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lunes, 30 de septiembre de 2024

Allí desde siempre

Desde la curiosidad y perplejidad del título, el poeta León Molina (San José de las Lajas, Cuba, 1959) presenta su nuevo poemario estableciendo un juego con la polisemia de “puntal” que, como es sabido, posee un sentido de barra o viga que sujeta algo, y también, como extremo de una montaña que se asoma abruptamente al vacío. Por ese “puntal”, que da lugar a una extensa toponimia, planea el poeta sus vuelos y hallazgos entrevistos. Uno se imagina que el poeta se pone a mirar, a leer y a escribir en soledad, delante de la ventana de su estancia, frente a uno de esos puntales que asoman en la aldea albaceteña donde vive desde su infancia, y que, como he podido saber, lleva el nombre precisamente de “Puntal del aire”, una realidad persistente y reveladora para que el poeta se arrobe y juegue con sus atisbos: con la viga que sujeta los vientos, con el puntal al que se asoma el aire, el puntal donde él mismo se asoma a diario a recibir el aire que sopla allí desde siempre.

León Molina es fundamentalmente un observador del mundo que pisa y de sí mismo, un poeta incardinado con la naturaleza, maestra del silencio y de la que, a su entender, todo parte. Según él, la naturaleza es el nido que incuba las palabras. Hay certezas inmutables en ella de las que extrae su verdad poética, unida a esa percepción simbólica que encarna el contacto con el paisaje. Este poemario de ahora reproduce ese sentir de soplo ligero, cercano y evocador, urdido también con la idea de provocar nuestra curiosidad y discernimiento, sin la inquietud de perderse, como así destaca en los versos finales de uno de sus poemas: Para saber dónde se está / hay que perderse. Pero para un poeta como él, la realidad no basta, es preciso situarla en torno a uno mismo: Si todo gira en torno a ti / no te engañes, es sólo porque todo / gira sin cesar en torno a todo. Su mirada poética discurre a través del tiempo vivido y su espacio natural, sus confluencias literarias, el amor, y el devenir de los días. No hay poema para él sin ventana.

Puntal del aire (Trea, 2024) reúne cincuenta y siete poemas breves, en su mayoría, dividido en cuatro albores creativos por los que transitan una perspectiva vital más sosegada y experimental. Encontramos más enraizado su persistente asombro por la naturaleza y el paso del tiempo: ... la lluvia nos recuerda / que el tiempo sigue arando / como una vieja yunta; por el silencio, la memoria, el amor y el asombro del instante. Hallamos vivencias y ecos desde el significado del paisaje, siempre presente en su poesía: Otros ojos mirarán desde aquí / cuando yo ya no esté. / Frente a ellos estará mi mirada / que ayudó a construir este paisaje. Hay estados de ánimo, resonancias de amor, reflexiones en torno a la vida y evocaciones de días pretéritos y atajos de la memoria. Y en cuanto a su presentación formal, su poesía viene a estar concebida en el estilo que nos tiene acostumbrados: íntima, coloquial y breve, con aire de letanía aforística en la conclusión de muchos poemas, como vemos en estos versos finales de cuatro de ellos: Saber es repetirse ante el ocaso; Soy un hombre final / el último de los que he sido; Todo es verdad cuando se apaga; Nada es humano si no arde.

Molina, poeta de espíritu caribeño y alma herida también por la belleza del haiku, hunde sus pies en la tierra, como el árbol, para cantar a las aves, asomándose a las ramas incontables donde anidan. Sabe el poeta que escribir poesía no es solo tener una verdad, sino encontrar las palabras y los efectos y afectos que vislumbran, ya sea para traernos un pájaro negro e innominado o un diminuto petirrojo, ya sea para contemplar la quietud y el silencio de un bosque conocido: No hay más hondo descubrimiento / que lo nuevo en lo mismo, / los velos que caen de la quietud. Le importa al poeta encontrar su voz en la propia soledad y, así desgranar la voz del mundo: En la quietud miro mi mano/ y el lápiz. Esperando.

No nos equivocamos al afirmar que no hay poesía sin poema y que no hay poema sin poeta, ni lector de poesía que no esté dispuesto a ser parte de un eco de sonidos y sensaciones que puedan devenir en verdad salida de su propia interioridad. Decía Paul Celan que todo el que ha participado en conversaciones sobre lo poético, ha tenido la sensación de que tales conversaciones normalmente pudieran no tener fin, que nacen de la vida y la rebasan. Puntal del aire sugiere una conversación que deviene en empatía y reclama ser escuchada hacia dentro y hacia fuera, un libro cuyo eje central y directriz es la vida, o mejor dicho, el campo, el aire y el bosque copado de poesía.


El poeta, mientras escribe a intervalos sobre cómo descifrar el mundo y la vida, enmarca su mirada en la naturaleza, en el paisaje afín a sus reminiscencias. Deja ver que, en esa atención puesta, ya convertida en poema, pasan cosas ante sus ojos, dejando que se cuele la verdad del mundo, la realidad que nos conforma y examina. De allí, desde siempre, emerge esa verdad poética asentada de lo indecible. Este es un libro de lectura gozosa que revela el deambular creativo de su autor, un poeta curtido en vivencias con la naturaleza, que examina con talento y tino cómo todo vivir necesita de su liturgia y de su alimento, algo que la buena poesía dispensa para entendernos mejor con el mundo.


domingo, 19 de enero de 2020

Semilla o fruto de razón


Dice Schopenhauer que «cuando un pensamiento acertado surge en un cerebro, tiende a la claridad, y pronto la alcanzará, porque lo que ha sido pensado claramente encuentra con facilidad su expresión adecuada». Desnuda, es como la verdad nos parece más bella. Los aforismos poseen esa gracia de persuadirnos de la mejor manera y que consiste en no decir nunca más que lo que merece ser dicho. Como escritura liminar, es todo un semillero para leer reposadamente y pensar por lo breve. El aforismo es un artefacto verbal que se asienta entre la literatura y la filosofía, entre lo personal y lo analítico, entre lo ético y lo estético, pero también es «el camino más corto entre la poesía y el pensamiento», tal como subraya Andrés Trapiello.

Para un poeta, como León Molina (San José de Las Lajas, Habana, 1959), consciente de que la poesía está hecha de lo que se dice, pero también de lo que se calla, como decía Ángel Crespo, el cauce del aforismo es en buena medida, una corriente propicia para que el pensamiento y la epifanía surja del ojo poético y se estampe con afilado sentido. La buena acogida de su creación aforística iniciada con Mapa de ningún sitio (2015) le impulsó a continuar la senda de la prosa mínima antologando dos publicaciones sobre el género. En la primera de ellas, Verdad y media (2017), reunió una amplia colección de aforismos españoles editados entre el periodo que va de 2001 a 2016. En la segunda, bajo el título de La poesía es un faisán (2019), el autor se centró, en esta ocasión, en recoger una amplia selección de textos cortos publicados en español sobre la poesía y los poetas que mejor mostraran el vigor expresivo del género.

En cambio, ahora, con Tirar la piedra y esconder la mano (La Isla de Siltolá, 2019), vuelve a sus andanzas aforísticas de creación propia para acotar su decir concentrado sobre todo lo que rodea a su mundo. A Molina no le aflige subrayar sus preocupaciones existenciales, ni las vanidades que el propio vivir contagia. Sabe que “todos los mundillos impiden ver el mundo”, por eso escribe. Como también sabe, y así lo expresa en uno de sus aforismos que: “Mejor que un proyecto de vida, vida para los proyectos”. El tiempo se encargará de sancionarlo todo. Por eso, en otro de sus alumbramientos, se apresura en poner el acento en la incertidumbre de vivir: “En realidad vivimos por si acaso”.

En este nuevo volumen, Molina opta por la vertebración temática para organizar su escritura aforística, algo que el lector atento agradece, teniendo en cuenta que esta forma de presentación permite al lector saltar de asuntos a su conveniencia, de manera más acorde a su gusto, una posibilidad muy en consonancia con las características del género y el libre albedrío. Y con una advertencia implacable, que debe ser bienvenida para tantos chiflados de los libros, como es mi caso: “Para tener una relación plena y gozosa con los libros es necesario tener una vida rica al margen de ellos. Se trata de una relación de pareja al fin y al cabo”. Así también lo creo, hay vida más allá de ellos.

Los aforismos de León Molina aglutinan máximas, reflexiones, apuntes, epifanías, proposiciones, notas, fragmentos, una amplia tentativa en la que bien podría encajarse el conjunto de sus cerca de quinientos aforismos que conforman la totalidad del libro, en el que destaca, además de su brevedad, su plasticidad, preocupación ética y el gusto por la paradoja. Dividido en treinta y cinco epígrafes, que van desde la belleza, la lectura, la soledad, el pensamiento y las cosas de la vida, para continuar con el humor o la intimidad y compañía, hasta acabar en la memoria y la libertad. El volumen conjuga por partes toda la versatilidad que las expresiones contienen, un modo escueto pero amplio, valga el oxímoron, de aproximarnos a la filosofía y a la poética de quien lo firma.

Cada postulado suyo persigue un enunciado lacónico donde esparcir un asombro, un vislumbre condensado, una epifanía con algo por descifrar o algo que da qué pensar, como este aserto suyo tan poético: “El que lee para distraerse hace lo mismo que un lector, pero no llega a serlo. Un avión vuela, pero no es un pájaro”. El espíritu aforístico del libro anda por un decir concentrado de todo lo que rodea y acota el discernir del tiempo, en donde Molina subraya sus preocupaciones existenciales así como sus contradicciones: “Me concentro fácilmente. Lo atribuyo a que he llevado una vida muy diversa”.

León Molina es fundamentalmente un observador del otro y de sí mismo, un autor incardinado con la naturaleza, maestra del silencio y de la que, a su entender, todo parte: “La naturaleza es el nido que incuba las palabras. Y las demás son falsas”. Hay certezas inmutables en ella de las que extrae su verdad realista e idealista, unida a esa percepción naturalista y simbólica que encarna su contacto. Este libro reproduce ese sentir de aire ligero, cercano y fragmentario urdido para también leernos un rato, con la idea de provocar nuestra curiosidad y discernimiento.

Tirar la piedra y esconder la mano es un libro fecundo, un destilado de pensamientos y sentimientos bien pulidos, con gusto y halo poético, dispuestos a preguntarnos sobre la filosofía del porqué de las cosas, esa misma que refleja su autor en la que “todos somos notas al margen” en el libro de la vida.

martes, 13 de marzo de 2018

Desde la verdad vivida


Rilke recomendaba a un incipiente poeta, que le pedía consejos sobre su quehacer literario, que volviera su poesía a los asuntos que le ofrecía su propia vida cotidiana: sus melancolías y deseos, los pensamientos fugaces, la fe en alguna belleza y la mirada sobre las cosas de su ambiente que le eran más cercanas. Si hay algo consustancial en la poesía de León Molina (San José de las Lajas, Habana, 1959) es, precisamente, esa persecución de la que hablaba el autor de las Cartas a un joven poeta (1929), de recurrir a la naturaleza en pos del hallazgo poético. Bien es cierto que el escritor cubano no solo recurre al paisaje del bosque y del campo, sino que bajo ese influjo que otorga el asombro de ambos, su poesía se adentra en el entorno personal de la conciencia y de la memoria, en el paso del tiempo y en el silencio de sus instantes.

Molina vive desde su tierna infancia en Albacete, y en su residencia alojada al abrigo de la Sierra del Segura mantiene el observatorio intimista que le otorga ese escenario natural para crear su universo poético: Observar a los pájaros/me ha enseñado a observar el mundo, escribe en unos de sus poemas de su libro Un hombre sentado en una piedra (2016). En El taller del arquero (2014), su libro predecesor, quizá el más poliédrico en cuanto a su forma, se apura en dar cuenta de esa manera de ser y de estar en el mundo, como diría Heidegger que corresponde a todo verdadero poeta: Regreso al mismo lugar./ Unas cosas están donde estaban/ y otras no./ Eso es el tiempo./ El nido que incuba/ las emociones.

En Micromicón (Takara, 2018), su más reciente poemario, la forma de mirar el paisaje, el trino de las aves o, sencillamente, el sentir del aire del campo vuelven con la misma intensidad y evocación que en sus anteriores libros, pero en esta ocasión desde la distancia corta, bajo una construcción más condensada e intimista. Construir un poema con pocas palabras requiere la eficacia precisa y la trascendencia necesaria para que no derive en una mera paradoja poética. Molina no cae en esa trampa y, como buen arquero, arma con rapidez e intensidad sus dardos poéticos. Incluso, en algunos de ellos, el eco del haiku y el aforismo es insoslayable y, al leerlos, transciende una vez más lo que el poema breve fulgura y lleva de dardo, provocando en el lector el milagro de asistir al asombro de su chasquido: Se cruzaron nuestras miradas/ y nos dijimos que era que sí/ y que iba a ser que no.

Hondura y emoción es el credo poético que sostiene al centenar de micropoemas reunido en esta nueva obra suya. Más allá de sus hallazgos, hay una inusitada intención inquisitiva de lo que ocurre fuera y dentro de la mirada del poeta. Todo lo que se sucede posee sus destellos metafóricos: Al atardecer, en el porche,/ barriendo las luces caídas. Y en esa tarea afanosa de captar instantes: Ejerciendo mi oficio/ de catador de atardeceres, el poeta examina su estado y agradece, con ironía, lo que le va deparando la experiencia de vivir, sin patetismo, ni pesadumbre: No sé de casi nada./ Pero disfruto mucho todos los casi.

Para muchos lectores de poesía que acudimos al poema sin un fin concreto, solo animados por el gusto y la musicalidad de las palabras o, tal vez, alentados y esperanzados en vernos reflejados en la propia existencia del poema, los textos que conforman el presente libro incorporan además un aditivo nada desdeñable: la brevedad y la precisión. Por encima de la rima y la métrica, lo que identifica a la poesía que hoy en día transita por los albores de este siglo, a diferencia de otros tiempos, son la concisión y la exactitud, un minimalismo abducido, tal vez, por la incidencia de las redes sociales. Micromicón es un libro tejido bajo esa concisión minimalista a la que hay que añadir otro rasgo significativo e importante: la intensidad. Intensidad quiere significar concentración, instantánea, epifanía y credo: El poema que persigo es aquel/ que pudiera acabar un día/ cubierto por el musgo.

León Molina conoce sus itinerarios interiores y circula a través de ellos con inusitado tesón y frescura. Las entradas en estos itinerarios se producen desde dentro y desde fuera, es decir, de lo que nace en su interior y de lo que sucede ante sus ojos. Un estímulo cualquiera, como el canto de un pájaro, un color del cielo o un recuerdo, lleva su pensamiento a un lugar interior concreto donde se fragua el sentido del poema, como el nacido en estos versos: Escribir para aprender./ Escribir para sobrevivir. / Para aprender a sobrevivir. / Para sobrevivir al aprendizaje.

La poesía de Molina explora la realidad del mundo a través de la mirada y de la conciencia, en un ejercicio ceñido a la brevedad y construido con las palabras justas que requiere despojo y toque de sabiduría. Las piezas reunidas en este volumen contienen esos pálpitos suyos que transitan consagrados al llamado de la naturaleza y sus significados secretos, dando paso a las emociones de quien la contempla desde la verdad vivida.


lunes, 4 de abril de 2016

Observatorio

Los lectores de poesía, cabe suponer que entusiastas de esta disciplina literaria, van a redoblar su fervor hacia el género cuando lean Un hombre sentado en una piedra (La Isla de Siltolá, 2016) del poeta, haiyín y aforista León Molina (San José de las Lajas, Habana – Cuba, 1959). El autor, en esta ocasión, propone un poemario de sesenta y ocho piezas que se entroncan a su vez en cinco partes por las que discurre su mirada poética a través del tiempo vivido, el espacio natural, sus confluencias literarias, el amor, y el devenir de los días.

Más allá de las razones que pudieran explicar y justificar la aparición del título, insertándolo como una pieza más en el contexto de su obra, y más allá incluso del valor general que esta posee, nos encontramos ante un libro que, de alguna manera, se sitúa en un plano superior al de otros anteriores suyos.

Desde cierto punto de vista, diríamos que los temas tratados son asuntos comunes en su poética. Más o menos son los mismos de siempre pero, en esta ocasión, trazados desde una perspectiva más sosegada y experimental. Por sus versos confluyen la naturaleza, el tiempo, el silencio, la memoria, el amor y el asombro del instante. Hallamos pinceladas de paisajes, siempre presentes en su poesía, estados de ánimo, desamor, reflexiones en torno a la vida y al paso del tiempo, evocaciones de días idos y atajos de la memoria. Y en cuanto a la forma, viene a estar en los parámetros a que nos tiene acostumbrados: coloquial, susurrante, íntimo y preciso.

Lo que cambia, en esta ocasión, en Un hombre sentado en una piedra es el tono que aflora desde la voz de la madurez avanzada, tamizando el devenir, convirtiéndolo en un estadio contenido, silencioso y personal, en un canto sereno a la vida. El título mismo encierra un mensaje reflexivo donde se nos anuncia ese atisbo de sensatez de los años acumulados que, en ningún caso, significa adocenamiento ni claudicación, sino todo lo contrario: el encuentro con la aceptación y la plenitud del sentido de las cosas: Los años que he vivido/ son una sombra azul/ alimentada por el musgo/ fosforescente de la pérdida... (pág. 25).

En gran parte de sus poemas, León Molina nos deja entrever que ese largo recorrido que supone observar el mundo y dialogar con él es una travesía vital que se inicia desde muy temprana edad cuando uno está más ávido de buscar respuestas: Yo era de carne y hueso/ cuando era joven./ Ahora miro mis manos/ y son dos palabras/ llenas de palabras (pág. 29).

De igual manera, encontraremos otros poemas de inusitada belleza que transitan por esa cosmogonía propia del autor en la que no falta su amor a los detalles vivos de la naturaleza en el campo y en la montaña, como la belleza de una polilla, los resortes de una tormenta, el fragor del chopo, el canto de un sapo partero o el viento de la noche. Después rendirá tributo a poetas contemporáneos que admira, como Ángel González, Ungaretti, Joan Margarit, César Vallejo y, sobre todo, por tres veces, a su maestro, como así llama a José Corredor-Matheos, citado al inicio, en medio y en el colofón del libro.

Hay un aire de melancolía que el lector detectará en gran parte de los poemas, pero nada que ver con la desolación y la tristeza. Al contrario, esa nostalgia y sentimiento de pérdida se transforman en una manera de canto sereno y evocativo de nuestro paso por el mundo.

Un hombre sentado en una piedra es un libro hermoso, urdido desde la sencillez narrativa, un propósito siempre bien anticipado en cada estrofa. Molina sabe extraer el fulgor de lo cotidiano de manera concisa, breve y natural.

Si en El taller del arquero (2014) el bosque es el lenguaje del poeta, en Un hombre sentado en una piedra el observatorio del tiempo y sus consecuencias son los que sustentan todo el poemario, como continuas indagaciones a la verdad sentenciada en las postrimerías del texto: La vida que me queda/ es la que puedo recordar.


sábado, 25 de abril de 2015

Breviario del arquero

La realidad del aforismo en los momentos actuales parece evidente que es un género literario que cuenta cada vez más con ávidos lectores que exigen o piden escritores que se acojan a esta fórmula literaria en alza. Entre éstos, destacan los poetas, para mí, los mejores orfebres de la composición minimalista y, entre la legión de lectores, son muchos los tuiteros que curiosean de forma creciente por las antologías que van proliferando en los catálogos de las diferentes editoriales de nuestro país. Ahora, el sello La isla de Siltolá se une a la fiesta con los primeros números de su nueva colección sobre este género tan singular y atractivo.

Mapa de ningún sitio, del cubano León Molina (San José de las Lajas, Habana-Cuba, 1959) corresponde al volumen número dos de dicha colección y es el primer libro de aforismos publicado por su autor. Este escritor caribeño, poeta, haijin y aforista, tiene aspecto de hombre lobo, pero sólo en apariencia, enamorado de la naturaleza y de los pájaros del bosque albaceteño que, con su cabeza adusta y nívea, evoca a las de los viejos pensadores griegos. El pasado otoño publicó El taller del arquero (La Garúa, 2014), un hermoso y deslumbrante poemario que tuvo su reseña en esta bitácora.

A Molina le gusta escribir poesía con arco y flecha. Tampoco se desarma cuando se ocupa del discurso conciso de la brevedad y no duda en cargar su escritura con el arsenal de la ironía y la paradoja. En este compendio aforístico, donde tampoco faltan sentencias intimistas y conjeturas moralistas, examina con puntería los quehaceres de la vida, el sentido poético de la naturaleza y, sobre todo, la realidad del hombre y sus consecuencias. Un amplio temario reflexivo, escrito con destreza, y pulido de polvo y paja, que fluye por las coordenadas universales del pensamiento e invita a la reflexión, al asombro y a la duda.

León Molina, como buen amante de la paradoja, en su nueva faceta de aforista, se empeña en escabullirse entre la sinceridad fingida y el sincero sentimiento. En estas píldoras de pensamiento condensado, el poeta cubano nos revela, no sólo su filosofía de vida, sino también sus debilidades personales, sin ataduras de ninguna clase. Lo más significativo para el lector de este breviario, con sus más de cuatrocientos registros, es la verdad que late en cada una de sus frases, muchas de ellas son verdades ancestrales y otras de rabiosa actualidad, como estas once perlas:

Cada día es toda una vida en miniatura.
El saber que no ocupa lugar desaparece.
La seducción es mucho más entretenida que el amor. Dónde va a parar.
Lo importante no es lo que haces sino lo que hagas con lo que haces.
No pasa nada por no leer. Pero si lees pasa de todo.
Filosofía y poesía. Tan distintas. Nadie diría que son hermanas.
El ser humano es ante todo un ser propenso.
La verdad no tiene nada de particular.
La soledad no cura las heridas, pero las desinfecta.
Para afiliarse a un partido primero hay que desafiliarse de uno mismo.
Leer poesía es como amasar pan.

La sensación percibida después de leer y releer este breviario es la de que León Molina no es un advenedizo en la materia, sino alguien que sabe cómo se cocinan estas minucias literarias y el lector reconoce que entre las cualidades que debe reunir el aforismo, más que la brevedad, están su inmensidad (valga el oxímoron) y su acierto.


En suma, una buena oportunidad de aproximarnos al territorio exigente del aforismo. Mapas de ningún sitio sorprende por su tino y sutileza, algo propio de un arquero bien entrenado en el haiku y armado de prosa mínima y de poesía.

martes, 9 de diciembre de 2014

Cuaderno de campo



León Molina (San José de las Lajas, Habana, Cuba – 1959) nos propone un paseo botánico por El taller del arquero (2014), un título metafórico que se aleja de la caza, pero que invita a la mirada furtiva y a la agudeza del oído, para convocarnos a su verdad poética y mostrarnos el alma de sus versos. A los que nos gusta la naturaleza y el senderismo sabemos que no hay nada tan saludable y tan poético como una larga caminata por el bosque y el campo.

Molina, un haijin caribeño y vigoroso, unido y apegado a la naturaleza por la que siente pasión y entrega, afirma que su vida se reparte entre Albacete y la aldea de Yetas, en el municipio de Nerpio, en la sierra albaceteña, el lugar donde arma su mirada poética para trasladarla al cuaderno de campo que lleva siempre consigo y poner letra a todas las instantáneas que su cámara fotográfica alcanza. Llegó a España con apenas nueve años para, más tarde, en plena adolescencia, recalar en este rincón de la Mancha donde lleva afincado toda una larga vida.

El taller del arquero es un hermoso y deslumbrante poemario, un libro concebido para crear vínculos, con sentido de la hospitalidad, en un entorno que transita por el bosque mediteráneo donde las huellas de los pájaros son constelaciones que lo cubren. León Molina es meticuloso, capaz de despachar en verso el trino de un pájaro, desde una curruca mirlona, como la que aparece en la portada del libro, de melodioso canto que recuerda al mirlo, hasta las notas de un ruiseñor solista bajo el contrapunto de un cuco. Para un poeta ornitólogo, como él, estos habitantes voladores del bosque están impregnados de la savia poética de la naturaleza, capaces de inspirar un imperioso poema y susurrarnos que el encinar aparece envuelto en gasas de silencio o que cuando la tormenta comienza, después la lluvia se encarga de crear un bosque nuevo e imaginario en el que el musgo se abraza a la roca, o en un haiku certero glosar sobre la nieve/ las huellas del gorrión/ y las del gato, hasta llegar a incubar emociones mediante aforismos como éstos: La intensidad es lenta./ Pero sucede en un instante; Lo que no es/ forma parte de lo que es./ De ahí la poesía...

León Molina viene a decirnos cómo escribe su poesía, como el que oye el habla de los pájaros, sin nada que añadirle, sólo la curiosidad y prestancia del oído al asomo musical de sus picos, y subraya que el hombre en la naturaleza es un íntimo contraste. Molina encarna la estirpe de un cartujo biólogo que concita a la contemplación de la maleza, los árboles y sus pequeños habitantes, un monje de ese monte, templo del lenguaje y sus criaturas cantoras.

El poeta Molina, de espíritu caribeño y alma herida por la belleza del haiku, canta con la destreza de un arquero al bosque que adora, a sus aves y a las ramas incontables donde anidan. Sabe el poeta que escribir poesía no es sólo tener una verdad, sino encontrar las palabras y los efectos necesarios para contagiársela al lector y provocarle sentimientos. El taller del arquero ha sido un hallazgo hermoso, publicado en La Garúa, una editorial joven que lleva una década apostando por las voces emergentes de escritores y, aunque el cubano ya tiene su añada poética y ha publicado anteriormente varias antologías, encaja con holgura en el espíritu de este sello independiente que cree en el valor de la poesía y en el trabajo de sus artífices.

Decía Octavio Paz que “la poesía es conocimiento, salvación, poder, abandono” y Molina lo constata a su manera en el terreno que le es propicio: el campo y el bosque copado de vida. El taller del arquero es un compendio de salvación, un recopilatorio didáctico de instantáneas poéticas que destila resonancias orientales de los maestros del haiku, un cuaderno de campo elaborado con mimo, tiempo y emociones; sin duda, de lo mejor que he leído este año en verso.

jueves, 7 de marzo de 2013

Tenemos que rearmarnos

No sé si lo que he leído es un ensayo, o una crónica, o quizás encaje mejor en una narración reflexiva. Lo cierto es que Antonio Muñoz Molina me ha cogido por las solapas del abrigo y me ha zarandeado para espabilarme de la irrealidad vivida durante los pasados años. Digo esto porque Todo lo que era sólido ha sido un libro necesario. Necesitábamos que alguien escribiera un alegato del pasado reciente con el temple y la agudeza exigidos. Y estas cualidades las despliega Muñoz Molina con solvencia y sin prejuicios. 


Este libro es una pócima que tienes que tomar para digerir el mapa desolador de la economía de nuestro país. Es necesario leerlo por su elocuencia, por lo bien escrito que está y porque es profundamente didáctico y claro. Celebro su publicación y lo recomiendo vivamente ahora que corren tiempos de apechugar desmanes de excesos y culpas de muchos. Tenemos que rearmarnos y mostrar esperanzas para nuestros hijos, los grandes perjudicados de esta era llena de incertidumbres. Todo lo que era sólido es un texto reflexivo y cabal, obligatorio.