lunes, 26 de octubre de 2015

Enseñanzas y convicciones (o al revés)

Hace bastantes años conocí la existencia de Rubem Fonseca. Ocurrió en un viaje sorpresa que hice con un amigo a Brasil y Paraguay. Este escritor brasileño, profundamente provocador, planteaba lo siguiente: ¿qué hace falta para convertirse en escritor? Cuatro cosas, dijo. Y las fue explicando: primero, saber leer, y entender y comprender lo que se lee; segundo, ser una persona atenta, estar motivado; tercera condición necesaria, paciencia, acumular mucha paciencia (se refería a los diez años que tardó Juan Rulfo en escribir Pedro Páramo), y por último, imaginación. Hay otra actitud necesaria para escribir, añadía, el coraje, el valor, la bravura.

Podría decir, haciendo acopio de este recuerdo inolvidable, que Los desayunos del Café Borenes (Galaxia Gutenberg, 2015) de Luis Mateo Díez (Villablino, León, 1942) merodea y profundiza en gran medida sobre esa misma materia aludida por Fonseca, pero aquí se incorpora al debate la otra parte, quizá la más importante de la literatura, la presencia activa del lector. Díez viene a contarnos, sin ánimo académico, que la verdadera fuerza y palanca que tiene el escritor para conquistar el alma del incauto que se aproxime a leer su obra radica en el poder de la imaginación (igual que subrayaba el autor sudamericano). Para él, además, un buen libro de ficción es siempre la historia de unos desconocidos que acaparan, primero la curiosidad y, paulatinamente, la atención del lector. En definitiva le corresponde a este último dictaminar si lo que cayó en sus manos mereció la pena.

Los dos textos reunidos en este pequeño volumen conforman una reflexión sincera y cabal sobre la creación literaria y sus vericuetos. En el primero de ellos, que da nombre a la obra y al que su autor califica de “opúsculo”, nos presenta a unos tertulianos que se reúnen en torno a un café, bajo la intempestiva presencia de Ángel Ganizo, protagonista y alma mater de esa cofradía literaria, un novelista experimentado que anda sumido en una crisis artística. Este hecho le permite alejarse de otros cafés profesionales y encontrarse en el Café Borenes con sus amigos, a los que llama cariñosamente, “cofrades de la divagación”. El segundo texto, que lleva por nombre Un callejón de gente desconocida y Mateo Díez acota como “recuento”, invita al lector a reflexionar sobre el engranaje de la ficción, sobre el impulso de escribir y sus obsesiones, así como los entresijos de dicha tarea, sin olvidarse de la épica propia que toda creación narrativa conforma.

Ambas partes resumen toda la poética narrativa concebida por el veterano escritor leonés. En ellas, Díez muestra su laboratorio creativo, esos tubos de ensayo donde experimentar sus ficciones y verter la fórmula de su estilo y de su universo literario. La literatura, según su perspectiva, es una fiesta y un laboratorio de lo posible, una manera de construir una historia desde lo desconocido, con los utensilios de la imaginación y las palabras, hasta irrumpir en la lectura. No hay escritor que no sea lector –sentencia–, por eso el camino de la escritura, más allá de la valía y de la necesidad vocacional de quien la ejerce, arranca en la lectura, y en ese territorio, lo imaginario se desborda. El lector hace suya la historia, sustituye al creador y se erige en otro arquetipo que vive y experimenta la aventura escrita.

La escritura es una de las experiencias más intensas que uno puede vivir, como cuenta Mateo Díez, una experiencia como pocas, apasionada y obsesiva, que se asemeja a los logros y tropiezos de la propia existencia. Sin duda, Los desayunos del Café Borenes es un libro exigente, como la vida misma, que no se complace con mucho de lo que se ofrece en los escaparates de las librerías, y que impulsa al lector a ser comprensivo, pero no piadoso con lo que lee.

Luis Mateo Díez confirma su maestría con este nuevo libro, un texto lúcido y hermoso que no oculta cierta melancolía, espejo de la situación por la que atraviesa el género novelístico en estos tiempos, una obra entre la ficción y el ensayo donde hay claves reveladoras para entender las convicciones literarias y la manera de interpretar la novela de su autor, todo un diagnóstico comprometido con el género y sus avatares, razones más que suficientes para celebrarlo y convertirse en sus lectores plenos.


Primero me lo prestó un amigo, después me lo compré para tenerlo y volverlo a leer. Los desayunos del Café Borenes tuvo esa trayectoria personal de retorno, un regusto excepcional e íntimo que solo otorga la relectura de un buen libro. [Reseña núm. 247]