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lunes, 14 de septiembre de 2020

Donde todo puede suceder


"La realidad necesita de la fantasía para volverse deseable; la fantasía de lo real para poderse compartir con los demás. El bosque hechizado bien podría confundirse con el mundo de los libros. Cuando leemos elegimos visitar ese bosque donde todo puede suceder. En él nos esperan los senderos misteriosos, las llamadas del deseo, las metamorfosis, las sabias mentiras del amor [...], las palabras que lo pueblan de sueños y el corazón que niega la muerte permanecen milagrosamente suspendidos en el aire mientras el libro está en nuestras manos. Y ese milagro nos llena de felicidad, aunque se trate de un libro lleno de desdichas".

Con estas palabras, el novelista Gustavo Martín Garzo (Valladolid, 1948) concentra el sentido de lo que para él significa la lectura extraídas de Un lugar donde vivir, uno de los textos claves de su nuevo libro Elogio de la fragilidad (Galaxia Gutenberg, 2020), un conjunto de ensayos breves en los que plasma una reflexión sobre aquellos libros y autores que volcaron sus simientes literarias y abonaron su irrefrenable afán por cosechar y almacenar lo que de bueno le depararon todas sus lecturas. El lector, según él, será quien decida tomar de todo lo almacenado aquello que su cuerpo le pida. Es él quien, en definitiva, y a través de la lectura, dará vida y pálpito a lo que el escritor concentró en sus textos. Mallarmé dejó patente que "el mundo se creó para transformarse en un libro". Al fin y al cabo, como por estas páginas se insinúa y resalta, la vida y los libros están hechos de palabras.

Es más, Martín Garzo considera que la amplitud de la literatura es sideral, porque cada libro cuando no nos lleva lejos, al menos si nos lleva a un lugar desconocido. Y señala que no leemos porque queramos escapar del mundo, ni tampoco para cambiarlo por otro que se ajuste más a nuestros deseos, sino sencillamente leemos para sentirnos reales. En este compendio suyo asoman cuarenta piezas bien acotadas por donde el lector va a acompañarlo con esa idea concebida por el propio autor que viene a subrayar lo que ya dejó dicho en su anterior libro en torno a los cuentos, Una casa de palabras (2013), que "no se lee para soñar con otro mundo, sino para descubrir lo que en el nuestro permanece escondido, para ver donde antes no se veía".

En esta nueva órbita propuesta en Elogio de la fragilidad seguimos el rastro de Las mil y una noches para mantener viva y aplacar a su vez nuestra angustia de saber, nuestras ganas de conocer las respuestas de la vida en la fabulación, en las historias que nos consuelan y nos dicen que hay un lugar adonde ir y donde reencontrarnos con seres del pasado que amamos, un lugar donde llegar para encontrar hospitalidad. "A los libros –dice– se llega como a las islas mágicas de los cuentos, no porque alguien nos lleve de la mano, sino simplemente porque nos salen al paso".

Todo lo que fluye por cada uno de los textos viene a contarnos que mucho de lo que revela la literatura no es tanto una tentativa de lo que sucede en el mundo, sino más bien una representación de lo que acontece en la vida real. Insiste Martín Garzo en que "la literatura debe hablarnos del doctor Jekyll y del mundo que le rodea, pero sería incompleta si no lo hiciera a la vez de Mister Hyde, de su deambular en la noche, de sus extravagancias y, por qué no, de sus ocultas delicadezas. De esos otros que también somos y de los asuntos peligrosos en que tantas veces andamos metidos".

En todo su itinerario se despliega un amplio vislumbre de obras clásicas que van desde Cervantes a Dickens, de Pavese a Zagajewski, de Isak Dinesen a Carson McCullers, sin olvidarse de la poesía de Dickinson ni de la de Cernuda, para resaltar y exaltar que todos ellos son artífices de la cultura y de la memoria: "Somos lo que recordamos. Si al ser humano le privaran de memoria perdería lo más esencial [...] La memoria es «lo más necesario de la vida»". En ese acopio memorístico, podemos afirmar que Martín Garzo se muestra como un lector con muy buen gusto, apegado a la diversidad y a los contrastes de la vida que ofrecen los distintos géneros literarios.

"El verdadero lector no busca en los libros lo que le halaga o confirma, sino lo que le niega y disloca: busca lo que no tiene. Leer es tirar los dados de nuevo". Por todo esto y por lo que aquí reverbera y trasciende, Elogio de la fragilidad es un libro jugoso y fecundo, lleno de perplejidades, guiños y revelaciones, con textos que vienen a decirnos que uno de los valores más genuinos de la literatura es dar consuelo. Los libros, como aquí se hace saber, varían con cada lector, pero la realidad del mundo que representa la literatura es nuestra patria común.

A los que nos gusta leer, mucho nos costaría vivir en un mundo sin libros, pero la realidad no está completamente en ellos, puesto que no cabe entera. Lo asombroso de todo esto, es lo que no deja de hacer Martín Garzo en cada oportunidad que le brinda su andadura ensayística: que nos fijemos más en la vida que fluye por los libros, algo que hace con ese tesón admirable de quien considera que leer es más una disposición que un resultado.


viernes, 6 de marzo de 2015

Fantasmas familiares


Tenía ganas de reseñar una obra de Gustavo Martín Garzo (Valladolid, 1948), un escritor al que le profeso respeto y admiración. Lo conocí en Jerez de la Frontera, en noviembre del 2000, cuando asistí a una conferencia suya sobre el cuento oral organizada por la Concejalía de turno en una de sus salas culturales. Por aquellos años, el Ayuntamiento jerezano patrocinaba variados eventos literarios de interés que daban mucha vidilla no solo a escritores y aficionados locales, sino también a los de otras zonas limítrofes de la ciudad. Gracias a dicho encuentro, me embarqué en la lectura de Isak Dinesen y en los cuentos de Sherezade de la mano del escritor vallisoletano. Recuerdo su voz serena aquella tarde de otoño, y no se me olvida hablando en aquel hemiciclo, con la misma naturalidad de quien está contando un relato oral, cómo sus palabras se sucedían unas a otras componiendo con ellas una música que parecía brotar con la facilidad con que lo hace el agua de una fuente. Dicho queda esta evocación y reconocimiento. Ahora procedamos al asunto que traemos a esta bitácora: se trata de su último libro Donde no estás (Destino, 2015), una novela construida por diferentes voces sobre el secreto, eso que no se puede contar y se guarda en el seno de una familia, esas verdades, silencios y remordimientos ocultos que requieren desempolvarse y piden liberación.

Donde no estás es un libro de indagación en el pasado, ambientado en los años sesenta en la comarca de Tierra de Campos, concretamente en el pueblo de Villalba de Alcores, allí, una mujer joven, tras morir su madre, quiere ahondar en el pasado familiar, cruce entre razón y sentimiento, un territorio donde se confunde lo real y lo imaginado, un lugar en el que la pasión como hechizo se hermana con la experiencia personal siempre amenazada por la presencia de la muerte. En la primera parte de la novela, Ana ha vuelto a la casa del pueblo, acudiendo a la llamada de su tía, para visitar a su abuela, la persona más rica de la comarca, convertida ya en una mujer anciana y enferma. Regresa al hogar de su infancia donde se guardan muchos misterios sin desvelar. La joven Ana va recibiendo noticias fragmentarias de su tía Joaquina, de Fernanda, de sirvientas como Susana o de la cocinera de la casa, Regina, e incluso de la maestra suya de la escuela, Daniela. A estos personajes hay que añadirle el de la “la Señora”, la figura fantasmal que aparece en los sueños de la protagonista. En la segunda parte del libro, Ana accede a leer el cuaderno póstumo de su madre donde se revelan los secretos de la familia. Entre el espectro y el diario secreto de su progenitora, Ana va descubriendo las verdades de sus ascendientes, de las cosas calladas que empiezan a hablar, conforme avanzan las pesquisas, de lo más recóndito de sus vidas.

El título del libro tiene que ver con ese espacio dejado por los seres queridos que se nos van y nos hacen reflexionar sobre ese vacío que requiere desvelar la verdad que se llevaron a sus tumbas. Martín Garzo pone voz a los que dejaron de tenerla, a los muertos, esos personajes que lo demandan. No hay capítulo donde no se plantee una y otra vez lo dicho anteriormente y, para enfatizarlo, el autor de El lenguaje de las fuentes (Lumen, 1993) utiliza esa dualidad propia e intermitente del ser humano: orden y sentimiento, vida y muerte, luz y sombra. En las postrimerías del libro, la madre de la protagonista, infiere en el cuaderno su visión de la vida y confiesa que “la vida nunca es como queremos que sea. Está hecha de fragmentos, de inciertas verdades, de promesas que nunca se cumplen del todo. No hay forma de saber qué quiere. Es como soltar pájaros en la oscuridad. La alimentan las pasiones, las traiciones, las dulces mentiras. Está hecha, a partes iguales, de belleza y desolación” (pág. 360).

Donde no estás es, sin duda, la obra más ambiciosa del escritor castellano, una historia familiar de cerca de cuatrocientas páginas contada por mujeres, a través de las cuales, el lector vislumbra cómo son los hombres que las rodean y conviven en sus calles y casas, un viaje a lo escondido que transita por el verdadero territorio de las preguntas de la vida, donde lo inconfesable es lo más verdadero, aunque, a veces, parezca terrible.

Yo no sé si estos fantasmas familiares se escapan un poco de la idea concebida por el autor pero el resultado final, da igual, aunque no haya resultado totalmente lo que quiso haber escrito, es que Donde no estás es una novela hermosa, de prosa clara y sencilla.