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viernes, 28 de febrero de 2025

Homo narrans


Este libro no es ficción, es más bien el sumatorio de un ensayo y unas memorias, pero su autor, Javier Peña (A Coruña, 1979), también despliega en él un relato, la historia de su vida como lector y escritor, sus emociones y los últimos días de la vida de su padre. Partiendo de la enfermedad de este en la habitación de un hospital, nos habla de literatura, de escritores, de la conexión entre ellos dos en sus lecturas, de los sentimientos y los gustos compartidos, una travesía emocional intensa y simbólica empapada de libros para dar cuenta de cómo la literatura y la vida se funden en la memoria, en la lectura y en la escritura. Todo esto es Tinta invisible (Blackie Books, 2024), un libro, como deja dicho el propio autor en el subtítulo del mismo, Sobre la pérdida, la escritura y el poder transformador de las historias, un libro que, bajo ese extenso denominador común, contagia por su tono y cercanía, por las vivencias e historias compartidas que convergen con la presencia del padre y del homo narrans que el propio autor hace gala.

Ningún buen lector dejará de percibir este sentir en sus páginas, bien flanqueado por la reflexión que el escritor gallego señala en la introducción del libro y que dice así: “Pienso también que habitar el mundo de las historias no es una elección personal, sino una forma de ser, a veces innata, a menudo inculcada desde la infancia, como hizo mi padre conmigo”. Nos encontramos, por tanto, con un vívido libro sobre el amor a la literatura y, sobre todo, sobre el amor compartido hacia los libros de un hijo y un padre como vínculo sentimental y estímulo de conversación. Tinta invisible saca a relucir esa pasión compartida de los dos por la literatura, así como pasajes y citas de grandes autores que revelan secretos y obsesiones a la hora de escribir, angustias y esperanzas, miedos frente a la escritura y las rencillas que había entre ellos, pero, a su vez, sus afanes de ampliar la realidad y de desenvolverse en la vida.

Encontramos en todos estos referentes literarios muchas de las razones e inquietudes de ese ego del escritor que viaja en soledad sin salir de casa, que recorre un camino incierto de creación, bajo la intemperie de su escritorio, tan solo confiado en la mirada, la memoria y la imaginación para conjurarse en trazar el mapa de su escritura. Salen a su paso Saramago, Kafka, Emily Dickinson, Dickens, Kundera, Orwell, Jon Fosse y otros muchos, para dejar constancia de que la escritura es inseparable del acto de leer. Viene a decirnos Javier Peña que la literatura ofrece una de las mejores maneras, dejando a un lado la experiencia, de entender a la gente distinta de uno. Por eso mismo, a menudo, la ficción nos resulta más útil que la experiencia vivida. La experiencia nos pasa por encima como una apisonadora y solo comprendemos lo sucedido años después, si acaso. La ficción, como dice Ursula K. Le Guin, aporta una comprensión fáctica, psicológica y moral mucho mejor que la realidad.

Tinta invisible es una incursión sentimental en la escritura sobre el duelo acompañada de un viaje emocional y consolador por el imaginario de la literatura. Uno encuentra sintonía y entendimiento con la voz narrativa y descriptiva que ronda sus páginas, una voz que nos interpela y pone de manifiesto esa carga sentimental y ética que da sentido a la palabra escrita, a la vida reflejada en los libros. Pero tal vez, en todo este paralelismo de vida y literatura que dilucida este libro, lo más verdadero y revelador sea el poder incisivo, incluso perverso, que tiene la literatura de agitar y examinar etapas de nuestra vida, de ser bisagra que abre la puerta a lo inefable para entrever la realidad y sus historias.


En este ensayo se condensan aprendizaje, reflexión y experiencia, bajo el sentir de un escritor al que le interesa la revelación que aflora de su propia realidad el acto de escribir, consciente de que escribir es disponerse a hacer sobresalir las palabras que dan lugar al embrujo de las historias que traen consigo: “Cormac McCarthy dijo aquello de que los libros están hechos de otros libros y eso, que es verdad en cualquier ocasión, no puede ser más acertado para definir estas páginas”, concluye el autor.

Javier Peña firma un libro de sesgo literario intenso, de lectura jugosa y de singular lucidez, un correlato de vida y literatura donde resuenan el poder del verbo literario como prodigio de las palabras, de los deseos y de las historias que nos conforman, un viaje narrativo por todo lo que supone de efervescencia la lectura y la escritura, incluso con la vida en contra.


miércoles, 29 de noviembre de 2023

Curada de espantos


Nadie duda ya de que la lectura silenciosa ha sido una conquista. Quienes leemos en silencio y en soledad reconquistamos una soledad reparadora, vaciada de la angustia ruidosa del exterior. Con un libro en las manos nos sentimos acompañados. Es una manera de tomar distancia del eco del día y romper con su inercia. Leer nos reconforta, es como detener el tiempo que nos asigna este mundo. Leer es apoyar el cuerpo en otra postura al tiempo que vivimos. Leer es percatarse de que la vida es también un relato de todo lo que nos conforma y de lo que somos, entre lo muy visible y lo demasiado secreto. A los libros se llega como a las islas mágicas de los cuentos, nos dice Martín Garzo, no porque alguien nos lleve de la mano, sino simplemente porque nos salen al paso. Eso es leer, llegar a un lugar nuevo, sin hacer ruido.

La escritora Ariana Harwicz (Buenos Aires, 1977) en su nuevo libro El ruido de una época (Gatopardo, 2023) nos invita a reflexionar sobre todo lo que concierne a ese entramado establecido por la escritura y la lectura con la vida y sus secretos, con las emociones y sensaciones de lo que las palabras nos dan cuenta por ese hilo continuado que supone vivir y hablar, escribir y leer, recogerse y estar más en silencio. A lo largo de los textos de este volumen, la autora abre cauces para desplegar asuntos esenciales por los que transita la creación literaria, destacando lo que supone la escritura para quien se afana en su desempeño: “Escribir es sustraerse a la vida. Pero para escribir hay que vivir..., lanzarse a la vida, olvidando la escritura, para después lanzarse a escribir, olvidando la vida”. Mientras ese devenir se fragua en el texto, primeramente, hay un compás de espera en busca de alguna resonancia: “Para encontrar la escritura, a veces hace falta no escribir..., sino buscar el deseo de la escritura, la búsqueda de ese deseo ya es un procedimiento literario”.

En El ruido de una época convergen textos que rumian ese ámbito privilegiado de libertad por donde la verdadera literatura se da a valer: “La única condición de un escritor, de la generación, cultura y época que sea, es la de ser único e irreductible”. Sostiene además Harwicz que, aunque la literatura sea una forma privilegiada de memoria, no hay que olvidar que “solo al escribir se puede dejar de ser lo que se es. O desconocer lo que se es”. Comparte igualmente que como ser humano no solo se actúa, habla, piensa y sueña, sino que también se calla. Sin embargo, deja ver que el ser sobre quien callamos representa la verdad: ese ser somos nosotros mismos, y callamos sobre nosotros mismos. Deja ver que con esto la predisposición que todo escritor que se precie establece consigo mismo: “Escribir es poder captar eso que mientras es, ya no es. Cuando estoy lista para volver a escribir, soy como un soldado en posición de tiro, el dedo índice en el gatillo”. Qué cierto es que un escritor, cuando escribe, delata su alma. En este libro se cita a Virginia Woolf para acreditar lo dicho bajo el mismo propósito y conjuro: “Escribir es atravesar las apariencias”.

Por todo ello, podemos decir que la escritora argentina se postula en este libro, concebido como un texto fragmentario, entre el ensayo, la crónica y la literatura epistolar que la autora mantiene con el escritor y traductor chileno Adan Kovacsics, como una firme defensora del desacato artístico, reflexionando acerca del discurso político y creativo establecido por el propio mercado cultural, revelándose contra su entramado concebido como mecanismo de control: “Me han llamado al orden por no adecuar mi habla al uso actual. Me han dicho que lo que digo es violento, ofensivo, por el modo en que lo digo, es decir, que la lengua que hablo es la culpable de la ofensa”. Pero también hay que decir que El ruido de una época es un libro variado que abarca otros ámbitos, además de disparar contra una época.


Aquí encontraremos un despliegue misceláneo en el que irrumpen aforismos, citas y fragmentos sobre muchos asuntos como, entre otros, la ética del novelista, la música de la escritura o la interconexión y correspondencia de las artes. Es un libro que parte del siglo XXI hacia atrás, preguntándose qué estrépitos y runrunes habrán tenido nuestros antepasados. Qué ruido habrán soportado muchos escritores como Melville, Sandor Márai, Clarice Lispector y tantos otros, cuando escribían, músicos como Mahler o Chopin, cuando componían, o pintores de entonces como Degas o Van Gogh, cuando pintaban. Lo que hace Harwicz en sus páginas es enfatizar lo que ya apuntaba Adorno: que el arte no debe tener una función determinada, al igual que esto otro que decía Rimbaud: “El arte es la pérdida de la moralidad, la literatura no tiene que tener la finalidad de hacernos mejores personas”.

En estos ensayos se condensan aprendizaje, reflexión y experiencia, bajo el sentir de una escritora de verdad, a la que solo le interesa la revelación que aflora de la propia realidad del acto de escribir, consciente de que escribir es disponerse a hacerlo, incluso con la vida en contra. Este es un libro intenso, ameno y radical que ahonda en esa verdad literaria de “contar lo que se esconde detrás de todo”, como anotó Sándor Márai en su último diario. Así lo hace Ariana Harwicz, con inteligencia y garra, comprometida y curada de espantos.


lunes, 31 de octubre de 2022

Atisbos personales


“Me consuelo diciéndome que la verdad sobre las personas tiene poco que ver con lo que escriben sobre sí mismas. Aunque mucha gente cree que al escribir uno se desnuda, yo sé que en realidad uno se disfraza. Se pone otras caras, se vuelve a hacer de un modo en el que se mezclan la culpa, la frustración y el deseo, y el resultado es un personaje perfectamente despojado y honesto. Y eso no tiene ninguna solidez real. Una construcción así solo es posible dibujarla en papel”.

A la narradora de La encomienda (Anagrama, 2022), de Margarita García Robayo (Cartagena, Colombia, 1980), una joven de treinta años que vive bastante alejada de su madre y hermana, nada menos que a cinco mil kilómetros de distancia, no le importa rasgarse las vestiduras cuando examina lo que está escribiendo en el portátil que le acompaña a todas partes. Lleva una vida laboral precaria, realizando encargos esporádicos para una agencia de publicidad, al tiempo que tramita una beca para irse a Holanda a escribir un libro, un diario o, tal vez mejor, una novela, sin menoscabo de compaginar sus afectos con la gata que le da compañía y con el fotógrafo con el que mantiene una relación sentimental intermitente.

Le asalta esta reflexión central del libro, acerca de la escritura, cuando aparece de repente un día su madre y le cuenta que a ella también le gustaba escribir, y que lo hacía con inusitado interés. Se pregunta quién sería su madre por aquel entonces, cuando volcaba sus palabras en aquel diario del que habla. ¿Sería la misma que ahora prepara comida en su pequeño apartamento para que no le falte en la semana? ¿O sería otra inventada, dispuesta a vivificar sus conjeturas personales por medio de la escritura? Este mismo arrebato inquisitivo la incumbe también a ella. Nota que este asalto sobre el sentido de la escritura no para de arremeter en su vida cotidiana con inusitada facilidad. Incluso se cuela en las videoconferencias que mantiene cada quince días con su hermana, la que le manda encomiendas, paquetes que incluyen comida, dibujos de sus sobrinos o alguna sorpresa, como una vieja fotografía familiar.

La protagonista trata de reconciliar la verdad de su mundo, es su intención, compartir con el lector las vicisitudes de su día a día, compaginándolas, a retazos, con pequeños momentos de su infancia y juventud. Hay cabida para que otros asuntos se dejen ver y rompan lo acostumbrado: “Con qué rapidez se hace pedazos la cáscara de una rutina”, se dice. Porque aquí irrumpe también lo excepcional e inesperado, como en cualquier vida. Aquí hay objeciones que avivan el aturdimiento que arrastra su protagonista desde hace tiempo. ¿Qué hay de real y qué hay de ilusión en una mente tan agitada como la suya? ¿A qué obedece?

Digamos que La encomienda es una novela escrita en primera persona, cargada de sentimientos y sensaciones, llena de aristas e inquietudes, con muchas frases para la reflexión, dispuestas con sutileza y brío. Y siendo eso verdad, en este libro lo que más le incumbe a su autora no es otra cosa que ahondar en los modos de conectarse con la intemperie de su imaginación y con los hechos del pasado que conforma su vida, para traerlos al presente, como materia vívida de lo que importa tener en cuenta. Hacia allí pone rumbo su aventura narrativa, en torno a sí misma y a su extrañeza en aspectos como la identidad, la soledad, el parentesco, la infancia, el amor o el destino, sin alejarse de lo que pasa en la rutina de sus días así como de las vidas ajenas que la rodean: “Nadie está tan cerca de nadie. Nadie puede ignorar el abismo que lo aísla del resto”.


En La encomienda hay un sesgo de perfidia e ingratitud entrelazado con mucha perspicacia. La narradora, a todo esto, tampoco oculta lo que le molesta y, al mismo tiempo, habla también, aunque no la escuchemos, de lo que no dice, de sus silencios y de sus resquicios secretos. Afirma que “a veces el silencio es una forma de esconder lo frágil”. Tal vez sea ahí donde se sacude lo más importante de la novela, que no es más que lo suspendido entre líneas, dispuesto como si lo callado reclamara el altavoz del lector.

Podríamos concluir que lo que más interesa discernir entre lo que se vislumbra en este vibrante relato, tal vez tenga mucho que ver con lo que la narradora haya podido, o no, desprender de sus propios pensamientos y divagaciones, de lo que le pasa en su interior más que de lo que acontece afuera o está por llegar y surtir.


lunes, 30 de septiembre de 2019

Un canto a la amistad y a la literatura


Escribes algo porque esperas controlarlo. Escribes acerca de experiencias en parte para comprender lo que significan, en parte para no olvidarlas con el tiempo. En el olvido. Pero siempre está el peligro de que suceda lo contrario. Perder el recuerdo de la experiencia en sí en el recuerdo de escribir sobre ello. Como la gente cuyos recuerdos de lugares a los que han viajado son de hecho solo recuerdos de las fotografías que tomaron allí. Al final, la escritura y la fotografía probablemente destruyen más del pasado de lo que sin duda lo conservan. Así que podría suceder: al escribir sobre alguien a quien has perdido –o incluso nada más que hablando demasiado sobre ese alguien– puede que lo estés enterrando para bien”.

Entre esta reflexión final y las tres citas que la autora coloca al principio de su obra, la primera, de Natalia Ginzburg, en la que subraya la dificultad de aplacar el dolor escribiendo; la siguiente de Hans Christian Andersen, que alude a la presencia amable de un perro; y la última de Nicholson Baker que dice: “La pregunta que cualquier novela está tratando realmente de responder es si merece la pena vivir la vida”, se condensa el espíritu que encierra El amigo (Anagrama, 2019), la nueva novela de la escritora y ensayista Sigrid Nunez (Nueva York, 1951), una historia narrada desde el punto de vista de una escritora, cuyo gran amigo, maestro y mentor acaba de suicidarse, y que se ve obligada a hacerse cargo de su perro con el que establecerá unos lazos afectivos que, sin llegar a sobreponerse totalmente del dolor ocasionado, logra mitigar la ausencia del amigo con su nueva compañía.

Todos pedimos cariño, lealtad, incluso compañía y, más aún, cuando alguna vez nos encontramos deshechos por una ruptura amorosa inesperada. Afortunadamente, cuando las cosas no ruedan como uno quiere, una mascota puede ser un extraordinario hallazgo para salvarnos de ese derrumbamiento. Amor y pérdida, dos de las preocupaciones determinantes de la vida y de la literatura. Precisamente, por ese binomio transcurre la narración de Nunez. En El amigo encontramos una historia con un marcado tono elegíaco por el que aflora el dolor, la ausencia, la amistad y el trato con los animales, en particular, entre Apollo, un enorme dogo alemán arlequín, de manchas negras y blancas, viejo y artrítico, y su anterior dueño, al que después acudirá en su auxilio la narradora.

El amigo nos da pistas sobre la figura del desaparecido profesor, escritor brillante y de cierto renombre, muy afamado en la enseñanza de la creación literaria que, además, llevó una vida disoluta y mujeriega, casado en tres ocasiones y, finalmente, derrumbado, preso de una depresión que le condujo al suicidio. Todo esto está presente, pero también el libro abunda en otros temas de interés para cualquier lector. Hay un asomo revelador e intimista sobre el oficio de escribir y sus significados, un acusado sentido de preguntas sobre la invención y la vida, y, cómo no, sobre los deseos de alcanzar metas más allá de nuestra experiencia del vivir cotidiano.

Pero si hay algo que resaltar por encima de todo lo que aquí se cuenta y se evoca es que el libro en sí mismo es un canto a la amistad y a la literatura. La escritura está siempre presente en el texto cada vez que se recuerda al amigo en las notas que la protagonista toma para clase: “Más que escribir sobre lo que sabéis, nos dijiste, escribid sobre los que veis. Asumid que sabéis muy poco y que nunca sabréis mucho hasta que hayáis aprendido a ver”. Más adelante no se olvida de resaltar la dificultad que conlleva escribir: “Por algo Henry James dijo que alguien que quisiera ser escritor debería llevar en la frente la palabra soledad. Frustración y humillación, dijo Philip Roth que era la escritura. La comparaba con el béisbol: Fallas dos de cada tres veces”.

Volviendo a la amistad y a la cercanía de Apollo, el otro protagonista, Sigrid Nunez viene a decirnos que, ciertamente, esa opción de adoptar una mascota puede producir una catarsis afectiva en la vida de cualquiera, y, desde luego, más si cabe, en su escritura, si hablamos de un escritor, como es el caso de la narradora de esta novela. Esa relación establecida puede convertirse en un dispositivo literario tan útil como reconfortante, entre otras razones porque el amor para un perro es más sencillo e instintivo; ellos saben y comprenden cuando una persona está sufriendo.

A medida que va transcurriendo el relato, todo el hilo conductor de la novela va mudándose de destinatario. Ese cambio que se va produciendo mientras la narradora va forjando su historia obedece a la presencia inesperada del viejo Apollo, una circunstancia que hará que cambie significativamente lo que se interpelaba al principio sobre la figura del amigo muerto hasta transformarse en un emotivo diálogo interior, en una carta sentida y entrañable de despedida dirigida a su nuevo amigo adoptado que, más pronto que tarde, también partirá.

El amigo es una obra emotiva y lúcida en cuyo centro de todo está esa voz poderosa y convincente de la narradora, capaz de conducir al lector a los puntos más inopinados y sorprendentes que se propone: citas de escritores, recuerdos personales, historias peculiares de las esposas de su amigo fallecido, paseos por la calle: un mundo literario de voces y asertos inolvidables.

Sigrid Nunez firma un libro maravilloso, un artificio que, desde su plena humanidad y hondura de valores, llega a una intimidad conmovedora, y todo ello visto desde el prisma de la amistad y el amor a la literatura. Un deleite.


miércoles, 10 de abril de 2019

La escritura y la vida


Como el protagonista de mi novela anterior, me sentaba a escribir delante de unas imágenes. En El instante del peligro, Martín escribía sobre una sombra inmóvil proyectada sobre un muro, unas imágenes del pasado. Ahora yo me encontraba también ante unas sombras del pasado. Ecos y fantasmas de un tiempo que se había ido”, nos cuenta el narrador de El dolor de los demás (2018) que más adelante percibe cómo la mirada del pasado es capaz de transformar el presente: “Viajar en el tiempo siempre modifica las cosas”.

¿Cómo se convierte alguien en escritor, o es convertido en escritor? Una buena pregunta para la que Ricardo Piglia en Los diarios de Emilio Renzi (2015) tiene esta respuesta: “Un escritor se autodesigna, se autopropone”. Se trata, según él, de una construcción deliberada. “No es una vocación, a quién se le ocurre, no es una decisión tampoco, se parece más bien a una manía, un hábito, una adicción, si uno deja de hacerlo se siente peor”. Escribir cambia sobre todo el modo de leer los libros y la vida, nos viene a decir Miguel Ángel Hernández (Murcia, 1977), dando crédito a lo que el escritor argentino otorga a su oficio de empeño, decisión y contingencias que empujan y determinan el modo en que el escritor llega a ser, se reconoce y se da a conocer.

Lo que se cuenta en Aquí y ahora (Fórcola, 2019), su nuevo libro, está fechado entre julio de 2016 y mayo de 2017, implementado con un epílogo que titula El sentido de un final, escrito entre julio de 2017 y Enero 2019, es todo un acontecer sucesivo de escritura, desde el propio hecho de vivir, leer, viajar, noches de farra, amor e insomnio a través de un diario ágil y desbordante, escrito en segunda persona, como ya experimentó en sus dos anteriores entregas, Presente continuo (2016) y Diario de Ithaca (2016), pero que en esta ocasión, matiza su autor en el prólogo, surgió por una especie de pulsión de escribir todo lo que le llevó a documentar sus iniciativas e indagaciones en el propio proceso de creación de su novela, El dolor de los demás, en la que estaba inmerso. Por lo que la novela en proceso y el diario en marcha se han abastecido entre sí, hasta el punto de formar parte de un mismo proyecto literario, “un continuum entre ambos libros”, en palabras de Hernández.

El lector asiste a un streptease de alguien que cuenta con soltura episodios de una vida, la suya y la de los demás. Pero en este caso, el autor también nos aproxima a la desnudez de su escritura y a los entresijos del proceso creativo compartido con los que, por alguna razón, saben en lo que anda metido. Y en toda esa desazón de conseguir un estado mental para armar la novela que lleva entre manos, tiene sentido recurrir a lo que nos decía el recién desaparecido Ferlosio: “tanto si funda su argumento en sucedidos como si los inventa, la representación narrativa tendrá siempre idéntico carácter de ficción”. Desde luego, Hernández no se aparta de ese apunte ferlosiano. Descubrimos en su diario que escribir una novela es un ejercicio de incertidumbre y misterio. Tampoco es esquivo a revelarnos el secreto de su creación literaria y sus efectos colaterales, secreto que no es otro que insistir en extraer palabras de ese fondo silencioso en el que la ficción es ineludible.

Escribir siempre cambia la realidad”, leemos en una de las entradas del libro. Y lo justifica con algo que al lector le consuela: “El autor nunca se puede quitar de en medio... El autor no puede esconderse. La vida propia afecta al modo en que percibimos el mundo”. En Aquí y Ahora se entrevé esa poética en la que también está presente el significado de lo que el tiempo aporta a la escritura y de lo que el tiempo da a la vida. En estos diarios la escritura fluye en un tiempo continuo que viene del pasado con aspiración de futuro. El presente de estos textos conforma esa realización del futuro: su novela en curso. Y esa es la verdadera razón de ser de este diario: el tiempo de la vida que encarna su proceso y la necesidad de escribir.

Este es un libro pleno de literatura, un festín jugoso donde se comparte no solo el vértigo de escribir, sino también el de disfrutar de libros y autores. “Los libros no son inocuos –escribe en otra de sus entradas–, actúan en la realidad”. Por aquí están presentes Vila-Matas, Carrère, dos novelistas por los que Hernández siente admiración, como también lo hace por Chirbes y muchos otros. Su caudal lector es inagotable. Sabe que leer aproxima a esa verdad literaria que encierra la existencia: “la vida, sin duda, tiene la estructura de la ficción”, y que resulta tan necesaria para seguir escribiendo.

No me importa repetirme, y lo digo a boca llena: Miguel Ángel Hernández pertenece a ese grupo selecto de escritores españoles que gozan de esa voz propia y arriesgada que tanto gusta a los lectores exigentes, esa que se encuentra en la senda de la literatura de calidad, esa que compagina escritura con verdad y vida.


jueves, 11 de enero de 2018

Apuntes y divagaciones

Al escritor le vale todo para aprender, porque la literatura puede aprovechar lo más insignificante de la experiencia, incluso lo más remoto acaecido en la vida de cualquiera, para trazar una buena historia. Y, lo que es más importante, el aprendizaje le sirve para saber que siempre está a tiempo de escribir algo más y mejor. Esta consideración literaria sintoniza con el mismo sentir referido al proceso azaroso y exigente que supone aprender en la vida.

Sin duda, César Aira (Coronel Pringles, Argentina, 1949) es uno de los escritores egregios más delirantes, imaginativos e inteligentes que existen dentro del panorama literario hispanoamericano actual y que con más entusiasmo y naturalidad afronta esa realidad caótica inherente al oficio de escribir. Dedicado afanosamente durante mucho tiempo a la traducción y a la escritura de novelas, tampoco ha desestimado las posibilidades que ofrece el ensayo, como aprendizaje y experiencia, para hablarnos del expansivo universo literario en el que se abastece, con publicaciones sobre Alejandra Pizarnik y sobre Copi, pero especialmente con su inigualable Diccionario de autores latinoamericanos. De hecho, esta tarea ensayística siempre ha estado incrustada en su quehacer literario de forma enmascarada. Él dice que sus libros son ensayos que disfraza de novelas.

En esa radical concepción de la literatura, Aira pone su acento, genuino y particular, afirmando que hoy en día “la novela es novela de acercamiento”, como si toda narrativa consistiera en tomar el microscopio para acercar y agrupar todas las cosas y mostrárselas al lector. Hoy, según sus palabras, “la novela fluye directamente del autor, sin pasar por la intermediación de la literatura”, y eso le preocupa. Sostener algo así, insiste, es errático si la tarea que lo justifica ya no es la de la escritura en sí misma, sino el desatino por publicar.

Sostiene Aira que todo escritor está dispuesto a escribir bien. Esto es una condición sine qua non que reside en la mente del verdadero escritor, porque su oficio, la literatura, así se lo exige. La calidad es una necesidad para que se dé el milagro de lo que entendemos por Literatura. La literatura, en verdad, no sirve para nada que no sea ofrecer el placer que produce, nos viene a decir, y esta promesa se asocia inmediatamente al juicio de calidad que hará finalmente el lector, como se supone lo ha debido hacer antes el propio autor.

En un mundo tan utilitarista como este nuestro, donde todo debe cumplir una función, la literatura, consciente de su inutilidad, tal como afirma en su manifiesto La utilidad de lo inútil (2013) el profesor Nuccio Ordine, sabe que la única forma de consagrar su validez consiste en producir placer y admiración. La literatura y las ideas no resuelven los problemas de nuestras vidas, pero, curiosamente, son tanto más fecundas cuanto más fútiles parecen.

En Continuación de ideas diversas (Jus Editores, 2017) César Aira se mantiene fiel a sí mismo y a estos principios que rigen esa manera radical suya de entender la literatura, a través de un buen puñado de textos breves encajados en un libro de apenas cien páginas, donde se prodiga con ideas para refutar y divagar sobre el arte, sobre la vida y sus asombros. El humor inteligente del argentino siempre aparece, generalmente para encajar mejor el desconsuelo que destilan sus audaces e incendiarias reflexiones.

Aira es un maestro de la brevedad y en este libro incisivo y perspicaz hace gala de esta particularidad extensiva a su narrativa. En esta miscelánea literaria, reunida en ciento treinta y nueve piezas, prevalece un denominador común en el que se postula la esencia de su vocación de escritor reflexivo y apasionado del lenguaje. Aquí encontramos un aluvión de referencias literarias, confidencias, anécdotas, microensayos, paradojas, asombros y decepciones, un puzle en el que cada pieza brota de la inquietud de las ideas, de un escenario personal ávido de extrañezas y perplejidades, lo mismo que se manifiesta el lado avieso de la ignorancia, el paso del tiempo y las correcciones de la vida, la infancia, los sueños imposibles, las novelas policiacas, el amor a la lectura o el síndrome de la página en blanco. Pero también nos cuenta la procedencia de su pulsión literaria a través de los cómics y su temprana admiración por Proust, Kafka y Borges.

Continuación de ideas diversas es un libro heterogéneo sumamente luminoso, que resume en gran medida lo que Aira ha ido fraguando a lo largo de su carrera en su proceder literario, su tono vanguardista percute de manera exponencial a la hora de esa defensa que tanto le gusta y que consiste en no apartarse de la idea de que que la literatura es forma, no solo pasatiempo o entretenimiento. Por eso “escribir es una decisión de vida –dice– que se realiza con todos los actos de la vida”... “para ocupar el tiempo”... “y por ningún otro motivo”.

En resumen, Aira nos entrega un excitante y apasionado libro poblado de apuntes, reflexiones y divagaciones que hablan mucho del secreto literario de quien los promueve y del misterio de la imaginación que los provoca, una obra mordaz y lúcida, escrita con mucho fundamento por un artista dispuesto a mostrar los entresijos de su poética.

jueves, 24 de agosto de 2017

Secretos y evidencias

Vargas Llosa sostiene en su ensayo La verdad de las mentiras (1990) que la ficción es un sucedáneo transitorio de la vida. La vida de la ficción es un simulacro que necesita un narrador para contarnos ese tiempo inventado. En efecto, como dice el nobel peruano, las novelas mienten, pero esa es sólo una parte de la historia. La otra, la más importante, es que, aun mintiendo, expresan una curiosa verdad que pone en vilo el interés del lector.

En la no ficción se sobreentiende que lo que se propone está bajo el epicentro de la verdad, aunque las herramientas literarias de las que el autor se valga sintonicen con los mismos recursos utilizados en la ficción: personajes, pasajes narrativos y hasta diálogos, y todo ello orientado, mayormente, a crear expectativas, indicios que despierten la curiosidad del lector. El lector es, por definición, ese curioso entrometido que tiende a fisgonear, a poco que el escritor le ofrezca un cebo razonable o apetecible, sin considerar si lo que tiene entre sus manos es una novela o un ensayo personal. El problema viene cuando el escritor no sea consciente de que esté creando expectativas. Es, por tanto, difícil de imaginar un estadio en el que el escritor de no ficción no esté en un devenir hacia la condición de escritor y en el que la escritura no sea una herramienta de exploración de esa condición.

Cuando leemos un texto literario inteligente y seductor como este de Mostrar y decir (Alba, 2017) del poeta, crítico y ensayista Phillip Lopate (Nueva York, 1943) mucho de lo insinuado en los párrafos anteriores se vuelve, incluso, más profano, en el sentido de hacer entender la literatura más cercana al lector no erudito. La no ficción comparte también con la vida su esencia ambigua y polifacética. Las ideas expuestas en este luminoso libro parte precisamente de esa ambivalencia literaria que se corresponde entre la ficción y la no ficción: “Cuando escribo ficción, lo que intento es llegar a la verdad; cuando escribo no ficción, mi objetivo es tanto la verdad literaria como la verdad literal”, (pág. 105).

David Shields en Hambre de realidad (2010), otro libro audaz y bastante polémico, habla del futuro de la escritura de ficción y de su relación con la no ficción, enarbolando lo siguiente: “Los escritores de no ficción imaginan, mientras que los de ficción inventan”. Lo cierto es que, como subraya Lopate, la ficción no obliga ni insta al lector a creer. En todo caso, le ofrece la oportunidad de asistir a una experiencia sin tener que creer en ella. Shields se posiciona en la misma dirección que su paisano cuando afirma que la ficción nos ofrece la posibilidad de preguntarnos: “¿Y si esto pasara?” En cambio, apunta que la no ficción nos ofrece una afirmación como la que sigue, más compleja: “Puede que esto haya pasado”.

El arte de escribir no ficción es el subtítulo y el tema principal que aborda Lopate en su ensayo, una clara determinación expuesta en el prólogo del libro de lo que se propone como profesor de escritura creativa y literatura, un propósito entre cuyos destinatarios no solo incluye a los alumnos que acuden con entusiasmo a sus talleres de escritura, sino que, especialmente, se dirige a los colegas que se dedican a esta tarea de enseñar a escribir: “No solo deberíamos enseñar a los chicos a defender una tesis o a usar palabras cultas, sino también a desarrollar un pensamiento crítico, a pensar contra sí mismos”.

Mostrar y decir es un compendio de reflexiones e interrogantes sobre el ensayo literario y también sobre el ensayo personal y autobiográfico. En uno de sus capítulos más brillantes, que lleva por título: El ensayo: ¿Exploración o argumentación?, Lopate comparte lo que supone para él la necesidad de libertad que tiene el ensayo para explorar asuntos sobre los que el propio autor aún no está del todo convencido. Lo importante, dice, es seguir los pensamientos de uno, aunque lleven a la contradicción. Pero, insiste, que el escritor de no ficción, el ensayista personal, trata siempre de aproximarse a la verdad, y no solo a la verosimilitud literaria, sino a la verdad propiamente dicha.

En suma, este es un texto jugoso y preclaro, solícito y muy bien documentado, con una adenda final de lecturas sugeridas encomiable, un libro preocupado en desmontar ese tópico cliché de los talleres de escritura sustentado en que mostrar es la esencia de la escritura y decir, su fatalidad. Lopate conjuga en Mostrar y decir a estos dos verbos que dan título a su obra como importantes y complementarios para la escritura creativa, hasta el punto de que, en la no ficción, ambos forman un binomio eficaz y sostenido para su buen fin.

Pero un ensayo, como el mundo, es una forma viva. Y en su forma reside su realidad. Este libro se ocupa admirablemente de desvelarnos algunos de los secretos más significativos del arte de escribir no ficción y de su imaginario.

martes, 1 de agosto de 2017

El juego de la escritura

La verdad, aunque solo sea la verdad literaria, es una suerte de compromiso, dice Danilo Kiš, pero con la condición de que sobre el juramento siempre planee una sombra de duda. La función del escritor, según Sartre, consiste en obrar de modo que nadie pueda ignorar el mundo y que nadie pueda ante el mundo decirse inocente. El escritor debe convencernos de que sabe más que el resto de nuestros congéneres y de que, a pesar de ello, duda más que todos. Uno se convierte en escritor tan solo cuando comprende la segunda parte de la definición sartreana: que escribir significa decir las cosas de cierta manera, que escribir representa una búsqueda en pos de la propia identidad, porque ya somos conscientes de que la literatura es una revelación, aunque mediante ella no se consiga nada.

Tal reflexión viene a cuento porque La vaga ambición (Páginas de Espuma, 2017), de Antonio Ortuño (Zapopan, Jalisco, México, 1976), ganadora del Premio Ribera del Duero de este año, propone mucho de esa suerte de compromiso verdadero que supone escribir, así como los mimbres que conforman el juego de la literatura dentro y fuera de su laboratorio. El hilo conductor que sostiene la inventiva de sus seis relatos lo pone el personaje Arturo Murray, un escritor ya instalado en su madurez y que indaga en la propia naturaleza de su oficio. A partir de los proyectos de su carrera literaria y existencial, el narrador conecta sus piezas en las que su pasado, con sus luces y sombras, va desplegándose por diferentes etapas, apegado a su condición de vivir en pareja y con dos hijas, una tarea de resistencia en la que no solo se sobrepone al desgaste de la convivencia y a sus penurias económicas, sino que, además, se atrinchera en su condición de escritor para no cesar en el empeño de escribir y fabular, tal como le decía su madre: escribir es una batalla, escribir es pelear, escribir es “la vaga ambición de guerrear contra mil enemigos y salir vivo”.

El lector precisará concebir el libro en su lectura total para percatarse de la intencionalidad de Ortuño que no es otra que romper con lo establecido. Cada relato va dirimiendo las batallas artísticas y vitales del personaje, triunfos y derrotas desde la infancia a la actualidad, la existencia de un padre desastroso, un matrimonio en la cuerda floja, una vida laboral en la misma tesitura, pequeñas éxitos literarios, vanidades artísticas, recelos, tropiezos, burlas...

La vida azarosa en la literatura y su derivación en la vida propia son dos existencias interconectadas y concomitantes en la cadena narrativa de estos relatos. La vaga ambición es como los coches de hoy en día, un híbrido literario que alterna el combustible con la batería, en función de la marcha del vehículo, su historia, y en relación con la propia ignición que formula el relato, su gasolina, pero también necesitado deliberadamente de la corriente eléctrica repartida en el conjunto del libro: el juego de la escritura. Además de los asuntos, las situaciones y los percances que se presentan en estos cuentos, la idea matriz que desarrolla Ortuño es preguntarse cómo se conforma un escritor. Para ello, el autor mexicano recurre a la fabulación para exponer esa experiencia literaria que, desde su origen, parece sesgada por la relación con el poder establecido que todo lo contamina y, por otro lado, desde la vocación y el destino propiamente del oficio, no exento de desencanto e insidia.

La creación del personaje de estos relatos permite a Ortuño desplegar su experiencia, su poética narrativa y el sentido literario del oficio desde el lado del que escribe, un ser que convive en una realidad resbaladiza y pintoresca alrededor de una literatura extendida que fija estereotipos y servidumbres. El libro, en definitiva, rastrea en la zona tragicómica que rodea al mundillo cultural de las letras y la vanidad existente alrededor suyo. Murray se ocupa, en su terquedad, de encontrar sentido a su vida en el propio seno de la escritura y lo hace desde sus primeros pasos como autor, con apenas doce años, cuando ganó un concurso de cuentos según leemos en el primero de los relatos: Un trago de aceite, una historia de abusos y, así mismo, descarnada, hasta llegar al último de la colección: La batalla de Hastings, quizá el mejor de todos, un cuento primoroso, intenso, contundente y brillante sobre el fondo y el sentido de la escritura.

En el libro, confiesa su autor en una entrevista reciente, hay referencia a su experiencia personal pero siempre –subraya– al servicio de la ficción. “Escribir es caer en una telaraña y no salir más –dice el narrador en las postrimerías del libro–, pero a veces uno cae y se queda paralizado, sin nada que agregar”.

Si todo lo que dice Ortuño o Murray no estuviera dicho de cierta manera, entonces sería una mera confesión de Murray o del propio Ortuño. De este modo en el que se cuenta aquí es prosa de gran alcance: una prosa de la vida, una prosa del mundo, y además, de franca poética.



miércoles, 24 de febrero de 2016

Anatomía de la novela

No le falta razón a la escritora norteamericana Edith Wharton al afirmar que el novelista trabaja con el mismo material del que está hecho el objeto que trata de representar. Es, por tanto, complejo representar la mente humana cuando uno emplea el mismo material verbal con el que el pensamiento es formulado. Ahora bien, la verdadera originalidad de una novela no consiste en una nueva manera de enfocarla, sino en una nueva visión para mostrarla. Sin embargo, la prueba clave de una novela es que sus personajes se nos muestren como seres vívidos. Ningún tema escogido será capaz de mantener viva una novela si no prospera la vitalidad de sus personajes. A esto habría que añadir lo que la mayoría de los lectores, y también de los críticos, opinan al respecto, según el análisis de Alain Robbe-Grillet: una novela es, sobre todo, una historia. Contarla bien es hacer bien el trabajo narrativo. Esto es, hacer que lo que uno escribe se parezca a los esquemas a los que la gente está acostumbrada, a su idea aceptada de la realidad. Pero, como en su día apostilló el escritor y guionista francés, “toda obra literaria es una forma viva, como el mundo, y en su forma reside su realidad”.

El último libro de Javier Cercas (Ibahernando, Cáceres, 1962) discurre sobre estas complejidades: cómo se enfrenta el escritor a su tarea narrativa, cómo responde el lector a las incertidumbres que se plantea en la novela que lee, qué es exactamente una novela o cuál es su naturaleza. El pasado año, el autor de Soldados de Salamina (2001) ocupó en Oxford la Cátedra Weindenfeld de Literatura Europea Comparada y en ella pronunció una serie de conferencias en torno a la naturaleza de la novela. Bajo el título de El punto ciego (Random House, 2016), el escritor extremeño reúne los textos donde diserta acerca del sentido estructural y estilístico de la novela. Para ello, formula y desarrolla una teoría de la novela, combinando su experiencia creativa como autor con la relectura de algunas obras capitales de la literatura universal, como Don Quijote, Moby Dick o El proceso.

Sostiene Cercas que igual que el cerebro rellena el punto ciego del ojo, permitiéndole ver donde de hecho no distingue exactamente, el lector completa a su entender el punto ciego de la novela, permitiéndole conocer lo que de hecho no conoce, llegar hasta donde, por sí sola, nunca llegaría la historia novelada. Sostiene, igualmente, que la novela no es el género apto para dar respuestas, sino que, más bien, es el género de las preguntas. Para él, escribir una novela consiste en plantearse una pregunta compleja para desarrollarla de la manera más compleja posible, sin ánimo de contestarla, y no para responderla de manera clara e inequívoca; o dicho de otra forma: “escribir una novela no es más que sumergirse en un enigma para volverlo irresoluble, más que para descifrarlo”.

En otras argumentaciones, examinando a otros autores, además de a Cervantes, Melville y Kafka, se fija en obras como Otra vuelta de tuerca, de James, El gatopardo, de Lampedusa o La ciudad y los perros, de Vargas Llosa para desarrollar su teoría del punto ciego. En esta última del escritor hispanoamericano, Cercas abunda en su teoría sobre el acierto del autor de Arequipa recordándonos, además, que la novela ha de contar una historia apasionante, que emocione vivirla en nuestra imaginación, eso sí, bajo la premisa de contarla con la máxima complejidad formal y tensión estilistica posibles.

El punto ciego es un ensayo revelador de los presupuestos y principios narrativos que han derivado en el estilo propio de Cercas. El autor desarrolla de manera puntillosa cómo opera ese punto ciego en su novelística y, en especial, en Anatomía de un instante (2009), una obra que se caracteriza por esa complejidad del género narrativo entre crónica, testimonio y novela, en la que se entremezclan hechos verídicos y ficticios, sin desvelar los límites de unos y de otros. Aunque para muchos Cercas es un escritor sobrevalorado, sus novelas no pasan desapercibidas al gran público y a la crítica, que lo consideran un escritor solvente y una voz literaria de lo mejor que transita por la novela de no-ficción en nuestro país, un autor que postula siempre contar una historia lo mejor posible para hacérsela vivir con la máxima intensidad al lector.


Las conferencias de Weidenfeld contenidas en esta obra no son piezas de crítica literaria, pero tampoco son una recopilación de comentarios evanescentes, ni tan siquiera constituyen un tratado sobre cómo se debe armar una novela. Lo que hace Cercas es desarrollar su posicionamiento literario, a modo de ensayo, en torno a la naturaleza de la novela, desde su óptica y experiencia artística, teniendo en cuenta su perspectiva de lector consumado, y convencido de que la obligación de los buenos escritores es complicarnos la vida con historias complejas.

lunes, 26 de octubre de 2015

Enseñanzas y convicciones (o al revés)

Hace bastantes años conocí la existencia de Rubem Fonseca. Ocurrió en un viaje sorpresa que hice con un amigo a Brasil y Paraguay. Este escritor brasileño, profundamente provocador, planteaba lo siguiente: ¿qué hace falta para convertirse en escritor? Cuatro cosas, dijo. Y las fue explicando: primero, saber leer, y entender y comprender lo que se lee; segundo, ser una persona atenta, estar motivado; tercera condición necesaria, paciencia, acumular mucha paciencia (se refería a los diez años que tardó Juan Rulfo en escribir Pedro Páramo), y por último, imaginación. Hay otra actitud necesaria para escribir, añadía, el coraje, el valor, la bravura.

Podría decir, haciendo acopio de este recuerdo inolvidable, que Los desayunos del Café Borenes (Galaxia Gutenberg, 2015) de Luis Mateo Díez (Villablino, León, 1942) merodea y profundiza en gran medida sobre esa misma materia aludida por Fonseca, pero aquí se incorpora al debate la otra parte, quizá la más importante de la literatura, la presencia activa del lector. Díez viene a contarnos, sin ánimo académico, que la verdadera fuerza y palanca que tiene el escritor para conquistar el alma del incauto que se aproxime a leer su obra radica en el poder de la imaginación (igual que subrayaba el autor sudamericano). Para él, además, un buen libro de ficción es siempre la historia de unos desconocidos que acaparan, primero la curiosidad y, paulatinamente, la atención del lector. En definitiva le corresponde a este último dictaminar si lo que cayó en sus manos mereció la pena.

Los dos textos reunidos en este pequeño volumen conforman una reflexión sincera y cabal sobre la creación literaria y sus vericuetos. En el primero de ellos, que da nombre a la obra y al que su autor califica de “opúsculo”, nos presenta a unos tertulianos que se reúnen en torno a un café, bajo la intempestiva presencia de Ángel Ganizo, protagonista y alma mater de esa cofradía literaria, un novelista experimentado que anda sumido en una crisis artística. Este hecho le permite alejarse de otros cafés profesionales y encontrarse en el Café Borenes con sus amigos, a los que llama cariñosamente, “cofrades de la divagación”. El segundo texto, que lleva por nombre Un callejón de gente desconocida y Mateo Díez acota como “recuento”, invita al lector a reflexionar sobre el engranaje de la ficción, sobre el impulso de escribir y sus obsesiones, así como los entresijos de dicha tarea, sin olvidarse de la épica propia que toda creación narrativa conforma.

Ambas partes resumen toda la poética narrativa concebida por el veterano escritor leonés. En ellas, Díez muestra su laboratorio creativo, esos tubos de ensayo donde experimentar sus ficciones y verter la fórmula de su estilo y de su universo literario. La literatura, según su perspectiva, es una fiesta y un laboratorio de lo posible, una manera de construir una historia desde lo desconocido, con los utensilios de la imaginación y las palabras, hasta irrumpir en la lectura. No hay escritor que no sea lector –sentencia–, por eso el camino de la escritura, más allá de la valía y de la necesidad vocacional de quien la ejerce, arranca en la lectura, y en ese territorio, lo imaginario se desborda. El lector hace suya la historia, sustituye al creador y se erige en otro arquetipo que vive y experimenta la aventura escrita.

La escritura es una de las experiencias más intensas que uno puede vivir, como cuenta Mateo Díez, una experiencia como pocas, apasionada y obsesiva, que se asemeja a los logros y tropiezos de la propia existencia. Sin duda, Los desayunos del Café Borenes es un libro exigente, como la vida misma, que no se complace con mucho de lo que se ofrece en los escaparates de las librerías, y que impulsa al lector a ser comprensivo, pero no piadoso con lo que lee.

Luis Mateo Díez confirma su maestría con este nuevo libro, un texto lúcido y hermoso que no oculta cierta melancolía, espejo de la situación por la que atraviesa el género novelístico en estos tiempos, una obra entre la ficción y el ensayo donde hay claves reveladoras para entender las convicciones literarias y la manera de interpretar la novela de su autor, todo un diagnóstico comprometido con el género y sus avatares, razones más que suficientes para celebrarlo y convertirse en sus lectores plenos.


Primero me lo prestó un amigo, después me lo compré para tenerlo y volverlo a leer. Los desayunos del Café Borenes tuvo esa trayectoria personal de retorno, un regusto excepcional e íntimo que solo otorga la relectura de un buen libro. [Reseña núm. 247]