martes, 28 de junio de 2016

El creador de demonios

Marcus van Vaerneiwijck, historiador de Gante del siglo XVI, se refería a el Bosco como “el creador de demonios”. No era el único experto en la obra pictórica del flamenco que consideró y ensalzó la originalidad del pintor de 's-Hertogenbosch (Bois-le-Duc o Bolduque, en castellano), Holanda, seguramente, el artista de su tiempo más famoso y estrambótico en sus creaciones que gozó de fama mundial, aún en vida. Incluso, después de su muerte, sus obras continuaron siendo un objetivo prioritario en las agendas de los coleccionistas más avezados de Europa.

Muchos escritores y artistas profesaron una admiración inquebrantable a su obra, y algunos de ellos dejaron testimonios sobre la importancia del pintor en sus propias creaciones. Quevedo, por ejemplo, en sus Sueños y discursos, identificaba a el Bosco con visiones y pesadillas. Alberti, pintor frustrado, homenajea en su libro A la pintura al artista holandés dedicándole un poema simbólico a su obra pictórica. Susan Sontag, por otro lado, en su ensayo Contra la interpretación, decía que este increíble pintor se había convertido en un artista alrededor del cual han surgido complejas interpretaciones difíciles de esquivar. Para Breton y Dalí, el Bosco es un adelantado del surrealismo.

El sello Alianza Editorial acaba de publicar un interesante libro de Nils Büttner (Bremen, Alemania, 1967), profesor de Historia del Arte de la Academia Estatal de Stuttgart, bajo el título Hieronymus Bosch “El Bosco". Visiones y pesadillas, un texto que aporta nuevas luces a la vida y obra de este extraordinario artista, que todavía sigue creando pasión y asombro entre los expertos y el público en general que se plantan delante de sus cuadros, no sólo para contemplar su pintura, sino para leer lo representado en sus célebres trípticos y dirimir sus fantasías.

El autor arma un texto bien estructurado, en diez capítulos que abordan la vida y trabajos del artista, la trayectoria y la evolución de su estilo, además de trazar el perfil de su carácter y de sus relaciones personales, así como la repercusión cultural que propició su obra. En realidad, el libro está concebido como una guía de lectura pensada para un lector curioso y entusiasta de la pintura del flamenco, más que para uno erudito y experto, un objetivo bien calculado que nos permite disfrutarlo gracias a su amenidad expositiva, frescura y a las amplias y cuidadas ilustraciones a color, así como a las muchas y significativas notas que se añaden al final del mismo.

Büttner subraya que el talento y la rareza del Bosco es todo un paradigma en la cultura de su época y en la pintura flamenca. Todavía hoy, a pesar de su anacronismo, es un pintor admirado por su imaginario narrativo y por ser, según los entendidos, un adelantado del surrealismo o del psicoanálisis. La inmensa capacidad del artista, experimentada con esa técnica pictórica que trata con sutil fantasía en sus cuadros, alcanza su plenitud y su mayor trascendencia con El Jardín de las delicias, su obra cumbre. El Museo del Prado alberga también otras obras capitales del maestro holandés, como La Adoración de los Reyes Magos y El Carro de heno, dos trípticos igualmente extraordinarios e inigualables, que siguen encandilando al espectador.

El Bosco sigue vigente, sus pulsiones, sus misterios y el interior de sus figuras reflejan el espíritu de una época medieval oscurantista en la que pocos entendían. Es un artista que transgrede y, aunque todo lo que hace le llega por encargo, transmite algo más, otra visión, otra manera de interpretar el credo reinante. Nada tiene que ver con los cánones renacentistas de sus contemporáneos, Leonardo o Durero. Para él, el rigor de la proporcionalidad, su geometría y el culto al retrato no cuentan. Le gusta romper esquemas y narrar con el pincel la conciencia terrenal, el castigo y la posibilidad de salvación. Dibuja y plasma en la tabla el caos más espantoso y desconcertante, recrea lo grotesco del mundo terrenal amenazado por los excesos del pecado. Era eclesiástico, aunque casado y, a diferencia de un cura o diácono, sin la exigencia del celibato, lucía una tonsura en la cabeza para mostrar que era un hombre temeroso de dios. Su visión teológica del mundo sorprendía a propios y extraños.

Para el Bosco, el espacio pictórico no es un fragmento de la realidad, según nos hace ver Büttner, sino un escenario de fuerte carga simbólica y reflexión moral en el que tiene lugar una acción, sujeta a todo tipo de tentaciones y donde la existencia terrenal pasa por ser un camino de espinas.

No cabe lectura retórica en este interesantísimo libro del profesor germano, y eso no quiere decir que un personaje como el Bosco, cercano a Erasmo, no concite a otras interpretaciones sobre la trascendencia de su pintura, más allá de su técnica y estilo. Lo que el autor de este texto requiere del lector y espectador de la obra de este genio es una mirada histórica de la época en que fueron creadas sus obras, la significación simbólica y humanística de sus cuadros, en aquel contexto en el que el arte tenía un sentido evangélico, profético y supersticioso.


Ahora que se celebra el quinto centenario de la muerte del gran maestro flamenco, el Museo del Prado ofrece una magna exposición de su obra, una oportunidad inmejorable para contemplar y disfrutar del legado histórico de uno de los grandes artistas del Renacimiento. Este libro es todo un aperitivo que incita a no renunciar a ello.