viernes, 13 de febrero de 2026

Poética espiritual


La parcela que el lector prefiere labrar durante la lectura de un libro no es el terreno que está entre lo escrito y su autor, sino el que está entre lo leído y uno mismo. Dice Antonio Basanta en su jugoso libro, Leer contra la nada, que leer es una manera de ser y de estar en la vida, una forma de entendernos con la vida, nunca ajena a la emoción, al asombro, a la sorpresa. Para muchos de nosotros, la literatura atrae como manera de pensar, como conciencia, perplejidad y búsqueda de entendimiento. Por eso nos gustan las obras que se concentran no sólo página a página, sino renglón a renglón, como en una extensa conversación en aquello que realmente interesa al escritor y se prestan también a tenernos en cuenta.

Misterio y fe (Debate, 2025) no es una obra de ficción como nos tiene acostumbrado el escritor noruego Jon Fosse, sino una larga conversación en forma de entrevista con el teólogo Eskil Skjelda que funciona casi como una autobiografía y como una poética literaria y espiritual. Confiesa Skjelda, en la introducción del libro, que llevaba tiempo esperando que Fosse le hablara de Dios, ya que de siempre percibió el tono espiritual de su escritura: Pero en sus textos hay algo más –resalta–, algo inefable para lo que no encuentro otro término que «misticismo»”. Nos conmina a descubrir, a lo largo de sus respuestas, que esa fe que lleva consigo está muy marcada por la vida intensa que ha llevado, llena de ciertas contradicciones que lo empujaron a perder la fe en Dios y en sí mismo.

El libro es un recorrido de la biografía espiritual de Fosse, desde su alejamiento y posterior regreso a encardinar una visión religiosa del mundo, hasta su conversión al catolicismo. Estas vivencias a las que alude en el libro le enseñaron a encontrarse con el cristianismo y con la verdad que había intuido en su propio cuerpo y en su mente: “era una verdad que no tenía nada que ver con las palabras, y aún menos con la salvación y el infierno, con el haz esto y no hagas lo otro”. Mucho antes, Fosse ya hablaba en sus libros de su escritura como una especie de oración, de centralidad del silencio, de la experiencia directa de Dios y de la aceptación de las contradicciones que había detectado como núcleo, tanto de la fe como del arte, reconociendo la marca de su ascendencia familiar cuáquera, en su estilo sobrio y meditativo: “Creo que se llega más cerca de Dios en el callar que en el hablar, en el silencio que en la charla”, responde.

Él mismo abunda en esto y explica a lo largo del libro cómo pasó del ateísmo a una forma discreta de creencia, precisamente a través de la experiencia de escribir, algo que, según él, no logra explicarse solo en términos psicológicos o estéticos. Afirma que, en la misa, por ejemplo, encuentra una paz que no hallaba en otros contextos, y que la liturgia le ofrece una forma concreta de ese estado de presencia silenciosa que ya buscaba y sigue haciendo en el proceso creativo de escribir. Por eso mismo, cree que la literatura consiste en oír lo que se debe escribir, y sitúa la creación literaria como una forma de obediencia interior más que de control racional. La conversación se dinamiza destacando el papel central del silencio como forma de comunicación e introspección entre uno mismo y lo que sucede fuera.

Para muchos de los que ya leímos una buena parte de la obra de Fosse, Misterio y fe es un libro esencial para descifrar las claves del realismo místico que permean por sus textos, sobre todo, en títulos mayores como Septología, una obra monumental publicada en tres volúmenes que explora la conciencia, la identidad y la fe. Por otro lado, el libro destaca las referencias de filosóficos que han conectado con su manera de entender el mundo, como Wittgenstein,o Martin Heidegger, influencia palpable en su reflexión sobre el ser y la muerte como condición de libertad. Pero también destacan las referencias literarias de escritores, especialmente Samuel Beckett y, también, de Thomas Bernhard. Fosse reconoce su deuda con el teatro del absurdo y el minimalismo reflexivo de estos autores. No se olvida de otros autores importantes para él a los que menciona con alto grado de entusiasmo, tales como Franz Kafka, Virginia Woolf y William Faulkner, de quienes hereda esa exploración narrativa de la conciencia y la fragmentación del tiempo.

Siempre sostengo que tras leer un buen texto que nos acerca a la esencia de quien lo propicia, el mundo no parece el mismo. Creo que esa es la aspiración de todo buen escritor: que el lector así lo sienta. En este libro de Fosse el conjuro parte de esta consideración, de revertir en una larga y jugosa entrevista el significado de Dios en su obra y su relación con el lenguaje, algo que de otra forma no se pudiera decir mejor. La sociología, la filosofía o la economía pueden enseñarnos mucho del ser humano, pero todas estas ciencias no entran en el secreto de la vida y su verdadero valor, como deja ver en este libro Fosse. Para él, solo la literatura y el arte, en cierto modo, pueden hacerlo.


Misterio y fe posee ese embrujo de entrar en el secreto de la vida, un texto de calado espiritual dinámico y agudo, y de lectura ágil, que amplía muchos pormenores del pensamiento, sentido vital y cercanía con la tradición mística cristiana de su autor, de comprender cómo se conjuga todo esto en su vida de escritor y en su universo literario, desvelándonos secretos místicos que no conocíamos y que ahora nos muestra con alma, reflexión y luz ese pálpito filosófico de su escritura que a muchos nos encandila: “Escribir, poetizar, no es rezar –señala Fosse–, pero puede parecerse”.


viernes, 30 de enero de 2026

La vida y la muerte


En cada libro hay algo que, igual que en la vida, oscila y predispone a entendernos con el mundo. Aunque suene a extravagante, muchas veces la gente se comporta como si todos los libros fueran de la misma especie, sin percatarse de que los libros, cada uno a su manera, contrastan entre sí: unos tienen su pelaje particular y otros muestran su desnudez. ¿Qué hace quien lee, en verdad? Pues cabría decir que quien lee descifra, ordena, relaciona, imagina, recuerda, descubre, aprende, duda, piensa, compara, interpreta y también recrea lo escrito. Se lee para soltar amarras, para interpretar el mundo y reconocernos en él y, por supuesto, para sentirnos más reales e interpelarnos.

La voz narrativa de Oxígeno (Alfaguara, 2026), de Marta Jiménez Serrano (Madrid, 1990) recurre a todo este pálpito lector de indagación en la propia experiencia vital para descifrar, ordenar y entender un episodio traumático cinco años después de ocurrir lo narrado. Lo hace en primera persona, y logra encandilarnos mediante un relato poderoso y verídico, sin tener que recurrir a la épica del sufrimiento, para esclarecer un suceso real sobre la vida, el amor y la muerte, entretejido por el deseo de acometer una historia personal en la que está muy presente la precariedad de la vida y la propia contingencia del mundo. No rehúye en confesar que durante mucho tiempo pensaba que nunca iba a escribir este libro: “¿Por qué? Porque trata de lo que ocurrió, pero yo no lo recuerdo. Durante el punto álgido de la narración, yo estaba inconsciente.”

Oxígeno es un relato breve e intenso de autoficción en el que su autora narra la intoxicación por monóxido de carbono en 2020 que casi acaba con su vida. Parte de un hecho real en el que una fuga de gas en la caldera del piso de alquiler que comparte con su pareja la deja inconsciente y a punto de morir. Ambos son evacuados a tiempo y logran sobrevivir. Marta Jiménez reconstruye con detalles la cefalea, el sopor, el pitido del detector de monóxido y las horas posteriores al suceso, con la sensación de haber estado perdiendo la vida sin saberlo. A partir de ahí el relato despliega un recorrido que abarca pasado y futuro, en el que están presentes la historia sentimental de la pareja, los vínculos familiares, el trauma, la terapia y el lento aprendizaje de vivir con la conciencia de haber rozado la muerte.

Escribir, en su esencia más pura y talentosa, no es un ejercicio de mímesis, sino un acto que refleja la vida consciente de ser vivida: un camino incierto, a tientas, invadido por el vértigo de la duda. Tanto la existencia como la creación literaria se forjan con la misma incertidumbre, en la soledad del individuo que busca su propia voz y sentido. Otras vidas, otros libros, pueden ser conocidos, pero nunca servirán como plantillas para el camino propio. Diría que esta conexión intrínseca entre vida y literatura conforma la médula espinal de Oxígeno, una novela que confirma que toda creación que aspira a ser relevante se convierte, por necesidad, en metaliteraria.

Así como reflexionar sobre la vida es no apartarse de vivirla, pensar sobre la literatura y escribirla son actos inseparables y simultáneos, como deja dicho la autora: “La escritura tiene una dualidad seductora: uno está más presente que nunca y al mismo tiempo deja de existir. No hay modo de escribir que no pase por estar completamente presente, y a la vez uno está ajeno a la realidad que lo rodea, el mundo no existe, solo existe el texto”. Marta Jiménez llega incluso a entrevistar al equipo de emergencias que le atendió para rellenar los vacíos de su memoria, buscando alumbrar y dar autenticidad a un texto concebido más a lo literario que a lo documental.


Decía Ribeyro que para escribir no veía necesario salir a buscar aventuras, pues consideraba que la vida, nuestra vida, era la única, la más y grande aventura. No me cabe duda que estas palabras del escritor peruano encuentran cobijo y asentimiento en este libro de Marta Jiménez, cuyo valor literario reside en su capacidad para transformar una experiencia traumática en un relato preciso y reflexivo sobre la utilidad de la literatura para procesar lo imprevisible de lo cotidiano y dar sentido al caos, a “qué vino primero y qué después. Y, sobre todo, “cómo recordarlo”, tal como lo escribe.

Por todo esto, y la calidez del relato, merece la pena leer Oxígeno, un libro dispuesto bajo una destilación narrativa honesta que trasciende y convierte en literatura una experiencia límite real con un lenguaje íntimo y directo en el que la escritura y la vida se entrelazan al máximo, un testimonio que confirma que las palabras son el verdadero germen que pone valor y sentido a la obra escrita.


jueves, 15 de enero de 2026

Suma de lecturas, vida y pasión


El lector que fue y es Antonio Muñoz Molina (Úbeda, Jaén, 1956) aprendió bien la enseñanza de que el universo literario no está hecho de una vez para siempre, sino que este juega con el tiempo y las vidas que otros imaginan con los recuerdos de las obras anteriores de la literatura, del arte en general, y que a nosotros nos valen para vernos reflejados, para evocar y conjeturar qué hemos hecho de nosotros mismos, de nuestras vidas. «Hay que atreverse a sentir», decía Stendhal, abundando quizá en algo que, dos siglos antes, había escrito Cervantes en El amante liberal: «Lo que se sabe sentir se sabe decir». Esta sería la legítima aspiración que ha de tener cualquier escritor: ser siervo y señor de sus propios sentimientos. Ese es el dial que sintoniza El verano de Cervantes (Seix Barral, 2025), un dial que postula que de Don Quijote lo sabemos todo, pues todo lo que de él sabemos nos lo contó el propio Cervantes.

A Cervantes, dicen muchos entendidos, hay dos maneras de acercarse: una, como estudioso, otra, como lector. Muñoz Molina nos invita a participar de su manera de acercarse a Cervantes como escritor y lector, conjugando tener todos los hilos de su trama en la mano, sin dejar cabo suelto, pero, a su vez, contentándose, como lector asiduo de su obra, de un disfrute sin importarle dar rienda suelta a la risa, a los desengaños y a los fracasos que suscitan muchos de sus episodios, incluso lágrimas de dulce melancolía que amagan por salir con cada lectura. Lo decía Vargas Llosa y antes Juan Ramón Jiménez: «Cervantes es nuestro Homero», y, al mismo tiempo, nuestro mar de lenguas, olas y ondas que hablan como sirenas en español y para siempre, como habla el mar, para sí mismo.

Muñoz Molina nos presenta un ensayo que tiene mucho de autobiografía, que, a su vez, esgrime una apasionada lectura del Quijote, un libro nacido de muchas notas anteriores suyas de lecturas que fue recopilando con el tiempo. El verano de Cervantes, por tanto, está entretejido de recuerdos de su infancia hasta hoy, y todos ellos confluyen en una escritura cosida a la lectura continuada de la obra y a la propia experiencia de vida. Trasciende en el libro esa mirada de Cervantes que el autor de El jinete polaco destaca como escritor de interés compasivo por la vida de la gente corriente, además de su humanidad profunda, su sentido del humor y, especialmente, la amenidad de sus episodios y aventuras. Las vidas de todos sus personajes conforman un repertorio compartido entre escritor y lector en los que siempre se libra lo mejor o lo peor de la condición humana.

El sino del Quijote, viene a decirnos, es haber sido, desde su origen, un libro traducido. Cervantes cedió a un proscrito, a un autor arábigo, Cide Hamete Benengeli, la gloria de escribirlo y le pidió a otro que encontró en un barrio de Toledo que lo tradujera a nuestro castellano hablado por la gente. Pero nadie duda, como asegura Muñoz Molina, que el mérito de Cervantes estuvo en sobrepasar sus propios desengaños y fracasos, y darnos unos personajes que nunca se desengañaron ni conocieron otra gloria que la locura y ser entusiastas en deshacer agravios insólitos. Hace hincapié en que, para Cervantes, lo que importa de verdad es el efecto que pueden tener en las personas las historias leídas o escuchadas, “haciéndoles ver o no ver lo que hay en su propia conciencia y lo que tienen delante de los ojos, verse o imaginarse a sí mismo”.

El verano de Cervantes entreteje memoria personal, ensayo literario y, también, reflexión textual de toda una trayectoria de vida dedicada a la lectura del Quijote. Muñoz Molina no solo destaca sus notas de lectura, sino que incluye detalles de escritores apasionados y relevantes que han hablado y escrito del Quijote, como, por ejemplo, Thomas Mann que lo va leyendo en la travesía que hace a Nueva York como exiliado, o Sigmund Freud que aprendió español para leer en su salsa la novela de Cervantes. Y otros muchos autores fundamentales en la tradición narrativa que destacan las resonancias de Alonso Quijano en la concepción de sus obras, como es el caso de Stendhal, Faulkner, Dos Passos, Melville o Mark Twain. También, nos dice, la semejanza de Montaigne y Cervantes en su capacidad de acercarse al lector con sencillez, incluso para ponerlo todo en duda. En los Ensayos y en Don Quijote no encuentras a un autor, sino que, como decía Stendhal, lo que encuentras es a un ser humano dispuesto a destilar la experiencia de su vida.

El verano es la estación de Don Quijote de la Mancha. Es el tiempo en el que suceden del principio al final todas sus peripecias, y también el más adecuado para su lectura”, leemos en el arranque del libro. Para muchos de nosotros que somos apasionados del Quijote, El verano de Cervantes es un acicate literario para seguir leyendo esta obra colosal, una novela en la que, como aquí se apunta, acrecienta la vida imaginaria del lector. Muñoz Molina hace memoria de sus andanzas como lector quijotesco, haciéndonos partícipes de cómo encontró su primer Quijote dentro de un baúl que estaba en el pajar de su abuelo, un ejemplar antiguo de la editorial Calleja de 1881. Este hallazgo, como bien dice, le dio pie a una pasión cervantina que nunca le ha abandonado.


En esencia, Antonio Muñoz Molina vuelve a poner a prueba su maestría mostrando que lo que hay aquí escrito y recordado refleja la suerte de asistir al embrujo de una suma de lecturas apasionadas en un texto lúcido capaz de ponernos en la órbita del sueño que convierte a Alonso Quijano en Don Quijote de la Mancha, disponiéndonos a que con cada lectura el mito nuevamente transforme en historia viva la vida imaginaria que aparece por todas partes: en las peripecias, en las bocas y hasta en el aire que respiran sus personajes.

lunes, 12 de enero de 2026

Entre piel y pelaje


La elección de una lectura es un proceso azaroso, tan personal como heterogéneo. El imán puede llegarnos por el título sugerente de la propia obra, por el hallazgo de una voz nueva o la lealtad a un autor ya conocido y que nos gusta mucho. Nos dejamos persuadir por la arquitectura de los personajes, la estética del lenguaje, ya sea por su lirismo o su sencillez y, cómo no, por ese gancho instintivo de las primeras líneas del texto. Sin embargo, el flechazo literario del hallazgo rara vez proviene de un único elemento, sino de la confluencia de varios: la trama y su pulso narrativo, a la que se añade nuestra curiosidad y estado de ánimo, que también cuenta, de igual manera que la recomendación oportuna de un amigo nos vale para determinar que un libro se posicione favorablemente para tratar de conquistarnos.

Ya dispuestos con el libro entre manos, dejamos que nuestro detector de ideas interno impulse su lectura y se active al instante. Porque bien sabemos que los escritores parece que viven con el detector literario siempre activado. Saltará la alarma en su interior en cuanto tropiecen con una idea con posibilidades. Ideas que pueden convertirse en obra literaria de muchas maneras. Vale cualquier chispa potencial, ya surja de un paisaje, de una charla trivial con un vecino, de la misma rutina diaria o de su mismo interior, invocadas por la memoria. A menudo, esa inspiración brota de la propia intimidad del autor, y hasta de la convivencia con mascotas. Basta con observar la cercanía de estos animales para que el escritor halle un sinfín de sucesos capaces de transformarse en relatos singulares y ecos de vida en los que se exploran las fronteras de lo tangible de la realidad.

Las historias que la madrileña Chelo Sierra reúne en El único animal rozan a menudo lo azaroso e inexplicable. Le basta a la escritora partir de la observación de cómo nos entendemos con los animales para esbozar un buen puñado de vidas en común convertidas en un bestiario íntimo de lo humano que conforman, a su vez, un álbum de intercambios de vivencias en el que el mundo animal y la propia zoología humana comparten identidad, espacio, confluencias vitales y vicisitudes, un mismo mundo bajo múltiples focos, variando voces, situaciones y registros. Todos ellos convergen hacia una extrañeza y un núcleo de tensión en el que realidad y ficción se enfrentan en un juego de espejos. De tal manera que todos los seres humanos que por aquí transitan, cada uno a su manera, son el resultado descarnado de su propia parodia de vida.

Pero antes de proseguir, conviene que nos fijemos en el epílogo con que la autora cierra el libro, un texto que lleva como propósito encender nuestra curiosidad lectora, “bajo la apariencia de un nuevo relato”, y desvelarnos los entresijos del instinto creativo de quien lo promueve a la hora de corregir y armar las historias “a punto de salir de su crisálida” para darlas a conocer. Dicho esto, los trece relatos que agrupa El único animal ajustan un buen corolario de relaciones y conductas entre seres humanos y su hábitat. Cada historia revela las conexiones de sus personajes y ese medio ambiente en el que ineludiblemente tiene protagonismo el mundo animal.

En la primera de ellas, bajo el título de El ruido de los pájaros al caer, una pareja de jóvenes emprendedores, consiguen con éxito el sueño de su vida tras sortear todos los contratiempos: construir un hotel rural en plena naturaleza. Pero un ridículo incidente, unido al aleteo exterior de aves agitarán las quejas de los huéspedes y el desconcierto en la pareja. En el siguiente relato, otro de los destacados, una venganza animalista de dos limpiadoras de una multinacional se hace patente en la presentación pública de una crema antiarrugas novedosa y revolucionaria. Podemos afirmar que cada relato del libro exhibe una relación directa con el mundo animal, en mayor o menor medida. Algunos de ellos rozan a menudo lo inexplicable, pero, inesperadamente, nos toca la piel y nos da que pensar y mirarnos a nosotros mismos.

Chelo Sierra, escritora de larga trayectoria, tanto en relato como en novela, con premios importantes en su haber, como el Ramiro Pinilla de novela, instaura en El único animal una estupenda compilación de relatos donde la dimensión psicológica humana alcanza nuevas cotas. Y tiene que ver mucho con la presencia y el protagonismo de ese mundo animal que forma parte de la coexistencia y de la rivalidad de nuestra propia especie, que nos dice tanto con lo que manifiesta como con lo que oculta y solo sugiere. Le anima igualmente a dar rienda suelta a una prosa cargada de ironía y sentido del humor, caracterizada por su naturalidad y fluidez.


En suma, las buenas historias viven en lo sencillo que nos rodea, pero curiosamente lo hacen fuera de la lógica y, en ocasiones, conducen al lector a replantearse otros aspectos en los que tenemos mucho que ver con el mundo animal. El único animal contiene esa pulsión y una crítica social añadida, así como una cautivadora reflexión sobre narrar historias, y una defensa de la necesidad de ponerse en lugar del otro para entender que la humanidad es una sola, y todos somos animales que andamos parejos entre piel y pelaje.


miércoles, 24 de diciembre de 2025

Pasión libresca


En un mundo donde todo debe cumplir una función, también tenemos necesidad de lo inútil, de la literatura, como evasión y entretenimiento, como introspección y diálogo. Persistir en ello es abastecerse de buenas lecturas. Esta sería mi lista de lecturas destacadas de 2025:





Mapa de soledades: Juan Gómez Bárcena logra que su libro, en su desarrollo narrativo, se convierta en una estupenda novela-ensayo bien urdida sobre la dimensión objetiva y la dimensión subjetiva que conlleva toda soledad.



Tinta invisible: Este libro no es ficción, es más bien el sumatorio de un ensayo y unas memorias, pero su autor, Javier Peña, también despliega en él un correlato de vida y literatura, de historias y emociones como lector y escritor.


Hotel Roma: un viaje personal de Pierre Adrian por la vida y obra de Pavese, un recorrido por el Piamonte y por la ciudad de Turín, para desgranarnos la esencia de su vida y la preponderancia que tuvo El oficio de vivir en el trágico final de su vida.


Los ilusionistas: una formidable incursión autobiográfica de Marcos Giralt que postula que no hay verdades absolutas en el seno familiar, pero que sí hay muchas otras que nos dejan al descubierto.


El jardinero y la muerte: un libro hermoso y conmovedor sobre el dolor y el duelo, pero, a su vez, una novela en la que Gospodínov se pregunta por el valor de la vida, sin olvidarse que de entre todas las necesidades que tiene el ser humano, no hay ninguna más vital y fértil para la literatura que la memoria desnuda que alumbra y enseña a leer la vida.


Poética del ermitaño: un impresionante relato de resiliencia y mirada al mundo, de laberintos y lazos con otros que a veces serán personas cercanas y a veces extrañas, bajo una gramática de existencia activa y contemplativa. Miguel A. Zapata da pie a que su novela fluya como un libro rizoma que va creciendo y estableciendo un diálogo, silencioso muchas veces, pero en el que sobresale siempre lo efímero que nos rodea.


A pedazos: una crónica conmovedora de Hanif Kureishi, hermosa, reflexiva, cabal, honesta y rotunda sobre la fragilidad de la vida, la pérdida de movilidad y, también, sobre la lucha por seguir manteniendo la creatividad y la conexión de los demás en medio del desamparo y la adversidad.


El aniversario: una novela de Andrea Bajani que cuestiona y zarandea el tabú de los lazos de sangre. Destaca por su tono íntimo y colectivo, su honestidad al exponer sin tapujos la violencia patriarcal y el férreo control familiar que impone.


La insistencia: un texto impregnado de luces y silencios, en el cual escritura y vida se arremeten, apelan entre sí, un libro que Jordi Doce propone leer a sorbos, casi sin decirlo; una lectura que nos lleva sin rumbo cierto, pero con tanteos y reflexiones que aspiran a explicarnos o a entrever esa red de sentido que hay detrás de las apariencias.


Herida y ventana: importa resaltar de este libro de Fernando Parra su hondura, lirismo y belleza, sin olvidar que estamos ante una historia desgarradora y humana, un relato de prosa ágil que toca el amor y los abismos del alma, una novela habitable y llena de sentido.


Las damiselas y el escritor: un mosaico de semblanzas sobre el autor de la trilogía Verdes valles, colinas rojas convertidas en una biografía coral en la que encontramos jugosos fragmentos que Maria Bengoa nos desvela de su memoria, detalles de su manera de entender la vida y de su compromiso literario; una novela que cautiva.


Escicha: una meritoria apuesta y sorprendente debut literario de Luisa Máñez donde encontrar motivos para no desentendernos de la fatalidad; una novela lacerante, reflejo del tiempo y de la furia desatada en una aldea de La Mancha.

miércoles, 17 de diciembre de 2025

Ramiro Pinilla redivivo


Contrariamente a lo que piensan muchos, no se escribe para entretener, aunque la literatura sea de las cosas más entretenidas que hay a nuestro alcance, nos dice Vila-Matas. Ni siquiera se escribe para eso que se llama “contar historias”, aunque la literatura, ciertamente, está llena de relatos geniales. El autor de Kassel no invita a la lógica (2014) dice: “Se escribe para atar al lector, para adueñarse de él, para seducirlo, para subyugarlo, para entrar en el espíritu de otro y quedarse allí, para conmocionarlo, para conquistarlo”. A eso aspiramos los lectores cuando tomamos un libro entre nuestras manos, a consentir y vislumbrar dicha misión. Su efecto, cuando llega, se convierte en una recompensa, en un disfrute duradero que advierte que mereció la pena.

Diría que Las damiselas y el escritor (Tusquets, 2025), la nueva novela de María Bengoa (Bilbao, 1959), se ajusta bien a lo expresado anteriormente por el gran Vila-Matas, un libro arrollador y potente que recrea la vida del escritor Ramiro Pinilla y habla de sus amigas. Bengoa ha sido capaz de encontrar el tono apropiado para escribir un relato emocionante y próximo, capaz de conmovernos por su honestidad y belleza, en el que la memoria, el amor y el duelo coexisten con aire reposado e inteligente, mostrado con una prosa aquilatada en la que el lenguaje se mimetiza asombrosamente con el personaje. Confiesa la autora al final del libro que “la estructura del mismo ha sido difícil, como un rompecabezas hasta el final”. Subraya, además, que eso mismo favorece el que se pueda llevar a cabo una lectura a capas o siguiendo dos vías: la de las entrevistas y la de los diarios.

Entrando ya en sus entresijos, Las damiselas y el escritor tiene mucho de semblanza y homenaje, en su propósito, en torno a la figura literaria de Ramiro Pinilla. Lo hace a través de las voces de las mujeres que lo conocieron y de los diarios de la propia autora, viuda del escritor. Es ella la impulsora de la trama del libro desde el arranque del mismo, al encargar a un joven periodista que lleve a cabo la tarea de entrevistar a las mujeres que pasaron por la vida del escritor. Por medio de estas entrevistas se reconstruyen episodios de la trayectoria vital y literaria de Pinilla, así como de los afectos, de las lealtades y de los malentendidos que generó su personalidad enérgica y carismática. Cada damisela que por aquí aparece aporta su testimonio y, en todos ellos, lo que más se destaca es su figura idealista y discreta. Rehuía de la vida social, pero, sin embargo, era afable en el trato: “Mostraba interés por todas las personas. Tenía una visión singular de las relaciones humanas”, destaca una de ellas.

La novela va conformando en su devenir un mosaico de semblanzas sobre el autor de la trilogía Verdes valles, colinas rojas convertidas en una biografía coral en la que encontramos fragmentos de su memoria, detalles de su manera de entender la vida y de su compromiso literario que van revelando el retrato del escritor, visto por diferentes mujeres, eso sí, de manera parcial e inacabada. Esa misma polifonía revierte en el trabajo del propio periodista, convertido también en personaje y obligado a discernir, a contrastar y a poner en orden las diferentes versiones íntimas que le van llegando tras cada entrevista, algunas contradictorias, otras paradójicas, pero, mayormente, esclarecedoras.

El retrato del biógrafo queda ultimado tras la entrega de los diarios escritos por la viuda que ponen su contrapunto a los relatos anteriores. Y todos ellos, entrevistas y diarios, desvelan y dan a entender que el escritor era un hombre de significados, inconformista y auténtico, un idealista “que sentía debilidad por las causas perdidas”. María Bengoa logra que su novela se encamine a un ejercicio de perspectivas múltiples para conducir al lector a un continuo encantamiento entre lo vivido y evocado, la amistad y los afectos, lo testimonial y lo fabulado en torno al escritor, convirtiendo su relato en una jugosa y emotiva andanza por la memoria de un hombre al que amó, desde el duelo y la pérdida. Su eco conforma el espejo de las palabras de este libro en el que, también, hay suspiros que humanizan a quien los da, y realzan el recuerdo y el valor de su figura.


Las damiselas y el escritor acrecienta el proyecto literario emprendido por María Bengoa con El mar de Arrigunaga (2023), donde narraba la vida de Pinilla desde su infancia a la juventud. Aquí y ahora sobresale su proeza narrativa con más ambición y legítimo desplante, para hablarnos hasta de sí misma, como ella confiesa al final en sus agradecimientos, para exorcizar fantasmas de su propia vida y expurgar diarios inconexos, en una escritura cuya intensidad narrativa proviene de sus entrañas, seriamente herida, pero dotada de talento literario y de coraje mental admirables para contarnos su duelo y la memoria de su amor que perdura. Formidable.


martes, 9 de diciembre de 2025

Ciudad, memoria y amor


Hacer el retrato de una ciudad, decía la fotógrafa estadounidense Berenice Abbott, es el trabajo de una vida y ninguna foto es suficiente. La ciudad, cuando se escribe sobre ella, es también un asunto demasiado complejo, difícil de abarcar en su justa medida, si no se tienen en cuenta los recuerdos personales y la memoria colectiva que la conforman. A este respecto, escribe Álex Chico en su libro Barcelona mapa infinito (2023), que la ciudad «es un diario, un estado de ánimo y es también una novela». Las ciudades se prestan a ser focos narrativos en la literatura porque funcionan a la vez como escenario, como motor de la trama y, desde luego, como dispositivo de construcción de identidad, de memoria y de pertenencia.

El nuevo libro de la escritora, crítica cultural, narradora y ensayista Mercè Ibarz (Saidí, Huesca, 1954), Una chica en la ciudad (Anagrama, 2025) se afana en descifrar los entresijos de su memoria sentimental sobre Barcelona, una crónica de vivencias y amor que explora historias suyas entrelazadas por las calles y barrios de la ciudad. Es aquí en Barcelona, como espacio afectivo, por donde transcurre el relato, un recorrido personal por sus recuerdos, el de una joven llena de inquietudes que llega a la ciudad en los años setenta, en los últimos coletazos de la dictadura, y se hace escritora. Se afana en remarcar al principio y al final del libro que “las ciudades son sueños”. En esos sueños es donde pone la mirada Ibarz, donde late todo ese sentir experimentado desde su juventud, que perduran con el transcurso de los años, al menos en el recuerdo.

Por eso mismo la ciudad se suma aquí a la memoria, estando muy presente como correlato de vida. Le importa contar con ella, escuchar el latido de la ciudad que marcó y aglutinó todo su devenir, un tiempo excitante de vivencias arrolladoras, de transformaciones, de cultura, de amor y de compromiso generacional. Estos recuerdos se entremezclan con el ambiente en los medios de comunicación en los que trabajó en una segunda etapa de su vida, así como los cambios que se produjeron en todos ellos desde los años 80: “Recordar es un riesgo y un regocijo, piensa esta servidora que evoca a la chica que fue, navegando por el amplio mar de los recuerdos, ciertos y fiables..., recuerdos soñados, olvidados y recuperados, tatuados en la piel y en el corazón”, escribe.

Barcelona es, por tanto, la ciudad que, poco a poco, se hace suya y que decide no abandonar nunca. Confiesa que no dejaría por nada del mundo la ciudad vivida con sus calles y paisajes. Asegura que le debe todo: el amor, la amistad, el oficio, la escritura. Por otro lado, importa resaltar que este libro responde, a su vez, a un lance de partida referido a la muerte de “L.”, el compañero músico y poeta, pareja de la autora, ya fallecido, al que solo conocemos por su letra, cuya ausencia está presente y se deja sentir como elegía amorosa y sentimental, sostenida a lo largo del texto con observación calibrada. A partir de esta realidad, el relato, en toda su extensión, se despliega como una evocación íntima, que es también, testimonio de duelo y amor compartido. Se apoya, para enaltecerlo, en la contundente frase que cita de Simone Weil: «El amor no es un consuelo, es luz». Y en esta otra de Emily Dickinson, más rotunda todavía: «Amar es más sólido que vivir».


Toda voz narrativa refleja su origen geográfico y, cómo no, los percances de la vida. Para Mercè Ibarz, escribir es recordar estos percances y calibrarlos. Nos dice que escribir es también aplicar lo que decía Ramon Llull, «hacer uso de los sentidos, que son nuestra consciencia». A ese propósito se dirige con determinación e inventiva Una chica en la ciudad, y así lo expresa la propia narradora: “Escribo, creo, para aplanar las capas de la memoria del cuerpo que me preceden, perderme de vista y reencontrarme”. Añadiría que este es un libro en el que la literatura y la vida se estrechan al máximo, un relato soberbio y sereno, escrito con un pulso evocativo destacable, en el que está muy presente el tono lírico y reflexivo de su prosa, sencilla y afinada, una novela que destila literatura por el anverso y reverso de sí misma.

Eso es lo que hace Ibarz con este libro, poner valor y sentido a su obra escrita, con contención expresiva, elegancia y verdad. Constato que Una chica en la ciudad es una buena prueba de que la autoficción sigue siendo un instrumento tan válido como fructífero para interpretar el presente y su encaje con el pasado y, a su vez, para comprender la realidad menos benévola donde hacer acopio de la experiencia humana y sus pérdidas.