Llega ahora la escritora Delphine de Vigan (Boulogne-Billancourt, 1966) para destacar, precisamente, en su primera incursión teatral, el desempeño de los figurantes, de aparente invisibilidad, y situarlos dentro de un rodaje de cine, poniendo su atención en el papel que los extras desempeñan, pero, en esta ocasión, además, dándoles voz y protagonismo, e invitándonos a pensar y reconsiderar qué rol representamos en la sociedad las personas normales en la que, muchas veces, nos toca vivir en suerte como meros figurantes. La acción transcurre durante una jornada de filmación en la que cinco figurantes: Cécile, Orso, Bruno, Joyce y Nora, esperan en una sala las instrucciones de la jefa de figuración o del Superayudante. Ninguno sabe con certeza para qué película trabaja, ni en qué momento saldrá a escena. Pasan las horas sometidos a cambios de vestuario y a larguísimas pausas, con la incertidumbre de no saber si aparecerán, o no, en pantalla. Pero sí saben que conforman una parte más del decorado.
Los figurantes (Anagrama, 2026) representa una metáfora de las jerarquías sociales, la precariedad y la invisibilidad laboral. De Vigan aborda aquí toda esta simbología y la paradoja de quienes resultan imprescindibles sin llegar a ser reconocidos, y convierte esa experiencia en una reflexión más amplia sobre la existencia, de ahora y de siempre, del deseo de pertenencia e identidad, de la brecha entre lo real y lo anhelado, y de la impresión consecutiva de actuar como meros “figurantes” en una sociedad que nos excede y somete a desempeñar roles competitivos en exceso. Frente a una cultura dominada por la exposición constante ante el mundo y la aspiración al protagonismo, la obra reivindica la dignidad de las presencias marginales, así como lo irreductible de aquellas vidas que se desarrollan en escenarios secundarios.
De Vigan viene a decirnos en Los figurantes que siempre nos contamos una historia, y nos movemos en la ficción entre el ser y el no ser, como ya dejó escrito en novelas anteriores suyas, como Las gratitudes (2019) o Las lealtades (2018). En este texto teatral de ahora, bajo la traducción de Pablo Martín Sánchez, viene a resaltar, además, la inventiva que otorga esa verdad emocional que siempre va con nosotros a todos lados. Algo así como dice J.M. Coetzee, que “cuando nos inventamos nuestra autobiografía estamos ejerciendo la misma libertad que tenemos en los sueños, donde imponemos sobre los elementos de una realidad recordada una forma narrativa que es nuestra, por mucho que esté influida por fuerzas que apenas entendemos”. La lección, según se deriva de lo expuesto, es que es difícil escapar del papel que desempeñamos en nuestro quehacer diario, pero tal vez seamos libres para reinventarnos y cuestionar lo que significa ser visto y reconocido por los demás.
Entrando en los entresijos de su estructura y estilo, Los figurantes es una obra teatral concisa y punzante, llena de humanidad, enmarcada en cuatro actos. El primero de ellos, titulado Esperar, ocupa la mayor parte del texto, destacando la importancia de la espera como centro neurálgico de la obra y exponente de nuestra condición existencial y laboral. Los otros tres actos: Pasar, Bailar y Hablar en silencio, más breves, conforman el complemento coral que anuda su dramaturgia donde lo cotidiano, los caprichos y pautas a seguir se vuelven material escénico para hablar del trabajo, de la precariedad y de los agravios comparativos, mientras se está a la espera de un golpe de suerte, como deja dicho uno de sus personajes: “No seamos ilusos. No somos más que sombras movedizas, aisladas, borrosas, al servicio de los caprichos de las grandes estrellas”.













