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martes, 17 de septiembre de 2024

Allí y entonces


Grandes viajeros cronistas, como Josep Pla, Bruce Chatwin o Paul Theroux establecieron que todo viaje es simbólico, un traslado para adquirir un incomparable enriquecimiento interior, un desafío, y, para ellos, contarlo se convierte en otra tentativa transformadora, una travesía con palabras, para dejar por escrito experiencias y asombros vividos. Por eso mismo, todo libro de viajes vela y desvela una reminiscencia que tiene que ver con el yo del que la escribe, como gran asunto del viaje. Cualquier trayecto viajero supone una experimentación sobre uno mismo. James Salter (Nueva York, 1925 - Sag Harbor, Suffolk, 2015), aunque no se prodigó mucho en ello, pertenece a esta estirpe de cronistas viajeros, comprometidos con la necesidad de visualizar sus andanzas y sentimientos para después, de la manera más cabal consigo mismo, ponerlo en palabras y convertir la tentativa en literatura.

Salter, escritor de fuertes experiencias vitales, fue piloto de combate en 1957 en la guerra de Corea y también se llevó un tiempo apartado de su actividad literaria, en una actitud parecida a la que ya acostumbró a sus seguidores Salinger. Publicó su primer libro con treinta y dos años. Ahora bien, desde sus primeras incursiones literarias, considera el autor norteamericano que la literatura es, antes que nada, un arte, y, por lo tanto, que, frente a ella, lo que cabe experimentar no solo son buenas historias, sino que debe suscitar emociones estéticas. Como también cree que la literatura hace que nos fijemos más en la vida; que practiquemos en la propia vida, que, a su vez, nos hace mejores lectores de la literatura, lo que, a su vez, nos hace mejores lectores de la vida. Y así sucesivamente.

Es ese círculo vital por el que transitan los hilos de los reportajes literarios y crónicas de viajes que se reúnen en There and Then, título original del libro que ahora presenta la editorial Salamandra a los lectores como En otros lugares, bajo la estupenda traducción de Aurora Echevarría. La obra reúne un conjunto de dieciocho textos en los que la mirada atenta del autor deambula de un lugar a otro en busca de algún reflejo de lo vivido por determinados lugares del mundo, tras sus propios pasos, rescatando una suerte de vislumbres a través de las imágenes y vivencias que sus andanzas le fueron reportando en sus muchas escapadas viajeras: “Tal vez en los viajes siempre está esa idea de algo ya impreso en nosotros que buscamos inconscientemente. A veces no tan inconscientemente”, como deja dicho el propio autor en el preámbulo del libro.

James Salter, reconocido como uno de los más destacados escritores de ficción estadounidense, autor de libros memorables como Años luz, La última noche, Todo lo que hay o el extraordinario ensayo El arte de la ficción, nos lleva ahora a sus lectores a un viaje a través de treinta años de su vida, explorando diversos lugares como París, los Alpes, Tokio, Colorado y Hollywood, con esa idea suya de resaltar el placer de estar vivo para poder contarlo. Salter captura la esencia de este propósito al tiempo que la de resaltar la singularidad de cada destino, ofreciendo una visión en la que está muy presente la naturaleza de su quehacer literario, como ya dejó dicho en una de sus novelas: “Llega un día en que adviertes que todo es un sueño, que sólo las cosas conservadas por escrito tienen alguna posibilidad de ser reales”.

Acompañamos al escritor en su periplo por un amplio y sugerente mapa de encuentros con lugares como Montmartre, el cementerio de Montparnasse, así como avenidas y travesías de un París legendario: “Hay un París de Balzac, un París de Victor Hugo, de Turguénev, Babel, Zola, Proust y Colette que aún existe”, nos dice con admiración el autor neoyorquino. También nos habla de los monarcas franceses a través de sus visitas a los castillo del Loira. Nos traslada a otros destinos viajeros centroeuropeos, como Basilea, Zúrich o El Tirol, para después tirar millas y marcharse a Las Rocosas, al Gran Cañón del Río Colorado, hasta dar a continuación un salto a Japón, el país de dos autores que admira, Mishima y Kawabata, tomando el pulso a los hoteles de Tokio, “ciudad enorme y abarrotada”. Y así va venteando sus correrías e incursiones, con soltura y pasmo, dejando ver su pericia, agudeza y disfrute, propias de un bon vivant.


En otros lugares encontramos las contraseñas, asombros y encantamientos que tuvo especialmente Salter por algunos lugares de Europa Japón y EE.UU., un amplio recorrido biográfico, emotivo e intenso, dentro de una recopilación de textos poblados de hallazgos y connotaciones vitales y literarias en los que la ciudad no solo es escenario de su escritura sino, principalmente, personaje de la misma, un libro, por otra parte, abierto y fecundo en detalles, que se deja leer gratamente y nos coloca en esa condición de nómadas que llevamos íntimamente arraigada.



martes, 15 de mayo de 2018

Elogio de la ficción


Resulta legítimo aspirar a transformar la realidad en vida gozosa sin límites, pero, siendo realistas, sabemos que ese afán solo se logra con la imaginación y de la mano de la ficción, del buen relato. La ficción, como promesa de vida. Distraer e instruir han sido, desde tiempo inmemorial, el objetivo de la literatura en su vertiente narrativa. ¿De qué iba a servir coger la pluma si no es con la esperanza de saber al final algo más que al principio sobre la vida y sobre el sentido de las cosas que nos rodean?

El destino de la ficción nos concierne a todos, autores y lectores; nuestra supervivencia depende de ello, de que se reconozca o no el valor de la imaginación en los tiempos futuros, como una de las fuerzas vivas de la mente humana para poder seguir disfrutando de la creación literaria. Para existir el arte de la ficción tiene que apoyarse en esquemas aprehensibles, al menos para el lector, porque de lo contrario abandonará la tentativa. En otras palabras, el narrador que desee elevar su oficio al rango de arte debe, además de conocer todas sus costuras, saber romperlas, jugar con ellas, para también utilizarlas, y fingirlas, a fin de no dejar de tener en jaque al lector ideal que aguarda, a su merced, la continuación de la intriga prometida. Decía Edith Wharton que cuando ya se ha ganado la confianza del lector, la siguiente regla del juego es evitar que se distraiga, que su atención se disperse.

Que quede claro que James Salter (Nueva York, 1925 – Sag Harbor, 2015) así lo cree también e interpela, que la literatura es, antes que nada, un arte, y, por lo tanto, que frente a ella experimentamos emociones estéticas. Como también cree que la literatura hace que nos fijemos más en la vida; que practiquemos en la propia vida, que a su vez nos hace mejores lectores de la literatura, lo que a su vez nos hace mejores lectores de la vida. Y así sucesivamente.

Después de leer El arte de la ficción (Salamandra, 2018), bajo la cuidada traducción a manos de Eugenia Vázquez Nacarino, tres conferencias magistrales de apenas treinta páginas cada una sobre el oficio de escribir impartidas por el escritor neoyorkino en la Universidad de Virginia, a la edad de ochenta y nueve años, es difícil imaginar el estadio anterior en el que Salter se encontraba cuando no estaba en ese devenir hacia la condición de escritor y en el que la escritura aún no constituía la herramienta necesaria de exploración de esa condición, viviendo tan ajeno a la literatura hasta los cuarenta y cuatro años. Pero el azar hizo que dejara las armas por las letras, y siendo piloto de combate, aterrizó para siempre en el campo de los libros de manera sorprendente, para quedarse allí por igual periodo de tiempo contagiado de literatura, escribiendo y leyendo hasta los últimos días de su vida.

Salter explora los efectos que la ficción, y en concreto la novela, produce en los lectores, y para ello habla de cómo los novelistas trabajan para conseguir esos efectos y cómo se empeñan estos en escribir sus historias. No se escribe para entender la vida y la gente, nos viene a decir, sino porque cada escritor cree concebirlas a su manera, con su propio estilo, y a ello empeña su palabra. “No depende sólo del acierto en la observación –subraya–; también del modo de contar”. Nos habla también como lector empedernido y advierte que es imposible leer todo lo que se publica: “Por más leída que sea una persona, siempre habrá muchos libros, tanto fundamentales como menos reconocidos que no ha leído, que debería leer o que leerá en algún momento”. Y confiesa que hasta que no conoció a su mentor, el profesor Robert Phelps, todo lo que sabía de literatura lo había adquirido de manera inopinada por sí mismo. Fue Phelps quien le descubrió la prosa de Isaak Bábel y ya no dejó de admirarla. Pero también habla de sus escritores más influyentes, de aquellos a los que les tiene un aprecio especial y una alta admiración, como Flaubert, Nabokov, Faulkner, Saul Bellow, Kerouac o Isaac Singer.

En estas lecciones de escritura, como las define Antonio Muñoz Molina en el prólogo del libro, Salter se empeña en propagar su entusiasmo hacia el oficio de escribir y su gratitud hacia estos autores determinantes que, con su maestría, le impulsaron a forjar su credo literario: “Los escritores que me gustan son los que tienen un don para observar de cerca. Todo está en los detalles”, constata.

Escribir es un proceso arduo, nos viene a decir el autor de Todo lo que hay, que nadie nace escritor, que en realidad no se puede enseñar a escribir, pero sí a leer a partir del ejemplo de los maestros, que el escritor tiene que saber manejarse con las ideas tanto como con las palabras, y que “el estilo es lo que perdura”. Pero, aun así, la escritura se revela como una excelente compañera de viaje que puede consagrar tu existencia, y “llega un día en que adviertes que todo es un sueño, que sólo las cosas conservadas por escrito tienen alguna posibilidad de ser reales”.

En estas páginas hay todo un testamento vital de un hombre de acción que tomó tierra para dedicarse en cuerpo y alma a los libros y a la escritura, una carrera literaria sostenida bajo la perseverancia del trabajo y el entusiasmo de llegar a emocionar a sus futuros lectores. Estas conferencias son un disfrute, un hijo póstumo que Salter nos regala.


martes, 16 de abril de 2013

Last Night


La pasada semana apareció en Babelia un artículo muy sugerente de Antonio Muñoz Molina sobre la obra de un escritor americano que, hasta ese momento, nada sabía de su obra, ni tampoco de su existencia. Leí detenidamente el texto alusivo a James Salter (Nueva York, 1925) y fue un revulsivo para mí, hasta el punto de dejar las lecturas que llevaba entre manos y salir a buscar algún libro del neoyorquino para calmar mi apetito. Solamente logré encontrar La última noche, editado por Salamandra en 2006, un libro de diez relatos, donde se exploran los rituales de las decepciones en las parejas, sus abismos, rupturas y mentiras.

Salter, escritor de fuertes experiencias vitales (según los datos que recabé en internet), fue piloto de combate en 1957 en la guerra de Corea y también se llevó un tiempo apartado de su actividad literaria, en una actitud parecida a la que ya acostumbró a sus seguidores Salinger. Publicó su primer libro con treinta y dos años.

La última noche recoge diez cuentos donde Salter despliega una delicada capacidad para retratar los momentos del fracaso de las parejas, la fugacidad del tiempo y, por consiguiente, la pérdida. Todos los cuentos conforman un conjunto soberbio, donde destaca el que da título al libro, un relato muy original y con un final sorprendente. Todas las historias tienen la conexión de pertenecer a un cierto esterotipo de familia americana de clase media alta. A pesar de este cliché, magistralmente detallado también por otros escritores coetáneos, como Cheever y Updike, los relatos de Salter tienen el atractivo de la delicadeza y la sensibilidad de exponer con sutileza el mundo que se desmorona, de la vida que se apaga, de la traición que se descubre a través de los diálogos vivísimos de sus protagonistas, arquetipos del fresco costumbrista de la sociedad americana, llena de fiestas y de aburrimiento existencial.

En el artículo referido, Muñoz Molina se extiende sobre el cuento final de La última noche y afirma: “Corta el aliento desde el principio y en la última página depara una descarga eléctrica. En una trama simple que se desliza hacia lo vergonzoso y lo atroz, Salter trata de frente la muerte, el deseo y la traición. 'Last Night', es ese cuento que uno da a leer de inmediato a la persona querida, urgiéndole a dejar de lado cualquier tarea...”

Creo que este cuento, además de Cometa y Cuánta diversión son los más intensos y sutiles, todos ellos hilvanados en una prosa nítida, sin aparente artificio y aprovechando al máximo la economía de medios. Ciertamente, el mayor logro del libro es la unidad temática, su transparencia y la sencillez de contar lo misterioso de la realidad. Un gran hallazgo que celebro y agradezco a mi admirado escritor de Úbeda.