viernes, 26 de febrero de 2016

La literatura como dolor

Jesús Huerta

La literatura exigente no es sinónimo de barroquismo. Tampoco de alambicados juegos conceptuales que, muchas veces, pueden esconder, bajo una supuesta pátina intelectual, una carencia discursiva de ideas o de diseño narrativo. Muy al contrario, aún es posible encontrar autores que, desde una humildad y frescura apabullante, puedan sorprendernos con sus propuestas literarias; autores que abordan los problemas fundamentales (y a la vez complejos por su inmutable obviedad originaria) del ser humano: el sentido de la existencia concreta o la cuestión de cómo se ubica el individuo en el mundo circundante.

Examen Final (Trifolium, 2014), de José María Pérez Álvarez (O Barco de Valdeorras, Ourense, 1952), es una obra propicia para los amantes de esa literatura exigente. Pérez Álvarez avanza con este libro la segunda entrega de una trilogía que empezara con La soledad de las vocales (2008), galardonada con el III Premio Bruguera de Novela, y que culminará con la aún inédita, pese a estar ya escrita, Proceso de descomposición, un titúlo que se convierte previamente en ficción al aparecer en Examen Final representando el trabajo literario estancado del protagonista de la misma: un escritor fracasado.

Decir que Examen Final encierra un drama existencial de salida abierta, o que presenta a un personaje-tipo de “perdedor” en la figura de un escritor venido a menos, es decir mucho y, a la vez, decir poco. Si añadimos que la obra es la expresión de un proceso aceptado de deterioro personal que lleva al escritor protagonista desde la pérdida del recococimiento social hasta las puertas de la autodestrucción vital, tampoco es decirlo todo. Porque Examen Final es algo más.

Detrás de la figura de un hombre alcoholizado, que es abandonado por su mujer tras un deterioro insoportable de convivencia, que vive al margen de unos hijos que ya han crecido y viven lejos, y que está desengañado del que antaño fue su mundo: un mundo editorial que le fuerza a “escribir como todos” para mantener el número de lectores exigido por las reglas del mercado, se esconde una obra sobre el coste de la coherencia personal, sobre el conflicto entre el individuo y la masa aplastante de la sociedad actual, y sobre el drama de situarse al margen de las reglas de la mayoría. “Uno es prescindible para todo el mundo”, llega a decir su protagonista en una frase que podría resumir el valor del individuo frente al poder en abstracto cuando no se adapta a las reglas de la estandarización.

Por eso, la literatura como dolor –“tal vez escribir sea sentir el dolor de estar vivo”–, se convierte en la metáfora personal de un hombre que no sabe escribir para los demás, sino para expresar, infructuosamente, un mundo personal inmerso en la perplejidad. A la vez que asistimos a la progresiva ruptura de los vínculos del personaje con el exterior mediante sucesivas fases de desprendimiento y desconexión, el personaje llega a sentir su aislamiento como un Robinson consciente de sus circunstancias: “cuando nadie pregunta por ti ya estás muerto”. Pudiera temerse que, con estos mimbres, una novela tan triste se convirtiera en un drama lacrimógeno difícilmente soportable y, sin embargo, nada es más lejano de la realidad, porque la deriva del protagonista es tratada por el autor con tal sutileza y levedad, que la dota de un equilibrio muy atractivo, recordando el distanciamiento inteligente, la irrelevancia y relatividad existencial, incluso la humildad, con que dotaron a su obra genios de la talla de Robert Walser o Franz Kafka.

Ello nos lleva a los aciertos formales y estilísticos de esta obra, de una originalidad tan bien pensada que se convierte en clave para hacerla digerible y mostrar con maravillosa desnudez el que, a mi juicio, es el objetivo principal del autor: plantear los riesgos de ser consecuente en sociedad hasta el último extremo y la encrucijada de la vida cuando la existencia de un hombre perdido en un mundo incomprensible se contrapone con su entorno. Es la paradoja no resuelta entre la soledad innata de cada individuo y su, no menos irrenunciable, inclinación social y necesidad de alteridad.

Formalmente, estamos ante una obra corta, de 136 páginas, escrita en segunda persona, que es la voz propia en la que los locos hablan consigo mismo. De esta manera, el autor interpela permanentemente al lector como si formase parte de la realidad descrita, viéndose compelido a tomar partido. La novela se estructura en dos partes, que realmente no tienen más diferencia que el hecho de donde reside el autor en cada una de ellas. En la primera, el protagonista aún vive con su mujer en el domicilio conyugal. En la segunda ya se ha producido la ruptura y el protagonista vive en una pensión de mala muerte. La obra está impregnada de otra dualidad estilística que permite hacer llevadera al lector la historia que se cuenta: está transida en todo momento de un delicado equilibrio de pesimismo y humor. El hallazgo más sorprendente y original de la obra es, en mi humilde opinión, el abundante y, sin embargo, ponderado, uso de reiteraciones y leit motiv, que ayudan a comprender el pensamiento circular, a veces delirante, e influido por el alcohol, del protagonista de la novela. Aparecen, como en un mosaico disparatado, la obsesión de tirarse por el balcón para estrellarse contra un Audi rojo, un extraño “dolorcito” en el costado (trasunto del dolor de una vida que no es más que literatura), la absurda rebeldía de quitarle la H a los nombres que la contienen, las llamadas de broma al teléfono de una funeraria o su colección de recortes de prensa de suicidas anónimos.

José María Pérez Álvarez logra con esta novela una obra redonda, con una prosodia plena de ritmo y compás. El radicalismo implacable de su texto no le impide, en última instancia, reírse de sí mismo. Dicen que las personas capaces de esto último muestran síntomas definitorios de inteligencia. Ese derroche de inteligencia es el que permite al lector afrontar con deleite y tranquilidad este novedoso Examen Final.


martes, 23 de febrero de 2016

Anatomía de la novela

No le falta razón a la escritora norteamericana Edith Wharton al afirmar que el novelista trabaja con el mismo material del que está hecho el objeto que trata de representar. Es, por tanto, complejo representar la mente humana cuando uno emplea el mismo material verbal con el que el pensamiento es formulado. Ahora bien, la verdadera originalidad de una novela no consiste en una nueva manera de enfocarla, sino en una nueva visión para mostrarla. Sin embargo, la prueba clave de una novela es que sus personajes se nos muestren como seres vívidos. Ningún tema escogido será capaz de mantener viva una novela si no prospera la vitalidad de sus personajes. A esto habría que añadir lo que la mayoría de los lectores, y también de los críticos, opinan al respecto, según el análisis de Alain Robbe-Grillet: una novela es, sobre todo, una historia. Contarla bien es hacer bien el trabajo narrativo. Esto es, hacer que lo que uno escribe se parezca a los esquemas a los que la gente está acostumbrada, a su idea aceptada de la realidad. Pero, como en su día apostilló el escritor y guionista francés, “toda obra literaria es una forma viva, como el mundo, y en su forma reside su realidad”.

El último libro de Javier Cercas (Ibahernando, Cáceres, 1962) discurre sobre estas complejidades: cómo se enfrenta el escritor a su tarea narrativa, cómo responde el lector a las incertidumbres que se plantea en la novela que lee, qué es exactamente una novela o cuál es su naturaleza. El pasado año, el autor de Soldados de Salamina (2001) ocupó en Oxford la Cátedra Weindenfeld de Literatura Europea Comparada y en ella pronunció una serie de conferencias en torno a la naturaleza de la novela. Bajo el título de El punto ciego (Random House, 2016), el escritor extremeño reúne los textos donde diserta acerca del sentido estructural y estilístico de la novela. Para ello, formula y desarrolla una teoría de la novela, combinando su experiencia creativa como autor con la relectura de algunas obras capitales de la literatura universal, como Don Quijote, Moby Dick o El proceso.

Sostiene Cercas que igual que el cerebro rellena el punto ciego del ojo, permitiéndole ver donde de hecho no distingue exactamente, el lector completa a su entender el punto ciego de la novela, permitiéndole conocer lo que de hecho no conoce, llegar hasta donde, por sí sola, nunca llegaría la historia novelada. Sostiene, igualmente, que la novela no es el género apto para dar respuestas, sino que, más bien, es el género de las preguntas. Para él, escribir una novela consiste en plantearse una pregunta compleja para desarrollarla de la manera más compleja posible, sin ánimo de contestarla, y no para responderla de manera clara e inequívoca; o dicho de otra forma: “escribir una novela no es más que sumergirse en un enigma para volverlo irresoluble, más que para descifrarlo”.

En otras argumentaciones, examinando a otros autores, además de a Cervantes, Melville y Kafka, se fija en obras como Otra vuelta de tuerca, de James, El gatopardo, de Lampedusa o La ciudad y los perros, de Vargas Llosa para desarrollar su teoría del punto ciego. En esta última del escritor hispanoamericano, Cercas abunda en su teoría sobre el acierto del autor de Arequipa recordándonos, además, que la novela ha de contar una historia apasionante, que emocione vivirla en nuestra imaginación, eso sí, bajo la premisa de contarla con la máxima complejidad formal y tensión estilistica posibles.

El punto ciego es un ensayo revelador de los presupuestos y principios narrativos que han derivado en el estilo propio de Cercas. El autor desarrolla de manera puntillosa cómo opera ese punto ciego en su novelística y, en especial, en Anatomía de un instante (2009), una obra que se caracteriza por esa complejidad del género narrativo entre crónica, testimonio y novela, en la que se entremezclan hechos verídicos y ficticios, sin desvelar los límites de unos y de otros. Aunque para muchos Cercas es un escritor sobrevalorado, sus novelas no pasan desapercibidas al gran público y a la crítica, que lo consideran un escritor solvente y una voz literaria de lo mejor que transita por la novela de no-ficción en nuestro país, un autor que postula siempre contar una historia lo mejor posible para hacérsela vivir con la máxima intensidad al lector.


Las conferencias de Weidenfeld contenidas en esta obra no son piezas de crítica literaria, pero tampoco son una recopilación de comentarios evanescentes, ni tan siquiera constituyen un tratado sobre cómo se debe armar una novela. Lo que hace Cercas es desarrollar su posicionamiento literario, a modo de ensayo, en torno a la naturaleza de la novela, desde su óptica y experiencia artística, teniendo en cuenta su perspectiva de lector consumado, y convencido de que la obligación de los buenos escritores es complicarnos la vida con historias complejas.

viernes, 19 de febrero de 2016

Vidas imposibles

Lo mejor de la literatura, viene a decirnos Frédéric Beigbeder (Neuilly-sur-Seine, 1965) en Una novela francesa (2011), quizás lo mejor de su producción narrativa, es que se acuerda de lo que nosotros hemos olvidado: “escribir es leer en uno mismo. La escritura reaviva el recuerdo... Todo escritor es un cazador de fantasmas”. No hay que quitarle razón al francés por lo afirmado, sino que, además, en su nueva propuesta literaria, constata el mismo diagnóstico que Roland Barthes hiciera sobre el oficio de escribir: la escritura cumple una tarea cuyo origen es indiscernible.

Toda novela es, más que nada, forma y, en ella, una mala historia bien contada se puede convertir en una buena historia, mientras que una buena historia mal contada da como resultado un mal libro. Oona y Salinger (Anagrama, 2016) pertenece al grupo de las buenas historias bien contadas, con el aliciente de llevar implícito ese atractivo que tiene para muchos lectores descubrir los secretos de sus mitos.

Beigbeder, expublicista y editor, participó en 2007 en un documental sobre la misteriosa figura de Salinger, el novelista que optó por su bibliografía antes que por su biografía, hasta tal punto que la única noticia cierta de su vida está datada en 2010 con su muerte, a la edad de noventa y un años. Con esta novela, el escritor galo sorprende a J. D. Salinger en plena juventud, fascinado por la deslumbrante Oona O´Neill, hija del dramaturgo Eugene O´Neill, Nobel de Literatura en 1936, en un famoso night club neoyorquino. Allí en el Stark Club nace un idilio romántico entre ambos. Pero lo que pareció una historia de amor imparable, el destino pondrá su freno y truncará el futuro de la incipiente pareja. En 1942, Salinger se alista en el ejército americano, participa en el desembarco de Normandía y en la liberación de los campos de exterminio. Oona, una joven inquieta e impaciente, conocerá en Hollywood a Charlie Chaplin, de 54 años, se enamorará perdidamente del cineasta, se casará con él y tendrá ocho hijos. Aquella ruptura y la nueva etapa sentimental emprendida por su amor platónico marcará de por vida al autor de El guardián entre el centeno. Estas circunstancias y las consecuencias derivadas son las motivaciones que llevaron a Beigbeder a recrear los diálogos que aparecen en la novela, a partir de la correspondencia mantenida entre ellos que jamás se publicó. No falta la presencia de Capote y Hemingway, dos grandes de la literatura norteamericana que contribuyeron a escenificar los encuentros mantenidos por la pareja. Salinger deviene en un personaje incómodo para la extravagante Oona, al que considera difícil de sobrellevar siquiera como amigo.

Desde una juventud desenfrenada y libre, hasta los momentos propios de dos seres instalados en el estadio final de sus vidas, transcurre el devenir de la historia que se cuenta en esta novela, resultando una reflexión sobre el amor y la edad, envuelta en una cierta melancolía y nostalgia. El encuentro final de Oona y Salinger es imaginado, probablemente se encontraron en alguna ocasión, no se sabe. Para eso existen las novelas, para recrear estas posibilidades que la historia no contempla, ni registra.

Oona y Salinger se sitúa en la senda de la non-fiction novel o, incluso, de la faction, una forma narrativa de emplear los procedimientos del arte de la ficción, pero de manera factual, es decir, una mezcla de fiction y fact. Quizás para el autor parisino, la ficción pura, sin el carburante de lo real, puede resultar una pura entelequia. Como también lo puede parecer a otros escritores coetáneos y paisanos suyos, como Jean Echenoz, con novelas como Ravel, Correr y Relámpagos, o las últimas de Emmanuel Carrére, a partir de El adversario. En este modelo de novela biográfica o biografiada, el autor excluye la invención y la fantasía, pero eso no le impide que en su obra no haya un mundo lleno de imaginación, ni de conjeturas. La realidad, como no se cansaba de recordarnos Nabokov, es la única palabra que no quiere decir nada si no va entrecomillada.

Los fantasmas de Beigbeder también están presentes en esta conmovedora historia, hasta el punto de aproximarse a sus propias vivencias, como él mismo alude en el último capítulo de la obra en el que nos cuenta cómo se encontró y enamoró de Lara, su joven esposa.

Enamorarse nunca es un tiempo perdido, aunque su consecuencia final sea dolorosa e, incluso, cruel. Quizás, en el fondo del espíritu huidizo de Salinger, él nunca quiso dejar de ser joven, y por eso creó a Holden Caulfield, en un intento de perpetuar esa aspiración utópica suya de juventud eterna. Pero, como bien dice Chaplin, el hombre que le birló su amor: “para un hombre, la felicidad llega cuando una mujer lo libera de todas las demás mujeres”.


domingo, 14 de febrero de 2016

La salud de los libros

Los buenos libros nos entretienen, nos divierten, nos producen placer, pero también nos educan para adoptar frente al mundo real una actitud censora y, a su vez, el compromiso de velar por ellos y cuidarlos como los objetos fabulosos y delicados que son. La cofradía de bibliófilos y bibliómanos es eminentemente pintoresca y extravagante. Los coleccionistas de libros han sido siempre gente peculiar y maniática. Unos compran libros para leer, otros lo hacen para recrearse contemplándolos, y queda una tercera clase que los compra para fijarlos en un extenso mueble y apalancarlos detrás de unas delgadas puertas de cristal, bajo llave. Los placeres de la caza del libro son distintos y dependen del tipo de cazador. No hay mejor trofeo y compañía para cualquier entusiasta de los libros que las que otorga su presencia, por mucho que todo lo demás cambie, ellos siempre están disponibles, siempre responden cuando demandamos su alivio y su aliento.

De todas las cosas que hacen los hombres en este mundo –nos dice de manera sentenciosa Tom Carlylelas más trascendentales, maravillosas y valiosas, son, con diferencia, esas que llamamos libros”. Su paisano William Blades (Londres 1824 – 1890) también lo creía así. Siguió los pasos de su admirado William Caxton, primer impresor inglés, y aprendió ese noble oficio de publicar libros, convirtiéndose, además, en un entusiasta bibliógrafo y propulsor del nacimiento, en 1877, de la Library Association del Reino Unido. Su trabajo literario que le dio más fama fue The Enemies of Books, editado en 1880.

La editorial Fórcola, en su colección Periplos, rinde homenaje a su figura con el lanzamiento de este breve y hermoso ensayo de su obra, que lleva como refuerzo un defensivo subtítulo: Contra la bibliocastia, la ignorancia y otras bibliopatías.

Presentar ahora un libro del siglo XIX que trate sobre los cuidados y prevenciones de riesgos en torno a la vida útil del libro, pudiera parecer rancio y anodino para el lector común, pero el alma de este texto tan ilustrativo puede despertar el interés caprichoso no sólo de los especialistas y bibliómanos, sino que, además, no defraudará al curioso que se preste a la aventura de leerlo. En todo caso, rescatar un libro de estas características, es más que meritorio, toda una proeza editorial que los amantes de los libros, letraheridos y tantos convalecientes aquejados de libropesía, valoramos y, al mismo tiempo, celebramos con regocijo. Los enemigos de los libros es ese tipo de texto que también es necesario hoy en día, un libro que aglutina esa capacidad de hablarnos no del contenido, sino de la validez del recipiente, es decir, de lo que significa el libro como objeto, eso que los adictos nos empeñamos con esmero en conservar vivo y a punto: sus solapas, su encuadernación, sus ilustraciones.

El editor, nunca se encontró en mejor disposición y momento como este para dedicar enfáticamente su publicación a los entusiastas de los libros y, de paso, maldecir a los canallas que los maltratan o persiguen. En el epílogo se dirige igualmente al lector, con el mismo empeño, a que persevere y cuide de estos maravillosos objetos contra cualquier ignominia y fanatismo venideros. Y en ese alegato nos conmina a proteger y conservar el patrimonio libresco como si de nuestros hijos se tratase, una encomienda de defender el verdadero progreso, que no es otro que el moral y el cultural, más allá de la economía y del avance tecnológico.

El libro de Blades es entretenido, ameno e ilustrativo, un opúsculo que encarna una desenfrenada apología del libro impreso, una encendida defensa contra aquellos que perturban y cercenan su existencia. Consta de diez capítulos, con una introducción intachable de otro erudito de la época, Richard Garnett, un “posfacio” en el que se narra una anécdota ocurrida durante una subasta de libros, y una “conclusión”, como punto final, para fijar el disfrute y el cuidado de los libros. El agua, el fuego, la polilla, los propios encuadernadores y el juego de los niños son algunos de los causantes de tanto estropicio ocasionado al libro en general. Pero, para el británico, nada era comparable a la prohibición y a la destrucción de tantos libros como los provocados por el papanatismo de tantos hombres a lo largo de la historia.

La nueva publicación de Los enemigos de los libros es una joyita impresa. Cuenta en su haber con la impecable traducción de Amelia Pérez de Villar y un prólogo exquisito a cargo de Andrés Trapiello. El escritor leonés se siente cómodo hablando de un autor que sabe tanto de historias de libros como Blades y no le importa añadir, con cierta ironía, a la lista extensa del británico, que otro enemigo, incluso más importante, es el autor. Si los autores fueran mejores de lo que son, viene a decir Trapiello, no escribiendo más que libros buenos, entonces el público lector les tendría, sin duda, en mejor consideración y aprecio.


Creo que, como decía Mallarmé, “todo en el mundo existe para concluir en un libro”, como este, un libro breve, simpático y cuidado, que prescribe, además, cómo preservarlo y cómo cuidarlo de las alimañas que lo acechan.

lunes, 8 de febrero de 2016

Náufrago voluntario

Leer determinados libros nos perturba hasta sacarnos de nuestras casillas y de la protección del hogar, nos arroja a la intemperie, nos convierte en nómadas e incluso llega a destapar nuestras contradicciones. Cuando esto ocurre sirve para confirmar que la buena literatura es transformadora, inquisitiva, capaz de estirar y ampliar nuestros límites, obligándonos a leer de otra manera, como si atravesáramos un pasadizo de arenas movedizas en donde nada parece estable y todo sospechoso. El buen lector ha de asumir, sin prejuicios, cuando se embarca en la aventura de un nuevo libro, tener disposición para dejarse sacudir condescendientemente por una historia, como esta que traemos hoy aquí, que lo ponga contra las cuerdas.

Después de su incursión en el género diarístico con Diario del hombre pálido (2010) y Piel roja (2012) publicados en Demipage, dos excelentes libros que siguen cosechando reconocimientos entre el público lector, Juan Gracia Armendáriz (Pamplona, 1965) regresa a la ficción con La pecera (2015), editado en el mismo sello anterior, un título metafórico del que se vale para mostrarnos el torbellino malsano de la conciencia de un profesor de literatura a la deriva bastante castigado por los estragos del alcohol.

El protagonista y narrador de la novela, Miguel Quer, es un hombre descontento con su profesión y desencantado de la materia educativa que imparte. A él, la literatura ya no le vale como estímulo y, mucho menos, como algo provechoso para la vida. Cierto día conoce a Ana Ferrer, una diseñadora prestigiosa, de la que se enamora perdidamente. A esta mujer también le gusta beber, y ambos emprenden una vida de pareja en la que el alcohol les sirve de divertimento y como evasión en sus encuentros amorosos. Sin embargo, este camino intempestivo, de excesos con la bebida, hace mella en Ana hasta el punto de que consigue desengancharse de esa adicción tóxica poco después de que ambos cambien de domicilio y se instalen en plena sierra madrileña. Esta decisión valiente por parte de ella, de cambio de escenario y lucha contra el alcohol, propiciará, al poco tiempo, el desencuentro de la pareja hasta llegar a su ruptura. El narrador, con cierta nostalgia dice que “Ana dejó de beber, saltó de la pecera, abandonó el mar de fondo y se transformó en un anfibio, en un reptil, luego en un ave atenta e inmisericorde” (pág. 110).

La pecera se abre y se cierra con ese grito de desgarro existencial recurrente de Dostoievski en Los hermanos Karamazov: “Soy malo y sentimental”. Aunque la novela de Gracia Armendáriz surca por otros derroteros a la del escritor ruso, en esta historia hay suficiente líquido metafórico y reflexivo acerca de los estragos que hace el alcohol en el cuerpo y en el alma de sus náufragos. El escritor navarro elige la primera persona como voz narrativa y el lector se pregunta cómo un narrador alcohólico puede estar sumido en la realidad de lo que cuenta. Pero el autor procura transmitir al lector que su personaje no delira, sino que rememora desde los escombros de la resaca los pasajes vividos y los sufrimientos que padeció en plena efervescencia etílica.

El haber elegido esta forma narrativa y los tiempos verbales son, a mi entender, un acierto que dan consistencia al relato. Cuando Miguel habla, el presente transcurre en ese momento, y es ahí, en ese instante, cuando se produce el impacto en el lector que no sabe qué vendrá a continuación, sobre todo en esos momentos en los que el personaje se encuentra solo y abatido. Sin embargo, cuando se produce un cambio temporal, Miguel evoca el pasado con Ana, su mujer, que lo abandonó definitivamente. Sus resacas dan un tipo de registro literario amargo, de hastío reflexivo. Los momentos de abstinencia reproducen un sentimiento de lucha y recelo. El alcohol tiene el efecto perverso de iluminar y, al mismo tiempo, ampliar todo lo que en estado sobrio reprimimos normalmente. Por eso, cuando suceden momentos de euforia a base de la ingesta alcohólica, hay una dislocación del alma que confunde la realidad y la reinterpreta con ese humor ácido tan característico de una borrachera.

Ya en las postrimerías de la novela, el protagonista de la historia se pregunta sin mucha convicción cómo lidiar con la situación para recuperar la dignidad, como si tuviera que llegar a un acuerdo con la aceptación de su pasado, tal como Ana Ferrer creía a pies juntillas, aunque Miguel Quer es un pez sumergido en la pecera tóxica de la bebida que no parece tener mucho empeño en saltar de la misma.

Juan Gracia Armendáriz firma una historia brutal, una novela violenta muy bien contada, desde la mirada distorsionada y chirriante de un hombre atribulado, pero, sobre todo, desde una voz desaforada, irreverente, cuyo emisor no se ajusta a ningún tipo de comportamiento social al encontrarse perdido, con la brújula rota que piensa en una redención mediante copas y más copas, desencantado y voluntariamente náufrago, que encontrará un resquicio final para secarse de la humedad adictiva de tanto whisky, sin estar apenas seguro de conseguirlo.



martes, 2 de febrero de 2016

Vidas menguadas

Todas las experiencias halladas en relatos de vidas paralelas, y no tenemos por ello que acudir necesariamente a Plutarco, tienen un denominador común: la lucha y el abatimiento. El alma inquieta del personaje decide, en su libre albedrío, experimentar la vida a tope para aprender y evolucionar en su propia consciencia, dentro de una voluntad desatada por alcanzar una identidad que no llega cuando más la ansía y busca. Soñar con el éxito no parece suficiente para lograr alcanzarlo.

Uno de los temas más recurrentes en la narrativa de Luisgé Martín (Madrid, 1962) es esa búsqueda del éxito y de la identidad de sus personajes, a través del tiempo y a pesar del devenir de las mutaciones forzadas a lo largo de sus vidas azarosas: amores tortuosos a menudo embarrados en una sexualidad extralimitada. En su última novela, sus dos protagonistas sueñan con estos dos propósitos y acaban aturdidos en los escombros del fracaso. Ambos poseen las condiciones necesarias para el triunfo, pero la pasión desbordada, la inconsistencia de sus vidas y la crisis de identidad los llevan por un camino de excesos, lujuria y dispendios que los hunden irremisiblemente. Narrada sobre la artimaña de la investigación biográfica y al filo de la inverosimilitud, La vida equivocada (Anagrama, 2015) es una historia contada con eficacia y pulso narrativo en la que su autor disecciona, como punto de inflexión, la vida desperdiciada de sus protagonistas que acaba soterrando a ambos en la inevitable crueldad de sus propios infortunios.

El lector que se acerque a este libro deberá estar prevenido y disponerse más que a ver qué ocurre, a situarse frente al libro con el compromiso y la voluntad de sentirse vulnerable, pero permeable y resistente a la incómoda aventura personal que va a emprender. La historia de Max y su padre Elías, ambos muy tocados por ese afán desmedido en busca del éxito y, al mismo tiempo, encaminados inexorablemente al fracaso, más parece todo un artificio que simula el vivir incompleto de sus sueños y aspiraciones. Max es un joven escritor mediocre que el narrador ha conocido en su juventud en un taller de escritura y que le desvelará, no solo su vida excesiva y disoluta, sino que le contará al cabo del tiempo la historia misteriosa de su padre, un marido fracasado, de sexualidad pervertida, inclinada a la pederastia, muerto en un accidente de aviación y que dejó un cuaderno de bitácoras y álbumes de fotos que explican las claves de sus excesos y también de su vida incompleta. La estructura de la novela se presenta como una trama que se desdobla en dos historias en las que el narrador adquiere un papel relevante como testigo y personaje a su vez, al menos en la vida de Max, con quien tuvo un escarceo sentimental de fuerte impacto sexual en sus años de iniciación literaria.

El arranque de la novela es prodigioso y contundente. El autor de La mujer de sombra (Anagrama, 2012) explora nuevamente en los oscuros deseos del ser humano y sus consecuencias, esos instantes en que el hombre siente que ya no hay más aliento para seguir viviendo (pág. 11), como si ya nada condujera a la salvación, incluso si se vive al pairo, porque, al final, todo se deshace inexorablemente. A pesar de que la muerte y el fracaso están presentes en toda la novela, la belleza física tiene mucho resquicio entre los anhelos y desastres de las vidas exageradas de sus personajes. El propio narrador irrumpe desde el principio tomando partido con un encendido sentimiento acerca del poder de la belleza física, un valor, según él, superior a las virtudes intelectuales y toda una recompensa sublime, casi sagrada, para el que la contempla.

La vida equivocada es la historia de dos hombres y un mismo destino, dos hombres que van desde el exceso al fracaso, desde la incontinencia al autoengaño, una novela de extraordinaria dureza que transita entre el desborde y la nada, en donde lo verdaderamente terrible de todo lo que sucede es la constatación por parte de sus personajes de saberse mortales, más allá de la perversidad de sus actos y el desmoronamiento de sus vidas exageradas.

Con esta obra, Luisgé Martín introduce en nuestro espíritu la inconformidad y la rebeldía que están detrás de todas las hazañas de dos seres pletóricos de anhelos y en permanente entredicho con la mediocre realidad de sus vidas infelices al borde del abismo, un empeño que resume en gran medida la verdad secreta de cualquier existencia, que no es otra que una vida menguada.