos despierta, la que nos moviliza y nos pone en vigilia. Aquí traspasa una lectura que es, a su vez, soledad y conversación, en la que el lector conecta con un escritor plantado frente sí mismo y ante su memoria, que mira consternado el mundo y observa, a lo largo de sus vivencias literarias y personales, ese lado humano que le exige respuestas y sentido crítico.

Para contarnos todo esto, Kallifatides encuentra el tono propicio que andaba buscando de nuevo en su quehacer literario, y va fijando su mirada en la Grecia de ahora, devastada por la crisis económica, al tiempo que también nos muestra no solo el amor por su lengua, sino igualmente por el espíritu vivo y duradero de la épica de Homero. En Otra vida por vivir se refleja la condición de un inmigrante veterano, la de un escritor de la diáspora griega que adoptó otro idioma de forma azarosa y que ahora, como una suerte de epifanía, lo lleva a volver a sus orígenes, a su lengua madre, para contarnos lo paradójico de la vida que tiene tanto que ver con la literatura.

Este es un libro hermoso y afectivo que confirma lo que se espera de todo hallazgo literario, que las palabras sean el verdadero germen que pone valor y sentido a la obra escrita. Uno, al concluir la lectura, siente ese efecto, que tiene que ver no solo con estar inmerso en su verdad literaria, sino con ser partícipe de la misma. Para no perdérselo.


miércoles, 7 de agosto de 2019

Formas de estar


La literatura difiere de la vida en que la vida está, mayormente, salpicada de detalles acumulados y raramente nos encamina hacia ellos, mientras que la literatura nos enseña a observar, porque en el proceso de creación ya se ha encargado de seleccionar los detalles que le convienen para armar su artificio. Esta enseñanza tiene mucho de dialéctica, y como diría el crítico James Wood, lo asombroso es lo que la literatura no deja de hacer: que nos fijemos más en la vida, que ensayemos en la propia vida, “lo que a su vez nos hace mejores lectores de los detalles en la literatura, que a su vez nos hace mejores lectores de la vida. Y así sucesivamente”.

Échale la culpa a los otros de tu infelicidad, si crees que eso te ayuda. Pero tal ilusión durará poco: al menor atisbo de lucidez verás que eres tú quien ha decidido y escogido. Y que la vida te ha sucedido de esta forma porque no pudiste hacer nada para que te pasara de otra forma”. Este apunte del Cuaderno de Iowa responde a esa toma de conciencia del tiempo, de sus intermitencias y agitaciones, por donde transita la escritura de Envejece un perro tras los cristales (Random House, 2019) de Horacio Castellanos Moya (Tegucigalpa, 1957), un volumen que reúne dos colecciones de notas, más de setecientas entradas repartidas entre el Cuaderno de Tokio y el Cuaderno de Iowa en las que hay mucho de insumisión y poco de complacencia.

Aunque nacido en la capital hondureña, se le considera un escritor salvadoreño, ya que desde niño su familia se mudó a El Salvador, patria de su padre. Allí se educó en el liceo de los maristas donde realizó sus estudios primarios y secundarios. Es autor de una docena de novelas, y cuenta también en su haber con la publicación de varios libros de relatos y ensayos. Fue redactor de diarios y editor de revistas y agencias de prensa, mientras residía en Ciudad de México. En la actualidad ejerce de profesor en la Universidad de Iowa. Sus tres obras más recientes, ya editadas en nuestro país, son La sirvienta y el luchador (2011), El sueño del retorno (2013) y Moronga (2018), todas ellas impregnadas del ambiente de violencia y convulsión social que se ha venido desatando en El Salvador desde el último tercio del siglo pasado.

Volviendo al libro que nos ocupa, o mejor dicho, a estos dos cuadernos autobiográficos, con diez años de distancias entre uno y otro, podemos afirmar que ambos tienen mucho de diario personal y, por qué no decirlo, los dos revelan la cosmogonía de su autor, la del escritor que se interpela a sí mismo sobre sus deseos personales y desencantos amorosos, sobre la conciencia de su letargo creativo y sobre el propio sentir de la vida literaria secreta que lleva, que se muere por leer y escribir en libertad, apartado en su cueva, como un eremita, como un solitario testarudo y neurótico. Todo lo que por aquí transcurre: epifanías, sentimientos, aforismos y preguntas, son apuntes sueltos escritos en segunda persona, en una voz escogida con toda intencionalidad, inquisitiva y descarnada, la que necesita el autor para establecer un diálogo exigente consigo mismo. Ese interlocutor es severo y caustico con su soledad. Recurre a Onetti para nombrarla y despojarla de toda máscara: “la soledad tan deseada es también el infierno tan temido”.

Todo lo que trasciende por estos cuadernos de apuntes es lo propio de un artista consagrado a su oficio, esa adicción a su propio universo creativo, que no escapa del vacío, una realidad que Castellanos Montoya requiere observar y escribir sobre ella con descontento y sin disimulo: “Algo está pasando en mi vida que se me escapa. Ahora sólo puedo dejarlo pasar. Quizá después haya tiempo para la reflexión... La adicción a ti mismo crece día tras día. ¿Qué hacer?” No oculta esta agitación interna, la que sirve a cualquiera y se entabla con el mundo y nosotros mismos: “Escribes para esconder tu mentira. Lo que dices suena a verdad, pero es nada más una máscara, tu forma de no encontrarte contigo mismo”.

Conforme vamos leyendo salen al paso otras citas y evocaciones de autores como Carver, Kenzaburo Oé, John Keats o Kenko que le recuerda a Chamfort. También se suman a este llamado escritores hispanos como Piglia, Bolaños y Levrero o pensadores como Schopenhauer y Cioran. El consuelo que le proporcionan sus lecturas le da lustre a sus apuntes, lo que significa para él un ejercicio de escritura que le proporciona compañía en esos periodos de sequía narrativa. Lo que transpira Castellanos Moya en estas notas no es más que una constante desazón inconformista que, a veces, no es fácil de reflejar, como así lo expresa: “Ciertas percepciones no pueden ser mencionadas, no pueden ser alcanzadas por las palabras. El intento de nombrarlas es inútil”.

En estos cuadernos, sobresale el genio fluido del narrador que habla despojado de humor, pero no así de un lenguaje implacable, directo y serio, a veces recio y atormentado, que no le importa verterlo con cierta retórica moralista. Envejece el perro tras los cristales es un libro inteligente y provocador, fecundo en vivencias, que muestra el lado poco amable de compaginar la escritura y la vida. Castellanos Moya encuentra un terreno fértil para explorar los límites de su escritura y, al propio tiempo, sofocar sus obsesiones más profundas.


jueves, 1 de agosto de 2019

Contra la amnesia y el olvido


La nave de la historia tiene mucho que ver con la nave de la literatura y la de la cultura. La nave de Ulises surca los más preclaros distritos de la cultura occidental, su ruta concierne, desde luego, al recorrido de nuestra civilización. Entre el fondo del Mediterráneo y sus costas adyacentes caben los fundamentos de lo que los europeos hemos sido, de lo que hemos llegado a ser y también va a marcar lo que seremos. Cada una de las hazañas del rey de Ítaca, cada uno de los cantos del poema homérico, simbolizan nuestras propias andanzas culturales más profundas.

La importancia del legado griego pervive en muchísimos términos de las lenguas europeas y ha orientado con audaz impulso nuestros modos de pensar y estar en el mundo. No es exagerada la afirmación del poeta romántico Shelley de que “todos somos griegos”. Si nos ponemos a pensar en él, podemos ver lo que trasciende, pues aún tenemos mucho de los antiguos griegos en nuestra manera de ver el mundo y enfocarlo, su pertenencia cultural es evidente, su aire familiar se percibe, a veces, casi sin advertir que nos demos cuenta de ello.

Estas consideraciones están muy presentes en el ensayo Una lección olvidada (Tusquets, 2019), Viajes por la historia de Europa, como lo subtitula su autor, el periodista Guillermo Altares (Madrid, 1968). “Cualquier viaje por Europa –nos dice– debe transitar las páginas de Homero, debe recorrer el relato fundacional de nuestra literatura y de nuestra mitología compartida y tratar de entender qué nos ata desde hace siglos al relato de sus héroes...” El libro promueve esa génesis histórica al mismo tiempo que aborda otros hechos relevantes que asentaron la construcción de la Europa que hoy conocemos y de sus valores, la que nos ha llevado hasta el momento presente a compartir una historia común y unos valores, pese al contratiempo de muchos excesos y tragedias. Solo se puede entender Europa –subraya Altares–, si tenemos en cuenta que siempre está en movimiento (pág. 89).

Cada uno de los veinte capítulos del libro esboza un episodio destacado de la historia del continente. Da igual en qué lugar ocurre. Lo importante es su significado, lo que trasciende para el resto. Los diferentes sucesos narrados van desde el descubrimiento de la cueva Chauvet, en Francia, un extraordinario acontecimiento que permitió a los estudiosos reconsiderar el inicio de la prehistoria europea y la presencia del homo sapiens, hasta la tormenta de los Balcanes, que propiciaría la desintegración de la antigua Yugoslavia.

Entre esa equidistancia en el tiempo, Altares despliega una amplia selección de sucesos históricos de diversa índole, como el que dedica a la Roma en llamas en tiempos de Nerón; o aquel otro que nos traslada al año 1391 en Sevilla, un lugar y una fecha clave para entender el trágico destino de los judíos europeos; como también el capítulo que nos conduce al terrible terremoto acaecido en Lisboa en 1755, un cataclismo que sacudió por igual a la Iglesia y a las monarquías absolutas que ya empezaron a cuestionarse en muchas naciones.

El libro sigue avanzando en el tiempo hasta llegar al Moscú estalinista de las terribles purgas, al Berlín en ruinas de mayo de 1945, a los restos de la guerra civil de aquel Madrid de 1936, al Bucarest del megalómano matrimonio de los Ceaucescu o a la apacible Estocolmo donde se produciría el asesinato a quemarropa de Olof Palme en aquel fatídico mes de febrero de 1986. Todos estos sucesos jalonan un recorrido propicio al que su autor le dedica su antecedente y su oportuna explicación, poniéndonos en buenas manos por medio de libros y autores claves que alumbraron con sus textos el pálpito de la sociedad en aquellos momentos, como se vislumbra en El nombre de la rosa, de Umberto Eco, Los miserables, de Victor Hugo, Bucarest, de Paul Morand, El mundo de ayer, de Stefan Zweig, La forja de un rebelde, de Arturo Barea o en La quinta mujer, de Henning Mankell.

Una lección olvidada es una lectura fértil, un libro reflexivo y ambicioso sin dejar de ser ameno, que pone la mirada presente en lo que se fue conformando desde el pasado europeo, por diferentes escenarios y épocas, hasta constituir la Europa del momento, la que hoy conocemos, con la idea de relacionar su entramado histórico, el que une todos estos hilos de identidad colectiva y milenaria a los que pertenecemos.

Hacía tiempo que no leía un libro que me sumergiera, con tanta pericia e interés, en los engranajes de la historia de Europa. Esta crónica europea que firma Altares posee esa gracia narrativa de entrecruzar una serie de hechos históricos determinantes en los que el autor no rehúye arriesgarse dando su opinión. Este es un libro vindicativo, con intención de refrescar la memoria, que ofrece un recorrido heterogéneo por las diferentes culturas y latitudes de nuestro continente, pero que, en todas ellas, aparece esa diversidad colectiva que llamamos Europa y que, hoy por hoy, como afirma su autor, conforman más que nunca “un proyecto con los mismos movimientos, los mismos anhelos y las mismas decepciones” que desde Grecia emanaron hace ya tantos siglos y que siguen vigentes.


sábado, 27 de julio de 2019

Autobiografía articulada


Una obra literaria es a menudo la realización de principio a fin de pasajes que se apoyan en la experiencia real, y de otros que solamente responden al capricho de la lengua, sin que el lector encuentre nada que objetar, sin que pueda darse cuenta siquiera de esos cambios continuos de referencias en el orden de la verdad que el autor va desgranando conforme su texto escrito va suscitando su interés y de cuya compañía no desea librarse. En una obra literaria lo que tiene de exclusivo es lo que verdaderamente cuenta para el lector.

Bajo el cuidado expreso y selección de textos a cargo de Leila Guerriero, el nuevo libro de Pedro Mairal (Buenos Aires, 1970), Maniobras de evasión (Libros del Asteroide, 2019) se presenta como una obra que aglutina ese rasgo de exclusividad y esa ambivalencia de escritura en la que las peripecias vitales y la intuición literaria se compaginan con sumo gusto. Decía Einstein que “la única cosa valiosa es la intuición”, y aquí, en toda la ristra periodística de columnas y artículos que conforman este volumen hay mucho de esa tentativa. El propio autor la aprovecha para retratarse a sí mismo en todo su sentido y significado como escritor. Desde esa innata predisposición a abstraerse, a revivir la memoria y los recuerdos de las cosas más pequeñas, a hacer literatura de lo cercano, del tiempo propio, podemos afirmar que lo que el lector se va encontrar en este dinámico volumen de Mairal no es más que una autobiografía articulada en un buen manojo de fragmentos que giran alrededor de su vida.

Hay libros que escribí sin darme cuenta –confiesa en una de sus piezas más emotivas–, distraído, sumando textos que después formaron un volumen. Y hay otros que fueron desde el inicio un proyecto, un programa en el que me enfrasqué durante meses. Este libro me demanda y me demandó las dos formas de trabajo. Tiene algo involuntario y algo voluntario”. Es aquí en este texto donde Mairal, de manera precisa, desmenuza la forma de entender su oficio y los motivos que le llevaron a escribir este libro después de atravesar un periodo de sequía: “No hay vivencia imposible de transmitir. Todo se puede contar”, subraya. Se pregunta a sí mismo si hay algo monacal y de retiro en esto de la escritura: “¿Se elige realmente esa condición o es una tendencia personal, un vicio melancólico?”

Maniobras de evasión está concebido en su conjunto como un ejercicio literario de lo que se viene denominando autoficción, un libro urdido bajo la máscara de un diario en el que la memoria, la vida y el oficio conforman los tres ángulos por donde gravitan sus treinta y nueve piezas. Mairal se muestra sensible con sus devaneos creativos y obsesiones, pero, sobre todo, con sus consecuencias. Y así en uno de sus fragmentos, el que lleva por título La entrega señala que “lo bueno de no saber para dónde vamos es que nos permite salirnos de nosotros mismos por un rato, como esos momentos del viaje en los que uno guarda el mapa y se entrega al enredo de las calles desconocidas, se aleja del circuito trazado previamente...” El lector es consciente de que se encuentra ante un libro que aun no siendo uniforme presenta una secuencia intemporal. Así lo parece pese a que lo escrito proviene de revistas y diarios argentinos, colombianos y mexicanos o incluso del blog El señor de Abajo donde el autor publicó gran parte de sus textos con anterioridad. Escuchamos la voz próxima de alguien que nos anima a leer lo suyo con nuestro propio estilo, como mejor nos parezca, sin tener que atender a ningún patrón, ni advertencia.

Hay mucho poso de memoria en sus páginas en las que evoca momentos de la infancia y adolescencia, la de un joven acomplejado, lampiño y poco desarrollado, que le apartaron de muchos de los juegos que practicaban los demás. Hay momentos evocadores de la niñez en que la presencia de su madre, tan celosa por su bien, es tan persistente que le incomoda. En otro, cuenta sus primeros escarceos amorosos con una compañera de colegio. Los textos van hilando el paso del tiempo y hay lugar para contar dos de las experiencias más fuertes que le sucedieron muy equidistantes. En la primera Mairal nos habla del accidente de autobús sufrido cuando tenía dieciocho años, en un viaje escolar por el sur de Argentina, en el que el vehículo acabó en un barranco con el fatal resultado de la muerte de los dos chóferes. En la segunda, ocurrida diez años después, más divertida y animada, que titula El sobrino de Bioy, tiene que ver con el galardón del Premio Clarín obtenido con su primera novela Una noche con Sabrina Love, y otorgado, nada más y nada menos, por un jurado compuesto por Bioy Casares, Roa Bastos y Cabrera Infante.

Mairal posee ese don literario de la curiosidad, de mirarse como pocos, de ver distinto. Maniobras de evasión es un libro ágil, divertido y revelador que se atiene a ese principio en el que tanto insistía Wislawa Szymborska de cómo se conforma un escritor: “en su interior, en el corazón y en la cabeza”. Nuestro autor responde a ese corolario cuyo resultado no es otro que haber firmado una obra jugosa gracias a esa innata predisposición suya de escribir de forma emocional sobre sus experiencias vitales, con una prosa sencilla y chispeante que fluye con gusto.


viernes, 19 de julio de 2019

A la escucha de uno mismo


El ruido que nos rodea puede parecernos en muchas ocasiones el emblema de lo que pasa a nuestro alrededor. El ruido reside en el contexto de lo humano. Hoy por hoy el ruido ambiente es cada vez más impertinente. Se extiende con voracidad insaciable. Hacerse oír y escuchar algo con sentido es cada vez más difícil, casi imposible. Montaigne decía que el estruendo que hacen los planetas al girar y desplazarse por el espacio es inmenso, pero que no nos percatamos porque estamos acostumbrados a él. Lo mismo ocurre cuando llevamos mucho tiempo al volante del coche, que dejamos de oír el motor. Quizá el silencio sea tan solo eso, un ruido al que nos hemos habituado.

Son muchos los poetas, pensadores y filósofos que han abordado, unos en sus versos, otros en sus teorías e ideas, la importancia que puede llegar a tener el sonido o su ausencia. “El silencio recatado es el refugio de la cordura”, decía Gracián en su Oráculo manual. Ante tanto ruido reinante en la calle y en las casas, la palabra articulada pugna por hacerse oír. La comunicación está amenazada de asfixia, nos viene a decir Daniel Gamper, en su ensayo Las mejores palabras (2019), “pues carece de su oxígeno, el silencio, sin el cual no es posible la combustión”. En estas circunstancias en las que la palabra circula en medio del ruido reinante, reparar en ello, escuchar y guardar silencio se convierten en un acto de resistencia activa.

El verdadero interés del silencio está en su constatación real o imaginaria, sostiene el historiador Alain Corbin (Lonlay-lʼAbbaye, 1936), profesor de la Sorbona, y se vale para sostenerlo en su estudio, que ahora se edita en nuestro país, en el que acomete este paradigma a través de la obra de artistas, escritores y filósofos que postularon el valor del recogimiento y el silencio a lo largo de la historia. Gente relacionada con sus propios silencios y su vida interior como si se tratara de hacerlo con sus propias manos, modelando la palabra y despojándola de ruidos, como aconsejaba Valéry, “para escuchar lo que se oye cuando nada se hace oír”.

Historia del silencio (Acantilado, 2019) es un libro comedido en su extensión, pero que dice mucho en su brevedad, un texto que se adentra en esa búsqueda y en esa relación que mantuvieron muchos de estos intelectuales con el silencio a través de su particular visión de estar consigo mismo, con sus pequeños secretos y sentimientos. Para cada uno de ellos, la habitación es, por antonomasia, ese lugar propicio e íntimo donde recobrar el silencio. “Toda estancia es como un vasto secreto”, subraya Claudel. Dice Corbin que otros muchos autores, como Whitman, Rilke, Proust o Kafka analizaron con detenimiento y esmero las raíces de “este deseo banal del silencio en la propia habitación”. Muchas veces ese refugio fue para ellos algo curativo y esperanzador, el bálsamo indispensable para acallar las propias emociones producidas por los ruidos familiares.

Corbin muestra cómo, desde una extensa indagación de escritos y autores de la segunda mitad del siglo XIX, el ruido de las grandes aglomeraciones urbanas, como París o Londres, se alió con el progreso hasta lograr que estas urbes fueran sucumbiendo a su poder y, por consiguiente, los decibelios de sus calles alcanzaron umbrales de gran perjuicio social. Posteriormente, la sociedad occidental ha ido virando a una reglamentación cada vez más estricta para mitigar los excesos del ruido. Con el tiempo el silencio se ha reivindicado como un valor importante, se ha convertido en un bien escaso y un objetivo para procurar un lugar íntimo en el interior de uno mismo en el que encontrar descanso y recogimiento. Los silencios de la naturaleza están presentes para disipar este desvarío urbano. Así pues, el ensayista francés acude a Thoreau para evocar los beneficios del silencio: “Sólo el silencio es digno de ser oído”. En el siglo XX, nos dice Corbin, Proust vuelve su texto al abrigo del silencio, a su exaltación, como también lo hacen Flaubert o Chateaubriand en sus descripciones de paseos solitarios y silenciosos.

En esa búsqueda múltiple del silencio, tan antigua y universal, Corbin entra también a desvelar la importancia espiritual del silencio al examinar a otros autores consagrados a la meditación, como San Juan de la Cruz o San Ignacio de Loyola. Para ellos y otros muchos que siguieron sus pasos, el retiro silencioso es la condición necesaria para que la plegaria trascienda del alma. A este respecto, el autor del libro toma en consideración la declaración de Margaret Parry: “Si queremos alcanzar una vida auténtica, es indispensable fundar un monasterio del silencio en nosotros mismos”. Y así, más adelante, toma también las palabras del dramaturgo belga Maurice Maeterlinck para hacer hincapié en la fascinación proveniente del silencio: “en cuanto tenemos realmente algo que decirnos, estamos obligados a callarnos”.

No acabaríamos nunca de citar a todos los autores que por estas páginas hablan y despliegan su atención sobre el silencio, señala Corbin en la última parte del libro, cuya escritura y pensamiento no dejan de alumbrar lo provechoso que produce aprovecharse de sus beneficios y sus diferentes modulaciones.

Uno, como lector, nunca regala su atención a un libro de forma gratuita. Lo hace cargado de esperanzas, con la idea de recolectar su fruto. Historia del silencio, bajo la traducción cuidada de Jordi Bayod, es un texto motivador, jugoso y ameno, un libro cuyo resultado final es de un regocijo indisimulable que nos permite escucharnos a nosotros mismos, y eso es una recompensa que bien merece la pena.


viernes, 28 de junio de 2019

Diario-novela


La experiencia literaria viene a decirnos que, contrariamente a lo que sostenía Hegel, lo real no siempre es racional, y tal vez el deber de la literatura consista justamente en explorar esa tierra de nadie que es el alma humana, con sus impulsos y contradicciones, en un intento por ayudarnos a comprender el caos en el que está sumergida nuestra existencia. El escritor, el verdadero escritor –dice Magris–, es el que logra identificar un orden oculto en lo grotesco y en lo absurdo de la existencia. La literatura es, por lo tanto, exploración del mundo y de los abismos que atizan al propio autor, y es precisamente en esa función donde el ejercicio literario se convierte en necesidad de visionar el mundo.

El nuevo libro de Javier Cánaves (Palma, 1973) trata de dar respuesta a esa correlación existencial nacida desde la propia creación literaria y el contratiempo de la rotura del tendón de Aquiles sufrida por él en 2011 jugando al futbito. Desde esa convalecencia fortuita y su compromiso con la escritura, una serie de acontecimientos irán saliendo a la luz al mismo tiempo que la necesidad de escribir se va imponiendo. Mi Berghof particular (Baile del sol, 2019) es un ejercicio literario surgido desde la inmovilidad corporal, un libro movido no tanto por el hombre racional que escribe un diario, sino por la misteriosa intimidad del narrador que lo habita, por los fantasmas que se esconden en lo profundo de su ser, el lugar propicio para desatar su escritura.

Es posible llegar a pensar que Cánaves entienda la propia relación con la literatura y los libros, de manera excluyente, en término de cohabitación intelectual. Así lo da a entender el narrador del libro: “He convertido mi pierna impedida y todo lo que la envuelve en material literario”. Y para reforzarse en ese empeño suyo de abastecimiento, evoca las discretas palabras del filósofo austriaco André Gorz que confirman ese mismo sentir: “la primera meta del escritor no es lo que escribe. Su necesidad principal es escribir. Escribir, o sea, ausentarse del mundo y de sí mismo para, eventualmente, convertirlos en material de elaboración literaria. Solo secundariamente se plantea la cuestión del tema tratado”.

El objetivo de todo libro, tal como expone el narrador de Mi Berghof particular no es otro que poner en marcha la escritura, sin tener que acotar el asunto a tratar. Lo que le importa es mantener una continuidad, un hábito. Alude a lo que dice Levrero, con insistencia, en La novela luminosa: “Todos los días, todos los días, aunque sea una línea para decir que hoy no tengo ganas de escribir, o que no tengo tiempo, o dar cualquier excusa. Pero todos los días”. Ese yo se va revelando como otro personaje literario más, imposible de esquivar.

Llegados a este punto, el lector a medida que avanza en su lectura por las entradas del diario percibe cómo aflora una novela, que es la que se ha ido apoderando de un texto de diario autobiográfico hasta convertirse, sin freno ni límite, en otra cosa, en otra inventiva, en otro artefacto literario. Cada uno de los personajes que van apareciendo, Alberto Sancevá, Pedro Capllonch, Cecilia Polsen, Jaime Castell, Nuria Tamena o Matías Suárez, gente de distintas sensibilidades, edades y profesiones van entrando en acción e intercalándose entre las páginas del diario en marcha. Todos le acompañarán en su escritura y harán referencia a una “etapa vital de su educación sentimental”. Todos estos personajes inventados –nos confiesa el narrador– tienen algo en común con él, aunque el sanatorio de todos ellos, su Berghof particular, no se corresponda con el suyo propio.

Resulta evidente que un libro como este, escrito en un tiempo prolongado de cinco años, posee diferentes estratos y etapas. Ocurre a menudo que topamos con libros tan complejos como nosotros mismos. La lectura de Mi Berghof particular resulta precisamente más compleja que la impronta de su escritura, ya que nos ofrece más variantes y tiene un abanico más amplio de posibilidades de correspondencia. Habrá que tener en cuenta lo que decía a este respecto Borges, cuando afirmaba que la lectura es una actividad más abstracta que el acto de escribir y, por consiguiente, es más susceptible de interpretaciones.

Dice Cánaves, por boca de su narrador, que este diario-novela le ha servido y le sirve para expulsar ese impulso de iniciar otra nueva novela, aunque inevitablemente le lastrará para una historia futura. La literatura es esa especie de esfinge, de sirena, que nunca desiste en su ambición de volver a aparecer en el escritorio para seguir respondiendo a las grandes interrogantes de la existencia y del hombre.

Esta es una obra ambiciosa en la que también están presentes la pasión y el amor, el libro más arriesgado de su autor, un making of de la creación literaria, un texto que vaga por las entrañas de la escritura, por la vida y por el tiempo, mediante una estructura de cajas chinas. Javier Cánaves muestra todos los entresijos de su reinvención artística y de su vocación de escritor desde el propio laberinto creativo, un lugar no exento de melancolía y doble vida.