viernes, 26 de febrero de 2016

La literatura como dolor

Jesús Huerta

La literatura exigente no es sinónimo de barroquismo. Tampoco de alambicados juegos conceptuales que, muchas veces, pueden esconder, bajo una supuesta pátina intelectual, una carencia discursiva de ideas o de diseño narrativo. Muy al contrario, aún es posible encontrar autores que, desde una humildad y frescura apabullante, puedan sorprendernos con sus propuestas literarias; autores que abordan los problemas fundamentales (y a la vez complejos por su inmutable obviedad originaria) del ser humano: el sentido de la existencia concreta o la cuestión de cómo se ubica el individuo en el mundo circundante.

Examen Final (Trifolium, 2014), de José María Pérez Álvarez (O Barco de Valdeorras, Ourense, 1952), es una obra propicia para los amantes de esa literatura exigente. Pérez Álvarez avanza con este libro la segunda entrega de una trilogía que empezara con La soledad de las vocales (2008), galardonada con el III Premio Bruguera de Novela, y que culminará con la aún inédita, pese a estar ya escrita, Proceso de descomposición, un titúlo que se convierte previamente en ficción al aparecer en Examen Final representando el trabajo literario estancado del protagonista de la misma: un escritor fracasado.

Decir que Examen Final encierra un drama existencial de salida abierta, o que presenta a un personaje-tipo de “perdedor” en la figura de un escritor venido a menos, es decir mucho y, a la vez, decir poco. Si añadimos que la obra es la expresión de un proceso aceptado de deterioro personal que lleva al escritor protagonista desde la pérdida del recococimiento social hasta las puertas de la autodestrucción vital, tampoco es decirlo todo. Porque Examen Final es algo más.

Detrás de la figura de un hombre alcoholizado, que es abandonado por su mujer tras un deterioro insoportable de convivencia, que vive al margen de unos hijos que ya han crecido y viven lejos, y que está desengañado del que antaño fue su mundo: un mundo editorial que le fuerza a “escribir como todos” para mantener el número de lectores exigido por las reglas del mercado, se esconde una obra sobre el coste de la coherencia personal, sobre el conflicto entre el individuo y la masa aplastante de la sociedad actual, y sobre el drama de situarse al margen de las reglas de la mayoría. “Uno es prescindible para todo el mundo”, llega a decir su protagonista en una frase que podría resumir el valor del individuo frente al poder en abstracto cuando no se adapta a las reglas de la estandarización.

Por eso, la literatura como dolor –“tal vez escribir sea sentir el dolor de estar vivo”–, se convierte en la metáfora personal de un hombre que no sabe escribir para los demás, sino para expresar, infructuosamente, un mundo personal inmerso en la perplejidad. A la vez que asistimos a la progresiva ruptura de los vínculos del personaje con el exterior mediante sucesivas fases de desprendimiento y desconexión, el personaje llega a sentir su aislamiento como un Robinson consciente de sus circunstancias: “cuando nadie pregunta por ti ya estás muerto”. Pudiera temerse que, con estos mimbres, una novela tan triste se convirtiera en un drama lacrimógeno difícilmente soportable y, sin embargo, nada es más lejano de la realidad, porque la deriva del protagonista es tratada por el autor con tal sutileza y levedad, que la dota de un equilibrio muy atractivo, recordando el distanciamiento inteligente, la irrelevancia y relatividad existencial, incluso la humildad, con que dotaron a su obra genios de la talla de Robert Walser o Franz Kafka.

Ello nos lleva a los aciertos formales y estilísticos de esta obra, de una originalidad tan bien pensada que se convierte en clave para hacerla digerible y mostrar con maravillosa desnudez el que, a mi juicio, es el objetivo principal del autor: plantear los riesgos de ser consecuente en sociedad hasta el último extremo y la encrucijada de la vida cuando la existencia de un hombre perdido en un mundo incomprensible se contrapone con su entorno. Es la paradoja no resuelta entre la soledad innata de cada individuo y su, no menos irrenunciable, inclinación social y necesidad de alteridad.

Formalmente, estamos ante una obra corta, de 136 páginas, escrita en segunda persona, que es la voz propia en la que los locos hablan consigo mismo. De esta manera, el autor interpela permanentemente al lector como si formase parte de la realidad descrita, viéndose compelido a tomar partido. La novela se estructura en dos partes, que realmente no tienen más diferencia que el hecho de donde reside el autor en cada una de ellas. En la primera, el protagonista aún vive con su mujer en el domicilio conyugal. En la segunda ya se ha producido la ruptura y el protagonista vive en una pensión de mala muerte. La obra está impregnada de otra dualidad estilística que permite hacer llevadera al lector la historia que se cuenta: está transida en todo momento de un delicado equilibrio de pesimismo y humor. El hallazgo más sorprendente y original de la obra es, en mi humilde opinión, el abundante y, sin embargo, ponderado, uso de reiteraciones y leit motiv, que ayudan a comprender el pensamiento circular, a veces delirante, e influido por el alcohol, del protagonista de la novela. Aparecen, como en un mosaico disparatado, la obsesión de tirarse por el balcón para estrellarse contra un Audi rojo, un extraño “dolorcito” en el costado (trasunto del dolor de una vida que no es más que literatura), la absurda rebeldía de quitarle la H a los nombres que la contienen, las llamadas de broma al teléfono de una funeraria o su colección de recortes de prensa de suicidas anónimos.

José María Pérez Álvarez logra con esta novela una obra redonda, con una prosodia plena de ritmo y compás. El radicalismo implacable de su texto no le impide, en última instancia, reírse de sí mismo. Dicen que las personas capaces de esto último muestran síntomas definitorios de inteligencia. Ese derroche de inteligencia es el que permite al lector afrontar con deleite y tranquilidad este novedoso Examen Final.