domingo, 26 de noviembre de 2017

Elogio de la lectura

Los que no leen, dice Ramón Eder, ignoran lo que se pierden. El lector que descubre un buen libro acaba contagiándose del germen propicio para seguir en la senda de buscar otros. Todo lo que se necesita para leer es más el deseo que el tener tiempo. Sin esa dosis de interés, de curiosidad y de entusiasmo, que nadie se piense que el tesoro oculto de un libro aparecerá delante de sus ojos por arte de birlibirloque. Hay que ponerse en ruta leyendo de forma atrevida, dejándose seducir por lo que los propios libros hablan de los otros libros, probando, dejándose llevar sin prejuicios, incluso como si se tratara de un botiquín de primeros auxilios. Leer, en palabras de Juan Villoro, es como el paracaidismo: en situaciones normales solo unos espíritus arriesgados lo practican, pero en una emergencia le salvan la vida a cualquiera.

Para Antonio Basanta (Madrid, 1953), doctor en Literatura Hispánica por la Universidad Complutense de Madrid, articulista, conferenciante y autor de muchos libros dirigidos a fomentar la afición a la lectura, “leer es siempre un traslado, un viaje, un irse para encontrarse.” Para un entusiasta propagador de la lectura, como él, que ha dedicado gran parte de su vida a esa encomiable vocación pedagógica, su nuevo libro, Leer contra la nada (Siruela, 2017) es otra oportunidad para que siga manifestando que los libros son una fiesta y un laboratorio de la experiencia. Leer, subraya, es interpretar, tejer, surcar, elegir y, especialmente, una forma de emancipación. Todos los que somos partícipes de esta aventura, y muchos que llevan décadas sin bajarse de su locomotora, celebramos este diagnóstico. Es verdad que nunca se termina de aprender a leer. Aceptar esta afirmación que Basanta resalta no es más que asumir que en esa verdad se encuentra el atractivo de leer ininterrumpidamente. Su libro, además, es una declaración en toda regla de gratitud entusiasta a los libros que ha leído y a lo que ha significado en su vida el ejercicio de la lectura.

Por estas páginas reflexivas, llenas de guiños literarios y también de frases felices, a modo de aforismos, Basanta despliega buena parte de su experiencia lectora, mostrando un amplio abanico de fragmentos de libros y citas de autores para propagar lo que se dice acerca del verbo leer y avivar su radiación. Somos memoria y lenguaje, nos viene a decir. El libro es, sobre todo, el recipiente donde reposa el tiempo. Por aquí asoman pensamientos de escritores que resaltan el valor y la importancia del discurrir de los libros a través de su inmersión lectora. Kafka, por ejemplo, dice que “leer es siempre una expedición a la verdad”; Proust, por otro lado, acude al recuerdo de su niñez y señala que “quizá no hay días de nuestra infancia que hayamos vivido con tanta plenitud como aquellos que creíamos dejar sin vivir, aquellos que pasamos con un libro preferido”; C. S. Lewis, autor de La experiencia de leer (Alba, 2001), responde a la pregunta de uno de sus alumnos sobre por qué leemos, afirmando que lo hacemos “para saber que no estamos solos”.

Son muchos los pasajes señalados en este libro que hablan de esa experiencia tan excepcional, múltiple y seductora que significa leer. Y es que, como señala Paul Auster en su novela Brooklyn Follies (Anagrama, 2006), “cuando una persona es lo bastante afortunada como para vivir dentro de una historia, y más si es una historia literaria, no hay pena de este mundo que no desaparezca.” Somos consumidores insaciables de emociones, y la literatura es esa gran alacena que nos aguarda siempre para tomar lo que necesitemos o se nos antoje.

La idea que recorre este emotivo e insinuante libro no es ofrecer un texto de autoayuda, ni nada que se le parezca, sino airear una auténtica confesión de gratitud hacia los libros leídos, un elogio de la lectura como vehículo y canal próximos para aplacar esa incesante sed de consuelo y compañía que tanto demandamos. “Quien lee –subraya Basanta– no está haciendo algo; se está haciendo alguien.”

Leer contra la nada es un libro que resalta la lectura como función vital, más allá de su función meramente cultural, un hermoso ensayo que tiene un destinatario múltiple: vale para quien lee moderadamente, o para quien lo hace de higos a brevas, pero también para quien lee mucho. El lector ideal de este libro es, por tanto, aquel que siente curiosidad por conocer en otra piel el goce, las reacciones y los efectos colaterales que el verbo leer produce en uno mismo y compararlo con la experiencia ajena, un diálogo interior compartido y conjugado en modo gerundio: leyendo.

Nunca se lee lo bastante. Vale la pena hacerlo, como dejó bien dicho el escritor argentino Bioy Casares: “porque los libros ocultan países maravillosos que ignoramos, contienen experiencias que no hemos vivido jamás. Uno es indudablemente más rico después de una buena lectura”, y eso, añado, es una recompensa impagable.