sábado, 3 de octubre de 2026

Apocalipsis


A lo largo de la historia literaria, el Apocalipsis no ha sido solo un repertorio de catástrofes, sino un imaginario poderoso que organiza tramas, simboliza crisis históricas y morales, y ofrece un lenguaje para pensar el fin de los ciclos, ya sean individuales, colectivos o de toda una civilización. En muchos textos escritos a lo largo del tiempo, desde el Antiguo Testamento hasta obras contemporáneas, como La guerra del fin del mundo, de Vargas Llosa, o Estrella distante, de Bolaños, entre otras muchas, el lector ha podido percibir que el Apocalipsis funciona como instrumento para pensar la realidad y vislumbrar la posibilidad de otro futuro, no solo como fin, sino como advertencia y llamada de atención al sesgo que va tomando la humanidad en unas determinadas circunstancias.

Es esta advertencia y llamada a la continuidad o al inmovilismo lo que viene a ofrecer El mundo acabará en viernes (Menoscuarto, 2025), de Manuel Moyano (Córdoba, 1963), una novela apocalíptica, mordaz y de humor negro dispuesta a revertir el sentido propio y genuino de la narrativa distópica. Quiero decir con esto que, en lugar de terror, desesperanza y caos, lo que se propone su autor con esta historia no es otra cosa que mostrar el determinismo del fin del mundo y el juicio final bíblicos, pero desde una mirada irónica, irreverente y desenfada. Para tal fin, Moyano articula la acción de su novela como un relato coral en el que varias tramas se entrelazan mientras el mundo se desmorona entre catástrofes de terremotos, plagas o explosiones nucleares, y una revelación escatológica que pone a prueba las creencias, los miedos y las ambiciones de los personajes que desfilan por sus páginas.

Entre estos personajes, destaca un psiquiatra que atiende a un paciente que podría ser Ernest Hemingway resucitado. También llama la atención una empleada de atrezo en Tel Aviv que prepara un macro evento televisivo, con Eurovisión como telón de fondo, mientras una plaga de langostas avanza desde Egipto. Otro personaje curioso es el de un paparazzi en Londres que anda obsesionado tras una sombra misteriosa en las nubes. La presencia de figuras como Napoleón, Borges, Lady Di o un carismático joven llamado Yeshua, conforman igualmente el amplio elenco de personajes extravagantes que por la novela transita. La novela, por otro lado, incorpora una representación radicalmente heterodoxa de un Dios descrito como “un gusano gigantesco y viscoso”, junto a Jesús y la Bestia, en escenas en las que cohabitan la teología, la metafísica y la sátira.

Tal vez escribir sobre el apocalipsis, en cierta medida, es una forma de exorcizar esos miedos personales que nos rondan de vez en cuando al tomar el pulso a la realidad política. Un rasgo a destacar aquí es el cometido heterogéneo de personajes históricos, de ficción y mediáticos que interactúan sobre esta idea central, sin que el resultado parezca una mera parodia. El engranaje narrativo logra que lo insólito resulte convincente dentro del imaginario propio de la novela. En ese sentido, Moyano lo subordina todo a sostener, con mucho oficio, la arquitectura del relato, donde la estructura domina y el estilo se pone al servicio de la efectividad narrativa, destacando su prosa fluida y su tono sarcástico, sin caer en la farsa burda, manteniendo una ironía y un humor finos y punzantes.


El mundo acabará en viernes es, al tiempo, una reflexión intuitiva y profunda sobre el fin de la humanidad y una objeción ética y moral acerca de qué hacer en los últimos instantes, cuando el poder y el dinero pierden su valor y su capacidad de sometimiento. Hay, además, una condensada reflexión sobre el cielo, la eternidad y la memoria, planteados con solvencia narrativa, una idea de que el mundo no es eterno, sino que tendrá un fin, una hipótesis nada desdeñable para cualquiera que observa con preocupación la situación geopolítica del mundo presente, pese a que nos encontremos en una de las épocas, después de la Segunda Guerra Mundial, más estable de la Historia.

Este libro es, en síntesis, una fábula amena y cruda, una historia construida bajo unos pilares realistas en la que todos nosotros nos vemos reflejados e inmersos en la pesadilla de su distopía, una historia convulsa e inmarcesible del fin del mundo, de arranque portentoso y con un final tan sorprendente como burlón. Y eso, para una novela apocalíptica, es un golpe casi perfecto. 

martes, 29 de septiembre de 2026

Una comedia feroz


La escritura de Esther García Llovet (Málaga, 1963) cuenta entre las más singulares e identificables de la narrativa española reciente. Su poética se condensa en novelas breves de sabor cinematográfico, habitadas por personajes marginales o desvergonzados que transitan por una España estereotipada, cutre y, a la vez, profundamente ibérica. En una prosa seca y directa, el humor, el delirio y la desfachatez se funden bajo un realismo de bordes surrealistas, con un vocabulario sencillo que parece cobrar vida propia y descolocar así al lector. Novela tras novela, García Llovet ha logrado arrástranos a un universo de innegable extrañeza donde cualquier cosa puede comenzar a suceder y avanzar sin tregua.

Tras la senda de Los guapos (2024), Spanish Beauty (2022) y Gordo de feria (2021), llega ahora Las jefas (Anagrama, 2026), su nueva novela, corta como las anteriores, pero con un sesgo cómico y cruel más acentuado. La acción transcurre en el Zen Gardens, un resort de lujo decadente en la Costa Blanca de Alicante, donde tres mujeres ricas, disparatadas y ociosas a más no poder, Romana Romano y las hermanas Gran y Petit Navarro, quedan atrapados, junto al Primo, un chico para todo del hotel, en un bucle caprichoso de aburrimiento, deriva maléfica y sentimental muy particular e insólita. A ellas solo les importa pasar el día jugando al mus entre cócteles variopintos y piscina. El chico, en cambio, sueña con largarse, pero carece de recursos para hacerlo.

La convivencia forzada dentro del recinto cerrado del resort hace que sus vidas choquen y deriven en una odisea sentimental extravagante y dicharachera, y un ambiente impune hasta lo absurdo. Conforme avanza la novela, se perfila como una comedia feroz y esperpéntica, dejando ver las intenciones de su autora de adentrar al lector en ese tipo de poder que emana del dinero y el vacío de unas mujeres que mandan a impulsos, porque no tienen otra cosa en qué pensar, ni más que hacer en un mundo tan pequeño como sus propias aspiraciones. Toda esa ignominia y desfachatez recaen sobre el Primo, mientras el aburrimiento se erige como fuerza destructiva de unas vidas en suspenso dentro de un recinto turístico del que todos, en su fuero interno, aborrecen y quieren escapar sin saber cómo.

El Zen Gardens funciona como un Hotel Overlook de la costa levantina, poblado de gente estrambótica que actúa como fantasmas de sus propias vidas inanes e irrisorias, bajo una sordidez irritante y un maquillaje ostentoso. Las jefas conforma una narración fragmentaria y perturbadora, de diálogos vívidos y mordaces, que refleja la estupidez y evanescencia mental de sus personajes, sin pretensión moralizante ni redentora, tan solo con la intención de mostrar la pobreza vital interior y cutre de quienes lo habitan. El hotel se convierte así en metáfora social de una realidad deformada, casi grotesca, pero reconocible. Bajo el lujo artificioso del lugar asoman el tedio, la dependencia del dinero, el sinsentido y la caricatura irrisoria de quienes lo ostentan sin medida.


En pocas páginas, García Llovet reproduce un universo reconocible por su atmósfera y su vocabulario, con un sentido inherente de novela social burlesca, articulada mediante la farsa y el absurdo. Su logro consiste en hacernos testigos de un mundo de personajes deliberadamente excéntricos, ociosos y vacíos, un retrato mordaz de una clase social decadente que vive de las rentas, predispuesta a convertir el aburrimiento en vasallaje y abuso. Uno cierra el libro con la sensación de salir más despierto y, quizá, algo más descreído y lúcido, aunque solo sea por contagio. Y eso no es poca cosa.

martes, 15 de septiembre de 2026

Unamuno, protagonista y detective


La literatura que investiga la verdad de un crimen procura reconstruirlo a partir de testimonios, documentos, archivos, sumarios judiciales, entrevistas y, por supuesto, pesquisas propias. Su narración no se conforma con señalar al culpable: quiere saber qué ocurrió realmente, qué errores empañaron la investigación y qué cicatrices dejó el crimen en el espacio y en la memoria del lugar. A menudo, esa verdad aparece fragmentada entre declaraciones que se contradicen, recuerdos que el tiempo ha deformado y silencios que alguien tuvo interés en guardar. Por eso, este género tiene una dimensión ética especialmente delicada: trabaja con víctimas. Y, en ese sentido, la pregunta más interesante no es ya quién cometió el crimen, sino qué hace una sociedad con la verdad de ese crimen una vez que la convierte en relato.

El caso que nos ocupa, la novela de Luis García Jambrina (Zamora, 1960), profesor titular de Literatura Española en la Universidad de Salamanca, titulada El primer caso de Unamuno (Alfaguara, 2024), encarna a la perfección con las reflexiones anteriores sobre la literatura de investigación criminal. Se trata de una novela histórica con ritmo de thriller en la que Unamuno se transforma en un detective novel en la Salamanca de principios del siglo XX, cuando era rector de la Universidad. El crimen que impulsa sus pesquisas y el conflicto agrario de la aldea de Boada se entrelazan con personajes reales y ficticios para explorar la tensión social y política de la España de la Restauración: un escenario ideal para un pensador beligerante como él, comprometido con la verdad y con las contradicciones de su época.

«Primero la verdad que la paz» era su lema, aunque Unamuno prefería formularlo en latín, Veritas prius pace, porque así adquiría para él un mayor realismo y contundencia. Pues bien, bajo esta divisa se desarrolla la trama de la novela, en la que el propio Unamuno se convierte en una suerte de detective errante y se ve envuelto en la investigación del asesinato de Enrique Maldonado, cacique local y propietario de buena parte de las tierras agrícolas del municipio salmantino de Boada. El crimen, cometido en diciembre de 1905, tiene como principales sospechosos a varios vecinos del pueblo, sumido en un clima de creciente tensión social. La venta de las tierras comunales y la extrema pobreza de sus habitantes han llevado a la comunidad a considerar la emigración masiva a Argentina como única salida posible.

Tras publicar un artículo en el que denunciaba los abusos del terrateniente y las condiciones miserables de los campesinos, Unamuno queda vinculado al caso cuando decide ayudar en sus pesquisas a Manuel Rivera, el abogado defensor de los acusados. Junto a él y a la singular anarquista Teresa Maragall, se adentra en una trama que entreteje la intriga criminal con un trasfondo histórico sólidamente documentado. Con un reparto de personajes bien perfilados y todos los ingredientes escénicos en su sitio, Jambrina pone en juego su oficio y su habilidad narrativa, con ecos de Sherlock Holmes en la investigación, pero sin que la documentación ahogue el ritmo del relato. La novela se enmarca también en la tradición de Fuenteovejuna, actualizando el conflicto eterno entre el pueblo y el poder.

El resultado es una novela que combina la claridad narrativa propia del género negro con una sólida ambientación histórica y una voz narrativa que dialoga con el estilo, la esencia y las obsesiones de Unamuno, al tiempo que deja aflorar sus sentimientos y sus temores. La narración en tercera persona, próxima a la mirada de un testigo o de un cronista de sucesos, permite que la historia avance con la agilidad de una novela policíaca. Sin embargo, ese ritmo se ve interrumpido por pausas reflexivas, monólogos interiores y digresiones que nos acercan al Unamuno real: un escritor instalado en un tono tan pronto irónico como solemne y trágico, plenamente consciente de que la lógica puede convertirse en una forma de esclavitud. Para él, la inteligencia verdadera no se limita a la razón, sino que sabe atender también a aquello que, a menudo, queda fuera de sus dominios: “los sentimientos y las emociones, por muy irracionales que sean a veces, o la intuición y la imaginación, que tantas veces subestimamos”.


En suma: he aquí un thriller histórico que envuelve y seduce. Jambrina, conocedor íntimo del pensador vasco, nos ofrece una novela ágil, punzada de ironía y aire cervantino, donde resucita a un Unamuno tenaz, obsesionado con desentrañar la verdad de unos hechos oscuros. Lo hace con la voluntad inquebrantable de quien se mide con la injusticia al modo quijotesco, consciente de que “el problema no es solo averiguar la verdad, sino saber qué hacer con ella”. Sobran motivos para no perderse El último caso de Unamuno, segunda entrega de una serie que ya promete.

domingo, 13 de septiembre de 2026

Un tapiz mitológico


Como señala el ensayista y filósofo argentino Santiago Kovadloff, los mitos griegos no han envejecido: siguen vigentes porque «expresan dilemas, inquietudes, preocupaciones e intereses de la más estricta actualidad». En el fondo, sus conflictos revelan los mismos desvelos y pasiones que agitan nuestro tiempo. Los mitos operan como metáforas de problemas contemporáneos (sea el poder, el género, la guerra, la migración, la justicia) y, gracias a esa enorme capacidad alegórica, se prestan a ser reescritos una y otra vez en los territorios cambiantes del imaginario del escritor. Por eso hoy, la mitología griega continúa ofreciendo a la literatura un repertorio inagotable de temas, motivos, escenarios y personajes con los que reinterpretar el mundo y la experiencia de los humanos que vivimos en él.

Ahora es Gustavo Martín Garzo (Valladolid, 1948) quien, en su libro Un paraíso de escombros (Galaxia Gutenberg, 2026), se adentra en el reino inabarcable del sueño mitológico para preguntarse qué guardan en su interior nombres como Nausícaa, Briseida, Pasífae o Atalanta, entre otros muchos, y por qué cada una de estas figuras femeninas siguen ofreciéndonos motivos para comprender y abrir nuestra mente a las verdades y los misterios de su existencia mítica. Martín Garzo no pretende situarnos ante un espejo en el que reconocernos, sino ante una fuente de la que brotan auroras, lunas, árboles y cuerpos hermosos, un marco inagotable de lo humano, sobreponiéndose a lo sagrado. Y en él, el amor y el encantamiento se entrecruzan con las luchas, las hazañas y los desastres de quienes se enfrentan, o se someten, a los designios de los dioses.

El escritor vallisoletano rescata catorce mitos griegos a través del protagonismo de sus mujeres, todas ellas dispuestas a ejercer una épica amorosa, como contrapunto del mundo beligerante que las rodea, un mundo en el que las voces narrativas son ellas mismas, dispuestas a esgrimir el laberinto de sus deseos. Las propias protagonistas toman la palabra y lo hacen conscientes, como afirma una de ellas, de que “es en nuestras palabras donde viven los seres que hemos amado y que ya no están con nosotros”. Y así, en La tejedora de la caverna, uno de los relatos más logrados del libro, Martín Garzo reescribe el mito de Penélope desde una perspectiva más radical. La esposa de Odiseo no representa solo a una mujer dispuesta a esperar la vuelta de su marido, sino que ejerce su compromiso inventando ardides y conveniencias, que luego su marido se apropiará como suyos. Para ella, “la vida necesita oscuridad, misterio, segundas intenciones. No son nuestras dudas las que la corrompen sino nuestras certezas”.

El libro irrumpe con esta cita portentosa de Auden: “Más ¿cómo hablar de los enamorados sin faltar a la verdad? El amor no tiene ninguna hazaña que le sea propia”, que viene a destacar que no hay hazañas heroicas que no acaben en experiencias de eros con consecuencias profundas y desmedidas. A este respecto, me viene a la memoria lo que el propio autor vallisoletano dejó dicho en su anterior libro Elogio de la fragilidad (2020), que encaja a la medida con la cita del poeta británico: “La realidad necesita de la fantasía para volverse deseable; la fantasía de lo real para poderse compartir con los demás”.

Un paraíso de escombros es un libro de inventiva jugosa y fecunda, lleno de guiños y revelaciones del pasado griego, con historias que vienen a resaltar que uno de los motivos más genuinos e inapelables de la literatura es perpetuar el valor de sus mitos. Las historias y leyendas en pos de ese fin, como aquí se hace saber, variarán con cada escritor que vuelva sobre sus pasos, pero la realidad del mundo que representa la literatura es y siempre será nuestra patria común y, en ella, nos conjuramos como utilidad legendaria de conocimiento y de saber, para no olvidar nunca el rumor del tiempo.


En cada pieza del libro esa salvedad literaria clásica recoge la dualidad propia e intermitente del ser humano, a semejanza del mito: orden y sentimiento, amor y destino, vida y muerte, viaje y vuelta, luz y sombra. El lector se va a encontrar aquí con un tapiz mitológico sorprendente y muy bien escrito, animado por la efervescencia narrativa, amena y envolvente, de un autor que rastrea, con finura y alcance, en la vida y en las circunstancias de unos personajes nada conformistas que siguen vivos en nuestro acervo cultural y que sugieren más que explican.

 

domingo, 6 de septiembre de 2026

El peso de lo perdido


En el universo literario de la escritora uruguaya Fernanda Trías (Montevideo, 1976) las cosas no tienen propiedades en sí mismas, sino solo en relación con otras, en particular, con nosotros mismos. Compagina un territorio de intimidad con puntos de vista entremezclados en los que están muy presentes la tensión surcada por la pérdida, el trauma y la precariedad de los lazos personales. En ese espacio, su escritura no solo da cuenta del dolor, sino que lo transforma, reordenando lo real desde sus propias fisuras. Sus voces narrativas, por lo general, femeninas y en primera persona, deliberadamente inestables, remueven sus aislamientos en habitaciones, azoteas, hospitales o ciudades. Todos estos lugares conforman cartografías y atmósferas de tono kafkiano, desde un interior asediado bajo un nudo en el que el miedo, el extrañamiento y, sobre todo, el peso de las pérdidas aprietan muy adentro.

Cada libro suyo, cada relato, viene a constatar que estamos hechos de historias, y que estamos en el mundo a través de los relatos que se sumergen en lo cotidiano o en el absurdo, en el desastre que nunca termina de llegar del todo, tal vez porque aprendimos a convivir con él. Son historias que indagan con humor acerca de lo inusitado, el fracaso, la huida, la muerte, la incomunicación. Por eso la función de escribir o contar historias depende completamente de los significados de la propia existencia, del pensar, como mantiene Mario Levrero en su libro El discurso vacío, “y no se puede pensar conscientemente en el pensar mismo; de igual modo no se puede escribir o hablar por hablar, sin significados... Si escribo es para recordar, para despertar el alma dormida, avivar el seso y descubrir sus caminos secretos”.

La escritura de Trías es reveladora y está en sintonía con el sentir literario de Levrero. Retrata otros significados de la vida, fijando sus instantes con la idea de transformar lo cotidiano en excepcional, con el propósito de combatir los fantasmas que transitan a su aire dentro de nosotros. Todos los cuentos reunidos en Miembro fantasma (Páginas de Espuma, 2026), su libro más reciente, se bifurcan y se adentran por territorios fantasmagóricos en los que, con el paso del tiempo, se vislumbran vínculos rotos, vacíos, cicatrices y secuelas que perduran. Son piezas que transitan por esos límites y trabajan con el silencio, con todo lo que no se dice, pero, queda cifrado dentro del texto y nos hace cavilar a sus lectores. Son diez relatos concebidos bajo la metáfora sensorial de algo amputado que sigue presente y doloroso, provocando el desasosiego o el caos en el vivir de sus afectados.

En el primero de ellos, Personaje en construcción, un escritor trata de crear un personaje referido a un gran escritor, pero termina confundiendo su identidad con el protagonista que inventa. Percibimos aquí un juego metaliterario circular que aborda la impostura y la dificultad de imaginar la experiencia ajena. El relato que da título al libro es la pieza clave, quizá también la mejor. Miembro fantasma es un monólogo interior escrito en un tono íntimo y tenso en el que un exilado de la dictadura uruguaya nos cuenta su experiencia de pérdida, supervivencia y duelo, como imagen y metáfora de que lo ausente sigue anidando en el cuerpo, en la memoria. Otra pieza central del libro es Ciclón, la historia de una mujer, ya anciana, que recibe una llamada inesperada que la hace revivir el recuerdo de una amistad intensa de la infancia y adolescencia con una escritora de éxito. Aquí la fidelidad de la memoria, la amistad, el deseo y los silencios se agitan como herida abierta.

A través de Una mujer de su época, uno de los relatos más breves, pero de los más intensos y hondos, percibimos el presente del dolor y de los deseos de su protagonista, una mujer de unos sesenta años que observa desde la ventana de un hospital a un perro callejero en una plaza. La vejez, la finitud de la vida, el amor y los deseos se entrelazan con resignación y media sonrisa. Llegamos a otro de los mejores cuentos del libro, me refiero a Intimidad irremplazable, una historia que vuelve a poner en primer plano la amenaza del alcohol vista desde el desencanto. El relato percute de nuevo en la sensación que envuelve al libro de “miembro fantasma” como presencia irremplazable, que sigue doliendo en presente continuo.


Fernanda Trías regresa al cuento creando un territorio literario propio, un escenario en el que realidad y ficción se anudan y revelan para mostrarnos quiénes somos, indagando en el espejo enigmático de nuestra condición humana, hecha de secretos, recuerdos, apegos y miembros fantasmas, como los que por aquí se dejan ver, “como un engaño del cerebro, imagínese, una red de nervios que sigue enviando señales de algo que ya no existe”. Las buenas historias despiertan nuestro asombro. La buenas historias viven en lo sencillo que nos rodea, aunque, en ocasiones, atenazadas por la carga de lo perdido. 

lunes, 31 de agosto de 2026

Apariencias y conjuros


El universo narrativo de David Roas (Barcelona, 1965) funciona como un laboratorio de distorsiones. Construye realidades alternativas que, al ser leídas, pueden desorientar nuestra percepción cotidiana, pero nos atrapan en su propia lógica interna. En su libro más reciente, bajo el título de Territorios (Páginas de Espuma, 2026), reúne un buen puñado de relatos inquietantes que actúan como vidrios deformantes entre objetos y personajes, para crear un mundo paralelo que, aunque reconocible, obedece a extrañas reglas propias. Todas estas historias, envueltas en apariciones y distorsiones, conforman un recurso que le permiten mostrarnos aspectos de la experiencia que la percepción ordinaria no capta o silencia.

En verdad, la inventiva de su escritura, o mejor dicho, de su artificio literario, se aleja del germen de la falsedad y de la impostura manida de que los libros sirven para explicar la vida. Para él, las vidas ajenas no se rigen por las reglas que supuestamente las reflejan, ni tampoco se alejan de los materiales con los que se edifica la ficción. Y por eso mismo, sus relatos no aspiran a comprender mejor lo que acontece en la realidad a ojos vista. Sus cuentos responden al llamado de que la literatura solo ayuda a comprender la literatura, y no siempre de manera satisfactoria, aunque, eso sí, acercándose a lo insólito como una suerte de pasadizo sutil, tenebroso e inquietante del mundo de lo fantástico que toma medida a lo inexplicable de las cosas.

Prueba de todo esto lo hemos podido ver en anteriores libros suyos de cuentos y microrrelatos como Los dichos de un necio (1996), Horrores cotidianos (2007), Distorsiones (2010), con el que obtuvo el Premio Setenil al mejor libro de cuentos del año, Bienvenidos a Incaland (2014) o Invasión (2018). En todos ellos, se pone en alza las posibilidades de la razón frente a lo inaudito dándole otro apretón de tuercas. Ahora, en Territorios, ese giro de tuerca campa a sus anchas, más si cabe, trasladando lo fabuloso y lo grotesco al entorno rural, por medio de siete cuentos breves e inquietantes que funden el paisaje rural de campos de centeno, de bosques, de huertos y pueblos vacíos, más que como decorado, como impulsores de lo inusitado.

David Roas construye sus coordenadas narrativas mediante un registro híbrido que funde lo cotidiano con lo siniestro, lo humorístico con lo grotesco, creando una tensión constante entre la normalidad aparente y la irrupción de lo extraordinario. Recurre al paisaje como generador de lo no acostumbrado, atrapando a sus personajes, especialmente si son de fuera, con pretensiones de zamarrearlos ante lo extravagante. El subtítulo que aparece en el interior del mismo, Apuntes sobre Agrohorror, responde, a su vez, a una declaración de intenciones para destacar que el libro, además de ficción, tiene mucho de mapa de posibilidades narrativas fuera de lo normal.


En estos relatos de ahora, en los que claramente hay guiños literarios y cinematográficos, como en El gañán entre el centeno, La conjura de los recios o La noche de los puercos vivientes, la realidad se quiebra igualmente para dar paso a apariciones inquietantes: niños fantasmales que deambulan por paisajes rurales, cerdos zombis que encarnan una naturaleza corrompida, asesinos desalmados cuya violencia parece brotar de la tierra misma y vegetales monstruosos que se rebelan contra el orden establecido. Todo ello transcurre bajo una atmósfera opresiva y melancólica, sin nombrarla, de esa parte de la España deshabitada donde el silencio y el olvido se convierten en telón de fondo perfecto para que broten lo sobrenatural y lo inesperado.

Roas, sencillamente, atrapa, no solo por lo extraño que cuenta, sino por lo que es capaz de anclar en un espacio geográfico y social concreto, convirtiendo el paisaje rural en un personaje más, cargado de memoria, de sentido y de posibilidades narrativas que se apartan de lo conocido. En Territorios no hay encontronazos con lo desconocido, lo que sobresale es, sobre todo, su magia lúdica e irónica, acompañada de un fuerte lazo intertextual de apariencias y de conjuros.

viernes, 28 de agosto de 2026

Estampas y reminiscencia


La novela La gente (Fundación José Manuel Lara, 2025), de Felipe Benítez Reyes (Rota, Cádiz, 1960) es una muestra más de la riqueza abierta de este género como contraste escalonado de lo hecho y lo recordado a través de ese vaivén perpetuo de la memoria que la novelística estira hasta sus extremos más imprevisibles. En estos confines narrativos destaca la inclusión y el cruce de lenguajes de los distintos estratos sociales, así como el reflejo de una serie de extravagancias y comportamientos de los diferentes personajes que por aquí desfilan en sus modales y lenguajes particulares. Precisamente, dichos ámbitos se cruzan en un juego narrativo de frontera fluida entre el retablo-relato y la vida.

En esta nueva incursión narrativa, Benítez Reyes presenta una galería de estampas y reminiscencia en la que está muy presente la identidad como mecanismo de revelaciones y confabulaciones de la condición humana expuestas por quienes por aquí se dejan ver, y cómo cada cual se interpreta a sí mismo a través de la voz indulgente de su conciencia. Esta nouvelle, de apenas 155 páginas, subtitulada Mural de espectros, además, está entretejida como un mosaico coral de vidas anónimas que deambulan por su propio pueblo costero andaluz, Rota, donde el verdadero protagonista del libro lo desempeña la colectividad y no un personaje concreto. La memoria de esa atmósfera local está muy presente en sus páginas, como así se destaca desde su inicio: “La memoria es también como un caleidoscopio. Por eso su fundamento es indeciso y todo gira en ella con el vértigo de un remolino de imágenes que no pueden quedarse quietas…”

Por otro lado, la novela se construye sobre el viejo artificio del manuscrito hallado. En este caso, se trata de un narrador en primera persona, Alberto Márquez Rancés, que asegura haber descubierto entre los papeles de su tío abuelo, Miguel Rancés Olivares, un texto inconcluso que retrata a los vecinos del pueblo. Ese manuscrito, titulado provisionalmente Los afanes, recopila un fresco de tipos y anécdotas que, engarzados, sin una trama lineal, conforman una destacada galería costumbrista de personajes que representan la vida cotidiana de una localidad, en sus diferentes facetas y planos, a modo de mural de una época, de bazar de curiosidades, suposiciones y conjeturas.

Las vidas de todos ellos se suceden, se cruzan y se bifurcan en un microcosmos donde el tiempo parece anodino y, sin embargo, como en una novela cervantina, aflora el ingenio, el detalle, la parodia y el humor, desde el rumor y los equívocos que se van encadenando, verbalizados por cada uno de los protagonistas que salen a colación. La Guerra Civil y la posguerra siguen marcando, también, la vida del pueblo. Por todo ello, diría que el tono de la novela es, ciertamente, tragicómico, compasivo y bienhumorado, compaginado con las manías y los dimes y diretes de quienes entran en escena, bajo una estructura de engarces y vericuetos, dejando ver “una panorámica sin ilación argumental entre las partes”, pero con certeros detalles y vivencias de quienes entran en liza.


Benítez Reyes
percute e impulsa, con gracia y destreza, cómo la literatura es un ejercicio de querer rellenar los espacios vacíos de la memoria, sabiendo todo el tiempo que no se puede, pero que siempre el relato se impone en tal deseo travieso e imposible. La gente refleja ese sentir de convertir lo real en palabras y hacer que las palabras sean reales, por medio del hechizo de sus personajes y sus enigmas. Con este libro su autor marca una ruta a descubrir, por la que el lector viaja con los ojos de los labios de quienes miran y pronuncian la historia de lo escrito, de sus chismes y malentendidos: “Esa novela, en suma, que no escribe nadie y escribimos entre todos”.

La gente es una novela desenfada, inteligente y de latidos gozosos, que se distingue por su vasto repertorio de figuras. Cada una a su manera, nos muestra y nos conduce a pensar cómo cualquier vida posee su particular razón de ser y de estar en el mundo, como una extraña confabulación tácita ante los demás. Un disfrute de lectura, “una especie de diario en que el protagonista no es quien lo escribe, sino los otros”.