lunes, 20 de junio de 2016

La realidad quebradiza

Si hay un género literario que, desde niño, despertó en mí el entusiasmo por la lectura, y sigue haciéndolo todavía, es sin duda el cuento. El relato corto tiene, o así lo interpreto yo, una gran función en nuestras vidas ya que es un eficaz bálsamo para atemperar los contratiempos que el vivir diario nos reserva. Un cuento es un acontecimiento dramático que implica a una persona que comparte con nosotros, los lectores, lo común de su condición humana en una situación especial e, incluso, anómala tanto en su atmósfera, en su trama, en el lenguaje, como en la complejidad de su resolución.

Secundarios de lujo (Erein, 2006) de Juan Velázquez (San Sebastián, 1964) ha sido un hallazgo tardío que el destino me reservó felizmente hace unos días. Estos relatos, de cuya publicación se cumple ahora diez años, tal vez pasaran inexplicablemente casi de puntillas por los escaparates de las librerías. Dar visibilidad a esta opera prima es hacer justicia a un buen trabajo narrativo, una estupenda colección de cuentos donde la fragilidad del vivir, el clamor de los personajes que transitan por sus páginas, sus reproches y despechos y los destinos solitarios e incómodos de todos ellos conforman un fresco social concebido para mostrar de forma lúcida sus vidas truncadas.

En esa épica de lo cotidiano, chocan parejas desavenidas, claman padres e hijos distanciados, viejas amistades arrastran trifulcas pendientes, y niños y adolescentes lastran sus represiones. Dieciocho relatos sombríos que retratan a gente corriente, vidas convencionales de existencia sin brillo pero que, a su vez, muestran sus pequeños esplendores ocultos entre la mediocridad de sus azoradas vidas:

En el relato El peluche de Adela, un trauma familiar alcanzará un clímax inevitable y liberador que estallará en presencia de todos sus miembros.

En El último trayecto, el conflicto político del momento brota, salpicado de sangre y dolor en el seno de una familia donde el padre quiere sentirse de los suyos, del país que le niega un feliz retiro al estar marcado y señalado con el dedo por sus asesinos.

Pobres diablos es una historia cargada por la sombra del pasado: dos amigos se reencuentran al cabo del tiempo y acaban fundidos en una melancólica incomprensión que traspasa al lector.

Un cuento de Navidad y Buenos propósitos son otros dos buenos relatos. Ambos crueles, desconcertantes y perturbadores, cada cual con un clamor desigual y un final memorable.

Los tres últimos relatos de la colección conforman otro punto y aparte. El protagonista de estas historias, de serie negra, es un matón sin escrúpulos, que se encarga de trabajos sucios que otros no quieren ejecutar y que precisa de estómago recio y cara de pocos amigos para saldar cuentas pendientes con toda la violencia que fuera menester.

Secundarios de lujo está impregnado de ese realismo sucio que envuelve a muchas ciudades, un escenario propicio para viajeros solitarios, paseantes nocturnos desubicados, gente taciturna y perdida que acude al bar de su barrio, parejas rotas... Todos ellos guardan algún secreto tras esa incomunicación aparente, algún miedo e incomprensión. Todos esperan su momento para desvelarlo. En el momento de hacerlo, el acontecer de sus vidas empezará a ir mal y terminará igual de mal, o peor aún. A sus personajes la realidad comienza a resultarles quebradiza, cada vez más negra, más de lo que están acostumbrados a ver, hasta culminar con la épica que encierra toda historia bien contada.

Juan Velázquez se maneja con solvencia en este formato narrativo tan exigente. La frase corta, sin apenas recurrir al adjetivo, es una característica de su prosa, a la que hay que añadir el diálogo sobrio y vivo de sus protagonistas. No hay ningún relato en el que el diálogo no esté presente. Mostrar a los personajes actuando, hablando entre ellos, es el mejor proceder para poner al lector a escuchar sus voces, y este recurso es, sin duda, uno de sus puntos fuertes, un mecanismo que domina y aprovecha con maestría para modificar el curso de los acontecimientos en cada historia.

Las buenas historias viven en lo sencillo que nos rodea, pero curiosamente lo hacen fuera de la lógica. Hacer brotar una buena historia de asuntos corrientes tiene su miga, porque el lector curioso querrá encontrar en ellas algo sorprendente para exponerse un tiempo a ese juego de seguir lo que el narrador propone cuando comienza su historia. Y esta tiene que estar muy bien contada para que nos atrape. Ha de resolver un misterio con su dosis de aventura. Los lectores, ya se sabe, amamos la épica, y en estos cuentos se nota su latido.