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jueves, 18 de febrero de 2021

Como el aire que respiramos


Sopesar si la vida vale o no la pena vivirla equivale a responder a una de las claves filosóficas de nuestra existencia. Cuando se es joven, uno está expuesto, a menudo sin saberlo con claridad, a dos posibles tendencias a la hora de tomar partido en la vida. Estas dos tentaciones podrían resumirse así: o bien la pasión de quemar la vida como venga, o bien la pasión de construirla. Pero en ese trayecto nada parece tener un efecto duradero, el tiempo lo devora todo en la lucha de estas dos pasiones: el deseo de una vida que se consume en su propia intensidad y el deseo de una vida que se construye piedra a piedra. La idea de felicidad sigue siendo, como antaño, un afán descomunal e inagotable de búsqueda, un espejismo que retrocede según avanzamos con la edad, pero también es una maravillosa argucia de la inteligencia para mantenernos en vilo y en vuelo.

Esa es la idea que se agita en el nuevo libro de Ricardo Moreno Castillo (Madrid, 1950), mantenernos en vilo y en vuelo. Su Breve tratado sobre la felicidad (Fórcola, 2021) es un texto dinámico, una reflexión personal desde el apunte y la anotación de muchas voces de la Historia del pensamiento que hicieron valiosas aportaciones a este asunto milenario en el que los filósofos griegos, por ejemplo, pensaron con mucha insistencia. De esta idea primigenia de pensadores como Demócrito, Platón o Epicteto parte este ensayo, de cómo “la fortuna es la materia prima de la felicidad”, sí, pero escoger cómo vivir también cuenta mucho en alcanzarla. El libro prosigue su cauce a través del tiempo y así va convocando hasta un total de cuarenta y dos nombres, escritores y pensadores importantes, que centraron parte de su discurso hacia esa aspiración innata del hombre de contentar su existencia.

Cita a Gracián, a Voltaire, a Hume, a Stevenson, a Unamuno, a Cunqueiro a Todorov y a otros tantos ilustres autores que trataron de dar sentido a sus vidas en pos de la felicidad, pensadores sabios que asumían que la realidad es a veces un cúmulo de desgracias a las que no nos queda más remedio que afrontar con dignidad. Todos llegan a una misma conclusión: en la vida hay cosas cuyo cambio depende de nosotros y otras que no. Para saber afrontar esta evidencia, Moreno Castillo acude a esa idea de perseverar en el ser, dar de sí todo lo que se puede para lograr la alegría, el gozo sostenido de vivir y no cesar en el empeño. También cuenta en esto la pasión por estudiar y aprender: “Pero precisamente esa es una aventura que requiere una vida plácida y sosegada”, subraya.

Ese es el propósito del libro y, en su interés deja claro desde la introducción del mismo que conviene apartarse de cualquier ligereza sobre el asunto, para que nadie se lleve a engaño, ya que es difícil definir la felicidad: “nadie la sabe definir aunque podemos reconocerla, igual que sucede con el tiempo y el espacio”. Y añade: “Pero a diferencia del tiempo y el espacio, en los cuales estamos irremediablemente sumergidos sin buscarlo, a la felicidad la perseguimos con afán”. Más adelante, y a medida que van apareciendo abundantes razones sobre cuáles son las limitaciones de quienes aspiran a ser felices, Moreno Castillo viene a decirnos que más que una meta, la felicidad se fragua en el propio estado de ánimo, en el anhelo de una vida plena.

La libertad, la fortuna, el éxito, el humor, la amistad o el amor conforman un arsenal propicio para que se anude al bienestar que procura la felicidad. Pero no todos los que tienen esa suerte son felices. Se precisa una inteligencia que gestione los momentos álgidos y atempere los contratiempos que vengan. Esta idea argumentativa la explica aún mejor el autor tomando para el caso unas reveladoras palabras de Somerset Maugham, de su libro de viajes El caballero del salón: “...una vida extraordinaria no hace extraordinario a un hombre. Es al contrario, un hombre extraordinario hace extraordinaria una vida aunque ésta sea monótona como la de un párroco rural”.

Este es un ensayo bien armado de argumentos, como nos tiene acostumbrado su autor, de la misma estirpe y condición que sus dos libros anteriores, Breve tratado sobre la estupidez humana (2018) y Los griegos y nosotros (2019), esto es, un texto conciso y jugoso, expositivamente claro y al alcance del lector de a pie, escrito con sencillez y destreza. Pero, además, el que nos ocupa es un libro rico en lecturas, que indaga, a su vez, en otras obras y nos sitúa frente a una serie de reflexiones profundamente realistas que viene a decirnos que esa idea de anhelo de felicidad consiste, básicamente, en saber escoger el sentido que le demos a nuestra propia vida.

Digamos que todo lo que transcurre por este sugerente Breve tratado sobre la felicidad tiene mucho que ver con la propia razón de vivir, con lo que verdaderamente la vida nos interpela y con lo que somos cada uno. Porque, en el fondo, lo que destaca del texto y alumbra no son preguntas en abstracto sobre el sentido de la vida y la felicidad, sino más bien un diálogo vívido de lo que cada uno tiene que labrarse en esa dirección, o renunciar a hacerlo. A fin de cuentas, y como decía Jorge Wagensberg, la felicidad es como el aire que respiramos: su falta es más notoria que su presencia.


jueves, 20 de diciembre de 2018

Un libro de ideas


Al escritor todo le vale para aprender, porque la literatura en cualquiera de sus géneros puede aprovechar hasta el menor resquicio de la experiencia, de los años vividos, para darse a valer. Y, lo que es más importante, el aprendizaje, como dice César Aira, le sirve, “porque siempre está a tiempo de escribir algo más”, desde dentro, con el único afán de escribir lo que debiera ser escrito, no tanto para salvarse a sí mismo, como para salvar algunos muebles.

El nuevo libro de Luisgé Martín (Madrid, 1962), El mundo feliz (Anagrama, 2018), va por ese cauce de referir algo más acerca de esta idea, y en esta ocasión bajo la forma de un ensayo muy bien armado, contundente y provocador, en el mejor sentido de agitador, de quien incita a la reflexión sobre la aspiración a la felicidad que subyace en nuestra existencia. Por tanto, en esta oportunidad, el escritor y autor de novelas como Los amores confiados (2005), La mujer de sombra (2012), La vida equivocada (2015) o el libro autobiográfico El amor del revés (2016) deja a un lado la fabulación para preguntarse en el contexto de la no-ficción si es posible la felicidad.

El título de su ensayo es un guiño notorio a la obra de Huxley, y dice que, en realidad, el mundo feliz suyo lleva adherido “una apología de la vida falsa”, un oxímoron que le vale como subtítulo a los textos que reúne en su obra, “un libro de ideas” lo llama, un centón podemos decir en el que cabe incluso el elogio de la derrota. Dicen los especialistas que el ensayo es la pieza literaria que se escribe antes de escribirla, cuando se encuentra el tema. En ese sentido, Luisgé Martín lo encontró en la película Matrix, en el mito de Sísifo, en el imperativo categórico de Kant y también en otras lecturas de pensadores como Camus, Rousseau o Cioran, y en el teatro de Shakespeare, en las novelas de Dostoiveski, así como en el Eclesistés o en El tartufo de Moliere.

Lo cierto es que este libro está muy bien escrito y argumentado, es rebelde y persuasivo, sin apartarse del pesimismo que lo envuelve. Viene a decirnos que vivir es ir perdiendo y perdiéndose para al final perderlo todo y perderse uno del todo. Nuestro quehacer y nuestro sentir, el recordar y el pensar son formas de aferrarse a la vida, y todo lo que el tiempo deshace no es nada sin el tiempo. "La vida es hermosa. Pero, ¿y si solo lo parece?", reflexionaba Chéjov. Este es un libro radical y nihilista. Martín piensa que todo se escurre por el sumidero de la infelicidad, y cree que le hemos dado mucho pábulo a la autenticidad. Por eso se pregunta con ironía si no sería mejor vivir en Matrix o en el mundo feliz de Huxley.

Juzgar si la vida vale o no la pena vivirla, nos dice, equivale a responder a una de las claves filosóficas de nuestra existencia. Cuando se es joven, uno está expuesto, a menudo, sin saberlo con claridad, a dos posibles tendencias a la hora de tomar partido en la vida. Estas dos tentaciones podrían resumirse así: o bien la pasión de quemar la vida como venga, o bien la pasión de construirla. En ese trayecto nada parece tener un efecto duradero, el tiempo lo devora todo en la lucha de estas dos pasiones: el deseo de una vida que se consume en su propia intensidad y el deseo de una vida que se construye piedra a piedra.

En este libro, Martín tiene conciencia de que su andadura reflexiva nunca llegará al final del camino, pero tiende a esbozar el inconformismo que la promueve, así como el de esa idea nacida dentro de nosotros en la que se conforma la relación de nuestra mente con el mundo: “Sabemos que los éxitos serán fugaces y los afectos, si los hay, interesados o escurridizos; sabemos en suma, que la vida será un sumidero de mierda o un acto ridículo”. Y más adelante subraya una cita bíblica sobre lo terrible de la verdad que dice: “Donde abunda sabiduría, abundan penas, y quien acumula ciencia acumula dolor”. Todo lo que nos rodea, apunta, parece que está siempre estimulado por la insatisfacción constante y por la carencia. La propia observación del mundo en que vivimos, nuestra familia, amigos y vecindario apuntan en esa dirección, para enfrentarnos con la hipótesis de que la naturaleza humana sea incompatible con la felicidad.

Cuando un libro invita al subrayado, incita a la reflexión, sin ánimo de solemnidad, pero dispuesto a la controversia, con esto quiero decir que estamos hablando de un texto con acopio de inteligencia, madurez y observación suficientes que al lector inquieto les valen para pararse a pensar en la importancia de lo que se cuece en la vida. Este es un ensayo nacido de la reflexión personal, del diálogo entre amigos, de ideas inquisitivas y perspicaces que escribieron otros y siguen vigentes, un libro escrito, no para eruditos, sino para hacerse entender por todos, y en el que está muy presente aquella famosa máxima de Gracián que dice: “Hay mucho que saber, y es poco el vivir, y no se vive si no se sabe”.

En El mundo feliz de Luisgé Martín la idea de felicidad sigue siendo, como antaño, un afán descomunal e inagotable de búsqueda, un espejismo que retrocede según avanzamos con la edad, pero también es una maravillosa argucia de la inteligencia para mantenernos en vilo y en vuelo. Lo cierto es que todos los hombres queremos ser felices, pero como bien decía Séneca: “lo difícil es saber lo que hace feliz a la vida”.