jueves, 26 de julio de 2018

Los afectos y sus espantos


Los seres humanos son imponderables, nos dice Paul Auster, y rara vez se los puede aprehender con palabras. Sin embargo, si uno se muestra receptivo a todos los diferentes aspectos de una persona lo normal es que quede perplejo, concluye el escritor neoyorquino. Sabemos que toda narración literaria se hace solo de palabras. Y esas palabras se encarnarán en personajes, en acciones que urdirán argumentos y tramas, en ideas acerca del mundo y en referencias a espacios y tiempos donde transcurrirá la ficción.

Cada uno de estos aspectos merece una atención particular a la hora de reflexionar sobre la composición narrativa, pero entre todos ellos hay uno que conviene resaltar y que, en gran medida, como mostraron Poe, Kafka o Cortázar, subyace en los demás, dándole su particular forma. Esa particularidad no es otra que la referida al ambiente, esa atmósfera construida que le da al relato su genuino hálito de verosimilitud. Es preciso que exista esa vinculación entre los personajes y el espacio, como insistían estos maestros, igual que se da en la vida.

Los cuentos reunidos en Pelea de gallos (Páginas de Espuma, 2018) recogen este espíritu constructivo de relatar historias urdidas bajo esta poética, pero aquí su autora se afana en que el hechizo de sus piezas se muestre bajo la desnudez de un lenguaje depurado, seco y directo, que resalta el clima hostil y acosador que transcurre por el ambiente familiar al que los personajes se ven sometidos, conscientes de que allí nada es normal y nadie repara en deshacerse de sus máscaras para mostrar sus afectos o sus espantos.

María Fernanda Ampuero (Guayaquil, Ecuador, 1976) estudió literatura y colabora con diversos medios internacionales. Ha publicado dos libros de crónicas, Lo que aprendí en la peluquería (2011) y Permiso de residencia (2013). Ahora, con estos trece relatos de Pelea de gallos, su primer libro de cuentos, acaba de dar un golpe en la mesa como una escritora a tener muy en cuenta en este género tan exigente y, al mismo tiempo, tan difícil.

Aquí hay un buen puñado de historias duras y crueles que retratan el espanto, el abuso y lo extraordinario y secreto que sucede en el espacio interno del hogar. El libro abre su andadura con dos citas que anuncian el peligro y el horror que se avecina: una que dice Todo lo que se pudre forma una familia, del poeta argentino Fabián Casas, y otra de la escritora brasileña Clarice Lispector que pregunta ¿Soy un monstruo o esto es ser una persona? Si se conjugan ambas citas podemos afirmar que Ampuero responde a las intenciones de que Pelea de Gallos es una riña, un combate al que se ven sometidos los personajes que transitan por estas historias, tocados por el lado oscuro de la vida doméstica de la que apenas les resulta difícil poder escapar, todos ellos anudados a un núcleo familiar acaparador, de fuerzas ignotas, que recorre las vertientes sociales y culturales más atávicas de Latinoamérica. En cada relato hay alguien que debe enfrentarse a sus iguales, como en una riña de gallos, tratando de no salir malparado en la contienda.

En el primero de los relatos, Subasta, uno de los mejores, una historia tremenda y brutal, una adolescente sobrevive a la intemperie de un rapto mercenario. En el siguiente, que lleva por título Monstruos, nos encontramos con otro relato demoledor, una historia que traspasa la inocencia de dos niñas gemelas y que traspasa el corazón: “Hay que tenerles más miedo a los vivos que a los muertos”, dice la narradora, y constata que “Tener ciertos hermanos es una bendición. Tener ciertos hermanos es una condena: eso aprendimos en las películas. Y que siempre hay un hermano que salva a otro”. Otro de los más destacados es Nam, una historia familiar espeluznante bajo el hilo conductor de la pérdida de la inocencia. Luto es un cuento atroz y febril de claras resonancias bíblicas en el que un hermano sádico y maldito ejerce el dominio más absoluto sobre su hermana, una joven entregada al desamparo de su destino. En Ali, uno de los más impactantes, el trastorno de una generosa madre, abarrotada de pastillas, dará la espalda al mundo que la rodea hundida por la asfixia de su hogar...

La sequedad de cada título, bajo el epígrafe de una sola palabra traslada al lector a una historia desnuda, deliberadamente desafiante, a la que deberá asistir desprovisto de prejuicios y predispuesto al desenlace más sorprendente y audaz que no rehúye de una verdad dolorosa que ha permanecido oculta. En su conjunto, María Fernanda Ampuero explora el miedo ajeno y el propio en la vida cotidiana, y consigue reunir una pluralidad de voces asoladas entre la pobreza y el pavor, bajo el denominador común de la violencia, del abuso y del maltrato que lleva a sus personajes hasta la precariedad y la sumisión más insospechadas.

Pelea de gallos es un estupendo libro de cuentos de cuya lectura sale uno trastabillado y sobrecogido. Parafraseando a Ambrose Bierce, si estos hechos pasmosos son reales es para volverse loco; si son imaginarios, es para estarlo.


sábado, 21 de julio de 2018

Aire de intemperie


Hacer una reseña de un libro puede llevarnos por los caminos trillados de caer en ciertos tópicos que pueden ser detectados fácilmente por cualquier lector avezado. No ocurre así cuando el autor de un libro tensa la cuerda de la creación y no se ajusta a los cánones establecidos de la preceptiva más generalizada y se salta los géneros literarios buscando nuevos cauces para conformar la expresión del texto.

Es entonces cuando la lectura que hace el crítico y el reseñista tiene que acomodarse a los nuevos ámbitos de la escritura que el autor de la obra exige y, salvando las distancias, hacer una lectura desde ese cauce que abrió Roland Barthes cuando decía que el escritor se basa en una serie de conocimientos que le brinda la experiencia y la sociedad para reelaborarlos hasta el punto de que este no es dueño de lo que escribe y es el lector quien da vida a dicho texto. Por lo tanto, muere el autor para que el lector reconstruya el texto.

El libro De cuna y sepultura (Ediciones El Gallo de Oro, 2018), de Javier Sánchez Menéndez (Puerto Real, Cádiz, 1964), poeta, ensayista, escritor de aforismos, editor y librero, es una obra continuada, su sexta de Fábula, un proyecto en marcha que ambiciona alcanzar diez entregas, que debe leerse bajo las consideraciones de que su autor no ha escrito un libro de poemas, tampoco un libro de aforismos ni de ensayos en los que se basa, sino una mezcla deliberada de los tres para conseguir algo nuevo y sugerente que va llevando al lector por el camino de la meditación hasta llegar al deleite de una obra que aspira a dejarlo perplejo. Y es ahí, en la perplejidad, donde reside el interrogante que le da vida y sustancia, que nos obliga a plantearnos la correspondencia de la escritura y la vida, de la poesía y la existencia, con la lectura y su beneficio, que no es otro que acercarnos paso a paso al territorio utilitario del pensamiento al que cualquier persona inteligente aspira.

Este es un libro que obliga al subrayado y a leerlo levantando la cabeza, que advierte hasta qué punto la lógica de la lectura es diferente de las reglas de la composición. Toda su lectura se da en el interior de una estructura fragmentaria que conforma una vida entregada a la esencia poética de la palabra. Sánchez Menéndez escribe como quien busca dar significado a una experiencia poética, hacerla lenguaje y comunicación, como queriendo desentrañar lo vivido con cada palabra, delimitándola para que exista y, a su vez, completándola: “La palabra, no olvides la palabra. La única, la auténtica. La que está escrita con la ciencia del alma”.

Hay que tener un motivo muy profundo para escribir un libro así, en los límites del yo lector y del yo poético como fuente de inspiración literaria, y no parece otro que estar vivo dentro de un sueño, el sueño mismo de un poeta que sacude lo importante de la vida: “Contemplar, atender y entender. Nada más. Nada menos”. Y lo vuelve a repetir más adelante, porque para el escritor estos tres verbos son “los principios de la vida del hombre”.

De cuna y sepultura es un libro breve e intenso que invita a la relectura, un texto reflexivo y lírico, ávido de verdad, esencia y silencio, que explora la palabra y el tiempo, lo oculto y lo aparente, la poesía y la verdad. “La poesía –revela el poeta– es vida propia, es aislamiento, es un canto del centro, un sacrificio que se consigue en unión. La voluntad de ir buscando la belleza y no pararse nunca […] Aunque todos salimos de la carne, la palabra es el símbolo”.

Da igual el camino elegido por el escritor en su empeño de mostrarse con tal de emocionar al lector, y en ese sentido, esta es una obra que prueba que la literatura en cualquiera de sus géneros y formatos está ahí para ser juzgada. Aquí encontraremos viaje al pasado y al presente bajo el pálpito de otros poetas, como Novalis, Rilke, Eliot, Pound, Leopardi, Juan Ramón y Parra. Aquí hallaremos piezas escritas como crónicas, como apuntes de trayectos, como aforismos o meras convicciones.

Los libros son los tatuajes de la memoria, y este de Sánchez Menéndez dibuja emociones y huellas de una experiencia vital muy suya, de un deseo literario profundo, de un conjuro sobre el que trazar un ser dispuesto a consumarse en una poética con la parte secreta de lo que somos.

De cuna y sepultura es un libro hermoso, con mucho asiento, que explora la palabra y el tiempo, lo oculto y lo aparente, la poesía y la verdad, una obra íntimamente imbricada con la experiencia y la memoria de una vida apasionada dedicada a la literatura, eso sí, con aire de intemperie.