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lunes, 10 de febrero de 2020

Conjurar la realidad


La vida no transcurre como uno la imagina. El escritor, consciente de ello, escribe porque algo arde dentro de él, porque algo no anda bien en su fuero interno, y, también, porque en su memoria busca ascuas que remover hasta encontrar el modo de escribir el relato que necesita contar. Si la escritura es un puente, el río que pasa bajo ella no es más que la vida transferida por su autor, que interfiere en la nuestra con los hechos que cuenta o con la revelación de sus palabras, con la intención de encontrar un síntoma, un rastro o un espejo al que, quizá, hubiera preferido no asomarse para ver reflejado allí una verdad ominosa que define la lógica secreta de ese mundo en el que vive.

Ricardo Menéndez Salmón (Gijón, 1971) es un escritor que ha ido conformando, a lo largo de sus veinte años de oficio, ese reflejo literario en su obra, marcado por un pulso narrativo de destacada hondura ética y estética. Es autor de un singular libro de viajes, Asturias para Vera. Viaje sentimental de un padre escritor (2010). Ha publicado un par de libros de relatos: Lo caballos azules (2005) y Gritar (2007) y más de una decena de novelas, de las que sobresalen La noche feroz (2006), La ofensa (2007), La luz es más antigua que el amor (2010), Niños en el tiempo (2014) o El Sistema (2016), con la que obtuvo el Premio Biblioteca Breve, novela de ideas en la que compagina lo íntimo con lo político. En todas ellas el estilo reflexivo y su aparente levedad son señas de identidad que le distinguen como una de las voces narrativas actuales más interesantes de nuestro ámbito nacional.

Llega ahora al público con su novela más personal, No entres dócilmente en esa noche quieta (Seix Barral, 2020), la décimo tercera de su factoría, dedicada a la memoria de su padre, un libro de tono crepuscular del que se vale para desvelarnos su vida menguada, un panegírico narrativo que cuenta también cómo con la muerte de un ser querido uno se sale del curso del tiempo. Menéndez Salmón nos entrega su libro más desgarrador y que mejor resume el binomio que, para él, representa la escritura y la vida, una travesía que a veces se tarda toda una vida en recorrer hasta que se llega a la madurez, momento de aceptar que, aunque la literatura no nos salva de nada, ni resuelve los verdaderos enigmas de la existencia, como el dolor o la muerte, sin embargo sí colma la necesidad de recuperar una ausencia importante, una catarsis para después hablar de sí mismo.

¿Qué tiene que haber en un libro confesional como este, en una novela de no-ficción, o en una memoir, como el mismo autor la denomina, para que verdaderamente nos atrape?: necesitamos que haya verdad y buena literatura, sobre todo esto último. Este es un libro extraordinariamente torrencial y desgarrador que posee proximidad y anclaje en el seno familiar. Viene a decirnos que un mundo sin padres no parece apetecible. Todo en el libro es un intento de recuperar ausencias, silencios y diálogos callados. Confiesa su autor en una entrevista que con su padre aprendió que uno es un laboratorio de contradicciones. En el texto deja claro que la muerte es un asunto prosaico, y por eso mismo tiene que ser honesto con lo que ha ido fraguándose en su cabeza a lo largo del tiempo, cuando la enfermedad se instaló en casa. Para hablar de su padre no le vale con aspirar a «la verdad de las mentiras», sino que deja claro que tiene que ir más allá en pos de «la verdad de las verdades», como si el padre no fuera el suyo, un propósito difícil de mantener cuando la proximidad de la muerte acecha y se aloja en la memoria para siempre.

Cita a Norman Mailer con estas palabras que recogen la tarea de escribir extraída de la propia experiencia: «es la vida de la que no puedes escapar la que te da el conocimiento que necesitas para crecer como escritor». Menéndez Salmón no pretende con este libro más que desvelar su vocación de escritor al propio tiempo que cuestionar su revés íntimo, como decía Unamuno: “hay que vivir de modo que la muerte sea una injusticia fuera de su ser”, y así lo hace sentir cuando escribe sobre la enfermedad y muerte de su progenitor, tanto con su dolor corporal como el que proviene fuera de su ser. Escribir sobre todo ello no lo llevará a resolver su desasosiego, pero sí que pone al lector de su lado para entenderlo, como si acudiera a aquello que decía Antonio Machado en uno de sus proverbios de que sabemos que los vasos son para beber, pero que no debemos olvidar para qué sirve la sed: la vida es drama y contradicción, y en ningún caso un lugar inerme apto para el conformismo.

Estamos siempre convocados a narrar, dice Piglia. De siempre se han contado historias de pérdidas y se seguirá haciendo. La literatura se ocupa de que nunca falte ese cauce para mostrarnos la complejidad del mundo, no desde una atalaya, sino a través de los ojos de sus narradores, capaces de contarnos lo inefable. Si algo caracteriza la lectura de este libro son los sentimientos que subyacen en el narrador de esta historia personal y familiar en la que viene a decirnos que: vivir no es más que acostumbrarse a perder y asumir que lo que nos ocurre en la familia y en la vida nos moldea y cauteriza, y percute en las decisiones individuales.

Por eso, cuando uno lee algo literariamente bueno no puede decir que escapa de la realidad, sino todo lo contrario, que se sumerge más hondamente en ella. La lectura y la vida no están separadas, son simbióticas, conjuran la realidad. No entres dócilmente en esa noche quieta contiene páginas memorables para comprobarlo, es un libro que goza de altura y profundidad, las propias que la literatura decanta cuando se pone el alma entera.


viernes, 14 de febrero de 2014

Seres perdidos



Confieso que descubrí a Ricardo Menéndez Salmón (Gijón, 1971) de la mano de Vila-Matas, en una referencia memorable en su libro Diario voluble sobre el autor de Gritar y que cito textualmente: La literatura no es un oficio, es una enfermedad; uno no escribe para ganar dinero o caer bien a la gente, sino porque intenta curarse, porque está infectado, porque lo ha ganado la tristeza. Y, ante tamaño desvelo, ya no pude resistirme a buscar lo que no quería perderme del escritor asturiano hasta entregarme a La luz es más antigua que el amor (2010), un texto sobre la enfermedad, la locura y el genio. Después me encandilé con La noche feroz (2011) y Medusa (2012), dos relatos inquietantes y crueles que me conmovieron. Cuando un escritor, como Menéndez Salmón, te muestra esa literatura que procede de la desolación de su escritorio, donde se encierra para vislumbrar todo el caudal de tristeza y de alegría que conforma su vida, entonces nos damos cuenta de que estamos ante un narrador con mayúsculas.

Niños en el tiempo (Seix Barral) , su última propuesta narrativa, presentada el pasado mes de enero, goza del sello de sus anteriores novelas, pero aquí, la fuerza de la desgracia sopla entre la pérdida y el duelo. Menéndez Salmón nos cuenta tres historias que tienen el sino de la convergencia, bajo un eje central protagonizado por un niño que transita por tres estados: un niño muerto en la primera parte, un niño histórico en la segunda y un niño que viene de camino en la parte final. Tres partes, desde lo hondo de la herida hasta la luz, que hablan de las cicatrices del dolor.

Hay un trasunto vital en Niños en el tiempo que engarza intencionadamente un episodio con otro. La novela arranca con un texto de duelo por la muerte de un hijo que provocará la ruptura de sus progenitores. La segunda parte de la novela recobra la infancia de Jesús, su época más invisible. El interés de Menéndez Salmón de recrear la figura de Jesús se aleja del plano religioso para mostrarlo más como personaje literario y terrenal.

Un libro que se lee con la piel y el lápiz para subrayar gemas como estas : El tiempo lo cura todo, incluso la pérdida más insoportable (pág. 28); la única aurora del hombre es el lenguaje (pág. 107); no hay ficción que escape a la impostura (pág. 133); la vida sólo tiene sentido como relato. Y el relato, por definición, es falso (pág. 135)...

Niños en el tiempo responde a una parábola sobre la literatura como liberación y medio para aplacar el dolor. Un relato bello, filosófico y conmovedor sobre el amor y la pérdida pero, también, un conjuro literario sobre el duelo y la salvación.



Uno tiene la sensación, siempre excitante, de haber descubierto a un escritor existencial y egregio, como Ricardo Menéndez Salmón, para seguir leyéndolo, porque irremediablemente se hace irresistible y necesario, como lo han sido los seres perdidos de esta sorprendente novela.