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jueves, 23 de diciembre de 2021

Escenas cotidianas


Un buen libro de relatos no necesita de ningún manual de instrucciones que determine cómo debe ser leído e interpretado. A este respecto, decía Nabokov, que solo se requiere un buen lector que posea imaginación, memoria, cierto sentido artístico y hasta un buen diccionario. Con esto bastaría, aunque tal vez se podría añadir esa otra cualidad que todo lector insaciable lleva consigo mismo: su incurable y vasta curiosidad. Ahora bien, conviene no olvidarse de que un libro se basta a sí mismo para revelarnos todo lo que tiene que revelar, es decir, para que el engranaje de sus piezas encaje y nos cautive.

A los que nos gustan tanto los relatos lo hacemos para divertirnos y emocionarnos, incluso hasta para nuestro aprendizaje y gozo intelectual, ese mismo que despierta en nosotros el efecto inusitado de compartir una experiencia fascinante y excepcional por medio de historias que apelan a descubrir hechos insólitos extraídos de la vida cotidiana. Juan Carlos Márquez (Bilbao, 1967) apuntala ese grado de expectación en favor de la conexión con el lector con Autoficción (Aristas Martínez, 2021), probablemente su libro de relatos más original y jocoso en el que reúne diez piezas breves, alguna con tan solo una página, lo suficientemente audaces para hacernos rehenes de la tragicomedia que representan los personajes de su inventiva, no exentos de ternura, con la misma perplejidad con la que nos enfrentaríamos a lo real y cotidiano de nuestras propias vidas.

De cada una de sus historias surgirá un pálpito o un destello que irá más allá de su propuesta inicial, como un señuelo y nos conducirá, con destreza y sagacidad, a un vislumbre del mundo real de la propia calle que habitamos, pero reimaginado. Pequeñas escenas cotidianas que se entremezclan con aire surrealista, resplandores, ironía y humor a destajo. En el primero de sus relatos, que pone título al libro, se diría que el autor se parodia como profesor de taller de escritura. Pero aquí, fija más su mirada en el narrador-alumno, que es quien cuenta su experiencia en clase y la dificultad que tiene en seguir las instrucciones, para dejarse impregnar por lo que circunda a la autoficción, que parece inundarlo todo.

En los siguientes, conoceremos, por ejemplo, el plan de un activista miembro de una organización internacional contra los iconos, obsesionado con destruir las vallas del mítico toro de Osborne. También conoceremos a las dependientas de una tienda de ropa, de esas de toda la vida, que se ríen a pierna suelta, a espalda de los clientes, así como el relato de un anciano socarrón que recorre una y otra vez la línea de circunvalación del autobús de su localidad, o el del joven buzo que prepara los salmones para que Franco los pesque con suma facilidad.

Todas las historias ideadas que transitan por Autoficción imaginan a un personaje obnubilado por un deseo, a veces imantado por una extrañeza o perplejidad. Márquez deja paso a que el deseo de sus personajes inciten y escruten la realidad circundante, aunque sea distorsionada para que, a su vez, abra un resquicio a la posibilidad de otra historia espejo que realmente se toque con la nuestra. Uno lee Fírmeme aquí y no puede evitar cierta sintonía o reflejo de la realidad que le rodea y preguntarse si no le convendría hacer lo mismo que la protagonista del cuento, y salir pitando a una casa de empeños y dejar en prenda a un cuñado incómodo sin importarle el dinero que le puedan dar por él.

Con todo, como la vida misma, ocurre también que cada personaje que transita por Autoficción se ve envuelto en una circunstancia particular y significante, vinculada a querer sacar provecho de su situación, a desear lo indecible, e incluso a posicionarse frente al deseo de otros, como le ocurre a quienes confluyen en Redes sociales, un relato armado de seres recurrentes e insignificantes que ocultan sus vidas tras la hipocresía social establecida para ampliar sus seguidores ad infinitum.


Tanto en unos relatos como en otros, el pulso narrativo y el tono se relacionan con el punto de vista desde el cual el autor cuenta la historia. En todos ellos el que más abunda no es otro que el tono irónico y tragicómico de sus escenarios, ya sea en un vestidor de unos grandes almacenes, en un ascensor, en un taller de escritura, en un autobús o en un parque. La voz propia de Márquez es reconocible en cualquiera de todos estos ámbitos. Su tono, ligereza y estética conforman un imaginario de enfoque sarcástico en el que encarna las vivencias de sus personajes para proyectar ese sesgo escogido de algo que nos hace pensar en asuntos nuestros.

Juan Carlos Márquez escribe con enorme soltura y eficacia, lleva a sus personajes al punto o extremo señalado y obliga al lector a obrar como testigo. Un pulso extraordinario entre escritor, lector y personajes, que es lo que distingue a la buena literatura.


viernes, 14 de septiembre de 2018

La línea del tiempo


Uno tiene la sensación de que la novela de hoy ha dejado la senda de la exigencia para ponerla en manos del cuento. Muchos novelistas parece que preparan un guion en el que se prefija un argumento con su trama a los que siguen sin desvíos. ¿Dónde están aquellos novelistas que arriesgaron el favor de una masa de lectores y pusieron todo su quehacer en manos de un estilo, de un lenguaje propio y de un compromiso con la Literatura? El éxito inmediato y las ventas han eclipsado lo que antes fuera la función que más caracteriza al escritor moderno, la autoexigencia, nunca la complacencia. Hay que decir que, cuando se lee una novela de las muchas que se publican hoy en día, el lector tiene la sensación de estar leyendo a autores encasillados en el siglo XIX.

El libro es una industria, y las grandes editoriales solo están interesadas en la rentabilidad de sus publicaciones. No importa si la propuesta de un escritor que empieza es digna y merece editarse. Esta labor, de dudoso alcance, suele dejarse en manos de las pequeñas editoriales y, la mayoría de las veces, en la autoedición o, simplemente, olvidada en un archivo de un disco duro. Hoy el consumo y las prisas por lo exitoso e inmediato es el objetivo del sistema y, por tanto, el libro también ha sido presa de ese mismo objetivo. Los premios literarios se conceden de antemano a un autor que trabaja en televisión, a un periodista mediático o a un escritor de una obra exitosa, ya hecha, que con la novela premiada poco aportará al panorama literario, pero que augura buenas ventas.

Todo lo dicho viene a poner en valor la novela Minä, de Juana Márquez (Madrid, 1972), que obtuvo el XI Premio Literario Ediciones Oblicuas de 2017, publicada en abril de este año y que confirma la independencia a la hora de conceder un premio sin plegarse a ninguna exigencia comercial. Se trata de una autora con obra publicada, pero de escasa trascendencia en el mundo de la edición, alejada del mundillo literario más publicitado, licenciada en Matemáticas y profesora de instituto, que también compagina con la de profesora de la Escuela de Escritores de Madrid y de Escritura Creativa en la Universidad de Alcalá de Henares.

Minä es una obra de prosa cuidada y desnuda, pero tan ambiciosa en su estructura como exigente, que llegó a mis manos impensadamente y que merece que se le dé la visibilidad que le corresponde por méritos propios. La novela adopta desde el principio un monólogo interior y el único afán de su protagonista es seguir hablando, aunque sea por boca de otros, con el fin de sobrellevar su pasado y su impetuosa urgencia de ganarle la partida al silencio que apenas soporta. La historia comienza cuando su protagonista, que pone título a la novela, una chica adolescente, acaba de recibir la noticia de la pérdida de su madre. El amante de esta, Outo, está hospitalizado y la joven huérfana se ve obligada a vivir con Bruder, su hermano pequeño y con Ruka, hermana de Outo.

A partir de aquí, la chica va tomando la voz de varios personajes de su entorno para que nos vayamos adentrando en el mundo de sus cavilaciones y dudas, en aquello que la inquieta y, a su vez, la paraliza, en la inmediatez de lo que se mueve a su alrededor, en la visión del inmenso vacío que tiene ante sus ojos.

Sutilmente, a medida que vamos avanzando en la lectura de la novela se nos va mostrando el mundo de la adolescencia más desprotegida en un barrio periférico de condición obrera de una ciudad innominada. Minä se encuentra hablando ante un espejo fingido en el que se refleja la voz de los otros. Asistimos a su ambigua relación con Kelias, su profesor de matemáticas que le asienta reflexiones sobre el valor de la acción en la vida: “Son los pies –le dice–, nuestros pies son los que mandan sobre todos nosotros, la inducción de los pasos, uno que lleva al siguiente, el siguiente al siguiente”. La sexualidad, todavía incipiente, va aflorando entre esta y sus amigas, el coqueteo con la droga, todavía solo llega a ser pegamento, y su relación velada con las personas mayores son precarias.

En toda la obra hay una alusión insistente y simbólica a los dos caminos que se le abren a Minä: “el Concurso” y “el Ingreso”, como pórticos de un examen que tiene que superar. Se entiende que el primero es como un acceso al triunfo por la vía rápida, concurso de belleza, vida de modelo, puerta abierta a la prostitución..., y el ingreso una apuesta, un esfuerzo por el futuro.

Y como elemento que puede inclinar la balanza de la protagonista está la alusión constante a su capacidad para las matemáticas. El único que le da aliento y cariño es su profesor que la anima a presentarse al examen que, de aprobarlo, le abrirá un porvenir.

Minä es una novela arriesgada y experimental, escrita en segunda persona, en la que afloran las relaciones binarias en el seno familiar y el peso de la infancia, una historia que transita por la línea del tiempo para escrutar lo que podría haber sido de otra manera, como si a lo predestinado, que viene de lejos, la verdad nos obligue a desatarlo. Una propuesta valiente y nada convencional.