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jueves, 5 de marzo de 2020

Desde el corazón de Itzea

La figura de Pío Baroja acaparó el gran peso de la popularidad de los miembros de su familia. Pero en el seno de ella, el autor de Las inquietudes de Shanti Andía no fue el único que se dedicó a la creación literaria. Sus hermanos Ricardo y Carmen, y también sus sobrinos Julio y Pío escribieron y publicaron sus memorias. Si hay algo a destacar en esta familia es que todos han compartido un sesgo genuino que se repite en su genealogía familiar, su carácter melancólico y nostálgico, al que, igualmente, se añade una necesidad vital de rememorar cualquier tiempo pasado y de poner en negro sobre blanco sus vivencias y recuerdos, como muy bien señala Francisco Fuster en su estupendo libro Aire de familia (2018).

A esta tendencia familiar se une ahora Pío Caro-Baroja (Madrid, 1969), hijo del cineasta, documentalista y escritor Pío, sobrino del antropólogo e historiador Julio Caro Baroja, y, por ende, sobrino nieto de Pío Baroja, con El cuaderno de la ausencia (Cátedra, 2020), un libro emotivo y fragmentario, poblado de recuerdos y manifestaciones de amor filial. Como dice en su contraportada, el autor reflexiona a cerca de la muerte de su padre y, de paso, se adentra en la memoria de su linaje. Nos llevará, pues, a Itzea, la casa fortín que mejor simboliza el espíritu barojiano en Vera de Bidasoa, así como viajaremos al barrio de los Jerónimos, a la otra casa familiar de la calle Ruiz de Alarcón de Madrid, y, también, al sur de España, al cortijo de El Carambuco en Churriana (Málaga), a su vez, compartiendo recuerdos italianos, de la Pampa argentina y de México.

Todo este marco conforma el mapamundi del cuaderno con el que Pío Caro-Baroja pone rumbo a un viaje al pasado lejano y al más reciente de una época revivida por su propia memoria, la de un hijo que, tras la muerte del padre, decide volcarla en un diario en el que depositar todos los ecos de estos lugares por donde deambuló la figura paterna y forjó su existencia, así como una ocasión propicia para evocar episodios vividos con cierto detalle en el ámbito de un linaje tan significativo como el de su familia, los Baroja.

Y dentro de esa andadura y amplio contexto, las primeras páginas irrumpen con un desplazamiento que hace el autor a Itzea a las tres semanas de morir su padre, el lugar donde quería haber pasado los últimos días de su vida. Allí acude el hijo para sentir su presencia, para moverse por cada uno de los rincones de la casa y dar cuenta de sus sensaciones: “El estado natural de Itzea es la oscuridad –escribe–, y a oscuras transcurre y ha transcurrido la mayor parte de su vida, durante los meses que nadie la habita. Prosigo mi camino pensando en la idea de que existen dos Itzeas: una, la conocida, la nuestra, la que se va desvelando cada vez que abro las contraventanas, y otra sombría, oscura, ajena por completo a sus habitantes, iluminada solamente con la poca luz que se pueda colar desde algún ventanuco mal cerrado o una ventana desportillada. Y por momentos no sé por cuál de ellas me desplazo y en cuál habito”.

El libro continúa por esos derroteros, el que corresponde a un diálogo elegíaco entre dos seres que se buscan, uno que habla mediante el recuerdo y el otro ausente, pero oyente desde la conciencia de quien lo interpela y lo aferra en su memoria, como si entre ambos se propiciara una camaradería insólita, capaz de mantener una conversación prolongada que llene con palabras el vacío que uno ya dejó para siempre, quedando en el aire su esencia, que a ratos se manifiesta, de manera castiza, viva y entrañable. Y en ese acercamiento al mundo del padre se para en tierras mexicanas donde floreció su amor al cine y a la poesía. De dicho rastreo por su vida, en la que también toma protagonismo la publicación de libros en la editorial de la familia, el sello Caro Raggio, se vale para describir con orgullo a su padre como el personaje más barojiano, el más ácrata y aventurero del imaginario familiar, más allá del espíritu recóndito de Itzea y del amor de todos a los libros.

Todo el libro en sí está lleno de notas familiares y también de apuntes de campo que ha ido tomando en tierras andaluzas o en parajes argentinos sobre especies de pájaros, así como los cuidados y mimos desplegados en la huerta de Churriana y de Vera. Tampoco se quedan al margen los recuerdos de los paseos por la Cuesta de Moyano, y las horas de trabajo en la casa editorial que todavía sigue dando motivos de satisfacción con nuevas publicaciones. Y cómo no, la presencia del tío abuelo no podía faltar. La figura literaria de Pío Baroja tiene tanto peso en la familia que por todos lados hay referencias de él, de sus libros, de su controvertido carácter y de su vigencia literaria. Y no digamos de los objetos. En cualquier rincón habitado por un Baroja no es reconocible si en él no encontramos esos objetos singulares, mayormente enlazados al entorno familiar. También, en los pasajes de este libro se alude a estos vínculos con sumo detalle y gusto.

Conforme vamos leyendo, siempre hay un resquicio para volver al corazón de Itzea, el hogar en el que la vida doméstica, sobre todo en verano, se hacía más palpable para el clan familiar, y muy especialmente para los que crecieron y se educaron en ella, como partícipes de sus tertulias. De todo esto da cuenta el padre del autor en su libro de memorias Itinerario sentimental: guía de Itzea (2002), una obra en la que homenajea lo que hervía en aquella estancia, un lugar prodigioso, casi de Ateneo, que supuso para él un periodo muy provechoso donde oyó y aprendió más que en todo su paso por colegios y universidades, según cuenta.

La literatura ha sido siempre un vehículo para el dolor y, desde luego, lo autobiográfico es una manera de llegar a la literatura. El cuaderno de la ausencia encarna esa dualidad con valentía y calidez. Es un libro que habla de duelo, pero también de vida y literatura, y lo hace con gratitud a una estirpe familiar y a una tierra vasca, y que da razón de ser a esa idea tan barojiana de soledad, sentimentalismo, sinceridad y curiosidad, que define, en gran medida, el carácter de sus miembros. Tal vez, lo mejor del libro sea ese tono personal que le da plena autenticidad y que lo atraviesa por completo, con cierto aire nietzscheano de aceptación del destino, o lo que es lo mismo, de la teoría del eterno retorno que postula que la vida ha de ser tal que la muerte parezca una injusticia y, aún más, cuando de quien se habla es de un hombre que fue un buen padre. Este es un libro hermoso y testimonial, fecundo en vivencias, y, desde luego, muy bien escrito.

jueves, 20 de abril de 2017

Fervor barojiano

Se cumplen cien años de la publicación de este memorable libro, un texto al que muchos barojianos declaramos un fervor especial, una obra a la que llegó Baroja casi por sorpresa, en un momento de su vida en el que se encontraba atrapado bajo una melancolía existencial profunda que derivó en un libro muy celebrado en su época por la crítica y el gran público, considerándola muchos de ellos como su mejor obra de no ficción, una auténtica revelación que contribuyó de manera muy notable a forjar aún más su leyenda literaria imparable.

A Pío Baroja (San Sebastián, 1872 – Madrid, 1956) le fue muy difícil salir del personaje literario que fue creando a lo largo de toda su vida como escritor, algo que fue creciendo de manera inconsciente y exponencial, no solo en sus novelas, sino, especialmente, en su extensa obra memorialística aparecida al final de su carrera. En 1917, cuando escribe Juventud, egolatría, cuenta con una edad suficientemente experimentada que le ha llevado a sentir que su vida atraviesa por unos momentos nada complacientes. No está contento con nada. Piensa en el pasado o en el porvenir. El presente se diluye ante sus ojos de manera irrelevante. Tiene cuarenta y cinco años, ya ha publicado una buena parte de sus novelas mayores, vive en Madrid y pasa los veranos en Vera de Bidasoa, el municipio navarro donde se instala para sus paseos y lecturas en solitario. Se considera un hombre mayor y en declive.

Valorar los méritos propios de la nueva edición de este libro viene dado por un empeño encomiable del centenario sello editorial Caro Raggio que quiere así rescatar un texto fundamental de la factoría barojiana para mostrarlo al lector que no haya curioseado en esta obra del novelista vasco, no solo por su estilo inigualable y descuidado sino, sobre todo, por la riqueza intelectual de las confesiones que guardan las páginas de este admirable libro. Al igual que en anteriores entregas, la reedición de Juventud, egolatría (Caro Raggio, 2017) cuenta con las palabras preliminares de su sobrino Julio Caro Baroja, que nos introduce en la esencia vital e intelectual de su tío en el momento de emprender la aventura de escribir la obra para poner en sobre aviso al lector a cerca de las vicisitudes por las que atravesaba su espíritu. Ahora, en este rescate editorial, el lector encontrará además, al final del libro, un añadido breve, como coda, a cargo del escritor Ramón Eder, quien afirma con desparpajo que “Con escritores como Pío Baroja no hay que estar de acuerdo con sus opiniones para disfrutar de su indiscutible encanto”.

Este es un libro esencial a la hora de conocer a ese Baroja que se pone en entredicho de manera tan marginal. Juventud, egolatría supuso su primera introspección e incursión activa, después vendrían más, en los moldes genéricos del dietario, la autobiografía y el ensayo, así como una oportunidad de constatar lo que Baroja siempre presumió públicamente: decir siempre la verdad. Por supuesto, Baroja no dijo siempre la verdad, o si la dijo, lo hizo a medias, pero procuró ser sincero. Lo individual, además, es algo que le es tan propio e inapelable, que no cesa de referirlo aquí, al igual que en su novela César o nada (1910). Esa egolatría o individualismo, viene a decirnos, no es más que la única realidad en la naturaleza y en la vida de cualquiera que se precie.

Para un escritor laborioso como él, capaz de reescribir la prosa hasta conseguir el efecto emocional buscado, empeñado, como norma, a escribir con sencillez, claridad e independencia, un libro fragmentario, como este, era una ocasión de dar a conocer tanto su pensamiento, sus gustos literarios, sus contradicciones, sus resquemores, así como también un motivo para explayarse con determinación y singularidad sobre asuntos particulares y sociales, con esa provocativa fuerza, tan propia suya, de no esquivar lo personal y lo público, con ese aire nietzscheano y anarquista que tanto le gustaba exhibir.

No cabe dudas de que Juventud, egolatría fue un libro escrito en estado de gracia, no exento de polémica. La vida de Baroja contada por él mismo resulta interesante desde casi todos los puntos de vista, porque, como dice Trapiello, tiene siempre por objeto a un individuo de ideas originales, poco dado al enjuague social, con una clarividencia sobre las cosas y personas excepcional, que le hace ser poco solemne y retórico. Baroja es por antonomasia antirretórico, y aunque se cuestione su estilo, uno de nuestros escritores más originales de la historia de nuestro país, tanto en la literatura como en la vida que llevó con orgullo vasco.

La literatura barojiana está llena de personajes memorables, como Andrés Hurtado, Eugenio de Aviraneta, Shanti Andía o César Moncada, pero sin duda el personaje mayor es el representado por el propio Pío Baroja dentro y fuera de su escritura, como se puede comprobar en esta obra de la que hablamos, más encarnado que nunca y para regocijo de sus lectores.

Montaigne sostenía que no puede decirse lo que no se siente, y Baroja, a lo largo de toda su vasta obra, hace buenas las palabras del pensador francés, porque no sabe escribir de otra manera. Juventud, egolatría es el libro idóneo para entender ese sentir barojiano, lo que lo hace un libro imprescindible.


jueves, 12 de noviembre de 2015

El alcaloide del 98

Así llamaba el arrogante Premio Nobel de Literatura Camilo José Cela (Iria Flavia, La Coruña, 1916 – Madrid, 2002) al viejo Baroja. Pero en esta ocasión, el lenguaraz escritor gallego lo hacía con cariño, respeto y devoción. Cela no tuvo reparos en admitir públicamente que, entre los varios maestros que tuvo, la figura de su admirado Baroja, el oso vascongado, como le gustaba también nombrarlo, ocupaba un lugar predilecto en su trayectoria literaria. Y esto no fue una declaración puntual y grandilocuente del autor de La Colmena, sino que jamás quiso olvidarse de él, como se refleja en muchos textos y artículos que redactó sobre el creador de Las inquietudes de Santhi Andía. “Un pionero y maestro del género narrativo, el último gran novelista español que sigue vivo en la memoria de sus lectores”, estos fueron algunos de los elogios encendidos que Cela pregonaba a cal y canto tras la muerte del escritor vasco.

La editorial Fórcola acaba de publicar un hermoso libro sobre los distintos textos que Cela firmó sobre Pío Baroja, una cuidada antología preparada y seleccionada por Francisco Fuster bajo el título de Recuerdo de Don Pío Baroja, donde se recogen semblanzas, artículos de opinión, anécdotas y una entrevista, también, muy reveladora y curiosa sobre los gustos artísticos del escritor donostiarra.

Para el mundo de las letras y, especialmente, para los lectores barojianos, la figura de Don Pío, más allá de ser un escritor enorme e intemporal que se lee mucho o poco, es, sobre todo, un mito. Este librito viene a constatarlo de una forma testimonial, porque para llegar a ese estadio, Baroja no precisó exponerse a la vista de todos. “Es el arquetipo de individualismo a ultranza –subrayaba Cela–, un hombre distante que ve el universo desde su atalaya”. Pero no solo eso, sino que “ignora el mundo físico de los demás –añadía–, porque su inmenso y diáfano mundo literario le permite vivir sin él”. En ese sentido, Cela no le tuvo en cuenta al maestro que veneraba que este declinara prologar su novela La familia de Pascual Duarte. Su rechazo nada tenía que ver con la calidad de la obra, sino con la censura. El viejo escritor le espetó sin miramientos: “yo no le hago el prólogo, yo no tengo ganas de ir a la cárcel ni con usted ni con nadie”. Camilo siempre demostró ser un incondicional de Baroja, incluso escribió una carta al rey de Suecia promoviendo su candidatura al nobel de literatura. De joven fue un asiduo visitante de la casa de Ruiz de Alarcón, su última residencia. Allí también veló su féretro junto a Hemingway y a otros fieles allegados y, el 31 de octubre de 1956, cargó a hombros con sus restos camino del cementerio.

Pío Baroja, como escribió su sobrino Julio Caro Baroja, creía que la vida, empezando por la suya propia, aparte de ser una cosa amarga y dura, era irreductible, contradictoria, llena de vacíos y fiascos. Para él, la acción podía, en algunos casos, darle sentido a la vida, en cambio, la razón, casi nunca. Ante la muerte mantuvo una actitud siempre fría y distante, como una servidumbre más de la existencia. Julio agradeció a escritores como Cela, González-Ruano, Pérez Ferrero y otros la devoción inquebrantable que sintieron hacia su tío.

Recuerdo de Don Pío Baroja encierra un compendio de opiniones y semblanzas que Camilo José Cela desplegó sobre el autor de Desde la última vuelta del camino, y, aunque hay opiniones y párrafos que se repiten en algunos de los textos escogidos, algo común en el escritor gallego que echaba mano de ellos sin menoscabo, ni reparo, en nada desmerece su valor literario e histórico. Cela desgrana, por activa y por pasiva, su gusto y adicción por la obra barojiana, desvelando sus secretos estilísticos y el espíritu individualista e indomable que el escritor vasco siempre imprimió a las historias de sus novelas, ese valor tan suyo henchido de sinceridad y autenticidad. La novela de Baroja, a pesar de su estilo desaliñado, funciona, y, como decía Antonio Machado, no se le cae a uno de las manos, porque el lector descubre que los personajes hablan por su cuenta y se hacen dueños de la historia. Cela fue un continuador de esa estirpe de escritor de raza, egótico y displicente, quizá el último bastión del espíritu novelesco del 98, algo que llevó con desparpajo y nunca disimuló en vida.

Cuando uno descubre una nueva publicación en torno al autor que admira, como es el caso de este entrañable viejo cascarrabias, se da cuenta de que aquellas lecturas adictivas que inició hace ya mucho tiempo, como El árbol de la ciencia o Las noches del buen retiro, no fueron en balde, porque lo que nos contaba tenía alma y acción, vida e historia: Literatura, con mayúscula, y eso inevitablemente es lo que lo convierte en un escritor memorable e inmortal. [Reseña núm. 250]


lunes, 14 de julio de 2014

Baroja, irresistible


Julio Caro Baroja, en su libro Los Barojas, nos dice que su tío Pío, de joven, había sido muy huraño y áspero. Era la época, sin duda, en que su personalidad literaria empezaba a desenvolverse y en la que todo fueron luchas internas y externas. Lucha con la gente de alrededor, obsequiosa y servil; lucha con sus propias inexperiencias y lagunas. Baroja no estaba contento con nada: ni con la política, ni la literatura, ni las costumbres de la gente. Sólo pensaba en el pasado y el porvenir. Su carrera de médico, además, había sido un fracaso. Sin embargo, de los veintiocho a los cuarenta y dos años (de 1900 a 1914) lo que produjo el escritor donostiarra fue una maravilla y un revulsivo para sus aspiraciones, especialmente con la aparición de sus dos novelas mayores: Las inquietudes de Shanti Andía y El árbol de la ciencia, ésta última, probablemente, la mejor novela de su carrera.

Francisco Fuster (Alginet, 1984) plantea en su último ensayo, Baroja y España: un amor imposible, la vigencia literaria del escritor de Itzea, seguramente, la figura más compleja y extraña del novecientos, a través del análisis minucioso de su novela El árbol de la ciencia y la relación que guarda el texto con los vínculos que don Pío mantuvo con aquella España decadente que tanto le llegó a aturdir.

El libro de Fuster es un trabajo concienzudo y vigoroso, bien documentado, un libro revelador que examina al detalle las entrañas de las ideas contenidas en El árbol de la ciencia, una de las obras capitales del vasco, escrita en época de plenitud. La vida de Andrés Hurtado, protagonista de la novela, estudiante de Medicina en el Madrid finisecular del siglo XIX, es, en gran medida, la vida del propio novelista. Las zozobras y dudas del joven universitario, así como los contrastes entre la realidad y las pretensiones de la gente de la época, dan a la novela un tono intelectual amargo. En la introducción, Fuster deja muy claro que su ensayo no sólo gira en torno a la novela referida, sino que transita por la crisis del fin de siglo, una oportunidad que le ofrece mejor que nadie la literatura barojiana, algo que Ortega y Gasset ya había atisbado con agudeza: “Lo mejor y lo peor de la España actual se presenta en Baroja a la interperie, sin pellejo...” (El Espectador).


El Baroja de los aguafuertes literarios, del trazo duro y sobrio, enemigo de la retórica y de todo artificio, el hermano de Gorki por su amor a las turbas, por su curiosidad de los tugurios y de los lugares menesterosos, aparece redivivo, gracias a esta recreación personal que el historiador Fuster expone con brillantez en Baroja y España, un trabajo de investigación sustancioso y bien esquematizado editado por Fórcola, con el esmero genuino que este sello independiente nos tiene acostumbrados, y examina histórica y críticamente la época que rodearon el alumbramiento de El árbol de la ciencia, a lo largo de ocho capítulos para mostrarnos los entresijos y el contexto en que se redactó la novela. Es curioso cómo las ideas contenidas en sus páginas, a pesar del pesimismo y la fatalidad del héroe barojiano, siguen vigentes después de un siglo.


Francisco Fuster

Baroja y España es un texto amplio y erudito, pero Fuster consigue que no sea gravoso, aunque considero que el destinatario de la obra o es barojiano, o amante de la Edad de Plata de la literatura española.


Cuando a uno le gusta Baroja no hay libros peores o mejores entre los suyos. Todos vienen a ser un poco lo mismo. Para los críticos, los hay de más calidad y peor construídos, pero cuando uno se considera barojiano, y los ha leído prácticamente todos, esas imperfecciones tienen poca importancia. El árbol de la ciencia es uno de mis peferidos, leído y releído en varias ocasiones. Ahora, Fuster, con su excelente ensayo, me predispone con más argumentos a volver a Baroja irresistiblemente.




sábado, 4 de enero de 2014

Baroja se moja


Empezar el año leyendo o releyendo a Baroja (San Sebastián, 1872 – Madrid, 1956) es rescatar a este apasionado individualista, ácrata y cascarrabias; es recuperar el ayer de un agnóstico que habla en presente y que retrata tan bien a los protagonistas de su tiempo como se puede ver en el bosque animado de Semblanzas, un texto editado en el entrañable sello barojiano Caro Raggio y prologado por Francisco Fuster, donde se recopila un buen número representativo de aquellas biografías literarias, en formato breve, trazadas a lo largo de la vida del novelista vasco. Estas semblanzas han sido extraídas de algunas obras de Baroja, en especial de los ocho tomos de sus memorias y de uno de los libros más celebrados por los críticos: Juventud, egolatría.

Entre los primeros personajes de esta antología destacan Azorín y Ortega, dos grandes excepciones del elenco de prosistas y novelistas que el escritor donostiarra detestaba en su época, como podemos constatar en los retratos demoledores que traza sobre Unamuno y Blasco Ibáñez. Había tenido amistad con Valle-Inclán, aunque discutían mucho sobre literatura. Una de sus frases favoritas del autor de El árbol de la ciencia para opinar de algunos de los personajes que desfilan por estas Semblanzas era: “Es una lata”, según nos cuenta Julio Caro Baroja en su memorable libro, Los Barojas.

En el orden estético, Baroja, de joven, había pagado tributo al Arte. La pintura le había entusiasmado y, desde 1899, fecha de su primera estancia en París, le eran familiares los impresionistas. Pero cuando habla de otros artistas da rienda suelta a sus afinidades y antipatías, algo natural en el vasco, que nunca tuvo odio a nadie. En su madurez Pío Baroja no tenía más que un amigo artista, Juan Echevarría, pintor bilbaíno, para quien posó una y otra vez. Pero Echevarría murió pronto y así terminó otra posibilidad de trato social. Baroja se relacionaba casi con más gente en Vera que en Madrid. A veces Ortega llegaba para llevárselo con él unos días y así sacarlo del hogar donde permanecía adosado días y noches.

De Solana rechazaba su cuquería e ingratitud y criticaba el retrato que éste hizo de Unamuno por su falta de autenticidad. Decía que su pintura parecía un poco pastiche. Baroja no estaba contento con casi nada: ni con la política, ni con la literatura, ni con el arte, ni tampoco con las costumbres de la gente. Pensaba en el pasado y en el porvenir. Su carrera de médico, también, había sido un fracaso, sin embargo de los veintiocho a los cuarenta y dos años (de 1900 a 1914) fue el período más fructífero de toda su carrera literaria.


Lo más extraño en Baroja es que también como articulista engancha del mismo modo que lo hace con su narrativa. Estos aguafuertes literarios son prueba de ello. En Semblanzas aparece el trazo duro, firme y sobrio suyo, enemigo de la retórica y de todo artificio que, para bien de los que nos sentimos barojianos, sigue latiendo, como se comprueba sobradamente en esta interesantísima recopilación de retratos de artistas y literatos de aquella España tan convulsa que le tocó vivir.

martes, 14 de mayo de 2013

Baroja engancha


Celebro que la editorial Taurus haya emprendido una colección de biografías con el objetivo de fomentar este género en España a la luz de la ejemplaridad de determinadas personalidades que destacaron en su época por su excelencia moral o por su humanismo y que siguen teniendo vigencia en la conciencia colectiva actual. Este propósito de reescribir nuestra historia se ha iniciado con la biografía de Pío Baroja, un escritor fundamental, a pesar de sus contradicciones ideológicas. La imaginación barojiana y su concepción del oficio de escritor son los pilares por donde deambula esta biografía que José-Carlos Mainer ha escrito con solvencia, dentro de la colección de Españoles Eminentes.


La admiración de Mainer por Pío Baroja es antigua. Forman parte de sus primeras lecturas Las inquietudes de Shanti Andía, La Busca, La feria de los discretos y Zalacaín el aventurero. Y es un reconocido experto en su obra, no en vano en 1995 dirigió y prologó la edición de las Obras Completas del vasco. Todo este conocimiento del mundo barojiano se puede apreciar en esta biografía publicada. José-Carlos Mainer, como catedrático de literatura, desarrolla a través del texto la evolución literaria y de pensamiento a lo largo de su vida del insigne vasco y destaca cómo Baroja sintió profundamente la necesidad de dialogar con sus lectores, y, en este sentido, el profesor Mainer manifiesta, tajantemente, que “la biografía de un escritor es, en rigor, su obra”, (pág. 13). Y añade, también, en el prólogo de la biografía: “La literatura revela el complicado proceso de cómo las experiencias reales pasaron a ser imaginarias y cómo, en rigor, ha sido el escritor quien se desplaza hasta ellas para revivirlas como si fueran ajenas...Porque vivir es algo autosuficiente, escribir también es verdaderamente sustancia de vida”, (pág.14). Esto es cierto, pero para Baroja escribir es un trabajo, un oficio, una forma de ganarse la vida. Escribir para él es fundamentalmente un trabajo metódico.

Una de las facetas más destacables en la obra de Baroja es resaltar la importancia del título, nos recuerda Mainer, que le sirve para anticipar de modo complementario el tono y sentido de sus creaciones literarias. Aquí se detiene el profesor aragonés y afirma que lo que más le gusta de Baroja, y en eso coincido totalmente, es que escribe a impulsos de una melodía que ya lleva en su interior arrollador. Es más, domina dos técnicas que para el lector son atrayentes: la técnica del “crescendo” dramático y la de la elipsis narrativa, (pág. 184). Otra de las características barojianas es la que su coetáneo Antonio Machado definía de esta manera: “Las novelas de Baroja son las únicas que no se nos caen de las manos”. Me gusta este aserto del poeta andaluz. Mi experiencia lectora sobre la obra de Baroja (que nunca me cansé de leer y al que tengo en un rincón especial de mi biblioteca con más de cincuenta volúmenes, todos ellos publicados en la editorial familiar del escritor Caro Raggio) es que tengo esa misma sensación que Machado afirmaba antaño. Ninguna de las novelas leídas se me han caído de las manos. Es cierto que con algunas he latido de emoción más que con otras, pero todas funcionan, y eso, es vital e imprescindible para el lector. Baroja es a veces un reportero, pero casi siempre es un folletinista atento, que toma sus notas de la realidad y siente el ansia de hacer un arte nuevo y sincero, en el que las frases sean como músculos y estén unidas por redes fuertes y finas de nervios.


La biografía de Mainer tiene de originalidad que no va de la vida del personaje a su obra, sino justamente al revés, de la obra a la vida. En el trayecto de la obra a la vida, el profesor zaragozano no evita hablar de las ideas del autor de El árbol de la ciencia, ni le exculpa ni le condena, aunque reconoce que Baroja estaba lleno de contradicciones. Así recuerda que fue antisemita y lo defiende, a pesar de que no era un escritor que confiara en la democracia, y que sentía desconfianza de las masas, para terminar afirmando que Don Pío siempre fue liberal y progresista, heredero del racionalismo de la Ilustración.

Baroja es imprescindible, con una fuerte pulsión nihilista, que casi siempre tiene razón o razones, que nos alecciona sobre la importancia de la curiosidad e incluso con la coquetería de ser arbitrario a la hora de discurrir y formularlo, que rechaza al fanático, aunque a veces él mismo lo pareciera. Leer a Baroja es vivir otras vidas interesantes, apasionadas y controvertidas que engancha.