viernes, 10 de junio de 2016

El gran capo del aforismo

El aforismo más conocido y, probablemente, más contundente del Tractatus del genial Wittgenstein puede que sea este: “De lo que no se puede hablar hay que callar”. El filósofo se propuso con ello afinar sobre los límites de lo que podemos pensar, y especialmente de lo que podemos reflexionar con las palabras. De ahí que defendiera a ultranza que lo que podía pensarse con palabras podía ser dicho claramente y sin ambages en un lenguaje lógico.

Los aforismos de Ramón Eder (Lumbier, 1952) tienen ese halo semejante al arte de pensar wittgensteiniano: austero, retirado, lógico y conciso, que aspira a la verdad y a la claridad, pero el pensamiento del poeta y escritor español está hecho de fragmentos y destellos de la filosofía moderna más pragmática, donde el humor y la ironía menudean como alivio a la gravedad reinante en tantos cultivadores del género.

Ironías (Renacimiento, 2016) reúne en un único volumen toda la trayectoria aforística de este autor desde que se inició en este arte minúsculo hace quince años y que comprende La vida ondulante y Aire de comedia,  a los que añade una nueva sección bajo el nombre de Aforismos del Bidasoa, inéditos hasta el momento. En todo aforismo, lo principal para Eder es la frase certera, la manera en que cada palabra se inserta en ella, sin grandilocuencia, ni dogmatismo. Lo importante es la eficacia de lo escueto bien dicho, la paradoja, la ambigüedad bien urdida, el modo en que el pensamiento toca el sentido, las emociones. Lo importante de los aforismos son los estados de conciencia que puedan crear en el lector, a ritmo de frases medidas, sin ajarse en el camino, pese a su fugacidad inherente. A estos rasgos definitorios de su manera de concebir sus ironías y relámpagos, como le gustan definirlos, debemos añadir otros propios y genuinos a su carácter, como son su tendencia al humorismo y a lo contradictorio de la realidad.

Cada sentencia breve suya, tan ceñida a la esencia de una reflexión, a la perplejidad inusitada de una experiencia o al asombro cotidiano de un paseante dispuesto a mirar el mundo insólito que le rodea, puede ofrecernos argumentos para la broma inteligente, el ingenio, la efervescencia de la vida, el desánimo o el sarcasmo. No es muy dado a hacer frases sonoras sobre la desdicha personal, como tampoco a valerse de esas noticias, aparentemente buenas, que a veces nos estropean el día. En ocasiones hasta hurga en esa benevolencia excepcional de lo que significa un día perfecto para concluir que no es más que algo corriente que llega a suceder a menudo. “Ser ligero en literatura –subraya– es la única manera de no ser un escritor pesado”.

Ironías es más que un libro entretenido, porque también es ponderado y serio, aunque sarcástico, y admite muchas lecturas, tantas como uno esté dispuesto a consentirse, sumergiéndose cientos de veces en lo cotidiano, que es donde reside la auténtica trascendencia humana, como con delicadeza nos muestra su autor. No siempre apetece leer a Wittgenstein o a Heidegger, otro grande de la filosofía del siglo XX. Los aforismos de Eder, además de amenos, son enciclopédicos en su temática, cumplen con la dicha y la honra de multiplicar con sutileza y sabiduría las muchas cosas que suman, restan y dividen en la vida, a golpe de destellos y sonrisas, la mayoría de las veces frescos, las menos con muecas, y todos con una cierta didáctica sutil que nace del análisis de la propia experiencia, pero alejados de la máxima o de cualquier doctrina moralizante que se le parezca.

Esta reseña debería haber sido más breve de lo que finalmente resultó, en concordancia con el género que conforma su esencia: precisión, brevedad y agudeza. O simplemente haber sido más eficaz y audaz aunando el impecable y hermoso prólogo del libro, a cargo de Carlos Marzal, con la felicísima solapa firmada por Enrique García-Máiquez y, a modo de coctel, agitar la sustancia que glosan sus palabras para después mostrarla y servirla para deleite de curiosos. Ambos poetas, introductores, entusiastas y practicantes del género aforístico, no fingen, ni esconden su interés y admiración por el escritor navarro, el gran capo y referente vivo del aforismo español al que cuento entre mis predilectos.

Leer a Ramón Eder es apreciar su peculiar sensibilidad y su destreza verbal amable, perfectamente afilada y divertida, que nos hace recalar en los grandes maestros del género y en nuestra propia existencia, sintiéndonos un poco más sabios e insignificantes.