lunes, 30 de junio de 2014

El laberinto del dolor


El cine está lleno de imágenes dramáticas y desgarradoras, hasta el punto de no saber decir con cuántas películas he llorado literalmente. Recuerdo que la película dirigida y protagonizada por Roberto Benigni, La vida es bella, fue una de las más audaces en arrancarme algunas lágrimas sentidas. Aquel padre, aturdido ante la barbarie de los nazis, no deja de velar por la existencia de su hijo con la ocurrencia de procurarle una versión diferente de lo que sucede en el campo de concentración, todo un alegato de amor y entrega al pequeño Giousuè que acaba creyéndolo todo, gracias a la convincente historia que le cuenta éste y a su propia inocencia... Sin embargo, con los libros casi nunca he llorado, aunque me haya emocionado infinidad de veces con sus historias.

Esta mañana concluí la lectura de La hora violeta (Mondadori, 2013), un libro conmovedor con el que, al llegar a la última página, acabé sollozando. La hora violeta, de Sergio del Molino (Madrid, 1979) es una historia de amor y luto de un joven padre por la pérdida de su hijo. Dice el autor que la hora violeta es la hora que ninguno querríamos vivir, y sin embargo, el dolor que transita por las páginas del relato consigue que el lector la viva hasta el final con el propio narrador. Hay tanto corazón puesto en el texto que la palabra escrita palpita desde el primer párrafo hasta el punto final. Nos encontramos ante una novela de las denominadas de pérdida, en la que el protagonista es el autor, un padre que ve morir a su hijo, un suceso tremendo que no ha vivido mucha gente, una pérdida que para algunos solo es posible retener si escribes sobre el ser querido malogrado. Ése es el sentido de las novelas sobre la pérdida, un empeño de no olvidar ni aceptar las preguntas que nunca podrán ser contestadas, como nos recordaba Francisco Umbral en su memorable Mortal y rosa. Un género íntimo que en los últimos años ha tenido muy buenas propuestas narrativas, como Tiempo de vida, de Marcos Giralt Torrente, una confesión valiente y hermosa, o La ridícula idea de no volver a verte, de Rosa Montero, un libro inclasificable y estremecedor sobre el dolor que produce la muerte de los seres más queridos.

La hora violeta es, por tanto, un libro que encaja en este género. Lo que narra el periodista Del Molino no es más que el año fatídico de la vida de Pablo, su hijo de apenas dos años, desde que fue diagnosticado de una rara y mortal leucemia. Sergio y Cris ponen toda la piel en el asador en la lucha angustiada por la curación de su hijo Pablo y no desfallecerán en su empeño hasta la mala hora del desenlace fatal.

La lectura de esta obra íntima y conmovedora es una experiencia que deja huella y a mí, personalmente, me ha emocionado sobremanera. Del Molino describe como pocos lo que encierra la vida en una planta hospitalaria de oncología infantil, donde los niños enfermos juegan por los pasillos ante las miradas tristes de sus familiares, y es capaz de atajar esta atmósfera sobrecogedora con mucha belleza literaria sin caer en un vano dramatismo. La hora violeta es un viaje al dolor y al amor, una reflexión sincera sobre la enfermedad y la condición humana. Es el libro más íntimo y reflexivo del escritor madrileño afincado en Zaragoza que, además, asegura que su obra no es el resultado de ninguna escritura de terapia, y eso no quiere decir que el libro no le haya reportado algún tipo de sanación al transformar su rabia en amor.

Resumiendo: Sergio del Molino irrumpe con maestría con una novela en donde el llanto y el desconsuelo se eleva literariamente gracias a una prosa tersa y punzante. La hora violeta no es un libro fácil de reseñar, porque el fondo del asunto se sobrepone a la forma, y esto quiebra la mirada crítica necesaria, al ligarte irremediablemente al desconsuelo del narrador, pero esta justificación nada resta a la calidad literaria de este libro impactante y estremecedor que recomiendo vivamente.

miércoles, 25 de junio de 2014

Un refugio para todos


Llovía a cántaros aquel martes sobre París. Eramos cuatro amigos deambulando por el asfalto anegado, ocasionales intrépidos sorteando la cortina de agua que nos caía y con la única protección de dos endebles paraguas comprados en una tienda de suvenires. En mi caso, era la cuarta vez que visitaba la capital del Sena y en esta ocasión, a pesar del día de perros que se presentó, sí pude cumplir con el propósito de visitar la celebérrima librería Shakespeare and Company.

Dice el escritor Alberto Manguel que las verdaderas librerías tienen algo de templo y algo de posada. Desde luego, esa dualidad responde al espíritu de Shakespeare and Company, un auténtico templo, no sólo porque se percibe el ambiente vetusto y sagrado de los libros, sino también por su recogimiento y refugio de lectores o curiosos turistas en pos de una foto delante de su fachada.

De regreso a casa, retomé los últimos capítulos del libro que me había llevado de viaje por tierras galas, La librería más famosa del mundo, de Jeremy Mercer (Ottawa, 1971), una crónica bohemia novelada cuyo escenario principal de la historia se desarrolla en la legendaria librería Shakespeare and Company, la misma que visité empapado hasta los huesos un martes aciago.

Jeremy Mercer es un cronista canadiense de sucesos escabrosos al que una amenza de muerte le hace poner pies en polvorosa y aterriza en París, literalmente con lo puesto, acabando por puro azar a las puertas de Shakespeare and Company, refugio y hogar de escritores vagabundos. El joven Mercer fue, por tanto, uno de esos inquilinos recogidos bajo la tutela del propietario del establecimiento, George Whitman, un librero genial y estrafalario que se había instalado en París en 1951. Después de abrir su primera librería con el nombre de Mistral, obtiene el permiso de Sylvia Beach para cambiar el nombre y refundar la mítica Shakespeare and Company en un enclave maravilloso, a la orilla del Sena frente a Notre Dame.

Mercer consigue la protección de Whitman y esto le permitirá conocer los pormenores de la vida del viejo americano, el entorno creado por este amante de los libros y la bohemia literaria que desfila por las plantas de su librería. El relato de Mercer transita sobre el mito de Shakespeare and Company, fundada en 1919 por Sylvia Beach, un lugar que desde sus inicios se había convertido en el punto de encuentro y estancia de una generación inolvidable de escritores de la talla de Fitzgerald, Joyce y Hemingway, hasta el fatídico año de 1941 que fue clausurada por los nazis durante la ocupación alemana de París. Después de la muerte de Sylvia Beach en 1962, Whitman se interesa por los escritores de la generación beat y abre sus puertas a transeuntes necesitados de techo, imbuido por el espíritu comunitario de Jack Kerouac y otros, como Allen Ginsberg.

Jeremy Mercer
La librería más famosa del mundo, publicada por el sello editorial Malpaso, es una historia amena y sentida en la que el narrador-testigo, el propio Mercer, cuenta lo que sucede entre las bambalinas del teatro vivo y literario que representa Shakespeare and Company, un lugar compartido por escritores bohemios en compañía de los miles de libros que dan sustento a sus vidas y a sus sueños librescos, gracias a la generosidad de un extravagante emprendedor como George Whitman.

Jeremy Mercer ha sido capaz de trasladar al lector la excepcionalidad de un un viejo loco irrepetible, George Whitman, que fue capaz de crear en torno a los libros un refugio para almas sin apegos, un mundo de ensueño y utopía.

domingo, 22 de junio de 2014

Voces de acá

El arte de deleitar, persuadir o conmover no surge de lo extensivo, sino que sale cada vez con más prontitud y frecuencia de lo breve y simple, de ese fascinante y silencioso poder que posee lo escueto. Un arte antiguo y noble nombrado de muchas maneras: aforismos, proverbios, máximas, sentencias, adagios, refranes, epigramas, dichos..., una infinidad de apariencias para afinar en la concisión de las ideas, como decía Mark Twain: transmitir un mínimo sonido con un máximo de sentido; o como afirma el maestro Ramón Eder: el aforismo es una enorme minucia, es la gracia de la brevedad.

Para un entusiasta de este género de lo breve, seguir descubriendo a autores de todos los tiempos, practicantes de estas paradojas fragmentarias, es toda una aventura silenciosa y emocionante, como le gusta al buscador de trufas adentrarse en la espesura del bosque tras la pista de esos tesoros gastronómicos escondidos.

Uno de mis últimos hallazgos se lo debo a Alejandra Pizarnik que, en sus Diarios, menciona a las voces de Antonio Porchia, que es así como este escritor de lo sintético llamaba a sus aforismos, y afirma que el libro del argentino es el más solitario, el más profundamente solo que se ha escrito en el mundo.

Sin duda, si hay una obra que represente la reivindicación de la brevedad y soledad, nos tenemos que referir al autor de Voces, Antonio Porchia (Conflenti, 1885- Vicente López [Buenos Aires], 1968). La Editorial Pre-textos publicó en 2006 toda su producción aforística bajo el título Voces Reunidas, un extraordinario volumen que reúne no solo la totalidad de sus lúcidas voces, sino un acercamiento al estudio y detalle del pensamiento de este gran maestro italo-argentino, de la mano de Daniel González Dueñas y Alejandro Toledo.

Porchia era un escritor poco convencional que esquivaba los ruidos literarios y cualquier elogio de la crítica; no confiaba en ninguna certidumbre y siempre mostró más preocupación por lo poco que significaba la vida en general. Al contrario de lo que ha caracterizado a buena parte de la tradición aforística, Porchia se aleja de toda presuntuosidad en la construcción de sus ideas, no pretende deslumbrar, sino alumbrar con su hondura. Sus voces están cargadas de profundidad y densa sabiduría, pero sin extravagancias, todo lo contrario, son pensamientos surgidos de su experiencia, de sus vivencias de hombre sencillo, de hombre de barrio, amigo de sus amigos. Preguntado por su afinidad anarquista, respondía con aplomo: Fui muchas cosas. Tantas que no estoy en ninguna cosa.

La obra de Porchia encierra un compromiso inquebrantable con los desfavorecidos y con el dolor de los demás: No hay un dolor que no llame (VR 772). Fue un hombre de contrastada bondad, tras su rostro rudo de campesino calabrés, guardaba un alma sencilla y tierna hacia todo lo que le rodeaba: En un alma llena cabe todo y en una vacía no cabe nada.¡Quién comprende!(VR 330). Siendo la vida esencialmente dolor, para Porchia no hay remedio más eficaz para combatirlo que la medicina de la vida: Para librarme de lo que vivo, vivo (VR 422). Y en otra de sus voces más elocuentes afirma: Nadie se convence de que la vida es así, como se vive (VR 686). La modesta existencia de este sofista de la pequeñez de la vida tuvo consonancia con su modus vivendi: Vivo de las concesiones que yo mismo me otorgo (VR 810). Su austeridad y sencillez se forjaron en la propia necesidad de las cosas: Se aprende a no necesitar, necesitando (VR 362).

La obra intemporal de Antonio Porchia es un ejemplo poco común de coherencia, sencillez y libertad creadoras. Siempre mostró su preocupación por la vida, en cambio, la muerte era un asunto de asombro y reflexión permanente; para él, el morir demanda una muerte humana. Por eso dejó plasmado este aforismo tan brillante: Saber morir cuesta la vida (VR 457).

La sabiduría de Porchia es desconcertante y se halla en la unión indisoluble de vivir y comprender. Las voces le salían sin proponérselo, hablaba así, su hondura radica en lo insignificante, porque para él: lo hondo, visto con hondura, es superficie (VR 236).

En definitiva, las 1182 voces reunidas, una tras otra, pausadas y pensadas, suponen el compendio biográfico de un excelente aforista, autor de una obra inmortal e indispensable que conviene tener a mano, surgida del habla, de lo que se dice y habla en lo cotidiano. De ahí que Porchia lance sus voces al viento, consciente de la instantaneidad y prioridad de lo dicho con la máxima sencillez de las palabras.

Voces Reunidas es un libro magnífico, para leer y releer al azar, una constante reflexión sobre el enigma de la vida y de la identidad personal, un conjunto de voces del más allá que nos llegan al más acá.

miércoles, 18 de junio de 2014

Librodependientes


El amor a las bibliotecas lo aprendí cuando estudiaba el bachillerato superior en el seminario de Hortaleza en Madrid. A mediados de los setenta me designaron ayudante del padre Salamero, encargado del buen uso de la extensa biblioteca de la congregación. Bajo ese influjo me he llevado casi cuarenta años coleccionando libros y, aún, continúo. Las bibliotecas, ya sea la mía o aquellas que uno comparte con una mayor cantidad de lectores, parecen lugares disparatados, pero enormemente sugerentes; perderse entre estantes atestados de volúmenes es una aventura placentera, un universo prometedor de narrativa continua en la que emergen todos los géneros. Y fue allí, en aquel lugar de orden y caos, ubicado en el denominado distrito de Hortaleza, cuando percibí por primera vez esa sensación gloriosa de que los libros, aun después de tener asignado un estante y un número, son habitantes del reino del azar. Por eso no hay nada más experimental para un escritor que acudir a la biblioteca como un artesano, en pos de alcanzar los materiales necesarios para su trabajo en marcha.

Estos recuerdos me vienen al presente después de leer El escritor en su paraíso, de Ángel Esteban (Zaragoza, 1963), editado por el sello rojo de Periférica (2014), un título inspirado en lo que decía Borges haber imaginado el paraíso: un lugar bajo la especie de una biblioteca. El genio argentino, además, se jactaba afirmando que “uno no es por lo que escribe, sino por lo que ha leído”.

El catedrático Ángel Esteban nos cuenta, de forma amena, en este ambicioso libro de casi cuatrocientas páginas, cómo grandes literatos de nuestra historia descubrieron en las bibliotecas su refugio, su taller e inspiración y sus primeros sobresueldos. Sí, para los que amamos los libros, acostumbrados a tener siempre un ejemplar entre las manos, este apasionante texto nos acerca a personajes inmortales de la literatura que oficiaron de bibliotecarios, desde Giacomo Casanova a Stephen King, de Hölderlin a Solzhenitsyn, de Robert Musil a Mario Vargas-Llosa...

El escritor en su paraíso es un libro curioso, para disfrutar a lo largo de sus treinta capítulos en los que las vidas airosas y excéntricas de sus protagonistas dan sentido a este recorrido fascinante por el mundo de las bibliotecas. En estos lugares maravillosos pasaron parte de sus vidas muchos de ellos, algunos otros, como Borges o Vargas-Llosa, no dejaron de visitarlas  para documentarse e inspirarse en sus futuras obras.

Todos estos escritores, de raza y egregios bibliotecarios, son amantes de los libros, muchos de ellos, obsesivos de estos laberintos sagrados que los guardan, como por ejemplo el español Benito Arias Montano, impulsor de la Biblioteca de El Escorial, dedicado a recorrer Europa en busca de los mejores tesoros, o José Vasconcelos, prócer de las letras mexicanas, volcado en cuerpo y alma a erigir la biblioteca más comprometida con la cultura y el progreso de su pueblo, que afirmaba vivamente: No se puede enseñar a leer sin dar que leer; y, cómo no, el gran Goethe, un magnífico gestor y animador cultural en Weimar, donde reunió a los más destacados escritores y pensadores de la historia de Alemania.



El escritor en su paraíso es un libro curioso, muy sugerente y revelador, por donde desfilan figuras insignes de las Letras universales con la particularidad de desvelar su otro oficio de libreros de instituciones públicas, algunos de ellos desganados, sin vocación para el cargo, pero otros, en cambio, librodependientes y apasionados de estos templos del saber.

lunes, 16 de junio de 2014

Seres humanos transfigurados


Contar historias es un proceso que transita dentro de las agujas de un reloj para narrar una trama que tiene un comienzo y un final. Ésa es la esencia de la narrativa: contar algo. Podemos discutir sobre el procedimiento y los recursos empleados por el escritor para lograr ese objetivo final, pero sin historia no hay narración, ni novela que valga. Puedes extenderte o constreñirte, lo que no puedes es dejar de contar una historia, eso sí, el veredicto de ese logro estará en las manos del lector que exigirá sorpresa y emoción.

La narrativa de Hernán Rivera Letelier (Talca, 1950) parece concebida y ajustada a la maquinaria de un reloj suizo que busca la precisión del lenguaje. Si en El arte de la resurrección (2010), el chileno construye una crónica inolvidable de una época y una geografía únicas, en La contadora de películas (2009), hace un alegato sobre el arte de contar historias gracias a los cines de los pueblos.

Acabo de leer El escritor de Epitafios (2012), una novela corta, de apenas 130 páginas, que transcurre casi por completo en un café de una ciudad de provincia. El protagonista es un ángel con ínfulas de poeta, dedicado al oficio de escribir epitafios. Por ese café desfilan otros singulares contertulios, como el Pintor de Desnudos, el Escritor de Locomotoras, el Actor de Teatro Infantil, el Fotógrafo de Cenas y la Poetisa Erótica. Estos personajes prefieren acompasar la vida sin estridencias. Un narrador en tercera persona, a través de distintas anécdotas, nos desvelará con gracia el sobrenombre que cada uno lleva consigo.

El punto álgido de la novela se centra en la historia de amor que surge entre el presunto ángel y la Niña Gótica, un asunto que promete, pero desfallece conforme se suceden los capítulos. Parece que Rivera Letelier quiso desarrollar una intriga amorosa calzada con los ingredientes de un puñado de personajes que, a la postre, no aportan empuje sustancial al conflicto que le ha supuesto al escritor de epitafios el encuentro con la bella adolescente que habla de la noche y la muerte. La niña Lilith alejará al escritor de sus amigos artistas del café.



El Escritor de Epitafios es un libro que se lee con facilidad y posee momentos líricos bellos, pero carece de garra y estremecimiento. Rivera Letelier despliega una narración sutil en la que la amenidad complaciente no es suficiente para bordar la historia propuesta, porque estos seres humanos fabulados por el escritor sudamericano se quedan romos e insustanciales.

En definitiva, El Escritor de Epitafios no es un libro malogrado, pero prescindible, inferior al conjunto de la estimada producción anterior de Hernán Rivera Letelier, un fabulador nato que habrá que probar de nuevo.

lunes, 2 de junio de 2014

Un glosario dinamitero


Si narrar es seducir para Andrés Neuman (Buenos Aires, 1977), escribir novela se asemeja a pilotar un avión o tirarse en paracaídas, si se trata de escribir un cuento. Siguiendo esta línea argumental del autor de El último minuto, podemos afirmar que escribir aforismos es hacer puenting, la instantánea aceleración sujeta al punto de partida. De estos saltos de vértigo ya se habló anteriormente en esta bitácora de lecturas en una reseña sobre El equilibrista, el primer volumen de aforismos donde el cuentista hispano-argentino se da a conocer en este género de tanta popularidad últimamente.

El regreso de Neuman a las librerías es un acontecimiento que sus lectores siempre acogemos con interés e inquietud porque sabemos, por experiencia, que la sorpresa literaria está garantizada. Barbarismos, editado por Páginas de Espuma, es otro libro sobre estos emocionantes riesgos aforísticos pero, en este caso, se trata de un singular diccionario, sutil y bárbaro, todo un oxímoron al servicio de la agudeza y el humor. La trayectoria de este glosario viene de lejos y comenzó a hacer sus apariciones en el suplemento cultural del diario ABC y en los posts que el propio autor ha ido colgando en su blog Microrréplicas. En este volumen se recogen parte de esas incursiones con otras nuevas entradas que el escritor bonaerense ha ido compilando en estos años.

Los que somos entusiastas de los diccionarios, de seguir el rastreo de los significados y somos amantes de los alumbramientos y apagones que representan esas palabras definidas, Barbarismos es un glosario inteligente y provocador, con más de ochocientas entradas salpimentadas de ironía, que configuran todo un observatorio de las urgencias de nuestro tiempo. Si el cuento para Neuman es un dardo y la novela, un radar, estos verbos redefinidos por él son cohetes agudos y luminosos, capaces de arrancar sonrisas y burlas al mismo tiempo.

Barbarismos es una celebración literaria, con vocación burlesca y gamberra, por donde la ironía campea a sus anchas entre conceptos y redefiniciones, como lo muestra esta docena:

aeropuerto. Purgatorio de almas en tránsito||2. Lugar donde el pasajero se despide de sí mismo.
autoestima. Montaña rusa de un solo pasajero.
bloguero. Ocioso atareadísimo.
crédito. Suicidio a plazos.
desempleado. Ciudadano que carece de la oportunidad de ser explotado.
español. ||2. Idioma que le queda grande a España.
felación. ||2. Arte oratoria.
hambre. Crimen organizado.
humor. Único sentido que no envejece.
ñu. Especie seriamente protegida con el noble fin de que no se extingan los crucigramas.
teta. Sinónimo de Seno, pero mucho más cerca de la mano.
vocabulario. Única riqueza que aumenta al mismo ritmo que se utiliza.

Barbarismos es un sorprendente diccionario lenguaraz y dinamitero, otro logro más en el haber creativo de Andrés Neuman, un escritor poseedor de un lenguaje preciso y con el grisú necesario para mandar por los aires los términos cotidianos que azoran nuestras vidas insignificantes.