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sábado, 26 de septiembre de 2020

Seres desamparados


Como bien dice la solapa de la cubierta de las brujas (Destino, 2020), la nueva novela del escritor gallego Celso Castro (A Coruña, 1962), su tierra siempre le ha dado la semilla y la atmósfera precisas para que todas sus historias encuentren allí el lugar propicio para desarrollar su imaginario. En ese mismo escenario, sus creaciones literarias han ido cuajando un sesgo más natural y genuino, gracias al discurso narrativo que otorga esa voz singular y espontánea de la primera persona, que ya pudimos ver en anteriores obras suyas, como en astillas (2011), entre culebras y extraños (2015) o sylvia (2017).

Al igual que sus predecesoras, las brujas también se presenta con un título en minúscula, y en esta, como en las anteriores, sus personajes, adolescentes conocen el sufrimiento, la soledad, la codicia, el encierro, la derrota e, incluso, todos ellos tiemblan de una subterránea fragilidad que los hace entrañables. A todo esto se une la voluntad del autor de presentar un desarrollo narrativo que fluye sin puntos y aparte, una simplificación estilística que logra un ritmo intenso en el discurrir narrativo, merced a esa conducción musical apoyada en la frase corta y pulida de su prosa, en la palabra mínima y ajustada del lenguaje.

El protagonista de las brujas, que es quien narra la historia, se encuentra inmerso en un lastre que le provoca una desazón de identidad. Desde que viniera al mundo, sabemos que fue alguien no aceptado en el seno de su familia. La madre lo rechaza y su hermano mayor le hace la vida imposible. A esta situación lastimosa se añade la condición de la mujer que lo amamantó, una bruja lugareña que tiene una hija, lorena, su hermana de leche, con la que mantendrá una íntima relación controvertida.

A medida que el lector va entrando en ese entresijo existencial en el que se halla inmerso el narrador, percibe cómo se va forjando en su interior un sentimiento de culpa que se va agrandando conforme avanza la novela. La culpa aparece como aversión a su condición de ser un sujeto no deseado en su hogar y, también, como consecuencia involuntaria de compartir otro orden fuera de lo común: una historia de amor casi filial mal vista y señalada por todos como maléfica.

Castro sabe aprovechar ese ambiente malsano impregnado de estigmas de brujería y esoterismo para realzar la trama que roza ese aire fantástico-mítico que la propia superchería popular va minando en el ánimo de su personaje. Todo lo supersticioso que trasciende tiene su conato social hasta el punto de que la historia de amor nacida entre lorena y el narrador se convierte en culpa y maldición. Aun así, esta adversidad no les impedirá sobreponerse a dicho destino cautivo de aceptación: “por eso decidí salir y abrirme a lorena, a la vida que representaba. y me entregué creyendo que podría mantener cierta sobriedad...”

Hay mucho de pasión, incomprensión, vida y soledad en esta historia mágica de dos seres desamparados que anhelan ser libres. Por esta hermosa novela breve trasciende aquello que decía Herta Müller sobre la literatura, que viene a constatar que la literatura habla con cada persona a título individual, que es propiedad privada y que permanece en el interior de la cabeza y del corazón de quien se acerca a sus confines: “Nada nos habla tan profundo como un libro, sin esperar nada a cambio, salvo que pensemos y sintamos”.

Es precisamente eso lo que uno obtiene con la lectura de las brujas: reflexión y sentimiento, pero también, gozo. Porque es mérito de su autor que uno se vacíe y entregue su imaginación, dispuesto a dejarse llevar por el engranaje rítmico de una narración que te lleva de la mano hasta la conclusión de la historia que, por coherencia y propósito de su creador, también termina sin punto final, como otros libros suyos, con la idea de que cada uno complete o divague sobre lo no dicho en la novela.

Celso Castro tiene esa manera tan particular de poner fin a sus novelas, que deja la sensación en quien lo ha leído de ensanchar su imaginario e incitarlo a salir de su propio mundo. Por eso nos gustan sus novelas y por eso uno se siente gozoso de haber leído esta de ahora, de haber pasado un buen rato atento a las razones y contradicciones de dos seres desamparados que aprendieron a buscar y dar sentido a sus vidas pese a que el mundo los obligó a amarse en secreto.


jueves, 16 de abril de 2015

Ser distinto

El narrador de esta hermosa novela, que acaba de perder a su padre, no parece recelar de su memoria, ni de su identidad, más bien de lo que se lamenta es de su sino enfermizo, de vivir encerrado entre el amor intermitente, la filosofía como soporte vital y el egoísmo común de adolescente, incapaz de asumir las desavenencias de la realidad.

Con la muerte del padre del narrador, un asunto tan literario como freudiano, arranca la reciente novela de Celso Castro (A Coruña, 1957), una historia en la que el escritor gallego, una vez más, regresa, pletórico, a su estilo minusculista, un sello tan suyo de trazar la frase sin usar las mayúsculas, como ya se conoce en sus anteriores entregas: astillas (2011) y el afinador de habitaciones (2010). Ahora, después de haber transcurrido cuatro años, nos presenta entre culebras y extraños (Destino, 2015), una obra intimista escrita en primera persona, desde la madurez de su autor y bajo el caleidoscopio de un joven extraño y frágil, de apenas dieciséis años, recluido a todas horas entre las cuatro paredes de su habitación, atribulado en lecturas filosóficas, que inciden en su condición de adolescente y en la manera de afrontar su delicada salud.

Un vehemente lector joven, apasionado de los grandes pensadores clásicos de orientación pesimista, como Nietzche, Kierkegaard y, especialmente entusiasta de Schopenhauer, que además ama a Sofía, su complemento vital y a la que todavía no goza por entero, se ve arrastrado a vivir en un desconsuelo permanente. El protagonista de esta novela de aprendizaje, pero de amor también, no es un arquetipo de esta etapa de la vida que transita por la adolescencia. El narrador es un joven sensible, problemático e inteligente. Sobreprotegido por su madre y ninguneado por un padre al que aborrece. El transcurrir de sus días le resultará una experiencia inaceptable y desvalida, una agresión continua a su persona. No acepta ni asume estas circunstancias que parece haberle reservado su destino.

Conforme el lector se va adentrando en las entrañas de la historia, una atmósfera pesimista que contagia el ambiente lo va atrapando. El protagonista da pie a ello. Su pesimismo vital, impropio de su edad, es una consecuencia del cómputo de lecturas filosóficas que no para de acumular y que promueven ese arte de saber vivir al que alude el viejo Schopenhauer: si no se puede ser feliz en este mundo, habrá que procurar al menos no ser tan desdichado. En ese camino, el narrador proyectará su insatisfacción, que le conducirá a descubrir un secreto bien guardado en la familia y del que él intentará desasirse.

entre culebras y extraños es una novela breve, intensa y amena, con mucha carga poética deliberada, que denota la estirpe lírica de su autor y su introspección literaria, un monólogo del yo que aflora secretos familiares y preguntas sin respuesta entre los personajes.

Celso Castro ha montado un discurso narrativo que fluye sin puntos y aparte, un estilo muy especial, que logra el fluir intenso de la novela, gracias a esa conducción musical apoyada en la frase pulida y la palabra mínima y ajustada de su prosa.

entre culebras y extraños conforma un engranaje rítmico que lleva al lector de la mano hasta la conclusión de la historia que, por coherencia y propósito de su creador, termina sin punto final, pero que deja la sensación en quien la ha leído de haber pasado un buen rato atento a las razones y manías de su joven protagonista, un ser de alma agitada y singular, para quien la vida le reservó muchas menos banalidades que al resto de sus congéneres.