jueves, 31 de diciembre de 2020

Universo Welles

Orson Welles siempre fue a lo suyo, en busca de la hibridación en el modo de hacer películas, escapando de fórmulas preestablecidas, formas canónicas y discursos tópicos. Lo que para muchos era un reto, para él el cine siempre fue el punto de partida de una aventura: miró siempre hacia afuera, pues nunca le gustó estar dentro acomodado, haciendo concesiones o adaptándose a otros gustos, siendo en ese sentido un creador inclasificable, convencido de lo que quería, un genio para muchos, alguien que con tan solo veintitrés años ya saltó a la fama con aquella magistral emisión de radio de La guerra de los mundos en la que tuvo a millones de oyentes absortos y pegados al dial de la radio como si el relato que se estaba emitiendo se tratara de una noticia que estaba ocurriendo en las calles donde vivían. Tres años más tarde, estrenó Ciudadano Kane, su obra cumbre, una película catalogada como una de las mejores de la Historia del Cine.

El catedrático, escritor y guionista Agustín Sánchez Vidal (Carrillo de la Bastida, Salamanca, 1948) acaba de publicar Quijote Welles (Fórcola, 2020), una voluminosa e impresionante novela que nos cuenta mucho de la vida y obra de Orson Welles, una de las figuras más controvertidas de la gran pantalla y las artes escénicas, que innovó mucho y bien en la radio, el teatro y la televisión. En todo esto repara el libro de Sánchez Vidal y en la pasión que el norteamericano profesaba a España, a su cultura y costumbres, a Goya, a Machado, a los toros y al vino de Jerez. Entusiasta de ese gran Siglo de Oro que representaba Cervantes, consagró muchos años en viajar por muchos lugares de nuestro país con un propósito desmedido de conocer el paisaje y su gente para llevar al cine uno de sus grandes proyectos: don Quijote.

Welles no solo escribía el guion y dirigía sus películas, sino que las interpretaba como pocos. Le encantaba diseñar los decorados, así como ocuparse del montaje de sus proyecciones. Su obsesión por las andanzas del caballero andante no paró de rondarle por la cabeza largamente. Sin embargo, no pudo culminar su sueño. Su don Quijote le acompañó durante toda su vida como una obra inacabada, con una carga sentimental que Sánchez Vidal ha sabido aprovechar para acercarnos al perfil más humano e íntimo de Welles, un hombre de personalidad desmedida, tan egótico y consciente de su reputación y fama, como inteligente, culto, desbordante y vitalista.

En Quijote Welles aparecen muchos de los entresijos de la vida y del quehacer cinematográfico de Welles que vamos conociendo a través de la investigación llevada a cabo por Barbara Galway, una joven periodista que se propone escribir su biografía con toda clase de detalles que ilustra con testimonios de sus coetáneos. Durante sus encuentros y entrevistas con el cineasta descubrimos la vigencia que la obra cervantina tiene para él. Dice que es “uno de los libros que más y mejor se pregunta qué cosa es España, su misión en la Historia, podríamos decir poniéndonos un poco solemnes”. Por eso quiere traerla a la actualidad para que sus dos míticos protagonistas se percaten de cómo es el país en aquellos años sesenta y cuáles son los intereses de quienes lo habitan, gente que aspira al progreso y que quiere dejar atrás lo pintoresco del pasado.

El libro va ensanchando su hilo conductor por medio de fragmentos de entrevistas con artistas como Charlton Heston, John Houston, Pedro Vidal, Antonio Ordóñez, Gore Vidal o Miguel Delibes que conocieron sus afanes tan a fondo. A través de todos estos encuentros Galway persigue entre los que le trataron a los que le puedan ofrecer más detalles de aquello que su biografiado esquiva, dando entrada en la narración a algunas cartas y diarios que arrojan más luz sobre un Welles que ya se nos presenta como un personaje en decadencia más decadente, con menos ardor y poderío en la industria del cine que los que tuvo, pero con la misma dignidad arrolladora de siempre, consciente ya de que su carrera irremisiblemente se va disipando.

En el capítulo diez, titulado Érase una vez en América, encontramos a uno de los pasajes que nos ofrecen más luz acerca del carácter de Welles, que no es otro que este del guionista y novelista Peter Viertel, durante la conversación animada que mantiene con Barbara Galway: "Es imposible resumir la personalidad de Orson en unas pocas palabras. Lo primero que me viene a la cabeza es algo que decía mi padre. Aseguraba que en este mundo hay personas que se pasan la vida buscando la muerte, mientras que otros buscan desesperadamente la vida. Él es una sorprendente y explosiva mezcla de esas dos actitudes, por un lado, una creatividad desbordante y, por otro, una actitud profundamente autodestructiva. Hay algo que le atormenta, no acaba de acomodarse a las limitaciones de este mundo y eso le carcome por dentro, le produce un vacío interior, una especie de pozo que trata de llenar no solo con el alcohol, la comida o el sexo, sino sobre todo con trabajo" (pág. 406).

Sánchez Vidal posee ese rasgo particular de conocimiento para establecer un vínculo humano e intelectual con el mismo personaje de su libro; o lo que es lo mismo, para bajar al ruedo y prolongar aquello que siempre ha estado en juego en la literatura, la exploración de ciertos abismos, un propósito indagatorio de hurgar en la piel inabarcable de Welles, un ser tan arrollador como contradictorio, de vida disoluta y excesiva.

Quijote Welles es un libro denso y ambicioso, pero fluido y ameno gracias a sus muchos diálogos y entrañables anécdotas que le dan una fluidez narrativa que hace agradable su lectura, un viaje apasionante y fecundo por la vida de Orson Welles, un genial artista, otro Quijote errante que se permitió disfrutar, en gran medida, de todas las libertades que tuvo a su alcance.


sábado, 26 de diciembre de 2020

El silencio y sus significados

“El silencio es nuestro instinto de supervivencia [...] El silencio es nuestra conciencia, pero también es nuestra confianza [...] Nada es lo que parece. Nunca nada es lo que parece. Pero lo más curioso es que nadie es lo que parece o aparenta tampoco [...] A veces pienso que esperamos que un hada nos visite, que nos provea de todo cuanto necesitamos, que nos haga felices, aunque sea por un instante. Pero esto va a durar mucho. Muchísimo. Poco a poco iremos convirtiéndonos en inadaptados, en productos de un éxito ajeno, en mascarillas, en guantes, en inocentes que prenden, que caen, sin más, a causa de la tortura y de la inquietud”.

En estas líneas seleccionadas de las primeras páginas de Notas sobre el silencio (La Isla de Siltolá, 2020), del poeta y ensayista Javier Sánchez Menéndez (Puerto Real, Cádiz, 1964), resuena el pálpito que ha movido al autor a escribir un libro que nos invita a redescubrir el silencio y la vida interior. Estas notas, escritas a modo de diario en un período de tres meses que van desde el domingo 15 de marzo hasta el lunes 22 de junio de 2020, un tiempo extraño y desconocido de reclusión forzosa, recogen el sentir del poeta, su profunda impresión de que lo sobrevenido reclama una atención más reflexiva. Cada entrada refleja y escruta el protagonismo que ha tomado el silencio en ello. Y en ese devenir inquietante de un tiempo en el que las horas pasan más despacio, el poeta mira al silencio con instinto de plegaria y supervivencia, y lo hace de dos maneras: desde el lado en el que silencio procede del desacuerdo con el mundo y desde el lado en que se manifiesta más resonante, como corresponde al mundo de uno mismo.

Son noventa y nueve notas que hacen hincapié en ambos sentidos. Una y otra vez, fija su idea en el significado y en la fascinación del silencio como palabra no proferida, como elemento en el que se forjan las cosas importantes. Son notas que no se distancian de la realidad exterior para entrar en abstracciones filosóficas, sino que se aproximan al yo íntimo para exaltar las modulaciones que el silencio aporta como experiencia y fuente de sabiduría. El silencio oxigena el pensamiento, procura claridad, nos viene a decir. Insiste en que para ejercitarse en esa tarea la atención es previa al entendimiento: “El silencio es contemplar, es atender y es entender”.

Pese a toda limitación provocada por las circunstancias, el poeta abre también su mirada hacia la naturaleza. Y así, en el Día 16 exalta la importancia, ahora más que nunca, de sentirnos ligados a la naturaleza, nuestra verdadera procedencia: “La naturaleza de pronto ha comenzado a hablar. Nos indica que las generaciones venideras podrán continuar disfrutando de ella... Nos tiene en cuenta, solo somos criaturas de la tierra”. La vida se vuelve incomprensible cuando se pierde esta perspectiva. Y también propicia que lo insólito se manifieste y exija respuesta, como anota en el Día 39: “Este tiempo es como un gran ensayo literario, pero sin literatura; y el ensayo se queda en un intento, un propósito sin ideas, sin designio”.

Uno no deja de subrayar y llevarse bien con estas Notas sobre el silencio. Dan que pensar y recapacitar. Sus vislumbres y perplejidades asoman, combinando el asombro y la minucia. Sánchez Menéndez propicia el sentido de aprendizaje que conforma el silencio para cualquiera y así lo manifiesta a través de una escritura fragmentaria que pasa el dedo por sus texturas y ensaya la ironía o la justa contrariedad en defensa propia. Como si solo la insensatez nos apartara del valor efectivo que tiene el silencio como recogimiento y hallazgo: “No hay ruido en los libros. Hay silencio en los libros, en los libros verdaderos”.

Este es un libro comedido en su extensión, pero que dice mucho en su brevedad, un texto indagatorio que se adentra en esa búsqueda y en esa relación fecunda con el silencio a través de la particular visión de estar consigo mismo, con los pequeños secretos y sentimientos que se resisten y que reclaman nuestra atención. Para cada uno de ellos, hay un momento y lugar propicio e íntimo donde recobrar ese silencio que dé sentido a las cosas. Son muchos autores, como Cicerón, Lucrecio, Virgilio, Cervantes, Nietzsche o Rilke los que por aquí nos prestan su compañía, traídos oportunamente para alumbrar lo que contiene de emancipador el encuentro con el silencio. Muchas veces ese refugio también fue para ellos el bálsamo indispensable con el que aquilatar el excesivo ruido del mundo.

Notas sobre el silencio es un libro luminoso e inteligente, una miniatura literaria encajada en un género híbrido entre diario y ensayo aforístico, un texto concebido como breviario para que el lector medite y no se aleje de lo que se insinúa y trasciende por sus páginas. Lo consigue gracias a la eficacia de su prosa ligera y lacónica, y también a su levedad formal. Ese cariz fragmentario le permite avivar nuestra atención lectora y alejarnos de otras abstracciones para ofrecernos un espejo que refleja mucho de lo indecible del silencio.

Ojos para ver, oídos para escuchar, entendimiento para comprender y razón para establecer lo general y discernir lo particular, eso y por ese orden es lo que ofrece este librito jugoso que explora la vida misma desde la propia esencia fulgurante del silencio y sus significados.


viernes, 18 de diciembre de 2020

Escritura salteada

En una época como esta de pandemia que nos está tocando vivir, en la que sigue prevaleciendo lo efímero e intrascendente, lo mediático y las redes sociales, Ramón Eder (Lumbier, Navarra, 1952) reivindica lo contrario: la búsqueda de la sabiduría que ponga sentido y pausa mínima a esto que llamamos vivir y que tiene mucho que ver con el recogimiento, la experiencia de estar solo, la observación de las cosas y el pensamiento. “Es bueno levantarse cada día sabiendo para qué”, nos dice. Cuando el mundo está como está, y la banalidad se expande, llega él con sus aforismos –una suerte de atención concisa e intención reflexiva sobre lo que acontece–, poniendo su perspicacia afinada en frases sencillas en las que condensa muchos de los entrecomillados de la vida.

En Café de techos altos (Renacimiento, 2020), su nuevo libro de aforismos, hay un aluvión de proposiciones y verdades que intentan amablemente continuar en ese rasgo suyo tan personal de tocar con los dedos, al menos para palpar de manera breve, fecunda y discreta, lo que pasa a nuestro alrededor. Para Eder, como dejó ya dicho en Ironías, uno de sus libros más celebrados, hay que empeñarse en llevar el sentido filosófico del aforismo al secadero práctico de la vida: “Toda filosofía que no nos enseña a vivir mejor es un abominable juego de palabras”, sostiene. Es consciente de la carga poética y filosófica que envuelve al aforismo, lo que no le impide asegurar que “El género aforístico, aunque trate de temas serios, siempre tiene algo lúdico”. Por eso añade con la retranca que le caracteriza que: “La crítica literaria no sabe si debe considerar al aforismo como poesía o filosofía y afortunadamente deja el asunto entre dos aguas”.

Eder es sin duda uno de los referentes destacados del género aforístico de nuestros días, el más prolífico, una voz singular que también tuvo tiempo para dedicarse a la poesía o al relato breve, pero que durante los últimos veinte años se ha ceñido exclusivamente al ministerio de una escritura tan exigente y arriesgada como es la del pensamiento breve. Para él es mucho lo que el aforismo incluye como arquetipo: humor, ligereza, epifanía y hondura. Siempre nos sorprenden sus hallazgos. Sobre el significado del aforismo tira de ingenio y donaire para afirmar que es “humor refinado”, “juego de palabras revelador”, “paradoja inquietante” o “burla sublime”. Incluso se atreve a nominarlo con cierta picardía como “erotismo de la inteligencia”.

A través de sus relámpagos, como a él le gusta llamar a esta forma de escritura híbrida y abreviada que encarna el aforismo, el escritor navarro encuentra su mejor manera de interpretar el mundo, sus puntos de vista propios sobre los asuntos domésticos y universales, un vehículo que le permite esbozar pensamientos, perplejidades y paradojas en las que contemplar un trozo de la realidad bajo una nueva luz a la que no le falta su chispa de humor en muchos de ellos, como por ejemplo en estos tres reclamos: “Todo está en los libros excepto los cuerpos que amamos”; “Los hay que cuando se encuentran bien van al psiquiatra”; “Se creía un pensador pero era solo un pensativo” .

Cuando uno lee a Ramón Eder, le vienen al paso, como un señuelo, los destellos que otros clásicos del género pusieron en su escritura. Me estoy refiriendo a autores de la estirpe de Jules Renard, Lichtenberg, Karl Kraus o Nicolás Gómez Dávila, escritores que desde la sobriedad de sus textos breves nos hacen sentir inteligentes y avispados, sin tener que acudir a ningún tipo de retórica ostentosa. Eder se sitúa en la misma línea de flotación que estos maestros del aforismo hicieron para poner rumbo y puerto a sus brevedades. Se sirve de su mismo deambular, concentración y parquedad como manera reducida de encauzar al lector en su tránsito literario por sus aforismos. En ese sentido tiene claro, y así lo subraya, que “Un aforismo es medio aforismo hasta que el lector le añade la otra mitad”.

En ese sentir y empeño, la lectura de Café de techos altos, nos pone de nuevo ante un escritor curtido en estos lances de incorporar al lector al espíritu de sus piezas teniéndolo siempre muy en cuenta. Su credo literario aspira a eso, y para tal menester, a esa forma de entenderse con las palabras más sencillas, sin más artificio retórico que fijar su atención en lo contemplado con cierta chispa y descreimiento. Ese es su estilo, apartado de cualquier solemnidad, del que se vale con gracia y naturalidad para incitar al entendimiento del lector, como se cierne en este aforismo lleno de sagacidad y maestría: “Son muy importantes los escritores que nos dicen lo que ya sabíamos, pero que no sabíamos que lo sabíamos”.

Son ya muchos los libros de aforismos publicados por Eder que avalan su buena reputación en estas lindes literarias, en un género de apariencia sencilla pero muy exigente, tan preciso de inventiva como de buena mano en su confección. Ensamblarlo en un volumen como este que contiene más de cuatrocientos aforismos resulta una apuesta aún más minuciosa y determinante por lo que reclama de destellos continuados en su conjunto. Esta nueva colección suya participa de muy buenos ingredientes, con notas de intensa introspección y otras muchas que glosan sobre la literatura, que remarcan guiños a los libros, a la amistad, al talento, a la belleza, a la cultura, al saber estar. Dice en uno de ellos a este respecto: “El arte de irte antes de que te echen evita muchos disgustos en la vida”.

El aforismo, de aparente facilidad constructiva, posee una dificultad inusitada cuando se concibe como una concatenación que dé pie a escribir un libro de aforismos. Los libros de Eder poseen ese magisterio y talento que invitan a asistir a una celebración fecunda de fugas y vislumbres con la intención y calidez necesarias para convertirse en un ámbito de remanso y reflexión alejado de certezas prolijas, mucho más ocupado en provocar nuestra curiosidad y aguzar, por qué no decirlo, nuestro entendimiento.


viernes, 11 de diciembre de 2020

Entre el yo y los otros, la mentira

Decía Schopenhauer que “básicamente, solo los pensamientos propios tienen verdad y vida”. Y esto puede entenderse incluso desde otros ángulos en los que estén presentes realidades turbias, ambiciones e intereses ocultos, muchos de ellos provistos de engaños, manipulación y falsedad. Verdad y vida son conceptos enfrentados la mar de las veces. La mentira está presente y se interpone entre ellas convirtiendo la realidad en un simulacro entre el yo y los otros, entre las apariencias y su trasfondo. La conjetura, la estrategia, la especulación conforman también esa otra manera de entender la realidad, esa misma que teje su red de intereses en la existencia de cada uno, igual que en la creación del mito.

Todo este entramado se halla presente y trasciende en las páginas de El hijo del chófer (Tusquets, 2020), de Jordi Amat (Barcelona, 1978), que nos cuenta la vida misma encarnada en un personaje siniestro, Alfons Quintá, que no podría entenderse sino como un relato muy bien urdido para llegar a conocerlo en su totalidad: familia, entorno, relaciones, personalidad, ambiciones, chantajes y deliberada inquina. No es solo la historia de un canalla, de un individuo sin escrúpulo que jamás se conformó con lo que tenía, que descubre muy pronto que la información sobre la conducta de los otros puede usarse como un poder para conseguir lo que uno quiere, sino que, en su conjunto, es un libro de memorias, un relato tomado de la vida.

La figura maligna, escurridiza y ambigua de Quintá impacta y hasta fascina. Mantiene una turbia relación con su padre, chófer y hombre de confianza de Josep Pla. Pese a que no lo soporta, se vale de su parentesco para acceder al entorno del escritor y sus influencias. Quintá muestra una personalidad torturada y una vida privada cada vez más oscura que acabará en tragedia. En diciembre de 2016 se suicida tras asesinar a su mujer de un disparo. En el terreno profesional del periodismo aparece en el libro como un personaje resentido, prepotente, agresivo, manipulador y cínico. Añádase a todo esto su obsesiva atención vigilante, a cualquier hora del día, para evitar que se le escapara cualquier noticia de la actualidad para sacarle provecho. Se anticipaba a todos y acudía a cualquier hora del día a su extensa agenda provista de contactos importantes con el fin de obtener primicias informativas que llevaran su firma.

Amat describe con todo lujo de detalles cómo esa amplitud valiosa de informantes permitió a Quintá publicar algunas exclusivas importantes en su día, como el caso de Banca Catalana. Desempeñó cargos de relevancia en la radio y también en la prensa, destacando como delegado de El País en Cataluña en los primeros años del periódico. Fue nombrado por Jordi Pujol director del proyecto de TV3. Ideológicamente no tuvo unos anclajes sólidos y pasó del comunismo revolucionario al nacionalismo convergente, por conveniencia, y de ahí viró a posiciones cada vez más antagónicas, descreídas y personalistas.

Quintá no parecía ser consciente de que el poder establecido es utilitarista y propenso a conveniencias. Esto le pesó, pero no le impidió sobreponerse conforme cambiaba de escenario laboral. El asedio y el terror se vuelven imprescindibles para él a la hora de afrontar los retos de sus nuevos proyectos profesionales. Pero no sabe o no es consciente de que es imposible hacerlo solo, sin las directrices de los que mandan más arriba. Es un narcisista y no prevé lo que le ronda. Su sostén, tarde o temprano, quedará en entredicho, en cuanto puedan o cuando el momento sea propicio, lo utilizarán como escudo si se aproxima una flecha y mirarán hacia otro lado cuando caiga herido.

Este es un libro que atrapa, basado en hechos reales, contado con audacia por un narrador que es inconfundiblemente el autor y que, a su vez, desenmascara los entresijos del engranaje del pujolismo, del cuarto poder, su trastienda y los manejos de su núcleo en el ámbito de la política catalana desde los prolegómenos de la democracia y la llegada del autogobierno. En este contexto se desarrolla la trama de El hijo del chófer, una historia volcada en un sujeto miserable que será el hilo conductor de unos acontecimientos cuya verdad subyacente se va mostrando a medida que la presencia torticera de su protagonista no cesa de enfrentarse a quien se interpone en su camino.

El hijo del chófer en un retrato absorbente de un periodista siniestro y desmesurado, un libro lúcido y trepidante a modo de thriller, escrito con sobriedad y con la necesaria distancia de los acontecimientos, con la convicción, como dice el propio autor, de que "el conocimiento biográfico nos hace más libres y que la no ficción literaria tiene una función social fundamental". Es, por sí mismo, un libro histórico construido desde el soporte de la viva realidad de un personaje detestable y de un país en proceso de transformación, una alegoría de lo que lleva en su interior la condición humana de quienes ostentan el poder y lo que ellos mismos esconden para perpetuarse.


jueves, 3 de diciembre de 2020

El pasado sucede en algún sitio

Cuando uno encuentra bajo su tierra, en su propio suelo, un cuerpo enterrado, sospecha que no está solo; de alguna manera, quien halla un cadáver teme o imagina que otros cuerpos aguardan inmóviles a la espera de su turno. Los terrenos de una comarca no pueden mirarse igual tras el hallazgo del primer muerto, porque ya no parecen paisajes floridos, sino camposantos”.

Con esta manera espléndida, inquietante y hasta fantasmal, arranca esta historia que se presta a contarnos lo que le aconteció al narrador nada más llegar de su lugar de origen a unas tierras lejanas en las que había fijado sus ilusiones para dejar atrás un pasado aciago y enterrar allí el drama que llevaba consigo. Centroeuropa (Galaxia Gutenberg, 2020), la obra ganadora del XIII Premio Málaga de Novela, del poeta, crítico literario y profesor Vicente Luis Mora (Córdoba, 1970), es un emotivo relato de un hombre que confirma cómo la Historia marca el camino de los pueblos y pone sus objeciones al albedrío de quienes la ignoran o no la tienen en cuenta. Es también autor de varios libros, entre los que destaca su novela Fred Cabeza de Vaca (2017) y La huida de la imaginación (2019), un afilado y valiente ensayo sobre el peso de lo real en la narrativa.

Centroeuropa está ambientada en una pequeña localidad a orillas del río Oder, a medio camino entre Berlín y Kostrzyn llamada Szonden que es el lugar donde Redo Hauptshammer, el protagonista y narrador de la novela, se instala para rehacer su vida. El origen de este relato, como cuenta en una entrevista el propio autor, surgió de la lectura de Antes de la tormenta de Theodor Fontane, un hallazgo que supuso una anticipación que le llevaría a aventurarse a narrar esta historia en la que retrata la transformación que sufre la vida de un hombre motivada por un hecho fortuito desde las propias entrañas de aquella época convulsa y prerrevolucionaria que fue la Europa de mediados del siglo XIX. Mora aprovecha las posibilidades que le brinda el género para trazar inolvidables perfiles humanos de personajes representativos de todas las capas sociales, a los que describe con sutileza y fina ironía. Al propio tiempo descorre un escenario histórico lleno de detalles de lo que fue el poderío de Prusia en aquellos años, para desvelarnos también sus secuelas y los sedimentos que dejó en la Europa que vino después.

Entre las muchas virtudes de esta novela destaca su prosa cuidada. El autor vigila las palabras que hacen posible el relato para que se ajusten a las mismas que en el siglo XIX andaban registradas por escrito, pero que suenen naturales, en consonancia con la idea de plasmar un léxico intemporal, de coexistencia entre un lector de entonces y uno de ahora. Pero lo sustancial de Centroeuropa es lo que suscita el protagonista, un joven dispuesto a rehacer su vida en otra tierra y que, sin proponérselo, será el hilo conductor de lo que persigue la idea y el espíritu concebido por el relato: la indagación y el conocimiento del pasado de una Europa marcada por la herencia de sangre tan vinculada al deseo de expansión de las naciones.

Sin embargo hay algo más que destila esta poderosa historia, algo que mantiene su vibración, más allá de lo aparente. Lo que promueve Centroeuropa, y esto sí que es un acierto de la novela, no es exponer un relato histórico, sino sociológico que, al mismo tiempo, trata de buscar los ecos de aquella Europa beligerante para mostrarnos lo que perdura aún de ella en nuestros días. Algo que, a mí juicio, consigue. Todos los personajes que desfilan por la novela para acercarse a los cuerpos encontrados por Redo muestran su perplejidad e intentan dar una interpretación, desde el alcalde Altmayer, el historiador Jakob, jueces y demás prebostes, hasta la gente más sencilla. El peso que en ellos ejerce el pasado reciente se hace ver como un algo presente que los paraliza, como si el hallazgo insólito de aquellos soldados muertos no les concerniera. Por decirlo de alguna forma, como si lo que no sale a la luz perviviera de otro modo más liviano.

Lo que callan algunos sobre lo que pasó, condiciona lo que están viviendo y pesa en su memoria colectiva. Incluso, la última instancia, el rey, lo confirma: “En tierra de muerte hay también alimento... Una nación no puede sobrevivir con la verdad a la intemperie”. De ahí que el libro suscite que el pasado es presente que se desdice, que el pasado continúa vivo pese a su silencio. Sucede y se encuentra en el terreno que pisamos, aunque aparentemente esté oculto. Ese es el suelo histórico descrito por Jakob, el personaje más lúcido e interesante de la novela: “La tierra es como los libros: una vez abierta, también sabe hablar”. Para él, ni siquiera en la soledad de la tierra baldía estamos solos: los ausentes andan por ahí. Hay todo un mundo que no vemos y que la narración apunta a la voz callada de los muertos. En esta novela parecen mostrarse como los más congruentes, aferrados con uñas y dientes a sus tumbas al abrigo de la verdad de la Historia.

Este es un libro poderoso, punzante y perspicaz, como representa también su cubierta, un óleo del pintor alemán Gaspar David Friefrich titulado El mar de hielo (1823-1824), una novela con páginas brillantes y conmovedoras concebidas para que pensemos, un relato de testimonio, fuga, memoria, herida y clamor en todo eso que la gente no quiere saber ni tampoco mirar: “Somos olvido compacto... Que la guerra pone a los hijos en el disparadero... Estos cuerpos son los cimientos sobre los que se construyen los imperios y, como los cimientos de un edificio, alguien ha decidido que deben estar bajo tierra. Si el horror no es visible, no existe el horror”.

Centroeuropa es una novela emocionante desde el comienzo hasta la última página, una escritura en trance continuo que representa todo un atlas narrativo en la que podemos leer los entresijos y conexiones de un relato que pone voz a una Europa que sigue buscándose a sí misma. Un libro que confirma lo que la literatura nunca debe dejar de ser: el lugar donde se disputa la forma de escribir una buena historia.


jueves, 26 de noviembre de 2020

Lectura ilustrada


El acto de leer se asemeja más a un arte que a una mecánica, necesitado de una motivación y de un retiro voluntario que hagan posible el diálogo con otro en el seno de la intimidad, la soledad y el silencio. Leer implica eso y también encajar un texto en un contexto preciso de interpretación. Por otra parte, la lectura continuada aporta frescura a nuestro intelecto y lo reconforta de los achaques de la edad. Canetti, contemplando a los setenta años su propia biblioteca abarrotada, se decía que seguir acumulando libros formaba parte de su rebeldía contra la muerte. Con esa prerrogativa contaba tener la disponibilidad de poder elegir qué leer y seguir teniendo en su mano, pensaba con cierta arrogancia, el curso de su propia vida.

Sin llegar a esa preeminencia del escritor y pensador sefardita, somos muchos los que participamos de esa misma rebeldía. Somos muchos los que nos identificamos con ese significado de la lectura como consuelo y ejercicio continuado de la mente. Cultivarla se basa sobre todo en la observación y en dar tiempo al tiempo. Leer agiliza el pensamiento, produce delectación, acrecienta el discernimiento e impele a contarlo. No conozco a ningún lector que, gozoso con lo que ha leído, no acuda a comentar su dicha con gente afín, amigos, seres queridos o conocidos. Yo también lo hago y celebro mis hallazgos en esta bitácora de lecturas que, desde hace ya casi una década, mantengo activa como espacio que me permite poner en valor lo que la lectura tiene también de vínculo social en el sentido de compartir con los demás lo bueno que uno lee, o cree haber asimilado de lo que ha leído.

El nuevo libro del diplomático, bibliófilo, poeta y escritor Miguel Albero (Madrid, 1967) La orgía callada (Abada, 2020) posee esa jerarquía gratificante propia de un texto evocador y bien urdido que aborda con empeño, sutileza y humor un elogio apasionado sobre la lectura, pero tomando como referencia al sujeto que la desempeña: el lector de libros. “Leer al lector, ése es el objetivo de estas líneas”, dice el autor en el arranque de su ensayo, apoyado en el epígrafe que recoge una de las citas más celebradas de Gustavo Flaubert que dice así: «La única forma de tolerar la existencia es perderse en la literatura como una orgía perpetua».

A esa fiesta nos emplaza el libro. Y en su antesala nos encontramos con la presencia de Nabokov y Steiner, dos escritores importantes señalados por el autor que siempre estuvieron muy volcados en poner su atención literaria a ese reclamo perpetuo de la lectura. En ese acompañamiento y en ese objetivo marcado de atención lectora, Albero nos proporciona los cuatro rasgos que identifican la figura del lector de libros que participa de lo que él denomina “orgía callada”: El primero es que el lector no está nunca solo, como en las orgías. El segundo es que se encuentra desnudo. El tercero es que es promiscuo, eso sí, sin jadeos. Y el cuarto rasgo distintivo y derivado de esto último es que se trata de una orgía particular y diferente, una orgía silenciosa.

Aunque en las muchas ilustraciones que acompañan al libro aparezca un lector aislado y solitario, se refuerza lo contrario de lo que parece, dejando bien sentado que el lector de libros nunca está solo. Conviene reiterarlo, subraya Albero en el capítulo que habla de la no soledad del lector: “Porque leer es dialogar con otros vivos ausentes, o con muertos presentes, estar con otros, esos otros que en el libro habitan; el autor, desde luego, pero también todos y cada uno de los personajes, ya sea ficción o ensayo, Historia o historias, allí siempre hay gente”. El lector de libro viaja, la lectura lo transporta y lo convierte en un “solitario acompañado”, nos dice, consciente y predispuesto a que ese libro que lleva entre sus manos lo lleve inevitablemente a otros libros.

En otro capítulo bien podría resumirse tomando una de las cuatro citas que lo preceden. Me refiero a la de Wilfred Maertens que dice así: «Por mucho que me abrigue o me arrime a la chimenea, siempre que leo tengo la sensación de estar desnudo; no tengo frío, no, pero ropa tampoco». En esa desnudez figurada conviene subrayar que el lector está desnudo porque no precisa de ningún ropaje especial para seducir al interlocutor que aparece en el texto, más bien requiere pasar inadvertido, sin ninguna prenda que llame la atención. Y está también desnudo, como indica el autor, “porque se enfrenta despojado a cuanto viene, porque lo afronta sin parapeto”.

En ese deambular de la obra por la esencia de cómo se sitúa el lector ante un libro, conviene recordar, como atina Albero, que “el lector de libros empieza por ser lector de un libro”, y que “hay siempre un libro fundacional” que lo inicia en futuras lecturas. Los libros se suceden, vienen otros al reclamo de aquella primera lectura y ese germen hace convertir a alguien que lee por primera vez un libro en un potencial lector de libros. Todo lo que despliega este ensayo no es más que un acto de invitación al vicio de leer al que muchos nos hemos entregado. La orgía callada procura las mejores condiciones para que la realidad siempre imprevisible de ser lector se muestre visible, con ese pálpito de trasladar con gracia y con total claridad eso de que no hay mejor cobijo para el deleite, la satisfacción intelectual y el asombro que el que reportan las páginas de un libro.

Uno, como lector incorregible, nunca regala su atención a un libro de forma gratuita. Lo hace cargado de ilusión y con la esperanza de recolectar su fruto. Asumir ese riesgo es la aventura que siempre se está dispuesto a correr cada vez que decidimos leer un libro, confiados en una recompensa final. Cuando el resultado esperado se confirma, entonces el regocijo nos lleva a exteriorizarlo. Es lo que me acaba de ocurrir con este pequeño y hermoso volumen de Miguel Albero, una suerte de hallazgo que hará partícipe igualmente al curioso que se deje tentar por ese reclamo de orgía callada que anuncia su cubierta.


jueves, 19 de noviembre de 2020

Relatos explosivos


Un libro de relatos se basta a sí mismo para revelarnos todo lo que sus historias tienen que revelar. Por mucho que interpretemos, por mucho que indaguemos, todo lo que sus piezas tenían que decir está ahí, a la vista. No necesita de ningún manual de instrucciones que nos guíe sobre cómo debe ser leído o interpretado. Solo necesita de la atención de un lector dispuesto a someter su insaciable curiosidad e imaginación, con cierto sentido práctico, y dejarse llevar por el misterio del relato que, en muchos casos, encuentra analogías en los propios materiales de la vida. A este respecto, decía Kafka que “la verdad interna de un relato no se deja determinar nunca, sino que debe ser aceptada o negada una y otra vez, de manera renovada, por cada uno de los lectores”.

En las piezas reunidas en El agua del buitre (Baile del sol, 2020) del músico y escritor Andrés Ortiz Tafur (Linares, Jaén, 1972), vamos a encontrar esas analogías y misterios de la vida entretejidos con una serie de testimonios y de situaciones llenos de giros inesperados. Los sentimientos, ensoñaciones y motivos que impulsan a los personajes de estos relatos son tan antagónicos como nos parecen a los que los observamos. Quienes lo protagonizan son seres que ponen pasión en sus ideas y siempre buscan razones que justifiquen sus sentimientos, historias que se basan tanto en la realidad común a todos, como en su controversia, o si se quiere mejor, que fijan su lugar en los pequeños atisbos y fragmentos que tienen que ver más con todo lo que la vida posee de extravagancia, arrebato y perplejidad.

Ahora que se cumple cuatro años de la publicación de Tipos duros, Ortiz Tafur vuelve al cuento, un género que para él es una fuente inagotable en la que volcar historias y tramas que le valen para alumbrar aspectos esenciales de la experiencia humana. En esta ocasión, reúne dieciocho relatos breves, explosivos y perturbadores que toman su materia prima de la realidad y de sus espejismos, para mostrarla más desnuda y amarga, con esa pátina de desconcierto y extrañeza, a través de unos personajes en los que, en el arte de vivir, se las apañan como meros aprendices de sí mismos. Todos ponen en juego su realidad. Todos están abocados a los designios de un destino, y ese es el escollo con el que tropiezan inevitablemente.

Relatos insólitos que nos conducen a lugares de aparente tranquilidad en los que apenas suceden grandes cosas, como en Golpe a golpe, el primero de ellos, hasta que una piedra y los versos que salen de su rodar irrumpen en el pueblo, alentando la euforia de los vecinos, ajenos a lo que va a ocurrir. En el titulado Clemente, un muerto anda ocupado en visitar a los que tuvieron alguna relación con él para constatar que sigue siendo invisible igual que antes. Una prueba de amor es el hilo conductor del relato que pone título al libro. En Estaciones fuera de servicio, escrito en segunda persona, el amor no correspondido anda a salto de mata entre un estanco y una gasolinera. Un mundo de mierda, uno de los relatos más significativos, condensa el peso de la rutina y el devenir de los días, sin apenas nada extraordinario que resaltar, pero con la misma retahíla de incertidumbres y lastres del resto de su obra.

Cada uno de los cuentos refleja una temática social y todas las historias poseen un denominador común: una recomposición del mundo real desde la experiencia vital de gente lastimada por el dolor, el desamor, la muerte o el desatino. La fosa séptica, por ejemplo, es un relato agrio y conmovedor en el que la violencia socava las vidas de sus víctimas atrapadas por el miedo. En otra historia, la titulada En el bar de abajo, el narrador es un escritor que encuentra inspiración en la anómala relación que sostiene su mujer con su mejor amigo. Por esas mismas lindes de infidelidades se desenvuelve Palabra de honor, un cuento conmovedor, con un protagonista de avanzada edad que relata con indulgencia cómo su pasión y ardor son ya agua pasada. La fatalidad del amor también se da cita en el relato Almería, la historia de un marido engañado que ha puesto tierra de por medio para rehacer su vida.

Las claves de todo lo que envuelve a este buen puñado de relatos la encontramos en esa realidad distinta, a veces surrealista, por la que transitan muchos de sus pasajes. El ambiente que el lector encuentra, envuelto en situaciones extrañas y límites, casa bien con la verosimilitud de la realidad expuesta y de la que se vale para reflejar el desconcierto con el que todos sus personajes viven y sobrellevan sus pérdidas. Ortiz Tafur logra que la voz del narrador de cada uno de sus cuentos repare en sus carencias y las superen a través de los sentimientos de cada individuo. Así consigue que su texto tenga un tono dinámico y nada complaciente que, además, resulte ser un espejo social que habla por boca de amantes, esposos, mujeres y seres malparados.

Ningún relato de El agua del buitre deja indemne al lector, todos remueven posos que incomodan e inquietan. Su arma más poderosa no es otra que la habilidad para presentarnos personajes sometidos a circunstancias sobrevenidas por el azar y el destino que acaban en conductas imprevisibles. Ortiz Tafur firma una estupenda colección de cuentos que esquiva el realismo común para dar rienda suelta a su invención y para mostrar por qué la ficción es un terreno en el que todo lo que sucede puede ser creíble. No dejamos de poner en alza lo que tiene de valor la astucia narrativa de quienes, como él, dan sentido a lo que Roa Bastos decía: “Escribir no significa convertir lo real en palabras, sino hacer que la palabra sea real”.


viernes, 13 de noviembre de 2020

El fascinante escenario de lo escueto

Con el paso de los años, el aforismo ha adquirido un protagonismo importante en el entorno literario, editorial y cultural de nuestros días, una recuperación celebrada y necesaria para un género que a finales del siglo pasado andaba aletargado. Cada vez son más los lectores que se acercan a sus páginas, alentados por la brevedad, esa característica que siempre ha de cumplir el aforismo y que determina su valor existencial. Para algunos, el único criterio efectivo para distinguirlos de otros textos parecidos es precisamente dicha brevedad. Concisión y laconismo son, por tanto, dos distinciones fundamentales que conforman la esencia y sabor del aforismo. Ese minimalismo expresivo se caracteriza, además, por su genuino ejercicio de ingenio, agudeza o perplejidad. Podemos afirmar que todo eso y lo que incorpora siempre de sorpresa y novedad, han dado más valor y atractivo para que los lectores, cada vez con más entusiasmo, acudamos al desafío de sus publicaciones.

Sostiene Carmen Camacho que “las formas aforísticas limitan al norte con la filosofía y al sur con la poesía”. Y, en verdad, uno que se considera fan del género, percibe que hay una cierta correspondencia entre ambas disciplinas como cualidad híbrida del aforismo. Esa cartografía hace del aforismo un trayecto exigente y por eso demanda un lector con la pericia necesaria para interpretar lo que anuncia y lo que deja en suspenso. Su economía verbal requiere, paradójicamente, de la lentitud de su lectura. Es más, la precisión de sus palabras procuran, a su vez, iniciar un diálogo con quien lo lee. Por eso es normal que la lectura de un aforismo derive en una relectura. En su esencia y protocolo, reclama la colaboración del lector, que concluya y rumie lo que de esbozo se presenta escrito.

Para el poeta, antólogo, crítico y aforista Jose Luis Morante (El Bohodón, Ávila, 1956) todo lo anterior encaja en su manera de entender la esencia y concepto de esta “escritura mínima y liliputiense” que representa el aforismo, como señala con gracia y complicidad en el prólogo de su reciente libro 11 Aforistas a contrapié (Ediciones liliputienses, 2020) que titula El arte de eludir. Y en esa tarea de elipsis y condensación tan propias del género, no quiere pasar de puntillas sin dejar de señalar lo que para él tiene de significado y proyección esta forma fragmentaria de escritura: “Los aforismos integran pensamiento poético, filosofía, sociología y experiencia. Son ingredientes sintomáticos que generan una estimulante pulsión intelectual”. Alude también a esa idea de que “el aforismo parte de una voluntad de autoconocimiento”, como apuntándonos a que sus limitaciones formales de gestación son causas, más que impedimento, para la inspiración.

Los aforistas aquí reunidos conforman un cartel heterogéneo de poetas que, en palabras del antólogo, “no pretenden alentar criterios dogmáticos” sobre esta particular manera de escribir literatura, sino dejar oír sus pensamientos. Cada uno de ellos muestra su voz y mirada interior para contarnos en un buen puñado de miniaturas verbales sus motivos personales, sus dudas y convicciones íntimas. Y así por ejemplo, empezando por Luis Felipe Comendador, descubriremos su ironía disidente y “sus escorzos interpretativos”, como dice Morante de él que en estos dos aforismos escogidos al azar podemos vislumbrar: “La soledad es un arte mayor que me fascina”; “De un buen pesimista se aprende muchísimo”. De Karmelo C. Iribarren se destaca el escepticismo y el peso de la realidad de lo cotidiano que tienen sus aforismos: “Para llevar dos vidas es fundamental no quedar a la misma hora en las dos”, nos advierte.

Continúa con una selección de breverías de Elías Moro en las que la memoria y la evocación son protagonistas decisivos, como este ejemplo: “No sabemos lo que realmente somos hasta que ya no hay remedio”. De Mario Pérez Antolín resalta su “impronta verbal” como refleja esta confesión suya: “Mi primera experiencia como hombre libre se produjo el día en que desobedecí una orden y pagué por ello”. La otredad y la duda están presentes y bien representadas en esta compilación por Felix Trull, alter ego del editor José Luis Trullo: “Una certeza es una duda coagulada. Pero esto no es seguro”. José María Cumbreño, Luis Arturo Guichard y José Antonio Olmedo López-Amor completan la selección de autores seleccionados.

La irrupción de mujeres aforistas es un hecho cada vez más numeroso e importante. Manuel Neila en su libro Bajo el signo de Atenea (2017) da cuenta de ello con una estupenda antología de diez cultivadoras del género. En ese mismo espacio insular que nos ocupa, el libro de Morante incluye las voces de tres poetas que contribuyen a realzar lo que el aforismo posee de vislumbre y epifanía. El sujeto, el mundo y su compromiso social están muy presentes en este aserto de la primera de ellas, Ana Pérez Cañamares: “Cuando la inocencia ya no es posible, nos queda la honestidad”. El intimismo soñado e imaginativo está en muchos aforismos de otra de las invitadas, Rosario Troncoso: “Lo más importante ocurre siempre la víspera del día más importante”. Y, por último, la sobriedad comunicativa y reflexiva de la más joven de ellas, Sihara Nuño, poeta, pintora y librera a la que le gusta trazar observaciones, perspectivas y sugerencias: “Vivo arbitrariamente. Como me es posible”; “No es posible burlar a la muerte. Por fortuna la vida tiene un aforismo”.

11 Aforistas a contrapié es una invitación razonada a seguir leyendo aforismos, a traspasar sus fronteras. Jose Luis Morante resume en su nota final la intención y propósito de su empeño: “El recuento despliega once respuestas cortas a la fragmentación postmoderna, que desvirtúa discursos y certezas e insiste en recalcar el espacio ficticio de la realidad diaria”. Por eso mismo, se podría decir que este libro suyo, hermosamente editado, proclama y expande lo que tiene el aforismo de género fronterizo y deslizante, un engarce que participa del pensamiento nómada que en sí mismo representa, visto a través de once voces representativas de ese fascinante escenario en el que lo escueto anda en busca de atención y lectura. Mucho más de lo que parece.


lunes, 9 de noviembre de 2020

La realidad y sus anomalías

“La enfermedad es el lado nocturno de la vida, una ciudadanía más cara. A todos, al nacer, nos otorgan una doble ciudadanía, la del reino de los sanos y la del reino de los enfermos. Y aunque preferimos usar el pasaporte bueno, tarde o temprano cada uno de nosotros se ve obligado a identificarse, al menos por un tiempo, como ciudadano de aquel otro lugar”, escribe Susan Sontag en su luminoso ensayo La enfermedad y sus metáforas.

Dicen los síntomas (Tusquets, 2020), Premio Tusquets de Novela y tercera novela de Bárbara Blasco (Valencia, 1972) es una historia en la que todo lo que sucede está delimitado por la habitación de un hospital en donde la enfermedad, los sentimientos y el malestar interior compiten al mismo tiempo. Estamos ante un relato nacido desde las entrañas de la literatura, que se adentra en esas inestables coordenadas emocionales y físicas a las que alude la escritora neoyorquina referidas a la salud y a la enfermedad como doble ciudadanía. Hay también ecos literarios que apuntan en la dirección de Virginia Woolf, aproximándose a esa misma hondura a la que la novelista británica descendía para hablarnos de la enfermedad y sus síntomas.

Lo que el lector se va a encontrar en la novela de Blasco es el retrato de una mujer en crisis en un ámbito en el que la enfermedad y la desazón personal lo alcanza todo. Esta es una historia que cuenta los problemas sentimentales y laborales de Virginia, su protagonista, durante las sucesivas visitas diarias a su padre en el hospital. La habitación se convierte en el epicentro donde se pone a prueba la fragilidad de los vínculos familiares existentes entre ella, su padre moribundo con quien nunca se llevó bien, su madre, una mujer sumisa y su hermana, la hija perfecta que todo lo hace bien. Allí mismo surgirá una relación insólita y especial con otro paciente, un hombre enigmático que le hará albergar esperanzas cuando todo en su vida parecía estancado, perdido y sin visos de arreglo.

Escrita en primera persona, en Dice los síntomas su autora apuesta por proponernos un texto que no se queda atrapado simplemente en las garras del dolor. Tampoco pretende relegarse a la mera tarea de relatar el proceso degradante del final de la vida de un padre enfermo. Aunque hay una firme determinación de sopesar todo lo que encarna la enfermedad, la novela transita por ese lado más profundo de fijar su conexión, a modo de síntesis, entre la realidad y el cuerpo, sin dejar de lado el humor y la ternura. Esto es, la novela pertrecha dicha conexión tomando vuelo desde la propia experiencia de compartir un tiempo nada complaciente en el que la vida y el desconcierto doloroso de la enfermedad se rozan, hasta el punto de poner en jaque los sentimientos y el sentido de sus estragos. La historia de este libro la protagoniza el malestar interior de su protagonista, pero también responde a una reflexión, o varias, según se mire, sobre la familia y la enfermedad, sobre el bienestar y su revés, sobre el amor y el propio cuerpo.

La enfermedad, viene a decirnos su protagonista, tiene, o debería tener, buena parte del poder nivelador que tiene la muerte. Pero en esta historia no se esquivan las anomalías de quienes están alrededor del enfermo y no saben pasar por alto muchos detalles que, en plena salud de sus miembros, no quisieron compartir en su momento, sino todo lo contrario, que significaron un escollo en sus relaciones posteriores. Aunque ahora, madre y hermanas, cada una a su manera, pese a tantas incomprensiones y desdenes, parecen por momento estar de acuerdo en asumir calladamente lo que la voz deliberante de su protagonista deja dicho: “A cierta edad, todo dolor se vuelve físico. Y acumulativo”.

Aunque Virginia, la narradora, va más allá en su manera de interpretar esta consideración, ese cúmulo, a su vez, refleja inevitablemente en su corazón una indiferencia clamorosa hacia la figura del padre: “Realmente, no tengo nada grave que reprocharle, tampoco nada importante que agradecerle”. En esa voz desconsiderada suya hay un lamento disimulado por salvarse ella misma, un gemido encubierto con el que aliviar su desencanto y resentimiento.

Todo ese magma hace que Dicen los síntomas se muestre como una historia cruda y ácida cuyo desarrollo y resultado la convierten en una novela muy bien urdida, en la que sobresale su prosa limpia y punzante. Bárbara Blasco firma un estupendo libro que acaba con un sorprendente final en el que la realidad de su protagonista anuncia el principio de una hermosa epifanía.


lunes, 2 de noviembre de 2020

Ciudades marcadas

La historia no está escrita como ha sido experimentada, y eso debería estar también presente. “El historiador es el guardián de la verdad histórica que es la verdad de los hechos”, nos recuerda Hannah Arendt. Quizás por esto hacemos lo imposible por querer saber otros muchos detalles no revelados que pongan más luz al hecho histórico conocido. La Historia, en general, condiciona nuestra mirada sobre los hechos ocurridos del pasado. Por eso conviene acudir a los hechos para examinar la verdad, teniendo en cuenta la voz de quienes vivieron aquellos momentos y hoy siguen siendo testigos del ayer.

Algunos libros van por ese camino de aproximación. Libros que se interesan por el testimonio de los propios protagonistas de un hecho histórico. Su objetivo es indagar y saber cómo era para ellos vivir por aquel entonces en el lugar en el que transcurrió la historia que se pretende contar. Y el resultado viene a confirmar cómo determinados episodios de la historia reciente han llegado a convertirse en símbolos y sentimientos para mucha gente que, por eso mismo, han condicionado la realidad existente de esas mismas ciudades que hoy en siguen marcadas por el peso y significado de su pasado.

A esta perspectiva tomada en el lugar y en el tiempo se deben las historias recogidas en Guardianes de la memoria (Fórcola, 2020) del escritor y periodista Álvaro Colomer (Barcelona, 1973), un libro de crónicas de unos lugares en los que en su realidad cotidiana laten aún sentimientos de reconciliación, de dolor, de fatalidad, de miedo ancestral o de clamor religioso dependiendo de la ciudad a la que se refieren. Así mismo, es también un libro de viajes dirigido al corazón de unos territorios históricos a los que el autor incorpora el testimonio fresco de quienes fueron partícipes de los acontecimientos o simplemente nacieron después y se encontraron con su legado.

Rodeado de un halo de misterio, el lector se va a encontrar, por tanto, con un texto que rinde homenaje a cinco ciudades o regiones muy marcadas por su determinante sino histórico. El propósito de la obra queda dicho y aclarado en el prólogo: “Este libro está dedicado a los habitantes de las ciudades que soportan el peso de la Historia. Son nuestros «guardianes de la memoria», hombres y mujeres que cedieron su futuro para que nosotros tengamos un pasado[...] Y lo han hecho para que nosotros tengamos un lugar al que ir cuando queramos recordar de dónde venimos”.

El libro señala un periplo que recorre cinco enclaves. Nos vamos a encontrar con ciudades como Gernika, Auschwitz o Chernóbil que vivieron estremecedores acontecimientos grabados para siempre en la memoria colectiva. También hay lugar para la singularidad, como la que representa la población de Lourdes, que no deja indiferente al viajero que se acerca a su término municipal y comprueba la emoción que despierta la peregrinación de miles de personas a su santuario mariano. Como también hay un capítulo reservado al inframundo de los vampiros de la enigmática Transilvania. No podemos evitar un cierto escalofrío cuando oímos hablar de esta región rumana con su castillo y el nombre de aquel conde Drácula creado por Bram Stoker.

Todo lo que fluye por cada uno de estas historias viene a confirmarnos que mucho de lo que revelan sus páginas no es solo una indagación de alcance de lo que sucedió en unos territorios, sino más bien una interpelación sobre cómo las consecuencias de los hechos históricos se perpetúan en la vida real y presente de la población. Para ello, Colomer se vale de datos, notas, entrevistas, anécdotas y viejas historias. Nos cuenta cómo eran estos lugares antes y después de entrar en la leyenda, sus ecos y cicatrices que han sido claves en la reciente historia de Europa.

Álvaro Colomer nos entrega un ensayo escrito con inteligencia y sentido ético, que reflexiona sobre la visibilidad de los grandes acontecimientos de la historia a través de un recorrido por unos territorios que siguen desafiando su legado con estrépito. Las ciudades se comen a los hombres y por eso es posible perderse en ellas. Recuerdo un pasaje de Inre Kertész en Diario de la galera que aborda el lamento del hombre perdido, ahogado en las cicatrices de su ciudad y clama que “pensar sobre la vida equivale a cuestionarla”. Es esa idea la que sostiene este trabajo ensayístico, la búsqueda de la verdad sin apartarse ni un ápice de la idea de que todo saber, como la propia vida y la Historia, está sujeto a revisión.

¿Qué es un libro sino una forma del paso del tiempo? Guardianes de la memoria es un gran título para un libro que comprime tiempo y memoria a través de las experiencias viajeras de su autor. Un texto apelativo que también es una suerte de señal de cómo el flujo del mundo de ayer en lugares referentes de nuestra historia común se perpetúa y refleja en el presente. Quizás sea siempre así.


martes, 27 de octubre de 2020

Convalecencia


Para
Carlos Frontera (Jerez, Cádiz, 1973) escribir es un camino para averiguar algo e, incluso, descubrirlo, un modo de entenderse con las cosas que pasan dentro y fuera de uno mismo, conocer sus resortes y entresijos, lo que activa o paraliza la conducta humana, como así dejó entredicho en Andar sin ruido (2017), su sorprendente libro de relatos con el que debutó como escritor. En él exploraba el comportamiento de gentes apremiadas por salir del atolladero en el que se encontraban, cada uno a su manera, aunque el aplastante peso de la realidad les condicionara a todos por igual; seres incompletos y taimados, conscientes de su fragilidad y de que algo esencial siempre anda en juego, que anhelan, con poca convicción, llegar a ser algo más acorde con lo que un día soñaron.

Ahora, con Eco (Candaya, 2020), su nuevo libro y primera novela, se expande por esos mismos asideros pero en una construcción narrativa más inmediata e intimista, la de la propia experiencia. El lector participa de un relato introspectivo que muestra el estado convaleciente del narrador en el que todo parece estar desenfocado. Hay una necesidad de reaccionar a ello y desatar lo que se aloja en su interior de incomprensión y rabia. Y en ese requerimiento de leerse a sí mismo y al mundo inestable que le rodea, de intentar reincorporarse de la inmovilidad de su cama para poner claridad o, al menos, vislumbrar quién es y dónde está. Y esa es la voz narrativa que transita por estas páginas y se hace escuchar, la que vierte lo recóndito de su estado y sacude sus efectos: “A la experiencia tiempo, a la experiencia mano, les puedo agregar preguntas, esto es, literatura, en un intento por entender algo”.

Dice Umbral en Mortal y rosa que escribir es meter la vida en un libro, tomarle medidas al tiempo. El relato de Frontera percute en ese mismo ámbito y costuras. El dolor y el desacato por el que deambula su relato es un laberinto, una espiral no exenta de pérdidas. El dolor repasa pasajes, duda continuamente, vuelve atrás, como una bestia apaleada que no acaba de aprenderse el camino marcado por el paso del tiempo. La infancia, el hogar, la conciencia, el desamor y la memoria acuden a tirar del hilo que resuena en la propia voz del narrador a lo largo de todo el libro: “Yo soy el canal de desagüe. Yo, el atasco”.

Eco es todo eso, la cosmogonía de un hombre roto y refractario que no para de preguntarse acerca de su relación consigo mismo y con los demás, un monólogo interior sobre el desconcierto íntimo y familiar. Durante su prolongada estancia en casa, recuperándose de una operación de tabique nasal, el narrador de esta intensa novela repasa fragmentos de su pasado que apuntan a episodios en los que retumba la figura contradictoria y hostil del padre, una traslación que pone en jaque todo lo que desde una temprana madurez se pone en valor referido a la libertad, la voluntad y la toma de decisiones.

Eco es una novela breve, vehemente y tajante sobre la resiliencia y la superación personal que, pese a su tono herido, en ella prevalece un afán determinante de escapismo, de abandonar el aislamiento, que desafía a la realidad y sus esquirlas. Con una prosa ágil y puntillosa a la que no le faltan sus vetas de humor, Carlos Frontera relata el tono vital de un hombre que padece y analiza su padecimiento, y ante lo complicado de narrar sus rarezas empieza a querer aplacar esa contrariedad que lleva dentro, arrancando medias sonrisas al destino paralizante de una convalecencia que ya no debe alargarse más, que pide resarcirse del pasado y vencer al cansancio, al dolor y a la blandura del cuerpo.

Eco es también una evocación de un viaje al Himalaya en el que el autor deja ver el impacto de una aventura no culminada que enlazará con la pericia narrativa que impulsa el espíritu combativo de la propia novela. El entendimiento de la montaña se deja ver aquí fijándolo en el significado de la dificultad de su ascenso. La cumbre espera, es el logro final, la entrada sublime a ese espacio abierto, llamado cima, de intemperie absoluta cargado de plenitud y silencio.

Lo que aparece en Eco de la montaña es metáfora y vida, el lugar y la aventura donde se asienta un argumento revelador de quien busca la dimensión sublime e incierta del logro, que viene a dar sentido a aquello que dijo un filósofo: que el hombre es un ser de lejanías, de distancias y utopías. Y que, también, debe aprender a ser criatura de lo inmediato y cercano, del fracaso y del vuelta a empezar. Es lo que trasciende de esta implacable y exacerbada novela que, según deja dicho su autor en el epígrafe del libro, nunca tendría que haber escrito.