viernes, 13 de marzo de 2015

Memoria sumergida


Corría el año 1960 cuando salió a subasta pública la construcción del pantano del Porma, ubicado en las estribaciones de la cornisa cantábrica, en los valles más ricos y bellos de la montaña norte de León. En otoño de 1968 quedaron para siempre sepultadas bajo sus aguas ocho aldeas, con sus valles, ríos, calles y casas. Todas ellas configuraban el término municipal de Vegamián. Sus habitantes, tras el pago de míseras expropiaciones, fueron obligados a emigrar a diferentes lugares, arrastrando un destierro doloroso y cruel. Han pasado muchos años, pero todo sigue estando vivo en la memoria de aquellas pobres gentes, de manera que el recuerdo de sus aldeas solo se extinguirá cuando ellos dejen de existir.

La nueva novela de Julio Llamazares (Vegamián, León, 1955), Distintas formas de mirar el agua (Alfaguara, 2015), regresa al lugar de estos hechos. Se trata de un relato coral no exento de nostalgia y melancolía sobre la historia de una vasta familia cuyos personajes proceden de Ferreras, una de las aldeas sepultadas, que fueron los últimos habitantes en salir de la zona anegada a causa de la construcción de la presa. Todos sus miembros se reúnen a orillas del pantano que inundó su aldea para esparcir las cenizas del abuelo, siguiendo la voluntad del difunto. Dice el escritor leonés que ésta es su obra más personal, que se la debía a sí mismo, una historia que lleva sobre sus espaldas demasiado tiempo, que se remonta a una época imborrable de su memoria en la que varios pueblos leoneses, entre ellos el suyo, Vegamían, quedaron sumergidos para siempre por la acción directa del hombre, sin consideración alguna hacia las familias afectadas que tuvieron que abandonar aquel valle para vivir penosamente lejos, en la llanura palentina, realojadas en un secarral donde antes se extendía una laguna.

Llamazares ha querido juntar tres generaciones para poner diferentes voces a su narración: los dos abuelos, sus hijos e hijas, acompañados de sus respectivas parejas, y los nietos, dieciséis miembros, cada uno de ellos perteneciente a distintos gremios y profesión. Todos ellos hablan del lugar y rememoran la figura del abuelo sin cambiar el tono ni el estilo. Ese mismo hilo narrativo consigue con plenitud la resonancia sombría que transita por todo el texto. Lo que le importa al autor es, precisamente, esa manera matizada de mirar con que cada personaje aborda el pasado (de ahí el título del libro), de cómo expresar el recuerdo de sus vivencias y sentimientos, según la edad que tenían cuando fueron obligados a salir de su tierra y de las consecuencias personales tan desiguales que se derivaron de esta situación dramática para cada uno de ellos. Entre las confesiones y perspectivas de unos y de otros, el relato sigue su curso a orillas del embalse, el único escenario donde se desarrolla la trama. Allí mismo todos evocarán la figura del abuelo, epicentro sobre el que gira la novela, y la tierra de entonces, sepultada bajo la laguna artificial. La novela concluye con dos epílogos que tienen su contrapunto: un automovilista que pasa por el lugar en aquel momento y no conoce nada de lo que allí sucede, anecdóticamente solo aprecia como rareza el que un grupo de turistas se pararan a contemplar el pantano, y, para situarnos literariamente, la cita extraída de Volverás a Región, del escritor e ingeniero Juan Benet, autor material de las conflictivas obras del pantano.

Distintas formas de mirar el agua es una novela hermosa e implacable sobre el desarraigo y el destierro, un relato intenso con resonancias a tragedia griega. Llamazares regresa a su lugar de origen para revivir un hecho histórico que cambió el destino de muchas pobres familias y se vale para ello de esta novela breve y sobria que urde en el pasado y el olvido de sus víctimas.

Una vez más, da la impresión de que la ingeniería cambia el paisaje antes que la literatura, pero al leer este libro tan emotivo y tan empapado de melancolía, el lector tiene la certeza de que la mano del hombre puede modificar un escenario, sin embargo, los lazos vitales, movidos por la literatura desde la memoria colectiva, tienen más alcance que la ciencia y perduran durante más tiempo en la conciencia de los pueblos, aunque sea una pesadilla como ésta.