martes, 28 de junio de 2016

El creador de demonios

Marcus van Vaerneiwijck, historiador de Gante del siglo XVI, se refería a el Bosco como “el creador de demonios”. No era el único experto en la obra pictórica del flamenco que consideró y ensalzó la originalidad del pintor de 's-Hertogenbosch (Bois-le-Duc o Bolduque, en castellano), Holanda, seguramente, el artista de su tiempo más famoso y estrambótico en sus creaciones que gozó de fama mundial, aún en vida. Incluso, después de su muerte, sus obras continuaron siendo un objetivo prioritario en las agendas de los coleccionistas más avezados de Europa.

Muchos escritores y artistas profesaron una admiración inquebrantable a su obra, y algunos de ellos dejaron testimonios sobre la importancia del pintor en sus propias creaciones. Quevedo, por ejemplo, en sus Sueños y discursos, identificaba a el Bosco con visiones y pesadillas. Alberti, pintor frustrado, homenajea en su libro A la pintura al artista holandés dedicándole un poema simbólico a su obra pictórica. Susan Sontag, por otro lado, en su ensayo Contra la interpretación, decía que este increíble pintor se había convertido en un artista alrededor del cual han surgido complejas interpretaciones difíciles de esquivar. Para Breton y Dalí, el Bosco es un adelantado del surrealismo.

El sello Alianza Editorial acaba de publicar un interesante libro de Nils Büttner (Bremen, Alemania, 1967), profesor de Historia del Arte de la Academia Estatal de Stuttgart, bajo el título Hieronymus Bosch “El Bosco". Visiones y pesadillas, un texto que aporta nuevas luces a la vida y obra de este extraordinario artista, que todavía sigue creando pasión y asombro entre los expertos y el público en general que se plantan delante de sus cuadros, no sólo para contemplar su pintura, sino para leer lo representado en sus célebres trípticos y dirimir sus fantasías.

El autor arma un texto bien estructurado, en diez capítulos que abordan la vida y trabajos del artista, la trayectoria y la evolución de su estilo, además de trazar el perfil de su carácter y de sus relaciones personales, así como la repercusión cultural que propició su obra. En realidad, el libro está concebido como una guía de lectura pensada para un lector curioso y entusiasta de la pintura del flamenco, más que para uno erudito y experto, un objetivo bien calculado que nos permite disfrutarlo gracias a su amenidad expositiva, frescura y a las amplias y cuidadas ilustraciones a color, así como a las muchas y significativas notas que se añaden al final del mismo.

Büttner subraya que el talento y la rareza del Bosco es todo un paradigma en la cultura de su época y en la pintura flamenca. Todavía hoy, a pesar de su anacronismo, es un pintor admirado por su imaginario narrativo y por ser, según los entendidos, un adelantado del surrealismo o del psicoanálisis. La inmensa capacidad del artista, experimentada con esa técnica pictórica que trata con sutil fantasía en sus cuadros, alcanza su plenitud y su mayor trascendencia con El Jardín de las delicias, su obra cumbre. El Museo del Prado alberga también otras obras capitales del maestro holandés, como La Adoración de los Reyes Magos y El Carro de heno, dos trípticos igualmente extraordinarios e inigualables, que siguen encandilando al espectador.

El Bosco sigue vigente, sus pulsiones, sus misterios y el interior de sus figuras reflejan el espíritu de una época medieval oscurantista en la que pocos entendían. Es un artista que transgrede y, aunque todo lo que hace le llega por encargo, transmite algo más, otra visión, otra manera de interpretar el credo reinante. Nada tiene que ver con los cánones renacentistas de sus contemporáneos, Leonardo o Durero. Para él, el rigor de la proporcionalidad, su geometría y el culto al retrato no cuentan. Le gusta romper esquemas y narrar con el pincel la conciencia terrenal, el castigo y la posibilidad de salvación. Dibuja y plasma en la tabla el caos más espantoso y desconcertante, recrea lo grotesco del mundo terrenal amenazado por los excesos del pecado. Era eclesiástico, aunque casado y, a diferencia de un cura o diácono, sin la exigencia del celibato, lucía una tonsura en la cabeza para mostrar que era un hombre temeroso de dios. Su visión teológica del mundo sorprendía a propios y extraños.

Para el Bosco, el espacio pictórico no es un fragmento de la realidad, según nos hace ver Büttner, sino un escenario de fuerte carga simbólica y reflexión moral en el que tiene lugar una acción, sujeta a todo tipo de tentaciones y donde la existencia terrenal pasa por ser un camino de espinas.

No cabe lectura retórica en este interesantísimo libro del profesor germano, y eso no quiere decir que un personaje como el Bosco, cercano a Erasmo, no concite a otras interpretaciones sobre la trascendencia de su pintura, más allá de su técnica y estilo. Lo que el autor de este texto requiere del lector y espectador de la obra de este genio es una mirada histórica de la época en que fueron creadas sus obras, la significación simbólica y humanística de sus cuadros, en aquel contexto en el que el arte tenía un sentido evangélico, profético y supersticioso.


Ahora que se celebra el quinto centenario de la muerte del gran maestro flamenco, el Museo del Prado ofrece una magna exposición de su obra, una oportunidad inmejorable para contemplar y disfrutar del legado histórico de uno de los grandes artistas del Renacimiento. Este libro es todo un aperitivo que incita a no renunciar a ello.

lunes, 20 de junio de 2016

La realidad quebradiza

Si hay un género literario que, desde niño, despertó en mí el entusiasmo por la lectura, y sigue haciéndolo todavía, es sin duda el cuento. El relato corto tiene, o así lo interpreto yo, una gran función en nuestras vidas ya que es un eficaz bálsamo para atemperar los contratiempos que el vivir diario nos reserva. Un cuento es un acontecimiento dramático que implica a una persona que comparte con nosotros, los lectores, lo común de su condición humana en una situación especial e, incluso, anómala tanto en su atmósfera, en su trama, en el lenguaje, como en la complejidad de su resolución.

Secundarios de lujo (Erein, 2006) de Juan Velázquez (San Sebastián, 1964) ha sido un hallazgo tardío que el destino me reservó felizmente hace unos días. Estos relatos, de cuya publicación se cumple ahora diez años, tal vez pasaran inexplicablemente casi de puntillas por los escaparates de las librerías. Dar visibilidad a esta opera prima es hacer justicia a un buen trabajo narrativo, una estupenda colección de cuentos donde la fragilidad del vivir, el clamor de los personajes que transitan por sus páginas, sus reproches y despechos y los destinos solitarios e incómodos de todos ellos conforman un fresco social concebido para mostrar de forma lúcida sus vidas truncadas.

En esa épica de lo cotidiano, chocan parejas desavenidas, claman padres e hijos distanciados, viejas amistades arrastran trifulcas pendientes, y niños y adolescentes lastran sus represiones. Dieciocho relatos sombríos que retratan a gente corriente, vidas convencionales de existencia sin brillo pero que, a su vez, muestran sus pequeños esplendores ocultos entre la mediocridad de sus azoradas vidas:

En el relato El peluche de Adela, un trauma familiar alcanzará un clímax inevitable y liberador que estallará en presencia de todos sus miembros.

En El último trayecto, el conflicto político del momento brota, salpicado de sangre y dolor en el seno de una familia donde el padre quiere sentirse de los suyos, del país que le niega un feliz retiro al estar marcado y señalado con el dedo por sus asesinos.

Pobres diablos es una historia cargada por la sombra del pasado: dos amigos se reencuentran al cabo del tiempo y acaban fundidos en una melancólica incomprensión que traspasa al lector.

Un cuento de Navidad y Buenos propósitos son otros dos buenos relatos. Ambos crueles, desconcertantes y perturbadores, cada cual con un clamor desigual y un final memorable.

Los tres últimos relatos de la colección conforman otro punto y aparte. El protagonista de estas historias, de serie negra, es un matón sin escrúpulos, que se encarga de trabajos sucios que otros no quieren ejecutar y que precisa de estómago recio y cara de pocos amigos para saldar cuentas pendientes con toda la violencia que fuera menester.

Secundarios de lujo está impregnado de ese realismo sucio que envuelve a muchas ciudades, un escenario propicio para viajeros solitarios, paseantes nocturnos desubicados, gente taciturna y perdida que acude al bar de su barrio, parejas rotas... Todos ellos guardan algún secreto tras esa incomunicación aparente, algún miedo e incomprensión. Todos esperan su momento para desvelarlo. En el momento de hacerlo, el acontecer de sus vidas empezará a ir mal y terminará igual de mal, o peor aún. A sus personajes la realidad comienza a resultarles quebradiza, cada vez más negra, más de lo que están acostumbrados a ver, hasta culminar con la épica que encierra toda historia bien contada.

Juan Velázquez se maneja con solvencia en este formato narrativo tan exigente. La frase corta, sin apenas recurrir al adjetivo, es una característica de su prosa, a la que hay que añadir el diálogo sobrio y vivo de sus protagonistas. No hay ningún relato en el que el diálogo no esté presente. Mostrar a los personajes actuando, hablando entre ellos, es el mejor proceder para poner al lector a escuchar sus voces, y este recurso es, sin duda, uno de sus puntos fuertes, un mecanismo que domina y aprovecha con maestría para modificar el curso de los acontecimientos en cada historia.

Las buenas historias viven en lo sencillo que nos rodea, pero curiosamente lo hacen fuera de la lógica. Hacer brotar una buena historia de asuntos corrientes tiene su miga, porque el lector curioso querrá encontrar en ellas algo sorprendente para exponerse un tiempo a ese juego de seguir lo que el narrador propone cuando comienza su historia. Y esta tiene que estar muy bien contada para que nos atrape. Ha de resolver un misterio con su dosis de aventura. Los lectores, ya se sabe, amamos la épica, y en estos cuentos se nota su latido.


miércoles, 15 de junio de 2016

Infancia y juventud

Entre estas dos etapas fundamentales de la vida, infancia y juventud, trascurre el nuevo libro de Vicente Valero (Ibiza, 1963). En esta ocasión, el escritor y poeta ibicenco desempolva su pasado en Las transiciones (Periférica, 2016), con el repaso de su vida en dichas etapas, en los años setenta, y a través de unos pocos hechos cruciales que protagonizan la cuadrilla formada por cuatro amigos íntimos del colegio.

A partir de Los extraños (2014), Valero se estrenó en el género narrativo, un territorio donde el juego ficción-realidad supuso para él un cambio de rumbo feliz en su ya dilatada trayectoria poética que derivó en una sorprendente acogida por parte de la crítica y del público. La audacia literaria de sus relatos denotaron a las claras la viveza de su estilo y la apuesta irreductible por la verdad de su universo literario, en concordancia con su manera de sentir la vida y la literatura desde la propia experiencia.

En esta nueva propuesta narrativa, el autor nos presenta una novela de formación, un trabajo cuidadoso sobre la memoria reciente de sus años de adolescencia para contarnos los avatares de sus protagonistas en la isla de Ibiza donde viven todos ellos, en los días en los que se produce la muerte de Franco y en los siguientes, marcados por la incipiente transición democrática del país. Cuatro vidas que se van reconstruyendo por medio de un relato que avanza a saltos, simultaneando el presente narrativo y la evocación del pasado, hasta configurar un paisaje coherente y complejo de una época importante en la vida de los personajes, como de igual forma lo fue para el resto de todos los que vivíamos en la península.

El narrador, amigo inseparable de la infancia de Ignacio, Antonio y Julio, recuerda aquellos momentos memorables que pasaron juntos en el mismo colegio y aquellos primeros años de juventud cuando se produce el reencuentro en la isla que los vio nacer, al cabo de veinte años, en el funeral de uno de ellos. A su alrededor reaparecen otros personajes secundarios interesantes como Amelia, amiga y confidente del narrador, y don Alfonso, un viejo aguerrido y emprendedor hotelero, abuelo de Ignacio, que participan en diferentes episodios, cada uno en la posición social que las circunstancias les reservaba.

Valero, por medio de una voz narrativa en primera persona, se empeña en mostrar una lectura viva de aquellos años trascendentales, no solo de su experiencia vital, sino de la de tantos otros jóvenes marcados, al igual que él, por una educación estrecha dirigida con vehemencia desde las aulas de los colegios e institutos. El narrador, por ello, exculpa de alguna manera a su círculo de influencias del devenir de los sucesos que determinarían el futuro de sus protagonistas, unos chicos que vivieron de diferente forma la transición de sus propias vidas hacia una madurez incierta.

Las transiciones cuenta en su haber con un estilo narrativo que no es nada pretencioso, sino espontáneo y auténtico. La sintaxis es concisa e impecable. Es, digámoslo claramente, el estilo lo que hace interesante el libro. La historia que cuenta es un tanto común a otras parecidas extraídas de la memoria histórica de todos los chicos de aquella época y, sin embargo, en última instancia hay algo sorprendentemente poético en su prosa, como si la banda sonora del relato se escuchara armónicamente, a pesar del hecho de restringirse a un solo intérprete y a un único punto de vista: el del propio narrador. No cabe duda de que este tipo de novela tiende a provocar la empatía del lector. Este tipo de personaje verosímil y narrador testigo, cuyo ser interior se expone a su vista, tiene su eficacia, y Valero lo acredita con solvencia.


El pasado reciente sigue siendo uno de los temas favoritos de la novela española del momento. Vicente Valero recurre a él con esta novela corta, una crónica generacional que cuenta un trozo de la historia inmediata de nuestro país por medio de los episodios experimentados por unos niños que crecieron en las postrimerías de un régimen moribundo, en un contexto histórico difícil y árido que, con la desaparición del causante, propiciaría nuevos cauces participativos a tantos jóvenes inquietos, como los que transitan por estas páginas, ávidos de aspiraciones y con la cabeza repleta de sueños y de buenas intenciones.

viernes, 10 de junio de 2016

El gran capo del aforismo

El aforismo más conocido y, probablemente, más contundente del Tractatus del genial Wittgenstein puede que sea este: “De lo que no se puede hablar hay que callar”. El filósofo se propuso con ello afinar sobre los límites de lo que podemos pensar, y especialmente de lo que podemos reflexionar con las palabras. De ahí que defendiera a ultranza que lo que podía pensarse con palabras podía ser dicho claramente y sin ambages en un lenguaje lógico.

Los aforismos de Ramón Eder (Lumbier, 1952) tienen ese halo semejante al arte de pensar wittgensteiniano: austero, retirado, lógico y conciso, que aspira a la verdad y a la claridad, pero el pensamiento del poeta y escritor español está hecho de fragmentos y destellos de la filosofía moderna más pragmática, donde el humor y la ironía menudean como alivio a la gravedad reinante en tantos cultivadores del género.

Ironías (Renacimiento, 2016) reúne en un único volumen toda la trayectoria aforística de este autor desde que se inició en este arte minúsculo hace quince años y que comprende La vida ondulante y Aire de comedia,  a los que añade una nueva sección bajo el nombre de Aforismos del Bidasoa, inéditos hasta el momento. En todo aforismo, lo principal para Eder es la frase certera, la manera en que cada palabra se inserta en ella, sin grandilocuencia, ni dogmatismo. Lo importante es la eficacia de lo escueto bien dicho, la paradoja, la ambigüedad bien urdida, el modo en que el pensamiento toca el sentido, las emociones. Lo importante de los aforismos son los estados de conciencia que puedan crear en el lector, a ritmo de frases medidas, sin ajarse en el camino, pese a su fugacidad inherente. A estos rasgos definitorios de su manera de concebir sus ironías y relámpagos, como le gustan definirlos, debemos añadir otros propios y genuinos a su carácter, como son su tendencia al humorismo y a lo contradictorio de la realidad.

Cada sentencia breve suya, tan ceñida a la esencia de una reflexión, a la perplejidad inusitada de una experiencia o al asombro cotidiano de un paseante dispuesto a mirar el mundo insólito que le rodea, puede ofrecernos argumentos para la broma inteligente, el ingenio, la efervescencia de la vida, el desánimo o el sarcasmo. No es muy dado a hacer frases sonoras sobre la desdicha personal, como tampoco a valerse de esas noticias, aparentemente buenas, que a veces nos estropean el día. En ocasiones hasta hurga en esa benevolencia excepcional de lo que significa un día perfecto para concluir que no es más que algo corriente que llega a suceder a menudo. “Ser ligero en literatura –subraya– es la única manera de no ser un escritor pesado”.

Ironías es más que un libro entretenido, porque también es ponderado y serio, aunque sarcástico, y admite muchas lecturas, tantas como uno esté dispuesto a consentirse, sumergiéndose cientos de veces en lo cotidiano, que es donde reside la auténtica trascendencia humana, como con delicadeza nos muestra su autor. No siempre apetece leer a Wittgenstein o a Heidegger, otro grande de la filosofía del siglo XX. Los aforismos de Eder, además de amenos, son enciclopédicos en su temática, cumplen con la dicha y la honra de multiplicar con sutileza y sabiduría las muchas cosas que suman, restan y dividen en la vida, a golpe de destellos y sonrisas, la mayoría de las veces frescos, las menos con muecas, y todos con una cierta didáctica sutil que nace del análisis de la propia experiencia, pero alejados de la máxima o de cualquier doctrina moralizante que se le parezca.

Esta reseña debería haber sido más breve de lo que finalmente resultó, en concordancia con el género que conforma su esencia: precisión, brevedad y agudeza. O simplemente haber sido más eficaz y audaz aunando el impecable y hermoso prólogo del libro, a cargo de Carlos Marzal, con la felicísima solapa firmada por Enrique García-Máiquez y, a modo de coctel, agitar la sustancia que glosan sus palabras para después mostrarla y servirla para deleite de curiosos. Ambos poetas, introductores, entusiastas y practicantes del género aforístico, no fingen, ni esconden su interés y admiración por el escritor navarro, el gran capo y referente vivo del aforismo español al que cuento entre mis predilectos.

Leer a Ramón Eder es apreciar su peculiar sensibilidad y su destreza verbal amable, perfectamente afilada y divertida, que nos hace recalar en los grandes maestros del género y en nuestra propia existencia, sintiéndonos un poco más sabios e insignificantes.

martes, 7 de junio de 2016

Fragilidad y arrojo

El verdadero periodismo narrativo es un oficio modesto, nos advierte la escritora y periodista argentina Leila Guerriero, hecho por alguien lo suficientemente humilde como para saber la dificultad que supone entender el mundo que habitamos, lo suficientemente porfiado como para insistir en su intento, y lo suficientemente aguerrido como para creer que su empeño le interesará a todos.

La historia contada en El campeón ha vuelto (Duomo Ediciones, 2016), el nuevo libro de J.R. Moehringer (Nueva York, 1964), bajo la traducción de Juanjo Estrella, confirma no solo que un buen periodista narrativo ha de ser un gran arquitecto de la prosa que maneja, sino que, sobre todo, tiene algo extraordinario que revelarnos.

En 1997, Los Ángeles Times Magazine, la revista donde trabajaba Moehringer le encomendó un reportaje sobre Bob Satterfield, un boxeador de la categoría de pesos pesados que peleó entre 1945 y 1957, uno de los mejores noqueadores de todos los tiempos, al que se le había perdido el rastro y nada se sabía sobre su particular existencia. Tenía así, sobre la mesa de su oficina, la posibilidad de realizar un buen trabajo de investigación periodística y aspirar a contar una buena historia para todo el mundo, una oportunidad que, de ninguna de las maneras, iba a dejar escapar.

Desde el primer momento, Moehringer supo que lo que iba a contar sería bien distinto a lo que le encargaron, sería la historia que él querría contar, se le iría el alma en ello, máxime cuando estaba convencido de que la historia de un boxeador apela, como subraya en el prólogo del libro, a la creencia de que la vida es igualmente una pelea sangrienta y descarnada. La suya, como escritor, también lo iba a ser.

Las pesquisas del reportero le llevarían a conocer a un ser estrafalario en un albergue que dice ser El Campeón, que estuvo a punto de convertirse en alguien importante en el mundo del cuadrilátero, y que combatió con nombres míticos como Rocky Marciano o Jake LaMotta. Con él mantiene diversos encuentros y no tiene duda de que es el personaje que está buscando, a pesar de que le soplen desde la redacción de la revista que podría no serlo, y a pesar de que él mismo percibe en esas conversaciones que uno de los elementos básicos de la trama del boxeo es la mentira y esa arrogancia que se da, irremisiblemente, fuera del ring.

El campeón ha vuelto es una crónica novelada intensa sobre el misterio que envuelve a todo hombre, incluso a los impostores. La vida, como decía Joyce Carol Oates en Del boxeo (1987), es una metáfora del boxeo, golpes errados, golpes recibidos y propiciados al adversario, para darte cuenta más tarde de que el verdadero adversario es uno mismo. La vida es como el boxeo, nos exhorta a luchar y, viendo cómo lo hacen los púgiles en el cuadrilátero, aprendemos a atisbar lo duro que es encajar sus golpes.

J.R. Moehringer firma una estupenda novela corta de no ficción, que examina las condiciones de lucha que conlleva toda existencia, como la de Bob Satterfield, el personaje de esta historia, un boxeador curtido en victorias y derrotas, dispuesto a luchar en la estrechez de sus días y a encajar los suficientes e inesperados golpes de la vida, para seguir aguantando el tipo, para no caer ahora en el asfalto por donde deambula.


Leer un libro como este, tan conciso, conmovedor y fascinante, que va más allá del ring e indaga en lo que hay de verdad y de impostura en la vida, de arrojo y fragilidad, proporciona ese efecto tan propio y exclusivo de la buena literatura como es el dar a nuestra fatigada inteligencia una experiencia personal gozosa y perdurable en el tiempo.

miércoles, 1 de junio de 2016

El tiempo a trompicones

Medardo Fraile sostenía que su tarea como escritor no era más que la de contar bien una historia, sacrificando lo insólito a lo eficaz, también lo decía Borges, sin olvidarse ni un instante de una de las exigencias más genuinas y definitorias del cuento: la amenidad, el interés.

Los cuentos reunidos en Te espero dentro (Destino, 2014) escritos por Pedro Zarraluki (Barcelona, 1954) poseen ese germen de eficacia, deleite y atractivo del que hablaba el desaparecido maestro español del cuento, donde se acoplan el fondo y la forma como si fueran una misma cosa, un volumen rescatado de entre los libros pendientes apilados sobre mi escritorio, que traigo a esta bitácora después de concluir felizmente su lectura.

Tiene razón Muñoz Molina al afirmar que un libro se vuelve otro ligeramente distinto en la imaginación de cada lector, pero los relatos de Zarraluki no dan indicios a interpretaciones erróneas ni arbitrarias, como tampoco dan tregua al lector para distraerlo, sino que lo concitan hasta hacerlo sentirse atrapado por las historias del libro y por los seres que las ocupan, ávidos de sueños y escarmentados de la vida que llevan.

Los once relatos que componen la obra tienen de común denominador la vida anodina de los personajes que la habitan, dispuestos a romper el tedio cuando el azar les toca en suerte. Sus protagonistas solo aceptarán el cambio al enfrentarse a una necesidad concreta y reconocerán la dicha cuando encarnen una crisis. El autor, por lo que cuenta al final del libro en los agradecimientos, da pie a pensar que casi todo lo que cuenta lo ha vivido, presenciado o sentido de alguna manera, de tal forma que, al estudiar a sus personajes, el lector concluye una vez perfilados que estos parecen surgir desde la propia experiencia de su creador.

En el primer cuento, Con los ojos cerrados, el transcurso del tiempo hace posible que un padre divorciado encuentre el goce del cariño de su hija, en un instante crucial de su vida donde nada parece importante.

En la siguiente historia, una joven compulsiva llamada Sonia ahoga sus frustraciones tomando leche condensada a todas horas, una tarea que no cesa de comprometer a su novio y a todos los que están a su alrededor.

La historia en un rincón es un cuento estremecedor en donde la memoria del desastre de Nagasaki irrumpe entre postales en blanco y negro mezcladas con otras de artistas de Hollywood. Una anciana examina una de ellas y se sorprende al descubrir la imagen altiva de su abuela entre las personas que están en dicha postal.

El relato Yo sé que están buscando a un loco es una historia de dos gemelos de distinto sexo que se encuentran en la encrucijada de la pubertad. Tanto a él como a ella, el destino les brindará la oportunidad de sentirse mayores.

La elipsis se introduce inopinadamente en la vida de la protagonista de Teoría del saltamontes, una mujer solitaria y analfabeta que lleva una vida insulsa y menesterosa en una aldea donde apenas queda vecino alrededor.

Los dos mejores cuentos de la serie están al final: Ahora mismo estamos siempre vivos y el que cierra con el mismo título del libro, Te espero dentro. El primero de ellos, el de mayor reminiscencia literaria, encierra todo un alegato a la rebeldía como única forma de sobrevivir y el último de la colección acapara los secretos y humillaciones de la vida de dos hermanos en torno al jardín de la casa de sus ascendientes donde los reúne el padre junto a su esposa ya desmemoriada.

La intensidad del sufrimiento de los personajes que conforman el libro llega a sobrecogernos, pero a ninguno de los cuentos les faltan estas tres constantes: ternura, sencillez y humor. Sus personajes son seres desgraciados y sensibles que tratan mayormente de sobreponerse a sus destinos, que no rehúyen de propiciar situaciones humorísticas y tiernas como respuestas insólitas a sus sueños truncados. Muchos finales, después de que el cuento haya acumulado la tensión requerida, resoplan como si la tirantez sobrellevada pidiera a grito un instante de calma y remanso, algo previsto por su autor para evitar el desastre, pero no la incertidumbre del desenlace.

Te espero dentro son cuentos de la vida privada por donde transitan personajes condicionados por las muecas del destino y, al mismo tiempo, supeditados a lo que aspiran ser o de lo que pretenden resarcirse a trompicones.


Zarraluki es un cuentista solvente y eficaz, como ya dejó muestras de su buen oficio con Humor pródigo (2007), su anterior recopilación de cuentos. Al estilo del barcelonés, conciso y depurado, le sienta bien ajustado este género tan exigente, y aunque, a nuestro entender, no nos cuente nada asombroso, ni demasiado revelador, sus historias, en conjunto, emocionan y se sostienen vigorosas, gracias a su eficacia narrativa, a su elegancia y a su lustre estilístico sobresaliente.