jueves, 27 de febrero de 2014

El funambulismo y el vértigo


Con algunos libros tiene uno la sensación de haber tocado suelo y techo. El equilibrista es uno de esos libros, donde se siente esa volumetría delimitada que consigue despertar perplejidad. Hojeé este pequeño volumen de aforismos y microensayos en mi librería habitual, hace unos días, y decidí comprarlo, al tiempo que recordaba el elogio encendido que Savater hacía de esta obra de Andrés Neuman (Buenos Aires, 1977) hace dos años, o quizá más, en su columna periodística de El País. Esa misma tarde empecé a leerlo con fervor, sin dejar de subrayar hallazgos y destellos conforme avanzaba en la prometedora lectura; y es que este género de lo escueto me predispone de una manera inusitada. Me encanta descubrir los pequeños tesoros que brotan entre las páginas de un libro dedicado al género corto de la sentencia, que obliga a leer con sosiego y es capaz de arrancarte una mueca sardónica con la chispa de un alumbramiento.

Neuman es un portento literario que no para de crecer, poseedor de una retórica brillante, acorde a su inteligencia natural. Había escuchado al autor argentino en tertulias, presentaciones de libros y entrevistas y os aseguro que es soberbio. Cuando lo escuchas sabes que estás ante un literato impresionante, pese a su juventud. Hace más de una década que lo descubrí con su primera novela, Bariloche (1999) que escribió con tan solo veintidos años. A partir de ahí seguí interesandome por su poesía, cuentos y microrrelatos, que llegaron como epifanías a traerme la buena nueva de este granadino adoptado al que profeso admiración.

El equilibrista es el primer volumen de esayo de Andrés Neuman, y propone un itinerario por la vida cotidiana y sus vicisitudes, además de adentrarse en la estética, el arte y la literatura. El autor de Hacerse el muerto nos incorpora al mundo de las paradojas con sutileza y tino. El libro contiene en la parte final una serie de microensayos que sopesan asuntos propios del lenguaje literario, así como de los distintos tipos de lectores existentes, hasta aterrizar en el realismo y en la estética posmoderna. La escritura de esta pequeña joya literaria se sustancia en el carácter vitalista y enérgico de los chispazos de sus aforismos, como evidencian estas muestras escogidas:

El alma es un laboratorio.

Mucho más que nuestras opiniones, nos delatan nuestras conjeturas.

El tiempo no se ahorra: se ordena o desordena.

No confundir la moral con quienes la defienden.

Cada muerte es una lección de vida.

Terminar una obra es una proeza. La única mayor es empezarla.

Tras el estudio, algo incluso más lento: desaprender.

Hay má literatura en la vida de cualquier lector que en las lecturas de cualquier vida.

El cuento es un dardo. La novela, un radar.


Neuman ya había mostrado su veneración por los géneros concisos publicando libros de microrrelatos y haikus. Para él, la literatura es como un umbral que cruzar o un lugar de residencia, pero -advierte el porteño- “nuestro interior es el lugar que alberga las dependencias más inexploradas”. Le encanta definirse más que como un buen escritor, un buen corrector de lo que escribe mal.

El equilibrista, en suma, es una colección de sentencias reflexivas y agudas que destilan precisión, a través de las cuales, Neuman transita por la vida, sus costumbres y, sobre todo, la literatura, esa gran sede verbal de la imaginación del hombre, capaz de aventurarse al funambulismo del lenguaje y a la emoción del riesgo.