sábado, 31 de mayo de 2014

Una bella alegoría


Cuentan que el escritor británico David Garnett (Brighton, 1892 – Monteuq, 1981), de niño, lucía una capa de piel de conejo que le propició el apodo de Bunny, un sobrenombre que llevó durante toda su vida. Garnett fue un joven escritor integrante del prestigioso Grupo de Bloomsbury (una corriente literaria y artística aglutinada en torno al liderazgo de Virginia Woolf y su marido Leonard), que mantuvo un romance intenso con otro miembro destacado del grupo, el pintor Duncan Grant. En 1922 recibió un amplio reconocimiento literario con su primera novela Lady into Fox, una ficción alegórica que le dio mucha popularidad. Un año después se casa con Rachel Alice Marshall, ilustradora del libro que supuso su primer gran éxito. Posteriormente, Garnett vuelve a sorprender a propios y extraños casándose de nuevo, a los cuarenta y seís años de edad con Angélica, hija de Grant, su anterior amante y de Vanessa Bell, hermana de Virginia Woolf. Con la joven Angélica, de apenas veinte años, mantiene un idilio matrimonial prolongado y feliz, pero todo cambió y, al cabo de los años, Garnett, separado de su fascinante mujer, se traslada a Francia donde murió en 1981.

David Garnett, confeso bisexual, tuvo una vida disoluta y accidentada en el terreno amoroso. Su vida, trepidante y fuera de todo convencionalismo y moral victoriana, tenía que reflejarse de alguna manera en su creación literaria.

La editorial Periférica rescata La dama que se transformó en zorro, una fábula donde lo extraño y mágico se entrelazan para que surja la fantasía y el surrealismo de un suceso extraordinario. El resultado logrado por Garnett con esta novela corta es haberse ganado la consideración crítica de ser el autor de un clásico menor de la narrativa británica moderna.

David Garnett
Las historias de las transformaciones tienen un origen pagano y se refleja en esa vocación de dotar de sentido al mundo al que pertenecemos, no sólo guiados por la razón, sino también por esa imaginación transformadora de la realidad capaz de cambiar el sentido de las cosas. La dama que se transformó en zorro es un espejo de esa visión, sin embargo, es más provocadora, ya que lo que se origina en las primeras páginas dan paso a una segunda transformación y luego a una tercera. Garnett presenta un relato en el que un elegante terrateniente suspira con locura por la fascinación de la belleza de su joven esposa. Un suceso insólito ocurre y la señora Tebrick se convierte en zorro. Esto no impedirá que el enamorado esposo siga prendado del cambio experimentado en su mujer y se esmerará en sus cuidados. Pero los instintos salvajes de Sylvia afloran y el marido observa con horror cómo su esposa tritura a un indefenso conejo mientras el líquido sangrante se esparce por aquella boca delicada y famélica. Este suceso va poniendo de manifiesto su inevitable cambio que no deja de sorprender al protagonista. Esta segunda mutación trastorna al marido que se lamenta y concluye que lo mejor es ofrecerle la libertad y aceptar el devenir inevitable.

Garnett va más allá de la fábula porque logra adentrarse en el ámbito del drama, y ahí radica la modernidad de esta narración de corte psicológica. La transformación de la dama sirve para provocar en el lector la conmoción y el infortunio de un marido enamorado de su mujer que se acerca al borde del abismo.

La dama que se transformó en zorro es una pequeña obra maestra, un relato ameno y evocativo, escrito con singular maestría por un hombre que también vivió diferentes transformaciones en su vida amorosa. La obra de Garnett es una historia de amor apasionante y terrible, una bella alegoría sutil y elegante que guarda relación con la mitología clásica, como Las metamorfosis de Ovidio.

En definitiva, la historia de este drama es una turbadora alegoría de la condición humana en la que, como afirma John Burnside en el postfacio del libro, el amor realmente lo conquista todo a pesar de sus consecuencias adversas.

lunes, 26 de mayo de 2014

Dos artistas


En la nota final de El poeta y el pintor (Ediciones Alfabia,2014), Ana Rodríguez Fischer (Asturias, 1957) cita a Gerald Brenan para sustentar el encuentro posible entre Góngora y el Greco en la ciudad de Toledo y resumir las coincidencias personales entre estos dos geniales artistas: Tenían mucho en común: distinción, refinamiento, maneras aristocráticas en las artes que practicaban. El pintor tenía buen oído para la poesía y el poeta buen ojo para la pintura. La escritora asturiana sitúa este supuesto hecho histórico en 1610, al tiempo que Góngora partía de regreso a Córdoba, después de una experiencia muy decepcionante por la Corte y cuando el Greco, obligado por sus achaques de salud, vivía solo y recluido.

La profesora Rodríguez Fischer recrea ese hipotético encuentro en un relato que, según la propia autora, rehuye del sentido de novela histórica y se centra más en ofrecer al lector un escenario que retrata a los dos personajes únicos de esta historia. El poeta y el pintor es una novela de confidencias y teorías sobre el arte y la composición entre ambos artistas que en aquella época ostentaban la cima innovadora de la poesía y la pintura respectivamente. Para Góngora, la conversación surgida con el pintor de Creta que aglutinó la elegancia de Rafael, la amplitud de ejecución de Tiziano y la fuerza inspiradora de Veronese, supondrá un punto de inflexión en su concepción artística, pues había aprehendido lo que el Greco perseguía en la elaboración de sus cuadros: descubrir la verdad oculta de las cosas. El juicio que mantiene el pintor sobre las musas conmueve a Góngora y éste, en una honda melancolía, confiesa: ...tiene utilidad avivar el ingenio, y que lo nuevo nace de la oscuridad. Y el que tenga capacidad para quitar la corteza descubrirá lo misterioso que la obra encubre (pág. 117).

El poeta y el pintor es una novela sorprendente, de corte intelectual, con un narrador testigo que parece hablar por la boca del poeta cordobés. Está escrita en un lenguaje culto que hábilmente soslaya las formas arcaicas de la época, pero que evoca el espíritu erudito de sus protagonistas: don Luis y don Doménico. Ese hálito ilustrado y la atmósfera de su entorno son, sin duda, dos de los grandes aciertos del libro que transita por el siglo XVII en Toledo, ciudad monumental y artística, de calles estrechas, olores añejos y ropajes gentiles y harapientos. Rodríguez Fischer consigue captar ese ambiente gracias a una prosa cuidada y ajustada, acorde con el contexto histórico de aquella España sombría del reinado de Felipe III.

Hay un cierto aire melancólico al final del libro que contagia al lector, provocado por la sutileza académica que trasciende su autora, profesora de Literatura de la Universidad de Barcelona, capaz de dar verosimilitud a los diálogos vivísimos y profundos entre el pintor y el poeta, dos personalidades geniales e irrepetibles de la literatura y la pintura del Siglo de Oro español.

Resumiendo: Ana Rodríguez Fischer nos entrega una revisión literaria de una cita supuestamente histórica entre dos grandes de las artes, que viene a confirmar la importancia del Greco y su admirador, Góngora, en la historia de nuestro país. El poeta y el pintor es una novela luminosa y de gran riqueza léxica, un libro hondo que entrelaza reflexiones sobre la poesía y la pintura y, por consiguiente, demanda un lector presto a disquisiciones estéticas.


jueves, 22 de mayo de 2014

Diccionario voluble


De siempre me han fascinado los diccionarios: los acádemicos, para entender los significados de las palabras que juegan en la cancha del lenguaje, y los técnicos, para comprender mejor ese laboratorio de ensayo donde las cosas experimentan y reaccionan entre si haciendo de las suyas. Pero si hay alguna obra de consulta de palabras o términos que realmente me enloquece son los llamados diccionarios de autor. Sí, me refiero a esos libros personalizados que parecen surgir de la disciplina de un alquimista de las Letras y ofrecen un pequeño laberinto sentimental de palabras capaz de asombrarnos o enredarnos. Uno de los libros clásicos de este prototipo es, sin duda, el Diccionario del diablo de Ambrose Bierce, una obra reflexiva e irreverente que no dejo de releer para seguir riéndome de este mundo infame. Otro, de corte bien distinto al diccionario del americano, es El arca de las palabras, de Andrés Trapiello, un volumen ameno y originalísimo en el que el escritor leonés se destapa como un palabrista de viejo para ofrecer su hermoso museo de palabras y aforismos.

Dos buenos ejemplos que vienen a confirmar que las palabras, según en manos de quién, suenan distintas y dicen cosas diferentes.

Una nueva revelación que se cruza por este camino viene a ser Miradas nuevas por agujeros viejos, un diccionario personal de José María Pérez Zúñiga (Madrid, 1973), editado en Páginas de Espuma (2014), que explora el mundo por medio de 150 piezas breves y que se caracteriza por su intensidad y originalidad estilística.

José María Pérez Zúñiga
Pérez Zúñiga detiene el tiempo con los fogonazos y golpes que reparte por las páginas de su libro a base de nombrar palabras para hacerlas vivas y encajarlas en la realidad. Hay golpes de risa, golpes morales y golpes bajos que desvelan la necesidad que tenemos de encontrar una voz que nos hable de las cosas sabidas pero desde una visión más inquietante del mundo. En Miradas nuevas por agujeros viejos hay perlas, la primera, el título que procede de un aforismo del maestro Lichtenberg, y hay también sentencias y miniaturas literarias en un orden alfabético riguroso que, en su conjunto, se entrelazan y hablan de las incertidumbres del mundo bajo el prisma de un universo narrativo lleno de símbolos. Estas referencias simbólicas se corresponden con los temas clásicos de la literatura y la vida: la amistad, el amor, la muerte, la belleza, la razón..., pero desde una perspectiva original y una voz propia que transita por diferentes géneros literarios: microrrelatos, cuentos, aforismos, ensayos breves y algún poema.

El autor de Rompecabezas nos propone un juego literario con su diccionario que, al igual que los coches híbridos, lleva una combustión de alternancias de géneros y un GPS con una sola voz para distintos destinos. Miradas nuevas por agujeros viejos es un compendio indagatorio sobre los asuntos cotidianos del mundo, pero que tiene mucho que ver con la mirada conspicua y sutil de Pérez Zúñiga, capaz de tamizar la realidad, extraer lo cernido y llevarlo al microscopio de su laboratorio literario para explorar la palabra escogida y trazar la síntesis de su mapa.

Miradas nuevas por agujeros viejos es un libro inteligente, un diccionario voluble, con la dosis de humor apropiada para sentar al lector como espectador frente a la pantalla del mundo, con unos ingredientes literarios, desde la A a la Z, que deliberadamente generan nuevas dudas a las incertidumbres viejas de la vida.





lunes, 19 de mayo de 2014

Crónica de otro tiempo


Toda lectura de ficción constituye un acto simbiótico. Los lectores sumamos nuestra imaginación a la del escritor cuando nos adentramos con entusiasmo en su universo, participamos de las vidas de sus personajes y nos formamos, a partir de sus palabras y descripciones, nuestra propia imagen mental de las personas y los lugares que irrumpen por las páginas del texto. En El adoquín azul, publicado por Menoscuarto Ediciones, se cumplen estos presupuestos anteriores para satisfacción del lector. El sello palentino recupera esta novela corta de Francisco González Ledesma (Barcelona, 1927) en la que la química narrativa produce la reacción necesaria llevando al lector en volandas hacia ese mundo propio del creador que, en este caso concreto, se desarrolla en la posguerra de Barcelona alrededor de unos personajes que tratan de escapar de la represión política poniendo en juego sus vidas.

González Ledesma es capaz, en apenas setenta y cuatro páginas, de que el lector simpatice con los dos protagonistas de esta historia de amor frustrado que surge en la intersección de una persecución policial y la aparición milagrosa de una mujer salvadora. El veterano escritor barcelonés, considerado el gran maestro de la novela negra en España, regresa con un relato algo alejado del género policiaco. Con El adoquín azul, Ledesma, periodista consagrado, despliega una crónica para contar la historia de un traductor y poeta que en 1945 es herido en el centro de Barcelona en una redada policial, pero consigue escapar gracias a la ayuda anónima ofrecida por una mujer con inquietudes literarias, que resiste con agallas los malos tratos de su marido, un destacado inspector de policía encargado de las duras represalias que en aquellos años del franquismo eran tan frecuentes. A raíz de ese encuentro fortuíto y afortunado, la buena samaritana cuidará por unos días de la salud de Montero. El autor de Crónica sentimental en rojo narra con maestría esta historia que contiene un tinte lírico deliberado por donde transita un amor que se frustra por la huída de Montero. González Ledesma sostiene el pulso narrativo con una expresiva voz en segunda persona que se eleva a Dios para contar la peripecia del protagonista que parte desde Francia a Nueva York, herido de amor, y sus viajes, al cabo del tiempo, a Barcelona tratando de encontrar a la fascinante mujer que le salvó la vida, Ana Ferrán.

El adoquín azul es una delicada miniatura que habla del amor hecho a base de silencios en la dimensión de un exilio obligado y de los sentimientos condenados a no poder ser vividos por unos personajes castigados por el paso del tiempo. En definitiva, es una novela donde la intriga y el amor se entrecruzan para mostrar la nostalgia que dejan las cosas de otro tiempo, simbolizada en la imagen de un adoquín pintado de azul, en una calle de Barcelona.


Lo grandioso de este relato radica en la exquisitez de su economía de medios. Y es ahí donde se luce González Ledesma, que parte del suspiro mínimo de una detención para proyectar una historia trepidante en la que no falta misterio y tensión, ingredientes mágicos de la buena literatura. La historia de Montero y Ana atrapa desde la primera línea hasta su punto final; un disfrute intenso, pero corto, de apenas  una hora de duración.

En suma, El adoquín azul es una crónica sentimental, técnicamente irreprochable, con una prosa concisa y ágil, que tiene el mérito de dejarte unas sensaciones de complicidad al aceptar el desenlace de un hombre vacío que, de vueltas a casa, no es consciente de  que ha perdido la memoria.

domingo, 11 de mayo de 2014

Terror humano


El 11 de abril de 1987, Primo Levi, el autor de la gran trilogía memorial de Auschwitz, escogía la muerte tirándose por el hueco de las escaleras de su casa de Turín. ¿Qué había sucedido en su memoria, qué cataclismo le sobrevino de repente, imposible de asumir la atrocidad de sus recuerdos? Esta noticia produjo una conmoción en la prensa y televisión de toda Europa, del mismo calibre que ocurrió con su testimonio escrito sobre sus años de deportación en los campos de exterminio. Unos años después, el escritor Jorge Semprún publica La escritura o la vida, un precioso título que nace del recuerdo de la terrible paradoja de haber sobrevivido a la muerte en el campo de concentración de Buchenwald, y del compromiso vital de la escritura como testimonio de la conciencia. Un libro encendido y reflexivo de sus vivencias donde dedica un extenso capítulo a la memoria del malogrado autor turinés de Si esto es un hombre. Un año antes de concederle al húngaro Imre Kertész el Premio Nobel de Literatura 2002, leí su novela Sin Destino, otro libro memorable e hiriente, como los anteriores de Levi y Semprún, sobre la realidad de los campos de concentración de Auschwitz y Buchenwald.

Hace ya unos años que aparqué cualquier lectura sobre aquel período del horror nazi, cuando los Lager alemanes, como llamaban a los campamentos, se convirtieron en la mayor ignominia de la historia de la humanidad. Pero, de nuevo, no he podido resistirme a volver al asunto. Fernando Savater, desde su columna Despierta y lee del periódico El País, nos exhortaba a leer Treblinka (Edit. Seix Barral), un sobrecogedor escrito llevado a cabo por uno de los pocos supervivientes que narraron el holocausto, el polaco Chil Rajchman (Lódz, 1914, Montevideo, 2004). Lo acabo de leer de un tirón y  estoy todavía horrorizado.

Chil Rajchman
Rajchman tenía veinticinco años cuando fue detenido junto a su hermana y deportado a Treblinka, una pequeña y perdida estación a setenta kilómetros de Varsovia. Muy cerca de allí, en un terreno baldío de arena blanca, otro inmenso patíbulo fue levantado por los alemanes para proseguir con su barbarie de extinción. Quien entraba en el recinto no salía: ningún otro fin estaba previsto más que la muerte. Sorprendentemente, todo fue muy rápido y aterrador: la hermana es gaseada, como miles de ancianos mujeres y niños en las cámaras de la muerte, mientras que el joven Chil logra salvar el pellejo realizando diversas ocupaciones: peluquero, dentista y transportador de cadáveres. Treblinka es custodiado por ciento cuarenta y cuatro ucranianos y cien hombres de las SS. Nos vigilan como si fuéramos oro. Nos cuentan tres veces por día. Aunque todos estamos golpeados y heridos y nos duelen todos los miembros, ninguno se atreve a dar parte de enfermo, (pág. 99). Diez meses después de ingresar en el recinto, tras un motín de presos, Rajchman consigue escapar de aquel campo de aniquilación y se esconde en Varsovia donde escribe estas memorias. A diferencia de otros textos similares, éste fue escrito con la urgencia suprema de un hombre oculto que huye del infortunio.


Treblinka es un testimonio que vio la luz tras la muerte de su autor en tierras sudamericanas siguiendo sus últimas voluntades. Un texto aterrador y escueto, contado en presente histórico y sin artificios, pero que a su vez es una pieza literaria extraordinaria y escalofriante, que se basta con capítulos cortos y pormenorizados para relatar las torturas a las que se ven sometidas las víctimas y su posterior eliminación. Estas memorias se completan con un epílogo no menos escalofriante de Vasili Grossman, autor de la obra capital Vida y Destino, sobre la maquinaria de destrucción masiva que fue el infierno de Treblinka.

Muchos se suicidaron antes de ser ejecutados en los campos de exterminio. Algunos no pudieron soportar la carga de la memoria y también lo hicieron después de haber escapado del patíbulo. Otros, los menos, como Chil Rajchman, sobrevivieron afortunadamente de aquella gran carnicería infame, para dejarnos la verdad del terror humano, en unas páginas desgarradoras que ponen en entredicho la condición de nuestra especie.

martes, 6 de mayo de 2014

"Leer y tornar a leer"


No me cabe duda de que Azorín pasara su vida entera rodeado de libros. La imagen que guardo del escritor alicantino, desde mis años de colegial, es la foto de un rostro de perfil serio y enjuto ensimismado en la lectura del libro que lleva entre manos. Luego, en archivos grabados, el viajero y cronista autor de La ruta de Don Quijote no desmentía mis recuerdos de niño, y aparecía en televisión paseando por las librerías de lance, con ejemplares bajo el brazo o recluído en su gabinete, absorto entre las páginas del último libro adquirido.

La editorial Fórcola (bendito sello alternativo, imprescindible en estos tiempos) rescata a esta figura clave de la Generación del 98 a través de la publicación de Libros, buquinistas y bibliotecas, un volumen recopilatorio que reúne 50 artículos del maestro de Monóvar publicados entre 1905 y 1959 dispersos por diferentes periódicos, prólogos y capítulos de textos que el escritor levantino dedicó con tesón y entrega al mundo de los libros, las librerías y la lectura.

El editor propone un libro sugerente, con más de cien ilustraciones y con dos etiquetas irrenunciables para lanzarse, con garantías, a la lectura: una, a cargo de Andrés Trapiello, con un prólogo brillante y entusiasta, capaz, en poco más de cuatro páginas, de darnos el impulso necesario para abordar esta antología casi autobiográfica del gran maestro de la prosa puntillista y sin ornamentos. El autor de Los nietos del Cid dice que todo en Azorín queda inscrito en el ámbito de la intimidad, y este volumen recoge ese espíritu. La otra etiqueta la pone el historiador valenciano Francisco Fuster, antólogo y responsable de la edición del libro. Fuster traza una introducción en Libros, buquinistas y bibliotecas que habilita en su conjunto la filosofía personal del escritor de Monóvar sobre su concepción de los libros y la lectura.

En esta obra, que guarda los secretos más íntimos de Azorín sobre los libros, bibliotecas y lecturas, vamos a encontrar una recopilación de piezas literarias seleccionadas con primor, para disfrute y gozo de los amantes de las reflexiones azorinianas, acerca del mundo editorial, de las librerías de viejo y ferias del libro y, especialmente, sobre el universo del lector y la lectura, desde la experiencia personal del ilustre transeúnte de librerías. Entre sus artículos aparecen aforismos y sentencias que brillan por su agudeza y elegancia: No sabe más quien lee más número de libros, sino quien lee mejor (pág. 184), por su sentido moderno: En la vida, la imaginación es el más poderoso factor del progreso (pág. 208); o por su densidad: Leer y leer. Por encima de todas las diferencias, en cuanto a la lectura, diferencias de tiempo, lugar, edad, afectos, etc., existe una diferencia fundamental, perdurable e inconmovible entre leer y leer: se lee para sentir o se lee para saber (pág. 225).

Para Azorín, cada etapa de la vida posee sus particularidades y, por consiguiente, su forma de asumir la lectura, porque cada lector es un mundo y sus lecturas son dispares según la edad. La lectura, viene a concluir el autor de La voluntad, requiere, para ser provechosa, de unas condiciones que le sean propicias. Para él, el lector tiene que aspirar a la relectura de un buen libro, que es como extraer el nectar de su alma.

No hay más que acercarse a la obra de Azorín para darse cuenta de su devoción libresca, una obsesión que fue simiente y raíz de su extensa producción periodística, y, como buen crítico literario, inclinado a rastrear y escudriñar minuciosamente sus lecturas. Una pasión que surge en el escritor mediterráneo a una temprana edad, ante los ojos de su padre, lector voraz y abogado que le transmitió el entusiamo y curiosidad por los libros.

Con Libros, buquinistas y bibliotecas, Fuster recupera del olvido editorial al escritor contemplativo de lecturas más metódico que dio aquella memorable generación, con una voluntad de estilo al que muchos imitábamos en nuestras composiciones y redacciones de antaño con el sujeto, verbo, predicado y punto. Un literato que habló poco y escribió mucho.

Leer libros sobre libros es uno de los placeres que más nos complace a los letraheridos, a los constipados de libropesía, y éste en particular, publicado por la editorial Fórcola, es un chaparrón de páginas brillantes que, por suerte, nos empapa de lo lindo.


sábado, 3 de mayo de 2014

Vidas precarias


En No tan incendiario, un ensayo radical pero profundamente literario, Marta Sanz viene a reafirmar la necesidad de seguir escribiendo fábulas, porque lo que de verdad nos falta son realidades -dice- y es la literatura la que tiene mejores perspectivas de formar la conciencia para intervenir en el mundo y en la vida privada de las personas. Lo que viene a contarnos Elvira Navarro (Huelva, 1978) con su última novela La trabajadora, editado por Literatura Random House, tiene mucho que ver con lo expresado en la cita anterior de la escritora madrileña. Navarro afronta una historia que hurga en la conciencia del lector con la puesta en escena del juego del doble al contar cómo la crisis económica y sus consecuencias desencadenan un desequilibrio psicológico en dos mujeres que se las apañan compartiendo piso en un barrio modesto del extrarradio madrileño. La escritora andaluza aprovecha este escenario, que en buena medida rezuma experiencias propias, y utiliza diferentes tonalidades lingüísticas para desenmascarar la locura, la precariedad laboral y económica reinante que dista mucho del futuro que, según prometieron los líderes políticos, debía ser otra cosa bien distinta.

Elvira Navarro se inscribe en esa línea de literatura comprometida por medio de una historia que asocia lo individual, como vertiente testimonial, con el contexto socioeconómico de la cruda realidad existente. La trabajadora es una novela que transita por la angustia y la alienación en un marco hostil donde la ciudad es espejo de las voces rotas de sus dos protagonistas. En ese recuadro, la novela y la ciudad que nos describe la narradora se corresponden.

El inicio de La trabajadora es un descenso a los infiernos de Susana, una mujer psicótica y solitaria que trabaja de operadora en una compañía de telemarketing. Susana cuenta en primera persona sus peripecias, impulsada por su comportamiento bipolar, en los contactos mantenidos a través de las páginas de la sección íntima del periódico local, para satisfacer sus caprichos sexuales delirantes y sórdidos. Elisa, la protagonista principal y narradora de la historia, avisa que se ha limitado a poner en negro sobre blanco lo que su compañera de piso le contó. Sin embargo, Elisa, que es la más joven de las dos y trabaja de correctora en un grupo editorial que anda en crisis y se atrasa en los pagos, tiene miedo de alcanzar la edad de Susana y llegar a ese estado precario de salud mental. Elisa mira a Susana auscultándola, pero con recelo, porque en realidad ambas se medican para sobrellevar sus naufragios mentales. Entre ambas se produce una atracción y rechazo silencioso que les permite compartir el cobijo precario de sus economías.


En suma, La trabajadora es un libro revelador de la crisis socioeconómica de la última década, una novela nada compasiva, a pesar de las zozobras de las vidas de sus protagonistas. Elvira Navarro renuncia a cualquier ternura que dulcifique el texto para resaltar con ello la radicalidad del ambiente: un cuadro social convulsivo y atiborrado de ansiolíticos, donde muchos pacientes tratan de sobreponerse a sus vidas precarias, amenazadas por la esquizofrenia del momento y al límite de la enajenación.