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lunes, 30 de septiembre de 2024

Allí desde siempre

Desde la curiosidad y perplejidad del título, el poeta León Molina (San José de las Lajas, Cuba, 1959) presenta su nuevo poemario estableciendo un juego con la polisemia de “puntal” que, como es sabido, posee un sentido de barra o viga que sujeta algo, y también, como extremo de una montaña que se asoma abruptamente al vacío. Por ese “puntal”, que da lugar a una extensa toponimia, planea el poeta sus vuelos y hallazgos entrevistos. Uno se imagina que el poeta se pone a mirar, a leer y a escribir en soledad, delante de la ventana de su estancia, frente a uno de esos puntales que asoman en la aldea albaceteña donde vive desde su infancia, y que, como he podido saber, lleva el nombre precisamente de “Puntal del aire”, una realidad persistente y reveladora para que el poeta se arrobe y juegue con sus atisbos: con la viga que sujeta los vientos, con el puntal al que se asoma el aire, el puntal donde él mismo se asoma a diario a recibir el aire que sopla allí desde siempre.

León Molina es fundamentalmente un observador del mundo que pisa y de sí mismo, un poeta incardinado con la naturaleza, maestra del silencio y de la que, a su entender, todo parte. Según él, la naturaleza es el nido que incuba las palabras. Hay certezas inmutables en ella de las que extrae su verdad poética, unida a esa percepción simbólica que encarna el contacto con el paisaje. Este poemario de ahora reproduce ese sentir de soplo ligero, cercano y evocador, urdido también con la idea de provocar nuestra curiosidad y discernimiento, sin la inquietud de perderse, como así destaca en los versos finales de uno de sus poemas: Para saber dónde se está / hay que perderse. Pero para un poeta como él, la realidad no basta, es preciso situarla en torno a uno mismo: Si todo gira en torno a ti / no te engañes, es sólo porque todo / gira sin cesar en torno a todo. Su mirada poética discurre a través del tiempo vivido y su espacio natural, sus confluencias literarias, el amor, y el devenir de los días. No hay poema para él sin ventana.

Puntal del aire (Trea, 2024) reúne cincuenta y siete poemas breves, en su mayoría, dividido en cuatro albores creativos por los que transitan una perspectiva vital más sosegada y experimental. Encontramos más enraizado su persistente asombro por la naturaleza y el paso del tiempo: ... la lluvia nos recuerda / que el tiempo sigue arando / como una vieja yunta; por el silencio, la memoria, el amor y el asombro del instante. Hallamos vivencias y ecos desde el significado del paisaje, siempre presente en su poesía: Otros ojos mirarán desde aquí / cuando yo ya no esté. / Frente a ellos estará mi mirada / que ayudó a construir este paisaje. Hay estados de ánimo, resonancias de amor, reflexiones en torno a la vida y evocaciones de días pretéritos y atajos de la memoria. Y en cuanto a su presentación formal, su poesía viene a estar concebida en el estilo que nos tiene acostumbrados: íntima, coloquial y breve, con aire de letanía aforística en la conclusión de muchos poemas, como vemos en estos versos finales de cuatro de ellos: Saber es repetirse ante el ocaso; Soy un hombre final / el último de los que he sido; Todo es verdad cuando se apaga; Nada es humano si no arde.

Molina, poeta de espíritu caribeño y alma herida también por la belleza del haiku, hunde sus pies en la tierra, como el árbol, para cantar a las aves, asomándose a las ramas incontables donde anidan. Sabe el poeta que escribir poesía no es solo tener una verdad, sino encontrar las palabras y los efectos y afectos que vislumbran, ya sea para traernos un pájaro negro e innominado o un diminuto petirrojo, ya sea para contemplar la quietud y el silencio de un bosque conocido: No hay más hondo descubrimiento / que lo nuevo en lo mismo, / los velos que caen de la quietud. Le importa al poeta encontrar su voz en la propia soledad y, así desgranar la voz del mundo: En la quietud miro mi mano/ y el lápiz. Esperando.

No nos equivocamos al afirmar que no hay poesía sin poema y que no hay poema sin poeta, ni lector de poesía que no esté dispuesto a ser parte de un eco de sonidos y sensaciones que puedan devenir en verdad salida de su propia interioridad. Decía Paul Celan que todo el que ha participado en conversaciones sobre lo poético, ha tenido la sensación de que tales conversaciones normalmente pudieran no tener fin, que nacen de la vida y la rebasan. Puntal del aire sugiere una conversación que deviene en empatía y reclama ser escuchada hacia dentro y hacia fuera, un libro cuyo eje central y directriz es la vida, o mejor dicho, el campo, el aire y el bosque copado de poesía.


El poeta, mientras escribe a intervalos sobre cómo descifrar el mundo y la vida, enmarca su mirada en la naturaleza, en el paisaje afín a sus reminiscencias. Deja ver que, en esa atención puesta, ya convertida en poema, pasan cosas ante sus ojos, dejando que se cuele la verdad del mundo, la realidad que nos conforma y examina. De allí, desde siempre, emerge esa verdad poética asentada de lo indecible. Este es un libro de lectura gozosa que revela el deambular creativo de su autor, un poeta curtido en vivencias con la naturaleza, que examina con talento y tino cómo todo vivir necesita de su liturgia y de su alimento, algo que la buena poesía dispensa para entendernos mejor con el mundo.


miércoles, 26 de junio de 2024

Surgidos de la naturaleza


La realidad no solo es lo que es, sino también el modo en que la miramos. Y es sabido que el modo de mirar, ya en sí, transforma las cosas. En cualquier caso, conviene no abandonar la actitud de seguir aprendiendo a mirar lo que tenemos delante de nuestro ojos, la tierra de donde hemos surgido, que siempre tiene algo de ejemplar que ofrecernos. Hay un endecasílabo en un poema de Eloy Sánchez Rosillo que trata sobre esa aspiración de la naturaleza de eternizar el presente: «Cuanto existe, existió y será después». De alguna manera, el hombre es un ser necesitado de un jardín. Somos también naturaleza. Los árboles nos protegen de la intemperie, son fuentes de vida para otros seres vivos como nosotros. Y la vida, como también diría Dickinson, consiste en mirar fuera como se mira dentro, mirar fuera desde la soledad de quien crece identificando las raíces sobre las que se levantan las ramas en las que se apoya la vida.

Al escritor, periodista y profesor de escritura creativa Javier Morales (Plasencia, 1968) le importa e inquieta la naturaleza y el papel determinante que el hombre juega en el medio ambiente. En sus textos sobresale una suerte de impulso ético ligado a la tierra en la que aprender a recordarnos que estamos para prestar atención a la tarea que más nos importa, que no es otra que amar y proteger este mundo que nos da sustento, y mantener la validez de la vida trenzada por cada uno con la vida pausada de la naturaleza como espacio de complicidad y refugio. Su literatura no se aparta de esa conexión. En Monfragüe (2022), su anterior libro, una novela intimista, de recuerdos e indagación introspectiva, deja escrito esa singularidad suya: “Escribo sobre la naturaleza, aunque mi vida se acaba colando siempre en los libros, no sé por qué [...] La cultura y el medio ambiente han sido los dos ejes que han definido mi trabajo y mi vida”.

Escribir la tierra (Tres Hermanas, 2024) confirma este mismo hechizo de explicar el mundo y sumergirnos en la naturaleza, en el lugar del otro, con historias que albergan espejos donde mirarnos para poder parecernos a la verdad que reflejan o, al menos, reconocernos. Son cuentos ambientados en Extremadura, un paisaje vinculado a esa arcadia memorable de la infancia del autor. Conforman, como dice Javier Morales, los anillos de un mismo árbol: “Las raíces de este árbol se han ido expandiendo a lo largo de mi vida en busca de preguntas y de respuestas sobre nuestro paso por este mundo y nuestra relación con los otros seres vivos que nos rodean, con una naturaleza de la que formamos parte, aunque se nos olvide”. Dentro de estas páginas hay un sentir que nos habla de que somos seres entretejidos de relatos, de historias que nos conectan con la tierra y su fragilidad, que nos confía una y otra vez un mismo mensaje: la literatura, la naturaleza y la vida tienen motivos para reivindicarse.

El libro arranca con esta cita de Mary Oliver, autora de La escritura indómita: «Todas las ideas importantes tienen que incluir a los árboles, las montañas y los ríos». En esa tesitura perfila Morales el propósito de su libro, resaltando que los relatos que lo forman provienen “de una mirada hacia el mundo rural exenta de cualquier romanticismo e idealización”. Le importa que los cinco cuentos reunidos reproduzcan su sentir como un manifiesto literario de la escritura de la tierra, “desde la fraternidad y el reconocimiento de todos los seres vivos que habitan la tierra”. En El matadero, el primer relato del volumen, este clamor se agudiza y despliega el talento del autor al contarnos el devenir de un pueblo abocado a una incierta transformación con un proyecto hotelero, pese a la oposición de Berta, la maestra y única vecina contraria a dicha iniciativa.

La segunda parte del libro reúne, bajo el título Otros cuentos de la montaña, cuatro relatos entrañables, escritos desde una voz en primera persona. Son historias de soledades y secretos, de vidas sencillas y erráticas, envueltas en trabajos rutinarios del campo y de la montaña con cierto aire de melancolía. Hay en ellas un tránsito de recuerdos de amores de antaño, de aspiraciones y reencuentros. En el marco de cada una de ellas, la naturaleza se observa y se respira lo mismo en un cementerio, en el monte o en un secadero de tabaco. Estas historias que muestran a personajes que no parecen estar por encima de la vida que les ha tocado en suerte, aunque, eso sí, cada uno sobrelleva sus secretos y extrañezas con dignidad, aferrado a sus tareas y limitaciones en busca de preguntas y respuestas.


Escribir la tierra es un libro hermoso que concita a ver el mundo rural, la naturaleza y los seres vivos como existencias plurales de entendimiento, de saber que nada puede existir en el mundo sin una relación de dependencia, de coordinación y de atisbos entre sí. Estos cuentos de Morales están escritos por una necesidad de verdad, de belleza y de discernimiento, para hacer verosímil lo extraordinario que nos resulta nombrar el mundo. De ahí que sus historias se vinculen a ese propósito que postula el conocer la naturaleza como la mejor forma de protegerla. Una encomienda que también propicia la literatura al permitirnos revivir hitos seculares y pensamientos desde la aparente incertidumbre que otorga la ficción.


viernes, 16 de julio de 2021

Vida y supervivencia



José Ovejero
(Madrid, 1958) posee el rango de ser un escritor multidisciplinar. Su pasión por la literatura le ha llevado a explorar y cultivar todos los géneros. Ha publicado poesía, teatro, cuentos, ensayo, novela y libros de viajes. Sus obras han recibido numerosos premios, entre los que destacan, el Premio Anagrama de Ensayo, con su libro La ética de la crueldad (2012) y el Alfaguara de novela con La invención del amor (2013). Es autor también del documental Vida y ficción, un reportaje en el que recoge conversaciones con escritores que escriben en nuestro país como Rosa Montero, Marta Sanz, Juan Gabriel Vásquez, Luisgé Martín o Cristina Fernández Cubas.

Su nuevo libro, Humo (Galaxia Gutenberg, 2021) responde a ese espíritu binario de vida y supervivencia que anida en el alma del escritor y que nos viene a decir que son las palabras las que te hacen entender la vida. Así se confabula a través de la protagonista del libro, una mujer que vive en lo más profundo de un bosque con un niño y una gata, sin contacto con nadie, a excepción de un hombre que periódicamente le facilita provisiones. Una mujer observadora y callada, pero que habla mucho consigo misma, buscando respuestas en lo que palpa y abunda a su alrededor. Una mujer a la que le da igual el nombre del riachuelo que le rodea, el montículo interpuesto en el horizonte o lo que indican los mapas. Le importa, como dice, “sólo las palabras que definen y me acercan a una cualidad propia, única, de lo que toco o veo”.

La novela arranca con una nube de abejas amenazantes sobre la cabaña que parecen contradecir a las voces apocalípticas que vaticinan que su extinción anda cerca. La imagen de este comienzo insinúa lo que la novela irá desvelando conforme avanza: la sensación de estar enfrentados a un mundo desencajado, de no saber cómo hacer frente a los acontecimientos adversos que se producen a nuestro alrededor, según determina la propia Naturaleza. A todo esto, digamos que la novela no es tan pesimista como pueda parecer. Pone su atención en detalles primorosos que se nos pasan, y que merece la pena tener en cuenta para vivirlos con honestidad. Esto hace que sea una novela que vuelve la vista hacia los pormenores, las emociones, la belleza de todo lo circundante. La mujer, de hecho, hace acopio de todo aquello que le encandila y predispone en un momento de la novela, y eso conforma una parte importante del sentido final del relato.

Humo es una historia de soledad, silencio y alertas. La supervivencia es el eje por el que transita. Por ella rondan incertidumbres, refriegas, violencia, resistencias y afectos que devienen sin salvoconductos. En ella se palpa la fragilidad humana y su fortaleza para sortear lo inesperado y tratar de salir adelante. Además, y creo que ahí radica lo más destacable de la novela, Ovejero lo plasma con una prosa jugosa y contenida, muy sensitiva y evocadora, en la que la naturaleza es un personaje más que marca y conjuga los diferentes tiempos del relato, entonando la voz de la narradora, una mujer enigmática de la que no sabemos ni su nombre, ni su procedencia, porque es ella la primera en desentenderse de sí misma y de su vida anterior.

Lo que el lector visualiza se asemeja a un mundo apartado en el que una mujer y un niño andan desprovistos de protección. Lo que importa en Humo no es tanto su hábitat, como ellos mismos: sus sentimientos, sus miedos, su huida hacia algo más propicio y refractario, porque en la burbuja donde se amparan todo parece vulnerable y opresivo. Pero esta mujer insólita y aguerrida atrae mucho. Apenas sabemos nada de ella, tampoco por qué se niega a cualquier dependencia, por qué no establece relación con el niño o por qué se niega a los afectos. Y, sin embargo, los afectos la toman por sorpresa y vemos cómo la ternura que siente por el crío aflora inevitablemente.

Con una potente voz narradora en primera persona, la angustia de la situación que atraviesa la trama de Humo se ensambla con un lenguaje de tono poético validado por una prosa precisa y audaz que hace que el monólogo de la protagonista se decante hacia su mismo reflejo: el niño. En esta breve, pero intensa novela, hay mucho más de lo que se capta en una primera lectura.

Ovejero firma una fábula cruda y punzante, con pasajes muy hermosos, en la que impera la vida, la supervivencia por encima del afecto, y donde la solidez de la condición humana se examina a la intemperie.


lunes, 11 de enero de 2016

El hombre verde

Un buen libro se basta a sí mismo para decirnos todo lo que tiene que decir. Por mucho que interpretemos, por mucho que busquemos, todo lo que tiene que revelar está ahí escrito, a la vista de todos. No necesita de un manual de instrucciones que nos guíe cómo debe ser leído o interpretado. Solo precisa de un lector entusiasta ávido de curiosidad, imaginación, memoria y cierto sentido tanto práctico como artístico.

Para John Fowles (Leigh-on-Sea, Exxex, 1926 – Dorset, 2005), admirador de Camus y Sartre, todo buen lector busca, además, sobreponerse a las derrotas cotidianas. Sin la esperanza de esa victoria a su alcance, por muy imposible e ilusa que sea, la literatura dejaría de tener sentido. Con este propósito íntimo, el novelista inglés, autor de El Mago (1965) y La mujer del teniente francés (1969), decidió irrumpir en el género ensayístico con El árbol (1979), una obra que viene a reforzar esa inquietud de la conexión ancestral y milenaria del hombre con la naturaleza.

El sello Impedimenta (2015) rescata este luminoso ensayo, bajo el cuidado primoroso de la traducción de Pilar Adón, para deleite de lectores predispuestos a entablar un diálogo con ese mundo salvaje y hermoso que conforma el bosque. El árbol responde a una inquietud vital de su autor para reflejar el sentimiento personal que le une con la naturaleza, valiéndose del recuerdo de su infancia en Inglaterra y de la obsesión que tenía su padre con la explotación comercial de los frutos que le proporcionaban los manzanos y perales cultivados con esmero en su pequeño huerto urbano.

Fowles se las ingenia para hablar de las plantas, de la naturaleza y del sentimiento de hombre verde que lleva marcado desde su niñez, pero discrepante con el proceder de su padre. “En un principio –confiesa el autor–, todos tratamos de atribuir a nuestros padres lo que se le suele atribuir solo a Dios: un poder ilimitado para interceder por nosotros, una sabiduría indiscutible”, (pág. 23). Esos árboles mimados y podados eran para su padre la filosofía más próxima y verdadera. Sin embargo, para su hijo, más propenso a la libertad del brote agreste que a la intervención obsesiva del hombre en modificar la conducta natural y salvaje del mundo de las plantas, socaba el comportamiento obstinado de su progenitor. Si el padre insiste en que no habrá frutos para quienes no poden, él proclama, en cambio, que no hay frutos para aquellos que cuestionen el conocimiento ancestral de la naturaleza: ningún árbol sano –subraya– trata de ocupar con sus ramas el territorio de otro.

El árbol tiene en su espíritu resonancias del sentir literario de Thoreau. El inglés escribe con la misma frescura y vigor que el americano sobre la naturaleza y la relación del hombre con ella. Fowles sigue por esa misma senda para fijar su atención en el bosque y sus árboles como compromiso del individuo con ese entorno esencial y misterioso para ajustar sus aspiraciones de vida en común con el medio ambiente. Para él, el verdadero bosque no es más que el resultado de sumar los fenómenos que se originan y transforman en el interior de sus lindes, según las leyes naturales, un laboratorio maravilloso de ensayo que surge espontáneamente entre los seres vivos de la espesura.

Esta relación que mantuvo, reflexionando por los entresijos del mundo salvaje de las plantas, fue clave para su producción literaria, según propia confesión del autor, quien sostenía que hay una cierta analogía entre los árboles, el bosque y la prosa de ficción, (pág. 86). Fowles insiste en que la naturaleza se diferencia del arte, sobre todo, en sus obras. La diferencia reside en que la primera sigue su curso creando el presente tal como lo percibimos, en cambio, el arte recrea, reescribe, reformula y reinterpreta el momento de la vida y, especialmente, su pasado.

El árbol es una obra vívida, experimental y curiosa, que plasma en tan solo cien páginas todo un recital filosófico, reflexivo y equidistante entre el individuo y la naturaleza, entre la ciencia y la creación artística. John Fowles nos deja un valioso ensayo en el que vindica el curso libre de las arboledas y los bosques olvidados de la mano inclemente del hombre; un libro, a su vez, cargado de lirismo y esperanza.

Los aficionados a los libros, que leemos por muchas razones, incluso, porque el mundo no nos basta, aspiramos también a leer libros que reten las leyes de la naturaleza, que cuestionen la ciencia, que viajen en el tiempo o regresen a la infancia perdida. El árbol resume todos estos anhelos y nos concita a desafiar al tedio.