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martes, 8 de julio de 2025

Fragmentos, greguerías y pecios


Somos legión los que amamos lo breve por su naturaleza de principio, de pilar y de fundamento. Porque, en verdad, necesitamos entender lo complejo desde lo básico y escueto. Porque, a su vez, necesitamos certezas, que son más valores que teorías. Buscamos el pensamiento breve, pero profundo, por su capacidad de alumbrar y abrirnos los ojos y la mente ante tantas sombras, dudas e incertidumbres que nos rodean. La escritura que busca la concentración y la síntesis, la contención y la sobriedad es una buena fuente para picar la curiosidad del lector y alentarlo a completar lo no dicho. Los libros de apuntes, notas y pensamientos sueltos se prestan a ello, mejor que otros, además de concretar el lenguaje que el autor usa, y, sobre todo, a confirmar lo mucho que se parecen estos textos, hechos de palabras y silencios, a nuestras vidas.

En esta miscelánea literaria, el escritor y crítico literario Vicente Luis Mora (Córdoba, 1970) se mueve como pez en el agua, con suma perspicacia y naturalidad. Los fragmentos reunidos aquí, bajo el título de En esta red sonora (Galaxia Gutenberg, 2025), es un compendio de notas, aforismos, haikus y apuntes, a modo de diario, que abarcan un período de tres décadas, que van desde 1995 hasta el presente, en el que vuelca una cosecha ferviente de apuntes, un destilado literario de recreación de la vida, dentro y fuera de la vida, bajo el pulso del momento sobre el papel, dejando que las palabras reflejen la singularidad de tener cosas que decir: “En esta red sonora puede verse como un ecosistema... La discontinuidad y la rotura, pues, son parte de sus señas de identidad”, señala el autor en el prólogo del libro.

Tomar este libro entre las manos significa aceptar un espacio poroso de lectura en lentitud, sin prisas, de lectura al paso y al encuentro de notas, pensamientos o refutaciones que muestran “la vida como altibajo” (me gusta mucho esta expresión), o lo que es lo mismo: “momentos abiertos, instantes sobre los que volveremos una y otra vez porque de algún modo sabemos que sus carpetas abiertas nos constituyen”. En toda escritura fragmentaria, el silencio es un rasgo esencial, conforma un hilo invisible, pero presente y fundamental, de lo que no se nombra, de lo que no está explícito en el texto, que activa el propio lector. En esta red sonora, sugerente título, se presta a que captemos esa pátina de silencio como percepción y deseo, pero también como experiencia de la memoria y del lenguaje. Este libro de Vicente Luis Mora está concebido como un archipiélago literario, una obra, en palabras suyas, “libre de inteligencia artificial, pero no de ficción”.

Las metáforas esparcidas a lo largo de todo el libro son abundantes, dando a entender que la vida cotidiana está impregnada de ellas, no solamente el lenguaje, sino también el pensamiento y la acción de vivir. Por estas páginas discurren como centellas. A veces, como chispas que irradian luz, “el tiempo justo para que el lector perciba el entorno por entero en ese fogonazo”. Encontramos un buen número de perlas metafóricas esparcidas entre los muchos aforismos del libro, como estas: “En literatura, la línea más corta entre dos puntos es la elíptica”; Los pedantes hablan en negrita”; “Los sueños de los políticos son urbanizables”; “La imaginación es una madriguera de imágenes”... En estas brevedades, Vicente Luis Mora encuentra un campo abierto, lleno de posibilidades por donde esparcir su poética de la vida por medio de la metáfora y el pensamiento incisivo.

Nada en este libro parece que pueda leerse de una sola manera. Incluso apuntes dispersos de lecturas y textos reseñados dan lugar a múltiples interpretaciones, tantas como puntos de vista existan sobre cualquier asunto, a merced de las exégesis de sus lectores. Me resulta igualmente valioso y entrañable cómo destaca el subrayado en los libros, esa suerte de diálogo sostenido y atento entre el lector presente y el autor ausente: “Los subrayados lo dicen todo de nosotros, desvelan nuestras obcecaciones latentes y nuestras inercias intelectuales o psicológicas más ocultas... Los subrayados son el verdadero autorretrato..., una confesión por escrito sin revisión ni repaso corrector”.

Los textos reunidos aquí, mayormente autobiográficos, se presentan a modo de un cuaderno de bitácoras y conforman, en gran medida, pese a su disposición fragmentaria e híbrida, la poética literaria y vital de su autor, trazos de palabras que responden a planteamientos de lo que importa de verdad al escritor: leer y escribir. Todo confluye a esta otra razón suya extensible a cualquiera de nosotros: “Mejor seguir haciendo cosas sin preguntarnos por qué las hacemos. No vaya a ser que la respuesta no nos guste”.


Digamos pues, que este libro heterogéneo se revela como un poso estimulante de memoria, observatorio y andanzas literarias. La escritura de Vicente Luis Mora, desde su poesía a la novela, desde sus aforismos al ensayo, obedece a una red de contingencias encadenadas, sin caer en el solipsismo, bien acompañada de un humor sutil atento a lo inesperado que salta a la vista. Cada uno de los libros suyos que he leído es original y exigente, a su manera. Este no lo es menos, un disfrute de lectura que te te deja mirar desde las muchas ventanas abiertas que te ofrece.

martes, 6 de mayo de 2025

Leer y cavilar


Voy a decirlo sin cortarme un pelo. Soy un entusiasta lector de Javier Sánchez Menéndez (Puerto Real, Cádiz, 1964). Su creación literaria es abundante: poesía, ensayos, aforismos y artículos. He podido leer todo o casi todo lo que se ha editado de su obra y, de una buena parte, he publicado reseñas o comentarios. Confieso que lo he hecho no por necesitar glosar su penetrante lucidez, sino para prolongar el placer o la cavilación que sus textos me procuran. Confieso que encuentro sintonía y entendimiento con esa escritura suya que me sacude e interpela y, a su vez, pone de manifiesto esa carga luminosa y ética que da sentido a sus palabras, que vivifica la razón de ser del pensamiento, desde el silencio y la propia soledad, desde el paso del tiempo y ese discurrir de la vida, tan próximo y cotidiano para darme a entender.

Es cierto que Sánchez Menéndez, escritor persuasivo y juicioso, inclinado, eso sí, a la emoción del concepto y sus metáforas, tiene una voz literaria reconocible, un leitmotiv habitual, una gramática que conjuga la importancia de la razón de existir, que consiste en estar en una perspectiva de entendimiento con el mundo. Le importa resaltar lo que se ha comprendido de siempre: la existencia como vida activa o como vida contemplativa. Sin embargo, insiste en que existir siempre será, de manera inevitable, una vida representativa. Es por esta idea central o guion, compuesto por notas y textos breves, por donde transita su nueva entrega, Fragmentos (Detorres, 2025), un libro poblado de ideas, epifanías, citas y sensaciones volcadas bajo una concepción de “lectura en lentitud, sin prisas, como alimento”.

Empezamos a leer y a poco que llevamos unos minutos, ya vemos cómo Sánchez Menéndez cree en la razón, dado que para él es un instrumento esencial para orientarse en la vida. Recala en cómo lo real, la emoción artística, las pasiones, los vislumbres del pensamiento y la conciencia nos dejan desnudos, “pero también confusos –escribe–, somos transmisores de dudas permanentes”. La justificación es clara: la verdad se da siempre bajo la importancia y la perspectiva de la palabra: “La palabra entre nosotros, y de la palabra a la lectura entre nosotros. Somos palabra, por eso somos lectura”. No se olvida que por delante del filosofar está el vivir. Por eso propone el poeta: “Vivamos las emociones. Son nuestras”. No por ello hay que renunciar a la razón. La razón, según él, es una herramienta indispensable del conocimiento, del entendimiento de la lectura como alimento.

Y es aquí, en la lectura, donde el libro alza su vuelo más intenso. El poeta percute no solo en el valor de la palabra como manifestación de la verdad, sino en la lectura como contacto con la vida, como conocimiento de uno mismo: Y por ello, sostiene que la literatura debe ser “una manifestación de la verdad”, un motivo suficiente para leer el mundo y reconocernos en él, para ensancharnos y sentirnos más reales. Nadie duda de que quien lee se siente acompañado. En ese mismo trayecto de compañía y soledad, la lectura acaba revelándose como algo que nos redime en muchas ocasiones de las incontables decepciones y reveses de la propia realidad. “El lector no nace, se hace”. Por eso mismo, insiste en que “hay que seleccionar las lecturas”, los libros que importan, los que nos conmueven y se convierten en un resquicio para entender un poco mejor el mundo o pensarlo de otro modo. Leer, como ya dejó dicho en otro de sus libros, “provoca afectos y, también, efectos”.

Esta es una de las ideas transversales que recorre las piezas reunidas en Fragmentos, alentar a la lectura, no solo como alimento, sino como un acto de amor a la vida y a uno mismo, que apela a esta otra verdad filosófica añadida de que en la lectura: “palabra y naturaleza se fusionan. Todo origen de la naturaleza está en la palabra. Y a su vez, el origen de la palabra está en la naturaleza”. Una vez más, Sánchez Menéndez nos conmina a entender la lectura como acto de posesión, de hacer nuestra las circunstancias de que “hay que dejar espacio al lector. Mucho espacio”, para descorrer el mundo y sentirlo más vivo y reconocible.

Por otro lado, hay lugar en el libro para transitar por las propias lecturas del poeta en las que no faltan alusiones a Cervantes, siempre aparece alguna mención de El Quijote en sus libros. También se cita a Cioran, a María Zambrano, a Baroja, a Rilke, a Mark Twain o a Séneca, entre otros, elogiando su amor a los libros: cum libelli mihi plurimus sermo est (tengo mucho que hablar con los libros). Igualmente, no se olvida tampoco de pararse a reflexionar sobre el aforismo, un género que cultiva con sigilo, para destacar la cierta vanidad reinante de algunos que se empeñan en alzar la voz sobre su esplendor, porque “no estamos en un nuevo Siglo de Oro del aforismo... Hay buenos aforismos, sí, y hay buenos aforistas también, pero son contados, y tal vez sobren dedos de una mano”, apostilla.


En resumidas cuentas, la sensación percibida de la lectura de estos jugosos Fragmentos es de correspondencia, es decir, de una relación vis a vis en la que el autor y el lector interactúan, lo digo por la invitación constante al subrayado y a la pausa. Por eso, abrir un libro de Sánchez Menéndez tiene mucho que ver con adentrarse en un mundo simbólico dispuesto a ser reinterpretado. Posee el don de la penetración, de la capacidad de descubrir lo propio de la vida en la razón, y lo tácito en lo aparente. Le importa resaltar que lo importante de la vida anda cargado de metáforas y experiencias. Por eso mismo acude a la metáfora, para representar el significado de las palabras escritas en términos de otras. Y por eso mismo, en su liturgia, lo que importa no es tanto lo que se encuentra en sus páginas, sino lo que significan para quien las lee y cavila.

miércoles, 15 de mayo de 2024

Reflejos y asomos


“La mayoría de las vidas humanas son simples conjeturas”, dice Julio Ramón Ribeyro (Lima, 1922-1994) en una de las anotaciones de Prosas apátridas, ese libro fragmentario, tan lúcido y testimonial al que algunos lectores suyos hemos rendido culto y seguimos acudiendo a él con inusitado interés y la irremediable confianza de huéspedes libres y consentidos. En sus textos y estancias, Ribeyro despliega todo un observatorio de pensamientos que muestran las rendijas y pasadizos de sus conjeturas sobre por donde transitan la memoria, el olvido, la literatura, lo cotidiano, el paso del tiempo, la experiencia de vivir y, sobre todo, “momentos de absoluta soledad, en los cuales nos damos cuenta de que no somos más que un punto de vista, una mirada”.

Esta mirada ineludible a Prosas apátridas se hace necesaria tras la lectura de Dichos de Luder (La Caja Books, 2024), su sintonía literaria y relación consustancial son apreciables. Hay un sesgo común en ambos textos que refleja el perfil displicente y artístico de alguien capacitado para entrever asuntos propios y ajenos de la vida, las letras y la escritura, la enfermedad o el fracaso con tanta perplejidad y tino. Hay pautas sabias de la realidad en ambos libros no exentas de arrojo, curiosidad y desparpajo que los unen. Le importa a Ribeyro pensar y repensar la realidad, quizá en el sentido que decía Nabokov, como palabra que no quiere decir nada si no va entre comillas. Por eso mismo, considera que hay que tenerla en cuenta como bastión literario y verdad propia.

Entrando ya en las entrañas de Dichos de Luder, el libro se abre con una breve presentación del propio Ribeyro sobre Luder, un escritor ficticio y extravagante que vivió un buen período de su vida en el Barrio Latino de París, rodeado de “su espaciosa biblioteca, donde pasaba la mayor parte del tiempo leyendo, escribiendo o escuchando música”. Pero señala también que Luder, de forma esporádica, rompía su monotonía al atardecer, recibiendo a unos pocos amigos, incluso a contados autores jóvenes con los que mantenía vívidas conversaciones que le reportaban jugosos momentos, “pues le permitían salir de su aislamiento y asomarse a una realidad que le era cada vez más extraña y, en muchos aspectos, insoportable”.

Tras esta introducción, en la que deja constancia de su interés por la figura de Luder y, sobre todo, sus ganas de publicar lo que fue recopilando de aquellos encuentros ocasionales, que vienen a conformar el fin último del libro, todo un muestrario, en cien textos breves, de los diálogos que Luder mantuvo con sus diferentes interlocutores, y que dieron pie a ocurrencias jocosas, réplicas ingeniosas, vislumbres y aforismos brillantes. Ribeyro quiso dar buena cuenta del valor literario de sus dichos, muchos de ellos cargados de ironía y sarcasmo, como este: “Se sueña solo en primera persona y en presente del indicativo –dice Luder–. A pesar de ello el soñador rara vez se ve en sus sueños. Es que no se puede ser mirada y al mismo tiempo objeto de la mirada”.

Luder es también un tipo algo cínico, sin apegos materiales, que se honra a él mismo al burlarse de las grandes ideas del mundo, pero posee un sesgo hedonista que no oculta, encontrando su placer en el vino, en la música y en los boleros, sin perder de vista a las mujeres. No sabemos mucho sobre sus gustos literarios, tan sólo conocemos que le gusta releer los libros de Kafka. No se encoge, ni se corta un pelo al afirmar que “Literatura es impostura, por algo riman”. Ribeyro utiliza a Luder como disfraz para ocultarse y lanzar sus dimes y diretes con libertad y descaro. Luder se muestra sin remilgos, como un personaje desaforado y nada engreído, pero con un torrente de agudezas que le valen al escritor peruano para proyectar, en buena medida, su parecido existencial y descreimiento.


En el estupendo epílogo del libro, a cargo de Jorge Coaguila, crítico y biógrafo de Ribeyro, encontramos más pistas de estos dichos, algunos de ellos, señala, son anotaciones tomadas de oídas de otros personajes, como el que señala: “es un escritor tan anticuado que cuando abres uno de sus libros todas las letras salen volando, como una nube de polillas”, que un día oyó al escritor chileno Jorge Edwards contando una anécdota del mismo Julio Cortázar. Pero la gran mayoría de estos dichos salen del pensamiento y la pluma de Ribeyro, disfrazada bajo la máscara de Luder.

En resumen, este es un libro tan inclasificable como jugoso, un conjunto de breverías, reflexiones y notas que condensan una manera de entender la vida y la literatura, y viceversa, un lugar de encuentro distinguible del gran Ribeyro de Prosas apátridas. En Dichos de Luder reconocemos dichos asomos y reflejos de su escritura sintética, irónica y sugerente. Un festín para la inteligencia.


jueves, 29 de diciembre de 2022

Almacén literario


Lo que viene a reunir
Emilio Gavilanes (Madrid, 1959) en Bazar (La Discreta, 2020) no se entiende como un mero acopio de textos diversos ocupados en ofrecer al lector la impronta de escribir divagaciones en cualquiera de sus formas, a fuerza de tomar un desvío tras otro, pero sí como un ejercicio libre de entender el mundo y posicionarse en él por tanteo y aproximación, por medio de notas e impresiones donde engarzar la vida con la palabra para ocuparse de la memoria, de la infancia, de los libros, del cine, del paso del tiempo, de lo que concierne al amor, a los sueños, a los deseos o a las pérdidas, como relato sustancial de la experiencia y los hechos vividos.

Digamos que Bazar, en sentido figurado, tiene bastante de mercado persa por lo variado de sus páginas, colorido y sugerencias. Podríamos denominarlo como un almacén literario donde la percepción de la vida se deja sentir en cualquiera de sus apartados, encontrando acople en el microensayo, el cuento, el aforismo, el haiku, o en decenas de anotaciones, a modo de diario y textos de diversas fragancias que invitan, una y otra vez, a tomar lápiz en mano para subrayar y después volver a remarcar. La sensación es parecida a la de callejear por distintas estancias, atentos al aroma de sus intersecciones, y el resultado, de buqué, de regusto que se antoja duradero.

A modo de un cuaderno de bitácoras, los textos reunidos en Bazar, mayormente de carácter autobiográfico, conforman una obra de gran coherencia formal, pese a su disposición fragmentaria e híbrida. El libro de Gavilanes responde a un interés contemplativo del mundo, cuya lectura, además de entretenida y jugosa, produce una cierta complacencia melancólica inusitada. En Bazar hay pasajes e imágenes en los que se han ido colocando trazos de palabras que responden a planteamientos de lo que importa de verdad al escritor. Es el caso, por ejemplo, de algunas evocaciones suyas de la infancia capaces de rememorar la nuestra y aflorar episodios similares de aquellos años de nuestra niñez que siguen ahí latentes y no olvidados, atentos a cualquier soplo de relumbre, vengan del juego de las canicas o de las aventuras de Tintín.

El libro, por otra parte, se revela como un poso estimulante de sensaciones, dotado de esa fragancia propia de los bazares que emulsionan con el resto de los sentidos. En Bazar hay alusiones a la lluvia, a las calles de Madrid, a las vicisitudes del escritor, a lecturas de los clásicos y a las películas inolvidables. Hay evocaciones del mundo rural, narraciones sobre la presencia y ausencia de la madre, los amigos del colegio, retazos de conversaciones escuchadas en la calle, y de haikus, como dedos que señalan el mundo. Como también hay, y así lo expresa el propio autor, “el llamado flujo de la conciencia”, que viene a decirnos que no se manifiesta solo verbalmente hacia fuera, sino que también se acopla en el pensamiento, a modo de monólogo interior.

Por ese diálogo introspectivo de adhesión incondicional transita Gavilanes para decirnos que es un entusiasta lector de Baroja, que lee con interés a Carpentier y a Saramago, que ve películas de Chávarri, y revisita la Ilíada como historia imperecedera de la lucha del hombre con los dioses y su destino. Gavilanes lee con fruición a Pessoa. Le gusta el pálpito de Salinger, Cortázar, García Márquez y Rulfo, como también el de Chéjov, Updike, Pla, Delibes o Piglia. Y, sobre todo, se aviene a destacar el valor de la literatura como caudal para la memoria y para la recreación de la vida: “La literatura explica cómo deben ocurrir las cosas, pues nada ocurre como debe. Y en el fondo explica cómo han ocurrido realmente”.


A medida que leemos el libro, a saltos o de corrido, llegamos al convencimiento que todo en él se convierte en pretexto para hablar de la vida, del paso del tiempo y de su huella. Todo parece observado desde ese devenir del tiempo que hace que las cosas queden de una manera impredecible, como así lo afirma el propio autor al concluir el libro: “Ves que las cosas se suceden, no suceden meramente. Ves la forma de tu vida. Sabes por qué, para qué ocurrieron todas las cosas. Es un momento extraordinario. Todo fluye sin esfuerzo y tú estás dentro de ese fluir. Y lo bueno y lo malo que te ha ocurrido son igualmente justos, necesarios. Ves que los episodios independientes forman una historia. Significan juntos”.

En todo este panel de notas que presenta Bazar, el lector se va a encontrar con un interesante expositor de evocaciones y recuerdos, tan peculiar como sorprendente y ameno, diseñado como un observatorio luminoso de textos en el que se postulan, a su vez, los entresijos literarios de su autor, un escritor de vocación reflexiva y lenguaje conciso, que deja entrever siempre en su obra el resorte inapelable de lo mucho que tiene en común la escritura con la vida.


viernes, 7 de octubre de 2022

Exaltación de ser y estar en el mundo


Como diría Jules Renard, entramos en un libro como si lo hiciéramos en un vagón de tren, con miradas atrás, vacilaciones, el fastidio de cambiar de asiento y de ideas, preguntándonos cómo será el viaje, cómo será el libro. Con parecida precaución entré en las páginas de Agua y jabón (Anagrama, 2022), aunque, para ser sincero, había leído interesantes críticas del libro de la periodista y escritora Marta D. Riezu (Terrassa, 1979) que presagiaban, por su tono e impresiones, que el libro, anotado en mi lista de deseos, iba a proporcionarme una lectura amena y de mi gusto, como así ha sucedido.

La propia autora se adelanta, a modo de saludo, a descorrer la cortina de sus textos e invitarnos a leerlos a nuestro libre albedrío, por cualquier página que se nos antoje. Señala, a su vez, que “lo recogido en Agua y jabón es el resultado de una trayectoria intuitiva y desordenada” y, por eso mismo, constata que su libro “no es un libro de imaginación, sino de observación”. Su título así lo expresa en sus prolegómenos, un epígrafe que alude y apunta hacia lo sencillo, la gracia, el carisma, el duende, eso mismo que el fotógrafo y modista británico Cecil Beaton llamó “agua y jabón”, como estilo de vida distinguida. Incorpora a esa idea lo sencillo, como modo de estar en el mundo, como gusto espontáneo, alegre y discreto del saber vivir. Es eso mismo a lo que remite el subtítulo del libro: Apuntes sobre elegancia involuntaria, un cuaderno de notas en el que caben personas, objetos, lugares y hasta un pequeño diccionario sugerente y mordaz de afinidades.

Marta D. Riezu reúne en su cuaderno un compendio sobre todo aquello que tiene como requisito alguna perplejidad en la que caben citas, pasajes de la vida, experiencias literarias y opiniones que vienen a conformar un caleidoscopio acerca de lo que rodea al hecho de vivir. Son apuntes y flashes volcados con desparpajo, intuiciones, vivencias y pensamientos personales sobre la realidad más próxima y común, como, por ejemplo: la ropa y la moda, la cultura y la rutina, los libros y el ajuar o las hojas de laurel, sobre lugares como los hoteles, el cine y el teatro, la vida en el campo, la arquitectura de las ciudades... Y, desde luego, notas que ofrecen una estancia provechosa en la soledad como “puerto pacífico”, en el silencio y la rutina, cobijo de estabilidad: “Aprender a estar, para años después poder ser”, entona.

Agua y jabón es una miscelánea bien surtida de textos breves que exudan gracia e ingenio sobre asuntos variadísimos. A Riezu le interesa casi todo: la ropa, la arquitectura, los objetos, los lugares, los recuerdos de su biografía, los cómics... Pero si hay que destacar lo que ocupa más espacio en este libro tenemos que señalar que quien se lleva la palma es la literatura. Los libros, dice ufana, nos despiertan. Ellos fueron su primera compañía y no han dejado de serlo a lo largo del tiempo. Llegaron para quedarse como referentes. A los nombres de siempre, como Homero, Cervantes, Shakespeare, Montaigne, Flaubert, Proust o Dostoievski se añade también su fervor por Faulkner y Zweig, por Ginzburg y Sontag, por Rilke, Baroja, Pla y Delibes: “Estos son, sin orden ni concierto, algunos nombres a los que vuelvo una y otra vez”, resalta.

No es difícil para el lector establecer empatías con muchas de las entradas que se van sucediendo en este ameno cuaderno de apuntes. Riezu, además, no disimula su sensibilidad y su sentido del humor sobre tantos asuntos cotidianos y domésticos como trata en el libro. Y eso mismo ayuda a expandir y a compartir algo significativo muy suyo, algo de ese tiempo suspendido en el que la realidad se condensa en lo pequeño, en pasajes de su vida dispuestos tanto para nuestra curiosidad como para nuestra sorpresa. Son muchos los momentos en los que la escritora se interpela también con ese mecanismo de evocación de la experiencia vivida, consciente de que cuando lo hace no se puede quitar de en medio sin más.


Agua y jabón está concebido como un breviario en el que caben todos esos filamentos de archivo desvelado y vida arremetida. La vida reflejada aquí no se conforma con la mera observación, sino que incide en sus detalles, para extraer el lado vívido de sus recuerdos, convirtiendo sus disquisiciones y motivos en el meollo de asuntos que son comunes a todos, ya sea ir a dar un paseo o pararse a resaltar contrastes: “En el amigo busco pequeñas virtudes: cortesía, gracia, destreza. En la pareja busco grandes virtudes: voluntad, generosidad, honestidad”.

Este es un libro jugoso y ameno, un festín donde se comparte no solo el vértigo de escribir, sino también el de disfrutar de los pequeños placeres, de los libros y de sus autores. Por aquí aparecen Pepys, Pla y Ribeyro, diaristas por los que Riezu siente predilección. También otros muchos, como Vila-Matas, Anaïs Nin o Iñaki Uriarte. Su muestrario es amplísimo. Sabe que leer aproxima a esa verdad literaria e imprescindible que otorga la curiosidad por la vida de los demás y que ayuda a entender el mundo. Leer para escuchar a los otros y, de paso, escucharse a sí misma y contarlo con chispa.


lunes, 22 de agosto de 2022

Una baraja en juego


La literatura tiene mucho que ver con la pasión, el gozo y el juego de los sentidos. Tiene que ver bastante con el reconocimiento de la compañía de los demás o de la propia soledad, territorio íntimo donde se fragua lo que podemos hacer, lo que podemos ser, lo que deseamos y lo que no. La vida reflejada en los libros viene a ser esa referencia inasible del mundo que nos rodea, esa mirada que se engancha en todo lo que surge alrededor de quien la protagoniza, estableciendo un diálogo, silencioso muchas veces, pero en el que se traduce siempre el asombro y la lectura de lo que somos, de lo sabido, de lo aprendido, de lo insólito y de las respuestas no dadas. La literatura y la vida van así de la mano, expuestas siempre para ser juzgadas. Alternan, por igual, destino, indicios, posibilidades, a modo de una partida de cartas en la que el azar y el destino entran por igual jugando sus bazas.

Así se presenta la lectura de Los naipes de Delphine (Fórcola, 2022), de la ensayista y poeta Esther Ramón (Madrid, 1970), profesora de Literatura comparada, como un castillo de naipes en el que confluye en cada página alguna visión de la vida reflejada. Este es un libro que invita al juego, así lo expresa su autora en su inicio. Una invitación para dejarse empapar por la historia y simbología que cada naipe enlaza en sí mismo en la búsqueda por desvelar lo indecible de algún misterio dispuesto en su huella, en su conjuro, o en el relato implícito de su significado. Un libro que tiene su origen en el embrujo que le produjo a su autora la protagonista de El rayo verde, película que el cineasta francés Éric Rohmer llevó a las pantallas en 1986. Cuenta la vida de Delphine, una joven secretaria parisina sin planes para sus vacaciones después de que su amiga las cancelara en el último momento. Sola, triste y contrariada, decide emprender su particular viaje. En el camino conoce a una chica sueca que intenta animarla, pero solo consigue acentuar su sensación de soledad, hasta que, de repente, su destino, da un giro inesperado.

El gancho indagatorio del personaje, según cuenta la propia Esther Ramón, la impulsó a acometer una peripecia literaria singular, motivada por el pálpito simbólico representado por los dos naipes que la protagonista de la película encuentra en su aventura: una dama de pica y una jota de corazones. Esos dos hallazgos provocarían una llamada literaria para la escritora que iría conformándose en el tiempo hasta acabar en un libro sorprendentemente arcano. Los naipes de Delphine es un conjunto de textos breves enlazados, un total de cincuenta y cuatro cartas de diferentes barajas que invitan al lector a rastrear todo un mundo de espejos en el que tienen cabida las paradojas de la vida, su extrañeza y resonancias, sus máscaras y reversos, el tiempo, la nada, el miedo, la fuerza del amor o la aparición de una señal: una carta blanca, “como caja de silencio”.

Muchos de estos naipes también aparecen en los sueños de Delphine con ganas de revelar conexiones con la vigilia, como realidad vívida del tiempo. Cada uno en su perfil entona su apariencia, se sienten verdaderos intérpretes de pasajes de la vida. Por ejemplo, el cuatro de bastos aparece en un escalón con aire cauto, pero revestido de benéfico augurio. En otro, emparentado con el tarot, nos muestra un naipe que representa la templanza, el ángel que es en realidad un hermafrodita que vierte agua de una jarra a otra, con un pie en tierra firme, simbolizando el equilibrio y el autocontrol. Y así continúa Delphine con su aventura, desentrañando toda la cabalística e historias representadas en los naipes que le van saliendo al paso, en su anverso y reverso, desplazándose como la única forma de variar de rumbo y de buscarse a sí misma.

Los naipes de Delphine es un libro inclasificable escrito con mucho pulso filosófico y lírico en el que se traza un devenir de la vida como metáfora de un viaje en el que parece no existir apeadero, ni descanso alguno. En su andanza Delphine se cruzará fortuitamente con cartas, que le irán desvelando consignas vitales y cósmicas, señales inmersas en ese océano llamado tiempo en el que el pasado no es más que el mar sobre el que navega el presente de cualquiera. De alguna manera, Esther Ramón viene a decirnos, a través de su personaje, que siempre andamos a solas con nuestro presente, aunque portemos ese hilo temporal que conecta con lo que dejamos atrás, sin perder de vista lo que asoma por el horizonte. Como decía Heidegger, el ser abre y conecta mundos: nunca andamos estrictamente a solas con el presente, sino también flanqueados por las otras dos dimensiones de un tiempo pasado y futuro que nos obliga a interpretar sus vestigios.


A ese fin se dirige el libro. Su espíritu anda inmerso en el laberinto de dar respuestas a la experiencia de vivir. Cada uno de sus textos orienta su surco hacia el enigma del yo que lo representa. Así lo deja dicho en el epílogo Lina Meruane sin ambages: “La poeta ha barajado escenas como quien baraja recuerdos, como quien baraja vidas que piden ser desentrañadas y reconocidas en su complejidad”. Y desde luego así nos lo parece. El juego ideado posee su fascinante embrujo.

Esther Román sorprende por haber dado con el tono apropiado en su artificio, por lo bien trenzado que discurre su juego literario, con ese desparpajo propio de una echadora de cartas sumida en su afán por leer el porvenir. El resultado es un libro singular, visual y hermoso, en una edición sobresaliente colmada de ilustraciones que redobla su valor literario.


viernes, 5 de agosto de 2022

A ráfagas de lo inmediato


La literatura no es un artificio que se desentiende de la vida al imitarla, comentarla o ironizarla, sino la propia vida en sí. La literatura y la vida, la vida y la literatura andan cogidas de la mano como si tal cosa. Ambas se explican tan bien solas que cualquier ejemplo sería válido. No hay día ni obra en los que no ocurra más de lo mismo, aunque, si te paras a pensarlo detenidamente, la mayoría de las veces, lo que sucede es que lo inmediato se convierte en el dueño y señor de casi toda una jornada. Cada día de la semana parece un calco del anterior. Miras y ves que la rutina de lo cotidiano gira una y otra vez, como el cangilón de una noria: vueltas, más vueltas y vuelta a empezar. Y entonces aparece la literatura para darle sentido a esa tibieza persistente que permite ver detrás de lo que delante no se apreciaba, para mostrar otro ángulo, otro lado de la realidad que pueda ser conocido por un lector cualquiera en un intento de seducirlo y despertar su interés.

Este binomio tan intrincado aflora aún más en el diario, un género en el que el lector no se ve como un usurpador que trata de suplantar al autor para poder expresarse él mismo leyendo, sino que el lector de diarios se acerca al texto con una mirada más suspicaz, con ánimo de curiosear en los entresijos de la vida del otro, tras los pasos de alguna confidencia, para informarse o, en el mejor de los casos, para dejarse engatusar por lo que dicen las palabras de quien las escribe en clave autobiográfica. Pero claro, un diario nunca se lee como una novela, pues sus fragmentos y entradas, al distanciarse de cualquier tipo de trama y no seguir ninguna confabulación, imponen un ritmo de lectura más reposado, menos continuo. Precisamente porque está lleno de detalles que muestran instantes seleccionados, momentos reveladores en los que el propio escritor se interpela con ese mecanismo de evocación de una realidad vivida que, de alguna manera, será trastocada.

La rutina tiene muy mala fama pero gracias a ella seguimos adelante”, dice Karmelo C. Iribarren. Su Diario de K (Papeles Mínimos, 2022) es un libro que abarca un período que va desde 2010 a 2022 y resume en gran medida estas lindes de la escritura y la vida en las que el poeta ha ido fraguando, fuera del ámbito de la poesía, otro sesgo de su escritura, igual de contenida y cautiva de su propia vida. En este dietario encontraremos, como dice en el prólogo Jose Luis Cancho, “textos en busca de un nuevo modo de mirar y vivir”. El escritor donostiarra deja entredicho en ellos que escribir es una decisión de vida que se realiza a la par del resto de los actos de la vida, pero con la idea de ocupar inciertos vacíos del tiempo, alejados de cualquier otra motivación. Es, por tanto, un libro que habla mucho del aspecto literario y vital de quien lo promueve, y de la necesidad que lo provoca, un libro poblado de apuntes, aforismos, reflexiones y divagaciones luminosas, que bien lo retratan y hablan por sí mismas de su carácter: “La literatura me ha servido, entre otras cosas, para no ser el que no era”; “La prosa de la vida está llena de poesía”; “Me gustan los hoteles porque en ellos puedo sentirme como me siento en realidad: de ninguna parte”.

A lo largo del mismo asistimos como lectores a vislumbrar un jugoso cuaderno de notas, una suerte de cuartel de invierno del escritor, una alacena provista de hallazgos donde abastecerse. En Diario de K hay muchas claves de la vida y obra de su autor, también estancias e imágenes en las que se han ido colocando trazos de palabras que revelan hechos de lo que le importa de verdad como escritor, que no es tanto lo que le sucede, sino lo que hace con lo que le sucede, explorando, a modo de ensayo, lo que transcurre ante los ojos de quien escribe a poco que fije su mirada sobre el mundo que lo rodea: “La rutina tiene muy mala fama, pero es gracias a ella que seguimos adelante”; “A ser viejo no te enseña nadie, ni la vida. Ésta sólo te obliga”; “Si no escribo me quedo sin coartada ante mi vida”; “Para vivir no se necesita demasiado, pero siempre hay algo que nos falta”.

Pero no se piense nadie que aquí lo más reluciente y próspero del libro viene dado por la impronta consecutiva del aforismo, porque el dietario, o notas propiamente dichas, contienen un buen arsenal de reflexiones y críticas literarias, provistas de humor y socarronería, al igual que disquisiciones filosóficas sobre lo cotidiano del vivir y hasta breves piezas narrativas en la órbita del microrrelato. Todo su discurrir refleja la vida de un escritor en permanente diálogo interior sobre el devenir de las cosas, con cierto deje de misantropía y aire de flâneur, de callejero de su ciudad que fija su mirada y pensamiento en la acera de al lado, en la parada de taxis, en el vecino jubilado, o lo hace con más detenimiento sobre una misteriosa mujer enjoyada en la cafetería de un hotel.


Los lectores de Karmelo Iribarren que apreciamos su alma barojiana, su melancolía, la voz cercana y clara de su poesía, atraídos por esa manera suya de revelarnos los claroscuros de estar en el mundo, nos encontraremos con ese mismo hilo conductor y escenarios en Diario de K. Ambas escrituras se retroalimentan, con la misma sencillez de no tener que hacer ningún alarde filosófico, ni componenda simbólica para sumergirnos en su lenguaje, porque los sucesos que aquí se cuentan nos resultan próximos y creíbles, y caben todos en pocas líneas. Son notas cortas, lo suficiente como para que cada una, en su brevedad, nos diga todo lo que el autor se propuso. La soledad y el silencio se valen por sí mismos como punto de partida para destacar todo lo que acontece y desfila en un día cualquiera, venga de donde venga, ya sea de la lluvia, las luces de las farolas, de sus paseos y lecturas, de los recuerdos, del paso del tiempo, de los lunes, las mujeres, los desengaños, o del café en el bar, pero, sobre todo, del deambular de un hombre por las calles de su ciudad que encuentra sentido poético a las cosas que se mezclan con la vida y se empapan de ella.

Diario de K se lee con gusto y como los buenos libros de diarios, o de apuntes y notas, si se prefiere, no solo hablan de quienes los escriben, hablan también de quienes los leen, precisamente, son ellos los que, a ráfagas, nos van perfilando.