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martes, 15 de octubre de 2024

Fomento de la lectura


En cada libro hay algo que, igual que en la vida, oscila y predispone a entendérselas con el mundo. Aunque suene extravagante, la gente, en general, se comporta siempre como si todos los libros fueran de la misma especie, sin percatarse de que los libros, cada uno a su manera, contrastan entre sí: unos tienen su pelaje y otros muestran su desnudez. ¿Qué hace quien lee, en verdad? Pues cabría responder que quien lee descifra, ordena, relaciona, imagina, recuerda, descubre, aprende, duda, piensa, compara, interpreta y también crea. Se lee para soltar amarras, leer el mundo y reconocernos en él, para ensancharnos y sentirnos más reales. Dice el escritor Gabriel Zaid que lo que uno lee nunca es lo que lee otro: «Aunque se comparta por completo una lectura, el centro de tu lectura está en ti, como el de la mía está en mí».

A todo esto, llama mucho la atención que, como ya intuyó el filósofo y escritor francés Guy Debord, en nuestro tiempo, parece que todo nos empuja a ser más espectadores que lectores. Bien es cierto que la lectura, por otro lado, es más exigente, requiere control del cuerpo, coordinación, silencio que facilite el diálogo con otro y soledad con uno mismo. Precisamente, en ese compromiso de recogimiento necesario, nos viene a decir el poeta y novelista Vicente Luis Mora (Córdoba, 1970) en su reciente ensayo Construir lectores (Vaso Roto, 29024), es donde aprendemos a convertirnos en lectores. Porque, aunque no obtengamos absolutamente nada de la lectura, aparte del placer de leer, apunta el escritor, no es menos cierto que hasta el más sabio es incapaz de decir en qué consiste tal placer. Pero ese placer, aunque pueda parecer misterioso, que lo es, desconocido e inútil, como apuntaba Virginia Woolf, es suficientemente fecundo.

A lo largo de este animoso y bien documentado ensayo, encontramos motivos y pensamientos abundantes que ensartan muchos de los fundamentos de la función de leer y de su contagio. Dice V. L. Mora que “un libro es un contagio de escritor a lector”. Y dice también que la lectura no es solo distracción, sino que, además, hay en su esencia una gramática dispuesta a ser desentrañada por el lector y por eso mismo no es posible leer todos los libros que se editan, ni hace falta, “porque los buenos libros no son tantos, y los mejores aún menos”. Le importa destacar algo que conforma el espíritu que promueve su tentativa literaria que no es otro que el fomento de la lectura: “Este es un libro positivo, constructor, esperanzado... Porque creo que incluso a través de textos breves puede levantarse una estructura compleja sobre la lectura, la educación y la tradición literaria”. Para él, cada etapa de la vida posee sus particularidades y, por consiguiente, su forma de asumir la lectura, porque cada lector es un mundo y sus lecturas son dispares según su edad, su entorno y circunstancias. La lectura, viene a concluir, requiere, para ser provechosa, de unas condiciones que le sean propicias, incluso hasta aspirar a la relectura, que es como extraer el néctar de la savia de una planta.

Esa es la idea principal que recorre Construir lectores, alentar a la lectura como un acto de amor a la vida y a uno mismo, mediante un texto aparentemente pequeño, pero casi infinito en su capacidad de mostrar el caudal de experiencias literarias que alcanza la condición de ser un buen lector, de entender la lectura con un disfrute extraordinario: “desde que abres un libro y empiezas a recorrer palabras, no sabes qué va a pasar, pero un mundo entero comienza a construirse ante tus ojos y dentro de tu cerebro”. Nos deja sentir lo mucho que los libros tienen en común y el maridaje inesperado que producen entre ellos: “Es un acontecimiento prodigioso –subraya–, del que no puedes despegar la vista: cada palabra, cada frase, abren un nuevo canal navegable en tu mente”. No se detiene en su aserto V. L. Mora, y pone énfasis en resaltar que: “leer es la piedra angular para la construcción del edificio propio”.

Visto del lado del lector, podemos considerar que el libro es una encomienda gratificante sobre la lectura como acto creativo de interpretación y reinterpretación del mensaje del autor del libro y la sorprendente variedad de matices que aporta su discurrir, buen talante y disposición, como queda dicho en estos dos chispeantes aforismos suyos: “La lectura no nos hace mejores personas, pero tampoco peores”; “Leer no nos hace ni buenos, ni malos. Pero nos hace más grandes”. Este es un libro estimulante, de lectura jugosa, un ensayo convertido en un viaje también a otras obras literarias que abogan por ensanchar la importancia de la lectura por todo lo que supone de efervescencia y reflejo de la vida, una consecuencia que deja ver, en un brillante e inteligente texto, lo importante que es rescatar lectores, al fin y al cabo, todos somos pura narración, somos palabras en busca de algo que dé sentido e impulso a nuestra existencia.


Construir lectores es un libro de fina agudeza y encomio de la lectura, que sacude e invita al subrayado, un texto bien dimensionado y repleto de muchas confluencias literarias y acercamiento a otros libros al alcance de la lectura, lo que absorbe e hipnotiza para quien la practica. Un libro jugoso y a tener en cuenta, editado con mucho gusto, y con una bibliografía nada desdeñable, un ensayo ameno y bien estructurado, que resalta la importancia de leer para descorrer el mundo y sentirlo más vivo y reconocible, que apela a la lectura como forma de construir ciudadanos, de mudarse a una casa más nuestra y de una fidelidad compartida.


martes, 7 de noviembre de 2023

¿Por qué leer?


Para responder a esta pregunta podríamos hacerlo discrecionalmente, según el tipo de lector que seamos. La lectura, en sí misma, es una reafirmación de los motivos que impulsan la curiosidad del lector para llevarla a cabo. Nadie duda de que quien lee se siente acompañado. La lectura, paradójicamente, nos sumerge en nuestra subjetividad y nos da la posibilidad de descubrir nuestras emociones, afectos y aflicciones. En ese mismo trayecto acaba revelándose como algo que apenas nos redime de las incontables decepciones y reveses de la propia realidad. La lectura se convierte en un resquicio para sumar compañías y restar soledades, para entender un poco mejor el mundo o pensarlo de otro modo. Leer, como bien dice el poeta
Javier Sánchez Menéndez, provoca afectos y, también, efectos.

Ricardo Moreno Castillo (Madrid, 1950), autor siempre dispuesto a abordar los asuntos importantes de la condición humana, como así dejó escrito en sus anteriores libros Breve tratado sobre la estupidez humana (2018), Los griegos y nosotros (2019), Breve tratado sobre la felicidad (2021) o Qué hay de nuevo, Chesterton (2022), vuelve ahora con otro ensayo narrativo, comprometido y subyugante, para examinar las razones del por qué leer es bueno y para mostrarnos la multiplicidad del universo lector. La vida con libros (Fórcola, 2023) es, como indica la cubierta del mismo, una invitación a la lectura, sostenida, en esta respuesta elocuente de su autor: “Fundamentalmente, porque leer es muy entretenido. Y es además un entretenimiento silencioso y solitario, que no perturba a quienes están más cerca”. Y por eso mismo cobra pleno sentido su consideración de que “el buen lector pide paz y la siembra”.

Las metáforas y evocaciones que transitan por el libro son hermosas y provocadoras, dando a valer que en la lectura no hay leyes preestablecidas, sino que son los lectores quienes han de desarrollar sus propios métodos: “Ciertamente, un buen lector no aspira a mayor galardón que el poder seguir leyendo sin interrupciones”; “Para cualquier lector empedernido, un libro es un ser vivo”. Infiere Moreno Castillo en que “el libro es el arma para luchar contra la soledad, la rutina y lo prosaico”. Viene a decirnos también que la buena literatura brota de las buenas y constantes lecturas precedidas: “Todos los grandes libros cuentan la misma historia, la historia de cualquiera de nosotros, por eso nos reconocemos en ellos.” No persigue que su libro se convierta en académico, no. Lo único que le importa es que trate de despertar el amor a los libros.

Esa es la idea principal que recorre La vida con libros, alentar a la lectura como un acto de amor a la vida y a uno mismo, mediante un texto aparentemente pequeño, pero casi infinito en su capacidad de mostrar el caudal de experiencias literarias que alcanza la condición de ser un buen lector, aquel que “no lee para huir de la vida tranquila, sino que ama la vida tranquila que le permite dedicarse a la lectura”. Alguien dijo que leer es el vicio sin castigo por excelencia. Y alguien, como Moreno Castillo, apela a esta otra verdad añadida de que “ningún lector impenitente puede imaginar una eternidad feliz sin libros”. Nos deja sentir lo mucho que los libros tienen en común y el maridaje inesperado que producen, especialmente los clásicos: “Releemos a los clásicos porque cada relectura ilumina la anterior, y nunca terminan de decir lo que quieren decir”.

Necesitamos reflexionar sobre la relación que los lectores mantenemos con el objeto de nuestra devoción, los libros, para vislumbrar de qué manera y por qué razones convendría extender nuestro fervor, incluso para comprender las razones de quienes no leen. Como dice el poeta León Molina: “No pasa nada por no leer. Pero si lees pasa de todo”. De todo, y es frecuente, por otra parte, que no haya un factor determinante para establecer si la lectura de un libro nos va a encandilar o no, sino la suma de varios factores. Lo bueno es encontrar el eslabón para caer en la cuenta y gozar de su compañía, porque como señala Moreno Castillo: “La lectura no evade de la vida cotidiana, sino que le da un relieve que sin la imaginación sería plana”.


Una vez más, leer sobre leer nos conmina a entender la lectura como acto de posesión, de hacer nuestra las circunstancias que promueven el texto. Lo que leemos en La vida con libros contagia, gracias a su estilo directo y persuasivo, un libro que nos convoca al acto de leer, señalando que los buenos libros rebosan sus confines dispuestos a enunciar que la parcela que el buen lector prefiere labrar está entre lo leído y uno mismo. A ese fin nos conduce, como también a leer por intuición, saltando de un género a otro, buscando diversión, originalidad y vuelo a nuestra propia sagacidad imaginativa. Moreno Castillo no se corta en resaltar la importancia de leer, leer para tener la cabeza ocupada y siempre lista, leer para descorrer el mundo y sentirlo más vivo y reconocible, leer para mudarse a una casa más nuestra.



miércoles, 23 de agosto de 2023

Cuando el cuerpo y la lectura se funden


Los libros se leen individualmente. Aunque haya un lector o haya un millón, siempre hay un libro y un lector, como dice Paul Auster. Es una relación vis a vis en la que el autor y el lector colaboran juntos, mientras que este último lo consienta. Y así ha de ser, porque en ese punto de encuentro en el que dos extraños pueden conocerse y reunirse en términos de igualdad, lo que lo hace posible es el interés de quien lo propicia, que no es otro que la voluntad del lector. Por eso, abrir un libro tiene mucho que ver con adentrarse en un mundo simbólico dispuesto a ser reinterpretado. En toda esta liturgia, no importa tanto lo que se encuentre en sus páginas, sino lo que estas signifiquen para quien las lee.

A todo esto, viene a decirnos la escritora Luna Miguel (Alcalá de Henares, 1990), en su ensayo Leer mata (La Caja Books, 2022), que leer no consiste solamente en una actividad de mera interpretación sino, sobre todo y fundamentalmente, de cambio y transformación. Y en este sentido, subraya que “leer es entregarse a los designios del otro”. Acude también a resaltar lo que Roberto Calasso señala al respecto: «Toda lectura deja una marca». Una marca que vislumbra el sentir de lo leído. Esta idea se proyecta a lo largo de todo el libro. Lo mismo que esta otra que la autora mantiene, la de que nada en la vida parece que pueda leerse de una sola manera, igual que las interpretaciones de un mismo hecho parecen ser múltiples, tantas como puntos de vista sobre cualquier hecho.

En Leer mata, Luna Miguel se ramifica en diferentes tipos de lectoras. Toman protagonismo aquí con los nombres que las definen: Bulímica, Enfermiza, Sumisa, Somática y Amorosa. Cada una de ellas encarna una identidad que encaja en esa idea universal que sostiene que “la historia de la literatura es la historia de la lectura”. Cada una de estas lectoras ponen voz a su manera de leer y conectar emocionalmente con las historias. Todas, a su forma, conectan con la historia de alguien, con el deseo de conocerlo todo y, de paso, dar sentido al mundo y a las propias experiencias. En ese discurrir de voces, hay un propósito afilado de resaltar que leer es darse cuenta de que no estamos solos, de que los libros son un mundo de experiencias autosuficiente.

En toda esta exposición de voces lectoras, Luna Miguel trata de reconocer que la lectura nos permite percibir con equidistancia el juego de las representaciones en el escenario de la vida, haciendo valer, como sostiene Savater, que «algunos habitamos la tierra como lectores y que todo el resto de lo que hacemos es una consecuencia de haber leído o un pretexto para seguir leyendo», como si el menester de vivir se supeditara a la ocasión de leer. Tal vez aquí se constate de que el que valga para leer, leerá, y lo seguirá haciendo, por nada y por todo, sin objetivo concreto y con placer, como respirar, como quien se complace con un trago de whisky o se recrea en una puesta de sol.

Estas páginas dejan ver citas curiosas que hablan de libros y de autores, como bien dice la propia autora: “odiados, amados, ojeados, releídos, abandonados, plagiados, subrayados, heredados y consultados”, que hablan de lecturas y de sus ritos, de lo que hay de conjuro y brujería en el acto de leer, y hasta entre coito y coito. Insiste en que los libros son y han de ser muchos más, porque el acto de leer, como el acto sexual, puede llevarse siempre a cabo, en busca de muy diversas recompensas personales, como el deseo espontáneo de “quedarse del lado del que respira con el fin de conspirar lecturas en común”.


Por aquí transita todo un sesgo narrativo en el que el cuerpo y la lectura se funden y se desdoblan en un vuelo que nos hace cómplices de sentirnos lectores sucesivos y entregarnos a los designios de que leer sobre leer tiene su misterio y plegaria: “La lectura sobre la lectura no tiene un final. Se trata de una escritura sobre algo tangible, sobre un acto sencillísimo: poner los ojos sobre el papel e ir pasando páginas; pero al mismo tiempo esa sencillez esconde una sucesión de pensamientos, de mundos y de laberintos que llevan a apropiarse de otras vidas”.

Hay libros que se leen de una sentada, sin importar su género. Este ensayo literario de Luna Miguel lo consigue con mucho desparpajo, mediante un texto apasionado y audaz que engancha sobremanera, un librito jugoso que encandila y que anima a que sigamos leyendo: “Será porque leer nos mata que al cerrar un libro renacemos”.


miércoles, 13 de noviembre de 2019

La rara virtud de leer


Leer es, por encima de todo, un placer, dice Rosa Regás. Algo que compartimos mayoritariamente. Su inutilidad se echa a un lado para dar paso al objeto de la lectura: poner nuestra experiencia y nuestra memoria al servicio de una invención, de un pensamiento, de una historia que hacemos nuestros, como nuestros son los rostros de los personajes, los paisajes, la atmósfera, las situaciones y los conflictos que el autor nos presenta a examen. El libro es quizás la más digna habitación de la palabra. Y es esta la que da sentido al texto, la que hace posible su lectura, su interpretación y, lo más importante, el cauce que provoca el verdadero interés en el lector. Ahora bien, “el poder de los lectores –escribe Alberto Manguel–, radica, no en su habilidad para reunir información ni en su capacidad para ordenar y catalogar, sino en sus dotes para interpretar, asociar y transformar sus lecturas”.

El nuevo libro de Carlos Skliar (Buenos Aires, 1960), La inútil lectura (Mármara, 2019) aborda como nadie el empeño y convicción moral de otorgar a la lectura ese rasgo de ser uno de los actos que confieren valor a nuestra existencia, y que nace de un primer ejercicio de atención y recogimiento. Sobre el placer de leer y sobre las dotes para interpretar que tiene en sus manos el lector, Skliar escribe este apasionante y emotivo ensayo que va más allá de un autodescubrimiento, como refleja esta reflexión suya al inicio del libro: “No es que gozo de la lectura, no es ésa exactamente la palabra que mejor describa aquello que me ocurre; sería más preciso decir que gozo del tiempo en que me dispongo a leer y leo, es decir, el placer no está en descifrar, interpretar –que son rasgos del esfuerzo incluso del padecimiento de una tarea– sino en abandonarme, despreocuparme, sustraerme, ausentarme”.

¿Por qué leer?, se preguntaba el recién desaparecido Harold Bloom y se contestaba: «Para mí, la lectura es una praxis personal, más que una empresa educativa..., no hay una ética de la lectura». Carlos Skliar se considera un lector corriente, común, un lector cotidiano y habitual, y añade a nuestra pregunta, o mejor dicho, a la que se hace el crítico neoyorquino lo siguiente: “No creo en la lectura como un medio hacia otra cosa, sino como el mayor medio en sí, por sí mismo; leer, pues, como un entremedio sin finalidades a la vista […] Como lector corriente o común me sorprendo a mí mismo cargando libros para leerlos delante de toda abertura mínima de tiempo”.

Por todo el libro hay un despliegue de afectos literarios, de autores escogidos para poner relieve a todo lo que suma y multiplica proveniente de la lectura. Leer para Skliar es más una disposición que un resultado. Aquí se cita a Tsvietáieva que se pregunta si hay alguien que haya entrado dos veces en el mismo libro. Por aquí se asoma Barthes para decirnos que leer es hacer trabajar a nuestro cuerpo siguiendo la llamada del texto. Nietzsche, también es citado, para celebrar que existan lectores que «tengan carácter de vacas, que sean capaces de rumiar, de estar tranquilos»; y Pessoa para insinuarse como lector: «Leo y me abandono, no a la lectura, sino a mí mismo»; y autores más de nuestro tiempo, como Andrés Neuman que pone su atención lectora en lo efímero del tiempo: «Leer como si, dentro de un minuto, nos fueran a apagar la luz»; o Ricardo Menéndez Salmón que hace una hermosa analogía entre el amor y la lectura: «Solo quien ha estado enamorado sabe que el amor regala y quita; solo quien ha leído sabe si la vida merece la pena de ser vivida sin la conciencia de aquellos hombres y mujeres que nos han escrito mil veces antes de que naciéramos”.

Todo libro rompe un cerco, pero a su vez nace de él, de una voz que ha sido capaz de volverse un cerco de voces, un murmullo entre tanto que decir. “La lectura no nos dará sobreabundancia –nos advierte Skliar–, sino más bien vinculación: apego al mundo y a sus recorridos, afección por lo que se ha dicho y se ha hecho, memoria en estado de vigilia”. Tenemos necesidad de lo inútil como tenemos necesidad, para vivir, de las funciones vitales esenciales, escribe Nuccio Ordine. La inútil lectura gira en torno a esa idea de vínculos y futilidad, pero en la vertiente más próxima a esa rebeldía que supone leer, para seguir haciéndolo, “porque ciertos libros conducen a otros libros y esta es una verdad de Perogrullo”, que muchos, convencidos, nos empeñamos en propagar.

La inútil lectura es una pesquisa luminosa sobre el hecho de leer, un libro extraordinariamente persuasivo que viene a decirnos de muchas maneras que leer es siempre un traslado, un viaje, un irse para encontrarse, y aun siendo un acto sedentario, nos vuelve a nuestra condición de nómadas. Y en ese sentido, nos dice que: “abrir un libro es un gesto que continúa el mundo, que lo transmite, que lo hace perdurar”.

Carlos Skliar firma un libro fecundo, un volumen escrito con delectación para discernir el verbo leer en doscientas cincuenta páginas, que parecen menos, gracias a su amenidad y a la eficacia de su prosa ágil y sencilla. Este es un libro en el que el lector se hace sentir próximo al autor, al menos así ha sido mi experiencia, e, incluso, hasta compartir con él ese sentimiento común resumido en que el centro de la vida literaria está en leer. Por ello, hablar de la experiencia de leer, de lo que dice este libro y cómo lo dice, nos acerca a entender mejor que leer es un disfrute, un ejercicio de riesgo también, de exclusividad y de fidelidad compartida.


domingo, 26 de noviembre de 2017

Elogio de la lectura

Los que no leen, dice Ramón Eder, ignoran lo que se pierden. El lector que descubre un buen libro acaba contagiándose del germen propicio para seguir en la senda de buscar otros. Todo lo que se necesita para leer es más el deseo que el tener tiempo. Sin esa dosis de interés, de curiosidad y de entusiasmo, que nadie se piense que el tesoro oculto de un libro aparecerá delante de sus ojos por arte de birlibirloque. Hay que ponerse en ruta leyendo de forma atrevida, dejándose seducir por lo que los propios libros hablan de los otros libros, probando, dejándose llevar sin prejuicios, incluso como si se tratara de un botiquín de primeros auxilios. Leer, en palabras de Juan Villoro, es como el paracaidismo: en situaciones normales solo unos espíritus arriesgados lo practican, pero en una emergencia le salvan la vida a cualquiera.

Para Antonio Basanta (Madrid, 1953), doctor en Literatura Hispánica por la Universidad Complutense de Madrid, articulista, conferenciante y autor de muchos libros dirigidos a fomentar la afición a la lectura, “leer es siempre un traslado, un viaje, un irse para encontrarse.” Para un entusiasta propagador de la lectura, como él, que ha dedicado gran parte de su vida a esa encomiable vocación pedagógica, su nuevo libro, Leer contra la nada (Siruela, 2017) es otra oportunidad para que siga manifestando que los libros son una fiesta y un laboratorio de la experiencia. Leer, subraya, es interpretar, tejer, surcar, elegir y, especialmente, una forma de emancipación. Todos los que somos partícipes de esta aventura, y muchos que llevan décadas sin bajarse de su locomotora, celebramos este diagnóstico. Es verdad que nunca se termina de aprender a leer. Aceptar esta afirmación que Basanta resalta no es más que asumir que en esa verdad se encuentra el atractivo de leer ininterrumpidamente. Su libro, además, es una declaración en toda regla de gratitud entusiasta a los libros que ha leído y a lo que ha significado en su vida el ejercicio de la lectura.

Por estas páginas reflexivas, llenas de guiños literarios y también de frases felices, a modo de aforismos, Basanta despliega buena parte de su experiencia lectora, mostrando un amplio abanico de fragmentos de libros y citas de autores para propagar lo que se dice acerca del verbo leer y avivar su radiación. Somos memoria y lenguaje, nos viene a decir. El libro es, sobre todo, el recipiente donde reposa el tiempo. Por aquí asoman pensamientos de escritores que resaltan el valor y la importancia del discurrir de los libros a través de su inmersión lectora. Kafka, por ejemplo, dice que “leer es siempre una expedición a la verdad”; Proust, por otro lado, acude al recuerdo de su niñez y señala que “quizá no hay días de nuestra infancia que hayamos vivido con tanta plenitud como aquellos que creíamos dejar sin vivir, aquellos que pasamos con un libro preferido”; C. S. Lewis, autor de La experiencia de leer (Alba, 2001), responde a la pregunta de uno de sus alumnos sobre por qué leemos, afirmando que lo hacemos “para saber que no estamos solos”.

Son muchos los pasajes señalados en este libro que hablan de esa experiencia tan excepcional, múltiple y seductora que significa leer. Y es que, como señala Paul Auster en su novela Brooklyn Follies (Anagrama, 2006), “cuando una persona es lo bastante afortunada como para vivir dentro de una historia, y más si es una historia literaria, no hay pena de este mundo que no desaparezca.” Somos consumidores insaciables de emociones, y la literatura es esa gran alacena que nos aguarda siempre para tomar lo que necesitemos o se nos antoje.

La idea que recorre este emotivo e insinuante libro no es ofrecer un texto de autoayuda, ni nada que se le parezca, sino airear una auténtica confesión de gratitud hacia los libros leídos, un elogio de la lectura como vehículo y canal próximos para aplacar esa incesante sed de consuelo y compañía que tanto demandamos. “Quien lee –subraya Basanta– no está haciendo algo; se está haciendo alguien.”

Leer contra la nada es un libro que resalta la lectura como función vital, más allá de su función meramente cultural, un hermoso ensayo que tiene un destinatario múltiple: vale para quien lee moderadamente, o para quien lo hace de higos a brevas, pero también para quien lee mucho. El lector ideal de este libro es, por tanto, aquel que siente curiosidad por conocer en otra piel el goce, las reacciones y los efectos colaterales que el verbo leer produce en uno mismo y compararlo con la experiencia ajena, un diálogo interior compartido y conjugado en modo gerundio: leyendo.

Nunca se lee lo bastante. Vale la pena hacerlo, como dejó bien dicho el escritor argentino Bioy Casares: “porque los libros ocultan países maravillosos que ignoramos, contienen experiencias que no hemos vivido jamás. Uno es indudablemente más rico después de una buena lectura”, y eso, añado, es una recompensa impagable.


lunes, 2 de diciembre de 2013

Leer permanentemente


No hay tarea más necesaria para poder ser escritor que leer. Esa actitud tiene que ser una constante, según Stevenson, pero, para el escocés, es fundamental que el lector sea inteligente, que sepa elegir los libros que le interesen porque nadie es capaz de leer todo, de modo que, solo en algunos de ellos, hallará lo que calme su apetito. En Escribir, un título contundente, editado por Páginas de Espuma, se recopilan los ensayos literarios de Robert Louis Stevenson (Edimburgo, 1850 – Samoa, 1894), que, a decir verdad, son unos artículos, tan jugosos como imprescindibles, sobre el oficio de escritor, elaborados con toda el alma por uno de los grandes de la literatura universal. Si tuviera que resaltar lo más destacable de este libro diría que Stevenson logra con estos ensayos, no solo el análisis cuidado e intenso en su discurso, sino que despliega toda su perspicacia como lector: Siempre llevaba en el bolsillo dos libros: uno para leerlo; el otro, para escribir en él, (pág. 101).

Escribir está dividido en tres partes en las que los textos sobre los libros de cabecera del autor británico dan paso a los retratos de sus escritores favoritos, que se mezclan con alertas y consejos de lo que significa ese extraño artefacto que es la literatura, así como recuerdos sobre su propia producción artística. En la parte primera, La escritura, Stevenson habla de los aspectos técnicos del estilo del escritor, sin olvidarse de la moralidad que supone el ejercicio de las letras, para finalizar con el apartado referido a cómo aprendió a escribir de manera autodidacta. La parte central lleva por título Los libros; aquí transita por los libros esenciales de su formación como escritor: los Ensayos de Montaigne, el Evangelio según San Mateo, Hojas de Hierba de Whitman, La Vida de Goethe de Lewes, la poesía de Wordsworth o las Meditaciones de Marco Aurelio. Luego, en la misma sección, Stevenson explica cómo se gestó su primer libro: La isla del Tesoro. Después, en los siguientes capítulos habla con énfasis de Dumas, Allan Poe y Julio Verne. La última parte del libro nos conduce a su universo literario: Los escritores. Entre estas páginas las novelas de Victor Hugo son esbrozadas con sutileza y admiración; la semblanza que hace del poeta nacional de Escocia, Robert Burns, está llena de empatía y generosidad. A lo largo de las reflexiones expuestas, Stevenson sigue promoviendo la lectura como aprendizaje y para reforzar su empeño cita a otros autores fundamentales como Shakespeare, Scott, Molière, al igual que a Thoreau, que lo hace con encendida devoción.

Stevenson no se empacha en reiterar la importancia de leer, leer para tener la cabeza ocupada y siempre lista. No importa copiar y copiar a los grandes maestros como ejercicio básico para adquirir el propio estilo. Para el escocés el estilo es la marca indeleble de todo maestro y la verdad, incluso en literatura, debe revestirse de carne y hueso, o no conseguirá contar su historia al lector. Escribir es un libro muy literario, para leer y acudir a consultar si queremos saber las entrañas y los secretos de la escritura de algunos de los escritores admirados por Stevenson. Estamos ante un libro de largo alcance y consistente, que pertenece a la categoría de los clásicos y en esa línea, Páginas de Espuma paga su tributo con una publicación meritoria y arriesgada. Una edición extraordinaria y valiosa, gracias a la calidad de los textos y a la excelente traducción de Amelia Pérez de Villar.



Escribir es un ensayo imaginativo, con una prosa expositiva seductora y complaciente para el lector. Un obsequio impagable para quienes quieran asomarse al balcón maravilloso de la creación literaria e, incluso, sentir el vértigo de la excelencia de la escritura, bajo la tutela de Robert Louis Stevenson, un escritor colosal, capaz de transmitir a los demás esa conciencia profunda de la escritura y su idea personal de la tarea del escritor.