miércoles, 18 de junio de 2014

Librodependientes


El amor a las bibliotecas lo aprendí cuando estudiaba el bachillerato superior en el seminario de Hortaleza en Madrid. A mediados de los setenta me designaron ayudante del padre Salamero, encargado del buen uso de la extensa biblioteca de la congregación. Bajo ese influjo me he llevado casi cuarenta años coleccionando libros y, aún, continúo. Las bibliotecas, ya sea la mía o aquellas que uno comparte con una mayor cantidad de lectores, parecen lugares disparatados, pero enormemente sugerentes; perderse entre estantes atestados de volúmenes es una aventura placentera, un universo prometedor de narrativa continua en la que emergen todos los géneros. Y fue allí, en aquel lugar de orden y caos, ubicado en el denominado distrito de Hortaleza, cuando percibí por primera vez esa sensación gloriosa de que los libros, aun después de tener asignado un estante y un número, son habitantes del reino del azar. Por eso no hay nada más experimental para un escritor que acudir a la biblioteca como un artesano, en pos de alcanzar los materiales necesarios para su trabajo en marcha.

Estos recuerdos me vienen al presente después de leer El escritor en su paraíso, de Ángel Esteban (Zaragoza, 1963), editado por el sello rojo de Periférica (2014), un título inspirado en lo que decía Borges haber imaginado el paraíso: un lugar bajo la especie de una biblioteca. El genio argentino, además, se jactaba afirmando que “uno no es por lo que escribe, sino por lo que ha leído”.

El catedrático Ángel Esteban nos cuenta, de forma amena, en este ambicioso libro de casi cuatrocientas páginas, cómo grandes literatos de nuestra historia descubrieron en las bibliotecas su refugio, su taller e inspiración y sus primeros sobresueldos. Sí, para los que amamos los libros, acostumbrados a tener siempre un ejemplar entre las manos, este apasionante texto nos acerca a personajes inmortales de la literatura que oficiaron de bibliotecarios, desde Giacomo Casanova a Stephen King, de Hölderlin a Solzhenitsyn, de Robert Musil a Mario Vargas-Llosa...

El escritor en su paraíso es un libro curioso, para disfrutar a lo largo de sus treinta capítulos en los que las vidas airosas y excéntricas de sus protagonistas dan sentido a este recorrido fascinante por el mundo de las bibliotecas. En estos lugares maravillosos pasaron parte de sus vidas muchos de ellos, algunos otros, como Borges o Vargas-Llosa, no dejaron de visitarlas  para documentarse e inspirarse en sus futuras obras.

Todos estos escritores, de raza y egregios bibliotecarios, son amantes de los libros, muchos de ellos, obsesivos de estos laberintos sagrados que los guardan, como por ejemplo el español Benito Arias Montano, impulsor de la Biblioteca de El Escorial, dedicado a recorrer Europa en busca de los mejores tesoros, o José Vasconcelos, prócer de las letras mexicanas, volcado en cuerpo y alma a erigir la biblioteca más comprometida con la cultura y el progreso de su pueblo, que afirmaba vivamente: No se puede enseñar a leer sin dar que leer; y, cómo no, el gran Goethe, un magnífico gestor y animador cultural en Weimar, donde reunió a los más destacados escritores y pensadores de la historia de Alemania.



El escritor en su paraíso es un libro curioso, muy sugerente y revelador, por donde desfilan figuras insignes de las Letras universales con la particularidad de desvelar su otro oficio de libreros de instituciones públicas, algunos de ellos desganados, sin vocación para el cargo, pero otros, en cambio, librodependientes y apasionados de estos templos del saber.