lunes, 30 de marzo de 2015

El lector leído


Manuel Díaz Soto

Cuando, tras una crítica positiva, se compra una novela y gusta, uno agradece haber sido bien orientado, se siente reconfortado ante una buena inversión de tiempo y por qué no, económica.

Pues bien, en el caso de esta novela corta, decidí adquirirla sin el menor influjo crítico, si exceptuamos la reseña de la solapa y me he sentido gratamente sorprendido. Con carácter retroactivo me he entretenido en obtener mayor información sobre el autor y observo que mi elección a ciegas ha sido una apuesta a ganador.

Jean Paul Didierlaurent, autor francés nacido en 1962, con esta su primera novela, ha conseguido triunfar tanto en ventas como en crítica, algo no muy habitual. Aunque ya obtuvo dos premios Hemingway de relatos, puede decirse que ha sido con esta sorprendente novela corta cuando ha dado un salto cualitativo en su carrera. El lector, al concluirla, queda con la sensación de haber saboreado una copa de buen vino.

El protagonista de El lector del tren de las 6.27 (Seix Barral, 2015) es una persona normal, con una carga-retruécano en su nombre y apellido, lector apasionado, paradójicamente es el encargado de poner en marcha y limpiar una infernal máquina destructora de libros (La Cosa); las escasas páginas que escapan a la masacre destructora son atesoradas y leídas en voz alta por el protagonista a los pasajeros del tren de cercanías que toma a diario para acudir a su trabajo. La obra se acelera con el hallazgo casual de un pendrive que incluye un particular diario escrito por una mujer desconocida durante su poco atractiva jornada laboral y cuyas reflexiones serán incorporadas por el protagonista en su performance del tren.

Son pocos los actores secundarios que aparecen, pero todos ellos con una impronta especial que los hace importantes. Entre ellos, un jefe despreciable, un vigilante que declama alejandrinos, un antiguo compañero de trabajo que intenta recuperar de un modo sui generis sus piernas trituradas por la máquina tragalibros, un pez rojo, dos hermanas octogenarias admiradoras del lector del tren y como estrella invitada, Julie, la propietaria del pendrive perdido y que, por sí sola, merecería una novela independiente.

Si debemos citar algún elemento discordante, ajeno al traductor, citamos la dificultad de trasladar el retruécano que supone nombre y apellido al lector castellano. Y si acaso, y esto es una apreciación puramente personal y discutible, el título del libro es demasiado explícito y puede restar algo de sorpresa.

martes, 24 de marzo de 2015

Sentirse extranjera


Le debo a Óscar López, conductor del programa cultural Página2 de TVE, el hallazgo de este pequeño gran libro de Agota Kristof (Csikvánd, Hungría, 1935 – Neuchâtel, Suiza, 2011), una historia de desarraigo y superación personal que reflexiona sobre el lenguaje y la identidad. La analfabeta (Alpha Decay, 2015) es un título ácido e irónico que cuenta, con una prosa directa, las vicisitudes de una mujer, hija del maestro del pueblo, que leía todo lo que caía en sus manos y que contrajo (según confiesa en el relato) la incurable enfermedad de la lectura desde muy niña. Luego, al abandonar su país y su lengua amada, deberá comenzar a expresarse en un nuevo idioma sin sentirlo como suyo.

La analfabeta es precisamente el testimonio de una mujer apasionada por la literatura y el lenguaje, truncada por la dificultad y el trauma sobrevenido al tener que hacerlo en una lengua extranjera. Como bien apunta Nadal Suau en el prólogo de esta edición, el libro de Kristof es un testimonio primero de vida, luego literario. Y es que la escritora húngara es capaz de impactarnos hasta conseguir que nos dobleguemos ante su discurso utilizando esa simbiosis de vida y literatura, en apenas treinta y cinco páginas memorables, sin que nada parezca sentimental ni pretencioso pero, en cambio, resulte desgarrador para el lector, gracias a su prosa sencilla y desnuda, capaz de conmovernos en tan solo once breves capítulos. Son once momentos de la vida de la autora que transitan por distintas secuencias de un exilio obligado. En este relato autobiográfico aparecen estampas de una existencia arriesgada e intensa que transcurren desde una infancia feliz, hasta la superación de una posguerra cruel, pasando por años de soledad en un internado, la pobreza y el definitivo exilio a Suiza con un bebé a cuestas. Tenía treinta años cuando atravesó la frontera con su marido y su niña recién nacida. Agota Kristoff llegó a pie al corazón de Europa, huyendo del hostigamiento ruso. Se instaló en Neuchâtel, en la parte francófona suiza, en un pequeño apartamento. Allí se colocó en una fábrica de relojes. Se levantaba de madrugada para ir a trabajar durante interminables horas, repitiendo los mismos movimientos mecánicos para ensamblar aquellos pequeños aparatos del tiempo. Esa monotonía cansina le ayudaría a componer poemas que después transcribía en casa.

La magia de la literatura no escoge ningún formato ni extensión alguna para sorprendernos, incluso en la estrechez de un relato breve cabe toda una vida y,  aunque parezcan pocas páginas, son las suficientes y esclarecedoras para esbozar la vida entera de una mujer. En este minúsculo y hermoso libro se plasman, no sólo los momentos vitales de una escritora empujada a emprender una nueva vida en otro país, sino además su perfil literario, con un estilo minimalista y claro, desde la verdad y la desnudez del lenguaje.

La analfabeta es un relato fragmentario, una recopilación sin artilugios, un testimonio honesto y sentido sobre los estragos del destierro, la pérdida de la identidad y el extrañamiento; un texto impresionante y desgarrador, que conmueve. En sus entrañas se vierten los sentimientos de lo que sucede al ser humano cuando deja atrás a sus seres queridos, cuando el paisaje y el idioma cambian y ya no conoce a nadie, los vecinos le resultan extraños e insignificantes y tendrá que sobrellevar demasiado tiempo la inquietud y la desconfianza de éstos.

Al cerrar el libro, uno tiene la sensación de haber leído un relato demoledor, pero hermoso, que invita a nuevas lecturas gracias a su indiscutible hipnotismo y escritura reflexiva sobre la suerte corrida por su narradora y otros compatriotas, que tuvieron que elegir el exilio a la cárcel del régimen soviético. Su voz nada tiene de moralizante, solo piensa en cumplir el destino histórico de contar el suceso con la fuerza viva de la palabra y la amargura de sobreponerse a la dificultad de otro idioma.

En suma, el libro de Agota Kristof es un texto duro y brillante que ofrece una inmejorable oportunidad de conocer el alma sincera de esta escritora valiente.

jueves, 19 de marzo de 2015

La muerte juega a los dados, Dios no


Pedro Valverde Caramés

Que “Dios no juega a los dados” es una celebrada sentencia del físico Albert Einstein con la que expresaba la perplejidad que le producían los descubrimientos, que se estaban produciendo en su época, en el campo de la microfísica. Aquellos asombrosos hallazgos, a los que él había contribuido decisivamente, violentaban la interpretación clásica de la realidad y sus categorías de pensamiento (Weltanschauung) y ello irritaba profundamente al padre de la Relatividad.

La cita anterior procede aquí, no sólo por su parecido con el título del último libro de Clara Obligado (Buenos Aires, 1950), sino también porque perplejidad es lo que puede experimentar el lector cuando tras finalizar la lectura de un primer capítulo de factura clásica, en la línea del arranque de una novela de género policiaco, aborde el segundo, tan radicalmente diferente. Avisado queda.

Sobre una estructura de relatos de extensiones diferentes y temáticas variables, unos sobrios en su realismo, otros abiertamente imaginativos, incluso delirantes, la autora cimenta una novela que desgrana la historia de una saga familiar a lo largo de las décadas y en cuyo seno late el misterio de un asesinato nunca resuelto. Pero también se cuentan otras historias cuya ligazón con la trama general es, en general, menos evidente, más sutil; así, aparecen revoluciones, guerras, persecuciones, en las que diferentes personajes entran en escena, sorprenden al lector y salen para acaso no volver. Es como si la autora quisiera recordarnos que siempre suceden infinidad de cosas en paralelo a la acción principal y que, en última instancia, ésta lo es porque quien escribe decide significar unos sucesos, singularizándolos, sobre otros muchos.

Clara Obligado apuesta fuerte por un experimento literario que rompe moldes y categorías, y que traspasa esos compartimientos estancos en los que la literatura, por tradición o por desidia, o por falta imaginación, se estructura a sí misma: novela larga o corta, cuento, microrrelato, biografía

Decía Borges, en una conferencia sobre el género policiaco dada en 1977 que “los géneros literarios dependen menos de los textos que del modo en que éstos son leídos”, es decir, que no hay una esencia de los textos ni de los géneros, sino que sólo hay modos de leer. Eso mismo es lo que la autora le propone al lector, que lea en clave abierta y que la acompañe en un juego que va más allá de los cánones al uso. Es lo que ella define como literatura mestiza o de entrevero, como la llamaría yo.

Por otra parte, si hay algo que uno imagina en este libro es que Clara ha tenido que disfrutar construyéndolo; imaginando las historias, corrigiéndolas, dibujando en su mente personajes (tan) singulares, sincronizando las piezas que  componen trama y urdimbre hasta ajustar, en una labor de bordado meticuloso, este peculiar artefacto literario. Y esto es algo que a mí, personalmente, me gusta de ella: su enfoque natural, nada afectado y casi lúdico del hecho de escribir, alejado de esa visión entre dolorosa y traumática con la que otros muchos confiesan abordar la escritura. Será porque, como ella misma dice tantas veces, piensa en lo que va a escribir mientras prepara la cena.

En mi opinión, desvelar más sobre La muerte juega a los dados (Páginas de espuma, 2015) supondría dar demasiadas pistas a un futuro lector y con ello privarle del asombro de acercarse a esta apuesta radical. Dejemos pues que quien no lo haya leído se aproxime a este libro con el derecho a la extrañeza intacto y que juzgue, a fin de cuentas el lector es siempre soberano.

martes, 17 de marzo de 2015

El secreto de escribir


Hace unos años, Antonio Muñoz Molina escribió en Babelia (El País) un interesante artículo que hablaba sobre los escritores y el talento narrativo. Guardé un tiempo el texto completo porque contenía una recomendación literaria que me resultó atractiva. Me refiero a On Writing (2000), un libro sobre el oficio de escribir en el que su autor, el escritor norteamericano Stephen King (Portland, Maine, 1947), afirmaba dos cosas sorprendentes: que grandes cantidades de personas están dotadas para contar buenas historias y que la razón de una gran parte de la mala escritura es el miedo. He tenido que esperar un tiempo hasta que ha vuelto a aparecer en Debolsillo una nueva edición de este extraordinario libro, bajo la excelente traducción de Jofre Homedes Beutnagel, que por aquel entonces andaba descatalogado.

Mientras escribo (2014) es un ensayo en el que King se aferra al amor por la escritura, amor a los libros, al lenguaje, a las historias en definitiva. Para él, el arte de contar historias es un oficio que requiere tesón y algunas herramientas imprescindibles, como la lectura, el lenguaje, la reescritura y la imaginación. No es cuestión de lo que esa caja de herramientas, aludida por el estadounidense, tenga, sino de cómo la usas, nos dice. Uno, que conoce a este maestro indiscutible de la narrativa del terror gracias a novelas como Carrie, La zona muerta o Misery, lo que descubre en el libro Mientras escribo es, en realidad, la cocina literaria de King, la trastienda de su proceso creativo, los entresijos de su oficio, una oportunidad también de conocer los inicios de su vocación y las vicisitudes literarias atravesadas por el escritor para componer su extensa obra, amén de una autobiografía abundante que nos desvela algunas claves de su éxito.

Como digo, en este ensayo, Stephen King nos cuenta su iniciación a la vida literaria, cómo se hizo escritor. El libro arranca con los primeros atisbos literarios suyos. King vivió una niñez entrañable, pero con serias dificultades. El padre abandonó a su familia cuando el pequeño Stephen tenía dos años de edad. La madre tuvo que apañárselas con muchas estrecheces para sacar adelante a sus dos hijos. Más adelante el adolescente Stephen se aficionó a las películas de terror y empezó a publicar sus primeros relatos en revistas juveniles y literarias. En la universidad conoció a la joven que sería su esposa, Tabhita, además de correctora y primera lectora de sus novelas. Después llegó el éxito, y el alcohol y las drogas también hicieron su aparición. Mientras escribo finaliza con el relato más conmovedor del libro. Sucedió una noche del verano de 2000 cuando paseaba por la carretera cerca de su casa. King fue embestido por un coche. Aquel aparatoso accidente de tráfico casi le cuesta la vida, pero el afán y la necesidad de seguir escribiendo le permitió recuperarse felizmente y salir del aquel doloroso estado.

La parte autobiográfica del libro es, sin duda, sustanciosa y emocionante. A todo lector curioso le gusta indagar en la privacidad de los escritores y, en este libro, el propio autor desvela hechos ocurridos en su vida que marcaron su carrera literaria y dieron un giro a su existencia. Sin embargo, lo mejor de Mientras escribo está precisamente en lo que le aporta al lector sobre el trabajo de escribir, sobre la formación del escritor. Para cualquier escritor incipiente o curtido, el libro de King es un auténtico laboratorio literario, un extraordinario manual de escritura, como lo es enteramente para todo lector inquieto y avezado; un texto formidable, escrito con frescura y desenfado. Para el novelista de Portland, la tarea del escritor consiste en contar una historia seductora que sale de una idea, un fósil (como a él le gusta apuntar) que hay que descubrir y desenterrar como origen de lo que va a ocurrir. A partir de aquí –subraya– y si se hace bien el trabajo siguiente, podría llegar el éxito.

Stephen King ha escrito un libro absorbente y ameno, lleno de vivencias y sabiduría acerca de la vocación literaria. Mientras escribo es un texto práctico y útil para todo aficionado a la buena literatura, una tratado personal sobre la escritura y el lenguaje de un autor de bestsellers que nos desvela el secreto de escribir.

viernes, 13 de marzo de 2015

Memoria sumergida


Corría el año 1960 cuando salió a subasta pública la construcción del pantano del Porma, ubicado en las estribaciones de la cornisa cantábrica, en los valles más ricos y bellos de la montaña norte de León. En otoño de 1968 quedaron para siempre sepultadas bajo sus aguas ocho aldeas, con sus valles, ríos, calles y casas. Todas ellas configuraban el término municipal de Vegamián. Sus habitantes, tras el pago de míseras expropiaciones, fueron obligados a emigrar a diferentes lugares, arrastrando un destierro doloroso y cruel. Han pasado muchos años, pero todo sigue estando vivo en la memoria de aquellas pobres gentes, de manera que el recuerdo de sus aldeas solo se extinguirá cuando ellos dejen de existir.

La nueva novela de Julio Llamazares (Vegamián, León, 1955), Distintas formas de mirar el agua (Alfaguara, 2015), regresa al lugar de estos hechos. Se trata de un relato coral no exento de nostalgia y melancolía sobre la historia de una vasta familia cuyos personajes proceden de Ferreras, una de las aldeas sepultadas, que fueron los últimos habitantes en salir de la zona anegada a causa de la construcción de la presa. Todos sus miembros se reúnen a orillas del pantano que inundó su aldea para esparcir las cenizas del abuelo, siguiendo la voluntad del difunto. Dice el escritor leonés que ésta es su obra más personal, que se la debía a sí mismo, una historia que lleva sobre sus espaldas demasiado tiempo, que se remonta a una época imborrable de su memoria en la que varios pueblos leoneses, entre ellos el suyo, Vegamían, quedaron sumergidos para siempre por la acción directa del hombre, sin consideración alguna hacia las familias afectadas que tuvieron que abandonar aquel valle para vivir penosamente lejos, en la llanura palentina, realojadas en un secarral donde antes se extendía una laguna.

Llamazares ha querido juntar tres generaciones para poner diferentes voces a su narración: los dos abuelos, sus hijos e hijas, acompañados de sus respectivas parejas, y los nietos, dieciséis miembros, cada uno de ellos perteneciente a distintos gremios y profesión. Todos ellos hablan del lugar y rememoran la figura del abuelo sin cambiar el tono ni el estilo. Ese mismo hilo narrativo consigue con plenitud la resonancia sombría que transita por todo el texto. Lo que le importa al autor es, precisamente, esa manera matizada de mirar con que cada personaje aborda el pasado (de ahí el título del libro), de cómo expresar el recuerdo de sus vivencias y sentimientos, según la edad que tenían cuando fueron obligados a salir de su tierra y de las consecuencias personales tan desiguales que se derivaron de esta situación dramática para cada uno de ellos. Entre las confesiones y perspectivas de unos y de otros, el relato sigue su curso a orillas del embalse, el único escenario donde se desarrolla la trama. Allí mismo todos evocarán la figura del abuelo, epicentro sobre el que gira la novela, y la tierra de entonces, sepultada bajo la laguna artificial. La novela concluye con dos epílogos que tienen su contrapunto: un automovilista que pasa por el lugar en aquel momento y no conoce nada de lo que allí sucede, anecdóticamente solo aprecia como rareza el que un grupo de turistas se pararan a contemplar el pantano, y, para situarnos literariamente, la cita extraída de Volverás a Región, del escritor e ingeniero Juan Benet, autor material de las conflictivas obras del pantano.

Distintas formas de mirar el agua es una novela hermosa e implacable sobre el desarraigo y el destierro, un relato intenso con resonancias a tragedia griega. Llamazares regresa a su lugar de origen para revivir un hecho histórico que cambió el destino de muchas pobres familias y se vale para ello de esta novela breve y sobria que urde en el pasado y el olvido de sus víctimas.

Una vez más, da la impresión de que la ingeniería cambia el paisaje antes que la literatura, pero al leer este libro tan emotivo y tan empapado de melancolía, el lector tiene la certeza de que la mano del hombre puede modificar un escenario, sin embargo, los lazos vitales, movidos por la literatura desde la memoria colectiva, tienen más alcance que la ciencia y perduran durante más tiempo en la conciencia de los pueblos, aunque sea una pesadilla como ésta.

martes, 10 de marzo de 2015

Archivos insubordinados


No me suelo perder los artículos que Enrique Vila-Matas publica en El País. Bajo el epígrafe de Café Perec, su columna es un lugar por donde desfilan, mayormente, libros y autores de una estirpe egregia que despiertan mi curiosidad, los tengo en cuenta y rara vez me decepcionan. Dentro de esta franja literaria por donde transita el escritor barcelonés, descubrí hace algunos años los Diarios de Iñaki Uriarte (Nueva York, 1946), una voz asombrosa e inteligente que el autor de El mal de Montano elogiaba vivamente y situaba en la senda de otros grandes diaristas como Pla, Renard o Ribeyro.

Acabo de leer de un tirón la nueva entrega de los Diarios de este extraño neoyorquino de sangre vasca, que se considera donostiarra, afincado en Bilbao y asiduo de las playas de Benidorm. En este volumen abarca el período de 2008 al 2010, publicado, como los que le precedieron, en la misma editorial, Pepitas de calabaza, un sello independiente establecido en Logroño, dirigido por Julián Lacalle desde hace más de quince años. Con este tercer volumen, Uriarte cierra un ciclo de más de diez años de apuntes personales que giran en torno a reflexiones vitales, filosóficas y literarias. Parece que su propósito es seguir escribiendo estos cuadernos que le entretienen y calman sus días pero que, como asegura en una entrevista de El Correo Vasco, no volverá a publicar ningún volumen más.

Escritor tardío, Iñaki Uriarte comenzó a redactar estos Diarios en 1999, a sus 52 años de edad y los terminó cuando ya contaba 64. En esta última entrega de sus apuntes hay indicios que auguran cuáles son las intenciones del autor sobre el hecho de continuar publicando más de lo mismo en distintos momentos del libro: Yo estoy seguro de que ahora escribo menos páginas en estos archivos porque tengo galería (pág. 9)... Llevo diez años con este diario. Hay días en que pienso que podría dejarlo, pero creo que se ha convertido en una adicción (pág. 47). En cualquier caso, Uriarte seguirá entrando en sus archivos de forma habitual, porque como dice al final del libro, él se va más contento a la cama si ha apuntado en cualquier sitio cosas suyas.

El tercer libro no es mejor que sus anteriores, eso habría roto el hechizo. Es igual a los otros, sobresaliente, como ellos, con el mismo tono, pero distintas reflexiones en años diferentes. En este volumen, Uriarte se afana en los temas de sus obras precedentes y el lector se siente continuador de las historias de su gato Borges, de más citas de su admirado Montaigne, de reflexiones en los veranos de Benidorm y de su vuelta a releer a los clásicos. Pero lo más significativo de este formidable diarista es que posee una escritura alejada de hojarasca y retahila, que se divierte con citas escogidas y certeras de autores que respeta: Cioran, Borges, Pascal, Sánchez Ferlosio, Kafka, además del más grande, el autor de Los ensayos, su preferido. En los Diarios de Iñaki Uriarte, muchas de sus entradas tienen simientes metafísicas, pero sin enredos especulativos. En otras, hay mucho canto a la libertad, a la ociosidad, a la vida, sin arrugarse, sabedor de que: Al escribir un diario ya es una hazaña salir vivo de él (pág. 60). El resultado de estos apuntes es que conforman una obra fragmentaria amena y profunda, repleta de citas y anécdotas, rica en aforismos y con mucha ironía concisa; un texto que transmite el modo de ser elegante y liberal de su autor, un hombre que trata de huir de lo trascendental, sobre todo si se refiere al valor sagrado del trabajo.

Los Diarios de Uriarte, en sus tres volúmenes, resultan un conjunto de textos extraordinarios, escritos en una prosa pulida y depurada, una obra llena de talento y sutileza que relaja e invita una y otra vez a nuevas lecturas.

En suma, estos archivos de Iñaki Uriarte, como a él le gusta llamarlos, son un monólogo insubordinado e imprescindible para todo lector amante de los diarios y para aquellos otros que busquen recogimiento y sabiduría.

jueves, 5 de marzo de 2015

Fantasmas familiares


Tenía ganas de reseñar una obra de Gustavo Martín Garzo (Valladolid, 1948), un escritor al que le profeso respeto y admiración. Lo conocí en Jerez de la Frontera, en noviembre del 2000, cuando asistí a una conferencia suya sobre el cuento oral organizada por la Concejalía de turno en una de sus salas culturales. Por aquellos años, el Ayuntamiento jerezano patrocinaba variados eventos literarios de interés que daban mucha vidilla no solo a escritores y aficionados locales, sino también a los de otras zonas limítrofes de la ciudad. Gracias a dicho encuentro, me embarqué en la lectura de Isak Dinesen y en los cuentos de Sherezade de la mano del escritor vallisoletano. Recuerdo su voz serena aquella tarde de otoño, y no se me olvida hablando en aquel hemiciclo, con la misma naturalidad de quien está contando un relato oral, cómo sus palabras se sucedían unas a otras componiendo con ellas una música que parecía brotar con la facilidad con que lo hace el agua de una fuente. Dicho queda esta evocación y reconocimiento. Ahora procedamos al asunto que traemos a esta bitácora: se trata de su último libro Donde no estás (Destino, 2015), una novela construida por diferentes voces sobre el secreto, eso que no se puede contar y se guarda en el seno de una familia, esas verdades, silencios y remordimientos ocultos que requieren desempolvarse y piden liberación.

Donde no estás es un libro de indagación en el pasado, ambientado en los años sesenta en la comarca de Tierra de Campos, concretamente en el pueblo de Villalba de Alcores, allí, una mujer joven, tras morir su madre, quiere ahondar en el pasado familiar, cruce entre razón y sentimiento, un territorio donde se confunde lo real y lo imaginado, un lugar en el que la pasión como hechizo se hermana con la experiencia personal siempre amenazada por la presencia de la muerte. En la primera parte de la novela, Ana ha vuelto a la casa del pueblo, acudiendo a la llamada de su tía, para visitar a su abuela, la persona más rica de la comarca, convertida ya en una mujer anciana y enferma. Regresa al hogar de su infancia donde se guardan muchos misterios sin desvelar. La joven Ana va recibiendo noticias fragmentarias de su tía Joaquina, de Fernanda, de sirvientas como Susana o de la cocinera de la casa, Regina, e incluso de la maestra suya de la escuela, Daniela. A estos personajes hay que añadirle el de la “la Señora”, la figura fantasmal que aparece en los sueños de la protagonista. En la segunda parte del libro, Ana accede a leer el cuaderno póstumo de su madre donde se revelan los secretos de la familia. Entre el espectro y el diario secreto de su progenitora, Ana va descubriendo las verdades de sus ascendientes, de las cosas calladas que empiezan a hablar, conforme avanzan las pesquisas, de lo más recóndito de sus vidas.

El título del libro tiene que ver con ese espacio dejado por los seres queridos que se nos van y nos hacen reflexionar sobre ese vacío que requiere desvelar la verdad que se llevaron a sus tumbas. Martín Garzo pone voz a los que dejaron de tenerla, a los muertos, esos personajes que lo demandan. No hay capítulo donde no se plantee una y otra vez lo dicho anteriormente y, para enfatizarlo, el autor de El lenguaje de las fuentes (Lumen, 1993) utiliza esa dualidad propia e intermitente del ser humano: orden y sentimiento, vida y muerte, luz y sombra. En las postrimerías del libro, la madre de la protagonista, infiere en el cuaderno su visión de la vida y confiesa que “la vida nunca es como queremos que sea. Está hecha de fragmentos, de inciertas verdades, de promesas que nunca se cumplen del todo. No hay forma de saber qué quiere. Es como soltar pájaros en la oscuridad. La alimentan las pasiones, las traiciones, las dulces mentiras. Está hecha, a partes iguales, de belleza y desolación” (pág. 360).

Donde no estás es, sin duda, la obra más ambiciosa del escritor castellano, una historia familiar de cerca de cuatrocientas páginas contada por mujeres, a través de las cuales, el lector vislumbra cómo son los hombres que las rodean y conviven en sus calles y casas, un viaje a lo escondido que transita por el verdadero territorio de las preguntas de la vida, donde lo inconfesable es lo más verdadero, aunque, a veces, parezca terrible.

Yo no sé si estos fantasmas familiares se escapan un poco de la idea concebida por el autor pero el resultado final, da igual, aunque no haya resultado totalmente lo que quiso haber escrito, es que Donde no estás es una novela hermosa, de prosa clara y sencilla.

lunes, 2 de marzo de 2015

Crónica de una supervivencia


Cuenta Rosa Montero en su emocionante e inclasificable libro La ridícula idea de no volver a verte (Seix Barral, 2013) que solo en los nacimientos y en las muertes se sale uno del tiempo, como si cuando uno nace o una persona se muere, el presente se quebrara por la mitad y te dejara atisbar por un momento la verdadera grieta de la realidad, tan monumental y repetitiva. Nunca se siente uno tan auténtico –subraya la escritora madrileña– como bordeando estos límites biológicos. En nuestra sociedad la muerte está vista como una anomalía y el duelo, como una patología. Pero lo que sí es cierto y contundente es que cuando muere un familiar cercano y querido, uno no se recupera, queda malherido y solo le queda reinventarse para la salvación, si eso es posible.

A finales de diciembre del 2003, Joan Didion (Sacramento, 1934) visitaba a su hija Quintana en la UCI de un hospital neoyorquino. De regreso a casa, su esposo, el escritor John Gregory Dunne, caía fulminado por un ataque al corazón delante de sus ojos cuando ambos se disponían a cenar. A los diez meses después de aquel fatídico suceso, Didion empezó a escribir El año del pensamiento mágico que ahora, después de diez años de su primera publicación, reedita Random House, un texto que acabó en apenas tres meses de escritura intensa y obsesiva y que le ayudó a paralizar la deriva de caer en la locura. La historia arrastra además el maleficio cruel de la muerte de Quintana, que, tras asistir a la ceremonia funeraria de su padre, en la catedral de Saint Patrick, y regresar a su residencia, fallecía a los pocos meses, víctima de una embolia pulmonar.

El año del pensamiento mágico fue el vehículo utilizado por la escritora americana para reinventarse y salvarse de los estragos de la muerte, de su poder devastador. Joan Didion, una mujer fuerte, a pesar de su aspecto frágil, sobrevivió al derrumbe trágico familiar. Dicen los psiquiatras que el “pensamiento mágico” es esa actitud mental que nos hace sentirnos firmemente convencidos de que tenemos poderes para influir en el curso de los acontecimientos. No cabe duda de que para la escritora y periodista estadounidense la redacción de esta crónica fue algo inevitable. En una entrevista reciente recordaba que, cuando le puso punto final al libro, se dio cuenta de que había sido una experiencia luminosa y emancipadora.

Joan Didion, una de las escritoras americanas más reputadas de finales del siglo XX, narra intensamente el duelo y la crónica de una supervivencia en un texto breve y profundo, lleno de detalles y de una deslumbrante honestidad fuera de toda duda. Cuenta la manera que vivió la muerte de su marido, desde sus instantes hasta el duelo negro y prolongado de tantos días de ausencia. La estructura del libro es un incesante regreso a los acontecimientos ocurridos, como si las cosas pudieran haber discurrido por otros derroteros. Todo se torna obsesivo para la autora, porque soportar el dolor y la pérdida se convierte en una experiencia obsesiva, pero sabe que el tiempo es la escuela en la que verdaderamente aprendemos.

Joan, John y Quintana
El año del pensamiento mágico es una crónica ensayística que se lee como una novela, cuya tensión narrativa proviene de las entrañas de una mujer seriamente herida, pero dotada de una fuerza mental y analítica extraordinaria para escribir con todo detalle su duelo y la pena que le embarga. Poco tiempo necesitó Joan Didion para descubrir hasta dónde es capaz de llegar uno con tanto dolor y hasta qué punto se había transformado la idea previa y secreta de la muerte y sus consecuencias: la soledad, la memoria, el abandono, la desesperanza. Didion lo consigue desde sus propias cenizas y nos entrega su testimonio sereno y desgarrador en un libro de gran hermosura, poderoso y triste, pero lleno a su vez de vitalidad y lucha personal. Es un texto valiente escrito con sencillez y claridad, de forma directa, sin concesiones sentimentales, con garra y que ahonda en temas universales: la muerte, la enfermedad, el dolor y la dignidad de afrontarlas con arrojo.

El presente libro, excelentemente traducido por Javier Calvo, es, en definitiva, una reflexión de Joan Didion sobre ese dolor producido por la desdicha de perder a un ser querido. El vacío, la soledad, la impotencia, el recuerdo, el amor, la búsqueda de un sentido a tanto sufrimiento conforman el cauce por donde transita este libro valiente que se enfrenta al abatimiento del duelo para sobrevivir con dignidad.