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miércoles, 22 de mayo de 2024

Aprender a vivir


Los libros del ensayista y filósofo Josep Maria Esquirol (Sant Joan de Mediona, Barcelona, 1962) poseen ese rango existencial y humano de lograr que nos percatemos de que el horizonte más importante que nos distingue a nuestra especie no se encuentra más allá, más lejos, sino más adentro. Y por eso mismo, sus ensayos y la filosofía que los impulsa inciden en el ámbito de la proximidad interior como perímetro necesario del pensar, de estar cerca de lo que importa, sin pretender ir muy lejos, sino un poco más hacia adentro de nosotros mismos y del entorno que nos conforma. Al fin y al cabo, aprender a vivir consiste en manejarnos con nuestro entorno y con nosotros mismos, saber estar al servicio del actuar y del orientarse. En ambos infinitivos, nos viene a decir, se conjuga, se concentra la vida, permanece su esencia.

En su nuevo libro, La escuela del alma (Acantilado, 2024), no se aparta de esa naturaleza expositiva. Para Esquirol, la escuela es un espacio que no tiene puertas, sino umbrales. En sus notas introductoras del libro da cuenta de esa percepción y reminiscencia: “Hay casa porque hay intemperie. Y la intemperie pide amparo. Hay escuela porque hay mundo. Y el mundo pide atención. Hay casa y hay escuela porque, en el amparo y en la atención, cada uno puede hacer camino y madurar, para dar fruto”. Se trata de una filosofía de enseñanza que busca cultivar el fomento de la curiosidad, la creatividad, el pensamiento crítico y la capacidad de esbozar respuestas, que busca “ayudar a alguien a conducirse, a orientarse”. En ese sentido, el libro es un manual ensayístico sobre lo que significa la formación y el proceso de maduración en el desarrollo de las personas. Tiene que ver, efectivamente, con el factor educativo y con el horizonte de lo que entendemos por lo más humano y que desborda los límites de lo que normalmente se entiende por aprendizaje y vinculación con las cosas, con los lugares y, sobre todo, con los demás.

Esquirol incide en que la escuela es el lugar apropiado “donde se cultiva el alma mediante la atención a las cosas del mundo”. Y por eso mismo, lo primero es atravesar su umbral. Es una tarea difícil, sostiene, en un mundo en el que todo tiende a ser lo mismo, a la homogeneidad. Para cruzar ese umbral hay que salir de algún lugar para encontrar, precisamente, un sitio diferente a todo lo que fuera parece idéntico, estereotipado. Si es una simple copia de lo general, no sirve, porque no se habría cruzado ese umbral. Y subraya: “El umbral es el límite que marca la diferencia. Sin umbral, todo sería igual, todo sería indistinto, todo sería lo mismo”. Sobre todo, destaca que en la llamada “escuela del alma” lo que se debe cultivar es la capacidad de recibir, de que te llegue algo valioso. Por eso es la atención el cauce necesario, que no es una técnica, es una actitud que produce una apertura que provoca que lo posible pueda llegar, que la perplejidad nos alcance.

Continúa su defensa sin apartarse de que una escuela no es una isla, ni se basta a sí misma, ni tampoco que su sentido principal sea reconducirnos, aunque sea fértil y generadora de conocimientos. La escuela, según él, es una cima, un lugar con sentido por sí mismo, un espacio nada “incompatible con que pueda ser, al mismo tiempo, un camino hacia la madurez”. La escuela, como impulsora de crear libertad, de dar posibilidad, de hacer pensar. En ella hay un sustento para ensanchar la propia experiencia, el reconocimiento de lo que importa y, en especial, el desarrollo del lenguaje: “Pero a veces conviene que nuestro hablar consista más en mostrar; más en describir que en explicar; más en prestar atención que en analizar”. La escuela del mundo se vincula a entender el mundo y nuestro entorno como encuentro y estímulo que aspiran al reencuentro.

Josep Maria Esquirol insta a pensar que la forma de educar tiene reflejo en la manera de vivir, de atendernos y de recuperar el sentido común, a mirar la vida con ojos atentos. Aunque el título de su libro remite a la escuela, las reflexiones del libro señalan el mundo, vinculan de continuo la escuela con la vida, porque la vida no deja de ser una gran maestra, quizás la mejor. Y a este mirar atento de la vida real, la lectura del libro hace su camino, recordándonos que: “La atención es la disposición que permite que algo bueno nos llegue, a modo de regalo”. También nos recuerda de la porción de soledad que nos constituye: "Ser alguien es estar solo, en cierto modo separado de cualquier totalidad". Además, solo en soledad miramos mejor, pensamos y nos topamos con esa esencia nuestra que el autor describe como "una hondura abierta y traspasada por experiencias infinitas" como antesala a lo que nos viene.


Josep Maria Esquirol plantea también en este estupendo compendio ensayístico que anima a un dilatado tiempo para la meditación, de forma muy inteligente, una salvedad necesaria: que en la escuela del alma no hay último día de curso, “porque allí los cursos no terminan nunca”. Y lo hace desde un texto en el que el lenguaje es el verdadero cauce donde todo el decir, todo el sentir, es posible: “Cuanta más lectura, más alguien. Y cuanta más lectura, más vinculación con el mundo”. Concluye el filósofo resaltando que “lo más increíble es precisamente lo más cercano”, y que los mejores cimientos de la educación, y quintaesencia de la vida, se encuentran en la claridad y la calidez de entender las cosas del mundo. Un libro que, como toda buena obra, sugiere más que explica.


sábado, 16 de mayo de 2020

Una nueva causa imperfecta

Según el conocido dictamen de Jaime Balmes, el arte de enseñar a aprender consiste en formar fábricas y no almacenes. Por supuesto, dichas fábricas funcionarán en el vacío si no cuentan con provisiones almacenadas a partir de las cuales elaborar nuevos productos, pero son algo más que una perfecta colección de conocimientos. En sus reflexiones sobre el mismo tema, Immanuel Kant escribía también que “el hombre no llega a ser hombre más que por la educación”. Ambos filósofos convergen en la importancia de la escuela como el recinto más determinante donde adquirir el conocimiento.

El nuevo libro del profesor Gregorio Luri (Azagra, Navarra, 1955), La escuela no es un parque de atracciones (Ariel, 2020), y que lleva como subtítulo Una defensa del conocimiento poderoso, aborda y despliega un amplio enfoque sobre esa importancia y trascendencia que tiene la escuela en el valor educativo, cultural y social a través del conocimiento, del saber. Sostiene el autor que “la escuela ha sido una de las más grandes y más nobles creaciones de la humanidad”. Y advierte que, como toda institución humana, dista mucho de que su engranaje funcione a las mil maravillas. “Pero es perfectible. Es una noble causa imperfecta”.

En la actualidad, el modelo educativo y la búsqueda de la excelencia en el aprendizaje son aspectos que suelen ocasionar mucho ruido en el seno de la comunidad educativa, al igual que en los debates de los distintos parlamentos de cada país. El maestro, nos cuenta Massimo Recalcati en su libro La hora de clase, está más solo ante el peligro de esos padres cada vez más cómplices y aliados de los hijos y más distantes con el profesorado que, además, prefieren despejar el camino de sus hijos ante sus tropiezos académicos o comportamientos punibles.

Así mismo, Fernando Savater, en su libro El valor de educar, afirma con pensamiento crítico, que de la escuela hay que salir con muchas cosas aprendidas y se pregunta a este respecto si: “¿Debe la educación preparar aptos competidores en el mercado laboral o formar hombres completos? ¿Ha de potenciar la autonomía de cada individuo, a menudo crítica y disidente, o la cohesión social? ¿Debe desarrollar la originalidad innovadora o mantener la identidad tradicional del grupo?”

Al hilo de estas consideraciones e interrogantes que siempre andan en debate, el libro de Luri incide y defiende que lo importante a destacar es que “el conocimiento es un derecho de todos los alumnos”. Por tanto, la educación y el conocimiento deben de cuidar, ante todo, la transmisión de algo de valor, y solo se transmite aquello que quien ha de transmitirlo considera digno de ser conservado. No se puede educar, nos dice, sin enseñar al mismo tiempo; la educación sin instrucción es vacía y degenera fácilmente en mera retórica emocional y moral, como advertía Hannah Arendt.

El libro de Luri es un ensayo dinámico e incisivo que apunta desde todos los ángulos a la realidad de la escuela y su complejidad educativa, sin olvidarse de señalar aquellos aspectos críticos que lastran su pedagogía. Y por eso insiste en que velar por la calidad de la enseñanza es fundamental, teniendo muy en cuenta que “si se desea que los alumnos se sientan bien en la escuela, hay que demostrarles que todo cuanto hacen es relevante y que lo más relevante de todo es adquirir conocimientos poderosos”, como él los llama, conocimientos que no solo contribuyan a la mejora del alumno, sino también a la mejora de la cultura colectiva.

Este es un texto que promueve la innovación académica siempre que esta esté precedida de mucho trabajo metódico y que esté dispuesta a continuarlo. Hay también en él, además de una defensa del conocimiento con experiencia de crecimiento personal, un empeño denodado en poner el valor de la memoria como potencia activa del saber. Para Luri el objetivo de toda instrucción es alterar la memoria a largo plazo para transformarla en alacena y ensanchamiento del saber adquirido.

La escuela no es un parque de atracciones desvela que instruirse es más que una diversión, de ahí que convenga resaltar los contrapuntos de la educación en la escuela, su complejidad y su puntos más discutibles. En ese sentido, este es un libro esperanzador y reflexivo que atiende lo que tiene de auténtico la enseñanza. Viene a decirnos que no hay oposición entre instrucción y educación, y se apela a que en la escuela es posible cambiar una vida, dar un vuelco al destino e, incluso, despertar la curiosidad del alumno incluso sobre la simpleza de un esbozo.

Gregorio Luri nos entrega un ensayo pedagógico escrito con inteligencia y elegancia, que se afana con ahínco en la búsqueda de la verdad y en detallar los puntos más polémicos de la escuela, sin apartarse ni un ápice de la idea de que todo saber, como la propia vida, está sujeto a deberes: trabajo, esfuerzo, disciplina. Este es un libro ni dogmático ni piadoso, más propicio para la reflexión y el compromiso que para la polémica, un texto poroso que empapará de lo lindo a quien se acerque a leerlo.

lunes, 2 de enero de 2017

El valor de la educación

En Mal de escuela (2008), una novela de Daniel Pennac, llena de ternura y entusiasmo, subyace el propósito de incidir en el debate de la educación, un asunto siempre polémico en cualquier país y época. En el colegio descorremos la cortina de muchos de los interrogantes que nos ha de deparar la vida o, al menos, es la institución donde compartimos con nuestros semejantes la extraordinaria tarea de satisfacer la necesidad de instruirnos, así como la de encontrar respuestas al mundo que nos rodea. Es aquí donde cada alumno toca su instrumento, nos cuenta el narrador del libro a modo de metáfora. Lo delicado para el maestro consistirá en conocer bien a sus pupilos y buscar la sinfonía apropiada que la clase necesita. Una buena clase, por tanto, no tendrá nada que ver con la uniformidad de un regimiento desfilando, sino con una orquesta que trabaja en pos de una pieza musical armónica y envolvente.

La hora de clase (Anagrama, 2016), es un jugoso ensayo a cargo del prestigioso psicoanalista y escritor Massimo Recalcati (Milán, 1957) que responde al mismo asunto: la educación en la escuela como ritual de iniciación del aprendizaje. La educación siempre es un tema candente y a todos nos interesa. Decía Natalia Ginzburg en Las pequeñas virtudes (1966) que: “Lo único que debemos tener en cuenta en la educación es que en nuestros hijos nunca disminuya el amor a la vida […] ¿Qué otra cosa es la vocación de un ser humano, sino la más alta expresión de su amor por la vida?” En sus reflexiones sobre el mismo tema, Inmanuel Kant escribía también que “el hombre no llega a ser hombre más que por la educación”.

Para Recalcati, al igual que para los autores citados, el hecho de enseñar a nuestros semejantes y de aprender de nuestros semejantes es tan importante para el establecimiento de nuestra personalidad como cualquiera de los conocimientos concretos que se perpetúan o transmiten en las escuelas.

La tesis principal de este libro, tal como lo formula el propio autor en la introducción, no es otra que destacar el papel insustituible del enseñante. El maestro es, por antonomasia, el garante de ese rol, según Recalcati, y ha de seguir siéndolo, liderando su papel dinamizador del saber hacia el alumno.

En la actualidad, el modelo educativo y la búsqueda de la excelencia en el aprendizaje son aspectos que suelen ocasionar mucho ruido en el seno de la comunidad educativa, al igual que en los debates de los distintos parlamentos de cada país. El maestro, además, nos cuenta el profesor milanés, está más solo ante el peligro de esos padres cada vez más cómplices y aliados de hijos y más distantes con el profesorado que, además, prefieren despejar el camino de sus hijos ante sus tropiezos académicos o comportamientos punibles, cambiando de colegio, de profesores o protestando insistentemente como replicantes de sus hijos.

Este libro desvela los contrapuntos de la educación en la escuela, sus debilidades. Sin embargo, resarcirse del pesimismo reinante es su verdadero objetivo. En la enseñanza auténtica, viene a decirnos, no hay oposición entre instrucción y educación, y se apela a que en una hora de clase es posible cambiar una vida, dar un vuelco al destino e, incluso, despertar curiosidad sobre la simpleza de un esbozo.

La hora de clase es un libro esperanzador, lleno de grandes verdades, un ensayo pedagógico que se afana en detallar los males de la escuela, haciendo mención permanente a la figura del maestro, pieza clave en el engranaje complejo de la educación, cuestionado dentro y fuera de la institución escolar y que requiere de una legitimación social reparadora urgente.

Llegados a este punto, no tenemos dudas de que la enseñanza depende especialmente del carisma de quien la ejerce, de quien pone empeño y motivación sobre aquellos que se ponen en el otro lado del aula. Su liderazgo, como resalta Massimo Recalcati, es fundamental para impulsar el interés de nuestros hijos hacia el aprendizaje y, por ende, hacia el conocimiento.

El niño, como diría el sabio Montaigne, no es un recipiente que hay que llenar, sino un fuego que es preciso encender. La escuela, como señala este libro, es el laboratorio para avivarlo.