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lunes, 3 de octubre de 2022

Aire de rebeldía y venganza


Somos las historias que nos narramos, y esos relatos no son nada inocentes. Por eso la ficción posee la virtud de moverse libremente en el tiempo: es memoria y es presente. De tal manera que la escritura que convoca el pasado también nos lo refuta, a veces, implacablemente, cuando el recuerdo se reviste de aspereza y pesadilla a merced del narrador. Digamos que la narración realista de algo presenciado resulta siempre inexacta, ya que todo testigo sostiene su visión parcial, sesgada y discutible, pero cuando el testimonio se sucede de forma circular en un mismo espacio a lo largo del tiempo, el relato viene a ofrecernos una narración casi irrefutable.

Lo inventado e imaginado por Layla Martínez (Madrid, 1987) en Carcoma (2021, Amor de Madre), su debut novelístico, viene a decirnos que seguramente sea el novelista el artífice que mejor puede contar una historia de violencias silenciosas sin atenerse a nada y sin objeciones o cortapisas ante los demás. Las dos protagonistas de su libro, una nieta y su abuela, cada una a su manera, nos irán contando los entresijos, secretos, rincones y fantasmas que encierra la casa familiar que habitan. En sus voces descubriremos los cajones, puertas y escondrijos que han sobrevivido al paso del tiempo y que continúan validando su existencia con el resto de las otras cosas de la casa, sus estancias e historias ocultas de mujeres ultrajadas que la ocuparon.

La casa expande sus ecos a través de las voces de cada una de las dos narradoras que desvelan sus hitos. De tal manera que esa alternancia permite ensanchar el tiempo, desenredando todo aquello que aconteció en el interior de la misma y aquello otro que trascendió fuera de ella, a la luz de los demás. Layla Martínez logra llevar consigo al lector al interior de la misma y hacerle ver, sin tener que pararse a descifrar, las expresiones de sus dos narradoras y sus gestos, hasta dejarnos oír los tonos de sus voces y sofocos, causados por los estigmas infringidos en el seno familiar: “Eso es la familia –dice la abuela–, un sitio donde te dan techo y comida a cambio de estar atrapada con un puñaíco de vivos y otro de muertos. Todas las familias tienen a sus muertos debajo de las camas, es solo que nosotras vemos a los nuestros, eso decía mi madre”.

Abuela y nieta van entreverando su relato concerniente a un hecho que se irá desvelando a medida que avanza la narración, partiendo de la memoria de cada una de ellas, de la de sus allegados, de la casa como escenario y núcleo central de todo, hasta llegar al momento presente. La autora, incluso, va más allá y transforma el lugar en personaje vivo que, a menudo, habla por los objetos que guarda de sus moradores dispuestos a capricho y convertidos en testigos, por tanto, del paso del tiempo y de los abusos de quienes rebajaron la convivencia del hogar a la infamia. Carcoma es todo eso, pero también un desacato verosímil que se entronca y remueve como larva por los rincones de una casa provista de los misterios indecibles de quienes la ocuparon. No se trata de un hogar extraño, ni lejano, sino similar a muchos otros domicilios rurales que lastran también sus sombras y vergüenzas.

Carcoma destaca por su ritmo narrativo, por lo que trasciende desde su espacio, el de una casa enclavada en un contexto y tiempo de violencias patriarcales y de clase dominante que no parece acabarse, sino que se resiste a desaparecer para seguir haciendo de la suyas. Y destaca también por el deseo consabido de una mujer dispuesta a vengar su papel femenino doblegado por esa familia representada por los Jarabo, a quienes la autora les reserva su punto enunciativo en la trama tan solo como afrenta de poder establecido, ya que la atención narrativa se centra en las cuatro generaciones de mujeres que habitaron la casa sobrellevando el lastre de una estancia ultrajada por gente como ellos que podían hacerlo impunemente.


Carcoma es un libro intenso, pese a su brevedad, un relato sombrío y estremecedor en el que se pone de manifiesto que el hogar es un decantador de conflictos e intrigas, y en ningún caso un lugar para el conformismo. Carcoma es, además, una novela escrita con mucha destreza narrativa para encajar una historia familiar terrible que mantiene al lector en vilo hasta el final, un relato larvado desde el interior de la casa común donde vivieron nietas, hijas, madres y abuelas, un lugar, como dice una de sus protagonistas, donde “los muertos viven demasiado tiempo y los vivos demasiado poco”.

Layla Martínez ha sabido articular en su primer salto al género una más que interesante novela rural en la que aborda el vínculo familiar, ese que aparentemente nunca o casi nunca desaparece en nuestras vidas y al que todos estamos destinados a proteger, sin menoscabo de que surjan mujeres valientes dispuestas a desenredar lo que durante tanto tiempo mortificaba sus vidas desde lo más profundo de su seno.


miércoles, 12 de mayo de 2021

Sed de venganza

Todo el mundo sabe por experiencia propia que, poco o mucho, las personas podemos equivocarnos sin más. He aquí una constante decisiva y, en muchos casos, concluyente, que se da en la vida de cualquiera de nosotros. Esa experiencia común a todos se conjura de forma permanente en la realidad de nuestra existencia y condición humana. Por eso mismo, nadie puede confiar plenamente en sí mismo. Nadie puede asegurar del todo quién será mañana, qué posición adoptará en el mundo, ni tampoco pronosticar las consecuencias o el alcance de sus actos. Llegamos así a un punto crucial que tiene mucho que ver con el sentido de la novela que nos ocupa, esto es, que los muchos interrogantes de nuestra vida lo que más demanda son respuestas.

Sobre todas estas disquisiciones filosóficas se erige la trama de El oficio de la venganza (Punto de vista, 2021), de L. M. Oliveira (Ciudad de México, 1976), una novela con fuste, que marca el inicio de la nueva colección de narrativa que el sello editorial acaba de lanzar. Su autor, ensayista y profesor de Filosofía, cuenta en su haber con varias novelas ya publicadas: Bloody mary (2010), Resaca (2010) y Por la noche blanca (2017). En esta de ahora, además, está muy presente la idea de que la vida nos viene no solo de fuera, sino de dentro. Por esa segunda razón nos vamos a encontrar en sus páginas con el ímpetu de un hombre achicado que trata de solventar la adversidad sobrevenida, la misma que inevitablemente le empujará a una venganza imparable.

El protagonista de esta trepidante historia, Aristóteles Lozano, vive felizmente con su pareja Julieta, una joven escritora en ciernes a quien ama. Ambos habitan en un confortable apartamento, sin problemas económicos aparentes y acompañados de Jamón, un perro buldog francés. Digamos que Lozano atraviesa por un buen momento en su vida afectiva. A todo esto, se une su consagración como crítico de literatura que firma bajo seudónimo y su vocación gozosa de poeta secreto alejado de cualquier tipo de reconocimiento. Sin embargo, esa paz y serenidad se van al traste cuando aparece Cristóbal San Juan, hijo de la vecina de al lado. Cristóbal tiene toda la pinta de ser un hombre taimado que, por donde anda, lo sacude todo, la mejor manera, según él, de entenderse consigo mismo para ir al encuentro de Dios. Ese misticismo recurrente lo sostiene con soltura, gracias al carácter solapado de impostor procaz. Su aparición trastoca todo el bienestar de Aristóteles, hasta el punto de que se fuga con Julieta, llevándose también a Jamón. Aristóteles cae en un desasosiego profundo, víctima del dolor producido y de no saber salir airoso del estado anímico en que ha quedado. Pero poco a poco descubre una transformación que le incita a tomar represalias, a pensar en un ajuste de cuentas que planea perpetrar más pronto que tarde.

La novela de L. M. Oliveira se acerca a un tratado sobre la venganza. A lo largo de sus páginas podemos encontrar un buen puñado de interesantes reflexiones sobre la venganza, cuyo punto álgido podría señalarse en la ingeniosa clasificación que determina sus tres maneras de consumarla: la venganza reactiva, la más primaria; la venganza obsesiva, la más insistente; la venganza fría, la más prolongada. De las tres, la última es la de más largo trayecto, la más meticulosa y razonada. La venganza fría, nos viene a decir el narrador, requiere la misma paciencia y peripecia que requirió la escritura de El Conde de Montecristo, por ejemplo. ¿Qué hacer por amor? ¿Los celos y la venganza se anteponen al amor? ¿Puede el pusilánime envalentonarse para salvar su honor? A todas estas preguntas se enfrenta Aristóteles Lozano cuando Cristóbal San Juan le arrebata lo que más quería.

Al inicio del relato, el acercamiento de Cristóbal logra transformar la idea que Aristóteles tenía sobre su relación con Dios. Él es un católico sin fe y Cristóbal le persuade ofreciéndole algo en qué creer. Por ello podemos decir que, en su treta, Cristóbal se vale de un discurso evangelizador para acaparar la atención y predisponer la conciencia del otro hasta conseguir el engaño. Llegado a este punto, hay un fuerte sentimiento en Aristóteles Lozano, un rebrote que deviene en sed de venganza, cuando ni siquiera remotamente lo hubiera contemplado en su fuero interno.

El oficio de la venganza es una historia vívida que, sin pretender exponer una tesis filosófica, puede acabar siendo vista de esa forma, una historia que se desarrolla en las proximidades de ese límite establecido entre aquello que tiene sentido y aquello que carece de él. Hay, por tanto, una reflexión sobredicha por el protagonista que encajaría en esta contundente afirmación: “existen afrentas que revuelven los ánimos de tal forma que la única salida que le dejan al espíritu es la rebelión”. Es, por otra parte, una road movie escrita en primera persona que transcurre por Nueva York, Barcelona, Roma, Michoacán, Ciudad de México y Seúl, un trazado narrativo ágil de mucha agudeza y garra, la suficiente para que el plan incontrolable en el que le va la vida al narrador trascienda y cure su desdicha.

Estamos siempre convocados a narrar, decía Piglia. De siempre se han contado historias de pérdidas y se seguirá haciendo. La literatura se ocupa de que nunca falte ese cauce para mostrarnos la complejidad del mundo, no desde una atalaya, sino a través de los ojos de sus narradores, capaces de contarnos lo inefable. Oliveira lo hace, con talento literario y buscando un punto de vista moral que le dé sentido a todo lo que cuenta.