miércoles, 24 de agosto de 2016

Literatura para caníbales

Cada obra de imaginación literaria genera su propia verdad que no tiene por qué coincidir con la de curso legal por la que transitamos a diario. Los libros no enseñan a vivir, tan solo se aproximan a la exigencia de la vida. La obligación de las novelas es enseñarnos a soñar con otras cosas, ser ámbitos de libertad en donde se entra y se sale con absoluta independencia. Lo que debemos pedirles es que exploren por nosotros todos los universos estéticos y morales posibles.

Para llegar a sentir lo que la literatura tiene de experiencia personal de la vida, muchos lectores han tenido que olvidarse de todo lo que tenían de obligatorio aquellos primeros libros que hablaban de la historia de la literatura y que tanto contribuyeron a su formación literaria posterior, así como en que encuentren criterio propio a la hora de afrontar cualquier lectura.

Rafael Reig (Cangas de Onís, 1963) es uno de ellos. Con sus Señales de humo (Tusquets, 2016), un manual en forma de novela, o novela en forma de manual, viene a dinamitar algunos momentos estelares de la historia de la literatura castellana, poniendo mecha a algunos actores y obras de aquella versión escolástica de entonces. Ahora, con este nuevo Manual de literatura para caníbales, el escritor asturiano viene a confirmar que es tiempo de buscar un texto alternativo que narre a la vez las consecuencias de una concepción de la literatura que sea inseparable de la lectura crítica, desde la propia noción de la literatura, desde la óptica de los que la escriben, así como desde la propia naturaleza intelectual que encierran sus mitos.

El narrador y protagonista de la historia es un catedrático de literatura extravagante y lunático, que anda recluido en un sanatorio mental desde donde construye sus peripecias para viajar en el tiempo desde el medievo europeo hasta el Siglo de Oro español, para conocer a reyes y escritores, recordando sus animosas clases del instituto. Martín Belinchón, trasunto del profesor Rafael Reig, vive sus escapadas de manera animosa y radical. Sostiene que la historia de la literatura se corresponde también con esa dialéctica de lucha de clases entre la cultura popular y la alta cultura: “Clerecía contra juglares, poetas de corte y poetas de calle, auctores y anónimos, cronistas y bufones, intelectuales y cómicos de la lengua, académicos galardonados y novelistas sin suerte” (sic).

En Señales de humo hay un despliegue imaginativo e ingenioso por el bosque de la literatura española en un ejercicio erudito de espeleología creativa y crítica, que va recorriendo las diferentes obras clásicas, desde las jarchas mozárabes, El libro de Buen Amor, La Celestina y El Lazarillo, hasta Cervantes y Lope de Vega, los dos representantes más ilustres y controvertidos de las letras españolas de todo el Siglo de Oro. Viene a decirnos Reig, por boca de su desvalido y entusiasta profesor, que la literatura española no comenzó como otras con un descomunal poema épico nacional, sino con seres abandonados al romance amoroso y al disfrute carnal que se citaban en las afueras de las casas, ocultos en la penumbra.

Uno de los riesgos asumidos por Reig en este libro es que, convertir la Historia de la Literatura en una novela, llamémosla de tesis, acarrea sus problemas y sus consecuencias. El maniqueísmo entre los buenos y los malos es una de ellas. La dialéctica expuesta entre autores populares, como el francés Francois Villon, y autores solemnes, como el italiano Petrarca, a los que dedica extensos e interesantes capítulos, resulta, al menos, paradójica e incluso manipuladora. Pero está claro que en esa polémica, ya tradicional, que genera lo popular y lo culto es donde verdaderamente radica la gracia y el interés de esta chispeante obra.

Señales de humo es una novela apasionada y heterodoxa, un buen libro, erudito y, sobre todo, provocador, que destila humor y tradición, al mismo tiempo que espíritu crítico, que desafía a cualquier canon oficial desconsiderado con la literatura popular, y que viene a decirnos que un libro clásico solo lo es cuando trata de nosotros, los que lo leemos siglos después.

Rafael Reig nos entrega una estupenda novela, fresca, combativa, sarcástica y ambiciosa, que defiende un posicionamiento radical en lo político y lo estético frente a la historia de la literatura que, a su vez, tiene correspondencia con la pasión irreductible que volcamos sobre los libros y la responsabilidad crítica a la hora de interpretarlos.



viernes, 19 de agosto de 2016

La ciudad de las bombas

En el manifiesto de Hambre de realidad (Círculo de Tiza, 2015), el ensayista norteamericano David Shields nos dice que los escritores de no-ficción imaginan, los de ficción inventan. A diferencia del lector de ficción –continúa el californiano–, cuya única tarea es imaginar, el de no-ficción tiene que ir más hondo: imaginar y además creer. La ficción no obliga a sus lectores a creer, pero sí parece insinuarnos una pregunta retórica: ¿Y si esto pasara? En cambio, los buenos libros de no-ficción, como este que traemos a esta bitácora de lecturas, nos ofrecen una afirmación más compleja, que viene a decirnos, que lo que estamos leyendo ha podido suceder así.

Todo lo que pasa en Apóstoles y asesinos (Galaxia Gutenberg, 2016), el último libro del novelista Antonio Soler (Málaga, 1956), está basado en una exhaustiva documentación histórica que nos traslada a unos años negros, cruentos y conflictivos en la ciudad de la bombas, como se le conocía a la Barcelona industrial de las primeras décadas del siglo pasado, asistiendo estupefactos, como espectadores, a una época mitificada del anarquismo en la que la violencia y la amargura social perfilaban el verdadero telón de fondo de sus habitantes.

La verdad, en un volumen denso e inclasificable como este, entre la crónica novelada, la novela histórica y el relato de no-ficción, no se consigue enumerando sucesos acaecidos en un contexto determinado, sino que se logra cuando el lector alcanza la convicción de que el escritor hace todo lo posible por implicarse con lo que nos cuenta, sin ponerse del lado de sus actores. No importa qué les haya ocurrido a los personajes que atraviesan las páginas del libro, lo que importa es el sentido amplio que el autor le da a lo sucedido. Para ello hace falta no solo imaginación y talento literario, los que no le faltan a Soler, sino solvencia, audacia y sobriedad de estilo, como pone bien a prueba el autor de Las bailarinas muertas (1996), cuando narra la vida, encumbramiento y muerte posterior del héroe de su novela.

Apóstoles y asesinos es un libro amplio e intenso que aborda la fascinante y trágica vida de Salvador Seguí, El Noi del Sucre, un hombre apasionado del anarquismo que más pronto que tarde será traicionado. Autodidacta formado en los cafés anarquistas, Seguí era un devoto de Nietzsche, pero también un buscavidas instintivo de las calles, que conocía el hastío de las capas más desfavorecidas de la ciudad y la necesidad de conquistas concretas para la clase trabajadora. Predicaba procedimientos moderados, lo mismo que Ángel Pestaña. Su fuerza oratoria le valía para convencer a los congresistas obreros de que los procedimientos revolucionarios eran erróneos si no se reconducían por medio de la negociación. Pocas veces se ha visto a un hombre alzarse con tanto arrobo y magnetismo sobre una multitud. El Noi del Sucre era un agitador intelectual, un compañero consecuente, un baluarte, una bandera. Todos sentían que aquel obrero, hijo de la miseria, era una parte de ellos mismos.

Pero en la Barcelona de El Noi la vida humana y la delación tenían precio de saldo. De hecho, la moderación que hubiera podido transformar a la CNT en un sindicato respetable, tenía pocas posibilidades de prevalecer, cuando los propios patronos podían aducir, con sus prácticas matonistas, que el control de los moderados era precario, y que lo único que cabía hacer con el sindicato era destruirlo. Muchos luchadores de la causa obrera o simples trabajadores pagarían con la calderilla de sus vidas el precio de sus ideales a manos de somatenes y sicarios de la patronal o de la policía, infiltrados en sus células.

Apóstoles y asesinos es una estupenda novela comprometida con la verdad histórica del primer cuarto del siglo pasado en Barcelona, sus luces y sus sombras, marcadas por la vaguedad de los políticos, por la venganza y por la sangre derramada de muchos inocentes.

Antonio Soler firma un texto brillante y puntilloso por donde transcurre también el desafío de vivir de mucha gente perseguida y hostigada bajo la impunidad de los poderosos, obreros entusiastas que creyeron ingenuamente en la transformación social imposible del momento, acudiendo a la movilización permanente y libertaria enarbolada por sus líderes, en un período trágico de nuestra historia pasada, que trajo consigo mucho dolor, infamia y fracaso colectivo.


sábado, 13 de agosto de 2016

Ir a contratiempo

No cabe duda de que escribir un buen libro de poesía es una tarea dura y exigente. Conseguirlo es una dicha indescriptible para el artista, y un placer incomparable para el lector. No existe ningún objeto acabado más bello que un buen poema, ni existe, tampoco, nada más difícil de olvidar y que viva tanto tiempo en el recuerdo. Gran parte de los malos poemas que malviven se han escrito en nombre de la sinceridad, de la belleza y de los buenos sentimientos, como si eso por sí mismo bastara. La eficacia del poeta se encuentra en aquello que nos explica, aquello que no sabíamos y que cuando volvemos a mirar ya no parece lo mismo que antes, sino algo más completo e iluminado, incluso cuando el poema infiere sobre nosotros mismos.

Itziar Mínguez Arnáiz (Baracaldo, 1972), escritora, guionista de televisión y licenciada en derecho, abandonó la toga para hacer lo que quería: justicia poética, razón válida y suficiente para poder contar la particularidad de sus historias, una tarea incesante y contenida, que ha ido desparramando durante dos lustros. Su voz, la de una letrada letraherida, artífice en extraer esquirlas de lo cotidiano, sin necesidad de gritar, ni desparramarse en alambicados alardes de virtuosismo, propone una manera de estar en el mundo, atenta a todo, sensible a todo y, en especial, a los lectores que no somos expertos en la formalidad ni en los recursos del género, pero ávidos de descubrir la realidad poética que destilan las pequeñas cosas que nos rodean.

Después de una década productiva escribiendo poemas, iniciada con la publicación de La vida me persigue (Renacimiento, 2006), galardonada con el Premio Surcos de Poesía, un diario poético demoledor en el que su protagonista, un hombre abatido, resuelve dejar de dar cuerda al reloj de su vida poniendo fin a su existencia, vendrán también otros poemarios como, Cara o Cruz (Huacanamo, 2009), una historia inacabada expuesta al aciago destino de un narrador aturdido o Cambio de Rasante (Baile del Sol, 2015), un libro hermoso y reflexivo, germinado desde los instantes efímeros de los días y las horas que ocupan los tramos de toda vía existencial por donde, inevitablemente, aparecerán otros perfiles que sortear.

Su último libro, Que viene el lobo (La Isla de Siltolá, 2016), llega con el estreno de otro reconocimiento, el I Premio de Poesía Nicanor Parra, un salvoconducto que acrecienta la trayectoria de su poesía. En esta ocasión, la poeta vizcaína reúne cincuenta poemas breves e intensos por donde transita su visión poética de las cosas cotidianas y su manera de concebir la estructura de sus poemas, sin puntuaciones, dispuestos para que el lector los entone con sus propios puntos y comas. El ritmo le viene dado por los huecos bien marcados de sus estrofas. Todo parece minúsculo, pero intenso. Los silencios también hablan. Itziar es una poeta fácil, pero exigente. Fácil, porque es capaz de describir la complejidad con palabras sencillas, esas que usamos todos los días:

Has llegado tarde
a todo lo que importa
y todo lo que importa
ha llegado tarde a ti

Exigente, porque sabe cómo infiltrar esas palabras justas y medidas en la conciencia del lector, cómo arrastrarle a la pesadumbre, a la duda razonable de interpretar los tiempos y contratiempos que se precipitan:

Si no sabes cómo llegar
pregunta

si no sabes qué preguntar
estás perdido

La poesía de Itziar Mínguez es pura y desnuda, desprovista de retórica, íntegra y emocionante. El lector de sus libros penetra en un mundo coherente, sin estridencias y singularizado, en el que se respira una manera de observar, vivir y contar las cosas comunes a todos.

Cuando uno llega invitado por el azar de los días a leer un libro como este, de una de las poetas más reconocidas y atinadas del panorama literario actual del país, descubre, para asombro propio, que la poesía puede situarse en el punto de cruce y conexión que hay entre la experiencia del autor y la del resto de los mortales que viven la misma historia, aunque no sean consciente de ello. Dichoso de quien vaya a su encuentro para comprobarlo y solazarse.

lunes, 8 de agosto de 2016

Huellas de una vida

Los bares y cantinas tienen un cierto cliché relacionado con la bohemia y la tertulia literaria. Ocurre con frecuencia que en esos cafés, tabernas o chiringuitos pegados al mar surgen poemas, historias y artículos endémicos contagiados por la influencia de su atmósfera. Pocos poetas, escritores y columnistas esquivan o deploran el magnetismo creativo que irradian estos locales complacientes, y también, sórdidos. La barra de un bar tiene un innegable poder de persuasión y convocatoria para hablar y contar historias, a veces sobrias, otras más turbias, a golpe de cervezas y copas de vino, tanto entre literatos como entre lugareños y amigos de toda la vida, convertidos en narradores ocasionales.

La realidad, como no se cansaba de recordarnos Nabokov, es la única palabra que no quiere decir nada si no va entrecomillada. Juan Tallón (Vilardevós, 1975), periodista, escritor y colaborador de El País, Jot Down, El Progreso y la Cadena Ser, conoce bien este aserto del novelista ruso-americano y sabe que en literatura, además, como en otras facetas de la vida, no conviene disponer de plan previsto. Seguramente los textos reunidos en Mientras haya bares (2016) tal vez no se concibieran para convertirse en un libro, sino para lo que fueron escritos en su momento, es decir, para ocupar su hueco en la columna habilitada de los periódicos condenados irremisiblemente a pasar al olvido. Sin embargo, el sello Círculo de Tiza rescata, para gozo de sus lectores, gran parte de sus mejores piezas, las que el escritor gallego firmó por distintos medios de comunicación, mediante una selección minuciosa, bien armada, y que ofrece un corolario completo de la prosa, fragmentaria y atenta al detalle, por donde transitan la literatura, el cine, la música y desde el paradero de muchos bares como refugio y, a su vez, como excusa desde donde contar la realidad.

Para Tallón, el bar reúne unas condiciones excepcionales para la experiencia literaria. El bar es ese rincón vital, ese espacio libresco que encarna toda una educación sentimental a lo largo de buena parte de nuestras ajetreadas vidas. Las entradas y, cómo no, las salidas de los bares –subraya en una entrevista– conforman parte del relato de nuestras vidas. Cada una de las piezas de este libro aglutina vivencias, lecturas y anécdotas insólitas, pero, sobre todo, por aquí desfilan muchas voces y figuras literarias como Fogwill, Borges, Fante, Kipling, Renard, Faulkner, Cheveer, Hemingway, Ribeyro, Fleur Jaeggy, Cortazar, Vila-Matas o su paisano Julio Camba, entre una lista inabarcable.

Mientras haya bares es un libro que aglutina vida y literatura a raudales. No hay ocasión desaprovechada en sus páginas para que aparezcan citas y más citas. Muchas de las piezas están armadas sobre frases conocidas y párrafos de novelas de autores célebres. Los libros que lee Tallón son fuente de sus columnas e impulso para el artículo. Sostiene que cuando un libro es bueno, te da algo y te obliga a parar en su lectura y a reflexionar continuamente. Después vendrá la necesidad de plasmar en la hoja su evocación ya transformada en experiencia lectora.

La literatura es el cómo –concluye el autor– y cuando uno no puede ser alguien mejor escribiendo, quizás baste conformarse con ser uno mismo antes de caer por debajo, como aquellos otros que no escriben como nadie, ni siquiera como ellos”.

Sospecho, como da a entender el propio escritor orensano, que es imposible cuantificar qué parte de la voz narrativa de una obra es deudora de otro escritor, pero si podemos convenir con él que todo escritor le debe algo a todos los que leyó con devoción y empeño.

El lector precavido que se embarque en este trayecto literario se irá liberando, a las primeras de cambio, de cualquier presentimiento molesto de haberse adentrado en las tierras movedizas que suelen esparcirse por este prototipo literario representado por el artículo periodístico, la crónica y el reportaje, y comprobará con satisfacción que cuando un libro es bueno, como es este que firma Tallón, no pasa en vano por sus manos, sin importarle algún que otro tropiezo o reiteración.

A los que les interesen los libros que se sitúan en la frontera entre distintos géneros, Mientras haya bares es una buena ocasión para experimentar que la buena literatura se nutre inevitablemente de literatura.


miércoles, 3 de agosto de 2016

Los cisnes cantan antes de morir

Esther Tusquets, antes de fallecer en julio de 2012, publicó en el sello que dirigía su hija Milena sus Confesiones de una editora poco mentirosa (RqueR editorial, 2005), una elegía a un mundo perdido que adoraba. En enero de 2015, su hija irrumpía en el panorama literario con la hermosa novela También esto pasará (Anagrama), cargada de vivencias personales y familiares que despertó mucho interés en la crítica por su hondura y su prosa concisa. Un año después a este acontecimiento literario, el turno para hablar de nuevo de esta excéntrica, caprichosa y exultante editora, le corresponde a su cuñada, Eva Blanch.

Emma Thomas, la protagonista de la novela Corazón Amarillo Sangre Azul (Tusquets, 2016), una legendaria escritora barcelonesa de avanzada edad, es también una criatura que arrastra malhumorada sus demonios y arriba enferma, sobre una silla de ruedas, a casa de su hermano Héctor, acompañada de sus dos asistentas y de su perra labrador, con un propósito indisimulado: “Como podrás imaginar, he venido aquí a morir”, le suelta de sopetón. Allí encuentra también a su cuñada Clara, que ronda la misma edad que su hija Ginebra. La situación matrimonial por la que atraviesa la pareja formada por el hermano y la cuñada irá a peor con su llegada. No hay casi nada en común entre ambas mujeres, sin embargo, con el transcurrir de las semanas, entre lapsus de excentricidades y brotes de demencia por parte de la anciana, surgirán a su vez episodios de lucidez y ternura que las conducirán a fraguar un vínculo sorprendentemente duradero entre las dos.

La fotógrafa, diseñadora gráfica y escritora Eva Blanch (Barcelona, 1968) reconstruye en esta novela los últimos meses de la vida tormentosa de su cuñada, una figura manipuladora y deslumbrante, que presidió durante cuarenta años la mítica editorial Lumen. El título del libro responde a unos versos de Ana María Moix, que se citan al inicio y concluyen así: “Dejad en paz a los alcohólicos y no olvidéis que los cisnes cantan antes de morir”, que la novelista sostiene que Ana María escribió pensando quizás en su amiga Esther Tusquets.

Corazón Amarillo Sangre Azul es una novela inspirada en la propia vida de su protagonista y de los que la rodean, y al lector avezado no ha de resultarle difícil descubrir que detrás de esos nombres enmascarados desfilan verdaderas figuras del entorno de Emma Thomas. Es fácil reconocer entre ellas, además del arquitecto Oscar Thusquets y Milena Busquets, hermano e hija de la veterana escritora, al fotógrafo Oriol Maspons o al poeta Pere Gimferrer, entre la lista de personajes.

Blanch alterna dos tiempos narrativos para abordar la historia familiar que nos presenta. De un lado, la obra transcurre por pasajes de la vida de Emma narrados en primera persona por su cuñada Clara, y de otro, se intercala entre estos capítulos confesionales el relato en tercera persona de los diferentes encuentros que la propia narradora mantiene con otros personajes que aparecen en la novela, tales como el diseñador que trabajó para la legendaria editora, la presencia de la directora de un reality show de Telemadrid, así como otras personalidades del mundo de la cultura y la edición próximas a la protagonista.

El artista, decía William Faulkner, es una criatura movida por sus demonios. La vida de muchos de ellos, como la que se nos cuenta en esta obra, está marcada por este sino y por un impulso irremediable de huida. Cuando creen que no tienen nada de lo que huir, esa es muchas veces una señal inequívoca de que se encuentran acorralados y precisan redimirse. En este caso, la fuga supondrá un alivio íntimo y una verdadera oportunidad para elevar anclas a su embarcación maltrecha y poner rumbo hacia otro puerto, aunque sea cercano y familiar.

A los que sentimos respeto por el oficio de editor, esa figura que hace posible que el libro llegue al lector, haciendo todo lo necesario para que esto sea posible como: contratar, catalogar, dirigir y aprobar la portada de un libro, el diseño, la edición, su lanzamiento y distribución, también sentimos curiosidad por saber de la vida privada de estos seres especiales, de sus manías y de sus excentricidades. En esta novela de Blanch encontramos un repertorio abundante de ellas en la recta final de los días de una mujer irrepetible.


martes, 19 de julio de 2016

Pesadillas góticas

Los escritores oyen el silencio, descubren lo invisible y lo extraño y, después, lo cuentan. Podríamos decir que en eso consiste el mecanismo intrínseco de la literatura. No hay nada más aparentemente. Aunque eso es tanto como afirmar que detrás de un reloj de pulsera no hay más que piezas metálicas diminutas y cierta continuidad de un tictac inalterable y quisquilloso. Todos sabemos que bajo esa apariencia monótona e insistente se alberga un orden establecido de tiempo del que los individuos nos proveemos para organizar nuestra efímera vida en relación al final que nos acecha día a día. En la misma medida, bajo la literatura bien escrita, se esconde igualmente la conflictividad existencial del hombre, así como la incertidumbre y el miedo inquietante que habilita su presencia.

Mariana Enríquez (Buenos Aires, 1973) nos sitúa en esa atmósfera inquietante con los cuentos reunidos en Las cosas que perdimos en el fuego (Anagrama, 2016), una colección de doce relatos en los que lo sobrenatural y escalofriante se incorpora casi con una naturalidad insólita en la realidad cotidiana para avivar su efecto convulso y aterrador en el propio lector. Su acierto radica en crear personajes maltrechos, de apariencia corriente, que arrastran consigo experiencias extremas por donde andan desquiciados entre lo real y lo fantástico, casi al borde de un ataque de pánico o abocados al sacrificio inminente de una muerte terrible.

Lo primordial en Enríquez son las frases y la manera de insertarlas en los párrafos, su empuje, el ritmo que adquieren dentro de los mismos. Para la escritora argentina, lo importante es el modo en el que las emociones y el estado de conciencia de sus protagonistas trascienden en el relato y son atrapados por el lenguaje.

En el primero de sus cuentos, El chico sucio, una joven vive en el barrio más peligroso de Buenos Aires, Constitución, en una casa familiar rodeada de edificios y de casas derruidas. Frente a ella una madre y su hijo pedigüeño se alojan como vecinos suyos. El chico, desastrado y sucio, de apenas cinco años, anda deambulando por diferentes zonas tratando de sacar algunos pesos para comer él y su progenitora. Aquí viven, conviviendo con la miseria y el crimen, la brujería, el maleficio y la santería que incita al sacrificio humano.

En La hostería, la amistad secreta de dos amiguitas las condenará a ser testigos de un suceso insólito y a revivir fantasmas de un pasado ignominioso.

En Los años intoxicados, se cuenta una historia que transcurre en un período de seis años. Unos amigos trapichean con ácidos y otros estimulantes. Se afanan con vinilos de Led Zeppelin y Pink Floyd para sobrevivir a los cortes de luz a los que el gobierno somete constantemente a la población para evitar un apagón mayor.

La casa de Adela es otro cuento terrorífico. La locura y el desasosiego campan a sus anchas. Lo mismo que ocurre en El patio del vecino, un relato espeluznante, en el que su protagonista, una asistente social, despedida por descuidar su trabajo, vive una especie de redención laboral escudriñando los rincones de la casa de un nuevo y misterioso vecino.

No es fácil destacar un relato por encima del resto. Cada uno guarda entre sus aristas tenebrosas una inquietante y, a la vez, sugerente historia con un final brusco y cruel. El libro se cierra con el cuento que da título a la obra y es, en cierta medida, una historia con mucha intencionalidad política y social sobre la violencia de género: las mujeres acuden beligerantes al llamado de prenderse fuego controlado para contrarrestar la escalada de crímenes machistas que sufren.

Las cosas que perdimos en el fuego es un libro de cuentos fantásticos de gran valor, que aprovecha los mecanismos del terror para trasladar al lector a ese ámbito por donde transitan las pesadillas extrañas y sorprendentes de sus protagonistas, sus vidas horribles, atrapadas por un destino maldito, anclado en sus miserias. Por sus páginas está implícita, además, la necesidad de redención de las almas que las habitan, dispuestas a socavar la maldición de sus vidas menesterosas.

Los lectores asistimos perplejos a esta fiesta literaria con la inquietud y la disposición a sentir el pavor nunca gratuito con los que nos sorprenden cada una de sus relatos. En cada uno de ellos se describen parajes sórdidos, calles pestilentes y casas aborrecibles, habitadas por espíritus vengativos o seres casi inmundos. En todos subyace un trasfondo social, más allá del terror. La pobreza, la soledad, la dictadura, la violencia machista y la angustia social son algunas de las causas de infelicidad de los jóvenes que se cruzan por las esquinas marginales del Buenos Aires descrito por la autora.

Uno, que se atreve con casi todo, como es habitual en cualquier lector omnívoro, cuando encuentra entre la ingente cantidad de novedades literarias un libro tan gótico y singular como este, no sabe si pasará del primer cuento sin más. Pero cuando el resultado final confirma la plenitud esperada, entonces el gozo del hallazgo es inolvidable.


Mariana Enríquez firma un estupendo libro de pesadillas góticas, con un ingenio natural poco común en la narrativa femenina del momento, que cautiva y provoca a su vez estupor y escalofrío abundantes en quien lo lea. Compruébenlo.

miércoles, 13 de julio de 2016

Olvidar es imposible

Es nuestra imaginación la que construye en gran medida el mundo que nos rodea, nuestra mirada le da vida y nuestra inventiva una determinada forma en función de las propias inquietudes y de los muchos interrogantes, aún sin respuestas, que nos acompañan. Pero qué ocurre cuando uno acude a la memoria para buscar la verdad del pasado en nuestro foco familiar cercano y, a la vez, secreto, ávido de preguntas sobre qué paso en realidad con el destino de algunos de nuestros seres queridos a los que extrañamos y a los que por algunas circunstancias trágicas tuvieron que desplazarse, proscritos, a otros confines, hasta darlos por desaparecidos. Todo lo que conservamos de su memoria no continúa invariable. El recuerdo es mutable y no sabemos si lo que contamos sobre ellos fue cierto o nos llegó modificado.

Todas las familias tienen algún miembro enigmático o extraño del que se conserva solo un puñado de noticias dispersas y al que se alude en diferentes circunstancias por algún misterioso suceso, por su peculiar oficio o sencillamente por su singular carácter, lo que los obligó a separarse del núcleo familiar y al que todos citan o silencian elocuentemente por algún motivo.

Pablo Aguayo de Hoyos (Ronda, 1964), informático, escritor y guionista, se enfrenta a esta terrible paradoja. Tiene entre sus manos una historia familiar que contarnos, un relato que recomponer para dar sentido a las piezas rotas de la vida de un viejo republicano, masón, sastre y exilado en México que permanece olvidada en el cajón del silencio.

Un traje nuevo para el abuelo (Uno Editorial, 2016) es un relato conmovedor que desvela el estigma del olvido y rescata de la memoria a esa clase de gente comprometida con unos ideales y a la que la sinrazón de una guerra fratricida la abocó a una penosa huída dejando atrás familia, amigos y profesión.

El autor desvela en su dedicatoria que le debe a su abuela, “testigo de tantas idas y venidas familiares”, el origen y posterior impulso de su manuscrito. A continuación, en una sobria introducción, reivindica la reparación de la memoria colectiva que se les debía a tantos hombres y mujeres que lucharon por la libertad, que fueron perseguidos y muchos aniquilados impunemente.

Aguayo cuenta en esta novela breve las indagaciones llevadas a cabo por Feliciano sobre la vida de su abuelo Fernando a través de un narrador omnisciente. Ambos personajes conforman el eje de la historia: de un lado, un joven inquieto e insatisfecho sobre lo poco que conoce del entorno familiar, dispuesto a arriesgarse y a sumergirse en el pasado, y de otro, la historia de un hombre olvidado, intrépido y artesano que sucumbió ante los acontecimientos de una guerra incivil, pero que, como buen masón, no renunció a trasladar sus ideales solidarios de fraternidad al exilio mejicano que lo acogió, como a tantos otros cientos de compatriotas, con los abrazos abiertos. Llegaron con el dolor y la desazón de haber abandonado a su familia y siguieron luchando desde la lejanía, desde su otra nueva patria, con la esperanza de volver algún día a reunirse con los suyos.

Un traje nuevo para el abuelo es una historia amena y emotiva por donde transita el testimonio de una voz que representa al colectivo de refugiados y exilados que siguen vivo en la memoria de muchos corazones, una novela sentimental con la pujanza de incidir en la necesidad de rescatar del olvido la historia personal y colectiva aún presente de muchos, tantos que, como dijo Max Aub, olvidarlos resulta imposible.