martes, 27 de diciembre de 2016

Cuentos suspensivos

El microrrelato es un género que requiere concentración y cuidado intensivo por parte del lector. El lector distraído se perdería si lo leyera en un santiamén, al tratarse de un texto claramente elíptico. Precisamente ahí reside su misterio, y por eso exige que el lector se incorpore activamente al texto, desde el título de cada pieza hasta su punto final, para resolver el enigma que se plantea, para rastrear en el puzzle narrativo propuesto por el autor y encajar las piezas que pudieran faltar en el mismo. El microrrelato, como subraya Andrés Neuman, necesita de lectores valientes, es decir, que soporten lo incompleto.

En Voces para un tímpano muerto (Talentura, 2016), Miguel A. Zapata (Granada, 1974) parece advertirnos desde el título de su obra de que asistimos a un memorial narrativo complejo en los límites de la creación. El libro contiene un buen puñado de piezas en las que lo personal y lo universal alternan entre sí, a veces con rango surrealista, a veces con cariz enigmático, y otras muchas con absoluta intención desquiciante. El lector, por exigencia del guion, ha de estar dispuesto a padecer fiebre, ruido y mudez, pero también ha de estar atento a lo insólito y a las salpicaduras de humor negro en muchos instantes.

Zapata posee un extenso curriculum de cuentos y microrrelatos que se prolonga a toda una década dedicado a la narrativa breve. Destacan en su producción cuentística Ternuras interrumpidas (Fabulario casi naif) (2003) y Esquina inferior (2012). Es también autor de los libros de microrrelatos Baúl de prodigios (2007) y Revelaciones y Magias (2009), así como de la novela, Las manos (2014), una historia épica de un hombre con aspiraciones a héroe, que emprende un viaje homérico en busca de una misión extravagante: recuperar la Copa del Mundo de Fútbol que ha sido robada.

Su vuelta al género breve, un escenario por donde se mueve a sus anchas, es para sus lectores más fieles toda una celebración. En estas voces reunidas, el autor, además, incluye varios collages, obra de su padre, como separata de cada uno de los cinco bloques que componen el libro, un conjunto de ochenta y tres microrrelatos que encarnan historias mínimas del pasado, presente y futuro de la vida de su autor, plasmadas a golpe de espejismos y evanescencias.

El lector descubrirá que al escritor granadino le basta una imagen de partida para trazar su relato. La clave está en aprovechar esa instantánea imaginativa, mayormente enigmática, que propiciará el tono y el enfoque narrativo preciso a su epifanía.

¿Qué encontramos en estas Voces para un tímpano muerto?: un buen puñado de historias reducidas, desconcertantes, anómalas, microhistorias empapadas de reflexión poético-metafísica, bajo un lenguaje incisivo y pulido, donde la síntesis y la elipsis son sus ejes, dos aspectos que Miguel A. Zapata domina con solvencia. En este volumen tan poliédrico hallamos personajes con intentos heroicos de resistencia, con formas desusadas de amor y frágiles ante la carne. Vemos a una madre volcando su tiempo sobre una cuna amenazada por incontables peligros, igual que descubrimos peleas y reconciliaciones domésticas. Pero también nos topamos con el juego loco de un ser extraño que colecciona los ojos de la gente que ama. En otra pieza, el ansia felina de otro amante malogra su relación sentimental. También una divinidad fantástica llamada Sdoi, hacedor de seres y enseres, tendrá sus momentos de gloria, al igual que la estatua de la Libertad, vigilante del skyline de Manhatan, y protectora de los inmigrantes que se acercan a la bahía del Hudson...

En otros bloques narrativos del libro descubrimos las mutaciones de algunos miembros de una familia que entran en un cuarto oscuro y se transforman unos en otros, o la música envolvente que expande una madre por la casa para disfrute de todos los que la habitan, o los encuentros emocionantes de un niño con sus muñecos desmembrados y desperdigados por toda la casa, o la extraña sensación de sentir una grieta en la cabeza de uno por donde se escapan los recuerdos de la infancia...

En Voces para un tímpano muerto no faltan presagios apocalípticos, ni rondas de poetas dispuestos a encontrar el poema imposible, ni laboratorios cósmicos para mostrar los productos oníricos de los sueños y las vigilias de los hombres, ni tampoco faltan pasajeros obcecados en agotar el billete del tren de su vida, ni invitación solícita al pecado, o a tomar el té de las cinco de diferentes formas, hasta acabar en un microrrelato final apoteósico y revelador, bajo los compases de una música gregoriana.


Miguel A. Zapata firma un libro lúcido, claramente perturbador y nada complaciente, un conjunto de fábulas alucinantes y complejas, pese a su brevedad, en las que el gusto por el lirismo y la experimentación conforman su verdadera esencia narrativa. Literatura sin anestesia, en definitiva, literatura para atrevidos.

jueves, 22 de diciembre de 2016

La identidad, la ciudad y la escritura

El poeta John Donne afirmaba en sus Devociones que: “Ningún hombre es una isla completa en sí misma; todo hombre es un trozo de continente, una parte del todo”. El escritor, ensayista, artista plástico y fotógrafo puertorriqueño Eduardo Lalo (Cuba, 1960) es consciente del valor innegable que guarda esta reflexión. Él sabe que toda isla es una porción de tierra rodeada de deseos por todas partes, y sabe que todo isleño tiene algo de mitólogo, una característica propia del misterio que supone vivir aislado, y en cierto modo invisible, sin dejar de sentirse habitante de un continente a escala reducida.

Todo escritor sueña con tener una vida en la que aspira a crear artesanalmente un mundo, desde la soledad y el silencio, como si fuese una pieza de barro húmeda, moldeable, sutil. Hacerlo, además, desde la perspectiva insular, desde una isla casi invisible al mundo global, como Puerto Rico, significa mostrarlo de manera vindicativa, algo que Lalo ya había hecho con su anterior libro Los países invisibles (Fórcola, 2016), un soberbio rescate editorial, por cierto, donde sobresalen dos apuntes reflexivos que no pasan desapercibidos para el lector: “en todas partes se está, pero sólo en algunos sitios hay ojos”, o aquello de que “la invisibilidad es uno de los condicionantes de la historia y acaso hoy, en la era de la globalización, lo sea con mayor encono y maldad”.

La novela Simone (Fórcola, 2016), galardonada en 2013 con el prestigioso Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos, acapara también parte de ese discurso filosófico y literario plasmado en Los países invisibles. En esta ocasión, como aprecia Elsa Noya, en el excelente prólogo del libro, el escritor puertorriqueño aprovecha el relato de una compleja historia de amor para mostrar su convicción de que toda literatura es exploración de la condición humana.

Simone propone un viaje impredecible por la ciudad de San Juan para mostrar la intimidad palpable entre la vida del narrador y el espacio urbano que le envuelve para establecer vías de comunicación en ese yo profundo y caótico, y el yo social que debe enfrentarse a solas con las normas establecidas. Pero ¿quién es esta Simone que pone título al libro? El nombre, tomado de Simone Weil, es una máscara, un antifaz sobre el rostro de una inmigrante ilegal china, Li Chao. Con ese nombre de la filósofa francesa, la joven asiática va firmando unos mensajes en clave que va dejando esparcidos por la ciudad de San Juan para que el narrador, escritor frustrado y anónimo, vaya desvelando en su deambular por las calles sus concomitancias con la inutilidad de la literatura que tanto ama y que tanto le condiciona en su manera de vivir.

Entre el misterio de estas notas y su conexión con lo que significa ser extranjero en un país, Lalo incardina una historia de amor y desencanto narrada en primera persona. La novela está escrita de forma lineal, sin división de capítulos, pero trazada en dos sesgos temporales: un tiempo presente al inicio en el que el narrador va registrando, a modo de diario, el acontecer de sus días con el fin de encontrar algún sentido a su vida insatisfecha, valiéndose de objetos dispares como una libreta, servilletas, facturas o tickets, y un tiempo pasado donde se cuenta la relación mantenida entre el escritor y Li Chao, apasionada de la literatura y del arte. 

Todo ello conduce a un juego de seducción literaria donde ambos se abandonan y asocian al tiempo que sus gustos y sus preocupaciones se dejan ver. A pesar de los lazos estrechos que se crean entre ellos, el detonante de ruptura no tarda en llegar. Para él, la relación simbiótica del individuo con la ciudad, los sentimientos de amor, pena y pérdida parecen coincidentes con Li Chao. Sin embargo, las particularidades sociales de esta mujer, marcada por la revolución cultural llevada a cabo en su país de origen, pondrán el contrapunto final a la aventura. Esta determinación hará que el escritor repliegue de nuevo sus inquietudes girándose hacia la misma ciudad que propició su debate existencialista, pero ahora experimentando nuevos retos sobre la identidad, la pertinencia del lenguaje y la globalización.

Simone es una novela íntima, un libro nada amable y de lectura exigente, una historia de amor y literatura trazada bajo las coordenadas de un mundo globalizado, en donde la identidad sobresale como eje de la trama. La ciudad, la esperanza, el amor y la vida de sus protagonistas aspiran a ser visibles y tenidos en cuenta, más allá de sus orígenes y de la distancia entre ellos, pero el azar es caprichoso y, casi siempre, esquivo.

lunes, 19 de diciembre de 2016

Locura y amor

Hay libros de poesía que sirven al autor para desprenderse de unos poemas que ha ido componiendo a lo largo de un tiempo, y que este recopila, a manera de antología, libros que, parafraseando al escritor Javier Marías, se escriben sin brújula. Pero los hay concebidos desde el principio con una temática muy concreta, como es el caso del que ahora nos ocupa. Se trata de Camille (1864-1943) de la autora chilena Ana Rosa Bustamante, gracias al patrocinio de Conarte y editado en septiembre de este año por Ediciones Kultrún.

El libro está dedicado a glosar la figura de Camille Claudel, en el sentido musical de la palabra glosa: variación libre sobre un tema. Que el lector que se enfrente a este poemario no vaya a buscar en él una biografía de Camille, sino una serie de acercamientos a su figura, de interpretaciones libres sobre sus estados de ánimo, sus emociones y sentimientos interiorizados.

Camille Claudel era hermana del célebre poeta francés Paul Claudel. Fue una artista libre y apasionada que se dedicó en cuerpo y alma a la escultura y se convirtió en modelo y musa de Auguste Rodin. Su obra fue altamente valorada en los ambientes parisinos. Pro pronto cayó en una serie de crisis nerviosas que la llevaron a un sanatorio y, posteriormente, a un manicomio del que nunca más saldría.

La obra de Bustamante, compuesta por sesenta y un poemas de extensión desigual en versos de métrica libre, contiene momentos encendidos y apagados de la vida apesadumbrada de la escultora. Los poemas son todos de origen onírico, surrealistas y de una fuerza que nos aproxima al mundo tortuoso por el que se desenvolvió la artista: “Vomito polvo./ Un túnel abandonado y su esplendor por los lados, / esa atrevida oscuridad...” Más adelante habla de sus condiciones de trabajo: “Los hilos dorados de mi falda sin cuarto de lujo/ sin sueño ni posesión que lucir en público / ni ceremonia, ...” y de su obra misma afirma: “En ellos quedó mi vida, / sus artimañas, sus cabezas, / y no encuentran una fosa común.”

El amor, por otra parte, encuentra su expresión más desolada en el poema El beso de mármol, donde la autora, mediante la voz de Camille hablando de las sensaciones que esta siente cuando su amante sube la escalera, se va acercando hasta el goce carnal, hasta que ella queda rendida a “tu forma de esculpir el beso en mármol, / y rendir la rosa en la leche.”

En los versos finales la decrepitud de Camille se hace presente en el poema Cabello gris: “Cabello gris / tengo sueño”, o el el titulado En mi encierro: “En mi encierro palpo tu mentón, / lo contemplo en la edad madura de mi bronce / …/ y no sales del abismo aún, donde me tienes,...” Como un testamento de la escultora se puede leer el poema que pone cierre al libro: “Nunca mi bronce al mercader ni al artista / nunca la huella de nuestros cuerpos en la materia moldeados /.../ quién más que yo recordará que nací para siempre, / una mujer entre luces de otra oscuridad, / otro mar en el mar.”

Ana Rosa Bustamante firma un libro hermoso y sentido que encarna, desde su visión poética, el universo anhelado y la triste realidad de una vida artística malograda, como lo fue la de Camille Claudel, una mujer que vivió en la más extrema soledad y que merecía algo más que el abandono y el olvido.


jueves, 15 de diciembre de 2016

Ménage à trois

Al regresar el poeta Juan Ramón Jiménez del viaje que hizo a los Estados Unidos para casarse con Zenobia llevaba consigo un nuevo libro que había comenzado antes de partir y que terminaría felizmente ya de nuevo en España: Diario de un poeta reciencasado. La crítica dijo en su momento que con este libro había comenzado una nueva vida en la poesía española, un “incendio poético” dijo uno de sus críticos.

JRJ es, junto a Bécquer y Rubén Darío, el poeta de más reconocible ascendiente en el ámbito de la poesía contemporánea en lengua española. Ningún otro poeta de nuestro pasado siglo XX compite con él en la fijación de un paradigma que fue generando sus propios modelos estéticos hasta convertirse sucesivamente en una referencia ineludible.

Introvertido e hipersensible, el poeta de Moguer fue sobre todo un consumado ejemplo de apasionada y excluyente entrega a la actividad creadora. Nunca dejó de afanarse en su incansable tarea de corrección y reordenación de su obra viva, consagrado a una imposible lucha por alcanzar lo completo y lo sublime. “Intelijencia, dame/el nombre exacto de las cosas”, dos versos suyos que resumen su obstinado anhelo. A ese estado llegó JRJ en un proceso lento y constante, apoyado en una frase de Goethe que el propio poeta escogió como lema: “Como el astro, sin precipitación y sin descanso”.

El filólogo, escritor y poeta José A. Ramírez Lozano (Nogales, Badajoz, 1950) acaba de publicar Los celos de Zenobia (Pre-Textos, 2016) un relato sobre los primeros años de matrimonio de JRJ, galardonado con el Premio de Novela Breve Juan March Cencillo 2016, un libro divertido en el que el novelista extremeño trata de desmitificar al astro recreando sus manías y obsesiones, bajo la atenta mirada de Zenobia, la mujer que tanto se negó a sí misma para entregarse en cuerpo y alma al maestro en busca de la poesía pura que representaba el alma creadora de su marido.

La gracia de este libro estriba en los diálogos vívidos entre el poeta, Zenobia y el recadero de sus pesquisas, su amigo del alma Juan Guerrero, un hombre dispuesto a cumplir los designios del poeta: rescatar todos los ejemplares de sus primeros libros impresos, dispuestos en bibliotecas y en casas de escritores amigos, para su revisión y custodia. Su obsesión, en busca de la excelencia de la poesía pura, le conducirá a un empeño delirante, nada ajeno a la extravagancia y a las pulsiones enfermizas de un maniático consumado como él mismo.

Deja entreverse en la novela cómo la exigente y fervorosa manera de entender y vivir por el artista el trabajo creador le supondría un aislamiento y un retiro total, un deliberado apostolado de soledad propio de eremita, que lo llevaría a ausentarse de lugares y a escurrir todo contacto con ese mundillo poético tan propicio a la visibilidad y a las poses.

Ese trajín obsesivo de búsqueda juanramoniano, Ramírez Lozano lo aprovecha para inventar el personaje de su historia, la poesía impura, que en la novela viene representada por una becaria norteamericana, una joven incauta y algo lasciva a la que pondrán coto el poeta y su esposa Zenobia, para encauzarla y consagrarla en la pureza.

A partir de aquí, el ménage à trois está servido, representado por el matrimonio y la poesía, la becaria es la metáfora. Por sus páginas desfilan personajes literarios relevantes: Unamuno, Azorín, los hermanos Machado, Pepín Bello, el torero Sánchez Mejías y unas cartas de Neruda animando a la hermosa americana para que escape a Sevilla con el célebre matador. Entremedio, JRJ confiesa a su esposa cómo deplora sobrellevar su segundo apellido, Mantecón, un trino silábico que le horroriza y denigra.

Los celos de Zenobia es una novela divertida, amena y jugosa, escrita con la savia lírica necesaria para poner tono y voz a un ser excepcional, exquisito y enfermo de poesía por dentro y por fuera como lo fue el Nobel español. Ramírez Lozano propone un divertimento literario con mucha gracia y talento.


domingo, 11 de diciembre de 2016

Levantar la voz

Decía Unamuno que “hay que vivir de modo que la muerte sea una injusticia”. El libro que traemos hoy a esta bitácora de lecturas posee ese sentimiento trágico de la vida que tanto le acuciaba al escritor bilbaíno, pero, en este caso, la ignominia y la crueldad de los sucesos que se narran en él, sobrepasan la esencia natural de esa filosofía tan unamuniana referida a la lucha por la vida. El narrador de Noviembre (Tusquets, 2016) dice al principio, y lo recalca al final, que esta historia debería empezar en 1948, cuando un cura les habló del lejano país El Salvador a unos seminaristas y les preguntó quién querría venir con él al seminario de Santa Tecla. Inmediatamente, un tal Ignacio levantó la mano.

El jesuita Ignacio Ellacuría fue un filósofo, escritor y teólogo español que se entregó en cuerpo y alma a abanderar una salida negociada al conflicto de violencia y guerra civil que atravesaba la nación centroamericana en los años ochenta del pasado siglo. El asesinato del arzobispo Óscar Romero ocurrido en 1980, mientras celebraba una misa rodeado de cientos de feligreses, supuso una conmoción nacional y la radicalización política de El Salvador. A finales del mismo año, Ellacuría sale del país deportado a España. Desde entonces, el destierro, como así lo sintió, lo aprovechó para dejar oír su voz por Europa y dar a conocer algunas obras de su gran maestro Xabier Zubiri, sin olvidarse de hablar del conflicto salvadoreño y su defensa de la Teología de la Liberación representada por el apostolado ejercido por el malogrado arzobispo Romero. Esto le granjeó la enemistad de los poderes fácticos de aquel país que le obligaron a poner tierra de por medio, amenazándolo, con insistencia, a que no levantara la voz.

La nueva novela de Jorge Galán (San Salvador, 1973), Noviembre, está inspirada en los trágicos sucesos que conmocionaron a El Salvador, a toda Latinoamérica y a medio mundo en 1989, perpetrados por un pelotón del batallón Atlácatl de las Fuerzas Armadas de El Salvador, bajo las órdenes del coronel René Emilio Ponce, que un 16 de noviembre asaltó, en la tranquilidad de la noche, las instalaciones de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA) para consumar el mandato de asesinar a sangre fría a seis jesuitas y a dos mujeres del personal al servicio de la comunidad. Entre estos, se encontraba Ellacuría, que había regresado a El Salvador tres días antes para intentar mediar en favor de la paz y la convivencia. El gobierno, inmediatamente, culpó a la guerrilla del FMLN (Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional) del múltiple crimen.

Noviembre cuenta los pormenores y las consecuencias de aquel acto vil, por medio de un narrador sigiloso que se acerca y escucha a un amplio número de voces que llegan de diferentes posiciones, todas ellas relacionadas con los sucesos de aquella noche de aquel fatídico jueves de 1989, hasta convertir en testigo de excepción al lector, que ve y escucha conmocionado lo que antecede al momento trágico de todo aquel derramamiento de sangre.

Los protagonistas se convierten en los verdaderos narradores. Galán requiere que la voz narrativa de su novela esté en manos de una especie de mediador, para que la historia esté contada por aquellos que la vivieron y que la padecieron. La dificultad de reconstruir narrativamente aquel terrible puzzle tuvo su recompensa final con el testimonio insólito del expresidente Alfredo Cristiani, que le entregó a Galán la pieza clave, guardada bajo secreto durante mucho tiempo, veinticinco años, nada más y nada menos, que culminaría su proyecto narrativo: los nombres de los autores intelectuales de la masacre.

Lo que se cuenta aquí es, sobre todo, una historia humana, honesta y auténtica, donde el dolor y la impunidad son descomunales. Noviembre es un libro bien documentado, urdido bajo una investigación exhaustiva, con un arranque poderosísimo, pleno de intensidad y dramatismo. A este inicio se suman los testimonios de personas comprometidas con la verdad, como José Mª Tojeira, sacerdote próximo a los asesinados; Jon Sobrino, compañero de Ellacuría y otros muchos que han querido permanecer en el anonimato.

Noviembre es una estupenda novela, de gran dureza narrativa, un libro audaz y valiente que pone luz y taquígrafo a todo lo que sucedió en aquella deplorable noche, una verdad histórica que ha producido gran malestar en muchos estamentos del país salvadoreño.


Levantar la voz en pro de la verdad supone asumir el riesgo de amenazas. Jorge Galán se atrevió y pagó sus consecuencias teniendo que huir, dolorosamente, de su país. La buena literatura, ya se sabe, nunca es arbitraria, pero en benditas ocasiones, molesta mucho.

lunes, 5 de diciembre de 2016

Arte y vida

El período transcurrido entre el año 146 a. de C. y el asesinato de Julio César en el 44 a.C., en especial los últimos treinta años, marcó el punto álgido de la literatura, la cultura y el arte romanos, según nos cuenta la catedrática Mary Beard en su último libro SPQR. Una historia de la antigua Roma (Crítica, 2016). El poeta Catulo –subraya la historiadora británica– escribía lo que todavía se considera parte de la poesía amorosa más memorable del mundo, dirigida a la esposa de un senador romano cuya identidad, sin duda sabiamente, ocultó bajo el pseudónimo de Lesbia.

El escritor Antonio Priante (Barcelona, 1939) publicó en 1992 Lesbia mía, la historia amorosa de este gran poeta con Clodia, hermana de Publio Clodio Pulcro, el mayor enemigo de Cicerón, una novela histórica en la que el amor, la política y el destino se focalizan alrededor de los devaneos que esta bella mujer, esposa de Quinto Metelo Céler, mantiene con el poeta de Verona y con otros muchos. Se rumoreaba que Terencia, esposa de Cicerón, sospechaba de las relaciones de su marido con la hermana de Clodio. Era, por tanto, una mujer atacada y admirada al mismo tiempo, por ser una promiscua seductora, una intrigante manipuladora y una diosa idolatrada, incluso, por su propio hermano. Para Cicerón era la Medea del Palatino, una astuta definición que asociaba a la apasionada bruja infanticida de la tragedia griega con el lugar de residencia de Clodia en Roma. Catulo le puso el apodo de Lesbia en sus poemas, como camuflaje y en deferencia a la poetisa Safo, natural de la isla de Lesbos. Así comienza uno de sus poemas, que le sirvió al autor barcelonés para poner título a su obra: “Vivamos, Lesbia mía, y amémonos/ sin que nos importen las murmuraciones de los pérfidos viejos.../ Dame mil besos”.

El sello Piel de Zapa reedita, como ya lo hiciera el pasado año con El silencio de Goethe, esta obra de Priante. Pero en esta ocasión, la recuperación de Lesbia mía es un nuevo paso editorial para seguir contando con la presencia de este veterano y curtido novelista y al mismo tiempo darle la visibilidad que le corresponde a la calidad literaria de su novela, algo que andaba relegado, inexplicablemente, por el público en estos momentos.

La trayectoria literaria de Priante muestra su gran interés por figuras relevantes de las letras de todos los tiempos. Esto le lleva a indagar y a documentarse en estudios históricos para dotar a sus novelas de solvencia, no solo en la trama que plantea en cada una de ellas para encausar al lector en la aventura, sino también en la verosimilitud indispensable que ha de tener la novela histórica.

Lesbia mía reúne estas dos condiciones. Estamos ante una historia de amor y desamor, de intrigas políticas bajo la apuesta estilística de un hombre de letras que propone una nueva poesía amorosa. Lo que aquí se cuenta va más allá de lo personal y de los sentimientos de un poeta, porque lo que trasciende en el comportamiento de sus protagonistas tiene un reflejo claro en la vida social y política que condiciona la existencia y el destino de todos ellos.

Tomás Alcoverro, prologuista de esta nueva edición, destaca que Antonio Priante “ha hecho de la ficción del mito la realidad intemporal que se reitera en la historia”. Su libro, por tanto, transcurre en ese contexto, concretamente en la Roma de mediados del siglo I a.C. El autor propone una recreación de aquella época clásica a través de un género literario muy intimista, como corresponde al epistolar, sin caer en el sentimentalismo ni en la pedantería académica. La idea de Priante consiste en fundir una historia de amor, dentro del contexto político de la época, con el ideal poético de Catulo: la poesía no es más que la esencia de la vida.

La novela arranca con una carta de Catulo a su amigo Manlio Torcuato, cónsul romano, en la que le cuenta sus planes de retrasar su viaje a Roma debido a que ha conocido a una mujer de la que ha quedado prendado. La relación de los amantes se irá complicando. El tiempo transcurre y las vicisitudes de un amor imposible tampoco anda ajeno al trajín político por el que atraviesan otros personajes cercanos a ambos, como César, Cicerón, Catón o Clodio. Todos ellos intervienen en distintos pasajes alrededor de este apasionado idilio, pero tampoco escapan a sus intereses políticos y, al mismo tiempo, al hostigamiento entre ellos. Mientras Catulo sopesa su triste situación amorosa, al no ser correspondido en exclusividad por una mujer tan desmedida e infiel, la situación de Roma sigue su curso vertiginoso. Clodio asciende en política y propone leyes abusivas para el pueblo. Cicerón le hará frente. Son años críticos. La República se tambalea. La insidia, el contubernio y la venganza son monedas de cambio entre los políticos. César, por su parte, tendrá que sortear las traiciones hasta el límite de su fatal destino...

Lesbia mía es una pieza hermosa, intensa y reflexiva, con un tono confidencial de corte clásico, bien urdida, gracias a los diálogos y a las cartas que intercambian los diferentes personajes a lo largo de sus páginas. Priante rescata una época convulsa y excitante para el alma del poeta Catulo, un ser entregado al arte y maltratado por el destino. En este hombre apasionado, como se dice al final del libro, por boca de su amigo Cinna, “ha ganado el arte y ha perdido la vida”: un binomio mortal de necesidad.