Mostrando entradas con la etiqueta Reig. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Reig. Mostrar todas las entradas

jueves, 11 de agosto de 2022

Días finales


Sin apenas darnos cuenta vivimos de la novedad que nos brinda el instante, del instante mismo, sin ser conscientes de que cada momento es único. Poco a poco, y después de haber acumulado muchos años, nos vamos dando cuenta de ello, incluso desde el hastío. Esa costumbre de lo cotidiano parece además volvernos indemnes a lo que surge de nuevo, a lo que, pareciendo lo mismo, es nuevo. Podríamos decir que nada se repite exactamente igual, que la repetición no es la reiteración de una pauta, sino la secuencia de una dinámica que conforma toda una vida, algo parecido a la costumbre de leer.

Desde luego, leer no es solo la costumbre de una habilidad o el dominio de una destreza. Ni tampoco una puerta que accede a descifrar el mundo o un canal de información y conocimiento, sino que es algo más sencillo y esencial. Leer es una manera de ocupar el tiempo, un espacio próximo a la emoción, al asombro, a la sorpresa. Leer es, también, como la vida, una experiencia prolongada, un hábito misterioso que se desvela poco a poco, lectura tras lectura. Y es en ese ejercicio de literal revelación donde uno, como lector, encuentra vivencias compartidas, libros que, a través de sus páginas, conforman una conciencia, una visión de más alcance sobre el tiempo vivido, algo que redunda en una experiencia reflejada.

El protagonista de El río de cenizas (Tusquets, 2022), última novela de Rafael Reig (Cangas de Onís, 1963), un anciano adinerado, tocado por un ictus que le ha dejado una leve secuela, dice que adora las costumbres y por eso lee “como un terrorista, indiscriminadamente, a mano armada y sin arrepentimiento”. Y por eso mismo subraya que “la repetición es un conjuro contra el miedo a ser aniquilado, algo parecido a silbar en la oscuridad del bosque “. Sigue comprando libros por gusto, pero subraya que también por necesidad. No solo le procuran remanso, sino, especialmente, compañía, diálogo y no pocas desavenencias. Le valen también para dar cuenta de su pasado compuesto por vivencias plenas y diáfanas que alternan con otras errantes de dolor o de vacío. Le vale todo eso y sostiene con firmeza, como así deja dicho al final del libro, que “mientras mañana podamos hacer lo mismo que hoy, a la misma hora y de la misma manera, seguiremos vivos, porque lo único que nos sucederá una sola vez es morirnos”, pág. 235.

En El río de cenizas, Rafael Reig plantea una novela con aire mítico mezclada con cierta parodia, una historia de alcance pandémico, similar a lo que ya vivimos en 2020. El protagonista, que se aloja en la residencia de ancianos Los Carrascales, alimentado por su propia visión de la vida, la fantasía de sus compañeros y el devenir apurado de la situación, acompañada de noticias alarmantes, contradictorias y apocalípticas, observa circunspecto el avance de la denominada «peste»: «Dicen que en Grecia hay islas y pueblos del interior en los que todos los habitantes fallecieron en un solo día, y a los que nadie se atreve a entrar, ni siquiera para desconectar las teles y las radios, que siguen retransmitiendo mesas de debate y avances informativos para los impávidos cadáveres», pág. 48.

La elección del personaje, un hombre de setenta y cinco años, impulsa a Rafael Reig a proyectar su mirada ladina desde la vejez de este, como estado propicio para explorar la vida hacia atrás y comprender mejor su alcance, incluso, para perdonarse y redimirse. El narrador y protagonista no está libre de melancolía y descreimiento, y esa actitud reflejada lo hacen más humano. Pero no anda solo él, hay otros personajes secundarios en la novela que acentúan su sentido, seres, como Casilda o Vero con su sordera, que, en sus apariciones destilan resistencia, desenfado y ternura. Hay en todos ellos algo en común, un tono sentimental aceptado, al que no le falta su chispa de humor que trasciende en disquisiciones de acatar todo lo que en la vida, al fin y al cabo, se va imponiendo sin remisión. Cada uno a su manera es consciente de que “la vejez quita el miedo, igual que lo disipa el humor”.


La novela en sí resulta sobresaliente gracias al recurso que utiliza su autor de ir cambiando el tono y la deriva de la narración. En sus inicios destaca su ligereza humorística con la que va virando a terreno más escabroso y menos previsible. Reig se pone serio para hablar desde la perspectiva de su personaje, un hombre que mira ya la vida desde el ámbito de una edad onerosa y decadente, pero que también, el paso de los años le han valido para reencontrarse con su hijo Gonzalo. Conmueve, pero sin patetismo. Es la historia de un hombre mayor menguado en la que el cinismo burgués resuena también en el ambiente de su realidad. Es la historia de un hombre mermado que acude a los clásicos para defenderse de toda la intemperie que lo rodea, de la soledad y del deterioro de los años, para reconciliarse consigo mismo, orgulloso ante su hijo que lee un libro comprado por él hace cuarenta años: “nadie que se siente en un sillón por la tarde a leer a Dickens puede ser desdichado. Al menos mientras esté leyendo, si nadie le interrumpe”.

He aquí una obra sobre la vejez que uno se sorprende leyéndola por su desenfado y complacencia. El don de esta novela consiste en haber tratado con mucho talento narrativo y emoción una historia creíble acerca de la fragilidad de la vida, de los años acumulados, haciéndolo sin estridencias, pero eso sí, con desparpajo inteligente, arrojo y espíritu burlón. Quizá esta sea la mejor novela de Reig.


miércoles, 15 de julio de 2020

Recapitulación

El hombre es imposible sin imaginación, sin la capacidad de inventarse una figura de vida, de idear el personaje que va a ser, dice el filósofo Manuel Cruz. El hombre –subraya con énfasis– es novelista de sí mismo, original o plagiario. Por eso, podemos afirmar que cada obra literaria genera su propia verdad, que no tiene por qué coincidir con la de curso legal por la que transitamos a diario. Los libros no enseñan a vivir, tan solo se aproximan a la exigencia de la vida. La obligación de las novelas, de ficción o no-ficción, es enseñarnos a soñar con otras cosas, ser ámbitos de libertad en donde se entra y se sale con absoluta independencia. Lo que debemos pedirles es que exploren por nosotros todos los universos estéticos y morales posibles.

Por eso conviene no olvidar que toda novela fabula, es decir, toda novela inventa. Bien lo dejo dicho Witold Gombrowicz cuando escribió que en la literatura la sinceridad no conduce a ninguna parte: «El artificio permite al artista aproximarse a la verdad». La literatura es un arte embaucador. Nada hay que una novela no pueda representar. “Las novelas –como la vida– se leen desde el primer capítulo hasta el último, pero se escriben desde el final –también como la vida, que solo adquiere sentido una vez vivida–”, escribe el novelista Rafael Reig (Cangas de Onís, 1963), autor de dos brillantes narraciones sobre la historia de la literatura: Señales de Humo y La cadena trófica, ambas publicadas en 2016 y que forman parte de su Manual de literatura para caníbales, en los primeros compases de Amor intempestivo (Tusquets, 2020), su nuevo libro, un relato autobiográfico sustentado en una indagación personal en la que no falta humor, ironía y una impetuosa carga emocional, tres vertientes con las que compendia toda una vida dedicada al oficio de escribir.

Reig da cuenta de muchas etapas de su vida, de sus padres y el trágico final que tuvieron, de su abuelo Benito, farmacéutico y alcalde, y de su otro abuelo Elías, procurador en las Cortes por el tercio familiar, y, cómo no, de su juventud, de su preocupación por sacar buenas notas, de sus juergas y “amores punitivos”, como él los llama con malicia. Confiesa que no hizo falta descubrir su vocación de escritor con esta afirmación: “jamás concebí otra posibilidad”, y cómo en los años de universidad presumía de ello como “escritor bajo palabra”, es decir, comprometido consigo mismo para ese menester, por voluntad propia. Nos cuenta que siempre le pareció provechoso hablar de sus proyectos narrativos y de lo que supusieron para él y su círculo de amigos literatos, como Antonio Orejudo o José María Ridao, aquellos años ochenta en Madrid: “un verdadero novelista no podía evitar el contacto con el tiempo que le había tocado vivir, que en nuestro caso fueron los amenes de la movida madrileña”.

Todo lo que el lector se va a encontrar en las páginas de Amor intempestivo no es más que una novela atravesada por un relato desmitificador de lo que se supone lleva de gloria una vida literaria y su parafernalia, de las generaciones literarias, de las editoriales y presentaciones de libros, esto es, de todo ese mundillo al que se añade el adjetivo de “literario” para darle alcance y profundidad. Lo que Reig escribe acerca de todo esto es autorreferencial. El narrador no es inmune al gozo de buscar el éxito, como tampoco lo es al desaliento, en cierto modo, como en una novela picaresca, aquí se cuentan fortunas y desventuras, añoranzas e imposturas, sueños y pérdidas.

Y lo mejor de todo es que el lector participa con atención de esa experiencia narrativa como confidente, gracias al tono afable y desinhibido de una prosa sencilla e intimista que le hace percibir que también en ese largo trayecto trasciende algo suyo en ese ambiente de anhelos y desencantos. Y en esa pretensión del narrador, a través de los recuerdos y, especialmente, del cariño mostrado a sus padres, quizá las páginas más entrañables del libro, concita a tocar con nostalgia lo que tiene de valor sentimental el hogar, pese a que dentro del mismo haya resquicios guardados: “el secreto es la argamasa de toda vida familiar” y, de alguna manera, a todos incumbe. Y en eso, la vida del propio novelista también nos parece más natural y humana, más palpable y ondulante como la de cualquier persona normal.

El Reig más mundano y libertino, consciente del paso del tiempo y de los límites de la creación literaria, reivindica la bondad como vía trascendental de una vida, como así señala con la cita de Unamuno que abre y cierra el libro, porque «es el fin de la vida hacerse un alma». Y con ese propósito el autor culmina su novela, sabedor de que esa obra maestra a la que de joven aspiraba a escribir no ha llegado a secretar en su “glándula”. Pero eso no tiene importancia, confiesa: “Lo que me habría gustado poder mostrarles no son mis obras completas, sino algo más valioso: que he logrado hacerme un alma, sacarla de ese pozo que no tiene polea ni pozal”.

Amor intempestivo es una hermosa recapitulación sentimental, una tentativa dispuesta en una narración conmovedora y honesta. Este es un libro en el que la literatura y la vida se estrechan y apenas difieren. Rafael Reig no escurre el bulto. Nos muestra tantos detalles lúdicos de su azarosa vida como momentos cargados de adversidad, y, por encima de ellos, refulge el orgullo de amor filial por sus padres, porque fueron buenas personas, que se querían hasta el mismo día fatídico que murieron en aquel trágico incendio doméstico acaecido en la Nochevieja de 1998.

Es difícil imaginar un estadio en el que el escritor no esté en un devenir hacia la condición de escritor y en el que la escritura no constituya una herramienta de exploración de esa condición. Este libro de Reig así lo hace, con elegancia, sinceridad, humor y contrario a todo eufemismo, evocando muchas vivencias, algunas de ellas recordadas durante toda su vida, aunque no siempre coincidan con aquellas otras que le hubiera gustado revivir y perseguir o, aún más, alcanzar. Un disfrute de lectura.

miércoles, 24 de agosto de 2016

Literatura para caníbales

Cada obra de imaginación literaria genera su propia verdad que no tiene por qué coincidir con la de curso legal por la que transitamos a diario. Los libros no enseñan a vivir, tan solo se aproximan a la exigencia de la vida. La obligación de las novelas es enseñarnos a soñar con otras cosas, ser ámbitos de libertad en donde se entra y se sale con absoluta independencia. Lo que debemos pedirles es que exploren por nosotros todos los universos estéticos y morales posibles.

Para llegar a sentir lo que la literatura tiene de experiencia personal de la vida, muchos lectores han tenido que olvidarse de todo lo que tenían de obligatorio aquellos primeros libros que hablaban de la historia de la literatura y que tanto contribuyeron a su formación literaria posterior, así como en que encuentren criterio propio a la hora de afrontar cualquier lectura.

Rafael Reig (Cangas de Onís, 1963) es uno de ellos. Con sus Señales de humo (Tusquets, 2016), un manual en forma de novela, o novela en forma de manual, viene a dinamitar algunos momentos estelares de la historia de la literatura castellana, poniendo mecha a algunos actores y obras de aquella versión escolástica de entonces. Ahora, con este nuevo Manual de literatura para caníbales, el escritor asturiano viene a confirmar que es tiempo de buscar un texto alternativo que narre a la vez las consecuencias de una concepción de la literatura que sea inseparable de la lectura crítica, desde la propia noción de la literatura, desde la óptica de los que la escriben, así como desde la propia naturaleza intelectual que encierran sus mitos.

El narrador y protagonista de la historia es un catedrático de literatura extravagante y lunático, que anda recluido en un sanatorio mental desde donde construye sus peripecias para viajar en el tiempo desde el medievo europeo hasta el Siglo de Oro español, para conocer a reyes y escritores, recordando sus animosas clases del instituto. Martín Belinchón, trasunto del profesor Rafael Reig, vive sus escapadas de manera animosa y radical. Sostiene que la historia de la literatura se corresponde también con esa dialéctica de lucha de clases entre la cultura popular y la alta cultura: “Clerecía contra juglares, poetas de corte y poetas de calle, auctores y anónimos, cronistas y bufones, intelectuales y cómicos de la lengua, académicos galardonados y novelistas sin suerte” (sic).

En Señales de humo hay un despliegue imaginativo e ingenioso por el bosque de la literatura española en un ejercicio erudito de espeleología creativa y crítica, que va recorriendo las diferentes obras clásicas, desde las jarchas mozárabes, El libro de Buen Amor, La Celestina y El Lazarillo, hasta Cervantes y Lope de Vega, los dos representantes más ilustres y controvertidos de las letras españolas de todo el Siglo de Oro. Viene a decirnos Reig, por boca de su desvalido y entusiasta profesor, que la literatura española no comenzó como otras con un descomunal poema épico nacional, sino con seres abandonados al romance amoroso y al disfrute carnal que se citaban en las afueras de las casas, ocultos en la penumbra.

Uno de los riesgos asumidos por Reig en este libro es que, convertir la Historia de la Literatura en una novela, llamémosla de tesis, acarrea sus problemas y sus consecuencias. El maniqueísmo entre los buenos y los malos es una de ellas. La dialéctica expuesta entre autores populares, como el francés Francois Villon, y autores solemnes, como el italiano Petrarca, a los que dedica extensos e interesantes capítulos, resulta, al menos, paradójica e incluso manipuladora. Pero está claro que en esa polémica, ya tradicional, que genera lo popular y lo culto es donde verdaderamente radica la gracia y el interés de esta chispeante obra.

Señales de humo es una novela apasionada y heterodoxa, un buen libro, erudito y, sobre todo, provocador, que destila humor y tradición, al mismo tiempo que espíritu crítico, que desafía a cualquier canon oficial desconsiderado con la literatura popular, y que viene a decirnos que un libro clásico solo lo es cuando trata de nosotros, los que lo leemos siglos después.

Rafael Reig nos entrega una estupenda novela, fresca, combativa, sarcástica y ambiciosa, que defiende un posicionamiento radical en lo político y lo estético frente a la historia de la literatura que, a su vez, tiene correspondencia con la pasión irreductible que volcamos sobre los libros y la responsabilidad crítica a la hora de interpretarlos.



lunes, 10 de agosto de 2015

Una encantadora criatura

Con este título conmovedor, Truman Capote nos dejó una semblanza agridulce y memorable de Marilyn Monroe, recogida en Música para camaleones, un libro de implacable lucidez y maestría. Desde luego, los mitos nunca mueren y, de eso, ya se encarga la buena literatura. Mucho se ha hablado y escrito sobre este icono del celuloide, una mujer tan atractiva y malquerida que parecía nunca sucumbir a tantas aventuras amorosas, pero de las que jamás salió airosa. Fue una estrella evasiva, dotada de un magnetismo que no dejaba a nadie, incluidas mujeres, indiferente. Hoy siguen vigentes su rostro, sus ojos, sus poses y su insinuante boca rubí por todos los escaparates del mundo de la moda femenina. Sin embargo, dentro de ese cuerpo voluptuoso y sugerente, que en ciertos momentos de su vida llevó como quien lleva una maleta, habitaba el alma de una ávida lectora de grandes autores de la literatura: Dostoievski, Flaubert, Joyce, Hemingway, Beckett, Kerouac, entre otros, y el de una semioculta intelectual que, además, escribía poemas incisivos, hecho que nadie sospechaba. Este es el gran problema de quienes sienten demasiado y comprenden demasiado: que podrían haber abordado mayores empresas, pero como la vida es solo una, les obliga a decidirse precisamente por la que se dan a conocer, aquella que los demás piensan que es.

Marilyn no es solo un icono o una especie de estallido sexual de color platino que había adquirido fama universal, como la retrata Capote, sino que es una mujer hecha y derecha, de carne alegre, mezclada con una doble, hecha de aire y melancolía. Marilyn es perfectamente consciente de ser un nuevo mito y al mismo tiempo se interroga a sí misma sobre el sentido que dicho mito pueda influir en su misma persona. Su amigo Truman le advertía de que la vida es breve, pero el arte es largo. Otro escritor, en este lado del Atlántico, que quiso también rememorar la importancia de aquella joven de curvas voluptuosas, mirada ingenua y pícara sonrisa, es nuestro paisano Rafael Reig (Cangas de Onís, 1963), que publicó en 1992 una extraordinaria novela sobre esta mariposa del celuloide para desvelarnos los interiores de su alma y conocer mejor su irremediable adicción al amor, a la vida y a la belleza.

Posteriormente, en 2005, la editorial Lengua de Trapo recuperó este texto, revisado por el escritor asturiano, bajo el título de Autobiografía de Marilyn Monroe, un extraordinario monólogo donde la propia artista es la narradora que recapitula en trece episodios la trayectoria de su vida. No se trata de dar cuenta y hacer una revisión de la vida de esta mujer sin par, más bien lo que se propone Reig es aflorar la biografía interior de la artista para darnos las pistas de quién era ella, qué opinión tenía de sí misma y del mundo atosigante que la rodeaba.

La novela de Reig era un libro que me aguardaba y no sé por qué había tardado tanto en tomarlo y leerlo con la atención que se merece, siendo además un fan entusiasta e irredento de la Monroe. Hace pocos días lo terminé de leer y me prometí comentar la experiencia en este diario de lecturas. Hoy, un día tórrido de agosto, es el día señalado para sumergirme en la tarea y apuntar sus encantos.

Autobiografía de Marilyn Monroe es un artefacto literario emocionante, una indagación en el mundo interior y en la vida desvanecente y desgraciada de ese alma verdadera que había detrás de la imagen de una de las mujeres más interesantes y deseadas de todos los tiempos. Rafael Reig se inspira en los últimos momentos de la vida de Marilyn para relatarnos aquellos días aciagos previos a su muerte, que se resumen, en un texto impecable, de apenas ciento ochenta páginas, los pensamientos, emociones y sentires de esta rubia maravillosa de 36 años que solo anhelaba ser querida.


Con esta estupenda autobiografía apócrifa, Reig reivindica la figura del mito y nos revela la complejidad del alma que lo envuelve, tan ajena de sus admiradores, como extraña para quienes la trataron, un empeño anhelado por la propia diva, y con ello no hace más que dar a conocer poniendo en su boca lo que pensaba, sin importarle el aislamiento que tendría que soportar y el alto precio que el destino le puso a su vida, con aquel triste final, tan sórdido y horrible. [Reseña núm. 231]

lunes, 17 de febrero de 2014

Ganar la guerra, ganar la paz


Hace un mes, me encontré, en la cartelería de mi muro de Facebook, un post del escritor Pedro Ugarte que subrayaba el siguiente párrafo de la novela Todo está perdonado: “Nunca te libras de la esperanza, tiene el caparazón demasiado resistente, se alimenta de cualquier cosa, se adapta a todos los medios, sabe defenderse de la agresión de la realidad o, al menos, ponerse a cubierto hasta que escampe...” Inmediatamente, pulsé “me gusta”, porque la metáfora remarcada por mi amigo Ugarte era tan oportuna, como certera. Había leído de Rafael Reig (Cangas de Onís, 1963) su última publicación, Lo que no está escrito, una trama alrededor de las relaciones de parejas, muy bien armada, que me gustó mucho. De manera que ambas circunstancias me impulsaron a la aventura de sumergirme en las páginas de la obra del asturiano que, además, venía con la vitola de ganadora del Premio Tusquets de Novela del 2010.

Todo está perdonado es una novela sorprendente, entre lo policíaco y la crónica negra. Rafael Reig reconstruye la historia reciente de España, a través de la trayectoria de la familia Gamazo, una de las estirpes privilegiadas del poder económico que ganaron la guerra y, treinta y cinco años después, continuan en la pomada de los triunfadores de la paz en la incipiente democracia. La historia arranca con el asesinato de Laura, hija y única heredera del rico empresario Perico Gamazo. La investigación del crimen sirve para que el narrador omnisciente que campea por el libro, reconstruya la historia de esta próspera familia que desarrolló su fortuna en la dictadura, y acude ahora, sin remilgos, a montar a sus hijos al carro de “La inmaculada Transición”, como la califica Reig, para no perder comba en las nuevas oportunidades que les brindará la democracia recien nacida. Con este inicio y un escenario, donde el fútbol, junto a la religión, vertebran el hilo narrativo y la estructura del libro, Rafael Reig teje una trama para mostrarnos la decadencia del antiguo sistema y la corrupción reinante, con clara intención crítica y de denuncia. La historia transita por un Madrid inundado: Atocha es un puerto, la Castellana, un canal y por el Prado se extiende un malecón. En el epicentro de estos acontecimientos, no falta la exaltación del deporte rey, como seña de identidad nacional, con diferentes episodios de la competición de la Eurocopa de futbol, que en ese año del 2008 se disputa en Austria. La iglesia vende las hostias consagradas en los supermercados de los barrios, y Gamazo ostenta la concesión de los envases de esta nueva mercancía que ha sido utilizada por el asesino para actuar y envenenar a su víctima.

Reig se vale del género policial para discutir lo que la sociedad discute, a través de la verdad y la ley. Sus investigadores, el exagente de inteligencia Antonio Menéndez Vigil y Carlos Clot, detective privado, están ahí para interpretar lo sucedido, y lo pueden realizar porque están fuera de cualquier institución, aunque extrañamente implicados. Toda una reflexión muy lúcida y atinada, un repaso desolador sobre la canalla imperante alrededor del capital: da igual los regímenes, quien manda es el dinero. En resumen: un retrato social e irónico de nuestra historia más reciente, cargada de sátira y sarcasmo.


Todo está perdonado es una novela original, brillantemente ideada y muy entretenida, en la que destaca una prosa aguda, sabrosa por su desparpajo, tan propia del escritor asturiano, que logra conectar con las voces de sus personajes.

Rafael Reig ha puesto todo su oficio en esta novela ambiciosa, rica en elipsis y en diálogos vivísimos, donde reina el humor, sin ocultar su visión caústica y un poco desesperanzada de la sociedad, en la que los que ganan la guerra, son los mismos que ganan en la paz.