jueves, 27 de febrero de 2014

El funambulismo y el vértigo


Con algunos libros tiene uno la sensación de haber tocado suelo y techo. El equilibrista es uno de esos libros, donde se siente esa volumetría delimitada que consigue despertar perplejidad. Hojeé este pequeño volumen de aforismos y microensayos en mi librería habitual, hace unos días, y decidí comprarlo, al tiempo que recordaba el elogio encendido que Savater hacía de esta obra de Andrés Neuman (Buenos Aires, 1977) hace dos años, o quizá más, en su columna periodística de El País. Esa misma tarde empecé a leerlo con fervor, sin dejar de subrayar hallazgos y destellos conforme avanzaba en la prometedora lectura; y es que este género de lo escueto me predispone de una manera inusitada. Me encanta descubrir los pequeños tesoros que brotan entre las páginas de un libro dedicado al género corto de la sentencia, que obliga a leer con sosiego y es capaz de arrancarte una mueca sardónica con la chispa de un alumbramiento.

Neuman es un portento literario que no para de crecer, poseedor de una retórica brillante, acorde a su inteligencia natural. Había escuchado al autor argentino en tertulias, presentaciones de libros y entrevistas y os aseguro que es soberbio. Cuando lo escuchas sabes que estás ante un literato impresionante, pese a su juventud. Hace más de una década que lo descubrí con su primera novela, Bariloche (1999) que escribió con tan solo veintidos años. A partir de ahí seguí interesandome por su poesía, cuentos y microrrelatos, que llegaron como epifanías a traerme la buena nueva de este granadino adoptado al que profeso admiración.

El equilibrista es el primer volumen de esayo de Andrés Neuman, y propone un itinerario por la vida cotidiana y sus vicisitudes, además de adentrarse en la estética, el arte y la literatura. El autor de Hacerse el muerto nos incorpora al mundo de las paradojas con sutileza y tino. El libro contiene en la parte final una serie de microensayos que sopesan asuntos propios del lenguaje literario, así como de los distintos tipos de lectores existentes, hasta aterrizar en el realismo y en la estética posmoderna. La escritura de esta pequeña joya literaria se sustancia en el carácter vitalista y enérgico de los chispazos de sus aforismos, como evidencian estas muestras escogidas:

El alma es un laboratorio.

Mucho más que nuestras opiniones, nos delatan nuestras conjeturas.

El tiempo no se ahorra: se ordena o desordena.

No confundir la moral con quienes la defienden.

Cada muerte es una lección de vida.

Terminar una obra es una proeza. La única mayor es empezarla.

Tras el estudio, algo incluso más lento: desaprender.

Hay má literatura en la vida de cualquier lector que en las lecturas de cualquier vida.

El cuento es un dardo. La novela, un radar.


Neuman ya había mostrado su veneración por los géneros concisos publicando libros de microrrelatos y haikus. Para él, la literatura es como un umbral que cruzar o un lugar de residencia, pero -advierte el porteño- “nuestro interior es el lugar que alberga las dependencias más inexploradas”. Le encanta definirse más que como un buen escritor, un buen corrector de lo que escribe mal.

El equilibrista, en suma, es una colección de sentencias reflexivas y agudas que destilan precisión, a través de las cuales, Neuman transita por la vida, sus costumbres y, sobre todo, la literatura, esa gran sede verbal de la imaginación del hombre, capaz de aventurarse al funambulismo del lenguaje y a la emoción del riesgo.

sábado, 22 de febrero de 2014

Existencias insignificantes


Mientras regresaba del paseo escuchando el cante exultante de Enrique Morente en el Ipod, meditaba sobre el epílogo de La cabeza en llamas (Galaxia Gutenberg, 2012), una lectura fresca que había concluído momentos antes de iniciar la caminata. Unas páginas magistrales en las que Luis Mateo Díez (Villablino, León, 1942) hace su particular recuento del libro y confiesa, en un memorable párrafo final, cómo vive en la novela lo que la vida ya no le reclama y cómo escribir es lo único que le interesa para que la vida no decaiga, porque en la escritura, concluye, está el único aliciente para acabar de resolverla.

La fuente de la edad (1986) supuso el inicio de mi relación lectora con la narrativa del leonés, coincidiendo con su consagración como novelista, ya que con este libro tan vitalista y divertido, sobre las aventuras peregrinas de una cofradía compuesta por cinco amigos, Mateo Díez obtuvo el Premio de la Crítica y el Premio Nacional de Literatura. Después me zambullí en la tinta de Los males menores (1993), donde el escritor castellano se presta a condensar su narrativa en los límites del microrrelato. Luego vino El paraíso de los mortales, una novela misteriosa en la que el joven Mino Mera protagoniza la recuperación del tiempo perdido de una vida llena de inciertos presagios. Libro tras libro, Luis Mateo Díez ha ido ensanchando el territorio de sus ficciones gracias a ese cultivo del realismo que despliega con tanta maestría y naturalidad en la novela corta, el cuento y el microrrelato. En La cabeza en llamas reúne cuatro historias de diferentes tramas y personajes, pero fiel a su idea de contar la vida como un asunto a resolver, en ese milagro de funambulismo entre los sucesos evocados y la efervescencia de la imaginación. Un compendio de cuatro novelas cortas, con una hondura humanista conmovedora y una prosa impecable, que cautiva y encandila al lector.

El relato inicial que da título al volumen, La cabeza en llamas, cuenta la vida del joven Camil, un tipo descarado e insolente, con una labia incendiaria, que arrastra un historial destructivo marcado por el sino de su nacimiento.

En el relato Luz de amberes, Mateo Díez se empeña en destacar la atmósfera y el ambiente de un restaurante lujoso alrededor de una mesa, donde los comensales, un tío y dos sobrinos huérfanos, repasan tristes pasajes de sus vidas.

El tercer relato, titulado Contemplación de la desgracia, transita por el escenario de la infelicidad de unas vidas ensimismadas que acaban reconfortándose.

Por último, en Vidas de insecto, el escritor de Villablino presenta unas memorias de un colegio de curas fabuladas en un tono surrealista, donde las larvas, representadas por los internos, se rebelan contra los castigos y vejaciones de algunos educadores del centro.


Una vez más, constatamos, que la extraordinaria trayectoria narrativa de Luis Mateo Diéz se sustancia en el empeño por inventar historias y personajes, impregnados de misterio y de vida anónima, que podemos encontrar a la vuelta de la esquina.

Concluyendo: La cabeza en llamas es un libro que posee una magia literaria insólita y el mejor repertorio narrativo que identifica a este fabulador excepcional que es Mateo Díez, capaz de dar el pálpito de vida milagroso a seres inadaptados, inconformistas y antihéroes que se baten en una lucha de huídas, búsquedas y dudas, en pos de encontrar sentido a sus existencias insignificantes.


lunes, 17 de febrero de 2014

Ganar la guerra, ganar la paz


Hace un mes, me encontré, en la cartelería de mi muro de Facebook, un post del escritor Pedro Ugarte que subrayaba el siguiente párrafo de la novela Todo está perdonado: “Nunca te libras de la esperanza, tiene el caparazón demasiado resistente, se alimenta de cualquier cosa, se adapta a todos los medios, sabe defenderse de la agresión de la realidad o, al menos, ponerse a cubierto hasta que escampe...” Inmediatamente, pulsé “me gusta”, porque la metáfora remarcada por mi amigo Ugarte era tan oportuna, como certera. Había leído de Rafael Reig (Cangas de Onís, 1963) su última publicación, Lo que no está escrito, una trama alrededor de las relaciones de parejas, muy bien armada, que me gustó mucho. De manera que ambas circunstancias me impulsaron a la aventura de sumergirme en las páginas de la obra del asturiano que, además, venía con la vitola de ganadora del Premio Tusquets de Novela del 2010.

Todo está perdonado es una novela sorprendente, entre lo policíaco y la crónica negra. Rafael Reig reconstruye la historia reciente de España, a través de la trayectoria de la familia Gamazo, una de las estirpes privilegiadas del poder económico que ganaron la guerra y, treinta y cinco años después, continuan en la pomada de los triunfadores de la paz en la incipiente democracia. La historia arranca con el asesinato de Laura, hija y única heredera del rico empresario Perico Gamazo. La investigación del crimen sirve para que el narrador omnisciente que campea por el libro, reconstruya la historia de esta próspera familia que desarrolló su fortuna en la dictadura, y acude ahora, sin remilgos, a montar a sus hijos al carro de “La inmaculada Transición”, como la califica Reig, para no perder comba en las nuevas oportunidades que les brindará la democracia recien nacida. Con este inicio y un escenario, donde el fútbol, junto a la religión, vertebran el hilo narrativo y la estructura del libro, Rafael Reig teje una trama para mostrarnos la decadencia del antiguo sistema y la corrupción reinante, con clara intención crítica y de denuncia. La historia transita por un Madrid inundado: Atocha es un puerto, la Castellana, un canal y por el Prado se extiende un malecón. En el epicentro de estos acontecimientos, no falta la exaltación del deporte rey, como seña de identidad nacional, con diferentes episodios de la competición de la Eurocopa de futbol, que en ese año del 2008 se disputa en Austria. La iglesia vende las hostias consagradas en los supermercados de los barrios, y Gamazo ostenta la concesión de los envases de esta nueva mercancía que ha sido utilizada por el asesino para actuar y envenenar a su víctima.

Reig se vale del género policial para discutir lo que la sociedad discute, a través de la verdad y la ley. Sus investigadores, el exagente de inteligencia Antonio Menéndez Vigil y Carlos Clot, detective privado, están ahí para interpretar lo sucedido, y lo pueden realizar porque están fuera de cualquier institución, aunque extrañamente implicados. Toda una reflexión muy lúcida y atinada, un repaso desolador sobre la canalla imperante alrededor del capital: da igual los regímenes, quien manda es el dinero. En resumen: un retrato social e irónico de nuestra historia más reciente, cargada de sátira y sarcasmo.


Todo está perdonado es una novela original, brillantemente ideada y muy entretenida, en la que destaca una prosa aguda, sabrosa por su desparpajo, tan propia del escritor asturiano, que logra conectar con las voces de sus personajes.

Rafael Reig ha puesto todo su oficio en esta novela ambiciosa, rica en elipsis y en diálogos vivísimos, donde reina el humor, sin ocultar su visión caústica y un poco desesperanzada de la sociedad, en la que los que ganan la guerra, son los mismos que ganan en la paz.


jueves, 13 de febrero de 2014

Seres perdidos



Confieso que descubrí a Ricardo Menéndez Salmón (Gijón, 1971) de la mano de Vila-Matas, en una referencia memorable en su libro Diario voluble sobre el autor de Gritar y que cito textualmente: La literatura no es un oficio, es una enfermedad; uno no escribe para ganar dinero o caer bien a la gente, sino porque intenta curarse, porque está infectado, porque lo ha ganado la tristeza. Y, ante tamaño desvelo, ya no pude resistirme a buscar lo que no quería perderme del escritor asturiano hasta entregarme a La luz es más antigua que el amor (2010), un texto sobre la enfermedad, la locura y el genio. Después me encandilé con La noche feroz (2011) y Medusa (2012), dos relatos inquietantes y crueles que me conmovieron. Cuando un escritor, como Menéndez Salmón, te muestra esa literatura que procede de la desolación de su escritorio, donde se encierra para vislumbrar todo el caudal de tristeza y de alegría que conforma su vida, entonces nos damos cuenta de que estamos ante un narrador con mayúsculas.

Niños en el tiempo (Seix Barral) , su última propuesta narrativa, presentada el pasado mes de enero, goza del sello de sus anteriores novelas, pero aquí, la fuerza de la desgracia sopla entre la pérdida y el duelo. Menéndez Salmón nos cuenta tres historias que tienen el sino de la convergencia, bajo un eje central protagonizado por un niño que transita por tres estados: un niño muerto en la primera parte, un niño histórico en la segunda y un niño que viene de camino en la parte final. Tres partes, desde lo hondo de la herida hasta la luz, que hablan de las cicatrices del dolor.

Hay un trasunto vital en Niños en el tiempo que engarza intencionadamente un episodio con otro. La novela arranca con un texto de duelo por la muerte de un hijo que provocará la ruptura de sus progenitores. La segunda parte de la novela recobra la infancia de Jesús, su época más invisible. El interés de Menéndez Salmón de recrear la figura de Jesús se aleja del plano religioso para mostrarlo más como personaje literario y terrenal.

Un libro que se lee con la piel y el lápiz para subrayar gemas como estas : El tiempo lo cura todo, incluso la pérdida más insoportable (pág. 28); la única aurora del hombre es el lenguaje (pág. 107); no hay ficción que escape a la impostura (pág. 133); la vida sólo tiene sentido como relato. Y el relato, por definición, es falso (pág. 135)...

Niños en el tiempo responde a una parábola sobre la literatura como liberación y medio para aplacar el dolor. Un relato bello, filosófico y conmovedor sobre el amor y la pérdida pero, también, un conjuro literario sobre el duelo y la salvación.



Uno tiene la sensación, siempre excitante, de haber descubierto a un escritor existencial y egregio, como Ricardo Menéndez Salmón, para seguir leyéndolo, porque irremediablemente se hace irresistible y necesario, como lo han sido los seres perdidos de esta sorprendente novela.

lunes, 10 de febrero de 2014

Abrir carpeta


El chileno Alejandro Zambra (Santiago de Chile, 1975) irrumpió en el panorama narrativo español en el 2006 con su novela breve Bonsái, un libro que tuvo buena crítica en los diferentes suplementos culturales de los principales periódicos nacionales. Sin embargo, con Formas de volver a casa (2011), su tercera novela, una historia tierna y cruel a la vez, Zambra rompió gran parte de su anonimato entre los lectores españoles y logró notoriedad merecida, algo que ya lucía sobradamente en el cartel narrativo de su país.

El pasado mes de enero, el escritor sudamericano presentó su debut en el género del cuento con los once relatos que conforman Mis documentos, su nuevo libro, que transita por la autoficción y el recuerdo. En algunos de ellos, como Mis documentos, Camilo, Instituto Nacional o Yo fumaba bien, hay un narrador en primera persona que despliega un tono evocativo sobre andanzas y vicisitudes de la juventud temprana, hechos supuestamente vividos por el autor, aquejado de migrañas incisivas. Uno de los puntos álgidos del libro lo ofrece el relato Vida de familia, una historia de una impostura, narrada en tercera persona, en la que el personaje quiebra su vida precaria, urdida en la mentira, para recomponerse.

Mis documentos son relatos sobre la memoria que se guardan en el archivo de la carpeta de nuestra infancia, que atesoran episodios de una época que marca buena parte del futuro, nos viene a decir Zambra, especialmente en el cuento que lleva el mismo título que el libro. Éste, quizá, sea el más testimonial de todos, una historia protagonizada por un niño que quiere pertenecer a algo, a un grupo o dedicarse a una tarea singular, como tocar la guitarra o ser un monaguillo dintinguido. En Mis documentos aparece, como hechos relevantes, los ordenadores y el desarrollo de las tecnologías al compás de la creación literaria, capaz de cortar y pegar rememoranzas tan frágiles como el propio texto. Son guiños que lanza el propio escritor al lector para advertirle que a la despensa de la memoria hay que acercarse con atención y cautela, si queremos autentificarnos. Zambra, por tanto, pone a prueba aquí diferentes formas y tonos, desde la prosa más llana y delgada hasta la más minimalista, cuando se trata de destacar vidas insignificantes.



Convengamos que el chileno Zambra se está haciendo hueco en la literatura latinoamericana reciente y que es un escritor con una prosa que cautiva, gracias a la habilidad de entretejer historias entre la biografía y la ficción. No es nada baladí afirmar sencillamente que Mis documentos es un libro entretenido y ameno, construido a partir de elementos vitales que derivan de la experiencia literaria de narrar recordando o imaginando. Y como todavía espero más del sudamericano, yo aguardaré a ver qué nuevas historias vendrán de la memoria de su computadora cuando le dé por pulsar el comando “Abrir carpeta” de sus documentos.


viernes, 7 de febrero de 2014

Una novela discreta


El resultado que me ha producido la lectura de El héroe discreto, de Vargas-Llosa, ha sido el de un pasatiempo discreto y una decepción mayúscula. Ya con su anterior novela, El sueño del celta, tuve un encontronazo gordo, y lo que la editorial calificaba de novela mayor, para mi fue la desventura de haber leído una novela malograda, aunque ambiciosa. Yo me pregunto si el Nobel peruano sigue gustando por lo que escribe o, más bien, por lo que escribió. El escritor de sus brillantes inicios no aparece en esta ocasión, como tampoco lo hace en sus últimos libros. Y esto no quiere decir que El héroe discreto (Editorial Alfaguara, 2013) no sea una novela hija de la maestría de un coloso que domina la construcción narrativa como nadie y despliega un lenguaje de orfebrería como pocos. Pero los que fuimos atrapados por la impronta juvenil de La ciudad y los perros y después absorbidos por la memorable Conversación en la catedral hasta conmovernos con La fiesta del chivo, que hizo historia, no queremos ser cómplices de una narrativa que transcure por el sendero del entretenimiento, más que por el de la excelencia.

Centrándonos en El héroe discreto, el novelista acude al mundo de lo cotidiano para extraer unos personajes que se baten en la lucha diaria de sus vidas y mostrarnos que el heroismo surge, más allá de los grandes momentos del pasado y de combates gloriosos, de la propia conciencia del ser humano que se resiste a la adversidad con dignidad. Un tema jugoso que en manos de un maestro consagrado como Vargas-Llosa debería alcanzar la gloria. Eso es lo que mi subconsciente intuía en los inicios de la historia, ávido de asistir a un aquelarre literario más que, a la postre, ser un espectador de un ejercicio puro de onanismo.

La propuesta del autor de Los cachorros es una historia ambientada en el Perú contemporáneo, a través de una estructura en dos planos narrativos que se van alternando en capítulos sucesivos, hasta que convergen al final por medio de una trama de corte costumbrista y trasfondo policiaco. El primero de sus protagonistas, Felícito Yanaqué es un empresario del transporte, un hombre recto, hecho a sí mismo que lucha denodadamente por no sucumbir al chantaje a que se ve sometido. El segundo de los protagonistas de la historia lo representa Rigoberto, un personaje familiar para los lectores de El elogio de la madrasta y Los cuadernos de don Rigoberto, que anda pendiente de su jubilación de gerente de la empresa de seguros, cuyo propietario octogenario, Ismael Carrera, jefe y amigo, le pide que sea testigo de su boda: una solicitud que le acarreará serios problemas. El relato transita por el pasado y presente de cada personaje, aliñado con detalles de la vida cotidiana en Lima y Piura, que son los dos enclaves donde se desarrolla la acción.

El héroe discreto presume de perfección técnica, eso es indiscutible, con un léxico preciso, una sintaxis impecable y unos diálogos vivísimos, investidos de gracia cervantina. La novela rehuye de episodios épicos porque la intencionalidad del autor, como dije anteriormente, es elevar lo cotidiano a lo diferente y excepcional por medio del arrojo de la gente común y anónima. Sin embargo, es difícil esperar de Vargas-Llosa una novela que alcance la cima de sus obras maestras, porque aquí, en esta nueva entrega, lo que ofrece es sencillamente un divertimento, sin más pretensiones y con final feliz, para sus incondicionales.



Desde luego para los que admiramos la obra de uno de los grandes de la literatura universal, lo que ofrece El héroe discreto es una realidad y una evidencia bien distinta a la que nos tiene acostumbrado el insigne escritor sudamericano. Los fundamentos de la gran literarura que Vargas-Llosa lleva por bandera, se echa en falta en esta novela tan discreta y banal que deseamos no derive en una rendición de este mago de las letras.

martes, 4 de febrero de 2014

El deseo infinito de vivir


Susan Sontag compartía la adoración de Virginia Woolf por los libros, su idea del paraíso como lectura eterna. Quería que todos compartieran sus pasiones y responder con igual intensidad a cualquier cosa que a ella le encantase era proporcionarle uno de sus mayores placeres. En el fondo era una mujer de corte didáctico y moralista, quería ser una influencia, mejorar las mentes y refinar los gustos. Le exasperaba darse cuenta de que la compañía de mujeres, por inteligentes que fueran, no eran habitualmente tan interesante como la de los hombres inteligentes. Todos estos recuerdos de esta excepcional intelectual están muy bien recogidos en el libro Siempre Susan, unas memorias preciosas e íntimas que leí hace poco y que reseñé en este blog, de Sigrid Núnez, esposa que fue de su querido hijo David Rieff.

Este acercamiento nuevo que tuve hacia la escritora neoyorquina, con la publicación de los recuerdos de su nuera, me hizo mella, y, a continuación, leí sus diarios tempranos que editó su hijo, bajo el título Renacida, que de igual manera me hizo intimar más con el pensamiento y las ideas de esta irrepetible ensayista. Hice acopio de otras lecturas suyas, hasta que cayó sobre mis manos Un mar de muerte (Edit. Debate), un libro desgarrador sobre la última fase de la enfermedad de Susan Sontag, escrito por su hijo David en el 2008. El libro de Reiff va más allá de estos últimos días finales de su madre y se introduce en la relación madre e hijo, y si al lector le parece una escritura cruda es claro que David lo hace controladamente, impidiendo la espontaneidad de la compasión, porque quiere hacer tributo a una madre que vivió entregada en cuerpo y alma a un ambiente exigente y crítico. Susan no se rendía y murió sin reconciliarse con la idea de morir. Estaba tan llena de proyectos, tenía tantas ideas en mente y tanto trabajo por delante, que no cabía en su cabeza doblegarse a desaparecer, a extinguirse. A pesar del cáncer sanguíneo que la mató el 28 de diciembre del 2004, hasta solo unas cuantas semanas antes de su muerte, estaba convencida de que sobreviviría.

Rieff ha escrito un libro entre los recuerdos y la investigación, como tributo a su madre. Un testimonio implacable sobre una mujer arrolladora y obsesionada por su enfermedad con la que se batió el cobre hasta el último céntimo. Morir es difícil y para un hijo que no pudo ejercer de ayudante de cámara, como tendría que haber sido en ese final inevitable de la vida de su madre, dejan cicatrices. Por eso rinde culto a su madre, cuatro años después de su desaparición, desde la revisión de aquellos últimos días que Sontag estuvo ingresada y postrada en el hospital. Una confesión bastante despiadada, que revela cómo tuvo que acallar la piedad y compasión que la agonía de su madre requería por respeto a la forma que ella decidió morir, y, también, empujado por el carácter tan arrollador que Susan ejercía. Se lamenta del autoengaño de una mujer tan racional, capaz de agarrarse a sentimientos imposibles de optimismo. En aquellos días aciagos, Susan decidió amarrarse a la vida rechazando cualquier consuelo.



David Rieff deja una elegía contenida, alejada de patetismo, para acercarla a una muerte literaria llena de latidos, pero sin la calidez que aquellos momentos vividos requerían de alivio de espíritu. Ese es su lamento y desconsuelo.

Un mar de muerte es un emocionante relato de David Rieff, una crónica íntima que cuenta la lucha desesperada de su madre por la vida y no por la verdad de su fatídica enfermedad; un relato sincero y conmovedor que desvela, por la experiencia propia de un hijo afligido, que la vida es finita, pero los sentimientos y los pensamientos que provoca, parecen infinitos.

sábado, 1 de febrero de 2014

Meras apariencias vacías


La publicación de Intento de escapada de Miguel Angel Hernández (Murcia, 1977) ha sido un acierto del editor Jorge Herralde (otro más en su haber), atendiendo la recomendación del jurado del premio hómonimo de novela del año 2010 que consideró la obra del murciano una excelente propuesta literaria para los lectores de Anagrama. Esta opera prima de Hernández transita por los recovecos del arte contemporáneo y toca de manera tangencial el controvertido asunto de la inmigración.

Miguel A. Hernández teje una trama donde las consecuencias del arte contemporáneo alcanzan cuestiones estéticas y éticas, como espada de damocles, para que el lector se interrogue y dilucide cuál es la línea de separación entre el arte y la vida. Lo que viene a decir la novela de Hernández es que los límites éticos del arte deben ser los mismos que los de la vida, y va más allá al sugerir que el artista, el creador, está sujeto a los límites que marca la sociedad para su examen, porque el arte no se debe interpretar como una especie de estado de excepción. Intento de escapada es una historia escrita entre la experiencia personal del propio autor (crítico de arte y docente de la Universidad de Murcia) y el ensayo.

Marcos es un estudiante sobresaliente de Bellas Artes que acepta convertirse en asistente durante los prolegómenos de la exposición que va a llevar a cabo el gran Jacobo Montes, el artista del momento. Una oportunidad que no deja escapar, fascinado por la figura del controvertido artista y las espectativas creadas en torno a su próxima perfomance. Una travesía que vivirá en primera persona, como narrador de esta vertiginosa historia, hasta acabar en un choque de su conciencia con los límites morales de la representación artística. Marcos descubre motu proprio la diferencia entre la teoría y el concepto artístico, con la práctica, es decir, con la gestación de la obra de arte. Para un joven, enfermo de teorías, este trayecto le brindará la ocasión de experimentar otro sentir y otra mirada.

Uno de los méritos innegables del libro de Miguel Angel Hernández es hacer preguntas sobre el arte y, sobre todo, hacerlas entendibles al gran público. Una novela que rastrea ideas para hacerlas reconocibles al lector común. Hernández es consciente que no es posible colarse en las entrañas del espectáculo del arte sin que se te caigan los palos del sombrajo. Porque ningún arte es puro y nadie está a salvo: “El arte tiene secretos y enigmas. No podemos entenderlo todo... El arte contemporáneo no era demasiado distinto al circo y a la feria” (pág 222). “El arte es una cosa sucia, y no hay manera de lavarla sin que pierda su color” (pág 229).



Intento de escapada es una novela interesante y comprometida, que aborda las relaciones humanas por medio de la experimentación artística. Parece que detrás de esta obra surge una intencionalidad didáctica indisimulada, que se presta a transmitir al lector que el arte tiene que ser un espacio de consenso, un juego que empuje al espectador a posicionarse entre la realidad y la ficción. Un libro que no te deja indiferente, que fluye, gracias a una prosa impecable, y que te hace pensar sobre qué hay de validez en la obra artística contemporánea, donde parece que la estética sobrepasa a una ética menguada por el mercado, solaz del espectáculo. Cuando descubres esto, entonces das por sentado que las cosas, al final, no son sino meras apariencias vacías (pág 236).