miércoles, 19 de abril de 2017

Fervor barojiano

Se cumplen cien años de la publicación de este memorable libro, un texto al que muchos barojianos declaramos un fervor especial, una obra a la que llegó Baroja casi por sorpresa, en un momento de su vida en el que se encontraba atrapado bajo una melancolía existencial profunda que derivó en un libro muy celebrado en su época por la crítica y el gran público, considerándola muchos de ellos como su mejor obra de no ficción, una auténtica revelación que contribuyó de manera muy notable a forjar aún más su leyenda literaria imparable.

A Pío Baroja (San Sebastián, 1872 – Madrid, 1956) le fue muy difícil salir del personaje literario que fue creando a lo largo de toda su vida como escritor, algo que fue creciendo de manera inconsciente y exponencial, no solo en sus novelas, sino, especialmente, en su extensa obra memorialística aparecida al final de su carrera. En 1917, cuando escribe Juventud, egolatría, cuenta con una edad suficientemente experimentada que le ha llevado a sentir que su vida atraviesa por unos momentos nada complacientes. No está contento con nada. Piensa en el pasado o en el porvenir. El presente se diluye ante sus ojos de manera irrelevante. Tiene cuarenta y cinco años, ya ha publicado una buena parte de sus novelas mayores, vive en Madrid y pasa los veranos en Vera de Bidasoa, el municipio navarro donde se instala para sus paseos y lecturas en solitario. Se considera un hombre mayor y en declive.

Valorar los méritos propios de la nueva edición de este libro viene dado por un empeño encomiable del centenario sello editorial Caro Raggio que quiere así rescatar un texto fundamental de la factoría barojiana para mostrarlo al lector que no haya curioseado en esta obra del novelista vasco, no solo por su estilo inigualable y descuidado sino, sobre todo, por la riqueza intelectual de las confesiones que guardan las páginas de este admirable libro. Al igual que en anteriores entregas, la reedición de Juventud, egolatría (Caro Raggio, 2017) cuenta con las palabras preliminares de su sobrino Julio Caro Baroja, que nos introduce en la esencia vital e intelectual de su tío en el momento de emprender la aventura de escribir la obra para poner en sobre aviso al lector a cerca de las vicisitudes por las que atravesaba su espíritu. Ahora, en este rescate editorial, el lector encontrará además, al final del libro, un añadido breve, como coda, a cargo del escritor Ramón Eder, quien afirma con desparpajo que “Con escritores como Pío Baroja no hay que estar de acuerdo con sus opiniones para disfrutar de su indiscutible encanto”.

Este es un libro esencial a la hora de conocer a ese Baroja que se pone en entredicho de manera tan marginal. Juventud, egolatría supuso su primera introspección e incursión activa, después vendrían más, en los moldes genéricos del dietario, la autobiografía y el ensayo, así como una oportunidad de constatar lo que Baroja siempre presumió públicamente: decir siempre la verdad. Por supuesto, Baroja no dijo siempre la verdad, o si la dijo, lo hizo a medias, pero procuró ser sincero. Lo individual, además, es algo que le es tan propio e inapelable, que no cesa de referirlo aquí, al igual que en su novela César o nada (1910). Esa egolatría o individualismo, viene a decirnos, no es más que la única realidad en la naturaleza y en la vida de cualquiera que se precie.

Para un escritor laborioso como él, capaz de reescribir la prosa hasta conseguir el efecto emocional buscado, empeñado, como norma, a escribir con sencillez, claridad e independencia, un libro fragmentario, como este, era una ocasión de dar a conocer tanto su pensamiento, sus gustos literarios, sus contradicciones, sus resquemores, así como también un motivo para explayarse con determinación y singularidad sobre asuntos particulares y sociales, con esa provocativa fuerza, tan propia suya, de no esquivar lo personal y lo público, con ese aire nietzscheano y anarquista que tanto le gustaba exhibir.

No cabe dudas de que Juventud, egolatría fue un libro escrito en estado de gracia, no exento de polémica. La vida de Baroja contada por él mismo resulta interesante desde casi todos los puntos de vista, porque, como dice Trapiello, tiene siempre por objeto a un individuo de ideas originales, poco dado al enjuague social, con una clarividencia sobre las cosas y personas excepcional, que le hace ser poco solemne y retórico. Baroja es por antonomasia antirretórico, y aunque se cuestione su estilo, uno de nuestros escritores más originales de la historia de nuestro país, tanto en la literatura como en la vida que llevó con orgullo vasco.

La literatura barojiana está llena de personajes memorables, como Andrés Hurtado, Eugenio de Aviraneta, Shanti Andía o César Moncada, pero sin duda el personaje mayor es el representado por el propio Pío Baroja dentro y fuera de su escritura, como se puede comprobar en esta obra de la que hablamos, más encarnado que nunca y para regocijo de sus lectores.

Montaigne sostenía que no puede decirse lo que no se siente, y Baroja, a lo largo de toda su vasta obra, hace buenas las palabras del pensador francés, porque no sabe escribir de otra manera. Juventud, egolatría es el libro idóneo para entender ese sentir barojiano, lo que lo hace un libro imprescindible.