Mostrando entradas con la etiqueta Savater. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Savater. Mostrar todas las entradas

lunes, 16 de diciembre de 2013

El placer de leer y el reto de pensar



Si hay algo que agradezco a Fernando Savater (San Sebastián, 1947) es el hallazgo de otros autores y pensadores que por mí mismo difícilmente hubiera encontrado. Bien es cierto que los libros te llevan a otros libros, pero descubrir a Rabelais, Voltaire y Nietzsche, por ejemplo, fue para mi una maravillosa aventura que vino de su mano, de ese empeño entusiasta y revelador que siempre ejerce en sus ensayos de ética para curiosidad y formación de sus lectores. Este oficio didáctico propició en mí influencias de libros que el filósofo vasco expandía a través de sus escritos y artículos periodísticos. No olvido el efecto que me produjo la lectura de Cioran, un pensador desconocido en nuestro país al que el ensayista donostiarra nos presentó con regocijo a tantos lectores ávidos de pensar sin la tutela del sistema. En más de una entrevista Fernando Savater ha reconocido que no hay para él mayor gozo que un lector le confiese que conoció a un autor gracias a él y contesta muy ufano: escribo para proponer autores más dignos de ser leídos que yo.

Savater es un ensayista imprescindible por lo que transmite y por el enfoque educativo y ameno con que salpimenta su escritura. El autor de La tarea del héroe (1981) e Invitación a la ética (1982) no ha dejado nunca de proponer una ética cuyo fundamento es comprender al hombre como ser activo, en la creencia de que la imaginación en el hombre es lo que mejor puede explicarnos lo que supone su manera de actuar. Y, en Ética de urgencia (2012), publicado treinta años después, el prolífico escritor vasco se reafirma en sus postulados y dice en el prólogo: mientras seamos humanos no podremos dejar de preguntarnos cómo debemos relacionarnos con los otros, porque somos humanos gracias a que otros humanos nos dan humanidad y nosotros se la devolvemos a ellos.

La editorial Ariel lanzó el mes pasado Figuraciones mías, una recopilación de los últimos artículos periodísticos del filósofo donostiarra, que deambulan entre el placer de la lectura y la aventura de pensar. De modo que estas Figuraciones mías están impregnadas de reivindicaciones y recetas, porque Savater está convencido de que el remedio contra todo mal es la educación, la reflexión y la cultura. Y así en este marco se declara un entusiasta activista de dos tareas primordiales de su filosofía vital: el gozo de leer y el riesgo de pensar. El intelectual español llama a rebato, tanto a la ciudadanía como a las instituciones, para alertarlas de que la lectura no se impone, porque ante todo es placer, y advertirlas de que educar no consiste solo en formar empleados, sino en preparar ciudadanos. Insiste en que la cultura es algo más que leer un premio Nobel, y aboga por seguir experimentando y por conocer otros libros, porque consumir solo cultura gourmet es como alimentarse exclusivamente a base de mariscos. Es necesario ampliar el menú y probar otras cosas.

El libro de Figuraciones mías está concebido como una bitácora de lecturas por donde Savater se explaya con su buen ojo clínico de lector, para ofrecer un repertorio de autores y obras con los que abrirnos el apetito de la curiosidad: Emerson, Melville, Baroja, Vila-Matas, Virginia Woolf, J. K. Rowling o Fred Vargas, y como remedio al mayor tormento que conoce el ser humano, que es sin duda el aburrimiento: es el único que de veras humilla, y frente a él no caben ni la rebelión ni el heroísmo. Son un total de treinta y siete artículos, más un prólogo, que no tienen desperdicio. El conjunto de estas Figuraciones mías es donde el autor de Ética para Amador pulsa el botón de alarma reflexionando sobre temas tan candentes del momento como la educación, la cultura, el periodismo e internet.  Y lo hace desmitificando la época que nos toca vivir, poniendo en solfa eso que tanto valor se da hoy en día, como es medir la rentabilidad, la eficacia y el volumen del negocio, en detrimento de las humanidades, las artes y el saber, que son las únicas disciplinas capaces de esculpir mejores ciudadanos y modelar un mundo con ciudades más habitables y libres.



Como siempre, Savater no defrauda. Su incomodidad es entusiasta y emprendedora, su mensaje, sencillo, didáctico y profundo, como el de los viejos filósofos, se dirige a una amplia mayoría. Figuraciones mías es un libro dinámico, jugoso y reflexivo, escrito por un activista de la concienciación, tan lúcido y vitalista que no se cansa de transmitir el gozo que supone leer y el riesgo que conlleva pensar.

domingo, 31 de marzo de 2013

Una charla sustanciosa


Cada vez que se produce una novedad editorial que llega con la firma de Fernando Savater despierta en mí una curiosidad difícil de frenar. Sigo con interés sus escritos desde hace treinta años. He leído casi toda su producción narrativa y ensayística. Empecé con Sobre vivir allá en 1983 para continuar con La tarea del héroe e Invitación a la ética, hasta abrazar sus muchos artículos en prensa, en los que vierte su afán divulgador que me llevaron a la lectura de Rabelais, Spinoza, Chesterton, Cioran o Voltaire. Para mí fue todo una instrucción motivadora. 

Esta mañana dominical he leído lo último publicado por el donostiarra. Jorge Herralde, el editor de Anagrama, siempre sorprende, y en esta ocasión lo ha hecho lanzando El Traspié, una comedia filosófica que Savater estrenó en 1988 en TV en el programa de teatro A través del espejo, en la época de Pilar Miró. El texto de esta obrita de apenas noventa páginas y que lleva como subtítulo Una tarde con Schopenhauer, cuenta las conversaciones que la joven y prometedora artista Elisabeth Ney mantiene con el doctor Schopenhauer en sus sesiones de escultura sobre el busto del insigne modelo. Esta inventiva del autor de Ética para Amador nos descubre las ideas sobre el destino de los hombres y otras perplejidades valiéndose del tono magistral del filósofo alemán. Savater versiona los diálogos que la escultora mantiene con el cascarrabias  de Schopenhauer.

En esta pieza teatral el profesor vasco escenifica las minúsculas vanidades del sabio alemán, el afán del anciano de seguir despertando admiración, su gusto por la frase afilada y rotunda para impactar en el oyente. La joven Ney se deja seducir y celebra sus ocurrencias. Hay un pasaje clave en el libro, cuando Schopenhauer se interesa por Larra ante otro personaje de la obra, el español Zúñiga, donde el viejo filósofo manifiesta su rechazo radical al suicidio: “Lo considero un pecado de optimismo: lo que hay que matar en nosotros no es la vida, sino la voluntad de vivir”. Y más adelante afirma: “Cada cual no tiene más destino que los retortijones de sus tripas”.

Savater es también novelista premiado, pero sobre todo es pensador, un filósofo al que nada le es ajeno. Habría que situar al donostiarra en esa franja de escritores de éxito heridos por el teatro que siempre les resultó esquivo, como Azorín, Baroja o en la actualidad, Vargas Llosa.

El traspié ofrece un escenario que no pasa inadvertido, incluso la representación de Zúñiga, el viajero y hombre de mundo, despierta un interés histórico irresistible. Al mismo Schopenhauer le ocurre algo inusual como que la belleza y la inteligencia de la joven lo tenga seducido hasta el punto de atemperar su radical misoginia. Y entonces ocurre el milagro de una deliciosa conversación entre el viejo pensador y su admiradora artista que desemboca en un torrente de pensamientos y gustos que el filósofo alemán despliega con ironía y sentido del humor.

Este librito elocuente, sutil y ameno, que deja el regusto de haber pasado un buen rato, es una charla sustanciosa de las de antaño, pero igual de vigente para estos tiempos de zozobra.