lunes, 2 de enero de 2017

El valor de la educación

En Mal de escuela (2008), una novela de Daniel Pennac, llena de ternura y entusiasmo, subyace el propósito de incidir en el debate de la educación, un asunto siempre polémico en cualquier país y época. En el colegio descorremos la cortina de muchos de los interrogantes que nos ha de deparar la vida o, al menos, es la institución donde compartimos con nuestros semejantes la extraordinaria tarea de satisfacer la necesidad de instruirnos, así como la de encontrar respuestas al mundo que nos rodea. Es aquí donde cada alumno toca su instrumento, nos cuenta el narrador del libro a modo de metáfora. Lo delicado para el maestro consistirá en conocer bien a sus pupilos y buscar la sinfonía apropiada que la clase necesita. Una buena clase, por tanto, no tendrá nada que ver con la uniformidad de un regimiento desfilando, sino con una orquesta que trabaja en pos de una pieza musical armónica y envolvente.

La hora de clase (Anagrama, 2016), es un jugoso ensayo a cargo del prestigioso psicoanalista y escritor Massimo Recalcati (Milán, 1957) que responde al mismo asunto: la educación en la escuela como ritual de iniciación del aprendizaje. La educación siempre es un tema candente y a todos nos interesa. Decía Natalia Ginzburg en Las pequeñas virtudes (1966) que: “Lo único que debemos tener en cuenta en la educación es que en nuestros hijos nunca disminuya el amor a la vida […] ¿Qué otra cosa es la vocación de un ser humano, sino la más alta expresión de su amor por la vida?” En sus reflexiones sobre el mismo tema, Inmanuel Kant escribía también que “el hombre no llega a ser hombre más que por la educación”.

Para Recalcati, al igual que para los autores citados, el hecho de enseñar a nuestros semejantes y de aprender de nuestros semejantes es tan importante para el establecimiento de nuestra personalidad como cualquiera de los conocimientos concretos que se perpetúan o transmiten en las escuelas.

La tesis principal de este libro, tal como lo formula el propio autor en la introducción, no es otra que destacar el papel insustituible del enseñante. El maestro es, por antonomasia, el garante de ese rol, según Recalcati, y ha de seguir siéndolo, liderando su papel dinamizador del saber hacia el alumno.

En la actualidad, el modelo educativo y la búsqueda de la excelencia en el aprendizaje son aspectos que suelen ocasionar mucho ruido en el seno de la comunidad educativa, al igual que en los debates de los distintos parlamentos de cada país. El maestro, además, nos cuenta el profesor milanés, está más solo ante el peligro de esos padres cada vez más cómplices y aliados de hijos y más distantes con el profesorado que, además, prefieren despejar el camino de sus hijos ante sus tropiezos académicos o comportamientos punibles, cambiando de colegio, de profesores o protestando insistentemente como replicantes de sus hijos.

Este libro desvela los contrapuntos de la educación en la escuela, sus debilidades. Sin embargo, resarcirse del pesimismo reinante es su verdadero objetivo. En la enseñanza auténtica, viene a decirnos, no hay oposición entre instrucción y educación, y se apela a que en una hora de clase es posible cambiar una vida, dar un vuelco al destino e, incluso, despertar curiosidad sobre la simpleza de un esbozo.

La hora de clase es un libro esperanzador, lleno de grandes verdades, un ensayo pedagógico que se afana en detallar los males de la escuela, haciendo mención permanente a la figura del maestro, pieza clave en el engranaje complejo de la educación, cuestionado dentro y fuera de la institución escolar y que requiere de una legitimación social reparadora urgente.

Llegados a este punto, no tenemos dudas de que la enseñanza depende especialmente del carisma de quien la ejerce, de quien pone empeño y motivación sobre aquellos que se ponen en el otro lado del aula. Su liderazgo, como resalta Massimo Recalcati, es fundamental para impulsar el interés de nuestros hijos hacia el aprendizaje y, por ende, hacia el conocimiento.

El niño, como diría el sabio Montaigne, no es un recipiente que hay que llenar, sino un fuego que es preciso encender. La escuela, como señala este libro, es el laboratorio para avivarlo.