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jueves, 20 de diciembre de 2018

Un libro de ideas


Al escritor todo le vale para aprender, porque la literatura en cualquiera de sus géneros puede aprovechar hasta el menor resquicio de la experiencia, de los años vividos, para darse a valer. Y, lo que es más importante, el aprendizaje, como dice César Aira, le sirve, “porque siempre está a tiempo de escribir algo más”, desde dentro, con el único afán de escribir lo que debiera ser escrito, no tanto para salvarse a sí mismo, como para salvar algunos muebles.

El nuevo libro de Luisgé Martín (Madrid, 1962), El mundo feliz (Anagrama, 2018), va por ese cauce de referir algo más acerca de esta idea, y en esta ocasión bajo la forma de un ensayo muy bien armado, contundente y provocador, en el mejor sentido de agitador, de quien incita a la reflexión sobre la aspiración a la felicidad que subyace en nuestra existencia. Por tanto, en esta oportunidad, el escritor y autor de novelas como Los amores confiados (2005), La mujer de sombra (2012), La vida equivocada (2015) o el libro autobiográfico El amor del revés (2016) deja a un lado la fabulación para preguntarse en el contexto de la no-ficción si es posible la felicidad.

El título de su ensayo es un guiño notorio a la obra de Huxley, y dice que, en realidad, el mundo feliz suyo lleva adherido “una apología de la vida falsa”, un oxímoron que le vale como subtítulo a los textos que reúne en su obra, “un libro de ideas” lo llama, un centón podemos decir en el que cabe incluso el elogio de la derrota. Dicen los especialistas que el ensayo es la pieza literaria que se escribe antes de escribirla, cuando se encuentra el tema. En ese sentido, Luisgé Martín lo encontró en la película Matrix, en el mito de Sísifo, en el imperativo categórico de Kant y también en otras lecturas de pensadores como Camus, Rousseau o Cioran, y en el teatro de Shakespeare, en las novelas de Dostoiveski, así como en el Eclesistés o en El tartufo de Moliere.

Lo cierto es que este libro está muy bien escrito y argumentado, es rebelde y persuasivo, sin apartarse del pesimismo que lo envuelve. Viene a decirnos que vivir es ir perdiendo y perdiéndose para al final perderlo todo y perderse uno del todo. Nuestro quehacer y nuestro sentir, el recordar y el pensar son formas de aferrarse a la vida, y todo lo que el tiempo deshace no es nada sin el tiempo. "La vida es hermosa. Pero, ¿y si solo lo parece?", reflexionaba Chéjov. Este es un libro radical y nihilista. Martín piensa que todo se escurre por el sumidero de la infelicidad, y cree que le hemos dado mucho pábulo a la autenticidad. Por eso se pregunta con ironía si no sería mejor vivir en Matrix o en el mundo feliz de Huxley.

Juzgar si la vida vale o no la pena vivirla, nos dice, equivale a responder a una de las claves filosóficas de nuestra existencia. Cuando se es joven, uno está expuesto, a menudo, sin saberlo con claridad, a dos posibles tendencias a la hora de tomar partido en la vida. Estas dos tentaciones podrían resumirse así: o bien la pasión de quemar la vida como venga, o bien la pasión de construirla. En ese trayecto nada parece tener un efecto duradero, el tiempo lo devora todo en la lucha de estas dos pasiones: el deseo de una vida que se consume en su propia intensidad y el deseo de una vida que se construye piedra a piedra.

En este libro, Martín tiene conciencia de que su andadura reflexiva nunca llegará al final del camino, pero tiende a esbozar el inconformismo que la promueve, así como el de esa idea nacida dentro de nosotros en la que se conforma la relación de nuestra mente con el mundo: “Sabemos que los éxitos serán fugaces y los afectos, si los hay, interesados o escurridizos; sabemos en suma, que la vida será un sumidero de mierda o un acto ridículo”. Y más adelante subraya una cita bíblica sobre lo terrible de la verdad que dice: “Donde abunda sabiduría, abundan penas, y quien acumula ciencia acumula dolor”. Todo lo que nos rodea, apunta, parece que está siempre estimulado por la insatisfacción constante y por la carencia. La propia observación del mundo en que vivimos, nuestra familia, amigos y vecindario apuntan en esa dirección, para enfrentarnos con la hipótesis de que la naturaleza humana sea incompatible con la felicidad.

Cuando un libro invita al subrayado, incita a la reflexión, sin ánimo de solemnidad, pero dispuesto a la controversia, con esto quiero decir que estamos hablando de un texto con acopio de inteligencia, madurez y observación suficientes que al lector inquieto les valen para pararse a pensar en la importancia de lo que se cuece en la vida. Este es un ensayo nacido de la reflexión personal, del diálogo entre amigos, de ideas inquisitivas y perspicaces que escribieron otros y siguen vigentes, un libro escrito, no para eruditos, sino para hacerse entender por todos, y en el que está muy presente aquella famosa máxima de Gracián que dice: “Hay mucho que saber, y es poco el vivir, y no se vive si no se sabe”.

En El mundo feliz de Luisgé Martín la idea de felicidad sigue siendo, como antaño, un afán descomunal e inagotable de búsqueda, un espejismo que retrocede según avanzamos con la edad, pero también es una maravillosa argucia de la inteligencia para mantenernos en vilo y en vuelo. Lo cierto es que todos los hombres queremos ser felices, pero como bien decía Séneca: “lo difícil es saber lo que hace feliz a la vida”.


viernes, 30 de septiembre de 2016

La vida de frente

Confieso tener una particular afición por los libros de memorias que, en gran medida, son novelas hasta el punto de que tienen narradores muchas veces que fingen como nadie e incluso que se muestran hasta poco fiables. Las memorias pertenecen a la categoría de literatura en la que el escritor tiene que ofrecer al lector razones suficientes para persuadirlo lo más honestamente posible, llegando al fondo de una experiencia dada. Un libro de memorias es un relato tomado de la vida y su verdad no se logra enumerando sucesos verdaderos, se logra cuando el lector alcanza la convicción de que el escritor hace todo lo que está a su alcance para implicarse de forma cabal con esa experiencia que nos tenía guardada y ahora nos remite a desvelarla. No importa tanto lo que le haya ocurrido al escritor, importa el sentido más amplio que el escritor pueda darle a lo ocurrido.

El amor del revés (Anagrama, 2016) comparte esa fiabilidad literaria tan necesaria en este género de no ficción y tan propicio a la extravagancia y a la exageración. Aquí asistimos a una apuesta literaria traducida en un extraordinario libro confesional que cumple con un propósito decidido por su autor de alejarse del pudor y mostrar un relato minucioso y sincero, rotundo y desnudo. Para ello no solo hace falta propósito e imaginación literaria, sino, sobre todo, crédito narrativo, como el que despliega Luisgé Martín(Madrid, 1962) en esta autobiografía tan hipnótica.

Se pone nombre a la sexualidad –dice el narrador en uno de sus primero párrafos– pero todo lo que ocurre tiene siempre su principio en los sentimientos”. “Aprender a vivir es aprender a nombrar”, subraya un poco más adelante. Seguramente, El amor del revés lleve esas pretensiones, porque lo que el lector percibe es que estamos ante una novela de formación, donde un joven, de apenas quince años, se percata de que es homosexual y empieza a desmenuzar, poco a poco, sobreponiéndose al rigor educativo del momento, lo que significan todas las cosas importantes de su existencia: el amor, el sexo, la soledad, la libertad, el desamparo, y les va poniendo nombres acuñados por él mismo, saltándose la norma y el comportamiento social establecidos por los mayores.

Martín aborda con valentía en El amor del revés el proceso comprendido entre el descubrimiento y la aceptación de su sexualidad, sin ningún tipo de recato, como una necesidad de contarse a sí mismo su propia historia y dar sentido a ese episodio largo de su vida, que le resultó tan tortuoso como desconcertante. Cuenta el propio autor, en una entrevista reciente, que en esta ocasión siente que ha escrito “una historia en estado de felicidad literaria”. Y añade al respecto que tuvo que reconstruir documentalmente esa parte de su vida maldita, desempolvando cartas de entonces, acudiendo a las entradas del diario que escribía secretamente y volviendo a ver a gente de antaño para recordar detalles. Todo este quehacer literario le ha permitido tejer un texto de mucho peso liberador y verdad humana.

Este es un libro que mira de frente a la vida, un libro que trata inequívocamente sobre la homosexualidad, pero también es un texto que propone una reflexión moral sobre las máscaras íntimas y sociales impuestas por un orden moral inconsecuente, un libro que tiene un marcado acento universal. Este corsé doloroso y opresivo del sometimiento heterosexual no es de origen hispano, ni mucho menos, sino que trasciende al ámbito de las naciones y se proyecta a todo tipo de sociedad. El autor reflexiona sobre cuántos tuvieron que elegir la condena y cuántos se sobrepusieron con la dificultad de ser libres, como lo hizo el narrador de estas memorias al amparo de las palabras de William Faulkner: “Entre la pena y la nada elijo la pena”.

El amor del revés es el libro más hermoso, ambicioso y comprometido de Luisgé Martín. Los que nos entusiasmamos consecutivamente con sus libros anteriores, como Los amores confiados (2005), una novela de celos en la que, en esta autobiografía, su autor nos desvela algunos de sus secretos ocultos, La mujer de sombra (2012), una relato incómodo y cercano al abismo, o La vida equivocada (2015), una historia de vidas sicalípticas entre la pena y la nada, encontraremos ahora más razones que nunca para indagar en el universo de este interesante escritor.

Estas memorias son un libro clave para aproximarnos aún más a la obra de Luisgé Martín y conocer sus secretos, una puerta por la que conectar mejor con las obsesiones que rodean su mundo literario.


martes, 2 de febrero de 2016

Vidas menguadas

Todas las experiencias halladas en relatos de vidas paralelas, y no tenemos por ello que acudir necesariamente a Plutarco, tienen un denominador común: la lucha y el abatimiento. El alma inquieta del personaje decide, en su libre albedrío, experimentar la vida a tope para aprender y evolucionar en su propia consciencia, dentro de una voluntad desatada por alcanzar una identidad que no llega cuando más la ansía y busca. Soñar con el éxito no parece suficiente para lograr alcanzarlo.

Uno de los temas más recurrentes en la narrativa de Luisgé Martín (Madrid, 1962) es esa búsqueda del éxito y de la identidad de sus personajes, a través del tiempo y a pesar del devenir de las mutaciones forzadas a lo largo de sus vidas azarosas: amores tortuosos a menudo embarrados en una sexualidad extralimitada. En su última novela, sus dos protagonistas sueñan con estos dos propósitos y acaban aturdidos en los escombros del fracaso. Ambos poseen las condiciones necesarias para el triunfo, pero la pasión desbordada, la inconsistencia de sus vidas y la crisis de identidad los llevan por un camino de excesos, lujuria y dispendios que los hunden irremisiblemente. Narrada sobre la artimaña de la investigación biográfica y al filo de la inverosimilitud, La vida equivocada (Anagrama, 2015) es una historia contada con eficacia y pulso narrativo en la que su autor disecciona, como punto de inflexión, la vida desperdiciada de sus protagonistas que acaba soterrando a ambos en la inevitable crueldad de sus propios infortunios.

El lector que se acerque a este libro deberá estar prevenido y disponerse más que a ver qué ocurre, a situarse frente al libro con el compromiso y la voluntad de sentirse vulnerable, pero permeable y resistente a la incómoda aventura personal que va a emprender. La historia de Max y su padre Elías, ambos muy tocados por ese afán desmedido en busca del éxito y, al mismo tiempo, encaminados inexorablemente al fracaso, más parece todo un artificio que simula el vivir incompleto de sus sueños y aspiraciones. Max es un joven escritor mediocre que el narrador ha conocido en su juventud en un taller de escritura y que le desvelará, no solo su vida excesiva y disoluta, sino que le contará al cabo del tiempo la historia misteriosa de su padre, un marido fracasado, de sexualidad pervertida, inclinada a la pederastia, muerto en un accidente de aviación y que dejó un cuaderno de bitácoras y álbumes de fotos que explican las claves de sus excesos y también de su vida incompleta. La estructura de la novela se presenta como una trama que se desdobla en dos historias en las que el narrador adquiere un papel relevante como testigo y personaje a su vez, al menos en la vida de Max, con quien tuvo un escarceo sentimental de fuerte impacto sexual en sus años de iniciación literaria.

El arranque de la novela es prodigioso y contundente. El autor de La mujer de sombra (Anagrama, 2012) explora nuevamente en los oscuros deseos del ser humano y sus consecuencias, esos instantes en que el hombre siente que ya no hay más aliento para seguir viviendo (pág. 11), como si ya nada condujera a la salvación, incluso si se vive al pairo, porque, al final, todo se deshace inexorablemente. A pesar de que la muerte y el fracaso están presentes en toda la novela, la belleza física tiene mucho resquicio entre los anhelos y desastres de las vidas exageradas de sus personajes. El propio narrador irrumpe desde el principio tomando partido con un encendido sentimiento acerca del poder de la belleza física, un valor, según él, superior a las virtudes intelectuales y toda una recompensa sublime, casi sagrada, para el que la contempla.

La vida equivocada es la historia de dos hombres y un mismo destino, dos hombres que van desde el exceso al fracaso, desde la incontinencia al autoengaño, una novela de extraordinaria dureza que transita entre el desborde y la nada, en donde lo verdaderamente terrible de todo lo que sucede es la constatación por parte de sus personajes de saberse mortales, más allá de la perversidad de sus actos y el desmoronamiento de sus vidas exageradas.

Con esta obra, Luisgé Martín introduce en nuestro espíritu la inconformidad y la rebeldía que están detrás de todas las hazañas de dos seres pletóricos de anhelos y en permanente entredicho con la mediocre realidad de sus vidas infelices al borde del abismo, un empeño que resume en gran medida la verdad secreta de cualquier existencia, que no es otra que una vida menguada.


viernes, 1 de noviembre de 2013

Sueños y obsesiones


Dicen que los amigos de verdad son los únicos capacitados para atreverse a opinar sinceramente sobre nosotros mismos y sobre lo que hacemos o dejamos de hacer. Esto fue lo que hizo la escritora Marta Sanz sobre el manuscrito que le dejó Luisgé Martín (Madrid, 1962), antes de publicar La mujer de sombra (Editorial Anagrama), cuando le dijo a su amigo que no se le ocurriera eliminar del libro nada de lo escrito, por muy duro de leer que resulten algunas de sus páginas, porque entonces tendría otra novela distinta.


Esta intimidad, contada públicamente por Luisgé, me precipitó a contemplar que La mujer de sombra sería mi próxima lectura, después de que concluyera la que tenía entre manos, su última novela: La misma ciudad, publicada en el sello de Herralde, una historia existencial que cuenta la ruptura vital de su protagonista, un hombre instalado en una vida rutinaria, sin estímulo y sumergido, para entendernos, en la llamada crisis de los cuarenta. “A esa edad culminante y melindrosa acostumbramos a pensar que nos hemos equivocado en todos nuestros actos... La vida de los demás, en cambio, nos parece cada vez más formidable (pág. 12-13)”. El personaje de La misma ciudad es un hombre anodino y corriente, acomodado a una vida sin sobresaltos que trabaja en unas oficinas en Nueva York. Brando Moy se dirige a su despacho como cada día, pero esta vez salió tarde de su domicilio y ya no llegaría al bufete instalado en las famosas Torres Gemelas. Aquella catástrofe del 11 de septiembre, televisada por las cadenas del mundo entero, le daría la oportunidad de hacer todo aquello que nunca se atrevió antes. Una novela corta, sobria y amena que no te deja abandonar su lectura. La misma ciudad es un libro con un planteamiento atractivo, que nos habla de segundas oportunidades que la vida ofrece para intentar alcanzar la propia felicidad. No sé si la vida de Brando ha sido una parábola o una patraña, como afirma el narrador al final del libro, pero a mí en todo caso, me evoca una consideración que Henry James reflejó en una de sus novelas y que decía: “Vive todo lo que puedas; es un error no hacerlo. No importa lo que hagas en particular, con tal que tengas tu vida. Si no lo has tenido, ¿qué has tenido?”. Esto es, en definitiva, el asunto por donde transita la novela.

Muy diferente es el tema reflejado en La mujer de sombra: la obsesión de un hombre atrapado en los tentáculos de la perversión. Eusebio, el protagonista, sabe lo peligrosas que resultan sus fantasías, pero le atraen tanto que sucumbe a ellas. La mujer de sombra es, como apuntó Marta Sanz, una novela dura y violenta, pero valiente y procaz. La historia discurre en una trama donde el personaje principal cae en las redes del abismo y de la violencia psicológica. La muerte accidental de su amigo empuja a Eusebio a obsesionarse por Marcia, la amante secreta del fallecido, de la que conocía las confidencias sexuales que Guillermo le contaba con todo lujo de detalles. Este es el caldo de cultivo que va corriendo por las páginas de la novela, hasta crear una atmósfera tan agobiante que en algunos pasajes resulta irrespirable y transgresora. La mujer de sombra es un viaje al subsuelo del alma, un recorrido por el sexo explícito, la pasión perversa y el territorio prohibido de un hombre convertido en un neurótico extremo. La eficacia de la novela de Luisgé se apoya en un estilo compuesto a base de elipsis, mediante breves secuencias, para mostrar la incursión de Eusebio en la vida íntima de Marcia; y en una prosa hipnótica que atrapa, aunque en algunos momentos incomode por lo que cuenta. Dice Luisgé que “la literatura es un arma para molestar”.

La misma ciudad y La mujer de sombra son dos propuestas equidistantes en el estilo y transversales en la temática. Ambas atrapan desde las primeras páginas y llegan a las emociones del lector y destapan algo de lo que circula por la fantasía de nuestro ser, pero en la primera, Luisgé descorcha la botella de los sueños hasta consumir su contenido y en la segunda, el escritor madrileño ofrece al lector un cóctel excitante y pernicioso que deja resaca.



Luisgé Martín viene a proclamar con estas dos novelas que lo importante de la literatura no es catalogar un libro de inmoral por lo que trata, sino que lo sustancial es que esté bien escrito, y que estas dos creaciones suyas gozan de ese buen estado.