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lunes, 23 de junio de 2025

Días y esquirlas


Me gustan las tramas sencillas. Y en eso mismo me fijo cuando me acerco a un poema. Quiero entender que fácil o difícil no son adjetivos que califiquen apropiadamente a un poema. De igual manera, diría también que no es verdad que la poesía sea pura emoción, porque la emoción sin pensamiento me resultaría vacía. Por eso mismo, creo que, al lector de poesía, en general, le importa que la expresión verbal de lo leído no suplante a la experiencia, al mismo tiempo que asuma que nada existe en el poema fuera del lenguaje. El poeta, al fin y al cabo, escribe, no para decir lo que siente o piensa sobre algo, sino para que lleguemos a saber lo que nos quiere decir, que no es otra cosa que para escuchar el silencio, para darlo a escuchar.

La poesía tiene que ver con el pálpito de las palabras, con el movimiento que suscitan y sus significados. En esos encajes entre palabras y estados de ánimo, la poesía sustenta su sentido, y sucede cuando se tocan las vidas de quien la escribe y de quien la lee. Y es ahí, en ese conjuro literario, donde destacan las confluencias de Sanatorio (Renacimiento, 2025), el nuevo poemario de Francisco Javier Guerrero (Córdoba, 1976), un libro que percute en el dolor y su experiencia, en el que lo real se revela como verdad falible, sin más prerrogativas que el desacato y la resistencia, tratando de decir lo que dice sin decirlo y de no decir diciéndolo, bajo la entonación y el aliento de este verso memorable de Dante Alighieri, citado al inicio del libro: «Quien sabe de dolor, todo lo sabe».

Sanatorio despliega 35 piezas, cada una de ellas nominada con un título, por donde transcurren reflexiones, esquirlas y reflejos de la realidad que importa, de la que explora la cercanía y lo indecible de la enfermedad y el dolor que todo lo arremete. Con ellas el poeta sacude al lector con razones y palabras que andan a ras de la lucha del vivir, para incitarnos a pensar en sus golpes, a la lectura de sus contratiempos que zarandean, una y otra vez, nuestra fragilidad. En ese edificio de letras y espacio místico, como así lo nombra Guerrero, nos adentramos en su atlas efímero, capaz de desmontar los escenarios de la certidumbre: Con todos sus temores, sus presagios. / Sus posibilidades. / Se parece a la vida. / O a la inseguridad de quien espera. Pero también, si es preciso, añadiendo algún vislumbre más cuando se trata de exaltar la soledad y el silencio: Ese silencio es todo / lo que hay entre una flecha y el centro de la diana.

El libro avanza por estos derroteros, en un testimonio confesional y explícito, como el de estar en un diván, dispuesto a hacer hablar al poema y que su verdad nos traspase. Si Sanatorio es un universo aparte en el que cada paciente busca su órbita de cura, esa experiencia le vale al poeta, sobre todo, de pulsión interior, de toma de conciencia, de saber que nada vivo es inmune al paso del tiempo y a su estropicio. Es a través de esa indagación física por donde transita Guerrero en lo que somos, pero más aún en ese tic tac o pulso que nos impele a seguir vivos, a encontrarse uno mismo en lo ajeno, mejor aún, entendiendo que lo ajeno nos es propio, como señalan estos otros versos suyos: El cuerpo es un poema / sobre el que se consuman sacrificios. / Puede que la verdad esté en las cicatrices. / Son huellas que no mienten.

Sanatorio es un libro intenso y contenido, curtido de personalidad y de temperamento, de un estado de ánimo lacerado, de agallas y arrojo, un canto en sí mismo, una reflexión desde el dolor, así como una visión interior de las anomalías del cuerpo, una pesadumbre que obliga al lector a asentir por esa fuerza arrolladora de verdad que transmite, desde esa cosmogonía implacable que emerge del sentir de un poeta poseído por una humanidad admirable frente al precipicio al que le va empujando la enfermedad. Su poesía se conjuga con vislumbres de verdad y aliento, a pesar del temporal azotado por la incertidumbre de una curación que se demora. La vida es un combate permanente, un eterno retorno, como así se titula uno de sus poemas que acaba con estos versos tan esperanzadores: Renacer cada lunes como si cada instante, / como si cada sol me partiera los ojos. / Para escuchar la luz. / Y comenzar de nuevo.

Guerrero se arroba, con un estilo sereno y punzante, en un canto a la vida, al amor a la vida, desde esa suerte incierta de acometer un trance doloroso sobrevenido, y mostrarlo con una solvencia moral implícita, sin fingimientos ni ataduras. El lector, siempre ávido de respuestas para alcanzar el asombro, se conmueve cuando está delante de un texto poético, tan sobrio y lleno de verdad como este, capaz de unir una palabra a otra sin estridencia, para después encauzarlas en una secuencia emotiva que germine en el corazón de quien se preste a su lectura, o que logre describir de un modo preciso lo que sucede en el devenir del poema hasta alcanzarnos plenamente. Que no depende solo del acierto del poeta, sino que especialmente nos alcanza por cómo se ha resuelto el poema.


Estos poemas logran una síntesis, un estilo, que sí le es propio al imaginario concebido por el poeta. Cada poema, por breve que sea, abre un diálogo con el lector, nos convierte en confidentes de su verdad, de su razón estética o revelación dada. Francisco Javier Guerrero lo hace con el fulgor de la sencillez que le muestra lo cotidiano, de lo inesperado que transcurre a la vista de todos. Y es desde esa mirada, nada esquiva al sufrimiento, donde encontramos la génesis y el misterio de sus poemas, en su lenguaje, tono y cadencia, tanto como en sus motivos. Un libro extraordinario, que cala hasta llegar a lo más hondo.

lunes, 30 de septiembre de 2024

Allí desde siempre

Desde la curiosidad y perplejidad del título, el poeta León Molina (San José de las Lajas, Cuba, 1959) presenta su nuevo poemario estableciendo un juego con la polisemia de “puntal” que, como es sabido, posee un sentido de barra o viga que sujeta algo, y también, como extremo de una montaña que se asoma abruptamente al vacío. Por ese “puntal”, que da lugar a una extensa toponimia, planea el poeta sus vuelos y hallazgos entrevistos. Uno se imagina que el poeta se pone a mirar, a leer y a escribir en soledad, delante de la ventana de su estancia, frente a uno de esos puntales que asoman en la aldea albaceteña donde vive desde su infancia, y que, como he podido saber, lleva el nombre precisamente de “Puntal del aire”, una realidad persistente y reveladora para que el poeta se arrobe y juegue con sus atisbos: con la viga que sujeta los vientos, con el puntal al que se asoma el aire, el puntal donde él mismo se asoma a diario a recibir el aire que sopla allí desde siempre.

León Molina es fundamentalmente un observador del mundo que pisa y de sí mismo, un poeta incardinado con la naturaleza, maestra del silencio y de la que, a su entender, todo parte. Según él, la naturaleza es el nido que incuba las palabras. Hay certezas inmutables en ella de las que extrae su verdad poética, unida a esa percepción simbólica que encarna el contacto con el paisaje. Este poemario de ahora reproduce ese sentir de soplo ligero, cercano y evocador, urdido también con la idea de provocar nuestra curiosidad y discernimiento, sin la inquietud de perderse, como así destaca en los versos finales de uno de sus poemas: Para saber dónde se está / hay que perderse. Pero para un poeta como él, la realidad no basta, es preciso situarla en torno a uno mismo: Si todo gira en torno a ti / no te engañes, es sólo porque todo / gira sin cesar en torno a todo. Su mirada poética discurre a través del tiempo vivido y su espacio natural, sus confluencias literarias, el amor, y el devenir de los días. No hay poema para él sin ventana.

Puntal del aire (Trea, 2024) reúne cincuenta y siete poemas breves, en su mayoría, dividido en cuatro albores creativos por los que transitan una perspectiva vital más sosegada y experimental. Encontramos más enraizado su persistente asombro por la naturaleza y el paso del tiempo: ... la lluvia nos recuerda / que el tiempo sigue arando / como una vieja yunta; por el silencio, la memoria, el amor y el asombro del instante. Hallamos vivencias y ecos desde el significado del paisaje, siempre presente en su poesía: Otros ojos mirarán desde aquí / cuando yo ya no esté. / Frente a ellos estará mi mirada / que ayudó a construir este paisaje. Hay estados de ánimo, resonancias de amor, reflexiones en torno a la vida y evocaciones de días pretéritos y atajos de la memoria. Y en cuanto a su presentación formal, su poesía viene a estar concebida en el estilo que nos tiene acostumbrados: íntima, coloquial y breve, con aire de letanía aforística en la conclusión de muchos poemas, como vemos en estos versos finales de cuatro de ellos: Saber es repetirse ante el ocaso; Soy un hombre final / el último de los que he sido; Todo es verdad cuando se apaga; Nada es humano si no arde.

Molina, poeta de espíritu caribeño y alma herida también por la belleza del haiku, hunde sus pies en la tierra, como el árbol, para cantar a las aves, asomándose a las ramas incontables donde anidan. Sabe el poeta que escribir poesía no es solo tener una verdad, sino encontrar las palabras y los efectos y afectos que vislumbran, ya sea para traernos un pájaro negro e innominado o un diminuto petirrojo, ya sea para contemplar la quietud y el silencio de un bosque conocido: No hay más hondo descubrimiento / que lo nuevo en lo mismo, / los velos que caen de la quietud. Le importa al poeta encontrar su voz en la propia soledad y, así desgranar la voz del mundo: En la quietud miro mi mano/ y el lápiz. Esperando.

No nos equivocamos al afirmar que no hay poesía sin poema y que no hay poema sin poeta, ni lector de poesía que no esté dispuesto a ser parte de un eco de sonidos y sensaciones que puedan devenir en verdad salida de su propia interioridad. Decía Paul Celan que todo el que ha participado en conversaciones sobre lo poético, ha tenido la sensación de que tales conversaciones normalmente pudieran no tener fin, que nacen de la vida y la rebasan. Puntal del aire sugiere una conversación que deviene en empatía y reclama ser escuchada hacia dentro y hacia fuera, un libro cuyo eje central y directriz es la vida, o mejor dicho, el campo, el aire y el bosque copado de poesía.


El poeta, mientras escribe a intervalos sobre cómo descifrar el mundo y la vida, enmarca su mirada en la naturaleza, en el paisaje afín a sus reminiscencias. Deja ver que, en esa atención puesta, ya convertida en poema, pasan cosas ante sus ojos, dejando que se cuele la verdad del mundo, la realidad que nos conforma y examina. De allí, desde siempre, emerge esa verdad poética asentada de lo indecible. Este es un libro de lectura gozosa que revela el deambular creativo de su autor, un poeta curtido en vivencias con la naturaleza, que examina con talento y tino cómo todo vivir necesita de su liturgia y de su alimento, algo que la buena poesía dispensa para entendernos mejor con el mundo.


miércoles, 17 de julio de 2024

Breve recuento vital


La poesía tiene que ver con el pálpito de las palabras, con el movimiento que suscita y sus significados. En esos encajes entre palabras y estados de ánimo, la poesía sustenta su sentido, y sucede cuando se tocan las vidas de quien la escribe y de quien la lee. Los lectores de Karmelo C. Iribarren (San Sebastián, 1959), autor de una buena quincena de poemarios, apreciamos su alma barojiana, su melancolía, la voz cercana y clara de su poesía, atraídos por esa manera suya de revelarnos los entresijos de estar en el mundo. Acudimos a su escritura, de verso claro y desnudo, dispuestos a mirar su poética como muy próxima, entresacando de ella nuestros propios reflejos. Nos gusta acercarnos a su poesía, listos para escuchar cosas de la vida, en ese tono característico suyo de confidencialidad, que denota inmediatez, experiencia y proximidad, atentos a lo que el poeta ve, siente, piensa y sugiere.

Ahora, en La última del domingo (Visor, 2024), Premio de Poesía Hermanos Argensola 2023, vuelve a las andanzas propias de su lírica de la realidad cotidiana. Lo que vamos a encontrar en los cuarenta y siete poemas reunidos son pasajes y vivencias de ahora y antaño, a los que se unen el paso del tiempo y el tiempo que hace, el azar y sus contrapuntos, el presente, la melancolía, la conformidad con lo que te toca vivir, la soledad, y hasta la mirada puesta en un gorrión que picotea a sus pies en una terraza, o el silencio y, cómo no, los bares: Hay bares para todos en el mundo. Confiesa el poeta que lo que le importa es que su poesía sea de versos claros: Importa solo que te interpelen, / o te toque el corazón / o te agarren de las solapas... / Que no parezca / que no ha pasado nada / en tu vida, una vez leídos.

La poesía de Karmelo continúa apelando a esa energía sosegada de los sentimientos que le sirven para concretar y hacer visible y comunicable su modo de conexión con el entorno en el que vive, desde cualquier atisbo o rincón que provoca lo cotidiano: la memoria, la vida de nuevo, la lluvia y el asfalto de la ciudad, las terrazas de los bares, el viento, el mar, las estelas de los aviones en el aire, la monotonía de los ascensores: Y así desde que se inventaron. / Normal que, a veces, hartos, / se paren entre dos plantas. También hay lugar en el libro para evocar a aquellos otros escritores a los que admira, como Ángel González, Heráclito o Cioran: Una dosis de Cioran / por las mañanas / me inmuniza para el resto del día, dice el donostiarra con irónica retranca.

Precisamente por toda esa decantación de lo cotidiano, la poesía de Karmelo, por su sencillez y accesibilidad, crea ese resorte que nos hace ver en sus palabras cómo se las gasta la experiencia, cómo esta se une con las palabras y toman brillo, aunque el día sea gris o llueva para que de allí mismo surja el poema, esperando a que escampe: Será la hora / de volver sobre mis pasos /. Persiste en dejar bullir sus sensaciones y emotividad, sin apartarse de la presencia intensa y expresiva del mar, como así recogen estos versos: Ver el mar me gusta / por razones de muy variada índole. / En ocasiones, sin embargo, / solo es una imperiosa necesidad. El poeta sigue mostrándose el mismo, sin desdoblarse en otro, mantiene su coherencia y tono personal acostumbrado, su pulso a la vida y a las cosas del quehacer diario.

Sus poemas aspiran a una cierta levedad de su entorno, al humor, a la reflexión de seguir vivo y a acostumbrarse a que muchas veces no suceda nada. Sus versos pretenden que salte a la vista una imagen, una paradoja o un instante mientras pasea de regreso a casa de noche: Hay luz en las ventanas. / Tras ellas –pienso– esa épica / minúscula / de las vidas anónimas. / Las que mueven el mundo. Responde el poeta a una pregunta, en una reciente entrevista en El Cultural, así: “En realidad, yo quería ser un poeta muy parecido al que he acabado siendo, un poeta de línea clara, a pie de calle, atento a los aconteceres rutinarios de la vida, a esas pequeñas cosas donde, en principio, no parece que pueda encontrarse la poesía, tan dada a remontar el vuelo o a volverse enigmática”.


Contar su vida o la de alguien muy parecido a él es su propósito, pero de manera que el lector pueda entender que tal vez le está contando la suya y le emocione o simplemente le entretenga. Hay poetas que nunca tienen que preguntarse cuándo y dónde comenzará el poema. Su intuición los orienta, van de la mente al papel y del papel al mundo exterior para volver a pasar por el filtro de la mente de quien los lee. De allí, surge natural el primer verso o el poema en ciernes. El lector intuye, como así lo entiende Karmelo, que todo lo que pasa frente a sus ojos y por sus emociones merece ser apuntado. Incluso lo más irrelevante: unas palabras escuchadas en un bar, unas botas para la lluvia, la cara de la gente, una calle vacía, una mera ráfaga de optimismo o la languidez de un domingo pueden dar pie a la aparición del poema.

La poesía de Karmelo C. Iribarren, su voz socarrona y tierna, como apunta Raquel Lanseros en la contraportada del libro, se sigue mostrando aquí para entendérselas con el lector, como resplandor de verdad tomada en su sentido más sencillo y cotidiano, a modo de recuento vital abierto a la ligereza de la realidad.


lunes, 20 de noviembre de 2023

Donde todo sucede


Los que no somos poetas y nos manejamos mejor por la acera de la prosa, también abrigamos un cierto pálpito lírico escondido que, de vez en cuando, aflora apelando a la energía de nuestros sentimientos, de nuestro modo de vivir y de percibir el mundo. Al menos, como lector. Llegados a este punto, tiene vigencia aquello que Alejandra Pizarnik decía: “La poesía es el lugar donde todo sucede”. Ahora bien, también decía que, para que tenga lugar, es necesario que el destinatario, esto es, el lector, termine el poema, rescate sus múltiples sentidos y los recree. De ahí que me importe la poesía, como a otros muchos, cuando esta nos muestra el mundo bajo una luz diferente a la de nuestra sensibilidad y, aunque sea solo por un momento, cuando nos hace partícipe de una preocupación, de un hallazgo, de una alegría, de una emoción.

Para Custodio Tejada (Purullena, Granada, 1969) este menester de conexión entre el poeta y su destinatario se condensa en no dejar a un lado la realidad, ni renunciar a expresar la relación del poema con el mundo y consigo mismo. Todos sus libros de poesías, desde Rosas de luz y sombra (2002) hasta Un horizonte de significados (2021) se afanan en conectar su poética con el sentido de un viaje y un encuentro. Ahora, en su nuevo poemario, Brújula Veleta (Entorno Gráfico, 2023), regresa a esa misma idea del viaje como itinerario de vida y entendimiento, como cauce y sentido del vivir, como recorrido de exploración y lectura: “Leer es otra forma de andar por la vida, / de ser camino, memoria, maleta”. El libro en sí es un compendio de sensaciones viajeras, de estancias y miradas que lo convierten en un viaje circular de dentro afuera y viceversa.

Llama la atención el rosario de citas escogidas para encabezar muchos de los poemas del libro, alentados, sobre todo, por el arranque del primero de ellos, perteneciente a Henry Miller y, que, en gran medida, sostiene el pálpito de todos ellos: “Escribir, como la vida misma, es un viaje de descubrimiento. El escritor emprende el camino para convertirse él mismo en el camino”, sostiene el neoyorquino. Realidad, fantasía, odisea, aventura, introspección, al igual que memoria, suspiros, quietud y haikus, conectan entre sí estableciendo “Un itinerario por el lenguaje / como único refugio”. El libro está concebido como un reflejo testimonial, un fluir por el tiempo para escuchar: “El alma de los sitios, / la voz de los paisajes, / las costumbres y su eco... / Eso hace el caminante, / embalsamar la vida en el lenguaje”. Caminar y viajar, nos viene a decir el poeta, son actividades vitales, como hablar, soñar o usar los cinco sentidos. La lectura para el sujeto poético también conlleva emprender un viaje, una indagación o un retiro, como aquí se ve en estos dos versos: “Todo viaje es un libro o un cuarto. / Todo libro es un viaje o una cama”.

El libro despliega su poemario bajo tres diferentes estadios. En su primera parte, bajo el título de Los ojos del viaje, el poeta refrenda a la realidad y a la fantasía como una odisea conjunta que pone rumbo al viaje. En Geografía y destino, segunda parte, encontramos un amplio recorrido por lugares, momentos y entusiasmos vívidos, en los que el asombro de un hormiguero, de un cuadro de pintura en un museo, de un callejón de Toledo, del memorial trágico de Hiroshima y Nagasaki, de la recurrente melodía de la película de Casablanca o del simple discurrir silencioso por aceras y bordillos de algunas calles, se conjuran en significados emotivos y simbólicos. Finalmente, en Metapoética del paso, el sentir del viajero, la ligereza de lo efímero, las prisas, el no viajar, la brújula veleta de entender el mundo y la paradoja de la vida, se hacen hueco para que la palabra y el silencio tomen posiciones y pongan sentido acompasado al ritmo de vivir.

La vida como testimonio irrepetible, la memoria remota y reciente y, sobre todo, la vida como bitácora de experiencias, son claves aquí. Está más presente que nunca el mundo vivido y evocado al que acude el poeta como reconocimiento del sujeto ético propio, comprometido con la historia y sus resonancias, pero sumido en un presente movible e inconformista. Brújula Veleta constituye un poemario de tono efusivo y confesional por donde discurre la vida de un paseante de mirada viajera, atento al sentido poético de añadir dosis de asombro y humanidad al hecho de vivir, consciente de que “Los ojos nunca viven / el mismo tiempo”, pero dejan ver lo que le ha tocado percibir.


Las piezas reunidas en este volumen contienen un nexo entrañable al que alude el poeta sobre el sentido del viaje, dando paso a las emociones de quien lo emprende desde la verdad vivida y el paso del tiempo. Custodio Tejada se interesa en deambular por esa senda de la palabra y descubrir su sitio más auténtico con el que explorar y poner razón poética a la andanza de lo aprehendido. Lo hace con esa idea de Lorca de entender la poesía como algo que anda por las calles. Que se mueve, que pasa a nuestro lado, nos acompaña y nos hace guiños.


martes, 14 de noviembre de 2023

Poética obrera


Resulta cada vez más convincente saber que un escritor es alguien a quien le cuesta decir lo que quiere expresar en pocas palabras, y más bien te dice, como lector: “te voy a poner un ejemplo de lo que te quiero revelar”. Y ese ejemplo se convierte en la novela entera. En realidad, de este proceder surgen los grandes temas de las novelas, que no son otros que los que provienen de las experiencias personales, únicas y propias que cada autor rescata, las que mayormente nutren su literatura. Se podría afirmar, por tanto, que escribir es sustraerse a la vida. Por eso, un texto nos hace sentir lo particular e insólito que reflejan sus voces. Pero, como subraya la escritora Ariana Harwicz, “el mérito de la emoción no es literario, el mérito es todo de la vida. Y viceversa”.

Lo que conmueve y emociona de Diario de un peón (Periférica, 2023), de Thierry Metz (París, 1956 - Burdeos, 1997) es todo lo sensitivo desplegado por la voz de su protagonista desde el lugar que cuenta la historia, desde una obra y como peón de albañil. Dice Jean Grosjean en el prefacio del libro que leyendo sus páginas “comprendemos hasta qué punto escribir no consiste ni en adornar, ni en aderezar, ni en maquillar: consiste meramente en iluminar la realidad”. Lo que aquí se narra, a modo de diario, es el trabajo de un peón. Pero este libro tan singular guarda consigo una efervescencia que lo convierte en reportaje y poema. En cierto modo, este relato insólito, se convierte en una epifanía reveladora, la de un obrero de la construcción que trabaja ocho horas al día, cargando y descargando bloques de hormigón, removiendo arena y cemento y cavando zanjas, un obrero capaz de remover poesía mientras faena.

Un peón que, pese al cansancio de una rutina diaria exigente, saca tiempo para escribir algo parecido a una tonalidad de voz en la que habitar el refugio de sí mismo e intentar volcar su fatiga en palabras conciliadoras, casi a media voz: “Todo es posible. En efecto, el hombre no solo precisa de herramientas para encontrar las palabras, sino asimismo de lápices de colores con los que insuflar su aliento a lo que escribe. Y de ese mico que es nuestra mirada”. Se le ve trabajando de cerca y de lejos, en la calle o al borde de la carretera, atento a la pala y a la piqueta. Reconocemos su silueta y vamos descubriendo cómo al final de la jornada las palabras le esperan para constatar que la vida de cualquiera puede narrarse como un catálogo de mudanzas y azares. El silencio del obrero queda patente y dispuesto, nos dice. El tiempo fluye de igual modo para cada obrero. Y cada obrero transita por él a su manera.

Thierry Metz, poeta autodidacta trajinó toda su vida como temporero agrícola, jornalero y albañil. Se mataba a trabajar y, durante los periodos de desempleo, escribía poemas. Era su pasión. En Diario de un peón, relata, mediante un lenguaje conciso y detallista, la crudeza del oficio que desempeñaba como peón del gremio de la construcción, sin sentir rubor ni vergüenza por ello, y mucho menos animadversión. Tampoco lo idealiza, sino que recurre a entenderlo y considerarlo como reflejo y copia de la vida misma, mostrando sus entresijos y estados de ánimo, a través de un sentir poético y primigenio que busca que la realidad se manifieste con otro sentido. Es consciente y no se olvida de la ingratitud y dureza del trabajo, del cansancio de las manos: “Lo que define al peón está inscrito en lo que señala. Un curro alimenticio, dicen”.

Conforme vamos leyendo, nos damos cuenta de que lo que da aliento al relato proviene de un alma poética vívida, la misma que converge con la vida prosaica de buscarse el sustento. Al leer estas páginas nos percatamos de que cada detalle descrito, cada impresión, cada gesto tiene que ver con volcar la vida a la literatura, lo que implica tocar tierra. Los días se suceden, los compañeros del tajo van y vienen, el capataz da instrucciones y los alrededores conforman un escenario vivo susceptible de resonancias a través de la observación y la evidencia. Es la escritura para él un arma poderosa para zafarse de la soledad, de la rutina y de lo prosaico: “Da igual dónde esté. Ahí está la obra. Siempre. Está lo que no espera, la piedra, el pájaro, el hombre. El arco iris de todo ello. El dolmen”.


Thierry Metz se apartó de su andadura literaria y de la vida casi al unísono. La muerte de uno de sus hijos lo sumió en una inconsolable tristeza que lo empujó al alcoholismo. Anduvo recluido varias veces en diferentes clínicas psiquiátricas y a los pocos meses después se suicidó con tan solo cuarenta y un años, poniendo fin a una obra prometedora, en la que su propio instinto y su nítida hondura pesaron más que la técnica y lo que esta representa. Lo destacable de su legado hay que verlo en la sencillez de su escritura, tocada de vivencias y sentimientos. Diario de un peón es un excepcional testimonio que así lo confirma, un librito de poco más de cien páginas que encandila, capaz de ofrecer albores de poesía entre ladrillo y cemento.


miércoles, 25 de octubre de 2023

Razón y palabra


El mundo es obra de la Naturaleza, apela Lucrecio en su poema filosófico De rerum natura, para persuadirnos a ver el sentido de nuestra existencia, cuyo significado responde a entender que llegamos a la vida igual que llegan todas las cosas del mundo, como consecuencia de una vasta cadena de causas y azares. Nuestros clásicos nos confían una y otra vez el mismo mensaje con distintas voces apuntando que la palabra y la razón conforman el hechizo que explica el mundo, el vocabulario de lo que significa formar parte del mismo.

Uno tiene la sensación cuando lee al poeta, aforista y pensador Javier Sánchez Menéndez (Puerto Real, Cádiz, 1964) de que nos encontramos bajo el umbral de un clásico, de un escritor de antaño, experimentado en esa idea de explicar la esencia del mundo y su razón de ser, de alguien obligado a abastecer con argumentos la curiosidad del lector y empujarlo a dilucidar con la palabra y el pensamiento el cuerpo y el alma de las cosas, su pertenencia al mundo, al abrigo de la madre naturaleza. En su nuevo libro, Sobre la Naturaleza (El Bardo, 2023) percibimos un claro propósito a ese fin, y, también, un guiño de reconocimiento y admiración hacia el poeta y filósofo romano Lucrecio.

El libro, a su vez, constituye su séptima aportación a su obra en marcha Fábula, un proyecto literario en torno a la palabra y la vida que ambiciona alcanzar diez entregas bajo un conjuro deliberado de prosa poética, pensamiento y aforismos, por el camino de la meditación y el asombro. Y en esa senda emprendida de persistencia y vislumbres siempre hay un lugar para que concurran a la cita ecos de escritores, poetas y pensadores que importan al autor, como Platón, Parménides, Heráclito, Nicanor Parra y Cervantes, como exponentes de la contemplación, el entendimiento y la sabiduría: “Encontrarme con Dante, con Virgilio, con Rilke, con Leopardi. No son muchos. Son los necesarios. Las conciencias”.

Y es ahí, en ese conjuro literario, donde destacan las confluencias de esta nueva entrega. El poeta, mientras escribe a intervalos sobre el mundo y la vida, sobre la naturaleza de las cosas y la razón de la palabra, deja ver que, en la mirada y en la lectura atenta de los libros y la realidad del mundo, se encuentran las mejores referencias. El libro examina la riqueza poética que emerge de la propia naturaleza: “Aprendiendo a leer y aprendiendo a vivir. Solo se vive atendiendo, leyendo la naturaleza”. Para el poeta “Nada hay fuera de la naturaleza”, porque es ahí, en la ventana del mundo donde todo converge para él, donde todo se refleja: “En la naturaleza se concentra la vida, permanece la esencia, se conjugan los verbos”.

El libro despliega 86 piezas, cada una de ellas nominada con un título, por donde transcurren reflexiones, sentencias y reflejos de la realidad que importa, la que explora la cercanía y lo indecible de lo que nos rodea: “Eso es Fábula –subraya–. Un diálogo con las ideas”. Con ellas sacude al lector con razones y palabras que andan a ras de lo cotidiano del vivir, para incitarnos a la reflexión, a la lectura de todo lo que se insinúa a nuestro paso: “Yo creo en el lenguaje de los pájaros, en el de las flores, en el de las nubes”. Pero también, si es preciso, añadiendo algunas líneas más cuando se trata de exaltar la soledad y el silencio.


Hay una permanente ebullición, diría que trascendental y metafísica, en la escritura de Sánchez Menéndez, una poética aforística que aborda la verdad desde la contemplación de la naturaleza y la percepción del mundo, por medio de la razón y la palabra, a la que vuelve una y otra vez: “Todo cuanto sabemos se debe a la palabra, y la palabra es la naturaleza, el alimento que está exento de humo y de desvíos”. El lector se va a encontrar con un libro que nace del bagaje reflexivo y de las lecturas de su autor, así como de las propias concesiones de la experiencia de los años que le ha llevado a buscar la la mejor comprensión de todo lo que conforma nuestras vidas.

Lo que hay aquí son destellos filosóficos y sentido moral al son de la palabra y de la vida. Sobre la Naturaleza no es más que eso, una lectura de la vida desde la mirada y el entendimiento, bajo la idea de ampliar nuestra experiencia y “seguir perdiendo la inocencia”, como hace la poesía con la verdad.


lunes, 16 de octubre de 2023

El yo del poeta y su mundo


Leer poesía se me antoja un pasadizo, un camino que hay que recorrer en solitario, sin mapa, ni lazarillo. En cada lectura, en ese diálogo con el poeta, nos convertimos en confidentes de su verdad más íntima, de su razón estética o revelación dada. Cada poeta lo hace a su manera, con su tono y cadencia particulares. Y el misterio de su poética, esto es, su biografía emocional, cobrará sentido para nosotros en lo que proponga, más que en sus motivos. Cada poeta tiene un recorrido propio y, aunque los recorridos son infinitos, lo que persigue no es más que encontrar esa forma particular de manifestar la vivencia personal de su realidad. Alejandra Pizarnik decía que la poesía viene a ser el lugar donde todo sucede y, por tanto, se desentiende de lo que no es su libertad o su verdad.

Dice Eloy Sánchez Rosillo (Murcia, 1948), en la nota preliminar de El sueño cumplido (Tusquets, 2023), que la primera parte del libro “ofrece mis escritos en prosa más cercanos a lo que se entiende por «poética». Yo prefiero llamarlos «escritos sobre poesía»”. Esta aclaración, necesaria para él, poeta fiel a sí mismo, le vale como invitación al lector para que le acompañe a un selectivo despliegue de reflexiones personales sobre la creación poética y su correspondencia con la vida, dejando al descubierto el relato de su experiencia y su manera de ejercer el oficio, como misión de entendérselas con el mundo. Resalta, desde estos mismos postulados, el sentido de la vida como fuente de inspiración para su quehacer poético, y subraya que la poesía “depara al hombre conciencia del mundo, de su persona y del tiempo completo de su vivir”.

El libro avanza por esos derroteros, en un testimonio confesional y explícito, como de estar en un diván, dispuesto a compartir su pensamiento en torno al género. Pero también transita coloquialmente por diferentes entrevistas mantenidas a lo largo del tiempo en las que el poeta da cuenta de su oficio y el desafío que entraña. En ellas le importa destacar que el yo del poeta es quien se hace mundo y carne: “Al referirme a la poesía –dice– nunca hablo de construcción ni de invención; hablo de revelación, de manifestación de ella misma, a la que yo contribuyo en lo que puedo”. Se podría decir que, aunque el libro no nació ex profeso para ser publicado, se fue formando al hilo de todo el material disperso que obraba en su poder, como fuente propicia que aglutinaba textos declarativos y glosados a lo largo de los últimos veinte años, y a los que también añade una selección de poemas sobre la propia poesía.

Sánchez Rosillo no pone reparos en mostrarnos su gabinete creativo para que descubramos los entresijos y materiales de su poesía: aventura, emoción, oficio y misterio. Al poeta le importa que estos ingredientes impulsen el sentido del poema, que las palabras den voz a la realidad para que esta se manifieste. Para él, el poema no precisa ser comprendido de la manera que el autor lo comprende. Lo que importa es que trascienda su sentimiento al lector, lo suficiente para entrever su misterio. Proclama que “escribe desde sí, aunque poniéndose en el lugar de todos. Somos muy diferentes y a la vez muy parecidos”. Es consciente y así lo transmite en más de una entrevista de que “la poesía nos acerca a la vida en el sentido profundo, depara al hombre conciencia del mundo, de su persona y del tiempo completo de su vivir”. También busca oro como lector incansable de Homero, el más grande y emocionante para él, Keats, Emily Dickinson, Jorge Manrique, Garcilaso, Machado o Juan Ramón: “La voz de un escritor se forja con la mezcla indiscriminada de todo lo que ha leído, y de cuanto ha vivido”.

En El sueño cumplido encontramos todo lo indispensable para descubrir cuándo, cómo y porqué encontró el autor su destino, el sueño cumplido de su vida: ser poeta, poeta auténtico que se transforma lentamente en un arco de tiempo amplio, no de un día para otro. Asegura que: “Nadie que no se dedique a estos menesteres podría imaginar la cantidad de ilusionada energía y de atentísima paciencia que ha de emplear el poeta para hacerse con el poema, ni la satisfacción que siente cuando por fin lo alcanza y sabe que ese bien lo acompañará ya para siempre”. El poeta auténtico, según nos dice, sabe que no siempre encuentra tesoros a diario, que la poesía es un bien escaso: “La poesía es una aventura. Si conociéramos con antelación cómo se va a desarrollar, dejaría de serlo”.


Este libro ofrece, por tanto, el ideal poético y el itinerario vital de Eloy Sánchez Rosillo, ámbitos bien esparcidos a lo largo del volumen, sin ninguna pretensión ensayística, tan solo como testimonio propio de su experiencia y pasión por la poesía. Este sueño cumplido que alude el título contiene los pormenores de una dilatada vida vocacional, un libro de lectura luminosa, inteligente y persuasivo sobre la naturaleza de la poesía, el sujeto poético y su mundo, pensado para entenderse con todo tipo de lector con ganas de curiosear. Quien se disponga a adentrarse en su lectura se encontrará con unas páginas veraces, entretenidísimas y gozosas.



miércoles, 20 de septiembre de 2023

La poesía está en la vida


No nos equivocamos al afirmar que no hay poesía sin poema y que no hay poema sin poeta. La poesía no puede dejar de definir y redefinir sus fronteras. Decía Paul Celan que todo el que ha participado en conversaciones sobre la poesía, lo poético, ha tenido la sensación de que tales conversaciones normalmente no tienen fin. Tal vez esa pretensión de infinitud, abriga siempre una revelación de lo que ya sabemos y olvidamos, como advertencia del lenguaje para rescatar el tiempo y sentirnos comunicativos de lo que se vive en el mundo, un empeño que nace de la vida y la rebasa.

Para Raúl Zurita (Santiago de Chile, 1950), la poesía nace con la naturaleza y la conciencia de lo humano, asomada a la realidad del discurrir del tiempo, en la sensación de estar inevitablemente interconectada con la muerte: “Somos hijos de la muerte y del poema... Es el instante en que nace la muerte y la primera respuesta frente a ese hecho absolutamente inconmensurable, incomprensible, aterrorizante, es el poema. En ese momento comienza lo humano. El lenguaje es antes que nada el conjuro que levantan los hombres frente a la muerte”. Pero también para él, la poesía es una trinchera en todas las dimensiones. En la poesía está todo, apunta: “Todo lo que sucede, todo lo que va a venir”.

Todo este veredicto, significado y pensamiento en torno a la poesía viene desarrollado con sumo intercambio de vestigios e infinitas miradas en este volumen de Ensayos reunidos (Random House, 2023) recientemente publicado. Cada ensayo articulado refleja una tentativa en vislumbrar que la poesía no es un mundo aparte, sino una parte del mundo. Todos ellos, como bien apunta Carlos Peña en el estupendo prólogo del libro, examinan la relación que media entre la poesía y el mundo, entre el poema y la vida: “la sospecha de que la poesía muestra la condición humana, la promesa que la ilumina y el momento que la defrauda”. En esa idea que compagina la experiencia humana y el propio lenguaje, Zurita vuelve una y otra vez a exaltar la disposición de la poesía: tomar la voz y ocupar un cuerpo, un tono y unas palabras.

En estas páginas reunidas hay todo un semillero de voces, de autores y libros que transitan desde Homero, Sófocles, el Evangelio, Dante, el Inca Garcilaso, Vallejo, Huidobro o Neruda, entre otros muchos, para hacer valer que en todos ellos hay un origen de hacer literatura para conjurar el desencanto de la existencia, un asidero que constata darse cuenta de que en el fondo somos una multitud de ausentes que nos antecedieron y tomaron la voz, y de que “todo lo que leemos es una dimensión de nuestro porvenir” puesto en sus palabras. Leer viene a ser para él hacer presente el futuro, igual que para la poesía el futuro puede tener relación con el curso de la historia, con lo sucedido antaño.

Aquí dentro se encuentra el alma de Zurita, nos percatamos de sus obsesiones y, también, de la relación entre su obra y su vida, lo mismo que sus lazos con otros autores y con la pintura. Sostiene que todo arte se funde con las demás artes, lo mismo que considera que toda obra de arte sobrepasa sus fronteras. Por eso le interesa tanto al poeta aquella obra que sea el correlato de una vida. El arte, viene a decirnos, te da esa posibilidad. Deja ver que le obsesiona la imposibilidad de tener una voz propia. Considera que en la escritura hay montones de personas que toman la voz, y que ninguna, en su caso, es Zurita. Por eso cree que la voz propia no es más que la ocasión para reunir todas esas voces sin saber cómo.


No cabe duda de que estos Ensayos reunidos, escritos entre 1996 y 2023, dejan ver la esencia poética y literaria de Raúl Zurita, y forman un libro de lectura gozosa, que revela la mirada de un poeta curtido frente al mundo, examinando cómo vivir necesita su liturgia y alimento, algo que la poesía dispensa para entender el mundo y, de paso, para desmadejar en palabras lo indecible de la vida y de la muerte, e intuir, al mismo tiempo, la posibilidad de entretejerlo y conformarlo en un poema.

jueves, 20 de julio de 2023

La vida es donde se está


Como cualquier poeta que aspira a ser auténtico, la voz de Javier Sánchez Menéndez (Puerto Real, Cádiz, 1964), refleja una manera de entender y de considerar la vida como una forma de ponernos en contacto con los enigmas del vivir, de animarnos a mirarlos de cerca, a meditar sobre ellos y, de paso, a adoptar, en consecuencia, conciencia del mundo y actitud sobre lo que importa de lo que va descubriendo a la vez que escribe. En sus últimos poemarios, como El baile del diablo (2017) y Ese sabor antiguo de las obras (2022), igual que en sus libros de aforismos recientes Mundo intermedio (2021) y La Jaula (2023) sentimos al leerlos que hay allí toda esa estela de verdad honda característica de su pensamiento, de aquello que somos y nos concierne, que se reparte por igual entre lo muy visible y lo demasiado secreto.

Ese yo del poeta que habla desde su entendimiento, que se afana en mirar al mundo desde un estado de ánimo contemplativo, se vuelve a vislumbrar en esta nueva entrega que, bajo el título de 1335 días (Detorres Editores, 2023), evocación bíblica de El libro de Daniel, recala en esa idea suya de entender el mundo y la vida como misterio, como asombro que lo admite todo, como relato de todo lo que no sucede. Dice el autor al inicio de su primera pieza que “la vida es el conjunto de contemplaciones, de atenciones y de entendimiento del ser humano”. Pero aclara que es la palabra el cauce, el fundamento de entender las cosas. Por eso mismo, el poeta repara en que “todo cuanto puede contemplarse puede entenderse”.

Y así, conforme despliega sus asombros, por medio de una escritura poética y fragmentaria, que nos recuerda a la tradición filosófica de Walter Benjamin, Sánchez Menéndez indaga en el lenguaje, en la palabra como “esencia de lo finito y de lo infinito”, como sanación. Esa fascinación por el lenguaje como experiencia del mundo, como medida de lo indecible, se va extendiendo a lo largo de sus cuarenta y dos poemas en prosa que conforman el libro. No corta el vuelo a su razonar hermanando la épica de Homero o la poesía de Píndaro con la magia de Cervantes y de Proust, entre otros, para mostrar la capacidad que tiene la palabra, como los pájaros, entrando y saliendo de la jaula a su antojo, de alzar también sus alas al cielo y encontrar su propio tono para narrarnos otra manera reconocible de contemplar el mundo y entender su verdad.

En 1335 días se conjuga una poética en la que la conciencia, la duda, la exigencia y el entendimiento participan de una mirada contemplativa de atender lo que nos dice la más inmediata realidad. Vivimos en la mente, también, y contemplar nuestros asuntos mirando lo que nos rodea, nos viene a decir Sánchez Menéndez, da mucho para entendernos. Los poemas, como novedad, van acompañados de un código QR para poder ser escuchados en voz de su autor. La sensación que uno percibe conforme va acometiendo su lectura es haber tomado un rumbo que lleva consigo el eco y el silencio persistente de otros rumbos que vienen a confirmar que leer el mundo y prestarle atención es la verdadera forma de hacerlo comprensible.

La escritura de Sánchez Menéndez destila introspección. Hay un yo convertido en materia poética que da sentido a su obra en pos de decantar lo esencial de la propia existencia. Mirar a la naturaleza es leerla como hacen las aves, “y leer provoca afectos, y también efectos”, dice el poeta. Reflexionar y preocuparse del porqué de las cosas siempre está presente como algo inevitable de alguien bien abrigado por el pensamiento clásico, de alguien que se siente más lector que escritor, e inconformista en su quehacer literario, implicado más que en querer decir, en dar que pensar, para que la palabra recale en el lector.


Este es un libro vital, un texto traslúcido. Aquí no hay cerraduras al mundo. Aquí las puertas están bien abiertas. Hay que tener un motivo muy profundo para escribir un libro así, en los límites del yo lector y del yo poético como fuente de inspiración literaria, y no parece otro que estar sumido en “contemplar, atender y entender” lo que importa de nosotros mismos, desde nuestro interior. Y lo vuelve a repetir más adelante, porque para el escritor estos tres verbos viene a ser los principios de la vida del hombre.

He aquí, en síntesis, lo que el lector va a encontrar en 1335 días: un compendio poético breve, jugoso y reflexivo en el que su autor se muestra, una vez más, como un irresistible miniaturista del pensamiento que explora la palabra y el tiempo, lo oculto y lo aparente, con la verdad de saber que estamos hechos de laberintos y contradicciones.


sábado, 20 de mayo de 2023

Sin reticencias


¿Que por qué sigo leyendo poesía? Son muchos los motivos. Me vienen a vuela pluma dos de ellos: la poesía es como un paseo por lo indecible; toda poesía que se precie destila introspección. A uno no le importa acudir a ese juego desplegado por lo indecible e introspectivo en el que el poeta se las pinta solo y comprobar cómo escarba, remueve y ahonda para extraer sus partículas. Y a continuación sentirlas, como agua mineral, agua que moja por donde pasa, que acaricia, pero también agita y chorrea. Cabría decir muchas cosas más, pero no es menos cierto afirmar que al abrir un libro de poesía hay una sensación misteriosa previa de adentrarse en un mundo simbólico, en un imaginario donde lo importante no es lo que se dice, sino el significado y el orden en que se dice.

Eso sí, leer poesía es un pasadizo, un trayecto, un camino que hay que recorrer en solitario, sin mapa, ni lazarillo. Cada uno lo cruza a su manera, con su secreto equipaje de perplejidades e inquietudes. En cada lectura, en ese diálogo con el poeta, nos convertimos en confidentes de su verdad más íntima, de su razón estética o revelación dada. Cada poeta lo hace a su estilo, con su tono y cadencia particulares. Y el misterio de sus poemas, esto es, su biografía emocional, estará en lo que proponen sus respiraderos, precisamente, que no son otros que su tono y su cadencia, mucho más que en sus motivos.

Los respiraderos por los que transita el poemario Traigo noche en los zapatos (Siltolá, 2023) de Andrés Ortiz Tafur (Linares, 1972), escritor asentado en la Sierra de Segura, en el municipio de Santiago-Pontones, tiene mucho que ver con entendérselas con el mundo, aunque el poeta deje entrever que el mundo, en verdad, solo sabe hacerlo consigo mismo. En esta nueva incursión poética, cinco años después de haber publicado Mensajes en una botella que estoy acabando, y tras una buena estancia escribiendo libros de relatos, compaginada con su quehacer de articulista en prensa, vuelve a ese hogar suyo de primera instancia, sin reticencias: la poesía.

Dividido en tres partes, el libro reúne sesenta y dos poemas que recogen evocaciones de un instante de emoción, de un silencio desvelado, improntas de un momento en soledad, de una búsqueda de algo a lo que agarrarse, de un querer encontrarse, del halo de la nostalgia, del alcance de las palabras, de la fugacidad del presente... En cada uno de ellos se entona una realidad percibida en la que la mera existencia es razón suficiente para que el sujeto poético interpele y contagie de esa vitalidad cotidiana arremetida. A ese alcance poético reconocible se ciñe Ortiz Tafur, a esa idea de exploración y contagio.

El poema inicial es todo un desacato del laberinto de vivir, un recuento del paso del tiempo empapado de acto de rebeldía, de exaltación de vivir el presente, con convicción, / como un mandato divino. Es el discurrir existencial lo que se vuelve poesía, su aprendizaje no consiste en redimir lo vivido, ni reprobarlo, tan solo desatar la persistente realidad y ponerla en su sitio, en su resonar interior, en lo que insinúa. Así cobra sentido el discurso poético que lo impele, examinando el tiempo portátil efímero que nos conforma, pródigo de experiencias y razones para aprender y desaprender.

Le vale cobijarse en esa energía secreta de la vida cotidiana y su hábitat para que su poética rinda tributo gozoso al discurrir del día y, de paso, raspar en las sugestivas aristas del tiempo, con sencillez y hondura, con tinta de costumbrismo y realidad sucesiva: No me gustan las mayúsculas, / prefiero los pájaros sobre el tendido eléctrico... / No me gustan las trincheras, / prefiero las aves levantando el vuelo. Los días por los que transita su poesía se vuelven suficientes para escapar de la jaula de las palabras. Lo que mira a su alrededor, plantas, pájaros, nubes o lluvia se muda en existencia de voces, surcos de gente y fuerte empuje del tiempo: Hay un presente caminando en pretérito continuo.


Por esos pasadizos también trasciende la nostalgia, con sus perplejidades, maneras de asentir y, además, con sus reservas. En Traigo noche en los zapatos hay preguntas que restallan verdades vividas. El poeta proclama que sentir es magnífico, y volcarlo en palabras, exultante, pero vivir, vivir es lo sumo. No le importa la intemperie si lo vuelve espejo y lo aviva: No hay paz en la costumbre. / El cuerpo se habitúa a sentir. Intuye, como apuntaba Goethe, que la poesía es pensamiento vívido, con el fin de compensar las contrariedades de la vida y hacer, en lo posible, que el ser humano se sienta satisfecho con el mundo y sus circunstancias: Todavía es la palabra que busco por las mañanas. / Y deseo y apetito. Esas dos también.

Andrés Ortiz Tafur viene a decirnos que la palabra poética, la suya, es, ante todo, un caer en la cuenta, una revelación que tiene mucho que ver con salir del tiempo medido en el que normalmente vivimos, el tiempo lineal del reloj que pone cada cosa en su sitio y acopla el momento del presente con la memoria. Un muestrario poético desenfadado y nada inocente que muestra ese lado ufano y, a la vez, escéptico de vivir sin reticencias.


lunes, 24 de abril de 2023

Cartografía gozosa


El área geográfica que abarca Islario (Amargord, 2023) representa un mapa extenso en el que la poeta Marina Tapia (Valparaíso, Chile, 1975) convierte en ventanas y en cantos sus mudanzas, requiebros y memoria viva a través de un conjunto de poemas en los que se proyecta el misterio y el compás interior de islas, territorios y enclaves que le han propiciado una buena dosis de añoranza, emoción, amor o extrañeza a la hora de concebir su sentido y significado. En ese deambular de estar y encontrarse, arranca con una cita de Dionisia García para sopesar y ceñir el campo impredecible de la poesía: Incansable la vida. / Tanto mundo no cabe en el poema.

El libro en sí está concebido bajo la idea de que la poesía está en todas partes. Cada ruta, como dice en el primer poema, sugiere voces perdidas que reclaman el recuerdo vivo de una estancia. Bajo este sentir, de esclarecer lo vivido, entona en el siguiente: Debo sentir la tierra como un todo, / mirar a las ciudades desde el faro / sensible del asombro. Con sencillez y honestidad, Tapia busca explicarse a sí misma en su periplo creativo para tratar de comprender e interpretar sus remembranzas y asomos que, a modo de cuaderno de viaje, lo atraviesa: puertos, islas y parajes emotivos, como las Islas Canarias, la Playa de Vera, Setenil, Baeza, Granada o el mirador de Priego.

En la medida en que el libro nos lleva de un lugar a otro, la poeta confiere al contenido del poema un enfoque memorable, buscando transmitir que el sonido del mismo se convierta en la sede del tiempo en el poema, como telón de fondo: Pero nunca me alejo: / todo pueblo comienza a vivir / completamente en mí / cuando me marcho. Cada poema es un viaje, o el final de un viaje por el que entramos en otra noción del tiempo y, también, en otra manera de vivirlo. Así lo deja ver al final de uno de sus poemas más extensos y reveladores que tiene por escenario Fuente Vaqueros: Yo vine para ser / voluble como el sol sobre la fuente, / para dar lo que pide / cada hora del cielo, / cada verso en que estoy contenida.

En Islario hay toda una travesía en la que, como bien subraya Agustín Pérez Leal en el prólogo, se convierte en un viaje de la imaginación y del espíritu en el que “la autora busca estar, encontrarse, ser, y no simplemente visitar”. Ahí lo condensa todo, o casi todo. Escribe desde su presente mirando atrás. En sus versos hay ensoñación, fulgor, espejismo y perplejidad, que le valen para otear paisajes vívidos y razones para evocar sus ecos y confluencias. Tiempo, amor, memoria, paraísos anhelados, destino, consuelo, señales, vestigios, son temas presentes en su poesía, en la palabra como hacedora de mundos para que se cumpla aquello que decía Rilke: «Para escribir un solo verso hay que haber visto muchas ciudades».

La poesía de Tapia, bien jalonada en versos endecasílabos y heptasílabos, exprime los surcos más cercanos a la evocación y a las estancias de un recorrido vital, sin gritos ni susurros, hablando siempre a media voz. Así es como se hace notar. No como trinchera, sino como iniciación al examen de un discurrir, como paseo por lo indecible. En ese sentido, Islario es un poemario que no cierra el paso a nadie, a condición de que quien se adentre en él lo haga sin prejuicios, sin ataduras, sin importarle acometer una expedición por lugares costeros y rincones de tierra adentro, dando paso a la realidad desbordante del otro, la del poeta que habla desde su irreductible individualidad y afectos, con suma naturalidad.


Diría que en este libro viajamos hacia unos espacios en los que la belleza y el suspiro existencial ponen su son y verdad, no solo a la realidad, sino a la propia tentativa poética que lo impulsa. Las entradas en estos itinerarios que van de Valparaíso a Granada, de Vancouver a Tenerife o de Zürich a Lishui se producen desde dentro y desde fuera, es decir, de lo que nace en su interior y de lo que sucede ante sus ojos.

Cada lector tiene la posibilidad de convertirse en otro fingidor, como diría Pessoa, y este hermoso libro de Marina Tapia se presta a ello. Cartografiar con gozo su lectura, sacando punta entre verso y verso, requiere dejarse llevar por lo que sopla dentro de sus palabras, tono y cadencia.